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30 de septiembre de 2020

  • 30.9.20
La cultura red es el imperio de la instantaneidad. No se es si no se está. La captura del tiempo es la condición de la existencia, convertida en estancia o imagen efímera de la figuración. El problema es que, como advierte Remedios Zafra, la cultura digital impone una cultura del entretenimiento y la indiferencia, una suerte de hipnosis de la ignorancia inducida. Vamos, que nos quieren derivar, los del IBEX35, de la democracia a una suerte de oclocracia teledirigida.



Quizás por ello, Trump anda empeñado en avivar la guerra tecnológica con el cierre de WeChat y TikTok. La censura previa, como ven, existe. Los apologetas de la desintermediación en la era digital se quedaron ya sin razones para justificar el ordoliberalismo.

Y es que los que más pregonan el libre mercado –de Thatcher a Wilbur Ross, secretario de Comercio de EEUU– son los primeros en aplicar medidas de control y correctivas. Ya nos lo explicó Ed. Hermann y Chomsky en Los guardianes de la libertad: allí donde la lógica de dominio simbólico del capital no alcanza, llega la razón de la fuerza en forma de discurso de la seguridad nacional. ¿Recuerdan a Assange ? Pues eso.

Sin comentarios de los adláteres de la libertad de información en tiempos de represión y control de los canales de intercambio de contenidos mientras se refuerza la alianza de Estados Unidos con estados criminales como Israel, Colombia o Arabia Saudita.

Como advirtiera Foucault, a propósito del panóptico, vivimos, en la tardomodernidad, una fenomenología de formas ampliadas de dominación que exige del pensamiento crítico una lectura anticapitalista sobre las representaciones recibidas frente a la lógica del terror y la servidumbre.

Más aún cuando la proliferación de cámaras de videovigilancia en las escuelas –de Estados Unidos a China; de Francia a España, México o Brasil– da cuenta de una cultura securitaria que ha relegado, literalmente, toda cautela y protección de las libertades públicas fundamentales en democracia.

La política de la supervisión y control, el proceso de extensión de monitoreo tecnológico es, con la intensificación de la pandemia, el envés de la era de la hipervisibilidad y la iconofagia. El Centro Nacional de Estadística en la Educación de EEUU registra así más del 90 por ciento de los institutos con sistemas de videovigilancia y, en algunos casos, con micrófonos programados para detectar anomalías o comportamientos subjetivos alterados (estrés, ira, miedo) en una fase más, otra vuelta de tuerca, del algoritarismo propio del sistema de perfilado. Ríanse de Minority Report.

El Machine Learning Algorithm es la frontera de la inteligencia artificial llamada a proveer de suculentas plusvalías a las empresas de seguridad, hoy en auge en todo el planeta y liderada por Estados Unidos e Israel. Este sector de negocio representa en Estados Unidos en torno a los 3.000 millones de dólares.

Mientras tanto, dice el bueno de Zuckerberg que Facebook, él y sus amigos –léase– está dispuesto a pagar la tasa Google si la aprueba la OCDE. Este debe ser de la banda de Rajoy y nos ha tomado, literalmente, por pendejos. En una operación más de escabullirse ante los tímidos si no disimulados reclamos de Bruselas, no deja de resultar irrisorio, o propio de una función de sainete, este capítulo del capitalismo de plataformas.

¿Consentirá la vicepresidenta Vera Jurova seguir con esta situación prolongada de virtual monopolio y evasión de impuestos que tanto daña a la industria cultural europea? ¿O de verdad el Eurogrupo impondrá obligaciones en serio a los GAFAM?

Me temo que habrá de ser la sociedad civil la que reclame justicia y derechos en las calles mientras tales emporios se apropian de nuestros datos personales, concentran los desarrollos de robótica e inteligencia artificial e, incluso, conspiran con el Departamento de Estado no solo contra las democracia y gobiernos del cono sur, sino contra los propios funcionarios europeos, tal y como ilustrara el caso Echelon.

Que la entente Casa Blanca/Pentágono/GAFAM funciona a carta cabal lo ilustra el caso Huawei y la guerra contra TiKToK, una aplicación de casi 70.000 millones de euros con un posicionamiento estratégico en las nuevas generaciones y una proyección que sitúa a China, con el 5G, a la vanguardia tecnológica del capitalismo de plataformas. Un modelo de organización de la comunicación que, pese al discurso y promesa de autonomía, se basa en la centralización y monopolio del intercambio, pese a los apologetas de la sociedad digital.

Por ello, llama poderosamente la atención las reservas del secretario de Estado, Mike Pompeo, frente a compañías de origen chino, considerando la histórica posición oligopólica de los GAFAM en los mercados internacionales.

Pero no es el único caso de atentado a las libertades. Mientras en Francia la ley AVIA legaliza la censura extrajudicial de Internet, sentando las bases de un nuevo modelo del capitalismo informacional que, por principio, niega la alternativa de una regulación democrática con participación de la sociedad civil en favor del modelo panóptico de videoviglancia, la deriva del desarrollo de la cultura red sigue la estela del gobierno Trump y la Cloud Act (2018) imponiendo como norma una libertad de información administrada por el mercado y los emporios digitales y el Estado, con nulas garantías civiles para la ciudadanía.

Ahora, la alternativa a la siliconización estadounidense no pasa por la hegemonía emergente de Pekín. Irónicamente, en el paso de Amazon a Alibaba, cabe pensar dónde están los cuarenta ladrones del relato de las mil y una noches, más considerando que el ejecutivo que lidera esta compañía ha sido parte de la cúpula de Walt Disney. Cosas veredes, amigo Sancho, que ni Polibio entendería.

FRANCISCO SIERRA CABALLERO

29 de septiembre de 2020

  • 29.9.20
El autor de la célebre frase “lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir” ha superado en cinismo a todos sus antecesores. De todos es sabida la promiscuidad de la que siempre hicieron gala los Borbones: desde la reina Isabel, que pasó por su cama a toda la Guardia Real, hasta Alfonso XIII, famoso por sus salidas secretas por los cabarets de Madrid.



La primera tenía una gran excusa y es que su marido, en la noche de bodas, llevaba un camisón con más encajes que el de ella. Pero el segundo no creo que tuviese dificultades para poder usar el lecho real con su mujer, la reina Victoria Eugenia. Sin embargo, en ambos casos, sus dos protagonistas no molestaban al pueblo. Es más: el pueblo los amaba y esas salidas de tono las alababa y hacían bromas y cancioncillas con ellas.

Hasta ahora se ha ido sobrellevando la conducta presunta –no vayamos a liarla– del emérito. Pero de un tiempo a esta parte nos hemos enterado de que pagaba a sus supuestas amantes con dinero público, siempre presuntamente. Y de que utilizaba el servicio secreto para, supuestamente, seguirlas y acosarlas, al objeto de evitar que hablasen. Siempre presuntamente, ya saben.

También las ponía a vivir, presuntamente, en palacetes del Patrimonio Nacional, incluso en el mismo recinto de La Zarzuela. Pero ¿qué es lo más lamentable? Pues que todos lo sabían: los medios de comunicación estaban al tanto de estas correrías y no, no eran "vida privada" puesto que, presuntamente, utilizaba dinero público. Pero nadie, absolutamente nadie, denunció el caso.

La Constitución del 78 había blindado a Juan Carlos I. No podía ser juzgado, ya que gozaba de inviolabilidad, por lo que, presuntamente, se limitó a hacer lo que le vino en gana sin la más mínima consecuencia. Daba igual que estuviésemos en una crisis tremenda, que muchos niños españoles solo pudiesen comer una vez al día o que algunos jubilados andasen buscando por las basuras algo que llevarse a sus bocas desdentadas y hambrientas. Daba igual: eran sus súbditos. E, igual que en plena Edad Media, el rey disponía de unos privilegios de los que el pueblo carecía. La diferencia, claro, es que estamos en pleno siglo XXI.

Cada Navidad leía su discursito para tenernos contentos y, no conforme con ello, ayudó a cerrar una serie de contratos con empresas españolas en Arabia Saudí, en los que el rey emérito era intermediario. Esa conducta ha provocado que Anticorrupción abriese diligencias y que la Fiscalía las haya elevado al Tribunal Supremo.

Los documentos que se han hecho públicos en los últimos meses apuntan a que Juan Carlos I recibió, presuntamente, una transferencia del régimen saudí de 100 millones de euros que ingresó luego en una cuenta suiza. Se cree que fue una comisión por su mediación en la adjudicación a empresas españolas de la construcción del AVE a la Meca.

Es cierto que la figura de Juan Carlos I ya estaba muy dañada tras salir a la luz su relación con Corinna Larsen y las constantes revelaciones que hizo ella en el caso Villarejo. Pero no se investiga al emérito por nada que se circunscriba a sus relaciones sentimentales, sino que lo que ahora toca dilucidar es si cobró alguna comisión y si, con ello, se pudo cometer blanqueo de capitales o algún otro delito fiscal.

Lo que parece claro es que, al final, sea declarado culpable o no de algún delito, a Juan Carlos I nadie lo librará del escándalo porque, como dice el refrán, "la mujer del César no solo debe ser honrada, sino parecerlo". Pero si después de todos estos acontecimientos el pueblo español sigue queriendo rey, entonces parece claro que no nos hemos enterado de qué va la historia. Y va de reyes y vasallos, de súbditos, de tontos que trabajan y pagan y que, además, se creen las memeces que dicen los cuatro nostálgicos de una España cateta con corona.

REMEDIOS FARIÑAS

28 de septiembre de 2020

  • 28.9.20
La política española es parca en entendimiento. Y esa falta de empatía entre los líderes de las formaciones políticas dificulta cualquier acuerdo o pacto que beneficiaría al conjunto de la ciudadanía, al país. El tacticismo de plazo corto y la obsesión por no facilitar ninguna baza al adversario conducen a una política de trincheras y confrontación en cualesquiera asuntos de la actividad pública.



Ni siquiera una emergencia descomunal, como la pandemia del coronavirus que afecta al mundo entero, sirve de acicate para acercar posturas, dejar de lado rivalidades y colaborar de buena fe en una búsqueda de soluciones de las que nadie tiene patente de propiedad.

El estado de alarma, el confinamiento, la falta de recursos y hasta el número de contagiados y muertos han sido utilizados para intentar culpabilizar al adversario, desconfiar o erosionar la gestión llevada a cabo y hasta para obstaculizar los esfuerzos del Gobierno de turno ante un reto insólito de dimensiones continentales. Ningún mérito le será reconocido.

En España proliferan los vetos cruzados entre partidos políticos que solo ofrecen su apoyo a cambio de expulsar a otros del mutuo entendimiento. Por eso en nuestro país es inimaginable una actitud como la alcanzada en Portugal, donde la oposición, lejos de enfrentarse al Gobierno, le ofrece su total colaboración para lidiar contra la pandemia.

“Señor primer ministro, le deseo coraje, nervios de acero y mucha suerte. Porque su suerte es nuestra suerte”. Este fue el mensaje que le transmitió el líder de la oposición al jefe del Gobierno del país vecino. Justo lo contrario de lo que ocurre en España. Si hasta al jugarnos la vida somos incapaces de entendimiento, cualquier otro asunto no merecerá mayor esfuerzo de colaboración y alianza.

La bronca, los insultos y las descalificaciones serán los argumentos que saldrán de la boca de nuestros líderes para no ceder ninguna ventaja al contrincante. Que se hunda el país antes que reconocer bondades en el adversario. Tal parece la disposición de nuestros políticos en todo el arco parlamentario, incluidos los extraparlamentarios.

Son profetas de la verdad absoluta, de la que son únicos poseedores, y del yerro absoluto, que siempre corresponde al otro, a cualquier otro que no figure en nuestras filas. Apenas existen zonas comunes de encuentro, lindes grises donde ninguna verdad es incompatible con otra, tímidamente transitadas en contadas ocasiones y de las que pronto se arrepienten, como si fuera una mancha, un desprestigio haber llegado a ellas para lograr algún acuerdo con el “enemigo”.

España es partidaria del tremendismo, del duelo a garrotazos, como lo pintó Goya, ese sociólogo del pincel que nos retrató con sus más negras pinturas. No estamos dotados para el diálogo, la dialéctica o la negociación sin apriorismos ni líneas rojas. O todo o nada. O conmigo o contra mí. Mis ideas o las tuyas, sin posible término medio. Y así nos va.

En vez de progresar, retrocedemos. En vez de tolerancia, alimentamos la crispación en la convivencia entre los españoles. Fomentamos la división y la desigualdad en vez de buscar la unión y la prosperidad de todos y para todos. Incluso preferimos ser más pobres para no dejar que administre nuestros recursos un gobierno que no es de los nuestros.

Boicoteamos los presupuestos de la nación y las instituciones del Estado con tal de poner piedras al adversario, confiados en que ya llegaremos nosotros a arreglarlo. No dejamos gobernar, ni el país ni una comunidad ni un ayuntamiento ni siquiera una peña folklórica, no vaya a ser que obtengan algún éxito, algún logro que puedan adjudicarse.

Ya ni las críticas son constructivas porque no se acompañan de alternativas viables, creíbles, sinceras. Se cuestiona por obstruir, erosionar, descalificar, denostar, hundir al adversario. Para no lograr a ningún entendimiento.

Un país así está condenado a repetir sus errores, destinado a la mediocridad y al estancamiento. A ser contemplado desde el estereotipo injusto, con el sambenito despreciativo, con la miopía histórica. Porque no da muestras de avanzar, de modernizarse, de sacudir sus lacras, de unir a sus gentes, de tener unos gobernantes capaces de sumar esfuerzos en aras del bien común, de ambicionar estar a la altura de las democracias más envidiadas del entorno, de liderar nuevos retos y nuevos rumbos, de generar oportunidades.

En vez de eso, seguimos instalados en el “y tú más”, en la necedad, la ceguera, la corrupción, el sectarismo, la intolerancia y el egoísmo, mires donde mires. Hacia arriba o hacia abajo. Porque abajo, muchos exigen ayudas pero son reacios a pagar impuestos.

Reclaman hospitales, médicos, escuelas y maestros públicos y, sin embargo, votan al neoliberalismo de las privatizaciones. Quieren subvenciones pero engañan cuanto pueden a Hacienda. Declaran ERTE solo para aumentar los beneficios empresariales, lamentan la baja productividad pero no remuneran las horas extraordinarias. Y aspiran a trabajos para los que no están cualificados o en los que no rinden lo establecido.

Tanto arriba como abajo los abusos forman el caldo de cultivo que todo lo justifica, como si fuera la única defensa ante tanto atropello y arbitrariedad. Quien no abusa, roba o se aprovecha es tonto de remate, parece nuestro lema.

De un pueblo así, inmensamente honesto pero en el que lucen y prosperan una minoría de pícaros, emergen los sinvergüenzas que acaban ocupando poltronas y privilegios. Y a estos no les interesa el entendimiento, que se les acabe el chollo. Por eso hacen lo imposible para que nada se resuelva y poder seguir impartiendo doctrinas y recetas inútiles que solo valen para mantenerse en el machito. Es su trabajo: conservar el cargo. No saben hacer otra cosa. Brillan por su incapacidad al entendimiento. Ni siquiera por su propio país.

DANIEL GUERRERO


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