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COLEGIO PROFESIONAL DE PERIODISTAS DE ANDALUCÍA

CLÍNICA PAREJO Y CAÑERO - ÚNICO HOSPITAL DE DÍA DEL CENTRO DE ANDALUCÍA

Mostrando entradas con la etiqueta Diario de un periodista cansado [Antonio López Hidalgo]. Mostrar todas las entradas
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17 de febrero de 2017

  • 17.2.17
Este hombre cuenta con los dedos, como cuando era un niño, las últimas monedas con las que no alcanza para cerrar el mes. La crisis financiera, la recesión económica, las reformas laborales y otras palabras nuevas para él, que nunca entendió en su concepto preciso, son las razones por las que sus sueños se han estrellado como un huevo contra el futuro y se ha hecho añicos.



Ahora ya no es un niño y sabe que cuando las cuentas no salen, con dedos o sin dedos, algo va mal, y que cuando esa situación de inestabilidad no depende de él ni de cualquiera con quien se tropieza por la calle, la solución siempre es una falsa solución. Eso sí: si es que la hay.

Cuando el poder de adquisición se reduce como los días en invierno, hasta el mismo punto que una tarde nublada oculta las montañas más próximas, la oscuridad suplanta a la luz y las tinieblas configuran formas imposibles de descifrar que no tranquilizan el alma.

La sociedad de consumo, cuando el consumo no es posible, es la peor de las pesadillas, porque las pesadillas violentan toda esperanza emergente y debajo de la almohada nada más podemos esconder aspiraciones livianas que en nada pueden sustituir a los sueños que nos hicieron crecer cuando todavía contábamos con los dedos tantas sospechas que no pudieron ser posibles.

Posiblemente estas sospechas ni siquiera alcanzaron a ser proyectos, porque el olvido, cuando la vigilia recorta la intensidad de la luz, amenaza no solo con romper las esperanzas desmenuzadas día tras día, sino que también oxida toda posibilidad de que otro tiempo nunca soñado alcance a ser real, aunque ya se sabe que la vida se alimenta de la ficción y sin ficción no es viable la realidad que nos mueve y conmueve.

Afortunadamente, la ficción es maleable como el barro, pero llegados aquí es necesario que las manos sepan moldear el horizonte desdibujado que otros resquebrajaron y rompieron por nosotros, contra nosotros y, sobre todo, sin nosotros y a nuestro pesar.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

20 de enero de 2017

  • 20.1.17
El hombre que mira a las nubes no busca el rastro de la lluvia inminente ni piensa que la lluvia le pueda devolver la nostalgia que no quiere. Se ha cansado de mirar al frente y atrás, después de toda una vida caminando cabizbajo. Ahora mira al cielo y deduce que el universo también debe ser finito, aunque inmenso observado desde este ángulo en el que las cosas se muestran pequeñas y cercanas. El hombre piensa que toda una vida, ni varias vidas vividas en una sola, bastarían para abarcar las dimensiones de una realidad que se nos muestra ilimitada y agotadora.



Ahora la lluvia, aunque todavía son menudas gotas de agua, le devuelve una inquietud ajena, nueva para él. Se pellizca los brazos porque teme que su identidad se le haya evaporado con este viento incipiente y que alguien que cruce por el lugar le devuelva otra experiencia trocada que confunda con la propia y que no coincida con sus esperanzas últimas.

El hombre no teme a las tempestades exteriores que mutan esta naturaleza conocida por otra cuya imagen rehúye a regañadientes. Teme, sobre todo, a los huracanes interiores que le tiñen el alma de un color que desconoce.

Mira de nuevo a las nubes y no ve el sol que busca y le ilumina, mientras la lluvia, densa como una nuez, le nubla la vista, y se imagina nadando a brazadas huecas en un mar cercano, náufrago de él mismo, consciente de que cualquiera se ahoga en el lago de sus propios sueños confundiéndolo con el océano de ilimitadas orillas.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

6 de enero de 2017

  • 6.1.17
Sabemos que el tiempo no existe. Alguien escribió que Dios creó el tiempo y el hombre inventó las horas. Podría ser. Tampoco sabemos si la memoria existe. Probablemente seamos hijos del olvido. Ahora no recuerdo. Eso piensa este hombre.



Ahora mira este arroyo que desborda las orillas después de una riada reciente. La lluvia ha menguado y el cielo, al abrirse, muestra un sol tímido un tanto gris, como si fuera un huevo redondo. Ve a dos jóvenes zambullirse en sus aguas claras. Junto a un tronco, encuentra sus ropas en un desorden buscado.

Ahora mira otra vez y no ve el arroyo, sino la tierra cuarteada, y no hay árboles, y el canto de los jilgueros y los verderones se ha disipado con el viento y esta primavera desacostumbrada.

Ahora observamos a este hombre desde donde no puede adivinar nuestra presencia y advertimos que no tiene mirada, y que su edad suma treinta más tal vez –o más– y que en su gesto de abandono no hay una expresión de desengaño sino de apatía, y que en los treinta años ya vividos que ahora recuerda cuando ha cumplido los cincuenta solo hay momentos desvencijados que no suman una vida, sino una existencia umbría y un destino esquilmado de desaciertos.

Este hombre no sueña. Mira este arroyo de su primera juventud. Y nada más ve que el tiempo, aunque inexistente, se le agota por instantes. También es cierto que la realidad es otra. Pero esta ya no le interesa tanto como la anterior, aquella que tuvo que haber vivido.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

13 de agosto de 2016

  • 13.8.16
La primera vez que lo vi, vestía un traje de algodón color papel prensa, transpiraba porque la calima llenaba el local con un aire rancio que intentábamos vencer con largos tragos de cerveza muy fría. Ni siquiera para beber se desprendía del panamá. Tenía un aire meditabundo de pistolero olvidado que administraba con resignación o sin culpa.



El verano era agotador. El calor reinaba también por las noches y no había ningún síntoma de que las temperaturas se volvieran más benignas. A veces, cuando se abría la chaqueta para pagar el ron añejo que consumía, le veíamos la pistola sujeta al cinturón del pantalón.

No hablaba con nadie y, cuando lo hacía, era parco en sentencias definitivas. Un día que alguien le importunó, le contestó con palabras precisas: “Muéstrame el calibre de tu arma y mediré la talla de tu miedo”. Lo dijo sin aspavientos y sin mover la mirada del vaso.

“Ahora vete”, dijo. El otro hombre no movió la quijada, anduvo sobre sus pasos de espaldas sin perderle la vista por un instante, y salió a la calle a recibir sin misericordia un golpe de 45 grados de calor. Después pidió otro vaso de ron con un argumento sin brechas: “Aquí no hay verano. Esto es el infierno”.

Había llegado al lugar unos días antes con el deber de matar a alguien de quien nunca supimos. En aquellos días los arreglos de cuentas eran corrientes y los suicidios anticipados por miedo a revanchas eran moneda de cambio ordinario. Pero este hombre parecía tener encomendada una tarea de más alto rango.

Nosotros no preguntábamos por miedo a una respuesta poco airosa. Así que comenzamos a improvisar misiones más propias de película que de andar por la calle. El cantinero, que nunca gozó de buen humor y la calidez en su expresión nunca su cualidad más visible o vistosa, alcanzó a preguntarle sin tapujos qué le traía por el pueblo.

“Seguro que viene a matar a alguien”, le advirtió el cantinero”. “Sí”, le respondió sin evadir el interrogatorio, “pero todavía no sé quién es”. “Solo sé”, añadió, “que merece estar muerto”. “Para eso estoy aquí”. Después alzó los ojos del vaso para tranquilizarle: “Creo que usted no es. Se trata de un hombre inteligente”. El cantinero bebió la jarra de cerveza de un trago largo y después volvió a sus obligaciones.

La última noche que lo vimos traía un bolso de equipaje y un par de puros en el bolsillo superior de la chaqueta. Encendió uno sin prisas, paladeando cada bocanada de humo, pidió un ron doble y un vaso de agua muy fría, y se disculpó con el cantinero por las palabras del día anterior.

Se sentó en la silla de todos los días sin mirar a los parroquianos que mataban el tiempo jugando al póquer. Cuando la mujer entró en el bar, todos observaron por primera vez a una mujer de alta cuna, midieron sus pasos armónicos, su cintura estrecha, sus ojos almendrados de gacela en celo, sus pelos rojos de noche perpetua, y sus manos blancas y frágiles de no haber trabajado en su vida.

Él la miró sin sorpresa, pero en su mirada se advertía la admiración por su presencia y la devoción por sus formas. “Se fue. Ya no lo podrás matar”, le dijo. “Te teme tanto que se fue”, añadió. “Tómame a mí y olvídalo a él”, le propuso. El hombre quiso esbozar apenas una sonrisa, pero no pudo.

“Mi pasión por tenerte es muy inferior a mi adicción por matarle”, le dijo. “Vete y dile que le buscaré donde esté”. Después alzó los ojos, algo perturbados por la emoción, y los puso fijos en los suyos con estas palabras: “Ahora vete y cámbiate de perfume. Estás matando a esta gente”.

La mujer salió del bar con pasos cortos y seguros. El hombre se puso de pie con el bolso en la mano, se aproximó a la barra y pidió otro ron. Esta vez sin hielo. Miró al cantinero con confianza. “A la gente ya no le gusta morir con dignidad. Ya nadie entiende este mundo”. Bebió medio vaso de ron, soltó unas monedas en el mostrador y salió del local con una desgana que todos intuyeron irreversible y justificada.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

23 de julio de 2016

  • 23.7.16
Ella adivina que debajo del cielo los árboles caen tristes hacia el costado muerto de la cordillera y que, más allá, donde el cóndor muestra la perfección de un vuelo que agota el día, no hay otro espacio árido que su cuerpo desorientado. Hay un color plomo donde las aguas se bifurcan y una sensación solemne cuando la tarde cae apretada entre los riscos más próximos.



Espera un aviso de la naturaleza, aun cuando ella es sorda a todo canto que no nazca más adentro de su corazón. Tiene hoy su mirada el desconcierto de los días arrasados por la monotonía y el brillo de las mañanas que nacen para no ocultarse nunca.

Está sentada en la arena, como quien espera un tren que vuelve de un país lejano o una lluvia fortuita que limpie el aire cansado de un tiempo fenecido. No le importa la espera, ni el tiempo de esta, porque el tiempo es moneda de buen canje en las estaciones largas y húmedas que no llevan más allá de la misma mirada.

Ojea entre las hojas caídas un indicio de su propia búsqueda, huellas recientes que el viento no mordió, una leve sospecha quizá de que valió la pena estar ahí cuando nadie la esperaba, cuando ella misma no esperaba ya nada, cuando el tiempo del Apocalipsis no halló su camino por estas veredas sin dueño.

Quiere pensar –y piensa– que el aire manso de la tarde le basta para reordenar los pensamientos, para maniatar los huracanes deshilvanados de un destino arbitrario y fugaz. Después, cuando sea –ella no sabe–, seguirá estando aquí siempre a la espera, acaso sin esperar nada, atando las horas pasadas a esta puerta maltrecha para que no se suelten a su antojo en este desierto deshabitado que solo ella habita.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

2 de julio de 2016

  • 2.7.16
Le mondas la piel a la noche y, como nuez sin cáscara, muestra un esqueleto desprotegido de interinidades y de reclamos, restos de un naufragio que la historia no detectó en el radar de los objetos extraviados. Le quitas la piel a la noche, y hay una mujer desnuda que borra huellas en su cuerpo que delatan la soledad, y hay matices en su mirada que ella rehúye y que le recuerdan los años de abrazos y de manos llenas de espuma.



Ella quiere salir de la noche, como se cruza de una a otra habitación, con los pies desnudos, sin hacer ruido, oliendo la luz que la guía por túneles deshabitados, evitando las albercas vacías de metano y las palabras que vagan sin rumbo en el aire quemado de estas bóvedas.

Afuera, engañando el paso lúgubre de las horas, hay relojes atemporales a mitad de precio, peces que se suicidan a la sombra de los astilleros, cajas vacías y sin uso donde en otros días las estrellas se veían reflejadas como un plato de lentejas diminutas y brillantes.

Ahora, ya no puede ser. La noche anda deshecha como una mayonesa que arde al sol y, en las esquinas de la mesa, donde los inquilinos inventaban sueños sin final, esta mujer abre la puerta sin miedo, por primera vez, aún sabiendo que la vida es caprichosa en sus designios.

Tampoco importa ya. Ha cumplido cuarenta años sin haber mordido la manzana que dios le dispuso en la mesita de noche. Laura Restrepo mira la manzana con incredulidad, y le duele esta mujer que ignora que el pecado, el gran pecado que dios no perdona, es la desobediencia.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

28 de mayo de 2016

  • 28.5.16
Hay un vaso vacío, algunas ventanas cerradas, luces apagadas, una fiesta clausurada, una vida fingida, años disueltos en una edad que no aparenta, una apatía vital ancha y enigmática como el mundo que le ha tocado en suerte vivir, esquinas rotas, ángulos sin perspectiva, palabras que no son de nadie. Ayer la calle, al amanecer, era un garaje anárquico, son de claxon, bullicio de voces, una torre de babel que se disuelve en plena vía pública, diarios que anuncian catástrofes fingidas y desagravios reales.



Todo un puzzle sin sentido, un cóctel desmesurado, que la mueve de un pasado que quiere olvidar a un futuro cóncavo, estéril, también gris. El color de la ceniza, se dice. El color que no es color, sin transición, escala en un aeropuerto que te transporta de un lugar que no conoces a ninguna parte, el alambre del funambulista –volatinero o alambrista, demasiados sustantivos para quien se mece o avanza en el vacío sin otro propósito que alcanzar el lado extremo de la cuerda– que se equivoca en el penúltimo paso.

No hay error. Nunca hay error. Solo que la hora no era la indicada, ni el augurio certero, ni la magia precisa, ni el objetivo claro. A veces, apenas un centímetro basta para perder el equilibrio, unos segundos de indecisión que rompen toda proclama, una advertencia que nadie oyó, un saludo a la persona equivocada.

Después, cuando vuelva a caer la noche con su manto de incertidumbre, esta mujer recogerá del entarimado una carta olvidada, anónima, con el discurso preciso y exacto que le demanda el corazón. Pero no sabrá a quién dirigirse, ni a quién meter en la cama esa noche, con qué palabras construir una oración que solo él entienda. Así divagando, se quedó dormida. Mañana, al amanecer, ni ella sabe qué nuevas traerá el día.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

7 de mayo de 2016

  • 7.5.16
Hay un curtido espacio de sombras que divide la habitación en dos mitades simétricas. A este, conforme se entra, la ventana, amplia y con vistas, muestra una ciudad caótica, un volcán milenario, el caos de un tráfico denso y ruidoso. Hay botellas blancas de escayola sobre algunos muebles que no dicen nada y una estética general que no soporta los años.



Al otro lado, esta mujer acumula libros sin orden alguno, de temas varios y autores diversos. Lee por las noches, cuando el insomnio le ata las caderas a la nostalgia de otros años. Lee por matar las horas y, mientras lo hace, recompone en la memoria los días de felicidad usurpada.

Es falso, se dice, que una mujer sea feliz sola, que se adapte a vivir lejos de la presencia de un hombre que le busca a estas horas los métodos procedentes para el descarrío personal, a estas horas en que la somete a la ceremonia invariable del amor.

Conforme piensa, lee más rápido, como si la lectura detuviera el curso de los sueños y lograra paliar el deseo con palabras que se entrecruzan en su cejo sin mucho sentido. Ella sabe que no obedece a ninguna lógica estos pensamientos que la van quemando por dentro, en ese mismo lugar donde algunos hombres indagaron su identidad más profunda, allá adentro donde esconde los secretos peor guardados de su alma.

Ríe ante la sospecha de que el alma se escabulla allá adentro, en lo más profundo de su sexo pero, a veces, cuando la libido le duele tanto que la enajena, lo piensa sin tachaduras, en la certidumbre de que qué mejor lugar habrá para conservar lo más verdadero de ella misma.

Cuando ya la tormenta cede, esta mujer abandona el libro, la cama y se asoma a la ventana que trae una noche en calma, con música que alguna vez escuchó en los sueños. Se viste como para ir de fiesta. Es decir, para ir de fiesta. Se enfunda los zapatos de aguja, el vestido de seda que contornea al detalle su cuerpo de ave rapaz, se maquilla sutilmente rasgos que no podría ocultar y que ahora destacan en su conjunto. Después, baja decidida a no dejar que la vida se le escape por las alcantarillas del edificio.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

29 de diciembre de 2015

  • 29.12.15
Ahora es el momento de desmochar la noche y, goniómetro a mano, medir ángulos y tipografías, reducir cristalografías y radiodifusiones, acechar al enemigo para darle muerte con el perfume de un clavel. Las víctimas tienen un número que las identifica, pero han perdido su DNI y su ADN. Observadas en perspectiva se asemejan en el tormento que reflejan sus rostros y en los labios rotos de masticar rabia y obediencia ciega.



Las cuencas de sus ojos están vacías. Pareciera como si nunca hubiesen estado llenas o como si su innecesaria y voluntariosa prudencia les hubiese privado de la luz, territorios donde afluyeron ríos de un fango viscoso y traslúcido que buscaba en el subsuelo de sus almas partículas que ellos mismos ignoraban que pudieran poseer.

Ahora es el tiempo de mover las cenizas aunque no haya fuego. En el cielo los peces vagan sin rumbo como estrellas abandonadas, y los caminos conforman un laberinto que no muestran los mapas. Tampoco hay islas desiertas ni puertos con tabernas lúgubres donde una mujer oscura pueda ofrecer al vagabundo ron y cama a un precio asequible.

Yo estoy esperándote en cualquier lugar que desconozco, sabiendo que no volverás. Pero a veces, cuando tiendo mi espalda tan cerca del mar, escucho el soborno de tu voz y sé, por el viento mudo que levantas, que andas cerca de mí. No necesito abrir los ojos para verte, porque tus manos, cuando buscan mis huesos maltratados, saben dónde poner la mirada. Ahora, ya te digo, es el tiempo del reencuentro.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

12 de septiembre de 2015

  • 12.9.15
En cualquier lugar del mundo siempre hay un ciudadano o un periodista con la cámara al hombro intentando eternizar en imágenes la belleza y la rabia del mundo, las catástrofes humanas, la vergüenza compartida. En aquella playa turca, en la misma que los turistas masifican sus descansos estivales, la periodista de la agencia Reuters Nilufer Demir captó la instantánea que ha revuelto las conciencias de todo el mundo.



Sabemos ahora que se llamaba Aylan, que tenía tres años. Sabemos también que murió su hermano de cinco años, Galib, y su madre, Rihan, de 35. En otra foto, se ve al padre, Abdulá Kurdi, enterrando en Kobane a sus dos hijos.

Había pagado a los traficantes mil dólares por cada miembro de la familia para que los sacaran de la guerra y les acercara a un hogar improbable en Europa. Aylan no sabía nadar, no tenía chaleco salvavidas. Se le ve tendido, tragando agua marina, tirado en mitad de una playa que no conocía. En realidad, parece que dormía. Todos quisimos pensar que dormía. En las guerras, en cada guerra, hay fotógrafos para dejar testimonio del horror humano. A veces, una sola foto muestra la miseria humana con una ternura despiadada.

Nilufer Demir dice que tiene muchos negativos con fotos niños muertos. Muchos corresponsales de guerra archivan demasiadas fotos de niños muertos. En ocasiones, basta una sola para decirnos dónde estábamos que olvidamos este guerra que dura ya cincos y que ha expulsado de sus tierras a cuatro millones de personas que viven refugiados en otros países que nunca serán suyos, que viven desplazados de sus cales y de sus colegios y de sus centros de trabajo. Que viven, quién lo diría, el dolor de las guerras que nosotros provocamos.

Dónde estábamos cuando Demir captó para la memoria de la infamia esa imagen que nos ha matado un poco a todos. Con quién brindábamos el final de unas vacaciones que serenaron el ánimo que ahora perturba el cadáver de un niño tirado en la arena de una playa turística, muerto sin compasión por el oleaje salvaje de la guerra. Aylan estaba tirado, parecía que dormía, dulce y pequeño, descalzo, con la vida por delante. Parecía que dormía acunado por las aguas mansas de una tregua sin cuartel en una guerra que nunca termina. Y es cierto que dormía: dormía para siempre.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

7 de febrero de 2015

  • 7.2.15
Éste que veis aquí no soy yo. Acaso un día lo fui. Ahora él tiene las rodillas cansadas, una lengua de doble filo, la mirada extraviada en otro mundo que nunca supo si fue mejor que el que ahora vive, los oídos siempre atentos al silencio, las manos expectantes de caricias. Ha cambiado las horas de algarabía por la serenidad de otros brazos (aquí, si me lo permiten, evito precisiones). Vive rodeado de libros que lo llevan de un mundo punible a otro ominoso. Le gusta soñar. Eso sí, casi siempre con la misma mujer y en distintas circunstancias (perdón: con distintas mujeres aunque sean las mismas circunstancias).



A su edad, le da la esquina a otras aventuras, si bien no desprecia criaturas deiformes, aunque tampoco rechaza las que frecuentan bares nocturnos. Sabe que nadie es de fiar, y eso le divierte. Casi todo lo que ve, le provoca hilaridad. Pero se contiene. No le gusta que luego digan. Prefiere que los demás afirmen con rotundidad argumentativa. No acepta copas de extraños. Sí de extrañas (también de conocidas). Le gusta arrancar páginas del pasaporte, para que nadie sepa si ha andado por ese medio mundo del que siempre habla con nostalgia.

Se le puede confiar cualquier secreto, porque no cree en ellos y tal vez por esa razón los conoce en distintas versiones (todas verídicas e incontrastables, por supuesto). Hace tiempo que dejó de creer en él mismo: desde entonces se cabrea menos. Si lo llamas al móvil y no contesta, nunca pienses que no puede contestar. Es que no quiere hablar. Cuando anda por la calle no ve a nadie y esa sensación de ausencia o soledad le satisface.

Me he vuelto a reencontrar con él hace muy poco. Ahora sé por qué se apoya en la pared, deja que le hagan una foto y se pone a pensar un rato sin acertar con bien por qué. Cuando lo vuelva a reencontrar, seguro que anda por otra parte. Le gusta cambiar de pared, pero no de bar. Sentado en el puerto, mira al río, que es como la vida (ya lo dijo el poeta, otro poeta). De momento, piensa que vale la pena estar aquí, ataviado solo con un gin tonic, cuando se pone la tarde y el aire huele como una mujer que se aproxima y se sienta frente a él. Comprenderán por qué ahora les tengo que dejar. Es lo que tiene la vida y la literatura: compatibilidades irrenunciables.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

3 de enero de 2015

  • 3.1.15
Mírame sin parpadear, congela el tiempo en tus ojos y quédate así para siempre, frente a mí, le dice él. A ella le hubiese gustado que esa propuesta que ahora él hace la hubiese ofrecido cuando ella era más joven y la sangre le borboteaba indomable. Creo que ya no tiene sentido, dice ella. No hay rencor en sus palabras y en su mirada no hay melancolía ni deseo, solo una brisa de viento frío y delgado muy parecida al vacío que deja el dolor cuando ya no duele ni importa.

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Ella, aunque sabe de los destrozos que dejan a su paso los vendavales, vive a la intemperie, sin refugio inútil y sin propuestas determinantes. Así fue desde entonces, desde que cada cual emprendió solo un camino que no sabía a dónde les llevaría.

Como casi siempre, no conduce a ninguna parte. Y a ella ese puerto indeterminado, impreciso, a veces inhabitable, ha acabado por gustarle. Aborrece los horarios preestablecidos, las palabras sonoras pronunciadas sin pasión, el futuro diseñado al detalle como si fuese un apartamento a estrenar.

Te acostumbraste a otra vida, le dice. Ella no sabe si pregunta o corrobora. Da igual. Sonríe. No sabe bien por qué. Me acostumbré a otra vida, pero no sé bien a cuál, le dice, y eso me gusta. Él percibe una despedida definitiva en sus palabras, una distancia invisible que les separa.

Ella pide un gin tonic, lo mira sin parpadear, como él le propuso en un principio. Es ahí donde él advierte cuándo se fue ella, cuándo se equivocó él, cuándo todo se fue a la mierda. Con perdón, piensa él, confundido y tal vez algo triste o equivocado. Después pide otro gin tonic para cerrar el acuerdo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

27 de diciembre de 2014

  • 27.12.14
El peligro existe. También se inventa o se imagina. Sobre todo se imagina. Y de ese empeño baldío nace sin apenas apercibirlo. Está al lado nuestro, acurrucado como un gato manso o como un lince al acecho. Duerme casi siempre, cerca de nuestros ojos. Sentimos sus latidos de fiera salvaje y de vecino cordial. Sigue nuestros pasos adonde vayamos, para socorrernos o para destriparnos. Nadie sabe. Nunca sabremos.

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Esta mujer mira por la ventana y ve la sombra de un águila. Pero es imposible. Es de noche. Una noche desapacible. Escucha un piano. All the things you are. Reconoce la música, el ritmo desasosegado del jazz, el saxo. Esta noche, como cualquier otra, no le gustaría estar sola. Pero ahora no quiere estar con nadie.

En la soledad no hay ningún peligro, se dice. Conoce la noche y conoce el peligro. En ocasiones, aliados. Pero la soledad puede ser más mansa que un gato y más fiera que un lince. O tan acogedora como una noche de invierno, fría.

Art Tatum & Ben Webster. El piano y el saxo, el bajo, la batería ponen fondo musical a una noche como esta. Ella no quiere estar con nadie ahora. Y en eso no ve peligro alguno. Al contrario, comienza a entender que quiere estar con ella misma. Que no es poco. Sin nadie más.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

20 de diciembre de 2014

  • 20.12.14
No le dije que se fuera, solo que nuestra relación no iba bien, que no iba a más, que se había alagado en un lugar incierto. Le dije, claro, que la quería, que siempre la quise, que no la olvidaría. Pero que quería estar solo. Me miró sin sorpresa, adivinando la soledad que me estragaba el alma. Ella no dijo nada.

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Como siempre, no dijo nada. Le gusta dejar hablar a los otros. Ella no niega. Tampoco afirma. Siempre igual. Aquella vez tampoco dijo nada. Subió la escalera, entró en su habitación y preparó un bolso con algunos objetos personales. Cuando salió no dijo adiós. Fue la última vez que la vi.

Dejó la casa vacía con su ausencia. No me costó acostumbrarme a la nueva situación de soltero enfermizo. Hacía tiempo que la deseaba. Por la mañana escribía sin desmayo y, a la hora del almuerzo, salía a beber solo y sin descanso.

No la echo de menos pero, a veces, cuando el sol se pone y el viento empuja sin piedad los cristales de las ventanas, una sensación extraña me devuelve una sombra imprecisa que identifico, sin defecto, con su cuerpo volátil de gacela enjaulada.

Entonces, no puedo evitar preguntarme por dónde andará, que habrá sido de ella, con quién matará las noches inmisericordes de otras navidades muertas. Y pienso también, cuando vuelva, porque volverá algún día, si lograré acostumbrarme de nuevo a su solvente presencia, a sus cenas frugales, a su sonrisa hipnótica.

Me preguntará, presumiblemente, qué fue de mí todos estos años. Y yo, oyendo el viento ya manso, le diré que, después de todo, no pude olvidarla. No me creerá. Me parece lógico. Y eso es lo que más temo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

22 de noviembre de 2014

  • 22.11.14
Bajó las escaleras deprisa, casi pisándose los zapatos, atropellado por la confusión o la desdicha o el miedo, mirándose las manos todavía ensangrentadas, cual si fuesen las manos de alguien distinto a él que no conocía ni quería conocer. Vagabundeó por las calles sin saber a dónde ir, sin pedir socorro, enajenado o aturdido. Quién sabe. Lo vieron entrar a este bar, dirigirse en los aseos, abrir el grifo y meter la cabeza en el lavabo lleno de agua fría.

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Después se miró en el espejo y reconoció su rostro con otra mirada, una mirada fría, afilada, de ave de presa, de león solitario. Salió sin decir nada, igual que había entrado. Buscó en los bolsillos el paquete de tabaco, el móvil, algún billete para tomar un brandy, las llaves de la casa. Pero no encontró nada.

En la textura del tejido percibió que la chaqueta no era la suya y que los zapatos, demasiado ajustados, le molestaban al andar, y que aquella barba medio crecida no era suya, y sintió que los pies le llevaban de un lugar a otro contra su propia voluntad, sin que pudiera optar entre una calle u otra.

Y fue cuando se sentó a la mesa de un restaurante, y el camarero lo saludó ceremonioso, y comenzó a servirle un menú que detestaba. Allí empezó a darse cuenta de que habitaba un cuerpo que no era el suyo. Lo supo en aquel mismo instante porque, a través de los cristales ahumados que daban a la glorieta, vio su cuerpo pasear ausente de él mismo.

No le desconcertó observar la visión de él mismo en otro lugar, sino la decisión con la que andaba, la seguridad con que saludaba a los viandantes y el conocimiento minucioso de una plaza en la que nunca había puesto los pies. El camarero le interrumpió para entregarle la cuenta, y fue ahí cuando no supo qué decir ni qué hacer.

Se levantó sin decir palabra y se fue detrás de él mismo o de quien había sido hasta entonces. Y desde ese mismo instante nadie sabe dónde anda ni qué fue de él. Ahora entiendo, doctor, por qué dice que es tan difícil encontrarnos a nosotros mismos.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

6 de septiembre de 2014

  • 6.9.14
Le dije quédate. Siéntate y quédate aquí para siempre. Ella sonrió. Siempre lo hacía, mostrando unos dientes blancos y bien alienados. Tenía en esa sonrisa, que la infantilizaba, una mueca de gratitud que nunca comprendí del todo. De eso hace ya mucho tiempo, o tal vez no tanto.

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Aquí el mar es siempre muy azul. A ella le gusta despertar oyendo las olas rompiéndose en la playa. Y por la noche le gustaba observar los barcos de arrastre que faenaban más allá, antes de donde se pone el sol. Creo que se quedó aquí porque echaba de menos el mar, o porque en ninguna otra parte del mundo el mar es tan manso como aquí.

Por la mañana caminaba por la orilla buscando conchas y estrellas de mar, pero siempre volvía con las manos vacías, como si esa vocación baldía apenas fuese el pretexto para salir a respirar el aire limpio que ella ama.

A veces, se me quedaba mirando. No sé qué buscaba en esas pesquisas. De todo eso hace mucho. Por la mañana la observo caminando por la playa, sucia de arena. No recuerdo cuándo fue la primera vez que la vi así. Pero de eso hace tanto. Hay en ese acto tan simple una belleza que nunca lograré olvidar. Ni falta que hace.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

27 de agosto de 2014

  • 27.8.14
Colecciono conchas de mar y cuencos de cerámica artesanos de diferentes países, piezas de madera talladas, grabados, libros, pero también conservo, no sé por qué razón, recortes de prensa. En fin, páginas de periódico que anuncian noticias curiosas o sorprendentes, tristes o insólitas. Es un hábito del que no logro desprenderme y que me acompaña desde aquellos años en que opté porque el periodismo fuera parte imprescindible de mi vida.

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En general, son informaciones poco destacadas en los diarios, breves y desprovistas de todo elemento gráfico o tipográfico que las destaque sobre las demás. Al contrario, las encuentro en páginas pares, en el faldón de la página, metidas con fórceps y medidas con cuentagotas, extraviadas entre otros textos periodísticos que encabezan la página con títulos llamativos y otros elementos de titulación complementarios, con fotografías o infografías, con despieces. Son noticias mínimas que narran extravagancias o hechos que parecerían disparatados si no es porque son ciertos.

Un día, buscando documentación para un congreso, me tropecé con uno de estos textos que, con el tiempo, he podido comprobar que no es tan extraordinario ni sensacional. Ocurrió en una residencia de Manoteras (Madrid). Al parecer Isabel Pérez un buen día optó por llevarse a la madre del citado centro. Julia, de 85 años, así se llamaba la anciana, entró por su propio pie, porque todavía la edad no le impedía moverse tal como la voluntad así le requería.

Sin embargo, la última vez que Isabel fue a visitarla tenía una enorme dificultad para andar por el dolor que le producía un tobillo hinchado. No era la primera vez que la hija había encontrado a la madre en este lamentable estado, de manera que, llevada por el sentido común, escribió dos cartas de reclamación al centro, pero ya que la iniciativa cayó en saco roto, optó por poner una denuncia en un juzgado de guardia de la plaza de Castilla.

Los resultados de las pesquisas judiciales concluyeron que las personas encargadas de vigilar a los ancianos en al menos cuatro ocasiones entregaron a la madre las medicinas equivocadas y en otras dos ocasiones le faltó, tal vez por falta de presupuesto, el medicamento más necesario: el Sintrón. En la administración del centro, la respuesta era contundente respecto a esta carencia: no había repuestos en el almacén. El trato que sufrió la madre no acaba aquí.

Otro día, Isabel la encontró empapada en orín. En otra ocasión, atada con una soga a la silla para que no lograra extraviarse por las instalaciones del centro y tampoco diera quehacer a las trabajadoras mientras realizaban otras labores propias de su condición de criaturas diestras en la limpieza.

Otra vez, en que el frío era el protagonista de una jornada invernal, la hija encontró a la madre sin abrigo tiritando en el salón de la televisión. Esta vez la respuesta del centro no dejaba lugar a dudas: las auxiliares titulares se encontraban de vacaciones y las suplentes no conocían a los residentes.

Isabel Pérez no fue la única persona en denunciar estos hechos. Por aquellos días, otros 214 familiares de residentes habían reclamado por escrito estas carencias y otros abusos. Pero el director del centro, aplicando como cierto el principio de Peter, ni corto ni perezoso, fue autista frente a este estado de los hechos.

De manera que hizo circular una orden interna que determinaba reducir la cantidad y la calidad de la comida de los 300 ancianos del centro con el objeto de que todos pudieran contribuir con un leve esfuerzo de inanición a ahorrar del menguado presupuesto del que disponían para llegar a final de mes.

Ni que decir debo que no fue sólo Isabel Pérez la única persona que salió de la tal residencia acompañada de algún familiar. El director fue cesado de manera fulminante por la consejera de Asuntos Sociales que, por supuesto, no sabía nada del asunto. Cuando leí la noticia no entendí por qué no ocupaba un lugar destacado en el diario, pero ahora lo sé.

Desde entonces, me he tropezado con algunas noticias cuyo contenido no difiere mucho del antes citado, y es obvio que noticia es todo acontecimiento nuevo, novedoso. Incurrir en reiteraciones es cualidad de periodistas torpes y de segunda fila. En fin, los ancianos a fin de cuentas tienen goteras por todo el cuerpo y una píldora u otra no les van a aliviar de la soledad que sufren, que ya se sabe que no tiene tratamiento, ni de otra muerte que no sea la que dios les ha asignado. Desvaríos seniles.

Ahora he leído Arrugas, y ya sé dónde se inspira Paco Roca para escribir esas historias tan certeras y humanas. Una historieta de cómic que llega más allá de donde se quedó el periodismo: a describir con minuciosidad la puñetera realidad.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

31 de agosto de 2013

  • 31.8.13
El nazi húngaro László Csatáry vivió 98 años y buena parte de ellos transcurrieron tranquilamente en Budapest con su nombre real hasta el verano pasado. El tabloide británico The Sun dio con él después de muchas pesquisas. Nunca pisó la cárcel. Dicen que iba a ser juzgado. Pero murió este mes de agosto, consumido por la felicidad de que nadie le había hecho caso, ni siquiera la justicia. No es la primera vez que ocurre, ni será la última.

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Estaba acusado de colaborar en la deportación a Auschwitz de unos 13.000 judíos, y de torturar y azotar a los prisioneros en los campos de concentración. Fue condenado a muerte en rebeldía en 1948 en la desaparecida Checoslovaquia, aunque para entonces él ya había emigrado a Canadá con otra de sus tantas identidades falsas.

No tuvo problemas en sobrevivir y se ganó la vida como merchante de arte hasta 1997. Pero ese año fue descubierto. Así que regresó a Hungría donde vivió en paz consigo mismo y en deuda con los demás hasta el verano pasado.

Era otro en las fotos que estos días publicaba la prensa. Estaba irreconocible. Un anciano delgado, a veces tocado con gorra, con una expresión asustadiza pero airada cuando la prensa le importunaba.

La miraba, baja: el pelo, blanco, y todavía abundante pese a la edad; las manos, fuertes agarrando su gabardina; la camisa, a cuadros; la chaqueta también a cuadros, como la camisa, y de colores también vivos, como si regresara siempre de un verano eterno de vacaciones nunca merecidas. Tenía las cejas pobladas, demasiado pobladas, para encubrir el frío metálico de su mirada. Y pese a todo, ese esqueleto frágil conservaba inalterable la temperatura exacta de la infamia.

Hasta hace unos días, ni los periodistas ni los jueces prestaban demasiado atención a los paseos matutinos de un viejo que vivió sin ser vapuleado y que murió con la cifra imprecisa de casi cien años de soledad afortunada. Quienes le recuerdan de los años del horror no lo describen como el viejo elegante que engañó a su propio destino, sino como un hombre despiadado que golpeaba a niños, torturaba a los presos y asesinaba amparado en el cinismo de su fe y de su locura.

Hace unos días dejó de existir, sin que nadie le arrebatara la libertad que le deshonraba. Quienes le conocieron en los campos de la muerte no alcanzan a olvidarlo. Y acaso esa memoria frágil y perenne como su cuerpo de anciano sea la mejor condena para quien burló a la ley y a la condición humana.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
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5 de junio de 2013

  • 5.6.13
Hay un libro que nunca he podido terminar, porque el dolor me ha podido más que la necesidad de alcanzar la última página. Hablo del informe sobre los desaparecidos de Argentina, más conocido como Informe Sabato. Una sucesión inabarcable de desatinos y estricta en sus descripciones sobre la tortura y el crimen en aquel país hermano.

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Hace unos días murió Jorge Rafael Videla, y quería haber escrito unas líneas sobre este hijo de puta que falleció a los 87 años en la cárcel del municipio argentino de Marco Paz, a 50 kilómetros de Buenos Aires. Nunca se arrepintió de los crímenes que cometió u ordenó que otros cometieran, ni durante los diez años que sufrió arresto domiciliario ni durante los otros diez que estuvo encarcelado.

Más de 30.000 personas desaparecieron, más de 400 bebés robados en los centros de torturas y un periodo de terror que presidió con mano de hierro y teñida de sangre entre 1976 y 1983. No estuvo solo en el poder. Le apoyaron el poder económico y financiero, y la Iglesia católica, que bendijo la represión en esa curiosamente llamada “cruzada por la fe”.

Era católico, y tuvo la oportunidad, en este largo periodo de tiempo, de haberse arrepentido, de haber borrado públicamente su culpa ante su pueblo y de haber perdido perdón por la sangre derramada. No lo hizo. La Iglesia, tampoco. También ocurrió en España. A fin de cuentas, somos hermanos de leche.

Cuesta entender que estos fascistas de mierda comulguen y que la hostia no se les atragante en la garganta. Y cuesta entender que la Iglesia dé la comunión a estos asesinos irredentos, incapaces de arrepentirse de sus propios pecados.

De qué materia están hechos estos pobres hombres que, vulnerando la letra pequeña de sus mismos anatemas, matan en nombre de ese mismo dios que, si es como ellos dicen que es, estará temblando, escondido detrás de cualquier nube, por miedo a la furia del general, por miedo de que implante a escala el infierno en los álamos puros y tiernos del paraíso que no existe.

Murió sin arrepentirse. Lo pienso y me pongo a temblar.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
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14 de mayo de 2013

  • 14.5.13
¿Ayudan las estadísticas a hacer el retrato robot del desempleado español en estos momentos? Leo la prensa y hago mis propias acotaciones. Su perfil es el de un hombre, aunque también afecta a muchas mujeres; soltero, aunque tampoco escapan a esta epidemia que se extiende como el aceite el casado o el divorciado, aquí el sistema no establece diferencias; con estudios secundarios, aunque también conocen esta lacra titulados universitarios y también quienes nunca abrieron un libro en su vida, así como doctores –aquí no se incluye a los médicos y otros sanitarios, de momento-.

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Además, procede del sector de la hostelería o la construcción, y bien puede ser albañil, ingeniero o arquitecto, si bien se han visto afectados por la tormenta periodistas, periodistas y periodistas –tal vez todavía quede alguno con trabajo, pero es cuestión de tiempo, admiten los gurús-.

El perfil del parado es bastante estrecho, según los analistas, aunque el número de personas afectadas por el síndrome se amplía cada día. Es de gesto huraño, no se le conoce la sonrisa, ha olvidado qué son unas vacaciones con dinero, en muchos casos vota al Partido Popular –varía según provincia-, es indolente, generalmente no practica el escrache, tampoco cree en la revolución y poco a poco también va dejando de creer en la democracia.

Si un día dejara de votar crearía tal vacío en la teoría política que ningún político se para a pensarlo; es de estatura media, aunque dicen que está dejando de crecer; le mengua poco a poco la barriga cervecera; no sabe de qué va el sistema capitalista; hace ya un tiempo que dejó de entrar en los bancos, un día tal vez se le prohíba incluso la entrada. Nunca se sabe. El sistema se regenera a cada instante.

Pero este desempleado medio ya no tiene instantes. Cualquier día desespera y lo manda todo al carajo, rompe las estadísticas y falsea las expectativas de los ricos, que lo tratan como alimaña. Un día de estos se deja llevar, si no ustedes lo van a ver, y le da por escribir la historia a su modo. Pero a los analistas les da la impresión de que para que esto ocurra todavía falta tiempo o que alguien apriete más las tuercas. Ya se verá. Todo es cuestión de que al alguien desespere del todo. Al tiempo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
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