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6 de noviembre de 2021

  • 6.11.21
Comencé a echarle un vistazo a todo aquello; tenía muy presente que mis vivaces apuros aconsejaban prudencia: me habían hecho comprender que debía tragar con lo que se me presentaba, sin excusa y a toda mecha, pero con mucha pausa, una pizca de decoro y algo de suficiencia en la forma. Hasta que volvió, acucioso, el responsable.


‒Si lo encuentra –sonrisita de ánimo–, hágale saber la preocupación que embarga a sus excelentes amigos –mensaje aportado, cosecha propia.

Me estrechó la mano y me despidió con viento fresco el distinguido empleado.

Antes, y sin ánimo de parecer imbécil, le pregunté, por preguntar, sobre los movimientos de la tarjeta de crédito. Se sorprendió; enarcó las cejas y agrandó los ojos, demoró su estupor para establecer que no lo parecía, lo era: estupor genuino ante tamaña ignorancia, y para responder, consecuente, que no sabía si el señor Castilla era poseedor de tarjeta alguna, porque no era cliente de su banco. Le sonreí bobático y afirmé que lo sospechaba porque nada de esto había en el informe y que en realidad le preguntaba por la consulta que tal vez le había hecho al colega de aquel otro banco donde el señor Castilla recibía su sueldo o tenía depositados sus ahorros.

La expresión de búho le creció de un modo inverosímil, no daban crédito: «¡Usted está en el Olimpo!», me gritaba.

‒Un buen profesional, como es usted –replicó, en plan didáctico–, sin duda conoce el sigilo bancario, una obligación muy valorada por nuestros clientes, incluso por la ley ‒de disponer de una palmeta la habría destrozado en las palmas de mis manos‒. El colega al que se refiere no existe; de lo contrario, su ocurrencia habría sido estupenda para localizar al señor Castilla, y lamento que nunca se me hubiera ocurrido a mí ‒alzó la barbilla y apretó los labios en una curvita muy simpática que le realzó la papada.

No quise defraudarlo y prolongué la sonrisa: que durara lo suficiente para que me imaginara buscando la luna en una noche de tormenta. Qué se puede esperar de un detective barato, leía en su expresión. Aliviado por no cargar con la responsabilidad de haberme contratado él, empujó el sillón con un enérgico golpe de nalgas y se plantó, tieso que tieso, con los adamados puñitos bien firmes blanqueando sobre el escritorio.

‒Si necesita algo –le subió un tono la flauta de la voz–, cualquier gestión que esté en mi mano, tal y como se recoge en el contrato de prestación de servicios profesionales que usted ha firmado y yo, previamente, he recibido y leído cláusula por cláusula, no lo dude, aquí me encontrará, a su disposición.

Valoré su ofrecimiento en su justa medida: cero, y abandoné el pulcro y funcional despachito, prefabricado con brillantes paneles de aglomerado y de cristal, franco a la mirada de quien quisiera mirar: nada que ocultar, el banco es eficacia, diligencia, transparencia…

«Eso es tener amigos», me iba diciendo admirado, «sobre todo si careces de familia o pariente conocido que pueda ocuparse o dar razón de ti». Porque el tal Castilla, próximo a la jubilación, estaba soltero y vivía solo. Era profesor de filosofía en un instituto de enseñanza media situado en cierto barrio obrero construido durante una de las episódicas etapas de desarrollismo y que paulatinamente venía decayendo; aun así mantenía cierto prestigio local, ganado con el esfuerzo de un plantel de excelentes profesores que, seguramente, se conservaría con gratitud en la fatigada memoria de sus alumnos.

Entré en el primer bar que me vino a mano y pedí un café con tostada. Más o menos cómodo en una de las sillas metálicas que gastaba el local, me puse a la manduca. Después, abrí el sobre y volví a leer con más detalle el informe adjunto. Contenía una serie de autorizaciones y las sucesivas declaraciones de los amigos promotores; todas interesantes, pero insuficiente.

Tocaba moverme y comencé por molestar: llamé al chiquilín.

‒Necesito hablar con el abogado.

Gruñidito, refunfuño y:

‒Imposible. Hable conmigo y de prisa, estoy ocupado.

‒Es imprescindible. Consúltelo y me responde.

‒Oiga, en el contrato….

Pulsé la teclita roja y luego llamé a Borrego, un policía amigo, para darle los datos que contenía la copia de la denuncia por desaparición y sugerirle una visita al instituto anatómico forense.

Me mandó a hacer gárgaras.

Ya echaba de menos la tostada, tan rica, cuando mi teléfono ostentó vibrante su famosa melodía. El de la sucursal, notoriamente incómodo, recitó un número que empleé de inmediato. Verboso forcejeo para conseguí una cita a primera hora de la tarde.

HG MANUEL
FOTOGRAFÍA: JES JIMÉNEZ

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La fotografía (I)



3 de noviembre de 2021

  • 3.11.21
Sí, podía estar en mi desangelada oficina, mano sobre mano, calentando el poliéster de la silla, atisbando por la ventana y a la espera, como el taxista en la parada de una calle desierta; o bien, oreándome al solecito mañanero, frente a la compasiva lejanía de olas y nubes, soportando la reiterada tontería del viento con mi pelo, puesto el oído en el perezoso batir del agua, su acompasado rumor contra la arena… en Playa Golondrinas, un sitio al que solía ir los días de inercia (así los llamo porque te recoge el débil impulso que los lleva y luego te abandona en el charco oscuro donde acaba), para trotar por sus veredas entre gramas, bufalagas y rodales de pinos, siempre lejos de aquel brote blanco y duro de las incipientes urbanizaciones.


Pero, no.

Yo estaba en la sala de mi casa.

Y ocupado en algo importante: admiraba el cristal. Su utilidad, tan bella.

La soledad, muy formalita ella, se había sentado a mi lado y respiraba en silencio, muy atenta a lo que yo hacía.

Apuré el último trago de agua, clara, pura, insípida, y giré el vaso, complacido en el juego de la luz que anidaba en las pequeñas gotitas o se posaba en mis dedos y más allá: fraccionaba en destellos el fondo azulado, las rayas del faldón de mi camisa. Bonita transparencia, tacto delicado y mente ociosa para entretenerse con algo tan frágil, tan inerte.

Quizá esperaba el espejismo: revivir uno de mis ayeres, cualquiera entre los favoritos…

Sonó con mucho ánimo el teléfono.

Casi me costó estirar el brazo.

Creo que necesitaban un detective tirando a económico, digámoslo así, porque se habían tomado la molestia, sigamos diciendo así, de fijar un coste adecuado para un trabajo sencillo. Según este juicioso criterio, corrió la lista de agencias –no muy larga, por cierto– y al final, tras duros tiras y aflojas entre demasiados síes y noes, y con la decepción del último recurso –de todo se entera uno–, apareció mi nombre y en él se detuvieron, porque acepté el encargo sin oponer pega ni discurso. Es lo que tiene estar a ruche, en blanca, a dos velas, a verlas venir.

Por eso se me podía ver, a primera hora, orillado en la acera ante la persiana de aquella puerta (al poco, se enfilaron detrás de mí un jubilado que murmuraba y negaba con mucha preocupación, y una peluquera nerviosa, que parloteaba y manoteaba con un teléfono en la oreja, muy quejosa con el día: ya, de primera hora, no le daba, porque la visita a una cliente, impedida, para peinarla, le retrasaba el tocado de una novia, con el desespero, además, de los apliques, pinzas, horquillas, perlas, florecitas…), esperando a que alguno de los fulanos que se movían dentro se acercara a darle la vuelta al cartelito: CERRADO.

Debía encontrar a un hombre, un profesor, desaparecido desde hacía meses, sin mediar motivo, justificación o aviso, y del que no se tenía la menor noticia. Para atender tan excepcional asunto, causa o anomalía se había creado un fondo de ayuda que supervisaba un abogado y administraba el director de un pequeña sucursal bancaria cercana a mi oficina y en la que yo nunca había entrado.

Ese dinero, resultado de un acuerdo entre amigos ‒admite el formato todo pelaje y condición‒, se mantenía con el único propósito de conocer lugar, estado y situación de un tal señor Castilla y, dado el caso, remediar cualquier urgencia o precariedad.

El tal director, un altanero bajito, gordito eficiente de maneras suaves y amabilidad profesional –se notaba a sus anchas y en expectativa de ascenso–, me introdujo en un cuchitril con mesa y dos sillas y me sometió a una rápida evaluación en los términos previamente acordados.

Finalizado el trámite, me entregó una delgada carpeta de cartulina marrón con informes, formularios y autorizaciones, más o menos prescindibles; también, una cajita de cartón que contenía un juego de llaves. A continuación, cedió una esquina del pequeño escritorio para que examinara en detalle aquellos papeles y me abandonó cosa de un cuarto de hora.

Lo vi a través de la cristalera atropellase hacia un recién llegado de aspecto valioso que paseaba a trecho cortito entre el desespero de la peluquera, que conseguía alcanzar el mostrador, tras la gestión del anciano: «…cobras y ya están los buitres picoteándote la miseria de paga» venía rezongando, y los biombos de los tres desventurados que tecleaban sin pestañeo, embebidos en la pantalla de su terminal informática.

El caballero debía ser persona influyente, a juzgar por el zalamero encanto que emanaba del gordito, bastante untuoso. A mí, como cualquier bendito que acude para domiciliar un recibo, depositar una modesta cantidad de dinero, solicitar un préstamo o escuchar la lisonjera oferta (siempre asequible) de algún producto bancario, nunca me han recibido con tanta miel.

Continuará...

HG MANUEL
FOTOGRAFÍA: JES JIMÉNEZ

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