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Mostrando entradas con la etiqueta Diario de una equilibrista [María Jesús Sánchez]. Mostrar todas las entradas
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1 de febrero de 2019

  • 1.2.19
¿Tanto cuesta respetar al otro? Ver que hay gente más cercana al modelo estético de turno, y gente más lejana. La belleza es subjetiva. Ver que hay gente a la que le gusta la cerveza, y a otros a los que les gustan los refrescos o el agua clara. Gente que tiene un dios que le ayuda en sus penas, y gente que lleva una amatista en el bolsillo como protección.



Respeto es dejar a cada uno ser quien es. Ya tenemos bastante cada uno de nosotros con nuestra parte saboteadora como para tener también que bregar con las críticas externas. El problema es cuando vemos al otro como al enemigo, simplemente por ser diferente a nosotros. Y esto se agrava cuando surge el odio, que no es más que culpar al otro de nuestras desgracias o de nuestra mísera vida.

Pero no se rompe la cadena. Hay padres que siguen educando a sus hijos en el odio: son tan estúpidos que no se dan cuenta de que el que odia es un infeliz. Están condenando a esas criaturas a ir por el mundo atacando y sin tener paz interna. ¿Cuándo perdimos la conciencia de formar de una misma colectividad –la humana–? Como dijo Albert Einstein cuando le preguntaron por su raza y contestó: "humana, ¿es que hay otra?".

Lo que más me asquea son los dirigentes políticos que se dedican a dividir a la población, a sacar lo peor del ser humano para que esta corta vida sea una mierda para todos. Crear crispación con fines puramente económicos, que son los que siempre hay detrás, fomentar una sociedad dividida para que haya dolor incluso dentro de las familias. ¿Para qué?

Creo que los de abajo deberíamos impregnarnos del espíritu de los años setenta, esa época en la que fueron los movimientos ciudadanos los que pararon guerras, trajeron democracias y predicaron el amor a todo. No podemos sucumbir ni caer en sus luchas partidistas.

Habrá que mirar al lado y no para arriba, ver qué bueno podemos hacerle al prójimo. Ayudarnos mutuamente y cambiar la sociedad desde abajo. Quizás si todos nos imaginamos un mundo mejor, este sea posible. Soy una soñadora como John Lennon...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

25 de enero de 2019

  • 25.1.19
En el bosque de los árboles secos vive una bruja con rasgos encantadores que oculta un alma oscura y perversa que se alimenta de las alegrías ajenas. Si no te andas lista, te puedes enredar con su dulzura y caer en un pozo del que no se puede salir, aunque quieras. La clave está en no escucharla Y no probar su amargo chocolate.



Si muerdes, te perderás durante un tiempo y necesitarás ayuda para volver a respirar con normalidad. Todo en ella es atractivo y su casa es como la del cuento de Hänsel y Gretel. Pero no te fíes. Puedes llevar tiempo comiendo ese chocolate, pero eso no significa que sea bueno su consumo.

Cuando más alerta hay que estar es cuando eres feliz, o te ocurre algún pequeño milagro, o la vida te regala algo inesperado. Así, rebosante de energía, es como más le gustas. Con esa bonita energía ella puede seguir viviendo si consigue su fin, que no es otro que arrebatártela. Ella sin ti no puede vivir: envejecería hasta desaparecer. Pero es que la felicidad da mucho miedo. Más que la bruja. Y a veces dejarse caer en su telaraña, aunque no es agradable, sí resulta cómodo.

Hay que estar alerta y no responder a sus preguntas. Seguir caminando por tu sendero y evitar la tentación azucarada. Aunque la senda parezca peligrosa y no sepas a dónde lleva, es la senda de tu vida, el camino que has de construir. La casa de chocolate te da una protección ilusoria porque allí no hay aire, ni amor, ni vida. Cuando veo que me llama y me habla de felicidad, ya no la oigo. No es más que un viento frío que roza mi oído. La incertidumbre de la ruta es lo que hace latir mi corazón. Así que, por aquí seguiré…

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

18 de enero de 2019

  • 18.1.19
De nuevo he caído en brazos de Cole Latimer. Lo necesitaba. Me zambullo en esta novela romántica, como en un clásico de Antón Chéjov. Lo mismo escucho opera, que AC/DC, o sevillanas. Me gustan las películas de autor, me encanta My Blueberry Nights o No mires para abajo, pero también me distraigo viendo pelis moñas, siempre y cuando el argumento y la actuación sean creíbles.



En definitiva, me gustan y me emocionan miles de cosas. Me parece muy elitista o clasista tener que definirme dentro de un grupo. ¿Por qué no poder pertenecer a muchos? En determinados ambientes, parece que para formar parte de la manada tienes que tener determinadas aficiones y gustos. En la España del blanco y el negro, eres de los míos o estás contra mí.

Nos falta escuchar al otro; nos falta diálogo y respeto a las ideas ajenas. Nos falta espíritu democrático y ganas de llegar a acuerdos y soluciones. Cuando veo a políticos creando crispación, me encantaría que hubiera un torneo medieval, donde ellos se pegaran hasta que ganase uno y no utilizasen a los vasallos para que les hagan el juego sucio en la calle.

¿Hay paz dentro de alguien que odia y grita? No. Hay mucha gente que por sus actos puedes ver la negrura de su corazón, la poca empatía y las ganas de que la vida de los demás sea igual de mierda que la suya.

Yo le pediría a la energía que todo lo mueve que nos mande paz para el corazón, que convierta el odio en respeto y que todos seamos capaces de vernos como realmente somos: simples seres humanos, con independencia del dinero o del poder que ostentemos.Todos somos mortales. Por eso no quiero cosas materiales: solo quiero paz. Aunque suene a ilusa.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

11 de enero de 2019

  • 11.1.19
Empieza a silenciarse la voz esa que siempre me ha exigido ser alguien que no soy, que no ha respetado mi esencia. Voy aprendiendo a bajar al cuerpo y a escucharlo: el cuerpo es sabio. Desde niña, en el colegio, con mis padres y en la iglesia siempre me sentido anulada o, más bien, como una atleta que no llega a la meta nunca.



Ser buena, modosita, no hablar mucho, no ser la voz disonante; ser una borrega más en la multitud y hacer lo que la sociedad espera de mí, o lo que Dios necesita de mí, o lo que mis padres querían. ¿Y cuándo me han dado la oportunidad de conocerme a mí misma?

Siempre corriendo sin llegar, cansada, exhausta, con las voces subidas cual auriga que no para de darme con el látigo. Yo soy el caballo al que hay que controlar, domar y, muchas veces, humillar. Estoy ante una página en blanco: yo. ¿Qué es lo que quiero? ¿Qué es lo que me gusta?

La mayor parte de las veces soy una mujer que adora la tranquilidad, la observación del universo; una mujer a la que le encanta dormir y para la cual, pasar el día tumbada es un día ganado. Un buen libro, música envolvente, una mantita y la mañana perfecta está ahí.

Pasear por las calles sin rumbo, solo por sentir el movimiento de mi cuerpo, el sol y el viento, y me sobran todas las joyas. Tiempo es mi regalo favorito. Tiempo para descansar, para reír con una amiga; tiempo para besar lento, para sentir su aroma y su calidez.

Salir de la rueda, dejar de ser el ratón tonto que solo corre. Desearme el bien, volar sobre la maldad, abrazar la ternura, la bondad y la sencillez. ¿Qué necesito ahora? Nada. Esta soy yo: la que vive dentro de mí, la que siempre está aunque a veces los gritos no la dejen expresarse. Esta soy yo...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

4 de enero de 2019

  • 4.1.19
Me encanta abrir las ventanas por la mañana y dejar que el aire fresco oxigene mi casa y se lleve los malos humos. Siempre tengo la sensación de que todo se renueva, de que existe algún tipo de nuevo comienzo. Cuando todo está ordenado y limpio se respira paz y armonía. ¿Por qué no hacer lo mismo con la mente? O con la propia existencia...



De vez en cuando hay que abrir las ventanas de la cabeza y dejar que el viento nos penetre por todo el cuerpo. Sentir su frío convertido en calidez y soltar todos los malos pensamientos y las contracturas musculares. Borrar los deseos frustrantes y dejar que el pasado se convierta en un globo lleno de helio que se escapa de entre los dedos, a pesar de lo mucho que la mente quiere agarrarlo. Ver cómo se aleja, se desprende de uno y se va haciendo pequeñito pequeñito hasta que el universo se lo traga.

La suciedad no es fácil de eliminar. Además, existen grados. Hay pensamientos que con solo pasarlos por la razón desaparecen porque son tontos y sin sentido. Pero, a veces, hay grasa incrustada de años de la que no nos podemos liberar tan fácilmente. Nos molesta, pero hemos aprendido a vivir con ella.

Pensamos que si no estuviera la echaríamos de menos porque, al fin y al cabo, se ha producido tal simbiosis entre los dos que hemos llegado a identificarnos con ella. Es decir, creemos ser esa grasa pegajosa que repele. Pero esta grasa no es real, es solo producto de la mente. En esa grasa hay mucha mierda acumulada por no haber abierto las puertas y las ventanas a tiempo.

Cuesta más, pero también se puede ir. Habrá que restregar más y no será cosa de un día, pero desaparecerá. Desde el momento que la veamos como algo ajeno, todo cambiará. Hay que pararse para ello. A lo mejor es un buen momento el inicio de un nuevo año y meter la limpieza dentro del ritual de las uvas y del cava.

Podría comenzar con salir a la calle y sentir el aire frío y algún que otro rayo de sol que se atreva a asomarse en invierno. Sentir que ese aire me va quitando capas y capas y llega hasta el lugar donde la mugre se ha escondido por décadas, la toca y la va deshaciendo sin ningún esfuerzo. Le digo adiós y sin saber cuál ha sido su función en este tiempo le doy las gracias porque alguna razón tendría para existir, llámese protección o lo que sea.

Comienza a llover y el agua lo va arrastrando todo hacia las alcantarillas. El agua es la fuerza que apenas se nota, pero que todo deshace, ya sea una roca o un camino. Limpia todo a su paso. Y con ese agua siento un nuevo bautismo, un nuevo renacer, una nueva senda que se ilumina frente a mí, que aunque desconocida aún, supone una aventura ilusionante.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

21 de diciembre de 2018

  • 21.12.18
Solo morbo y crispación en las noticias. Todo el tiempo el foco puesto en lo que no funciona, en la parte oscura del ser humano. Parece que el mundo es un lugar peligroso, en el que la humanidad ha desaparecido.



Llega el frío y con él, el cobijarnos en nuestra casa, con estufa y mantita. Esa reclusión voluntaria deberíamos utilizarla para preguntarnos qué es la vida, qué es lo importante, mirad alrededor y ver los pequeños regalos que nos ha dado la Madre Naturaleza.

Poder comer, vestirnos y tener un techo ya son presentes como para dar saltos y palmas de alegría. Si además tenemos a alguien que nos dé abrazos o besos –amigos, pareja, familia o cualquier persona linda con la que nos crucemos–, ya has ganado el Gordo.

Pero vivimos con un estrabismo perpetuo, que nos apremia a centrarnos en lo que nos falta. Y no es solo culpa de la educación judeocristiana negativa que algunos hemos tenido. También hay que tener en cuenta la sociedad consumista que nos rodea, que nos da con el látigo de la ansiedad.

Deseos y más deseos. Deseos vacíos de más ropa, zapatos o pendientes. Y mientras tanto, robamos tiempo a nuestro descanso y a nuestros seres queridos. ¿Me voy a llevar 30 pares de zapatos? No. Cuando parta de este mundo, no me llevaré nada material, solo portaré las risas, los abrazos, los besos y las miradas amorosas.

Y lo que me he encargado de dejar en este planeta es una energía bonita. Que alguien me recuerde con una sonrisa y bonitas palabras. No hay más. Lo demás es falso. Así que voy a aprovechar este invierno para utilizar mis sentidos, que son los que no me engañan,  y voy a disfrutar del encanto de lo cotidiano, como decía el otro día un joven filósofo.

La meta no puede estar fuera de uno. En realidad, no debe existir ninguna meta. Si me paro y veo el plato lleno delante de mí y sonrío... ese es un día vivido.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

14 de diciembre de 2018

  • 14.12.18
Vivimos en una sociedad hiperconectada, pero seguimos teniendo la necesidad de la cercanía; necesitamos a alguien que nos escuche, que nos comprenda, que nos anime. Ayer cogí un taxi para un trayecto corto, pero mi celeridad interna no me permite ir en bus o en metro.



Apenas duró un cuarto de hora el viaje. Pero cuando me bajé, ya sabía muchas cosas del conductor. Me contó su vida sin yo preguntarle nada. Necesitaba vomitar su pena, su frustración, su sensación de soledad. Arrastraba dos fracasos amorosos: uno en la lejanía y otro más intenso desde la cercanía.

El último, en el que más sufrió, fue grave. "Nos quedamos embarazados", me dijo. Se malogró esa ilusión y, con ella, la pareja. O a lo mejor fue algo circunstancial... Esto del amor es complicado. Tenía 47 años y le gustaba escuchar ópera.

¿No tendría amigos? Seguro que sí, pero de esos de hablar de fútbol, tomar copas y darse golpes en la espalda. Supongo que le resultó más fácil hablar con una mujer desconocida, a la que seguro no volvería a ver. Todo esto me hace reflexionar sobre si no deberíamos dejar las tecnologías a un lado y dedicarnos a dar abrazos por la calle, como hacen en algunos países orientales. Una máquina nunca sustituirá el tacto humano.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

7 de diciembre de 2018

  • 7.12.18
De vez en cuando tengo que parar, dejar de escapar de la vida, respirar y sentir que estoy aquí, en el planeta Tierra, un paraíso que se me ha dado para disfrutarlo. Desenchufar la parte del cerebro que me impulsa a actuar, a hacer cosas, a resolver problemas irreales. Esa que me hace no estar para nada, para nadie. Ni para mí.



Y entonces miro a mi alrededor y siento el cariño en mi corazón. Huelo la sábanas limpias, me recuesto en mi cama y siento que hay algo que me estoy perdiendo con tanta carrera. Abro la puerta del vagón que está encima de mi oreja y me apeo. Ya no quiero ver el mundo como una línea verde.

Me ilusiono con la noticia de una nueva vida que late dentro de una madre que ha visto su deseo cumplido. Me acurruco con la voz juvenil de un hombre que me habla con un lenguaje infantil, que solo entendemos los dos.

Veo el miedo que se acerca para atraparme y devolverme al desasosiego de la insatisfacción permanente, pero esto es solo un humo oscuro que se disuelve con el azul del cielo iluminado por el sol. El sol es vida, caricia tenue, polvos mágicos que nos hacen ver las cosas de colores brillantes. Todo cambia con el sol. Y él siempre está ahí en lo alto, pero yo a menudo miro hacia abajo.

Me paro y siento el deseado frío del invierno que me invitan a paseos en coche, a mantita compartida y a sopita tempranera. Cuando bajo a mi cuerpo lo siento y la verdad me es revelada: mi corazón siente. El futuro no es de color hormiga: tanto la vida como yo, tenemos posibilidades.

¿He nacido para correr? Cuando estoy en el andén siempre me pregunto cuál es el sentido de mi vida, para qué estoy aquí. Y si escucho bien al viento, este siempre me da la respuesta: estamos aquí para amar, para sentir, para disfrutar de los sentidos y para no ver los trenes solamente pasar.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

30 de noviembre de 2018

  • 30.11.18
Hay un latido que vive debajo de todo esto. No es fácil sentirlo, no grita, se mueve en silencio, no sale en las fotos, no forma parte de la ola gigante de crispación que baña todos los noticiarios. Cuando todos pensamos que esto no tiene remedio, que el planeta agoniza, que los humanos son más salvajes que las fieras de la jungla, cuando cuesta respirar y levantarse, cuando cuesta mirar más allá de los negros tubos de escape, si se agudizan bien los sentidos y se deja ver y oír, entonces lo sientes.



Sientes miles de corazones que han dejado de mirarse el ombligo , de quejarse de la oscuridad y han decidido que la soledad triste solo existe si uno quiere. Cada uno ha tomado una dirección, ocupa un lugar, son de diferentes colores pero todos ellos están unidos por la humanidad compartida.

A todos ellos les mueve la empatía, el ponerse en el lugar del otro, el imaginarse lo mal que se pasa cuando uno está enfermo, mayor o solo, o en una situación de exclusión social. Todos estos corazones han tejido una red que, aunque invisible, es la que soporta la vida, la que hace que todo esto no se hunda y no pare de moverse.

Han comprendido que compartir es vivir para siempre. Rascan horas de sus días, aunque estos estén llenos de de cosas, y dedican un tiempo para estar con el otro, para escucharlo o para ayudarse mutuamente. El que da el corazón recibe no solo la gratitud el otro sino también el regalo de sentir su corazón generoso que palpita y sigue vivo. Y de sentir el amor.

El amor nos salva del estrés, de las vidas grises, de los pensamientos oscuros. Salir de uno mismo para ver al otro nos da una perspectiva de nuestros problemas. Nos conecta con otras realidades y, la mayoría de las veces, desgraciadamente, peores que las nuestras.

El calor de la generosidad y de las sonrisas nos transporta al mundo de la infancia, cuando cualquier niño podía ser nuestro amigo. Cuando todos éramos iguales y la vida era un juego eterno. Los voluntarios son niños en cuerpos de hombres y mujeres que han vuelto a sentir que se puede compartir y jugar con todos. Menos mal que existen...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

23 de noviembre de 2018

  • 23.11.18
Hace tiempo que no escribo en estas páginas y es que últimamente me estoy dedicando a vivir. Vuelco en ti mis pensamientos pero cuando vivo, no pienso, no creo fantasmas gigantes. Solo siento. Siento el sol del invierno en mi cara; veo el pato que mete la cabeza en la fría agua del río; las nubes que parecen humo saliendo de una chimenea...



Me miro al espejo y me reconozco. Me sonrío y me doy permiso para disfrutar del día, para reír y dejarme llevar por las calles, cogida de su mano. Lo bueno y lo malo forman parte de esta moneda que es la vida. A veces cae de canto y todo es posible. Pero cuando cae de cara, con una cara sonriente, hay que agarrarse a las crines del caballo salvaje del presente, de la ilusión, de las miles de sensaciones.

Tú, querido diario, has sido y eres mi refugio cuando el mundo se me antoja un lugar inhóspito, pero ahora sus brazos son mi lugar favorito en el mundo. Allí mis músculos se relajan y mi piel se siente querida. Cuando me pierdo en el laberinto de los fantasmas, su voz me hace de guía, me saca a la superficie, me ayuda a respirar.

Cuando me dice que está aquí para cuidarme y ayudarme, el miedo al salto al vacío es menor. Abrirse no es fácil, es mucho más cómodo desvestirse y enseñar solamente el cuero. El camino se abre si él me coge con su mano derecha. Los días felices son verdad... a pesar del frío de las barreras de mi mente.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

16 de noviembre de 2018

  • 16.11.18
Estirar la mano y ver que no está; levantarse y no oler su café. Besos y abrazos que no llegan; anhelar el aroma de su piel, sus risas, su presencia, su ser... El teléfono te hace llegar una imagen, pero eso no da calor, sensación de seguridad, de protección, de suave cariño. Solo te hace desear atravesar la pantalla, sentarte a su lado y compartir su mantita en el sofá. Dejar que sus brazos te rodeen Y cerrar los ojos para aspirarlo y ser consciente de que es ahí donde quieres estar. Solo te queda sumergirte en la música y esperar a que vuelen los días.



La música me permite mantener esa llamita que da calidez a mis latidos, mi cuerpo se vuelve el cofre en el que atesorar mis sentimientos a la espera de que el dueño de la llave vuelva. Cuando el mundo se convierte un lugar de dos, el uno se siente solo, la cama se expande y se hace enorme. Y el jersey con su olor puede borrar la huella de la necesidad.

Necesidad de tocarlo, de que me rasque con sus dedos, de que me hable con la dulzura de su voz. De que me llame con diminutivos que hacen crecer mi risa de niña. Sentir que no sé si es real o no su existencia. Quizás sea solo un hombre creado por mi imaginación. Solo cuando palpo por la suavidad de su cintura sé que es de verdad. Necesito tocar, como Santo Tomás.

Otro día se escapa rodeado de rosa y naranja. Y yo le pido al reloj que corra, que llegue el día de verlo y que después se pare, que nos regale un tiempo infinito para mirarnos sin palabras.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

9 de noviembre de 2018

  • 9.11.18
Cualquier sentimiento puede ser pisado por el miedo. El miedo construye murallas hechas de fantasmas a tu alrededor y trata de helarte el corazón. Te inmoviliza soplándote palabras que te paralizan, que te dicen que eres incapaz, que no tienes derecho a la paz, ni a los momentos felices. Y empiezas a luchar con él desde la cabeza y tu corazón se va encogiendo devorado por una abismo que se abrió hace tiempo y es difícil de cerrar.



Quieres salir de ahí, escapar de la tortura que te desconecta de la realidad y te lleva a un mundo sin oxígeno. Pero él se va alimentando de tu dolor, de tu rabia, de tu ira llena de tristeza e impotencia. Si te caes al suelo, él te hará creer que el desierto de la soledad es tu destino. El amor y la ternura son algodón de azúcar incapaz de hacerle frente.

Hasta que un día te sientas frente a él, de igual a igual y le preguntas con amabilidad por qué está allí, cuál es su función: alguna ha de tener. Y empiezas a tirar de la hebra y descubres que el ovillo está hecho de tus circunstancias, de tus vivencias, de un pasado en el que tuviste que sobrevivir sola ante grandes peligros. Y como si de la película de Monstruos se tratara, te das cuenta de que el monstruo solo quiere protegerte de un mundo que se le antoja peligroso y duro.

Lo realmente difícil es tratar de convencerlo de que ya no necesitas su helada energía, decirle que quieres vivir aunque duela, sentir aunque te hieran y ver los colores del campo sin querer atraparlos. Abrir compuertas, dejar que el aire sople dentro y te renueve; sentir un abrazo, un beso, una mirada; llorar ante la ternura y la fuerte fragilidad; zambullirte en otra piel y dejar que el corazón se abra y lata como un loco.

Difícil pero no imposible...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

2 de noviembre de 2018

  • 2.11.18
Lo había visto en una entrevista, contando su dura vida, las violaciones de su profesor de Gimnasia que le provocaron daños en la columna y heridas en el alma. Pero oírlo tocar en directo fue como volar con alas de seda sobre un mundo limpio lleno de amor y felicidad.



Busco y rebusco las palabras para traducir mis emociones a oraciones, a adjetivos, a sustantivos a algo que transmita, aunque sea un ápice, lo que sentí cuando sus manos acariciaron el piano y las notas de Gluck, Melody from Orfeo, giraron y giraron tocando la piel de todos los presentes y llevándonos a un universo sin dolor, donde la música puede refrescar el alma.

Estaba cansada antes de entrar al concierto de James Rhodes: había sido un día muy largo. Pero una amiga me propuso ir y ya no podía decir que no. Teníamos las entradas hace tiempo. ¿Cómo explicar que una hora y media fue un pestañeo? Se me hizo cortísimo, yo quería seguir y seguir dentro de ese espacio de luz, calidez y armonía que él no dejaba de dibujar.

De apariencia frágil, con sus vaqueros y su camiseta de BACH y un humor fino que mezclaba el inglés con el español nos fue presentando las melodías que iba a mostrarnos con sus dedos. Como un niño pequeño que quisiera explicar su mundo a los adultos, así nos fue contando el porqué de cada pieza, nos descubrió la felicidad que encontraba en cada una de ellas para que todos nosotros la compartiéramos.



Si la música normalmente me hace volar, las interpretaciones de Rhodes me regalaron unas alas tornasol con las que subir y subir mientras mi cuerpo se disolvía en un remolino de placer y caricias. Verlo allí sentado, encorvado, mirando las teclas de su bonito piano, me provocaron una sensación de eterna ternura.

Ver la sublimación que ha hecho de su dolor para convertirlo en un regalo de emoción que se escapa de su alma y dedos y acaricia los corazones es... sobrecogedor. Al final de la actuación, de la cual ninguno de los presentes queríamos despertar, una chica le entregó una carta. Y yo me pregunté: ¿Cuántas almas atormentadas o dolidas por la culpa de ser un niño y no poder defenderse habría allí?
Esta noche voy a dormirme protegida por el Claro de luna de Debussy interpretado por él.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

19 de octubre de 2018

  • 19.10.18
Desde que la conocí noté en ella un halo de tranquilidad, de serenidad y de belleza que me llamó la atención. Era algo sutil, algo que no todo el mundo podía percibir. A medida que he ido hablando con ella, su atractivo personal se ha acentuado y me transmite una seguridad que se me hace un misterio. Misterio que he resuelto recientemente.



Ella es una mujer que se siente querida, cuidada, que encontró el amor donde menos lo esperaba: justo al lado. Miramos a lo lejos y olvidamos lo cercano, lo que la vida nos pone en el camino. Ella fue capaz de verlo y de dejarse caer. Desde la calma que da el amor correspondido, me contó que está feliz con su chico, que se sentía querida, cuidada y protegida, que es precisamente lo que una mujer fuerte quiere en el fondo de su corazón.

El suyo es un idilio sin aspavientos, limpio como el agua de un lago al atardecer, cuando los vientos de la edad ya se han calmado. Y tu refugio no es otro que los brazos del otro. Me encanta contemplarla y verla caminar como si ella hubiese encontrado la solución a un acertijo antiguo que todo el mundo trata de resolver pero que pocos son los agraciados que se dejan traspasar por las claves que llevan a la puerta correcta.

Como siempre digo: me encanta la gente feliz porque me hace creer en la bondad de la vida.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

12 de octubre de 2018

  • 12.10.18
Ella me dio la clave. Siempre me había preguntado cómo se podía estar muchos años con la misma pareja sin aburrirte, sin echar de menos tu libertad o conocer a otras personas. "Cuando te va bien, el tiempo juega a tu favor", me dijo. Y después de contarme todo lo que compartían ella y su marido, lo comprendí. Era su amigo, su amante, la persona con la que hablar de infinidad de temas. Su compañero en las salidas culturales, su cómplice en ideas políticas, en la forma de mirar hacia adelante, en dibujar un camino vital juntos.



La atracción física desaparece o deja de ser importante, pero el calor de compartir una cama en una noche de invierno, el oído que te escucha con interés buscando una solución a tus problemas o el abrazo que te protege y te dice que aunque no haya una cura para tus penas, sus brazos están ahí para achucharte... Eso no desaparece. Y si se cultiva el cariño y los mimos, éstos se vuelven la alegría de la vida. Pero para mí que no lo he vivido, suponía un misterio.

Ella ahora no duerme. No puede dormir. El hueco de su marido lo dejó helado la parca. Y a ella, como a Rosa Montero, le parece ridícula la idea de no volver a ver a su compañero de vida, al hombre que era feliz con su familia y le gustaba la ópera.

Yo he tratado de consolarla diciéndole que es una afortunada por haber cumplido más de veinte años de amor. Pero eso no llena el vacío, eso no hace que desaparezca el vínculo que tenían y siguen teniendo. Eso no se sienta contigo en el sofá a ver una película, no te abraza. Eso no viaja contigo. El amor sigue presente en su vida: sigue ahí en su casa, en su cama, en su hijo... El amor la acompaña, pero a veces la llena de anhelos. Anhelos que solo el tiempo podrá suavizar.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

28 de septiembre de 2018

  • 28.9.18
Creo que no hay nada más enriquecedor que tener amigos de distintas edades y condición. Ayer quedé con mi amiga Pepa, que tiene 75 años. Hacía tiempo que no nos veíamos y fue una alegría compartir la noche riéndonos de que a las dos nos ha dado últimamente por leer novelas románticas con heroínas decididas y hombres fuertes y masculinos.



Supongo que es inútil no intentar, de vez en cuando, darle un repaso a un pasado que ya es bastante largo. "Yo era muy estúpida", me dijo Pepa como excusa por no haber encontrado ese amor romántico que pueblan las hojas de nuestros libros actuales favoritos. "Tú lo que eras es exigente, Pepa, pero no estúpida".

¿Cómo iba a encontrar ella al mirlo blanco? Mujer independiente, con trabajo que compaginaba con la carrera de Psicología, con ideas propias y sabiendo qué es lo que quería o, por lo menos, lo que no quería. Era difícil que en los años sesenta, cuando España apenas se abría al mundo, encontrase a un hombre que fuese capaz de no asustarse ante la fuerza de la libertad.

"Pepa,  no tuviste suerte", te podría decir mucha gente. Tu padre era republicano y creía en la igualdad de sexos, en que las mujeres podían trabajar, estudiar, no hacer las tareas del hogar y elegir un marido… Por eso yo te digo que tuviste mucha suerte: tuviste un progenitor que te dio las llaves de tu vida y confió en ti sobre todas las cosas.

No se ha encontrado al hombre de las novelas porque a lo mejor no existe. Y si hay alguno, tampoco son muchos. Había un abismo entre lo que el hombre de la dictadura esperaba y lo que una hija de la República quería. El amor es un misterio, como canta Bocelli, ¿por qué no os habéis encontrado ese macho alfa que tú querías? Nunca lo sabremos. No te cruzaste con ninguno que se acercara de lejos a tu padre y a sus ideas. Freud tenía razón.

Conocí una pareja de tu edad en la última manifestación feminista a la que fui. Después de hablar con ellos, entendí que, después de cincuenta años juntos, sus miradas se siguieran uniendo en una sonrisa. Él es un hombre sin miedo, que ha sabido admirar a una mujer con la que compartió profesión: ambos eran maestros. Y no solo compartir un trabajo, sino las faenas del hogar, el cuidado de los hijos y las alegrías y sinsabores cotidianos. Ella encontró al mirlo blanco pero, Pepa, como ya te he dicho, no hay muchos.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

21 de septiembre de 2018

  • 21.9.18
Que tu niño es el mejor; que tiene derecho a levantarse de la mesa tal cual come sin tener que recoger nada; que él no tiene la obligación de hacer la cama ni de limpiar su cuarto, que para eso está su hermana… Que tiene derecho a tener mal carácter, como hombre que es, y a que se le aguante el mal genio. Que él pueda decir lo que se le pase por la cabeza sin ningún tipo de filtro, aunque sea hiriente el comentario que va a vomitar…



Que tiene derecho a encontrar una mujer que lo cuide, que no lo abandone, que le cocine, le planche y lo satisfaga para que él tenga cubiertas todas sus necesidades y no tenga que buscar nada fuera –aunque, por otro lado, sería entendible que lo hiciera "porque un hombre tiene su necesidades"; las mujeres no, que para eso somos de palo–.

Pues ¡enhorabuena! Ahí lo tienes, en tu casa o en la cárcel, al monstruo que has creado. ¿A ti te parece perfecto? Pues todo para ti. Ya hace tiempo que los curas no dicen que la esposa deba ser la esclava. Que a lo mejor durante un tiempo se topó con una chica buena que creía que el amor todo lo aguantaba, vale. Y que llegó un día en que ella ya no puedo más con su egoísmo, porque ningún gesto de él la tenía en cuenta, también. Y que ahora te da mucha penita porque tu niño está solo...

Pero, ¿quién lo va aguantar? Hechos son amores y no buenas razones. El amor es dar, es cuidar, es empatizar con el sufrimiento y la alegría del otro. Es generosidad y tu niño solo es capaz de quererse a sí mismo como un príncipe que tiene derecho a todo. Y es más: estoy segura de que tampoco él es capaz de aguantarse. Sus palabras solo destilan amargura en forma de órdenes.

Pues ahí lo tienes, quédatelo.

Que tu exnuera es muy mala porque lo ha dejado después de sufrirlo diez años... No te quejes. Durante ese tiempo te lo quitó de encima y le gritó a otra. Vale que a ti te han educado así y que crees que es lo correcto. Escupes sobre ti cuando dices que los hombres son más nobles que las mujeres. ¿Tú no eres noble? ¿O no te consideras mujer? Tu hijo sí es muy noble... por los cojones.

Pena que sigas ciega y sigas defendiéndole y dándole carta blanca para que no cambie y siga siendo un desgraciado. Desgraciado, sí, porque creías que eso era cuidar o proteger, pero lo has hecho dependiente de todo el mundo. No le has dado armas para llevar su propia vida sin necesidad de nadie y le has permitido ser insociable. Y las mujeres van aprendiendo que el que bien te quiere, no te hace llorar.

Si yo fuera valiente enviaría esta carta a su destinataria. Pero, ¿para qué? Nunca la entendería...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

14 de septiembre de 2018

  • 14.9.18
Hemos perdido la conciencia de clase. De clase trabajadora. Da igual que el salario sea más o menos alto, o mejor o peor que el del otro. Todos los trabajadores estamos sujetos a un contrato y, por ende, a las obligaciones derivadas del mismo. También, por supuesto, tenemos derechos. Derechos que se han visto diezmados en los últimos años por esa falta de conciencia de clase.



Parece que lo que le pasa al otro, a mí no me incumbe. Es curioso que esto se dé en un país católico. Ya no hay prójimo. El otro día, mientras esperaba en Urgencias –un servicio saturado por la falta de personal–, una mujer de la limpieza trataba de poner cierto orden en la sala de espera, sin conseguirlo.

A mi lado había un hombre tirando papeles al suelo y, más allá, un adolescente derramaba una lata de refresco por todo el pavimento. En un momento de indignación les increpé: “¿No se dan cuenta de que todo lo que manchen lo tendrá que limpiar esta señora?”.

“Para eso le pagan”, fue la respuesta del energúmeno que había sentado a mi lado. Es decir, la mujer que estaba limpiando un hospital público a las 3.00 de la mañana no era una trabajadora con la que podía solidarizarse otro trabajador, sino una esclava que estaba ahí para recoger su mierda. “Yo la tiro para humillarla”: ese parecía ser el mensaje, como si su labor no tuviese ninguna dignidad. La mujer me sonrió como muestra de agradecimiento, pero sus ojos parecían decir: “ Esto es lo que hay todos los días: gente sin educación”.

Otro ejemplo lo viví en el autobús. Iba yo a la biblioteca a estudiar por la mañana, cuando dos impresentables empezaron a gritarle al conductor. Se quejaban de manera ordinaria de que detuviera el vehículo. El hombre tenía que hacer una parada de regulación, no porque le diera la gana, sino porque está así estipulado y ocurre todos los días.

“Vamos a llegar tarde por tu culpa y luego tendremos que quedarnos más tiempo”, le espetaron. El problema no era que ellas se hubiesen levantado tarde y no hubieran cogido el autobús adecuado a su hora de entrada. No. El problema siempre está provocado por el otro, que no hace lo que yo quiero y por eso le grito. Como si ellas fueran dos amas feudales y el conductor un siervo de la gleba que tuviera que hacer su voluntad. El hombre tuvo una actuación digna de un monje budista. No entró a sus provocaciones, que es lo que ellas esperaban.: una frase de él para poder gritarle más.

Aún recuerdo el día en que un hombre comía pipas en un autobús público y tiraba las cáscaras al suelo. Todos nos echamos encima, pero él nos ninguneó y siguió ensuciando el asiento y el suelo. De pronto, se le acercó un hombre que sacó una placa de Policía Nacional, le pidió el carné de identidad y el incívico le respondió que no lo tenía. “Pues se va a venir usted conmigo a la Comisaría”. La sangre abandonó su cara y empezó a recoger las cáscaras una por una del suelo. Apoteósico fue el aplauso colectivo que todos brindamos al policía. Creo que casi tuve un orgasmo. Y es que a mí la justicia me pone...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

7 de septiembre de 2018

  • 7.9.18
Como si de las tres hermanas Brontë se tratara, cada una tenía una historia y cada una la contaba a su manera. Pues no es lo mismo Cumbres borrascosas que Jane Eyre o La inquilina de Wildfell Hall. A las tres les unía una ilusión: seguir el rastro de Jane Austen por Inglaterra. Se sabían casi de memoria Orgullo y Prejuicio y querían conocer la vida y los sitios donde aquella escritora, que pasó apuros por no ser hombre y que ni en su tumba se le reconoce como escritora, escribió historias que aún hoy siguen atrapando el corazón de la gente.



Y eso ocurre ahora, siglos después, cuando ya no hay mayorazgo, en un momento en el que la mujer tiene más de dos opciones para elegir: casada o institutriz. Unos tiempos en los que se están difuminado –si bien no se han borrado del todo– los límites que separan a las distintas clases sociales. Al menos, eso sí, existe menos inmovilidad. Antes nacías pobre y morías pobre. Hoy en día hay un camino para escapar de ese determinismo: la educación.

Jane habría sido feliz en la universidad, eligiendo una profesión y dejando que fuese solamente el azar el que le trajera un marido y no la necesidad. Ella fue fuerte, una valiente que prefirió su pobre soltería y la consiguiente dependencia familiar a tener que compartir lecho con alguien que no la hiciera suspirar.

O Mister Darcy o nadie. Y seguro que no habría muchos... Tampoco ahora los hay. Pues allí se fueron las tres amigas, bajo el auspicio del número uno, a conocer a la escritora dieciochesca y a conocerse entre ellas mismas.

Y descubrieron que pasaban el tiempo con alegría, que la risa y las historias pasionales siempre las acompañaban. Reían tanto como Lizzy Bennet y hablaban del amor verdadero con palabras que podían salir de la boca de cualquier protagonista de los escritos de Austen.

Una suspiraba por el amor pasado, ese que aún sigue aquí; la segunda en edad hace tiempo que ve el amor como un imposible, algo que siempre pasa por su puerta, pero que nunca llama. Y la tercera es una mujer adulta que sueña con un amor quinceañero que la quiera y la cuide.

La primera podría ser Elizabeth Bennet tras enviudar, o también podría ser la protagonista de Persuasión, que se dejó persuadir por un hombre varonil que la esperó a las puertas del castillo dos años. La segunda podría ser Elinor Dashwood, la hermana mayor de Sentido y sensibilidad, prudente pero guardando un volcán bajo su noble apariencia. A la tercera le gusta hacer de Enma con la segunda y ella misma es Catherine Morland, que busca el amor y la pasión en los libros hasta que  aparezca... Todas ellas, como se ve, dignas heroínas de sus propias historias.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

31 de agosto de 2018

  • 31.8.18
Sentada en el poyete que separa el paseo marítimo de la arena, una lluvia fina procedente del mar vino a despertarme. Me vio perdida en mis pensamientos y me trajo al ahora. Sentí su roce sobre mis mejillas y mis ojos tuvieron que volverse a mirar aquellas blancas olas que se elevaban sobre la noche oscura, mientras un pescador valiente echaba su cebo contra la furia del agua.



Fuerza y belleza. Todo un espectáculo. Las olas parecían amenazar al hombre para que no se llevara ninguno de los tesoros que viven dentro del agua salada. De nuevo el viento increpaba al mar para que se elevara y cayese en picado contra la orilla, dejando una alfombra volátil blanca que sonaba a refresco con gas y hacía cosquillas en los pies. Al fondo se recortaba una montaña velada por la niebla en la que miles de luces parecían decir “no estás sola: hay mucha gente aquí”.

Me sentí feliz. Hay noches llenas de anhelos de brazos ajenos, pero esta noche no fue de esas. No quería nada, no necesitaba nada: solo la caricia de un viento perfumado de blanca espuma. Me embrujó la fuerza de la madre naturaleza, esa que te atrae y temes... como el amor.

Olas saltando para ver cuál llega más alto... y cae más rápido. Un grupo de rock comienza tocar y con solo una frase del cantante peludo, sabía que iba a vivir un momento mágico. "Mi dulce niña" y mi cerebro dijo: "Seguro que es 'Sweet child of mine' de Guns & Roses". Y así era. Esta canción nunca deja de emocionarme. No sé por qué, ni me interesa saberlo...

Encogí mis piernas, las puse sobre el muro, las abracé y empecé a balancearme mientras el mar rugía y la voz aguda del cantante competían por mi atención. Fui capaz de tener dos amantes a la vez. Terminó la balada y quedé maravillada por ese momento de felicidad consciente, en el que todo era como tenía que ser y no había expectativas que nublaran el resplandor del momento. ¡Cuántas cosas me pierdo a menudo por no estar presente!

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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