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Mostrando entradas con la etiqueta La vida empieza hoy [José Antonio Hernández]. Mostrar todas las entradas
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17 de junio de 2022

  • 17.6.22
El punto de partida de Verdad. Una breve historia de la charlatanería (Barcelona, Editorial Paidós, 2022) es la constatación de unos hechos: que, “como humanos, nos pasamos nuestra vida nadando en un mar de sandeces, de medias verdades y falsedades descaradas, y cómo nuestra vida social depende de un flujo constante de mentiras piadosas”.


El autor nos propone que cada uno de nosotros nos preguntemos cómo puede avanzar la humanidad hacia un futuro más veraz. Tom Phillips, periodista y editor de Full Fact, empresa de comprobación de datos, nos muestra cómo en la actualidad la verdad y las verdades se están devaluando en la vida individual y colectiva debido a ese cúmulo de mentiras que socaban las convicciones que deberían sustentar y orientar las tareas profesionales, las relaciones sociales, las ideologías políticas y las convicciones religiosas.

Explica detalladamente las diferentes formas ingeniosas con las que la humanidad, a lo largo de la historia, ha logrado evitar la verdad porque “siempre que ha habido dinero fácil de ganar y personas crédulas a las que engañar, ha habido alguien dispuesto a interpretar creativamente los hechos para sacarles los cuartos a la gente”.

Tras esta categórica afirmación es comprensible que le preguntemos sobre el origen, sobre la gravedad y sobre las consecuencias de este hábito tan universal y tan permanente que tiene mucho que ver con nuestras vidas individuales y con nuestro bienestar colectivo: con la bondad, con la belleza y, por lo tanto, con la vida humana o, en otras palabras, con el bienestar.

Las consecuencias más visibles y, al mismo tiempo más peligrosas, son las generalizadas convicciones de que nada es verdad o de que todo es mentira, una conclusión que conduce a un peligroso escepticismo y a un dañino nihilismo que amenazan el equilibrio y nuestro bienestar personal, y perturban la convivencia y la colaboración social.

En sus diferentes capítulos explica “el origen de lo engañoso”, examina los orígenes de nuestro insaciable deseo de noticias, explora las consecuencias de la desinformación, de la fascinación que provocan los estafadores y, finalmente, llega a algunas conclusiones sobre las actitudes y los comportamientos que deberíamos adoptar para lograr un futuro más veraz.

A mi juicio, esta obra divertida, amena e inteligible es oportuna por la actualidad de los problemas serios que plantea y práctica por la serie de orientaciones concretas que nos proporciona para que identifiquemos y para que nos defendernos de las destrezas retóricas de algunos de nuestros hábiles líderes políticos actuales asesorados por sus nutridos gabinetes propagandísticos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

10 de junio de 2022

  • 10.6.22
La variedad de hábitos culturales, la pluralidad de partidos políticos e, incluso, la diversidad de creencias religiosas son condiciones inevitables, respetables y positivas y, a mi juicio –cuando se expresan y se viven de manera correcta y respetuosa– contribuyen al enriquecimiento humano individual y al bienestar social.


En mi opinión, en la actual situación globalizadora es imprescindible que se elabore y se practique una Ética Mundial que ampare, defienda y oriente las conductas de todos los ciudadanos del mundo, que haga posible la convivencia en paz y la colaboración mutua para lograr el bienestar necesario y posible de todos los seres humanos y, además, un compromiso global con las personas y con el planeta. Me refiero a esos principios, criterios y pautas de comportamiento que a todos nos deben obligar, con independencias de las diferencias culturales, religiosas, políticas, artísticas e, incluso, deportivas.

Es necesario que, para salvarnos de un naufragio colectivo y para mejorar la vida de millones de personas, además de exigir el respeto a la serie de derechos comunes, todos cumplamos las mismas obligaciones que se derivan de la dignidad de todos los seres humanos. Deberíamos empezar por tener muy en cuenta que todos somos mutuamente dependientes y todos estamos inexorablemente conectados.

Este Mundo Global padece hoy unos problemas graves que exigen soluciones importantes, globales y urgentes. Es necesario, por lo tanto, que creemos una red mundial de respeto y de solidaridad que, por ejemplo, defienda y proteja nuestra tierra común para los habitantes actuales y para las nuevas generaciones.

Alcanzar este objetivo solo será posible si asumimos esa Ética Global como cauce y denominador común imprescindible. Podríamos empezar preguntándonos cada uno de nosotros cómo actuamos y a qué estamos dispuestos a comprometernos para hacer responsablemente lo que está en nuestras manos.

En mi opinión, este es el momento adecuado para que filósofos, psicólogos, sociólogos y científicos reflexionen conjuntamente para esbozar los contenidos fundamentales e imprescindibles que definan e impulsen una educación ciudadana orientada hacia una sociedad mundial diversa e inclusiva más respetuosa con nuestro planeta.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

3 de junio de 2022

  • 3.6.22
Para saber si un dibujo, una pintura, una escultura, una melodía o un texto literario son artísticos es imprescindible que respondamos de manera clara y acertada a la siguiente pregunta: ¿Qué es el arte? Esta cuestión es fundamental e interesante para los profesores, para los críticos, para los coleccionistas y, en general, para todos los amantes de las creaciones artísticas.


Las respuestas que han dado los historiadores, los filósofos y los artistas han sido muy diferentes a lo largo de nuestra historia de la civilización y, en la actualidad, también se siguen proponiendo definiciones simplistas y discutiendo propuestas antiguas, a veces, con excesiva pasión.

En Qué es el arte (Barcelona, Paidós, 2013), Arthur G. Danto, profesor, crítico y teórico de la filosofía del arte del siglo XX, aplica el doble criterio de “lo posible” y “lo existente” para definir este concepto y explica e ilustra cómo la belleza, “un valor del siglo XIII”, no constituye la definición adecuada del arte.

Frente a quienes piensan que el arte imita la realidad mediante distintos procedimientos, él explica y demuestra cómo no todas las obras valoradas como artísticas cumplen la función de imitar: “Con el advenimiento de la modernidad, el arte dejó de ser un espejo de imágenes, o, mejor, dejó paso a la fotografía como pauta de fidelidad con la imagen real” (p. 18). La definición ha de ser, según él, un concepto cerrado que incluya una serie de propiedades generales que, de algún modo, expliquen por qué el arte es universal (p. 19).

En esta obra nos muestra cómo el concepto de arte posee un sentido mucho más amplio, y nos demuestra con ejemplos variados cómo la búsqueda de la verdad visual no forma parte de la definición del arte: “no es la marca del arte como tal”. Recurriendo a obras de Giotto, de Pablo Picasso, Matisse, Marcel, Warhol o Andy Duchamp, explica cómo el arte no copia la realidad como lo hace una cámara de fotos, sino que interpreta lo que sucede y, además, lanza un mensaje.

A mi juicio, sus detallados análisis sobre “Restauración y significado”, en los que justifica su valoración positiva y diferente a las críticas de otros relevantes especialistas como Twombly o Roscio, aplica su definición “filosófica” al arte y a la restauración, y muestra su convicción de que, para interpretar, valorar y disfrutar de los cuerpos o de los episodios representados en las obras artísticas, necesitamos tener en cuenta, en la medida de lo posible, la percepción científica de los biólogos y, además, la visión de la psicología popular, esa que nos descubre los significados que le atribuimos: “el cuerpo que siente sed y hambre, pasión, deseo y amor”.

Ese cuerpo que en las obras antiguas describen los hombres en la batalla, los hombres y las mujeres en el amor y en el dolor, el cuerpo que “nuestra tradición artística ha tratado tan gloriosamente durante tantos siglos, y algo menos gloriosamente en un cierto tipo de arte de perfomance en la actualidad” (p. 127).

Estoy convencido de que la lectura desapasionada de esta obra ayudará a revisar nociones anquilosadas, prejuicios tradicionales y recetas convencionales que, en la práctica y en la teoría, son parciales, arbitrarias y, también, inútiles.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

27 de mayo de 2022

  • 27.5.22
Es normal, razonable y positivo que, a medida en que envejecemos, nos vayamos haciendo más sensibles a los peligros que corremos. En mi opinión, sin embargo, deberíamos distinguir los temores moderados y los miedos incontrolados, esos que nos impiden vivir de una manera suficientemente tranquila.


Los que seguimos atentamente las informaciones de los medios de información, los comentarios de los críticos y las declaraciones de los políticos corremos el riesgo de sucumbir a la ansiedad, al desasosiego y al desvelo, esas emociones negativas que turban la necesaria tranquilidad para, simplemente seguir viviendo.

Estoy de acuerdo en que, para defendernos de los miedos –un arma utilizada por los que aspiran a alcanzar o a mantenerse en el poder– es importante que nos informemos, pero también que, además, analicemos los mensajes que contienen y reflexionemos sobre sus explícitas intenciones.

Para evitar que las personas o los grupos políticos, económicos, sociales y religiosos nos asusten con sus amenazantes augurios, no tenemos más remedio que, en la medida de lo posible, aplicar el sentido crítico a sus, a veces, alarmantes mensajes.

Como primer paso, empecemos por desconfiar de quienes solo anuncian ruinas, solo pronostican pobreza, solo prevén desastres, y, en especial, de quienes solo alientan el temor al mundo, el miedo a la modernidad y el terror al infierno.

Con realismo, miremos el mundo de una forma más amable y comprensiva, y abordemos los problemas con serenidad: “Ni el mundo es tan malo como nos imaginamos, ni nosotros tan buenos como nos creemos”. Admitiendo que algunas conductas son perversas y denigran la condición humana, tomemos conciencia de lo que pasa, utilicemos la cabeza, desarrollemos la inteligencia y apliquemos la razón. Busquemos procedimientos para controlar esos temores irracionales con el fin de evitar que se conviertan en miedos paralizantes.

El miedo, ese estremecimiento incontrolado por lo que todavía no ha pasado y quizás nunca pasará, ese vértigo originado por la oscuridad ante el abismo de lo extraño, de lo insólito y de lo desconocido, solo se alivia por la presencia reconfortante, estimulante y consoladora de las personas próximas, de los seres queridos, de los familiares y de los amigos. No confundamos, por favor, el miedo con la cobardía.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

20 de mayo de 2022

  • 20.5.22
Como es sabido, el contenido de los relatos históricos depende, en cierta medida, de la situación desde la que se cuentan y de la perspectiva que adopta quien los escribe. Esta obviedad también es aplicable a la Historia de la Ciencia. Tengamos en cuenta que, por muy rigurosos que sean los historiadores, en sus “narrativas” influyen sus convicciones políticas, sociales, éticas y religiosas y, por supuesto, sus prejuicios culturales.


Recordar esta evidencia es importante para valorar la importancia de Horizontes. Una Historia Global de la ciencia (Barcelona, Crítica, 2022), una obra de James Pokett que muestra, explica y demuestra cómo los relatos escritos “durante cualquier periodo” se han centrado exclusivamente en Europa.

James Pokett, profesor de Historia de la Ciencia, admite que los científicos actuales ya reconocen el carácter internacional de los progresos científicos, pero nos muestra cómo lo aplican solo a los estudios del siglo XX y no a “algo que empezó hace más de quinientos años”. Demuestra, además, cómo las contribuciones científicas realizadas fuera de Europa también deben formar parte del “apogeo” de la ciencia moderna.

Si la mayoría de los historiadores defienden que la “ciencia moderna” se inició en Europa durante los siglos XVI y XVIII, él explica cómo, más que un producto de la cultura europea, ha sido el resultado de la unión de personas y de investigaciones de todo el mundo como, por ejemplo, de las noticias que llegaban en las caravanas que viajaban a lo largo de la Ruta de la Seda y de las informaciones que proporcionaban los galeones que navegaban por el océano Índico.

Defiende que los momentos clave de la historia global de la ciencia han condicionado su desarrollo y, con sus minuciosos análisis de los hitos más importantes, demuestra cómo los descubrimientos de la nueva astronomía del siglo XVI hasta la genética del actual siglo XXI y el desarrollo de la Ciencia Moderna están determinados por los intercambios culturales globales.

Tras sus investigaciones sobre los cuatro periodos en los que se produjeron los cambios mundiales condicionantes del desarrollo de la Ciencia Moderna, llega a la conclusión de que “estamos viviendo otro momento clave de la historia global y que los científicos de todo el mundo se encuentran en el centro de un conflicto geopolítico que mantiene enfrentados a China y a los Estados Unidos”.

Importantes, a mi juicio, son los detallados análisis que hace de los tres ámbitos principales de la investigación científica actual: la inteligencia artificial, la exploración espacial y la ciencia climática. Me atrevo a aventurar que las aportaciones más sustanciales de esta obra son las pistas orientadoras que proporciona a historiadores, periodistas, críticos, políticos y a todos los ciudadanos interesados por las ciencias, por la historia y por el conocimiento para que analicemos los problemas actuales de los diferentes ámbitos económicos, sociales y culturales, y, sobre todo, para que discernamos, en la medida de lo posible, las diferentes sendas del futuro. Estoy de acuerdo con él en que el conocimiento y la mejor compresión del “pasado global” es indispensable para responder a la pregunta que todos nos hacemos: ¿hacia dónde nos dirigimos?

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

13 de mayo de 2022

  • 13.5.22
Los dos “instintos humanos” más primarios y, por lo tanto, los más irreprimibles, son el de supervivencia (individual y colectiva) y el de identidad (individual y colectiva). Mientras tenemos vida, en el sentido más elemental de esta palabra, nos sentimos enérgicamente impulsados a conservarla y, en la medida de lo posible, a prolongarla.


Podríamos afirmar que estamos dispuestos hasta a perder la vida con el fin de lograr los medios indispensables para mantenerla. El otro instinto, no mucho menos irrefrenable, es el de la identidad, y consiste en un impulso a ser uno mismo y a exigir respeto a la propia condición personal y colectiva.

En la actualidad, debido a la movilidad y a los permanentes cambios de residencia, el conocimiento de los complejos mecanismos psicológicos y sociológicos que intervienen en la composición de las identidades colectivas alcanza una importancia decisiva porque tiene graves y complejas repercusiones en la convivencia social y en las relaciones políticas. Tengo la impresión de que los gobernantes y los líderes de opinión caen en una ingenua, inútil y, a veces, peligrosa simplificación.

No suelen tener en cuenta la variedad de identidades a las que pertenecemos de forma simultánea –naturaleza humana, origen, nacionalidad, religión, sexo, profesión, aficiones, etc.– ni reconocen que la elección de las identidades prioritarias no depende exclusivamente de cada uno de nosotros porque, a veces, son los demás quienes nos la asignan.

Las identidades –sobre todo las culturales, las religiosas y, a veces, las deportivas– son fuentes de orgullo legítimo y de lícita alegría, pero también están en el origen de la mayoría de las dolorosas exclusiones sociales y de los sangrientos conflictos políticos que, debido a sus efectos disgregadores, terminan haciendo del mundo un lugar cada vez más peligroso.

Cuando no somos capaces de dominar la potencia del instinto de identidad y la fuerza de las inclinaciones tribales podemos caer en un discurso patriotero y en una amenaza para una sociedad que, inevitablemente, es y seguirá siendo cada vez más plural y más cosmopolita.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

6 de mayo de 2022

  • 6.5.22
En esta ocasión me permito expresar mi convicción de que la lectura de Ordenar el mundo. Cómo 4.000 años de leyes dieron forma a la civilización (Barcelona, Crítica, Editorial Planeta, 2022), de Fernanda Pirie, será notablemente útil para los estudiosos de las diferentes Ciencias Humanas que pretendan profundizar en las raíces hondas de nuestra actual civilización.


Es posible que, como ocurrió en 1497, tras el viaje de Vasco da Gama cuando dobló el cabo de Buena Esperanza, algunos lectores también se asombren al conocer el “rico y sofisticado mundo de Asia con sus importantes avances comerciales y tecnológicos, con sus complejas estructuras de gobierno y con sus detalladas leyes”. Eran unos momentos en los que los europeos carecían de sistemas políticos, educativos y jurídicos tan minuciosos y tan sistematizados.

Aunque Fernanda Pirie acepta que “los sistemas jurídicos nacionales que existen actualmente en todo el mundo se basan en su totalidad en los elaborados por las naciones europeas en los siglos XVIII y XIX”, también reconoce que las diferentes leyes fundacionales de Mesopotamia, China y la India, “aportaron las formas que han adoptado todas las legislaciones posteriores”.

Lo más importante, a mi juicio, es su conclusión de que, aunque, a veces, las leyes han servido para consolidar el poder de los poderosos, para ampliar sus dominios o para disciplinar a las poblaciones, también han ayudado a establecer un orden y una justicia que hicieran posible la convivencia social.

La profesora Fernanda Pirie detalla en la primera parte de esta obra el surgimiento y la caída de los sistemas legales que sustentaron los antiguos imperios y las tradiciones religiosas en Mesopotamia, en Grecia y en Israel. Explica los contenidos de las leyes relativas al culto, a los ritos y a los sacrificios religiosos, y analiza las pautas que orientaban los comportamientos sociales e, incluso, las normas que servían para conservar la salud del cuerpo y del espíritu.

También nos cuenta cómo, tanto en el cristianismo como en el islamismo, fueron los reyes, los sacerdotes, los jueces y los juristas quienes elaboraron los principales sistemas jurídicos del mundo, aunque, a veces también, algunas personas que vivían al margen de las instituciones, aportaran sus propios proyectos y ambiciones, inspirándose en costumbres y en tradiciones. Tras estos análisis llega a la conclusión de que “lo que verdaderamente une a los seres humanos es nuestra fe en que las leyes pueden producir justicia, combatir la opresión y crear un orden a partir del caos”.

En mi opinión, esta obra constituye una herramienta imprescindible para que los profesionales del Derecho, de la enseñanza y de la política ahonden en las raíces de las pautas que deben orientar las actividades políticas, sociales, laborales y familiares con el fin de que el mundo actual, tan entrelazado y tan interdependiente, sea, simplemente, más habitable: si queremos valorar la importancia de la ley y cómo se puede regir nuestro mundo, no tenemos más remedio que conocer la Historia.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

29 de abril de 2022

  • 29.4.22
Aunque no podemos afirmar que los estilos literarios coinciden necesariamente con el perfil humano de sus autores, a través de la lectura de Rincón de sombras (España y México, Editorial Kolaval, 2022) podemos identificar los contenidos y los ecos más hondos de las vivencias interiores de José Joaquín León, un poeta que nos descubre los significados sugerentes del paisaje y que nos orienta y nos estimula para que amemos la tierra, para que salvemos la humanidad y, sobre todo, para que vivamos la vida.


Gracias a la transparencia de sus palabras, podemos sentir y con-sentir, las vibraciones íntimas de los episodios vitales y los fondos misteriosos de su conciencia humana. En mi opinión, la calidad poética de estos textos radica en la agudeza con la que penetra en el misterio de su conciencia e indaga en el sentido de sus trascendentes aspiraciones.

Desde sus primeros versos en los que expresa cómo la vida humana es la asunción y la superación de la esencial paradoja entre el todo y la nada, entre la afirmación y la negación, entre la ficción y la realidad, entre los valles y las montañas, entre el cielo y el infierno, nos descubre cómo la vida se define por la muerte y la muerte por la vida.

Esta obra –que aplica los procedimientos estilísticos de las creaciones clásicas– nos descubre y nos describe cómo la literatura es la constatación y la superación de la paradoja humana: un puro misterio de contradicción.

Fíjense en la habilidad con la que opone, conjuga y armoniza el “nacimiento” y la “muerte”, el “frío” y el “calor”, el “tiempo” y la “eternidad”, el “océano” sin “agua”, el “cielo” y el “infierno”, la “ficción” y la “realidad”, la “guerra” y la “paz”, la “gloria” y la “humillación”, el “amo” y el “esclavo”.

La razón profunda de las sorpresas y de las emociones que nos generan estos versos es la fuerza con la que nos muestran esa contradicción vital que, en última instancia, es trascendida por la unión –“misterio de comunión”– que hace posible el “fuego frío” porque “el sabor entre almibarado y ácido borra la distancia/antaño lejanísima de la virtud y el pecado”.

Ésta es, a mi juicio, la clave que explica ese interés vital que sus versos nos despiertan acertando con los senderos que conducen directamente a nuestras entrañas. No es extraño, por lo tanto, que mediante estos “latidos luminosos”, logre abrir unos surcos generosos que conectan con nuestras diferentes sensibilidades y son capaces de serenar nuestros ánimos.

Este poemario constituye, a mi juicio, una muestra de poesía, de la poesía de siempre y, por lo tanto, de la poesía actual. Gracias a su mirada aguda, los espacios y los objetos se transforman en tiempo, y el tiempo –medido, sentido y vivido– se convierte en música y en poesía. Ésta es la clave por la que este es un libro que nos hace latir, recordar e imaginar porque, efectivamente, aunque:

El paisaje es anacrónico, histérico,
con una carga natural que rezuma belleza,
eleva, mantiene y desciende el ánimo
al compás fijo de su lenta cadencia.

Lucecita titilante en una noche húmeda,
creada para gozarla acompañados.
Yo con ella, ella conmigo,
y el amor en el centro, entre ambo
s.

Estos versos constituyen estimulantes bocanadas de aire saludable que purifican nuestro espíritu y nos ayudan para que, repasando y repensando nuestras vidas, reflexionemos sobre las cosas importantes, esas que nos hacen sentir y emocionarnos, disfrutar y sufrir, llorar y reír.

Son enjundiosas y saludables píldoras que, elaboradas con los jugos extraídos de las experiencias cotidianas y procesadas con unos extractos que el autor ha alambicado a través de una serena meditación, contienen una notable energía nutritiva y un singular poder curativo. Con este Rincón de sombras José Joaquín nos regala una fórmula para desentrañar e interpretar el misterio de la vida humana: “una creencia armoniosa y desgarrada,/ pasión incontenible que rezuma amor”.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

22 de abril de 2022

  • 22.4.22
En mi opinión, El marinero (Madrid, Hermida Editores) resulta –puede resultar– esclarecedor para los conocedores de la obra poética de Fernando Pessoa (1888-1935) y orientador para los que aún no han leído sus creaciones. A los primeros les descubre las raíces de su concepción teatral y a los segundos les proporciona las claves de sus propósitos como artista, como intelectual, como creador y como pensador.


Tengamos en cuenta que El marinero no es un simple libreto, un mero guion destinado a la representación escenográfica sino un texto que nos lo ofrece para que lo leamos, lo escuchemos y lo pensemos en la soledad y para que lo interioricemos en nuestra conciencia íntima. Es un conjunto de sugerentes ideas que, además de sorprendernos, nos hacen dudar de nuestras convencionales certezas y, a veces, a sospechar del significado de nuestras palabras usuales.

Como acertadamente indica Pablo Javier Pérez López, en su imprescindible y agudo prólogo, el teatro de Pessoa es “extático” porque ahonda en el fondo misterioso del alma humana, porque “denuncia el desequilibrio del teatro entre la acción y el pensamiento” y “estático” porque, en vez de movimientos espaciales, revela los ecos secretos y misteriosos que las palabras despiertan en el espíritu: en el suyo y en el nuestro.

Esta obra estimula nuestra reflexión sobre la realidad y sobre la irrealidad de los tiempos pasados, presentes y futuros, sobre las verdades y sobre los errores de la vida, sobre los significados de los sueños mientras dormimos o mientras estamos despiertos, y sobre los significados de las palabras y de los silencios, de esos silencios que toman cuerpo, hacen cosas y nos envuelven como una misteriosa capa. Los sueños que crean y cincelan en la materia del alma los paisajes, las calles, los callejones, los barrios, las murallas de los muelles, los puertos e, incluso, a las gentes porque, en resumen, todas las cosas, todas las vidas son soñadas.

El cuarto oscuro de un castillo antiguo, en el que se celebra la conversación, los cuatro faroles en las esquinas, la ventana desde la que se ve, entre dos montes lejanos, un pequeño espacio de mar, y, sobre todo, las tres doncellas que, vestidas de blanco, velan el cadáver de otra joven depositada en un ataúd colocado sobre un catafalco desvelan la personalidad del poeta Fernando Pessoa, expresan la esencial contradicción de la vida humana y constituyen el resumen del principal recurso de su obra: la paradoja.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

16 de abril de 2022

  • 16.4.22
En esta ocasión me permito confesar que, desde hace más de quince años, tenía curiosidad de leer El día de la langosta (Madrid, Hermida Editores, 2022), de Nathanael West, una obra a la que aludía el crítico Harold Bloom en aquel libro provocador titulado El canon occidental, “un catálogo de libros preceptivos” en el que, como es sabido, nos ofrece una relación crítica de los escritores más representativos e influyentes de nuestra literatura.


Reconozco que Nathanael West era uno de los autores cuyas obras yo desconocía totalmente y cuya búsqueda ha sido baldía hasta que, finalmente, Hermida Editores ha publicado una traducción española de El día de la langosta, publicada en 1939 y que fue llevada al cine en 1975 con el mismo título.

El relato se desarrolla en Hollywood, California, durante la Gran Depresión, y plantea la desasosegada convivencia de quienes merodeaban en los alrededores de la industria cinematográfica. En mi opinión, uno de los mayores alicientes de esta obra de ficción es la eficacia con la que, a pesar de que nos traslada a un mundo alejado del nuestro, temporal, geográfica y culturalmente, nos explica unas actitudes y unas conductas que, en diferentes grados, son análogas a los comportamientos que, en la actualidad, son frecuentes en ambientes próximos a nosotros.

También aquí y ahora, por ejemplo, gran parte de la gente viste ropa deportiva que no es para hacer deporte sino, simplemente, son “disfraces” para dar a entender lo que no somos, pero deseamos serlo. También aquí y ahora, “es difícil reírse de la necesidad de la belleza y del romance”. Tengo la impresión de que, en gran medida, ilusionarnos con las apariencias y con las aspiraciones es, simplemente, vivir.

Como es sabido, las peripecias humanas que narran las novelas –las buenas novelas– poseen un fondo de convicciones y de convenciones que, de manera más o menos explícitas, se repiten en las diferentes épocas y en las distintas culturas.

Gracias a la descripción de los escenarios en los que se desarrollan los diversos episodios, a los escuetos dibujos de los personajes y, sobre todo, a la hábil narración de los sorprendentes episodios, la lectura de esta obra me ha generado la sensación de que yo también participaba como un espectador privilegiado en aquel mundillo.

Estoy convencido de que aquí, muy cerca de nosotros o, al menos, en algunos programas de televisión, podemos reconocer, aunque con diferentes nombres, a personajes como, por ejemplo, el pintor Tod Hackett, el exencargado de contabilidad en un hotel, Homer Simpson, o la aspirante a actriz Faye Greener, esos seres originales que merodean por los alrededores de las salas de cines, de las plazas de toros o de los estadios deportivos buscando oportunidades.

A mi juicio, uno de los valores literarios de este relato es la habilidad con la que el autor Nathanael West estimula sensaciones y emociones que, en conjunto, proyectan una realidad humana que sigue vigente en nuestra sociedad actual.

Todos hemos escuchado reiteradas veces que la literatura nace de un conflicto con el mundo, de un choque de conductas, de una puesta en cuestión de la realidad que vivimos. Esta novela explica nuestra reacción ante situaciones adversas, nos abre vías para expresar emociones negativas o para mostrar sentimientos positivos y, a veces, para manifestar el malestar interior por acciones inmorales que tienen lugar aquí mismito, a nuestro lado.

Parto del supuesto, sin embargo, de que la estética y, más concretamente, la literatura, poseen la autonomía de la imaginación del lector que interpreta, que valora y que disfruta con los relatos desde la profundidad y desde la originalidad de su yo. Curiosamente, Tod Hackett que había acudido para buscar inspiración para su pintura, descubrió un nuevo rumbo en medio de las violencias de las escenas finales.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

8 de abril de 2022

  • 8.4.22
El hecho de que el pensamiento y el lenguaje expresen nuestro modo de comprender, de explicar, de transformar y de estar en el mundo justifica el interés con el que los filósofos, los psicólogos, los pedagogos y los lingüistas han analizados sus complejas relaciones.


Las diferentes explicaciones han puesto de manifiesto que la acción de los sentidos está en el origen de los procesos de comunicación y en la base sobre la que se asientan las operaciones de simbolización pero que, en ellas, intervienen además las emociones, la imaginación, la voluntad y, por supuesto, las operaciones tradicionalmente calificadas como “lógicas”.

El lenguaje muestra nuestra capacidad para hacer visible lo invisible, para decir lo indecible y para traducir la realidad material en la sustancia del espíritu que late en el fondo de todos los seres de la naturaleza y para convertirlos en contenidos de las conciencias de los hablantes.

En Pensamiento y lenguaje (Barcelona, Paidós, 2022), Lev Vygotsky, un teórico de la literatura, de la estética y de la filosofía, aborda desde la perspectiva psicológica las relaciones entre el pensamiento y el lenguaje partiendo del supuesto de que esta es la vía más adecuada para “descubrir los orígenes de las formas más altas de la conciencia humana y de la vida emocional”. Afirma categóricamente que “las obras de arte, los argumentos filosóficos y los datos antropológicos no son menos importantes que las pruebas directas de la psicología”.

Tras someter a un detallado análisis crítico las teorías contemporáneas más ricas, nos proporciona las conclusiones de sus estudios experimentales de, por ejemplo, la relación del lenguaje escrito con el pensamiento o con el habla interna –nuestra permanente conversación con nosotros mismos– basándose siempre en las raíces genéticas del pensamiento. Deja suficientemente claro que sus diferentes estudios se orientan convergentemente hacia el objetivo de describir la relación entre el pensamiento y la palabra hablada.

En mi opinión, sus conclusiones arrojan abundante luz para descubrir, por ejemplo, las claves profundas de los poderes persuasivos y artísticos que poseen las imágenes sensoriales –no solo las visuales– y para comprender las razones de su permanente utilización en las diversas épocas y en los diversos géneros literarios, artísticos y periodísticos.

Sus reflexiones sobre la acción de los sentidos, por ejemplo, facilitan la compresión de su propuesta, según la cual las ideas poseen unos “cuerpos” dotados de dimensiones y de cualidades sensibles y de que, por otro lado, las realidades materiales se llenan de significados artísticos y literarios.

Estoy convencido de que la lectura atenta de esta obra resultará orientadora no solo para los psicólogos, sino también para los filósofos, para los teóricos y críticos del arte y de la literatura, y, por supuesto, para los periodistas y comunicadores. Son unos conceptos que nos sirven de base para desarrollar nuestras propuestas sobre los análisis descriptivos y valorativos de los procedimientos artísticos, de los recursos literarios y de los mecanismos persuasivos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

1 de abril de 2022

  • 1.4.22
Por supuesto que repruebo la bofetada que Will Smith propinó a Chris Rock en la gala de los Oscar, pero también estoy en contra de la desafortunada broma que éste le gastó sobre el pelo rapado de su esposa Jada Pinckett Smith, quien había reconocido abiertamente que sufre alopecia.


El fácil recurso de provocar la risa refiriéndose a los defectos físicos de los demás, además de molestar y de agredir, revelan una falsa superioridad y un provocador desprecio. El humor, el buen humor, ejerce funciones terapéuticas, incluso cuando se refiere a vulnerabilidades y a deficiencias corporales, solo si despierta la comprensión y la compasión.

Pero, cuando no se expresa con amabilidad y con delicadeza, el humor aumenta los daños y los sufrimientos de quienes se sienten agredidos, y descubre la hinchazón y la vaciedad de quienes lo emplean. En esos casos, el humor no es un procedimiento para distraernos de la realidad sino una forma contraproducente de ocultar las propias carencias: es una manera burda de molestar o de herir.

Existe una clara distinción entre reírse con… y reírse de…, entre la diversión civilizada y las risotadas vulgares. Recordemos cómo Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, insiste en la diferencia entre el humor de las personas educadas y “el mal ángel” de la gente maleducada.

En esta obra asigna un distinguido lugar al ingenio y lo sitúa al lado la amistad y de la sinceridad como una de las tres virtudes sociales, pero este tipo de habilidad a la que él se refiere tiene mucho que ver con el refinamiento, con las buenas maneras y, en resumen, con la educación como, por ejemplo, cuando empleamos la “fina ironía”. Platón, en su República, también denuncia la costumbre de hacer reír acudiendo a las conductas groseras, incorrectas o vulgares.

La broma, cuando es amable y respetuosa, puede ser un regalo, pero cuando ofende, insulta o desprecia se convierte en burla que, como es sabido, es dañina, dolorosa y humillante: las chanzas son agresiones, insultos y, a veces, escarnios dolorosos.

No perdamos de vista que el humor, además de ser un juego de palabras gratas, es un festejo de nobles sentimientos, dos mecanismos de supervivencia de la vida humana, dos ingredientes que, aunque en distinta proporción, deberíamos administrar con habilidad, con tino y con gracia.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

25 de marzo de 2022

  • 25.3.22
En la actualidad, la mayoría de nosotros, a no ser que nos veamos sorprendidos por una enfermedad mortal o por un accidente trágico, nos encaminamos con relativa rapidez hacia una dilatada ancianidad. A mi juicio, debería ser normal que nos preguntáramos cómo estamos viviendo o cómo viviremos ese último recorrido que, si lo preparamos con habilidad, con esmero y con sabiduría, podría ser el tiempo adecuado para recuperar oportunidades, para aprender y para emprender los caminos de una longevidad lo más grata posible, para abrir puertas a lo desconocido, para escribir páginas aún en blanco, para extraer enseñanzas de las dolencias y de las limitaciones físicas y, en resumen, para vivir, para disfrutar y para celebrar lo que nos queda de vida.


Tengo la impresión de que, en contra de la opinión generalizada, el futuro, más que de los jóvenes, puede ser de los mayores porque, como revelan las estadísticas, el número de los nacimientos está descendiendo mientras que la cantidad media de vida de los ancianos está aumentando.

En contra de las apariencias, rendir culto a la juventud es una práctica engañosa que nos conduce a desarrollar unos esfuerzos inútiles y frustrantes. Por muchos que nos afanemos, nunca lograremos disimular totalmente las marcas corporales del paso del tiempo.

A veces, lo único que conseguimos es engañarnos a nosotros mismos con esas maneras ingenuas y contraproducentes, y lo único que hacemos es acentuar el inútil rechazo de la vejez. Esos procedimientos se convierten en manifestaciones claras de nuestros miedos a parecer lo que somos. Son formas infantiles de engañarnos y de falsificar el paso del tiempo.

Con esos comportamientos ingenuos ponemos de manifiesto que no somos capaces de advertir que la edad humaniza el paso del tiempo ni que la pretensión de una eterna juventud, repetida desde la mitología griega y romana, y un tema en las canciones populares, es un recurso publicitario mentiroso y contradictorio. Es una manera burda de mentir y de mentirnos. Por eso aplaudo a quienes, en vez de disimular, presumen de sus canas.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

18 de marzo de 2022

  • 18.3.22
Puedo estar equivocado. El camino hacia el verdadero bienestar (Barcelona, Ariel, 2022) es una autobiografía que nos descubre las cuestiones más palpitantes de nuestras vidas y nos estimula para que cultivemos los valores humanos más liberadores.


Christian Bobin Björn Natthiko Lindeblad nos proporciona unas pistas saludables para que nos acerquemos y nos alejarnos de la realidad, nos orienta para que penetremos en nuestro interior y, desde allí, contemplemos y disfrutemos del mundo que nos rodea.

El autor nos hace pensar y reflexionar, sentir y emocionarnos, recrearnos y sufrir, llorar y reír, y, nos sirve para que humanicemos nuestras relaciones con las personas y con las cosas. Es una invitación amable para que leamos, interpretemos, valoremos y disfrutemos con nuestras vidas.

Esta es la conclusión a la que he llegado durante la lectura de esta obra en la que el autor, con sencillez, con claridad y con belleza, nos relata cómo, tras abandonar su profesión de economista, experimentó una profunda y grata sensación de libertad, y cómo, tras sus primeras experiencias de meditación –una senda directa para reencontrarse consigo mismo, con los otros y con las cosas– se hizo monje budista en la selva de Tailandia.

Fue allí donde, a pesar de las escasas peripecias, fue descubriendo la importancia vital de la soledad, del silencio, de la luz y, en resumen, cómo existe otra vida escondida, sencilla y hermosa, en la que conocemos la persuasiva dulzura de los días sin gloria y el esplendor abandonado de lo invisible que nos rodea.

Nos explica cómo, a los ocho años en casa de sus abuelos, en una isla en las afueras de Karlskrona, sintió por primera vez “de verdad” que el planeta era su propia casa. Fue entonces cuando advirtió que los pensamientos, los sentimientos y las sensaciones corporales nos descubren nuestra intimidad y la de nuestro entorno.

Paradójicamente, se sorprendió cuando comprobó que el encuentro con su propia impotencia era la llave que volvió a abrir la puerta del bienestar, y que la mayor parte del sufrimiento psicológico que experimentamos es “voluntario y autoafligido”.

Importantes y concretos son, a mi juicio, sus análisis sobre, por ejemplo, los hábitos de culpar a los demás de nuestras frustraciones, y la conclusión a la que llega de que “nadie ni nada tienen que cambiar para que seamos y para que actuemos con autenticidad”: “Hay un nivel de conciencia humana al que le gusta mucho culpar de todo a los demás”, y aferrarnos a pensamientos que nos atormentan. Me permito invitarles a que, precisamente en estos momentos de agitación, de inseguridades y de temores, lean este libro que nos dibuja diferentes caminos convergentes para salir de los presentes atolladeros.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

11 de marzo de 2022

  • 11.3.22
Por muy cansinas que nos resulten las alarmantes informaciones sobre el imparable crecimiento de los trastornos mentales originados por los rápidos, múltiples y graves episodios que, en la actualidad, estamos sufriendo, es inevitable que insistamos en la necesidad de, en la medida de lo posible, conocer su naturaleza y frenar sus efectos.


Una de las características comunes de estas perturbaciones psíquicas es la ansiedad, esa tensión física y mental que está llegando a ser el denominador común de los comportamiento políticos, sociales, laborales, económicos, deportivos y culturales. En todos ellos advertimos que se eleva el nivel de estrés y el de presión hasta tal punto que no dejan lugar para, simplemente, vivir.

Si el ansia –ese deseo vehemente de emprender una actividad– es un motor decisivo para iniciar, para continuar y para terminar los trabajos difíciles de una manera exitosa, la ansiedad –esa inquietud incontrolable por actuar de manera inmediata– constituye, paradójicamente, un freno potente que puede paralizar o, al menos, entorpecer el progreso de las tareas complejas.

El profesor Judson Brewer, director de Investigación e Innovación del Mindfulness Center y profesor de Medicina en la Universidad de Brown, nos cuenta con detalle en Deshacer la Ansiedad (Barcelona, Paidós, 2022) cómo él fue descubriendo el origen, los factores y los efectos de la ansiedad, no solo investigando en las neurociencias sino también analizando sus propios ataques y los de los pacientes a los que él atiende.

En esta obra, además de explicarnos de manera clara y detallada cómo surge la ansiedad, nos propone unas fórmulas prácticas para identificar sus detonantes, para comprender la sucesión de los ciclos de miedo y de preocupación, y nos proporciona unos métodos prácticos para actualizar las redes de recompensa cerebral con el fin de liberarnos y de romper los ciclos de ansiedad.

Sus explicaciones sobre el funcionamiento del cerebro, sus pautas para descubrir los factores desencadenantes de la ansiedad nos descubren cómo, de manera progresiva, ese freno se va apoderando de todos nosotros y haciéndonos correr el riesgo de caer en el desánimo, en el desaliento y en la apatía. Y es que, efectivamente, la ansiedad, unas veces, nos bloquea y nos resta fuerzas y, otras veces, nos lanza al vacío o nos impulsa para que demos brincos frenéticos y saltos mortales.

En mi opinión, uno de los valores más importantes de este oportuno libro es que nos explica con claridad lo que nos ocurre a cada uno de nosotros en estos momentos críticos y, además, nos habla a nosotros en nuestro propio lenguaje.

Te agradezco, estimado amigo Judson, tu generosidad por compartir con nosotros tus experiencias, tu acierto en el uso de un lenguaje asequible y tu humilde disposición de seguir aprendiendo de los pacientes e, incluso, de nosotros tus lectores.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

4 de marzo de 2022

  • 4.3.22
Efectivamente somos animales humanos, y, por lo tanto, no somos solo animales. Somos personas que pensamos, que imaginamos, que hacemos proyectos y que nos ilusionamos, que nos alegramos y nos entristecemos, que practicamos acciones buenas y acciones malas, que sentimos amor y odio, que nos relacionamos con otras personas que son sujetos de derechos y de deberes.


Nuestro mundo es un espacio compartido en el que pretendemos movernos con libertad, y, para mejorarlo y para hacerlo más habitable, necesitamos dirigirnos a otros seres libres, conversar con ellos, dialogar y colaborar.

Con estas afirmaciones tan elementales y tan sabidas, llegamos a la conclusión de que, para entendernos, debemos estudiar y aplicar, además de los principios de la Física, de la Química, de la Biología y de la Genética, las nociones de otras ciencias que nos expliquen las maneras humanas de actuar.

A mi juicio, este es el punto de partida implícito y la conclusión clara a la que he llegado tras la lectura detenida de La mente parasitaria. Cómo las ideas infecciosas están matando el sentido común (Barcelona, Deusto), una obra de Gaad Saad que nos cuenta cómo su vida, y, más concretamente, sus dolorosas experiencias en la guerra civil libanesa y en la guerra desatada, sobre todo, en los campus universitarios estadounidenses contra la razón, la ciencia y la lógica, han determinado que, como “librepensador alérgico al pensamiento de grupo”, se decidiera a ser profesor tras comprobar que esa “intelectualidad universitaria” generaba unas corrientes patógenas de pensamiento que influían en el resto de la sociedad.

Reconociendo que somos animales que pensamos, sentimos y actuamos, nos advierte sobre los riesgos de invertir este orden y de actuar impulsados por las emociones sin razonar previamente. A su juicio, esta alteración del orden racional genera unas formas de pseudo profundidad enmascarada de verdad.

En esta obra analiza minuciosamente los elementos patógenos de la mente que determinan unos patrones de pensamiento, unos sistemas de creencias, de actitudes y de modos de pensar que parasitan la capacidad de emplear la razón, la lógica y la ciencia para conducirnos por el mundo.

Explica con detalle cómo “aunque cada virus de la mente constituye una cepa distinta de locura, todos se rigen por el rechazo total de la realidad y del sentido común”. Su conclusión, sin embargo, es positiva y esperanzadora: “La cura está delante de ti: es la búsqueda y la defensa de la verdad: es el nuevo compromiso con las virtudes de la revolución científica occidental y la Ilustración. Marchen, soldados de la razón. Juntos podemos ganar la batalla de las ideas”.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

25 de febrero de 2022

  • 25.2.22
En la actualidad, la mayoría de nosotros, a no ser que nos veamos sorprendidos por una enfermedad mortal o por un accidente trágico, nos encaminamos con relativa rapidez hacia una dilatada ancianidad. A mi juicio, debería ser normal que nos preguntáramos cómo estamos viviendo o cómo viviremos ese último recorrido que, si lo preparamos con habilidad, con esmero y con sabiduría, podría ser el tiempo adecuado para recuperar oportunidades, para aprender y para emprender los caminos de una longevidad lo más grata posible, para abrir puertas a lo desconocido, para escribir páginas aún en blanco, para extraer enseñanzas de las dolencias y de las limitaciones físicas y, en resumen, para vivir, para disfrutar y para celebrar lo que nos queda de vida.


Tengo la impresión de que, en contra de la opinión generalizada, el futuro, más que de los jóvenes, puede ser de los mayores porque, como revelan las estadísticas, el número de los nacimientos está descendiendo, mientras que la cantidad media de vida de los ancianos está aumentando.

Confieso que, mientras cavilaba sobre estas elementales ideas, he descubierto Un instante eterno. Filosofía de la longevidad (Madrid, Siruela Biblioteca de Ensayo), un libro de Pascal Bruckner que las propone, las plantea y las explica de una manera clara, interesante y, al mismo tiempo, profunda.

Sus reflexiones, fundamentadas en análisis serios, en datos contratados y en experiencias vividas, nos ofrecen la oportunidad para que nos planteemos de manera razonable las cuestiones fundamentales de la vida humana como, por ejemplo, si deseamos vivir mucho tiempo o vivirlo de una manera razonable, intensa y provechosa.

Un instante eterno. Filosofía de la longevidad nos proporciona orientaciones concretas para alimentar el bienestar y para soportar las adversidades de las enfermedades físicas y de los trastornos mentales, en un periodo en el que convivimos tanto con nuestros contemporáneos como los que han fallecido y a los que convocamos con nuestros agradecidos recuerdos.

Su punto de partida es la constatación del “cómico desajuste generacional”, esa tendencia generalizada a perseguir “la eterna juventud” mientras olvidamos que la edad humaniza el paso del tiempo, pero también lo hace más dramático.

Efectivamente, es frecuente que se produzca una alteración de los valores cuando, por ejemplo, consideramos la infancia o la juventud como el fin de la existencia, como la meta a la que pretendemos –inútilmente– regresar tras un largo viaje.

A juicio del autor, Pascal Bruckner, el hecho de que una de cada dos niñas que nazcan hoy llegará a los 100 años evidencia que la longevidad nos afecta a todos porque saber que podemos llegar a vivir un siglo cambia por completo la concepción de los estudios, de la carrera, del trabajo, de la familia, del amor e, incluso, de la muerte.

Es probable que los que lean con atención esta oportuna reflexión, con independencia de la edad que hayan alcanzado, pronuncien la palabra "gracias" con la que culmina el libro: “la única palabra que debemos decir cada mañana, en reconocimiento del regalo que se nos ha dado”.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

18 de febrero de 2022

  • 18.2.22
La Ilustración, el periodo de nuestra historia cultural en el que se defiende que la razón humana debe desautorizar las convicciones arbitrarias enraizadas en emociones o en fantasías, posee en la actualidad una sorprendente validez.


Sus ideas deberían guiarnos para evitar dejarnos engañar por las interesadas llamadas publicitarias, para aliviar la saturación de ilusiones vacías, para combatir el cansancio del dogmatismo de la derecha y de la izquierda políticas. Estoy convencido de que hoy necesitamos reconciliarnos nuevamente con la razón.

En el libro titulado En defensa de la Ilustración. Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso (Barcelona, Paidós), su autor, Steven Pinker, nos muestra cómo el progreso debe ser guiado y estimulado por la razón, por el pensamiento, por la ciencia y, en resumen, por el humanismo, por esas pautas que nos descubren los valores humanistas de la vida, de la salud, del sustento, de la paz, de la seguridad, de la libertad, de la igualdad, de los derechos humanos, de la alfabetización, del conocimiento, del bienestar, de la familia, de los amigos y de la naturaleza.

Con una exhaustiva y detallada aportación de datos contrastados, nos demuestra cómo las permanentes aspiraciones de mejora se pueden lograr mediante los intercambios de ideas que orienten nuestras maneras de concebir y de practicar la economía, la política, las relaciones sociales, el arte y la cultura. Estoy de acuerdo en que esta es la mejor, la única manera, de lograr que progresemos y que todos vivamos mejor.

En el mundo actual, cuando se acepta que el uno por ciento ha acaparado la mayor parte del crecimiento económico de las últimas décadas, y que los demás solo intentamos mantenernos a flote mientras que nos vamos hundiendo lentamente, el problema más grave es la permanencia y la defensa –a veces de manera violenta– de convicciones erróneas e irracionales como, por ejemplo, que “la Tierra es plana, la negación de la evolución o el daño de las vacunas”.

Efectivamente es cierto que, en este siglo XXI, cuando se produce un acceso sin precedentes al conocimiento, también nos está invadiendo una imparable marea de irracionalidad. La lectura de esta obra nos redescubre el imprescindible poder del conocimiento para seguir mejorando, para acercarnos al bienestar justo, necesario, compartido y posible de la sociedad.

Estoy de acuerdo en que una concepción humana de la organización de la convivencia social, económica, cultural y política, basada en los hechos e inspirada por los ideales de la Ilustración –la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso– reformulados, como hace Steven Pinker, con el lenguaje del siglo XXI, pueden aportar la lucidez necesaria y abrir un horizonte de esperanza para mejorar nuestras vidas.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

11 de febrero de 2022

  • 11.2.22
Tengo la impresión de que, en el ámbito laboral, en el de la cultura, en el de las relaciones políticas e, incluso, en el de la convivencia social y familiar, se está extendiendo de forma progresiva el surf, ese deporte marítimo que practican muchos jóvenes y que consiste en deslizarse por encima del mar sorteando las crestas de las olas.


Es posible que en esta moda influyan las estrategias publicitarias y las condiciones de vida pero, sin duda alguna, uno de los factores decisivos es el avance invasivo de esos ruidos ensordecedores, de esa agitación frenética y de esas llamadas delirantes que nos distraen e impiden la concentración.

El hecho cierto es que las herramientas que, en principio, deberían servirnos para mejorar la calidad de nuestras tareas y, en general, para vivir la vida de una manera más intensa navegando, nadando e, incluso, buceando en las actividades más valiosas y más provechosas, nos están distrayendo y alejando del bienestar personal y del éxito profesional que exigen entrar y “concentrarse” en el interior de nosotros mismos.

En el libro titulado Céntrate (Deep work) (Barcelona, Península, 2022), el profesor de Ciencia Computacional, Cal Newpot, nos explica con detalle, con sencillez y con rigor la importancia de la concentración para las tareas profesionales que exigen pensar, y analiza minuciosamente las crecientes dificultades con las que tropezamos precisamente con las tecnologías digítales cuya finalidad debería ser facilitar nuestros trabajos. Señala cómo, mientras las tecnologías avanzan a una endiablada velocidad, nuestras habilidades mentales se ralentizan: “las máquinas son cada vez más inteligentes y nosotros cada vez más torpes”.

Nos explica de manera clara –muy clara– los valores, la escasez y la eficiencia del “trabajo a fondo”, y la necesidad de que nos entrenemos para desarrollar destrezas y para llegar al máximo de aprovechamiento de las capacidades mentales y, en palabras textuales, “para fortalecer el músculo mental”.

Ese es el camino directo e inevitable para lograr que nuestras tareas sean más eficientes, más gratificantes e, incluso, más rápidas. Nos proporciona unas pautas concretas y sencillas como, por ejemplo, meditar, memorizar, planificar, cuantificar las actividades, aislarse, fijar horarios y ritmos de trabajo o abandonar las redes sociales.

A mi juicio, además de sus análisis minuciosos, de sus razonamientos coherentes y de sus explicaciones claras, son de agradecer sus amenos relatos de comportamientos que ilustran sus teorías. Su conclusión es terminante: “Comprometerse con el trabajo profundo no implica una postura moral ni es una aclaración filosófica. Es, eso sí, un reconocimiento pragmático de que la capacidad para concentrarnos, es una destreza que nos permite hacer cosas valiosas”.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

4 de febrero de 2022

  • 4.2.22
Partiendo de la influencia decisiva que, según Max Weber, las diferentes culturas ejercen en nuestras maneras de comunicarnos los seres humanos, resulta una obviedad asumir que es indispensable tenerlas en cuenta para practicar el arte de la persuasión no solo en el mundo de las relaciones internacionales económicas, políticas, educativas y artísticas, sino también en las tareas laborales, sociales y, a veces, familiares, en esos contactos que establecemos en nuestros pueblos y ciudades.


Erin Meyer –reconocida especialista en relaciones internacionales– nos proporciona en el libro titulado El mapa cultural (Barcelona, Península) los principios, los criterios y las pautas que orientan las difíciles y fascinantes tareas de conocerlas y de aplicarlas como herramientas aliadas para lograr la eficacia comunicativa mediante la sintonía de intereses de interlocutores procedentes de orígenes culturales distantes, para dirigir grupos de trabajo y para establecer provechosas relaciones comerciales, laborales, científicas, técnicas e, incluso, culturales y humanas.

Sus detallados y agudos análisis prácticos nos demuestran la frecuencia con la que los líderes olvidan la importancia decisiva que posee el conocimiento de los dos factores fundamentales de la comunicación: el emisor y el receptor cuando, por ejemplo, poseen diversas formas de proyectar la imagen de autoridad.

Pone de relieve cómo no se suele advertir el valor determinante de las convenciones y de las convicciones culturales ni la influencia determinante de algunas barreras invisibles como los movimientos, las actitudes, los gestos corporales y los comportamientos de la vida ordinaria, una serie de diferencias cuyo desconocimiento suele hacer imposible el entendimiento.

Por mucho que nos esforcemos por explicar los contenidos de nuestros mensajes como, por ejemplo, los valores de un producto o de un proyecto, si no aplicamos las fórmulas adecuadas en las diferentes culturas, nos resultará imposible lograr la participación y atraer el respaldo de los interlocutores para hacer realidad nuestras propuestas.

Erin Meyer llega a la conclusión de que el directivo inteligente y global es el que ha aprendido a adaptarse a las diferentes situaciones modificando sus posturas y practicando, por ejemplo, la humildad, invirtiendo tiempo en escuchar y aplicando fórmulas para establecer relaciones cordiales.

En mi opinión, sus análisis detallados, sus explicaciones claras y sus conclusiones prácticas sobre la necesidad de adoptar determinadas actitudes para alcanzar el objetivo de lograr la persuasión efectiva constituye una fuente fecunda para orientar a los que necesitan ejercer un liderazgo en el ámbito intercultural.

Estoy convencido de que estas propuestas pueden ayudar para que se reduzcan esas distancias que, a veces, separan los proyectos y la consecución de las metas. Descifrar las diferencias culturales constituye, sin duda alguna, una condición imprescindible para trabajar eficazmente con clientes, con proveedores y con colegas de todo el mundo.

Estas son las razones que me mueven a valorar como oportunas y útiles las fórmulas prácticas y concretas que Erin Meyer propone para, por ejemplo, motivar a los empleados, complacer a los clientes, organizar teleconferencias en los actuales ámbitos internacionales y, por lo tanto, interculturales, que, como es sabido, está dividido y subdividido por densas barreras invisibles.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

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