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Mostrando entradas con la etiqueta Negro sobre blanco [Aureliano Sáinz]. Mostrar todas las entradas
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23 de marzo de 2019

  • 23.3.19
Aquella mañana, don Fulgencio Villamor del Castillo, profesor de Historia y Paleontología, se propuso abrir los ojos a sus jóvenes pupilos para que entendieran objetivamente lo que había acontecido en nuestro país y que había sido vilmente tergiversado durante décadas.



“Hoy, queridos alumnos”, comenzó muy animado, “la clase versará sobre una de las figuras más insignes de la Historia contemporánea de nuestro país. Se trata de la vilipendiada figura de don Francisco Franco y que, de manera objetiva e imparcial, les explicaré, para cerrar los numerosos bulos que la han empañado después de su muerte”.

“Así que atiendan y saquen sus cuadernos para que tomen apuntes de lo que voy a ir desgranando. Comienzo, pues, por el principio”.

* * *

Hay una fecha crucial en la historia reciente de nuestro país: el 20 de noviembre de 1975. En ese día, Francisco Franco, quien fuera Caudillo de España, el mismo que necesitó alzarse contra el Gobierno de la II República española, justo alzamiento que fue reconocido como una Cruzada por parte de la Iglesia católica, fallece.

A los españoles la noticia nos fue comunicada oficialmente por don Carlos Arias Navarro, quien era por entonces presidente del Gobierno. Con voz quebrada, y por el único canal de televisión que existía, leyó el testamento político de Franco, acabando con un “¡Viva España!”. En ese gesto, según se nos hizo saber, se sintetizaba el sentir de todo un país que perdía a un insigne personaje que entregó su vida por la gloria de todos y por su propia santidad.

Se iniciaba así el absurdo cambio de un país que durante décadas caminaría sin rumbo, dando tumbos de un lado para otro, y que, como ustedes pueden entender, resulta imposible de resumir en pocas palabras. Lo que sí todos conocemos es que fue inhumado en ese grandioso monumento cercano a Madrid llamado el Valle de los Caídos.

Allí ha permanecido embalsamado para que su cuerpo permaneciera de manera inalterable década tras década, al igual que los faraones egipcios lo eran en las pirámides, puesto que era el modo de hacerlos vivir eternamente.

Allí, también, año tras año se han ido reuniendo sus fieles, sus incondicionales, los inquebrantables seguidores de un régimen de paz y prosperidad que se citaban en tan señalada fecha con el fin de rendir homenaje a quien fuera “La espada más limpia de Occidente”, perfecta frase que le dedicó el mariscal francés Petain en su honor y gloria.

Les tengo que apuntar que era perfecta la frase, porque la espada y la cruz se ensamblaban sin ninguna fisura en una singular persona: Francisco Franco, un auténtico cruzado cristiano, un ser providencial que llegó en el crucial momento histórico para salvar a España de la degeneración y molicie en la que se encontraba. Es decir, al borde de la bancarrota.

Y ahora se pretende profanar su tumba, llevándolo a cualquier sitio, a cualquier rincón indigno de la figura histórica que encarnó. De todos modos, quienes perpetran tal osadía no saben que no pueden destruir su espíritu inmortal, pues Francisco Franco, mal que les pese, en el cielo sigue celosamente los pasos de su amada España, por lo que, horrorizado de lo que contempla, confía en los mejores hijos que esta tierra ha engendrado para que inicien la reconquista por el sur, tal como él lo hizo con las fuerzas africanas allá por el 1936.

De ahí que su Voz, venida desde lo alto, haya penetrado en las mentes más limpias y más nobles para ser guiadas en ese afán de recristianizar la península, siguiendo los pasos del apóstol Santiago, que fue quien a él le condujo en su noble camino y con quien ahora comparte beatitud celestial.

Puesto que tantos años de abandono y desidia, en los que los más sublimes ideales de los caballeros cruzados han sido abandonados por los vulgares objetivos con los que la población española ha sido inoculada, no es de extrañar que pocos crean que tan eximia figura se encuentre en la gloria compartiendo honores con el santo patrón de España.



Para quienes de ustedes duden de este hecho incontrovertible, conviene que miren a la pantalla y observen detenidamente el cuadro que aparece proyectado. Verán lo que el pintor boliviano Arturo Reque Meruvia, firmando con el seudónimo de Kemer, realizó entre 1948 y 1949 para que fuera uno de los murales que decorarían el Valle de los Caídos, situado en la zona de Cuelgamuros del municipio de San Lorenzo del Escorial.

Con el fin de perpetuar la memoria de quien fuera, tal como dijo el mariscal Petain, la “Espada más limpia de Occidente”, el Gobierno de entonces, guiado por el propio Caudillo, en el año 1946 aprobó encargarle a Kemer los cuadros que serían la base de los murales de la basílica.

De este modo, Kemer, cuyo seudónimo lo obtenía de la inicial silaba de su primer apellido (cambiando el “Que” por “Ke”) y de las tres primeras letras del segundo, sintetizaba en su boceto toda la santidad, valentía y firmeza del militar que seguro vino enviado del cielo para exterminar a rojos, masones, republicanos, izquierdistas, marxistas, ateos, separatistas… es decir, a toda la escoria que como mala hierba había crecido en el suelo patrio en los años de la Segunda República.

Ahí le vemos, en el centro de la escena, cual cruzado medieval, con su noble y limpia mirada dirigida hacia lo alto, blandiendo la implacable y justiciera espada que serviría para purificar a la patria de los enemigos internos que la amenazaban.

Podemos observar que, alrededor de su figura, surge el halo blanco de santidad que todo bienaventurado porta en su iconografía. Y para que no haya la menor vacilación, por encima de él aparece el patrón de España, el apóstol Santiago, montado sobre un caballo blanco, con blasón y ropa también blancas, blandiendo una espada similar.

Como todo ser predestinado a los más altos fines, a su alrededor surge una multitud de personajes que le rinde veneración. Ahí se encuentran nobles falangistas, requetés, carlistas, soldados del ejército de tierra, aviadores, marinos, soldados de las fuerzas marroquíes, también dos frailes y, como había que incorporar a una mujer, se incluyó a una enfermera en representación de las que colaboraron con la victoria del insigne Caudillo.

Lástima que el autor de este cuadro, quien con tanta fidelidad retrató la santidad de su protagonista, fuera boliviano. Esto era un verdadero problema, porque los bolivianos, como ustedes deben saber, son bajitos, cuellicortos, con el pelo totalmente negro y muy morenos porque descienden de los indios. ¡Lástima!, porque, una vez acabado el cuadro, al Gobierno le surgió la razonable duda de si era conveniente que un extranjero, con rasgos indígenas, fuera el autor de los murales del Valle de los Caídos.

Al pobre Arturo Reque Meruvia, alias Kemer, finalmente, no se le contrató para rematar la obra. No obstante, este cuadro acabó en el Archivo Militar de Ávila, por lo que todo buen español de los que aún quedan, puede acudir allí para admirar su lienzo y entender que el inmortal espíritu de Francisco Franco sigue vivo como el faro que guiará a las nuevas generaciones hacia las más altas cumbres.

Para tan excelsa tarea, la Voz de Franco ha encontrado eco en un gran líder que lleva el mismo nombre que el patrón de España con el fin de que inicie la reconquista. Este nuevo caudillo, como pueden comprobar, también se muestra en distintos vídeos en eso que ustedes llaman redes sociales. Así, recio, gallardo y valiente, monta a caballo cabalgando por los campos de la que fuera la patria de Viriato, Don Pelayo y el Cid Campeador.

Con el fin de no alargarme, puesto que lo que ahora voy a comentar ya todos lo sabemos, este nuevo regenerador de la política española ha comenzado su hazaña penetrando por Andalucía, al igual que lo hiciera el Caudillo cuando se trasladó con las tropas africanas a la Península para iniciar su Cruzada. Y tengo que decirles que creo firmemente que este nuevo adalid no desfallecerá en su heroica lucha hasta comprobar que los eternos valores patrios se imponen para que todos los españoles, incluidos los indignos vascos y catalanes, volvamos a ser el orgullo de Occidente.

* * *
“Y ahora, queridos alumnos, si no hay ninguna pregunta, cierro esta inobjetable disertación, con el deseo que de conozcan la exacta verdad y entiendan ustedes a quiénes tienen que seguir y votar para que nuestra querida España vuelva a ser el Faro de Occidente”.

De este modo tan elocuente, don Fulgencio finalizó su apasionada intervención, al tiempo que al lado de la mesa en la que apoyaba su mano izquierda, erguido y con una leve sonrisa congelada bajo su fino bigote, esperaba impaciente el anhelado aplauso cerrado de la clase que confirmara su magistral lección.

AURELIANO SÁINZ

16 de marzo de 2019

  • 16.3.19
Me he tropezado con esta vieja y hermosa fotografía en blanco y negro en la que aparecen un padre y su hijo en lo alto de una montaña, de espaldas al espectador, cada uno dirigiendo sus miradas a sitios distintos de un amplio horizonte que se abre ante ellos y con un cielo cargado de nubes que amenazan posibles lluvias.



El padre, ya envejecido, porta una boina y apoya su mano derecha en un bastón. Con la izquierda se acerca un cigarrillo a los labios. Una roca tapa la mitad inferior de su cuerpo. Un cuerpo girado hacia el límite de la imagen, pareciendo que es el preludio de una vida que se acaba, de una existencia a punto de cerrar el último capítulo de una historia que llega a su fin, cuyo protagonista acepta en silencio y con resignación, comprendiendo que las leyes que dicta la naturaleza son inapelables

Por el contrario, el hijo, firme y confiado, aparece en el centro de la imagen y en la plenitud de su vida. Se muestra erguido en lo más alto de un pequeño promontorio. Mira de frente hacia la escasa luz del crepúsculo que asoma por el horizonte y que se expande por los lejanos campos que contempla, como si a él le pertenecieran los últimos rayos del sol antes de que las negras sombras de la noche se arrojen sobre ambos.

Padre e hijo, juntos y separados, unidos y distanciados. El conjunto se muestra como una metáfora visual de la vida; de esas vidas humanas, en el fondo extrañas y enigmáticas, que al finalizar se llevan para siempre preguntas sin resolver, transformadas en dudas que, en ocasiones, se convierten en miradas hacia el abismo al no encontrar respuestas a las mismas.

Al contemplarlos en esta postura nos asoman algunos interrogantes: ¿Han hablado entre ellos? ¿Han sido los mutismos los que han presidido sus relaciones? ¿Se llevará para siempre el padre aclaraciones de hechos silenciados? ¿Qué preguntas se hace el hijo que no tendrán respuestas una vez que pierda a su padre? ¿Le faltó el abrazo de su padre en un momento crucial de su vida? ¿Se guardó para sí ese dilema que le agobiaba y que solo su padre se la podía aclarar?

Quizás sean muchas incertidumbres las que expongo a partir de la espléndida fotografía que ilustra el artículo. Sin embargo, estas reflexiones me vienen suscitadas por dos motivos que paso a plantear.

Por un lado, están relacionadas con el estudio de las emociones en el ser humano que voy llevando a partir de los dibujos de los escolares. Ya he publicado varios artículos (aparecerán más adelante otros) en los que nos encontramos problemas o conflictos vividos angustiosamente por los hijos, puesto que no encuentran respuestas claras a las preguntas o porque les abruman los silencios mantenidos como secretos ocultos en el seno de sus familias. Así, paso a paso, se construye una ausencia emocional del padre que se hace patente a lo largo de sus vidas.

Por otro lado, el propio título del escrito, En busca del padre, está estrechamente ligado a dos grandes novelas que recientemente he leído y que tienen de fondo el sentimiento de orfandad de sus autores ante el mutismo de unos padres que fallecieron. Lógicamente, ahora ya no pueden encontrar aclaraciones a los numerosos interrogantes que les asedian. Es la razón por lo que acuden a construir dos relatos autobiográficos o de tipo confesional para dar salida a ese inmenso vacío que sienten al no contar con esos padres ausentes y que han acabado convirtiéndose en recuerdos con los que no es posible dialogar.

Me estoy refiriendo a El primer hombre de Albert Camus y a Ordesa de Manuel Vilas, libros que, tal como he apuntado, no son estrictamente memorias, sino que habría que situarlos dentro de las novelas confesionales, en el sentido de que sus autores son los protagonistas en la búsqueda del significado de sus vidas, unas vidas truncadas por la muerte prematura del padre, en el primer caso, y del fallecimiento paterno tras una crisis personal, en el segundo.



Sobre Albert Camus, recientemente publiqué un artículo titulado Educar con pasión, en el que aportaba las cartas que se intercambiaron el autor y su antiguo maestro, una vez que Camus hubiera recibido el premio Nobel de Literatura en 1957. Ambas cartas se encuentran al final de El primer hombre, por lo que de algún modo nos ayudan a entender esa búsqueda del padre que realiza a lo largo de la novela que vio la luz tras morir el autor en accidente automovilístico en 1960.

Recordemos que el padre de Camus falleció antes de que él cumpliera el año, puesto que su padre fue llamado a filas en Francia ante la ocupación de la Alsacia francesa por las tropas germanas.

Hay páginas verdaderamente conmovedoras a lo largo de ese relato confesional. Quisiera extraer algunas líneas del texto, como cuando Jacques Cormery (alter ego de Camus en la novela), ya con cuarenta años, va a visitar la tumba de su padre, a instancias de la madre argelina, al pueblecito francés de Saint-Brieuc.

Una vez que el guardián del cementerio le lleva al lugar en el que se encuentra su padre fallecido a los 29 años, contempla la sencilla lápida en la que aparece escrito el nombre y la fecha de la muerte paterna.

Veamos un par de párrafos de este segundo capítulo del libro.

“Y la ola de ternura y compasión que de golpe le colmó el corazón no era el movimiento del ánimo que lleva al hijo a recordar al padre desaparecido, sino la piedad conmovida que un hombre formado siente ante un niño injustamente asesinado, algo había ahí que escapaba al orden natural y, a decir verdad, ni siquiera tal orden existía, sino sólo locura y caos en el momento en el que el hijo era más viejo que el padre”.

“La sucesión misma del tiempo estallaba alrededor de él, inmóvil, entre tumbas que ya no veía, y los años no se ordenaban en ese gran río que fluye hacia su fin. Los años ya no eran más que estrépito, resaca y agitación, y Jacques Cormery se debatía ahora preso de angustia y piedad. Miraba las otras lápidas del entorno y reconocía por las fechas que ese suelo estaba sembrado de niños que habían sido padres de hombres encanecidos que creían estar vivos en ese momento”.

Tras la lectura, comprobamos que a Jacques Cormery (nombre que adopta Camus de sí mismo para el relato) se le rompe el sentido de la vida cuando comprueba que su padre era “un niño”, es decir, un hombre sin las experiencias que él ya había vivido, por lo que era imposible dialogar con el recuerdo reconstruido de un padre que había pasado por la vida cargado de inocencia.



Ordesa ha sido una de las grandes novelas publicadas en 2018, es decir, en el año pasado. Basta decir que he leído la edición decimocuarta para que nos demos cuenta de que nos encontramos ante una obra confesional en la que su autor, el poeta Manuel Vilas, busca desesperadamente un sentido a la vida, a una vida que siente hundirse tras las derrotas personales sufridas y no encuentra asidero para ir con lucidez hacia la muerte. Sí, hasta que le llegue la muerte, pues esta sombría palabra se encuentra presente de manera obsesiva en esta novela contundente y aplastante.

¿Y adónde acude quien a sus cincuenta y seis años se encuentra al borde del abismo? Pues al igual que lo hiciera Albert Camus, aunque en momentos y contextos distintos, a la búsqueda de un padre imaginado que le explique la razón de haberlo traído a este mundo al que siente extraño, absurdo y cruel, y del que solamente tiene algunos buenos recuerdos en su infancia y juventud.

Es difícil condensar la novela en unas líneas, por lo que me permito, al igual que hice con El primer hombre, extraer algunos párrafos que den algunas pistas de la búsqueda de ese padre que Manuel Vilas quiere reconstruir a lo largo de sus 387 páginas.

Le dije a mi padre que viniese a ver mi piso, pero no vino. Mi padre no vio nunca los sitios en los que viví cuando era estudiante. (…) ‘Papá, quiero que veas dónde vivo’. No, no dije esa frase. La digo ahora. Tampoco él dijo: ‘Quiero ver tu piso’. Parece que estábamos hechos uno para el otro: no nos dijimos nada”. (pág. 60)

Como siempre, no hablaba ni de su padre ni de su madre. No hablaba de su vida. Mi padre parecía haber nacido por generación espontánea”. (pág. 74)

De mayor no me acercaba, no tocaba el cuerpo de mis padres, salvo los besos protocolarios que tan nerviosos nos ponían”. (pág. 151)

Mi padre nunca me dijo que me quería, mi madre tampoco. (…) Tal vez no me quisieron y este libro sea la ficción de un hombre dolido. Más que dolido, asustado. (…) Acabas pensando que si no te quieren es porque existe alguna razón poderosa que justifica que no te quieran. Si no te quieren, el fracaso es tuyo”. (pág. 157)

Mi padre era inalcanzable, siempre lo fue para mí”. (pág. 254)

Mi memoria pone en pie una visión catastrófica del mundo”. (p. 197).

* * *

Los tiempos cambian. También los padres. Esos padres inalcanzables de los que nos habla Manuel Vilas han dado paso a otros accesibles, dialogantes y cercanos a sus hijos. Y también, hay que decirlo, cargados de ternura. No obstante, quedan otros que por distintas circunstancias acabarán convirtiéndose en motivos de incertidumbres y angustias, por lo que cuando sus hijos sean mayores y ya no cuenten con sus presencias físicas es posible que se encuentren en esa búsqueda del padre tan inquietante y conmovedora como son las que han llevado a cabo algunos escritores, caso de los dos citados.

AURELIANO SÁINZ

9 de marzo de 2019

  • 9.3.19
Todos sabemos que las sociedades se van transformado con el paso del tiempo, y que esas transformaciones se perciben cuando se estudian los cambios que se dan entre unas generaciones y otras. Las costumbres, el trabajo, la economía, las formas de vida, tanto en el campo como en las ciudades, las innovaciones tecnológicas, etc., son motivos de transiciones de unos modelos a otros.



También las ideas tienen gran influencia en esos cambios, por lo que podemos analizarlas en el conjunto de la sociedad, en colectividades o en las familias, ya que estas últimas configuran los grupos básicos de la propia sociedad.

No debemos olvidar, por otro lado, un hecho que ha marcado profundamente a las sociedades occidentales en las últimas décadas: la amplia incorporación de las mujeres al trabajo asalariado (y apunto asalariado, pues el trabajo doméstico siempre recaía sobre sus espaldas sin recibir compensaciones económicas por ello). Ello ha conllevado transformaciones en las relaciones de pareja y, en consecuencia, en las formas familiares que se dan en nuestra propia civilización.

Y hablo de familias en plural porque no hay un modelo único que sirva de referencia para todos. Es cierto que la familia formada por una pareja heterosexual con uno, dos o tres hijos es la que tiene cuantitativamente mayor predominio en la sociedad española. También hay familias con más hijos, aunque las difíciles condiciones actuales de vida dan lugar a que se haya reducido sustancialmente la natalidad tanto en nuestro país como en los de nuestro entorno.

Es por ello que en los estudios de la familia a través del dibujo del escolar me suelo encontrar con bastante frecuencia escenas formadas por cuatro miembros: el padre, la madre y dos hijas. Y uno puede preguntarse: ¿qué particularidad tiene el que haya familias con dos hijas? ¿No sucede lo mismo en familias de dos hijos varones?

Antes de responder a estos interrogantes, quisiera indicar que en otra ocasión veremos las familias con dos hijos varones, para que se entiendan los aspectos comunes y las diferencias en los procesos del desarrollo emocional tanto de las familias compuestas por los progenitores con dos hijas o con dos hijos.

De todos modos, hay que reconocer que ahora los padres jóvenes no están tan obsesionados en tener descendencia con hijos varones, es decir, de su propio sexo, como sucedía en generaciones precedentes. He comprobado que aquellos padres que tienen dos hijas viven, habitualmente, con felicidad y alegría el contacto con sus hijas, sintiéndose muy orgullosos de ellas.

Es cierto que, conociendo el machismo todavía imperante, tanto los padres como las madres se sientan más inquietos por sus hijas cuando empiezan a crecer y a hacerse más autónomas en la adolescencia. Sienten que ellas están en inferioridad de condiciones, por no hablar de las agresiones machistas que se dan cotidianamente en distintos ámbitos de la sociedad. Esa inquietud no la sienten de igual modo cuando los hijos son varones.

Por otro lado, en este modelo de familia se da la circunstancia de que en él hay tres miembros femeninos y solo uno del masculino: el propio padre. Esto da lugar a que exista una mayor conexión y cierta complicidad femenina, entendida esta como mayor capacidad de comunicación y comprensión entre la madre y las hijas. Esto que indico lo podemos ver en los dibujos que mostraré en este trabajo.

Además, tengo que apuntar que la exposición que realizaré no es un estudio exhaustivo, dado que es una aproximación a este tipo de familia, por lo que serían necesarios unos análisis en mayor profundidad.

De todos modos, quiero apuntar que son pocas las publicaciones que yo conozca que aborde la relación y el desarrollo afectivo entre hermanos o hermanas. Hay una obra ya clásica de la psicóloga estadounidense Judy Dunn titulada Relaciones entre hermanos de gran interés, por lo que sería necesario ampliar las investigaciones para comprender cómo se desarrollan las relaciones fraternas en las familias del nuevo milenio.

Comienzo, pues, con el dibujo que me sirve de portada, realizado por Julia, una niña de 10 años. Por la escena representada, nos damos cuenta que la escena pertenece al modelo de familia que estamos analizando. Como puede apreciarse, la autora muestra a los cuatro miembros al lado de la casa, que simboliza el hogar, el cariño y la protección, todo ello bajo la atenta mirada de un sol animista que se asoma entre las nubes.

Puesto que está en quinto curso de Primaria, empieza dibujando los cuatro miembros a partir del que tiene más edad hasta que llega a la que tiene menos años. Así pues, comienza por su padre; pasa posteriormente a su madre; continúa con ella misma y acaba con la figura de su hermana pequeña.

La jerarquía por edades da lugar a que las tres componentes femeninas aparezcan juntas; de todos modos, como veremos en los siguientes dibujos, la relación afectiva y de compenetración entre las niñas es distinta a la de los hermanos varones.



Para comprender el significado cognitivo, simbólico y afectivo de los dibujos de los escolares, es necesario entenderlos desde el punto de vista evolutivo. Es por ello que, tras el comentario del dibujo de Julia, comienzo por el de Claudia, una niña de 5 años que se representa junto a su hermana en el centro de la escena. A ambos lados de ellas, aparecen su padre y su madre, expresando simbólicamente la protección que la pequeña siente con las figuras paterna y materna. Además, la proximidad entre ambas hermanas expresa la afinidad, las confidencias, los juegos, que comparten, generando una proximidad afectiva en ellas.



Tempranamente, aparecen los gustos femeninos en los dibujos que realizan las niñas. Es lo que acontece con Marina, de 6 años, que ha trazado un sol animista con rayos que terminan en espirales. Por otro lado, y con respecto a las figuras humanas, comienza por el dibujo de su hermana pequeña, lo que es manifestación del cariño que siente por ella, reforzado por la cercanía de su propia figura, que simboliza también cercanía afectiva. Cierra el grupo con el dibujo de sus padres, algo más distanciados, como manifestación de que ellos son los mayores y tienen su propio mundo.



Hay una cierta similitud entre el dibujo de Sara, niña de 8 años, que acabamos de ver y el que he utilizado como portada del artículo, ya que la distribución de los personajes es parecida. Es decir, aparece en primer lugar el padre; le sigue la madre; continúa con su hermana mayor y acaba con ella misma. Las diferencias estriban en que, por un lado, Sara es la pequeña del grupo y, por otro, en el claro sentido del humor con el que ha construido la escena, lo que es manifestación de la alegría que siente en el seno de su familia.



Avanzamos en edad, y nos encontramos con un dibujo realizado por una niña de 9 años, que sigue el patrón o modelo mayoritario que vemos. Es decir, los cuatro miembros que conforman la familia se encuentran en el parque, de modo que aparece, en primer lugar, el padre; le sigue la figura materna; su hermana mayor y, por último, ella misma. Puesto que la autora ya se encuentra en cuarto curso, comienza a trazar detalles personales, como sucede con el bolso de su madre, al tiempo que ella y su hermana aparecen con gafas graduadas, tal como acontece en la realidad.



El sentimiento de afinidad y cercanía afectiva se vuelven a expresar en esta escena elaborada por una niña de 10 años, que dibuja a su familia en un día que ha ido de campo. Como podemos observar, ambas hermanas son las primeras en aparecer, lo que es manifestación de la autoestima propia y de la relevancia que concede a la relación que tiene con su hermana mayor. Para completar la escena, en el lado derecho de la lámina aparecen su madre y su padre, preparando sobre un mantel extendido la comida que van a tomar. Son, pues, dos pequeños grupos de afinidad dentro de la propia familia.



Cierro este breve recorrido por las escenas de familias con dos hijas con el dibujo que realiza Isabel, una chica de 13 años, con un gran dominio del dominio gráfico, tal como se puede apreciar. La figura que representa a la propia autora nos muestra que se encuentra en los inicios de la adolescencia, por lo que el sentimiento de autonomía y de ideas personales empiezan a emerger en ella. Es por ello, que en este caso haya representado a sus padres en el centro, a su hermana en el lado derecho y a ella en el izquierdo, pues, aunque tiene un gran cariño hacia su hermana menor, para ella es la “peque” de la familia.

AURELIANO SÁINZ

2 de marzo de 2019

  • 2.3.19
Hay una corriente dentro de las distintas manifestaciones artísticas que recibe el nombre de minimalismo. El término, a mi modo de ver, es bastante afortunado, puesto que cualquiera puede entender que hace referencia a aquellas corrientes en las que se acude a los elementos esenciales que configuran la obra, sin utilizar otros que son accesorios o que se consideran adornos innecesarios.



Quizá sea dentro de la música donde el término de minimalismo ha hecho fortuna y se emplea para hacer referencia a un determinado género contemporáneo. Se comenzó a hablar de ‘música minimalista’ cuando Michael Nyman, en 1968, publicó su álbum The Great Digest. Desde entonces se ha ampliado el número de autores que se adscriben a esta línea. Personalmente citaría a dos compositores que me apasionan: el estadounidense Philip Glass y el estonio Arvo Pärt.

Dentro de las artes plásticas no suele usarse este término, dado que se aplican otros para aludir a los distintos estilos que se dan dentro de la abstracción. No obstante, podría apuntar que las primeras obras minimalistas en la pintura habría que atribuírselas al ruso Kazimir Malévich, aunque a esta tendencia se la denominó suprematismo.

También dentro de la arquitectura podríamos hablar de minimalismo, estilo que se caracteriza por la creación de edificios de extrema simplicidad tanto en la forma como en el uso de los materiales, evitando toda ornamentación y siguiendo la famosa frase del gran arquitecto Mies van der Rohe cuando expresó que “menos es más” (less is more).

De este modo, la idea de los arquitectos que se adscriben a esta línea está marcada por la búsqueda de la belleza a través de la austeridad, de la sobriedad de las formas, pretendiendo que sea la propia geometría que subyace en toda obra arquitectónica la que aparezca destacada, junto al uso de la luz como elemento natural que hay que considerar en su relación con los cuerpos construidos.

Por mi parte, entiendo que a un amplio sector de la población no termine de gustarle este planteamiento. A la mayoría le gusta la complejidad, los adornos, cierto ‘barroquismo’, los materiales que nacen de las manos de los artesanos.

Para que se me entienda, pongo un ejemplo de contraposición. A diario, enormes grupos de gente de diversos países visitan la Sagrada Familia de Barcelona de Antoni Gaudí, debido a la admiración que despierta el trabajo en piedra para la realización de una catedral que se enmarca en una especie de modernismo gótico. En cambio, no creo que, más allá de algunos estudiantes de arquitectura, hubiera público interesado en visitar la denominada Casa Gaspar de Alberto Campo Baeza, que para mí es la mayor expresión del minimalismo dentro de la arquitectura en nuestro país.



Pero antes de hablar de la Casa Gaspar y de otras obras de Campo Baeza, uno de los arquitectos españoles contemporáneos cuyos proyectos se inscriben abiertamente dentro del minimalismo, conviene conocer, aunque sea someramente, algunos datos biográficos suyos.

Aunque Alberto Campo Baeza nació en Valladolid en el año 1946, a los dos años pasó a vivir en Cádiz, dado que su padre, cirujano de profesión, tuvo que ejercerla en esta ciudad andaluza. Conviene apuntar un aspecto importante a destacar en su biografía: se trata de la profesión de su abuelo Emilio Baeza que fue arquitecto municipal en Valladolid, hecho que influyó necesariamente en el devenir de su nieto Alberto cuando tuvo que decidirse en los estudios universitarios.

Dado que en la actualidad cuenta con 72 años, ha de entenderse que su trayectoria profesional ha sido larga, por lo que destacaré que ha combinado el trabajo como arquitecto con su pasión por la docencia, de modo que ha ejercido como profesor en numerosas ciudades extranjeras (Zúrich, Lausana, París, Nueva York, Nápoles, etc.). En nuestro país ha ostentado la cátedra de Proyectos en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid (ETSAM) desde 1986.

Puesto que en la Universidad española la jubilación es obligatoria los 70 años, a diferencia de otras extranjeras que no ponen edad límite, en la actualidad se encuentra como profesor emérito en el máster de Proyectos Arquitectónicos Avanzados de la ETSAM.

Para cerrar, quisiera apuntar que Campo Baeza ha recibido numerosos premios nacionales e internacionales, siendo, en la actualidad, académico en la sección de Arquitectura de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de España.



Puede parecer sorprendente que una obra de la extrema sencillez formal como es la Casa Gaspar se tome como referencia de un autor, dado que habitualmente se suelen citar aquellos grandes edificios que tienen un cierto carácter monumental.

Pero es que, en algunas ocasiones, esas pequeñas obras son verdaderos hitos en el campo de la arquitectura. Recordemos, por ejemplo, el Pabellón Alemán que Mies van der Rohe proyectó para la Exposición Internacional de Barcelona de 1929, que fue una obra de referencia del Movimiento Moderno dentro de la arquitectura, tanto que se reconstruyó en 1986 en el mismo lugar en el que estuvo ubicado.

O también la denominada Casa de Cristal del estadounidense Philip Johnson en New Canaan, estado de Connecticut (EEUU), y que le sirvió de propia vivienda al arquitecto. El mismo que en 1979 recibiría el primer Premio Pritzker de Arquitectura y que, años más tarde, firmaría los dos grandes edificios inclinados que con el nombre de Puerta de Europa se encuentran en la plaza de Castilla de Madrid. El minimalismo extremo en sus orígenes y la monumentalidad convertida en espectáculo en sus años postreros.

El minimalismo de la Casa Gaspar aparece de manera rotunda nada más acercarnos a ella, puesto que se nos muestra la entrada al recinto a través de un muro rectangular de absoluta blancura. Y en el medio exacto de ese rectángulo se abre un hueco vertical, también rectangular, que sirve de paso al interior.



“Menos es más” es la minimalista frase que los arquitectos seguidores de Mies van der Rohe siguen como consigna inalterable en sus obras. Esto es lo que parece aplicar Campo Baeza en ese recinto de una austeridad extrema que se encuentra en la localidad gaditana de Zahora.

Siguiendo los deseos del propietario de buscar una independencia total del exterior, en 1992 se acaba la construcción de la casa que dos años antes había proyectado el arquitecto. De este modo, se crea un recinto cerrado en forma de cuadrado de 18 metros de lado y con unas tapias de tres metros y medio de altura. Aislamiento y concentración total en el ascético recinto cuyo interior está formado por tres partes iguales en superficies. Solo se cubre la parte central, dejando como espacios abiertos las dos laterales.

La fotografía del japonés Hisao Suzuky, tomada al amanecer, nos muestra uno de los espacios laterales abiertos, de modo que el blanco impoluto que preside todo el conjunto se transforma en un azul celeste, como expresión de la integración de la luz en el cuerpo arquitectónico, tal como pretende el autor del proyecto.



Para que pueda comprenderse el valor geométrico de la Casa Gaspar muestro la fotografía de una maqueta que nos hace ver la perfecta simetría del conjunto.

Este criterio minimalista que preside la obra de Campo Baeza la ha ido aplicando a otras viviendas o casas unifamiliares que ha proyectado. No obstante, y a pesar de que como reconoce el propio autor no son numerosos los proyectos por él firmados, puesto que, tal como he apuntado, la docencia y la escritura forman parte de su trabajo, también son conocidas otras obras suyas como la monumental Caja de Granada y el Museo de la Memoria de Andalucía; o el museo Mercedes Benz de Stuttgart, Alemania, cuya imagen aparece como portada del artículo.





Una obra de enorme monumentalidad es el edificio que Campo Baeza proyecta para la Caja de Ahorros de Granada. En el exterior se presenta como un gran cubo perforado por una retícula de huecos de iguales dimensiones. Sin embargo, en su interior se muestra un patio central con cuatro grandes columnas cilíndricas de hormigón armado, lo que le da un aspecto ciclópeo al conjunto.

Acerca de este edificio, Enrique Domínguez Uceta nos dice, en 100 obras maestras de la arquitectura moderna española, lo siguiente: “Desde el 2008, la sede central y el Centro Cultural Caja de Granada, dos iconos de la obra de Alberto Campo Baeza, se alzan frente a frente en la llanura de la ciudad granadina. El primero es un gran volumen prismático, en el que se incluye un formidable mecanismo lumínico en un patio interior cubierto de gran tamaño, que evoca un panteón romano de muros ortogonales”.



Domínguez Uceta, sobre el Centro Cultural de Caja Granada o Museo de la Memoria de Andalucía, nos indica: “El Centro Cultural Caja de Granada dialoga con el edificio anterior [la Caja de Ahorros], situando frente a él un extenso podio horizontal en el que se abre un patio elíptico, con ecos del palacio de Carlos V, en el que un nudo de rampas curvas dibuja circulaciones en el aire. Fiel a su depurado minimalismo, Alberto Campo Baeza ha sido capaz de mantener la solemnidad silenciosa de las grandes masas perforadas por la luz y de alojar en ellas la ligera gracia de las rampas curvas y sensuales que vuelan en paralelo, sin tocarse, en el espacio cilíndrico del patio, derramando sombras”.

AURELIANO SÁINZ

23 de febrero de 2019

  • 23.2.19
El pasado mes de octubre apareció en las librerías More letters of note, del escritor británico Shaun Usher, que suponía la continuación de otro libro del propio autor que sí había visto la luz en castellano: Cartas memorables. Ambos son el resultado de la investigación y el estudio de cartas, algunas desconocidas, que personajes relevantes habían escrito y que Usher ponía al conocimiento del público.



En Cartas memorables aparecían, por ejemplo, una de Leonardo da Vinci solicitando empleo; la que le dirige Gandhi a Adolf Hitler apelando a la paz; la desgarradora que escribe Virginia Woolf antes de suicidarse o la del premier británico Winston Churchill utilizando el acrónimo O.M.G.

Debido al éxito que obtuvo este libro, Shaun Usher le dio continuidad con More letters of note, que es de esperar tenga una traducción al español, aunque solo sea para que los lectores hispanoparlantes conozcan de nuevo la conmovedora carta que Albert Camus le escribe a quien fuera su maestro en su infancia, tras serle concedido el premio Nobel de Literatura en 1957, y la respuesta que le envió Louis Germain, su antiguo profesor.

Tengo que apuntar que en el momento en el que leí la breve misiva del escritor, periodista y filósofo francés a quien fuera casi un padre para él me emocioné, pues en esas breves líneas se sintetizaba el reconocimiento del valor que supone la educación para los más pequeños y, más aún, cuando se hace con la pasión y la entrega con las que llevó su trabajo docente el propio Louis Germain.

Quisiera puntualizar que ambas cartas habían sido publicadas con bastante anterioridad en español dentro de la obra póstuma del autor francés, El primer hombre, novela en la que estaba trabajando antes de fallecer en un accidente automovilístico en el año 1960.

Pero antes de pasar a leer las cartas, conviene aportar algunos datos biográficos que dan sentido a ese encuentro epistolar. Recordemos que Albert Camus había nacido en Mondovi, un pueblecito de Constantina, en el norte de Argelia, el 7 de noviembre de 1913. Hijo del francés Lucien Camus y de la argelina Catalina Sintes, vivió su infancia en un contexto de gran pobreza, puesto que su padre, un pied-noir, es decir, un francés que reside en Argelia debido a la huida que realiza a este país cuando su Alsacia natal es ocupada por las fuerzas prusianas.

Huérfano antes de cumplir el año, quedan al cuidado de su madre y de su abuela tanto él como su hermano. Gracias a la beca que recibieron los hijos de las víctimas francesas en la que sería la Primera Guerra Mundial, ingresa en la escuela y a tener sus primeros contactos con los libros, ya que en su casa no había ninguno. Durante sus estudios escolares, tuvo como maestro a Louis Germain, que le marcaría profundamente, y al que nunca olvidó, pues en su discurso durante la ceremonia de la concesión del Nobel de Literatura hizo una especial mención a su querido e inolvidable maestro.



Días después de la concesión del premio Nobel, y con fecha del 19 de noviembre de 1957, Camus le escribe una carta que, tal como he indicado, apareció en nuestro país al final de la obra El primer hombre. Estas son sus palabras:

Querido señor Germain:

Esperé a que se apagara un poco el ruido que me he rodeado todos estos días antes de hablarle de todo corazón.


He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni he pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza y su ejemplo, no hubiese sucedido nada de todo esto. No es que le dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y de corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continúan siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido.


Le abrazo con todas mis fuerzas.


Albert Camus


Su antiguo maestro ya había tenido conocimiento de la dedicatoria que le hizo en la ceremonia de entrega del Nobel de Literatura. La emoción del viejo profesor fue enorme. Tiempo después, Albert Camus le envió a su antiguo maestro un libro biográfico titulado “Camus” del escritor francés J. C. Brisville con dedicatoria propia. Como respuesta, desde Argelia, y con fecha de 30 de abril de 1959, recibió una extensa carta, de la que hago un extracto del comienzo.

Mi querido Albert:

Soy incapaz de expresar la alegría que me has dado con la gentileza de tu gesto ni sé cómo agradecértelo. Si fuera posible abrazaría muy fuerte al mocetón en que te has convertido y que seguirá siendo siempre para mí “mi pequeño Camus”.


Todavía no he leído la obra, salvo las primeras páginas. ¿Quién es Camus? Tengo la impresión de que los que tratan de penetrar en tu personalidad no lo consiguen. Siempre has mostrado un pudor instintivo ante la idea de descubrir tu naturaleza, tus sentimientos. Cuando mejor lo consigues es cuando eres simple, directo. ¡Y ahora, bueno!


Estas impresiones me las dabas en clase. El pedagogo que quiere desempeñar concienzudamente su oficio no descuida ninguna ocasión para conocer a sus alumnos, sus hijos, y estas se presentan constantemente. Una respuesta, un gesto, una mirada, son ampliamente reveladores. Creo conocer bien al simpático hombrecito que eras y el niño, muy a menudo, contiene en germen al hombre que llegará a ser. El placer de estar en clase resplandecía en tu persona. Tu cara expresaba optimismo.


Y estudiándote, nunca sospeché la verdadera situación de tu familia. Solo tuve una impresión en el momento en que tu madre vino a verme para inscribirte en la lista de candidatos a las becas. Pero eso fue, por lo demás, en el momento en que ibas a abandonarme. Hasta entonces me parecía que tu situación era la misma que las de todos tus compañeros. Siempre tenías lo que te hacía falta. Como tu hermano, estabas agradablemente vestido. Creo que no puedo hacer mejor elogio de tu madre…


Recuerda que, aunque no escriba, pienso con frecuencia en todos vosotros. Mi señora y yo os abrazamos fuertemente.


Germain Louis


Poco hay que añadir a la emotiva respuesta que da el maestro a su antiguo discípulo. En sus recuerdos permanecía intacta la imagen de aquel a quien de nuevo le llama “mi pequeño Camus”, a pesar de que el premio Nobel francés había superado ampliamente los cuarenta años.

Han transcurrido más de cinco décadas de este intercambio epistolar. Hoy, para todos nosotros, quedan esas dos memorables cartas como testimonio del cariño y lealtad profesados entre el maestro y su alumno.

AURELIANO SÁINZ

16 de febrero de 2019

  • 16.2.19
Hay un pequeño país en Asía, entre China y la India, al lado de la cordillera del Himalaya, en cuya Constitución aparece que el Estado tiene como finalidad “hacer felices a sus ciudadanos”. Se trata de Bután, un territorio con una población de apenas 800.000 habitantes. Lógicamente, no es la nación más rica, ni la más próspera de la Tierra; pero el hecho de que constitucionalmente se indique que la felicidad es el objetivo último de la organización política de este pueblo nos dice que apunta al propósito más importante que pueden tener los seres humanos.



Si he partido de este dato es porque, inicialmente, tenía intención de titular este artículo con el de “Familias felices”, aunque, posteriormente, me ha parecido más ajustado el que finalmente he puesto, dado que la idea de felicidad es bastante compleja, aunque la alegría y el placer que genera el juego colectivo son importantes para la construcción de la felicidad. Y es que algunos escolares expresan la alegría de vivir de un modo espontáneo en sus dibujos cuando tienen que plasmar en una lámina el dibujo de la familia.

Resulta curioso que ahora podamos hablar de niños y niñas felices, tal como la profesora estadounidense Dorothy Corkille Briggs nos narraba en su libro El niño feliz, aparecido en 1986 y convertido en un verdadero clásico, puesto que lleva ya más de 32 ediciones en nuestro país. Apunto esta circunstancia porque ya es una preocupación generalizada de los futuros padres el que su hijo o hija sea feliz. Esto puede parecer un hecho casi natural, pero lo cierto que es algo bastante reciente desde el punto de vista histórico.

Así, el gran psicólogo Erich Fromm, en su obra El arte de escuchar y rebatiendo la tesis de Sigmund Freud acerca del complejo de Edipo, que teorizara el padre del psicoanálisis, nos dice lo siguiente: “Los padres aman a sus hijos mientras no se rebelen contra su dominio (…). Es el amor del padre que hemos conocido en la sociedad patriarcal, como el del marido por la mujer. El hijo es una propiedad, ha sido propiedad desde la época romana, y sigue siendo una propiedad”.

Pues bien, esa idea de propiedad de la que nos habla Erich Fromm, característica de las sociedades patriarcales, está dando paso a una idea más madura y más humana, en el sentido de que los hijos, si se desean tener, deben ser vividos como un proyecto de la pareja, de modo que es responsabilidad de ambos no solo proporcionarles los medios que les generen bienestar físico, sino también felicidad psicológica y emocional.

Si esto lo trasladamos a un lenguaje más sencillo, y acudimos al dicho popular que nos dice que “los hijos vienen con un pan debajo del brazo” (que responde más bien a un tiempo de escasez y penurias), ahora habría que decir “los hijos vienen con la alegría de vivir”, a lo que se tendría que responder con la entrega de la madre y del padre dándoles la bienvenida a este complicado mundo.

Y es que como apunta Erich Fromm en esta misma obra: “En el desarrollo de la persona, ocurre que ciertos elementos de su niñez han puesto ya una base de felicidad, pero sucesos posteriores pueden ensancharla y reforzarla, o debilitarla. No puede decirse que los sucesos posteriores no influyan en la formación de la personalidad; pero si los primeros sucesos no son totalmente determinantes, al menos, la inclinan hacia aspectos esenciales del talante”.

A fin de cuentas, lo que viene a decirnos el psicólogo de origen alemán es que en la niñez se sientan las bases del carácter de toda persona, de modo que lo que en ella se siembre va a ser de gran importancia, aunque, lógicamente, en su proceso de crecimiento y desarrollo se irá configurando su personalidad.

Teniendo en cuenta lo indicado, y tras el estudio del desarrollo emocional de niños y adolescentes a través del dibujo de la familia, he comprobado que una amplia mayoría se encuentra dichosa en sus familias. Bien es cierto, que también hay una minoría que arrastra problemas familiares, y que, en algunos casos, suponen verdaderos traumas que les condicionarán en sus vidas.

Así, dentro de las primeras familias aparecen algunas en las que la alegría, las bromas, los juegos y el buen humor forman parte del ambiente creado por los progenitores, lo que revierte de modo favorable en hijos e hijas, tal como he ido comprobando a lo largo del tiempo.

Para que veamos cómo los escolares expresan gráficamente esas escenas de alegría, juego y diversión compartidas por padres, madres, hijos o hijas, presento una selección de dibujos que los iré comentando, desde las edades más pequeñas hasta que alcanzan la finalización de Educación Primaria.

De todos modos, para la portada acudo al dibujo que me entregó una chica que se encontraba en sexto curso de Primaria.

Fácilmente se aprecia que es una alumna a la que le encanta dibujar, y que adopta, en cierta medida, la estética del cómic japonés para construir a los cuatro personajes de su familia. Como vemos, su hermana y ella misma aparecen como “diablesas”, por las pequeñas inocentadas que gastaban a su madre, que era “una santa”, según nos decía, porque se las soportaban con toda paciencia. Su padre era “un payasete”, al que querían mucho porque se lo pasaban muy bien con él por el buen sentido de humor que tenía.



Comienzo este breve recorrido con el dibujo de Nico, un niño de 4 años, que se representa junto a sus padres y a su hermano menor, en una escena cargada de alegría compartida. No es necesario explicar que este pequeño muestra una actitud de júbilo en todos cuando los miembros que, ya que los dibuja con los brazos hacia arriba y con amplias sonrisas, de forma que realiza el trazado de las bocas en forma de media luna invertida, con el fin de acentuar ese estado de felicidad que muestra.



Animar a los hijos y participar en sus actividades y juegos es una de las facetas de la vida que a los escolares les resulta muy gratificante. Es lo que manifiesta este niño de 6 años que se ha representado en el campo con su hermano mayor jugando al fútbol, al tiempo que sus padres les aplauden mientras contemplan cómo juegan. Llama la atención, por otro lado, el recurso que ha encontrado el autor para dibujarse mirando al espectador al tiempo que, de espaldas, le chuta el balón a su propio hermano. Representar a los objetos o a las figuras desde dos puntos de vista es una solución verdaderamente ingeniosa que adoptan algunos niños y que copiaron los pintores cubistas, como Pablo Picasso, en sus lienzos.



En cierta ocasión hablé del animismo en el ámbito infantil dentro de los dibujos, en el sentido de atribuirle a los objetos inanimados sentimientos y emociones como los que poseemos las personas. Incluso, en las edades más pequeñas, sorprendentemente aparecen rasgos animistas referidos a la propia casa. Así, en este caso que presento, la escena de José, que tiene 6 años, es el resultado de cruzar ese animismo con el humor, de forma que a su casa la transforma en un rostro alegre y sonriente, que saca la lengua cuando contempla a su propia familia. Y no para en el animismo de la casa, sino que también se lo aplica al sol, con parche de pirata, y a una nube.



El autor de este dibujo, un niño de 7 años que se encontraba en segundo de Primaria, ha construido una viñeta de cómic de humor cuando ha representado a su familia en el campo. Ahí está su padre que pide socorro porque el hermano pequeño le persigue con la bici, mientras que su hermana “mediana” se asusta porque ha visto una cucaracha, al tiempo que su madre les dice que no corran. Todo ello bajo la mirada de un gran sol, con sonrisa malévola y que se tapa los ojos con gafas oscuras. El pequeño nos muestra a una familia alegre, desenfadada y con gran sentido del humor.



Las salidas al campo suelen ser momentos muy gratos para la familia, de modo que los escolares representan gráficamente aquellos acontecimientos especiales para expresar un día feliz y en contacto con la naturaleza. Así, a lo largo del tiempo, he podido comprobar que todas las escenas en las que muestran a la familia en el campo son de tipo alegre y festivo. Es lo que manifiesta esta niña de 8 años, que se ha dibujado como la mayor del grupo familiar, dado que el placer que le proporciona encontrarse en ese espacio de libertad le hace mostrarse alegre, segura y confiada. Por otro lado, su madre está cogiendo flores, su hermano jugando con el balón y su padre limpiando el coche.



Hay padres que prometen a sus hijos llevarlos a un parque de atracciones a final de curso si sacan buenas notas. Y es que disfrutar conjuntamente de la asistencia a espectáculos, ferias, carnavales, circos, etc., es un motivo de disfrute que los escolares no suelen olvidar. Es lo que le aconteció a este chico de 9 años que sus padres le prometieron llevarlo a la montaña rusa que tanta ilusión le hacía si tenía buenos resultados. De este modo, cuando en su clase se planteó el dibujo de la familia, no dudó un momento y se dibujó con sus padres en el día que visitaron un parque de atracciones, ya que, para él, y según nos contó, fue un día inolvidable.



Cierro con este breve repaso con el dibujo de un chico de 10 años que optó por representarse con sus padres y su hermana compartiendo juegos al aire libre. Así, nos muestra a su padre con la raqueta y la pelota de tenis; a su madre y a él mismo sosteniendo la cuerda para que su hermana pequeña salte a la comba, al tiempo que se traza con botas de fútbol y el balón sostenido en sus pies. Todos configuran una escena de juego compartido como expresión de una familia que entiende que esos momentos dichosos son esenciales en el desarrollo de los hijos.

AURELIANO SÁINZ

9 de febrero de 2019

  • 9.2.19
Recientemente, en la Escuela de Participación Ciudadana del Ayuntamiento de Córdoba se celebró la segunda sesión de Encuentros con el laicismo, que, organizados por distintas entidades y asociaciones, entre ellas Córdoba Laica, tuve el honor de presentar como miembro de esta asociación, al tiempo que fui el autor de los carteles y de la publicidad gráfica de las jornadas.



Antes de explicar los contenidos de estos encuentros, quisiera apuntar que la imagen femenina que preside toda la publicidad gráfica corresponde a una pintura en la que aparece el rostro de Hipatia de Alejandría (375-415), filósofa y científica, que fue asesinada por los seguidores del obispo Cirilo de Alejandría. Su historia quedó plasmada en la excelente película Ágora de Alejandro Amenábar, que recomendaría a quienes no la vieron en su momento.

Iniciamos los encuentros con Laicismo y Derechos Humanos, que se desarrolló en el mes de diciembre y en el que participó, entre otros, Julio Anguita. En el segundo, con la denominación de Laicismo y diversidad sexual, estuvieron como ponentes Gonzalo de las Heras, responsable de relaciones institucionales de Arcoíris de Andalucía, y Verónica Moreno, miembro de la Asociación Transformando. El tercero de los encuentros, Laicismo y feminismo, se llevará a cabo en 20 de febrero, completándose de este modo el ciclo programado.

Dado que la jornada de Laicismo y diversidad sexual estaba convocada para las seis de la tarde, y una vez que la sala se llenó de gente, tras presentar a quienes iban a intervenir, pasé a leer una reseña que tenía escrita para la ocasión, ya que en las fechas anteriores me encontraba en Barcelona y no tenía total seguridad de estar presente en el día de celebración.

Para que ofrecer una aproximación a los conceptos de laicismo y diversidad sexual, tras la presentación de las imágenes de los dos primeros carteles de los encuentros, muestro el texto que tuve ocasión de exponer en este encuentro.

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De entrada, quisiera indicar que quizás, haya quienes se pregunten qué relación tiene el laicismo con las distintas expresiones de la sexualidad, pues pareciera que son temas con escasa conexión. Para explicarlo, y enlazando con los contenidos de la primera jornada, podemos acudir a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, ya que es un documento laico, puesto que tiene un fundamento humanista al no haberse redactado a partir de creencias religiosas en la elaboración y exposición de sus 30 artículos, al tiempo que no se hace alusión a ninguna deidad para su configuración y desarrollo.

Aunque los conocemos o los hayamos escuchado, conviene recordar que al principio de este documento, en su Artículo 1, se nos dice: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.

Y en el Artículo 2.1: "Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición.

Sobre la no distinción de sexo, a la que se alude en el artículo segundo, convendría en la actualidad ampliarla a la expresión de identidad sexual, pues no podemos entender la sexualidad como un hecho estrictamente biológico que viene determinada en el nacimiento.

Por otro lado, resulta que, a pesar de que la Declaración Universal de los Derechos Humanos es un documento firmado por la casi totalidad de los Estados miembros de las Naciones Unidas, la mayoría de ellos no se guía, en lo que respecta a los derechos de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales, por lo que se deduce de ese documento de carácter laico, sino que las leyes nacionales están claramente determinadas por las religiones dominantes de cada país.

También, resulta curioso que un Estado como la Santa Sede, que es miembro observador de las Naciones Unidas, no haya firmado la Declaración Universal de los Derechos Humanos, después de 70 años de su aprobación, ya que esta fue declarada en 1948.

Y es que el rechazo y la condena en la Iglesia católica a la homosexualidad masculina y femenina viene desde muy lejos. Podríamos remontarnos al propio San Pablo cuando en su primera epístola a los Corintios dice: “¿No sabéis que los malvados no tendrán parte en el reino de Dios? No os dejéis engañar, pues en el reino de Dios no tendrán parte los que cometen inmoralidades sexuales, ni los idólatras, ni los que cometen adulterio, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los tramposos”.

Desde sus inicios, queda bien clara la equiparación de los homosexuales a todo tipo de perversiones morales, por lo que a lo máximo que ha llegado la Iglesia católica institucional, tras dos milenios de existencia, es a aceptar la homosexualidad siempre que se quede en el ámbito privado, en el deseo interno, y no se lleven a la práctica las relaciones afectivo-sexuales.

Bien es cierto que en el cristianismo hay diferentes ramas, por lo que, en la actualidad, en algunas confesiones protestantes no solo no condenan, sino que consideran que lesbianas y gais pueden ser miembros de pleno derecho de las citadas confesiones, caso de la Iglesia anglicana, así como de las Iglesias metodista, bautista y presbiteriana.

Si pasamos al ámbito musulmán, el tema que abordamos se endurece mucho más, puesto que no solo no está admitida la homosexualidad, sino que hay países cuyas legislaciones pueden llegar a contemplar la condena a pena muerte, caso de Afganistán, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Irán, Nigeria, Somalia, Sudán y Yemen.

Por supuesto, en ninguno de los 49 países con reconocida mayoría musulmana de la población está aprobado el matrimonio o que existan leyes que regulen la unión homosexual. Tampoco se acepta la adopción por parte de las personas homosexuales. Solamente en dos países europeos, Albania y Bosnia-Herzegovina, también de mayoría musulmana, tienen aprobadas leyes contra la discriminación sexual.

A pesar de que la condena a la diversidad afectivo-sexual está presente en muchos países por el peso que tienen las religiones en sus leyes civiles, conviene cerrar esta presentación exponiendo algunos avances que se han dado en otros, dado que con la lucha mantenida por las organizaciones LGTBI se ha logrado que se aprueben leyes con un claro contenido laico, en las que se separan los credos religiosos, que deben quedar en el ámbito privado de quienes participan de cada confesión, de las leyes civiles que deben ser para todos, independientemente de las creencias que se tengan.

Esto ha dado lugar a que podamos felicitarnos porque son ya 25 países en los que está aprobado el matrimonio entre personas del mismo sexo. Recordemos que en nuestro país se logró en 2005, en mismo año que lo hizo Canadá. Por otro lado, la adopción por parte de parejas homosexuales está reconocida en la legislación de 27 países.

Esto nos hace ver que la relación y los avances entre el laicismo y la diversidad afectivo-sexual en los distintos países es un hecho lento pero imparable, ya que a medida que avanza la conciencia humanista o laica supone una vía para el reconocimiento de los derechos a la propia identidad sexual; y viceversa, los avances en la identidad sexual implican a su vez una consolidación práctica del laicismo.

AURELIANO SÁINZ

2 de febrero de 2019

  • 2.2.19
Cuando se acercaba la fecha en la que aparecería el número 100 de Azagala, revista que se publica en la villa extremeña de Alburquerque y en cuya fundación participé hace unos once años, envié un artículo titulado La vida es un largo río para conmemorar la edición de ese número tan contundente.



El texto era una visión íntima, muy personal, del devenir de la vida, de esa vida que va pasando y de la que somos, voluntaria o involuntariamente, protagonistas y espectadores de ese relato propio que vamos archivando en nuestra memoria y que nos sirve de brújula o guía para caminar hacia adelante, intentando no extraviarnos en el incierto camino que nos marcamos cada uno.

De este modo, cuando hemos escalado la alta cima de los años, nos es posible echar una mirada hacia atrás y vernos en cada una de las etapas que hemos ido cubriendo, con sus alegrías y tristezas, con sus aciertos y errores. También, desde esa cumbre, solemos mirar hacia adelante, sintiendo de modo anticipado lo que puede depararnos ese futuro ya limitado temporalmente. Así, aupados en las puntas de los pies, es posible otear un luminoso horizonte con las nuevas vidas que se van incorporando a ese largo río del que formamos parte.

Puesto que los artículos que escribo los suelo ilustrar con imágenes, en esa ocasión comenzaba el escrito acompañado de cuatro fotografías. La primera, en blanco y negro, era una de esas muy pequeñas que los mayores conservamos como recuerdo de nuestra lejana infancia. Allí me veía en brazos de mi padre que, de pie, me sostenía, al tiempo que mi madre y mi abuela, sentadas, se encontraban rodeadas de mis hermanos mayores.

También incorporaba otras dos instantáneas: una de ellas era una fotografía que nos hicimos un grupo de amigos en una de las torres del Castillo de Azagala, del cual tomábamos el nombre para la nueva aventura literaria que iniciábamos; la otra presentaba una concentración de miembros de la Asociación para la Defensa del Patrimonio, en la que protestábamos por el proyecto de la transformación del Castillo de Luna de Alburquerque en una horrenda hospedería, y que, por cierto, después de muchas luchas logramos parar.

Pero tal como indicaba al finalizar el artículo, la vida continúa, la vida sigue imperturbable su eterna marcha, por lo que, en ocasiones, nos reserva gratas sorpresas, como la de ver nacer a una segunda generación, de modo que, además de ser padre, uno se convierte en abuelo.

Es lo que me aconteció en el año pasado. Así, en la cuarta fotografía mostrada aparecía mi hijo Abel que acogía, recostado en su pecho, al niño recién nacido que lleva su nombre, como signo de amor hacia un nuevo ser que asoma a la vida, y del que siente que es parte de sí mismo.

Esto constituía básicamente el esquema del contenido de un artículo muy íntimo, siendo, a fin de cuentas, el modo que yo tenía de darle la bienvenida al niño que acababa de hacerme abuelo.

Pero ser abuelo uno lo va interiorizando antes de que se produzca el nacimiento. Es por ello que me llamó la atención cuando un joven profesor, al ponerse en contacto conmigo días después del nacimiento, me preguntó: “¿Te puedo llamar abuelo?”. “¡Claro que sí! ¡Es que ya soy abuelo!”, le respondí con todo el orgullo de saber que ahora se iniciaba una nueva etapa de mi vida, cargada de la ilusión de ver crecer al pequeño.

Ya no se trataba de escribir sobre otros que son abuelos, tal como lo he hecho en algunos de los artículos que he publicado sobre el desarrollo emocional de los escolares tomando el dibujo como medio de conocimiento, sino de vivir la gran experiencia de ver cómo se va formando esa pequeña criatura que es mi nieto. Ahora no se trata de reflexionar sobre las vivencias ajenas; en estas fechas, uno debe aprender a tratarlo y cuidarlo, sabiendo que son sus propios padres los que asumen la importante tarea de guiarlo por el largo camino que comienza.



Y si hay algo que he aprendido muy pronto en la práctica es que se dan sustanciales diferencias en las relaciones entre abuelos y nietos dependiendo de si viven en el mismo lugar o en sitios diferentes y distanciados. Esto es lo que nos ocurre a nosotros, puesto que Abel y Esther, sus padres, residen en Barcelona y nosotros en Córdoba, por lo que el contacto cotidiano no podemos llevarlo a cabo.

De todos modos, en medio de las habituales idas a la ciudad condal, seguimos el crecimiento del niño a partir de las fotografías y vídeos que con cierta frecuencia nos envían. Es uno de los hechos más favorables que nos proporcionan las nuevas redes sociales, ya que nos permiten establecer un contacto que tiempo atrás no era posible. Así, las fotografías y grabaciones las recibimos con enorme alegría, puesto que vemos los avances que paso a paso va dando.

Pero son las estancias en Barcelona las que nos ayudan a disfrutar de su compañía, al tiempo que nos hacen ver los cambios que se producen en el transcurso de los meses. Y puesto que la memoria es algo inconsistente, nada mejor que acudir a las fotografías para comprobar las transformaciones que se han ido dando. Es lo que acontece con las dos que muestro, que corresponden a estaciones distintas: el verano y el invierno.

Así, en la primera, nos encontramos en pleno mes de agosto, cuando él apenas contaba con cinco meses, en la estación de Sants, ya que había venido con su padre a despedirnos en nuestro regreso a Córdoba. Lo sostengo sentado en mi pierna izquierda. Mira de frente, con la sonrisa inocente que todo niño posee a su corta edad. Y por mi parte, no puedo disimular la alegría que me produce sostener su cuerpecito, tan frágil, pero con tanta capacidad de irradiar felicidad en quienes le queremos.

La segunda fotografía corresponde al invierno, unos cinco meses después de la primera. La escena es completamente distinta. Estamos dentro de la casa. Ha estado jugando bajo mi atenta mirada hasta que el cansancio empieza a hacer mella. Lo cojo en mis brazos y me siento en el sofá con la intención de dormirlo.

Comienzo a contarle muy despacio uno de los cuentos que he inventado y en los que él se convierte en el protagonista del pequeño relato. Puesto que todavía no sabe hablar, ya que por estas fechas se comunica con gestos, sílabas y balbuceos, no entiende el significado de lo que le voy narrando, pero escuchar su nombre y ciertos términos que se repiten le ayudan a que siga el ritmo de las palabras que recibe. Lo inicio así: “Había una vez un niño que se llamaba Abel. Un día…”.

Cuando acabo, le pregunto: “¿Otra vez?”. Me mira fijamente a los ojos sin decir nada, como asintiendo. Se lo vuelvo a repetir. Así una y otra vez, hasta que los párpados empiezan a cerrárseles y siento que el plácido sueño acude en su ayuda.

Jugar con él, darle la papilla, contarle cuentos, limpiarlo, sacarlo a pasear… son escenas que como abuelo he podido llevar adelante en esas estancias en Barcelona. Y también como abuelo las disfruto sabiendo que todo lo que gira a su alrededor tiene que estar cruzado con el juego, pues su mundo, el mundo de los niños, no se entiende sin el placer que sienten en el despertar a la vida.

Ciertamente: la vida es un largo río al que continuamente se van incorporando otras en su dilatado recorrido, como eterno proceso que nos anima a no desfallecer. Y una de ellas muy cercana a mí ha comenzado dando sus primeros pasos. Y yo la contemplo con el amor y la ternura que todo abuelo profesa a su nieto, de modo que, para mis adentros, hablo conmigo en silencio y le deseo fervientemente que sea lo más dichosa posible.

AURELIANO SÁINZ

26 de enero de 2019

  • 26.1.19
Con relativa frecuencia se suelen confundir a los hermanos mellizos y gemelos; sin embargo, desde el punto de vista biológico no hay ninguna posible confusión: los gemelos surgen de la división de un mismo óvulo que ha sido fecundado por un único espermatozoide, y que el cigoto, posteriormente, se divide, de modo que los niños o niñas gemelos comparten la misma carga genética, de ahí el gran parecido entre ellos.



En el caso de los mellizos en el embarazo materno se parte de dos óvulos diferentes que han sido fecundados por dos espermatozoides distintos en la futura madre. Esto conlleva que ambos puedan ser del mismo sexo o de sexo distinto, es decir, un niño y una niña pueden ser mellizos, pero nunca podrían ser gemelos.

De todos modos, también en el caso de los hermanos gemelos lo que apuntamos con respecto al proceso educativo en el artículo dedicado a los mellizos es aplicable a los gemelos: los psicólogos aconsejan que estudien en aulas distintas para favorecer el desarrollo autónomo de cada uno de ellos. Sin embargo, es habitual que los padres quieran que continúen juntos, con cierto carácter de excesivo proteccionismo.

Desde una sencilla lógica, podemos entender que si permanecen juntos de modo constante les va a resultar difícil hacer amistades, puesto que un compañero o compañera del aula tendría que hacerse amigo de los dos al mismo tiempo; cuestión que es muy complicada, dado que la formación de la amistad se lleva de uno en uno.

Por otro lado, por medio del estudio del carácter a través del dibujo de la familia, he comprobado que no siempre se da una relación igualitaria entre ellos o ellas, y que, con bastante frecuencia, aparece que uno tiene una posición dominante sobre el otro, llegando incluso, como comprobaremos, a la intimidación.

Para que entendamos la relación que se establece entre los hermanos gemelos, he seleccionado tres parejas de chicos, puesto que no contaba con parejas de hermanas gemelas, y veremos cómo se representaba cada uno de ellos dentro del tema de la familia.

Por otro lado, como ilustración de la portada de este artículo he elegido el que realizó una niña de 10 años acerca de su familia y en la que aparecían sus hermanos gemelos. Como puede apreciarse, comienza por la izquierda con la figura de su padre; le sigue la de su madre; en tercer lugar, se encuentra ella; y cierra con las de sus hermanos, a los que dibuja iguales, aunque uno de ellos, con el número 4, es de tamaño algo mayor. ¿La pequeña autora lo consideraba con más carácter que su “Henmano” que trazó al final? Esto no lo podemos saber porque no pude dialogar con ella.





De modo general, la compenetración entre los hermanos gemelos es lo más habitual, dado que los padres tienen un trato similar con cada uno de ellos. Ello viene favorecido por el hecho de haber nacido casi al mismo tiempo (para los padres, el primer nacimiento es una referencia para diferenciarlos como bebés).

A medida que crecen, los juegos compartidos es la norma en ellos. Esto puede apreciarse en los dos dibujos que acabamos ver, correspondientes a dos hermanos gemelos de 11 años. Por decisión de los padres, compartían el aula, por lo que, aunque estaban en mesas distanciadas, pudimos recoger sus trabajos en la misma prueba.

En el primero de ellos, podemos ver que L. ha dibujado a sus padres de modo frontal, al tiempo que él se encuentra trazado de perfil, recibiendo un balón que le llega “fuera de campo” y que, fácilmente, se deduce que se lo ha enviado su hermano. En el segundo, que realiza J., muestra a su padre trabajando en la parcela; él se encuentra chutando a la portería en la que se encuentra su hermano; al tiempo que su madre los observa.

Pero no siempre se da la compenetración como la que vimos en los gemelos L. y J. Hay casos en los que uno de ellos se muestra de modo abierto dominante sobre el otro. Es lo que comentaré en las dos parejas siguientes de gemelos.





La relación entre A. y S., hermanos gemelos de 10 años, era la de claro dominio del primero sobre el segundo. En este caso, hubiera sido necesario que se encontraran en aulas distintas, pues la presencia constante de A. se convertía en un problema para el desarrollo de la personalidad autónoma de su hermano. Sin embargo, los padres, equivocadamente, no eran conscientes de que las advertencias del profesorado eran bastantes acertadas, en el sentido de que era conveniente que estuvieran separados.

Como podemos observar en el primero de los dibujos, A. se representa el primero, como signo de seguridad y confianza en sí mismo. Después, a su lado dibuja a su hermano gemelo, pues quiere tenerlo a su lado. Pasa, posteriormente, a hacerlo de su madre y de su padre, de modo que todos se encuentran en un paisaje con árboles y la casa de la familia.

Sin embargo, su hermano gemelo S. comienza dibujando a su padre; pasa a su madre; en tercer lugar, a su hermano; y finalmente traza la figura que le representa. Como podemos apreciar todos sonríen, mientras que él, con las cejas enarcadas y los dientes destacados, expresa el temor que le provoca quien tiene a su lado. Debajo aparece su pez “Santi”, que parece ser la pequeña mascota con la que puede expresar su confianza.





Si en los gemelos anteriores había una clara relación de dominio de uno sobre el otro, en el caso de esta última pareja que presento adquiere carácter de temor. Se trataba de J. M. y de R., dos hermanos gemelos de 11 años, que estudiaban sexto curso de Primaria cuando realizaron sus dibujos. De igual modo, y siguiendo el criterio equivocado de los padres, se encontraban estudiando en la misma aula, cuando, lo más lógico es que estuvieran en espacios distintos para que el segundo empezara a confiar en sí mismo.

J. M., el primero de ellos, era de carácter extrovertido, abierto y muy seguro de sí mismo. En el dibujo que nos entregó, se muestra en el centro de la familia, al lado de su hermano gemelo, con una gorra y mirando a su hermano con gesto de sonrisa malévola, al tiempo que a R. lo traza con una mirada perdida, sonrisa tímida y como temiera la presencia del primero.

En cambio, en el dibujo de R., comprobamos que se representa en uno de lados, con los brazos pegados al cuerpo, junto a su madre, como si fuera su protectora. Sin embargo, a su hermano no lo representa dentro del grupo familiar, como expresión evidente del rechazo que mostraba hacia él, puesto sentía que se burlaba y que lo despreciaba siempre que podía.

AURELIANO SÁINZ

19 de enero de 2019

  • 19.1.19
En las investigaciones llevadas a cabo sobre las familias a través del dibujo, aparecen con relativa frecuencia dibujos de niños o de niñas que son hermanos mellizos y, con menor asiduidad, hermanos gemelos, puesto que comparten el espacio en el que estudian o porque esas investigaciones se han realizado también en las distintas aulas en las que se encontraban.



Y al citar las aulas, directamente nos topamos con uno de los problemas con el que padres/madres y psicólogos o psicopedagogos no se suelen poner de acuerdo, dado que, una parte significativa de los primeros son partidarios de que sus hijos mellizos o gemelos estén en el mismo espacio educativo, mientras que los segundos, es decir, psicólogos y psicopedagogos, se inclinan a favor de que se escolaricen en distintos, ya que, de este modo, cada uno de ellos puede desarrollar su personalidad de manera autónoma, considerando que, por otro lado, en la propia familia están juntos gran parte del día.

Hemos de tener en cuenta que en las edades tempranas, aproximadamente hasta los tres años, los mellizos o gemelos estarán juntos en el mismo espacio, puesto que hasta esos momentos no aparecen los primeros indicios de identidad, por lo que no distinguen a los hermanos de los otros niños o niñas con los cuales comparten sus juegos. Será, hacia los cuatro años, cuando comenzarán a asomar los primeros rasgos de carácter, o lo que es lo mismo, la conciencia del propio yo.

Claro que este debate surge cuando en el colegio hay más de una unidad por curso, pues aquellos centros que por sus cortas capacidades espaciales no dispongan al menos de dos unidades, los alumnos o alumnas que son mellizos tendrán necesariamente que compartir el aula.

Por otro lado, tengo que apuntar que las investigaciones sobre el desarrollo cognitivo y emocional de los hermanos mellizos o gemelos no son muy amplias (al menos, yo no tengo referencias de ellas en nuestro país). Una razón de peso puede encontrarse en que tendrían que ser longitudinales, es decir, que habría que seguirlos con el paso del tiempo para ver la evolución de cada uno de ellos y comprobar las afinidades y diferencias que se van encontrando.

A pesar de las similitudes que mellizos y gemelos presentan, biológicamente son distintos, por lo que me ha parecido interesante realizar este trabajo en dos partes, de modo que la primera de ellas esté destinada a los mellizos y la segunda a los gemelos.

Así, en este artículo lo que pretendo es presentar algunos dibujos de hermanos y hermanas mellizos que realizaron acerca de sus familias y establecer un análisis comparativo. Para ello, he seleccionado del archivo dibujos distintas parejas: 1 y 2 se corresponden a dos hermanas mellizas de cinco años; 3 y 4, de dos mellizos también de cinco años; y los dibujos 5 y 6 de un niño y una niña mellizos que tenían entonces siete años.

Como podrá verse, en los dibujos aparecen escritos los nombres por sus autores o autoras, sin que ello implique ninguna problematicidad, dado que esta situación ha sido aceptada por el propio profesorado, ya que entendía que ello no afectaba a nada íntimo que pudiera molestar con las explicaciones. Esta es la razón por lo que no los he ocultado.

Para comenzar, podemos ver el dibujo de la portada de este trabajo que fue realizado por Laura, una niña de 5 años. Como puede apreciarse, comienza por ella misma, para pasar a su hermana melliza Ana, a la que representa con los mismos rasgos faciales, así como con el mismo tamaño; la única diferencia es que ella se traza con pantalón y a su hermana con falda. Cierra el trabajo con las figuras de su madre y de su padre, que, curiosamente, son algo más pequeñas.

En el dibujo se aprecia la autoestima que Laura siente por sí misma, al tiempo que expresa la semejanza que la une con su hermana Ana, al ser melliza con ella.





Muestro seguidos los dibujos de Elena y Paula, dos hermanas mellizas de 5 años que se encontraban en la misma aula de Educación Infantil. En ambos dibujos aparece su hermano de 8 años, que, curiosamente es mayor que ellas, a pesar de que Elena lo dibuja de menor tamaño. Como puede apreciarse, Elena comienza a interiorizar la identidad femenina, de modo que representa a su hermana y a su madre con vestido y un largo pelo, resultado de dos trazos largos con rotulador. A su padre y a su hermano los identifica por las tres rayas que les sirven de cabello, junto con el trazado de pantalones.

En el caso de Paula, se dibujó la última, tras haber trazado a su madre, su padre, su hermano y su hermana Ana. Como ya no cabía, optó por representarse por encima de su madre, como si estuviera flotando. La similitud con Ana proviene de un trazado del pelo similar: en ambas lo realiza con dos líneas onduladas, largas y de color anaranjado. Por el grado de vitalidad de los dibujos, apuntamos que son dos niñas alegres y que se sienten felices dentro de la familia.





¿Tienen los hermanos mellizos las mismas capacidades? En el caso de que uno se destaque dentro de alguna temática, ¿el otro también los hará? Son algunas preguntas que pueden surgir cuando unos padres los son de hijos o hijas mellizos o gemelos.

En principio, uno puede estar tentado a pensar que tendrían facultades similares; pero lo cierto es que no es así: el hecho del parecido físico no conlleva necesariamente a que sus dotes intelectuales y emocionales estén determinadas genéticamente, puesto que en desarrollo personal de cada uno de ellos aparecen otros factores que van a tener una influencia relevante.

Sin embargo, uno puede encontrarse casos que sorprenden, como es el de Samuel y Saúl, hermanos mellizos de también 5 años, ambos apasionados por la estética de los cómics y dibujos animados japoneses. Al acabar el trabajo en la clase, nos entregaron los dos dibujos anteriores y que nadie diría que son de dos hermanos que tienen solo cinco años.

De todos modos, siguiendo los postulados de las inteligencias múltiples, de las que nos habla el psicólogo estadounidense Howard Gardner, hemos de entender que hay niños y niñas con grandes capacidades innatas en la denominada inteligencia visual y que destacan en sus trabajos de dibujo por encima de sus compañeros de clase. Es lo que acontece con Samuel y Saúl.

Por otro lado, y puesto que llevo bastantes años investigando dentro de este campo, quiero decir que me he encontrado con casos sorprendentes de grandes dotes creativas dentro del dibujo y en edades que se corresponden a Educación Infantil. Sin embargo, esas dotes creativas, si no se les presta la debida atención, pueden bloquearse o frustrarse cuando entran en Primaria, puesto que, por desgracia, en nuestro país no se le da la importancia que tienen, y no digamos las referidas a la Educación Plástica, que está relegada de una manera escandalosa.





Hemos hablado de hermanas y de hermanos mellizos. Sin embargo, como todos sabemos, también pueden ser mellizos un niño y una niña; no así gemelos, que tienen que ser necesariamente ambos del mismo sexo.

Mellizos son, pues, Carlos y María, ambos de 7 años. Por deseo de sus padres se encontraban en distintas aulas cuando realizaron los dibujos que hemos mostrado. Y es que la vivacidad y complicidad de ambos en los juegos era tal que se buscaban el uno al otro

A la hora de representar la familia, el primero se decide por dibujar la nueva situación familiar, dado que su padre anteriormente estuvo casado con otra pareja, por lo que tiene hijos procedentes de su anterior matrimonio.

En cambio, María, su hermana melliza, opta no solo por dibujar a su familia biológica, sino también a sus hermanos (en vez de hermanastros) tal como ella lo indica en los nombres que va poniendo a cada uno de ellos, lo que es expresión de la aceptación que tiene tanto de su nueva familia como de los miembros que nacieron de la pareja anterior de su padre.

Son, pues, dos visiones un tanto diferenciadas, en función de los aspectos emocionales que cada uno haya desarrollado de la realidad familiar que ellos ya conocen.

AURELIANO SÁINZ


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