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Mostrando entradas con la etiqueta Preguntar para escribir [Antonio López Hidalgo]. Mostrar todas las entradas
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6 de mayo de 2019

  • 6.5.19
Escritor, columnista y guionista de cómic, la obra de Isaac Rosa (Sevilla, 1974) ha sido traducida a varios idiomas. En su última novela, Feliz final, reconstruye un gran amor empezando por su final. El autor aborda en el libro el amor desde las muchas interferencias que hoy lo atosigan: las condiciones materiales, la insatisfacción vital, el mercado del deseo o el imaginario del amor en la ficción. Es autor, entre otras, de las novelas La mano invisible (2011) o La habitación oscura (2013).



—Tu novela es la historia de amor de una pareja en la cuarentena. Pero has preferido comenzar con la ruptura. ¿Puede haber un final feliz?

—Aquí hay un feliz final, que es lo contrario del final feliz en todos los sentidos. Sí. Podría haber un final feliz. El hecho de que yo fracase o que tantos amores fracasen no quiere decir que no haya otros amores que consigan ese final feliz.

—Nos educaron para el matrimonio y el amor eterno. Pero aprendimos después que también los sentimientos tienen fecha de caducidad.

—Bueno, yo creo que vivimos tiempos de obsolescencia, de caducidad cada vez más breve, y eso por desgracia también lo llevamos en nuestras relaciones amorosas. O sea, vivimos dominados por la necesidad de buscar la novedad permanente, la sensación de que nos estamos perdiendo otras cosas, otras vidas y otros amores, por la vida que llevamos.

—La relación de las parejas ha cambiado. ¿La liberación de la mujer ha influido de manera decisiva?

—Sí. Si algo ha cambiado las relaciones de pareja en las últimas décadas, el elemento más decisivo ha sido el feminismo, claramente.

—El concepto de culpa está presente en tu libro, algo que heredamos de la cultura católica y de la que no logramos despojarnos.

—Claro. Está la culpa de los enamorados, de los desenamorados y de los padres. Yo creo que nos pasa como sociedad, pero también, como en las relaciones, sustituimos la responsabilidad por la culpa. Y no son lo mismo.

—Esta frase es tuya: “Todos queremos ser el marido pero ser amados como el amante”. ¿Pero se puede estar en ambos lados a la vez?

—Todos tenemos, por un lado, una cierta nostalgia de lo que fuimos o de lo que ni siquiera tuvimos pero que creemos que nos corresponde. Todos queremos vivir la intensidad emocional de los amores apasionados que hemos conocido en las ficciones sobre todo, especialmente en el cine. Pero al mismo tiempo todos queremos luego que ese amor se convierta en algo habitable.

—El punto de partida de esta obra se resume en dos preguntas. La primera: ¿Por qué nos queremos tan mal?

—Sí. Esa es la pregunta que expresa, digamos, el malestar amoroso en el que vivimos, que no deja de ser otra manifestación del malestar social.

—La segunda. ¿Qué nos está pasando?

—Lo que nos está pasando va mucho más allá de lo amoroso. Si tenemos un mal amor es porque tenemos una mala vida. Y si queremos construir un amor bueno, como se dice en algún momento en la novela, lo que necesitamos es una vida buena.

—La novela arranca con esta frase: “Nosotros íbamos a envejecer juntos”. ¿Alguna vez lo pensaste?

—Sí. Yo creo que esa es una frase que todos nos decimos al comienzo de una relación. Es una frase que tiene algo de cliché seguramente, pero que al mismo tiempo, y por eso está en la novela, es una frase que es como una enmienda a la totalidad del sistema, que no quiere ni que envejezcamos, sino que nos quiere eternamente jóvenes, y que no quiere que lo logremos juntos, no quiere que nos comprometamos.

—Como telón de fondo a esta erosión que narras, vemos la España de hoy: precariedad laboral, pérdida de derechos, protestas sociales…

—Es que todo lo que estamos viviendo se ha metido en nuestras casas, en nuestras relaciones, en nuestra familia, y al mismo tiempo, y es lo que hoy yo he intentado con la novela, mirando a lo íntimo, mirando al amor, como en este caso, podemos ver mucho más allá y podemos lo que nos está pasando como sociedad.

—Tu libro no es autoficción, pero en él se percibe la huella del desconcierto.

—El libro, claro, arranca de mi propio desconcierto, de mi propio malestar amoroso. Entonces no es una autoficción, no es completamente autobiográfico, pero está armado con muchos materiales.

—Ahora que sabemos de la obsolescencia de la pareja, ¿por qué no nos alegramos al saber que existen otras modalidades de amor nada despreciables?

—Yo creo que, buscando nuevos imaginarios amorosos, seguramente acabamos perdiendo lo que había de bueno en aquel viejo amor, sin ser capaces de sustituirlo por otros elementos que nos den aquello que sí nos daba el viejo amor, que da cierta seguridad y un relato de vida con cierta coherencia.

—Se nos acaba el amor y nos asomamos al abismo. Pero tú dices que nos hemos convertido en unos emprendedores emocionales. ¿También aquí mete el mercado las narices?

—Se nos da la paradoja de que vamos al amor llevando la calculadora, con la misma lógica con la que vamos al supermercado, con la misma lógica de la sociedad de consumo. Y nos relacionamos con el amor con esa frialdad de emprendedores que busca minimizar pérdidas y maximizar ganancias y, al mismo tiempo que lo hacemos desde esa frialdad y desde esa lógica de mercado, seguimos sufriendo por amor terriblemente. O sea, el dolor amoroso sigue siendo catastrófico.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

29 de abril de 2019

  • 29.4.19
Nacida en Managua (Nicaragua), su obra está traducida a veinte idiomas. En Las fiebres de la memoria, Gioconda Belli se adentra en la leyenda de su misteriosa abuela, Graciela Zapata Choiseul de Praslin, la mujer fuerte y vital a quien visitaba en una pequeña ciudad rodeada de neblina. Ganadora del Premio Biblioteca Breve y del Premio Sor Juana Inés de la Cruz por su novela El infinito en la palma de la mano (2008), es también autora de la icónica novela La mujer habitada (1988 y 2010).



—En 'Las fiebres de la memoria' indaga en las aventuras y amoríos de su tatarabuelo, que huyó de París en 1847 y recaló en Nicaragua.

—Es la historia de una intriga familiar que empecé a comprender cuando ya era mayorcita. En principio, lo único que sabía es que tenía tres abuelas. Y eso era extraño (ríe).

—La imagen de la mujer en la literatura la construyó el hombre. Ahora usted lo hace al contrario: escribe en primera persona como si fuera un hombre.

—Sí. Me retó la idea de poder encarnar a un hombre en una situación tan compleja como la que le enfrenta. Y fue difícil pero también fascinante, porque yo creo que las mujeres tenemos una capacidad bastante grande de ponernos en los zapatos de los demás.

—Como feminista le ha costado escribir esta novela en la que su ancestro estaba acusado de haber matado a su esposa. Fue un trabajo detectivesco.

—Sí. Fue un trabajo detectivesco. Y al final, bueno, me reconcilié con él un poco. Pero también me pareció importante hablar de esas circunstancias, porque las estamos viviendo tan a menudo, y de cómo las mujeres al final le salvan la vida también.

—Como escenario de fondo, cuenta todo lo que fue la inmigración de Europa a Estados Unidos en aquellos años.

—Esta es una época de emigraciones. Y esa es la otra parte que me pareció fascinante escribir que era cómo la identidad se transforma cuando uno emigra. Cómo uno se tiene que inventar a sí mismo. Y eso viene en parte por mi propia experiencia, de que viví muchos años en Estados Unidos y nunca me sentí que era yo hablando en otro idioma, por ejemplo. El español se convirtió en mi refugio, en mi ser.

—Novelista y poeta, feminista y abuela de cinco nietos. Vivió la revolución sandinista de los ochenta y ahora la derrota de la revolución. ¿Inevitable?

—Bueno, no debería haber sido inevitable. Lo que pasa es que los personajes hacen la historia también. Y en el caso de Daniel Ortega nos encontramos un tipo que nunca debió haber tenido la figuración que tuvo y que, al llegar a tenerla, se aferró a ella de una forma casi patológica. Y entonces ha creado un monstruo de sí mismo.

—La frase es suya: “La izquierda fracasó en América Latina por una tendencia totalitaria”. ¿Por qué y cuándo se rompió el sueño?

—Bueno, el sueño se empezó a romper, creo yo, cuando toda esta gran esperanza de que, cuando la izquierda llegue al poder, se empieza a manifestar en que no saben administrar el poder de una manera democrática y empiezan a querer perpetuarse en el poder y a usar métodos muy autoritarios en el poder. Y empiezan a querer hacer una especie de transacción: Yo te doy justicia social pero no me pidas libertad.

—400 muertos y 30.000 huidos. Califica la represión de Ortega como más cruel que la Somoza. ¿Sin exagerar?

—Sí. Sin exagerar. Porque Somoza estaba luchando contra un ejército guerrillero y este hombre ha estado luchando contra una población desarmada.

—Usted dice que Ortega desarrolló un clientelismo tremendo con el dinero de Venezuela. No parece argumento suficiente. La derecha en América Latina también es muy brava.

—Pero la derecha venía en retroceso, ¿no? Y la izquierda tuvo una gran oportunidad precisamente porque la derecha había fracasado. Entonces, al fracasar la izquierda de nuevo, ahora tenemos una bola de derecha que no solo está sucediendo en América Latina, sino también en el mundo. Yo pienso que tiene que ver con la resistencia a la globalización. En cierta manera, que la gente se vuelve muy tradicional, se atrinchera en valores sumamente conservadores. Y es una contraizquierda. Cómo se explica uno tener a Trump después de Barack Obama.

—Volviendo a Nicaragua. ¿La solución la tienen los jóvenes?

—Sí. Yo pienso que sí. Definitivamente, mi generación es una generación interesante porque tiene en la sangre el ardor contra los tiranos. A mí me parece que hay una experiencia colectiva que se ha transmitido, ¿no?, y que no le permite aceptar que se vuelva a repetir la historia.

—Uno de los grandes retos de Centroamérica es superar el machismo. ¿Cómo ve España ahora en el tema de la igualdad por sexos?

—España la veo mucho mejor. Pero falta mucho todavía (ríe).

—A la lucha de la mujer falta incorporar el hombre feminista. ¿Solamente?

—No solamente. Pero pienso que es una tarea muy importante que el hombre se una a esta lucha, porque realmente es un fallo profundo en la sociedad la desigualdad. Y tratar de solucionar ese problema de la desigualdad no es solo un problema de las mujeres, porque a todos nos afecta. Entonces, hay que reclutar a los hombres.

—Para ser un país tan pequeño, Nicaragua tiene superávit de poetas. ¿El virus os lo inoculó Rubén Darío o eso lo da la tierra?

—Yo creo que la combinación de ambas cosas. Los volcanes, los lagos y Rubén Darío.

—Le encanta que la vida le dé sorpresas. ¿Cuál espera ahora y que no adivina?

—Esperar una Nicaragua diferente. La libertad otra vez en Nicaragua, pero no sé cómo se va a dar (ríe).

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

22 de abril de 2019

  • 22.4.19
Autor de poesía, novela y ensayo, Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, León, 1953) ha escrito, a lo largo de cuarenta años, El Rastro, el lugar donde “la gente va, aunque no lo sepa, a buscar su pasado”.



—Cuarenta años visitando el Rastro, antes de las ocho de la mañana y en ayunas. Dime qué has buscado durante tantos años y nunca encontraste.

—La inmortalidad. En realidad, lo que se va buscando es un imposible. Y por eso acudes cada mañana con la ilusión de que lo vas a encontrar. Y en este caso es algo que justifique toda la vida y que le dé sentido a toda la vida.

—¿Has logrado por fin dilucidar qué encontramos en las cosas viejas que no nos ofrecen las nuevas?

—Sí. Básicamente es el futuro. Las nuevas están mucho más confundidas con el presente como para ver el futuro. El pasado tiene mucho más claro el futuro que el presente.

—En tu libro aparecen no solo objetos, sino también esas personas que le dan vida, que te conocen y saludan cuando paseas.

—Quizá para mí es lo más gratificante del Rastro: la vida, mucho más que encontrar cosas.

—Tierno Galván redujo las calles del Rastro y lo limitó al domingo. ¿La reforma ayudó a su conservación o le cambió el carácter?

—La reforma de Tierno confirmó algo que todos veíamos. Y es que España había cambiado y que era otra más pequeña, más próspera y más jovial.

—Entre los objetos curiosos que encontraste se encuentra un libro de Cernuda que te costó un euro.

—Era una primera edición de Cernuda. No he encontrado otras cosas más singulares. Una de las que yo más valoro es la primera edición de La Fontana de Oro de Pérez Galdós dedicada por Pérez Galdós de su puño y letra a su amigo, el carlista José María de Pereda.

—Dices que siempre buscamos aquello que ya hemos encontrado.

—Sí. El Rastro es una emoción muy rara, porque buscamos lo que no encontramos, nos llevamos lo que no necesitamos. Sin embargo, lo que encontramos al final es parte fundamental de nuestra vida.

—El Rastro, supongo, tendrá sus leyes no escritas de compra.

—Sí. Y hay que ser muy riguroso con esas leyes. Y no hay que saltárselas. Y son las leyes verdaderas. Son las no escritas, que son las de verdad, la de la palabra dada y la del honor.

—No te consideras bibliófilo, ¿pero el libro es el objeto que más valoras de este mercado?

—Es el que más he buscado. Los papeles, ¿no? Yo soy un hombre de papeles, de papeles viejos. Pero no es lo que más valoro. Más que los papeles, valoro la vida.

—Dices también que una de las razones por las que la gente se acerca a este lugar es para reencontrarse con su infancia.

—Sí. Porque tiene la sospecha de que aquello que perdió, la infancia, va a aparecer en cualquier momento. Y con ello, el enigma resuelto de su propia vida.

—Al igual que con la prensa escrita, ¿Internet es competencia para el Rastro?

—En cierto modo, sí. Pero Internet no es ni mucho menos la mitad del Rastro. En Internet, tú buscas. Tienes que buscar siempre, si no, no encuentras. En el Rastro encuentras aunque no busques.

—Poco se ha escrito del Rastro, salvo Gómez de la Serna. Poco se ha cantado, salvo Patxi Andión, Sabina y alguno más. ¿Por qué?

—No es exactamente así. Al Rastro lo ha cantado y lo ha filmado mucha gente. Lo que pasa es que queda un poco más solapado, como las propias casas del Rastro, que están un poco confusas. Pero sí se han hecho cosas estupendas. Podríamos tirar de sainetes, de zarzuelas. Olga Ramos tiene un cuplé estupendo. Hay más de lo que parece.

—El Rastro ha dado origen a dos palabras: barriobajero y rastrero. Pero con una lectura negativa.

—No siempre fue así. El origen de las dos palabras es al contrario. No tenían la significación inicua que hoy les damos. Al contrario, barriobajero y rastrero, en su origen, principios del siglo XIX, eran sinónimo de valentía y de desinterés, y de generosidad, y de heroísmo. Porque los principales soldados contra la afrancesada eran barriobajeros y rastreros.

—El Rastro es uno de los mercados ambulantes más antiguos del mundo. ¿Qué otro le hace competencia?

—En fama, sin duda, las Pulgas de París. Pero en carácter no creo que las Pulgas de París tenga el carácter y el sabor que tiene el nuestro.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

15 de abril de 2019

  • 15.4.19
Violinista y escritora hispanochilena, Isabel Mellado reside entre Granada y Berlín. Su libro de relatos El perro que comía silencio (2011) tuvo una excelente acogida entre los lectores y la crítica especializada, y ya lleva tres ediciones. Vibrato es su primera novela, un relato sensorial que acompaña al lector por el laberinto del oído. Pero también es una historia de hermandad, desarraigo y crecimiento.



Compuesta en tres movimientos, se adentra en los entresijos de la profesión y en las dificultades de amar a alguien en otro país y en otro idioma. Gracias a la beca Karajan se instaló hace 27 años en Berlín para completar sus estudios con el concertino de la Orquesta Filarmónica. Sus cuentos aparecen en antologías de Chile, España, México y Alemania.

—Apareces en la portada de tu libro. Quien iba a salir no te gustó. ¿Qué expresión debe tener una violinista que quienes la vemos desde fuera no vemos?

—Sí. Bueno, yo creo que hay tantas expresiones de violinistas como de cualquier otra expresión. La de la portada me interesaba especialmente que se notara que su mejor voz era el violín. El violín es una máscara que, en este caso, refleja como una máscara griega o una máscara de teatro. La tragedia y la comedia es simultánea. Ella está escondida detrás de esta máscara.

—Escribes en tu libro que vibrato es una hermosa inexactitud en la exactitud de la música, un camuflaje de la desinformación. ¿Eso es tu novela?

—Digamos que las circunstancias de la protagonista y de su hermano son bastante terribles. Comienza en una dictadura y en una familia disfuncional, donde hay mucho miedo. Y dentro de esto, el contrapunto de que vibrato sea un temblor voluntario, que produce belleza y que sea como la protección que te pueda proporcionar el arte, era muy importante dentro del libro.

—¿Cuánto de autobiografía hay en tu libro?

—La novela es totalmente autobiográfica. La música que aparece en la novela, el instrumento y los países son reales. Ahora hay mucha creación también porque para mí la literatura es creación. No es mi vida tan interesante como para que solamente me quedara con mi vida. Yo quiero vivir otras vidas. Hay mucho robo de experiencias ajenas.

—Escribes y haces música. No sé si un día será incompatible. Tú dices: “Dejar de hacer música es una herida de la que no se sana”.

—Eso es absolutamente así. Yo también, cuando escribo, intento un poco hacer música con el ritmo. En este caso, también la temática. Yo no me podría sanar de esa herida. Creo que sí puedo compatibilizar las dos cosas. Tienen tanto en común. Las dos cosas se hacen con el oído, ¿no?

—Los músicos no suelen buscar pareja con otros músicos. Salvo en las orquestas juveniles. Ahora entiendo el aforismo: “Con la música a otra parte”.

—Jaja. Sí. Bueno, hay de todo un poco. Yo creo que en este caso no es tampoco distinto a otras profesiones. Hay tanta gente que se relaciona con otros músicos porque solamente ellos pueden comprender esa obsesión y tienen que estar siempre en ese mundo, que también es muy grande. Y otra gente que sí necesita de otras materias. Yo me alegro de cara a mi hijo y de cara a cada persona que conozco que hace algo distinto a la música. Con todo lo que yo amo la música, necesito enterarme de otras cosas del mundo. Tengo demasiada curiosidad como para quedarme con solo amigos músicos.

—Llegaste a Alemania el 30 de diciembre de 1989, dos meses después de que cayera el Muro. El Año Nuevo lo pasaste en un puente con los policías de los dos lados. El Año Nuevo más feliz de tu vida.

—Sí. Eso fue increíble. Estaba tocando con una orquesta de gente que era como de treinta países, una orquesta juvenil, habíamos hecho una gira maravillosa por la Unión Soviética, que ya no era la Unión Soviética. Y fue absolutamente conmovedor eso. Gente que habían estado vigilando el intercambio de espías en el puente, de golpe estos mismos policías tocando, primero como haciendo una guerra de poder entre ellos, y después abrazándose. Yo siempre había pasado Año Nuevo estudiando para los exámenes de violín, que eran a comienzos de enero. Y esta vez, algo tan asombroso y tan importante. el Muro de Berlín y poder presenciarlo de esa manera musical.

—Ahora repartes tu tiempo entre Granada y Berlín. ¿Necesitas la luz como latina que eres?

—Absolutamente. Yo estuve más o menos 17 años solo en Alemania y yo soñaba con la luz. Yo tenía una necesidad profunda de luz y del idioma también. Realmente, yo soñaba ya en alemán. Y pensaba que eso no podía ser. Yo pienso que las obsesiones tienen que ser en el idioma materno en lo posible. Sí. La luz y el idioma.

—La novela se subtitula “La música y el resto en 99 compases”. Una novela estructurada como si fuera una obra musical.

—Yo quería hacer un contrapunto de muchas voces. No solamente la voz de la protagonista y, como te decía, siendo el sonido en el fondo el personaje principal, el sonido, el ruido, el silencio, distintos tipos de sonido, por lo que no es una novela solo para un músico. Y era importante mostrar que estos pequeños eslabones, que son los compases, que son cosas tan pequeñas. La protagonista estudia con su hermano para lograr la perfección en algo que termina siendo grande. Pero es un homenaje a lo pequeño. En lo pequeño hace este concierto.

—No hay muchas novelas sobre la música contadas desde dentro, desacralizándolas. Por eso muestras una visión distinta del mundo de la música, con sus sombras y sus luces.

—Sí. La disciplina de una orquesta es algo muy interesante porque se pueden usar metáforas de muchas cosas. O sea, yo no conozco otro trabajo donde se haga con 40 personas en un mismo espacio. Es realmente como estar comiendo con el colega el mismo plato de sopa o estuvieses compartiendo el computador. Y estamos en las buenas y en las malas. Y a veces podemos odiarnos pero, cuando salimos al escenario, estamos por una causa. Somos un pequeño país, sin lugar a dudas.

—Cuando escribes, lo haces en solitario. Puedes vivir una doble o triple vida. En música, sin embargo, eso no ocurre. Es colectivo.

—Es colectivo. Y es interesante que en el ejercicio de la música es urgente, yo voy atravesando muchos siglos. Estamos tocando algo de Bach. Y después estamos tocando algo contemporáneo. Eso es muy interesante. En la escritura, yo no estoy escribiendo en un estilo barroco y después en un estilo contemporáneo y dodecafónico, etcétera. Eso es muy interesante en el mundo del músico. A veces parece que los músicos fuésemos personas muy cerradas a la actualidad. No lo somos. Lo que pasa además es que abarcamos como un periodo que no solo es nuestro.

—Dices de tu novela que es existencial y sibarita, con instantes musicales. Pero, sobre todo, que es una oda al oído.

—Me preocupa a veces esa interpretación que se pueda dar a la novela, que llame mucho la atención el hecho de que yo sea músico, que en la novela se hable de música, porque no quisiera restringir el campo de lectores, que piensan que es una novela para quien le gusta la música clásica. Para cualquier persona que escuche, que tenga curiosidad por el oído, porque también hablo de otros tipos de música, incluso esa visión, no de la protagonista, sino del esposo, crítico musical, desacralizando este mundo de la música, porque los músicos son muy desclasados. Ellos van pasando por muchos estadios. Entonces, no solamente es el mundo de la música, es más bien el sonido. También los sentidos.

—Me gusta cuando afirmas que no escribes ni poesía ni prosa, sino que escribes con el oído, buscando que lo que dices suene bien.

—Para mí es muy importante el ritmo. Yo no sé de dónde viene. Siempre me preguntan por las influencias. Yo no sé si es familiar o me viene de las partituras, porque son muchos años, claro, rodeada de partituras. Entonces busco una cadencia, un ritmo o incluso un corte de ese ritmo. Yo, cuando leo, leo en mi cabeza y escucho las palabras. Entonces creo que es muy importante, es inmaterial. Si yo hiciera un traje, a mí me gustaría que tanto el corte del traje como el material del que he hecho el traje sean óptimos.

—Escribes con seis sentidos. Los habituales y el humor.

—Yo creo que es muy importante el sentido del humor porque para mí es un arte más y nos abre muchas cosas. No solamente de lo terrible, sino que también de la grandilocuencia. Para mí, el humor es poder ver a veces un poquito más lejos.

—Siempre llevas contigo un poema enmarcado de Jorge Teillier que te dedicó cuando eras niña. ¿Una especie de amuleto?

—No solo de amuleto, sino que también fue una especie de premonición, es un oráculo. Este poema escrito hace tanto tiempo habla de la caída de un muro, que puede ser perfectamente el Muro de Berlín. Habla de un barco de velas, haciendo ya una premonición de todos los viajes que iba a tener deseándome este buen final.

Hay algo en este poema que, aunque es muy simple, es el único poema escrito en rima de este hombre, y además es un poema muy alegre, tiene algo que es como un movimiento lento de mar, tiene algo de melancólico y tan bello, y con un final probablemente feliz. Probablemente.

—Lo que más te gusta de Berlín es su silencio y su carácter recio. El chileno, en cierto modo, es así también.

—Sí. El chileno es bastante introvertido. Bueno, si se puede generalizar, digo que sí. Pero también me gusta eso de que tiene algo introvertido y bastante mundo interior, por decirlo así. Eso me gusta. Que hay algo de escarbar. Hay un misterio ahí. Bueno, también una especie de tormento. Son más atormentados de temperamento que los españoles. O sea, yo nunca me imaginaría a mi madre bailando sevillanas feliz. No. Somos más melancólicos. También tenemos la puntualidad metida en los huesos. Yo no sé si será porque soy músico. Un músico no puede llegar tarde. Sí hay una conexión. Sobre todo cultural.

—No me interesa el estado civil de nadie. Pero sí me interesa tu respuesta. Porque dices que eres soltera en clave de sol.

—Jaja. No. Ya no soy soltera en clave de sol. Sigo en clave de sol pero ya no soy soltera. Casada tampoco. Estoy bien acompañada en todas las claves posibles.

—Tomas anotaciones para otra novela, que presumes será corta. ¿Sabes ya de qué irá?

—Sí. La novela que escribí es una novela de desarrollo. Estoy contando toda mi vida. Incluso llegando al extremo. Estoy contando el momento de nacer. Estoy contando desde el kilómetro cero de esta persona. Va a ser una novela que probablemente va a ocurrir en el lapso de una semana y eso es ya como una estructura el tiempo en que va a ocurrir.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: GONZALO RECIO

8 de abril de 2019

  • 8.4.19
Novelista, articulista y viajero, Julio Llamazares (Vegamiám, León, 1955) publica Las rosas del sur, diez años después de la aparición de Las rosas de piedra, un viaje por las 75 catedrales de España. Tras haber recorrido todas las del norte, el autor va de Madrid a las Islas Canarias, pasando por Extremadura, Castilla-La Mancha, Levante, Andalucía y Baleares, describiendo con detalle y humor cada una de las catedrales en esta zona de la geografía española. En conjunto, ha realizado 14 viajes en coche, barco y avión, ha consumido 16 años de trabajo, ha viajado 20.000 kilómetros y ha publicado, entre los dos volúmenes, 1.200 páginas. Como él dice, una “aventura catedralicia”.



—Me gusta su definición de nuestras catedrales: “Son las cajas negras de nuestra historia”. Ahora que las ha abierto, ¿desconciertan más por sus luces o por sus sombras?

—España es un país en claroscuro, como su pintura, la pintura del Siglo de Oro y del siglo XVII, y continúa siéndolo. A veces creemos que es más luminosa de lo que es y a veces creemos que es más sombría de lo que verdaderamente es. Y en las catedrales ocurre igual.

—Ha visitado las 75 catedrales en 14 viajes distintos en coche, barco y avión, ha consumido 16 años de trabajo, ha viajado 20.000 kilómetros y ha publicado 1.200 páginas en dos volúmenes. En efecto, el resultado es el fruto de una “aventura catedralicia”.

—Y quijotesca. Es un sueño de locos, como los sueños que llevaron a la Cristiandad a construir estos grandes libros de piedra que son las catedrales.

—Su libro nos muestra cómo hemos convertido España en un parque temático. ¿Lo intuía antes de iniciar el viaje o se fue deprimiendo conforme la realidad le ponía frente al estropicio.

—Lo intuía pero es que cuando yo comencé el viaje en 2001 todavía no era tan parque temático como es ahora. O no se había extendido tanto y agudizado tanto ese parque temático.

—En sus investigaciones ha constatado la pervivencia de dos Españas muy diferentes, que no son precisamente las de Machado. Descríbamelas.

—He descubierto varias versiones de las dos Españas de Machado mirando las catedrales y viajando por todo el país. Hay una España del norte y otra del sur, que se refleja muy bien en estos dos libros. La del norte es fundamentalmente gótica y románica. Y la del sur es renacentista y barroca, como el espíritu que las alimentó.

Y luego te diría que también hay dos Españas que cada vez están más agudizadas en el presente que son la interior y la periférica. Salvedad hecha de Madrid como ese badajo de esa campana que es España y que marca el ritmo de España, pero alrededor de ese trabajo ya está la periferia. Ahí hay un enorme vacío donde curiosamente están algunas de las más fabulosas catedrales.

—Me encanta esta frase: “Es más fácil ver a un japonés que a un cura en una catedral”. Tampoco encontró a dios. ¿No se equivocaría de establecimiento?

—No. Y después de 75 catedrales visitadas creo que tengo cierta autoridad para referirme a esto. Lo del japonés y el cura es normal. Cada vez hay menos curas y más japoneses viajando por el mundo. Y lo de encontrarse a dios en las catedrales es difícil cuando para entrar en la ciudad de dios te cobran seis, ocho o diez euros.

—El turismo ha invadido las catedrales y el país en general. Aunque fuente principal de ingresos, ¿no deberíamos poner puertas al campo?

—El turismo, como cualquier gran religión, y no deja de ser religión, tiene también sus daños colaterales. Crea riqueza pero destruye muchas cosas que tenían gran valor. Por ejemplo, la vida vecinal en los cascos históricos de los ciudadanos. Y otros muchos. Yo creo que toda fuente de riqueza económica hay que regularla también para evitar los daños colaterales.

—Siempre amó los viajes y las crónicas de viajes. ¿Cómo anda de salud el género?

—Yo creo que goza de buena salud. No mejor ni peor que el resto de los géneros literarios. La literatura de viajes es el género literario más antiguo porque los primeros libros eran de viajes, a veces disfrazados de novelas o romances. Pero el viaje y la literatura para mí es la literatura en estado puro porque el viaje es la metáfora más acertada de la vida.

—Como decía, muchas catedrales se han convertido en museos y la Iglesia cobra entradas por sus visitas. ¿Ya todo es negocio?

—Digamos que los mercaderes del templo, a los que echó Jesucristo, hoy en día son los cabildos catedralicios.

—En Córdoba tuvo que apelar a su condición de periodista accidental cuando le querían cobrar dos veces la entrada, por la mañana y por la tarde.

—No. Me querían cobrar cada vez que saliera y entrara. Y yo lo que acostumbraba era pasarme un día en cada catedral pero no dentro, sino fuera tras salir y visitar la ciudad. Recuerdo que le dije al de la taquilla: “Hasta las discotecas cuando yo era joven te ponían un sello en la muñeca para entrar y salir”. A veces en determinadas catedrales he encontrado una voracidad recaudatoria que le hace muy poca publicidad positiva a la Iglesia.

—La anécdota de Huelva huele peor. Faltaba una hora para el cierre y le echaron porque el canónigo quería oficiar una misa solo.

—Bueno, tiene que ver con el sentido patrimonial que determinada parte de la Iglesia, no toda. La Iglesia no es monolítica. Las catedrales y las iglesias son de todos. Porque todos las construimos y ayudamos a mantenerlas. No de quienes las administran, que son los curas, los cabildos, los obispos.

—En las catedrales no encontró ni a curas ni a dios, solo a turistas. ¿Pero había creyentes, devotos purgando por sus pecados, beatas llorando por el destino impúdico del mundo?

—Algunos curas sí encontré. Incluso en alguna catedral todavía había bastante vida. Hay creyentes en todos los sitios. Dentro y fuera de las catedrales. Y merecen mucho más respeto del que a veces tiene la Iglesia por ellos, reconduciéndolos a una capilla lateral para que puedan rezar cuando, a lo mejor, lo que alguien quiere es contemplar y extasiarse ante la maravilla espiritual que es una catedral.

—Dice usted que las catedrales son los edificios más bellos que ha construido el hombre de Occidente. ¿Se sabe cuántas almas perecieron durante tantos años en su construcción?

—No se sabe pero es fácil imaginar que muchísimas. En algunas catedrales yo he encontrado un cartel o carteles que dice esta parte se construyó siendo obispo Fulanito, arquitecto Menganito, y mucha más gente cuyos nombres dios conoce. Digamos que también hay clases dentro del reconocimiento divino de la labor de construcción de las catedrales.

—Habrá terminado exhausto. ¿Ahora toca novela en mesa camilla o mochila y viaje?

—Yo procuro alternar las dos cosas. Digamos que pondría en la puerta de mi casa aquellos carteles que había en las antiguas pensiones, por lo menos en Madrid y en otros lugares, que era: “Viajeros y estables”. Yo necesito combinar vital y literariamente las dos ideas. La de viajar y la de estar solo escribiendo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

1 de abril de 2019

  • 1.4.19
Escritora y asesora creativa, Clara Peñalver (Sevilla, 1983) es licenciada en Biología por la Universidad de Granada. Autora de la exitosa Trilogía de Ada Levy, publica ahora Las voces de Carol. Ha cultivado distintos géneros literarios, entre ellos el libro infantil, ha deambulado también por la televisión, donde fue presentadora de la sexta y séptima temporada de La Mitad Invisible, un programa cultural de La 2 de TVE. Pero, al final, siempre acaba refugiándose en la escritura.



—Dices que hoy hay una novela negra para cada tipo de lector. Pero cada día hay menos lectores. ¿No ves oscuro el futuro de la novela negra?

—Puede ser un poco oscuro pero podemos poner un poco de luz en su oscuridad. Es decir, estamos en un boom de novela negra, hay una cantidad de publicaciones muy grande, pero creo que el 80 por ciento de las publicaciones desaparecerán con el tiempo. Prevalecerá ese 20 por ciento de calidad o que haya gustado mucho. Y luego será la semilla de la siguiente moda de la nueva novela negra.

—Hoy la mujer pesa más en la novela negra actual. Pero en 'Las voces de Carol' una escritora aparece muerta. ¿Pretendes cambiar las estadísticas?

—Pues espero que con la historia no cambien las estadísticas porque aquí la única escritora de novela negra de La voces de Carol soy yo.

—Será de nuevo la inspectora Carol Medina quien investigará el homicidio de esta escritora, cuya mente dislocada, dices, va a rompernos a todos los esquemas.

—Si creo que hay algo bien hecho en Las voces de Carol, es el personaje de Abril Zondervan porque, yo como escritora y muchos lectores, siento que es un personaje al que es muy fácil querer sin haber leído nada de ella. O sea, una escritora fácil de admirar sin haber leído su obra.

—¿Ada Levy volverá a protagonizar otras novelas o Carol Medina la ha echado al paro para siempre?

—Probablemente la que no regrese sea Carol Medina. Y Ada, como la creé como un personaje con recorrido, sí regresará. No sé cuándo. Pero regresará.

—Para escribir esta novela has contado con la ayuda de varios policías de la Comisaría Provincial de Málaga. ¿Qué aprendiste de ellos?

—Que la Policía Nacional en nuestro país no tiene nada que envidiarle a lo que vemos en la tele o nos cuentan de otros lugares.

—Hoy ya nadie lee 'Los renglones torcidos de Dios', pero tú encuentras en ella “voces inolvidables”.

—Voces inolvidables, una novela de suspense y una labor a nivel narrativo envidiable.

—Impartes talleres literarios para enseñar a escribir novela negra. Dices que tienes una receta. ¿Cuáles son los ingredientes?

—Tener muy claro de qué están hechas las historias, cuáles son las reglas básicas. Sobre todo porque, cuando conoces las reglas básicas, es muchísimo más fácil romperlas con calidad.

—De esta última novela, te sientes muy orgullosa. ¿Le has añadido alguna especie que no incluías en otras?

-—Aprendizaje, ¿no? Yo creo que al final Las voces de Carol es el resultado de un montón de años intentando considerarme una escritora con capacidad para escribir y publicar. Aprendizaje y experiencia. Atrevimiento.

—También escribes relatos cortos, como 'La venganza de Ada'. ¿Difícil optar por un solo género?

—Me encanta la palabra "versatilidad". Y cuando decidí dedicarme, a nivel profesional, a escribir, me propuse ser capaz de hacer casi de todo. Y con el relato, lo que he descubierto es que puedo utilizar géneros que no son tan comerciales con los que me los paso muy bien escribiendo.

—También publicas libros infantiles centrados en la creatividad y en la inteligencia.

—Son libros que escribo con los mismos ingredientes o con la misma técnica que utilizo para escribir mis novelas, solo que en ellos el juego ocupa un lugar especial.

—Tienes un método propio para enseñar a los padres a entender y desarrollar la inteligencia emocional de sus hijos. ¿Cuál es la clave?

—Aprender a trabajar las emociones y la creatividad no es difícil. Solo es laborioso. Si sabes encontrar sus elementos, es sencillito.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

25 de marzo de 2019

  • 25.3.19
Rosa Montero estudió Periodismo y Psicología. Su obra está traducida a veinte idiomas. Los tiempos del odio es su última novela, cuyo subtítulo reza así: Sin amor no vale la pena vivir. En 2007 recibió el Premio Nacional de las Letras. Su trayectoria periodística ha sido reconocida, entre otros, con el Premio Nacional de Periodismo, el Rodríguez Santamaría y el Premio de Periodismo El Mundo. En esta última novela están presentes los grandes temas de esta autora: el paso del tiempo, la necesidad de los otros para que la vida merezca la pena, la pasión como rebelión frente a la muerte, los excesos del poder y el horror de los dogmas.



—Vuelves con Bruna Husky, el personaje más cercano a ti “en un sentido íntimo”. ¿Tal vez porque tiene el corazón vulnerable?

—Jaja. Eso también. Pero además porque está obsesionada por la muerte y por el paso del tiempo. Y, por lo tanto, también se come la vida a bocados. Y es una vitalista.

—'Los tiempos del odio' está ubicada en el año 2110, pero parece o es un certero retrato de los tiempos en que vivimos.

—Totalmente. Siempre digo que mis novelas de Bruna son las más realistas que he escrito.

—Esta tercera entrega de la saga protagonizada por Bruna Husky es, según tú, “el mejor de los tres libros”. Pero tal vez en tu obra en general también ocupe un lugar destacado.

—Creo que sí. Ahí ya me es imposible decir cuál es el mejor o no. Pero te puedo decir, por ejemplo, que el final de esta novela, de todos los finales que he escrito, es el que más me ha emocionado escribir.

—En tu novela, el cambio climático provoca un caos meteorológico. Un preludio inevitable cuya solución tampoco atendemos como debiéramos.

—Para nada. Estamos en una frontera de un colapso climático absoluto. Ahí tienes a Trump negando que exista.

—Sin amor no merece la pena vivir. Una evidencia que, en general, descuidamos cada día.

—Yo, fíjate, creo que, cuanto más envejezco, más claro veo que el amor es uno de los grandes motores que mueve el mundo. Lo que pasa es que no se nos da nada bien (ríe).

—Bruna nunca había probado un verdadero pollo, sino solo productos de pollo sucedáneo que, como dices en el libro, bien podría saber a dinosaurio. Ahí sí nos hemos adelantado ya al futuro que describes.

—Jaja. Bueno, bastantes porquerías estamos comiendo ya. Sí, sí. En el futuro próximo están comiendo todo el rato sucedáneos hechos de medusa. Ahí no creo que vayamos a algo muy bueno. No (ríe).

—¿La ciencia ficción es el mejor escenario para hablar de lo que somos y de lo que podríamos haber llegado a ser?

—Es una gran vía de expresión de nuestra realidad. La ciencia ficción te da una herramienta metafórica poderosísima para hablar del aquí y del ahora, y de la condición humana.

—Tu libro, sobre todo, es una crítica al capitalismo, “al poder sin piedad”, como dices. Trump, Bolsonaro. ¿Hacia dónde vamos?

—Estamos dirigiéndonos hacia un precipicio de involución en donde podemos perder muchos de los logros democráticos conseguidos durante siglos. Pero, como soy relativamente optimista, creo que, si luchamos, lo podemos parar.

—En efecto, como dices, hay riesgo de una involución política. ¿Qué hacer? Porque me da la impresión de que el personal no percibe ese peligro.

—Comparto contigo esa sensación (ríe). Pero si no nos apresuramos en refundar la democracia, en limpiarla de corrupción y de hipocresías, lo tenemos durísimo, vamos.

—Aunque lo parezca, no será esta la última de novela de Bruna Husky. ¿Andas ya metida en faena?

—Ando metida en faena pero de otra novela de una historia contemporánea protagonizada por un hombre. Pero escribiré una cuarta de Bruna Husky, porque la dejo en un lugar tan curioso que a ver qué pasa con ella.

—Ya tienes productora para una serie televisiva sobre tu androide. Incluso le has puesto rostro a Bruna: Charlize Theron.

—Me encantaría que fuera Charlize Theron, pero no va a serlo. Me preguntaron cómo la veía y dije Charlize Theron. Pero vamos. Ojalá salga la serie. Estamos en ello. Me encantaría ver a Bruna en carne viva.

—'La loca de la casa' es uno mis libros preferidos. ¿Trabajas sobre otro ensayo en este sentido?

—Es que tengo tres libros en cola. Novela contemporánea, que he dicho antes. Luego, un ensayo de los míos raros sobre la creación y la locura. Y luego la tercera sería la nueva Bruna. Así que espero vivir lo suficiente.

—Dame ánimos y dime que el mundo que describes no lo vamos a ver nunca.

—Mira. Es que el mundo que describo es el que estamos viviendo. Hay que salir de ahí.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

18 de marzo de 2019

  • 18.3.19
Andrés Suárez (Ferrol, 1983) se halla inmerso en una permanente morriña. Ahora publica su primer libro, Más allá de mis canciones, que ha hecho coincidir con la gira por su último disco, Desde una ventana. A los diez años monta su primer grupo en su ciudad natal. Desde entonces pasa por distintos grupos de pop y rock hasta viajar a Santiago de Compostela. Allí se hace cantautor, actúa por los locales de la zona vieja y graba su primer disco, De ida, con una distribución de casi tres mil copias y que le lleva de gira por todo el país. De ahí, hasta ahora.



—Dieciocho relatos ilustrados que parten de las canciones más emblemáticas. ¿Qué dices aquí que no hayas contado antes en tus canciones?

—Dice lo que no tuve tiempo de cantar. Hablando del tiempo, las canciones duran tres minutos o cuatro. El libro es infinito. Tienes que atreverte a escribir la palabra fin. Yo quería jugar con el libre tiempo, cosa que en mi trabajo habitual no puedo, y contar toda la verdad.

—De crío, ibas por los bares de Ferrol con más de un grupo. En Madrid, tocabas en el metro. ¿Te costó acostumbrarte a los escenarios de los garitos?

—El escenario grande, el público grande, a veces es más difícil de conquistar. Sin embargo, creo que los grandes escenarios son la suma de los pequeños conciertos.

—La edición de este libro, 'Más allá de mis canciones', coincide con la gira por tu álbum 'Desde una ventana'.

—Así es. Trato de compaginar ambas cosas porque se suman. Primos hermanos o se parecen, pero no es lo mismo ser poeta que escritor de canciones. Yo no juego a ser poeta. No soy poeta. Aparecen poetas como Téllez, Ruibal, como García Montero. Pero yo no soy poeta, soy escritor de canciones que bebe todo cuanto puede de la poesía.

—Te repites mucho, dios. Siempre hablas de tu mar, de tu Galicia. “Si hablase de otro paisaje estaría mintiendo”. ¿No te abandona la morriña?

—Jamás. Este es mi estado de melancólica permanencia a mi origen, a mi raíz. Soy hijo y nieto de marineros. Donde me crié, mi ventana daba al mar. Mi jardín era de arena. Entonces, yo jamás me despegaré de Pantín ni de Ferrol. Ni queriendo.

—Marta Belvehí ilustra, en el libro, con luz, tus momentos grises. ¿Qué ha visto en tu dolor que tú desconocías?

—Tal vez mi esperanza cuando yo creí que no la había. Yo creo que en los bares que frecuenté no había siquiera las musas que yo buscaba. Los poetas y los escritores malditos, que frecuentaban conmigo la noche, sí las encontraban. Yo, no. Ahora me encuentro en un café y en un amanecer enterándome de todo. No sé qué es lo que vio pero sacó una sonrisa a mi llanto.

—“No hay nada como enfrentarse a una hoja en blanco”. ¿Así es ese reto?

—Los creadores de canciones esperamos y aguardamos a nuestras musas. Que haberlas, haylas. Llegas a un hotel, con un vino de más, y te salen dos discos de golpe. Y luego, pues estás un año sin ser capaz de escribir nada. Otra cosa es mimar el oficio añejo de escritor. Y tú sabes, mucho mejor que yo. El levantarte a las seis de la mañana y olvidarte de hacer algo publicable, llorar el papel que escribes, romper 2.000 hojas sin estar satisfecho. A eso me refiero. A que por primera vez en mi vida traté de batirme a mí mismo, de ser capaz de estar a gusto con algo escrito por mí.

—Serrat, Sabina, Antonio Vega y otros. Pero siempre recuerdas a Enrique Urquijo.

—Creo que fue de las personas más sensibles que ha habido en este país y en este mundo musical. Escribió: “Cómo explicar que me vuelvo vulgar al bajarme de cada escenario”. Nadie fue tan sincero.

—“De Madrid para arriba todo es norte”, dices. ¿Cómo ves el sur?

—El sur es un planeta distinto al que frecuento. Creo que hay un humor elegante, la tierra más musical que he pisado, el que en marzo haya gente bañándose en el mar y cantando con una guitarra, sin camiseta, como sucedió en mi primer viaje a Cádiz. No es que sea un lugar distinto del país. Es otro planeta. Y es tan real y tan sincero. Y me atrae tanto que por eso le escribo más canciones que a mi propio norte. Hay quien se cabrea conmigo porque hablo más de Andalucía que de Galicia, sin ser andaluz.

—La gente ve al cantautor, aunque sea un tópico, como un tío triste, tímido, agotado.

—Absolutamente. Los cantautores jamás desaparecimos. Estamos en el mejor lugar posible, que es en los bares, donde encontrar algo. A mí me duele, cuando hago doce horas en avión, llego a México y me hablan de Víctor Manuel o de Ruibal como dioses. No es que no suceda en España y no sean queridos, pero allá lo son más. Aman más la palabra. No sé. Creo que debería tenerse un mínimo más de respeto y de cariño a la palabra cantautor, por lo que artísticamente y socialmente han dejado en nuestro país.

—No reniegas de Internet, agradeces su exposición gratuita, pero prefieres los discos, sobre todo los vinilos.

—Porque soy un romántico. Walt Disney hizo mucho daño. Echo de menos la fotografía y el diseño, el compartir un disco, pasárselo a un colega o a un amor.

—Esta frase es tuya: “Aún no sé si el amor es un arte”. ¿Por qué tantas dudas si es lo único que nos vuelve locos?

(Ríe). Porque es tan destructivo. Porque sales repleto de vida y de cicatrices y encima vuelves. Entonces, no sé si es algo capaz de mudarte la piel o arrancártela en otras ocasiones. Debe ser considerado arte.

—“El sexo es la única verdad horizontal”. Se ve que nunca te has muerto.

(Ríe). No. Resucito a ratos. Me dejo resucitar. Hay no muertes muy dulces.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ANDRÉS SUÁREZ (WEB OFICIAL)

11 de marzo de 2019

  • 11.3.19
Isabel Llano, más conocida como Isasaweis (Gijón, 1976), publica ¡No te compliques con la cena!, un libro de cocina sin complicaciones, para cenas rápidas y sencillas. En este libro, explica más de 80 recetas de esas que se hacen en un momento, con ingredientes normales, de los que solemos tener en casa, sin complicaciones, que además ayudan a cuidarnos disfrutando.



Al llegar a casa por la noche, nos metemos unos minutos en la cocina, y en lo que ponemos la mesa, recogemos las cosas que traemos de todo el día o nos ponemos ropa cómoda, la cena estará lista. Como si fuera magia. O al menos, eso dice ella.

—Tu libro se titula '¡No te compliques con la cena!'. En el fondo, tal vez sea la comida que preparamos con más desgana.

—Sí. Precisamente de ahí venía la idea. Porque uno llega a casa con ganas de un premio al esfuerzo de todo el día pero con pocas ganas de ponerse a complicarse, a hacer cosas muy elaboradas.

—En la portada se te ve vestida de bruja seductora. Tú dices que con tus recetas preparar la cena es como hacer magia. ¿No se te ocurrió regalar una varita mágica con cada ejemplar?

—Jaja. Pues no. Pero lo tomo como propuesta quizás para una edición especial.

—Hace nueve años nació 'Isasaweis'. Colgaste un vídeo en Youtube donde explicabas cómo hacerse un moño con un par de calcetines. ¿Ninguna mujer murió estrangulada?

—Jaja. No. Yo creo que sirvió a muchas mujeres para salir de un apuro. Realmente fue un truco muy socorrido, que gustó mucho, se hacía en un momento y quedaba un moño muy apañado para las grandes ocasiones.

—Compartes en las redes con tus seguidores consejos y trucos de belleza, maquillaje, moda, maternidad, manualidades, recetas de cocina. ¿Qué es lo más extraño que te ha pedido tu público?

—Pues lo que todos queremos, cosas prácticas, fáciles, que pueda hacer todo el mundo pero que nos dé buenos resultados, ¿no?, que no sean simplonas. Para ahorrar tiempo y dinero, ir a lo sencillo, porque nos gusta y sin artificios, porque no son necesarios. A veces el secreto de lo que más nos gusta está en las cosas más simples.

—La receta estrella de tu libro es la calabapizza.

—Para hacer la calabapizza no hay nada más que picar calabacín, salsa de tomate, orégano y atún. Es una receta buenísima.

—¿Qué no debe faltar nunca en una nevera para fabricar una cena muy rápida?

—Verduras frescas, porque nos pueden servir para una ensalada, para una crema, para algo al horno rápido, verduras asadas, un salteado. Son muy versátiles.

—Llegamos a casa ya tarde, con tres copas de más y con mucha hambre. ¿Qué hacemos para no confundir la nevera con un cuadro de Velázquez y poder cenar?

—Haberlo hecho bien antes. Tenerla llena de cosas sanas, rápidas, fáciles de preparar, porque al final yo creo que la buena alimentación reside en la lista de la compra. Cuando vas a comprar es cuando realmente eliges. Luego, cuando uno llega a casa, como dices, que te comerías cualquier cosa, lo mejor es no tener cualquier cosa en casa.

—Comer saludable no significa comer platos aburridos. Dicho así, suena bien, pero quiero que me convenzas.

—Pues te convenzo con el libro. Mira, más fácil que convencerte, te digo elige una receta al azar, la que quieras, y ya estás convencido. Porque demuestran precisamente eso, que es posible comer sano y fácil con ingredientes sencillos pero, a la vez, muy sabrosos.

—Hay días que comemos porque ha llegado la hora. Pero si no tenemos hambre, ¿es necesario que nos obliguemos a ingerir alimentos?

—A ver. Igual te lo debería responder con más propiedad un médico. No yo. Pero a mí la experiencia, que al final hace mucho, me dice que hay que comer cuando a uno se lo pida el cuerpo. Es verdad que comemos más de lo necesario pero, por ejemplo, eso de las cinco comidas al día, yo realmente las hago cuando mi cuerpo me pide comer. Pero, por ejemplo, cuando, como hoy, que he desayunado un montón, pues a la media mañana la verdad es que no me lo ha pedido el cuerpo y ya voy directa a la comida.

—Tú recomiendas cinco comidas al día. ¿Pero es sano levantarse de madrugada para comer algo?

—Si te lo pide el cuerpo. Lo que te pida el cuerpo de madrugada, dáselo. Pero creo que no. Es más importante un sueño reparador.

—Dime una receta rapidísima y que no venga en tu libro para quienes llegan sin tiempo y con hambre a casa.

—Pues mira. Los bombones de jamón, por ejemplo. Es una receta espectacular. No es más que poner unas lonchas de jamón, llenando unas hueveras de estas de silicona con forma de medio balón, forrándolas por dentro con unas lonchitas y haces un relleno que es mezclar queso crema con almendra picada y dátil picado. Esa mezcla la metes en los huequitos del jamón y los cierras. Y quedan como unas bolitas de jamón con ese relleno dentro que están buenísimas.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

4 de marzo de 2019

  • 4.3.19
Licenciado en Ciencias Físicas y escritor, Agustín Fernández Mallo (A Coruña, 1967) publica Trilogía de la guerra, una novela que lleva toda la vida en ella y que contiene todo aquello que siempre quiso escribir. Con esta obra, celebra en Seix Barral el sexagésimo aniversario del Premio Biblioteca Breve que, para su autor, es un inmenso honor. Primero, porque antes el premio lo ganaron Caballero Bonald, Cabrera Infante o Vargas Llosa. Y segundo, porque este libro es la culminación de años de trabajo y experimentación de nuevos caminos en su narrativa, así como de “buscar la riqueza del mundo en los detalles”.



—He leído que en 'Trilogía de la guerra' está contenido todo aquello que siempre quisiste decir y escribir. ¿Así es?

—Bueno, sí. Hasta la fecha. Es una novela que llevo toda la vida haciéndola, porque hay ideas antiguas, otras de hace dos o tres días y que han venido a majar de una forma muy natural.

—La novela, tú que también eres músico, afronta la cara B de nuestro mundo que, aun estando ahí, lo ignoramos. Pero también es un libro muy arraigado a lo real.

—Es que la cara B de nuestro mundo también es real y es la parte que tenemos que darnos cuenta que es otra realidad pero es como si alguien observara los acontecimientos desde un plano diferente para alumbrarnos algo que no veíamos. Por eso en toda la novela hay muchas metáforas y resonancias que van apareciendo.

—Más de cinco años has dedicado a la elaboración de esta historia, de la que empezaste a escribir sin una estructura previa y que luego te dejaste llevar por tus inquietudes creativas. Pese a la extensión de la novela.

—Sí. Fue así. Esto empieza cuando pongo a un personaje en la Isla de San Simón. Pero lo importante es por qué lo pongo ahí. Yo voy a esta isla, que fue un campo de concentración, y notas la presencia de la muerte y de los objetos. La experiencia que yo tengo ahí, la poética que yo había desarrollado hasta entonces, no podía dar explicación a las preguntas que me hacía esa propia tierra. Por eso, para poder respondérmelas, puse un personaje y a ver qué pasa.

—Tus personajes viajan. Muchos escritores y periodistas se han planteado qué sentido tiene viajar hoy que todo está descubierto. Para ti, sin embargo, viajar es un modo de generar ficciones personales.

—Claro. Porque yo creo que el modelo de viajero descubridor es un modelo que acabó ya a principios del siglo XX. El mundo está descubierto. Lo que hacemos ahora es viajar para vivir las ficciones que nos contaron otros, para vivirlas en nuestra propia carne y en cualquier caso siempre es como una revisión de lo que ya había. Para revisionar lo que otro ya había visto.

—Visitaste la Isla San Simón, te impactó y te pusiste a escribir ese mismo día. ¿No te resulta curioso que se hayan escrito tantos libros sobre la guerra civil y tan poco sobre sus campos de concentración?

—Bueno, eso me parece curioso. Todos esos libros que estaban escritos de la guerra civil no me daban respuesta a lo que yo experimentaba allí. Por eso tenía yo que encontrar mi propia respuesta, que es colocando a un personaje ahí.

—Me llama la atención un personaje, Kurt, que forma parte de la primera expedición a la Luna y que es quien graba las imágenes. ¿Crees en la leyenda de que fue Stanley Kubrick quien lo hizo?

—Jaja. No, no. Yo personalmente no lo creo. Pero la importancia es que este personaje dentro de la novela se hace totalmente verosímil, según cuentan los lectores. Y es un personaje que nos dice que en una época donde el selfie aún no estaba conceptualizado como hoy, hacía la fotografía y no salía en la fotografía. Y es muy interesante porque abre puertas a otras cuestiones. Como quien nos ha escrito, es fiable, estaba dentro de la foto o estaba fuera de la foto, es subjetivo o es objetivo. Y eso abre también todo un campo de reflexión en el libro.

—Te gusta diferenciarte de los mecanismos narrativos del mundo audiovisual y prefieres trabajar el relato de la palabra escrita. ¿Este libro es un ejemplo de ello?

—Sí. Absolutamente. Aunque haya imágenes en el libro. Son imágenes que no son redundantes con la palabra. Si no, no valdrían. Pero, por otra parte, cuando se dice de una novela que es muy cinematográfica, como si fueran planos, bueno, a mí no me interesa. Porque eso ya lo hace el cine mejor. Si algún sentido le queda a la novela en el siglo XXI es trabajar lo que solo la novela puede hacer, que es la especificidad de la palabra. Luego, el cine podrá traducirlo a imágenes, pero ya es una traducción, no es una transposición directa.

—Eres escritor pero también músico. En las primeras páginas de esta trilogía hablas de una mesa redonda compartida con Julián Hernández, cantante de Siniestro Total. ¿No te gustaría compartir con él algún concierto?

—Jaja. Es verdad. Me gustaría hacer una colaboración musical con él algún día. Faltaría más. Pero, bueno, eso es como un sueño.



—La novela se divide en tres partes bien diferenciadas, pero con unas constantes, que son las guerras que ha vivido todo el planeta.

—Las guerras. Y luego se extrapola también, en general, a los conflictos, a los conflictos también personales. En realidad, yo creo que es también de cómo nos formamos una idea de enemigo, sea una guerra concreta o no. Por ejemplo, la crisis económica en Europa qué duda cabe que, para mi modo de ver, es la eterna guerra nunca resuelta entre el supuesto puritanismo protestante del norte contra el supuesto libertinaje del catolicismo del sur. Y es una guerra que hace dos siglos hubiera sido guerra cruenta y ahora fue económica, pero está funcionando ahí. Quiero decir que el conflicto siempre está, que el ser humano está ahí.

—Otra idea que da coherencia y unidad a la trilogía es la idea de que existe una red social que une a los vivos con los muertos.

—Es que la red social más grande que ha existido y que existirá no es la de internautas. La red que ha comunicado y comunica es siempre la de los vivos con los muertos. Y esta idea de que los muertos nunca están muertos del todo. Pero es que los vivos nunca estamos vivos del todo. Es una idea que está en el libro. Vivimos, de verdad, en una interzona. Los muertos están todo el rato hablándonos y contándonos cosas. Y nosotros a ellos. Porque los simbolizamos. Bueno, un cementerio es eso.

Existe eso y es importante ver cómo la idea de que el cuerpo no es como un archivo. Es decir, el cuerpo no es como un archivo informático sin carne que circula por el mundo. El cuerpo, cuando está en un lugar donde murió tanta gente, ves cómo la carne de algún modo llama. Y eso es una idea de materialidad que yo quería dar.

—La poesía de Lorca está en tu libro. También el triángulo Sebald, Lynch y Dalí ha operado en toda tu novela. ¿Qué has encontrado en ellos que te han ayudado a reforzar esta obra?

—Bueno, hay muchas cosas ahí. En Sebald, la manera de narrar las cosas como si fueran un pozo infinito. De Lynch, precisamente abordar la cara B de la realidad. Dalí me parece de los mejores escritores del siglo XX. Toda la parte deslizante de Dalí como escritor es buenísima.

—Inevitablemente, todos los personajes tienen algo de ti. ¿También tu gemelo anda suelto por estas páginas?

—Cuando escribimos, siempre generamos gemelos, pero gemelos un poco distorsionados, porque todo escritor escribe solo de sí mismo. Aunque hable de un mundo imaginario, está hablando de sí mismo. Pero, claro, no es idénticamente igual lo que escribe a como es. Entonces son gemelos, pero son gemelos un poco mutados. Pero, claro que sí. Ahí está. Es un gemelo mío.

—¿Sabes ya qué vas a escribir ahora?

—Estoy escribiendo muchas cosas. Estoy con dos novelas más. Sí, sí. Yo siempre estoy haciendo algo (ríe). Si no, me aburro. Tengo que estar todo el día dándole a la cabeza.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍAS: ELISA ARROYO

25 de febrero de 2019

  • 25.2.19
Buena parte de los suplementos culturales de este país considera que Ordesa es la mejor novela publicada en 2018, un libro testimonial en el que Manuel Vilas (Barbastro, 1962) dibuja la belleza y la poesía de la generación de hombres y mujeres nacidos en los años treinta; es decir, la generación de nuestros padres. O dicho de otra manera: el libro es un retrato material de las clases medias de entonces.



El libro arranca con la muerte de la madre en 2014. De la generación del autor, el propio Vilas dice que lleva el sentimiento de culpa “de serie”, culpa de haber perdido a los padres sin conocerlos o de no haberles dedicado el tiempo que debieron.

La obra está escrita en primera persona. Un relato confesional narrado con una voz transgresora, donde confiesa los “tocamientos” que sufrió en su infancia por parte de un cura, los estragos del matrimonio, del que afirma que es “la más terrible de las instituciones humanas”.

Pese al escozor con que narra algunas vivencias, se siente legitimado para escribir este libro porque el sentimiento dominante es el amor. Y añade: “El peor parado soy yo en el libro”. Confiesa también su adicción al alcohol, pero al final optó por vivir y no beber. De vez en cuando, se deja vencer, advierte que la familia es el lugar más humano, le gusta España, sobre todo por los españoles y recuerda con algo de nostalgia la España pobre de su infancia que muchos pretenden olvidar. Él lo dice así: “Fuimos pobres, pero con encanto”.

Durante muchos años, anduvo narcotizado con una nómina de profesor de instituto. Siempre quiso ser escritor. En 2000 vio la luz El cielo, su primer libro de poemas. Su poesía reunida se publicó en 2010 con el título Amor, y su Poesía completa en 2016. Es autor de las novelas España (2008), Los inmortales (2012) o El luminoso regalo (2013). Tiene la mirada cansada de explorar los lodazales de su alma. Pero su último libro ha despertado en los lectores el interés por conocer otra mirada, esta vez más personal, en el mapa literario español.

—Escribiste en un artículo en 'Babelia' que en 'Ordesa' quisiste reflejar la belleza y la poesía de la generación de hombres y mujeres nacidos en los años treinta, la de tus padres. Hombres y mujeres que no tuvieron acceso a la cultura pero que estuvieron vivos y que sus vidas fueron buenas.

—Sí. Pensé que, aunque esa generación, por ejemplo mi padre, no pudo tener una enseñanza superior, eso no significaba que su vida no fuera plena. Yo he vivido mejor que mi padre, en el sentido de que yo he podido ir a la Universidad, pero no significa que mi padre haya sido más infeliz que yo. Quería dejar claro eso.

—'Ordesa' también es un retrato material de las clases medias de entonces. En el libro describes sus vidas cotidianas, sus electrodomésticos, sus coches, sus vacaciones.

—Para mí eso es importante. Lo que podría llamarse la prosperidad de las clases medias, porque sin prosperidad no hay crecimiento político, no hay libertades, no hay nada, si en tu casa no tienes una buena nevera o un coche. Y en la democracia española fue posible gracias a que de repente hubo una prosperidad económica y eso facilitó la transición.

—Tu padre no fue al entierro de tu abuelo. Escribes: “Me moriré sin saber si mi padre le dio alguna vez un beso a mi abuelo”.

—Esa es la familia de la que yo procedo, de las familias de los sesenta. Hablar de sentimientos no se hacía. Más o menos tú sabías que te querían, pero verbalizar sentimientos los lectores ahora me lo están diciendo que en sus familias ocurría lo mismo. Ahora sí. Tienen una relación donde se dicen los sentimientos. Pero en la mía no se decía. Porque había un aparato social, eso no formaba parte de ella. Era una inmoralidad.

—El libro arranca con la muerte de tu madre en 2014. Dices que tu generación lleva el sentimiento de culpa “de serie”. ¿Culpa de no haber dedicado a los padres todo el tiempo de debimos? ¿Culpa de haberlos perdido sin haber llegado a conocerlos lo suficiente?

—Por las dos cosas. Culpa de no haber estado más con ellos, sobre todo los últimos años donde ellos se convierten ya en personas mayores. Y de no haber hablado. El libro está todo el rato invocando que teníamos que haber hablado más. Y eso, por lo que veo, le pasa a todo el mundo.

—El libro está escrito en primera persona, con una voz transgresora y valiente, en una obra que tiene más de texto confesional y testimonial que de novela de autoficción. ¿Por qué mezclar realidad y ficción cuando lo que te interesa de verdad es la veracidad con todos sus vacíos? De hecho, escribes: “La verdad es lo más interesante de la literatura”.

—No. El libro es confesional. Lo que pasa es que, evidentemente, siempre hay cosas que imaginas o inventas. Sobre todo, cuando tienes que recordar la vida de tus padres. Pero hay más veracidad que ficción.

—En 'Ordesa' también confiesas los “tocamientos” que sufriste en tu infancia por parte de un cura, algo que todos callaban pero que, desgraciadamente, era el pan de cada día.

—Esto que yo creía que era un episodio horroroso y que yo llevaba en silencio, el 90 por ciento de la gente ha sufrido esto. Sobre eso había un silencio brutal pero resulta que le pasaba a infinidad de chicos y chicas.

—¿Tan ciega estaba la sociedad, tan permisiva, tan oprimida?

—Tan ciega. Sí, sí. Era el franquismo y era la Iglesia. Y hacían lo que les daba la gana.

—Ante todo, tu novela es un texto autobiográfico, un género poco frecuentado en España. Sin embargo, en América, en literatura como en periodismo es muy habitual. Tú dices que es por influencia del catolicismo. Sin embargo, en América Latina se ha cruzado esa frontera sin ningún trauma y produciendo obras de primera magnitud.

—Yo creo que es paralelo. En la literatura española también había una laguna en libros de carácter confesional, autobiográficos. Yo creo que provocado por esta incomodidad por hablar de sentimientos, que tiene que ver con el catolicismo y que, cuando hay más libertad, en estos momentos estamos viviendo una expansión de la libertad, pero hemos colonizado esos territorios literarios que faltaban. En el mundo anglosajón llevaban más tiempo con libros de estas características.

—Estuviste casado. En el libro dices que el matrimonio es la más terrible de las instituciones humanas. De hecho, en un libro confesional como este, apenas asoma el perfil de tu exmujer, de los años vividos, sí el de tus hijos. Un silencio premeditado.

(Ríe). Las personas vivas no quería que estuvieran en el libro más que lo justo, para que la historia se entendiera. Fundamentalmente, si los personajes tienen más de dos o tres líneas en el libro es porque están muertos.

—Eras hijo de una familia modesta. Escribes: “La confesión de la pobreza en España parece una inmoralidad, algo repudiable, una afrenta. Y, sin embargo, es lo que hemos sido casi todos”. Y añades: “Fuimos pobres, pero con encanto”.

(Ríe). Sí, sí. Fuimos pobres, pero con encanto. En realidad, todos ocultamos, sobre todo en esa sociedad de mis padres, que a uno no le iba bien. Se ocultaba porque era una vergüenza. Hoy en día, no. Hoy en día la gente no tiene por qué ocultar si no le va bien. Lo dice y ya está. En aquella sociedad si tenías problemas económicos, se ocultaba o intentabas aparentar que no.

—Cuando se escribe un libro confesional como este, ¿se tiene miedo o te paras a pensar qué puede pensar la gente próxima a ti, la gente que ha vivido contigo?

—En el entorno más cercano y que conoce la historia de primera mano, sí que uno tiene un poco de miedo, de precaución y de cautela por ver un poco cómo se ha tomado. Pero a excepción de ese entorno, lo demás no me preocupa en absoluto. Creo que yo estaba legitimado para escribir este libro en tanto que creo que el sentimiento dominante era el del amor.

Y yo entendí el libro como una carta de amor a mis padres, lógicamente con momentos tristes en esa vida en común, pero que el sentimiento final que dominaba la historia era el amor, y el de la compasión, y el de la comprensión de sus vidas. Entonces yo creo que eso, desde un punto de vista moral, legitima la historia pese a que, lo que tú me acabas de contar, a las personas más implicadas en esa historia pueda, a lo mejor, no parecerles tan bien.

—¿Miedo a que ellas puedan ver la realidad alterada o a que la cuente según a él le interesa?

—Pero no creo que eso se pueda decir, porque el peor parado soy yo en el libro. Lo que pasa ya es que el recuerdo es siempre subjetivo. De hecho, nadie recuerda de la misma manera. Entonces, claro, si se lo leen familiares míos no van a reconocer exactamente ese pasado o van a pensar que lo recuerdo de una manera muy tergiversada. Cada uno tiene una visión del pasado diferente. Bueno, pueden escribir también ellos un libro.

—Confiesas también tu adicción al alcohol, algo inherente a varias generaciones en España. Dejaste de beber. Llevas más de cuatro años sin hacerlo. Y escribes: “Todo alcohólico llega el momento en que debe elegir entre seguir bebiendo o seguir viviendo”. ¿Así fue?

—Entre la be y la uve. Jaja. Así de simple. El alcohol, evidentemente, para una persona lleva a la muerte directamente, a la destrucción. Lo que pasa que antes de la muerte lleva al jolgorio de destrucción, de sordidez y de miseria y, bueno, hay que dejarlo. Yo lo dejé.

—Durante mucho tiempo estuviste narcotizado con una nómina como profesor de instituto. Comenzaste a vivir del viento. Te gusta esa expresión.

—Tenía que haberlo dejado antes, pero yo siempre había querido ser escritor. No se podía vivir de la literatura. También había que hacer un ejercicio de riesgo, que yo no quise hacer. Al final lo hice. Y no me arrepiento. Este país vive mucho con mentalidad de funcionario. Y en ese sentido, eso no sé hasta qué punto es bueno, porque nos limita mucho en las posibilidades de hacer cosas. Entonces, yo eso lo sentí así, tal como lo digo en la novela.

—Fuiste profesor en Yowa. Vendes libros. La vida te va mejor. Como escribiste en tu libro, ¿el azar castiga a los calculadores, a quienes calcularon su jubilación?

—Jaja. Esa es una ironía que dice el narrador. La gente que, de repente, está pensando en la jubilación y se jubila, y a los tres días se muere. Eso a mí siempre me ha llamado muchísimo la atención, porque lo he vivido, lo he visto. Es como si olvidáramos la vida, la vida en sí misma, y le diéramos más importancia a aspectos administrativos de la vida. Como si olvidásemos algo más importante. Vivir, sin más. Vivir sin tener en cuenta todas estas cosas que creo no son partes esenciales de la vida.

—La familia es el espacio de la autenticidad absoluta. Pero, según se deduce de tu libro, quizás no somos conscientes de ello hasta mucho después, cuando los padres ya no están.

—Lo que yo quería decir es simplemente algo tan sencillo como cuando a ti te pasa algo gordo adónde vas, a tu familia. De repente tienes un problema de salud gordo, económico gordo, la gente va a la familia. Eso me parece muy importante. A veces la gente se olvida de eso. Sigue siendo el lugar más humano, donde hay menos alienación.

—Nuestros padres querían que a nosotros nos fuera mejor que a ellos. Como padre, ¿qué sientes, qué piensas que será de tus hijos?

—En general, es una preocupación social de todo el mundo, porque hemos comprobado que esa dinámica de la Historia de que los hijos iban a vivir mejor que los padres, que de alguna manera alimentaba la Historia de España, en el 2008/2009 se vino abajo. De repente vimos que estos chavales, que son la generación más preparada de la Historia, pues tienen problemas para encontrar trabajos razonables y dignos. Están trabajando por 700 euros chavales que tienen licenciaturas, grados, estudios, que hablan idiomas. Esto es incomprensible. Esto es un fracaso político muy importante de este país. Al que se añade la desmoralización que ha habido por el problema de la corrupción política.

—Te gusta España, pero en un sentido nacionalista. La gente acostumbra a quejarse de este país. Pero a ti, en realidad, lo que te gusta es la gente que vive aquí.

—Me parece un país maravilloso porque existen los españoles. El Estado español no sé lo que es. Lo que sí sé qué son los españoles, la gente que está en la calle, la gente que es como tú y como yo. A veces se dice el Estado español. Pero vamos a ver. Dónde está el Estado español. Lo que hay son clase media, gente que madruga, que va a trabajar, gente que cumple, gente que se esfuerza y gente que intenta salir adelante. Yo creo en esa gente.

—Aunque aquí el español se queja mucho de su país.

—Eso es una cosa muy española que se cura yéndose a vivir un tiempo fuera. Cuando tú te vas a vivir un tiempo fuera, te encuentras un montón de cosas que las hacen peor que en tu país. Y entonces, dices, mi país no está tan mal.

—Justificas el tono confesional de tu obra con esta frase: “Me ha pasado algo tan sencillo como que me hago viejo y prefiero buscar la verdad alejado de cualquier retórica”.

—Sí. Yo creo que a cualquier ser humano que va cumpliendo años pues lo que quiere son certezas, verdades, y ya no le sirven los juegos de palabras ni el ingenio ni los fuegos de artificio. Quiere alguna verdad. Una verdad en la que poder apoyarse y que le sirva para comprender lo que ha sido tu vida, pues alcanzas un poco la serenidad, la paz. Con eso ya está bien.

—Un epílogo en verso. ¿Querías decir lo mismo de otra manera?

—Decir lo mismo de otra manera. Añadir una perspectiva nueva que completara un poco el cuadro.

—Hay en tu libro una definición de este país que me gusta y me perturba a la vez. En España, para 44 millones de españoles es ver cómo un millón de españoles pilla un chollo y tú no lo pillas. ¿Así de simple?

—Esta es la España que hemos vivido todos, que es lo que ha desmoralizado a este país. Ves cómo le gusta, sobre todo, en la corrupción política, lo que teníamos delante ha sido eso. O sea, ha sido ver cómo tú con tu trabajo no podías seguir adelante, la gente tenía dificultades de llegar a fin de mes con trabajos normales y otra gente se estaba forrando.

—¿Y ahora?

—Tengo una novela empezada y tengo cosas ahí.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: MANUEL VILAS - ESCRITOR (FACEBOOK)

18 de febrero de 2019

  • 18.2.19
Jesús Maeso de la Torre nació en Úbeda, en la misma calle que Joaquín Sabina y Salvador Compán. Estudió Magisterio y obtuvo la licenciatura en Filosofía e Historia. A lo largo de su vida ha simultaneado la docencia con la literatura y la investigación histórica. Comanche es su última novela histórica, en la que indaga sobre la presencia española en la historia de Estados Unidos, que dio lugar a la fundación de ciudades como Los Ángeles o San Francisco.



Una historia que recrea las correrías de los dragones de cuera españoles tras los comanches, yumas, navajos, aleutas y apaches. El próximo año regresa con una novela sobre la Corduba romana con los Sénecas como protagonistas. Él lo dice así: “La inmortal Córdoba es uno de mis fetiches literarios”.

—Tu novela, 'Comanche', recrea la presencia española en la historia de América del Norte en el reinado de Carlos III. ¿Por qué el olvido sepultó estos hechos?

—Muchas de las páginas más brillantes de nuestra historia están olvidadas por las nuevas generaciones. Y es que existe una mezcla explosiva entre la ignorancia de nuestro pasado y el menosprecio de nuestra historia, por parte de ingleses y franceses, que han decidido minimizarla hasta hacerla desaparecer, si bien nuestra historia es la más ejemplar y rica, y sobre todo en América del Norte, donde desde los siglos XVI al XVIII, nos hicimos dueños de inmensos territorios de los EEUU meridionales, centrales y del oeste. Y eso debe conocerse. Además, sin el concurso de España, la independencia de las colonias inglesas hubiera sido imposible.

—Los dragones de cuera españoles, una impresionante fuerza ecuestre, luchando contra comanches, yumas, navajos o apaches. ¿Cuántas películas hemos dejado de llevar al cine?

—Los regimientos de los llamados “Dragones de Cuera, o del rey” estaban formados por caballeros españoles, criollos y algunos europeos súbditos del rey de España, que lucharon durante dos siglos contra los indios –especialmente los comanches o “desnudos”– que asolaban la vasta frontera de Nueva España.

Defendían más de 40 presidios, desde Tejas y Luisiana, hasta Arkansas, Nuevo Méjico y California, y eran el terror de las partidas salvajes. Unos verdaderos héroes de nuestra historia, olvidados inmerecidamente en el polvo de la historia. John Ford tenía una mina en sus manos y nunca lo supo. Dos siglos antes que John Wayne o Clint Eastwood, estuvimos los españoles

—¿Algo que ver con el Séptimo de Caballería?

—Su uniforme azul, sombrero de ala ancha, botas altas, capa azulada, fusil Brown Bess, pistolas al cinto, adarga, escudo con el emblema del Reino y un chaleco de varias capas de cuero irreducible a las flechas indias fue visto antes que el de los pistoleros o el Séptimo de Caballería en el Valle del Diablo. Y evidentemente, como la moneda y otras muchas cosas, fue copiado por el ejército estadounidense.

—Hubo genocidio en América del Norte. Pero tú mantienes que las únicas razas indias que perviven son las que mantuvieron contacto con los españoles.

—Existe genocidio cuando hay premeditación e intención de hacerlo. ¿Cómo se puede aseverar que hubo genocidio con tan solo dos mil efectivos en un territorio ochenta veces más grande que España? Hubo encuentro violento y doloroso, pero las enfermedades llevadas por los europeos sí que hicieron estragos.

El mestizaje español, en palabras de Thomas, fue la mayor obra del arte civilizador de Occidente en América. Hoy día solo perviven en los EEUU las tribus indias que estuvieron en contacto con los españoles: apaches lipán y hopi, comanches, yuma o teja. Si alguien cometió un verdadero genocidio en América del Norte, fueron los americanos.

Recordemos la famosa frase del general Sherman: “El mejor indio es el indio muerto”. A través de “la paz del mercado”, por la que los indios eran admitidos en la sociedad española, su población se quintuplicó. El resto, las que vivían en el Este, han desaparecido. Las leyes españolas los protegían. ¿Pueden decir lo mismo los norteamericanos?

—Los españoles dejamos prisiones en aquellas tierras, pero también ciudades, minas y rutas de comercio. Entonces, ¿por qué, como tú dices, la Leyenda Negra nunca prescribe?

—La palabra “presidio” en realidad se refiere a los fortines que construimos en la frontera (recuérdese El Álamo), pero también universidades, misiones, vías de comunicación para el comercio, ranchos, cultivos y ganaderías, origen de las actuales estadounidenses. El Virreinato de Nueva España, con capital en Méjico, era un verdadero Estado organizado que se extendía hasta la Alta California.

España fundó ciudades en la frontera –máximo signo de civilización y convivencia– como San Antonio, Albuquerque, Laredo, Santa Fe, Monterrey, Los Ángeles o San Francisco, mercados y escuelas, que procuraban una convivencia entre indios, criollos y españoles, dentro de las leyes de la Corona. Eso era impensable para los ingleses y los norteamericanos. Y efectivamente nuestra Leyenda Negra jamás prescribe, como si España hubiera de purgar con el desprecio su influencia capital y extraordinaria en la historia del mundo.

—La masonería también está presente en tu libro. En Chile y México ya había embriones de lo que podría llamarse logias de la razón.

—Muchos de los oficiales de las Capitanías de América leían las publicaciones que llegaban de Europa, en especial las de los enciclopedistas franceses. En Chile y Méjico había semillas de lo que podían llamarse “logias de la razón”. En Santiago existía la Academia Antártica, que mantenía correspondencia con muchos oficiales criollos americanos aperturistas. Mi personaje era uno de ellos, y al visitar Madrid, “ingresa en la Matritense”, centro masónico por excelencia de España, fundado por el duque de Wharton.



—En la novela, Martín de Arellano, capitán de los dragones, mantiene relaciones sentimentales con la apache Wasakie y la princesa aleuta de Alaska, Aolani. ¿Y el racismo dónde lo dejamos?

—No voy a ocultar que nuestro encuentro con las razas amerindias no fuera violento, pero no exterminador por sistema, y las relaciones de casamiento no fueron generalizadas. Pero bien es cierto que muchos españoles se casaron con indígenas, de ahí la raza mestiza que se dio como resultado.

Mi personaje no llega a casarse con la apache ‘Azúcar’, que sí hubiera estado mal visto entre la aristocracia criolla, pero sí lo hace con la princesa de Alaska, ya convertida al cristianismo y de sangre real. Eso sí fue frecuente desde la época de Hernán Cortés y Moctezuma, cuyas hijas se casaron con comandantes del conquistador.

—Comenzaste escribiendo poesía. Cuando el pudor te dejó, habías cumplido los 40 para escribir novelas. Desde entonces, no has perdido el tiempo.

—La verdad es que me encanta relatar historias, como espejo de reflexión y placer. Al ser publicada mi primera novela, Al-Gazal, sobre el espléndido personaje de la Córdoba califal de Abderramán II, hasta esta última, recuperé el tiempo perdido y me he movido y recreado todas las épocas de nuestra historia: desde Tartessos hasta las Cortes de Cádiz, y desde las Cruzadas, hasta la China Ming, o la de Julio César en Munda. El próximo año regreso con una novela sobre la Corduba romana con los Sénecas como protagonistas. La inmortal Córdoba es uno de mis fetiches literarios.

—Escribiste 'Comanche' después del discurso de ingreso en la Academia Norteamericana de la Lengua Española en Nueva York. ¿Tanto les sorprendió lo que decías?

—Absolutamente. Muchos ignoraban que los dragones de cuera defendieran un territorio cincuenta veces mayor a España, y que antes de que los angloparlantes hollaran las tierras del oeste americano con sus carromatos y los pistoleros de gesto adusto cabalgaran por la Comanchería, estos indómitos jinetes hispanos ya lo habían hecho un siglo antes y dominado y civilizado a las belicosas tribus indias de la frontera. Un hecho insólito y fascinante, que hasta a los mismos norteamericanos los dejó boquiabiertos.

—La segunda razón es que encontraste en los Museos Vaticanos un tocado de búfalo con los cuernos pintados de jade regalado por Carlos III al Papa Pío VI.

—Visitando los Museos Vaticanos admiré un tocado de búfalo con cuernos pintados de jade, la rodela, el carcaj y la lanza de un gran jefe comanche, Cuerno Verde, que según la información había sido vencido por el coronel Juan Bautista de Anza, vasco de Hernani, y que se lo había enviado como regalo al rey Carlos III, y este a su vez al papa Pío VI. Era un tema sorprendente que daba pie a conocer más y escribir una novela sobre el tema, y eso me llevó a conocer a los intrépidos dragones de cuera.

—Nacido en Úbeda. De la misma quinta de Joaquín Sabina y Salvador Compán. Y nacidos los tres en la misma calle. Sin olvidar tampoco a Muñoz Molina. ¿Qué da esa tierra?

—Joaquín, Salvador y yo nacimos en un radio de doscientos metros, y Antonio algún año más tarde, pero también en la Úbeda antigua y monumental. Es simple curiosidad, pero Úbeda imprime carácter por su belleza. Los cuatro amamos las historias y la literatura y yo desde pequeño disfrutaba tanto leyendo, que ahora pretendo con mis libros que mis congéneres sean tan felices como yo abriendo mi alma a un libro.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

11 de febrero de 2019

  • 11.2.19
Carme Riera vuelve a la novela negra con Vengaré tu muerte. Aunque confesó que, después de haber publicado Naturaleza casi muerta, abandonaría el género, traiciona sus propias palabras para volver con un título más bien gris oscuro. En 2010, la exdetective privada Elena Martínez recibe el encargo de investigar la muerte del empresario catalán Robert Solivellas. Sin embargo, sus investigaciones la llevan a condenar a personas inocentes. Una historia brocheada con notas de humor y donde la protagonista solo comparte con la autora el barrio donde vive y su amor a los perros.



Catedrática de Literatura Española en la Universidad Autónoma de Barcelona, Carme Riera se dio a conocer en 1975 con Te deix, amor, la mar com a penyora (Te dejo, amor, en prenda el mar). Es una mujer afable, que luce con discreción una educación intachable y un humor moderado.

Echa de menos la voz crítica y certera de Manuel Vázquez Montalbán en estos tiempos inciertos de confusión. Le horroriza la pederastia. Y le extraña que tan pocas novelas se hayan metido en ese lodazal. Piensa que es un tópico la tacañería atribuida a los catalanes y le gustaría que el procés dejara los menos damnificados posibles.

Ocupa la silla ‘ñ’ minúscula de la RAE y lamenta que tan pocas mujeres sean académicas. Pero sobre todo le hiere que “el referente nacional ya no sea la literatura: “Ahora es el fútbol”. Su obra ha sido traducida al inglés, alemán, italiano, portugués, ruso, griego, holandés, rumano, hebreo, turco, croata y eslovaco. En 2001 recibió el Premio Nacional de Cultura de la Generalitat de Catalunya, y en 2015, el Premio Nacional de las Letras.

—Después de 'Naturaleza casi muerta' aseguró que no volvería a la novela negra. Pero lo ha hecho. Aunque con matices. Dice que esta es un poco más gris.

—Sí. Lo que te voy a contar además es que esta es anterior. Naturaleza casi muerta es anterior. La comencé antes. 2006-2017. Es decir, yo tenía esta novela empezada pero apareció el Erasmus desaparecido de la Autónoma y la dejé. De manera que no miento demasiado cuando digo que no la volveré a hacer, porque simplemente la terminé. Y después, lo que tú dices muy bien, no es negra, es gris oscura.

—En 2010, Elena Martínez recibe el encargo de investigar la muerte del empresario catalán Robert Solivellas. Sin destripar el argumento, sus investigaciones la llevan a condenar a personas inocentes.

—Exactamente así. Es decir, la investigación de Elena Martínez Castiñeira, una detective gallega, se equivoca y entonces lo que hace es condenar a unas personas inocentes, y escribe para crear el estado de opinión suficiente para que estas personas sean liberadas de la cárcel.

—La novela negra es hoy también novela social. También ocurre con 'Vengaré tu muerte'. El libro es una crítica a todo lo que está mal en la sociedad, un retrato de la España de entonces y de hoy: corrupción, fraudes, evasión de dinero, mafias, franquismo, okupas, machismo, pedofilia. No podemos escapar del mundo que nos rodea ni cuando escribimos.

—No. Claro que no. Y menos cuando escribimos un tipo de novela que es negra o gris oscuro, a la que precisamente se trata de poner el dedo en la llaga y de mostrar la realidad. Otro tipo de novela no trataría del ambiente. En este caso, sí. Lo que antes se llamaba novela social es ahora la novela negra.

—Pese a este mundo sórdido que describe, sabe intercalar notas de humor para hacer la lectura más llevadera.

—Bueno, porque sin humor estaríamos muertos. Al menos yo. Es decir, yo creo que el humor es importantísimo a medida que te hace mayor. Incluso cuando eras joven. Mi detective es joven y utiliza mucho el sentido del humor. Eso además aligera el poso terrible de la historia que al principio parece que no, pero después veremos que sí es un poso terrible. Y, por tanto, yo creo que en ese sentido ayuda a que se lea bien.

—El libro también es un alegato contra la supuesta tacañería de los catalanes.

—Sí, claro. Es que a veces nos movemos con estereotipos. Es decir, los andaluces son perezosos. Mentira. Yo conozco andaluces que trabajan muchísimo. Los catalanes son tacaños. No. No es cierto. Hay catalanes tacaños y otros que no lo son. Son estereotipos. Y como se hablaba de los catalanes, un estereotipo, la detective quería demostrar que no es así, precisamente que esos catalanes son espléndidos. Algunos, otros no.

—Su protagonista, la exdetective privada Elena Martínez, de unos 35 años, habla más castellano que catalán, vive sola con un perro, es de ascendencia gallega, se acuesta con quien quiere, lleva el mundo por montera, es feminista y no muy culta. ¿Es un retrato de la mujer de hoy o el perfil a que aspira cualquier mujer?

—No creo que la mujer aspire a ese retrato. La mujer aspira a ser persona, a que la respeten, a querer a quien ella quiera, a que no le impongan normas, a tener el mismo trabajo, igual salario y a que pueda salir de noche sola.

—¿Qué hay de usted en este personaje de ficción, aparte de que vive en el barrio de Sarrià?

—Pues nada más. Tenemos orígenes muy distintos pero compartimos el barrio. Y eso es compartir mucho. El amor a los perros, quizás. Y poco más.

—La novela, como es lógico, hace sus guiños a Manuel Vázquez Montalbán. ¿Cómo lo recuerda?

—Como una persona realmente estupenda que me gustaría mucho que ahora estuviera viva y pudiera opinar sobre las cosas que pasan en este país y, sobre todo, como un estupendo autor de novela negra con detective que ha hecho historia, que es Carvalho.

—El mundo sórdido que describe lo justifica en esta frase: “El deber de la gente que escribimos es ser críticos y mostrar las carencias de la sociedad”.

—Sí. Claro. No te puedo decir más. La novela de ese tipo de género lo que hace es mostrar todas esas corruptelas, corrupciones, porquerías sociales, porque las ambienta, porque el telón de fondo es justamente eso.

—Hablábamos de pederastia. Es un tema que a usted le horroriza, le parece espantoso. Pero al mismo un tema poco tratado en los libros. ¿De ahí su interés por desenterrarlo de este olvido?

—Porque hay pocas novelas que traten de ese asunto. Creo que es espantoso, que es una lacra y que es más abundante de lo que en principio podríamos pensar. Sobre todo, porque las redes hacen que muchas personas que se dedican a eso permanezcan inmunes y secretas. Cosa que antes era más difícil.

—Desde un punto de vista literario, el libro se distancia de los anteriores en frases más breves, en esa primera persona que anda a sus anchas por estas páginas. ¿Buscaba otra estética o la propia historia fue cobrando viuda propia, como ocurre a veces?

—Las dos cosas. Lo has visto muy bien. En primer lugar, claro, una persona de treinta y pico años, que es detective privado, que va a cursos del Ateneo para aprender a escribir, tiene muy poco ver conmigo, que estoy muy literaturizada, dado que doy clase por la mañana y por la tarde escribo. Pero sí es verdad también que yo le tenía que dar la voz, no era la mía y, en ese sentido, la manera de escribir, la manera de contar es diferente. No hay aquí, entre comillas, literatura. Cosa que me parece bien.

—Su novela no es tan negra, pero al ‘procés’ catalán sí le ve un futuro oscuro. ¿Son estas heridas que cicatrizan o hay una solución a medio plazo que no deje demasiados damnificados?

—Yo quisiera que hubiera una solución que no dejara damnificados, porque estamos en un momento terrible. Es decir, no es nada agradable tener a un señor que se cargó el estatuto, además de cargarse la Constitución, como posible presidente telemático, o como se le llame. Es decir, yo veo muchos problemas. Necesitamos evidentemente un Gobierno de una vez. Y que no nos tomen más el pelo.

—Desde 2012 es usted académica de la RAE en la silla ‘ñ’ minúscula. Solo ocho mujeres sentadas en los 44 sillones. El resto son hombres. Con esa desproporción, ¿les vale solo el idioma para entenderse?

—Faltan más mujeres. Yo creo que sí. Sin duda. Y hay mujeres muy valiosas que, evidentemente, merecerían estar en la Academia. Y yo creo que, en el momento en que lleguen a ocupar puestos importantes en la sociedad, de la misma manera ocuparán puestos en los sillones de la Academia. No tengo la menor duda.

—También ha dicho que ese proceso es lento.

—Es lento porque, primero, nos tenemos que morir algunos para que entren las mujeres. Y, bueno, no creo que de momento ninguno de nosotros esté dispuesto a morir (ríe), para que entren más. Un suicidio colectivo podría estar muy bien.

—En todo caso, la Academia catalana tiene menos mujeres todavía.

—Sí, sí. No sé. Pero de la Academia catalana no sé nada. No pertenezco a ella. Y no tengo ni idea. Creo que tiene muy pocas. Es que muchas academias tienen pocas mujeres. Por ejemplo. Nosotros y Farmacia somos las que tenemos más. Y San Fernando tiene apenas cuatro, si no tengo mal entendido. La cosa no está muy acertada en muchos aspectos.

—Se dice que los jóvenes no leen.

—Lo corroboro.

—Todos los años el 'Informe Pisa' nos alerta del bajo nivel de comprensión lectora de los estudiantes.

—Ciertamente.

—¿Qué estamos haciendo mal?

—Pues están pasando muchas cosas. Yo creo que hay dos grandes problemas que en la transición no se visionaron. Aparte de la cuestión de Cataluña. La cuestión jurídica y la cuestión de la enseñanza. Un país que no tiene un pacto de Estado por la enseñanza, yo no puedo creer que exista. Y es el nuestro. El hecho de que las humanidades no estén bien contempladas en el Bachillerato es un drama. Y que no exista Literatura, también.

Francia, que es un país mucho más culto que nosotros, tiene Literatura, y en el examen de acceso a la Universidad tiene una prueba de Literatura. Nosotros la hemos quitado. ¿Qué pasa? Que la gente en tercero de carrera, y yo enseño en la Universidad Autónoma, no entiende, no tiene comprensión lectora. El otro día me decía un abogado de un importante bufete que, a los becarios que entran, les pasan un texto y no lo entienden. No entienden lo que quiere decir.

—Dice usted: “El referente nacional ya no es la literatura, ahora es el fútbol”.

—Sí. Claro.

—¿La solución podría estar en imprimir libros esféricos?

—Pues quizás. No estaría mal. Pero luego tendrían que darle un puntapié (ríe).

—Dice usted: “El español no es patrimonio de España y es estupendo que no lo sea”. ¿Nos hemos enterado ya que los hispanoparlantes suman más voces en América Latina que en la Península Ibérica?

—Claro. Es que la cosa es esta. El español no solo es nuestro. Es de todos los hispanohablantes, que son muchísimos. Por tanto, es un tesoro compartido. Por tanto, no sé cómo alguien puede decir que está en la marca España. Está equivocado. Es decir, los argentinos, los mejicanos, que son tantos. Tantos países de la América Latina tienen el español como lengua y eso es una maravilla. Eso es un gran tesoro que compartimos.

—¿Español o castellano?

—Idioma universal. Así se titulaba un libro famoso que yo leí. Bueno, yo creo que español.

—Cuando se ponga a escribir de nuevo, ¿sabe ya qué color elegirá?

—Seguramente, un verde, pero no un solo verde, sino todos los tonos del verde, que son muchos. Desde el algarrobo maravilloso, al olivo, pasando por la higuera, pasando por el ciprés. Todos estos.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: CARME RIERA (PÁGINA OFICIAL)


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