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Mostrando entradas con la etiqueta Palabra de hereje [Rafael Soto]. Mostrar todas las entradas
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1 de noviembre de 2018

  • 1.11.18
El ascenso de los extremismos es un hecho que ya no podemos obviar como una amenaza lejana. Ya no caben advertencias porque, al más puro estilo Poltergeist, podemos afirmar que ya están aquí. Acaban de ganar el Gobierno de Brasil, pero ya hace mucho que rondan en Europa. En este momento, la novedad es que los tenemos gobernando en Italia, con representación parlamentaria en Francia y en ascenso en Alemania. En España tenemos a Podemos por la extrema izquierda y el ascenso de Vox por el lado opuesto es cuestión de tiempo. ¿Qué queda por hacer ante lo inevitable?



Una seria complicación es la ausencia de un proyecto de futuro por parte de la elite política y financiera mundial. Una Europa arrasada por la Segunda Guerra Mundial y al borde de la inanición tuvo una mayor capacidad de reacción que una generación sobrada de calorías.

Las opciones moderadas no han estado a la altura de las circunstancias y ya no inspiran confianza ni a sus propios votantes. En cambio, los extremismos dan algo en lo que creer y se expresan con un lenguaje sencillo, que cualquiera puede entender. Definen un enemigo contra el que volcar ese sentimiento universal que es el odio y son capaces de movilizar a varios sectores de población.

Desde esta reflexión, podemos comprender lo que ha sido en España la aparición de Podemos y su cruzada de chalé contra la ‘casta’, y entendemos ahora lo que supone Vox. “Dicen lo que realmente se piensa en la calle”, afirma Antonio del Castillo, padre de Marta del Castillo, mientras anuncia su apoyo abierto al partido de extrema derecha. Esto es lo que nos espera.

Las actuaciones del actual Gobierno populista no ayudan. No hace falta ser un genio para saber que, a este ritmo, Sánchez-Iglesias serán a la extrema derecha lo que Rajoy al supremacismo catalán.

Si las elites políticas y financieras desean acabar con los extremismos en Occidente, lo primero que deben proponer es un nuevo Estado del Bienestar. La población busca seguridad y se rebela cuando se siente amenazada. Pero para eso tendrían que desear revertir la situación, y esa no parece ser su idea.

Las elites han aprendido del pasado y saben que, como dice el dicho, “a río revuelto, ganancia de pescadores”. Del mismo modo que parte de la izquierda defiende la revolución permanente, lo que estas personas nos proponen ahora es la crisis permanente. Y les está funcionando.

RAFAEL SOTO

18 de octubre de 2018

  • 18.10.18
El andalucismo es un sentimiento de pertenencia, a la vez que una perspectiva política. Es un concepto capaz de aglutinar a regionalistas (mayoría en Andalucía), nacionalistas e, incluso, independentistas declarados. Sin embargo, el que pretenda defender un nacionalismo clásico, excluyente, como los nacionalismos del norte de España (y los de Europa, cabe decir), no entiende o, al menos, se topa con las principales señas de identidad del andaluz: su mestizaje y su apertura al mundo.



El andaluz tiene unas señas de identidad evidentes. Habla un castellano impuesto en los tiempos de la Reconquista, que ha derivado en un dialecto propio. Su arquitectura, su espacio e, incluso, su carácter son muy distinguibles con respecto a otras realidades peninsulares. Tiene unos recursos envidiados y climas ricos por su variedad.

Ahora bien, la huella árabe es todavía evidente. Y con orgullo. Así como el contacto con la etnia gitana, que tanto ha aportado a nuestra sociedad desde una perspectiva cultural. Una buena parte de la población desciende de castellanos, aragoneses y navarros, que se trasladaron durante la Reconquista. El rock andaluz empezó con Smash, influidos por la cultura americana importada en la base militar de Morón de la Frontera. ¿Cómo se puede pretender un nacionalismo similar al catalán o al vasco en Andalucía?

El nacionalismo andaluz es posible. Al menos, desde un punto de vista teórico. Siempre desde la aceptación de que debe ser diferente. El propio Blas Infante argumentó la necesidad de un nacionalismo antinacionalista, en el que se defendieran los intereses de Andalucía como pueblo, sin renunciar a la apertura al mundo. O lo que es lo mismo: coger todo lo bueno del nacionalismo, sin lo negativo. ¿Una utopía? Quisiera pensar que no.

Por todas estas razones, siento vergüenza al escuchar a Pedro Ignacio Altamirano Macarrón, autoproclamado presidente de la República de Andalucía en diciembre de 2017 y líder de la Asamblea Nacional Andaluza (ANA), defender en TV3 la existencia de los "Países Andaluces".



Más allá de la Andalucía paralela planteada por Altamirano, la ANA y la coalición de Andalucía en Marcha, movimientos como Adelante Andalucía (si lo aceptamos como andaluz, que es debatible) desde la extrema izquierda o Andalucía Por Sí (AxSí) desde posiciones más moderadas, hay razones para ser optimistas.

Porque el autonomismo ha fracasado: no ha dado riqueza a una tierra cuyos habitantes representan alrededor del 18 por ciento de la población española (sin contar emigrantes) y no ha impedido que sigamos teniendo el estereotipo más negativo del país. Habrá que dar paso a movimientos nacionalistas más decididos y, con ellos, a partidos de identidad andaluza.

Es necesario volver a El Ideal Andaluz de Blas Infante y a su idea del pugilato de las regiones para ser cabeza de España por su progreso, la del andaluz universal y la de Andalucía como territorio de convivencia. No a nacionalismos excluyentes, basados en el desprecio a la Patria común, tergiversadores de su Historia y encerrados en su realidad paralela. Para eso ya tenemos al soberanismo catalán, que cumple ese papel de manera estupenda.

RAFAEL SOTO

4 de octubre de 2018

  • 4.10.18
En un momento de lucidez, Fernando Fernán Gómez afirmó en La silla de Fernando que el mal de los españoles no era la envidia, sino el desprecio. Y ahí nos dejó una enseñanza histórica sobre nuestro país que supera la de cualquier manual. El desprecio siempre ha estado ahí, acechándonos. ¿De qué nace? ¿Del propio carácter? ¿Del miedo? ¿Del malmeter de otras personas por sus propios intereses? Da lo mismo. El caso es que en España se desprecia y en política, más.



Pero el desprecio rara vez se encuentra en el Congreso de los Diputados. Y si se encuentra, es en las propias filas, porque son los que quieren su puesto. En cambio, en la calle sí que existe un odio al enemigo (el término ‘rival’ se deja para el deporte, y a veces ni eso) que se fomenta y que en ciertos períodos parece que se multiplica.

Hoy estamos en un momento en que el desprecio al otro y la autoreivindicación “sin complejos” –como diría José María Aznar– son tendencia. El nacionalista español (patriota se autodefine) odia al nacionalista vasco y catalán. Otro tanto se da a la inversa. El socialista y el podemita de circunstancias odian al ‘facha’ pepero y/o al anaranjado (si conviene). Y de nuevo, viceversa. También hay quien los desprecia a todos, y se autodenomina ‘apolítico’.

Al final, el hereje es el que es de izquierdas o de derechas y no tiene la sutileza de despreciar lo suficiente. Es el nacionalista moderado, el ‘sociata’ sensato, el ‘facha’ acomplejado... El hereje es la auténtica víctima de esta ola de irracionalidad.

Y hay de qué preocuparse. Como señaló Albert Camus en El Hombre Rebelde, todo lo emponzoñado por el desprecio acaba desembocando en fascismo. Aunque no sea en la ideología tal cual que se formuló en los años veinte, su brutalidad, sus ideas principales y sus métodos sí que tienden a reproducirse.

Es el caso de los independentistas catalanes, así como la de muchos españoles fuera de Cataluña. Hace justo un año, ¿cuántas veces pudo escucharse que los independentistas “te hacen facha sin quererlo”? Porque sus mentiras y medias verdades provocaron la ira de muchas personas y, con ellas, desprecio. Y si eso ha ocurrido fuera de Cataluña, la radicalización y las crecientes tendencias filofascistas de muchos no independentistas bien merecen un estudio.

Reivindiquemos la lucidez del hereje que, con dificultades, intenta observar su realidad con una mirada privada de odio. En definitiva, la figura de aquel que entiende que la política no va de tener la razón frente al otro, ni destruirlo, sino de dar a cada uno su sitio y poner a las personas de acuerdo por un bien común.

RAFAEL SOTO

20 de septiembre de 2018

  • 20.9.18
El feminismo puede aspirar a la totalidad, pero no a la unidad. El feminismo –entendido como ideología o, si se prefiere, como perspectiva– puede y, a mi entender, debe aspirar a alcanzar una mayoría social que abrume a quien pretenda ir contra ella y desplace a los márgenes del espectro político a aquellos que no la compartan. Pero el que espere que esa misma mayoría comparta una misma concepción del feminismo y una postura común sobre las cuestiones más conflictivas, razona como el más pueril de los idealistas.



A lo largo de la Historia, todas las ideologías y religiones que han aspirado a la totalidad se han visto fragmentados de manera inexorable y, casi siempre, traumática. Lo que no han conseguido papas de Roma, califas ni líderes obreros, dudo mucho que lo consigan nuestros contemporáneos. Siempre hay divisiones, siempre hay herejes.

Hasta ayer, el feminismo era patrimonio de la extrema izquierda por abandono. Más allá de la ideología personal de cada militante y político activo, el socialismo español no ha hablado en términos feministas con seriedad hasta la llegada de Zapatero. Y desde entonces, todavía sigue siendo debatible el uso instrumental que se le ha dado al feminismo.

De la derecha, ni hablamos. Con más o menos acuerdo, es a la extrema izquierda y a algunas personalidades socialistas a las que debemos que hoy, en España, se esté hablando de esta cuestión. Y eso siempre se les deberá reconocer. A partir de ahí, viene el debate de si ellas o ellos son los depositarios del "auténtico" feminismo.

No todos los cristianos creen que el papa de Roma sea el representante de Dios en la Tierra ni en la pureza y santidad de María. Nada tienen que ver un ortodoxo con un anglicano. Y ambos son cristianos. Del mismo modo, no todas las personas que buscan la igualdad entre el hombre y la mujer piensan lo mismo sobre la posible legalización del trabajo sexual, la gestación subrogada, el lenguaje inclusivo, el rol del hombre, la transexualidad o sobre algunos supuestos micromachismos.

¿Es machista acompañar a una mujer a su casa de noche? Sobre esto he escuchado de todo a mujeres poco sospechosas de estar vendidas al heteropatriarcado. Es evidente que fuera de algunos principios comunes (la violencia de género, sobre todo), no hay acuerdo.

Ahora bien, ante la falta de unidad, queda un número limitado de actitudes que depende más de las personas que de las ideas. La primera es ignorar al que piensa distinto. La segunda es, a mi entender, más civilizada y menos española, y consiste en debatir con serenidad desde la conciencia de que se comparte trinchera. A partir de ahí, solo queda el rechazo del otro y, en caso extremo, su represión (más propio de nosotros).

¿Quién se arroga el papel de juez o jueza de la moral feminista? ¿Dónde quedan regulados los principios del "auténtico" feminismo? ¿Nos aferramos a El segundo sexo de Beauvoir? Entiendo que todo juicio sobre lo que es feminista o no cuenta en exclusiva con la autoridad del que juzga. Nada más.

Se entiende que no es lo mismo una opinión de José María Aznar que la que puede proporcionar Carmen Calvo. Pero, ¿quién tiene más autoridad feminista? ¿amarna Miller, Oprah Winfrey, Catherine Deneuve o María Teresa Fernández de la Vega? Solo por poner unos ejemplos de este absurdo.

La dimisión de una directora de Trabajo por aprobar un Sindicato de Trabajadoras Sexuales y la propuesta de una vicepresidenta del Gobierno de ilegalizar la prostitución obligan a la reflexión. ¿Son víctimas del heteropatriarcado o de una suerte de puritanismo feminista? ¿Qué ha hecho este Gobierno feminista (así se autodenomina) para garantizar o, al menos, mejorar la conciliación familiar? ¿Ha planteado una reforma laboral seria? Dejémoslo ahí.

Tan perjudicial son las políticas machistas que hasta ayer han imperado en la derecha española, como el puritanismo feminista de la extrema izquierda y el feminismo instrumental y populista de Pedro Sánchez. Es necesario reconocer la "herejía", y dejar de calificar como "machista" a todo aquel que no ve el feminismo con los mismos ojos que la personalidad de turno.

Los movimientos feministas tienen una vida demasiado corta como para que haya dado tiempo a la formación y, sobre todo, asentamiento de divisiones claras y explícitas, más allá de derivaciones como el ecofeminismo, el transfeminismo o el feminismo radical, entre otras. Para ello, hace falta tiempo, debate, altura de miras y, sobre todo, aceptación del compañero de trinchera, aunque no siempre estemos de acuerdo con sus ideas.

RAFAEL SOTO



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