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Mostrando entradas con la etiqueta Negro sobre blanco [Aureliano Sáinz]. Mostrar todas las entradas
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28 de junio de 2020

  • 28.6.20
Nos encontramos en un mundo en el que la mentira ha hecho acto de presencia de manera habitual en nuestras vidas, como si mentir fuera lo más normal del mundo y sin que se le dé excesiva importancia a las consecuencias que conlleva, por lo que cualquiera estaría dispuesto a hacerlo, especialmente si supiera que no iba a ser descubierto.



Hay que entender que las mentiras no son solo aquellas que nos decimos directamente, dado que vivimos en una sociedad en la que los medios de comunicación y las redes sociales se han hecho omnipresentes, de modo que la saturación de noticias y de comentarios de toda índole nos han invadido, acompañándose, claro está, de las denominadas fake news (bulos o mentiras planificadas) que pululan por los espacios digitales como aves dispuestas a posarse en el cerebro de los ciudadanos.

Pero no solo que estén muy presentes en estos medios, sino que las mentiras, en todas sus modalidades –engaños, bulos, embustes, simulaciones, falsedades, medias verdades, ocultamientos, tergiversaciones– forman un entramado tan complejo que es necesario estar bien preparado para no ser una de sus víctimas.

Sobre esta cuestión, recientemente, un amigo me escribía que “la mentira es una de las grandes calamidades de nuestra sociedad. La verdad, sencillamente, no se lleva ni se practica. Lo vemos a diario; asistimos perplejos al triste espectáculo de la política española en la que se ha impuesto la modalidad de la ofensa basada en mentiras. Es repugnante. Hay catedráticos de la intoxicación, maestros del lanzallamas con el combustible de las mentiras. Cosas horrorosas montadas en el artificio del embuste”.

Pasando al plano personal, quisiera apuntar que siempre he sentido un fuerte rechazo a la mentira y al uso de las variantes que se emplean para engañar. Estoy, pues, muy de acuerdo con lo que manifestó el psiquiatra Carlos Castilla del Pino cuando escribió aquello de que “no hay pecados, si los hubiera, se resumirían en uno: la mentira. Adán fue el primero que mintió a Dios al desobedecerle”. En otro párrafo manifestaba que “la mentira es el mal por excelencia. Cualesquiera que sean los males, siempre tienen una cosa en común: la mentira”.

Hay que reconocer que la mentira forma parte de la historia de humanidad y que, en más de una ocasión, no es fácil descubrirla, pues el que miente busca las estrategias a su alcance para no ser sorprendido como autor del engaño. Por otro lado, en el caso de que la víctima se percatara de ello y quisiera conocer la verdad, quien ha sido el autor de la mentira jurará y perjurará que eso que se le atribuye no es cierto, haciéndose el ofendido ante los interrogantes que se le hacen o las pruebas que se le presentan.

He de manifestar que Castilla del Pino, un gran humanista, no era creyente, aunque en la frase citada se remontaba al propio Génesis para hablarnos del supuesto comienzo de este vicio moral. No obstante, y remitiéndonos otra vez al texto bíblico, quizás el ejemplo más conocido, y del que se nos habló desde pequeños, fue el juicio del rey Salomón, quien tuvo que aclarar cuál de las dos mujeres mentía cuando alegaban ser las madres de un niño recién nacido.

Es significativo que la escena que explica ese relato haya sido plasmada en distintos lienzos por grandes pintores, caso de Peter Paul Rubens cuyo cuadro se encuentra expuesto en el Museo del Prado. También en el mismo museo puede verse la versión que realizó el pintor español José de Ribera, en este caso, dentro del estilo tenebrista, bastante distanciado del empleado por Rubens, tal como podemos apreciarlo en la imagen siguiente.



Recordemos esa historia bien conocida: dos mujeres que habían sido madres cada una de ellas de un niño, uno fallecido y el otro vivo, se presentan ante el rey alegando ser la verdadera madre del niño vivo. Salomón, para averiguar finalmente quién decía la verdad, dio la orden a uno de sus soldados para que con la espada lo partiera y le diera a cada una de ellas la mitad.

Una de las madres, aterrorizada, le suplicó que no lo hicieran y que se lo dieran a la otra; esta, sin embargo, estaba de acuerdo en que cada una se llevara la mitad del niño. Salomón entonces no tuvo ninguna duda y mandó que se le entregara a la primera mujer, ya que consideraba que era la verdadera madre.

¿Y por qué hablo de la mentira si, como bien apunto, forma parte de las relaciones humanas y nos tropezamos con ella con más frecuencia de la que quisiéramos? La razón proviene de que, no solo como persona sino como profesor, se me ha intentado engañar en más de alguna ocasión, por lo que me he visto en casos en los que he tenido que dilucidar cuál de los dos alumnos o alumnas decía la verdad y quién mentía.

El más reciente se me ha producido durante el confinamiento, en el que he estado desde casa corrigiendo los trabajos que me remitían los alumnos. El hecho me creó un malestar bastante grande, pues no solamente era el sentimiento de pesar de verte engañado por algunos de los que formaban parte de una clase a la que te has entregado con todo el entusiasmo, sino también porque no tenía la posibilidad de encontrarme presencialmente en mi despacho con las implicadas.

Tengo que aclarar que, como criterio pedagógico, siempre me he decantado por la evaluación continua a partir de trabajos que íbamos desarrollando a lo largo del curso; en vez de acudir a los exámenes tradicionales en los que el alumnado se lo juega todo a una carta. Por otro lado, como profesor, oriento y proporciono los recursos, teóricos o prácticos a los estudiantes para que puedan realizarlos con mi apoyo.

En el caso aludido, se trataba de dos alumnas que me presentaron trabajos muy similares. A ambas, por correo electrónico, les manifesté mis dudas para que me explicasen qué había acontecido. Una de ellas, la segunda en enviarme el trabajo, y sobre la que yo sospechaba que sería la que había copiado, juraba y perjuraba que ella no lo había hecho, e insistía en que no entendía qué es lo que podía haber sucedido.

Les indiqué que en cursos anteriores había tenido algunas experiencias similares, como fue el de dos amigas que me entregaron sus trabajos escritos que eran exactamente iguales, incluso con los mismos errores. Al llamarlas a mi despacho y podérselo demostrar, la que había sido la autora original me indicó que se lo había pasado solamente para que le sirviera de orientación, pero que en ningún momento imaginó que podía ser engañada.

Consecuencia del engaño: la amistad que mantenían, como me dijeron tiempo después sus compañeros, se rompió para siempre. Y es que la amistad, tal como he manifestado en alguna ocasión, no admite el engaño ni la mentira.

En este último caso que comento, al igual que hizo Salomón, solo cuando las amenacé con anular sus trabajos o llevarlos ante una Comisión del Departamento, empezaron a contar algo de la verdad. Pero soy consciente que, al no poderme ver con ellas, ambas se pusieron de acuerdo para no desvelar del todo lo que habían estado haciendo.

Lo triste, tal como se lo expresé a las dos, es que iban a ser maestras y sus comportamientos no auguraban nada bueno para el futuro cuando tuvieran que educar a sus alumnos, pues las personas que mienten dejan detrás un reguero de daños morales de graves consecuencias.

AURELIANO SÁINZ

21 de junio de 2020

  • 21.6.20
Todos sabemos que Atenas fue la cuna de la democracia. Algo verdaderamente insólito por aquella época, dado que las naciones o los imperios conocidos por entonces estaban gobernados por reyes o emperadores déspotas o tiranos, cuyas crueldades nos asombran en la actualidad.



También que en la antigua Grecia surgen lo que actualmente llamamos filósofos, que, organizados en distintas escuelas de pensamiento, trataban de entender, a partir de la razón, el significado de la realidad en la que se encontraban insertos, al tiempo que buscaban el sentido de la vida o cómo vivir acorde con la naturaleza humana.

Era, pues, una búsqueda al margen de los dioses y los relatos mitológicos, tan complejos y abundantes, cuyas lecturas hoy las entendemos como verdaderas fábulas cargadas de una imaginación desbordante.

Dentro de las distintas escuelas filosóficas hay una sobre la que ahora quisiera hablar. Se trata de la que formaban aquellos desencantados de la sociedad y del ser humano. Era la que formaban los cínicos (término que ha llegado a nosotros con un significado algo diferente). De ellos, tenemos especial conocimiento de Diógenes de Sinope, de quien sabemos su vida y sus ideas por otro filósofo, Diógenes Laercio, ya que lo incluyó en su obra Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres, dado que el de Sinope no escribió nada a lo largo de su vida.

Por otro lado, sobre su figura, el filósofo francés Michel Onfray, y en su obra Las sabidurías de la antigüedad, nos dice lo siguiente:

Más tarde, Diógenes –conocido como “el Perro Regio”– efectúa variaciones parecidas sobre el mismo tema. De allí la anécdota del filósofo con su linterna que tanto ha contribuido (¡en contra!) a la reputación del cínico. Con el pelo largo y un bastón en la mano, una capa doble que le envuelve el cuerpo vagamente hediondo, sin alejarse del tonel y de las pajas sobre las que duerme todas las noches, Diógenes camina a plena luz del día por las calles de Atenas con una linterna en el extremo del brazo, que hace girar y apunta hacia los viandantes mientras explica que busca a un hombre…”.

Esta es, quizás, la imagen más divulgada que nos ha llegado de este filósofo que abandonó todas las aspiraciones humanas establecidas ya que las consideraba falsas y alejadas de la verdadera virtud: la renuncia de todo lo superfluo.

Tomando como referencia los relatos que traspasaron los tiempos, el artista francés Jean-Léon Gérôme (1824-1904) nos muestra a Diógenes en su tonel, con la linterna y acompañado de sus amigos, cuatro perros, que vigilan el tonel en el que duerme sobre un montón de paja.

Cualquiera puede hacerse la idea de los desconcertados semblantes de sus compatriotas, que se ríen y se burlan de él porque no entienden que el filósofo, que ha renunciado a todo, lo que busca con su lámpara encendida en pleno día es un hombre de verdad, un hombre digno de merecer esta denominación. De ahí que la escuela cínica sea una filosofía del desencanto, de la duda sistemática, de la renuncia, del alejarse de las convenciones sociales al entender que los hombres están llenos de vanidades y mentiras que les hacen aparentar lo que no son.

Otra de las anécdotas relacionadas con Diógenes de Sinope es aquella en la que el rey macedonio Alejandro Magno, cuyo mayor deseo era la construcción de un gran imperio, quiso conocerlo y hablar con él, asombrado de que hubiera una escuela filosófica que predicaba la renuncia a todo deseo de poder.

Así, una vez que lo localiza, y sorprendido de su modo de vida, le pregunta qué puede ofrecerle. A esta invitación del rey, Diógenes le responde que lo que desea es que se separe un poco pues le está tapando la luz y el calor del sol. Esta segunda anécdota de renuncia a todo deseo de bienestar y de poder también ha sido motivo para que otros pintores de corte historicista realizaran algunos lienzos sobre la figura del filósofo junto a Alejandro Magno.



Si he traído en estos momentos la figura de Diógenes de Sinope, del que, tal como he apuntado, no dejó nada escrito, se debe a que recientemente he recibido de dos amigos la referencia de un blog que han creado y que me han invitado a participar en él, fuera con el propio nombre o con el seudónimo que yo prefiera.

De este modo, con el lema de Arte, literatura, filosofía y alguna otra reflexión infundada, han comenzado una aventura, cargada de ingenio, ironía y humor irreverente, y que, bajo una lectura apresurada de supuesto humor trivial, se esconden reflexiones de gran calado.

En un tiempo dominado por la pandemia y la crispación política que soportamos, pienso que es necesario recuperar el humor y la ironía que tradicionalmente ha existido tanto en la literatura como en el arte español. No en vano, en nuestro país surgieron la literatura picaresca, Francisco de Quevedo, Ramón del Valle Inclán, Salvador Dalí, Luis García Berlanga, Tip y Coll… en los que a su desbordante imaginación se les unía el absurdo y el humor surrealista que tanto molesta a los poderes establecidos y a la gente bien pensante.

Por mi parte, y atendiendo a la invitación de sus dos promotores, he publicado Highway to hell (cuento para aguantar el bicho) y La importancia de llamarse Cayetana. Por parte de los creadores del blog, ya han aparecido varios artículos que oscilan desde el humor ácido y surrealista a la crítica bien fundada. Todo alejado del simplismo, de los tópicos o del maniqueísmo que tanto abundan en los muchos medios digitales a los que actualmente podemos acceder.

Nos encontramos, pues, con un blog abierto al debate, a la opinión y a la participación. No viene mal en estos tiempos de miedos, dogmas e intolerancia penetrar en el pensamiento escéptico (que no nihilista) que parte de la duda sistemática para encontrar algo de luz, tal como abogaba milenios atrás Diógenes con su lámpara cuando buscaba ‘un hombre de verdad’.

AURELIANO SÁINZ

14 de junio de 2020

  • 14.6.20
Tras una cierta pausa en esta sección, quisiera hacer un homenaje a la música negra que nos llega de Estados Unidos en estos tiempos en los que la lucha contra el racismo ha vuelto a explosionar ante la terrible muerte sufrida por el ciudadano de raza negra George Floyd en Powderhorn (Minneapolis) a manos de un policía.



A pesar de que la población negra estadounidense lleva siglos en este país, el racismo que sufre, y que un indeseable presidente como es Donald Trump lo fomenta o al menos no hace nada por combatirlo, pervive como una lacra. Por otro lado, es imposible entender a esta enorme nación sin las aportaciones culturales de quienes fueron llevados como esclavos desde África, especialmente si nos centramos en el campo musical.

¿Qué son el góspel, el blues, el jazz, el soul, el R&B o el hip-hop sino ramificaciones de las músicas tradicionales que, como medio de supervivencia, los esclavos negros llevaron consigo a las plantaciones en las que usaban los sonidos procedentes de la tierra de la que fueron arrancados?

Hoy, el grito de Black Lives Matter se ha extendido como la pólvora, por lo que puede escucharse tanto en todos los rincones de Estados Unidos como en otros países que se han sumado a la indignación de ver cómo de forma impune se mata a un hombre negro cuando un policía blanco lo ahoga con su rodilla puesta en su cuello contra el suelo.

Esta es la razón por lo que en esta ocasión, y como pequeño homenaje a la música negra estadounidense, traigo una selección de diez discos que considero imprescindibles, aunque, lógicamente, se podrían realizar otras muchas y buenas selecciones. Quisiera, por otro lado, ser breve en los comentarios para no hacer muy extensa esta presentación.



Nada mejor que comenzar esta selección con It Takes a Nation of Millions to Hold Us Back de Public Enemy que se publicaría en 1988. El segundo álbum del grupo estadounidense, tal como se apunta en la añorada revista Rockdelux, supone una reflexión cultural, experimentación musical y concepto pop del espectáculo, a lo que habría que añadir rebeldía permanente dentro del hip-hop. La propia revista lo seleccionó como el mejor disco en su Especial 30 Aniversario, que cubría desde 1984 hasta 2014.



Retrocedemos hasta el año 1959 para tropezarnos con uno de los álbumes más relevantes de la historia del jazz. “En el momento en el que se grabó, 'Kind of Blue' fue una revolución por sí mismo. Volviéndole la espalda a las progresiones de acordes tradicionales, el trompetista Miles Davis utilizó escalas modales como punto de partida para la composición y la improvisación”, nos dicen en el número especial de la revista Rolling Stone dedicado a los 500 mejores álbumes de la historia.



No me importa volver a traer a esta sección a la gran dama del soul: Aretha Franklin. Cuando llegó al sello Atlantic Records comenzó a desplegar todas sus energías por las músicas que la apasionaban: el góspel y el rhythm & blues. De esa conjunción nace su espléndido tercer disco con el título de Aretha: Lady Soul, que se iniciaba con el inolvidable Chains of Fools y se cerraba con Ain’t No Way. En resumen: diez magníficas canciones que la coronaban dentro del soul y de cuyo trono nunca se bajaría.



Si citamos a Aretha Franklin como la cumbre del soul femenino, por justicia habría que traer a Otis Redding que sería algo así como su versión masculina. Tras el éxito que había tenido su música en el Festival de Monterrey, se animó a grabar (Sittin On) The Dock of the Bay el 6 de diciembre de 1967. Cuatro días después fallecería en un accidente cuando viajaba en una avioneta, junto su grupo, al caer en el lago Monona de Wisconsin. The Dock of the Bay llegó, posmortem, al número uno del Hot 100 y de R&B del Billboard.



En 1971, Marvin Gaye tuvo muchas dificultades para publicar What’s Going On en el sello Motown, ya que Berry Gordy, fundador del sello, no estaba precisamente encantado de que en el disco se hablara de derechos humanos y del medio ambiente. Pero Gaye prometió no volver a grabar en la Motown a no ser que What’s Going On se editara en single. Resultado: un gran éxito que forzó a que poco después el álbum se editara completo. Casi medio siglo después, se puede escuchar esta magnífica suite como una defensa de los derechos de la comunidad negra de Estados Unidos.



¿Podemos incluir a Michael Jackson en una lista de música negra? Ya sabemos todos su trayectoria, su deseo de cambiar de color de piel que acabó en un verdadero desastre. Pero no lo podemos dejar fuera especialmente cuando se trata de Thriller el disco más vendido de la música popular. Creo que poco se puede añadir a todo lo que se ha dicho de esta joya que se ayudó de un magnifico videoclip para escalar a una fama inusitada. Ah, todavía en el año 1982 a Michael Jackson se le podía reconocer como a un artista negro.



¿Podía alguien competir e, incluso, destronar a Michael Jackson de la cumbre en la que estaba instalado allá por la década de los ochenta? Alguien se lo llegó a plantear cuando en 1987 apareció Introducing the hardline according to Terence Trent D’Arby. Este primer álbum causó unas enormes expectativas, pues sus temas se movían entre el funk y el R&B, conteniendo temas tan potentes como If you let me stay y Dance little sister. Sin embargo, Sign your name lo catapultó al primer puesto de las listas británicas y al tres de Estados Unidos. Tras este magnífico disco las expectativas sobre Terence Trent D’Arby no se llegaron a cumplir.



He hablado de los distintos estilos musicales predominantes en los artistas negros; sin embargo, cabe preguntarse: ¿el folk, también? A esta pregunta habría que responder que son muy escasos, aunque entre ellos se encuentra Tracy Chapman. Y de esta gran cantautora, con una inclinación por las letras de tipo social, destacaría su primer álbum que lleva su propio nombre. Ahí, por ejemplo, se encuentra Talkin´ ´bout a revolution, que bien podría escucharse en los días en los que parte de la población estadounidense se rebela contra el racismo que protege Donald Trump.



En el año 1994 ve la luz illmatic, un disco brillante dentro de la escena del hip-hop de Nueva York, aunque su autor, Nas, es un joven rapero de tan solo 20 años que procede de Queensbridge, un auténtico gueto de esta gran urbe. Pero, como leo en Rockdelux, “la grandeza de esta obra maestra de la música contemporánea estriba, precisamente, en que no se deja ser el arrebato nihilista, desbocado e impulsivo de un chaval de 20 años azotado por la vida y sus circunstancias que primero quiso ser leyenda y luego estrella”.



Cierro este breve recorrido con un disco de 2018: Dirty Computer, de la cantante negra estadounidense Janelle Monáe. Procedente de Kansas City, Janelle Monáe bebe de las fuentes que manaron de la creatividad de David Bowie, Grace Jones o Prince, entre otros. De este modo, la artista del tupé alargado, aunque se la inscriba dentro de la línea del rhythm and blues, lo cierto es que su último disco es eminentemente ecléctico, lo que la hace ser de las artistas más interesantes del actual panorama musical.

AURELIANO SÁINZ

7 de junio de 2020

  • 7.6.20
En ocasiones, hay cuadros que se convierten en auténticos relatos visuales de hechos que han marcado la historia de nuestro país. Es lo que aconteció con dos obras de Antonio Gisbert (1835-1901): El fusilamiento de los comuneros de Castilla, que aparece en el artículo El bicentenario del Museo del Prado y El fusilamiento de Torrijos. Ambos lienzos los he comentado con anterioridad debido a la relevancia que presentan.



Y ahora, dado que para un diario digital de Extremadura he estado escribiendo la vida de don Álvaro de Luna, quien fuera el valido del rey Juan II de Castilla, me ha parecido oportuno mostrar en este caso la obra del pintor sevillano José María Rodríguez de Losada (1826-1896) titulada Colecta para sepultar el cadáver de don Álvaro de Luna y que, al igual que la primera que he citado de Antonio Gisbert, pertenece a los fondos históricos que se encuentran actualmente en el Senado.

Pero antes de comentar este estremecedor lienzo, realizaré una breve semblanza de quien, sin lugar a duda, fue el personaje más importante en el reino de Castilla en la primera mitad del siglo XV. Álvaro de Luna nació en 1390 en Cañete, un pequeño pueblo de la provincia de Cuenca. Fue hijo natural de Álvaro Martínez de Luna, noble aragonés, y de María Fernández Jaraba, a quien se la conocía como La Cañeta.

Sobre sus orígenes maternos se sabe muy poco, solo que su madre tuvo algunos hijos más, al parecer de padres distintos. Uno de esos hijos, Juan de Cerezuela, habido en matrimonio con el alcaide de Cañete, un tal Cerezuela, llegó a ser arzobispo de Toledo.

Cuando cumplió los dieciocho años, Álvaro fue introducido en la Corte como paje del pequeño rey Juan II por su tío Pedro de Luna. Muy pronto se ganó el cariño del pequeño monarca que por entonces tenía tres años, dado que este recientemente había perdido a su padre, por lo que el nuevo paje vino a cumplir esas funciones paternas de confianza y seguridad en sí mismo que al nuevo rey siempre le faltaron.

El ascenso en la Corte fue permanente e imparable, ya que llegó a ser condestable de Castilla, maestre de la poderosa Orden de Santiago y valido del rey Juan II de Castilla, al tiempo que se le concedió el título de conde de Alburquerque.

Pero esta acumulación de poder y de bienes siempre tuvo la oposición de gran parte de la nobleza castellana y de los Infantes de Aragón, especialmente el infante don Enrique que se convirtió en su gran enemigo. De todos modos, su declive aparece cuando, curiosamente bajo su consejo, Juan II toma por segunda esposa a la infanta Isabel de Portugal, ya que de forma muy temprana la nueva reina busca incansablemente separar a su esposo de quien había sido su fiel e incondicional consejero durante cuarenta años.

Así, la agitada vida de don Álvaro de Luna acaba el 2 de junio de 1453, cuando había cumplido los sesenta y tres años, al ser ejecutado en Valladolid por orden del propio rey y sin que mediara un juicio previo; solamente contó con el respaldo de diez nobles del Consejo del Reino en esa sentencia condenatoria.

Una vez que se hace pública la sentencia, Juan II despliega todo su poder y fuerzas para desvalijar y apropiarse de las enormes propiedades, especialmente en Castilla y Extremadura, que pertenecían a quien había sido su condestable.

Pronto se llevaría a cabo la ejecución. Así, al amanecer del día 2 de junio de 1453, se presentan en la casa las fuerzas que le acompañarán al cadalso, al tiempo que se le ordena que bajase a la calle. Cubierto de una capa negra, le acompañan dos religiosos franciscanos como parte del cortejo que camina hacia la plaza en la que se prepara la ejecución.

Se llega a una plaza repleta de gentío. El pregonero, que ha ido leyendo durante todo el recorrido el mandamiento de ejecución, acompaña al verdugo para acercarse juntos al patíbulo. Una vez arriba, el verdugo sacó un cordel para atar las manos del condestable y le indica el lugar en el que debe apoyar la cabeza.

Según el cronista Gonzalo Chacón, tras el impacto del hacha sobre el cuello de Álvaro de Luna, se escuchó un tremendo alarido colectivo que salía de la garganta de quienes se encontraban en la plaza presenciando este cruel espectáculo. Instantes después, se cubrió de un denso silencio todo el entorno de la plaza.

El cuerpo del condestable estuvo allí expuesto durante tres jornadas, mientras la cabeza colgada permaneció nueve días. Junto al cuerpo yacente se colocó una jofaina de plata con el fin de recabar las limosnas de aquellos que quisieran darle un enterramiento a quien fue condestable de Castilla y maestre de la Orden de Santiago.

Pasados los días, vinieron los frailes de la Misericordia para llevarse el cuerpo y la cabeza a la iglesia de San Andrés, que era el lugar en el que se enterraban a los ajusticiados. Poco después, y con gran acompañamiento, se le conduce al monasterio de San Francisco. Finalmente, reinando ya Enrique IV, primogénito de Juan II, se trasladan sus restos a la suntuosa capilla de Santiago que el propio don Álvaro había erigido con anterioridad en la catedral de Toledo.

Tras la ejecución, el rey de Juan II de Castilla sobrevivió algo más de un año a su valido, pues falleció en Valladolid el 20 de julio de 1454, contando con tan solo cincuenta y un años. Según todos los autores consultados, murió obsesionado con la firma de la sentencia a muerte que había dictado contra quien había sido su leal protector durante más de cuarenta años.



Volviendo al lienzo de la portada, tendría que indicar que José María Rodríguez de Losada, con el fin de dar el mayor rigor a su lienzo, se basó en un fragmento de la Historia General de España, escrita por el padre Mariana.

Sin embargo, el cuadro, cargado de dramatismo y teatralidad, presenta un error histórico, dando lugar a que solo se le concediera una mención honorífica en la Exposición Nacional de 1866: el crucifijo que aparece en pleno centro del lienzo de ningún modo se corresponde con uno del siglo XV; su estética pertenece al barroco, estilo artístico muy posterior a la fecha en la que fue ejecutado don Álvaro de Luna.

Aparte del lienzo de Rodríguez de Losada, hubo otro pintor del siglo XIX que había abordado con anterioridad la ejecución de quien había sido el valido del rey Juan II de Castilla. Se trata de El entierro del condestable don Álvaro de Luna, del pintor madrileño Eduardo Cano de la Peña (1823-1897), obra que se encuentra expuesta en el Museo del Prado.

A Eduardo Cano se le concedió la medalla de oro por este cuadro en la Exposición Nacional de 1857, tras haberla ganado también en el año anterior con su lienzo Cristóbal Colón en el convento de la Rábida. Estos dos premios nos indican que nos encontramos ante uno de los grandes pintores historicistas españoles del siglo XIX.

Esta obra, con claros predominios de los tonos ocres y de grandes dimensiones, carece del enorme dramatismo que mostraba la de Rodríguez de Losada, puesto que, en este segundo, el autor caso se centraba en la recogida de limosnas por los frailes franciscanos para dar sepultura en Valladolid a quien se le considera como el personaje más significativo en la Corona de Castilla de la primera mitad del siglo XV.

AURELIANO SÁINZ

31 de mayo de 2020

  • 31.5.20
Hace unos días salí temprano para realizar una caminata a paso ligero, como suelo hacerla diariamente, con la intención de pasarme después por Carrefour para comprar algunas cosas. Como ya es obligatorio portar la mascarilla, aunque en los espacios abiertos en los que se puede mantener la distancia de más de dos metros no es necesario tenerla puesta, la llevaba en la mano, dado que el centro comercial se encuentra en la zona norte de Córdoba con grandes espacios libres por los que podía caminar sin cruzarme con nadie.



Mientras hacía el recorrido me vino a la mente el Trabajo Fin de Grado que he dirigido a un alumno acerca de la etapa dorada del cómic español correspondiente a las décadas que van desde la posguerra hasta finales de los setenta. En medio de ese pensamiento ensimismado, apareció uno de los míticos personajes que el alumno analizaba en su trabajo: El Guerrero del Antifaz.

Tengo que reconocer que El Guerrero del Antifaz para mí quedaba en relevancia detrás del Capitán Trueno, por cuyas aventuras sentía verdadera pasión. De todos modos, hay que entender que estos personajes han formado parte de una generación que creció con las historias de los héroes de los cuentos gráficos, ahora denominados cómics.

Una vez que pasé al centro comercial, fui bastante rápido en la compra. Tras haber introducido en el carrito todo lo que llevaba apuntado, me puse en la fila, aunque no esperé mucho dado que me encontraba entre los primeros en entrar. Al momento tuve una pequeña sorpresa cuando puse todas las cosas en la cinta para abonar el importe.

“Buenos días, don Aureliano”, me saludó el joven rubio y con coleta que se encontraba en la caja que me correspondía. “A pesar de que ahora todos llevemos mascarilla le he reconocido, pues en ocasiones ha pasado por esta caja que hoy me toca mí”.

Me llamó la atención que me recordara incluso con la mascarilla puesta. “Te agradezco que me identifiques entre tanta gente que tienes que atender”, le respondo. “Y además es curioso esto de las mascarillas, puesto que nos tapa parte de la cara, por lo que antes de venir aquí estaba pensando en un personaje de cómic de mi generación que se llamaba El Guerrero del Antifaz, del que nunca nos llegamos a enterar quién era por llevar parte de la cara tapada”.

“¡Yo también conozco al Guerrero del Antifaz, pues mi padre era un gran aficionado a los cómics y tenía muchos de él, por lo que yo también los he leído!”, me dice para mi asombro, ya que pensé que no habría oído hablar de este singular personaje.



Como algunos de los que estén leyendo estas líneas no sabrán de quién estoy hablando, conviene que echemos una mirada hacia atrás retrocediendo bastantes décadas. Así, corrían los años cuarenta del siglo pasado –para ser más exacto, en 1944– cuando inicia su andadura un jinete enmascarado con una gran cruz negra en el pecho: era El Guerrero del Antifaz, cuyas historias aparecerían semanalmente en los quioscos.

Un héroe atormentado, puesto que, según se nos narraba, era hijo de la condesa de Roca, que con tan solo dos meses embarazada fue raptada por el malvado reyezuelo musulmán Alí Kan que la convierte en su mujer. Al nacer el niño, su raptor cree ser su padre, por lo que es educado bajo la creencia de que él será el heredero de Alí Kan. De este modo, el futuro Guerrero del Antifaz se batía con toda ferocidad contra las fuerzas cristianas allá por los últimos tiempos de la Reconquista.

Sin embargo, a los veinte años su madre le revela la verdad, razón por la que es asesinada por el malvado Alí Kan. A partir de ese momento, jura vengar la muerte de su madre, batiéndose con quien hasta entonces había creído que era su progenitor, aunque solo consigue herirle. Huye y, abrumado por el sentimiento de culpa, se pasa al bando cristiano, disfrazándose con un antifaz para que no se le conozca su verdadera identidad.

Con este sorprendente principio, que parece extraído de una auténtica tragedia griega, se inician las aventuras de El Guerrero del Antifaz que creara el dibujante Manuel Gago. Aventuras que tuvieron una vida de casi veintidós años, ya que su primer período alcanzaría hasta 1966, tras haberse publicado 668 cuadernos apaisados, en los que solamente la portada aparecía a color, puesto que el interior era en blanco y negro.

Como es de suponer, quien no tuviera o no hubiera leído el primer ejemplar se introducía en las eternas batallas entre guerreros cristianos y musulmanes que se desarrollaban en la península (aunque posteriormente se desplazan a otros países árabes) sin que pudiera conocer las razones por las que el protagonista nunca mostraba el rostro. Un enigma que yo no llegué a entender hasta pasado bastante tiempo.



Desde la perspectiva actual, y para comprender el significado y los valores que se transmitían en esta colección de enorme éxito, pues se llegaron a vender 200.000 ejemplares en algunas ediciones, hemos de entender que esta serie vio la luz cinco años después de la finalización de la Guerra Civil, por lo que, lógicamente, era necesaria la exaltación de los ideales que por aquellos años habrían de consolidar el régimen franquista.

Años en los que el catolicismo se convirtió en la religión oficial del Estado, razón por la cual todo el mundo tenía que vivir bajo las estrictas normas morales que dictaba la Iglesia. Así, El Guerrero del Antifaz no solo no besa en ningún momento a su eterna novia, Ana María, sino que ni siquiera la tocaba. Bueno, pudo hacerlo en el número 362 en el que por fin se casa con su paciente prometida, por lo que nuestro protagonista, hijo de la condesa de Roca, entra de manera plena a través del matrimonio en la nobleza castellana, dado que su amada era hija del conde de Torres.

Puesto que las aventuras de estos héroes siempre se cerraban con un ‘continuará’, alargándose las historias número tras número, era necesario que se incorporase alguna novedad relevante. De este modo, llega el momento en el que el protagonista y Ana María acaban siendo padres de un niño que recibirá el nombre de Adolfito (¡vaya nombre para el hijo de un mítico personaje!).

Por otro lado, como la casta Ana María no era un modelo para las fantasías desbordantes de los muchachos de entonces, ya en las primeras aventuras del Guerrero aparecen las sensuales Zoraida y Aixa (más tarde se incorpora la Mujer Pirata) cuyas contorneadas figuras pueden verse incluso a través de insinuantes velos. Ni por esas: El Guerrero se mantiene impasible a las seductoras insinuaciones de las bellas árabes. Él tenía una gran misión que cumplir de la que no puede separarse bajo ningún pretexto.

¡Qué tiempos aquellos en los que ni los castos besos se les permitían contemplar a unos adolescentes deseosos de ver algo más que unas leves insinuaciones amorosas! Pero es que el control moral, especialmente en lo referido al sexo, que por aquellos años desplegaba la Iglesia era absoluto. Y no digamos la vigilancia que se ejercía a las jóvenes parejas.

Lógicamente, este puritanismo se trasladaba al mundo de la ficción de nuestros héroes, quienes, fuertes, valientes y en constante lucha contra el mal, parecían seres asexuados, o mejor dicho, fríos como el mármol, que no se inmutaban ni siquiera ante la presencia de las bellas huríes de un sensual y libidinoso paraíso musulmán.

Para que podamos entender lo que estoy comentando, me remito como ejemplo a la viñeta que acabamos de ver, en la que nuestro Guerrero, como héroe salvador, viene a rescatar a su amada Ana María de las garras de los musulmanes, al tiempo que le habla de un verdadero y encantador paraíso que no tenía nada que ver con el de Alá (lo sorprendente es que Ana María exclama ante esta proposición: ¡Qué horror!).



Como suele suceder con las series que han tenido éxito, pero que un día les llegó su final, pasado el tiempo se intenta resucitarlas con el fin de saber si conectan con las nuevas generaciones o reaparecen como estrategia de nostalgia para quienes las siguieron en sus orígenes. Es lo que aconteció con El Guerrero del Antifaz que, en 1972, volvió a reeditarse, esta vez a color y en formato vertical, al tiempo que se suprimían algunas palabras o se cambiaban escenas que ya no se veían convenientes.

Debido al éxito de la reedición, un paso más adelante se produjo cuando, en 1978, Manuel Gago retoma al personaje publicando Las Nuevas Aventuras del Guerrero del Antifaz, que contó con solo 110 números, ya que su creador falleció dos años después. Pero el nuevo Guerrero difería bastante del original, ya que hemos de tener en cuenta que en 1975 moría Franco, por lo que la transición a la democracia conllevaba grandes cambios en los valores y costumbres de nuestro país. Poco a poco, se dejaba atrás esa España gris en la que se desarrollaron las aventuras de los grandes héroes de los cuentos en papel.

Como cierre, quisiera indicar que los necesarios análisis y críticas que ahora debemos hacer no pueden hacernos olvidar que esos personajes llenaron de disfrute y lecturas a una generación cuyos entretenimientos eran muy escasos. Hoy, los que crecimos con ellos, tenemos que agradecerles que vinieran a fomentar la fantasía de quienes esperábamos impacientes sus llegadas semanales a los quioscos.

Y aunque parezca que me he remitido a tiempos periclitados, no podemos olvidar que todas las generaciones necesitan relatos, en las modalidades que sean, que les cuenten maravillas de épocas pasadas que les sirvan de faro y horizonte en sus incipientes sueños de aventuras por la vida, aunque conviene saber qué valores son los que fomentan, pues esos valores, positivos o negativos, van a formar parte de la educación emocional de los más jóvenes.

AURELIANO SÁINZ

24 de mayo de 2020

  • 24.5.20
Cuando se anunció la denominada "desescalada" comprendí que mi tarea de ‘DJ de barrio’ se acercaba a su final. Habían sido, pues, dos meses poniendo música tras los aplausos de las ocho de la tarde, por lo que, en medio del ambiente de tristeza que se percibía durante la reclusión, lograba que, junto a los vecinos de mi barrio, disfrutáramos durante media hora de música, sintiendo que quienes cantaban pareciera que lo hacían como si fuera una actuación en directo.



Tal como expliqué en un artículo anterior, comencé con todo tipo de música, pero poco a poco me fui decantando por aquella que le gustaba a quienes eran fieles y permanecían en los balcones y terrazas. Me di cuenta de que la gente más joven fue paulatinamente desapareciendo, de modo que quedábamos los que peinamos canas o los que tienen poco que peinar.

De este modo, las canciones de ‘la nostalgia’ comenzaron a tomar protagonismo. Y no porque fueran las que, de modo general, yo prefiriera, sino porque quienes perseveraban como oyentes al final me comentaban las que más les habían gustado.

Así, la copla, el flamenco, el bolero y las distintas músicas de América Latina pasaron a un primer plano. Puesto que contaba con muchos días por delante, me surgió el problema de que el repertorio de cedés que tenía en español y que sonaban bien en el espacio abierto empezaba a terminarse, por lo que se me ocurrió encargar algunos de ellos, de forma que al final del recorrido han sido unas 400 canciones las que he puesto.

En mi ayuda vino el cuádruple cedé de María Dolores Pradera titulado La colección definitiva. Nada menos que contenía cien canciones, desde los tiempos en los que ella empezara en los años cincuenta hasta su última grabación, en la que estuvo acompañada de gente tan conocida como Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina, Ana Belén e, incluso, José Mercé o Estrella Morente. En realidad, una pequeña joya porque la grabación era magnífica, ya que la voz de María Dolores Pradera se escuchaba con toda nitidez en medio del silencio del atardecer.

Los cuatro discos contenían numerosas canciones que han formado parte de la memoria musical de quienes ya tenemos bastantes años. Sería difícil hacer una selección porque muchas que todos recordamos quedarían fuera; no obstante, allí se encontraban Ansiedad, La flor de la canela, Fallaste corazón, Volver, volver, Noche de ronda, Toda una vida y… El rosario de mi madre.

Para el último domingo, ya que en el lunes siguiente la gente comenzaría a salir a la calle, planifiqué una sesión con las canciones que más habían gustado durante aquellos días de confinamiento. Entre ellas, incluí de manera intencionada El rosario de mi madre, que no había puesto con anterioridad.

Quería al finalizar, antes de recogernos para dentro, tener un rato de charla con unos vecinos sobre los cambios que se habían producido en el modo de entender el amor y el desamor al cabo de los años, o, lo que es lo mismo, los sentimientos y pasiones que se expresaban en aquellas canciones y cómo se hace hoy.

Y es que me había dado cuenta al escuchar detenidamente los boleros, las coplas, los tangos o los mariachis, con la carga del desgarro amoroso que muchos de ellos contienen en sus letras, que nos remitían a un tiempo en el que la radio era el medio de comunicación por excelencia, por lo que las canciones reinaban en las ondas y llegaban a un público que se las aprendía y que también las cantaba en determinados momentos.

Aquellas letras nos hablaban de amores apasionados, de traiciones que cubrían de luto el alma de quienes sufrían esos terribles desengaños, de pasiones, de arrebatos, de sentimientos en los que la ansiedad, la angustia y la desesperación embargaban a los enamorados, tal como se nos decía en Toda una vida.

También eran tiempos en los que los amores rotos se guardaban musicados con un inmenso penar, pero no se exponían en público, sino que se mostraban en las letras de esas canciones ante la justicia divina que era quien tenía poder para juzgar tanto dolor con el que había que convivir. No es de extrañar que esto se manifestara claramente en la citada canción El rosario de mi madre. Dice así:

“Aunque no creas tú / Como que me oye Dios / Esta será la última cita de los dos / (…) / Devuélveme mi amor para matarlo / Devuélveme el cariño que te di / Tú no eres quien merece conservarlo / Tú ya nada vales para mí / (…) / Devuélveme el rosario de mi madre / y quédate con todo lo demás / Lo tuyo te lo envío cualquier tarde / No quiero que me veas nunca más”.

Fin de la historia. Fin de unos enamoramientos ardientes, a los que les seguían desamores desgarrados por tanto dolor. Se rompe una relación cuyos recuerdos se guardaban en almas atormentadas. Ahí están todas esas coplas y boleros que nos lo atestiguan.



Pero la vida continua. La vida cambia. La vida ya no está para caminar con tantas penas. En estos tiempos ya no existen o no se cantan a amores cargados de fuego. Vivimos en la era digital, en la que todo fluye, todo muta, todo es provisional. Vivimos en el reinado de las redes sociales que son las que ejercen el poder, la autoridad y la atracción ante un público entregado en cuerpo y alma a sus cantos de sirena.

En estos tiempos hay enamorados que cuelgan, día tras día, sus fotos en Facebook o en Instagram para que todo el mundo las contemple. Nueva era en la que imperiosamente necesitamos ser vistos, ya que no somos nada ni nadie si la gente no nos ve, no habla de nosotros y no nos aplaude, pues ahora ‘la imagen lo es todo’.

No obstante, a estos amores tan mediáticos, y a pesar de que la pareja enamorada piense que le va a durar toda la vida, puede que un día le alcance el final. Entonces no será ni el oído ni la mirada divina la que desde lo alto enjuicie lo que ha pasado y se compadezca de los tormentos de quien se considere la gran víctima del desamor (pues siempre hay alguno de los dos que siente que se lleva la peor parte).

Ahora son las compañías tecnológicas estadounidenses las que deciden. Son las mismas a las que alegremente les habíamos entregado una parte importante de nuestras vidas y, lo que es peor aún, esas fotografías que con tanta ilusión y ligereza colgábamos en sus redes para que todo el mundo nos viera y admirara de lo muy enamorados que estábamos.

Pero, ay, a Facebook o a Instagram no se les puede rezar, ni suplicar, ni enviarles ningún rosario. Son máquinas frías y calculadoras. Contritos, pues, esos enamorados sabrán que la religión de esos entes es el puro beneficio, por lo que solo con una alta suma (abogado por medio) será posible que borren las huellas del amor que creían eterno.

Tristemente, y de forma tardía, habrán descubierto que ese romance, ahora convertido en amargo desencanto, ha dejado numerosas huellas expuestas a las disimuladas burlas y chanzas de algunos de los que antes aplaudían. Y para colmo de males, no tendrán a nadie que les dedique uno de aquellos apasionados y añejos boleros con el que ahogar sus penas.

AURELIANO SÁINZ

17 de mayo de 2020

  • 17.5.20
En el artículo anterior, Aquellos inolvidables años, citaba al psicólogo estadounidense Viktor Lowenfeld refiriéndome a lo que él denominaba la Edad de la pandilla, aludiendo a la formación de los primeros grupos de amigos que se crean en la preadolescencia o infancia tardía.



Este es un hecho que me atrevería decir que es universal pues, en todas las culturas desarrolladas, niños y niñas están escolarizados desde edades tempranas, por lo que dentro de ese ambiente escolar surgen los primeros inicios de la amistad, valor humano al que le doy una gran importancia, pues nada mejor que tener buenos y leales amigos para que el tránsito por la vida sea lo más dichoso posible.

Hablando con un amigo de este tema, me aseguraba que las pandillas se forman a cualquier edad, no solo en la preadolescencia. Le indiqué que tenía razón, pero la idea de las pandillas de adultos (entendidas en el mejor sentido de la palabra) alude a los grupos de amistades que se forman con alguna finalidad concreta; sin embargo, la construcción de la amistad no se suele hacer de manera grupal, sino de uno en uno, puesto que esa formación es un proceso de mutuo conocimiento y de entendimiento en los aspectos esenciales de la personalidad.

Hemos de reconocer que los amigos de verdad, aquellos con los que te puedes sincerar, no son muchos, pues abrir la intimidad hacia otros no es fácil, ya que lo solemos hacer de forma precavida por el temor a que no se respete la confianza depositada en otro, dado que la falta de respeto o, peor aún, la traición a esa confianza, se vive de una manera muy dolorosa.

Sobre la amistad se han escrito hermosas páginas y se han vertido numerosos aforismos para ensalzarla. También, en sentido contrario, para cuestionarla e ironizar sobre ella, pues, a pesar de que se supone que está al alcance de cualquiera, lo cierto es que llegar a una sincera y leal relación de amistad parece algo difícil de lograr, dado que, tal como he indicado, se encuentra expuesta al desencanto o, peor aún, a la deslealtad.

Podría parecer que me remonto excesivamente lejos citando a los clásicos griegos y romanos, pero es que, en mi opinión, las mejores palabras sobre la amistad las podemos encontrar en Aristóteles y su obra Ética a Nicómaco. Creo que desde entonces no se han escrito tan profundas reflexiones sobre lo que significa ser amigo. De igual modo, en el mundo de la antigua Roma, Cicerón y Séneca nos legaron magníficos escritos sobre el significado de la amistad.

Como pequeña síntesis, en estos momentos me gustaría traer a colación una frase del filósofo griego Epicuro en la que nos dice: “Cada mañana la amistad recorre la Tierra para despertar a los hombres, de modo que puedan hacerse felices mutuamente”.

Hermosa frase en la que se une el valor de la amistad con el sentimiento de felicidad, pues no hay nada tan placentero como la charla tranquila con un buen amigo, con alguien que te conoce, que sabe cómo eres, que tiene plena confianza en ti, ya que sabe que no le vas a mentir, al tiempo que lo encontrarás en el momento en el que lo necesites.

De todos modos, hay quienes sospechan que los tiempos actuales no son los más adecuados para forjarse buenas amistades. En este sentido el psicólogo italiano Francesco Alberoni se hacía la siguiente pregunta: “¿Está la amistad al alcance de todos en una sociedad como la nuestra, fuertemente competitiva y en la que cada vez se potencia más el que cada uno vaya a lo suyo?”

Me temo que la actual sociedad, individualista y competitiva en la que hemos crecido, no favorece la formación de amistades sólidas, por lo que se han multiplicado los contactos a través de las redes sociales para que a esas relaciones un tanto superficiales se las acabe denominando como ‘amigos’.

Ante este panorama no es de extrañar que haya un número amplio de autores que duden acerca de la existencia de verdadera amistad. Sobre ellos se podría hacer una pequeña antología. Para no extenderme, traigo un par de citas a modo de ejemplos.

Así, el escritor británico H. G. Wells afirmaba que “el camino para medrar en la posición social está y estará sembrado de amistades rotas”, y el francés Honoré de Balzac decía que “la amistad dura poco cuando uno de los amigos se siente superior al otro”. Si estas sentencias las aplicamos a nuestro mundo de ahora quedaríamos muy mal parados, ya que la competitividad y la creencia en sentirse superior, aunque no se manifiesten de manera explícita, están a la orden del día.



En mi caso particular, puedo enorgullecerme de contar con muy buenos amigos. Aunque también tengo que admitir que a lo largo de mi ya dilatada vida he conocido dolorosas decepciones. Y es que la amistad se basa en la confianza y el respeto que depositamos en el amigo, pensando que no nos va a fallar, por lo que no es posible construir una relación sólida calculando, sospechando o interpretando constantemente lo que el otro ha querido decir. O, peor aún, utilizándola para los propios intereses.

Tal como apuntaba al principio, hay casos en los que la amistad arranca de los años de la infancia, por las experiencias compartidas en la misma escuela o por las vivencias de aquellos grupos que se formaban en los juegos. Es lo que a mí me sucede con Emiliano Roa y Pedro Moreno, con quienes compartí los pupitres de la escuela de don José Sánchez; o con Diego Bas quien, yendo a la escuela de don Pedro Márquez, era compañero en el Llano del Pilar de los interminables juegos que por entonces desarrollábamos fuera de las casas.

Aunque actualmente los cuatro vivimos en sitios distintos, desde entonces mantenemos inalterable nuestra amistad, de modo que Alburquerque se convierte en el punto de encuentro que con cierta frecuencia llevamos a cabo.

Por otro lado, creo que la formación de los amigos no se circunscribe a la adolescencia y a la juventud, como habitualmente se piensa. También se pueden crear en la madurez, aunque a medida que se avanza en edad resulta más difícil, dado que ya se tiene forjada una historia personal, por lo que resulta más complicado lograr conectar a fondo con alguien con quien compatibilizar el conjunto de experiencias vividas.

No obstante, y como suele decirse, toda regla tiene sus excepciones. Es el caso de la ‘pandilla’ o buenos amigos que formamos la gente de Adepa, quienes perteneciendo a generaciones distintas hemos logrado formar un grupo bastante cohesionado, no solo para mantener un objetivo común, como es la defensa del Patrimonio, sino también como equipo que sabe disfrutar de momentos impagables, pues la alegría y el buen compañerismo son la base de este grupo de amigos. Como expresión palpable de esto que indico, muestro la fotografía que nos hicimos en el último encuentro que llevamos a cabo en el pueblo.

Para cerrar, tengo que apuntar que, lógicamente, en estas breves líneas no se agota un tema tan relevante como es el de la amistad, por lo que volveré en otra ocasión para abordarla de manera más amplia. Quedan, pues, en el tintero muchas preguntas que podríamos formularnos. Una de ellas podría ser esta: “¿Es posible la amistad entre el hombre y la mujer, o solamente se da dentro y en cada uno de los géneros?”.

Si he traído a colación esa pregunta se debe a que Francesco Alberoni opina que esa amistad no es posible; sin embargo, en este punto discrepo acerca de lo que piensa el psicólogo italiano y, aunque nos es lo habitual, creo que sí se puede llegar a darse una real amistad entre el hombre y la mujer.

AURELIANO SÁINZ

10 de mayo de 2020

  • 10.5.20
Cuando un día, a inicios del confinamiento, se me ocurrió colocar un bafle grande en la ventana, bien sostenido para que no cayera a la calle, tras finalizar los aplausos de las ocho de la tarde, y con el fin de dar las buenas noches con la canción Sweet Dreams de Eurythmics, no me podía imaginar que a partir de ese momento me iba a convertir en una especie de ‘DJ de barrio’, tal como me dijo un amigo cuando le comenté la experiencia.



Y es que la acogida, tanto por parte de los vecinos del bloque en el que vivo como de otros de la calle o los del entorno del barrio fue mucho mejor de lo que yo me imaginaba, puesto que nadie se quejó al escuchar la música que yo la ponía a tan alto volumen que parecía que Annie Lennox cantaba en directo.

Los primeros aplausos de los días iniciales se convirtieron en un claro apoyo a lo que ha acabado siendo una especie de encuentro que ya se ha hecho familiar, puesto que ya son casi dos meses escuchando media hora de todo tipo de música: coplas, boleros, baladas, flamenco, rock, country, soul, blues… y un largo etcétera, con lo que ya son más de trescientas canciones las que he seleccionado de la extensa discografía que tengo.

De algún modo tenía que responder a los posibles gustos de la gente de distintas edades que se asomaba para aplaudir a las ocho de la tarde. Así, de la canción de Eurythmics pasé a poner tres o cuatro diferentes en las que siempre incorporaba algunas cantadas en español. Al principio, dentro de nuestro idioma, me serví de un magnífico disco de la joven vasca Izaro titulado Limones en invierno, que casualmente compré en una de mis últimas estancias en Barcelona.

Y digo casualmente, porque yo no la había escuchado con anterioridad. Todo sucedió en un viernes por la mañana, cuando estábamos esperando a nuestro nieto y a sus padres en la Plaza de España. Como nos comunicaron que iban a tardar un poco, se nos ocurrió entrar en una tienda de la conocida cadena FNAC que se encuentra en el multicentro de Las Arenas, una antigua plaza de toros reconvertida funcionalmente y que ha mantenido su fachada original.

Para llenar el tiempo de espera, bajamos a mirar libros y discos. En aquellos momentos en los que vagábamos por la tienda sonaba la voz de una chica cuya canción me pareció muy bonita. Observamos unos carteles que había colocados en distintos puntos y nos dimos cuenta de que estaba prevista una breve presentación suya en uno de los espacios que había destinado a este tipo de eventos.

Nos sentamos tras haber adquirido el disco de Izaro. Si no recuerdo mal, cantó cuatro canciones; un par de ellas con acompañamiento. Al acabar, se formó una pequeña cola de gente joven que quería que le firmaran el disco. Yo me coloqué el último, pues era evidente que pertenecía a otra generación distinta a la suya.

Cuando ya estábamos solos, tras saludarla, me preguntó: “¿Qué te gustaría que pusiera en la dedicatoria?”. En ese momento, de forma improvisada le dije: “Puedes poner por ejemplo, para la paz, la igualdad y la libertad”. Ella, un tanto sorprendida, me respondió: “Es la dedicatoria más original que me han pedido…” Entonces miré hacia Flora que estaba esperando al final de los asientos, y le indiqué: “Puedes añadir abajo: Y también para Flora”, frase que al decírsela la acompañé con la mirada hacia el sitio en el que mi mujer se encontraba para que supiera a quién me estaba refiriendo.



En aquellos días que pasé en la ciudad condal, el magnífico disco de Izaro me estuvo acompañando de manera constante. No es de extrañar, pues, que en algunas ocasiones, y al acabar la selección que todos los días realizo, cierre con Oso blanco, canción muy alegre y optimista, al tiempo que es un verdadero canto a la vida.

Con el paso de los días, he ido ampliando el número de canciones, comprendiendo ahora qué temas son los que más gustan. Como detalle, tengo que apuntar que hay algunos cantantes, masculinos o femeninos, o canciones que, aun gustándome mucho, me resisto a poner. Una de ellas es Chavela Vargas, ya que su intensa, áspera y desgarradora voz se acompaña de unos textos tan cargados de dramatismo que creo que no son los más adecuados para esta hora en que se homenajea a aquellos hombres y mujeres que están en primera línea en la lucha contra la epidemia.

También tardé un poco en poner flamenco, ya que no soy ningún experto en este ámbito. Tengo música de Camarón, Enrique Morente, José Mercé, El Cigala…, pero pensaba que la intensa voz de Camarón iba a sonar como un trallazo en medio de la noche, por lo que comencé con La bien pagá en la versión del Cigala, quien se acompaña al piano de Bebo Valdés. Para mi sorpresa, la acogida fue tan buena que entendí que no podían faltar los otros que he nombrado.

¿Todos los días han sido iguales? ¿No acabaría esto convirtiéndose en algo rutinario? La verdad es que siempre aparecieron algunas pequeñas novedades. Contaré un par de ellas.

En uno de los días en el que en Córdoba llovía a cántaros, me dio tiempo para seleccionar canciones que hablaran de la lluvia. En esos momentos me vino a la mente Have you ever seen the rain? (¿Has visto alguna vez la lluvia?) del grupo Creedence Clearwater Revival, que aparece en Pendulum, para iniciar el recorrido. Lo que no me podía imaginar es que rebuscando entre los cedés encontrara tantos temas que tuvieran a la lluvia como protagonista. Así, aquella tarde, bajo la abundante agua que caía del cielo, estuvimos escuchando canciones que agradecían tal regalo de la naturaleza.

En otro día, subió a casa Pilar, la vecina que vive debajo nuestro. Pensábamos que se trataría de un tema de salud; sin embargo, nos explicó que venía para una cuestión bien distinta. Nos comentó que el próximo jueves su madre cumplía los años y me pedía el favor de si podía dedicarle las canciones de esa tarde a ella.

Lógicamente, le indiqué que sería un placer hacer una selección con aquellas que me había indicado y formaban parte de la memoria emocional de su madre, pero que, de todos modos, quería hacerle un regalo especial.

El regalo consistió en que comenzaríamos con un bellísimo tema cantado por el coro de niños que protagonizaron la película Los chicos del coro. Escucharlo en medio del silencio cuando el sol declina no dejó de ser una experiencia verdaderamente emocionante. Volví a repetirlo a petición de la madre de Pilar.

Para finalizar, cabe hacerse la pregunta: ¿Hasta cuándo uno será ‘DJ de barrio’? Pues, sencillamente, hasta el momento en el que desaparezca definitivamente el confinamiento. Mientras tanto, tal como me lo han expresado algunos de los que nos encontramos en ese tiempo disfrutando de la música, hasta que volvamos a la ‘normalidad’.

Es posible entonces que nos quede un grato recuerdo de la media hora en la que escuchábamos desde los Beatles a Coldplay, desde Camarón a Enrique Morente, desde Carlos Cano a Martirio, desde Emmylou Harris a Johnny Cash, desde Aretha Franklin a Amy Winehouse… Tras este tiempo de casi dos meses ‘DJ de barrio’ me gusta imaginar que quizás hasta echemos un poco en falta el silencio traspasado por las canciones cuando el ruido de los vehículos vuelva definitivamente a ocupar el espacio de las calles.

AURELIANO SÁINZ

3 de mayo de 2020

  • 3.5.20
A medida que caminamos por el sendero de la vida vamos dejando huellas que forman parte de nuestra memoria personal, aunque también colectiva, pues, en ocasiones, las vivencias son compartidas con los amigos o los compañeros que en distintas etapas de nuestra existencia hemos podido encontrar, voluntaria o accidentalmente.



Esas huellas son los recuerdos con los que escribimos en un libro invisible cuyas páginas van aumentando a medida que crecemos, a medida que nos enfrentamos a una realidad cada vez más compleja. Ese libro está marcado por los distintos capítulos o etapas que vamos atravesando, de modo que algunas tienen una significación muy especial.

Una etapa que nos marca en profundidad es aquella en la que comienzan a formarse los grupos de amigos y que suele coincidir con la finalización de los estudios de Primaria y los inicios de Secundaria. Tiene tanta relevancia que el psicólogo estadounidense de origen austríaco, Viktor Lowenfeld, en el estudio evolutivo del arte infantil denominó a esta edad como el comienzo del realismo o la Edad de la pandilla.

En su obra Desarrollo de la capacidad intelectual y creativa escribía lo siguiente: “Una de las características destacadas de esta edad es que los niños descubren que son miembros de la sociedad, una sociedad de iguales. Durante este período, ellos ponen los cimientos para la capacidad de trabajar en grupos y de cooperar en la vida adulta. Los descubrimientos de tener intereses similares, de compartir secretos, del placer en hacer cosas juntos son todos fundamentales”.

Más adelante continúa diciéndonos: “La palabra pandilla ha llegado a tener connotaciones negativas en nuestra sociedad actual, pero, para nosotros, vista desde la edad adulta, poseemos recuerdos gratos del grupo de amigos que por entonces teníamos”.

Desde la distancia que dan los años, parece casi una ley universal el hecho de que, cuando hemos alcanzado o superado el ecuador de nuestras vidas, esa etapa adquiere un brillo especial y el recuerdo de los amigos que por entonces tuvimos se tiñe de una cierta nostalgia al evocar una edad en la que todavía no habíamos entrado en ‘el realismo de la vida’, por lo que los sueños, las ilusiones y las fantasías estaban en plena efervescencia.

Cada cual se representaba mentalmente a sí mismo en un futuro muy lejano con toda la carga de utopía que podía concebir, pues nada le estaba vedado a un campo de la imaginación tan amplio que parecía no tener límites. Así, uno podía imaginarse como el mejor delantero del mundo que emulara a los míticos Pelé o Maradona, o el líder de un grupo de rock que arrasaría en los festivales de mayor renombre, o el nuevo actor que triunfaría no solo en el terreno patrio sino también en la meca del cine estadounidense…

Todo era posible, todo cabía en el cerebro de aquellos niños que se adentraban en el intrincado camino de la vida en una edad en la que los obstáculos no existían o fácilmente podían ser superados por unas mentes que no entendían de barreras.

Tiempo feliz, tiempo de sueños y de grandes proyectos, tiempo en el que el camino a transitar en el futuro se abría con innumerables ramificaciones, tantas como las que se podían lograr con la capacidad de fantasear que se tiene en los inicios de la adolescencia.



Todo lo que acabo de expresar tiene relación con un hecho inesperado que me hizo retroceder mentalmente décadas atrás. Fue hace unas semanas, cuando recibí un correo de Franci, un amigo de la infancia de mi hijo Abel. En el escrito, inicialmente se presenta, dándome su nombre completo (Francisco Manuel Urbano) y preguntándome si yo le recordaba.

Tras la presentación, me pregunta por mi hijo, al tiempo que me comenta que él formaba parte del grupo de amigos que estudiaban en el colegio público Gran Capitán de Montilla y en el que Abel también estaba. Por otro lado, me remarca, no se le olvidaban aquellos viernes en los que, una vez terminadas las clases, yo los llevaba, en mi antiguo coche de la marca Talbot Horizon de color verde oliva, al terreno que se encontraba junto al campo de fútbol para echar unos partidillos entre los dos grupos en los que nos dividíamos.

Días maravillosos para ellos. También para mí, que disfrutaba como portero o defensa (no debía abusar de mi estatura), ya que fueron los últimos pequeños partidos en los que, debido a la edad, podía participar. Juego y deporte que siempre me había apasionado desde la infancia, por lo que me produjo tristeza abandonarlo para pasar a ser mero espectador.

“¡Claro que me acuerdo de ti, pues en la caja de las antiguas fotografías se encuentran algunas de las que os hice y que siempre las he mirado con detenimiento cuando la abría para encontrar alguna que buscaba!”, le manifesté, sabiendo que la imagen que yo guardaba de él se correspondía a la que tenía siendo un chico que estudiaba en uno de los cursos finales de la extinta EGB.

Efectivamente, ahí se encuentra la pandilla de amigos con la que yo jugaba. En esta que ahora muestro están de pie Ramón, Toni, Franci y José Antonio, y, agachados, Abel y Sergio, los mismos que formaban el equipo base de aquellos lejanos partidos, a los que, ocasionalmente, se sumaba algún que otro compañero.

Han transcurrido muchos años, por lo que, para hacerme una idea de cómo era Franci en la actualidad, le pedí que por favor que me enviara alguna foto reciente. Muy pronto me remitió una en la que se encontraba con su hijo de cinco años, y en la que se apreciaba que el niño se parecía al padre como dos gotas de agua.

Días después de este primer contacto, Franci me indicó que seguía los artículos que yo publicaba en los diarios digitales, y puesto que le había gustado mucho el titulado Carta a mi nieto Abel al cumplir los dos años, me preguntó, con cierta inseguridad, si podía escribir uno hablando de aquel tiempo lejano en el que disfrutábamos corriendo detrás de un balón.

Inmediatamente le respondí que sí, que para mí sería un placer recordar aquellas fechas inolvidables, puesto que una vez que me trasladé a Córdoba les perdí la pista a algunos de ellos, dado que habían pasado casi treinta años.

“¡Treinta años! Se dice pronto”, pienso para mí mientras le estoy respondiendo. Me detengo un poco delante del teclado y los imagino en el ecuador sus vidas; si es que la vida tiene un ecuador, que lo dudo.

Cambios profundos, pues aquellos chicos que yo conocí ahora todos son padres. Cada uno de ellos con su propia historia. Historias personales en las que han incorporado una de las decisiones y experiencias más importantes que los seres humanos podemos adoptar: la paternidad. Ahora les toca a ellos la apasionante, compleja, difícil y gozosa tarea de encauzar esas nuevas vidas por las intrincadas rutas de la existencia.

Desde aquí, a esos niños hoy convertidos en padres, les deseo todo lo mejor que yo pueda imaginar. Y desde la altura de mis años, me gustaría acudir a las palabras del poeta alemán Jean Paul Richter cuando dijo aquello de que “los buenos recuerdos son el único paraíso del que no podemos ser expulsados”.

Y es que, necesariamente, algunos de los sueños que por entonces anidaban en sus mentes se habrán cumplido; otros, lógicamente, no habrán sido posibles. Sin embargo, espero que siempre permanezcan en sus memorias aquellos días inolvidables, y que los recuerden como parte de ese paraíso de la infancia que, a pesar de las duras vicisitudes que puedan encontrar en la actualidad, nunca les serán arrebatados.

AURELIANO SÁINZ

26 de abril de 2020

  • 26.4.20
Mi querido niño:

Esta es la primera carta que te escribo, una vez que has cumplido los dos años. Espero que sean muchas las que te pueda enviar, pues una de las grandes ilusiones de quienes te queremos es la de verte crecer, de contemplar cómo vas abriéndote a las sencillas cosas de la vida que para ti son grandes descubrimientos, porque, para los pequeños como tú, todos los pasos hacia adelante son importantes hallazgos que los disfrutáis como si hubierais descubierto tesoros escondidos.



Nos hubiera gustado estar presentes en tu cumpleaños ahí en Barcelona, pero ahora, tanto los mayores como los niños, nos encontramos dentro de casa en eso que llaman confinamiento, una palabra muy rara para ti, puesto que comienzas a expresarte en tus primeras frases con palabras que solo mamá y papá entienden bien, pues ellos están todos los días contigo y saben a qué te refieres cuando dices esas cosas tan raras que nos hacen reír a los que te vemos directamente cada un par de meses.

Y digo "directamente" porque, en estos tiempos, tenemos la suerte de hacerlo por el móvil o por la pantalla del ordenador portátil, ya que al notarte tan cerca sentimos que casi estuvieras al lado con nosotros. Esto hace más fácil y llevadero esta especie de encierro que no habíamos previsto, pero al que casi nos estamos acostumbrando.

¡Así, nos da una enorme alegría ver cómo te lo pasas tan bien con las cosas que te preparan en casa para que tengas la impresión de que todavía continuas en la ‘guarde’ con tus coleguillas!

Por otro lado, sabemos que a tu edad no necesitas tanto salir a la calle como les sucede a otros niños que tienen más años, pues, en tu caso, basta la presencia de mamá y papá para que te lo pases bien jugando con lo que ellos te organizan.

El otro día nos reímos mucho cuando comprobamos que de una caja muy grande de cartón te habían hecho una especie de cocina, ¡hasta con un grifo y todo! Tú te entretenías poniendo los platos encima y ‘lavándolos’, tal como a ellos los ves hacer.

También nos divertimos cuando mamá te dibujó con un rotulador negro y en una hoja blanca muy grande un huevo de Pascua y te había preparado una taza chocolate bastante líquido como si fuera pintura para que con una cucharita lo fueras pintando de color marrón. ¡Hay que ver con qué cuidado la cogías para no mancharte, aunque esto todavía es muy complicado para ti!

Como tú el mundo de los mayores no lo conoces, tengo que decirte que a partir de hoy ya podéis salir a la calle con alguien mayor para que vayáis con cuidado. Y como ejemplo, nada mejor que la imagen de la fotografía que he seleccionado para acompañar a esta carta. Es del año pasado, cuando estuvisteis en la playa. Por entonces tenías algo más de un añito y comenzabas a caminar de manera incierta. Más aún sobre la arena, en la que hay muchos hoyos y podías caerte, por lo que papá te guiaba cogiéndote de la mano para llevarte hasta el agua.

Quizás esta imagen sirva de ejemplo del camino que todos los niños como tú debéis recorrer por la vida, pues esta es una gran aventura y que hay que llevar adelante. Y nada mejor que ir acompañado de las personas que a uno le quieren para superar los baches que también se encuentran a lo largo del largo camino.

En esa aventura te surgirán dudas y muchas preguntas, que seguro las harás. Una de ellas es la de por qué te pusieron el nombre de Abel, y te explicarán de que antes de que nacieras acordaron de que si eras niña lo elegiría mamá y si eras niño lo hacía papá. Como al final fuiste un niño te pusieron el de papá, el mismo nombre que siempre yo he escuchado desde muy pequeño, ya que era el de uno de mis hermanos.

Por cierto, ¿te acuerdas del cuento Paco va a África que tantas veces te he leído y hemos visto juntos en casa y en el que tú apretabas con tu dedo sobre unos puntos de las hojas para que se oyeran las canciones africanas? Pues el otro día pensamos mucho en ti, ya que, tras los aplausos que damos los mayores a las ocho de la tarde, puse música de una cantante de un país que se llama Malí y en la que se tocaban los mismos instrumentos que tú oías en ese cuento musical que tanto te gusta.

Bueno, mi querido nieto, estamos deseando poder viajar a Barcelona de nuevo para jugar contigo y estar con mamá y papá. Queremos verte, darte muchos besos y saber que sigues tan alegre y tan feliz como siempre.

Desde Córdoba te enviamos un beso grandísimo.

AURELIANO SÁINZ

19 de abril de 2020

  • 19.4.20
Cuando visitamos los grandes museos, caso del Prado o del Louvre, y entramos en las salas en las que se exponen los lienzos de tipo historicista es cuando se comprende, por comparación, que actualmente nos encontramos en la cultura de la imagen, puesto que permanentemente vivimos rodeados de ellas, especialmente, por aquellas que se registran y difunden a través de los medios electrónicos que disponemos.



Esta reflexión inicial la realizo en medio de la situación de la pandemia provocada por el coronavirus, epidemia de la que estamos al instante informados de lo que acontece en nuestra localidad, en nuestro país e, incluso, con datos de relevancia internacional. Esto ahora lo sentimos como algo natural y tan ligado a nuestros hábitos que difícilmente podríamos imaginarnos vivir de otro modo.

Pero si mentalmente retrocediéramos dos siglos atrás, tendríamos que saber que todavía no había aparecido la fotografía, recurso técnico que, tiempo después, sería el medio que mostraría la realidad visual de modo objetivo. Esto suponía socialmente un gran avance en el conocimiento de sucesos que acontecían en lugares alejados de donde vivimos y en los que no se podía estar físicamente presentes.

Hasta entonces, el principal medio utilizado para plasmar imágenes era la pintura, técnica que se había convertido en el vehículo de representación visual privilegiado, aunque estaba directamente basado en las destrezas que poseían los pintores. No había pues objetividad entre las escenas plasmadas en los lienzos y la realidad de los hechos, aparte de que, lógicamente, la ideología y valores del pintor quedaban plasmados en sus obras.

Esto es lo que acontece en un conocido lienzo del artista francés Antoine-Jean Gros (1771-1835), uno de los pintores galos que realizó numerosos retratos de Napoleón Bonaparte. Todos ellos con un carácter abiertamente laudatorio, ensalzando la figura de quien fuera general republicano durante la Revolución y el Directorio franceses y posteriormente, el artífice de un golpe de Estado proclamándose emperador el 18 de mayo de 1804 (el 18 de brumario, según el calendario republicano francés), contando tan solo con 34 años.

De todos modos, lo que nos interesa en esta ocasión no es entrar en el estudio de la figura de este conocido político y militar francés, sino en explicar cómo algunas de las epidemias que han estado presente a lo largo de la historia de la humanidad han sido plasmadas en lienzos que actualmente nos sirven para que, por un lado, las podamos recordar y, por otro, veamos que tanto los escritos o las imágenes sirven para dar una visión interesada y sesgada de los hechos históricos.

Es lo que vamos a ver en el cuadro titulado Visita de Napoleón a los apestados de Jaffa, que creara Gros en el año 1804, justamente en el mismo en el que Napoleón se autoproclamó emperador (obra realizada a óleo sobre lienzo y de gran tamaño, ya que tiene 523 cm. de alto por 715 cm. de ancho, como suelen ser las de carácter historicista).



El tema elegido por Gros para la glorificación del nuevo regente de Francia lo toma de la campaña militar de Oriente Próximo y en el momento en el que Napoleón visita a los soldados franceses que eran víctimas de una epidemia de peste bubónica en la localidad de Jaffa (perteneciente en la actualidad a Israel) en el mes de marzo de 1799.

En esta ciudad se produjo por aquellas fechas una epidemia, la llamada peste de Jaffa, que fue descrita por Dominique J. Larrey, cirujano del ejército francés. Esta epidemia causaba diariamente la muerte de decenas de soldados, quienes, inicialmente, sufrían sed, deshidratación, dolores de cabeza, vómitos y dificultades para respirar. Horas después, fiebre con manifestaciones de taquicardia, visiones borrosas, contracciones musculares, estados de delirio hasta que aparecía el bubón en las axilas.

A partir de estos datos, Gros realiza un cuadro con una finalidad claramente política al servicio de la glorificación de Napoleón. En la escena vemos al militar francés rodeado de enfermos que se encuentran en el patio de una mezquita convertida en un improvisado hospital de campaña. Para resaltar su valentía, lo muestra de modo destacado en el centro de la obra, con una especial iluminación y bajo un arco ojival.

Por otro lado, el pintor no duda en mostrarlo palpando el bubón de la axila de un enfermo, sorprendentemente con el guante izquierdo quitado; imagen que contrasta con la actitud temerosa de los dos oficiales que le acompañan y que intentan apartarlo del contacto con los enfermos.

También, podemos observar que algunos de estos enfermos están siendo atendidos por médicos que visten típicos trajes árabes. Gros destaca de manera especial el que mira con desfallecimiento a Napoleón, al tiempo que un cirujano le produce una incisión en la axila, lugar en el que solía aparecer la adenopatía bubónica.

Tras observar el cuadro, cabe hacerse una pregunta: ¿Tan sensible y humanitario era Napoleón Bonaparte como para ser inmortalizado pictóricamente en una escena que, incluso, tiene algunas connotaciones religiosas al recordar ciertas iconografías de Jesús?

Si nos acercamos a lo que nos dicen los historiadores, podemos entender que no fue así, ya que la actuación de los soldados franceses fue brutal, una vez que tomaron Jaffa después de solo unas horas de combate. Tras la toma, asesinaron a bayonetazos a dos mil turcos de la guarnición que trataban de rendirse, al tiempo que, durante los tres días siguientes, se ensañaron con la población civil, robando y matando tanto a hombres como mujeres y niños. Todo acabó cuando el propio Napoleón ordenó que se ejecutaran a los tres mil soldados turcos que habían hecho prisioneros (hemos de entender que Siria pertenecía entonces al Imperio Otomano).

¿Qué función cumplía, pues, la obra de Antoine-Jean Gros? Ciertamente, una función doble: por un lado, la de ensalzar la figura de Napoleón mostrándolo en una actitud que de ningún modo se correspondía con su carácter y, por otro, la de ocultar la brutal crueldad con la que actuaron las tropas francesas en la toma de Jaffa.

Pero, como reflexión que podemos extraer del análisis de esta obra y de la actitud de su autor, hemos de ser conscientes de que la manipulación a través de las imágenes no es algo que se corresponda exclusivamente a tiempos pasados. En la actualidad, dentro del mundo digital en el que nos movemos, se sigue actuando de modo similar o peor, puesto que ahora las imágenes están al alcance de cualquiera, incluso, de los más desaprensivos.

AURELIANO SÁINZ

12 de abril de 2020

  • 12.4.20
Hay autores que en su larga trayectoria han tenido una extensa producción en su campo, sea la pintura, la escritura, la música, etc., pero que quedan marcados por una de sus obras que se convierte en el símbolo de toda su actividad creativa. Es el caso, por ejemplo, de Luis Landero, un escritor amigo de la infancia, ya que los dos somos de Alburquerque, un pueblo extremeño coronado por una magnífica fortaleza medieval.



Landero, que fue Premio Nacional de Literatura y de la Crítica a partir de su primera y espléndida novela Juegos de la edad tardía, publicada en 1989, siempre tendrá en ella la cumbre de todo su trabajo, a pesar de que muchas otras que le siguieron confirmaron que es uno de los grandes autores de narrativa española contemporánea.

Si traigo a colación el reconocimiento a partir de una obra, se debe a que, como ya todos sabemos, el 6 de abril falleció de Luis Eduardo Aute, un artista polifacético perteneciente a la generación de los grandes cantautores que naciendo musicalmente en las postrimerías del franquismo sobrevivió durante los años en los que ya las nuevas generaciones se encontraban desligadas de este tipo de música.

También a Aute siempre se le recordará por una canción, ‘Al Alba’, que se convirtió en un referente musical, mezcla de canción de amor y tema reivindicativo a favor de la libertad y en contra de la cruel pena de muerte.



Debo apuntar que la canción inicialmente la creó para Rosa León, quien la incluyó en un elepé, publicado en 1975, que llevaba por título el mismo nombre de este tema que se popularizó por aquellos años.

Y aunque la letra no contiene de manera explícita ningún matiz político, lo cierto es que en la interpretación de Rosa León se podía deducir que era un canto en el que se hacía alusión a los últimos fusilados del franquismo que fueron ejecutados en septiembre de aquel mismo año.

No voy a entrar en hacer una síntesis de la trayectoria de Luis Eduardo Aute, ya que es fácil conocerla accediendo a algunas de las páginas que hay en la red; quiero, sin embargo, centrarme en esta canción como recuerdo muy personal y como pequeño homenaje a quien se ha marchado habiéndonos legado una canción que forma parte de nuestra memoria colectiva.

Una vez que conozco la noticia de su fallecimiento, dado que se da por muchos de los medios de comunicación, rebusco entre los numerosos elepés que tengo y allí localizo el de Aute que lleva por título Albanta. Era el octavo que había publicado, habiendo visto la luz en el año 1978, es decir, tres años después de la muerte de Franco.



Lo pongo en el plato para escucharlo. Compruebo que es la tercera canción de la primera cara. Los inevitables chasquidos característicos de los discos de vinilos aparecen mientras escucho esa hermosa canción tras un largo periodo de silencio sin acudir a ella.

En esos momentos vienen a mi mente los recuerdos de aquel año de 1975 en el que comenzaba a trabajar como arquitecto en Sevilla. El mismo año en el que tenía que hacer las prácticas de las denominadas ‘milicias’, que era el sistema al que nos podíamos acoger los estudiantes universitarios como alternativa a la ‘mili’, a la que obligatoriamente estábamos llamados los jóvenes españoles al cumplir los veintiún años, para que no interrumpiera nuestros estudios.

Por entonces, yo ya sabía (todos sabíamos) que tres miembros del FRAP y dos de ETA habían sido condenados a la pena de muerte por terrorismo en un consejo de guerra. La prensa hablaba de que tres de ellos serían ejecutados en el campamento de El Goloso, al norte de la provincia de Madrid.

Puesto que yo tenía familia en la capital del país, había solicitado hacer las prácticas en el campamento de Hoyo de Manzanares, también al norte de la provincia madrileña, dado que me horrorizaba encontrarme en un lugar en el que se iban a ejecutar a tres personas, puesto que siempre he estado en contra de la pena de muerte.

Bajo la creencia de que las ejecuciones por fusilamiento no se iban a realizar donde yo realizaba las prácticas de milicias, la noche del 26 de septiembre me encontraba como sargento de guardia en el puesto de entrada del campamento de Hoyo de Manzanares. Antes de que amaneciera, se presentaron unos camiones blindados de la Guardia Civil solicitando el paso para el campo de tiro. En esos momentos no podía imaginarme que en ellos iban los tres militantes del FRAP para ser fusilados.



Un escalofrío me sacudió el cuerpo, cuando al rato empecé a darme cuenta de que no era en El Goloso donde se iban a realizar las ejecuciones, sino a unos kilómetros de donde yo me encontraba. Comencé a hilar todo lo referido a lo acontecido en el último día, con las numerosas llamadas de los periodistas, la llegada de otros mandos y de un capellán militar, el acuartelamiento generalizado…

Angustiado, al despuntar el alba, escuché el eco de los tiros provenientes del cercano campo. Cada uno de ellos me anunciaba una muerte… Durante toda la mañana no pude quitarme de la cabeza esos impactos como si fueran campanadas a muerte que se extendían por aquellas tierras.

Ya en pleno día, cuando pude ir a Madrid, comprobé el enorme silencio que se respiraba en las calles. Toda la prensa recogía con grandes titulares la noticia de las ejecuciones: las tres del FRAP en Hoyo de Manzanares y en Burgos y Barcelona las de los dos miembros de ETA. Todo el movimiento internacional para que no se llevaran las ejecuciones de nada sirvió; incluso Franco no atendió la carta personal del papa Pablo VI pidiendo que no se llevaran adelante esas condenas y les fueran conmutadas por otras.

Apenas dos meses después, el 20 de noviembre, el dictador murió en la cama, sin que próximo a su final se hubiera conmovido lo más mínimo al firmar esas penas de muerte. Tres años después, con la Constitución de 1978 fue abolida la pena de muerte en el ámbito civil. En 1995 también se hizo en el supuesto de ‘tiempos de guerra’.

De estos hechos narrados han transcurrido nada menos que cuarenta y cinco años. El mismo tiempo desde que viera la luz esa hermosa canción que lleva por título ‘Al Alba’ en la voz de Rosa León. Tal como he apuntado, tres años después la publicaría el propio Luis Eduardo Aute, aunque ya se la conocía en la voz femenina.

Para mí, esta canción inevitablemente estará ligada a esa parte de mi vida que he narrado con la mayor brevedad posible. Y para los que admiramos a su creador, se nos ha ido un enorme artista que logró conjugar la música, la pintura, la poesía y el cine. Se ha ido para siempre dejándonos un extenso legado; aunque siempre lo recordaremos como el autor que nos entregó una bella canción que permanece en la memoria de todos.

AURELIANO SÁINZ


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