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TURISMO CAMPIÑA SUR CORDOBESA

Mostrando entradas con la etiqueta Diario de un periodista cansado [Antonio López Hidalgo]. Mostrar todas las entradas
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17 de febrero de 2017

  • 17.2.17
Este hombre cuenta con los dedos, como cuando era un niño, las últimas monedas con las que no alcanza para cerrar el mes. La crisis financiera, la recesión económica, las reformas laborales y otras palabras nuevas para él, que nunca entendió en su concepto preciso, son las razones por las que sus sueños se han estrellado como un huevo contra el futuro y se ha hecho añicos.



Ahora ya no es un niño y sabe que cuando las cuentas no salen, con dedos o sin dedos, algo va mal, y que cuando esa situación de inestabilidad no depende de él ni de cualquiera con quien se tropieza por la calle, la solución siempre es una falsa solución. Eso sí: si es que la hay.

Cuando el poder de adquisición se reduce como los días en invierno, hasta el mismo punto que una tarde nublada oculta las montañas más próximas, la oscuridad suplanta a la luz y las tinieblas configuran formas imposibles de descifrar que no tranquilizan el alma.

La sociedad de consumo, cuando el consumo no es posible, es la peor de las pesadillas, porque las pesadillas violentan toda esperanza emergente y debajo de la almohada nada más podemos esconder aspiraciones livianas que en nada pueden sustituir a los sueños que nos hicieron crecer cuando todavía contábamos con los dedos tantas sospechas que no pudieron ser posibles.

Posiblemente estas sospechas ni siquiera alcanzaron a ser proyectos, porque el olvido, cuando la vigilia recorta la intensidad de la luz, amenaza no solo con romper las esperanzas desmenuzadas día tras día, sino que también oxida toda posibilidad de que otro tiempo nunca soñado alcance a ser real, aunque ya se sabe que la vida se alimenta de la ficción y sin ficción no es viable la realidad que nos mueve y conmueve.

Afortunadamente, la ficción es maleable como el barro, pero llegados aquí es necesario que las manos sepan moldear el horizonte desdibujado que otros resquebrajaron y rompieron por nosotros, contra nosotros y, sobre todo, sin nosotros y a nuestro pesar.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

20 de enero de 2017

  • 20.1.17
El hombre que mira a las nubes no busca el rastro de la lluvia inminente ni piensa que la lluvia le pueda devolver la nostalgia que no quiere. Se ha cansado de mirar al frente y atrás, después de toda una vida caminando cabizbajo. Ahora mira al cielo y deduce que el universo también debe ser finito, aunque inmenso observado desde este ángulo en el que las cosas se muestran pequeñas y cercanas. El hombre piensa que toda una vida, ni varias vidas vividas en una sola, bastarían para abarcar las dimensiones de una realidad que se nos muestra ilimitada y agotadora.



Ahora la lluvia, aunque todavía son menudas gotas de agua, le devuelve una inquietud ajena, nueva para él. Se pellizca los brazos porque teme que su identidad se le haya evaporado con este viento incipiente y que alguien que cruce por el lugar le devuelva otra experiencia trocada que confunda con la propia y que no coincida con sus esperanzas últimas.

El hombre no teme a las tempestades exteriores que mutan esta naturaleza conocida por otra cuya imagen rehúye a regañadientes. Teme, sobre todo, a los huracanes interiores que le tiñen el alma de un color que desconoce.

Mira de nuevo a las nubes y no ve el sol que busca y le ilumina, mientras la lluvia, densa como una nuez, le nubla la vista, y se imagina nadando a brazadas huecas en un mar cercano, náufrago de él mismo, consciente de que cualquiera se ahoga en el lago de sus propios sueños confundiéndolo con el océano de ilimitadas orillas.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

6 de enero de 2017

  • 6.1.17
Sabemos que el tiempo no existe. Alguien escribió que Dios creó el tiempo y el hombre inventó las horas. Podría ser. Tampoco sabemos si la memoria existe. Probablemente seamos hijos del olvido. Ahora no recuerdo. Eso piensa este hombre.



Ahora mira este arroyo que desborda las orillas después de una riada reciente. La lluvia ha menguado y el cielo, al abrirse, muestra un sol tímido un tanto gris, como si fuera un huevo redondo. Ve a dos jóvenes zambullirse en sus aguas claras. Junto a un tronco, encuentra sus ropas en un desorden buscado.

Ahora mira otra vez y no ve el arroyo, sino la tierra cuarteada, y no hay árboles, y el canto de los jilgueros y los verderones se ha disipado con el viento y esta primavera desacostumbrada.

Ahora observamos a este hombre desde donde no puede adivinar nuestra presencia y advertimos que no tiene mirada, y que su edad suma treinta más tal vez –o más– y que en su gesto de abandono no hay una expresión de desengaño sino de apatía, y que en los treinta años ya vividos que ahora recuerda cuando ha cumplido los cincuenta solo hay momentos desvencijados que no suman una vida, sino una existencia umbría y un destino esquilmado de desaciertos.

Este hombre no sueña. Mira este arroyo de su primera juventud. Y nada más ve que el tiempo, aunque inexistente, se le agota por instantes. También es cierto que la realidad es otra. Pero esta ya no le interesa tanto como la anterior, aquella que tuvo que haber vivido.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

13 de agosto de 2016

  • 13.8.16
La primera vez que lo vi, vestía un traje de algodón color papel prensa, transpiraba porque la calima llenaba el local con un aire rancio que intentábamos vencer con largos tragos de cerveza muy fría. Ni siquiera para beber se desprendía del panamá. Tenía un aire meditabundo de pistolero olvidado que administraba con resignación o sin culpa.



El verano era agotador. El calor reinaba también por las noches y no había ningún síntoma de que las temperaturas se volvieran más benignas. A veces, cuando se abría la chaqueta para pagar el ron añejo que consumía, le veíamos la pistola sujeta al cinturón del pantalón.

No hablaba con nadie y, cuando lo hacía, era parco en sentencias definitivas. Un día que alguien le importunó, le contestó con palabras precisas: “Muéstrame el calibre de tu arma y mediré la talla de tu miedo”. Lo dijo sin aspavientos y sin mover la mirada del vaso.

“Ahora vete”, dijo. El otro hombre no movió la quijada, anduvo sobre sus pasos de espaldas sin perderle la vista por un instante, y salió a la calle a recibir sin misericordia un golpe de 45 grados de calor. Después pidió otro vaso de ron con un argumento sin brechas: “Aquí no hay verano. Esto es el infierno”.

Había llegado al lugar unos días antes con el deber de matar a alguien de quien nunca supimos. En aquellos días los arreglos de cuentas eran corrientes y los suicidios anticipados por miedo a revanchas eran moneda de cambio ordinario. Pero este hombre parecía tener encomendada una tarea de más alto rango.

Nosotros no preguntábamos por miedo a una respuesta poco airosa. Así que comenzamos a improvisar misiones más propias de película que de andar por la calle. El cantinero, que nunca gozó de buen humor y la calidez en su expresión nunca su cualidad más visible o vistosa, alcanzó a preguntarle sin tapujos qué le traía por el pueblo.

“Seguro que viene a matar a alguien”, le advirtió el cantinero”. “Sí”, le respondió sin evadir el interrogatorio, “pero todavía no sé quién es”. “Solo sé”, añadió, “que merece estar muerto”. “Para eso estoy aquí”. Después alzó los ojos del vaso para tranquilizarle: “Creo que usted no es. Se trata de un hombre inteligente”. El cantinero bebió la jarra de cerveza de un trago largo y después volvió a sus obligaciones.

La última noche que lo vimos traía un bolso de equipaje y un par de puros en el bolsillo superior de la chaqueta. Encendió uno sin prisas, paladeando cada bocanada de humo, pidió un ron doble y un vaso de agua muy fría, y se disculpó con el cantinero por las palabras del día anterior.

Se sentó en la silla de todos los días sin mirar a los parroquianos que mataban el tiempo jugando al póquer. Cuando la mujer entró en el bar, todos observaron por primera vez a una mujer de alta cuna, midieron sus pasos armónicos, su cintura estrecha, sus ojos almendrados de gacela en celo, sus pelos rojos de noche perpetua, y sus manos blancas y frágiles de no haber trabajado en su vida.

Él la miró sin sorpresa, pero en su mirada se advertía la admiración por su presencia y la devoción por sus formas. “Se fue. Ya no lo podrás matar”, le dijo. “Te teme tanto que se fue”, añadió. “Tómame a mí y olvídalo a él”, le propuso. El hombre quiso esbozar apenas una sonrisa, pero no pudo.

“Mi pasión por tenerte es muy inferior a mi adicción por matarle”, le dijo. “Vete y dile que le buscaré donde esté”. Después alzó los ojos, algo perturbados por la emoción, y los puso fijos en los suyos con estas palabras: “Ahora vete y cámbiate de perfume. Estás matando a esta gente”.

La mujer salió del bar con pasos cortos y seguros. El hombre se puso de pie con el bolso en la mano, se aproximó a la barra y pidió otro ron. Esta vez sin hielo. Miró al cantinero con confianza. “A la gente ya no le gusta morir con dignidad. Ya nadie entiende este mundo”. Bebió medio vaso de ron, soltó unas monedas en el mostrador y salió del local con una desgana que todos intuyeron irreversible y justificada.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

6 de agosto de 2016

  • 6.8.16
Anoche preparó el equipaje. Libros, camisas, el bolso de aseo, algunas mudas. Ahora cierra la maleta. Siempre que lo hace mira en derredor por si olvida algo. Siempre olvida algo. Eso sí, pequeños detalles. Un bolígrafo, el desodorante, algún papel con anotaciones dispersas. Apaga el aire acondicionado, baja las persianas, observa hasta el último detalle. En la mesa deja una nota manuscrita. Está escrita con letra clara, grande, intencionada, con firma y fecha.



En un instante se le agolpan los recuerdos, oye voces, siente otros abrazos. Ahora tiene que partir. No sabe adónde. Sólo es consciente de que esta etapa de su vida ha tocado a su fin. Acepta este hecho convencido, como quien cumple años o se levanta con premura y sin dudas para ir al trabajo. A nadie ha dicho a nada. A quién le podría importar su partida.

Desde luego, no es una decisión precipitada. Todo lo contrario. Lo lleva pensando desde hace años. Por las noches le costaba consumar el sueño. Se asomaba a la ventana y veía con precisión todo aquel mundo que desconocía y anhelaba. Vivía solo. Así lo había decidido desde que se divorció.

Desde entonces vivió una vida vulgar, con fiestas y amigos, con mujeres fáciles, con dinero sobrado. Pero a veces le faltaba el aliento, porque muchos años atrás había decidido postergar sus sueños para otra vida que nunca tendría.

Ahora, por el contrario, le sobraban todas las comodidades alcanzadas, todos los privilegios reconocidos, todos los éxitos en el trabajo. Poco a poco su vida se fue reduciendo al encuentro con él mismo y a encontrar una solución a su desasosiego: la huida.

No había otra salida. Lo había pensado tantas veces que no cabía lugar a la duda. Tenía que alejarse de la ciudad, de los demás, de él mismo. Hay huidas definitivas, sin retorno posible. No es su voluntad la que lo empuja, ni las frustraciones acumuladas en los huesos las que lo llevan a adoptar esta decisión irreversible.

Es la salud. Una enfermedad que lo consume y lo mata poco a poco, que muerde incansablemente como una hormiga sus órganos vitales. Cuenta los días que le restan por vivir, pero no le duele esa suma de los días por venir, sino aquella otra de los días ya tachados que no vivió cuando aún la salud no era tema prioritario en su calendario.

De golpe se puso a anotar todos los sueños truncados, los viajes nunca realizados, las tardes vacías de cualquier invierno indigesto, las mujeres que lo abandonaron o que él no amó lo suficiente para retenerlas durante más tiempo.

Se miró las palmas de sus manos intentando descifrar las incógnitas de su destino indeclinable, pero no halló más respuesta que un vacío inmenso que no le gustaba. Nunca lloró y tampoco lo haría ahora. Nunca buscó la tristeza o la melancolía y tampoco ahora caería en esos agujeros inevitables del corazón.

Ahora no sabía qué sueño elegir porque nunca tuvo más sueño que consumir un día detrás de otro, y le horrorizaba al final de su vida diseñar un itinerario atractivo que no compartiría con nadie.

Buscó un pasaje en Internet sin prestar atención al destino. Daba igual uno u otro país. Sentado en el asiento del avión, ojeó el periódico y percibió que la vida fluye sin nuestra autorización, se derrama por todos los costados del mundo como una lluvia clara e intensa.

Escuchaba los murmullos de los otros pasajeros, las conversaciones entrecortadas, las risas, el bullicio de la vida a su alrededor. Supo de su enfermedad cuando los resultados de la revisión médica que ofrecía la empresa no fueron los de todos los años. Se trataba de una rutina, desde luego, no de una confirmación, pero los análisis anunciaban malos presagios.

Ahora no recuerda los pormenores. Nunca sufrió dolor, ningún síntoma anunciaba que su vida se extinguiera a pasos tan agigantados. Esta vez la flecha del azar le apuntaba de frente, no le dejaba un tiempo de reflexión o de dudas para preparar este último viaje.

En ese momento los motores del avión comenzaron a perder potencia. El aparato se había elevado sobre la pista casi medio kilómetro después de lo habitual. Por cualquier circunstancia, se activó el sistema de reserva en el motor derecho, hacia el que se escoró el avión instantes después de elevarse y antes de desplomarse al suelo. Cuando el avión se estrelló y estalló en llamas, él todavía contaba los días que su enfermedad le dejaría con vida.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

23 de julio de 2016

  • 23.7.16
Ella adivina que debajo del cielo los árboles caen tristes hacia el costado muerto de la cordillera y que, más allá, donde el cóndor muestra la perfección de un vuelo que agota el día, no hay otro espacio árido que su cuerpo desorientado. Hay un color plomo donde las aguas se bifurcan y una sensación solemne cuando la tarde cae apretada entre los riscos más próximos.



Espera un aviso de la naturaleza, aun cuando ella es sorda a todo canto que no nazca más adentro de su corazón. Tiene hoy su mirada el desconcierto de los días arrasados por la monotonía y el brillo de las mañanas que nacen para no ocultarse nunca.

Está sentada en la arena, como quien espera un tren que vuelve de un país lejano o una lluvia fortuita que limpie el aire cansado de un tiempo fenecido. No le importa la espera, ni el tiempo de esta, porque el tiempo es moneda de buen canje en las estaciones largas y húmedas que no llevan más allá de la misma mirada.

Ojea entre las hojas caídas un indicio de su propia búsqueda, huellas recientes que el viento no mordió, una leve sospecha quizá de que valió la pena estar ahí cuando nadie la esperaba, cuando ella misma no esperaba ya nada, cuando el tiempo del Apocalipsis no halló su camino por estas veredas sin dueño.

Quiere pensar –y piensa– que el aire manso de la tarde le basta para reordenar los pensamientos, para maniatar los huracanes deshilvanados de un destino arbitrario y fugaz. Después, cuando sea –ella no sabe–, seguirá estando aquí siempre a la espera, acaso sin esperar nada, atando las horas pasadas a esta puerta maltrecha para que no se suelten a su antojo en este desierto deshabitado que solo ella habita.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

2 de julio de 2016

  • 2.7.16
Le mondas la piel a la noche y, como nuez sin cáscara, muestra un esqueleto desprotegido de interinidades y de reclamos, restos de un naufragio que la historia no detectó en el radar de los objetos extraviados. Le quitas la piel a la noche, y hay una mujer desnuda que borra huellas en su cuerpo que delatan la soledad, y hay matices en su mirada que ella rehúye y que le recuerdan los años de abrazos y de manos llenas de espuma.



Ella quiere salir de la noche, como se cruza de una a otra habitación, con los pies desnudos, sin hacer ruido, oliendo la luz que la guía por túneles deshabitados, evitando las albercas vacías de metano y las palabras que vagan sin rumbo en el aire quemado de estas bóvedas.

Afuera, engañando el paso lúgubre de las horas, hay relojes atemporales a mitad de precio, peces que se suicidan a la sombra de los astilleros, cajas vacías y sin uso donde en otros días las estrellas se veían reflejadas como un plato de lentejas diminutas y brillantes.

Ahora, ya no puede ser. La noche anda deshecha como una mayonesa que arde al sol y, en las esquinas de la mesa, donde los inquilinos inventaban sueños sin final, esta mujer abre la puerta sin miedo, por primera vez, aún sabiendo que la vida es caprichosa en sus designios.

Tampoco importa ya. Ha cumplido cuarenta años sin haber mordido la manzana que dios le dispuso en la mesita de noche. Laura Restrepo mira la manzana con incredulidad, y le duele esta mujer que ignora que el pecado, el gran pecado que dios no perdona, es la desobediencia.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

28 de mayo de 2016

  • 28.5.16
Hay un vaso vacío, algunas ventanas cerradas, luces apagadas, una fiesta clausurada, una vida fingida, años disueltos en una edad que no aparenta, una apatía vital ancha y enigmática como el mundo que le ha tocado en suerte vivir, esquinas rotas, ángulos sin perspectiva, palabras que no son de nadie. Ayer la calle, al amanecer, era un garaje anárquico, son de claxon, bullicio de voces, una torre de babel que se disuelve en plena vía pública, diarios que anuncian catástrofes fingidas y desagravios reales.



Todo un puzzle sin sentido, un cóctel desmesurado, que la mueve de un pasado que quiere olvidar a un futuro cóncavo, estéril, también gris. El color de la ceniza, se dice. El color que no es color, sin transición, escala en un aeropuerto que te transporta de un lugar que no conoces a ninguna parte, el alambre del funambulista –volatinero o alambrista, demasiados sustantivos para quien se mece o avanza en el vacío sin otro propósito que alcanzar el lado extremo de la cuerda– que se equivoca en el penúltimo paso.

No hay error. Nunca hay error. Solo que la hora no era la indicada, ni el augurio certero, ni la magia precisa, ni el objetivo claro. A veces, apenas un centímetro basta para perder el equilibrio, unos segundos de indecisión que rompen toda proclama, una advertencia que nadie oyó, un saludo a la persona equivocada.

Después, cuando vuelva a caer la noche con su manto de incertidumbre, esta mujer recogerá del entarimado una carta olvidada, anónima, con el discurso preciso y exacto que le demanda el corazón. Pero no sabrá a quién dirigirse, ni a quién meter en la cama esa noche, con qué palabras construir una oración que solo él entienda. Así divagando, se quedó dormida. Mañana, al amanecer, ni ella sabe qué nuevas traerá el día.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

7 de mayo de 2016

  • 7.5.16
Hay un curtido espacio de sombras que divide la habitación en dos mitades simétricas. A este, conforme se entra, la ventana, amplia y con vistas, muestra una ciudad caótica, un volcán milenario, el caos de un tráfico denso y ruidoso. Hay botellas blancas de escayola sobre algunos muebles que no dicen nada y una estética general que no soporta los años.



Al otro lado, esta mujer acumula libros sin orden alguno, de temas varios y autores diversos. Lee por las noches, cuando el insomnio le ata las caderas a la nostalgia de otros años. Lee por matar las horas y, mientras lo hace, recompone en la memoria los días de felicidad usurpada.

Es falso, se dice, que una mujer sea feliz sola, que se adapte a vivir lejos de la presencia de un hombre que le busca a estas horas los métodos procedentes para el descarrío personal, a estas horas en que la somete a la ceremonia invariable del amor.

Conforme piensa, lee más rápido, como si la lectura detuviera el curso de los sueños y lograra paliar el deseo con palabras que se entrecruzan en su cejo sin mucho sentido. Ella sabe que no obedece a ninguna lógica estos pensamientos que la van quemando por dentro, en ese mismo lugar donde algunos hombres indagaron su identidad más profunda, allá adentro donde esconde los secretos peor guardados de su alma.

Ríe ante la sospecha de que el alma se escabulla allá adentro, en lo más profundo de su sexo pero, a veces, cuando la libido le duele tanto que la enajena, lo piensa sin tachaduras, en la certidumbre de que qué mejor lugar habrá para conservar lo más verdadero de ella misma.

Cuando ya la tormenta cede, esta mujer abandona el libro, la cama y se asoma a la ventana que trae una noche en calma, con música que alguna vez escuchó en los sueños. Se viste como para ir de fiesta. Es decir, para ir de fiesta. Se enfunda los zapatos de aguja, el vestido de seda que contornea al detalle su cuerpo de ave rapaz, se maquilla sutilmente rasgos que no podría ocultar y que ahora destacan en su conjunto. Después, baja decidida a no dejar que la vida se le escape por las alcantarillas del edificio.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

29 de diciembre de 2015

  • 29.12.15
Ahora es el momento de desmochar la noche y, goniómetro a mano, medir ángulos y tipografías, reducir cristalografías y radiodifusiones, acechar al enemigo para darle muerte con el perfume de un clavel. Las víctimas tienen un número que las identifica, pero han perdido su DNI y su ADN. Observadas en perspectiva se asemejan en el tormento que reflejan sus rostros y en los labios rotos de masticar rabia y obediencia ciega.



Las cuencas de sus ojos están vacías. Pareciera como si nunca hubiesen estado llenas o como si su innecesaria y voluntariosa prudencia les hubiese privado de la luz, territorios donde afluyeron ríos de un fango viscoso y traslúcido que buscaba en el subsuelo de sus almas partículas que ellos mismos ignoraban que pudieran poseer.

Ahora es el tiempo de mover las cenizas aunque no haya fuego. En el cielo los peces vagan sin rumbo como estrellas abandonadas, y los caminos conforman un laberinto que no muestran los mapas. Tampoco hay islas desiertas ni puertos con tabernas lúgubres donde una mujer oscura pueda ofrecer al vagabundo ron y cama a un precio asequible.

Yo estoy esperándote en cualquier lugar que desconozco, sabiendo que no volverás. Pero a veces, cuando tiendo mi espalda tan cerca del mar, escucho el soborno de tu voz y sé, por el viento mudo que levantas, que andas cerca de mí. No necesito abrir los ojos para verte, porque tus manos, cuando buscan mis huesos maltratados, saben dónde poner la mirada. Ahora, ya te digo, es el tiempo del reencuentro.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

12 de septiembre de 2015

  • 12.9.15
En cualquier lugar del mundo siempre hay un ciudadano o un periodista con la cámara al hombro intentando eternizar en imágenes la belleza y la rabia del mundo, las catástrofes humanas, la vergüenza compartida. En aquella playa turca, en la misma que los turistas masifican sus descansos estivales, la periodista de la agencia Reuters Nilufer Demir captó la instantánea que ha revuelto las conciencias de todo el mundo.



Sabemos ahora que se llamaba Aylan, que tenía tres años. Sabemos también que murió su hermano de cinco años, Galib, y su madre, Rihan, de 35. En otra foto, se ve al padre, Abdulá Kurdi, enterrando en Kobane a sus dos hijos.

Había pagado a los traficantes mil dólares por cada miembro de la familia para que los sacaran de la guerra y les acercara a un hogar improbable en Europa. Aylan no sabía nadar, no tenía chaleco salvavidas. Se le ve tendido, tragando agua marina, tirado en mitad de una playa que no conocía. En realidad, parece que dormía. Todos quisimos pensar que dormía. En las guerras, en cada guerra, hay fotógrafos para dejar testimonio del horror humano. A veces, una sola foto muestra la miseria humana con una ternura despiadada.

Nilufer Demir dice que tiene muchos negativos con fotos niños muertos. Muchos corresponsales de guerra archivan demasiadas fotos de niños muertos. En ocasiones, basta una sola para decirnos dónde estábamos que olvidamos este guerra que dura ya cincos y que ha expulsado de sus tierras a cuatro millones de personas que viven refugiados en otros países que nunca serán suyos, que viven desplazados de sus cales y de sus colegios y de sus centros de trabajo. Que viven, quién lo diría, el dolor de las guerras que nosotros provocamos.

Dónde estábamos cuando Demir captó para la memoria de la infamia esa imagen que nos ha matado un poco a todos. Con quién brindábamos el final de unas vacaciones que serenaron el ánimo que ahora perturba el cadáver de un niño tirado en la arena de una playa turística, muerto sin compasión por el oleaje salvaje de la guerra. Aylan estaba tirado, parecía que dormía, dulce y pequeño, descalzo, con la vida por delante. Parecía que dormía acunado por las aguas mansas de una tregua sin cuartel en una guerra que nunca termina. Y es cierto que dormía: dormía para siempre.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

22 de agosto de 2015

  • 22.8.15
Soy un amante de las estadísticas, de las cantidades, de los porcentajes. Embellecen el idioma y dotan al lenguaje de una precisión inaudita y necesaria. A diferencia de la metáfora, que oscurece la lengua si bien es cierto que la dota de belleza, los números certifican y convencen, desechan toda duda y son herramientas útiles en los pronósticos, en las aseveraciones, incluso en las dudas.



El número es una entidad abstracta que representa una cantidad. Lo sabemos, pero en ocasiones lo olvidamos. Los números sirven de contraseñas, de códigos, de indicadores de orden. A veces leo el periódico, y me gusta encontrar números, porque las declaraciones las encuentro imprecisas y sospechosas, proclives al engaño, fáciles de manipular y de elaborar.

Los números, por el contrario, siempre se muestran más tercos a la hora de elaborar resultados tendenciosos de uno u otro tipo. La naturaleza del número es exacta, a diferencia de los sentimientos, que son volubles y caprichosos.

Una cabeza fría vale más que un corazón atenazado. La inteligencia encuentra su materia seductora en los números; el corazón, sin embargo, huye de las planificaciones y las demoras. No obstante, busca la estabilidad de los sentimientos y se asienta sobre tierra firme antes que dejarse llevar por los azotes de cualquier huracán.

Soy un fiel amante del equilibrio, de la coherencia en las narraciones, de los párrafos medidos, de los finales imprevisibles pero lógicos. No me asustan las sorpresas, pero detesto la improvisación, los poemas sin rima, la música recurrente y repetitiva con que nos castiga buena parte de las emisoras de radio.

El desconocimiento de la norma no es óbice para caer reo de la justicia. Los accidentes de tráfico, por ejemplo, muestran unas estadísticas a todas luces escalofriantes e incomprensibles, prueba evidente de una falta de respeto a los demás ciudadanos. Llámese exceso de velocidad, dos copas de más o adelantamiento imprudente.

Las excusas no restan cadáveres en las cunetas ni devuelve la felicidad a la viuda o a los familiares de la víctima. La vida se torna absurda cuando estas negras estadísticas las alimentan los errores o los descuidos, la felicidad efímera de un trago innecesario, el abrazo inoportuno en el mismo instante en que la curva se nos muestra áspera y resbaladiza.

Me gustan los números porque gracias a ellos cuantifico la amargura de los proyectos frustrados, la tristeza de los sueños intangibles, del tiempo venidero que se nos va sin poder atraparlo un solo instante.

Gracias a los números detesto los sentimientos indomables, los hábitos subterráneos, las inclinaciones tendentes a la melancolía. Gracias a los números modulo los sentimientos a mi antojo, los conduzco como si fuesen un turismo o una bicicleta. Los sentimientos son artefactos controlables, herramientas útiles si se las domina con probabilidades, si se las seduce con altos porcentajes.

La vida no es vida sólo con números, pero gracias a ellos construimos edificios sólidos, abrazamos cuerpos ciertos, identificamos las imprecisiones y las traiciones. Los números delatan las conspiraciones, expían las dobleces, condenan los malos augurios.

El amor no es una cifra, sino un sentimiento cuantificable. Ésa es la ventaja, en todo caso. Es cuestión de medir sus posibilidades, de atesorar sus cualidades no en abstracto sino en datos concretos, descuartizado en estadísticas, abierto en canal como un cerdo aún humeante de vida. Limpio de toda la sangre, el amor, como cualquier otro sentimiento, está preparado para el consumo. Más pasado o menos pasado. El fuego, como es lógico, también se puede cuantificar para doblegar. Quién lo diría en estos tiempos.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

25 de julio de 2015

  • 25.7.15
Cierro la puerta entreabierta para que el aire no monte huracanes, navego por las orillas del mar por miedo a las profundidades desconocidas, me bebo la botella medio llena por miedo a la duda, no miento aunque siempre cuento la mitad de la verdad, invento mis propias ficciones porque la gente cree cuanto estima necesario y no todo lo que es cierto, oigo y archivo el dato, me gustan las primaveras indeseadas y los otoños anticipados, observo al perro como el peor amigo del hombre, sobre todo si el perro no es mío, y ladra y es agresivo y además lo protege la ley.



Leo novelas que no se venden, autores que no entiendo pero cuya musicalidad me apaga la animadversión a los poetas inútiles, busco la noche como el héroe se apega al peligro, camino con prisas para que nadie se apresure a delatarme, esquivo las miradas para no sentirme seducido, miro al cielo en los semáforos en rojo mientras los vehículos trepan por las avenidas con la prisa de una parturienta, evito las colas en los cajeros de las grandes superficies, busco los taxis donde sé que nadie se parará si alzo el brazo en gesto de socorro, miro los escaparates cuando no tengo un euro para adquirir ni un caramelo, huyo de las fiestas de Navidad y de Fin de Año, detesto los homenajes y los agasajos, los cumpleaños felices y las jubilaciones, las celebraciones con confeti y la Coca-Cola sin gas o sin ron, lo mismo da.

El solomillo, ni pasado ni mitad y mitad; el gin tonic, cargado, por favor, como la vida, por favor; el café, caliente que pela; algunas señoras, como el café, con perdón; los catecismos, todos cerrados; las botellas, abiertas, para que el vino se vaya oxigenando; la puerta cerrada, como la boca, para que no entren moscas, ni moscardones que, por cierto, abundan; la casa propia, con luz, con libros y con vino, por si ella llega tarde o no llega; los veranos, como tienen que ser, con calor; los inviernos, como tienen que ser, breves; tu rostro, siempre cerca, por si no encuentro un espejo cuando me despierte por las noches; el día, sin demasiadas sorpresas y con dinero, y, como es lógico, uno detrás de otro. No me gustan las cosas amontonadas y en desorden.

No asumo otra responsabilidad que la de estar vivo e inventar la vida a cada instante, subirme a los árboles sin el permiso del público, husmear en los nidos de los gorriones por si el avaro hubiese escondido allí su tesoro, no buscar otra fortuna que vulnere el derecho a sentirme feliz en mi propio pellejo, el único traje que nunca me cambio ni repongo, que asumo como un rasgo de identidad al igual que mi sombra y mi hipoteca. No asumo otra sospecha sino la de agotar cada hora como si fuese la última loncha de jamón de este plato colectivo que es este planeta, verde y azul, intoxicado y bello, diverso y disperso como mis sueños, acogedor e insólito como una muchacha enamorada o no enamorada, da igual.

Cruzar la frontera sin pasaporte, callar cuando los otros hablan, escuchar aunque no te interese lo que se dice, escuchar hasta que acaban con tu paciencia, y sales, evitas un portazo, pero dejas la puerta a su antojo, el portazo como consecuencia se hace inevitable, todos despiertan con el portazo porque todos dormían y nadie escuchaba, todas las conferencias y las homilías son aburridas, aunque nadie lo reconoce, todos callan y todos duermen, ése es el problema, que todos duermen, mientras otros cantan, recitan, sermonean, bailan en el escenario, se sacan conejos de la manga, una rosa sin olor del ojal, un mitin sin improvisación, una despedida sin excusa, un billete de avión sin avión y sin viaje.

Mientras escribo, se han derretido los cubitos de hielo en el vaso de whisky. Va a ser cierto esto del cambio climático. Pero si bebo y dejo de escribir, igual se me congelan las palabras. Y no se pueden hacer dos cosas a la vez. Desde luego, este mundo no hay quien lo entienda.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

18 de julio de 2015

  • 18.7.15
Arcadio Martínez había coronado a sus 50 años una vida de éxitos empresariales que en otro momento apenas podría haber catalogado de sueño posible. Ahora también podía sumar a este currículum espectacular la consumación de una relación estable y fructífera. Conoció a Carmen D. G. en un crucero por las islas griegas. Ambos viajaban solos con la firme aspiración de descansar durante unos días y volver repuestos y con energía a sus responsabilidades laborales. Pero el amor se le cruzó en mitad del crucero. A él le llamó la atención su elegancia, su mirada discreta, sus largos dedos, su indiferencia ante el primer y segundo ataque de aquel seductor seducido. A la tercera, por supuesto, fue la vencida.



Aquello sucedió hace ya dos años. Desde entonces viven como una pareja estable y en armonía. Arcadio Martínez sigue enamorado como el primer día. Arcadio, en realidad, es un hombre sin encantos, un tipo vulgar, metódico en el trabajo, cicatero, sin gracia, pero honesto y leal, virtudes estas dos últimas, que, como sus defectos, heredó de la madre, mujer a la que nunca se le conoció ni un despiste sentimental pero tampoco ningún gesto de cariño hacia el esposo. Vivió dedicada por entero al hijo y el resultado, obviamente, no podía ser otro. Arcadio Martínez, en todo caso, era buena persona, listo para los negocios y degustador de sus éxitos empresariales.

Por esta razón última recibió con recelo la visita de dos encapuchados la noche del 28 de diciembre. Por la fecha pensó que se trataba de una broma de mal gusto, pero pronto se concienció que se trataba sólo de mal gusto y que en el hecho citado no cabía broma de ningún tipo.

Un encapuchado se llevó a la mujer amenazada con una pistola. El segundo encapuchado, portando también pistola, dijo a Arcadio Martínez que se trataba de un secuestro y que no vería nunca más a su mujer si no pagaba 160.000 euros por su liberación.

Arcadio Martínez no dudó en descolgar el teléfono. Al otro lado del hilo telefónico, al empleado, tan metódico como su jefe, le sorprendió la orden de sacar una suma tan fuerte y de modo urgente. No dudó en llamar a la policía. En poco menos de una hora, los agentes montaron un dispositivo en las inmediaciones del domicilio en el que también participaron miembros del Grupo de Operaciones Especiales.

El resultado de la operación policial no fue del agrado de Arcadio Martínez. La policía logró detener a los dos encapuchados y a la mujer secuestrada, Carmen D. G., con quien Arcadio Martínez mantuvo dos años de felices relaciones, pero cuyo verdadero nombre era María y cuyo secuestro fue simulado para extorsionar a su pareja. María conocía a los dos encapuchados, con quienes había programado el falso secuestro, y los tres eran acreedores de numerosos antecedentes policiales por estafa y falsedad documental.

Aquella fue la noche más negra que Arcadio Martínez vivió como hombre despechado. No le hubiese importado haber pagado los 160.000 euros, haber sufrido la fatídica experiencia de un verdadero secuestro, a cambio de saber que su relación era tan auténtica como su fortuna.

Recordó los días de crucero, la sugestiva indiferencia de la mujer, las primeras noches de amor con la música del mar como fondo. Todo parecía irreal por perfecto, pero Arcadio Martínez podía comprobar con sus propias manos que se trataba de un sueño tangible. Tardaría dos años todavía en saber que aquel día nació la peor pesadilla de su vida.

Ahora sabe que en el amor como en los negocios siempre hay que estar alerta porque las mejores fortunas atraen a las peores hienas, y que la belleza es el señuelo más eficaz para enganchar a los peces más gordos.

Después de dos años de haber amado a esa mujer le costaba pensar que en realidad fuera otra, que fuera otro su nombre, otro su pasado, otras sus intenciones, que fuera falso todo en aquel rostro tan bello, que detrás de la belleza no hubiera nada, que la propia belleza pudiera dar luz sin un corazón que la alimentara de energía.

Supo que en ocasiones, como en las mejores películas, detrás de cada frase hay un guionista perverso capaz de engañar y de seducir al ser más avispado, que cualquier guionista es capaz de crear una historia en el cine y en la vida, y que todos somos propensos a caer en una emboscada, ya sea real o inventada, porque no siempre alcanzamos a saber, como le ocurrió a Arcadio Martínez, si en nuestra vida cabe un falso secuestro.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

11 de julio de 2015

  • 11.7.15
Me gustan sus ojos color uva, su forma de avellana, su mirada con la sensación de sentirse extraviada siempre. Me gustan sus manos sarmentosas, sus abrazos de enredadera, su sombra de parra estremecedora en septiembre. Me gusta cogerla por la cintura como si fuera una botella, desprenderle la etiqueta, el DNI, el ADN, cambiarle el color al trasluz como si fuera un vino nuevo. Me gusta retrepar por su espalda buscando sospechas inventadas y después tenderla en la pasera y contarle al sol los grados de soledad que desamortizo a su lado, con sólo mirarla del revés o con sólo imaginar su estatura cuando no está.



Pero ahora no puedo, porque bebiendo con ella la veo tal como es, repetida en los sorbos de vino, absorbida sin esfuerzo, como quien bebe para olvidar, pero mientras más lo hago más presente está, como si fuera un sueño real del que no puedo huir. Para olvidarla bebo, pero más presentes se me hacen sus labios de vulvas silvestres, de sabores desconocidos.

Me gusta estar ebrio a su lado para inventarla a cada instante, para modelar su mirada y sus pasos, pero cuando camina pierdo sus pies entre las viñas que no hay, y la imagino perdida en las bodegas de mi niñez, saboteando las botas de roble, oliendo las maderas como quien busca el néctar aún no inventado.

Y allí la encuentro sin buscarla siempre, con la sed apagada del vino que nunca la embriaga y huyendo de la sobriedad que detesta en los demás. Es bella como un racimo todavía colgado de la cepa de la que no se quiere desprender, con la piel suave de los frutos perecederos.

Y ella lo sabe, por eso juega a quemar las maderas recientes y a vivir los minutos al por mayor, a huir de las subastas amañadas y a prolongar las vendimias que se vacían en otoño de esa felicidad fortuita que impone toda fiesta efímera.

Siempre se va sin decir adiós, pero yo sé dónde encontrarla. Sé que lucha constantemente contra las olas advenedizas del porvenir y que busca en el mar el color marchito que la juventud le ha desbaratado.

Cuando mira el mar lo ve del color del vino, como ya escribió Leonardo Sciascia, pero siempre nos espera con su calma de traición y su color de naufragio, aún en las mañanas claras de julio cuando ella se desnuda sin pudor frente al mar abierto donde sólo hay pinos mediterráneos y eucaliptos centenarios y más allá también algún turista empeñado en rompernos el momento único, pero ella inventa la vida como el tiempo y la madera dotan al vino de aromas y olores y sabores, y yo en ella busco el elixir de la perpetua embriaguez que nunca me abandona.

No hay licor comparable a su cuerpo ni embriaguez más deslumbradora que sus manos dibujando mis ojos cuando el vino no me deja ver los sueños reales que ella me ofrece no como una excepción sino como una costumbre diaria a la que me someto sin restricciones.

La imagino, y entonces la veo salir del mar color del vino, sucia de ese color cárdeno de los vinos nocturnos que conocemos, y otras la veo con un fondo amarillo de oro viejo, como si el mar estuviera bañado de amontillado, y ahora ella recita, por asimilación, palabras de Edgar Allan Poe, al que lee en libro miniatura que sujeta con una mano mientras con la otra da pequeños sorbos al amontillado frío que degusta moviendo la lengua para increparme a compartir el mismo sabor de todas las noches.

Ahora el mar es azul, como si de repente la sobriedad la hubiera vestido de sensatez, una sensatez que no la embellece en absoluto, muy al contrario desdibuja el brillo de sus labios gruesos como un fin de semana o como una noche con luna llena, o sencillamente con luna, como ésta en que se me acerca insinuante como una gata en celo, borracha como una cuba, bañada de vino por todas partes, por dentro y por fuera, perfumada de vino reciente, y mientras me abraza oigo el ruido de las olas estrellarse contra la puerta del apartamento, pero no es el murmullo del mar, sino los vecinos que protestan porque les molesta el arrullo de esta mujer en celo que canta sin importarle la hora y dice palabras malsonantes a cualquiera que no conoce y se desnuda en mitad de estas paredes para asustar a estas personas de buena fe que sólo quieren dormir.

Pero ella es así, sobre todo cuando está ebria como una cuba, como un mar color de vino que diría Sciascia, a quien lee antes de beber, antes de perder el conocimiento en mis brazos. Ahora su respiración es acelerada y profunda, y mientras duerme y deja dormir, yo alargo el vaso de vino y a través del vidrio empañado acierto a ver el mar de mis desvaríos y el mundo de un color ámbar que me recuerda la luz de una bodega a media tarde cuando está lejos y en calma, como esta mujer que duerme a mi lado en mitad de la noche y que nunca ha visto el mar.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

4 de julio de 2015

  • 4.7.15
Me gusta viajar en coche, pero soy un conductor sereno y prudente, temeroso de las leyes y de la Guardia Civil. Amo la justicia y deploro la mala fortuna. La vida, después de todo, tiene un as y un envés, noches cerradas y días luminosos. La oscuridad, quién lo diría, sería mi fiel aliado en esta lucha sin cuartel en la que tanto mi abogado como yo lamentamos aquella fatalidad del destino.



Un eclipse de luna hacía imposible la visibilidad. Por esta razón precisamente reduje mi velocidad más allá del límite permitido. Ella caminaba por la autovía, un lugar por donde no podía hacerlo, y sin ropa reflectante. Antes de poder dar un viraje al vehículo le enganché la pierna y la arrastré, no sé, unos cuarenta metros.

Cuando bajé del coche, la encontré bañada en sangre, todavía con vida, bella y asustada, con los ojos muy abiertos, como si pidiera ayuda, la misma ayuda que no le podía ofrecer. Murió unos minutos después, auspiciada por otros conductores que detuvieron sus vehículos de manera violenta para no empotrarse unos en otros.

El padre de la chica, como es lógico, me acusó de imprudencia, pero fui absuelto. Ahora soy yo quien ha demandado al padre de la víctima. ¿Que para qué? Para reclamar 6.730 euros por los daños en el vehículo como consecuencia del accidente. No sabes cómo se quedó. Prácticamente siniestro total. Y lo necesito para ir al trabajo. Lamento lo que le ocurrió a la chica. No lo sabes bien. Pero no fue mi culpa. No tengo intención de retirar la demanda. Además, mi abogado me dijo que este tipo de reclamaciones se tramitan de forma habitual.

El padre confiesa que no tiene dinero, pero ése tampoco es mi problema. Tampoco yo lo tengo. Aún estoy pagando las últimas letras del vehículo. Compré el coche por necesidad, no por placer. Soy fiel cumplidor de la ley. Mi currículum da fe de ello.

Sé que el drama del padre no tiene solución. Es viudo, vive nada más de su propio sueldo, tiene una economía modesta y un vacío en el corazón que le ha dejado la vida deshecha por aquel maldito atropello. Yo soy inocente de estas putadas que a veces gasta la vida. Me duele su dolor, no lo niego. Pero yo necesito mi coche para ir al trabajo, o para lo que sea. Tampoco tengo que dar explicaciones que no vienen al caso.

Casi me muero cuando le enganché la pierna y la arrastré como si fuera un muñeco con vida. No duermo desde entonces. Y a mí quién me paga tantas noches de insomnio. No logro borrar su imagen de mi mente. La veo con sus ojos abiertos, bella, incluso sensual, sufriendo un destino que con toda probabilidad no era el suyo. Dios dispone, como advierte el refrán.

Yo sólo sé que venía conduciendo mi coche en una noche cerrada, midiendo la velocidad y las distancias, porque sé que el ser humano se pierde en la oscuridad y que por esa razón muchas criaturas se pierden para siempre en sus propios sueños. Yo me he perdido en la peor de las pesadillas, una pesadilla recurrente que no se borra, aunque el padre de la chica me pague los daños del coche, que me los pagará, porque yo no soy culpable de que el azar muestre todo su infortunio de modo tan trágico. Yo también soy víctima, una víctima que desde el día del atropello viaja en autobús. Y eso tampoco es.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

30 de mayo de 2015

  • 30.5.15
El miércoles, mientras hojeaba el periódico, se tropezó con una noticia que le desconcertó. Se trataba, según el diario, de un hecho excepcional. El lunes anterior nadie había perdido la vida en las carreteras españolas. ¿Y dónde radicaba concretamente la excepcionalidad de aquella noticia? Precisamente en que desde el 30 de enero de 2006 no se producía otro hecho igual. Es decir, durante 22 meses, todos los días se había producido algún accidente de tráfico mortal. Las estadísticas todavía ofrecían algunos datos más desalentadores. En los últimos doce años sólo se habían contabilizado cuatro jornadas sin víctimas mortales en accidentes de tráfico.



Ese mismo lunes, F. C. C. se había despertado huyendo de un mal sueño. Había llamado a la agencia para decir que esa mañana no iría al trabajo, que tenía la salud resquebrajada por alguna razón que desconocía y que intentaría, si se recuperaba, ir por la tarde.

Aquél fue un fin de semana negro, porque las relaciones con su mujer se acercaban a la curva final a una velocidad de vértigo. También fue un fin de semana gris, porque la lluvia y un cielo encapotado no permitieron ver la luz del sol, ni siquiera dejaron ver la luz.

Así que el domingo se acostó con la sensación equivocada de que allí se acababa el mundo. Pero el Apocalipsis nunca da los buenos días con tarjeta de visita. En algún lugar, desde luego, está escrita o grabada la fecha del último día, pero nadie sabe quién la custodia.

Hasta los últimos meses había mantenido unas relaciones maritales bastante aceptables. Había dejado de beber con los amigos hasta las tantas al salir del trabajo. Nunca pisó un burdel, excepto en una ocasión en que se había ligado a una puta en un pub en pleno centro de la ciudad. La experiencia le alivió la soledad que anidaba en su corazón, pero desde entonces nunca logró reconfortar su alma con otros amores de saldo.

Alejandra María del Mar, su mujer, no era ajena a esa vida descontrolada en la que vivía sumido su esposo, porque por las noches, mientras dormía, hablaba a voces del destino incierto por donde transitaba su vida.

Alejandra amaba a F. C. C. como el primer día. Nadie lo entendía porque tenía un cuerpo que obligaba a beber sin pausa y a espurrear el alcohol sin razón alguna. El líquido se atascaba en la garganta y no te dejaba respirar. Todos la miraban sin pestañear con esa inocencia desbocada que provocan los acontecimientos inusitados.

Era valiente en el vestir y dinamitera en el andar. Era la guerra personalizada encaramada a unos zapatos de tacón excesivamente altos. Alejandra María del Mar empezó a dejar de amarlo un buen día en que se dio cuenta de que la vida no cerraba sus fronteras al otro lado del barrio, sino que ése era en todo caso el comienzo del camino.

Aquella mañana de lunes pensó que no valía la pena vivir y que ya no podría ser feliz sin esa mujer a su lado. Llamó al trabajo para decir que se sentía mal. Después se vistió con una calma moderada. Escribió una carta de despedida, breve y con letra clara, que no dejara lugar a dudas.

Cualquier curva a esa velocidad, pensó, era un obstáculo insalvable. Pero fue en ese momento en que oyó que alguien metía la llave en la cerradura e intentaba abrir la puerta. Era Alejandra, le dijo que no había vuelto porque nunca se había ido, que nunca se iría de su lado porque el mundo era muy frío lejos de aquella casa en la que habían vivido cerca de treinta años.

La alegría lo había debilitado aún más. Se encamó con la vocación de un enfermo en fase terminal, pero el martes por la tarde se sentía mucho más aliviado hasta el punto que le dijo a Alejandra que la vida valía la pena y que después de tantos años la amaba como el primer día.

El miércoles, mientras esperaba el autobús leyó en la prensa que aquel lunes había sido el primer día, en casi dos años, sin muertos en la carretera. Agradeció con una sonrisa el buen sino de aquella noticia. Después sonrió sin que nadie le viera, porque sólo él sabía que el muerto de ese lunes ingrato tenía que haber sido él. Tiró el periódico a la papelera y subió al autobús. Mientras se dirigía al trabajo, le sonó el móvil. Era Alejandra.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

23 de mayo de 2015

  • 23.5.15
Octavio Ramírez, a sus 62 años, no había logrado vencer el miedo a viajar en vehículos a motor. Nunca pudo entender cómo un avión se podía mantener en el aire sin que la gravedad de la tierra o la inmensidad del cielo engulleran de un solo trago a ese artefacto que se atrevía a calificar como un insolente desafío a Dios. Por esa razón quizás no entendía la publicidad de algunas agencias de viajes: “Vuelos sin sorpresas”. Por mucho que le explicamos que la frase sólo hacía referencia a los gastos de gestión y que los vuelos aéreos eran muy seguros, él consideraba que bastante sorpresa era ya estar vivo a su edad con tanto adelanto tecnológico.



El mar tampoco era su fuerte. No entendía cómo un barco se podía mantener a flote sin volcar, pero aún más respeto le merecía la inmensidad del mar, un espectáculo que siempre admiró desde la seguridad que le proporcionaba la orilla, la playa, el acantilado.

Observar el mar, en calma o embravecido, era una escena que amaba como ninguna otra, pero que, como los toros, prefería ver desde la barrera. Sí sentía un cierto apego por las vías férreas del tren, que le proporcionaban cierta credibilidad que en modo alguno conseguía con el avión o el barco. Pero Octavio amaba los trenes del siglo XIX, aquellos artefactos empujados a trancas y barrancas a base de carbón y no estos trenes de alta velocidad que le delataban el vértigo que sentía con sólo verlos desde el horizonte.

De la carretera, mejor ni hablar. Solamente las estadísticas anuales de accidentes mortales le provocaban incontenibles náuseas. Despreciaba su estética, esos modelos aerodinámicos que rompían todo pronóstico cuando alcanzaban la velocidad del rayo, que envenenaban el aire, que abarrotaban las calles de cada ciudad y que invadían los pasos de cebra y las aceras y los parques como si se tratara de un parking propio y colectivo. Esos armatostes que hacían de las ciudades rincones infectados, incómodos y ruidosos.

En el mismo pedestal colocaba vespas, motos y ciclomotores, una copia infundada y posmoderna de la bicicleta, el único vehículo de montar que Octavio Ramírez consideraba a la altura del caballo, del burro o del camello. De hecho, le gustaba llamarlo caballo de ruedas, como el “celerífero”, un antepasado de la bicicleta que inventó el conde francés Mede de Sivrac en 1790, al que también se llama caballo de ruedas. Consistía en un listón de madera, terminado en una cabeza de león, de dragón o de ciervo, y montado sobre dos ruedas.

Para Octavio, la bicicleta, a diferencia de los otros vehículos a motor ya mencionados, era un medio de transporte gratuito y sano, ligero y ecológico. Admiraba de la bicicleta tanto el tamaño como la estética. Sabía que otros antepasados de la bicicleta se remontaban al Antiguo Egipto, aunque sólo se trataba de dos ruedas unidas por una barra; a China, aunque con ruedas de bambú; o a la cultura azteca, donde un vehículo con dos ruedas era impulsado por un velamen. Aunque con más precisión, las primeras noticias sobre un primer boceto de la bicicleta datan de 1490 y pueden verse en la obra de Leonardo da Vinci Codex Atlanticus.

Desde muy joven, Octavio Ramírez aprendió a montar en bicicleta. Las coleccionaba plegables e híbridas, de paseo y de montaña, estáticas y de carrera. Su casa era un museo y un homenaje personal a este invento de dos ruedas. Siempre presumió de no haber subido jamás a un vehículo con motor.

A pie o en bicicleta anduvo toda la vida hasta que aquel día crucial el tren de la vida se le puso enfrente. Las noticias decían, mezclando detalles innecesarios y de mal gusto, que el accidente fue una mezcla de imprudencia y mala suerte.

Eran las 15.30 horas cuando el paso a nivel de la barriada periférica de la ciudad donde vivía estaba cerrado. La policía indicó que un tren se aproximaba cuando la barrera estaba bajada, insistía, y además el semáforo estaba en rojo. Un autobús, continuó diciendo el policía, gesticulando e indicando así las dimensiones y la posición del vehículo, estaba detenido tras la barrera, de modo que anulaba la visión de Octavio Ramírez, que, como era preceptivo, viajaba montado en su bicicleta.

Decidió cruzar en aquel momento. Cuando vio el tren, la bicicleta ya volaba por los aires, y él también, pero sin paracaídas, otro invento que no amaba en absoluto, aunque éste, como la bicicleta, no necesitaba motor en sus descensos al paraíso del cual el tren lo había expulsado para siempre.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

16 de mayo de 2015

  • 16.5.15
Desde mucho antes que sus padres sospecharan seriamente en ser padres, Graciela Urbano ya tenía nombre. La madre eligió el nombre de pila, después concibió a la hija y en último lugar definió su perfil y estructuró su vida con el solo aliento del padre, que a duras penas soportaba la inflación de vocación maternal de la esposa. Eran un matrimonio al uso. Vivían sin amor y sin problemas aparentemente, apenas viajaban, eran correctos con el vecindario y con la Iglesia, pagaban sus impuestos religiosamente y no tenían otra aspiración que educar a la hija como si fuera una princesa.



Cuando nació, la madre imaginó otro rostro más agraciado, pero bastó tomarla en sus brazos para verla como la niña más bella del mundo. A partir de ese momento comenzó a construir el castillo de naipes que bailaba en su cabeza desde antes de conocer a su marido.

La niña tampoco era graciosa. Baste decir con esto que era fiel reflejo de su madre. Del padre heredó más bien poco. Ni su capacidad de trabajo, ni su discreción, ni su impersonalidad acomodaticia a cualquier vendaval. Sabía que con su matrimonio había firmado la hipoteca de mayor costo de su vida. Pero él era feliz en los ratos libres que ella le dejaba, y así se acostumbró a llevar una doble vida tan bien aprendida como si fuese la de un espía doble.

La niña tampoco era simpática ni inteligente. Tenía mal oído para la música y mal carácter para el teatro. No entendía de números ni de letras. Era más o menos como su madre, pero en tamaño pequeño. Y con una gran diferencia: la avaricia de la madre desbordaba cualquier cálculo posible. En eso, la hija, pobrecita, se parecía al padre.

La niña era, como se suele decir, un ángel. No porque fuera encantadora o tuviera alas, sino porque era medio boba y siempre andaba por el suelo. Tropezaba más que un borracho en retirada.

Pese a sus contados encantos, la madre le diseñó una vida de princesa. Sería modelo y después actriz. Buscó en los reinos occidentales y orientales un principado vacante donde ubicar a su polluela. Pero antes debía aprender varios idiomas y adquirir algunos conocimientos de protocolo.

Cuando Graciela Urbano cumplió cinco años tenía una agenda más apretada que la de un alcalde. Entre el colegio y las clases de danza, inglés, flauta y natación, la niña empezó a olvidar que existían las meriendas y los dibujos de animación.

La verdad es que realizar los sueños de la madre era una empresa más que imposible, pero uno nunca desea mal a nadie. Aquel día, desde luego, el castillo de naipes se le cayó cascote a cascote. Eran sobre las nueve de la mañana. La madre conducía a Graciela Urbano al colegio. Iban a cruzar ya la calle para entrar en el centro educativo cuando en ese instante pasó un coche, lo que las obligó a acercarse a la acera.

Fue entonces cuando una esquirla procedente de la parte superior del edificio contiguo se precipitó sobre la menor. Antes de que la madre fuera consciente de lo que había ocurrido, encontró a la hija enterrada entre cascotes y polvo procedentes del derrumbe controlado de un edificio. El Servicio de Emergencia 112 trasladó a la niña al hospital, donde ingresó cadáver.

Graciela, desgraciadamente, pasó a mejor vida. La madre, por el contrario, vivió enterrada entre los cascotes de su castillo de naipes. Poco a poco se volvió más silenciosa y solitaria, pero sobre todo maldijo cada día la vida que había ideado para una hija que perdió tan joven.

El padre, por el contrario, lloró a la hija ese día y todos los demás días. Ahora ya no necesitaba una segunda vida. Se sentaba en el sofá del salón con la televisión encendida y su botella de coñac. Parecía que miraba la pantalla, pero no, tenía la mirada vacía. Sólo alcanzaba a ver su vida apagada, sus días perdidos en aquella casa asfixiante.

De vez en cuando se le escapaba una lágrima y alguna que otra vez pronunciaba su nombre: ¡Graciela! La llamaba, no para que volviera, sino para no sentirse tan solo. Ahora sabía que la soledad era eso. Estar tendido esperando que llegara la muerte.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

9 de mayo de 2015

  • 9.5.15
El tiempo no ayudó a que pudiera olvidarla. También es verdad que no hizo demasiados esfuerzos por conseguirlo. Era consciente de que los amores enconados eran los más difíciles de resolver. Se quedan metidos en el estómago o en el hígado, o en el corazón, como un tumor que invade cada célula del cuerpo y del pensamiento.



Al principio, como cualquiera hubiera hecho, no prestó demasiada importancia. “Mancha de mora con mora se quita”, se decía cada noche después de haber clausurado con éxito otra nueva aventura. Sin embargo, no era así. Aquella mujer se le había atravesado en la vida un obstáculo insalvable. Un obstáculo que le impedía el acceso libre a cualquier carretera secundaria.

Como el paso del tiempo no favorecía un olvido apacible, pensó que el mejor antídoto contra esa enfermedad serían unos vasos de whisky a partir de las seis de la tarde, esa hora en que el ritmo del trabajo aminora y las tardes grises y lluviosas de invierno se prestan de maravilla para absorber las soledades más sospechosas.

Pero no hay ungüento posible para una mirada extraviada que se cure con cualquier mirada. En ocasiones, la única vacuna posible es una mirada única y diferente. Él sabe que se trata de esa mujer, la que lo atenaza en cada esquina de la vida, apenas se quita la chaqueta y se desabrocha el botón del cuello de la camisa y se afloja el nudo de la corbata, se le viene un solo rostro a la memoria, como si ese rostro hubiese estado esperando todo el día para hacerse visible en el primer descuido, en la oportunidad menos buscada, en el deseo constante de que así sea.

Ni el tiempo ni el alcohol ni otras mujeres lograban rebajar unos grados la temperatura de su desaliento. Su rostro comenzó a teñirse de una melancolía indescifrable que ni él mismo lograba ocultar con gafas oscuras y una sonrisa cómplice de amante atrincherado.

Buscaba con unos gestos medidos un aire desinteresado que no lograba convencer del todo a sus seres más cercanos. Vestía con un desenfado que no le era propio y sonreía con unas ocurrencias a las ocurrencias de los demás que los demás no lograban entender en su totalidad.

Poco a poco no fue cambiando sólo su carácter y su aspecto exterior, sino también su actitud desolada frente al futuro. Adoptó un aspecto encorvado de criatura deshecha que anticipaba las secuelas de un cataclismo, bebía sin desmayo en la barra de cualquier bar a esa hora en que el día se pierde en una hora indefinida y a partir de ahí completaba la jornada con obligaciones vulgares que le hacían olvidar un perfume que le asfixiaba.

Un día vino ella a buscarle. Fue a esa hora y en ese mismo bar. No sabemos si lo buscó o casualmente ella cruzaba por el lugar y adivinó su perfil maltrecho al otro lado de los cristales del local.

Estaba sentado como siempre a la barra, apagando un cigarro que olvidó en el cenicero y apurando los últimos sorbos de un whisky en el que el hielo se había derretido bastante tiempo atrás.

La miró con la certidumbre de que se trataba de una aparición. Pero también esto era bastante improbable. Lo besó despacio y sin palabras, como él siempre soñó que podía haber ocurrido. Pagó todos sus whiskies y se lo llevó de la mano a pasear por una noche prematura que anunciaba un final feliz. “Hoy no digas nada”, le dijo ella. “Mañana me contarás”, le dijo con la mirada fija mientras lo besaba de nuevo.

A la mañana siguiente, cuando despertó, las sábanas todavía olían a ella, y la habitación y el cuarto de baño estaban impregnados del olor de la misma mujer, pero ella no estaba, así que no le pudo decir cuánto le había gustado haber repetido con ella una noche como aquella.

Más tarde la llamó, pero nunca contestó. Había pedido un traslado en el trabajo y se lo habían concedido. Ella no quiso despedirse de cualquier manera, ni quería marcharse para siempre sin decirle cuánto lo quería y tampoco quiso decirle que era una mujer casada y enamorada de otro hombre que no era él. No le dejó ninguna nota manuscrita ni el menor rastro posible para que pudiera entender que algunos encuentros son tan fugaces y eternos como el último sorbo de un whisky que nunca más probaría.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

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