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Mostrando entradas con la etiqueta Negro sobre blanco [Aureliano Sáinz]. Mostrar todas las entradas
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27 de abril de 2019

  • 27.4.19
Uno de los trabajos que suelo proponer al alumnado que estudia Magisterio en las asignaturas de Educación Artística es la realización de dibujos en los colegios y en los que los escolares, una vez divida la hoja por una línea vertical, representen a un hombre y a una mujer trabajando.



Esta tarea se lleva a cabo en centros de Educación Primaria, de modo que niños y niñas plasman de manera libre la idea que ellos tienen de las actividades que corresponden a cada uno de los géneros.

He de destacar la importancia de esta propuesta, pues por medio de ella expresan de manera espontánea las ideas que los escolares asignan tanto al hombre como a la mujer en sus relaciones con el trabajo. Los más pequeños, como es lógico, toman como referencias los trabajos que ven realizar a sus padres y madres; mientras que los mayores suelen acudir a las imágenes, más o menos elaboradas, de lo que ellos podrían ser de mayores.

Sobre esta temática quisiera apuntar que ya publiqué un par de artículos (Hombre y mujer trabajando y Mujer y hombre trabajando) en los que analizaba de manera separada las interpretaciones que, por un lado, realizaban los niños y, por otro, las de las niñas.

En esta ocasión desearía destacar el hecho de que un amplio número de escolares que había participado en la experiencia asignaba iguales roles o profesiones a ambos géneros. Esto supone un avance verdaderamente significativo en las mentes de los escolares, pues implicaba que para ellos la mujer y el hombre eran iguales en sus derechos en el trabajo, por lo que no había diferencias en los que pudiera desarrollar un género u otro.

Pero lo más significativo es que estas respuestas igualitarias no procedían únicamente de las niñas, como podría esperarse por sus deseos de lograr en el futuro metas similares a las de sus compañeros, sino también que ellos plasmaban roles igualitarios, no solo en las profesiones o en actividades deportivas, sino también dentro del hogar.

Entiendo que todo esto es el resultado de aprendizajes que van interiorizando, sea porque los ven en sus casas o por procesos educativos que se desarrollan en las aulas en las que se encuentran estudiando. Habría que apuntar que también los modelos sociales que ven en los medios de comunicación les ayudan a entender que es posible que los trabajos en la casa como los que se desarrollan fuera de ella los pueden llevar adelante tanto los hombres como las mujeres.

Para que veamos cómo hay niños y niñas que han interiorizado la idea de igualdad en el trabajo, he seleccionado siete dibujos que van de primero a sexto curso de Educación Primaria y que nos pueden servir de referencia.



Posiblemente sea la enseñanza una de las profesiones más igualitarias por la larga tradición del acceso de las mujeres a la docencia. Esto conllevaba que fuera muy normal hablar del maestro o de la maestra, dado que tanto los hombres como las mujeres podían desarrollar esta profesión. Esta igualdad laboral la perciben niños y niñas desde edades tempranas, por lo que no es de extrañar que la autora de este dibujo, una niña de 6 años, haya acudido a la imagen de una profesora y de un profesor como expresión de los trabajos que pueden llevar adelante ambos géneros.



En la sociedad del siglo veintiuno se han producido grandes cambios, sea por la masiva incorporación de la mujer al trabajo asalariado, como por el desarrollo de las nuevas tecnologías, aplicadas no solo en el ámbito privado y doméstico sino, de un modo muy especial, en las empresas que las necesitan para su propio avance. De este modo, la autora del dibujo anterior, que tiene 7 años, ha tomado como referencias tanto a su madre (“Mi mamá trabaja en antenas”) como a su padre (“Mi papá trabaja en Man”) para presentarlos a ambos trabajando de modo similar: sentados delante de una mesa y con un ordenador.



Por encuestas realizadas referidas al ámbito del hogar, se suele recoger que es el planchado el trabajo doméstico que menos les gusta a las mujeres, siendo excepcional que lo hagan los hombres. Por ello llama la atención que un niño de 8 años haya acudido precisamente a este trabajo como la actividad que podrían realizar tanto hombres como mujeres. Posiblemente, vea que en su casa este trabajo es compartido, por lo que le parece de lo más natural representar a un hombre y a una mujer planchando.



¿Influyen en las ideas de los niños y niñas los modelos que se les proponen en las clases? Estoy seguro de que sí, ya que tanto los igualitarios como los segregadores tienen una importante incidencia en las imágenes que empiezan a interiorizar. Es lo que podemos deducir del dibujo de un niño de 8 años que, tras dividir la hoja por la mitad, comenzó representando a un minero, para, a continuación, trazar a una mujer realizando el mismo trabajo. Si tenemos en cuenta que el dibujo se realizó en una ciudad en la que no había minas, uno tiende a pensar que esto fuera el resultado de la educación en la igualdad que se impartía en el colegio.



A pesar de la actual situación de abandono que se produce en los trabajos del campo por el desamparo de los medios rurales, resulta que en muchos pueblos son los medios de subsistencia de familias que viven en ellos. Esta es la razón por la que la autora del dibujo que acabamos de ver, una niña de 9 años, que se encontraba en cuarto curso de Primaria, haya representado dos escenas que ha ubicado en la naturaleza: por un lado, a un hombre como agricultor y, posteriormente, a una mujer pescando en el rio. Ambos, pues, trabajando de modo similar en el ámbito rural.



Paso a paso, también se dan avances en el ámbito de los deportes, de modo que no ha sido excepcional encontrar dibujos en los que aparecían, por un lado, un personaje masculino y, por otro, uno femenino jugando al fútbol. Y es que en la actualidad también las chicas tienen equipos que compiten en ligas femeninas. Una variante aparece en este que acabamos de ver, y que fue realizado por un niño de 10 años. En la lámina nos muestra a un joven jugando al fútbol, al tiempo que en el lado derecho aparece una jugadora de balonmano.



Para cerrar, acudo al dibujo de una niña en el que nos muestra que el trabajo de la casa puede ejercerse de manera igualitaria, es decir, que puede ser llevado tanto por el hombre como por la mujer. De ahí que, con una gran sencillez gráfica, haya plasmado, en el lado izquierdo, una figura masculina con una escoba y, al acabarlo, pasara al lado derecho para realizar el mismo trabajo con una figura femenina. Total igualdad a la hora de proponer una actividad para el hombre y otra para la mujer.

AURELIANO SÁINZ

20 de abril de 2019

  • 20.4.19
Creo, tal como apuntaba en el artículo anterior, que Albert Einstein se sorprendería de los ascensos de los nuevos partidos de extrema derecha y que, con rasgos que presentan bastantes similitudes con los fascismos que precedieron a la Segunda Guerra mundial, se han extendido tanto por Europa como por el continente americano. No podría imaginarse que la historia se repitiera por su lado más lúgubre y que de nada hubieran servido las experiencias que llevaron a esa gran catástrofe.



Bien es cierto que, por el lado de la ciencia, comprobaría que sus postulados físicos se demostrarían empíricamente (aunque él no aceptara el principio de incertidumbre de Heisenberg), al tiempo que los avances de la humanidad en el campo del conocimiento habían logrado cotas verdaderamente sorprendentes.

De todos modos, a Einstein no solo le importaba la ciencia, tal como habíamos visto, sino que tenía unos sólidos principios muy próximos al socialismo, por lo que sus afirmaciones sobre esta nueva sociedad en la que soñaba estaban muy cercanas a los postulados que había expuesto Karl Marx en sus obras en el siglo XIX.

Así, términos como ‘capitalismo’, ‘oligarquía’, ‘trabajadores’, ‘medios de producción’, o ‘fuerza de trabajo’ aparecen con toda nitidez en su artículo publicado en la revista estadounidense Monthly Review. Veamos, pues, un párrafo en el que articula esos conceptos:

“En aras de la simplicidad, llamaré ‘trabajadores’ a todos los que no compartan la propiedad de los medios de producción, aunque esto no corresponda al uso habitual del término. Los propietarios de los medios de producción están en posición de comprar la fuerza de trabajo del trabajador. Usando los medios de producción, el trabajador produce nuevos bienes que se convierten en propiedad del capitalista. El punto esencial en este proceso es la relación entre lo que produce el trabajador y lo que le es pagado, ambos medidos en el valor real”.

Uno de los conceptos que Karl Marx desarrolla en su obra El Capital es la tendencia que tienen a la concentración las empresas para formar monopolios. En la actualidad, por la globalización que se extiende a escala mundial, esta ley de concentración de capitales ha adquirido una dimensión no conocida en décadas precedentes. Así lo expresa Einstein:

“El capital privado tiende a concentrarse en pocas manos, en parte debido a la competencia entre capitalistas, y en parte porque el desarrollo tecnológico y el aumento de la división del trabajo animan a la formación de unidades de producción más grandes a expensas de las más pequeñas. El resultado de este proceso es una oligarquía de capital privado cuyo enorme poder no se puede controlar con eficacia, incluso en una sociedad organizada políticamente de forma democrática”.

Esta concentración de los capitales tiene como objetivo la obtención del máximo de los beneficios, lo que conlleva a que la brecha entre las minoritarias clases propietarias y las extensas clases trabajadoras y de asalariados, a las que hay que sumar el “ejército de parados” que ya vaticinaba el gran científico alemán, aumente de manera alarmante.

“La producción está orientada hacia el beneficio, no hacia el uso. No está garantizando que todos los que tienen capacidad y quieran trabajar puedan encontrar empleo; existe casi siempre un ‘ejército de parados’, por lo que el trabajador está constantemente atemorizado con perder su trabajo”.



No debemos olvidar que las propias democracias están estructuradas de modo que el poder político no pueda controlar el poder económico, de modo que la producción capitalista se mantenga sin que haya que acudir a los medios de coacción directos, que son los habituales en las dictaduras. Así pues, los distintos poderes -judicial, religioso, educativo, de comunicación, etc.- están organizados de modo que responden, fundamentalmente, a los intereses de las clases dominantes.

Sobre el poder judicial, Albert Einstein nos dice lo siguiente:

“Los miembros de los cuerpos legislativos son seleccionados por los partidos políticos, financiados en gran parte o influidos de otra manera por los capitalistas privados quienes, para todos los propósitos prácticos, separan al electorado de la legislatura. La consecuencia es que los representantes del pueblo, de hecho, no protegen suficientemente los intereses de los grupos no privilegiados de la población”.

Refiriéndose a los medios de comunicación, que tanta importancia han adquirido en la actualidad, apunta lo siguiente:

“Por otra parte, bajos las condiciones existentes, los capitalistas privados inevitablemente controlan, directa o indirectamente, las fuentes principales de información (prensa, radio, educación). Es así extremadamente difícil, y de hecho en la mayoría de los casos absolutamente imposible, para el ciudadano individual obtener conclusiones objetivas y hacer un uso inteligente de sus derechos políticos”.

No se olvida del poder ideológico que tienen las escuelas y los centros de enseñanza, por lo que no es de extrañar que los centros privados aumenten de manera considerable, al tiempo que los públicos vayan perdiendo relevancia y queden para ayudar a las clases menesterosas.

“Considero esta mutilación de los individuos el peor mal del capitalismo. Nuestro sistema educativo entero sufre de este mal. Se inculca una actitud competitiva exagerada al estudiante, que es entrenado para adorar el éxito codicioso como preparación para su carrera futura. Estoy convencido de que hay solamente un camino para eliminar estos graves males: el establecimiento de una economía socialista, acompañado por un sistema educativo orientado hacia metas sociales”.

Y es que la educación no es neutral, pues en ella se difunden unos valores u otros. Einstein sostiene que la finalidad de la educación debe estar orientada no solo al desarrollo personal sino también a finalidades colectivas.

“La educación del individuo, además de promover sus propias capacidades naturales, procuraría desarrollar en él un sentido de la responsabilidad para con sus compañeros, en lugar de la glorificación del poder y del éxito que se dan en nuestra sociedad actual”.

No se olvida este gran científico de que los avances tecnológicos, como resultado de los desarrollos que se producen en el campo de la ciencia, poseen un lado oscuro: generan mayor desempleo en amplios sectores de la población.

“El progreso tecnológico produce con frecuencia más desempleo en vez de facilitar la carga del trabajo para todos. La motivación del beneficio, conjuntamente con la competencia entre capitalistas, es responsable de una inestabilidad en la acumulación y en la utilización el capital que conduce a depresiones cada vez más severas”.

Quiero cerrar este breve recorrido por el pensamiento social de Einstein con una advertencia y unos interrogantes que se hacía este genio de la ciencia:

“Sin embargo, es necesario recordar que una economía planificada no es todavía socialismo, ya que puede estar acompañada de la completa esclavitud del individuo. La realización del socialismo requiere solucionar problemas sociopolíticos extremadamente difíciles: ¿cómo es posible, con una centralización de gran envergadura del poder político y económico, evitar que la burocracia llegue a ser todopoderosa y arrogante? ¿Cómo pueden estar protegidos los derechos del individuo y asegurar un contrapeso democrático al poder de la burocracia?”.

Pudiera parecer que las ideas socialistas de Albert Einstein están desfasadas, puesto que el neoliberalismo que se ha extendido por la mayor parte del planeta, siendo este la última y definitiva versión del capitalismo que ha venido a quedarse. Sin embargo, en el propio Estados Unidos, las voces del socialista Bernie Sanders, de la joven congresista Alexandria Ocasio-Cortez, miembro de Socialistas Democráticos de América, al igual que Maria Svart, tienen una gran fuerza en la primera potencia mundial. Y es que, a pesar del ascenso actual de los neofascismos, no todo el mundo sigue las directrices que marca ese personaje esperpéntico llamado Donad Trump.

AURELIANO SÁINZ

13 de abril de 2019

  • 13.4.19
Todo el mundo conoce, aunque solo sea de oídas, a Albert Einstein, uno de los grandes genios de la humanidad a la altura de Galileo Galilei o de Isaac Newton. Sus teorías de la relatividad restringida o especial y de la relatividad general revolucionaron el campo de la física, de modo que ya no podemos entender el mundo y el universo sin tener en cuenta los postulados de este judío alemán, nacionalizado posteriormente como estadounidense.



También son muy conocidas sus imágenes, con su poblado bigote y su pelo blanco alborotado, que nos remiten al estereotipo de “loco genial” que vive encerrado en su trabajo y su mundo interior sin que, supuestamente, se involucre en aquello que ocurre en la sociedad en la que vive.

Pero no es así. Einstein sí se implicó social y políticamente, pues no solo conoció el ascenso del nazismo en su país de origen, por lo que tuvo que exiliarse a Estados Unidos, tras haber pasado por Austria y Suiza, sino que también conoció el drama de la Segunda Guerra Mundial, ya que las bombas atómicas arrojadas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki en 1945 se crearon a partir de los principios teóricos que había desarrollado y en los que se explicaba la transformación de la materia en energía, y viceversa.

Para que conozcamos sus ideas sociales, quisiera presentar y comentar un extracto del artículo ¿Por qué el socialismo? que publicó en 1949, es decir, seis años antes de que falleciera. Este breve trabajo vio la luz en la revista de izquierdas estadounidense Monthly Review, de la que tengo algunos ejemplares, y que, a pesar del tiempo transcurrido y los fuertes vientos neoliberales impulsados por Donald Trump, se sigue editando con regularidad.

Aunque el texto no es excesivamente extenso, me ha parecido oportuno dividir su presentación y los comentarios personales que añado en dos partes, para hacer más fácil su lectura. En el comienzo del artículo se interroga y, también, se responde: “¿Debe alguien que no es un experto en cuestiones económicas y sociales opinar sobre el socialismo? Por una serie de razones creo que sí”.



Y esas razones las va desgranando en los párrafos que siguen a esa pregunta, expresándolas del siguiente modo: “Muchas voces han afirmado desde hace tiempo que la sociedad humana está pasando por una crisis, que su estabilidad ha sido gravemente dañada. Es característico de tal situación que los individuos se sienten indiferentes o, incluso, hostiles hacia el grupo, pequeño o grande, al que pertenecen”.

Llama la atención que ya por entonces hablara de una sociedad en crisis, entendida como malestar social y personal que genera en los individuos desafección hacia la comunidad a la que pertenecen. Pareciera que, trasladándonos a nuestro entorno, el sentimiento que ahora embarga a los españoles, por distintas razones, estaba expresado de algún modo en esas líneas. Y es que los deseos de estabilidad, seguridad y confianza en el futuro, a los que lógicamente se aspiran, no encuentran razón de ser dentro del orden mundial que conocemos.

Más adelante continúa: “Esta es la declaración de un hombre que se ha esforzado inútilmente en lograr un equilibrio interior y que tiene más o menos perdida la esperanza de conseguirlo. Es la expresión de la soledad dolorosa y del aislamiento que mucha gente está sufriendo. ¿Cuál es la causa? ¿Hay alguna salida?”.

Creo que gran parte de lo que afirma podríamos hoy suscribirlo literalmente, pues esa crisis social y humana de la que habla está inserta en la sociedad del capitalismo que se ha globalizado y en el que actualmente nos encontramos. ¿Quién, por ejemplo, puede decir con sinceridad que ha logrado un equilibrio interior en un mundo lleno de turbulencias? ¿Acaso no nos encontramos sujetos a las tensiones que desde fuera nos llegan cotidianamente y de las que deseamos alejarnos?

Por otro lado, y dado que el individuo no puede aislarse de lo que acontece en la sociedad a la que pertenece, en el inicio del texto hace una reflexión acerca de la condición humana y de los deseos más profundos que anidan en cada persona:

“El hombre es, a la vez, un ser solitario y un ser social. Como ser solitario, procura proteger su propia existencia y la de los que están más cercanos a él, para satisfacer sus deseos personales y para desarrollar sus capacidades naturales. Como ser social, intenta ganar el reconocimiento y afecto de sus compañeros, para compartir sus placeres, para confortarlos en sus dolores y para mejorar sus condiciones de vida”.

A la hora de imaginar una nueva sociedad que resuelva esos dos aspectos -individual y social-, conviene tener en cuenta que el ser humano depende y es parte de la naturaleza, por lo que no conviene caer en utopías irreales que, a la hora de aplicarlas, acaben frustrando las esperanzas de quienes confiaron en ese modelo social.

“Si nos preocupamos cómo la estructura de la sociedad y de la actitud cultural del hombre deben ser cambiadas para hacer la vida humana tan satisfactoria como sea posible, debemos ser constantemente conscientes del hecho de que hay ciertas condiciones que no podemos modificar. Entre ellas, la naturaleza biológica del hombre es, para todos los efectos prácticos, inmodificable”.

Me imagino que, cuando Einstein expresaba en el párrafo anterior sus ideas acerca de las limitaciones con las que hay que contar, tenía en su mente las experiencias comunitarias que se habían llevado en el siglo XIX y que acabaron en grandes fracasos. Y es que ciertos teóricos imaginaron comunidades separadas del conjunto de la sociedad, caso de Robert Owen cuando fundó en el siglo XIX las colonias de New Harmony en Estados Unidos, o las que llevó a cabo el francés Charles Fourier al crear los falansterios en el país galo.

En la actualidad sabemos que esto es inviable, que no podemos concebir colectividades aisladas que funcionen al margen de los circuitos de producción, trabajo e intercambios comerciales que se dan en los distintos países. Esto ya lo expresó Einstein en su artículo del siguiente modo:

“Los tiempos en los que individuos o grupos relativamente pequeños podían ser totalmente autosuficientes se han ido para siempre. Es solo una leve exageración decir que la humanidad ahora constituye incluso una comunidad planetaria de producción y consumo”.

Desde la perspectiva actual, podemos afirmar que uno de los elementos que articula a los seres humanos en esta sociedad globalizada es la producción y el consumo planificados a pequeña o gran escala. Sin embargo, sobre los desequilibrios y contradicciones que son propios de la producción capitalista, el propio Einstein apunta: “La anarquía económica de la sociedad capitalista tal como existe hoy es, en mi opinión, la verdadera fuente del mal”.

Esa “anarquía económica” de la que nos habla el gran físico la estamos palpando en la crisis ecológica que a nivel mundial se está produciendo, ya que la búsqueda constante e imparable del beneficio y la rentabilidad impulsan a una competencia atroz entre las empresas dentro del propio país o a nivel internacional.

Y es que la producción descontrolada, sin que se tengan en cuenta que los recursos de la Tierra son limitados y que los equilibrios medioambientales de planeta son frágiles, genera daños en el medio ambiente que Einstein no pudo intuir en el tiempo en el que escribió este artículo que comentamos.

Pero no es solo la crisis ecológica que el capitalismo globalizado genera, sino también el abismo que se crea entre las clases más ricas y las más empobrecidas, brecha que lejos de acortarse se va día a día agrandando.

Posiblemente, si Albert Einstein volviera a nuestro tiempo, seguro que se horrorizaría del avance de las ideas más reaccionarias que personajes como Donald Trump, en su país de adopción, o las de Jair Bolsonaro en Brasil, por no hablar de los ascensos de la extrema derecha o los nuevos fascismos que se producen en gran parte de los países europeos, incluido el nuestro.

Él sí sabía que el capitalismo en crisis siempre ha buscado una salida en las distintas formas políticas autoritarias, incluso, de fascismo, tal como ocurrió de modo muy claro con la Segunda Guerra Mundial. Esto le tocó vivir y, por ello, expuso sus ideas de paz y justicia sociales, muy ligadas al concepto de socialismo, y que veremos en la segunda entrega.

AURELIANO SÁINZ

6 de abril de 2019

  • 6.4.19
Hace unas semanas que salió publicado el artículo que llevaba por título En busca del padre. Era una reflexión que yo hacía partiendo de las experiencias vitales de dos autores: Albert Camus y Manuel Vilas. De todos modos, esas vivencias tan personales se podrían extender a todos, en el sentido de que cuando nos independizamos de nuestra familia o, más aún, cuando ya no podemos contar con nuestros padres porque han fallecido, nos formamos una idea íntima de ellos, de modo que en cierto modo caminan con nosotros como recuerdos imborrables de nuestros orígenes en este mundo.



Y es que los seres humanos tenemos la imperiosa necesidad de forjarnos una visión sólida de nuestras raíces, de saber quiénes somos, de lo que representamos o significábamos para nuestros padres, de entender que verdaderamente éramos importantes para ellos, de recordarlos como nuestros primeros guías por los intrincados caminos que teníamos que atravesar por un mundo cargado de retos.

Lograr comprender adecuadamente estos interrogantes conlleva ir bien armado cognitiva y emocionalmente de cara a una existencia que, en ocasiones, se nos antoja dura y complicada cuando se mira hacia el futuro.

Lamentablemente, no todos se encuentran en las condiciones óptimas, dado que hay personas que sienten un enorme vacío en sus vidas, puesto que les falta o se tambalea alguna de sus dos grandes referencias: la figura paterna y la figura materna.

No es de extrañar, pues, que haya algunos niños o niñas que en algún momento de sus vidas se hagan la pregunta “¿Quién fue realmente mi padre?”. Me estoy refiriendo a aquellos casos dado en los que sus madres llevaron adelante el embarazo sabiendo que el bebé no contaría con la figura paterna, por las razones que solamente ellas conocen.

Esta es una de las modalidades de la ausencia paterna, dentro de las distintas ausencias emocionales que se pueden dar. Me estoy refiriendo, pues, a la llamada familia monoparental, en la que aparece la madre como la cabeza familiar visible.

Hemos de tener en cuenta que otras familias monoparentales son el resultado de haber fallecido prematuramente el padre o de que la mujer, como futura madre, había optado por la adopción sola. También se dan los casos de inseminación artificial de la mujer que decide vivir sola, pero estas situaciones son minoritarias y no cuento con casos de escolares que pudiera comentarlos.

Por otro lado, tengo que apuntar que no es mi labor enjuiciar los casos de las denominadas familias monoparentales, sino de explicar cómo expresan los escolares que se encuentran dentro de ellas el recuerdo o la idea que se hacen de un padre que no conocieron. Y nada mejor que acudir a los dibujos realizados en las aulas de los centros en los que estudian para comprender sus sentimientos más íntimos.

Es lo que vamos a hacer en esta ocasión. Así, tras la selección y el análisis de los dibujos que tengo en el archivo, entiendo que la respuesta de niños y de niñas ante la ausencia paterna es distinta, pues los primeros se preguntan por la figura que pertenece a su propio género y que les ayudaría como modelos en sus desarrollos emocionales y simbólicos. En cambio, las niñas cuentan con sus madres, que les sirven de espejo en el que mirarse a lo largo de su crecimiento.

Evidentemente, tanto chicos como chicas en algún momento de sus vidas tendrán la necesidad de preguntar a sus madres cómo era el padre al que no llegaron a conocer. De la respuesta que reciban, con mayor o menor claridad y sinceridad, dependerá el que esa ausencia no se convierta en un tema angustioso, dado que ellos tienen que construirse mentalmente una figura que se ajuste a sus demandas emocionales.

Para que comprendamos cómo niños y niñas expresan gráficamente sus situaciones de privación paterna dentro de las familias monoparentales, he seleccionado varios dibujos del archivo, ya que creo que son suficientes para entender las diferencias que surgen en función de la edad o del género al que pertenecen. Así pues, muestro cinco dibujos que van desde Educación Infantil hasta finalizar Primaria.

El que sirve de portada corresponde a una chica de 11 años que estudiaba en sexto curso cuando realizó el dibujo de la familia tras haberlo propuesto en su clase. Como podemos comprobar, en la escena solo aparecen ella y su propia madre, reflejando la realidad familiar en la que se encontraba.

De inmediato, se aprecia la madurez gráfica de la chica, lo que es un signo no solo de su capacidad artística sino también de confianza en sí misma. Desde el punto de vista de la representación, hay que indicar que las figuras aparecen en un primer plano alargado, con miradas de medio perfil y un alto grado de realismo de los rostros.

La autora del dibujo, tal como anotó al terminar el trabajo numerando las figuras, comenzó por ella, pasando posteriormente a trazar la figura materna. Esto es manifestación de cierta seguridad en sí misma; no obstante, habría un cierto sentimiento de soledad que queda insinuado por el amplio espacio de la lámina que queda vacío.



El dibujo que acabamos de ver corresponde a Julio, un niño de cinco años que vivía con sus abuelos maternos, ya que su madre lo tuvo soltera y lo dejó al cuidado de ellos, puesto que tenía que trabajar fuera de casa y no podía atenderlo. El problema de la ausencia paterna, que le generaba sentimientos de soledad, se le agudizó con la enfermedad y el fallecimiento de su abuela, por lo que se encontró viviendo solo con su abuelo y acompañado de su madre en los días que podía contar con ella.

Por las anotaciones que tenía de este dibujo, tengo que apuntar que Julio no hablaba con nadie de su clase. Esto es comprensible, pues el fallecimiento temprano de su abuela fue un impacto importante para el pequeño. Así, en el dibujo solo aparecen su abuelo y su madre. No se dibuja él mismo porque se siente triste, insignificante y carente de valor.



Avanzamos un poco más en edad y nos encontramos con el dibujo de la familia de una niña de 7 años que estudiaba en segundo curso de Primaria. Como puede apreciarse, para ella el grupo familiar lo componen cinco miembros. Si seguimos el orden de aparición, serían: su madre, su abuela, ella misma, su abuelo y su tío.

El hecho de que las tres primeras figuras representadas sean del género femenino es un indicio de que la niña encuentra referentes simbólicos y emocionales suficientes para su desarrollo. A esto hay que añadir que ella aparece en el centro de la lámina, lo que es manifestación de seguridad y confianza, ya que se encuentra emocionalmente arropada a ambos lados: en el lado izquierdo, su madre y su abuela, y, en el derecho, su abuelo y su “tito”, como referentes masculinos, por lo que la ausencia del padre no parece afectarle excesivamente.



Una manifestación clara de la ausencia paterna se expresa en el dibujo de Luis, un niño de 9 años que vivía con su madre, sus abuelos y su “tita”. Contemplando la lámina comprobamos que él aparece grande, sonriente y acompañado por su perro. Los otros cuatro miembros los ha trazado dentro de unos pequeños cuadros, como si se encontraran pegados a la pared y sin que tuvieran importancia emocional para el autor. Lo cierto es que al no aparecer el padre como referente de género, sus afectos los despliega hacia su perro. Este es, pues, un caso claro de que la ausencia paterna se hace significativa en el desarrollo de la personalidad de un chico.



Cerramos este breve recorrido con un ejemplo de aquellas familias en las que no se encuentra la presencia de la figura paterna desde el propio nacimiento de quien ha realizado el trabajo. Es el caso de Julia, una chica de 11 años que no llegó a conocer a su padre, aunque en el dibujo aparezca una figura masculina a la que le ha puesto papá, aunque en realidad es la nueva pareja de su madre.

Si observamos la escena, comprobamos que comenzó el dibujo por ella misma en el lado derecho junto a su hermano, nacido de la unión de su madre con otra pareja masculina. En el lado izquierdo, sitúa a su madre y a la pareja que actualmente tiene. En medio de ambos grupos traza una gran mesa, que simbólicamente se entiende como un obstáculo que impide la comunicación, reforzada por la distancia gráfica y emocional que existe entre ellos.

He de indicar que la autora intentó incorporar otra figura masculina en el lado izquierdo, aunque pronto la borró. Entiendo que era el deseo de dibujar al padre ausente que no llegó a conocer; pero se dio cuenta de que sería motivo de preguntas acerca de quién era ese personaje. Este caso es también una manifestación del problema que genera la falta de conocimiento de quién fue verdaderamente su padre, puesto que no tuvo una respuesta clara por parte de su madre y que fuera satisfactoria para ella.

AURELIANO SÁINZ

30 de marzo de 2019

  • 30.3.19
De nuevo, un japonés gana en este año de 2019 el Premio Pritzker de Arquitectura. Se trata de Arata Isozaki, uno de los referentes de la arquitectura contemporánea y que es de gran interés conocerlo puesto que ha realizado obras en distintas ciudades de nuestro país como son Barcelona, A Coruña y Bilbao.



Esta concesión supone un enorme triunfo de la arquitectura moderna japonesa, pues son nada menos que cuatro los que lo han recibido en esta última década: la arquitecta Kayuzo Sejima (2010), Toyo Ito (2013), Shigeru Ban (2014) y el propio Arata Isozaki (2019). A ellos habría que sumar el gran Kenzo Tange (1987), Fumihiko Maki (1993) y Tadao Ando (1995) al elenco nipón que ha recibido el considerado Nobel de la Arquitectura.

Sobre tres de ellos ya habíamos escrito en esta sección (ver Arquitectura: Tadao Ando, Arquitectura: Shigeru Ban y Arquitectura: Toyo Ito). Ahora toca hablar de un veterano arquitecto, pues cuenta con 87 años, lo que es indicio de una larga trayectoria constructiva.

Gran parte de las obras de Arata Isozaki han sido realizadas en Japón, su país de origen, así como en Estados Unidos. Sin embargo, en esta breve reseña quiero centrarme en algunos de sus trabajos en España, de modo que únicamente a través de la portada del artículo muestro una de sus obras singulares como es el Team Disney Building de la ciudad estadounidense de Orlando, y que, acorde con la empresa a la que iba destinada, el conjunto se muestra como una especie de juego de construcción de distintos volúmenes coloristas, razón por la que a Isozaki, en ocasiones, se le considera un arquitecto posmoderno.



Antes de pasar a comentar algunas de sus obras en nuestro país, creo conveniente aportar algunos datos biográficos. Arata Isozaki nació el 23 de julio de 1931 en Oita, una ciudad de más de un millón de habitantes, que se encuentra en la isla de Kyushu.

Desarrolla sus estudios de Arquitectura en la Universidad de Tokio, donde impartía docencia Kenzo Tange, el gran referente de la arquitectura japonesa contemporánea. Al finalizar sus estudios universitarios, comienza a trabajar con quien había sido su profesor, hasta que en 1963 crea su propio estudio.

Desde el punto de vista formal, inicialmente, Isozaki plantea en sus proyectos soluciones eclécticas en las que se articula la tradición japonesa con las tecnologías más avanzadas. A partir de 1970, comienza a abandonar sus rasgos tradicionales para acercarse a las puras formas geométricas, por lo que empieza a identificársele con un término tan amplio como impreciso: el posmodernismo.

A lo largo de su dilatada vida, ya que en la actualidad cuenta con 87 años, aparte del Premio Pritzker de 2019, ha recibido otros reconocimientos de tipo internacional como son el del Royal Institute of Architects británico y el de la American Academy. Siguiendo los pasos de su maestro Kenzo Tange, él también es profesor visitante en las universidades estadounidenses de Columbia, Yale y Harvard.



Los Juegos Olímpicos celebrados en Barcelona en 1992 fueron uno de los eventos de la ciudad catalana en los que Arata Isozaki plasmó una de sus obras más significativas en nuestro país, pues a él se le debe el Palau Sant Jordi, lugar de competiciones deportivas tanto a nivel nacional como internacional, así como conciertos de grandes estrellas del rock.

Ubicado en la falda trasera de la montaña de Montjuïc, posee una capacidad para 17.000 personas, cifra lo suficientemente alta para dar lugar a que el arquitecto japonés acudiera a que el edificio se encontrara parcialmente colocado bajo tierra, con el fin de minimizar el impacto las dimensiones de la instalación.

Su silueta es una especie de síntesis de las culturas de Oriente y Occidente, dado que, en cierto modo, su tejado abovedado hace referencia a la arquitectura catalana, al tiempo que el resto de la estructura parece inspirada en los templos budistas. Como materiales empleó el ladrillo, los azulejos, el mármol y el zinc en sus acabados.





No me cabe la menor duda de que la mejor obra de Arata Isozaki en nuestro país es el Museo o Casa del Hombre que proyectó, junto a César Portela, en A Coruña en el año 1995, y que se encuentra ubicado en un promontorio que mira hacia la ensenada de Orzán. De modo inmediato, su espectacular fachada, construida por paneles de hormigón pretensado sobre los que se asientan losas de pizarra de 50 centímetros de lado, se asocia con la vela de un navío hinchada por el viento, impactante imagen al ubicarse, tal como he apuntado, sobre un macizo rocoso.

Como detalle, apuntaría que, a medida que se asciende por la escalera granítica de acera, se hace más visible la escultura que lleva el nombre de “Soldado romano” y que inequívocamente se relaciona con el escultor colombiano Fernando Botero, pues esas figuras voluminosas son sus señas de identidad, tanto en la pintura como en la escultura.

Por otro lado, la fachada posterior del edificio está formada por un doble muro de sillares de granito de 21 centímetros de grosor. Las paredes se mueven zigzagueando el terreno sobre el que se asienta el museo, de modo que el contraste entre el muro curvado de la fachada y los planos en diente de sierra acaban unificándose por el propio material que se usa para dar continuidad a la obra.



Si el Palau Sant Jordi de Barcelona y el Museo del Hombre de A Coruña eran las dos obras públicas de referencia de Isozaki en nuestro país, la Isozaki Atea (o Puerta Isozaki en español), es decir, el complejo de siete edificios acaba convirtiéndode en la gran obra del arquitecto japonés en Bilbao, ciudad que ya contaba con el renombrado Museo Guggenheim de Frank O. Gehry.

El proyecto, ubicado en el distrito Abando y en el que participa el arquitecto Iñaki Aurrekoetxea, se compone de dos grandes torres de 23 plantas y otros cinco de 6 y 8 pisos. Como punto anecdótico, tendría que decir que Isozaki creó su propia pasarela sobre la Ría y hubo que unirla a la que había proyectado Santiago Calatrava. Este hecho dio lugar a que Calatrava denunciara al Ayuntamiento de Bilbao por vulnerar sus derechos de propiedad intelectual. En 2007, la sentencia falló a favor del Ayuntamiento, pero Calatrava declaró su intención de apelar el fallo judicial.



Otra de las obras realizadas por Isozaki en Barcelona, ciudad en la que ha llevado adelante distintos proyectos, es el acceso principal al Centro Cultural de CaixaForum, que abre sus puertas en el año 2002, tras la remodelación efectuada en el edificio original. Hemos de tener en cuenta que este centro cultural es el resultado de los trabajos de rehabilitación de la antigua Fábrica Casaramona, uno de los ejemplos más destacados del modernismo catalán dentro del campo industrial.

El trabajo de Arata Isozaki consistió en urbanizar el acceso, de modo que se excavó un sótano para acoger el vestíbulo que proporciona la entrada a la antigua fábrica. Como elemento simbólico de la entrada, diseñó una gran estructura de vidrio y acero en forma de árbol, convirtiéndose en uno de los símbolos de la nueva arquitectura en la ciudad condal.

AURELIANO SÁINZ

23 de marzo de 2019

  • 23.3.19
Aquella mañana, don Fulgencio Villamor del Castillo, profesor de Historia y Paleontología, se propuso abrir los ojos a sus jóvenes pupilos para que entendieran objetivamente lo que había acontecido en nuestro país y que había sido vilmente tergiversado durante décadas.



“Hoy, queridos alumnos”, comenzó muy animado, “la clase versará sobre una de las figuras más insignes de la Historia contemporánea de nuestro país. Se trata de la vilipendiada figura de don Francisco Franco y que, de manera objetiva e imparcial, les explicaré, para cerrar los numerosos bulos que la han empañado después de su muerte”.

“Así que atiendan y saquen sus cuadernos para que tomen apuntes de lo que voy a ir desgranando. Comienzo, pues, por el principio”.

* * *

Hay una fecha crucial en la historia reciente de nuestro país: el 20 de noviembre de 1975. En ese día, Francisco Franco, quien fuera Caudillo de España, el mismo que necesitó alzarse contra el Gobierno de la II República española, justo alzamiento que fue reconocido como una Cruzada por parte de la Iglesia católica, fallece.

A los españoles la noticia nos fue comunicada oficialmente por don Carlos Arias Navarro, quien era por entonces presidente del Gobierno. Con voz quebrada, y por el único canal de televisión que existía, leyó el testamento político de Franco, acabando con un “¡Viva España!”. En ese gesto, según se nos hizo saber, se sintetizaba el sentir de todo un país que perdía a un insigne personaje que entregó su vida por la gloria de todos y por su propia santidad.

Se iniciaba así el absurdo cambio de un país que durante décadas caminaría sin rumbo, dando tumbos de un lado para otro, y que, como ustedes pueden entender, resulta imposible de resumir en pocas palabras. Lo que sí todos conocemos es que fue inhumado en ese grandioso monumento cercano a Madrid llamado el Valle de los Caídos.

Allí ha permanecido embalsamado para que su cuerpo permaneciera de manera inalterable década tras década, al igual que los faraones egipcios lo eran en las pirámides, puesto que era el modo de hacerlos vivir eternamente.

Allí, también, año tras año se han ido reuniendo sus fieles, sus incondicionales, los inquebrantables seguidores de un régimen de paz y prosperidad que se citaban en tan señalada fecha con el fin de rendir homenaje a quien fuera “La espada más limpia de Occidente”, perfecta frase que le dedicó el mariscal francés Petain en su honor y gloria.

Les tengo que apuntar que era perfecta la frase, porque la espada y la cruz se ensamblaban sin ninguna fisura en una singular persona: Francisco Franco, un auténtico cruzado cristiano, un ser providencial que llegó en el crucial momento histórico para salvar a España de la degeneración y molicie en la que se encontraba. Es decir, al borde de la bancarrota.

Y ahora se pretende profanar su tumba, llevándolo a cualquier sitio, a cualquier rincón indigno de la figura histórica que encarnó. De todos modos, quienes perpetran tal osadía no saben que no pueden destruir su espíritu inmortal, pues Francisco Franco, mal que les pese, en el cielo sigue celosamente los pasos de su amada España, por lo que, horrorizado de lo que contempla, confía en los mejores hijos que esta tierra ha engendrado para que inicien la reconquista por el sur, tal como él lo hizo con las fuerzas africanas allá por el 1936.

De ahí que su Voz, venida desde lo alto, haya penetrado en las mentes más limpias y más nobles para ser guiadas en ese afán de recristianizar la península, siguiendo los pasos del apóstol Santiago, que fue quien a él le condujo en su noble camino y con quien ahora comparte beatitud celestial.

Puesto que tantos años de abandono y desidia, en los que los más sublimes ideales de los caballeros cruzados han sido abandonados por los vulgares objetivos con los que la población española ha sido inoculada, no es de extrañar que pocos crean que tan eximia figura se encuentre en la gloria compartiendo honores con el santo patrón de España.



Para quienes de ustedes duden de este hecho incontrovertible, conviene que miren a la pantalla y observen detenidamente el cuadro que aparece proyectado. Verán lo que el pintor boliviano Arturo Reque Meruvia, firmando con el seudónimo de Kemer, realizó entre 1948 y 1949 para que fuera uno de los murales que decorarían el Valle de los Caídos, situado en la zona de Cuelgamuros del municipio de San Lorenzo del Escorial.

Con el fin de perpetuar la memoria de quien fuera, tal como dijo el mariscal Petain, la “Espada más limpia de Occidente”, el Gobierno de entonces, guiado por el propio Caudillo, en el año 1946 aprobó encargarle a Kemer los cuadros que serían la base de los murales de la basílica.

De este modo, Kemer, cuyo seudónimo lo obtenía de la inicial silaba de su primer apellido (cambiando el “Que” por “Ke”) y de las tres primeras letras del segundo, sintetizaba en su boceto toda la santidad, valentía y firmeza del militar que seguro vino enviado del cielo para exterminar a rojos, masones, republicanos, izquierdistas, marxistas, ateos, separatistas… es decir, a toda la escoria que como mala hierba había crecido en el suelo patrio en los años de la Segunda República.

Ahí le vemos, en el centro de la escena, cual cruzado medieval, con su noble y limpia mirada dirigida hacia lo alto, blandiendo la implacable y justiciera espada que serviría para purificar a la patria de los enemigos internos que la amenazaban.

Podemos observar que, alrededor de su figura, surge el halo blanco de santidad que todo bienaventurado porta en su iconografía. Y para que no haya la menor vacilación, por encima de él aparece el patrón de España, el apóstol Santiago, montado sobre un caballo blanco, con blasón y ropa también blancas, blandiendo una espada similar.

Como todo ser predestinado a los más altos fines, a su alrededor surge una multitud de personajes que le rinde veneración. Ahí se encuentran nobles falangistas, requetés, carlistas, soldados del ejército de tierra, aviadores, marinos, soldados de las fuerzas marroquíes, también dos frailes y, como había que incorporar a una mujer, se incluyó a una enfermera en representación de las que colaboraron con la victoria del insigne Caudillo.

Lástima que el autor de este cuadro, quien con tanta fidelidad retrató la santidad de su protagonista, fuera boliviano. Esto era un verdadero problema, porque los bolivianos, como ustedes deben saber, son bajitos, cuellicortos, con el pelo totalmente negro y muy morenos porque descienden de los indios. ¡Lástima!, porque, una vez acabado el cuadro, al Gobierno le surgió la razonable duda de si era conveniente que un extranjero, con rasgos indígenas, fuera el autor de los murales del Valle de los Caídos.

Al pobre Arturo Reque Meruvia, alias Kemer, finalmente, no se le contrató para rematar la obra. No obstante, este cuadro acabó en el Archivo Militar de Ávila, por lo que todo buen español de los que aún quedan, puede acudir allí para admirar su lienzo y entender que el inmortal espíritu de Francisco Franco sigue vivo como el faro que guiará a las nuevas generaciones hacia las más altas cumbres.

Para tan excelsa tarea, la Voz de Franco ha encontrado eco en un gran líder que lleva el mismo nombre que el patrón de España con el fin de que inicie la reconquista. Este nuevo caudillo, como pueden comprobar, también se muestra en distintos vídeos en eso que ustedes llaman redes sociales. Así, recio, gallardo y valiente, monta a caballo cabalgando por los campos de la que fuera la patria de Viriato, Don Pelayo y el Cid Campeador.

Con el fin de no alargarme, puesto que lo que ahora voy a comentar ya todos lo sabemos, este nuevo regenerador de la política española ha comenzado su hazaña penetrando por Andalucía, al igual que lo hiciera el Caudillo cuando se trasladó con las tropas africanas a la Península para iniciar su Cruzada. Y tengo que decirles que creo firmemente que este nuevo adalid no desfallecerá en su heroica lucha hasta comprobar que los eternos valores patrios se imponen para que todos los españoles, incluidos los indignos vascos y catalanes, volvamos a ser el orgullo de Occidente.

* * *
“Y ahora, queridos alumnos, si no hay ninguna pregunta, cierro esta inobjetable disertación, con el deseo que de conozcan la exacta verdad y entiendan ustedes a quiénes tienen que seguir y votar para que nuestra querida España vuelva a ser el Faro de Occidente”.

De este modo tan elocuente, don Fulgencio finalizó su apasionada intervención, al tiempo que al lado de la mesa en la que apoyaba su mano izquierda, erguido y con una leve sonrisa congelada bajo su fino bigote, esperaba impaciente el anhelado aplauso cerrado de la clase que confirmara su magistral lección.

AURELIANO SÁINZ

16 de marzo de 2019

  • 16.3.19
Me he tropezado con esta vieja y hermosa fotografía en blanco y negro en la que aparecen un padre y su hijo en lo alto de una montaña, de espaldas al espectador, cada uno dirigiendo sus miradas a sitios distintos de un amplio horizonte que se abre ante ellos y con un cielo cargado de nubes que amenazan posibles lluvias.



El padre, ya envejecido, porta una boina y apoya su mano derecha en un bastón. Con la izquierda se acerca un cigarrillo a los labios. Una roca tapa la mitad inferior de su cuerpo. Un cuerpo girado hacia el límite de la imagen, pareciendo que es el preludio de una vida que se acaba, de una existencia a punto de cerrar el último capítulo de una historia que llega a su fin, cuyo protagonista acepta en silencio y con resignación, comprendiendo que las leyes que dicta la naturaleza son inapelables

Por el contrario, el hijo, firme y confiado, aparece en el centro de la imagen y en la plenitud de su vida. Se muestra erguido en lo más alto de un pequeño promontorio. Mira de frente hacia la escasa luz del crepúsculo que asoma por el horizonte y que se expande por los lejanos campos que contempla, como si a él le pertenecieran los últimos rayos del sol antes de que las negras sombras de la noche se arrojen sobre ambos.

Padre e hijo, juntos y separados, unidos y distanciados. El conjunto se muestra como una metáfora visual de la vida; de esas vidas humanas, en el fondo extrañas y enigmáticas, que al finalizar se llevan para siempre preguntas sin resolver, transformadas en dudas que, en ocasiones, se convierten en miradas hacia el abismo al no encontrar respuestas a las mismas.

Al contemplarlos en esta postura nos asoman algunos interrogantes: ¿Han hablado entre ellos? ¿Han sido los mutismos los que han presidido sus relaciones? ¿Se llevará para siempre el padre aclaraciones de hechos silenciados? ¿Qué preguntas se hace el hijo que no tendrán respuestas una vez que pierda a su padre? ¿Le faltó el abrazo de su padre en un momento crucial de su vida? ¿Se guardó para sí ese dilema que le agobiaba y que solo su padre se la podía aclarar?

Quizás sean muchas incertidumbres las que expongo a partir de la espléndida fotografía que ilustra el artículo. Sin embargo, estas reflexiones me vienen suscitadas por dos motivos que paso a plantear.

Por un lado, están relacionadas con el estudio de las emociones en el ser humano que voy llevando a partir de los dibujos de los escolares. Ya he publicado varios artículos (aparecerán más adelante otros) en los que nos encontramos problemas o conflictos vividos angustiosamente por los hijos, puesto que no encuentran respuestas claras a las preguntas o porque les abruman los silencios mantenidos como secretos ocultos en el seno de sus familias. Así, paso a paso, se construye una ausencia emocional del padre que se hace patente a lo largo de sus vidas.

Por otro lado, el propio título del escrito, En busca del padre, está estrechamente ligado a dos grandes novelas que recientemente he leído y que tienen de fondo el sentimiento de orfandad de sus autores ante el mutismo de unos padres que fallecieron. Lógicamente, ahora ya no pueden encontrar aclaraciones a los numerosos interrogantes que les asedian. Es la razón por lo que acuden a construir dos relatos autobiográficos o de tipo confesional para dar salida a ese inmenso vacío que sienten al no contar con esos padres ausentes y que han acabado convirtiéndose en recuerdos con los que no es posible dialogar.

Me estoy refiriendo a El primer hombre de Albert Camus y a Ordesa de Manuel Vilas, libros que, tal como he apuntado, no son estrictamente memorias, sino que habría que situarlos dentro de las novelas confesionales, en el sentido de que sus autores son los protagonistas en la búsqueda del significado de sus vidas, unas vidas truncadas por la muerte prematura del padre, en el primer caso, y del fallecimiento paterno tras una crisis personal, en el segundo.



Sobre Albert Camus, recientemente publiqué un artículo titulado Educar con pasión, en el que aportaba las cartas que se intercambiaron el autor y su antiguo maestro, una vez que Camus hubiera recibido el premio Nobel de Literatura en 1957. Ambas cartas se encuentran al final de El primer hombre, por lo que de algún modo nos ayudan a entender esa búsqueda del padre que realiza a lo largo de la novela que vio la luz tras morir el autor en accidente automovilístico en 1960.

Recordemos que el padre de Camus falleció antes de que él cumpliera el año, puesto que su padre fue llamado a filas en Francia ante la ocupación de la Alsacia francesa por las tropas germanas.

Hay páginas verdaderamente conmovedoras a lo largo de ese relato confesional. Quisiera extraer algunas líneas del texto, como cuando Jacques Cormery (alter ego de Camus en la novela), ya con cuarenta años, va a visitar la tumba de su padre, a instancias de la madre argelina, al pueblecito francés de Saint-Brieuc.

Una vez que el guardián del cementerio le lleva al lugar en el que se encuentra su padre fallecido a los 29 años, contempla la sencilla lápida en la que aparece escrito el nombre y la fecha de la muerte paterna.

Veamos un par de párrafos de este segundo capítulo del libro.

“Y la ola de ternura y compasión que de golpe le colmó el corazón no era el movimiento del ánimo que lleva al hijo a recordar al padre desaparecido, sino la piedad conmovida que un hombre formado siente ante un niño injustamente asesinado, algo había ahí que escapaba al orden natural y, a decir verdad, ni siquiera tal orden existía, sino sólo locura y caos en el momento en el que el hijo era más viejo que el padre”.

“La sucesión misma del tiempo estallaba alrededor de él, inmóvil, entre tumbas que ya no veía, y los años no se ordenaban en ese gran río que fluye hacia su fin. Los años ya no eran más que estrépito, resaca y agitación, y Jacques Cormery se debatía ahora preso de angustia y piedad. Miraba las otras lápidas del entorno y reconocía por las fechas que ese suelo estaba sembrado de niños que habían sido padres de hombres encanecidos que creían estar vivos en ese momento”.

Tras la lectura, comprobamos que a Jacques Cormery (nombre que adopta Camus de sí mismo para el relato) se le rompe el sentido de la vida cuando comprueba que su padre era “un niño”, es decir, un hombre sin las experiencias que él ya había vivido, por lo que era imposible dialogar con el recuerdo reconstruido de un padre que había pasado por la vida cargado de inocencia.



Ordesa ha sido una de las grandes novelas publicadas en 2018, es decir, en el año pasado. Basta decir que he leído la edición decimocuarta para que nos demos cuenta de que nos encontramos ante una obra confesional en la que su autor, el poeta Manuel Vilas, busca desesperadamente un sentido a la vida, a una vida que siente hundirse tras las derrotas personales sufridas y no encuentra asidero para ir con lucidez hacia la muerte. Sí, hasta que le llegue la muerte, pues esta sombría palabra se encuentra presente de manera obsesiva en esta novela contundente y aplastante.

¿Y adónde acude quien a sus cincuenta y seis años se encuentra al borde del abismo? Pues al igual que lo hiciera Albert Camus, aunque en momentos y contextos distintos, a la búsqueda de un padre imaginado que le explique la razón de haberlo traído a este mundo al que siente extraño, absurdo y cruel, y del que solamente tiene algunos buenos recuerdos en su infancia y juventud.

Es difícil condensar la novela en unas líneas, por lo que me permito, al igual que hice con El primer hombre, extraer algunos párrafos que den algunas pistas de la búsqueda de ese padre que Manuel Vilas quiere reconstruir a lo largo de sus 387 páginas.

Le dije a mi padre que viniese a ver mi piso, pero no vino. Mi padre no vio nunca los sitios en los que viví cuando era estudiante. (…) ‘Papá, quiero que veas dónde vivo’. No, no dije esa frase. La digo ahora. Tampoco él dijo: ‘Quiero ver tu piso’. Parece que estábamos hechos uno para el otro: no nos dijimos nada”. (pág. 60)

Como siempre, no hablaba ni de su padre ni de su madre. No hablaba de su vida. Mi padre parecía haber nacido por generación espontánea”. (pág. 74)

De mayor no me acercaba, no tocaba el cuerpo de mis padres, salvo los besos protocolarios que tan nerviosos nos ponían”. (pág. 151)

Mi padre nunca me dijo que me quería, mi madre tampoco. (…) Tal vez no me quisieron y este libro sea la ficción de un hombre dolido. Más que dolido, asustado. (…) Acabas pensando que si no te quieren es porque existe alguna razón poderosa que justifica que no te quieran. Si no te quieren, el fracaso es tuyo”. (pág. 157)

Mi padre era inalcanzable, siempre lo fue para mí”. (pág. 254)

Mi memoria pone en pie una visión catastrófica del mundo”. (p. 197).

* * *

Los tiempos cambian. También los padres. Esos padres inalcanzables de los que nos habla Manuel Vilas han dado paso a otros accesibles, dialogantes y cercanos a sus hijos. Y también, hay que decirlo, cargados de ternura. No obstante, quedan otros que por distintas circunstancias acabarán convirtiéndose en motivos de incertidumbres y angustias, por lo que cuando sus hijos sean mayores y ya no cuenten con sus presencias físicas es posible que se encuentren en esa búsqueda del padre tan inquietante y conmovedora como son las que han llevado a cabo algunos escritores, caso de los dos citados.

AURELIANO SÁINZ

9 de marzo de 2019

  • 9.3.19
Todos sabemos que las sociedades se van transformado con el paso del tiempo, y que esas transformaciones se perciben cuando se estudian los cambios que se dan entre unas generaciones y otras. Las costumbres, el trabajo, la economía, las formas de vida, tanto en el campo como en las ciudades, las innovaciones tecnológicas, etc., son motivos de transiciones de unos modelos a otros.



También las ideas tienen gran influencia en esos cambios, por lo que podemos analizarlas en el conjunto de la sociedad, en colectividades o en las familias, ya que estas últimas configuran los grupos básicos de la propia sociedad.

No debemos olvidar, por otro lado, un hecho que ha marcado profundamente a las sociedades occidentales en las últimas décadas: la amplia incorporación de las mujeres al trabajo asalariado (y apunto asalariado, pues el trabajo doméstico siempre recaía sobre sus espaldas sin recibir compensaciones económicas por ello). Ello ha conllevado transformaciones en las relaciones de pareja y, en consecuencia, en las formas familiares que se dan en nuestra propia civilización.

Y hablo de familias en plural porque no hay un modelo único que sirva de referencia para todos. Es cierto que la familia formada por una pareja heterosexual con uno, dos o tres hijos es la que tiene cuantitativamente mayor predominio en la sociedad española. También hay familias con más hijos, aunque las difíciles condiciones actuales de vida dan lugar a que se haya reducido sustancialmente la natalidad tanto en nuestro país como en los de nuestro entorno.

Es por ello que en los estudios de la familia a través del dibujo del escolar me suelo encontrar con bastante frecuencia escenas formadas por cuatro miembros: el padre, la madre y dos hijas. Y uno puede preguntarse: ¿qué particularidad tiene el que haya familias con dos hijas? ¿No sucede lo mismo en familias de dos hijos varones?

Antes de responder a estos interrogantes, quisiera indicar que en otra ocasión veremos las familias con dos hijos varones, para que se entiendan los aspectos comunes y las diferencias en los procesos del desarrollo emocional tanto de las familias compuestas por los progenitores con dos hijas o con dos hijos.

De todos modos, hay que reconocer que ahora los padres jóvenes no están tan obsesionados en tener descendencia con hijos varones, es decir, de su propio sexo, como sucedía en generaciones precedentes. He comprobado que aquellos padres que tienen dos hijas viven, habitualmente, con felicidad y alegría el contacto con sus hijas, sintiéndose muy orgullosos de ellas.

Es cierto que, conociendo el machismo todavía imperante, tanto los padres como las madres se sientan más inquietos por sus hijas cuando empiezan a crecer y a hacerse más autónomas en la adolescencia. Sienten que ellas están en inferioridad de condiciones, por no hablar de las agresiones machistas que se dan cotidianamente en distintos ámbitos de la sociedad. Esa inquietud no la sienten de igual modo cuando los hijos son varones.

Por otro lado, en este modelo de familia se da la circunstancia de que en él hay tres miembros femeninos y solo uno del masculino: el propio padre. Esto da lugar a que exista una mayor conexión y cierta complicidad femenina, entendida esta como mayor capacidad de comunicación y comprensión entre la madre y las hijas. Esto que indico lo podemos ver en los dibujos que mostraré en este trabajo.

Además, tengo que apuntar que la exposición que realizaré no es un estudio exhaustivo, dado que es una aproximación a este tipo de familia, por lo que serían necesarios unos análisis en mayor profundidad.

De todos modos, quiero apuntar que son pocas las publicaciones que yo conozca que aborde la relación y el desarrollo afectivo entre hermanos o hermanas. Hay una obra ya clásica de la psicóloga estadounidense Judy Dunn titulada Relaciones entre hermanos de gran interés, por lo que sería necesario ampliar las investigaciones para comprender cómo se desarrollan las relaciones fraternas en las familias del nuevo milenio.

Comienzo, pues, con el dibujo que me sirve de portada, realizado por Julia, una niña de 10 años. Por la escena representada, nos damos cuenta que la escena pertenece al modelo de familia que estamos analizando. Como puede apreciarse, la autora muestra a los cuatro miembros al lado de la casa, que simboliza el hogar, el cariño y la protección, todo ello bajo la atenta mirada de un sol animista que se asoma entre las nubes.

Puesto que está en quinto curso de Primaria, empieza dibujando los cuatro miembros a partir del que tiene más edad hasta que llega a la que tiene menos años. Así pues, comienza por su padre; pasa posteriormente a su madre; continúa con ella misma y acaba con la figura de su hermana pequeña.

La jerarquía por edades da lugar a que las tres componentes femeninas aparezcan juntas; de todos modos, como veremos en los siguientes dibujos, la relación afectiva y de compenetración entre las niñas es distinta a la de los hermanos varones.



Para comprender el significado cognitivo, simbólico y afectivo de los dibujos de los escolares, es necesario entenderlos desde el punto de vista evolutivo. Es por ello que, tras el comentario del dibujo de Julia, comienzo por el de Claudia, una niña de 5 años que se representa junto a su hermana en el centro de la escena. A ambos lados de ellas, aparecen su padre y su madre, expresando simbólicamente la protección que la pequeña siente con las figuras paterna y materna. Además, la proximidad entre ambas hermanas expresa la afinidad, las confidencias, los juegos, que comparten, generando una proximidad afectiva en ellas.



Tempranamente, aparecen los gustos femeninos en los dibujos que realizan las niñas. Es lo que acontece con Marina, de 6 años, que ha trazado un sol animista con rayos que terminan en espirales. Por otro lado, y con respecto a las figuras humanas, comienza por el dibujo de su hermana pequeña, lo que es manifestación del cariño que siente por ella, reforzado por la cercanía de su propia figura, que simboliza también cercanía afectiva. Cierra el grupo con el dibujo de sus padres, algo más distanciados, como manifestación de que ellos son los mayores y tienen su propio mundo.



Hay una cierta similitud entre el dibujo de Sara, niña de 8 años, que acabamos de ver y el que he utilizado como portada del artículo, ya que la distribución de los personajes es parecida. Es decir, aparece en primer lugar el padre; le sigue la madre; continúa con su hermana mayor y acaba con ella misma. Las diferencias estriban en que, por un lado, Sara es la pequeña del grupo y, por otro, en el claro sentido del humor con el que ha construido la escena, lo que es manifestación de la alegría que siente en el seno de su familia.



Avanzamos en edad, y nos encontramos con un dibujo realizado por una niña de 9 años, que sigue el patrón o modelo mayoritario que vemos. Es decir, los cuatro miembros que conforman la familia se encuentran en el parque, de modo que aparece, en primer lugar, el padre; le sigue la figura materna; su hermana mayor y, por último, ella misma. Puesto que la autora ya se encuentra en cuarto curso, comienza a trazar detalles personales, como sucede con el bolso de su madre, al tiempo que ella y su hermana aparecen con gafas graduadas, tal como acontece en la realidad.



El sentimiento de afinidad y cercanía afectiva se vuelven a expresar en esta escena elaborada por una niña de 10 años, que dibuja a su familia en un día que ha ido de campo. Como podemos observar, ambas hermanas son las primeras en aparecer, lo que es manifestación de la autoestima propia y de la relevancia que concede a la relación que tiene con su hermana mayor. Para completar la escena, en el lado derecho de la lámina aparecen su madre y su padre, preparando sobre un mantel extendido la comida que van a tomar. Son, pues, dos pequeños grupos de afinidad dentro de la propia familia.



Cierro este breve recorrido por las escenas de familias con dos hijas con el dibujo que realiza Isabel, una chica de 13 años, con un gran dominio del dominio gráfico, tal como se puede apreciar. La figura que representa a la propia autora nos muestra que se encuentra en los inicios de la adolescencia, por lo que el sentimiento de autonomía y de ideas personales empiezan a emerger en ella. Es por ello, que en este caso haya representado a sus padres en el centro, a su hermana en el lado derecho y a ella en el izquierdo, pues, aunque tiene un gran cariño hacia su hermana menor, para ella es la “peque” de la familia.

AURELIANO SÁINZ

2 de marzo de 2019

  • 2.3.19
Hay una corriente dentro de las distintas manifestaciones artísticas que recibe el nombre de minimalismo. El término, a mi modo de ver, es bastante afortunado, puesto que cualquiera puede entender que hace referencia a aquellas corrientes en las que se acude a los elementos esenciales que configuran la obra, sin utilizar otros que son accesorios o que se consideran adornos innecesarios.



Quizá sea dentro de la música donde el término de minimalismo ha hecho fortuna y se emplea para hacer referencia a un determinado género contemporáneo. Se comenzó a hablar de ‘música minimalista’ cuando Michael Nyman, en 1968, publicó su álbum The Great Digest. Desde entonces se ha ampliado el número de autores que se adscriben a esta línea. Personalmente citaría a dos compositores que me apasionan: el estadounidense Philip Glass y el estonio Arvo Pärt.

Dentro de las artes plásticas no suele usarse este término, dado que se aplican otros para aludir a los distintos estilos que se dan dentro de la abstracción. No obstante, podría apuntar que las primeras obras minimalistas en la pintura habría que atribuírselas al ruso Kazimir Malévich, aunque a esta tendencia se la denominó suprematismo.

También dentro de la arquitectura podríamos hablar de minimalismo, estilo que se caracteriza por la creación de edificios de extrema simplicidad tanto en la forma como en el uso de los materiales, evitando toda ornamentación y siguiendo la famosa frase del gran arquitecto Mies van der Rohe cuando expresó que “menos es más” (less is more).

De este modo, la idea de los arquitectos que se adscriben a esta línea está marcada por la búsqueda de la belleza a través de la austeridad, de la sobriedad de las formas, pretendiendo que sea la propia geometría que subyace en toda obra arquitectónica la que aparezca destacada, junto al uso de la luz como elemento natural que hay que considerar en su relación con los cuerpos construidos.

Por mi parte, entiendo que a un amplio sector de la población no termine de gustarle este planteamiento. A la mayoría le gusta la complejidad, los adornos, cierto ‘barroquismo’, los materiales que nacen de las manos de los artesanos.

Para que se me entienda, pongo un ejemplo de contraposición. A diario, enormes grupos de gente de diversos países visitan la Sagrada Familia de Barcelona de Antoni Gaudí, debido a la admiración que despierta el trabajo en piedra para la realización de una catedral que se enmarca en una especie de modernismo gótico. En cambio, no creo que, más allá de algunos estudiantes de arquitectura, hubiera público interesado en visitar la denominada Casa Gaspar de Alberto Campo Baeza, que para mí es la mayor expresión del minimalismo dentro de la arquitectura en nuestro país.



Pero antes de hablar de la Casa Gaspar y de otras obras de Campo Baeza, uno de los arquitectos españoles contemporáneos cuyos proyectos se inscriben abiertamente dentro del minimalismo, conviene conocer, aunque sea someramente, algunos datos biográficos suyos.

Aunque Alberto Campo Baeza nació en Valladolid en el año 1946, a los dos años pasó a vivir en Cádiz, dado que su padre, cirujano de profesión, tuvo que ejercerla en esta ciudad andaluza. Conviene apuntar un aspecto importante a destacar en su biografía: se trata de la profesión de su abuelo Emilio Baeza que fue arquitecto municipal en Valladolid, hecho que influyó necesariamente en el devenir de su nieto Alberto cuando tuvo que decidirse en los estudios universitarios.

Dado que en la actualidad cuenta con 72 años, ha de entenderse que su trayectoria profesional ha sido larga, por lo que destacaré que ha combinado el trabajo como arquitecto con su pasión por la docencia, de modo que ha ejercido como profesor en numerosas ciudades extranjeras (Zúrich, Lausana, París, Nueva York, Nápoles, etc.). En nuestro país ha ostentado la cátedra de Proyectos en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid (ETSAM) desde 1986.

Puesto que en la Universidad española la jubilación es obligatoria los 70 años, a diferencia de otras extranjeras que no ponen edad límite, en la actualidad se encuentra como profesor emérito en el máster de Proyectos Arquitectónicos Avanzados de la ETSAM.

Para cerrar, quisiera apuntar que Campo Baeza ha recibido numerosos premios nacionales e internacionales, siendo, en la actualidad, académico en la sección de Arquitectura de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de España.



Puede parecer sorprendente que una obra de la extrema sencillez formal como es la Casa Gaspar se tome como referencia de un autor, dado que habitualmente se suelen citar aquellos grandes edificios que tienen un cierto carácter monumental.

Pero es que, en algunas ocasiones, esas pequeñas obras son verdaderos hitos en el campo de la arquitectura. Recordemos, por ejemplo, el Pabellón Alemán que Mies van der Rohe proyectó para la Exposición Internacional de Barcelona de 1929, que fue una obra de referencia del Movimiento Moderno dentro de la arquitectura, tanto que se reconstruyó en 1986 en el mismo lugar en el que estuvo ubicado.

O también la denominada Casa de Cristal del estadounidense Philip Johnson en New Canaan, estado de Connecticut (EEUU), y que le sirvió de propia vivienda al arquitecto. El mismo que en 1979 recibiría el primer Premio Pritzker de Arquitectura y que, años más tarde, firmaría los dos grandes edificios inclinados que con el nombre de Puerta de Europa se encuentran en la plaza de Castilla de Madrid. El minimalismo extremo en sus orígenes y la monumentalidad convertida en espectáculo en sus años postreros.

El minimalismo de la Casa Gaspar aparece de manera rotunda nada más acercarnos a ella, puesto que se nos muestra la entrada al recinto a través de un muro rectangular de absoluta blancura. Y en el medio exacto de ese rectángulo se abre un hueco vertical, también rectangular, que sirve de paso al interior.



“Menos es más” es la minimalista frase que los arquitectos seguidores de Mies van der Rohe siguen como consigna inalterable en sus obras. Esto es lo que parece aplicar Campo Baeza en ese recinto de una austeridad extrema que se encuentra en la localidad gaditana de Zahora.

Siguiendo los deseos del propietario de buscar una independencia total del exterior, en 1992 se acaba la construcción de la casa que dos años antes había proyectado el arquitecto. De este modo, se crea un recinto cerrado en forma de cuadrado de 18 metros de lado y con unas tapias de tres metros y medio de altura. Aislamiento y concentración total en el ascético recinto cuyo interior está formado por tres partes iguales en superficies. Solo se cubre la parte central, dejando como espacios abiertos las dos laterales.

La fotografía del japonés Hisao Suzuky, tomada al amanecer, nos muestra uno de los espacios laterales abiertos, de modo que el blanco impoluto que preside todo el conjunto se transforma en un azul celeste, como expresión de la integración de la luz en el cuerpo arquitectónico, tal como pretende el autor del proyecto.



Para que pueda comprenderse el valor geométrico de la Casa Gaspar muestro la fotografía de una maqueta que nos hace ver la perfecta simetría del conjunto.

Este criterio minimalista que preside la obra de Campo Baeza la ha ido aplicando a otras viviendas o casas unifamiliares que ha proyectado. No obstante, y a pesar de que como reconoce el propio autor no son numerosos los proyectos por él firmados, puesto que, tal como he apuntado, la docencia y la escritura forman parte de su trabajo, también son conocidas otras obras suyas como la monumental Caja de Granada y el Museo de la Memoria de Andalucía; o el museo Mercedes Benz de Stuttgart, Alemania, cuya imagen aparece como portada del artículo.





Una obra de enorme monumentalidad es el edificio que Campo Baeza proyecta para la Caja de Ahorros de Granada. En el exterior se presenta como un gran cubo perforado por una retícula de huecos de iguales dimensiones. Sin embargo, en su interior se muestra un patio central con cuatro grandes columnas cilíndricas de hormigón armado, lo que le da un aspecto ciclópeo al conjunto.

Acerca de este edificio, Enrique Domínguez Uceta nos dice, en 100 obras maestras de la arquitectura moderna española, lo siguiente: “Desde el 2008, la sede central y el Centro Cultural Caja de Granada, dos iconos de la obra de Alberto Campo Baeza, se alzan frente a frente en la llanura de la ciudad granadina. El primero es un gran volumen prismático, en el que se incluye un formidable mecanismo lumínico en un patio interior cubierto de gran tamaño, que evoca un panteón romano de muros ortogonales”.



Domínguez Uceta, sobre el Centro Cultural de Caja Granada o Museo de la Memoria de Andalucía, nos indica: “El Centro Cultural Caja de Granada dialoga con el edificio anterior [la Caja de Ahorros], situando frente a él un extenso podio horizontal en el que se abre un patio elíptico, con ecos del palacio de Carlos V, en el que un nudo de rampas curvas dibuja circulaciones en el aire. Fiel a su depurado minimalismo, Alberto Campo Baeza ha sido capaz de mantener la solemnidad silenciosa de las grandes masas perforadas por la luz y de alojar en ellas la ligera gracia de las rampas curvas y sensuales que vuelan en paralelo, sin tocarse, en el espacio cilíndrico del patio, derramando sombras”.

AURELIANO SÁINZ

23 de febrero de 2019

  • 23.2.19
El pasado mes de octubre apareció en las librerías More letters of note, del escritor británico Shaun Usher, que suponía la continuación de otro libro del propio autor que sí había visto la luz en castellano: Cartas memorables. Ambos son el resultado de la investigación y el estudio de cartas, algunas desconocidas, que personajes relevantes habían escrito y que Usher ponía al conocimiento del público.



En Cartas memorables aparecían, por ejemplo, una de Leonardo da Vinci solicitando empleo; la que le dirige Gandhi a Adolf Hitler apelando a la paz; la desgarradora que escribe Virginia Woolf antes de suicidarse o la del premier británico Winston Churchill utilizando el acrónimo O.M.G.

Debido al éxito que obtuvo este libro, Shaun Usher le dio continuidad con More letters of note, que es de esperar tenga una traducción al español, aunque solo sea para que los lectores hispanoparlantes conozcan de nuevo la conmovedora carta que Albert Camus le escribe a quien fuera su maestro en su infancia, tras serle concedido el premio Nobel de Literatura en 1957, y la respuesta que le envió Louis Germain, su antiguo profesor.

Tengo que apuntar que en el momento en el que leí la breve misiva del escritor, periodista y filósofo francés a quien fuera casi un padre para él me emocioné, pues en esas breves líneas se sintetizaba el reconocimiento del valor que supone la educación para los más pequeños y, más aún, cuando se hace con la pasión y la entrega con las que llevó su trabajo docente el propio Louis Germain.

Quisiera puntualizar que ambas cartas habían sido publicadas con bastante anterioridad en español dentro de la obra póstuma del autor francés, El primer hombre, novela en la que estaba trabajando antes de fallecer en un accidente automovilístico en el año 1960.

Pero antes de pasar a leer las cartas, conviene aportar algunos datos biográficos que dan sentido a ese encuentro epistolar. Recordemos que Albert Camus había nacido en Mondovi, un pueblecito de Constantina, en el norte de Argelia, el 7 de noviembre de 1913. Hijo del francés Lucien Camus y de la argelina Catalina Sintes, vivió su infancia en un contexto de gran pobreza, puesto que su padre, un pied-noir, es decir, un francés que reside en Argelia debido a la huida que realiza a este país cuando su Alsacia natal es ocupada por las fuerzas prusianas.

Huérfano antes de cumplir el año, quedan al cuidado de su madre y de su abuela tanto él como su hermano. Gracias a la beca que recibieron los hijos de las víctimas francesas en la que sería la Primera Guerra Mundial, ingresa en la escuela y a tener sus primeros contactos con los libros, ya que en su casa no había ninguno. Durante sus estudios escolares, tuvo como maestro a Louis Germain, que le marcaría profundamente, y al que nunca olvidó, pues en su discurso durante la ceremonia de la concesión del Nobel de Literatura hizo una especial mención a su querido e inolvidable maestro.



Días después de la concesión del premio Nobel, y con fecha del 19 de noviembre de 1957, Camus le escribe una carta que, tal como he indicado, apareció en nuestro país al final de la obra El primer hombre. Estas son sus palabras:

Querido señor Germain:

Esperé a que se apagara un poco el ruido que me he rodeado todos estos días antes de hablarle de todo corazón.


He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni he pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza y su ejemplo, no hubiese sucedido nada de todo esto. No es que le dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y de corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continúan siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido.


Le abrazo con todas mis fuerzas.


Albert Camus


Su antiguo maestro ya había tenido conocimiento de la dedicatoria que le hizo en la ceremonia de entrega del Nobel de Literatura. La emoción del viejo profesor fue enorme. Tiempo después, Albert Camus le envió a su antiguo maestro un libro biográfico titulado “Camus” del escritor francés J. C. Brisville con dedicatoria propia. Como respuesta, desde Argelia, y con fecha de 30 de abril de 1959, recibió una extensa carta, de la que hago un extracto del comienzo.

Mi querido Albert:

Soy incapaz de expresar la alegría que me has dado con la gentileza de tu gesto ni sé cómo agradecértelo. Si fuera posible abrazaría muy fuerte al mocetón en que te has convertido y que seguirá siendo siempre para mí “mi pequeño Camus”.


Todavía no he leído la obra, salvo las primeras páginas. ¿Quién es Camus? Tengo la impresión de que los que tratan de penetrar en tu personalidad no lo consiguen. Siempre has mostrado un pudor instintivo ante la idea de descubrir tu naturaleza, tus sentimientos. Cuando mejor lo consigues es cuando eres simple, directo. ¡Y ahora, bueno!


Estas impresiones me las dabas en clase. El pedagogo que quiere desempeñar concienzudamente su oficio no descuida ninguna ocasión para conocer a sus alumnos, sus hijos, y estas se presentan constantemente. Una respuesta, un gesto, una mirada, son ampliamente reveladores. Creo conocer bien al simpático hombrecito que eras y el niño, muy a menudo, contiene en germen al hombre que llegará a ser. El placer de estar en clase resplandecía en tu persona. Tu cara expresaba optimismo.


Y estudiándote, nunca sospeché la verdadera situación de tu familia. Solo tuve una impresión en el momento en que tu madre vino a verme para inscribirte en la lista de candidatos a las becas. Pero eso fue, por lo demás, en el momento en que ibas a abandonarme. Hasta entonces me parecía que tu situación era la misma que las de todos tus compañeros. Siempre tenías lo que te hacía falta. Como tu hermano, estabas agradablemente vestido. Creo que no puedo hacer mejor elogio de tu madre…


Recuerda que, aunque no escriba, pienso con frecuencia en todos vosotros. Mi señora y yo os abrazamos fuertemente.


Germain Louis


Poco hay que añadir a la emotiva respuesta que da el maestro a su antiguo discípulo. En sus recuerdos permanecía intacta la imagen de aquel a quien de nuevo le llama “mi pequeño Camus”, a pesar de que el premio Nobel francés había superado ampliamente los cuarenta años.

Han transcurrido más de cinco décadas de este intercambio epistolar. Hoy, para todos nosotros, quedan esas dos memorables cartas como testimonio del cariño y lealtad profesados entre el maestro y su alumno.

AURELIANO SÁINZ


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