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5 de septiembre de 2022

  • 5.9.22
No le quedó otro consuelo que pensar que todo había sido un sueño. Lo quiso pensar tantas veces que la imaginación no alcanzó a más escaramuzas cuando el tiempo, contundente como una piedra, le dio a entender que no se puede abrir una roca con la sola sospecha de esa posibilidad. A partir de entonces, aceptó los demás días como una prolongación inexplicable de la desdicha y con el convencimiento tardío de que la felicidad es tan embriagadora como aquella droga cuyo dopaje necesitamos para cruzar sin tropiezos la vida que queda por vivir.


Hasta entonces había agotado una existencia sin estridencias y en abundancia, pero ciertamente también sin otros alicientes que no estuviesen al alcance de cualquiera. Supo a partir de entonces que la diferencia entre los seres humanos va más allá de las propiedades materiales y que algunos objetos o personas inalcanzables cualquier día entran en tu vida sin otro aviso que la sorpresa. Cuando la conoció, pensó eso mismo: que nadie podría tener entre sus brazos tanta belleza.

Ya no recuerda los pormenores porque el alcohol adormece la memoria y despabila los engaños más recónditos. Sabe que comenzaron a hablar sobre hechos cotidianos o intrascendentes: no para de llover, mañana será otro día igual, me gustaría cambiar de oficio, ahora mismo me gustaría estar en tal lugar.

Hablaron también del porvenir: esos viajes nunca realizados, aquel paisaje que nunca vimos, esa anécdota siempre útil en estos litigios. Después se adentraron en temas más personales: películas que no les gustaron, libros que nunca leerán, el tiempo que corre inexorable. Y antes de darse cuenta, habían bebido varias copas bien cargadas y se encontraban desentrañando los riesgos del amor libre, las traiciones pesarosas, los amores truncados, la vida por vivir.

Él lucía una timidez bien dominada que combinaba con rasgos de humor y algunas lecturas propicias para vencer momentos nunca imaginados. Lo que nunca pudo ni tan siquiera sospechar fue que una mujer como aquélla clavara sus ojos y sus intenciones en un tipo como él: ni grueso ni delgado, ni alto ni bajo, ni inteligente ni imbécil; es decir, un tipo normal, sin más encanto que sobrevivir sin demasiados rasguños a los reveses de la vida.

Ella, sin embargo, era desenvuelta y alegre, con una picardía invulnerable que ponía a cualquier hombre a raya. Tenía una belleza mundana y difícil, pero sobre todo sobrecogedora y única: un pelo enroscado y suave, ojos de gacela indomable, manos suaves como algunos sueños y una piel en la que estaba de más cualquier equipamiento para deslizarse desde sus hombros hasta sus rodillas y perderse por un tiempo en cualquier recoveco de aquel cuerpo aún por descubrir.

Sin saber cómo, ella le dijo que si le pedía ir a su apartamento iría, pero tenía que ser convincente en sus argumentaciones y después no derrapar con técnicas vulgares y conocidas por los acantilados del amor. Se lo dijo más o menos, o incluso fue más cursi o más romántica, porque a él ya la memoria empezó a fallarle desde ese mismo momento.

Recuerda, eso sí, que después abría la puerta de la casa y la invitaba a una copa, y que mientras tanto ella se había descalzado y tendido en el tresillo, y que hablaba de los hombres, de su inexperiencia y de sus celos, etcétera.

A partir de aquí los recuerdos se le ensombrecen todavía más y nunca llegó a saber qué le dijo para convencerla de su eficiencia amatoria o nunca lo quiso adivinar, así que se puso manos a la obra y a resolver con buena letra esta asignatura que siempre creyó pendiente.

Sus técnicas y conocimientos sobre el particular debió reservarlos para otra ocasión en la que él pudiera conducir el timón del barco con menos virajes que en aquella tormenta incontrolada. Ella lo llamó al tresillo como el sargento llama a la tropa, y le ordenó aquí y luego allí, y después se dejó llevar por los impactos contundentes de las armas enemigas.

No dejó de oír balaceras imparables durante toda la noche y él, como el soldado primigenio en la guerra, se dejó llevar allá donde mayor resguardo hallaba y donde menos dolieran las heridas de la contienda.

De golpe despertó, se encontraba solo en la cama y con un dolor de cabeza que no pudo doblegar durante toda la jornada. No había ni rastro de la mujer, solo un halo de perfume en las sábanas que le ayudaron a reconstruir la mejor noche de su vida.

No quiso entrar en detalles que le hicieron esbozar una sonrisa cómplice ni tampoco buscó las causas que motivaron un litigio de tan alto nivel, ni tampoco buscó en la memoria rincones concretos de un cuerpo que ya nunca lograría olvidar. En su partida, a saber a qué hora, no dejó nombre, dirección o número de teléfono.

Había sucedido con tal imprevisión y fortuna, que él solo podía decir que no fue un sueño y que para algunos regalos, como fue aquella noche, antes de aceptarlos, convenía estudiar con detenimiento su manual de uso. Porque después nadie puede reclamar daños, perjuicios ni que le devuelvan el objeto intacto de sus desvaríos.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 21 de febrero de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

4 de septiembre de 2022

  • 4.9.22
Ya estamos en septiembre. De todos modos, todavía pervive en nosotros el enorme calor de este verano y la acusada falta de lluvias que sufrimos. Eso sí, las lluvias torrenciales y los granizos han hecho acto de presencia, incluso de forma violenta, por el centro-norte y el levante de la Península. Sin embargo, pareciera que la naturaleza se ha olvidado de los pobladores del sur; o es que, quizás, quisiera hermanarnos con los del desierto del Sáhara para que sepamos las penurias que pasan los saharauis en los campos de refugiados de la provincia argelina de Tinduf.


Por cierto, niños y niñas saharauis felizmente reanudaron el programa de las denominadas Vacaciones en Paz después de un tiempo suspendido por la pandemia. Han venido otra vez, desbordados alegría, para estar con nosotros. No hay más que fijarse en el rostro del niño saharaui que muestra orgulloso la bandera de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), una bandera que coindice en forma y colores con la del pueblo palestino, aunque en la de la RASD se incluyen una estrella y una media luna rojas.

Saharauis y palestinos. Hablamos de dos pueblos parias, dos pueblos olvidados y condenados al sufrimiento por intereses geoestratégicos de las grandes potencias, aunque también, hay que decirlo, por la indiferencia o la cobardía de los gobiernos españoles que, finalmente, ha dejado en manos del sátrapa marroquí el destino de los saharauis.


Regresemos al tema del calor y la sequía, ya que, a pesar de estas tormentas y granizos que asoman en este septiembre que nos enuncia el final del verano, acuden a mi mente algunas preguntas: ¿Qué fue de aquellas lluvias intensas, plenas de agua, que uno conoció de pequeño y de las que solíamos decir que “llovía a cántaros”?

¿Saben aquellos que están todo el día conectados a los vídeos en TikTok lo que son los cántaros? ¿Acaso han visto alguna vez, aunque sean en imágenes, a gráciles figuras femeninas caminando y portando cántaros en la cabeza, con un rodete como apoyo y equilibrio de esa carga?

“Tiene que llover a cántaros…”. Esto es lo que nos cantaba el extremeño Pablo Guerrero, allá por 1972, cuando publicó su primer elepé, en el que aparecía la que siempre ha sido su canción más emblemática: A cántaros.

Pero la lluvia que reclamaba Pablo Guerrero era más bien simbólica y reivindicativa, dado que estábamos todavía en el franquismo, que, aunque agónico, se resistía a desaparecer. Es por lo que en su canción más conocida reclamaba una libertad que años después lograríamos conquistar para nuestro país.

Para los que en su momento conocimos y nos emocionamos con esta hermosa canción (también para las más jóvenes de ahora) viene bien recordar sus primeros versos, que decían: Tú y yo, muchacha, estamos hechos de nubes / Pero ¿quién nos ata? / Dame la mano y vamos a sentarnos bajo cualquier estatua / Que es tiempo de vivir y de soñar y de creer / Tiene que llover… / Tiene que llover a cántaros.


La lluvia como metáfora de la vida, de los sueños y de las esperanzas, que, a pesar de las múltiples adversidades, nunca desaparecen de nuestras existencias. Pero también la lluvia que en estos días añoramos para estas tierras sedientas. Aquella que cae con fuerza desde las oscuras nubes cargadas de agua, la que nos llega de pronto cuando caminamos por la calle y aligeramos el paso con el fin de evitar empaparnos, la misma que milagrosamente riega los campos y llena los pantanos y que nos puede hacer regresar a esa frase tan olvidada de “llueve a cántaros”.

AURELIANO SÁINZ
FOTOGRAFÍAS: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

2 de septiembre de 2022

  • 2.9.22
Está claro que también nosotros, los ancianos, a veces nos asustamos con lo que está pasando. Pero, en mi opinión, es importante que distingamos los temores razonables y controlados de los otros miedos paralizantes de quienes están permanentemente asustados, de quienes, ante el menor cambio, sienten un desmedido pavor.


Es normal que, conscientes de nuestra fragilidad, experimentemos temor a las enfermedades y a la muerte. Es explicable que sintamos desconfianza por los cambios que nos obligan a variar nuestras costumbres y a cometer errores.

Pero deberíamos buscar procedimientos para controlar esos temores irracionales y para evitar que se conviertan en unos miedos paralizantes que nos impidan alcanzar, mantener y aumentar nuestro bienestar. En el fondo, el miedo es esa preocupación, ese estremecimiento incontrolado por lo que todavía no ha pasado y quizás nunca pasará.

El miedo es el vértigo originado por la oscuridad ante el abismo de lo extraño, de lo insólito y de lo desconocido y que solo se alivia por la presencia reconfortante, estimulante y consoladora de las personas próximas, de los seres queridos, de los familiares y de los amigos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

1 de septiembre de 2022

  • 1.9.22
El nuevo telescopio espacial James Webb (JWST) no deja de ofrecernos nuevas y sorprendentes imágenes del Universo en el que vivimos inmersos. Ya vimos en la anterior entrega cómo el físico Étienne Klein gastaba una broma a sus seguidores a costa de una supuesta imagen de la estrella Próxima Centauri.


Mi querido amigo Juan Pablo Bellido ha tenido la amabilidad de compartir conmigo una noticia de RTVE sobre las imágenes más recientes de Júpiter. La noticia, fechada el pasado 23 de agosto, no tiene desperdicio. Uno de sus párrafos estaba encabezado por el siguiente título: “Una tormenta de arena que «podría tragarse la Tierra»". Y, tras ese “tranquilizador” aviso, afirmaba: “En esas instantáneas se ve con claridad la «Gran Mancha Roja», una tormenta de arena que, según la NASA, es tan grande «que podría tragarse la Tierra»”.

Olvidémonos de la guerra de Ucrania, de la creciente tensión entre EEUU y China y del desastre climático que nos azota día sí, día también, El verdadero peligro que nos acosa es la gigantesca tormenta de arena procedente de la mancha roja jupiterina, ya que, como indica la noticia de RTVE, “podría tragarse la Tierra”.


Busco en la imagen sobre estas líneas la gran mancha roja a la que alude la noticia, pero solo veo destacada un área circular bastante blanquecina. Afortunadamente, al sagaz reportero no le ha pasado desapercibida esta pequeña discrepancia y explica que “en esta ocasión aparece blanca porque refleja mucha luz solar”. Claro, como estamos en pleno verano, ya se sabe: hay más horas de Sol. ¿Será en invierno cuando la gran mancha se vea roja? ¿O será en las noches jupiterinas?

Pero donde el afanoso redactor se cubre de gloria informativa –a la par que didáctica– es en el detalle de la tormenta “de arena”. Porque, como muy bien ha puesto de manifiesto Juan Pablo Bellido en un tuit, es un poco difícil que se produzca una tormenta de arena en un planeta compuesto únicamente de gases, o sea, sin arena –ni una poca siquiera de tierra sólida–. A lo mejor de ahí viene el peligro: la tormenta gaseosa jupiterina pretende engullir la Tierra para convertirse en una tormenta arenosa.


Desde luego que el desconocido escribidor de la noticia goza de tanta imaginación como carece de cultura “planetaria”. Por supuesto, consultando la noticia original de la NASA, vemos que se habla de auroras, de vientos tremendos, de temperaturas extremas y de tormentas gigantes. Pero nada dice de la existencia de tormentas de arena, como era de esperar, por otra parte, por poco Bachillerato que hayan hecho los periodistas de la NASA.

En cuanto a las discrepancias en torno al color rojo o blanco, quizás nos sea de ayuda otra “información” astronómica que publicaba el 29 de octubre de 2019 la cadena SER con el siguiente título: “La aterradora (pero real) fotografía del Sol con la que la NASA celebra Halloween”. La fotografía en cuestión era la siguiente:


En el texto correspondiente se podía leer: “la agencia espacial ha compartido en sus redes la cara más terrorífica del Sol. La estrella se asemeja a la cara de una calabaza de fuego”. No sé, la verdad es que parece un poco exagerado decir que el Sol parece una calabaza llameante. En todo caso se podría decir que esta ¿fotografía? tiene cierto parecido con una calabaza de Halloween.

La “fotografía” en cuestión se califica como “aterradora (pero real)” en el título de la noticia. Pero la supuesta “fotografía real” es, en realidad, una mezcla de las imágenes procedentes de dos colecciones de grabaciones de radiaciones solares ultravioletas. Y así lo decía el tuit de la NASA del que procedía la imagen: “No es una ardiente calabaza de Halloween. ¡Es el Sol! Nuestro observatorio dinámico solar captó esta imagen ultravioleta en 2014, mostrando regiones activas”.

Las imágenes originales no son literalmente fotografías, es decir, imágenes grabadas mediante la luz visible, sino registros de la actividad solar mediante radiaciones ultravioleta que, luego, se han visibilizado coloreándolas artificialmente en amarillo y oro, respectivamente.


El Sol es real (pero no necesariamente terrorífico), los registros ultravioleta son reales (pero tampoco tienen por qué resultar aterradores) y el resultado final es una creación “artística” que intencionadamente se hizo para imitar las famosas calabazas. La imagen puede resultar temible, pero ni es real, ni es una fotografía. Estamos ante una imagen falsa (o idealizada, para ser más amable) de una realidad verdadera (el Sol, no la calabaza de Halloween).

Algo parecido se ha dado en otras imágenes producidas por la NASA, con dibujos muy realistas de naves espaciales u otros objetos estelares. Por ejemplo, esta imagen de las sondas Stereo rodeando al Sol. Aquí el Sol ya no parece una ardiente calabaza (debe ser porque no era Halloween). Pero sí que tiene unos espectaculares tonos rojizos. ¿Son reales? Pues no. El Sol no es rojo, ni amarillo, ni oro, ni anaranjado. El color que correspondería al Sol es el blanco, como podemos ver en esta imagen de Wikipedia.

Incluso al amanecer, como en esta magnífica fotografía de Jordi L. Coy aparecida en el sitio web de la NASA como Imagen Astronómica del día 21 de septiembre de 2021. Se puede observar un ligero tono amarillento, pero que es debido a la dispersión de la luz en la atmósfera, que se produce especialmente al amanecer o al atardecer.


Recapitulando lo que ya vimos en la entrega anterior y lo que aquí se ha planteado, podemos preguntarnos cuál es el mayor o menor grado de fiabilidad informativa de los ejemplos que se han visto: la rodaja de chorizo disfrazada de estrella; las engullidoras tormentas de arena jupiterinas o las imágenes ultravioleta del sol travestidas en terrorífica calabaza de Halloween.

Parece claro que el físico Étienne Klein no pretendía dar gato por liebre, sino invitarnos (de forma humorística y según sus propias palabras) a desconfiar “de la elocuencia espontánea de ciertas imágenes…”.

Su faceta como divulgador científico a través de libros y programas radiofónicos parece avalar suficientemente su intención. Muy al contrario, las noticias de RTVE y de la Cadena SER parecen haberse deslizado hacía lo truculento, aunque aparentemente la imagen presentada pudiera parecer más fiable. Sin duda, el afán por lo espectacular frente al respeto por la verdad conduce, inevitablemente, a la desinformación.

JES JIMÉNEZ

31 de agosto de 2022

  • 31.8.22
Querido nieto: esta carta de felicitación no llegará a tus manos hasta que tengas algunos años más y sepas leer. Es una carta muy especial, con la que pretendo transmitirte todo el cariño que “los abu” (abuelos) puedan ofrecerte –antes y ahora– y algunos datos de las circunstancias especiales que embadurnaban este mundo al que habías llegado, como consecuencia del covid-19. Mi intención es revivir en tu mente eventos ya pasados y clarificarte algunos datos importantes sobre tu onomástica y tu cumpleaños.



Además de lo ya dicho, es una carta especial en la que explicarte algunas cuestiones relacionadas con el origen de tu patronímico (“nombre propio de una persona que deriva del nombre de su padre o de otro familiar”). En este caso, tu nombre no procede ni de tu padre ni de ningún otro familiar. Ahora te explico su origen.

Es el objetivo de esta carta, asociado a la misiva de bienvenida de hace ya dos años, cuando tomaste tierra en la estación de este mundo actual, en un momento algo complicado sanitariamente hablando. Te recuerdo que empezamos el año 2020 con una plaga de sinsabores, angustias, soledad y pérdida de algunas personas cuando aterrizó entre nosotros el covid, cargado de contagios, enfermos, muertos, encierros generales como si fuéramos asesinos…

Dicho tiempo inhumano, nunca mejor calificado, duró hasta parte del año 2022. Y aun tenemos dudas sobre la pervivencia del mismo. Pero vaya, corto el runruneo de un parloteo largo, pesado y aburrido del que ya ni queremos acordamos, aunque las heridas que dejó siguen aun presentes.

El motivo principal de esta carta es recordarte y explicarte el origen y la posible antigüedad o novedad de tu nombre. Si ya te lo han relatado, estupendo. En caso contrario, te daré parte de la información y, si dejo dudas, ya las completarás tú. Pretendo despertar tu curiosidad.

Te cuento cómo, cuándo y por qué tu nombre aparece como onomástica (nombre propio) en nuestro país. Teo, como “conjunto de nombres propios de un lugar o de un país”, es muy reciente. Se puso de moda en el año 2016, hace solo seis años.

El motivo y la razón es de pura curiosidad: alguien indagó y buscó un nombre corto y desconocido (o poco conocido) para un bebé presto a nacer. El origen griego de la palabra “theo” es tan viejo como los años que ha cumplido la humanidad, pero no se reconocía como nombre propio. Volveré sobre ello.

Dicho nombre se aplica a personas desde hace más o menos seis años y, actualmente, son muy pocos los niños que se llaman así. Digamos que no le ha dado tiempo para hacerse popular. Puede ser. También es posible que no entusiasme mucho por carecer de historia o, incluso, por ser corto pero poco llamativo. Al menos, cumple la primera razón.

¿Cómo aparece? Tengo dos posibles orígenes para dar una razonable explicación. Alguien busca y rebusca un nombre propio de corto contenido en letras y le llama la atención la palabra “teo”. ¡Eureka, lo encontré! ¡Este me vale!

Te cuento: la palabra “theo” es un prefijo o sufijo de origen griego y viene a significar “presencia de dios”. Dicha palabra entra en la formación de nombres y adjetivos con el significado de “dios, presencia de dios”. Como ejemplo, valga Teodoro o Doroteo. Dicho nombre, repito, se puso de moda hace solo unos cinco o seis años.

Según estadísticas generales, en España viven aproximadamente unos 1.200 sujetos que se llamen “Teo” y ahora tendrán una edad promedio de cinco o seis años. Empieza a ser usado, aunque por lo corto que es, más bien parezca un diminutivo; pero también puede que sea dejado de lado por ser el nombre de un personaje de tebeo (ahora especificaré un poco mejor).

Referencia psicológica dada de antemano a los posibles “Teo”. Califico dicha referencia “de antemano” porque si el nombre aparece entre nosotros hace media docena de años, es imposible hacer un retrato-robot sobre virtudes, vicios y defectos de dichos sujetos.

Dicen que las personas portadores de este nombre suelen ser muy agradables y muy sociables, discretas y respetuosas. Eso es lo que dicen algunos “adelantadillos”. Vale, pero a priori hay que decir que también suelen ser afables, atentos y cariñosos, más que otras muchas personas con nombres más bonito o más agraciados. Es posible.

Vale, pero también pueden ser o son bruscos, por no decir otra cosa más bruta. La psicología “adelantadilla” dice que a los que llevan este nombre les gusta reflexionar sobre la vida y tener cerca a sus familiares y amigos. Y ¿a quién no?

El Teo de los cuentos nace en España en 1977 como personaje de una colección de tebeos infantiles. En 2007 cumplió 30 años desde que inició su andadura en el mundo de la literatura infantil, donde ha ido ganando, año tras año, la atención del mundo de los pequeños. A fecha de hoy llena un amplio espacio literario, tanto en papel como en videos de Internet.



¿Cuál es el significado del nombre Teo? Entre los diversos materiales que he ido indagando, amén de darnos una explicación, hasta he encontrado un reflejo psicológico de cómo será Teo (cualquier Teo) conforme siga creciendo. Dicho reflejo lo he citado unas líneas más arriba.

Nombre de origen griego, específicamente de la palabra "theos", que significa “dios”. Podemos usarlo como prefijo o sufijo (Teo-doro o Doro-teo). También podría ser, según algunos expertos, un diminutivo de Teodoro o Doroteo con el significado de “regalo de dios”. Pero tal diminutivo tendría que referirse a un amplio abanico de "-teos" o "Teos-".

Teo nace como titular de una colección de cuentos que se irán esparciendo –y, a la par, acumulando– hasta hacerse famosos –al ser traducidos– sus más de 150 títulos a diversos idiomas. Actualmente son unas 15 lenguas en las que aparece. El cuento escrito es acompañado, yo diría que casi arrinconado, por el uso de la producción en videos.

Teo, has crecido física y mentalmente. Tus ojitos negros escudriñan todo lo que se pone al alcance de tu mirada y empiezas a preocuparse por todo aquello que te rodea. Ante cualquier elemento llamativo, desde que parloteas, siempre respondes "es mío, mío". Todo es tuyo, ¡chaval! La curiosidad es una de tus constantes.

Cuando pase algún tiempo te preguntarás por qué te llamas Teo y comprobarás que con un nombre como el tuyo –cortito, sonoro, novedoso– no hay muchos niños, o amiguitos que lo usen. ¿Por qué? Problema de tiempo y falta de publicidad. Puede ser.

De momento, esto es solo un adelanto de lo que irás aprendiendo conforme vayas siendo mayor y tu capacidad de comprender a las personas, junto con las cosas que nos rodean, te permita interiorizar momentos, emociones, éxitos y fracasos, de los que también se aprende, aunque digan que no, máxime si solo defienden un eterno y falso mundo feliz.

Me explico. El valor de la vida está ligado a momentos cargados de felicidad, de alegría, de placer y, a la par, de sufrimiento que puede traernos un daño hiriente, una enfermedad, la pérdida de personas queridas, un tropezón con las piedras del camino. Éxito y fracaso, te repito, también educan y nos hacen más fuertes.

Termino estas líneas. Espero que crezcas cada día más feliz, cariñoso con tus padres y hermana. Para querer a los demás hay que ser generoso, abierto y comprensivo. Cargado de generosidad. Por supuesto, el mundo no se acaba en el clan familiar: hay que abrirse y compartir todo lo que se pueda con los demás.

Naciste el 31 de agosto de 2020. No tuvimos la suerte de darte la bienvenida al nacer. El virus impidió que nos dejaran verte. Bueno, eso fue lo que nos dijeron. Tu onomástica, en caso de que quisieras celebrarla, es el 23 de enero. Te diré que en la actualidad se celebra más el día del nacimiento que el llamado “santo”. A lo largo del camino te irán guiando en un sentido u otro, para que seas tú quien elija la festividad.

Con todo nuestro cariño, desde el corazón, los “abus” te enviamos un beso fuerte. Feliz cumpleaños.

PEPE CANTILLO
FOTOGRAFÍA: DAVID CANTILLO

30 de agosto de 2022

  • 30.8.22
El próximo 4 de septiembre, los chilenos votarán si aprueban o rechazan la nueva Constitución. Una votación que dirigentes de todo el mundo miran con expectación. Unos, con la esperanza de demostrar que otro mundo es posible, de que el pueblo debe formar parte de la toma de decisiones; otros, con el miedo a que esa idea se expanda, a que la gente empiece a removerse en sus asientos, a cuestionarse la realidad en la que viven.


Porque, salvando todas las distancias, marcando las diferencias que nos separan, solo existe una verdad: el pueblo, la ciudadanía, está en manos de unas elites minoritarias que han creado un mundo injusto, desequilibrado, frágil, interesado, en el que la mayoría estamos sometidos, esclavizados, arrodillados ante los que tienen el dinero, el poder, ante los que nos manejan a su antojo y tienen la poca vergüenza de hacernos creer que somos libres.

Chile despertó para despertarnos en 2019, cuando los jóvenes comenzaron a protestar por el aumento de los precios del transporte público. Abuso que fue la gota que colmó el vaso, la necesaria para que todo el pueblo chileno saliese a la calle de forma pacífica a exigir cambios.

Aquellas revueltas ya forman parte de la historia con el nombre de Primavera chilena. Una revolución social que solo las restricciones del covid pudieron enfriar. Es importante recordar que la mayoría de las algaradas fueron provocadas por la intención de los herederos del dictador Pinochet para controlar la situación a base de intimidar, reprimir y provocar a la ciudadanía.

Aquel levantamiento social concluyó con la promesa de celebrar un plebiscito, que se conoce como El plebiscito de entrada, en el que se preguntó a la población si quería una nueva Constitución y qué tipo de órgano debería redactarla. En una votación sin precedentes, se aceptó la primera pregunta con un 78 por ciento de los votos, así como la celebración de una Convención Constitucional, con el 79 por ciento de las papeletas.

Esa convención estaba integrada por 78 hombres y 77 mujeres, de todas las edades, de todas las clases sociales, incluidos los pueblos indígenas ignorados y maltratados por las elites, de todos los partidos políticos y de numerosas profesiones.

Trabajaron durante un año para su redacción, escuchándose, debatiendo, llegando a acuerdos, limando asperezas, intentando adaptar las leyes, la Carta Magna, a las nuevas realidades existentes, para no tener que adaptar la realidad a las viejas ideas, obsoletas e impuestas por un asesino, un dictador y sus secuaces, los Chicago Boys, que gobernaron con mano de hierro y fueron los que instauraron el neoliberalismo en el mundo, dándole el poder a las empresas privadas y al Estado por encima de la ciudadanía. Por eso es de justicia social, y poética, que sea en Chile donde el gusano se convierta en mariposa.

A una semana de este plebiscito de salida, que es de voto obligatorio, el Rechazo gana en las encuestas por un pequeño margen, aunque existe un 16 por ciento de votantes que se mantienen en la indecisión. Espero, confío, sin conocer en profundidad el texto redactado, que gane el Apruebo, que todo el camino, el esfuerzo, realizado por los chilenos no quede desdibujado en el último momento; que por fin quede derogada la Constitución que se firmó en 1980 por parte del genocida.

Si gana el Rechazo, el joven presidente Boric, que gobierna gracias a la coalición de izquierdas Apruebo Dignidad, ha anunciado que no será definitiva, que volverá a redactarse hasta encontrar el consenso, porque el cambio es imparable, porque el pueblo lo merece.

Ante esta votación no puedo evitar pensar en nuestra Constitución y en la necesidad de que sea revisada, porque aunque fue redactada tras la muerte del dictador, su sombra era –y sigue siendo– muy alargada, y marcó las líneas generales, imponiendo, entre otras lindezas, la monarquía.

Además, fue redactada por siete hombres, pertenecientes a esas elites herederas del franquismo y que han manejado el poder, el dinero, en la sombra en los últimos cuarenta años. En su momento fue necesaria, pero el mundo ha cambiado, la realidad social de nuestro país, también, y es necesario sentarse, en nombre de la democracia y de la libertad, para actualizarla, para hacerla creíble.

Supongo que hay miedo a los cambios, a nuestra incapacidad de debatir, a que las cicatrices de las dos Españas nos impidan ponernos de acuerdo en cosas tan elementales como el derecho a un medio ambiente sano, al de una vivienda digna, a que la separación de poderes sea real e, incluso, a si queremos seguir siendo una monarquía parlamentaria. Aunque no sirva de nada, apruebo la nueva Constitución chilena y deseo que su ejemplo sea semilla para todos.

MOI PALMERO

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