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Mostrando entradas con la etiqueta Negro sobre blanco [Aureliano Sáinz]. Mostrar todas las entradas
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31 de mayo de 2020

  • 31.5.20
Hace unos días salí temprano para realizar una caminata a paso ligero, como suelo hacerla diariamente, con la intención de pasarme después por Carrefour para comprar algunas cosas. Como ya es obligatorio portar la mascarilla, aunque en los espacios abiertos en los que se puede mantener la distancia de más de dos metros no es necesario tenerla puesta, la llevaba en la mano, dado que el centro comercial se encuentra en la zona norte de Córdoba con grandes espacios libres por los que podía caminar sin cruzarme con nadie.



Mientras hacía el recorrido me vino a la mente el Trabajo Fin de Grado que he dirigido a un alumno acerca de la etapa dorada del cómic español correspondiente a las décadas que van desde la posguerra hasta finales de los setenta. En medio de ese pensamiento ensimismado, apareció uno de los míticos personajes que el alumno analizaba en su trabajo: El Guerrero del Antifaz.

Tengo que reconocer que El Guerrero del Antifaz para mí quedaba en relevancia detrás del Capitán Trueno, por cuyas aventuras sentía verdadera pasión. De todos modos, hay que entender que estos personajes han formado parte de una generación que creció con las historias de los héroes de los cuentos gráficos, ahora denominados cómics.

Una vez que pasé al centro comercial, fui bastante rápido en la compra. Tras haber introducido en el carrito todo lo que llevaba apuntado, me puse en la fila, aunque no esperé mucho dado que me encontraba entre los primeros en entrar. Al momento tuve una pequeña sorpresa cuando puse todas las cosas en la cinta para abonar el importe.

“Buenos días, don Aureliano”, me saludó el joven rubio y con coleta que se encontraba en la caja que me correspondía. “A pesar de que ahora todos llevemos mascarilla le he reconocido, pues en ocasiones ha pasado por esta caja que hoy me toca mí”.

Me llamó la atención que me recordara incluso con la mascarilla puesta. “Te agradezco que me identifiques entre tanta gente que tienes que atender”, le respondo. “Y además es curioso esto de las mascarillas, puesto que nos tapa parte de la cara, por lo que antes de venir aquí estaba pensando en un personaje de cómic de mi generación que se llamaba El Guerrero del Antifaz, del que nunca nos llegamos a enterar quién era por llevar parte de la cara tapada”.

“¡Yo también conozco al Guerrero del Antifaz, pues mi padre era un gran aficionado a los cómics y tenía muchos de él, por lo que yo también los he leído!”, me dice para mi asombro, ya que pensé que no habría oído hablar de este singular personaje.



Como algunos de los que estén leyendo estas líneas no sabrán de quién estoy hablando, conviene que echemos una mirada hacia atrás retrocediendo bastantes décadas. Así, corrían los años cuarenta del siglo pasado –para ser más exacto, en 1944– cuando inicia su andadura un jinete enmascarado con una gran cruz negra en el pecho: era El Guerrero del Antifaz, cuyas historias aparecerían semanalmente en los quioscos.

Un héroe atormentado, puesto que, según se nos narraba, era hijo de la condesa de Roca, que con tan solo dos meses embarazada fue raptada por el malvado reyezuelo musulmán Alí Kan que la convierte en su mujer. Al nacer el niño, su raptor cree ser su padre, por lo que es educado bajo la creencia de que él será el heredero de Alí Kan. De este modo, el futuro Guerrero del Antifaz se batía con toda ferocidad contra las fuerzas cristianas allá por los últimos tiempos de la Reconquista.

Sin embargo, a los veinte años su madre le revela la verdad, razón por la que es asesinada por el malvado Alí Kan. A partir de ese momento, jura vengar la muerte de su madre, batiéndose con quien hasta entonces había creído que era su progenitor, aunque solo consigue herirle. Huye y, abrumado por el sentimiento de culpa, se pasa al bando cristiano, disfrazándose con un antifaz para que no se le conozca su verdadera identidad.

Con este sorprendente principio, que parece extraído de una auténtica tragedia griega, se inician las aventuras de El Guerrero del Antifaz que creara el dibujante Manuel Gago. Aventuras que tuvieron una vida de casi veintidós años, ya que su primer período alcanzaría hasta 1966, tras haberse publicado 668 cuadernos apaisados, en los que solamente la portada aparecía a color, puesto que el interior era en blanco y negro.

Como es de suponer, quien no tuviera o no hubiera leído el primer ejemplar se introducía en las eternas batallas entre guerreros cristianos y musulmanes que se desarrollaban en la península (aunque posteriormente se desplazan a otros países árabes) sin que pudiera conocer las razones por las que el protagonista nunca mostraba el rostro. Un enigma que yo no llegué a entender hasta pasado bastante tiempo.



Desde la perspectiva actual, y para comprender el significado y los valores que se transmitían en esta colección de enorme éxito, pues se llegaron a vender 200.000 ejemplares en algunas ediciones, hemos de entender que esta serie vio la luz cinco años después de la finalización de la Guerra Civil, por lo que, lógicamente, era necesaria la exaltación de los ideales que por aquellos años habrían de consolidar el régimen franquista.

Años en los que el catolicismo se convirtió en la religión oficial del Estado, razón por la cual todo el mundo tenía que vivir bajo las estrictas normas morales que dictaba la Iglesia. Así, El Guerrero del Antifaz no solo no besa en ningún momento a su eterna novia, Ana María, sino que ni siquiera la tocaba. Bueno, pudo hacerlo en el número 362 en el que por fin se casa con su paciente prometida, por lo que nuestro protagonista, hijo de la condesa de Roca, entra de manera plena a través del matrimonio en la nobleza castellana, dado que su amada era hija del conde de Torres.

Puesto que las aventuras de estos héroes siempre se cerraban con un ‘continuará’, alargándose las historias número tras número, era necesario que se incorporase alguna novedad relevante. De este modo, llega el momento en el que el protagonista y Ana María acaban siendo padres de un niño que recibirá el nombre de Adolfito (¡vaya nombre para el hijo de un mítico personaje!).

Por otro lado, como la casta Ana María no era un modelo para las fantasías desbordantes de los muchachos de entonces, ya en las primeras aventuras del Guerrero aparecen las sensuales Zoraida y Aixa (más tarde se incorpora la Mujer Pirata) cuyas contorneadas figuras pueden verse incluso a través de insinuantes velos. Ni por esas: El Guerrero se mantiene impasible a las seductoras insinuaciones de las bellas árabes. Él tenía una gran misión que cumplir de la que no puede separarse bajo ningún pretexto.

¡Qué tiempos aquellos en los que ni los castos besos se les permitían contemplar a unos adolescentes deseosos de ver algo más que unas leves insinuaciones amorosas! Pero es que el control moral, especialmente en lo referido al sexo, que por aquellos años desplegaba la Iglesia era absoluto. Y no digamos la vigilancia que se ejercía a las jóvenes parejas.

Lógicamente, este puritanismo se trasladaba al mundo de la ficción de nuestros héroes, quienes, fuertes, valientes y en constante lucha contra el mal, parecían seres asexuados, o mejor dicho, fríos como el mármol, que no se inmutaban ni siquiera ante la presencia de las bellas huríes de un sensual y libidinoso paraíso musulmán.

Para que podamos entender lo que estoy comentando, me remito como ejemplo a la viñeta que acabamos de ver, en la que nuestro Guerrero, como héroe salvador, viene a rescatar a su amada Ana María de las garras de los musulmanes, al tiempo que le habla de un verdadero y encantador paraíso que no tenía nada que ver con el de Alá (lo sorprendente es que Ana María exclama ante esta proposición: ¡Qué horror!).



Como suele suceder con las series que han tenido éxito, pero que un día les llegó su final, pasado el tiempo se intenta resucitarlas con el fin de saber si conectan con las nuevas generaciones o reaparecen como estrategia de nostalgia para quienes las siguieron en sus orígenes. Es lo que aconteció con El Guerrero del Antifaz que, en 1972, volvió a reeditarse, esta vez a color y en formato vertical, al tiempo que se suprimían algunas palabras o se cambiaban escenas que ya no se veían convenientes.

Debido al éxito de la reedición, un paso más adelante se produjo cuando, en 1978, Manuel Gago retoma al personaje publicando Las Nuevas Aventuras del Guerrero del Antifaz, que contó con solo 110 números, ya que su creador falleció dos años después. Pero el nuevo Guerrero difería bastante del original, ya que hemos de tener en cuenta que en 1975 moría Franco, por lo que la transición a la democracia conllevaba grandes cambios en los valores y costumbres de nuestro país. Poco a poco, se dejaba atrás esa España gris en la que se desarrollaron las aventuras de los grandes héroes de los cuentos en papel.

Como cierre, quisiera indicar que los necesarios análisis y críticas que ahora debemos hacer no pueden hacernos olvidar que esos personajes llenaron de disfrute y lecturas a una generación cuyos entretenimientos eran muy escasos. Hoy, los que crecimos con ellos, tenemos que agradecerles que vinieran a fomentar la fantasía de quienes esperábamos impacientes sus llegadas semanales a los quioscos.

Y aunque parezca que me he remitido a tiempos periclitados, no podemos olvidar que todas las generaciones necesitan relatos, en las modalidades que sean, que les cuenten maravillas de épocas pasadas que les sirvan de faro y horizonte en sus incipientes sueños de aventuras por la vida, aunque conviene saber qué valores son los que fomentan, pues esos valores, positivos o negativos, van a formar parte de la educación emocional de los más jóvenes.

AURELIANO SÁINZ

24 de mayo de 2020

  • 24.5.20
Cuando se anunció la denominada "desescalada" comprendí que mi tarea de ‘DJ de barrio’ se acercaba a su final. Habían sido, pues, dos meses poniendo música tras los aplausos de las ocho de la tarde, por lo que, en medio del ambiente de tristeza que se percibía durante la reclusión, lograba que, junto a los vecinos de mi barrio, disfrutáramos durante media hora de música, sintiendo que quienes cantaban pareciera que lo hacían como si fuera una actuación en directo.



Tal como expliqué en un artículo anterior, comencé con todo tipo de música, pero poco a poco me fui decantando por aquella que le gustaba a quienes eran fieles y permanecían en los balcones y terrazas. Me di cuenta de que la gente más joven fue paulatinamente desapareciendo, de modo que quedábamos los que peinamos canas o los que tienen poco que peinar.

De este modo, las canciones de ‘la nostalgia’ comenzaron a tomar protagonismo. Y no porque fueran las que, de modo general, yo prefiriera, sino porque quienes perseveraban como oyentes al final me comentaban las que más les habían gustado.

Así, la copla, el flamenco, el bolero y las distintas músicas de América Latina pasaron a un primer plano. Puesto que contaba con muchos días por delante, me surgió el problema de que el repertorio de cedés que tenía en español y que sonaban bien en el espacio abierto empezaba a terminarse, por lo que se me ocurrió encargar algunos de ellos, de forma que al final del recorrido han sido unas 400 canciones las que he puesto.

En mi ayuda vino el cuádruple cedé de María Dolores Pradera titulado La colección definitiva. Nada menos que contenía cien canciones, desde los tiempos en los que ella empezara en los años cincuenta hasta su última grabación, en la que estuvo acompañada de gente tan conocida como Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina, Ana Belén e, incluso, José Mercé o Estrella Morente. En realidad, una pequeña joya porque la grabación era magnífica, ya que la voz de María Dolores Pradera se escuchaba con toda nitidez en medio del silencio del atardecer.

Los cuatro discos contenían numerosas canciones que han formado parte de la memoria musical de quienes ya tenemos bastantes años. Sería difícil hacer una selección porque muchas que todos recordamos quedarían fuera; no obstante, allí se encontraban Ansiedad, La flor de la canela, Fallaste corazón, Volver, volver, Noche de ronda, Toda una vida y… El rosario de mi madre.

Para el último domingo, ya que en el lunes siguiente la gente comenzaría a salir a la calle, planifiqué una sesión con las canciones que más habían gustado durante aquellos días de confinamiento. Entre ellas, incluí de manera intencionada El rosario de mi madre, que no había puesto con anterioridad.

Quería al finalizar, antes de recogernos para dentro, tener un rato de charla con unos vecinos sobre los cambios que se habían producido en el modo de entender el amor y el desamor al cabo de los años, o, lo que es lo mismo, los sentimientos y pasiones que se expresaban en aquellas canciones y cómo se hace hoy.

Y es que me había dado cuenta al escuchar detenidamente los boleros, las coplas, los tangos o los mariachis, con la carga del desgarro amoroso que muchos de ellos contienen en sus letras, que nos remitían a un tiempo en el que la radio era el medio de comunicación por excelencia, por lo que las canciones reinaban en las ondas y llegaban a un público que se las aprendía y que también las cantaba en determinados momentos.

Aquellas letras nos hablaban de amores apasionados, de traiciones que cubrían de luto el alma de quienes sufrían esos terribles desengaños, de pasiones, de arrebatos, de sentimientos en los que la ansiedad, la angustia y la desesperación embargaban a los enamorados, tal como se nos decía en Toda una vida.

También eran tiempos en los que los amores rotos se guardaban musicados con un inmenso penar, pero no se exponían en público, sino que se mostraban en las letras de esas canciones ante la justicia divina que era quien tenía poder para juzgar tanto dolor con el que había que convivir. No es de extrañar que esto se manifestara claramente en la citada canción El rosario de mi madre. Dice así:

“Aunque no creas tú / Como que me oye Dios / Esta será la última cita de los dos / (…) / Devuélveme mi amor para matarlo / Devuélveme el cariño que te di / Tú no eres quien merece conservarlo / Tú ya nada vales para mí / (…) / Devuélveme el rosario de mi madre / y quédate con todo lo demás / Lo tuyo te lo envío cualquier tarde / No quiero que me veas nunca más”.

Fin de la historia. Fin de unos enamoramientos ardientes, a los que les seguían desamores desgarrados por tanto dolor. Se rompe una relación cuyos recuerdos se guardaban en almas atormentadas. Ahí están todas esas coplas y boleros que nos lo atestiguan.



Pero la vida continua. La vida cambia. La vida ya no está para caminar con tantas penas. En estos tiempos ya no existen o no se cantan a amores cargados de fuego. Vivimos en la era digital, en la que todo fluye, todo muta, todo es provisional. Vivimos en el reinado de las redes sociales que son las que ejercen el poder, la autoridad y la atracción ante un público entregado en cuerpo y alma a sus cantos de sirena.

En estos tiempos hay enamorados que cuelgan, día tras día, sus fotos en Facebook o en Instagram para que todo el mundo las contemple. Nueva era en la que imperiosamente necesitamos ser vistos, ya que no somos nada ni nadie si la gente no nos ve, no habla de nosotros y no nos aplaude, pues ahora ‘la imagen lo es todo’.

No obstante, a estos amores tan mediáticos, y a pesar de que la pareja enamorada piense que le va a durar toda la vida, puede que un día le alcance el final. Entonces no será ni el oído ni la mirada divina la que desde lo alto enjuicie lo que ha pasado y se compadezca de los tormentos de quien se considere la gran víctima del desamor (pues siempre hay alguno de los dos que siente que se lleva la peor parte).

Ahora son las compañías tecnológicas estadounidenses las que deciden. Son las mismas a las que alegremente les habíamos entregado una parte importante de nuestras vidas y, lo que es peor aún, esas fotografías que con tanta ilusión y ligereza colgábamos en sus redes para que todo el mundo nos viera y admirara de lo muy enamorados que estábamos.

Pero, ay, a Facebook o a Instagram no se les puede rezar, ni suplicar, ni enviarles ningún rosario. Son máquinas frías y calculadoras. Contritos, pues, esos enamorados sabrán que la religión de esos entes es el puro beneficio, por lo que solo con una alta suma (abogado por medio) será posible que borren las huellas del amor que creían eterno.

Tristemente, y de forma tardía, habrán descubierto que ese romance, ahora convertido en amargo desencanto, ha dejado numerosas huellas expuestas a las disimuladas burlas y chanzas de algunos de los que antes aplaudían. Y para colmo de males, no tendrán a nadie que les dedique uno de aquellos apasionados y añejos boleros con el que ahogar sus penas.

AURELIANO SÁINZ

17 de mayo de 2020

  • 17.5.20
En el artículo anterior, Aquellos inolvidables años, citaba al psicólogo estadounidense Viktor Lowenfeld refiriéndome a lo que él denominaba la Edad de la pandilla, aludiendo a la formación de los primeros grupos de amigos que se crean en la preadolescencia o infancia tardía.



Este es un hecho que me atrevería decir que es universal pues, en todas las culturas desarrolladas, niños y niñas están escolarizados desde edades tempranas, por lo que dentro de ese ambiente escolar surgen los primeros inicios de la amistad, valor humano al que le doy una gran importancia, pues nada mejor que tener buenos y leales amigos para que el tránsito por la vida sea lo más dichoso posible.

Hablando con un amigo de este tema, me aseguraba que las pandillas se forman a cualquier edad, no solo en la preadolescencia. Le indiqué que tenía razón, pero la idea de las pandillas de adultos (entendidas en el mejor sentido de la palabra) alude a los grupos de amistades que se forman con alguna finalidad concreta; sin embargo, la construcción de la amistad no se suele hacer de manera grupal, sino de uno en uno, puesto que esa formación es un proceso de mutuo conocimiento y de entendimiento en los aspectos esenciales de la personalidad.

Hemos de reconocer que los amigos de verdad, aquellos con los que te puedes sincerar, no son muchos, pues abrir la intimidad hacia otros no es fácil, ya que lo solemos hacer de forma precavida por el temor a que no se respete la confianza depositada en otro, dado que la falta de respeto o, peor aún, la traición a esa confianza, se vive de una manera muy dolorosa.

Sobre la amistad se han escrito hermosas páginas y se han vertido numerosos aforismos para ensalzarla. También, en sentido contrario, para cuestionarla e ironizar sobre ella, pues, a pesar de que se supone que está al alcance de cualquiera, lo cierto es que llegar a una sincera y leal relación de amistad parece algo difícil de lograr, dado que, tal como he indicado, se encuentra expuesta al desencanto o, peor aún, a la deslealtad.

Podría parecer que me remonto excesivamente lejos citando a los clásicos griegos y romanos, pero es que, en mi opinión, las mejores palabras sobre la amistad las podemos encontrar en Aristóteles y su obra Ética a Nicómaco. Creo que desde entonces no se han escrito tan profundas reflexiones sobre lo que significa ser amigo. De igual modo, en el mundo de la antigua Roma, Cicerón y Séneca nos legaron magníficos escritos sobre el significado de la amistad.

Como pequeña síntesis, en estos momentos me gustaría traer a colación una frase del filósofo griego Epicuro en la que nos dice: “Cada mañana la amistad recorre la Tierra para despertar a los hombres, de modo que puedan hacerse felices mutuamente”.

Hermosa frase en la que se une el valor de la amistad con el sentimiento de felicidad, pues no hay nada tan placentero como la charla tranquila con un buen amigo, con alguien que te conoce, que sabe cómo eres, que tiene plena confianza en ti, ya que sabe que no le vas a mentir, al tiempo que lo encontrarás en el momento en el que lo necesites.

De todos modos, hay quienes sospechan que los tiempos actuales no son los más adecuados para forjarse buenas amistades. En este sentido el psicólogo italiano Francesco Alberoni se hacía la siguiente pregunta: “¿Está la amistad al alcance de todos en una sociedad como la nuestra, fuertemente competitiva y en la que cada vez se potencia más el que cada uno vaya a lo suyo?”

Me temo que la actual sociedad, individualista y competitiva en la que hemos crecido, no favorece la formación de amistades sólidas, por lo que se han multiplicado los contactos a través de las redes sociales para que a esas relaciones un tanto superficiales se las acabe denominando como ‘amigos’.

Ante este panorama no es de extrañar que haya un número amplio de autores que duden acerca de la existencia de verdadera amistad. Sobre ellos se podría hacer una pequeña antología. Para no extenderme, traigo un par de citas a modo de ejemplos.

Así, el escritor británico H. G. Wells afirmaba que “el camino para medrar en la posición social está y estará sembrado de amistades rotas”, y el francés Honoré de Balzac decía que “la amistad dura poco cuando uno de los amigos se siente superior al otro”. Si estas sentencias las aplicamos a nuestro mundo de ahora quedaríamos muy mal parados, ya que la competitividad y la creencia en sentirse superior, aunque no se manifiesten de manera explícita, están a la orden del día.



En mi caso particular, puedo enorgullecerme de contar con muy buenos amigos. Aunque también tengo que admitir que a lo largo de mi ya dilatada vida he conocido dolorosas decepciones. Y es que la amistad se basa en la confianza y el respeto que depositamos en el amigo, pensando que no nos va a fallar, por lo que no es posible construir una relación sólida calculando, sospechando o interpretando constantemente lo que el otro ha querido decir. O, peor aún, utilizándola para los propios intereses.

Tal como apuntaba al principio, hay casos en los que la amistad arranca de los años de la infancia, por las experiencias compartidas en la misma escuela o por las vivencias de aquellos grupos que se formaban en los juegos. Es lo que a mí me sucede con Emiliano Roa y Pedro Moreno, con quienes compartí los pupitres de la escuela de don José Sánchez; o con Diego Bas quien, yendo a la escuela de don Pedro Márquez, era compañero en el Llano del Pilar de los interminables juegos que por entonces desarrollábamos fuera de las casas.

Aunque actualmente los cuatro vivimos en sitios distintos, desde entonces mantenemos inalterable nuestra amistad, de modo que Alburquerque se convierte en el punto de encuentro que con cierta frecuencia llevamos a cabo.

Por otro lado, creo que la formación de los amigos no se circunscribe a la adolescencia y a la juventud, como habitualmente se piensa. También se pueden crear en la madurez, aunque a medida que se avanza en edad resulta más difícil, dado que ya se tiene forjada una historia personal, por lo que resulta más complicado lograr conectar a fondo con alguien con quien compatibilizar el conjunto de experiencias vividas.

No obstante, y como suele decirse, toda regla tiene sus excepciones. Es el caso de la ‘pandilla’ o buenos amigos que formamos la gente de Adepa, quienes perteneciendo a generaciones distintas hemos logrado formar un grupo bastante cohesionado, no solo para mantener un objetivo común, como es la defensa del Patrimonio, sino también como equipo que sabe disfrutar de momentos impagables, pues la alegría y el buen compañerismo son la base de este grupo de amigos. Como expresión palpable de esto que indico, muestro la fotografía que nos hicimos en el último encuentro que llevamos a cabo en el pueblo.

Para cerrar, tengo que apuntar que, lógicamente, en estas breves líneas no se agota un tema tan relevante como es el de la amistad, por lo que volveré en otra ocasión para abordarla de manera más amplia. Quedan, pues, en el tintero muchas preguntas que podríamos formularnos. Una de ellas podría ser esta: “¿Es posible la amistad entre el hombre y la mujer, o solamente se da dentro y en cada uno de los géneros?”.

Si he traído a colación esa pregunta se debe a que Francesco Alberoni opina que esa amistad no es posible; sin embargo, en este punto discrepo acerca de lo que piensa el psicólogo italiano y, aunque nos es lo habitual, creo que sí se puede llegar a darse una real amistad entre el hombre y la mujer.

AURELIANO SÁINZ

10 de mayo de 2020

  • 10.5.20
Cuando un día, a inicios del confinamiento, se me ocurrió colocar un bafle grande en la ventana, bien sostenido para que no cayera a la calle, tras finalizar los aplausos de las ocho de la tarde, y con el fin de dar las buenas noches con la canción Sweet Dreams de Eurythmics, no me podía imaginar que a partir de ese momento me iba a convertir en una especie de ‘DJ de barrio’, tal como me dijo un amigo cuando le comenté la experiencia.



Y es que la acogida, tanto por parte de los vecinos del bloque en el que vivo como de otros de la calle o los del entorno del barrio fue mucho mejor de lo que yo me imaginaba, puesto que nadie se quejó al escuchar la música que yo la ponía a tan alto volumen que parecía que Annie Lennox cantaba en directo.

Los primeros aplausos de los días iniciales se convirtieron en un claro apoyo a lo que ha acabado siendo una especie de encuentro que ya se ha hecho familiar, puesto que ya son casi dos meses escuchando media hora de todo tipo de música: coplas, boleros, baladas, flamenco, rock, country, soul, blues… y un largo etcétera, con lo que ya son más de trescientas canciones las que he seleccionado de la extensa discografía que tengo.

De algún modo tenía que responder a los posibles gustos de la gente de distintas edades que se asomaba para aplaudir a las ocho de la tarde. Así, de la canción de Eurythmics pasé a poner tres o cuatro diferentes en las que siempre incorporaba algunas cantadas en español. Al principio, dentro de nuestro idioma, me serví de un magnífico disco de la joven vasca Izaro titulado Limones en invierno, que casualmente compré en una de mis últimas estancias en Barcelona.

Y digo casualmente, porque yo no la había escuchado con anterioridad. Todo sucedió en un viernes por la mañana, cuando estábamos esperando a nuestro nieto y a sus padres en la Plaza de España. Como nos comunicaron que iban a tardar un poco, se nos ocurrió entrar en una tienda de la conocida cadena FNAC que se encuentra en el multicentro de Las Arenas, una antigua plaza de toros reconvertida funcionalmente y que ha mantenido su fachada original.

Para llenar el tiempo de espera, bajamos a mirar libros y discos. En aquellos momentos en los que vagábamos por la tienda sonaba la voz de una chica cuya canción me pareció muy bonita. Observamos unos carteles que había colocados en distintos puntos y nos dimos cuenta de que estaba prevista una breve presentación suya en uno de los espacios que había destinado a este tipo de eventos.

Nos sentamos tras haber adquirido el disco de Izaro. Si no recuerdo mal, cantó cuatro canciones; un par de ellas con acompañamiento. Al acabar, se formó una pequeña cola de gente joven que quería que le firmaran el disco. Yo me coloqué el último, pues era evidente que pertenecía a otra generación distinta a la suya.

Cuando ya estábamos solos, tras saludarla, me preguntó: “¿Qué te gustaría que pusiera en la dedicatoria?”. En ese momento, de forma improvisada le dije: “Puedes poner por ejemplo, para la paz, la igualdad y la libertad”. Ella, un tanto sorprendida, me respondió: “Es la dedicatoria más original que me han pedido…” Entonces miré hacia Flora que estaba esperando al final de los asientos, y le indiqué: “Puedes añadir abajo: Y también para Flora”, frase que al decírsela la acompañé con la mirada hacia el sitio en el que mi mujer se encontraba para que supiera a quién me estaba refiriendo.



En aquellos días que pasé en la ciudad condal, el magnífico disco de Izaro me estuvo acompañando de manera constante. No es de extrañar, pues, que en algunas ocasiones, y al acabar la selección que todos los días realizo, cierre con Oso blanco, canción muy alegre y optimista, al tiempo que es un verdadero canto a la vida.

Con el paso de los días, he ido ampliando el número de canciones, comprendiendo ahora qué temas son los que más gustan. Como detalle, tengo que apuntar que hay algunos cantantes, masculinos o femeninos, o canciones que, aun gustándome mucho, me resisto a poner. Una de ellas es Chavela Vargas, ya que su intensa, áspera y desgarradora voz se acompaña de unos textos tan cargados de dramatismo que creo que no son los más adecuados para esta hora en que se homenajea a aquellos hombres y mujeres que están en primera línea en la lucha contra la epidemia.

También tardé un poco en poner flamenco, ya que no soy ningún experto en este ámbito. Tengo música de Camarón, Enrique Morente, José Mercé, El Cigala…, pero pensaba que la intensa voz de Camarón iba a sonar como un trallazo en medio de la noche, por lo que comencé con La bien pagá en la versión del Cigala, quien se acompaña al piano de Bebo Valdés. Para mi sorpresa, la acogida fue tan buena que entendí que no podían faltar los otros que he nombrado.

¿Todos los días han sido iguales? ¿No acabaría esto convirtiéndose en algo rutinario? La verdad es que siempre aparecieron algunas pequeñas novedades. Contaré un par de ellas.

En uno de los días en el que en Córdoba llovía a cántaros, me dio tiempo para seleccionar canciones que hablaran de la lluvia. En esos momentos me vino a la mente Have you ever seen the rain? (¿Has visto alguna vez la lluvia?) del grupo Creedence Clearwater Revival, que aparece en Pendulum, para iniciar el recorrido. Lo que no me podía imaginar es que rebuscando entre los cedés encontrara tantos temas que tuvieran a la lluvia como protagonista. Así, aquella tarde, bajo la abundante agua que caía del cielo, estuvimos escuchando canciones que agradecían tal regalo de la naturaleza.

En otro día, subió a casa Pilar, la vecina que vive debajo nuestro. Pensábamos que se trataría de un tema de salud; sin embargo, nos explicó que venía para una cuestión bien distinta. Nos comentó que el próximo jueves su madre cumplía los años y me pedía el favor de si podía dedicarle las canciones de esa tarde a ella.

Lógicamente, le indiqué que sería un placer hacer una selección con aquellas que me había indicado y formaban parte de la memoria emocional de su madre, pero que, de todos modos, quería hacerle un regalo especial.

El regalo consistió en que comenzaríamos con un bellísimo tema cantado por el coro de niños que protagonizaron la película Los chicos del coro. Escucharlo en medio del silencio cuando el sol declina no dejó de ser una experiencia verdaderamente emocionante. Volví a repetirlo a petición de la madre de Pilar.

Para finalizar, cabe hacerse la pregunta: ¿Hasta cuándo uno será ‘DJ de barrio’? Pues, sencillamente, hasta el momento en el que desaparezca definitivamente el confinamiento. Mientras tanto, tal como me lo han expresado algunos de los que nos encontramos en ese tiempo disfrutando de la música, hasta que volvamos a la ‘normalidad’.

Es posible entonces que nos quede un grato recuerdo de la media hora en la que escuchábamos desde los Beatles a Coldplay, desde Camarón a Enrique Morente, desde Carlos Cano a Martirio, desde Emmylou Harris a Johnny Cash, desde Aretha Franklin a Amy Winehouse… Tras este tiempo de casi dos meses ‘DJ de barrio’ me gusta imaginar que quizás hasta echemos un poco en falta el silencio traspasado por las canciones cuando el ruido de los vehículos vuelva definitivamente a ocupar el espacio de las calles.

AURELIANO SÁINZ

3 de mayo de 2020

  • 3.5.20
A medida que caminamos por el sendero de la vida vamos dejando huellas que forman parte de nuestra memoria personal, aunque también colectiva, pues, en ocasiones, las vivencias son compartidas con los amigos o los compañeros que en distintas etapas de nuestra existencia hemos podido encontrar, voluntaria o accidentalmente.



Esas huellas son los recuerdos con los que escribimos en un libro invisible cuyas páginas van aumentando a medida que crecemos, a medida que nos enfrentamos a una realidad cada vez más compleja. Ese libro está marcado por los distintos capítulos o etapas que vamos atravesando, de modo que algunas tienen una significación muy especial.

Una etapa que nos marca en profundidad es aquella en la que comienzan a formarse los grupos de amigos y que suele coincidir con la finalización de los estudios de Primaria y los inicios de Secundaria. Tiene tanta relevancia que el psicólogo estadounidense de origen austríaco, Viktor Lowenfeld, en el estudio evolutivo del arte infantil denominó a esta edad como el comienzo del realismo o la Edad de la pandilla.

En su obra Desarrollo de la capacidad intelectual y creativa escribía lo siguiente: “Una de las características destacadas de esta edad es que los niños descubren que son miembros de la sociedad, una sociedad de iguales. Durante este período, ellos ponen los cimientos para la capacidad de trabajar en grupos y de cooperar en la vida adulta. Los descubrimientos de tener intereses similares, de compartir secretos, del placer en hacer cosas juntos son todos fundamentales”.

Más adelante continúa diciéndonos: “La palabra pandilla ha llegado a tener connotaciones negativas en nuestra sociedad actual, pero, para nosotros, vista desde la edad adulta, poseemos recuerdos gratos del grupo de amigos que por entonces teníamos”.

Desde la distancia que dan los años, parece casi una ley universal el hecho de que, cuando hemos alcanzado o superado el ecuador de nuestras vidas, esa etapa adquiere un brillo especial y el recuerdo de los amigos que por entonces tuvimos se tiñe de una cierta nostalgia al evocar una edad en la que todavía no habíamos entrado en ‘el realismo de la vida’, por lo que los sueños, las ilusiones y las fantasías estaban en plena efervescencia.

Cada cual se representaba mentalmente a sí mismo en un futuro muy lejano con toda la carga de utopía que podía concebir, pues nada le estaba vedado a un campo de la imaginación tan amplio que parecía no tener límites. Así, uno podía imaginarse como el mejor delantero del mundo que emulara a los míticos Pelé o Maradona, o el líder de un grupo de rock que arrasaría en los festivales de mayor renombre, o el nuevo actor que triunfaría no solo en el terreno patrio sino también en la meca del cine estadounidense…

Todo era posible, todo cabía en el cerebro de aquellos niños que se adentraban en el intrincado camino de la vida en una edad en la que los obstáculos no existían o fácilmente podían ser superados por unas mentes que no entendían de barreras.

Tiempo feliz, tiempo de sueños y de grandes proyectos, tiempo en el que el camino a transitar en el futuro se abría con innumerables ramificaciones, tantas como las que se podían lograr con la capacidad de fantasear que se tiene en los inicios de la adolescencia.



Todo lo que acabo de expresar tiene relación con un hecho inesperado que me hizo retroceder mentalmente décadas atrás. Fue hace unas semanas, cuando recibí un correo de Franci, un amigo de la infancia de mi hijo Abel. En el escrito, inicialmente se presenta, dándome su nombre completo (Francisco Manuel Urbano) y preguntándome si yo le recordaba.

Tras la presentación, me pregunta por mi hijo, al tiempo que me comenta que él formaba parte del grupo de amigos que estudiaban en el colegio público Gran Capitán de Montilla y en el que Abel también estaba. Por otro lado, me remarca, no se le olvidaban aquellos viernes en los que, una vez terminadas las clases, yo los llevaba, en mi antiguo coche de la marca Talbot Horizon de color verde oliva, al terreno que se encontraba junto al campo de fútbol para echar unos partidillos entre los dos grupos en los que nos dividíamos.

Días maravillosos para ellos. También para mí, que disfrutaba como portero o defensa (no debía abusar de mi estatura), ya que fueron los últimos pequeños partidos en los que, debido a la edad, podía participar. Juego y deporte que siempre me había apasionado desde la infancia, por lo que me produjo tristeza abandonarlo para pasar a ser mero espectador.

“¡Claro que me acuerdo de ti, pues en la caja de las antiguas fotografías se encuentran algunas de las que os hice y que siempre las he mirado con detenimiento cuando la abría para encontrar alguna que buscaba!”, le manifesté, sabiendo que la imagen que yo guardaba de él se correspondía a la que tenía siendo un chico que estudiaba en uno de los cursos finales de la extinta EGB.

Efectivamente, ahí se encuentra la pandilla de amigos con la que yo jugaba. En esta que ahora muestro están de pie Ramón, Toni, Franci y José Antonio, y, agachados, Abel y Sergio, los mismos que formaban el equipo base de aquellos lejanos partidos, a los que, ocasionalmente, se sumaba algún que otro compañero.

Han transcurrido muchos años, por lo que, para hacerme una idea de cómo era Franci en la actualidad, le pedí que por favor que me enviara alguna foto reciente. Muy pronto me remitió una en la que se encontraba con su hijo de cinco años, y en la que se apreciaba que el niño se parecía al padre como dos gotas de agua.

Días después de este primer contacto, Franci me indicó que seguía los artículos que yo publicaba en los diarios digitales, y puesto que le había gustado mucho el titulado Carta a mi nieto Abel al cumplir los dos años, me preguntó, con cierta inseguridad, si podía escribir uno hablando de aquel tiempo lejano en el que disfrutábamos corriendo detrás de un balón.

Inmediatamente le respondí que sí, que para mí sería un placer recordar aquellas fechas inolvidables, puesto que una vez que me trasladé a Córdoba les perdí la pista a algunos de ellos, dado que habían pasado casi treinta años.

“¡Treinta años! Se dice pronto”, pienso para mí mientras le estoy respondiendo. Me detengo un poco delante del teclado y los imagino en el ecuador sus vidas; si es que la vida tiene un ecuador, que lo dudo.

Cambios profundos, pues aquellos chicos que yo conocí ahora todos son padres. Cada uno de ellos con su propia historia. Historias personales en las que han incorporado una de las decisiones y experiencias más importantes que los seres humanos podemos adoptar: la paternidad. Ahora les toca a ellos la apasionante, compleja, difícil y gozosa tarea de encauzar esas nuevas vidas por las intrincadas rutas de la existencia.

Desde aquí, a esos niños hoy convertidos en padres, les deseo todo lo mejor que yo pueda imaginar. Y desde la altura de mis años, me gustaría acudir a las palabras del poeta alemán Jean Paul Richter cuando dijo aquello de que “los buenos recuerdos son el único paraíso del que no podemos ser expulsados”.

Y es que, necesariamente, algunos de los sueños que por entonces anidaban en sus mentes se habrán cumplido; otros, lógicamente, no habrán sido posibles. Sin embargo, espero que siempre permanezcan en sus memorias aquellos días inolvidables, y que los recuerden como parte de ese paraíso de la infancia que, a pesar de las duras vicisitudes que puedan encontrar en la actualidad, nunca les serán arrebatados.

AURELIANO SÁINZ

26 de abril de 2020

  • 26.4.20
Mi querido niño:

Esta es la primera carta que te escribo, una vez que has cumplido los dos años. Espero que sean muchas las que te pueda enviar, pues una de las grandes ilusiones de quienes te queremos es la de verte crecer, de contemplar cómo vas abriéndote a las sencillas cosas de la vida que para ti son grandes descubrimientos, porque, para los pequeños como tú, todos los pasos hacia adelante son importantes hallazgos que los disfrutáis como si hubierais descubierto tesoros escondidos.



Nos hubiera gustado estar presentes en tu cumpleaños ahí en Barcelona, pero ahora, tanto los mayores como los niños, nos encontramos dentro de casa en eso que llaman confinamiento, una palabra muy rara para ti, puesto que comienzas a expresarte en tus primeras frases con palabras que solo mamá y papá entienden bien, pues ellos están todos los días contigo y saben a qué te refieres cuando dices esas cosas tan raras que nos hacen reír a los que te vemos directamente cada un par de meses.

Y digo "directamente" porque, en estos tiempos, tenemos la suerte de hacerlo por el móvil o por la pantalla del ordenador portátil, ya que al notarte tan cerca sentimos que casi estuvieras al lado con nosotros. Esto hace más fácil y llevadero esta especie de encierro que no habíamos previsto, pero al que casi nos estamos acostumbrando.

¡Así, nos da una enorme alegría ver cómo te lo pasas tan bien con las cosas que te preparan en casa para que tengas la impresión de que todavía continuas en la ‘guarde’ con tus coleguillas!

Por otro lado, sabemos que a tu edad no necesitas tanto salir a la calle como les sucede a otros niños que tienen más años, pues, en tu caso, basta la presencia de mamá y papá para que te lo pases bien jugando con lo que ellos te organizan.

El otro día nos reímos mucho cuando comprobamos que de una caja muy grande de cartón te habían hecho una especie de cocina, ¡hasta con un grifo y todo! Tú te entretenías poniendo los platos encima y ‘lavándolos’, tal como a ellos los ves hacer.

También nos divertimos cuando mamá te dibujó con un rotulador negro y en una hoja blanca muy grande un huevo de Pascua y te había preparado una taza chocolate bastante líquido como si fuera pintura para que con una cucharita lo fueras pintando de color marrón. ¡Hay que ver con qué cuidado la cogías para no mancharte, aunque esto todavía es muy complicado para ti!

Como tú el mundo de los mayores no lo conoces, tengo que decirte que a partir de hoy ya podéis salir a la calle con alguien mayor para que vayáis con cuidado. Y como ejemplo, nada mejor que la imagen de la fotografía que he seleccionado para acompañar a esta carta. Es del año pasado, cuando estuvisteis en la playa. Por entonces tenías algo más de un añito y comenzabas a caminar de manera incierta. Más aún sobre la arena, en la que hay muchos hoyos y podías caerte, por lo que papá te guiaba cogiéndote de la mano para llevarte hasta el agua.

Quizás esta imagen sirva de ejemplo del camino que todos los niños como tú debéis recorrer por la vida, pues esta es una gran aventura y que hay que llevar adelante. Y nada mejor que ir acompañado de las personas que a uno le quieren para superar los baches que también se encuentran a lo largo del largo camino.

En esa aventura te surgirán dudas y muchas preguntas, que seguro las harás. Una de ellas es la de por qué te pusieron el nombre de Abel, y te explicarán de que antes de que nacieras acordaron de que si eras niña lo elegiría mamá y si eras niño lo hacía papá. Como al final fuiste un niño te pusieron el de papá, el mismo nombre que siempre yo he escuchado desde muy pequeño, ya que era el de uno de mis hermanos.

Por cierto, ¿te acuerdas del cuento Paco va a África que tantas veces te he leído y hemos visto juntos en casa y en el que tú apretabas con tu dedo sobre unos puntos de las hojas para que se oyeran las canciones africanas? Pues el otro día pensamos mucho en ti, ya que, tras los aplausos que damos los mayores a las ocho de la tarde, puse música de una cantante de un país que se llama Malí y en la que se tocaban los mismos instrumentos que tú oías en ese cuento musical que tanto te gusta.

Bueno, mi querido nieto, estamos deseando poder viajar a Barcelona de nuevo para jugar contigo y estar con mamá y papá. Queremos verte, darte muchos besos y saber que sigues tan alegre y tan feliz como siempre.

Desde Córdoba te enviamos un beso grandísimo.

AURELIANO SÁINZ

19 de abril de 2020

  • 19.4.20
Cuando visitamos los grandes museos, caso del Prado o del Louvre, y entramos en las salas en las que se exponen los lienzos de tipo historicista es cuando se comprende, por comparación, que actualmente nos encontramos en la cultura de la imagen, puesto que permanentemente vivimos rodeados de ellas, especialmente, por aquellas que se registran y difunden a través de los medios electrónicos que disponemos.



Esta reflexión inicial la realizo en medio de la situación de la pandemia provocada por el coronavirus, epidemia de la que estamos al instante informados de lo que acontece en nuestra localidad, en nuestro país e, incluso, con datos de relevancia internacional. Esto ahora lo sentimos como algo natural y tan ligado a nuestros hábitos que difícilmente podríamos imaginarnos vivir de otro modo.

Pero si mentalmente retrocediéramos dos siglos atrás, tendríamos que saber que todavía no había aparecido la fotografía, recurso técnico que, tiempo después, sería el medio que mostraría la realidad visual de modo objetivo. Esto suponía socialmente un gran avance en el conocimiento de sucesos que acontecían en lugares alejados de donde vivimos y en los que no se podía estar físicamente presentes.

Hasta entonces, el principal medio utilizado para plasmar imágenes era la pintura, técnica que se había convertido en el vehículo de representación visual privilegiado, aunque estaba directamente basado en las destrezas que poseían los pintores. No había pues objetividad entre las escenas plasmadas en los lienzos y la realidad de los hechos, aparte de que, lógicamente, la ideología y valores del pintor quedaban plasmados en sus obras.

Esto es lo que acontece en un conocido lienzo del artista francés Antoine-Jean Gros (1771-1835), uno de los pintores galos que realizó numerosos retratos de Napoleón Bonaparte. Todos ellos con un carácter abiertamente laudatorio, ensalzando la figura de quien fuera general republicano durante la Revolución y el Directorio franceses y posteriormente, el artífice de un golpe de Estado proclamándose emperador el 18 de mayo de 1804 (el 18 de brumario, según el calendario republicano francés), contando tan solo con 34 años.

De todos modos, lo que nos interesa en esta ocasión no es entrar en el estudio de la figura de este conocido político y militar francés, sino en explicar cómo algunas de las epidemias que han estado presente a lo largo de la historia de la humanidad han sido plasmadas en lienzos que actualmente nos sirven para que, por un lado, las podamos recordar y, por otro, veamos que tanto los escritos o las imágenes sirven para dar una visión interesada y sesgada de los hechos históricos.

Es lo que vamos a ver en el cuadro titulado Visita de Napoleón a los apestados de Jaffa, que creara Gros en el año 1804, justamente en el mismo en el que Napoleón se autoproclamó emperador (obra realizada a óleo sobre lienzo y de gran tamaño, ya que tiene 523 cm. de alto por 715 cm. de ancho, como suelen ser las de carácter historicista).



El tema elegido por Gros para la glorificación del nuevo regente de Francia lo toma de la campaña militar de Oriente Próximo y en el momento en el que Napoleón visita a los soldados franceses que eran víctimas de una epidemia de peste bubónica en la localidad de Jaffa (perteneciente en la actualidad a Israel) en el mes de marzo de 1799.

En esta ciudad se produjo por aquellas fechas una epidemia, la llamada peste de Jaffa, que fue descrita por Dominique J. Larrey, cirujano del ejército francés. Esta epidemia causaba diariamente la muerte de decenas de soldados, quienes, inicialmente, sufrían sed, deshidratación, dolores de cabeza, vómitos y dificultades para respirar. Horas después, fiebre con manifestaciones de taquicardia, visiones borrosas, contracciones musculares, estados de delirio hasta que aparecía el bubón en las axilas.

A partir de estos datos, Gros realiza un cuadro con una finalidad claramente política al servicio de la glorificación de Napoleón. En la escena vemos al militar francés rodeado de enfermos que se encuentran en el patio de una mezquita convertida en un improvisado hospital de campaña. Para resaltar su valentía, lo muestra de modo destacado en el centro de la obra, con una especial iluminación y bajo un arco ojival.

Por otro lado, el pintor no duda en mostrarlo palpando el bubón de la axila de un enfermo, sorprendentemente con el guante izquierdo quitado; imagen que contrasta con la actitud temerosa de los dos oficiales que le acompañan y que intentan apartarlo del contacto con los enfermos.

También, podemos observar que algunos de estos enfermos están siendo atendidos por médicos que visten típicos trajes árabes. Gros destaca de manera especial el que mira con desfallecimiento a Napoleón, al tiempo que un cirujano le produce una incisión en la axila, lugar en el que solía aparecer la adenopatía bubónica.

Tras observar el cuadro, cabe hacerse una pregunta: ¿Tan sensible y humanitario era Napoleón Bonaparte como para ser inmortalizado pictóricamente en una escena que, incluso, tiene algunas connotaciones religiosas al recordar ciertas iconografías de Jesús?

Si nos acercamos a lo que nos dicen los historiadores, podemos entender que no fue así, ya que la actuación de los soldados franceses fue brutal, una vez que tomaron Jaffa después de solo unas horas de combate. Tras la toma, asesinaron a bayonetazos a dos mil turcos de la guarnición que trataban de rendirse, al tiempo que, durante los tres días siguientes, se ensañaron con la población civil, robando y matando tanto a hombres como mujeres y niños. Todo acabó cuando el propio Napoleón ordenó que se ejecutaran a los tres mil soldados turcos que habían hecho prisioneros (hemos de entender que Siria pertenecía entonces al Imperio Otomano).

¿Qué función cumplía, pues, la obra de Antoine-Jean Gros? Ciertamente, una función doble: por un lado, la de ensalzar la figura de Napoleón mostrándolo en una actitud que de ningún modo se correspondía con su carácter y, por otro, la de ocultar la brutal crueldad con la que actuaron las tropas francesas en la toma de Jaffa.

Pero, como reflexión que podemos extraer del análisis de esta obra y de la actitud de su autor, hemos de ser conscientes de que la manipulación a través de las imágenes no es algo que se corresponda exclusivamente a tiempos pasados. En la actualidad, dentro del mundo digital en el que nos movemos, se sigue actuando de modo similar o peor, puesto que ahora las imágenes están al alcance de cualquiera, incluso, de los más desaprensivos.

AURELIANO SÁINZ

12 de abril de 2020

  • 12.4.20
Hay autores que en su larga trayectoria han tenido una extensa producción en su campo, sea la pintura, la escritura, la música, etc., pero que quedan marcados por una de sus obras que se convierte en el símbolo de toda su actividad creativa. Es el caso, por ejemplo, de Luis Landero, un escritor amigo de la infancia, ya que los dos somos de Alburquerque, un pueblo extremeño coronado por una magnífica fortaleza medieval.



Landero, que fue Premio Nacional de Literatura y de la Crítica a partir de su primera y espléndida novela Juegos de la edad tardía, publicada en 1989, siempre tendrá en ella la cumbre de todo su trabajo, a pesar de que muchas otras que le siguieron confirmaron que es uno de los grandes autores de narrativa española contemporánea.

Si traigo a colación el reconocimiento a partir de una obra, se debe a que, como ya todos sabemos, el 6 de abril falleció de Luis Eduardo Aute, un artista polifacético perteneciente a la generación de los grandes cantautores que naciendo musicalmente en las postrimerías del franquismo sobrevivió durante los años en los que ya las nuevas generaciones se encontraban desligadas de este tipo de música.

También a Aute siempre se le recordará por una canción, ‘Al Alba’, que se convirtió en un referente musical, mezcla de canción de amor y tema reivindicativo a favor de la libertad y en contra de la cruel pena de muerte.



Debo apuntar que la canción inicialmente la creó para Rosa León, quien la incluyó en un elepé, publicado en 1975, que llevaba por título el mismo nombre de este tema que se popularizó por aquellos años.

Y aunque la letra no contiene de manera explícita ningún matiz político, lo cierto es que en la interpretación de Rosa León se podía deducir que era un canto en el que se hacía alusión a los últimos fusilados del franquismo que fueron ejecutados en septiembre de aquel mismo año.

No voy a entrar en hacer una síntesis de la trayectoria de Luis Eduardo Aute, ya que es fácil conocerla accediendo a algunas de las páginas que hay en la red; quiero, sin embargo, centrarme en esta canción como recuerdo muy personal y como pequeño homenaje a quien se ha marchado habiéndonos legado una canción que forma parte de nuestra memoria colectiva.

Una vez que conozco la noticia de su fallecimiento, dado que se da por muchos de los medios de comunicación, rebusco entre los numerosos elepés que tengo y allí localizo el de Aute que lleva por título Albanta. Era el octavo que había publicado, habiendo visto la luz en el año 1978, es decir, tres años después de la muerte de Franco.



Lo pongo en el plato para escucharlo. Compruebo que es la tercera canción de la primera cara. Los inevitables chasquidos característicos de los discos de vinilos aparecen mientras escucho esa hermosa canción tras un largo periodo de silencio sin acudir a ella.

En esos momentos vienen a mi mente los recuerdos de aquel año de 1975 en el que comenzaba a trabajar como arquitecto en Sevilla. El mismo año en el que tenía que hacer las prácticas de las denominadas ‘milicias’, que era el sistema al que nos podíamos acoger los estudiantes universitarios como alternativa a la ‘mili’, a la que obligatoriamente estábamos llamados los jóvenes españoles al cumplir los veintiún años, para que no interrumpiera nuestros estudios.

Por entonces, yo ya sabía (todos sabíamos) que tres miembros del FRAP y dos de ETA habían sido condenados a la pena de muerte por terrorismo en un consejo de guerra. La prensa hablaba de que tres de ellos serían ejecutados en el campamento de El Goloso, al norte de la provincia de Madrid.

Puesto que yo tenía familia en la capital del país, había solicitado hacer las prácticas en el campamento de Hoyo de Manzanares, también al norte de la provincia madrileña, dado que me horrorizaba encontrarme en un lugar en el que se iban a ejecutar a tres personas, puesto que siempre he estado en contra de la pena de muerte.

Bajo la creencia de que las ejecuciones por fusilamiento no se iban a realizar donde yo realizaba las prácticas de milicias, la noche del 26 de septiembre me encontraba como sargento de guardia en el puesto de entrada del campamento de Hoyo de Manzanares. Antes de que amaneciera, se presentaron unos camiones blindados de la Guardia Civil solicitando el paso para el campo de tiro. En esos momentos no podía imaginarme que en ellos iban los tres militantes del FRAP para ser fusilados.



Un escalofrío me sacudió el cuerpo, cuando al rato empecé a darme cuenta de que no era en El Goloso donde se iban a realizar las ejecuciones, sino a unos kilómetros de donde yo me encontraba. Comencé a hilar todo lo referido a lo acontecido en el último día, con las numerosas llamadas de los periodistas, la llegada de otros mandos y de un capellán militar, el acuartelamiento generalizado…

Angustiado, al despuntar el alba, escuché el eco de los tiros provenientes del cercano campo. Cada uno de ellos me anunciaba una muerte… Durante toda la mañana no pude quitarme de la cabeza esos impactos como si fueran campanadas a muerte que se extendían por aquellas tierras.

Ya en pleno día, cuando pude ir a Madrid, comprobé el enorme silencio que se respiraba en las calles. Toda la prensa recogía con grandes titulares la noticia de las ejecuciones: las tres del FRAP en Hoyo de Manzanares y en Burgos y Barcelona las de los dos miembros de ETA. Todo el movimiento internacional para que no se llevaran las ejecuciones de nada sirvió; incluso Franco no atendió la carta personal del papa Pablo VI pidiendo que no se llevaran adelante esas condenas y les fueran conmutadas por otras.

Apenas dos meses después, el 20 de noviembre, el dictador murió en la cama, sin que próximo a su final se hubiera conmovido lo más mínimo al firmar esas penas de muerte. Tres años después, con la Constitución de 1978 fue abolida la pena de muerte en el ámbito civil. En 1995 también se hizo en el supuesto de ‘tiempos de guerra’.

De estos hechos narrados han transcurrido nada menos que cuarenta y cinco años. El mismo tiempo desde que viera la luz esa hermosa canción que lleva por título ‘Al Alba’ en la voz de Rosa León. Tal como he apuntado, tres años después la publicaría el propio Luis Eduardo Aute, aunque ya se la conocía en la voz femenina.

Para mí, esta canción inevitablemente estará ligada a esa parte de mi vida que he narrado con la mayor brevedad posible. Y para los que admiramos a su creador, se nos ha ido un enorme artista que logró conjugar la música, la pintura, la poesía y el cine. Se ha ido para siempre dejándonos un extenso legado; aunque siempre lo recordaremos como el autor que nos entregó una bella canción que permanece en la memoria de todos.

AURELIANO SÁINZ

5 de abril de 2020

  • 5.4.20
Hay un cuadro en el Museo del Prado que, junto a El jardín de las delicias del Bosco, me parece de lo mejor que se expone en esa enorme pinacoteca. Se trata de El triunfo de la muerte, del pintor flamenco Pieter Brueghel que realizó en 1562. Cuando Brueghel lo realizó, habían transcurrido más de dos siglos desde que la denominada como peste negra asolara Europa, pero la memoria de esta devastación humana permanecía en el recuerdo de las generaciones posteriores.



Describir la multiplicidad de escenas que se plasman en este cuadro con una visión netamente apocalíptica es penetrar en el horror de la muerte de la que no se libra nadie, puesto que los esqueletos, en medio de un paisaje sin hierbas y de árboles secos, con sus guadañas siegan la vida de todas las personas que encuentran, mientras que las llamas del infierno arrasan el horizonte.

En vano, uno de los personajes desenvaina la espada como queriendo hacer frente a un ejército de esqueletos que no pueden morir porque ya están muertos. Otro, inútilmente, se esconde debajo de la mesa, pretendiendo escapar del campo de visión de quienes no tienen ya ojos pero que localizan a cualquiera, dado que los miembros de ese ejército alcanzan a todos los seres vivientes. Ni las canciones de amor, ni los juegos de azar, ni el máximo poder que encarnan los reyes sirven para hacer olvidar la terrible última hora que a todos espera.

Para la gente de aquella época, las espantosas epidemias que azotaban a la población no eran el resultado de ningún virus, esos organismos que hoy sabemos que tienen la estructura más sencilla de los seres vivos. Por entonces, se estaba lejos de conocer sus existencias, por lo que las pandemias se atribuían a la ira divina como resultado de los pecados cometidos por el hombre, según se clamaba desde todos los púlpitos de diferentes credos religiosos.

De este modo, el significado último de la muerte había que encontrarlo no en las leyes de la propia naturaleza, puesto que todos los seres vivos, incluidos los humanos, fallecen, sino en el pecado cometido por Adán y Eva al desobedecer el mandato divino de no comer del árbol del conocimiento. Una vez desterrados del Paraíso, ambos dos y todas sus descendencias vivirían bajo el dolor y la muerte, que solo acabaría, según las iglesias milenaristas y los movimientos sectarios, cuando llegue el Apocalipsis anunciado en el evangelio de San Juan.

Una visión del final de la vida humana imbuida por las ideas religiosas que durante la Edad Media y siglos posteriores aterrorizaban a una población cuya vida de sufrimientos marcaba a gran parte de su existencia, pero que se resignaba ante el temor de lo que acontecería tras la muerte.



Una vez hecha una breve presentación del cuadro de Brueghel, y del que acabamos de ver un fragmento de tan magnífica obra, cabe preguntarse: ¿A cuento de qué traigo este terrible e impactante cuadro en estos días en los que la pandemia del coronavirus amenaza a una importante parte de la población del planeta?

He acudido a este cuadro para indicar que, en medio de la catástrofe sanitaria que sufrimos y de las múltiples informaciones que recibimos, las sectas y muchas iglesias evangélicas, mayoritariamente procedentes de Estados Unidos, están sacando provecho de esta gran crisis apelando al lógico miedo que por estas fechas asoma en la gente. Miedo que se convierte en verdadero pánico en ciertos sectores que no logran apaciguar la angustia y el terror que sufren ante la idea y la presencia de la muerte que ahora está más presente que nunca.

Tengo que apuntar que el miedo es un sentimiento primario que nace con nosotros como medio de defensa y de supervivencia y sin el cual no sobreviviríamos. Pero una cosa es el temor ante las amenazas reales o previsibles y otra es el que nace de ideas que se nos insuflan, especialmente en la infancia, etapa en la que comienza la formación de la persona y en la que todavía que no se tienen los recursos cognitivos para poder defenderse de aquellos relatos que pueden llegar a aterrorizar las mentes infantiles.

Muchos de esos miedos están construidos sobre la idea de la muerte, hecho crucial en la existencia de los seres humanos. De ahí que las sectas se nutran de personas inseguras, cargadas de miedos, con importantes problemas en sus autoestimas y que no dudan en renunciar a la libertad para entregársela a un líder, a un gurú o a una organización que te dicta todo lo que tienes que hacer a cambio de ofrecerte una supuesta seguridad, sobre todo en momentos de gran incertidumbre como acontece en los tiempos que vivimos.

Y aunque no sean muy visibles, para que comprendamos el significado que tienen las sectas en nuestro país, acudo a los datos que nos proporciona Luis Santamaría, miembro de la Red Iberoamericana del Estudio de las Sectas, quien nos dice que en España se encuentran funcionando unas 350 conocidas (puesto que hay otras que funcionan por la red) que cuentan con unos 400.000 adeptos. Una cifra verdaderamente sorprendente, pues refleja el alto número de personas psicológicamente vulnerables y dependientes de esos grupos sectarios que supuestamente las ofrecen seguridad y un sentido a la vida en estos tiempos de miedo y de angustia.

El propio Luis Santamaría nos indica que "el miedo es el arma más poderosa para los grupos que llevan años pronosticando el fin del mundo. Ahora aprovechan esta pandemia para reforzar sus argumentos, empleando la manipulación para atraer a personas que pasan por un momento de vulnerabilidad. Pero ahora, con lo que estamos viviendo y ante la incertidumbre general, estos grupos se presentan como el arca de Noé diciéndote: o con nosotros o con la muerte".

Bajo una infinidad de nombres: Testigos de Jehová, Iglesia Adventista del Séptimo Día, Iglesia Universal del Reino de Dios, Asamblea de la Victoria de Dios en Cristo, la Iglesia Mundial del Poder de Dios y un largo etcétera se extienden por distintos países, tanto de España como de Latinoamérica.

Por suerte, en la actualidad, una parte significativa de la población de nuestro país atiende a las informaciones y consejos que proporcionan los científicos y el personal sanitario especializado, de modo que adopta las precauciones debidas sabiendo que se trata de un virus que ha saltado de animales salvajes al ser humano, por lo que no disponíamos de las defensas naturales que nos protegieran de las infecciones que, tristemente, han acabado en pandemia. Pensar de este modo es lo razonable; acudir a gurús y a sectas que nos ofrezcan falsas protecciones y esperanzas no deja de ser absurdo y peligroso.

AURELIANO SÁINZ
IMÁGENES: JOSÉ BAZTÁN LACASA (MUSEO DEL PRADO)

29 de marzo de 2020

  • 29.3.20
Cumpliendo con esa invitación a la lectura que días atrás hice para estos tiempos de confinamiento (y que lógicamente yo tenía que ser el primero en cumplirla), al rebuscar entre los numerosos libros que tengo, me he tropezado con un breve texto de mi admirado Mario Benedetti que se encuentra en Vivir adrede, volumen que dormía pacientemente en los anaqueles tras su primer encuentro conmigo allá por el 2008.



Dentro del primer bloque de esos textos breves que contiene la obra, me he detenido en el que lleva por título Guarida. Lo que allí expresa el escritor uruguayo parece, en cierto modo, un vaticinio de lo actualmente nos está pasando con la reclusión forzada. Es por ello por lo que creo oportuno mostrar algunas de sus primeras líneas para reflexionar sobre los sentimientos más profundos que portamos los seres humanos. Dice así:

“El mundo es tan cambiante, tan inesperado, que es bueno construirse una guarida, no solo para desalentar al azar sino también y sobre todo para borrar las culpas que los buenos vecinos nos endilgan (…) En la guarida estamos ilesos mientras cunde algún desastre. Y nos contamos cuentos y encendemos la antorcha”.

¡Y vaya que si es cambiante e inesperado el mundo! ¡Que nos lo digan a nosotros que en los comienzos del siglo XXI creíamos, o nos hacían creer, que los grandes problemas estaban solucionados, por lo que simplemente era cuestión de paciencia para resolver los ‘flecos’ que quedaban pendientes!

Quizás fueran su larga vida, ya que falleció en el 2009 contando 88 años, y las múltiples experiencias vividas las que le indujeron a manifestar lo incierta que es la existencia, por lo que no conviene descartar del todo acontecimientos que nos pueden parecer insólitos.

El futuro, el porvenir, el destino, el azar son distintas formas de expresar que el camino hacia adelante nunca puede estar prefijado del todo, por mucho que intentemos apagar las dudas que nos agobian buscando fórmulas mágicas que anímicamente nos tranquilicen. Pues, tal como apuntaba Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, hemos de ser capaces de soportar un cierto nivel de incertidumbre en nuestras vidas para no caer en la intolerancia y en los dogmatismos.

Bien es cierto que tiempo atrás nadie podía imaginar que un desconocido virus procedente de una provincia del interior de China iba a crear un estado de tensión y alarma a nivel mundial tan alto que parece que tiemblan los cimientos de todos los países del planeta.

Pero, aparte de su socarrón humor cuando alude a esos ‘buenos vecinos’ que nos vigilan para echarnos las culpas, lo que sí me interesa destacar es la idea de que conviene construirse un refugio como protección ante la actual sensación que nos persigue al vivir en un mundo inhóspito y amenazante. Y él habla de ‘guarida’, comparando, de manera metafórica, nuestra casa con el cobijo que las distintas especies animales crean para asegurarse la protección de las agresiones externas.

Ciertamente, de repente ha asomado un sentimiento ancestral que nuestros lejanos antepasados tuvieron que albergar cuando necesitaron refugiarse en las cuevas que encontraron en las zonas rocosas, ya que la vida en el exterior abierto suponía estar pendientes de las amenazas que podrían llegarles de las especies animales depredadoras.

Allí se cobijaron. Allí se sentían seguros. En las cavernas organizaron sus vidas al calor de las hogueras. También comenzaron a realizar los primeros dibujos, cuando con grasas animales pintaron en las paredes de las rocas y a la luz de las antorchas que utilizaron para iluminarse. Por suerte, algunos de esos dibujos nos han llegado, caso de Altamira, y ahora, milenios después, admiramos la belleza de los animales y las figuras humanas representados



Con el paso del tiempo la caverna se transmutó en casa, nombre con el que llamamos al espacio íntimo en el que vivimos dentro nuestro mundo desarrollado. Eso sí, ahora rodeados de numerosos aparatos que nos facilitan la vida, más aún en estos tiempos inciertos que los sentimos como amenazas.

Así, en estas fechas, percibimos la casa con un renacido sentimiento primario, como una huella arcaica que anida en el fondo de todos nosotros y que ha resurgido a partir de la necesidad vital de aislarse.

La vivienda, piso o casa, la sentimos como si fuera un refugio que nos protege del exterior, que ha pasado de ser espacio de relaciones, de contactos, de encuentros, a lugar hostil en el que tenemos que estar el menor tiempo posible. Y, en el caso de que nuestra presencia fuera totalmente necesaria, conviene volver pronto a nuestro personal abrigo (al que Mario Benedetti llama ‘guarida’) para así guarecernos de esa pequeña alimaña que no hemos visto pero a la que tememos enormemente.

De todos modos, tengo que apuntar que los niños expresan en sus dibujos ese sentimiento primario de protección plasmando la casa cuando se les pide que representen la familia. Muchos de ellos, ante esta propuesta, no solo trazan a los miembros que la componen, sino que lo hacen dibujándose en el interior del hogar, como símbolo de calidez y protección, o poniéndola al lado o detrás del grupo familiar.

Así, he seleccionado dos dibujos que explican visualmente lo que he comentado. El de la portada, de un chico de 11 años, muestra con claridad ese sentimiento de protección que le proporciona verse junto a sus padres y a su hermano siguiendo un programa de televisión. En el segundo que acabamos de ver, de una niña de 9 años, la casa adquiere un enorme protagonismo en el conjunto de la escena familiar.

De lo que no podemos tener constancia es de que en las cavernas se contaran relatos, puesto que la lengua hablada no era posible registrarla. Es de suponer que los cuentos, tal como nos dice el escritor uruguayo, aparecieran de manera tardía. Lo cierto es que en nuestra cultura se han configurado como un placer compartido, que ayuda a la imaginación y al desarrollo de la fantasía de los más pequeños.

Y qué decir en estos tiempos en los que se hace casi necesario evadirnos durante unos ratos para distanciarnos de tantas noticias tristes y desalentadoras que nos abruman. Sin lugar a duda, los cuentos, para pequeños y mayores, forman parte de los grandes placeres que se viven en distintas etapas de la vida, hecho que debemos tener en cuenta en esta etapa de reclusión o de vuelta obligada a la ‘caverna’ que habíamos olvidado.

AURELIANO SÁINZ

22 de marzo de 2020

  • 22.3.20
Antes de que llegara la epidemia del coronarivus que afecta a toda la población mundial, con distintas intensidades según los países, yo tenía el hábito cotidiano de hacer una larga caminata matinal por las distintas rutas que me buscaba para evitar la monotonía, aunque siempre hubiera alguna preferida. Un día, se me ocurrió hacerla por el centro de Córdoba y descubrí una cafetería-restaurante con cierto aire de antigüedad, puesto que la madera aparecía no solo cubriendo y decorando las paredes, sino que también las mesas y las sillas eran de una madera muy sólida.



Se respiraba un aire antiguo, tradicional, que ya es difícil de encontrar en los cafés, puesto que los nuevos diseños se han implantado de manera general. Pero lo que me impulsó a entrar allí era que se servían churros, que, por cierto, estaban exquisitos.

Así pues, descubrí un lugar muy bueno para compatibilizar las marchas con la lectura, dado que al encontrarme en esos días escribiendo sobre la vida de don Álvaro de Luna me pareció una buena idea parar en mitad del recorrido para hacer una pausa y disfrutar del café y de los churros.

De este modo, antes de salir de casa me cogía algunos de los libros sobre la vida del condestable de Castilla con la ilusión de que haría un alto en medio de la caminata y me enfrascaría en la tormentosa vida de quien se ha tomado el nombre de nuestra fortaleza.

Ya empezaba a ser un cliente habitual de la cafetería. Una vez que cruzaba la puerta, solía echar una mirada para buscar sitio y colocarme en uno de sus rincones. Al momento, sacaba las gafas de leer y el lápiz rojo para subrayar, al tiempo que abría el libro que llevaba, esperando que apareciera alguno de los camareros que atendían las mesas.

En cierta ocasión, uno de ellos de origen chino, alto, muy simpático y con gafas de bastante graduación, tentado por la curiosidad me preguntó mi nombre, pues yo era el único de los que acudían allí que iba siempre con un libro para leer.

“Mi nombre es Aureliano”, le indiqué esperando que lo entendiera. “¿Cómo? Yo conozco el nombre Aurelio, ¿es lo mismo?”, me responde y pregunta a la vez, levantando la mirada de la pequeña libreta en la que apuntaba lo que se le pedía.

Puesto que sé que en nuestro país es bastante raro, le estuve explicando que ambos nombres son de origen romano, aunque el más conocido es el de Aurelio, ya que procede de Marco Aurelio, uno de los grandes emperadores que tenía la singularidad de ser un filósofo estoico. Le añadí que el otro, el emperador Aureliano, vivió pocos años, aunque tuvo tiempo de amurallar la ciudad de Roma para evitar las invasiones.

“Por cierto, ¿tú cómo te llamas? Te lo pregunto porque de este modo me aprendo tu nombre”, le indico, cerrando por un momento el libro. “Yo me llamo Jin, con ‘jota’”, me aclara. “Encantado, Jin”, le saludo, al tiempo que acabo haciéndole el pedido: “Me traes un café con media de churros, pues, como me levanto muy pronto y desayuno temprano, en esta ocasión me voy a quedar aquí sentado bastante rato leyendo el libro”.

Mira con curiosidad la portada. Yo se la muestro, al tiempo que le leo el título: El Condestable. De la vida, prisión y muerte de don Álvaro de Luna. Asiente con la cabeza, como indicándome que ha comprendido lo que le he leído; aunque me temo que no sepa lo que es un condestable ni quién fue el personaje que le he nombrado.

Pero, ahora, este ritual de todos los días se ha cortado. Una vez que nos encontramos inmersos en la pandemia, con la obligación de aislarnos en casa para evitar contagiar y contagiarnos, se nos plantea qué hacer con nuestros hábitos tan marcados, teniendo todo el día por delante y sabiendo que, aunque se haya indicado que el confinamiento será para dos semanas, lo más probable es que el encierro dure mucho más.

Este sentimiento fue el que compartí con Esteban, un amigo de la infancia, cuando recibí una llamada suya en el primer día y estuvimos largo rato intercambiando opiniones.

“Creo, Esteban, que el aislamiento a mí no me afecta tanto, pues estoy acostumbrado a muchas horas de lecturas. Por otro lado, ya he preparado con mis alumnos los trabajos que les voy a seguir por Internet, por lo que tendré el tiempo bastante ocupado. Lo que sí debo resolver es la ruptura de las caminatas… Pero bueno, tenemos que planificarnos el día a día porque esto va a ser muy largo. ¿Y tú cómo lo llevas?”.

Continuamos con la charla, y, en medio de ella, me vino a la mente la pregunta que un amigo común me hizo acerca de cuántas horas del día las dedicaba a leer. “La verdad es que no te lo podría decir, puesto que estoy siempre leyendo. Para mí es como respirar, que no puedo dejar de hacerlo”. Una exageración, aunque, a fin de cuentas, los libros siempre me han acompañado.

Y es que cuando hablo de leer, aparte de otras formas, me estoy refiriendo a la lectura de un libro, de ese objeto que se coge entre ambas manos, al tiempo que uno se sienta en un sofá o en un lugar cómodo y se presta a entrar en otros mundos imaginarios, que nos trasladan a las vivencias reales o fantásticas que nos ayudan a concentrarnos, a estar con nosotros mismos, a calmarnos ante los desasosiegos que nos inquietan.

Sé que en estos días hay que estar bien informados y también que debemos responder con civismo ante un enorme reto que desconocíamos. Pero también entiendo que hay que organizarse en estas fechas que tenemos por delante, por lo que no conviene estar sobrecargados de noticias que pueden abrumarnos y conducirnos a situaciones estresantes.

Es por ello que acudir a un buen libro, de esos que a cada uno pueda gustarle, se convierte en una oportuna medida que nos ayudará a sosegarnos, a concentrarnos en nosotros mismos, a disfrutar de unos ratos alejados de las pantallas, a evitar la sensación de tiempo perdido que puede alcanzarnos por estar siempre pendiente de la última noticia. La lectura, aparte del placer que nos proporciona, también es un magnífico medio que tenemos a nuestro alcance para aprender más de la vida, de esa otra vida, real o imaginaria, que el autor nos invita a conocer.

AURELIANO SÁINZ

15 de marzo de 2020

  • 15.3.20
En estas fechas resulta muy difícil abordar cualquier cuestión al margen del coronavirus, ya que queda en la insignificancia ante la situación de Estado de alarma en el que nos encontramos por la pandemia que se ha extendido en apenas poco tiempo. Por otro lado, las noticias se superponen de modo que lo que aconteció hace un par de días parecen envejecidas por el ritmo acelerado y, casi incontrolado, con el que nos llegan.



De este modo, y como los artículos que aparecen en este diario digital los escribo con cierta antelación, la temática del que tenía preparado les podría resultar significativo, en un tiempo de normalidad, a los lectores y lectoras que habitualmente me siguen; sin embargo, ahora creo que su interés se reduce considerablemente, dado que trataba de un hecho histórico, ¡nada menos que de varios siglos atrás!

Creo, pues, mucho más adecuado tratar una cuestión relacionada con la crisis sanitaria y social que vivimos: cómo resolvemos el profesorado el cierre de las universidades a la docencia y cómo responde el alumnado a una situación que no se había conocido con anterioridad.

Hablaré desde mi perspectiva personal, puesto que como catedrático universitario me encuentro jubilado, aunque continúo ligado a la Universidad como profesor honorario. Es por ello que, junto a las investigaciones en las que participo, comparto clases con una profesora de mi Departamento, por lo que, de algún modo, puedo escribir con cierta solvencia acerca de las ideas, hábitos y actitudes de los jóvenes que realizan sus estudios en la Universidad española.

Así pues, quisiera explicar cómo abordé (abordamos) la suspensión de las clases que decretó el pasado día 13, viernes, la Junta de Andalucía y lo comunicó su presidente pasadas las 20.30 de la tarde.

Una hora antes de tener esta información, como profesor de la parte teórica de una asignatura (dado que la profesora titular desarrolla las prácticas), recibí un mail de B. C., delegada de la clase, en la que, entre otras cosas, nos decía: “Les escribo porque mis compañeros y yo, dada la situación de incertidumbre que estamos viviendo, nos estamos planteando si ir mañana viernes a clase, día 13 de marzo (…) Por nuestra salud y la del resto de personal universitario, creemos que no es conveniente seguir asistiendo ahora mismo (…) Nos gustaría saber cuál es su opinión al respecto, ya que sabemos que la asistencia es clave para completar la asignatura”.

Por los medios de comunicación ya se había informado de que los empleados de algunas empresas podrían realizar su actividad como teletrabajo y que en los centros superiores, en caso de suspensión de la docencia presencial, era factible realizarla on-line.

A la delegada le respondí inmediatamente indicándole que deberíamos esperar al pronunciamiento de la Junta de Andalucía, dado que las Comunidades tienen transferidas las competencias educativas. Le aclaré que, en el caso de que se suspendieran desde el propio viernes, lógicamente, teníamos que aceptarlo así; pero que para nosotros presentaba el gran inconveniente al no poder planificar la docencia on-line, puesto que estaríamos un mes sin clases (por experiencia, sé que los pocos días que, teóricamente, se abrirían las universidades no iban a evitar que el alumnado enlazara su ausencia con la Semana Santa).

Como finalmente se indicó que el cierre se llevaría a cabo a partir del lunes, día 16, le manifesté a la delegada que nos veríamos al día siguiente todo el mundo en el aula, dado que teníamos que planificar la docencia teórica y práctica para un mes, puesto que los días anteriores a la Semana Santa prácticamente iban a quedar en blanco. Le insistí en la necesidad de que todo el alumnado estuviera presenta, dado que ese viernes teníamos tres horas de teoría y tres de prácticas.

La respuesta de los estudiantes fue correcta, ya que se hicieron conscientes de que no podían estar un mes ‘con los brazos cruzados’. Se pudo, pues, aclarar todas las formas en que llevaríamos tanto la parte de la teoría como la correspondiente a las prácticas, al igual que todas las dudas que les surgían, por lo que al finalizar las clases no quedó, en principio, nada al azar. Las dudas personales que les pudieran ir surgiendo se las responderíamos a cada cual, ya que todo ello forma parte de la docencia on-line.

Desconozco cómo ha podido resolver este problema el resto de los compañeros, pues si uno no había imaginado que el cierre universitario podría darse de un día para otro se podría encontrar con el problema de que el alumnado en su asignatura se viera perdido una vez que llega la orden de cierre manera acelerada… tal como ahora estamos viviendo una realidad que nos sobrepasa.

AURELIANO SÁINZ

8 de marzo de 2020

  • 8.3.20
Hoy domingo, 8 de Marzo, sale publicado este artículo dedicado a quien quizás sea la mujer pintora más conocida internacionalmente. Y es que no solo sorprende su pintura, sino que también su vida fue una auténtica lucha por afirmarse contra el dolor y el sufrimiento que tuvo que atravesar a lo largo de su vida, logrando crear un mundo pictórico tan personal y singular que me atrevería a afirmar que compite en reconocimiento con pintores del surrealismo tan conocidos como Salvador Dalí o René Magritte.



Su hondo penar tenía dos facetas: una física y la otra anímica, pues, como bien apunta la escritora Elizabeth Lunday, “Frida Kahlo decía que en su vida había dos grandes tragedias. Una fue el terrible accidente de tranvía que tuvo en su juventud, en el que se fracturó la columna vertebral y la pelvis por varias partes y se aplastó el pie, lo que la condenó a una vida de sufrimiento y dolor. La otra fue Diego Rivera, el marido (se casaron dos veces) que la atormentó con sus múltiples infidelidades. Y apuntaba que la de Diego fue, de lejos, la peor”.

Un dolor tan personal e íntimo sería la base con la construiría la temática que, mayoritariamente, abordó en sus lienzos; lejos, pues, de las que desarrollaron las dos pintoras que por ahora he abordado en esta serie: Sofonisba Anguissola y Angelica Kauffman, cuyos trabajos se movían dentro del tranquilo y apacible ámbito privado o doméstico en el que tradicionalmente se movía la mujer que penetraba en las artes plásticas hasta bien entrados en el siglo XX.

Paradójicamente, esas dos tragedias que vivió Frida Kahlo fueron los motivos por los cuales pudo ser reconocida como una pintora singular, puesto que su larga convalecencia dio origen a querer acercarse al mundo de la pintura y expresar el enorme dolor que le produjo verse rota por dentro.

Antes de mostrar algunas de sus obras, aporto unos breves datos biográficos que nos sirvan de referencia. Frida Kahlo Calderón nació en Coyoacán, Méjico, el 6 de julio de 1907. Hija del fotógrafo Guillermo Kahlo y de Matilde Calderón, fue la tercera de las cuatro hijas que tuvo este matrimonio. Los datos biográficos nos dicen que su padre, un judío de origen húngaro-alemán, se declaraba ateo, mientras que su madre era una mujer mejicana muy católica y con raíces indígenas. De esta unión sale Frida, mujer muy morena, con rasgos también indígenas y que se negó siempre a depilarse, por lo que sus cejas se asemejaban al perfil de una gaviota o de una golondrina.

Cuando contaba 16 años, su padre la matriculó en la escuela secundaria más prestigiosa de Méjico: la Escuela Nacional Preparatoria, lugar en el que empezó a interesarse por la política de izquierdas, al tiempo que comenzó a sentir una gran fascinación por el artista que estaba pintando un mural para el auditorio del centro: Diego Rivera, quien con el paso del tiempo sería una de las cumbres del muralismo mejicano junto con David Alfaro Siqueiros.

Dos años más tarde, el 17 de septiembre de 1925, Frida comprueba cómo sus sueños se truncan, dado que el autobús en el que viajaba fue arrollado por un tranvía fuera de control, quedando empalada por una barra de hierro. Resultado: fractura de varias vértebras, una clavícula, dos costillas, la pelvis destrozada, once fracturas en la pierna izquierda y el pie derecho aplastado.

A partir de esos momentos nacen dos Fridas que se intercambian: la destrozada física y emocionalmente y la que queda en sus sueños que la ayuda a sobrevivir. Quizás ese sea el sentido último de su lienzo de 1939 titulado precisamente Las dos Fridas, el mismo que he utilizado como portada de este breve trabajo sobre la pintora mejicana. Dada la amplitud de su obra, en esta escueta mirada me limitaré a mostrar algunos trabajos de su amplia producción.



Como ejemplo de la sorprendente conjunción de arte y dolor que plasmó en sus lienzos, lo encontramos en uno de sus cuadros más conocidos: La columna rota. Esta obra de madurez, pintada en 1944, muestra un desnudo de Frida con uno de sus corsés médicos. Tiene la piel atravesada por clavos y su cuerpo abierto muestra una columna griega, que sustituye a su columna vertebral, rota por distintas partes.

En contraste con sus obras que son símbolos de su sufrimiento, Frida realizó numerosos autorretratos en los que se mostraba en primer plano, con mirada frontal, seria, como si estuviera concentrada en sí misma. Uno de ellos es el que presento titulado Autorretrato con collar de espinas del año 1940, en el que aparece el contraste de las mariposas y libélulas, que flotan alrededor de su cabeza, con ese collar punzante que le rodea el cuello, como si no pudiese desprenderse del dolor que la oprime.



Otro de sus grandes deseos frustrados fue el de la maternidad, ya que al poco tiempo de haberse casado estuvo esperando un hijo al quedarse embarazada, a pesar de que los médicos le indicaron que difícilmente podría llevar a término el embarazo, puesto que la pelvis había quedado maltrecha en el accidente que sufrió. En cuatro ocasiones intentó ser madre, pero tuvo abortos naturales o por recomendación médica, ya que su vida peligraba si continuaba adelante. Esa maternidad frustrada la reflejó de distintas formas en algunos de sus lienzos, como el titulado Henry Ford Hospital.



La obra de Frida Kahlo, tal como he apuntado, es inclasificable dentro de los estilos artísticos conocidos, ya que en la mayoría de sus trabajos ella era la protagonista en la que mezclaba realidad, emociones, símbolos y ensueños, de modo que trasladaba al lienzo sus sentimientos más íntimos, transformándolos en imágenes inverosímiles. Es lo que acontece con la escena de El venado herido, en el que se transforma en su cervatillo, que le llamaba Granizo, para metamorfosearlo en uno de sus múltiples autorretratos.



Como indicaba al principio, quisiera con esta pequeña semblanza hacer un homenaje a la mujer con otro de los lienzos de la gran pintora mejicana en el que mostraba el terrible machismo que soportaban (y soportan) algunas de ellas. Se trata del que lleva por título Unos cuántos piquetitos!, en el que alude tanto a situaciones reales de la violencia del hombre mejicano como a los tradicionales ritos religiosos de las culturas maya y azteca.

De esta obra hay un boceto en el que Frida había escrito las palabras de un marido engañado y que habían sido recogidas en la prensa de su época. Son las siguientes: “Mi chata ya no me quiere, porque se dio a otro malhora, pero hoy si se la arranco, ya le llegó su hora”. Más adelante, toma las palabras del marido engañado ante el juez: “Solo unos cuantos ‘piquetitos’; no ‘jueron’ veinte puñaladas, señor juez”.

Lamentablemente, en pleno siglo veintiuno, siguen aún vigentes esos ‘piquetitos’ como distintas formas de violencias que sufren muchas mujeres y que forman una especie de ritual que nos llega de modo regular por los medios de comunicación. ‘Piquetitos’ que, en ocasiones, se traducen en mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas para indicarnos que el machismo sigue fuertemente anclado también en las denominadas sociedades avanzadas.

AURELIANO SÁINZ


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