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15 de marzo de 2017

  • 15.3.17
La libertad, como el hambre o las carencias, cuando mejor se percibe es cuando no se dispone de ella. Ponerte a escribir en España está resultando una especie de martirio porque al final terminas, libremente, acostándote en el catre, para bastantes, lleno de púas, pero para la mayoría aparente, se sientan y hasta se tumban tan cómodamente sobre ellas y no les afecta.



Está claro que aburre y causa hasta abatimiento tener que estar repitiendo cosas del todo socialmente negativas cuando sabemos por experiencia que la calle, la gente, las terrazas de los bares que es lo que vemos y observamos, porque por lo sitios “apretados” sociales donde te pueden poner los mocos verdes, procuramos no pasar; y, lo que se ve es lo que suele salir en la foto. Y en la foto todo aparenta más que normalidad y una felicidad social plena de todo empleo digno y suficiente.

En el silencio de las quebradas, que diría el verseador, donde duermen las huellas –en nuestro caso los huesos– de nuestros abuelos, cuando se hace el intento de escucharlo, no parece que los aires que vuelan por las quebradas, sus silbos sean o espejean las mismas alegrías y satisfacciones que se reflejan en las terrazas de las cafeterías.

Ahora bien, la tremenda pregunta, la desgarradora duda, puede que descanse si en la seguridad de la vida económica de una persona descansa la felicidad, pues todos queremos conocer la mala leche imperante, el aburrimiento, que suele acompañar el puesto fijo, funcionarial por ejemplo para ser más fijo, en el que la sonrisa ni existe ni ha existido a lo largo de la historia, y el portazo de la ventanilla y la falta de la póliza ha sido y es el pan nuestro de nuestros aburridos fijos económicos.

Del otro lado, los que están en el otro lado laboral generan como una especie de desestabilización íntima cuando te tropiezas con la casi cotidiana y abundante gente del que hace poco que dejó atrás la cincuentena de años y deambula por la calle con aspecto normal en su vestimenta, sin signo externo alguno de angustia vital, pero que no tiene trabajo y ya está catalogado en esta sociedad como chatarra laboral para triturar en cuanto tenga el menor descuido.

Poneos, por favor, de este lado: aquí donde servidor le está dando al teclado, porque sencillamente me pierdo y no llego a comprender con claridad por qué arista o perfil tengo que lanzarme a escribir para no cansar a las gentes que tienen la amabilidad de querer distraerse de sus cosas por un momento leyendo cosas distintas a lo que ellos escriben en su cotidianidad.

Cuando llego a estas bifurcaciones de duda sobre los caminos que se deben seguir si por la infelicidad aparente y mal humor del funcionario de vida económica fija y, a lo mejor nada más, o la angustiosa infelicidad del que ya está catalogado como chatarra laboral, y como buen camarón, ha colmato todo un proceso psíquico y procede como el clásico crustáceo viejo que no se complica muscularmente y deja que la corriente lo lleve donde quiera llevarlo, es entonces cuando me viene al recuerdo una experiencia vivida que, a pesar de que han pasado años, la rememoro con mucho cariño.

El lugar era la orilla de un río del mundo que dicen que milita en la tercera división, grande, hermoso, que pese a que me jacto de conocer el nombre de muchos ríos, de aquel tan grande y caudaloso me jodió enormemente no conocer su nombre ni por casualidad.

El lugar para refrescarnos en nuestra andadura un poco era una cabaña de tablones sin ajustar, con huecos y espacios suficientes como para que cualquier serpiente o bicho sin empadronar en los deberes de obediencia al hombre no respetara aquella propiedad privada, donde recuerdo lo extraño de unas gallinas en extremo agresivas que si intentabas tocarlas ni se movían y si te descuidabas, te daban un buen picotazo.

Había en el lugar junto al río como dos o tres cabañas, donde la vida parecía estar en ebullición tanto en gente mayor y menor, como en animales domésticos muy variados a la par de aquellas gallinas agresivas, haciendo todo un conjunto urbano muy elemental pero muy atractivo para los que nos gusta contemplar lo diferente.

El idioma, el que sea, debería de ser común obligatorio en todos los mortales, porque da mucho gusto escuchar y que te escuchen en tu misma lengua, aunque algunos giros, expresiones localistas, no comprendas su significado muy bien.

Hablé largo y tendido rato con gente de varias edades, hombres y mujeres. Nadie, ni incluso entre los varios mozos que les hablé de las excelencias del mundo civilizado, demostraron interés alguno por marchar de allí. Muchas veces pienso que la felicidad terrenal puede ser un lugar como aquel bajo un clima amable, en una tierra amable.

Experimenté junto a una de esas ramblas secas, ardientes, de mi tierra seca, algo parecido en un grupo de casas aisladas entre piteras y chumberas, mientras trataba de platicar con los silencios que reinan en las quebradas. Poca gente viviendo, poca sensación de vida aunque algunas puertas estaban abiertas. Todos para todos no se hablaban, estaban, por largos años, peleados.

No creo que los ancestros caminen contentos por quebradas semejantes españolas que, paradójicamente, disfrutan de un cielo azul de vértigo. Una zona es lo logrado, lo alcanzado; la otra no tiene nada, salvo un río de cosas.

Salud y Felicidad.

JUAN ELADIO PALMIS


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