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Mostrando entradas con la etiqueta Negro sobre blanco [Aureliano Sáinz]. Mostrar todas las entradas
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10 de noviembre de 2019

  • 10.11.19
A finales de octubre asistí al II Congreso Internacional de Neuroeducación que se celebraba en la Universidad de Barcelona. Ya lo había hecho con anterioridad en el primero que se había desarrollado dos años antes, por lo que me pareció de gran interés continuar con esta nueva línea que se ha abierto dentro del campo educativo y que considero que implica aportaciones relevantes e inéditas.



Desde hace bastantes años conozco la ciudad debido a las visitas que he realizado, fuera por mi participación en congresos que se organizan en sus distintas universidades o por razones familiares, ya que mi hijo Abel reside en la ciudad condal. Sobre ella, creo que no es necesario que diga que Barcelona es una magnífica urbe que compite con Madrid en muchos aspectos: población, cultura, desarrollo industrial, turismo, etc., por lo que merece la pena visitarse al menos en alguna ocasión.

Por otro lado, también creo que resulta obvio indicar que la ciudad se encuentra en una situación convulsa como consecuencia de los retos independentistas que se despliegan tanto en la ciudad como en otros lugares de Cataluña. Incluso, algunos actos recientes han impactado en todo el país por el grado de violencia desarrollado por algunos grupos fanatizados.

Pero no voy a entrar en un tema que conllevaría un largo y complejo debate, sino que deseo centrarme en una noticia de la que tuve conocimiento durante mi estancia y que me dejó asombrado, pues para mí, que llevo muchas décadas como profesor universitario, nunca había conocido nada similar, puesto que resulta una abierta alteración de todo un proceso educativo.

Se trata de que algunos rectores han decidido implantar, sin contar con la aprobación explícita de los claustros universitarios, un sistema de ‘evaluación flexible’, de modo que aquellos estudiantes que, movilizándose en apoyo al ‘procés’ y no asistiendo a las clases como forma de protesta, puedan realizar una prueba o examen final que sea equivalente a la asistencia que realizan los estudiantes que sí acuden a las clases.

Para que podamos comprender correctamente el significado de esta cuestión conviene que realice algunas observaciones acerca del actual sistema universitario español.

Desde hace aproximadamente una década se implantó en las universidades españolas el denominado Plan Bolonia, del que la ciudadanía sabe algunos aspectos. El más conocido es que se eliminaban las licenciaturas (normalmente de 5 años de duración) y las diplomaturas (de 3 años), siendo sustituidas por los grados (de 4 años en España), que podrían ampliarse con los másteres (de 1 o 2 años), como forma de especializarse.

Dentro de las modalidades pedagógicas, se introdujo la denominada evaluación continua, que podría sustituir a los exámenes en aquellas asignaturas que así lo recogieran en sus programas o guías docentes, como ahora se les denomina.

En mi caso, puesto que así queda plasmado en las asignaturas de Educación Artística que imparto, siempre he optado por el sistema de evaluación continua, ya que creo que es el más justo y con el que mejor aprenden los estudiantes universitarios, puesto que el profesor tiene que implicarse mucho más en la clase, orientando tanto los aprendizajes teóricos como las actividades prácticas. Por otra parte, el alumnado lo prefiere, ya que le resulta mejor realizar la asignatura a base de trabajos que se les van corrigiendo, y, de este modo, saber las calificaciones que obtiene con los que se llevan realizados.

Esto, como contrapartida, conlleva el que los estudiantes asistan de modo regular a las clases, ya que si no se hace así no hay tal aprendizaje y evaluación continuos. Lógicamente, en mis asignaturas tomo nota de aquellos casos que por distintas razones no han podido asistir (enfermedad, problemas familiares, asistencia a alguna otra prueba, etc.).

En el caso de las universidades que estoy comentando, los rectores que han tomado esta medida la han justificado indicando que con ella se evitan los enfrentamientos en los campus universitarios.

Sin embargo, esto implica graves contradicciones, que paso a comentar. La primera es que se cede ante la presión que ejerce un sector (quizás, minoritario) de estudiantes que logran alterar los procesos educativos en su favor, y que, por muy respetables que sean sus ideas (si se llevan por cauces democráticos), van en detrimento de los criterios ya establecidos en las guías docentes que se actualizan y se aprueban antes de comenzar cada curso, y que, a fin de cuentas, es el ‘contrato’ que realizan las universidades con los estudiantes que pagan sus matrículas para recibir lo que se indica en esas guías.

Por otro lado, se cambian los criterios pedagógicos, en el sentido de que los conocimientos ya no se obtienen a través de un proceso continuado sino que se vuelven a los sistemas memorísticos que predominan en las pruebas o exámenes finales.

Además, no se cumple con una de las funciones relevantes que tiene la educación universitaria, puesto que, además de la preparación para la obtención de un título que capacita para una determinada profesión, se busca también la formación para ser personas adultas y responsables de sus actos; no sujetos inmaduros y caprichosos a los que se les protege de sus actuaciones.

Ellos deben saber que, por ejemplo, cuando un trabajador se pone en huelga corre ciertos riesgos, sean de tipo económico, de posibles sanciones e, incluso, en situaciones extremas les puede afectar a la propia estabilidad en el trabajo. La huelga o el paro no es un juego de adolescentes que creen que pueden actuar de manera coactiva sin que sus actuaciones les pasen facturas.

Entiendo que todo esto tiene un trasfondo ideológico del que prefiero no extenderme, puesto que la ruptura generada por el ‘procés’ en el campo institucional, político y ciudadano, se vive tanto en Cataluña y en el resto de país como una alteración de la convivencia con consecuencias bastantes graves.

Sin embargo, lo que nunca me podía imaginar es que los rectores de esas universidades públicas catalanas, que deben mantenerse ideológicamente neutrales en sus funciones y defender la legalidad institucional (ya que esto es distinto a la denominada ‘autonomía universitaria’), bajo el criterio de “evitar conflictos en los campus universitarios”, respaldaran o cedieran a los chantajes de aquellos estudiantes que desean imponer sus ideas a toda costa, incluso alterando algo tan esencial como son los programas o guías docentes de las asignaturas.

AURELIANO SÁINZ

3 de noviembre de 2019

  • 3.11.19
Hay crímenes que nos conmueven profundamente porque rompen todos los códigos y esquemas morales con los que vivimos la mayor parte de los seres humanos, y que son el resultado de los muchos siglos por los que se han tenido que transitar hasta lograr afianzar, en gran medida, unos principios éticos que en la actualidad los consideramos como si fueran naturales.



No obstante, a pesar de esa convicción interna, lo cierto es que cada cierto tiempo se nos informa por los medios de comunicación de sucesos que nos asombran y nos indignan, de modo que la tristeza, la rabia y la impotencia se entremezclan cuando se nos describen los hechos que rodearon a esos terribles delitos.

No nos cabe la menor duda que, dentro de esos crímenes, los más horrendos son los que se producen en el seno o entorno familiar, especialmente cuando son los más indefensos, es decir, niños las víctimas, al tiempo que sus agresores se han movido por las pasiones generadas por unos celos patológicos.

Serían numerosos los casos a los que podríamos acudir. De todos es conocido, por ejemplo, el de José Bretón que no dudó en asesinar a sus dos hijos de corta edad como venganza por los celos que sentía hacia quien había sido su mujer. Y más cercanos a las fechas actuales se encontraría el terrible caso de Ana Julia Quezada, que asesinó al pequeño Gabriel, el hijo de su pareja de entonces.

Esta unión de celos y venganza en el seno de la familia o en las relaciones es un mal que, aunque excepcional, se repite de manera reiterada a lo largo del tiempo, puesto que a veces nos llegan noticias de asesinatos de mujeres por parte de sus exparejas y ante la presencia de sus hijos pequeños.

Reflexionando sobre lo expuesto, cabe preguntarse: ¿Son los celos y los deseos de venganza dos de las pasiones más profundas que anidan en lo más hondo de hombres y mujeres y que, ocasionalmente, pueden conducir a los crímenes más espantosos? ¿Son los principios morales o éticos en los que estamos formados los frenos más eficaces para controlar los impulsos que nos pueden conducir a rechazar los deseos de venganza ante duras afrentas que pudiéramos sufrir?

Sobre la primera pregunta, y si nos atenemos a los textos de la antigüedad, especialmente, a los relatos bíblicos (que, como bien he apuntado, se pueden entender de forma simbólica), podríamos afirmar que los celos y los deseos de venganza son las pasiones humanas más arcaicas, ya que se expresan con toda nitidez en la narración de la muerte de Abel a manos de su hermano Caín.

Reflexionando sobre estos sentimientos, y acudiendo a los relatos que han configurado en gran medida el pensamiento occidental, me ha parecido oportuno abordar también el significado de aquellas imágenes pictóricas, construidas a partir de los textos bíblicos, que han quedado plasmadas en magníficos cuadros y que hoy podemos contemplar en distintos museos.

Ciertamente, si visitamos algunos de los grandes museos de arte europeos comprobaremos que a partir de algunos de los cuadros expuestos se puede rastrear la historia de las ideas, las doctrinas, las normas y las pasiones que durante siglos fueron las predominantes en la mayoría de la población. Son creencias que, en su mayor parte, nacieron a partir de los relatos bíblicos o que tuvieron sus orígenes en las mitologías de la Grecia o Roma clásicas.

Y nada mejor que comenzar a entender las ideas, creencias, mitos y pasiones humanas tomando como punto de partida la representación de La muerte de Abel realizada por cuatro pintores: Tiziano, Rubens, Novelli y Coxcie.

Brevemente expondré los argumentos del primer crimen de la historia (tomando como referencia el relato de la Biblia), ya que todos hemos escuchado la expulsión de Adán y Eva del Paraíso. También que, una vez fuera del estado de inocencia en el que vivían, concibieron a un hijo al que pusieron el nombre de Caín; más tarde nacería el segundo hijo que recibió el de Abel.

En el Génesis (libro IV, 8) se nos dice que Abel era pastor, al tiempo que su hermano mayor cultivaba la tierra. Ambos dos hacían sus ofrendas a Dios: Caín con los frutos de la tierra y su hermano Abel lo hace con la grasa de los corderos de su rebaño.

En el texto no se dan razones de por qué al poder divino las ofrendas del segundo le eran gratas, mientras que las de Caín eran rechazadas. Esta discriminación, bastante arbitraria en nuestra mentalidad actual, fue el origen de los enormes celos que se despertaron en Caín hacia su hermano. “Y cuando estaban en el campo, se lanzó Caín sobre su hermano Abel y lo mató”, según reza en el texto bíblico, sin que se especifique con qué instrumento comete el crimen.

De inmediato, la cólera divina pesó sobre la conciencia de Caín, por lo que acaba declarando que “mi culpa es demasiado grande para soportarla” y “cualquiera que me encuentre me matará”.

Tras quedarse solos, Adán y Eva posteriormente conciben un tercer hijo al que ponen el nombre de Set, uno de cuyos descendientes será Noé, destinado a convertirse a su vez en antepasado de todos los hombres después del Diluvio Universal.



A lo largo de la historia del arte, la muerte de Abel a manos de su hermano Caín ha sido representada de dos modos distintos: uno de ellos en escenas en las que aparecen ambos hermanos solos y otro con la presencia de la figura de Dios que contempla y enjuicia el crimen cometido.

En el primer modo se destaca la obra de Tiziano (1490-1576), el pintor italiano favorito del rey Felipe II. El lienzo, realizado entre 1542 y 1544, se encuentra en la iglesia de Santa María de la Salud de Venecia.

En la obra, Tiziano nos presenta a dos hermanos fuertemente musculosos y atléticos, tal como correspondían a las pinturas italianas de entonces. En un primer término aparece Abel con la cabeza ensangrentada, al tiempo que es aplastado contra el suelo rocoso por el pie izquierdo de su hermano. A su vez, Caín se muestra en contrapicado, descargando con toda su furia el arma homicida contra Abel. Al fondo de ambos aparece un humeante altar de los sacrificios, como recuerdo del motivo del primer fratricidio.

Otro de los lienzos, en el que únicamente aparecen Caín y Abel junto al altar de los sacrificios, es el que realizó el pintor alemán Peter Paul Rubens (1577-1640), dentro de la estética del barroco, predominante por aquel entonces en el arte religioso, tras la Contrarreforma que lleva adelante la Iglesia católica.

El cuadro puede contemplarse en la Courtauld Gallery de Londres. A mi modo de ver, no es de los mejores cuadros de este gran pintor, dado que las figuras de Caín y Abel se muestran muy forzadas, formando entre ambas una especie de arco para expresar el movimiento, tan característico del estilo en el que se inscribe Rubens. Quizás el autor, en ese intento de dejar espacio suficiente, buscara que el altar de los sacrificios que ambos ofrecían a Dios se apreciara con total claridad, como acontece en este caso.



La segunda modalidad, tal como he indicado, es aquella en la que tras cometer el crimen Caín se enfrenta a la pregunta que le hace Dios acerca de su hermano. Ya sabemos la respuesta del fratricida y la maldición que recae sobre él y sus descendientes.

En esta línea, en la que se muestran al autor del crimen, a la víctima y al juez supremo, se inscribe el cuadro del también pintor italiano Pietro Novelli (1603-1647), obra que se encuentra en la Galería Nacional de Roma.

El enfoque que plantea Novelli es muy distinto al de Tiziano y Rubens: en primer término, aparece Abel, yaciente en el suelo, al tiempo que Caín, aterrado por el crimen que ha cometido huye de la escena del delito y de la mirada de Dios, que surge en medio de un remolino oscuro de aire. Un Dios que, en cierto modo, se muestra más bien triste y apesadumbrado que irritado y vengativo, ante la visión del terrible hecho de las dos primeras criaturas engendradas, tal como se relata en el Génesis.

Quiero cerrar esta presentación del estudio de los celos y el consecuente deseo de venganza como las pasiones más arcaicas de los seres humanos, tomando el relato bíblico de la muerte de Abel, mostrando un cuadro que puede contemplarse en el Museo del Prado. Se trata del lienzo realizado por el pintor flamenco Michiel Coxcie (1499-1592), que realizó en el año 1550, en plena madurez pictórica.

A Michiel Coxcie, poco conocido en nuestro país, se le apodó en su tiempo ‘el Rafael de los Países Bajos’, aunque a mi modo de ver queda a bastante distancia de la brillantez creativa del pintor y arquitecto italiano Rafael Sanzio.

En este lienzo, el pintor de Flandes muestra también, en un primer término y con un gran escorzo, a Abel desnudo, al que únicamente le tapa una quijada de asno, instrumento que a Caín se le comienza a adjudicar a partir de la Edad Media, puesto que en el Génesis no se indica con qué instrumento mata a su hermano.

Más lejos se encuentra Caín, que, también desnudo, intenta ocultarse a la mirada de Dios que se le aparece envuelto en una nube y acompañado de dos querubines.

Y es que los remordimientos, estén o no basados actualmente en creencias religiosas, posteriormente surgen con intensidad en la mente del agresor, de ahí que ya en el propio relato bíblico Caín manifieste “mi culpa es demasiado grande para soportarla”, puesto que el recuerdo de la víctima acompaña al homicida.

AURELIANO SÁINZ

27 de octubre de 2019

  • 27.10.19
En el artículo anterior abordaba los planteamientos del psicólogo criminalista Vicente Garrido. En esta segunda parte quisiera partir de la visión de Javier Urra, también psicólogo, que fue el primer Defensor del Menor en nuestro país, entre 1996 y 2001 y presidente de la Red Europea de Defensores del Menor, autor que cuenta con una larga trayectoria en el estudio de los jóvenes muy conflictivos.



Para comprender el fenómeno de la agresividad y la violencia en los niños y adolescentes hay que entender que se dan dos posturas inicialmente contrapuestas, aunque, en ocasiones, pueden complementarse. La primera de ellas sostiene que la agresividad es algo innato y que forma parte del carácter de la persona; la segunda, en cambio, defiende que es algo aprendido como consecuencia de comportamientos que son el resultado de actitudes negligentes de los padres

La segunda es la sostenida por la mayoría de los psicólogos y docentes, quienes, sin negar que la agresividad forma parte instintiva del ser humano, consideran que su expresión en conductas violentas acaba siendo el resultado de aprendizajes, dado que también se puede aprender la actitud contraria: el control de la agresividad.

Esta es la posición que defiende Javier Urra en su libro El pequeño dictador. Cuando los padres son las víctimas. Así, con respecto al niño o el joven que acaba convirtiéndose en un pequeño tirano dentro del hogar, nos dice lo siguiente:

Se maltrata a nuestros jóvenes cuando no se les transmite pautas educativas que potencien la autoconfianza, ni valores solidarios y, en cambio, se les bombardea con mensajes de violencia. Se les maltrata cuando se les cercena la posibilidad de ser profundamente felices y enteramente personas”.

Es decir, que antes de ser un constante provocador ese niño ha vivido carencias significativas que han reforzado ciertas tendencias que tendrían que haber sido corregidas desde la más tierna infancia. Más adelante, Javier Urra continúa: “En la actualidad, el cuerpo social ha perdido fuerza moral. Se intentan modificar conductas, pero se carece de valores”.

Una vez descritos algunos aspectos esenciales que deben considerarse e inculcarse en el seno de la familia: el valor de educar, la transmisión de cariño y afecto, la firmeza en una autoridad racional y la enseñanza en edades muy tempranas en los derechos y deberes que todas las personas debemos asimilar, hay que atender a esos valores en su dimensión social y que dan cuenta del tipo de sociedad en la que vivimos.

Bien es cierto, como apunta este autor, que “algunos padres no ejercen su labor, han dejado en gran medida de inculcar lo que es y lo que debe ser. No tienen criterios educativos, intentan compensar la falta de tiempo y de dedicación a los hijos tratándolos con excesiva permisividad”.

Tal como he indicado, la educación que se recibe en el seno de la familia se debe complementar con la que aporta en la sociedad en la que se vive. Y ahora uno se pregunta: ¿Qué tipo de valores transmiten en la actualidad nuestras instituciones y los cargos que la ejercen cuando vemos que la corrupción, la mentira, el engaño y la hipocresía están al orden del día? ¿Acaso se le puede pedir a la ciudadanía un comportamiento ejemplar cuando el desaliento cunde ante el triste espectáculo que ofrecen quienes tienen poder educativo, mediático, económico o institucional?

No me cabe la menor duda de que cada vez se hace más difícil formar en valores como el esfuerzo, el respeto, la justicia equitativa, la honestidad, el respeto, la sinceridad, la tolerancia, etc. Y, sin embargo, es imprescindible la educación en ellos, puesto que no son bellas palabras a las que podemos acudir de vez en cuando, sino comportamientos que, caso de practicarse, consolidan relaciones sociales y familiares que dan sentido a nuestras vidas.

Lo expuesto nos sirve para entender esos comportamientos agresivos que, en el fondo, expresan la carencia de valores sólidos en los sujetos con comportamientos violentos. Sobre esta temática me he apoyado en mi experiencia investigadora en las aulas a partir de los trabajos gráficos realizados por estudiantes de Primaria y Secundaria. Y para que veamos algún ejemplo, he acudido a algunos dibujos que nos ilustran cómo se perciben a sí mismos aquellos que se convierten en dictadores dentro del propio hogar.

Para comenzar, me he servido del dibujo de un chico de 14 años que he seleccionado como ilustración de este artículo. En la escena, que nos muestra su propia visión de la familia, aparece en primer lugar su padre, alto, fuerte y con los brazos “en jarra”, como demostración de un talante duro y autoritario en el seno de la familia.

En segundo lugar, representa a su hermano menor, que, tal como el autor escribió por detrás de la lámina, es muy agresivo, tanto con su madre como con él. Esto queda mostrado por la proximidad que tiene con el padre del que parece aprende sus modos de comportamiento, ya que aparece con el brazo derecho en alto y con el puño cerrado, mientras que el izquierdo lo extiende, también con el puño cerrado, hacia su madre y el propio autor del dibujo.

La madre la traza en tercer lugar. Como podemos apreciar, aparece de espaldas con respecto a su marido y a su hijo menor, como si temiera a ambos. Los brazos los tiene pegados al cuerpo como señal de inseguridad, mientras que en el rostro se refleja la tristeza.

Cierra la escena la figura del propio autor, lo que es manifestación de escasa seguridad en sí mismo. Por otro lado, también aparece de perfil, de espaldas a su padre y a su hermano pequeño, y con las manos metidas en los bolsillos, lo que refuerza ese carácter débil e inseguro que tiene.



El carácter agresivo puede expresarse tempranamente, tal como acontece con Rafa, un niño de 4 años, que hacía la vida imposible a los otros niños, sus compañeros del aula de Educación Infantil. La profesora tenía que estar constantemente pendiente de él, puesto que los empujones, las patadas y los arañazos estaban a la orden del día.

Para comprender qué le sucedía en el seno de la familia, acudimos a plantear en el aula que dibujaran a su familia, una vez que, al ser pequeños, les explicamos qué es una familia y qué personas las componen.

Cuando vimos el dibujo fuimos conscientes del entorno en el que vivía este niño, puesto que nos presenta a su madre y a su padre como si fueran dos auténticos monstruos, con unas bocas en las que aparecen los dientes como si fueran puntas agresivas, al tiempo que muestran unos brazos grandes y amenazantes; todo lo contrario de lo que deben ser unos padres cariñosos y atentos con sus hijos.

Él se representa en el lado derecho, con dos ausencias significativas: no se traza la boca ni tampoco los brazos. El hecho de que no aparezca la boca expresa que no le dejan hablar y que constantemente le están diciendo que se calle. Por otro lado, la ausencia de brazos es signo de falta de cariño, pues con los brazos nos damos las personas afecto.

Llama, por otro lado la atención de que no representara a sus hermanos. En su caso, y al ser un niño muy pequeño pudiera deberse a que no planificó el espacio que ocuparían los personajes, por lo que una vez que trazó a sus padres y a sí mismo ya no le quedaba superficie para incorporarlos.



Aunque parezca una paradoja, la mente del niño agresivo está llena de imágenes de miedo y terror que ha podido experimentar de modo directo en el seno de su familia, en el colegio o por el contacto con los medios de comunicación, que, por cierto, en la actualidad están saturados de ellas desde pequeños.

Esto es lo que pude comprobar cuando Miguel, un niño de 9 años, muy agresivo, me entregó el dibujo de la familia. Tras charlar con él acerca de lo que había representado, pude comprobar que su casa, a la que traza de tamaño muy grande, de color rojo, evocando la agresividad, se encuentra en el centro de la escena, expresándonos que era en centro de sus vivencias.

Pero lo que más llama la atención es el carácter animista de la casa, ya que le traza ojos como si fuera una persona. Por otro lado, tras la puerta hay una silueta, que después de hablar con el chico, pude llegar a la conclusión de que era, según sus propias palabras, un fantasma que habitaba en su hogar. Fuera dibujó, con trazo muy impreciso, a los cuatro miembros de la familia y al perro que tenían.

Otro detalle a tener en consideración para comprender su agresividad es que se representó con un antifaz, como si quisiera mostrarse como un personaje que está al margen de la ley, como puede ser un ladrón.



La agresividad que algunos escolares desarrollan en las aulas, en ocasiones, suele ser el resultado de los malos tratos que recibe en el seno de la familia. Es lo que acontece con Francisco, un chico de 11 años que se encontraba en sexto curso de Primaria. En la clase, según su profesor, no dejaba trabajar a los demás, de modo que constantemente les estaba incordiando.

Paradójicamente, en el dibujo que nos presentó aparece de gran tamaño, como si fuera el más relevante de todos los miembros de la familia; sin embargo, tal como nos indicó su profesor era la víctima tanto de su padre como de sus hermanos dentro de la casa. Esto, a fin de cuentas, acaba siendo un modo de compensación emocional de la insignificancia que siente dentro de la propia familia, por lo que la compensa agrediendo de modo habitual a sus compañeros de clase.

AURELIANO SÁINZ

20 de octubre de 2019

  • 20.10.19
De todos es sabido que actualmente en nuestro país el profesorado ha perdido bastante de la autoridad que tiempo atrás poseía. Y no podemos centrar únicamente en una sola causa las razones por las cuales se ha llegado a esta situación, ya que los cambios familiares y sociales han sido lo suficientemente grandes en las dos últimas décadas como para que entendamos que es un problema relevante que se ha enquistado en el cuerpo social.



Así, cada cierto tiempo, saltan a los medios de comunicación noticias en las que leemos que niños o adolescentes, en el colegio o instituto, han agredido a profesores o profesoras de distintas maneras. Y lo que es peor aún, en ocasiones, sus conductas se han visto reforzadas por el apoyo que han recibido de sus padres que se las han justificado.

Este deplorable panorama, que refleja la indefensión en la que se encuentra el profesorado, como producto de la carencia de autoridad dentro de una sociedad altamente permisiva, puede llegar a conocerse, puesto que se expresa en lugares públicos como son los centros de enseñanza. Sin embargo, hay otras formas de agresión y violencia que estos pequeños dictadores las ejercen sin que salgan a la luz pública ya que se desarrollan en el ámbito familiar, espacio que es el germen de estas actitudes.

Sobre este problema, psicólogos y pedagogos buscan las causas, las razones por las que menores de edad llegan a desobedecer, menospreciar, insultar e, incluso, ejercer la agresión física contra sus padres, especialmente contra la madre, convirtiendo la vida de estos en verdaderos calvarios. Y, lógicamente, después la trasladan al ámbito educativo.

Para comprender estas situaciones, acudo a dos autores relevantes que han abordado la psicología y comportamientos de estos niños y adolescentes. Uno de ellos es Vicente Garrido, psicólogo criminalista y profesor titular de la Universidad de Valencia; el otro, Javier Urra, psicólogo que fue el primer Defensor del Menor en España.

Puesto que este trabajo lo divido en dos partes, en esta primera acudo a Vicente Garrido, autor de Los hijos tiranos, quien nos dice lo siguiente:

Son pequeños tiranos, niños que desde pequeños insultan a los padres y aprenden a controlarlos con sus exigencias, hasta convertirse en una pesadilla para ellos. Cuando crecen, los casos más graves pueden llegar a la agresión física. Este tipo de violencia contra los padres, ocultada por la vergüenza y el sentimiento de culpabilidad de los propios progenitores, comienza a ser un fenómeno cada vez más visible. Los padres están desbordados, no saben qué hacer con estos niños”.

Tras la lectura de su obra, y tomando como referencia las razones que expone el profesor Garrido, describo cinco causas generales que me parecen fundamentales para comprender este fenómeno:

a) En la actualidad nos encontramos con una forma de vida en la que la pretensión de satisfacer los deseos de forma inmediata y sin restricciones se ha convertido en algo común, debido al avance de una sociedad que aspira cada vez a mayores comodidades.

b) Se fomenta el ‘vivir muy deprisa’, sin obligaciones, buscando las metas a cualquier precio. Además, a los jóvenes se les retrasa la adopción de roles de responsabilidad, actitud fomentada por los padres, por su deseo de formación cultural para adaptarse a las fuertes exigencias de la actual sociedad.

c) Esas fuertes exigencias del mercado laboral, muy inestable actualmente, añade más presión a los padres; inseguridad que años atrás no existía. Por otro lado, el paro y la precariedad laboral en los que viven los jóvenes desalientan a los hermanos menores.

d) La falta de entendimiento en el modo de educar a los hijos. Esto puede apreciarse en ciertos casos de rupturas matrimoniales o de parejas, en las que las madres se suelen llevar el peso de las responsabilidades, teniendo que compaginar su trabajo con el cuidado y la educación de sus hijos.

e) No podemos olvidar que la sociedad consumista en la que nos movemos conduce a la pérdida de ciertos referentes morales (valor del esfuerzo, austeridad en la propia vida, proyectos a medio y largo plazo, etc.) por lo que se desatiende la formación en valores sólidos, por lo que no se suele tener claro lo que está o no está bien.

Puesto que por mi parte llevo las investigaciones a través del dibujo, para que veamos cómo se expresan los rasgos autoritarios y agresivos de los niños y adolescentes he seleccionado como ilustración del artículo el dibujo de Andrés, de 13 años, realizado en la clase y sobre el tema de la familia.

Como podemos observar, comienza por él mismo, como signo de autoridad y de afirmación personal; le sigue su hermano en tamaño muy pequeño, y que, tal como apunta detrás de la lámina, es “muy malo”; más alejada, está su madre; y, finalmente, su padre, empequeñecido y sin importancia para el autor.

Queda claro que el autor se ve a sí mismo como un personaje grande, fuerte y agresivo. Para ello, acude a la estética de los cómics o mangas japoneses para retratarse con todos los atributos de los protagonistas de las artes marciales. Como detalle significativo, había escrito por detrás de la lámina que su padre le había regalado una pequeña moto.

Conviene indicar que el que un padre le haga este tipo de regalo a un hijo, al que no es capaz de controlar y con el fin de ‘ganárselo’, no deja de ser una manifestación de haber perdido la autoridad que tenía que haber ejercido con su hijo desde que era pequeño.

A pesar de ello, su hijo lo menospreciaba, tal como se manifiesta palpablemente en este trabajo. Y todo ello como resultado de los errores en los que incurren padres que no han ejercido una autoridad responsable con sus hijos desde que son pequeños, por lo que pueden acabar siendo víctimas de los propios hijos cuando han crecido, encontrándose impotentes para intentar modificar unas conductas que ya se vuelven insoportables.



He indicado que, en ocasiones, las rupturas de las parejas pueden conllevar a un claro desajuste de los criterios a adoptar en la educación de sus hijos e hijas, dado que los conflictos entre ambos pueden dejar en un segundo plano los criterios educativos de los hijos.

Esto se manifestaba claramente en los comportamientos de Eva, una niña de 6 años, inteligente, caprichosa e irascible, que en la clase y en el recreo respondía y agredía a sus compañeras con bastante frecuencia. Estas conductas comenzaron cuando se produjo la separación entre sus padres. Tengo que apuntar que tanto ella como su hermano pequeño quedaron bajo la custodia de su madre, quien se vio desbordada en la nueva situación, siendo excesivamente permisiva con su hija por los sentimientos de culpa que le aparecían, al responsabilizarse de los males de su hija.

Como podemos observar, la niña, a la hora de realizar el dibujo de la familia, se representa en primer lugar, lo que es indicio de un elevado nivel de autoestima, rayano en el narcisismo. Se traza con una corona como si fuera una reina. Por otro lado, en la boca aparecen dibujados los dientes, que es una clara manifestación de agresividad.

Una vez que acabó con su imagen, pasa a representar a su hermano menor subido en una pequeña mesa. Posteriormente, plasma una mesa con útiles encima. Acaba con el trazado de la casa y su madre en el interior de ella, en tamaño pequeño y con escasa relevancia. La figura de su padre no aparece, lo que es indicio de que la pequeña autora no lo tiene en consideración al no darle importancia.

Ni que decir tiene que los comienzos de Eva, aun siendo pequeña, apuntan a una personalidad caprichosa, autoritaria y agresiva, y, dado que las raíces de la personalidad se forman en los primeros años, acabará siendo bastante difícil de soportar si no hay un cambio de actitud por parte de sus progenitores.



En la actual sociedad se dan grandes paradojas en algunas familias, dado que por un lado, se encuentran con verdaderos problemas para llegar a final de mes, pero, por otro, no se privan de gastos que deberían quedar fuera de sus niveles económicos.

Así, en los trabajos de investigación que dirijo he podido observar que a niños muy pequeños cuando llegan las Navidades sus padres les regalan móviles, como si fueran juguetes que deben estar al alcance de cualquiera.

En este segundo caso que comento, de Iván de 9 años, no era exactamente un móvil, sino los videojuegos en los que continuamente estaba inmerso este chico tremendamente agresivo en la clase con su profesor y sus compañeros. Y la razón de esta conducta agresiva la pudimos encontrar cuando se les propuso en clase el dibujo de la familia.

Una vez que hubo terminado el dibujo, le invitamos a que nos lo explicara, puesto que él se había dibujado en medio de su madre y su padre, coloreados de azul, y con forma de ‘muñecos’, muy simples para su edad. Junto a ellos, unas especies de máquinas que eran las protagonistas del grupo.

Lo cierto es que para complacerlo y aplacar sus malos modos, sus padres le compraban los videojuegos que a él le gustaba, todos ellos muy violentos. De este modo, creían que concediéndole sus caprichos le calmarían, cuando lo que lograban era que el niño entendiera que la agresividad y la violencia son formas normales de la vida.

AURELIANO SÁINZ

13 de octubre de 2019

  • 13.10.19
En un reciente encuentro con unos amigos en la cafetería de la Facultad, y en medio de la charla que manteníamos sobre la situación en la que se encuentra nuestro país, uno de ellos, refiriéndose al estado crítico de un sector de la economía, dejó caer la expresión ‘la espada de Damocles’ que pendía sobre ese sector. Al momento de oírla, la mente se me detiene en ella, dado que hacía poco había estado escribiendo sobre un pintor inglés, Richard Westall, que fue conocido, de modo muy especial, por el lienzo que llevaba por título precisamente La espada de Damocles.



Una vez que acaba quien tenía en ese momento la palabra, le hago notar ha utilizado una expresión que, como bien sabemos, su origen se remonta a la mitología grecolatina.

“¿Os habéis parado alguna vez a pensar la cantidad de expresiones que procedentes de las mitologías de la Grecia y la Roma clásicas utilizamos de modo habitual, y, aunque sabemos sus significados en nuestra lengua, desconocemos sus orígenes concretos o no hemos entrado a averiguarlos?”, les indico con la intención de que nos detengamos un momento en esta cuestión y seamos capaces de memorizar algunas de ellas.

Estuvimos de acuerdo en que el significado de ‘la espada de Damocles’ está bastante extendido en la población, y que se emplea cuando se alude al grave riesgo que pende sobre una persona o un grupo y que puede caer sobre sus cabezas en cualquier momento.

Puesto que, tal como he manifestado, tenía muy reciente el comentario sobre el lienzo de Westall, les indico que la expresión ‘la espada de Damocles’ la conocemos por el uso que hicieron de ella los escritores romanos Cicerón y Horacio, que la tomaron prestada del griego Timeo de Tauromenio.

En el relato de Cicerón y Horacio se nos habla de Damocles, un ciudadano de Siracusa que envidiaba al soberano de la ciudad siciliana. El rey, conocedor de este hecho, le propuso ocupar su lugar un día para que conociera los agobios y los riesgos que se asumen cuando se ejerce el poder. Cuando Damocles, tras aceptar la propuesta, se sentó en el trono observó que una espada, sostenida por la crin de un caballo, pendía de punta sobre su cabeza. De este modo, este envidioso ciudadano comprobó que al placer de gobernar lo rodea una atmósfera cargada de amenazas y presiones.

Tras comentarles brevemente su origen, le indico a un compañero que mire un momento su móvil, ya que lo tiene sobre la mesa, para que podamos ver el cuadro de Richard Westall.

Al rato aparece la imagen de La espada de Damocles. La observamos y realizamos algunos comentarios sobre la misma. Por otro lado, los datos referidos a su autor nos indican que fue realizado por el pintor británico Richard Westall, nacido en Reepham en el año 1765, habiendo fallecido a la edad de setenta y años en Londres. Como aspecto a retener, conviene apuntar que Westall se destacó por sus pinturas de corte historicista y las de temas literarios, aunque la fama le llegaría por este cuadro y los retratos que le hizo a Lord Byron.

Por otro lado, en la obra, que se encuadra abiertamente dentro una estética neoclásica, parece que asistimos a una escena teatral, ya que muestra a los personajes como si fueran esculturas congeladas por una instantánea.

Además, el lienzo presenta una particularidad: en la escena se han sustituido a los valerosos jóvenes, descritos por Cicerón y que rodean a Damocles, por vírgenes, quizás por el deseo del pintor de resaltar el lujo y la ostentación con los que convivía el monarca de Siracusa.

La conversación que mantenemos en la cafetería ahora ya se centra de lleno en esta temática. Muy pronto, como era de esperar, uno de los contertulios apunta a ‘el talón de Aquiles’, dicho popular que solemos utilizar para aludir al punto débil de una persona o de una cosa, significado con cierta proximidad con el primero que hemos comentado, ya que ambos anuncian ciertos riesgos que no se tienen en cuenta por quienes pueden sufrirlos.

Brevemente, quisiera apuntar esta expresión proviene de la mitología griega, ya que al nacer Aquiles, hijo del rey Peleo y de Tetis, la diosa del mar, su madre lo intenta hacer inmortal sumergiéndolo en las aguas del río Estigia. Pero su madre no tuvo en cuenta que lo sostenía con la mano por el talón derecho, por lo que acabó siendo vulnerable precisamente en esta zona que quedó sin ser bañada por las aguas.

Continuamos pensando en las posibles expresiones de orígenes grecolatinos. De pronto, y relacionándolas con el nombre de una antigua alumna, le pregunto a una de las compañeras de la tertulia: “¿Te acuerdas de aquella alumna rubia de pelo largo que tuvimos un par de cursos atrás y que se llamaba Ariadna? ¿Sí…? Te lo digo porque, aparte del nombre que nos remitía a la antigua Grecia, yo la relacionaba con la expresión ‘el hilo de Ariadna’ que lo utilizamos cuando nos referimos a una serie de explicaciones y razonamientos que conducen hacia la solución de un problema que parece no tener una salida clara”.

Sería esta compañera la que se lanzara a explicarnos el origen etimológico de la frase: “La expresión nace de Ariadna, personaje mitológico griego e hija del rey Minos de Creta, lugar en el que se encuentra el Minotauro dentro de un laberinto. Cuando llega Teseo para librar a la ciudad del monstruo, al que tenían que entregar anualmente siete hombres jóvenes y siete doncellas como tributo, Ariadna, enamorada del héroe, le facilita una espada y un hilo para encontrar la salida del laberinto, una vez que le hubiera dado muerte al Minotauro”.

El tiempo se nos está acabando, puesto que se acerca la hora en la que tenemos que retomar las clases. El suficiente para que alguien apuntara una cuarta expresión que, por ahora, parecía una forma geométrica perfecta, pues nos recordaba a los cuatro vértices de un cuadrado imaginario que encerraba dentro de sí un conjunto de problemas que amenazantes condicionaban el rumbo de muchas vidas. Se trataba de ‘la caja de Pandora’ que en medio de la charla terminó por salir a colación.

“La caja de Pandora”, comentó uno de los contertulios, “la solemos utilizar cuando de pronto salen a la luz todos los problemas y conflictos que han quedado ocultos durante tiempo”.

“Su origen etimológico hay que buscarlo en uno de los mitos griegos, aquel que tiene su origen en la valentía desplegada por el titán Prometeo, el mismo que provoca la furia de Zeus, el mayor de los dioses del Olimpo, cuando arrebata el fuego de los dioses para entregárselos a los hombres”.

“Ante semejante osadía”, continuó con su explicación, “Zeus convoca a los dioses del Olimpo, de modo que cada uno de ellos le entrega una desgracia para ser guardado en la caja que se le entrega a Pandora. Esta, una vez casada con Prometeo, y debido a su ingenuidad, destapa la caja para ver qué contiene, de modo que se esparcen todos los males entre los hombres”.

Miramos el reloj, de gran tamaño, que hay en la pared enfrente al lugar en el que nos encontramos y nos damos cuenta de que faltan solo unos minutos para las doce del mediodía, hora en la que tenemos que reanudar las clases. En esos momentos me viene a la mente la expresión ‘el nudo gordiano’, pero ya no teníamos más tiempo. Nos levantamos, pues, y caminamos hacia la puerta con la sensación de haber penetrado en un mundo bastante ajeno al que ahora tenemos que abordar con los alumnos.

AURELIANO SÁINZ

6 de octubre de 2019

  • 6.10.19
A principios de diciembre del pasado 2018, se celebró en Katowice, Polonia, la cumbre COP24 (Conferencia de las Partes) de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, en la que se abordaban algunas iniciativas para reducir la emisión de gases de efecto invernadero y frenar el cambio climático.



En ella participó la joven sueca Greta Thunberg, que entonces tenía solo 15 años, y que se ha convertido en un icono del movimiento juvenil por la protección del medio ambiente y la lucha contra el cambio climático, ya que ella fue la iniciadora de Fridays For Future, iniciativa que ha conseguido arrastrar a chicos y chicas de todo el mundo preocupados por el deterioro global en el que se encuentra nuestro planeta.

El discurso de Greta fue bastante contundente, pues no hay tiempo que perder ya que nos encontramos ante las puertas de un hecho irreversible. Del mismo, extraigo las siguientes palabras: “Decís que amáis a vuestros hijos y, sin embargo, les robáis su futuro”.

Creo que a estas alturas, con los veranos tan calurosos que vivimos, los inviernos climáticamente reducidos, los temporales, como ha sucedido recientemente con la gota fría que en el mes de septiembre inundó partes considerables del levante español, con los enormes daños sufridos por la población, los pueblos y los campos, a los que habría que añadir las muertes de personas, la situación nos enfrenta a un problema de dimensiones globales que hay que tomarse muy en serio si no queremos que las alteraciones que sufre el planeta acaben siendo irreversibles.

En días pasados, tras las numerosas marchas que se produjeron en distintos puntos del planeta, encabezabas especialmente por jóvenes, Greta Thunberg tuvo ocasión de intervenir en la Cumbre del Clima en la sede de las Naciones Unidas de Nueva York. Allí se topó con ese personaje despreciable llamado Donald Trump, que como es habitual en él despreció a esta chica que ahora tiene 16 años con una de sus memeces a las que nos tiene acostumbrados. Esto es en cierto modo, lógico, puesto que Estados Unidos es el país con mayor índice de contaminación junto con China.

Sin embargo, tuvo que escuchar la frase que Greta dijo en su discurso, cuando en tono abiertamente enfadado dijo a los presentes: “Me han robado mis sueños y mi infancia con sus palabras vacías (…) Nos están fallando. Pero los jóvenes están empezando a entender su traición. Los ojos de todas las generaciones futuras están sobre ustedes. Y si eligen fallarnos, nunca los perdonaremos”.

En la actualidad, la figura de Greta Thunberg resulta ser el paradigma de la toma de conciencia de los más jóvenes acerca de la educación medioambiental. Una educación que bastantes de ellos ya conocen en sus aulas, necesitándose trasladarla a la práctica y no quedarse meramente como algo de lo que se habla, pero, que en la realidad, no implica cambios de los hábitos de consumo que tenemos. Y esta toma de conciencia real debe darse desde los niveles más próximos, como es la familia, pasando por la localidad en la que se vive, ampliándola hasta que pudiera alcanzar un nivel global.

Hablando de la toma de conciencia de esta problemática, debo apuntar que son muchos los docentes de diferentes niveles -Infantil, Primaria y Secundaria- que desde hace años trabajan en la formación y sensibilización de sus alumnos en sus centros, de modo que quienes trabajamos dentro de la Educación Artística no hemos tenido problemas a la hora de plantear experiencias educativas basadas en la realización de actividades (collages, carteles, dibujos) para que ellos, libremente, dieran rienda suelta a su imaginación sobre la protección del medio ambiente.

Sobre estas experiencias, de los numerosos trabajos que dispongo he seleccionado siete dibujos de chicos y chicas del ciclo superior de Primaria para que veamos cómo es posible la utilización de la Plástica como medio de expresión de sus ideas acerca de los valores ecológicos.

La propuesta planteada en las clases fue lo suficientemente amplia para que representaran escenas en el contexto familiar, el urbano o relacionadas con la propia naturaleza. He aquí, pues, algunos de sus trabajos.



En los trabajos gráficos de los escolares es habitual la plasmación de dos imágenes contrapuestas: la que se logra responsabilizándose del medio ambiente y su contraria, es decir, la que resulta de no mostrar ninguna sensibilidad ante el mismo contaminando el entorno. Así, el autor del dibujo anterior, un chico de 11 años plasma esta contraposición mostrando un campo limpio en un día soleado y otro sucio en un día lluvioso, de modo que ambos están separados por un contenedor lleno de residuos. Ilustra su trabajo con dos frases: “¿Es tan difícil?” y “Reciclar está en tu mano”.



Uno de los problemas medioambientales habituales durante los veranos son los fuegos que acaban arrasando cientos o miles de hectáreas de la naturaleza. Sobre estos deterioros medioambientales nos informan puntualmente los medios de comunicación; pero se ha comprobado que, a pesar de los avisos habituales, siguen apareciendo, incluso, cuando es la mano del hombre el origen del problema. De nuevo, otro chico de 11 años acude a la contraposición de las imágenes para advertir visualmente del daño que causan los incendios.



Los ciclos vitales de la naturaleza ya los conocen los escolares del ciclo superior de Primaria. Saben que la tala de árboles que se lleva a cabo, por ejemplo, en la Amazonía con la aprobación entusiasmada del presidente de Brasil Jair Bolsonaro es un verdadero problema para el mantenimiento de los ecosistemas de esta zona, al tiempo que este inmenso territorio es un “verdadero pulmón” de nuestro planeta que hay que conservar. Es lo que de modo muy sencillo plasma en su dibujo un chico de 10 años, muy sensibilizado sobre la tala de árboles que se produce en zonas boscosas de distintos países.



Uno de los problemas cíclicos que por el tiempo de verano suele aparecer es el de la sequía, especialmente en los años en los que ha habido pocas lluvias. Entonces se suele recomendar un uso moderado del agua, un bien de la naturaleza limitado. De todos modos, el uso racional del agua debe ser una constante y no limitarse a los momentos de alerta. Sobre esta cuestión trata el dibujo de esta niña de 10 años, al presentar a una chica derrochando agua, dado que deja los grifos abiertos sin importarle la cantidad de líquido que está gastando inútilmente, tal como apuntaba la autora.



La sensibilización que se les fomenta en el aula acaba siendo asimilada por los escolares cuando comprueban, al observarlo directamente, que aquello que se les dice es verdad. Puesto que la educación medioambiental, tal como he indicado, se les presenta de manera amplia, es frecuente que en los dibujos de los escolares aparezcan escenas del deterioro urbano. Es lo que hace la autora del dibujo anterior, que muestra los muros de la esquina de un entorno urbano llenos de pintadas de todo tipo. Precisamente su denuncia va en el sentido de que mayoritariamente son adolescentes los que realizan grafitis sin importarles los lugares que deterioran.



Cuando hablamos de medio ambiente y de cambio climático no debemos pensar exclusivamente en la naturaleza, puesto que los entornos urbanos también son núcleos abiertamente contaminantes. Esto es indicio de que en la clase se había debatido este tema, por lo que los escolares estaban sensibilizados ante la falta de civismo de cierta gente que cuando se encuentran al mando de los volantes de vehículos se convierten en auténticos agentes de contaminación acústica. A este problema, la autora le añadía la suciedad y la violencia urbana, por medio de la escena de un atraco, añadiendo algo tan sorprendente como es un niño abandonado junto a una botella rota y un cigarrillo encendido.



Para cerrar, acudo a otra escena de ámbito urbano, que presenta algunas semejanzas con el dibujo precedente ya que fue realizado por otra chica de 12 años que se encontraba en la misma aula. La autora nos muestra todo un conjunto de violencias y agresiones que padecen las grandes ciudades, quizás influida por los medios de comunicación que suelen abrir los informativos cargados de noticias negativas: agresiones, violencias, robos, contaminación, accidentes, inseguridad de la población, etc., dando lugar a que en el imaginario colectivo acabe configurándose un panorama pesimista, cargado de tensiones, sobresaltos e incertidumbres hacia el futuro.

AURELIANO SÁINZ

29 de septiembre de 2019

  • 29.9.19
No creo descubrir nada nuevo si indico que, por estas fechas, la sociedad española está cansada, aburrida y hastiada del marco político en el que nos movemos. Hay una enorme decepción y me temo que, si no cambia el rumbo, va a ser un tanto complicado recuperar el entusiasmo de la gente, puesto que existe la sensación de que no se les dice las cosas con claridad, que las medias verdades, por no decir las mentiras encubiertas, están presentes en los discursos políticos.



Como apunta el gran sociólogo polaco Zygmunt Baumann, vivimos en una modernidad o ‘sociedad líquida’ en la que no hay nada sólido, dado que los valores son cambiantes y que la verdad y la mentira se entremezclan según los intereses ocultos que no conviene que se conozcan. Y lo más curioso de todo es que, en esta sociedad, las estrategias de la publicidad comercial y de la propaganda política se han mezclado de tal manera que es casi imposible separarlas: ambas conviven con un perfecto maridaje.

Una y otra se confunden, de manera que los enormes avances persuasivos que se han logrado dentro del campo publicitario en la promoción de los productos se traspasan a esos nuevos centros de control de la mente de los ciudadanos como son los equipos de asesores de algunos partidos políticos que diseñan con todo cuidado las estrategias, y que van cambiando según marquen los resultados de las encuestas. Todo ello con la finalidad de planificar cuidadosamente y buscar los modos de convencer a los potenciales electores, por lo que electores y consumidores terminan siendo equivalentes para estos estrategas políticos.

Puesto que no soy en absoluto derrotista, considero que, a pesar de todos los problemas desalentadores con los que nos encontramos, conviene siempre ir a votar lo mejor informados posible, puesto que estar bien enterados de lo que apoyamos nos hace más libres y responsables de nuestros actos. Pero, junto a la información, es necesaria la formación y la reflexión, es decir, saber los modos de funcionamiento de la comunicación política y social de estos tiempos tan acelerados que vivimos.

Así pues, y con el fin de que veamos cómo funciona la propaganda política en nuestros tiempos, podemos remontarnos al primer tercio del siglo pasado, puesto que en él se configuran algunas de las estrategias básicas de la persuasión política que, con el paso del tiempo, se irían perfeccionando hasta llegar a los sutiles modos que se utilizan en el mundo de Internet en el que actualmente nos movemos.

Aunque a algunos pueda parecerles chocante, es necesario acudir a un personaje de la Alemania nazi para ubicarnos en el punto de partida del uso de las estrategias desarrollas por las potentes agencias publicitarias de los países más avanzados económicamente (Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania) para aplicarlas al campo político en las sociedades democráticas en las que los gobiernos se forman a través de las elecciones dentro de los partidos contendientes.

Y ese personaje fue Joseph Goebbels, quien fuera responsable del Ministerio para la Ilustración Pública y Propaganda del Tercer Reich alemán entre 1933 y 1945. Este último año sería en el que se suicidaría ante la inminente derrota de la Alemania nazi.



Hemos de tener en cuenta que Joseph Goebbels se había doctorado en Investigación en la Universidad de Heidelberg a los 24 años, por lo que conocía perfectamente los mecanismos de la comunicación y la publicidad y la propaganda de su época, lo que daría lugar a que él perfeccionaría, posteriormente, los medios de propaganda política, integrando todos los avances que la publicidad había sido capaz de lograr hasta entonces.

Para comprender el éxito de Goebbels, acudo a un párrafo del investigador mejicano Eulalio Ferrer, quien, en uno de sus libros dedicados al estudio de la publicidad y la propaganda políticas, decía lo siguiente: “Hitler reunió en su entorno a un grupo de fanáticos que entienden que la propaganda es la más efectiva de sus armas, sin ocultar su desprecio por las masas que convoca y moviliza, convencido de que estas tienen una capacidad limitada para la absorción de ideas argumentadas y una capacidad de olvido muy grande”.

Es decir, sirve de poco razonar y argumentar ante una parte significativa de la población, por lo que se hace necesario apoyarse en eslóganes o frases cortas (‘ideas-fuerza’ se llaman actualmente), en puestas en escenas, creación de símbolos, apoyo y exaltación del líder, en la constante presencia en los medios de comunicación… para que los mensajes, explícitos y subliminales (aunque este término se utilice posteriormente), penetren en las mentes y, especialmente, en campo emocional de la gente.

No debemos olvidar que estas estrategias planificadas y llevadas a la práctica por Joseph Goebbels ayudaron a Adolf Hitler a alcanzar el poder en Alemania por medio de las urnas, dado que contó con un amplio apoyo de una población enfervorizada, como en la actualidad sucede con Donald Trump en Estados Unidos.

Sus biógrafos nos dicen que comenzó su andadura como propagandista político organizando una de las más espectaculares concentraciones que se habían producido en la ciudad de Colonia. El acto debería culminar con el toque de las campanas de la magnífica catedral que posee esta ciudad. Como el arzobispo de Colonia le negó el permiso, recurrió a la grabación del sonido de las campanas, logrando el efecto buscado al ser transmitido por los altavoces y la radio sin que el truco pudiese ser advertido

Otra de sus hazañas fue seleccionar de entre las pinacotecas nacionales y los museos particulares 650 pinturas y dibujos considerados ‘sacrílegos’ y ‘antipatrióticos’, supuestamente projudíos, con el fin de ridiculizarlos y encender la campaña que habría de culminar con el exterminio de millones de seres humanos.

Paso a paso, la compenetración entre Goebbels y Hitler cada vez fue a más, de modo que el primero se gana la confianza total del Führer, ya que aquel ve a este como el auténtico mesías carismático que necesita el pueblo alemán, para, entre otras cuestiones, resarcirlo de las humillantes condiciones firmadas en el Tratado de Versalles, tras la Primera Guerra Mundial.

Goebbels lo halagará cuidando sus representaciones públicas a una hora adecuada de la noche para situar mejor los reflectores, a veces con antorchas encendidas; elige los fondos con música de Wagner; crea un clima de expectación para la llegada de su jefe, entre redobles de tambores; mide los silencios, calcula los aplausos, intercala los gritos con los lemas de la multitud enardecida, que repite una y otra vez: ¡¡¡Führer… Führer…Führer…!!! Crea un espectáculo impresionante, montado con gigantescas banderas y miles de banderines en los que ondea la cruz gamada.

En el año 1933, finalmente, Adolf Hitler es nombrado canciller de Alemania tras ganar las elecciones. Su triunfo se basa, entre otros aspectos, en que no tiene que improvisar una política de propaganda, dado que lo que hace es poner en práctica los planes e ideas que se han estudiado y discutido minuciosamente tiempo atrás, supervisados por el nuevo ministro de Propaganda, que, a fin de cuentas, resulta ser el antecedente a los actuales asesores políticos.



Esta planificada propaganda la expone de modo detallado el periodista alemán Emil Dovifat en su libro Política de la Información. En él encontramos esta frase de Joseph Goebbels: “La propaganda fue nuestra arma más afilada en la conquista del Estado y continúa siendo nuestro poder más fuerte en el afianzamiento y en su construcción. Por eso, la propaganda es una función vital e imprescindible del Estado moderno”.

Una vez que Joseph Goebbels asume el cargo del Ministerio de Propaganda, se le otorga nada menos que el diez por ciento del presupuesto total del Gobierno alemán. Además, a los cuatro meses de haber tomado posesión de su cargo, concibe una insólita ley, que será promulgada el 4 de octubre de 1933, en virtud de la cual se transforma a los periodistas en servidores del Estado. Se hace, pues, necesario el control de la información, para que llegue una sola voz a la población alemana.

Para comprender las estrategias de comunicación y persuasión diseñadas por Goebbels, extraigo algunos lemas que son la síntesis de su pensamiento:

a) “No es preciso que una idea política esté avalada por una buena filosofía, si se dispone de una magnífica propaganda”.

b) “Nada es absoluto, todo es relativo. Las verdades duran lo que una imposición las hace durar”.

c) “Una buena propaganda es lo más cercano a la verdad, aun cuando sea la mentira misma”.

Aparte de esas tres frases que nos indican el descarado uso de los medios con tal de conseguir lo fines propuestos, aporto otras tres que han llegado hasta nuestros días:

d) “Quien dice la primera palabra al mundo es quien tiene la razón”.

e) “No basta con mentir, debes decir la mentira más grande para que se crea”.

f) “Una mentira repetida mil veces acaba siendo una verdad en la mente de la población”.

Quizás la última frase sea la más famosa de Goebbels, ya que se ha extendido tanto que casi nadie recuerda quien la formuló. Es por ello que en nuestros días, en los que las redes sociales funcionan a tope, se encuentre actualizada a través de las denominadas fake-news, es decir, falsas verdades que funcionan a nivel de vértigo en un mundo en el que la publicidad, la propaganda, las noticias y las tertulias televisivas se han entremezclado de tal modo que resulta muy difícil saber dónde se encuentra la verdad y la información planificada cargada de medias verdades o, llanamente, de mentiras. Esta es, a fin de cuentas, la compleja realidad en la que vivimos.

AURELIANO SÁINZ

22 de septiembre de 2019

  • 22.9.19
Conviene hablar con la gente. También con aquella que no conocemos, dado que vivimos en un mundo que, a pesar de la conexión digital, nos distancia cada vez más, por lo que comenzamos a preferir el contacto indirecto a la mirada franca de quien tenemos al lado. Nos estamos convirtiendo en seres suspicaces: no nos fiamos de los demás. Así, los jóvenes (y no tan jóvenes) suelen caminar con los auriculares colgados que les aíslan del entorno por el que transitan, de modo que quienes les rodean se convierten en extraños de los que parece que es mejor alejarse de ellos.



La actual sociedad nos empuja hacia un individualismo que, me temo, puede ser origen de muchos problemas emocionales, por la falta de contacto con quienes son nuestros semejantes. Y cuando hablo de ‘individualismo’ quiero diferenciarlo de ‘individualidad’, puesto que esta sí que es una de las grandes conquistas que ha tenido la humanidad, al considerar que toda persona tiene derecho a decidir por sí misma sobre su propia vida, sin verse sometida a la tradición impuesta, a los prejuicios o a las normas sobre las que no ha tenido ni tiene posibilidades de pronunciarse.

Creo que podemos convenir que la comunicación directa es un bien que cultivar ante el empuje de aquellas formas que, a fin de cuentas, no dejan de ser sucedáneos bastante superficiales. Esta es la razón por la que los párrafos precedentes me sirven como preludio de hechos muy singulares que me acontecieron en dos ciudades distintas –Barcelona y Madrid–, dejándome claramente sorprendido, pues nunca podría imaginarme que se pudieran dar en la realidad.

Tengo que hacer un inciso para indicar que yo no soy precisamente lo que se dice una persona de entrada muy habladora, dado que tiendo más a escuchar a los demás que a iniciar las conversaciones. Es un rasgo de cierta timidez o de prudencia: no sé cuál de los dos aspectos pesa más.



Pues bien, el primero de los casos, tal como he indicado, me ocurrió en Barcelona, a comienzos del año, con motivo de mi asistencia a un congreso internacional. Dado que la Universidad en la que se desarrollaba el congreso estaba ubicada en la parte alta de la ciudad, en el día que se iba a iniciar salgo del hotel y paro a un taxi para que me acerque a la Facultad en la que se llevarían a cabo las ponencias.

Lo más habitual en estos casos es que, tras indicarle al taxista el lugar al que vas a ir, comenzar a charlar sobre cuestiones convencionales: lo agradable que es la urbe (cosa muy cierta para la Ciudad Condal), lo difícil y congestionado que está el tráfico, las razones por las que uno se encuentra en esa ciudad… Después, y dependiendo de las circunstancias, la conversación puede derivar por distintos derroteros.

Lo cierto es que en este caso, sin saber cómo, la conversación se encauzó hacia la arquitectura. Recuerdo que le manifesté al taxista que yo era arquitecto y que me gustaba mucho la estructura urbana y los edificios de Barcelona, no solo los de estilo modernista, que tanto abundan en la ciudad de Gaudí, sino también las edificaciones más recientes, pues muchos de los grandes nombres internacionales habían realizado proyectos para la ciudad.

No fue necesario que le nombrara a los japoneses Toyo Ito, Arata Isozaki o Tadao Ando, al francés Jean Nouvel o al británico David Chipperfield, puesto que el propio taxista me los fue desgranando uno a uno, explicándome de manera detallada dónde se encontraban sus obras, las características que presentaban y cuándo él había acudido a visitarlas.

Pero no solo eran obras que se habían ejecutado en Barcelona, sino que también me hablaba de otros arquitectos españoles que habían realizado proyectos en distintos puntos de nuestro país (Rafael Moneo, Antonio Cruz y Antonio Ortiz, Alberto Campo Baeza, Luis Moreno Mansilla y Emilio Tuñón…) o de extranjeros que habían recibido el prestigioso Premio Pritzker y de los que yo precisamente ya había publicado en este mismo diario digital.

Era sorprendente el conocimiento que tenía, por lo que le tuve que preguntar de dónde había nacido esa pasión por la arquitectura contemporánea.

“Todo esto nace de que mi gran deseo hubiera sido estudiar Arquitectura; pero por razones económicas nunca pude hacerlo. Esta pasión nunca me ha desaparecido, por lo que cuando viajo al extranjero con mi mujer suelo visitar ciudades como París, Ámsterdam, Berlín, Basilea o Tokio para conocer las obras que han realizado aquellos arquitectos a los que admiro…”, me dijo, con la alegría que le producía explicar su gran afición a alguien formado en el tema.

Antes de despedirme, le indiqué algunos de los enlaces que podía consultar y en los que publico con cierta regularidad sobre la vida y la obra de una profesión como es la arquitectura bastante desconocida para una gran mayoría de la población.



Otra de las grandes sorpresas me la llevé este verano en mi estancia en Madrid. Tengo que apuntar que, a mi modo de ver, durante el mes de agosto es la fecha ideal para visitar la ciudad, puesto que gran parte de la población ha salido de vacaciones y se puede ir a todos los sitios sin las aglomeraciones que habitualmente se dan en la capital del país.

Pues bien, en una mañana que se mostraba espléndida, dado que la noche anterior había llovido intensamente, dejando totalmente limpia la atmósfera y con una temperatura de corte primaveral, acudí a la librería La Central, que se haya muy cercana a la céntrica Plaza de Callao.

La Central es una de las librarías más agradables de visitar de la ciudad, puesto que se encuentra en una casa tradicional, reformada, pero conservando todo el sabor que proporcionan los materiales como la madera, el ladrillo y el hierro visibles a lo largo del edificio.

En ese día adquirí un libro de filosofía titulado El milagro Spinoza del francés Frédéric Lenoir, en el que se habla de la vida y de las ideas de Baruch Spinoza, uno de los autores más relevantes de la historia del pensamiento occidental.

Cerca de la una del mediodía, y aunque todavía era temprano, me apetecía comer, por lo que entré en un restaurante de una cadena muy conocida en la ciudad ubicado en plena Gran Vía. Subí a la primera planta. Comprobé que yo era el primero que se encontraba en el enorme salón. Me senté en una mesa cercana a los grandes ventanales acristalados que proporcionaban una magnífica vista de esta céntrica vía madrileña.

Dejé sobre la mesa el libro con la intención de hojearlo un poco mientras estuviera comiendo. Al momento se me acercó una camarera, joven y rubia, con una agenda digital en la mano para anotar el menú que iba a pedir.

Cuando vio la portada del libro, con una cierta entonación que denotaba que no era de nuestro país, exclamó: “¡Qué curioso, un libro sobre Spinoza!”, al tiempo que añadía entremezclando la afirmación con la interrogación: “Pero ya la gente no se interesa por la filosofía, ¿no cree?”.

Me quedé muy sorprendido que una chica que trabajaba como camarera le interesara la filosofía. Miré el nombre que llevaba puesto en una chapa. Allí aparecía escrito Valerina. Le pregunté por su país de origen; y me indicó que ella era de Rumanía.

Continuamos hablando y derivando la conversación hacia los pensadores de su país: Emil Cioran, Mircea Eliade, Valeriu Butulescu… La verdad que no dejaba de asombrarme su formación en el campo del pensamiento.

La charla continuó. Ella cerró la visión que tenía de los autores de su país con una frase que más bien parecía una máxima: “No se puede ser rumano si no se es pesimista”. Me llamó tanto la atención lo que me manifestaba que inmediatamente le dije: “Esta frase no se me va a olvidar, por lo que cuando escriba sobre los filósofos y pensadores rumanos la citaré, pues tienes bastante razón en lo que dices”, le indico, al tiempo que le pregunto: “Por cierto, ¿puedo decir tu nombre cuando escriba sobre este encuentro?”.

Ella me indica que sí, que no hay ningún problema. Por mi parte, le manifiesto cómo me llamo, cuál es mi trabajo y qué hago durante esos días en Madrid.

Valerina, tras nuestra charla, había tomado nota de lo que iba a comer. Poco a poco, comienza a llegar la gente a la segunda planta del restaurante, por lo que entiendo que debe atender a quienes se sientan cerca de donde me encuentro, puesto que es la parte más atractiva del local.

Finalizado el almuerzo, alcé la mano girando la cabeza hacia la dirección en la que se encontraba con el fin de abonar la cuenta. Una vez que lo hice, me despedí de ella indicándole que escribiría un artículo con una parte que se titularía La camarera que leía a Spinoza. “¿Te parece bien?”, le pregunto. Con una amplia sonrisa y un gesto afirmativo con la cabeza me muestra que está de acuerdo con que ella apareciera en este y otros diarios digitales andaluces, tierra que, por cierto, me había indicado que tenía unas ganas enormes de conocer.

AURELIANO SÁINZ

15 de septiembre de 2019

  • 15.9.19
¿Conocemos bien los españoles la historia de nuestro país? ¿Somos capaces de enlazar correctamente unos nombres con otros? ¿Sabemos ubicar temporal y espacialmente los hechos más significativos que han acontecido a lo largo de los siglos en la denominada popularmente piel de toro?



Me temo que si exceptuamos a los especialistas, la mayoría tiene en su mente una especie de puzle en el que algunas piezas no encajan o lo hacen mal; y, en el mejor de los casos, esas piezas llegan hasta la Guerra de la Independencia, de modo que a partir de ahí empieza la confusión de nombres y de fechas.

Digo esto porque me parece que, por ejemplo, la figura del general José María Torrijos es poco conocida, a pesar de haber sido uno de los grandes defensores del liberalismo en nuestro país en el siglo XIX, y que esa lucha por lograr una nación en la que la libertad de pensamiento y de expresión fueran derechos reconocidos para toda la población acabó con su vida y la de los compañeros que le secundaban.

Es por ello por lo que creo oportuno hablar de su figura puesto que, si no me equivoco, el mayor lienzo que hay en el Museo del Prado es el que lleva por título El fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga, que por encargo del propio museo lo pintó Antonio Gisbert, el mismo que realizara Los comuneros Padilla, Bravo y Maldonado en el patíbulo.

Y es que, tal como apunté en el artículo anterior, ambos cuadros se encuentran, frente a frente, en una sala del Museo del Prado para conmemorar el Bicentenario (1819-2019) de esta grandiosa pinacoteca de la que tenemos que sentirnos orgullosos todos los españoles.

Por otro lado, ambos cuadros, aparte de reflejar la simpatía de Antonio Gisbert (1834-1901) por los ideales del liberalismo, en el fondo configuran el reflejo de dos oportunidades perdidas para la modernización de España que fracasaron a favor del continuismo al afianzarse el letargo y el retraso secular de nuestro país.

Sobre el cuadro que ahora comento, conviene apuntar que tiene 6 metros de largo por 3,90 de alto, de modo que ocupa todo un lienzo de pared del Museo del Prado en una de las salas dedicadas a los cuadros de tipo histórico. Pero no es destacable solamente por sus grandes dimensiones, sino porque se trata de una magnífica obra no solo del siglo XIX sino de todos los tiempos del arte hispano.

Este es el motivo por el que Miguel Falomir, actual director del Museo del Prado, la compara con La rendición de Breda de Velázquez, Los fusilamientos de Goya o el Guernica de Picasso, referentes pictóricos en nuestro país, o el de La libertad guiando al pueblo de Eugène Delacroix de nuestra vecina Francia. Todo un auténtico reconocimiento a una obra que debería ser más conocida en las tierras hispanas.

Cuando se terminó de pintar este cuadro, habían pasado 28 años desde que Antonio Gisbert plasmara el ajusticiamiento de los comuneros de Castilla. En esta ocasión, se aprecia la madurez lograda por el artista en el campo del retrato de personajes, superándose pictóricamente, puesto que la grandeza de Torrijos y sus compañeros la muestra sin la escenificación teatral del anterior cuadro.

En este lienzo, el artista alcoyano recrea la escena en la que Torrijos y sus 48 compañeros están siendo fusilados en las playas de Málaga el 11 de diciembre de 1831, es decir, tres años antes de que naciera el pintor, por lo que la traición sufrida quien había sido el capitán general de Valencia, al ser delatado, era una historia próxima a la vida de quien, años después, la inmortalizaría en uno de los cuadros más relevantes de los que se exhiben en el Museo del Prado.



Y es que la maestría de Antonio Gisbert había alcanzado su plenitud pictórica cuando, en 1888, concluyó este enorme cuadro. Basta contemplar el rostro de José María Torrijos para comprender que no es meramente un retrato el que Gisbert realiza, sino un verdadero tratado de psicología, en el que intenta expresar con sus pinceles las emociones más profundas que le embargan al cabecilla de la rebelión en esos críticos momentos.

¿En qué piensa el general, cuyo protagonismo y destino comparte con sus compañeros? Ese rostro serio y sereno, cuyos ojos no miran hacia ningún lugar sino hacia el interior de sí mismo, se diferencia de los que tiene a su lado, pues basta un pequeño cambio en la mirada para que el significado del gesto se modifique. Es lo que sucede con el que muestra por parte del que aparece a su derecha, que sugiere un matiz algo interrogatorio sobre lo que acontece; o el del siguiente, que mira hacia el cielo, como apelando a la justicia divina, para el creyente una justicia superior a la de los hombres que parecen guiarse por el sentimiento de venganza.



Otro gesto que dentro del grupo se expresa es el de un gran afecto entre dos de los condenados. Y es que en los momentos previos a la muerte se suelen perder ciertas composturas establecidas socialmente, pudiéndose dar salida a los sentimientos más profundos. No es de extrañar, pues, que dentro de esta gran descripción de la psicología de personajes ante el término de la vida, también aparezca el de despedida entre hermanos o leales amigos.

No sabemos la relación que une a esos dos compañeros de Torrijos que se encuentran detrás del fraile franciscano que va tapando, uno a uno, el rostro de quienes van a ser ejecutados. Da igual. El fuerte abrazo entre ambos y el beso en la mejilla que uno da al otro se muestran como un signo de unión entre dos camaradas que han compartido la lucha por unos ideales y sienten que han llegado al final del camino. El camino de quienes lucharon por una sociedad más libre, más justa, pero que bajo el absolutismo de un rey, bastante necio y cretino como fue Fernando VII, se truncó, como no podía ser de otro modo.



En líneas generales, hay cierta evocación en el lienzo de Antonio Gisbert hacia el cuadro de Los fusilamientos de Goya cuando este muestra a los primeros fusilados yacientes en el suelo. Así, en el caso del pintor de Fuendetodos, vemos que tres de los ejecutados, el 3 de mayo de 1808, aparecen ya muertos en un suelo terroso, de modo que el más destacado aparece con el cuerpo volcado hacia abajo, los brazos extendidos en cruz y en medio del gran charco de sangre que ha derramado. En cierto modo, Goya evoca la idea de martirio en esos vecinos de Madrid ejecutados y que se alzaron contra la invasión francesa.

En el caso de Gisbert, la expresión general de su obra es más laica, más humanista, tal como correspondían a los ideales del liberalismo. Aquí, la sangre de los ejecutados apenas aparece, puesto que el pintor no quiere connotar en El fusilamiento de Torrijos la idea de martirio, tal como se desprende de la que mostró años atrás Francisco de Goya. Cuestión algo curiosa, puesto que Goya, otro gran defensor de los ideales del liberalismo, acabó exiliándose a Francia al no soportar el absolutismo de un rey que menospreció abiertamente la gesta heroica del pueblo.

Cuando indico que hay un cambio hacia una visión más humanista en el lienzo de El fusilamiento de Torrijos, quisiera apuntar que no es una mera interpretación subjetiva que realizo acerca de la obra de Antonio Gisbert. Si observamos en su anterior cuadro Los comuneros de Castilla, comprobamos que allí adquiere gran significado la concepción religiosa de la muerte, dado que los tres dominicos que acompañan a Padilla, Bravo y Maldonado tienen un importante protagonismo dentro de la escena, reforzado por las cruces que portan los frailes, así como por la incorporación de la iglesia de Villalar que sirve de fondo de toda la escena.

Sin embargo, en este segundo lienzo, los franciscanos que acompañan a los condenados tienen un papel secundario, al tiempo que las evocaciones religiosas son mucho más contenidas.

Para cerrar este escrito, y con el fin de no alargarme en exceso, quisiera indicar que soy consciente de que me he centrado más en el significado del lienzo que en la biografía de José María Torrijos, el mismo que llegó al cargo de capitán general de Valencia y ministro de la Guerra en el denominado Trienio Liberal, período breve de la historia de España que se extiende de 1820 a 1823. Pero entiendo que cualquier lector o lectora interesado en el tema puede ampliar la información de su figura por los medios digitales que ahora disponemos.

AURELIANO SÁINZ

8 de septiembre de 2019

  • 8.9.19
En este año de 2019 se cumple el Bicentenario del Museo del Prado, de modo que quienes por estas fechas se encuentren en Madrid y sean amantes de la historia pueden recibir una grata sorpresa si se acercan a esta gran pinacoteca (para mí la mejor del Europa junto con el Louvre parisino).



La razón no es solo que haya una exposición antológica de tres grandes pintores: Velázquez, Rembrandt y Vermeer, sino que también se ha habilitado una sala para exponer el cuadro Los comuneros Padilla, Bravo y Maldonado en el patíbulo que Antonio Gisbert pintó en 1860 y que se encuentra instalado en una de las salas del Congreso de los Diputados.

Contemplar este espléndido cuadro, que ocupa uno de los laterales de la sala en la que ahora está expuesto, junto con el Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga, también del mismo autor, y que se muestra en la pared opuesta, es asistir a una verdadera muestra de arte pictórico de dos momentos claves de la historia de España.

Sobre ambas obras quisiera hablar, comenzando por la que cronológicamente es la primera, dado que una se refiere a los hechos acaecidos en 1521 y la segunda a los fusilamientos en la playa de Málaga de 1831, por lo que algo más de tres siglos separan a estos hechos históricos.

Acerca de su autor, el pintor Antonio Gisbert, quisiera apuntar que nació en Alcoy en el año 1834 y falleció en París en 1901. Contando con solo 26 años, presenta el lienzo de Los comuneros a la convocatoria que se lleva a cabo anualmente de la Exposición Nacional de Bellas Artes de España de 1860, recibiendo la primera medalla de esta convocatoria. Tras este reconocimiento, y como he indicado, el cuadro lo adquirió el Congreso, lugar en el que se encuentra de modo habitual.

El enorme éxito de la obra y el prestigio alcanzado por su autor dieron lugar a que posteriormente, con solo 34 años, fuera nombrado director del Museo del Prado, cargo que ocupó entre 1868 y 1873.

Las ideas político-sociales de Gisbert se inscriben dentro del liberalismo, que en el siglo XIX se contraponían a las conservadoras dominantes, por lo que no es de extrañar que en sus cuadros de corte histórico aparezcan personajes defensores a ultranza de la libertad individual, tal como sucede en el cuadro que ahora comentamos o en el que, como veremos en la siguiente entrega, el que realizó acerca del general José María de Torrijos, también de ideas liberales.

En el primero de los lienzos, el pintor alcoyano plasma la sublevación de los comuneros de Castilla contra las directrices de Carlos I, rebelión que comenzó en 1520 y acabó dos años después, hecho de gran significado, puesto que hay historiadores que la consideran como la primera ‘revolución’ o sublevación popular que se produce en Europa en los inicios de la Edad Moderna.

Recordemos que el 23 de abril de 1521 fueron decapitados Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado en la Plaza Mayor de la villa vallisoletana Villalar, pequeña localidad que en la actualidad recibe la denominación de Villalar de los Comuneros, en recuerdo al levantamiento que se produjo en algunas comunidades de la Corona de Castilla en contra de Carlos I, el rey que habiendo nacido en el año 1500, en Gante (Bélgica), llega a las Cortes de Valladolid en 1518, sin saber apenas nada de la lengua castellana y trayendo consigo un amplio número de nobles y de clérigos flamencos como su propia Corte.



Lógicamente, el recelo mostrado por las élites castellanas ante la posible pérdida de poder se extiende posteriormente a otras capas sociales que sienten las fuertes presiones fiscales, especialmente cuando el nuevo monarca pretende trasladarse a Alemania para ser coronado emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

A esa pérdida de poder de los sectores señoriales se le empieza a sumar el descontento de las clases populares al saber las cargas de impuestos que se les imponen; más aún, las que residen en la parte central de la Corona de Castilla, ya que son las que han sufrido una crisis económica por las largas sequías de años anteriores.

Para comprender la relevancia de esta rebelión, hemos de tener en cuenta que por entonces la Península Ibérica estaba conformada por los reinos de Portugal y Navarra junto a la corona de Aragón (configurada por el Aragón actual, Cataluña, Valencia y las Islas Baleares) y la corona de la propia Castilla.

Entre las ciudades que se rebelan se encuentran Valladolid, Segovia, Madrid, Palencia, Salamanca, Toledo, Plasencia… todas en la Meseta o parte central del Reino. No lo hacen las del norte y las del sur de la península, si exceptuamos a Murcia y otras divididas en los dos bandos, como lo fueron Jaén, Úbeda y Cádiz, en Andalucía. Entre los años 1520 y 1522 se mantuvo la sublevación, pero la derrota de los comuneros en Villalar fue un golpe definitivo para este levantamiento.

Una vez expuestos sucintamente los hechos históricos, y que explican el significado del cuadro, conviene analizar artísticamente la obra presentada, por lo que daré unos breves apuntes de la composición. No cabe la menor duda de que el protagonismo de la escena se lo lleva la figura de Juan de Padilla, ubicada en el centro del cuadro, de modo que con gesto majestuoso, concentrado y sereno, parece meditar sobre la muerte que le es inminente.

Su serenidad se manifiesta en la frase que previamente le había dirigido a Juan Bravo, el primero en ser decapitado: “Señor Juan Bravo, ayer fue día de pelear como caballeros, hoy lo es de morir como cristianos” (frase que he extraído del libro Una pintura para una nación de Javier Barón, jefe del Departamento de Pintura del siglo XIX, del Museo del Prado).

Y es que el significado de la religión, tanto para los vencedores como para los vencidos, era fundamental en el momento de la muerte. De ahí que en el cuadro aparezcan tres miembros de la orden de los dominicos que han acompañado a cada uno de los que van a ser ajusticiados. El más destacado es el que le habla a Juan de Padilla, ya que aparece mostrando sus brazos hacia lo alto, como indicándole que no es lo mismo el juicio y la sentencia de los humanos que el juicio de Dios al que se verá expuesto una vez fallecido.

Conviene señalar que por entonces las ejecuciones era públicas, especialmente cuando estaban relacionadas con la alta traición al reino, que es la condena que recibieron los tres cabecillas de los comuneros derrotados en Villalar.

Comprobamos, por la estructura de la composición que Juan Bravo ya había sido decapitado, de modo que el verdugo, ubicado en un lateral de la escena, muestra con su mano izquierda la cabeza del ejecutado, al tiempo que con la derecha porta el hacha con el que la ha seccionado. A su lado, se encuentra el ayudante que corta las cuerdas que ataban al condenado, para dar paso a la ejecución de Juan de Padilla.

En el cuadro, Antonio Gisbert intenta no sobrecargar la escena con excesiva morbosidad, evitando, por un lado, la acumulación de sangre, al tiempo que aleja al pueblo apiñado alrededor del cadalso, siendo apenas perceptible para quien contempla el lienzo, puesto que las cabezas de los aldeanos se muestran un tanto difuminadas.

El valor histórico del cuadro se refuerza el cuidado que el pintor tuvo a la hora de documentarse en la vestimenta de todos los personajes, así como del entorno urbano, puesto que refleja fielmente la espadaña de la iglesia de Villalar con las dos campañas que actualmente posee.

Finalmente, quisiera apuntar que durante largo tiempo las figuras de los comuneros de Castilla fueron denostadas por los sectores más conservadores de nuestro país, puesto que ensalzaban la del monarca Carlos I. Sin embargo, a partir del siglo pasado empieza a ser valoradas por distintos historiadores, de modo que dan razón al levantamiento de los comuneros, llegando, de este modo, a que con la entrada en la democracia se instituyera el 23 de abril como el día de la Comunidad de Castilla y León, como reconocimiento a la gesta de quienes defendieron con sus vidas los derechos del pueblo.

AURELIANO SÁINZ


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