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Mostrando entradas con la etiqueta Diario de una equilibrista [María Jesús Sánchez]. Mostrar todas las entradas
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21 de septiembre de 2018

  • 21.9.18
Que tu niño es el mejor; que tiene derecho a levantarse de la mesa tal cual come sin tener que recoger nada; que él no tiene la obligación de hacer la cama ni de limpiar su cuarto, que para eso está su hermana… Que tiene derecho a tener mal carácter, como hombre que es, y a que se le aguante el mal genio. Que él pueda decir lo que se le pase por la cabeza sin ningún tipo de filtro, aunque sea hiriente el comentario que va a vomitar…



Que tiene derecho a encontrar una mujer que lo cuide, que no lo abandone, que le cocine, le planche y lo satisfaga para que él tenga cubiertas todas sus necesidades y no tenga que buscar nada fuera –aunque, por otro lado, sería entendible que lo hiciera "porque un hombre tiene su necesidades"; las mujeres no, que para eso somos de palo–.

Pues ¡enhorabuena! Ahí lo tienes, en tu casa o en la cárcel, al monstruo que has creado. ¿A ti te parece perfecto? Pues todo para ti. Ya hace tiempo que los curas no dicen que la esposa deba ser la esclava. Que a lo mejor durante un tiempo se topó con una chica buena que creía que el amor todo lo aguantaba, vale. Y que llegó un día en que ella ya no puedo más con su egoísmo, porque ningún gesto de él la tenía en cuenta, también. Y que ahora te da mucha penita porque tu niño está solo...

Pero, ¿quién lo va aguantar? Hechos son amores y no buenas razones. El amor es dar, es cuidar, es empatizar con el sufrimiento y la alegría del otro. Es generosidad y tu niño solo es capaz de quererse a sí mismo como un príncipe que tiene derecho a todo. Y es más: estoy segura de que tampoco él es capaz de aguantarse. Sus palabras solo destilan amargura en forma de órdenes.

Pues ahí lo tienes, quédatelo.

Que tu exnuera es muy mala porque lo ha dejado después de sufrirlo diez años... No te quejes. Durante ese tiempo te lo quitó de encima y le gritó a otra. Vale que a ti te han educado así y que crees que es lo correcto. Escupes sobre ti cuando dices que los hombres son más nobles que las mujeres. ¿Tú no eres noble? ¿O no te consideras mujer? Tu hijo sí es muy noble... por los cojones.

Pena que sigas ciega y sigas defendiéndole y dándole carta blanca para que no cambie y siga siendo un desgraciado. Desgraciado, sí, porque creías que eso era cuidar o proteger, pero lo has hecho dependiente de todo el mundo. No le has dado armas para llevar su propia vida sin necesidad de nadie y le has permitido ser insociable. Y las mujeres van aprendiendo que el que bien te quiere, no te hace llorar.

Si yo fuera valiente enviaría esta carta a su destinataria. Pero, ¿para qué? Nunca la entendería...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

14 de septiembre de 2018

  • 14.9.18
Hemos perdido la conciencia de clase. De clase trabajadora. Da igual que el salario sea más o menos alto, o mejor o peor que el del otro. Todos los trabajadores estamos sujetos a un contrato y, por ende, a las obligaciones derivadas del mismo. También, por supuesto, tenemos derechos. Derechos que se han visto diezmados en los últimos años por esa falta de conciencia de clase.



Parece que lo que le pasa al otro, a mí no me incumbe. Es curioso que esto se dé en un país católico. Ya no hay prójimo. El otro día, mientras esperaba en Urgencias –un servicio saturado por la falta de personal–, una mujer de la limpieza trataba de poner cierto orden en la sala de espera, sin conseguirlo.

A mi lado había un hombre tirando papeles al suelo y, más allá, un adolescente derramaba una lata de refresco por todo el pavimento. En un momento de indignación les increpé: “¿No se dan cuenta de que todo lo que manchen lo tendrá que limpiar esta señora?”.

“Para eso le pagan”, fue la respuesta del energúmeno que había sentado a mi lado. Es decir, la mujer que estaba limpiando un hospital público a las 3.00 de la mañana no era una trabajadora con la que podía solidarizarse otro trabajador, sino una esclava que estaba ahí para recoger su mierda. “Yo la tiro para humillarla”: ese parecía ser el mensaje, como si su labor no tuviese ninguna dignidad. La mujer me sonrió como muestra de agradecimiento, pero sus ojos parecían decir: “ Esto es lo que hay todos los días: gente sin educación”.

Otro ejemplo lo viví en el autobús. Iba yo a la biblioteca a estudiar por la mañana, cuando dos impresentables empezaron a gritarle al conductor. Se quejaban de manera ordinaria de que detuviera el vehículo. El hombre tenía que hacer una parada de regulación, no porque le diera la gana, sino porque está así estipulado y ocurre todos los días.

“Vamos a llegar tarde por tu culpa y luego tendremos que quedarnos más tiempo”, le espetaron. El problema no era que ellas se hubiesen levantado tarde y no hubieran cogido el autobús adecuado a su hora de entrada. No. El problema siempre está provocado por el otro, que no hace lo que yo quiero y por eso le grito. Como si ellas fueran dos amas feudales y el conductor un siervo de la gleba que tuviera que hacer su voluntad. El hombre tuvo una actuación digna de un monje budista. No entró a sus provocaciones, que es lo que ellas esperaban.: una frase de él para poder gritarle más.

Aún recuerdo el día en que un hombre comía pipas en un autobús público y tiraba las cáscaras al suelo. Todos nos echamos encima, pero él nos ninguneó y siguió ensuciando el asiento y el suelo. De pronto, se le acercó un hombre que sacó una placa de Policía Nacional, le pidió el carné de identidad y el incívico le respondió que no lo tenía. “Pues se va a venir usted conmigo a la Comisaría”. La sangre abandonó su cara y empezó a recoger las cáscaras una por una del suelo. Apoteósico fue el aplauso colectivo que todos brindamos al policía. Creo que casi tuve un orgasmo. Y es que a mí la justicia me pone...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

7 de septiembre de 2018

  • 7.9.18
Como si de las tres hermanas Brontë se tratara, cada una tenía una historia y cada una la contaba a su manera. Pues no es lo mismo Cumbres borrascosas que Jane Eyre o La inquilina de Wildfell Hall. A las tres les unía una ilusión: seguir el rastro de Jane Austen por Inglaterra. Se sabían casi de memoria Orgullo y Prejuicio y querían conocer la vida y los sitios donde aquella escritora, que pasó apuros por no ser hombre y que ni en su tumba se le reconoce como escritora, escribió historias que aún hoy siguen atrapando el corazón de la gente.



Y eso ocurre ahora, siglos después, cuando ya no hay mayorazgo, en un momento en el que la mujer tiene más de dos opciones para elegir: casada o institutriz. Unos tiempos en los que se están difuminado –si bien no se han borrado del todo– los límites que separan a las distintas clases sociales. Al menos, eso sí, existe menos inmovilidad. Antes nacías pobre y morías pobre. Hoy en día hay un camino para escapar de ese determinismo: la educación.

Jane habría sido feliz en la universidad, eligiendo una profesión y dejando que fuese solamente el azar el que le trajera un marido y no la necesidad. Ella fue fuerte, una valiente que prefirió su pobre soltería y la consiguiente dependencia familiar a tener que compartir lecho con alguien que no la hiciera suspirar.

O Mister Darcy o nadie. Y seguro que no habría muchos... Tampoco ahora los hay. Pues allí se fueron las tres amigas, bajo el auspicio del número uno, a conocer a la escritora dieciochesca y a conocerse entre ellas mismas.

Y descubrieron que pasaban el tiempo con alegría, que la risa y las historias pasionales siempre las acompañaban. Reían tanto como Lizzy Bennet y hablaban del amor verdadero con palabras que podían salir de la boca de cualquier protagonista de los escritos de Austen.

Una suspiraba por el amor pasado, ese que aún sigue aquí; la segunda en edad hace tiempo que ve el amor como un imposible, algo que siempre pasa por su puerta, pero que nunca llama. Y la tercera es una mujer adulta que sueña con un amor quinceañero que la quiera y la cuide.

La primera podría ser Elizabeth Bennet tras enviudar, o también podría ser la protagonista de Persuasión, que se dejó persuadir por un hombre varonil que la esperó a las puertas del castillo dos años. La segunda podría ser Elinor Dashwood, la hermana mayor de Sentido y sensibilidad, prudente pero guardando un volcán bajo su noble apariencia. A la tercera le gusta hacer de Enma con la segunda y ella misma es Catherine Morland, que busca el amor y la pasión en los libros hasta que  aparezca... Todas ellas, como se ve, dignas heroínas de sus propias historias.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

31 de agosto de 2018

  • 31.8.18
Sentada en el poyete que separa el paseo marítimo de la arena, una lluvia fina procedente del mar vino a despertarme. Me vio perdida en mis pensamientos y me trajo al ahora. Sentí su roce sobre mis mejillas y mis ojos tuvieron que volverse a mirar aquellas blancas olas que se elevaban sobre la noche oscura, mientras un pescador valiente echaba su cebo contra la furia del agua.



Fuerza y belleza. Todo un espectáculo. Las olas parecían amenazar al hombre para que no se llevara ninguno de los tesoros que viven dentro del agua salada. De nuevo el viento increpaba al mar para que se elevara y cayese en picado contra la orilla, dejando una alfombra volátil blanca que sonaba a refresco con gas y hacía cosquillas en los pies. Al fondo se recortaba una montaña velada por la niebla en la que miles de luces parecían decir “no estás sola: hay mucha gente aquí”.

Me sentí feliz. Hay noches llenas de anhelos de brazos ajenos, pero esta noche no fue de esas. No quería nada, no necesitaba nada: solo la caricia de un viento perfumado de blanca espuma. Me embrujó la fuerza de la madre naturaleza, esa que te atrae y temes... como el amor.

Olas saltando para ver cuál llega más alto... y cae más rápido. Un grupo de rock comienza tocar y con solo una frase del cantante peludo, sabía que iba a vivir un momento mágico. "Mi dulce niña" y mi cerebro dijo: "Seguro que es 'Sweet child of mine' de Guns & Roses". Y así era. Esta canción nunca deja de emocionarme. No sé por qué, ni me interesa saberlo...

Encogí mis piernas, las puse sobre el muro, las abracé y empecé a balancearme mientras el mar rugía y la voz aguda del cantante competían por mi atención. Fui capaz de tener dos amantes a la vez. Terminó la balada y quedé maravillada por ese momento de felicidad consciente, en el que todo era como tenía que ser y no había expectativas que nublaran el resplandor del momento. ¡Cuántas cosas me pierdo a menudo por no estar presente!

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

24 de agosto de 2018

  • 24.8.18
A mí que me gustan tanto los cuentos, Camden es un lugar donde perderme, donde sentir y donde sonreír todo el tiempo. En una miniescapada me he venido a este rincón de Londres donde todo es posible. Comprar comida sana mientras escuchas Summertime en los labios de Ella Fitzgerald, con el chisporroteo que hace la aguja sobre el vinilo... Una tienda llena de vestidos de princesa mayor en la que una aragonesa te ayuda y halaga con su eterna paciencia. He sucumbido a una falda de tul. Y es que mi edad no tiene nada que ver con mi ilusión eterna. Casi soy un hada.



Ahora escribo en Round House viendo cómo la gente camina mientras una voz negra masculina me envuelve con su terciopelo. Creo que es rhythm and blues. Antiguos establos convertidos en miles de pequeñas tiendas en las que encontrar lo que deseas. Tu imaginación es el límite.

Un puente sobre un río con terrazas donde la gente sonríe y toma el sol. Un rincón no secreto donde escapar del estrés. Hombres y mujeres que pasean, nadie corre. ¿ Para qué? Es sábado, hace unos 20 grados y el cuerpo quiere calle.

Punky, góticos, faldas con convers, pin-up del siglo XXI, turistas a raudales, colores de piel que desmienten que solo hay cuatro razas: del blanco al chocolate negro hay una infinidad de tonos. Italianos, franceses, españoles, brasileños, japoneses, chinos, gente de distintas partes de África...

De todos los lugares del mundo vienen a esta ciudad cosmopolita que amenaza con separarse más del continente europeo. Quizás los ingleses hayan votado que se quieren ir pero Londres se quiere quedar. La mezcla de culturas le sienta bien. La capital británica se aburriría convirtiéndose en una ciudad blanca uniforme.

Reconozco que tengo debilidad por este acento, ese que corta las frases y no deja nada sin pronunciar. Antes de venir aquí he pasado por Portobello y he querido ser una gran duquesa con una casa en la campiña inglesa y decorarla con las mil antigüedades que por ahí se ven.

Me enamorado de una camisola interior de mujer del siglo XIX, pero he tenido que desistir del romance después de conocer su precio. No estoy triste. Contemplar su belleza ya ha sido un regalo. Una jarrita con agua y limón, una plantita y una vela para comer. Pollo y patatas con perejil. Es fácil ser feliz. El boli, tú, mi querido diario, y yo. Hoy no te puedes quejar, que te he sacado de casa.

No sé por qué me han venido la cabeza unas palabras de agradecimiento para todos aquellos que me enseñaron con cariño de mi vida de estudiante. Mi mente salta de un tema otro. ¿Será que estoy en la ciudad de Virginia Woolf?

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

17 de agosto de 2018

  • 17.8.18
Hace solo un día que te has ido y ya te echo de menos. Ya no baila la cortina de mi cuarto con tu brisa; ya no me acaricias el cuerpo; ya no siento tu invitación a pasear. Ya no me haces amar el verano. Te doy las gracias por haberme hecho tan feliz durante este último tiempo. Por las noches de sueños dulces mientras me arropo con sábanas blancas, por las cenas al aire libre y las caminatas bajo la luna cambiante.



Manga larga en las noches de estío... ¡Lo nunca visto! Tú traes la vida, las ganas de perderse por las calles semidesiertas de la ciudad que descansa del tráfico del invierno. Luz y sol que no queman. Bendito Dios del aire, bendito Poniente que portas la frescura del mar a la tierra seca.

Ventanas abiertas a las estrellas y lecturas a medianoche. Tus regalos han sido infinitos, pero el mayor de todos, la calma, la paz, el ahora. No he deseado que los días vuelen para que llegue el nostálgico otoño. He podido observar a los álamos blancos desprendiendo destellos de plata mientras tú corres entre sus hojas.

Siestas llenas de bonitos sueños, llenas de tus arrumacos que saben a madre tierna. Has abierto mis puertas, no ha reinado la oscuridad en mi hogar, y las amigas y sus risas me han acompañado en tus tardes suaves. Tú haces que todo fluya, que nada se estanque, que la vida corra por nuestras venas.

Te doy de nuevo las gracias por tu largo abrazo de estos meses. Aunque ya no estés, sueño contigo; tu recuerdo me acompaña en los días que se vuelven oscuros en la guarida donde me protejo de la canícula. Sentirme agradecida expande mi pecho y mi alma. El aire que baila dentro de mí borra mis contornos y se hace uno contigo, querido Poniente.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

10 de agosto de 2018

  • 10.8.18
Hay noches en las que la felicidad no te deja dormir. Quieres agarrar el momento de plenitud y no soltarlo. Hay noches en las que sueño despierta, en las que imagino cosas que me hacen sonreír, en las que vislumbro un camino lleno de posibilidades. Nunca sé cuándo va a ocurrir. Solo sé que me encanta que lleguen sin avisar.



Esta es una de ellas, mientras escucho y contemplo el hada de mi caja de música girando y girando, con su eterna sonrisa, siento la suave brisa de verano que quiere entrar en mi habitación colándose por las rendijas de las persianas, como si fuera un ungüento que acaricia mi piel.

La lamparita verde clorofila ilumina las hojas de este diario, mientras mis dedos corren y corren para escribir todo lo que mi mente les va contando. Las sábanas de algodón me hablan de ternura y caricias, y me hacen soñar con campos llenos de flores blancas que buscan el sol.

La calle calla, suenan las campanas de la medianoche y las cenicientas duermen y no sueñan con príncipes. La luna se encaja en un cielo en el que faltan las estrellas de Van Gogh, pero que está limpio de nubes. Puedo sentir mis latidos, percibir la vida, observar mis largas piernas y mis pies egipcios.

El reloj ha dejado de correr y el cuco ha cantado para despertarme al ahora. No quiero estar en otra parte, ahora no pienso en nada: solo disfruto este instante. El sonido de los coches se ha espaciado y recuerda a las olas del mar. Pienso que aquí estamos durmiendo, pero que en el otro lado de nuestra redonda Tierra la gente trabaja, sale a comer, contempla la luz del día...

La madre naturaleza ha parado la rotación y la traslación para que yo me encuentre conmigo misma en este pliegue del tiempo. Me acaricio el cuello. Hace tanto que no lo hacía… Uno de mis dos yo le pregunta al otro que dónde ha estado. Y solo sabe responder que corriendo, persiguiendo una meta que va desapareciendo constantemente.

Se sientan juntos debajo del gran árbol y contemplan sus ramas desde abajo. Esta es la vida: este momento. Se despiden prometiéndose volver a verse pronto. "No corras", le dice el yo sereno, mientras coge el brazo con suavidad a mi yo con alma de kamikaze. "No corras o te perderás la belleza del camino: no hay un destino al que llegar”. Ellos se alejan y yo me me quedo esperando poder cerrar los ojos y abandonarme al placer de descansar.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

3 de agosto de 2018

  • 3.8.18
No solo tiene cáncer sino que, además, tiene que tirar de un parásito: su marido. Cuando hoy esa señora que cubría su cabeza con un pañuelo rosa y venía de la quimioterapia me contaba en el metro su vida, he sentido la rabia corriendo por mis venas. Su marido lleva años sin hacerle el menor caso y se emborracha cada dos por tres.



Son dos extraños que viven bajo un mismo techo. Ella, sometida al yugo de una educación machista, sigue haciéndole la comida y limpiándole la mierda que genera, aunque con uno de sus brazos no debería cargar ningún peso.

Ella, una persona buena, que se merecería tener una mano amiga que la ayude, continúa haciendo de criada. Mejor dicho: de esclava. No piensa dejarlo: le da pena. ¡Pena que no dirija su mirada hacia ella misma! ¡Que no sea capaz de verse, de escuchar su cuerpo y darle descanso!

En esta lucha está sola y, por si fuera poco, carga con una piedra atada al cuello que la va hundiendo. Por eso siento rabia. Rabia porque no nos enseñaron a querernos a nosotros mismos, a dar solo cuando podamos, a cuidarnos igual que cuidamos a los demás.

Después de una larga charla, que se extendió a una cafetería, me he dado cuenta de que ella no va a cambiar. Para dormir tranquila necesita seguir siendo ciega ante sus necesidades. Me despedí deseándole lo mejor. Tiene 65 años y viene de una generación de mujeres castigadas, castradas y educadas para servir, para negarse a sí mismas, para evitar el infierno del que hablaban desde los púlpitos. Como si el infierno no estuviera a veces en esta vida…

Tras andar con mi pena por no poder ayudarla a quererse, vino a mi cabeza la amiga de una compañera de la universidad. Recuerdo que era una chica joven, con un niño pequeño, a la que le dieron la noticia de que sus células se habían vuelto locas, mientras su marido no paraba de llorar. Ella guardó la entereza para prepararse y combatir la enfermedad.

Y miró por ella. Se divorció porque él era un lastre, no el compañero de vida que ella había creído. Ni una palabra de ánimo salió de él. Peleó duro mientras su pequeño hijo la abrazaba. Y consiguió ganar. Tras el triunfo, quedó dentro de ella la satisfacción de saber que se quería, que tenía la fuerza interior suficiente para hacer las cosas sola. Pero, sobre todo, le quedó la certeza de que su felicidad era importante.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

27 de julio de 2018

  • 27.7.18
He de reconocer que yo también he entrado en el mundo del “todo es malo”. La televisión continuamente nos alerta sobre la carne, el pescado, los cereales, el agua... Y si una es aprensiva como yo, va acumulando información negativa y llega un momento en el que te pones enferma, pero no por lo que comes, sino por creer que te va a sentar mal.



Después de escuchar las voces apocalípticas, parece que la única solución es comprarse un terrenito y esperar a que sea considerado digno de la agricultura ecológica, y sembrar y recoger tu propia comida. Amén de encontrar animalitos que no hayan tenido contactos con vacunas y hormonas y a los que debería matar yo.

Vegana no me voy a volver: tengo claro que solo soy una pieza más en la cadena alimentaria y, el día que me muera, habrá otros bichitos que me coman a mí. Menos mal que, a veces, chilla la voz inteligente de mi cabeza y, tras darme una guantada en la nuca, me recuerda la suerte que tengo de vivir en el siglo XXI, por las vacunas, los medicamentos, los hospitales y la agricultura extensiva e intensiva, así como por la carne y el pescado, ya sean salvajes o no.

¿Qué ocurriría si tomáramos una máquina del tiempo y apareciéramos en el siglo XIX? Veríamos la gran diferencia que hay entre poner el palito del uno delante de la X o ponerlo detrás… Cualquiera de nuestros antepasados de esa época no duraría ni un momento en cambiarse por nosotros, sin pensarlo dos veces.

Con una esperanza de vida que rondaba los 30 años, con muertes masivas infantiles por cualquier resfriado, con gente que sufría de dolor sin ninguna medicina que le consolara, con una de las peores enfermedades que puede sentir el hombre: el hambre. Para la gran masa de la población, la carne era un lujo inalcanzable, incluso para los ganaderos, que criaban para vender. Veían pasar el jamón por delante, sin poder pegarle ni un bocado.

Hijos que venían enviados por algún dios que no sufría su falta de alimentos y de protección. Niños trabajando como esclavos –desgraciadamente, esto sigue aún ocurriendo en muchos países–, con un trozo de pan duro y un poco de agua sucia para beber. Así que se callen ya las voces que solo quieren aterrorizarnos y vivan las vacunas, la agricultura con pesticidas y los animales tratados.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

20 de julio de 2018

  • 20.7.18
Lágrimas de emoción por ver a Brunelleschi a tamaño real dentro de una hornacina mirando su cúpula en Florencia y, ahora, a Aníbal González con una sonrisa mientras ve su creación: la Plaza de España de Sevilla. Lágrimas emocionadas por ver ayer en la playa a ese hombre guapo de 40 años y cerebro de 12, con un flotador gigante cantando Volando voy. ¡Qué feliz es, ajeno a los problemas del mundo!



Lágrimas por las películas en las que la justicia triunfa y los buenos tienen una recompensa en esta vida. Emoción cuando escapo de las ideas de mi mente y abro los ojos para contemplar cómo la gente ríe y cómo el mar me toca. Lágrimas por las buenas noticias, esas que escasean en los noticieros.

Emoción al contemplar los nuevos amores, ya sean de 15 o de 60 años. Ilusión en los ojos y sonrisas tontas. Lágrimas de emoción por la buena gente, como la señora que el otro día, ante mis estornudos alérgicos, me regaló su pañuelo de tela y me dijo: "Está limpio y sin usar". Su corazón solo quería ayudar.

Emoción cuando una monja del tercer mundo, que nada tiene o posee, te ofrece el esfuerzo de su labor: un paño, primorosamente bordado por ella, para cubrir el pan. Lágrimas de emoción cuando alguien es capaz de verte y acercarse para darte un abrazo de "no estás sola".

Emoción cuando una amiga te cuenta que ha conocido a una chica en la fiesta del Orgullo y que no puede dormir por las noches pensando en ella. Lágrimas de emoción ante las emociones ajenas, ante la bondad natural, ante la felicidad de las personas nobles de alma, ante los que luchan para que el mundo sea un lugar mejor.

Cuando estas lágrimas brotan sin avisar de mis ojos y se deslizan por mis mejillas, hacen que se abran las compuertas que protegen mi corazón y un aire dorado lleno de posibilidades corra y ría por mi pecho, dejando una sensación de paz, de fe, de esperanza, de vida…. Y es que no hay mejor antidepresivo que creer en la bondad del ser humano.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

13 de julio de 2018

  • 13.7.18
He vuelto a caer en brazos de Cole Latimer. ¿Terminaré como Don Quijote? Desde los 15 años no había vuelto a leer a Kathleen Woodiwiss y sus Cenizas al viento. Mis ojos están cansados, pero mis labios sonríen permanentemente. Una puede enamorarse de un hombre, de una canción o de un libro. O, en mi caso, del protagonista de un libro.



No me pidas que decida entre él y Mister Darcy. Son historias diferentes. Todas las noches busco un ratito para estar con Cole, para sentir sus ojos azules recorriendo los contornos de Alaina, para soñar con la fuerza de su amor, para admirar su hombría y su valor.

Termino de estudiar y lo busco. Busco ese libro amarillo que apareció en casa de mi abuela. La pobre le daba pena el chico del Círculo de Lectores y siempre que aparecía, le compraba algún libro. Mi curiosidad me llevó a buscar historias que vivir en los libros de aquella pequeña casa, en la que todo era acogedor y donde reinaba la ternura de mi abuelita.

Dudo que la pobre eligiera esta novela por su trama. Seguro que fueron las hadas las que pusieron en mi camino esta historia de amor entre un yanqui y una sureña rebelde. Pero me estoy empezando a preocupar porque llevo un mes releyendo una y otra vez las mismas páginas, como si me hubiera quedado atrapada en un laberinto del que no quiero salir. Y he comenzado a creer que soy Alaina, la mujer rebelde capaz de sobrevivir en medio de una guerra civil, orgullosa, independiente y apasionada.

A menudo me observo y me veo como un Quijote que roza la locura. Él se convirtió en un caballero andante y yo, por momentos, me vuelvo una dama del siglo XIX, con una vida llena de infortunios, pero con un final feliz en brazos de un guapo oficial, médico y yanqui. Un hombre fuerte, valiente, capaz de protegerte y sobre todo, capaz de enamorarse de una mujer con carácter y decidida a elegir su propio destino.

Mi compañera de piso me dice que así no voy a encontrar a un hombre real y yo siempre le respondo: “Cuando no leo, tampoco aparece uno de carne y hueso”. Y lo feliz que soy yo…

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

29 de junio de 2018

  • 29.6.18
Simples objetos. Objetos que albergaban y siguen albergando la honra de la familia entre sus piernas. Utilizadas como moneda de cambio de matrimonios llenos de violaciones sistemáticas. Propiedades sin alma y sin sentimientos, tiestos en los que criar futuros herederos o descendientes. Bocas sin palabras, ojos abiertos a la nada, oídos vírgenes a palabras tiernas.



Menos queridas que un buen caballo o un perro. Un mueble que siempre se ubica en la cocina. Un agujero en el que saciar la frustración y la necesidad del hombre. Metonimia terrible.

Niñas utilizadas de juguetes sexuales. No pasa nada. Ellas no tienen memoria: ellas solo callan y agachan la cabeza. Matadas por ser violadas, víctimas convertidas en reos. Dotes para que se vayan de tu casa, nunca su casa.

¿Cómo evitar que el animal doméstico huya? ¿Cómo asegurar que tu descendencia tenga tus genes? Castrar el deseo es la solución. Si no desea, si no siente nada más que dolor, la perra será fiel.

Muñeca que pasa de las manos de un padre a las de un marido. Cadena que solo se alarga. Cuello firmemente apretado. Estudiar, ¿para qué? ¿Quién te va a querer desposar? Ser tonta es lo mejor para ti. Libertad cortada a base de hogueras. Imposible volar sola.

Dioses inventados por hombres que odian al llamado sexo débil. Débil por tener un pie permanentemente sobre el pescuezo. En el suelo no se puede ser fuerte. Lágrimas lloradas hacia dentro. Sal que hace costra en el corazón. Palabras calladas que se agolpan y crean nudos en el pecho.

Vida cuesta arriba, piernas cansadas de acarrear penas en cántaros invisibles. Mujeres blancas y de todos los colores, fabricadas para agradar, para sonreír como muñecas sumisas, y sin necesidades propias que cubrir. ¿Hasta cuándo las mujeres seguiremos siendo los juguetes del poder y de la barbarie? Existimos. Miradnos como iguales, como seres capaces de sentir, de amar, de desear…

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

15 de junio de 2018

  • 15.6.18
Le podría proponer un día sin memoria, una subida a las nubes, un escondite en una casa invisible. Dejar de lado las formas, olvidar lo aprendido y correr entre árboles sonrientes, sintiendo su mano en la mía. Le podría pedir que me buscara en el laberinto, que saltara con la adolescente que vive en mí, perdemos por las calles de ciudades inventadas, sin rastros, sin horizontes y perseguir el viento que se lleva las ideas.



Bailar al ritmo de música hipnótica, embrujarnos con sonrisas de pestañas, hacernos promesas fugaces, correr para encontrarnos, rodar por la hierba azul. Caernos por un agujero y aparecer en una isla de cristal.

Pintar un globo multicolor al que agarrarnos, volar solo con desearlo. Envolvernos sin tocarnos, olernos, hallarnos a oscuras. Reír sin límites y penetrar en un bosque oloroso, dorado, abandonarnos a la locura. Perseguir la única realidad, piel bajo piel, piel sobre piel.

Rosa que explora los labios, que encuentre una casa, que siente el fuego. Troncos que se retuerceN hasta consumirse. Le podría proponer una eternidad en gotas de lluvia, rastrear el rocío en su epidermis, convertirlo en mi hogar. Le podría proponer tantas cosas si me atreviera a salir a encontrarlo…

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

8 de junio de 2018

  • 8.6.18
"Te está llamando 'No llamar cuando estás borracha'. Perdona por haber mirado". "No pasa nada", me dijo. Me pareció curiosa su forma de registrar los nombres en su agenda del móvil. En ese momento no podía hablar: era sábado por la noche y el bar estaba hasta arriba. Como ya te dije, querido diario, trabajo de vez en cuando de camarera. Mis ahorros no van a ser eternos y el alquiler de mi piso va destinado por entero a pagar esta habitación que comparto en Malasaña.



Era la primera vez que veía a esta chica, Bego. Eran las 5.00 de la mañana cuando se empezó a despejar el local y llegaba el momento de recoger todo, incluidos a los borrachos del suelo. La gente se iba yendo y Bego me preguntó si me apuntaba después de cerrar a un café. "A un café no, pero a una infusión me apunto".

Cada uno hizo su parte y, al echar el cierre, ya empezaba a clarear. Decidimos andar por las calles vacías de Madrid, donde solo algunos madrugadores se atrevían a correr o a pasear a sus mascotas. Entramos en un café que había cerca de la Plaza Mayor, lleno de mesas redondas de madera.

Nos sentamos cerca de las amplias cristaleras que hacían de muros. Esto me ha quedado de París: sentarme cerca de una ventana mientras la bolsita de la infusión suelta su sabor en el agua y observar cómo las personas pasean o corren. Porque, en Madrid, la gente solo corre.

Y entonces empezó a contarme que ella no guardaba los teléfonos por nombre, sobre todo los de los hombres que iba conociendo. El 'No llamar cuando estoy borracha' era un impresentable al que solo llamaba cuando estaba desesperada, triste y había bebido más de la cuenta. El problema venía a la mañana siguiente, cuando se levantaba con él y tenía que salir corriendo antes de que él abriera los ojos y tuviese que aguantar alguna de sus absurdas gilipolleces del tipo: "¿A que te ha gustado?". Otro de los números era 'No llamar nunca'.

"¿Y por qué no lo borras?", le pregunté. "Porque si él me llama, quiero saber quién es, para no cogerlo", me dijo. También tenía otros nombres relacionados con sus atributos físicos: 'Pichacorta', 'Grande pero no sirve para nada'… O su lugar de residencia: 'Cordobés gracioso'… Curioso lo de la residencia. "Es para cuando viajo", me contestó.

Era lo que se podía decir una mujer práctica. ¿Para qué utilizar la memoria cuando puedes describir en pocas palabras cómo es el dueño de ese número de teléfono? Ojalá yo hubiera sido así. Esta mañana me ha llamado uno que dice que anoche le propuse un fin de semana romántico garantizado ante notario, preguntándome que qué tal me venía el siguiente… ¿De verdad que he sido capaz de decir en voz alta lo que tantas veces he pensado? Maldito Bailey’s y maldita Bego, que me enredó llevándome a un after... Eso sí, pasada una hora, ella despareció. ¿Llamaría al impresentable?

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

1 de junio de 2018

  • 1.6.18
Cuando un hombre ama a una mujer, la mira, la observa, se embelesa y se deleita recorriendo sus rasgos. Los ojos, los labios, su cara, de nuevo los ojos hasta que su mirada queda hipnotizada por los labios y, sin saber cómo, se encuentra saboreando y jugando con una lengua que hace que, por su columna, las descargas eléctricas corran, bailen, suban y bajen.



Cuando un hombre quiere a una mujer, le acaricia la mejilla, le aprisiona suavemente su cara con sus manos para poder besarla con ternura, con pasión, con locura. Cuando un hombre se enamora, quiere ser el héroe de la historia, el príncipe del cuento y el guerrero protector de su amada.

Cuando un hombre se entrega sabe cuidar a una dama, la mima, la escucha, la percibe, la abraza. Cuando un hombre está enamorado quiere desentrañar el misterio de la mujer que lo acompaña. Quiere conocerla, descubrirla, saber qué le hace feliz y descubrir los porqués de su tristeza.

Cuando un hombre siente en su corazón y en su mente que ella es la mujer con la que quiere pasar la vida, se crece, pelea y ahuyenta todas sus inseguridades. Solo conoce la certeza. Cuando un hombre quiere de verdad una mujer se lo hace saber con gestos y detalles tiernos. Se vuelve cursi para su ego.

Cuando un hombre tiene claro que las horas con ella son más vividas, cuando se ríe de él mismo por hacer lo que siempre juró que no haría y descubre que su debilidad le convierte en el hombre más fuerte del mundo, cuando todo eso ocurre y todos sus esquemas se derrumban y le dejan expuesto en un mundo desconocido del que no puede ni quiere escapar, entonces es cuando se encuentra a sí mismo.

Cuando un hombre está enamorado, te lo hace saber con miles de pistas. Cuando un hombre te ama, tú simplemente lo sabes. Su mirada te atraviesa y su voz te acaricia. Cuando quiere que tú seas feliz, cuando te escucha, cuando te sorprende, cuando te cuida y mima en la enfermedad, ese es tu hombre.

Y cuando todo esto no ocurre, no es culpa de nadie. No se dio. Solo es eso. Todas las mujeres del mundo deberían ser amadas alguna vez para así poder saber y reconocer cuándo un hombre te quiere de verdad. Cuando una mujer se reconoce en los ojos de un hombre, cuando ella sabe con certeza que él es su compañero, su hombre, su protector... el misterio de la vida se desvela. El amor es siempre lo que nos salva. De todo.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

25 de mayo de 2018

  • 25.5.18
Se vistió de princesa y se echó a la calle. Ese día iba a encontrar al príncipe azul. Era ese y no cualquier otro día. Y claro está, debía ir con un atuendo especial para la ocasión. Buscó el mejor vestido, rizó su pelo, se pintó una sonrisa que no tenía y se dibujó en los ojos una mirada atractiva que escondía perfectamente su miedo y su inseguridad.



Estaba harta de la soledad y de la lucha individual. Quería y deseaba un compañero de camino. Y lo quería ya. Quedo con él. ¿Por qué él? ¿Y por qué no? ¿Acaso no había sido capaz de ver que ella temblaba y la había abrazado para reconfortarla sin que apenas se conocieran de nada?

No podemos hablar de flechazo, ni de instinto animal. Ella estaba perdida en las telarañas de su mente y él le proporcionó un sitio con luz durante el tiempo que dura un abrazo entre dos desconocidos. No hubo amor como en La Javanaise, en la que "nos amamos el tiempo de una canción". Pero sí surgió algo: una duda, un misterio.

¿Podría ser él? No era pasión, ni ensoñación. Era una pregunta que se elevaba en el aire y que, de vez en cuando, se posaba delante de sus ojos. Pensó que ya tenía una respuesta. Un día de invierno en el que en la conversación solo existió él. La vida de ella no fue objeto de interés. Su intuición extendió la mano a su ilusión y ambas cotejaron que aquello no pasaba de una simple, muy simple, amistad.

Pero volvió la primavera y las canicas del azar chocaron. Se volvieron a ver y el calor, esta vez vespertino, unido a las ganas de no pensar los llevaron al parque de una antigua infanta. El lugar invitaba, la brisa acompañaba, el canto de las palomas enamoradas creaba ambiente y los grandes árboles hacían de escenario perfecto para un beso. Pero no llegó. Podríamos decir que no llegó ni siquiera a ser una idea.

La princesa recordaba otros días, otros paseos por aquel parque llenos de suspiros y de mariposas en una época en que caer en el amor era fácil. El cielo se fue nublando y el ocaso se tornó frío. Todo había pasado y se despidieron con otro abrazo.

Hoy ella ha intentado ser esa flor que despierte la luz de su mirada, pero no se puede exigir ni pedir a nadie que sea el príncipe del cuento. Ellos ya no están para cuentos. Los dos tienen un álbum lleno de las cosas que desean y ninguno de ambos se ajusta la persona soñada por el otro.

"No tengo tiempo de leer cosas que no me interesan", le dijo él. Es una buena metáfora de las relaciones. Al igual que los libros, si no nos resultan atractivos, los cerramos. Solo nos movemos cuando algo ocurre, sin que sepamos que está ocurriendo.

Pero ella no está triste: se queda con los abrazos recibidos, con la protección y el calor que le han proporcionado. Pero, sobre todo, se queda con un gran descubrimiento: ahora sabe que le gusta vagabundear por el parque acompañada y que sigue deseando que la besen en algún rincón escondido del mismo. Puede no parecer una gran cosa. Pero, pasados algunos años, reconocer que en nosotros aún vive la ilusión es un bello tesoro.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

18 de mayo de 2018

  • 18.5.18
Me he vuelto adicta a los abrazos. Los abrazos me bajan a la tierra, explotan el globo de los pensamientos fatídicos. Los abrazos son cálidos, me hace sentir segura, me hablan de que hay otro ser humano que comparte su cariño conmigo. Dan color a la vida, la ciudad se vuelve verde esmeralda, el aire encuentra la salida sin premura y el corazón tiene otro latido con el que bailar.



Los abrazos hablan y tienen su propio lenguaje. Estoy aquí, te he visto, sé cómo te sientes, déjate caer aquí entre mis brazos. Ellos no necesitan ser fuertes: basta con que sean sinceros, redondos, que te acaricien sin presión. Yo me siento libre dentro de de ellos, sé que no me quieren atrapar. Ellos son mis amigos.

El único problema, eso sí, es que crean dependencia. Uno no puede ir por ahí mendigando abrazos… Aunque le gustaría. No hay nada más seguro que el regazo de una madre: sus abrazos son especiales. Huelen a un perfume sin nombre, que se graba en la memoria haciéndolo reconocible entre millones. Aún recuerdo alguno de ellos.

Los abrazos amigos, aunque sean solicitados, si uno se los deja sentir saben a cariño compartido, a brisa suave de primavera: no estás sola, cuenta conmigo. Lo que más me cuesta es abrirme, sacarle la cuerda al reloj y conectar con mi cuerpo, dejando que la magia funcione.

Sentir la tibieza del cuerpo del otro, percibir su corazón, su movimiento silencioso. Sentir unas manos en mi espalda que me acunan con suavidad y dejar que mi cuerpo sonría y disfrute de la calidez que se va extendiendo de arriba a abajo. Sentir cómo los contornos desaparecen y te vuelves un todo con la otra persona por un instante, reconociéndose iguales en la suma. Aflojar y dejarse caer... la tarea pendiente.

Ya no doy abrazos rápidos, de compromiso, de esos que la vergüenza apremia a acabarlos. Ahora los siento como un regalo, como las chuches de los domingos, como algo único que necesita toda mi atención. Desde hace un tiempo me paro, me digo "esto es un momento para recordar, así que abre los sentidos y déjalos que disfruten. Hoy es día de fiesta para ellos".

Importante: cerrar los ojos. Para sentir el cariño o el amor es necesario concentrarse en la piel y en el olfato. Y esta tarde he tenido uno de esos grandes momentos. Ha sido un abrazo que yo pedía en silencio. En mitad de una calle, con un aire cálido que invitaba a la relajación, él me cogió, me abrazó y acarició mi cuello, mientras yo me acurrucaba como una niña buscando consuelo tras un berrinche. El tiempo que duró fue eterno, esta vez no deseé que terminara. Cuando lo hizo, miré agradecida al bienhechor y seguimos caminando.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

11 de mayo de 2018

  • 11.5.18
Si mi vida son solo tareas, ¿dónde quedo yo? Si solo existo si hago algo, ¿qué pasa cuando no puedo hacer nada? ¿Cuando el cuerpo no me tira? Como ahora... Estoy harta de correr despavorida, de enlazar "tengo que hacer", de hacer listas interminables que parecen que se llenan de más trabajos sin que yo pueda opinar. Lo peor es que, además, me siento mal por creer que estoy perdiendo mi vida, que debería estar haciendo otra cosa. Es como si nunca estuviera en el lugar adecuado.



Este sinvivir me tiene permanentemente cabreada porque me siento como una pantera en una jaula pequeña, mirando con rabia el exterior y maldiciendo a los que me metieron allí. Yo sé quién me ha metido aquí. Y los odio. Desde pequeña me han creado una gran responsabilidad: las buenas niñas son las que hacen lo que se les dice; las buenas niñas no discuten, ni mandan a nadie a la mierda; las buenas niñas de verdad... son mudas.

Sacar la rabia me cuesta, porque no está bien visto. Y sí, he hecho muchos cursos de filosofía budista, de perdón y de tener solo buenos sentimientos hacia los demás, aunque sean unos cerdos. Pero esto a mí no me ayuda.

Yo necesito gritarle a mucha gente que me ha hecho daño en el camino. Golpear a los abusones con los que me he encontrado y han utilizado mi buena voluntad para destrozarme. Ser una especie de superheroína vengativa que permita que el mundo sea como las monjas me dijeron: a los malos los castiga Dios... Y como Él no lo hace, lo debo hacer yo.

Ya sé que soy muy mayor para haber aprendido, pero aún me sigue enfadando que la justicia divina no exista y que los buenos sufran, y los hijos de puta vivan felices. Me vuelve loca esto. Llevo años esperando al Ángel Castigador del Señor para que actúe en mi defensa, pero sigue sin visitarme.

Ya sé, la violencia engendra violencia. Pero entonces, ¿para qué mierda me enseñaron todo aquello? Está claro. Lo que querían eran controlar las mentes más sensibles para que se convirtieran en serviles. Llevan miles de años haciéndolo. Para que nada cambie, para que sigan los mismos.

Cuando una tenía malos pensamientos debía irse a confesar, sentirse mal y, después, hacer propósito de enmienda para que la perdonaran. Pues hoy me perdono yo; me perdono por no escucharme, por seguir unas reglas que anulan mi naturaleza –la otra mejilla está ya muy hinchada–.

Me perdono por no hablarme lo suficiente en el espejo; por los castigos que me he infligido sin ser culpable de nada; por exigirme ser perfecta como mi supuesto padre; por sentirme permanentemente observada. Me perdono por todo aquello que me ha hecho daño: pensamientos, palabras y obras.

Y delante de ti, mi diario, me comprometo a sentir mi cuerpo como un todo que está unido a mi mente y a mi espíritu; a decirme solo cosas bonitas; a tener una cita conmigo misma cada día para leer o escuchar música. Y, sobre todo, me comprometo a no llenar mis días de obligaciones y sí de tareas que me gusten y me hagan sentir bien. Amén.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

4 de mayo de 2018

  • 4.5.18
¿Cómo se borran los bordes? ¿Cómo hacer desaparecer todos los cuadrados que he construido en mi mente para poder sobrevivir? En cada uno de esos cuadrados hay ideas fijas de cómo debe ser cada cosa. Hay miles de interpretaciones de cada gesto, de cada palabra, propios y ajenos.



Siempre me han dado seguridad esos ficheros en los que guardo cómo debo pensar o reaccionar ante determinadas situaciones. Los he construido con ideas limitantes que me han vuelto rígida, controladora y llena de “deberías “. Esa rigidez me ha quebrado.

Llevo unos días aturdida y sorprendida por la reacción de mi cuerpo. En plena biblioteca empecé a marearme, a notar cómo mi respiración se aceleraba y mis ojos se cerraban. Mi cuerpo se daba por vencido, era un caballo extenuado en una carrera donde el látigo que le obligaba a correr era mi mente o cierta parte de ella.

Me caí al suelo y dejé de tener el control. Mis brazos y mis piernas temblaban sin parar y yo no podía hacer otra cosa que llorar. Lloraba por haber llegado a ese estado; lloraba por verme así; lloraba porque ya no sabía cómo hacer que mi corazón latiera con menos fuerza.

Me encuentro en un laberinto cerrado, lleno de bordes por todas partes. Soy una rata que no para de correr dentro de él y no encuentro nada más que paredes limitantes que tratan de convencerme de que no hay salida, de que no soy capaz de vivir de otro modo.

La paz interior parece ser una foto amarilleada por la falta de aire limpio. Una foto que dejé en algún sitio y no recuerdo dónde. El monstruo del estrés ha engordado y ocupa gran parte de mi cabeza. Se ha sentado encima de mi yo, ese al que le gustan los árboles delgados y altos que permanecen firmes ante el viento huracanado.

Mi esencia es otra. Mi esencia pide ser rescatada, aunque ella sabe que el laberinto es irreal y no es más que una muralla construida con alguna finalidad defensiva frente a los ataques exteriores. Ya no sé de qué me defiendo. El enemigo está dentro.

A mi verdadero yo lo que le gusta es sentirse parte de un todo. Siento que el río y yo tenemos muchas cosas en común. Los dos somos en nuestra mayor parte agua y los dos corremos hacia una desembocadura. La verdad se esconde en la naturaleza, en la contemplación de ella. Siempre que lo hago una voz me dice: “Esta es la verdadera realidad, que no te mientan”. Es triste que haya tenido que gritar mi cuerpo para parar....

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

27 de abril de 2018

  • 27.4.18
Entre columnas que cambian de color, en el patio de la antigua Audiencia que vio la condena a cárcel de Cervantes por dedicarse al feo oficio de la recaudación, apareció el poeta, el trovador, el narrador de historias de nihilismo ruso. El público, entregado, se levantó a recibirlo golpeando una mano contra otra con fuerza, con mucha fuerza, en señal de agradecimiento por compartir el don que las hadas le otorgaron.



El tiempo ha sido generoso con él: figura estilizada, cabeza poblada de cabello... y de ideas. Un sesentañero muy atractivo. No venía solo. Lo acompañaba un músico de instrumentos de viento que haría bailar hasta a la serpiente del Génesis. En las notas de su saxo sería yo eternamente feliz. Dejadme allí y columpiadme en movimiento armónico.

Un guitarrista del barrio de Gràcia paseaba con el licenciado en Letras y Filosofía por las calles de Memphis, por Río de Janeiro, por el malecón de La Habana y por todos los rincones del lindo Méjico. Yo no conocía las letras, eso era lo mejor. Podía escuchar, perseguir cada palabra, esperando la siguiente.

Miles de historias cantadas con esa voz reconocible de los ochenta, que ha ganado en serenidad, pero que no ha perdido ni un ápice de su seducción. Una idea pasa por mi cabeza. Él es el sobreviviente de una generación que entró en un laberinto del que era difícil salir. Yo creo que lo que lo salvó a él fueron sus inquietudes. La cultura le enseñó el camino, fue el hilo de seda que le permitió continuar y que iluminó la cueva del Minotauro.

Los mejores momentos son aquellos en los que eres consciente de que estás viviendo algo que va a quedar en tu memoria para siempre. Dentro de mí sentía que era feliz y que esa sensación iba a vibrar en mí cada vez que volviera a escuchar su voz.

Cuando pensé que no podía subir más, tras las lágrimas llegó el poema de Edgar Allan Poe disfrazado de canción de amor eterno. "Hace muchos, muchos años, en un reino junto al mar...". Anabel Lis nos observaba desde una nube, sentada al lado de la hermana de Santiago Auserón. Yo, mientras, me volvía aire, luna, noche.

Los años han convertido su sonrisa en ternura, pero de vez en cuando pone su mirada de rabia, esa que siempre volvió locas a las mujeres que eran capaces de ver al hombre guapo que él siempre quiso ocultar.

Juan Perro esconde a un ser humano que conoce el alma de los hombres, que sabe que "la cosa pierde color cuando la piensas dos veces y más dispuesto pareces a pensar en lo peor", que conoció a muchas bellas negras flores, que la piel tiene 37 grados, que hay que rezarle a la luna de agosto y que algunas chicas de los ochenta escuchaban a sus madres y no se dejaban tocar. Nadie ha definido mejor el deseo o la pasión. Esta noche me quedo con Han caído los dos.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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