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clínica parejo y cañero - único hospital de día del centro de andalucía

COLEGIO PROFESIONAL DE PERIODISTAS DE ANDALUCÍA

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29 de diciembre de 2021

  • 29.12.21
–Pues… verá, casualmente fue aquí, donde estamos sentados, y ya han pasado… –hurgaba en su bolsa y extrajo un cuaderno de color rosado con pálidas flores de cerezo–. Espere… sí…–hojeaba ágilmente la agenda–. En marzo, a mediados. Ah, y se comportaba como siempre, ya se lo digo. No, no como siempre, no, mejor: tenía ilusión. Sí, ilusión. Estaba muy interesado en un proyecto que le había ofrecido un profesor universitario, amigo suyo.

Una vida aislada se hace tantas preguntas… Y si en ellas late el sentido del sinsentido, de que todo progreso conlleva el drama del retroceso, y a más progreso el drama es mayor e irreversible…

Se trataba de imágenes, fotografías, que sugerían un texto; a Castilla le tocaba escribirlo según le dictaran las musas. El reto, porque así se lo tomó, consiguió despertarlo. Vi que se animaba, que por fin despertaba de ese triste letargo, la indiferencia; y me refiero a él como poeta, es fundamentalmente poeta, no puede evitarlo y así lo considero desde que lo conozco. Convenimos en hablar, más bien lo propuse yo porque sentía mucha curiosidad –se llevó las manos al pecho en acto de disculpa–, más adelante, cuando tuviera unos folios que enseñarme. Y lo hizo, era su propósito, sí, no me lo esperaba, la verdad.

Me llamó casi un mes después, concretamente… –detuvo el dedo en la agenda–, el quince de abril, miércoles. Había trabajado mucho, y con provecho según él; pero el motivo de su llamado era otro: una de las fotografías que había recibido. No estaba entre sus favoritas, pero algo en ella lo intrigaba; no, lo inquietaba, «me inquieta» fueron, textualmente, sus palabras, qué curioso, ¿verdad?, y le pregunté así, en plan simpático, si por fin lo había golpeado la musa. Pero… no sé, la ansiedad en la voz: él insistía en vernos.

El caso es que me coincidió con una revisión médica y cuando me toca siempre me pongo muy nerviosa, no puedo evitarlo. Se lo expliqué, dijo que lo entendía pero yo sé que lo decepcioné. En este detalle, solo un matiz: la decepción, caí luego –le asomaron unas efímeras arruguitas cuando levantó las cejas y se daba tironcitos de los rizos del pelo–, y casi me enfado por su egoísmo. Pero al momento lo comprendió, con mucha delicadeza, y no insistió. Al día siguiente le propuse quedar en Guerry, una cafetería del centro, y aceptó, sin más.

–Conozco esa cafetería –la animé a seguir.

–Tienen una bollería estupenda, ¿verdad? –dio otro sorbito. Yo apuré mi café, quemaba un poco–. Bueno, pues él tenía mucho interés en mostrarme esa fotografía, de la que, por cierto, no dio ningún detalle. Como ni lo mencionó, él es tan reservado, le pedí que llevara lo que había escrito, y nada más raro: accedió, pero sin darle la menor importancia. Desde luego, hubiera sido extrañísimo pedirme opinión por un escrito suyo, nunca lo ha hecho. Y no es por soberbia, tampoco es humildad: solemos comentar lecturas de todo tipo. Yo sospecho que es pesimismo, a lo Schopenhauer: una vida aislada se hace tantas preguntas… y si en ellas late el sentido del sinsentido, de que todo progreso conlleva el drama del retroceso, y a más progreso el drama es mayor e irreversible… –la interrumpió el repique de una cucharilla al dar contra el suelo–.

Con tales ideas es fácil, creo yo, evitar la compañía. Todo esto es largo de explicar –y aguardó, por si yo quería la explicación; pero el tiempo corría y no estaba por la labor–. Bueno, pues esa fue la última vez que hablamos, porque no se presentó allí, en Guerry, y esperé, esperé muchísimo. Total, salvo la sorpresa del plantón, no le di importancia, siempre puede suceder un imprevisto, una coincidencia, el día antes sin ir más lejos me había pasado a mí. Lo extraño fue que no me avisara –quiso transmitirme su intriga con las dos arruguitas del ceño–. Lo llamé desde la misma cafetería, varias veces, y no contestó. Insistí, he insistido, y nada, ha sido en vano. Pensé mucho en su comportamiento, y llegué a la conclusión de que, no sé, algo le impidió ir, y que algo, ese algo, llámelo fantasía pero no lo dudo, tampoco le permitía coger el teléfono.

–Y sigue sin cogerlo, me refiero al fijo. El otro lo tiene apagado –afirmé, lo había comprobado durante mi larga caminata.

–Sí, pero el mensaje de «apagado o fuera de cobertura» yo lo escuché al día siguiente. Y también por eso, a cada vuelta que le daba, más y más preocupada me sentía, sobre todo si sabes lo cumplidor que es y ha sido siempre Castilla. Lo anoté, mire, en mayúsculas: ESTOY PREOCUPADA –leyó mostrándome el cuaderno–. Entonces, le pedí a mi hijo que fuera a su casa; y por más que insistió, allí no le respondió nadie. Puesta a buscar un motivo, consideré que su ausencia se debía a un accidente, algún viaje… no sé, algo ordinario, sencillo de explicar, la cabeza da tantas vueltas…

Total, que volví a molestar a mi hijo y allá que nos presentamos. Tocamos el timbre, insistimos: escuchamos perfectamente cómo sonaba dentro, pero Castilla no abrió. Se notaba un silencio, no sé… como de abandono, a mí me dio muy mala espina. Pude hablar con el vecino de enfrente y también con el de abajo: esa gente estaba a sus cosas y no supieron decirme nada –tajó el aire con un movimiento horizontal de la mano.

Por eso recurrió a los amigos, «Me costó vencer su escepticismo y lo peor: soportar sus bromas. Tuve que ponerme muy muy seria para convencerlos», ella sola se sentía incapaz. Así nació el fondo de ayuda y todo lo demás, incluido mi módico fichaje.

Cerró la agenda y la devolvió a la bolsa. De inmediato, motu propio, antes de que yo se lo pidiera, comenzó a narrarme su peripecia –la de Castilla–: Su rodar por distintos institutos en distintas provincias, «un culo inquieto», mientras ella se iba a la universidad de Benarés, «Culpa de Panikkar y Pániker, y no sé si entré en el laberinto interior buscando la claridad: pregunta que se responde con la pregunta que se responde… regresar al origen desde allá donde el tiempo te sorprenda… y seguida siempre por los griegos.

No olvido una frase de Pániker, recogida de las Upanishads: “el discurso humano es una delicada farsa sobre un trasfondo de lucidez absoluta”, trastoca tanto la razón… que yo me compuse este trío y que se conjuga tan mal: mística, verbo y realidad…»; su colaboración económica con una de las ONG que actuaban, no estaba segura si en un país del sureste de África: «Mozambique, Madagascar…»; su afición a la escritura (conservaba «desde, ¡uff!, la tira de años» un antiguo libro de poemas, «Me causó tal impresión…», que le publicó la editorial y librería Balmis, fundada por don José María A., su antiguo profesor metido a editor y librero, «un personaje bastante olvidado», lamentó, «con el que mantiene, al menos eso creo, una buena relación…», y que, en su momento, ella descubrió por «pura casualidad» expuesto en el escaparate de la citada librería, porque Castilla ni lo anunció ni lo comentó), y así continuó hasta dar con lo propio: el temor –ella sí– por la supresión, también ya programada, de su asignatura.

‒Qué fue –se lamentó– de la nueva alianza propugnada por Ilya Prigogine. La ciencia, que investiga y manipula la naturaleza se adueñó del campo; y la filosofía, que está obligada a intervenir –aseveró–, pues discute y discute en un ensueño semántico, o deambula perdida en su circunloquio. ¿No ha oído hablar de esa nueva filosofía, la que vocifera que el mundo no existe y tal?

Me alcé de hombros.

Levantó la taza, iba a dar otro sorbito, pero se arrepintió.

HG MANUEL
FOTOGRAFÍA: JES JIMÉNEZ

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8 de diciembre de 2021

  • 8.12.21
Tres amplias ventanas con rejas y visillos descorridos, más unos fluorescentes fijados en el techo, alumbraban una mesa con dos ordenadores y una impresora, de traza obsoleta, arrimados a la pared del fondo; también, una escueta librería, con mucha mella en los estantes, situada en la pared de enfrente; y, en el centro, ponían brillos en el contrachapado imitación fresno de una mesa ancha y larga flanqueada por varias sillas de tablero que ocupaba la mayor parte de la espaciosa sala.

Ese andar largo y apresurado, echado hacia delante, como si llegara tarde a todos los sitios, su miopía, su desaliño…

Compartían el silencio cuatro personas: tres mujeres y un hombre, situadas en los puntos más distantes entre sí. Saludé desde la puerta y sonó como un trueno. Solo recibí el ahogo de mi propio eco y un ligero movimiento de cabeza que posiblemente imaginé; así que aproveché aquel sosiego tan propicio y clamé por el nombre que buscaba. Se alzó la cabeza, que volvió a descender; nueva figuración mía. Visto lo visto, me dije que tocaba esperar otra tanda de profesores; ésta, a todas luces, era una fuente seca.

Me chistaron a mitad del pasillo y la dueña de la cabecita inquieta se me acercó; le arropaba el cuello un bullón del arco iris transformado en bufanda, y le colgaba del hombro una bolsa de crochet con florecitas; apretaba un libro y dos carpetas contra la abertura de la amplia chaqueta de color gris topo. «Disculpe, ¿pregunta usted por Castilla, el profesor de literatura?». «¿Literatura? Me han dicho filosofía» «No, literatura».

La mujer, digamos que finaba la cincuentena, menudita, cara ovalada, nariz delicada y labios acapullados sin rastro de carmín, llevaba un vestido de falda amplia de color amarillo azafranado, con más florecitas, que moderaba el apogeo de sus caderas; mantenía el interrogante en sus ojos azulinos, irritados por el exceso de lectura o la falta de sueño. Afirmé de cabezada con un toque de silencioso misterio, lo que sublevó un poco su ingenua inquietud.

«¿Cómo está? ¿Sabe algo de él?», se recogía tras la oreja un corto y rizoso mechón de pelo ceniza. Dije que era eso, exactamente, lo que intentaba averiguar. Ella me observó un tanto ansiosa. «Si le interesa, podemos hablar, dispongo de poco más de media hora». Y así, acompañé su paso corto y ligerito hasta una cafetería al otro lado de la calle, frente al parquecito con árboles escasos y maltratados. Una jovenzuela lanzaba su pelotita contra el campizal y un perro lanudo, ingenuo él, se despepitaba por atraparla. No aguardó la profesora; ya en el trance de sentarnos me lanzó su cuarta pregunta: «Entonces, ¿ya ha empezado a buscarlo?»

Yo no salté, como el can, a responderla; contuve mi sorpresa y fingí mucho interés por el concurrido ambiente del local.

‒Usted es el detective, ¿no? ‒dejó libro y carpetas a un lado sobre la mesa y después de ella me senté yo‒. ¿Lo ha contratado Perals?

Me puse a pensarlo.

–Yo soy Elvira –insistió–, formo parte del grupo de amigos preocupados –y sí, mi reservada actitud la tenía en ascuas.

Sus ojos grandes y bonitos, ligeramente redondeados: toque ingenuo, emitían chispitas azules de entusiasmo que de pronto se apagaban; no conseguí averiguar qué tipo de sentimiento manejaba tan delicado conmutador. Tiré de rutina: hurgué en la carpeta, extraje la foto y se la mostré. La tomó y la examinó despacio, diría que con nostalgia. Llegó el camarero; ella lo saludó por su nombre y pidió lo acordado, café para dos.

‒Sí, claro, es él. Estamos en la última comida de fin de curso, a ésta sí asistió. La celebramos cada año un grupo de profesores. Ese codo que asoma por el borde –señaló el detalle– es mío. Yo he aportado esta foto a la causa porque es la más reciente que tenemos. Pero no sé si le ayudará; falta su expresión a la vez concentrada y huidiza, su despiste, su voz un poco blanda, la vehemencia de su puño para subrayar lo importante, ese andar largo y apresurado, echado hacia delante, como si llegara tarde a todos los sitios, su miopía, su desaliño… –enumeraba cualidades la profesora como si escogiera fruta– y la soledad, cómo no. Es un solitario yo diría que sin vocación; le pesa la soledad, incluso… quiero decir… él la sufre, o… no la ha resuelto… pero se refugia en ella. ¿Esto le resulta paradójico?

–¡Pche…! –expresé mi duda.

Ella dirigió su incomodidad hacia la sordina de voces, el rumor de tazas y cucharillas,

–Tuvo algún desengaño… –creí que la evocación la impulsaba a la confidencia, pero se arrepintió enseguida–. Claro, es mi punto de vista, porque a él de intimidades… y eso que nos conocemos desde hace, ¡buff!, la tira de años…

‒El director asegura que la supresión de su asignatura y endosarle la de gimnasia le resultó humillante –exageré.

‒Lo que él pueda decir… ‒me devolvió la foto como si le costara desprenderse de ella‒. Ni por un momento; se mantuvo tranquilo, indiferente. Yo sí que me indigné, incluso con él porque se iba del instituto, con todo el problemón de las asignaturas que se eliminan del plan de estudios. Nos afecta a todos porque es un reflejo: duele lo que están haciendo con la enseñanza. Los demás pasaron, cada cual a lo suyo, como siempre; sí, protestitas hubo… –nasalizó la voz–, pero nada de nada, ni el sindicato. La cultura, que es memoria, nuestra memoria –subrayó–, es una carga en esta forma tan liviana, tan tontita de vivir. Él quiso tomarlo como un reto, una experiencia exótica, y se lo reproché, a mí me dolía más. Claro, tiene sentido del humor, nunca le ha importado ser el tonto del chiste que él mismo cuenta. Se ufana ante cualquiera, por ejemplo, de leer en el retrete, como Henry Miller.

Vino el camarero y sirvió los cafés.

‒Pero pidió la excedencia –continué.

‒Sí, es verdad; y le repito: se lo reproché, le confieso; pero estaba equivocada, lo comprendí y mi reproche iba más por la jubilación, y sobre todo porque no iba a cobrar durante esos dos años, pero se llamó romántico: sufro de melancolía inútil se le ocurrió decir, como de broma. Iluso lo llamé yo por no pensar en las consecuencias. Ya sabe usted de la intimidad entre el horror y lo romántico –yo asentí como si supiera–; él es otra cosa. Un soñador… sí, bueno… –cuchareó en la taza y dio un sorbito.

Yo la imité, pero mi sorbo fue más largo.

–Un soñador… –repetí.

–Añadió que se pondría a viajar –consiguió animarse la profesora–, pero de palabra que no de obra, esto se lo aseguro yo. Nada de irse por ahí, de darse a vagar por carreteras azules… Carreteras azules, bonito, ¿verdad? –adivinó la pregunta que yo no pensaba hacer–. Es el título de una famosa novela de viaje, en ella el narrador vagabundea por carreteras secundarias, que en los mapas antiguos de Estados Unidos tenían ese color, seguro que usted la conoce –repetí mi bobino cabeceo–. Pero Castilla ni siquiera tiene carnet de conducir, ya ve. De viajar, el habría sido más bien un Javier Reverte, pero de sillón y zapatilla: todos sus viajes los ha imaginado, y si lo contradices, ya lo tienes con el morro prieto. Aparte sus destinos académicos, y ha llovido mucho, no ha pasado del clásico viaje cultural, siempre organizado, o el de veraneo, ya sea al mar o a la montaña, que le da igual. De todos modos, se lo digo aunque pienso que usaba la broma para eludir la curiosidad ajena, comentaba que disfrutaría de su excedencia en… una isla o… en algún lugar humilde y pintoresco, más tranquilo que perdido… ¿Quedan sitios así? Fantasías, puras fantasías, tiene muchas… –no las mencionó–, pero nunca se las discuto. Aunque, bueno, a lo mejor le ha hecho caso a su sueño. Si es así, yo me alegraría.

Desvió la mirada hacia el remedo de parque. Antes, la jovencita lanzaba y el perro corría; ahora, unos niños gritaban y se perseguían.

–No, Castilla no ha vuelto a pisar un instituto –confirmó mi sugerencia. Estaba segura, porque ella había hecho una pequeña gestión: conservaba una amiga en el ministerio, y no constaba que Castilla hubiera solicitado la reincorporación, y el plazo había expirado.

–¿Su estado de ánimo…?

–¡No, no, no, no! –le vino un repente que la impulsó de la silla; temblaron las tazas–. Ni lo piense ni se le ocurra –me advirtió, dedo en ristre y chisporroteo azulino–. Su ánimo era perfecto, perfecto, mejor que el mío. No siga por ahí.

No lo hice.

–¿Pero usted cuando lo vio por última vez?

Se acomodó, tomó aire, manoseó las pulseras, alejó su taza, pensó…

HG MANUEL
FOTOGRAFÍA: JES JIMÉNEZ

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1 de diciembre de 2021

  • 1.12.21
Carpeta bajo el brazo y ágil apostura de cobrador de recibos, me alejé del autobús: de su bramido y el ácido hedor de sus gases, subí una cuesta con maquinaria y ruido de obra, dejé atrás una plaza con quiosco de prensa y bullanga de niños que pateaban un balón de colores, molestando a quien cruzaba por ella, doblé junto a una hilada de contenedores donde un encapuchado escarbaba en la basura con una varilla de acero y avancé por una calle ni estrecha ni ancha, sin árboles, con aceras gastadas, limpieza dubitativa y escaso tráfico.

Salí a la calle y allí seguía: el sol, echado contra la fachada, indiferente y sin enterarse de nada

Me detuve ante una puerta metálica con cristales biselados, bastante nueva, y probé con una de las llaves de la cajita. Sí: allí era. Eché un vistazo en el buzón del correo: nada; dejé atrás el portal y subí a pie hasta un tercer piso. No me crucé con habitante alguno en la sombra húmeda de las escaleras, no percibí olor desagradable y no escuché ruido o sonido distinto al de mis pasos; todo vulgar, todo normal, todo corriente.

Por probar, a sabiendas, por qué no, toqué el timbre y paré el oído: nada, rien de rien. Entonces usé la otra llave: giré y empujé, pero me detuve. No, no iba entrar. Sin motivo, pero no iba entrar. De algún modo intuí que era imprescindible, tenía prioridad, conocer, averiguar, quién era la persona que, según me habían dicho, vivía allí.

Comencé por repicar en las viviendas que componían el edificio de seis plantas; por una u otra razón, sólo me atendieron en cuatro. Pude comprobar que el señor Castilla residía allí desde hacía, aproximadamente, diez años, y saber que la relación con sus vecinos venía a ser de hola y adiós, que no molestaba: nada de bulla ni extraños por la escalera, no se le conocían visitas y no asistía a las periódicas reuniones de propietarios porque él no lo era; y así, uno tras otro, fui recolectando noes. Aparte de esto, a quien lo vio por última vez no lo encontré: o no estaba o lo había olvidado, tampoco hubo muestra de mayor interés. Ilustra mi recorrido el clarinazo del vecino de enfrente:

–A ése lo mismo lo veo que no –y se retrajo a la tiniebla de su casa, como el caracol.

Mísero botín para tanto subibaja.

Salí a la calle y allí seguía: el sol, echado contra la fachada, indiferente y sin enterarse de nada, como siempre.

Me di una vuelta por la zona preguntando aquí y allá; solo obtuve un par de vagas respuestas, que no me sirvieron, repartidas entre una panadería y un bar.

A continuación caminé, pasito a pasito, entre dos extremos de la ciudad, desde el barrio de La Luna hasta el barrio de La Estrella: un largo garbeo espacial para ir al instituto donde «ése» impartía clase, porque sin más ni más se me antojó saber cuánto se tardaba.

No fue un paseo agradable. Gran parte del trayecto se componía de calles pendientes, anodinas, insignificantes; alguna, tras una rotonda con rodales de césped y desperdicios, se transformaba en carretera de mucha afluencia. Recorrer aquella destartalada avenida, bullente de tránsito y larguísima, resultó fatigoso: por la fealdad de su trazado, por el asedio del polvo y el constante zumbido de la máquina que poco a poco, bocado a bocado, iba transformando sus límites. Uno se puede equivocar; mas… quizá por ello, por el enervante desespero que te iba entrando mientras caminabas, descarté que Castilla –ni siquiera ocasionalmente– recorriera a diario tan desmesurado ida y vuelta.

Entré en la tendalera de calles de La Estrella: edificios agrupados en pabellones de estructura simple y repetida, levantados con materiales baratos sobre terrenos aledaños para gente de callo y trote, esa que augura en un céntimo el comienzo de la fortuna o se tropieza en la acera con las alas rotas de aquel ángel que de amanecida erró el vuelo y se vino a dar contra el canto de una esquina. La misma u otra semejante a la del bloque de viviendas, con churretones de humedad repartidos por las hinchazones y llagas en el revoque de la fachada, que yo doblé para encontrar el parquecillo miserable, circundado por tramos de seto con el ramaje torturado, que prolongaba el ensanche donde se alzaba el instituto.

Entre vulgar y terrible, el estilo de aquel adefesio: un enorme cajón de hormigón y ladrillo, aligerado por la hilada de ventanales con marcos de aluminio, pintarrajeado con grafías de aerosol, y protegido por un muro con verjas de malla, me suspendió un poco. Escaso presupuesto y diría que roído (no había más que verlo) por la sisa, el desprecio y la ignorancia: todos a una y por turno.

Recuperé el ánimo e inquirí al bedel: un treintañero grandote, de aspecto apacible, con jersey de cuello redondo, pantalones anchos y manos a la espalda, que oteaba distraído la errática circulación de alumnos posado como un pollo zancón en el último peldaño de la amplia escalera, a un lado de la entrada principal; su voz lenta y gruesa, empañada por vahos de bostezo, tras un pequeño intercambio de frases, una referida a una cita ficticia (tenía otras pero no hizo falta emplearlas), respondió a un par de preguntas que le hice sobre el profesor Castilla:

–Sí, un hombre apocado por no decir raro, que no es torpe, ¿eh?, despistado más bien, pero muy normal, bastante guay, le cae bien a los chavales. Hace tiempo, por lo menos un año o dos, que no lo veo. Sé que pidió el traslado, o es lo que se decía, si es que se dijo, pero si pregunta en secretaría no saben. De mí no se despidió, si tenía que despedirse, que tampoco había por qué, ¿comprende?, quién soy yo. ¿Amistades? Qué voy a decirle, eso ya… ¿comprende?, es cosa de cada cual. Me puedo equivocar, pero muchas veces, o unas pocas, nadie lo ve todo, o si lo ve no se fija, o si se fija no le importa, tomaba café con doña Elvira, la profesora de filosofía, allá enfrente –alzó la cara sin alterar su indolencia–. También, con otros, ¿comprende?, pero con ella más, o yo lo supongo…

Me encaminó hacia un despacho situado al final del pasillo, girando, «¿comprende?», a la izquierda. Debía esperar a que el señor director finalizara su clase, faltaban diez minutos; me señaló un banco a la entrada de ese mismo pasillo. Mejor, así reposaba después de la caminata: más de una hora, sin prisa; un buen ejercicio en caso de ser ameno, pero no, resultaba todo lo contrario, hasta diría que insano.

Sin embargo, preferí husmear por el vestíbulo: evoqué, así es el capricho, un espacio de mi infancia: mi antiguo instituto, aquellos bancos de madera situados en aquel amplio pasillo frontero de las aulas y tan lleno de silencio ante las puertas cerradas: a ellos acudíamos entre clase y clase los alumnos como pájaros en bandada, para piar enardecidos las múltiples sorpresas y diarias maravillas que venían formando nuestras mínimas historias.

Me sobresaltó la furia de portazos y timbres; una tempestad de voces, gritos, pasos y carreras tronó por todos los rincones del centro. «Hay cosas que no cambian», pensé. Al poco vi llegar a un hombre en mangas de camisa; se abría camino entre el bullicio con una brazada de cuadernos, y como el que no quiere la cosa me advirtió el bedel con una seña. Poco más de cuarenta años, larguirucho y desgarbado, nariz larga y suspirosa, cabalgada por unas lentes con montura dorada, cruzó el alboroto como lamido por las llamas de un incendio.

Un «Adelante» con acento de fastidio respondió a mi aporreo de la puerta.

La entrevista fue breve; el hombre, paliducho, brillo inteligente en lo ambarino del ojo, se mesaba y enredaba el pelo con dedo huesudo, mientras iba y venía de una carpeta a otra, de un papel a otro, preparando y consultando: agobios de tiempo, o vaya usted a saber qué.

Al inicio del curso anterior a su salida del centro –me explicaba–, las materias de varias asignaturas, incluida la del señor Castilla, se habían integrado para formar una disciplina nueva; en consecuencia, durante el primer trimestre y en tanto se formalizara el nuevo programa de estudios, impartiría Educación Física, única plaza libre por la baja médica del titular. El funcionario Castilla no alzó protesta pero de inmediato solicitó una excedencia voluntaria de dos años, que le fue concedida. En su opinión, la del director, un profesor de su experiencia, tan exigente, y a su edad… debió sentirse muy dolido, si no humillado; pero, naturalmente, tan sólo era su impresión. Sí, se suscitó un conato de protesta entre el profesorado; pero nada, todo venial. El caso es que «su paréntesis laboral» terminaba en unos pocos días:

–Lo habitual es que se reincorpore a primeros de junio –me informó.

Era probable que lo hubieran trasladado a otro centro, porque se perdía el derecho a la plaza, no así al servicio activo. Le pregunté si se conservaban pertenencias del profesor Castilla y «No, ninguna», fue su respuesta.

–¿Dificultades, problemas con los alumnos?

–Ninguno –repitió–. Es una persona tolerante, de buen carácter. Un profesor nada rutinario, muy preparado, de mucha experiencia… De lo mejor que tenemos aquí –este comentario, y sonó reticente, me parece que se le escapó.

Entonces le pedí hablar con sus compañeros, y aprovechó. Me deseó suerte y se deshizo de mí acompañándome hasta la esquina del pasillo para indicarme la ruta hasta la sala de profesores.

HG MANUEL
FOTOGRAFÍA: JES JIMÉNEZ

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6 de noviembre de 2021

  • 6.11.21
Comencé a echarle un vistazo a todo aquello; tenía muy presente que mis vivaces apuros aconsejaban prudencia: me habían hecho comprender que debía tragar con lo que se me presentaba, sin excusa y a toda mecha, pero con mucha pausa, una pizca de decoro y algo de suficiencia en la forma. Hasta que volvió, acucioso, el responsable.


‒Si lo encuentra –sonrisita de ánimo–, hágale saber la preocupación que embarga a sus excelentes amigos –mensaje aportado, cosecha propia.

Me estrechó la mano y me despidió con viento fresco el distinguido empleado.

Antes, y sin ánimo de parecer imbécil, le pregunté, por preguntar, sobre los movimientos de la tarjeta de crédito. Se sorprendió; enarcó las cejas y agrandó los ojos, demoró su estupor para establecer que no lo parecía, lo era: estupor genuino ante tamaña ignorancia, y para responder, consecuente, que no sabía si el señor Castilla era poseedor de tarjeta alguna, porque no era cliente de su banco. Le sonreí bobático y afirmé que lo sospechaba porque nada de esto había en el informe y que en realidad le preguntaba por la consulta que tal vez le había hecho al colega de aquel otro banco donde el señor Castilla recibía su sueldo o tenía depositados sus ahorros.

La expresión de búho le creció de un modo inverosímil, no daban crédito: «¡Usted está en el Olimpo!», me gritaba.

‒Un buen profesional, como es usted –replicó, en plan didáctico–, sin duda conoce el sigilo bancario, una obligación muy valorada por nuestros clientes, incluso por la ley ‒de disponer de una palmeta la habría destrozado en las palmas de mis manos‒. El colega al que se refiere no existe; de lo contrario, su ocurrencia habría sido estupenda para localizar al señor Castilla, y lamento que nunca se me hubiera ocurrido a mí ‒alzó la barbilla y apretó los labios en una curvita muy simpática que le realzó la papada.

No quise defraudarlo y prolongué la sonrisa: que durara lo suficiente para que me imaginara buscando la luna en una noche de tormenta. Qué se puede esperar de un detective barato, leía en su expresión. Aliviado por no cargar con la responsabilidad de haberme contratado él, empujó el sillón con un enérgico golpe de nalgas y se plantó, tieso que tieso, con los adamados puñitos bien firmes blanqueando sobre el escritorio.

‒Si necesita algo –le subió un tono la flauta de la voz–, cualquier gestión que esté en mi mano, tal y como se recoge en el contrato de prestación de servicios profesionales que usted ha firmado y yo, previamente, he recibido y leído cláusula por cláusula, no lo dude, aquí me encontrará, a su disposición.

Valoré su ofrecimiento en su justa medida: cero, y abandoné el pulcro y funcional despachito, prefabricado con brillantes paneles de aglomerado y de cristal, franco a la mirada de quien quisiera mirar: nada que ocultar, el banco es eficacia, diligencia, transparencia…

«Eso es tener amigos», me iba diciendo admirado, «sobre todo si careces de familia o pariente conocido que pueda ocuparse o dar razón de ti». Porque el tal Castilla, próximo a la jubilación, estaba soltero y vivía solo. Era profesor de filosofía en un instituto de enseñanza media situado en cierto barrio obrero construido durante una de las episódicas etapas de desarrollismo y que paulatinamente venía decayendo; aun así mantenía cierto prestigio local, ganado con el esfuerzo de un plantel de excelentes profesores que, seguramente, se conservaría con gratitud en la fatigada memoria de sus alumnos.

Entré en el primer bar que me vino a mano y pedí un café con tostada. Más o menos cómodo en una de las sillas metálicas que gastaba el local, me puse a la manduca. Después, abrí el sobre y volví a leer con más detalle el informe adjunto. Contenía una serie de autorizaciones y las sucesivas declaraciones de los amigos promotores; todas interesantes, pero insuficiente.

Tocaba moverme y comencé por molestar: llamé al chiquilín.

‒Necesito hablar con el abogado.

Gruñidito, refunfuño y:

‒Imposible. Hable conmigo y de prisa, estoy ocupado.

‒Es imprescindible. Consúltelo y me responde.

‒Oiga, en el contrato….

Pulsé la teclita roja y luego llamé a Borrego, un policía amigo, para darle los datos que contenía la copia de la denuncia por desaparición y sugerirle una visita al instituto anatómico forense.

Me mandó a hacer gárgaras.

Ya echaba de menos la tostada, tan rica, cuando mi teléfono ostentó vibrante su famosa melodía. El de la sucursal, notoriamente incómodo, recitó un número que empleé de inmediato. Verboso forcejeo para conseguí una cita a primera hora de la tarde.

HG MANUEL
FOTOGRAFÍA: JES JIMÉNEZ

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3 de noviembre de 2021

  • 3.11.21
Sí, podía estar en mi desangelada oficina, mano sobre mano, calentando el poliéster de la silla, atisbando por la ventana y a la espera, como el taxista en la parada de una calle desierta; o bien, oreándome al solecito mañanero, frente a la compasiva lejanía de olas y nubes, soportando la reiterada tontería del viento con mi pelo, puesto el oído en el perezoso batir del agua, su acompasado rumor contra la arena… en Playa Golondrinas, un sitio al que solía ir los días de inercia (así los llamo porque te recoge el débil impulso que los lleva y luego te abandona en el charco oscuro donde acaba), para trotar por sus veredas entre gramas, bufalagas y rodales de pinos, siempre lejos de aquel brote blanco y duro de las incipientes urbanizaciones.


Pero, no.

Yo estaba en la sala de mi casa.

Y ocupado en algo importante: admiraba el cristal. Su utilidad, tan bella.

La soledad, muy formalita ella, se había sentado a mi lado y respiraba en silencio, muy atenta a lo que yo hacía.

Apuré el último trago de agua, clara, pura, insípida, y giré el vaso, complacido en el juego de la luz que anidaba en las pequeñas gotitas o se posaba en mis dedos y más allá: fraccionaba en destellos el fondo azulado, las rayas del faldón de mi camisa. Bonita transparencia, tacto delicado y mente ociosa para entretenerse con algo tan frágil, tan inerte.

Quizá esperaba el espejismo: revivir uno de mis ayeres, cualquiera entre los favoritos…

Sonó con mucho ánimo el teléfono.

Casi me costó estirar el brazo.

Creo que necesitaban un detective tirando a económico, digámoslo así, porque se habían tomado la molestia, sigamos diciendo así, de fijar un coste adecuado para un trabajo sencillo. Según este juicioso criterio, corrió la lista de agencias –no muy larga, por cierto– y al final, tras duros tiras y aflojas entre demasiados síes y noes, y con la decepción del último recurso –de todo se entera uno–, apareció mi nombre y en él se detuvieron, porque acepté el encargo sin oponer pega ni discurso. Es lo que tiene estar a ruche, en blanca, a dos velas, a verlas venir.

Por eso se me podía ver, a primera hora, orillado en la acera ante la persiana de aquella puerta (al poco, se enfilaron detrás de mí un jubilado que murmuraba y negaba con mucha preocupación, y una peluquera nerviosa, que parloteaba y manoteaba con un teléfono en la oreja, muy quejosa con el día: ya, de primera hora, no le daba, porque la visita a una cliente, impedida, para peinarla, le retrasaba el tocado de una novia, con el desespero, además, de los apliques, pinzas, horquillas, perlas, florecitas…), esperando a que alguno de los fulanos que se movían dentro se acercara a darle la vuelta al cartelito: CERRADO.

Debía encontrar a un hombre, un profesor, desaparecido desde hacía meses, sin mediar motivo, justificación o aviso, y del que no se tenía la menor noticia. Para atender tan excepcional asunto, causa o anomalía se había creado un fondo de ayuda que supervisaba un abogado y administraba el director de un pequeña sucursal bancaria cercana a mi oficina y en la que yo nunca había entrado.

Ese dinero, resultado de un acuerdo entre amigos ‒admite el formato todo pelaje y condición‒, se mantenía con el único propósito de conocer lugar, estado y situación de un tal señor Castilla y, dado el caso, remediar cualquier urgencia o precariedad.

El tal director, un altanero bajito, gordito eficiente de maneras suaves y amabilidad profesional –se notaba a sus anchas y en expectativa de ascenso–, me introdujo en un cuchitril con mesa y dos sillas y me sometió a una rápida evaluación en los términos previamente acordados.

Finalizado el trámite, me entregó una delgada carpeta de cartulina marrón con informes, formularios y autorizaciones, más o menos prescindibles; también, una cajita de cartón que contenía un juego de llaves. A continuación, cedió una esquina del pequeño escritorio para que examinara en detalle aquellos papeles y me abandonó cosa de un cuarto de hora.

Lo vi a través de la cristalera atropellase hacia un recién llegado de aspecto valioso que paseaba a trecho cortito entre el desespero de la peluquera, que conseguía alcanzar el mostrador, tras la gestión del anciano: «…cobras y ya están los buitres picoteándote la miseria de paga» venía rezongando, y los biombos de los tres desventurados que tecleaban sin pestañeo, embebidos en la pantalla de su terminal informática.

El caballero debía ser persona influyente, a juzgar por el zalamero encanto que emanaba del gordito, bastante untuoso. A mí, como cualquier bendito que acude para domiciliar un recibo, depositar una modesta cantidad de dinero, solicitar un préstamo o escuchar la lisonjera oferta (siempre asequible) de algún producto bancario, nunca me han recibido con tanta miel.

Continuará...

HG MANUEL
FOTOGRAFÍA: JES JIMÉNEZ

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