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7 de agosto de 2022

  • 7.8.22
Me encuentro, por fin, inmerso en un libro que llevará por título El dibujo de la familia. Han sido muchos años investigando en las representaciones que realizan los escolares acerca de cómo ven a sus propias familias a través de sus dibujos. También han sido numerosos artículos los que he publicado en distintos medios, por lo que me parecía razonable que ya recogiera en una publicación todo lo que he ido escribiendo a lo largo de los años.


Bien es cierto que en la tercera edición de El Arte Infantil. Conocer al niño a través de sus dibujos incorporaba al final del libro un extenso capítulo dedicado a este tema. Pero he considerado que era necesario profundizar en un tema en el que se recogieran todas las modalidades que actualmente existen de familias, con el fin de indagar en la formación y el desarrollo de las emociones en niños y niñas a partir de ese núcleo social básico.

Son muchos los autores de distintas disciplinas (antropología, sociología, psicología, psicoanálisis, pedagogía…) a los que he acudido para fundamentar con solidez las tesis que desarrollo en el libro. Pero hay un caso que quisiera presentar en esta ocasión por la lucidez con la que abordó el significado emocional, especialmente dentro de los progenitores, de los cambios que se producían en el paso de la denominada familia tradicional a lo que podríamos llamar nueva familia –aunque, como he indicado, habría que hablar en plural, es decir, nuevas familias–.

Se trata de la psicoanalista Therese Benedek, de la que brevemente extraeré algunos párrafos de su obra La familia, que compartió con autores tan relevantes como Erich Fromm o Max Horkheimer. Brevemente, indicaré que Therese Friedman, que así es su nombre original, nació en 1892 en la localidad húngara de Eger.

Fue la única de los hermanos que realizó estudios universitarios en el campo de la Psicología Infantil. Tras seguir los cursos de lectura psicoanalista del húngaro Sándor Ferenczi, discípulo de Sigmund Freud, decidió pasar al campo del psicoanálisis.

Con su marido, Tibor Benedek, en 1936, un año después del ascenso al gobierno alemán del Partido Nazi de Adolf Hitler, decidió huir a Estados Unidos, tras haber trabajado en Berlín durante años en la Universidad de Leipzig, accediendo a la ciudadanía estadounidense en 1943.

En su nuevo país, comenzó trabajando como analista en el Instituto Chicago de Psicoanálisis. Fue una de las personas más relevantes en la implantación de esta disciplina en Estados Unidos, al haberse especializado en el estudio de la mujer dentro de las nuevas formas familiares. Fue presidenta de la Sociedad Psicoanalista de Chicago, ciudad en la que falleció el 27 de octubre de 1977 a la edad de 84 años.


Para que, básicamente, podamos comprender la visión de los niños acerca de cómo expresan sus ideas, tanto de la familia tradicional como de las nuevas formas familiares, que fueron estudiadas por Benedek, selecciono dos dibujos de cada una de ellas y paso a explicarlos.

En el que acabamos de ver, de un niño de 9 años, se distinguen las diferencias de tamaño y de roles de su madre y de su padre. Como podemos observar, su madre, en tamaño muy pequeño, se encuentra barriendo la casa; mientras que su padre, muy grande, trabaja sentado con el ordenador. Claramente, se aprecia la diferencia de los valores simbólicos que les atribuye en el seno de una familia con roles tradicionales.

Por otro lado, y dada la brevedad que exigen los artículos en medios digitales, destaco dos párrafos de Therese Benedek sobre la familia tradicional extraídos del libro La familia.

La estructura emocional de la familia patriarcal idealizada resultaba fija y estática: el padre-marido se suponía fuerte y activo y su papel consistía en proporcionar a la esposa y a los hijos no solo los medios de subsistencia necesarios sino también el amor y la protección indispensables, como medio de seguridad personal” (pág. 149).

Es indudable que no llegaremos a comprender los problemas del individuo actual si seguimos generalizando y creyendo que la imagen de los padres, forjada y experimentada por el niño, es la de una madre que constituye la única fuente de satisfacción, de placer y de un padre fuerte, infalible, representante amenazador del código moral” (pág.168).


La imagen de un padre fuerte, activo, infalible y representante del código moral de la familia, tal como manifiesta Benedek, se puede expresar gráficamente de diferentes modos. Aparte del aumento de tamaño, bastante habitual en los dibujos de niños y niñas cuando viven en familias tradicionales, también la posición que ocupan dentro de la escena del grupo familiar nos da pistas del simbolismo de autoridad paterno.

Es lo que vemos en el dibujo precedente, de una chica de 11 años, que comenzó por la figura de su padre, quien aparece sentado en una butaca, como signo evidente de autoridad. Posteriormente, trazó las de su madre, su hermana, sus dos hermanos y ella misma, todas de pie, rodeando el espacio ocupado por la figura paterna.


En las últimas décadas, y en las sociedades occidentales, los cambios en las estructuras familiares han sido enormes. Como expresión de esas transformaciones, que Therese Benedek comenzó a analizarlas ya en los sesenta y setenta del siglo pasado, aporto algunos párrafos de lo que ella consideraba rasgos de la nueva familia.

El matrimonio entre cónyuges iguales es el ideal de la sociedad democrática individualista [o de reconocimiento de cada individuo]. Nuestra aspiración cultural es, por consiguiente, que el matrimonio opere sobre el fundamento único del amor, es decir, no solo en función de la reproducción, sino también en la búsqueda de la felicidad, de la maduración individual de cada uno de los cónyuges” (pág. 159).

La obligación de estos es ayudarse mutuamente” (pág. 159).

La función actual de la familia es la siguiente: ha de crear las condiciones que permitan a cada uno de sus miembros intentar y conseguir la mejor integración posible de su individualidad y conservar, al contraer matrimonio, su capacidad de ajuste a las exigencias de la vida familiar” (pág. 167).

Como expresión de estas ideas, he mostrado el dibujo de Raquel, una niña de 10 años. Vemos que comenzó representando, en primer lugar, a su madre, como signo de la importancia que ella le atribuye dentro del grupo familiar. La traza segura y saludando con las dos manos; al tiempo que el padre está a su lado, con los brazos detrás de la espalda. Ella y su hermano aparecen juntos en la izquierda, ambos en actitud cariñosa.


Uno de los aspectos emocionales significativos dentro de las nuevas familias es que el padre no tiene problemas de mostrarse afectuoso con sus hijos o hijas, puesto que entiende que la virilidad no se encuentra en la idea tradicional que se transmitía según los valores que nos ha descrito Therese Benedek, de la que continúo con otros párrafos suyos.

En las mentes de los niños actuales la imaginería de sus padres no tiene contornos tan definidos” (pág. 168).

El comportamiento de los padres hacia el recién nacido está condicionado hoy por la igualdad entre el marido y la mujer, por la igualdad de su responsabilidad y por la similitud del goce que les producen los niños” (pág. 168).

El joven marido que ayuda a su mujer pone en marcha, inconscientemente, un proceso que le hará extremadamente difícil, por no decir imposible, el papel patriarcal del padre” (pág. 168).

Como ejemplo de lo indicado es el dibujo de Marina, una niña de 11 años. En él, vemos que el padre lleva en hombros a su hermana pequeña, de modo que esta expresa su alegría extendiendo los brazos. Por otro lado, el grupo familiar aparece muy unido por la superposición de los cuatro miembros que ha realizado la autora.

Para cerrar este breve recorrido por las ideas de Therese Benedek, viene bien esta frase en la que nos dice que “la familia tiene una función doble: es conservadora porque mantiene los logros del pasado; es progresiva, porque transmite los nuevos bienes culturales”. A fin de cuentas, dentro de los cambios de las estructuras familiares encontramos esa visión dialéctica en la que hay que saber articular todo lo favorable de las formas tradicionales con los nuevos valores que en la actualidad se defienden.

AURELIANO SÁINZ

31 de julio de 2022

  • 31.7.22
Hubo un tiempo en el que los hombres creían que el sol era un dios que dirigía los destinos de los seres humanos, por lo que se le veneraba en distintas culturas como la egipcia (Ra), la griega (Helios), la sumeria (Utu), la inca (Inti)… Esto es lógico si tenemos en cuenta que, en aquellas épocas, se miraba al cielo, entre el asombro y el espanto, como la fuente que dirigía el rumbo de los mortales que poblaban la Tierra.


El cielo y la tierra. Esta era la dicotomía o dualismo en el que se desenvolvían las distintas religiones que intentaban explicar el origen del mundo a partir de sus conocimientos y deseos. En el Antiguo Testamento, libro sagrado de las tres grandes religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo e islam) no se habla del sol, sino que en el Génesis (cap. 1: 14, 15) aparece: “Dios dijo: Haya lumbreras en el firmamento que separen el día de la noche, sirvan de signos para distinguir las estaciones, los días y los años, y luzcan en el firmamento para iluminar la tierra”.

Han transcurrido milenios desde que ese párrafo fuera escrito. No obstante, hay gente que sigue pensando en ese dualismo –cielo y tierra–, sin imaginar, tal como nos indica la ciencia, que el sol no es más que una estrella dentro de los miles de millones que existen en nuestra galaxia, la Vía Láctea, y que ésta a su vez es una galaxia más entre los billones de galaxias que pueblan un universo en expansión.

Desde este pensamiento de base científica, nuestro planeta queda reducido a una mota de polvo si contemplamos las asombrosas imágenes que recientemente nos ha proporcionado el telescopio James Webb de un cúmulo de galaxias, algunas de ellas nada menos que a 13.000 millones de años-luz de distancia.

Para que nos hagamos una idea de esa distancia, podemos sacar la calculadora e ir multiplicando por los 300.000 kilómetros que recorre la luz en cada segundo (multiplicando, a su vez, por los segundos que contiene un año). Vivimos, pues, en un espacio infinito que nos hace sentir insignificantes cada vez que pensamos en ello.

Sin embargo, cuando somos pequeños, imaginamos la naturaleza a partir de ese dualismo (cielo y tierra) dado que la experiencia directa de nuestros sentidos nos indica que vivimos y nos movemos sobre un suelo sólido del que no llegamos a conocer sus límites; que por encima de él está el aire; y, más allá, el cielo en el que se encuentran el sol, la luna y las estrellas que aparecen por la noche (es decir, las luminarias de las que se habla en el Génesis).

Este pensamiento primigenio arraiga con fuerza en el fondo de la mente, de modo que subyace en una parte significativa de la población como la forma, supuestamente real, del universo. Todo ello a pesar de las numerosas imágenes fotográficas o de los documentales emitidos en distintos medios en los que se explican los fundamentos del universo.

Cielo y tierra, presididos por el omnipresente sol. El mismo sol que por estas fechas nos achicharra. Y lo más curioso, tal como he observado en los dibujos de los niños cuando representan a la familia, es que muchos de ellos lo incluyen en la escena que han trazado como si formara parte del grupo familiar.


Como he apuntado, los niños no se suelen olvidar del sol cuando se les pide que dibujen a sus familias. Sin embargo, todos nosotros nos hemos acordado de él y de modo continuo en estas fechas de verano por el calor abrasador que nos llega (aunque de esto último, los humanos somos responsables por las alteraciones climáticas que estamos provocando).

Para que entendamos que esta estrella puede expresarse gráficamente de manera abrumadora, he acudido al dibujo de Teresa, una niña de cuatro años, para la portada del artículo. Es un enorme sol animista, es decir, que piensa y siente como las personas, por lo que le traza los ojos, la nariz (con un círculo similar al de los ojos) y la boca.

Ese sol infantil también puede aparecer en una de las esquinas superiores de la lámina, tal como lo hace Álvaro, que tiene un año más, es decir, cinco. En el dibujo aparecen el pequeño autor, junto a sus padres y su hermano, esperando a que el semáforo se ponga en verde para cruzar en el paso de peatones. Y, mientras tanto, muestra un sol asombrado al contemplar la escena familiar.


Se puede estar tentado a creer que esos rasgos animistas corresponden a las edades más tempranas y que, posteriormente, desaparecen. Sin embargo, siguen apareciendo a lo largo de Primaria, aunque, como veremos, con ciertas modificaciones. Así, el sol estará contento y sonriente si la familia es feliz, tal como se puede ver en el dibujo de Raquel, de ocho años, como si participara de las emociones que la niña manifiesta en su familia.

Sobre esta cuestión, les suelo preguntar a mis alumnos acerca de las razones por las que ellos creen que los escolares representan el sol mayoritariamente de forma animista. Me suelen responder que se debe a que lo han visto en los cuentos o en las películas de dibujos animados. Les explico que es a la inversa: en los cuentos y en los dibujos animados se les hace hablar a los animales que los protagonizan porque tenemos un pensamiento animista muy acentuado en las primeras edades. De igual modo sucede con los dibujos del sol, la luna y otros elementos de la naturaleza.


Bien es cierto que, a medida que se crece, las representaciones del sol se cargan de humor, por lo que se le hace partícipe de las escenas bromistas que los niños pueden plasmar, tal como acabamos de ver en el dibujo precedente.

Es lo que hace Javi, un chico de 11 años, que dibujó a su familia en el campo y, en tono de broma, se muestra montado en una bici persiguiendo a su padre que pide socorro, al tiempo que le indica que pare. Su ‘hermana mediana’, tal como el mismo escribe, se asusta porque ha visto una cucaracha. En este caso, el autor dibuja un enorme sol en el cielo, que, con gafas oscuras, se ríe de la familia que contempla en la tierra.


El sentido del humor aumenta a medida que uno va creciendo. Bien es cierto que ese clima de alegre optimismo debe existir dentro del seno de la familia, pues si no fuera así, difícilmente los autores de los dibujos realizarían escenas de esta índole.

Sirve de ejemplo el dibujo que realizó María Jesús, de 12 años, en la que se representa con su perro ‘Yaco’ que se le va escapando, al tiempo que su hermana mayor y su ‘cuñao’ los observan. Arriba muestra un sol animista, con cara de fastidio, como si dijera “menuda familia la que tengo debajo de mí”.


Cierro este recorrido por las representaciones del sol en los dibujos de los escolares con este tan singular de Javier, de 9 años, en el que se ha representado con su hermano pequeño y su madre portando los tres la camiseta del Barcelona y todos con un balón. También aparece su padre, vestido de verde, ya que es el portero, con otro balón.

Lo más sorprendente es que ha trazado a un sol sonriente con cuatro ojos: tres juntos de tamaño grande y otro por encima más pequeño. ¿Qué ha querido decir este niño con este sol tan singular? Lo cierto es que no podemos saberlo, pues Javier tiene síndrome de Asperger, déficit enmarcado dentro de los trastornos del espectro autista, por lo que no puede dar razones de algo tan singular como el que acabamos de ver.

AURELIANO SÁINZ

24 de julio de 2022

  • 24.7.22
Buenos días, señor presidente… Pase, por favor, túmbese en el diván, concéntrese y relájese mientras voy echando una ojeada a la charla que mantuvimos en la última consulta... Mientras tanto, y como usted bien sabe, todo el mundo se pregunta qué pasa por su cabeza, cuáles son sus obsesiones o qué piensa de este o de aquel tema; pero, mucho me temo que la gente no tiene la menor idea de los entresijos de una mente tan complicada y enrevesada como la suya.


Bien, bien…, continuemos indagando en la búsqueda de su trauma más peliagudo. Tengo aquí anotado que seguía insistiendo en la pérdida de identidad que había sufrido de un tiempo para acá, a la vez que sentía fuertes impulsos agresivos y de autodestrucción por un conflicto que no le deja dormir y que le está causando tantos desajustes emocionales.

Quedamos en que, a fin de cuentas, no era un inútil ni un desgraciado como empezaba a sentirse, ni que, a pesar de su edad, aún no formaba parte de esa triste tropa de jubilados que no sabe qué es lo que tiene que hacer cuando se levanta por la mañana y es la viva imagen de la decrepitud.

Una pregunta: ¿Todavía siente rabia y deseos de llorar por las mañanas cada vez que se mira al espejo? ¿Sí…? Bueno, bueno…, cálmese. Ya verá como Sigmund Freud vendrá en su ayuda para recomponer su ‘yo’, su ‘ello’ y su ‘superyó’ que los tiene bastante desajustados. No se preocupe, pues últimamente han proliferado estos desequilibrios en la gente más selecta de nuestra amada patria y que, como usted, siente que su brillante estatus se tambalea.

Veamos lo que tengo anotado de su último sueño: “Tras mirarse en el espejo y contar los pelos que le quedan, se ve saliendo de su bonita y elegante dacha todo contento, cuando de pronto se da cuenta que ha dejado atrás a su mujer que está maniatada en una silla, con la boca vendada, intentando desesperadamente decirle algo antes de que se suba al coche blindado, seguido por los agentes que vigilan su seguridad… Usted, desde su coche, intenta decirles que paren; en cambio, le ofrecen una tableta de chocolate suizo…”.

Un análisis detallado de la escena me da a entender, por una parte, que inconscientemente teme que su mujer le reproche que aún no haya arrasado Ucrania; y, por otro lado, que ella lo mire con desinterés porque ya no lo ve tan apuesto cuando sale de casa para montarse en el coche en dirección al Kremlin. Esto segundo puede ser la causa de una profunda angustia, ya que ahora no se siente como el héroe rubio, valiente, triunfador montado a caballo y con el torso desnudo que tanto le gustaba mostrar… En fin, veamos si hay algo de esta segunda posibilidad.

El doctor mira de reojo a su paciente y comprueba que empieza a angustiarse.

Por favor, por favor, señor presidente, tranquilícese, tome esta caja de kleenex y séquese esas lágrimas que están asomando en su rostro… Entienda que la mezcla de complejo de inferioridad y sentimientos de autodestrucción que se han adueñado de su psique forman una auténtica bomba de relojería que es necesario controlar… Bueno, jeje, lo de bomba no se lo tome al pie de la letra… Ya sabe.

Sigamos… En lo que sí parece que estamos de acuerdo es en que hay que encontrar una solución a este problema antes de que las cosas vayan a peor. De entrada, y ya que le resulta imposible dejar de ver compulsivamente la televisión, conviene que no se obsesione con ese chico de abundante cabellera rubia y de ojos azules que con tanta frecuencia sale en la televisión anunciando una nueva marca de chocolates.

Bien… En esta sesión de hoy debemos estar ya preparados para que veamos el anuncio que le ha hundido anímicamente. ¿Está listo…? No cierre los ojos porque debe ser fuerte y afrontar la dura realidad. Piense que tiene que superar el profundo trauma que le ha causado esa campaña de chocolates y que ya voy enlazando con su último sueño.

¿Cómo se siente ahora tras haber visto el anuncio? ¿Sigue con las palpitaciones…? Bueno, bueno…, tranquilícese, tome un vaso de agua, respire hondo, eche la cabeza hacia atrás sobre el respaldo, cierre los ojos y deje fluir la mente unos minutos. Descanse un momento y analicemos las imágenes que han sido la raíz del profundo conflicto que le acompaña. Tenga en cuenta que fue el genial Freud quien, por otro lado, nos habló de la pulsión de muerte que, a mi modo de entender, usted sí la tiene en grandes dosis.

Habíamos llegado a la conclusión de que no le genera ningún sentimiento de culpa machacar a los ucranianos, tal como ahora hace, o que usted pudiera iniciar la tercera guerra mundial, tipo nuclear, pues la llevaría adelante por defender a la santa Rusia, tal como dice como nuestro amado patriarca Kirill.

Entonces, descartando lo anterior, imagino que posiblemente el origen de su problema reside en la atroz envidia que siente por el hermoso cabello de ese joven rubio que tanto se le parece. Veamos si es aquí donde anida el origen de sus fuertes impulsos destructivos; ya que, como no puede acabar con la imagen irreal de un anuncio, ahora desplaza sus impulsos destructivos hacia los pobres ucranianos.

Y ahora, señor presidente, si me lo permite, pasemos a la pregunta crucial. En este caso se la digo de manera directa y sin rodeos: “¿No le ha resultado eficaz el crecepelo que le receté para que recuperara su juvenil cabellera rubia que tanto añora?”.

Un silencio inquietante se abre paso entre Vladimir Putin y el psiquiatra que de manera totalmente secreta lleva tratándole desde hace tiempo.

El presidente, con el rostro pétreo, le dirige una mirada gélida que lo traspasa como si fuera un afilado sable que va de parte a parte. Apenas hay tiempo para medir sus vertiginosas reacciones, ya que su mano derecha se ha dirigido velozmente al interior de la chaqueta de la que extrae una pistola modelo Makárov que siempre le acompaña.

¿Por qué me mira así? ¿Qué le sucede? ¡Por el amor de Dios, señor presidente, guarde esa pistola! ¡¡No!! ¡¡Nooo…!!

* * * * *

En la sala contigua, la secretaria escucha un fuerte sonido, seco y metálico, al tiempo que un alarido se extiende por toda la consulta.

Agitada, entra a toda velocidad en el despacho y horrorizada contempla al doctor, con la cabeza echada sobre la mesa de trabajo y bañada en un charco de sangre.

En la esquina del fondo, encuentra una inquietante figura que porta un revolver en su mano derecha, con la mirada extraviada, el rostro cubierto de lágrimas y repitiendo para sí de modo compulsivo: “¡Esa cabellera…! ¡No puedo! ¡No puedo! ¡No puedo…!”.

AURELIANO SÁINZ

17 de julio de 2022

  • 17.7.22
Summertime… tiempo de verano. Calor, mucho calor y más calor. Calor que ahuyenta al personal de las ciudades para irse a la playa, a la piscina o a meterse en cualquier lugar con aire acondicionado y que te libre de los cuarenta y tantos grados que marcan los termómetros.


Calles y avenidas vacías en esas horas en las que la temperatura se ha adueñado de los espacios transitables. La gente refugiada en sus casas como si temiera a un invisible enemigo que acecha con algunos de sus ‘golpes’ a cualquiera que temerariamente lo rete.

Calor que ablanda las neuronas y que te impide pensar con una cierta coherencia. Porque lo menos que deseas es cavilar, ya que, por mucho que lo hagas, no lograrás que el astro sol deje de achicharrarnos, se tranquilice y se apiade un poco de nosotros.

Calor intenso del verano; y a mí, no sé por qué, siempre por estas fechas acuden a mi mente las notas y letra de Summertime, ese tema concebido como un aria de la ópera Porgy and Bess que escribiera el compositor estadounidense George Gershwin en 1935.

Summertime, inolvidable canción que Ella Fitzgerald y Louis Armstrong, dos gigantes del jazz, se encargarían de popularizarla allá por la década de los cincuenta del siglo pasado.


Summertime when the livin’ is easy / Fish are jumpin and the cotton is high…” (“Tiempo de verano cuando la vida es fácil / los peces saltando y el algodón está alto…”).

Así, lentamente, comienzan esas dos grandes voces a desgranar los cortos versos de la canción, recordándonos el abrumador calor nocturno del estío en las poblaciones negras sureñas, el mismo que impide dormir a niños y mayores que, arremolinados en los porches de las casas, se agrupan para charlar en esas altas horas.

En cierto modo, estas imágenes pueden extraerse de la película Porgy and Bess, dirigida por Otto Preminger y que vio la luz en 1959. Cabe decir, como no podía ser de otro modo, que la cinta recibió el Oscar a la mejor banda sonora.

Para que nos hagamos una idea de la popularidad de esta canción, tengo que apuntar que a lo largo del siglo pasado ha tenido más de ¡38.000 versiones! Imposible imaginar tantas interpretaciones distintas. Pero si hay una que a mí siempre me ha emocionado es la que hizo Janis Joplin y que apareció en 1968 en su álbum Cheap Thrills.


You´re dady´s rich and your ma is good lookin / So hush little baby, don´t you cry…” (“Tu papá es rico y tu mamá es guapa / Así que cállate pequeñín y no llores…”)

La inolvidable voz de Janis Joplin parece desgarrarse de un momento a otro. Pero el triste destino que le esperaba a la cantante de blues-rock de Port Arthur (Texas), dado que falleció con solo 27 años, nos dejó huérfanos con muy pocos álbumes grabados en estudio.

Tal como he apuntado, han sido miles de cantantes los que se han lanzado a realizar sus versiones. Pero como hay que abreviar, indicaré que la última que conozco, correspondiente a 2020, es la que realizó la estadounidense Lana del Rey, quien en esta ocasión aparece acompañada de su grupo. Es buena versión, aunque le falta el profundo sentimiento que se desprende de las jazzísticas o de blues que la han precedido.


One of these mornings you gonna rise up singing / Oh you spead your wings and you take to the skies…” (“Una de estas mañanas te levantarás cantando / O, abres tus alas y te llevas a los cielos…”).

Summertime. Tiempo de verano. Tiempo de calor, de mucho calor. Hay que protegerse, ya que las calles, las avenidas y las alamedas se encuentran sin un alma, como es el caso de este largo paseo central de Córdoba, del que muestro solo una parte y que parece abandonado en las horas centrales del día.

Summertime… Tiempo para que recordemos esta enorme canción de la que he mostrado tres versiones, pero que pueden ser muchísimas más, y que, a buen seguro, acabarían reconciliándonos un poco con este calor tórrido.

AURELIANO SÁINZ
FOTOGRAFÍA: AURELIANO SÁINZ

10 de julio de 2022

  • 10.7.22
La sensación de vivir en un mundo en el que el caos y la violencia se esconden detrás de la fachada de orden y seguridad parece que se ha instalado en el ánimo de una mayoría de la población, conformada por ciudadanos de un siglo XXI a los que se nos prometía, cuando ya estuviéramos instalados en él, que contemplaríamos el pasado como una época cargada de guerras y catástrofes definitivamente arrinconadas en el baúl de los recuerdos.


En cambio, apenas llevamos algo más de un par de décadas en el nuevo milenio y nos sentimos rodeados de múltiples dudas, de forma que el futuro se nos antoja no solo difícil de predecir sino que ya casi nos cuesta pensar en lo que vendrá, pues la incertidumbre es lo más seguro que tenemos.

Estas breves reflexiones me han surgido nada más acabar de leer El mundo de ayer, de Stefan Zweig, extenso volumen del escritor austríaco de origen judío que conoció no solo la Primera Guerra Mundial, sino también el ascenso y la barbarie nazi que condujo a la Segunda.

Salvando las distancias, pareciera que el derrumbe del orden social que Zweig describe con gran precisión en gran medida se parece al que ahora nos toca vivir, por lo que nos encontramos afectados anímicamente. Y, de modo especial, son los más jóvenes los que se sienten un tanto perdidos en un mundo cargado de problemas, ya que apenas lo comprenden.

Escritores, pintores, cineastas, músicos o poetas se han encargado de expresar, a su modo, el caos y la violencia que en la actualidad nos rodean. Pero si hay un artista que plasmó con la mayor intensidad y furia el extraño laberinto del desorden social de su tiempo fue el berlinés George Grosz (1893-1959).

En su pintura ‘social’ retrató con rabia y desprecio a los sectores que consideró que potenciaron la subida del Partido Nacionalsocialista alemán: la alta burguesía; los militares que, sin disimular, lo apoyaban; el clero, que moralmente lo justificaban; los llamados ‘neopatriotas’, que se reunían en las vísperas del ascenso del nazismo; o los propios nazis cuando, el 5 de marzo de 1933, llegaron al poder por medio de las urnas, encabezados por Adolf Hitler.


Desde el punto de vista artístico, George Grosz atravesó distintos estilos pictóricos: cubismo, futurismo, dadaísmo, expresionismo o nueva objetividad. Si exceptuamos el tiempo en el que residió en Nueva York, huyendo de la catástrofe que intuía que se iba a producir en su país, sus caricaturas, dibujos y pinturas están cargadas de tensión y denuncia por la brutal decadencia que veía a su alrededor.

Así, en las dos obras que acabamos de ver (Un cuento de invierno y El agitador) se apoya en la caricatura y la estética del cubismo, con la inclusión de diferentes planos y puntos de vista en la construcción de ambas escenas, para mostrarnos la burla y el rechazo que sentía por quienes estaban promoviendo los ideales del nacionalsocialismo.


Conviene apuntar que Grosz, desde sus inicios, tuvo una sólida formación artística, ya que, en 1912 y con diecinueve años, es admitido como alumno en una escuela dependiente del Museo de Artes y Oficios de Berlín. Como suele ser habitual en principiantes, sus trabajos iniciales de entonces son de tipo naturalista, aunque también aborda temas urbanos y sociales en sus dibujos y pinturas.

Contando 20 años se desplaza a París, ciudad que es el centro de las nuevas corrientes artísticas, fijándose fundamentalmente en el cubismo y el futurismo, capitaneados por Pablo Picasso y Marinetti, respectivamente. Su estancia en la capital francesa es breve, dado que pronto, en 1914, se desata la Primera Guerra Mundial, por lo que regresa a Berlín.

En este retorno, tal como he indicado, expresa abiertamente su rechazo hacia los sectores que apoyan la guerra. Su obra se centra en la denuncia de la violencia social, tanto de Alemania como del Imperio Austrohúngaro que comenzaba a fenecer y que recibiría un golpe definitivo tras la denominada Gran Guerra.

Es llamado a filas, pero participa solo durante seis meses, puesto que fue dado de baja e ingresado en un hospital psiquiátrico por las huellas psicológicas que le dejaron las visiones de los horrores de esta terrible contienda.

Esto podemos comprobarlo en el uso de ciertos elementos surrealistas, tal como se muestran en las dos obras precedentes (Eclipse de sol y Los pilares de la sociedad), en las que se comprueba la ridiculización que hace de los militares, el clero, los banqueros y la alta burguesía, que incitaban permanentemente a la guerra.

Su actitud de constante rechazo al mundo que le rodeaba le condujo a un profundo desencanto, tal como queda expresado en su autobiografía que la tituló Un pequeño sí y un gran no. Dentro de esta obra aparece una frase muy significativa: “Yo vivía en mi propio mundo. Mis obras expresaban mi desesperación, el odio y la desilusión. Despreciaba radicalmente al género humano”.


Como bien sabemos, la Primera Guerra Mundial acabaría, en 1918, con la derrota de Alemania y del Imperio Austrohúngaro. En esa misma fecha, Grosz también finalizaba uno de sus lienzos más conocidos: El funeral, que, más tarde, el propio autor se lo dedicaría al médico y escritor alemán Oskar Panizza, fallecido en el año 1921.

En este cuadro plasma la visión caótica de la ciudad moderna. Vemos que, a partir de un cortejo fúnebre, unos personajes grotescos desfilan amontonándose detrás de un ataúd sobre el que se sienta un enorme esqueleto que parece burlarse de quienes se mueven en ese ambiente infernal. Esta idea de caos y furia se refuerza con el uso que el pintor hace del omnipresente rojo, color que evoca el fuego, la sangre y la guerra.


El anterior lienzo lleva el título de La explosión, fenómeno que también en nuestra época nos ha tocado contemplar, tal como acontece en la actualidad en la guerra que ha desatado la Rusia de Putin contra Ucrania, por lo que casi al momento somos espectadores de bombardeos y ataques a distintos edificios de ciudades y pueblos de este país.

Esto tiene un doble valor: por un lado, nos hacemos conscientes de los niveles de destrucción que se puede alcanzar cuando se desata un conflicto bélico de este nivel; en sentido contrario, nos sentimos abrumados e impotentes al contemplar el horror que genera esta guerra a la que por ahora no se le ve ningún horizonte de finalización.


A George Grosz cada vez se le hace más insoportable el ambiente político de su país, por lo que, en 1933, decide salir de Alemania y trasladarse a Estados Unidos. Fija su residencia en Nueva York, donde ejerce como profesor en distintas escuelas de arte, al tiempo que abre una propia, con lo que tiene los medios económicos básicos de subsistencia.

El estar lejos de las tensiones que se viven en Europa da lugar a que pierda, en gran medida, la agresividad y la fuerza de sus obras precedentes. Ha cumplido ya cuarenta años y necesita el sosiego que no encontraba en su país. Esto se refleja en sus obras que, aun teniendo un fondo de carácter social, no muestran la tensión, el caos y el horror de sus primeros años, tal como se aprecia en los dos lienzos anteriores.

Mientras tanto, en Alemania sus obras son sistemáticamente perseguidas por el nuevo régimen. Así, en la famosa exposición que se llevó a cabo en Múnich, en 1937, con la denominación de Arte degenerado, se le catalogaba de personaje enfermo y de un artista que no cumplía con los valores estéticos y morales de la nueva nación nacionalsocialista.

Finalmente, un año antes de fallecer regresa a Alemania, lo que es de suponer que supuso cierta reconciliación con el país que lo vio nacer. Sus restos, muy visitados por quienes admiran su obra, ahora reposan en el cementerio Friedhorf Heerstraße de Berlín.

AURELIANO SÁINZ

3 de julio de 2022

  • 3.7.22
A pesar de la insistente oposición de los que les niegan a las mujeres los derechos sociales que tenemos los hombres, lo cierto es que los avances que ellas van teniendo son imparables, ya que la ola de afirmación en la igualdad que décadas atrás comenzó se ha hecho, en gran medida, irreversible.


Y no es necesario ser un experto en historia contemporánea para darnos cuenta de que una vez que se comienzan a extender las reivindicaciones, y que de los casos particulares se pasan a las aspiraciones colectivas, esa lluvia fina que, tiempo atrás, impregnaba a quienes paseaban a cielo abierto ha terminado convirtiéndose en una lluvia intensa que acaba empapándonos a todos.

De todos modos, tenemos que ser conscientes de que los ataques que actualmente sufren algunos de esos derechos en países desarrollados (en el que el nuestro no es una excepción) nos hacen ver que esa irreversibilidad de la que hablo no es tan firme como creíamos, por lo que hay que estar alerta para no retroceder a tiempos pretéritos.

Puesto que llevo muchos años en el campo educativo, he podido comprobar de primera mano cómo se avanzaba en criterios de igualdad y que actuaciones que se consideraban específicamente masculinas, en la actualidad, es posible verlas también ejercidas por las chicas.

Como ejemplo, quisiera traer a colación uno de los trabajos que planteaba en los colegios y que he mantenido con el paso de los años. Se trataba de la propuesta “Dibuja tu deporte favorito”, ya que, aparte de conocer los niveles que los escolares tenían dentro de la Educación Plástica, según el curso en el que se encontraran, también comprobaba las preferencias de las alumnas por este tema. Hubo un momento en el que observé cómo ellas empezaban a trazar imágenes de figuras femeninas siendo las protagonistas de los deportes que elegían para sus dibujos.

No obstante, por entonces, las escenas de los dibujos más frecuentes estaban referidas al fútbol, deporte que, como bien sabemos, era y es eminentemente masculino. Bien es cierto que por aquellos años en las gradas de los estadios de fútbol también se contaba con la presencia de aficionadas de determinados clubes, en su mayoría acompañando a sus parejas masculinas. Pero que ellas pisaran el césped como protagonistas, fueran como jugadoras o para arbitrar los encuentros, se consideraba inimaginable.

Resultaba curioso que incluso las niñas, cuando dibujaban en el aula el tema que les había pedido, solían también elegir el fútbol como deporte que más les gustaba; pero las escenas eran de jugadores de algunos de los equipos más conocidos de Primera División.


Como ejemplo de lo indicado, acabamos de ver el dibujo de una chica de 12 años que representó magníficamente una escena en la que un jugador del Atlético de Madrid remata con la cabeza ante la portería de su eterno rival: el Real Madrid. Un detalle que nos hace ver que el dibujo es de hace bastantes años se encuentra en el trazado de los calzones cortos que por entonces portaban los jugadores, ya que en la actualidad son más alargados.


Las representaciones más habituales en las que la imagen femenina era la protagonista estaban referidas a los deportes tipo individual, especialmente aquellos en los que se utilizaba la raqueta. Quizás los ejemplos de grandes tenistas como eran Arantxa Sánchez Vicario y Conchita Martínez, dos de los nombres femeninos más relevantes del tenis español, ejercieran un influjo favorable en las alumnas. Es lo que nos muestra la autora del dibujo anterior, una niña de 8 años que representó el enfrentamiento imaginario entre jugadoras de España y Francia, tal como se deduce de las banderas que portan los espectadores.


Pasar de los deportes vistos por la televisión a aquellos que pudieran practicarse conllevaba a que fueran factibles para ellas, pues, lógicamente, para la mayoría de los escolares las pistas de tenis no están a su alcance. Sin embargo, hay colegios que se preocupan de que la educación física y el deporte sean accesibles sus alumnos y alumnas. Este paso conlleva que, ya más cercanos a nuestros días, pudiéramos ver que al pedirles que dibujaran su deporte favorito apareciera el tenis de mesa, como es el de la escena que acabamos de ver, en el que dos jugadoras se han enfrentado, de modo que una aparece como ganadora, al tiempo que la que ha perdido la partida, enfadada, ha arrojado la raqueta al suelo.


También los deportes olímpicos comenzaron a ser representados por las alumnas, puesto que en ellos las participantes podrían mostrar sus destrezas personales. Bien es cierto que algunas escenas que plasmaban eran el resultado de la admiración por algún deporte concreto que les gustaba especialmente. Es el caso de la chica de 11 años que sentía atraída por la gimnasia rítmica con cinta, tal como lo manifestó en este excelente dibujo que acabamos de ver, y en el que la protagonista exhibe su destreza corporal, al tiempo que es contemplada por espectadoras, todas del género femenino.


Pero los deportes olímpicos no solo eran admirados al contemplarlos en las pantallas; también podían ser practicados por las alumnas, tal como me manifestó la autora del dibujo precedente, una chica de sexto curso. Era alta, delgada y muy esbelta, por lo que se podía entender que su pasión era el salto de longitud, tal como lo expresó en el dibujo que, una vez finalizado, me entregó, al tiempo que me comentaba las razones del porqué esta era su especialidad.


Si hay un deporte de equipo que tempranamente arraigó en el ámbito femenino fue el del baloncesto. Esto lo pude comprobar por las reiteradas escenas que me dibujaban las niñas. También he de apuntar que bastantes representaciones de este deporte se debían a que en sus colegios contaban con canchas que estaban destinadas a la práctica en las horas del recreo o como actividades extraescolares.

Esta es la razón por la que he elegido este deporte como portada del artículo, en el que aparecen dos jugadoras del mismo equipo delante de la canasta. También acabamos otro dibujo que nos muestra a dos equipos femeninos enfrentados, de modo que una de las jugadoras se encuentra preparándose para lanzar un tiro libre.


Para cerrar, quisiera indicar que el salto más espectacular que se ha producido recientemente dentro de los deportes es el del fútbol femenino, que empieza a tener un claro reconocimiento, al equipararse en derechos con el tradicional fútbol practicado por los hombres. Pero, de momento, no tengo dibujos de chicas que me lo hayan representado. Esta es la razón por la que cierro con otro excelente dibujo de una alumna de 12 años en el que nos muestra un encuentro de baloncesto y en el que aparecen enfrentadas dos selecciones nacionales, siendo una de ellas la de España.

AURELIANO SÁINZ

26 de junio de 2022

  • 26.6.22
Recientemente publiqué un artículo que llevaba por título Familias con un hijo en el que abordaba las nuevas formas familiares centrándome, aquella vez, en un modelo numéricamente muy frecuente en nuestra sociedad. Otro grupo familiar muy habitual en la actualidad es aquel que cuenta con dos hijos. Creo, pues, que merece la pena analizar cómo los propios niños o niñas se ven a sí mismos y a sus padres dentro de sus propias familias.


Este trabajo complementaría a otros como El mundo de los hermanos que publiqué en dos entregas, dada la complejidad de relaciones que pueden establecerse entre ellos. Y es que el desarrollo de las emociones, al que ahora se les está dando la importancia que tiempo atrás no se le prestaba, va a depender de varios factores que comentaré a partir de una selección de dibujos de niños y niñas que he realizado. Una forma de abordar esta modalidad podría ser del siguiente modo:

a) Familias con dos hijas.
b) Familias con dos hijos.
c) Familias con un hijo y una hija.

También habría que considerar las edades, quién es el mayor y el menor, pues, en cierto modo, determinan las relaciones entre ellos. Para comenzar, podemos fijarnos en la portada en la que aparece un excelente dibujo de una chica de 12 años que, en el momento de realizarlo, estudiaba en sexto curso de Primaria, encontrándose, pues, en la preadolescencia.

El dibujo de las figuras está realizado en plano tres cuartos, es decir, las ha trazado a partir de las rodillas, por lo que la imagen se aproxima al concepto fotográfico de encuadre. Desde el punto de vista compositivo, observamos que el centro del grupo familiar está ocupado por sus padres, al tiempo que a los lados aparecen su hermana menor, en la izquierda, y ella misma, en la derecha. La cercanía a su madre es manifestación de la proximidad emocional que siente hacia ella, quizás por ese sentimiento de hacerse mayor y encontrar apoyo en la figura materna.


En el caso de familias en las que las hijas no estén muy seguidas en edad, la primogénita espera a su hermana con gran aceptación, puesto que a las niñas, generalmente, se las educa de un modo un tanto diferenciado de los niños, ya que el trato hacia ellas es menos rígido y más cariñoso. Por otro lado, muchos de sus juegos continúan alrededor de los roles de la maternidad y el cuidado de los pequeños, por lo que la llegada de un nuevo hermano o hermana suelen acogerlo bastante bien.

Esto sucede en la escena de María, una niña de 6 años, en la que aparecen de manera destacada su madre, como si fuera el miembro de la familia más relevante, y su pequeña hermana Paula, que la muestra en un carrito al lado de ella. Como puede apreciarse, el dibujo es bastante alegre y vitalista, en el que predominan los colores rosa y violeta.


Lógicamente, a medida que se crece, el dibujo se hace más rico en expresión y matices, de modo que la representación de la familia se realiza de manera más elaborada. Es lo que acontece en el que acabamos de ver de una niña de 10 años que nos la muestra jerarquizada por edades, puesto que aparece en primer lugar el padre; continúa con la figura de la madre; en tercer lugar, se dibuja a sí misma; y acaba con su hermana que es algo más pequeña. Debo apuntar que la agrupación de las tres figuras femeninas es una manifestación de la identidad de género, puesto que la autora se siente más cercana a su madre y a su hermana que hacia su padre.


Con el dibujo de Alejandro, de 5 años, iniciamos el breve recorrido de las familias con dos hijos varones. El pequeño autor se encontraba en tercero de Educación Infantil cuando representó a su familia. Comenzó por el trazado de sus padres en la izquierda, realizando dos figuras muy alargadas, puesto que veía a sus padres muy grandes e importantes. Tras ellos, se dibujó a sí mismo, acabando con su hermano pequeño con el que juega habitualmente. El trazado de las figuras de forma sonriente y con los brazos hacia arriba en señal de la alegría y felicidad que el pequeño autor siente en el seno de su familia.


Una de las grandes aficiones en los niños es el fútbol, de modo que en bastantes dibujos aparecen los hermanos jugando entre ellos con un balón. Es lo que acontece en la escena que nos muestra este niño de 6 años, en la que se ha dibujado a sí mismo intentando chutar la pelota a su hermano mayor que extiende los brazos para cogerla. Resulta curiosa la forma de trazarse, dada las dificultades que para esa edad representar las figuras de perfil o de espaldas, por lo que lo logra con distintas posiciones de la propia figura. Los padres, por otro lado, les animan aplaudiendo y saludándoles.


A medida que se avanza en edad, los escolares logran plasmar una mejor representación de los espacios interiores. Esto lo vemos en la anterior escena, realizada por un chico de 11 años, que ha logrado mostrar a los cuatro miembros de la familia en el salón de la casa con la denominada perspectiva cónica. De este modo, lo vemos sentado con su hermano menor en una butaca, mientras que en la otra se encuentran sus padres. El hermano pequeño porta una camiseta del Real Madrid, tal como nos confirmó el autor del dibujo, por lo que entendemos que la afición al fútbol nace a edades tempranas con la adhesión a alguno de los equipos más relevantes.


La tercera posibilidad de las familias con dos hijos es que sean un niño y una niña. En este caso, la formación de las identidades masculina y femenina vendrá dada, en gran medida, por los modelos que les aportan el padre y la madre. De este modo, el dibujo de una niña de 7 años llama la atención que trazara las figuras con un encuadre en plano tres cuartos, cuando esto suele suceder en edades más avanzadas. Por otro lado, es significativo que lo comenzara por su hermano pequeño, ya que es manifestación del cariño que siente por él, puesto que se traza a sí misma como si le estuviera cuidando.


Jugar con los padres suele ser una experiencia grata para los hijos, hecho que recordarán cuando sean mayores. Es lo que expresa el autor del dibujo anterior, ya que en la escena vemos a los cuatro miembros de la familia jugando o en una actividad deportiva: el padre, en el lado izquierdo, porta una raqueta y una pelota de tenis; a continuación su madre enlaza la cinta con él mismo para que su hermana más pequeña salte a la comba. En la escena, llaman la atención el enorme sol que ha trazado y el que todos aparezcan con la boca abierta, viéndoseles la lengua, expresión de risa, que nos indica que están contentos y se divierten.


Para cerrar, traigo el trabajo de una chica, de 12 años, ya que en la escena muestra a su familia en el campo, pues las salidas a la naturaleza a los hijos les resultan muy gratificantes. La autora se ha trazado junto a su hermano menor, quien le pasa el brazo por encima como manifestación de cariño hacia ella. Los padres, a su vez, aparecen a ambos lados, como expresión de la protección que tienen hacia los dos. Hay que notar que la chica se coloca al lado de su madre y su hermano lo presenta al lado de su padre, algo habitual porque, como he apuntado, el desarrollo emocional de niños y niñas se va formando también a partir de la identidad de género en el seno familiar.

AURELIANO SÁINZ

19 de junio de 2022

  • 19.6.22
De entrada, tengo que confesar que soy un gran aficionado a los cuentos: a los cuentos para mayores, puesto que cuando utilizamos la palabra ‘cuento’ acuden a nuestra mente aquellos que nos narraron en nuestra infancia, los que contemplábamos por entonces en algunos tebeos, los que veíamos en la televisión o, quizás, los que leíamos durante los años en los que la fantasía formaba parte fundamental de nuestro mundo.


En esa pasión lectora de adulto, me gustaría indicar, por ejemplo, que, aparte de mis admirados Mario Benedetti o José María Merino, me he leído casi con devoción los cerca mil cuentos que nos legó el gran escritor ruso Antón P. Chéjov y que, por suerte, fueron magníficamente traducidos a nuestra lengua y editados en nuestro país en cuatro gruesos volúmenes por la editorial Páginas de Espuma.

Sin embargo, en esta ocasión quisiera referirme a un tipo de cuento que me he atrevido a llamarlos ‘infinitesimales’ por su extrema brevedad. Y con ello los quiero diferenciar de los denominados microrrelatos, cuentos cortos e, incluso, cuentos ínfimos, que son otras denominaciones que se les da a los muy breves.

Ante la pregunta que podría flotar en el aire acerca de las razones por las cuales traigo este tema, apunto a dos razones. La primera, que un antiguo colaborador de Andalucía Digital, Daniel Guerrero Bonet, acaba de publicar su primer libro de cuentos, que lo ha denominado Cuentos minúsculos que se asoman a realidades sorprendentes, del que tengo que apuntar que lo he encargado, pero que en el momento de escribir estas líneas todavía no lo he recibido. De todos modos, la escritura de Daniel es muy buena, por lo que estoy seguro de que disfrutaré con esos ‘cuentos minúsculos’.

La otra razón está ligada a una experiencia que he tenido no hace mucho. Resulta que un día al terminar la clase, y cuando los alumnos habían vaciado el aula, me encontré sobre una de las mesas una hoja suelta en la que, al lado de esos trazados o garabatos que se suelen hacer para entretenerse un poco, observé que había un breve texto escrito que, perfectamente, lo podría incluir dentro de esos cuentos infinitesimales. Decía así:

He buceado hasta el fondo de mi alma, y no he encontrado nada.

Me quedé sorprendido y pensativo. Guardé la hoja. No recordaba quién había ocupado aquella mesa, si fue un alumno o una alumna. Pero daba igual, porque tampoco se trataba de averiguar quién había sido el autor o la autora de ese brevísimo texto, cargado de poesía o, quizás, de una tenue melancolía. “Bucear hasta el fondo del alma y no encontrar nada”: ¿Qué querían expresar esas pocas palabras? Nunca lo sabré, porque, en todo cuento bien construido, aunque sea infinitesimal, se enuncian irresolubles incógnitas.


Pero si hay un cuento brevísimo, que todos los que lo conocen lo toman por el más corto de los que se hayan escrito, es el que corresponde al escritor de origen guatemalteco Augusto Monterroso (1921-2003). El mismo que se suele citar como ejemplo de máxima concisión, dado que solo contiene siete palabras:

Cuando se despertó, el dinosaurio seguía allí.

Una vez leído, se queda uno pensativo y empieza a preguntarse: ¿Quién se despertó? ¿Él o ella? ¿Qué nombre tenía? ¿Dónde dormía?... De igual modo, y puesto que no dice un dinosaurio sino el dinosaurio, vuelven las interrogantes: ¿Qué tipo de dinosaurio? ¿El dinosaurio era un animal o la imagen fantasmal de alguna pesadilla que torturaba a quien soñaba?

Todo buen cuento, por pequeño que sea, se abre a distintas preguntas e interpretaciones. Muy distinto a lo que acontece con los aforismos, que son breves respuestas, casi sentencias, a los diversos temas que nos planteamos. También de cualquiera de las ideas filosóficas: por ejemplo, cuando René Descartes, queriendo sentirse muy seguro a partir de un pensamiento inequívoco, afirmó con rotundidad: “Pienso, luego existo”. O de las muchas expresiones científicas, como aquella que nos dice que “La energía no se crea ni se destruye, solo se transforma”, ya que solo pueden ser cuestionadas por otras de igual rango.

Tampoco los haikus japoneses podemos considerarlos cuentos infinitesimales, pues son breves composiciones poéticas de tres versos de cinco, siete y cinco sílabas.

Vuelvo de nuevo a Augusto Monterroso. Pensándolo despacio, ¿realmente, fue ese cuento mínimo el más breve de todos los que se han escrito?

La verdad es que no lo sé. Ni tampoco tengo claro que alguien pueda afirmarlo tajantemente, pues para ello tendría que haberse leído todos los cuentos publicados. Lo que sí puedo decir es que el escritor estadounidense Ernest Hemingway (1899-1961) escribió otro cuento infinitesimal también de siete letras. Es el siguiente:

Se venden zapatos de bebés. Sin estrenar.

Y no se trata solamente de la brevedad a la que he aludido para cruzarnos con un cuento infinitesimal. En el caso Hemingway, la segunda frase nos abre a un conjunto de interrogantes, posiblemente un tanto angustiosos, a los que no podemos dar ninguna respuesta cierta. ¿Por qué se venden esos zapatos? ¿Qué aconteció con el bebé que debía estrenarlos? ¿Por qué los padres han decidido venderlos? No hay soluciones: solo enunciados que acaban en especulaciones en la mente del lector.

Para cerrar esta breve incursión en los relatos cortos, quisiera apuntar que no todo lo que a uno se le pueda pasar por la cabeza lo podríamos considerar como un cuento infinitesimal. Creo que un buen relato brevísimo, al que me he atrevido llamarlo ‘infinitesimal’, junto a su singularidad, al menos debe abrir múltiples interrogantes que siempre quedarán como preguntas incómodas o inquietantes en quienes lo han escuchado o leído.

AURELIANO SÁINZ

12 de junio de 2022

  • 12.6.22
Me gustaría empezar esta columna rememorando un sencillo y hermoso poema que el poeta guipuzcoano Gabriel Celaya dedicó como homenaje a una de las más nobles profesiones, la del maestro –y, por extensión, a todos los que se dedican con entrega a la enseñanza, en cualquiera de sus niveles–, puesto que, desde los niños muy pequeños que entran en la escuela hasta en las aulas de la universidad, el fondo del mensaje es el mismo: se trata de la entrega que sienten todos aquellos que dedican su vida con pasión a la labor de formar pacientemente a las nuevas generaciones.


Educar es lo mismo
que poner un motor a una barca.
Hay que medir, pesar, equilibrar…
y poner todo en marcha.

Pero para eso,
uno tiene que llevar en el alma
un poco de marino, un poco de pirata…
un poco de poeta…
y un kilo y medio de paciencia concentrada.

Pero es consolador soñar mientras uno trabaja,
que esa barca, ese niño,
irá muy lejos por el agua.

Soñar que ese navío
llevará nuestra carga de palabras
hacia pueblos distantes, hacia islas lejanas.

Soñar que cuando un día
esté durmiendo nuestra propia barca,
en barcos nuevos seguirá nuestra bandera enarbolada.


Maestras y maestros, profesoras y profesores, independientemente del término que usemos, en estos días ven cercano el final del curso. Se aproxima la fecha en la que las aulas se quedarán vacías. Se cubrirán de silencio. El jolgorio que en ellas se vive, antes de la ceremonia con la que el docente comienza sus explicaciones, se habrá ido. Pareciera que sus paredes hubieran absorbido hasta el último de los murmullos que quedaron atrás cuando se cerraron sus puertas.

Y así estarán hasta que otra vez se abran los espacios que acogen toda la algarabía de los nuevos que reemplazarán a los del curso anterior.

Al poeta no se le olvida decir que para llevar adelante esta labor “hay que tener un kilo y medio de paciencia concentrada”. Efectivamente, el cometido educativo en el aula complementa aquel que madres y padres llevan en sus hogares. Y estos últimos saben a la perfección la enorme serenidad que hay que desplegar hasta que su hijo o su hija levante el vuelo y logre emanciparse del hogar en el que se ha formado. Es decir, cuando ya tenga todas las herramientas con las que pueda valerse en el complejo mundo que le espera.


Y esa labor comienza en las primeras edades. No es un trabajo que pueda aplazarse, tanto en la familia como en la escuela. Ya en sus primeros años, vemos caminar en fila a esos pequeños que guiados por los mayores aprenden que hay otro mundo más allá de su casa. Portando sus mochilas y bajo la atenta mirada de los mayores, inician una apasionante aventura que compartirán con otros de sus mismos años.

Pero esa aventura puede acabar en la adolescencia o caminar adelante, si se desea continuar con la guía de otros profesores que les seguirán formando en las distintas disciplinas que conforman los estudios que ya voluntariamente han elegido.

Pues, como metafóricamente escribe Celaya en los últimos hermosos versos de su poema, comparando al niño que se inicia con una barca que “irá muy lejos por el agua”, al tiempo que le recuerda quien lo ha conducido, en esa paciente labor educativa, que “en nuevos barcos seguirá nuestra bandera enarbolada”.

Esa es la gran esperanza de todo maestro: saber que sus ejemplos no quedan en el vacío y que, como el campesino que espera la cosecha de la siembra, algún día, pasados los años, de modo inesperado se le acerque un rostro conocido y le diga: “Yo fui alumno suyo”.

En mi caso, y a pesar de estar formalmente jubilado, continúo asistiendo a las aulas de la universidad. De todos modos, esta grata experiencia asoma de vez en cuando en mi vida.

Así, hace unos días en los que asistí a una charla-coloquio en la que participaba Alberto Garzón, ministro de Economía, al finalizar su intervención se me acercó José Luis, un antiguo alumno y, como suele ser habitual, me preguntó si le recordaba. Dado que tengo una buena memoria visual, le respondí afirmativamente. Estuvimos charlando un rato como si el tiempo apenas hubiera pasado, de modo que me explicó sus circunstancias y la trayectoria de sus últimos años.

De algún modo, tanto a él como a todos los que he tenido en mis aulas, les deseo que se cumpla lo que expresa en sus versos ese gran poeta que fue Gabriel Celaya, de modo que naveguen con sus nuevos pupilos rumbo a Ítaca en la apasionante aventura de esta milenaria profesión.

Para mi nieto Abel, que dentro de unos días cerrará su primer curso escolar.

AURELIANO SÁINZ

5 de junio de 2022

  • 5.6.22
Cuesta mucho entenderlo. No cabe en la cabeza ni en el corazón de una persona con los mínimos sentimientos humanos. Es el horror total. No podemos imaginar el reguero de sangre, espanto y dolor que surge cuando alguien se acerca a un centro escolar de Primaria y, con un fusil de asalto, empieza a disparar contra los niños y las niñas que pudiera encontrar, dejando tras de sí a 19 inocentes criaturas yacentes en el suelo, junto a dos profesoras que acudieron a auxiliarles.


Y sin embargo, en Estados Unidos, o el orgullosamente denominado a sí mismo como el “País más poderoso de la Tierra”, todo es posible, incluso que se repitan las terribles masacres que cada cierto tiempo se suceden unas a otras como si fueran una maldición bíblica.

No solo se producen en las grandes superficies comerciales, o en templos, o en lugares de trabajo, o en zonas de aparcamiento… Alcanzan también a los lugares en los que se inician los más pequeños en eso que solemos llamar como centros de educación, en los que tienen que aprender no solo los conocimientos y las actitudes que, paso a paso, les proporcionen los hábitos necesarios para que sepan desenvolverse en la sociedad. Allí también aprenden a conocer a otros de su edad, a saber lo que es la amistad, a participar colectivamente, a disfrutar y a ser felices jugando con otros de sus edades.

Lo triste es que, en la sociedad de los medios de información acelerados en la que vivimos, esta reciente matanza acabará convirtiéndose en una lamentable noticia más que quedará sepultada por otras que ocuparán los titulares de las pantallas, grandes o pequeñas. Será sustituida por aquellas que acaparen la mente de los ‘consumidores’ de la crónica negra, de modo que la aniquilación de escolares que recientemente se ha producido en una escuela de Primaria en Uvalde, una localidad de apenas 22.000 habitantes en el Estado de Texas, pasará pronto al olvido, en espera de que otra matanza vuelva –como el eterno retorno nietzscheano– a convertirse en noticia destacada.

Y para colmo de cinismo, frivolidad y de estupidez congénita, nos llegó la información que a los pocos días de la masacre de niños, en el mismo Texas, se celebraba una feria de armas con gran asistencia de público. Allí, los fanáticos de las armas, que en ese enorme país superan ampliamente los 300 millones que están en manos particulares, asistían acompañados de su prole y, embelesados, contemplaban los últimos modelos que podían coger con sus propias manos y gesticular con ellas como si estuvieran apuntando a las potenciales víctimas.

Pero este no es un problema fácil de resolver. Tengamos en cuenta que en Estados Unidos hay más tiendas en las que se venden armas que gasolineras en las que los vehículos pueden repostar. Y es que la muy poderosa Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas en inglés) vende todavía la idea de que en ese país, tal como apunta la Segunda Enmienda de la Constitución, el que todos los ciudadanos fueran campesinos que, como los del siglo XIX, viven en granjas aisladas del Medio Oeste, esos que necesitaban tener un arma para defenderse en su aislada casa de madera de posibles robos o de ataques de animales salvajes.

Romper esta idea tan extendida, y los hábitos a los que ha conducido, tal como apuntaba Albert Einstein refiriéndose a los prejuicios de la gente, “resultan más difíciles de romper que a un átomo”. Y es que, junto al inmenso negocio de las armas, dos de los prejuicios asumidos por una gran parte significativa de la población estadounidense son, por un lado, que portar armas resulta ser un derecho inalienable, casi divino, y, por otro, que la razón está de su parte ya que viven en el país más poderoso del mundo.


Lo anterior queda bien plasmado en los dos carteles que acabamos de ver. En el primero de ellos, el diseñador estadounidense John Yates hace referencia al sector más conservador de la población que rinde un auténtico culto a las armas, tal como lo expresa en el diseño de su cartel, en el que vemos, en blanco y negro, la cintura de un personaje, algo entrado en carnes, con su revólver y la correspondiente munición. El título lo deja bastante claro: American Bible Belt o Cinturón de la Biblia americana.

Para estos sectores, que se consideran descendientes directos aquellos puritanos europeos que arribaron a Nueva Inglaterra en el Mayflower, en el año 1620, buscan también en la Biblia todo tipo de argumento religioso para justificar el “derecho a portar armas”.

Una pregunta que podríamos hacernos –y que ellos podrían hacerse– es la siguiente: ¿Por qué no miran a otros países en los que solo tienen armas las fuerzas de seguridad y, en casos especiales, algunos particulares, lo que evita que no se produzcan esas terribles matanzas?

Quizás, esta pregunta nos la hacemos porque se nos olvida el lema con el que ese sujeto llamado Donald Trump llegó a la Presidencia de Estados Unidos: America first, es decir, América primero, reflejando la prepotencia y arrogancia que habitan en lo más hondo de cualquiera de sus seguidores, que, por cierto, y aunque nos parezca mentira, son millones.

Ellos no tienen nada que aprender de nadie, pues como dice este individuo que defiende sin ninguna duda la posesión de armas, la solución para las matanzas en escuelas es, nada menos, que: ¡Armar al profesorado! Es decir, transformar los centros educativos en espacios en los que de vez en cuando se conviertan en campos de tiro.

Esa imbecilidad, esa arrogancia, esa creencia en su superioridad sobre el resto del mundo las refleja bastante bien otro diseñador, Nicholas Blechman. Vemos que en su cartel ha dibujado a un personaje voluminoso vestido con los colores de la bandera estadounidense, portando dos pistolas a punto de desenfundarlas y caminando por el planeta como si fuera un campo petrolífero.

Ante tanto fanatismo, la solución que encuentra Blechman la concentra en el lema Stop the Arrogance… Y es que, por suerte, todavía en el propio Estados Unidos hay gente esperanzada que con sus escritos, sus palabras o sus diseños combaten con diversos modos la simpleza y la estupidez mentales tan extendidas en ese enorme territorio.

AURELIANO SÁINZ

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