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Mostrando entradas con la etiqueta Desde el Llanete de la Cruz [Pepe Cantillo]. Mostrar todas las entradas
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6 de mayo de 2020

  • 6.5.20
El pasado domingo, muchos de nosotros pudimos salir a pasear, con horario limitado y marcado por las circunstancias (autoridad “competente” ordena). En las calles del barrio había gente haciendo cola de distanciamiento para el pan o algo de dulce, por el Día de la Madre. No había flores para regalar.



Curiosamente la palabra propuesta por la RAE para ese día era “impacto” y uno de sus significados se refiere al “efecto producido en la opinión pública por un acontecimiento, una disposición de la autoridad, una noticia, una catástrofe…” (sic). Tal palabra encaja con el hilo de estas líneas y con el trasfondo de la alerta.

El significado de "impacto" en los momentos y circunstancias que estamos viviendo está cargado de un embotamiento físico y de agobio psicológico. La puerta de salida del mundo que hemos dejado atrás no se parece en nada a lo que nos deparará este otro mundo en el que nos espera una amplia cadena de obstáculos.

Unas trabas están relacionadas con la seguridad sanitaria y otras, no menos importantes, con el día a día en lo socioeconómico y en los derroteros oficiales de cara a un futuro inmediato. No olvidemos que en las altas esferas se está deshojando la margarita entre la desescalada o prorrogar el Estado de alarma. “Esta crisis se ha cargado más de medio millón de empleos en abril y el paro roza los 4 millones”.

Sigo con mi marcha. Durante la cincuentena, igual que otras tantas personas, había salido unas cuantas de veces a la compra del avituallamiento necesario. No había niños por la calle que nos pudieran arrancar una divertida sonrisa. Marchábamos con la cabeza baja y mirando de reojo por si se nos acercaba alguien. Éramos recelosos espectros en un mundo huidizo y solitarios acelerábamos el caminar.

El referido paseo del domingo se me hizo angustioso viendo cómo los viandantes nos esquivábamos unos a otros. El comentario de una niña pequeña que nos adelantó con la bici nos hizo reír. “Mira papá, esos abuelitos van muy despacio y juntos”. “No son abuelitos, son mayores”. La disculpa del padre me agradó. En efecto, circunstancias personales nos han convertido en un dúo dependiente.

La cuarentena que hemos dejado atrás, de momento, si miramos hacia adelante, al futuro representado en el mañana parece que no ha sido tan larga y hasta habrá personas que les haya parecido un suspiro del tiempo. Si volvemos la vista hacia el pasado ya han pasado –valga la redundancia– marzo y abril. ¡Dos meses!.

En el transcurrir de dicho tiempo, la muerte se ha paseado por nuestras calles, ha entrado en nuestras casas, se ha llevado por delante una buena cantidad de personas de distintas edades. El número de fallecidos está aun en el aire, dependiendo de los resultados que aporten las posibles autopsias. Hay dudas en esta parcela.

Los profesionales sanitarios han sido duramente castigados. Unos, con la muerte; otros se han contagiado y, de momento, están enfermos. La explicación es de perogrullo, es decir, evidente. Han trabajado en condiciones precarias, no sanitarias según diversas informaciones dadas por dicho colectivo. No entro en esta herida infectada.

Poco a poco se están abriendo las puertas que dan a la calle para que salgamos, eso sí en orden, sin aglomeraciones, sin presionar… ¡No empujen, por favor! Pero… si durante el obligado encierro alguna gente ha conseguido escapar pese a la Policía y a posibles multas, ahora y ante el confuso calendario de salidas puede que el guirigay sea aun mayor.

Cuando anteriormente hacía referencia a las flores para las madres me acordé de que estamos en primavera. Muchos capullos aun no han florecido, siguen en el macetón y algunos “meando fuera de tiesto”, como los integrantes de los treinta botellones que, repartidos por casi todos los distritos de Madrid, se celebraron en la noche del sábado pasado hasta bien entrada la madrugada. Han sido multados pero lo que se pueda pagar con dinero… La noticia ha salido en casi todos los periódicos.

¡Juventud, divino tesoro! No. Estamos ante una manada de irresponsables que es posible que piensen y crean que son inalcanzables por el virus. Que dicho bichejo solo ataca a la gente mayor. A estas alturas queda claro que ante más achaques hay más posibilidad de contagio, pero es arriesgado desafiar dicha calamidad.

Según Rafael Bengoa, experto en gestión sanitaria, “hemos infantilizado a la sociedad diciéndole no te preocupes, el sistema te va a curar”. Estoy de acuerdo en lo referente a la infantilización de la sociedad y como ejemplo nos puede valer la machada de los citados botellones. Vivíamos en “un mundo feliz” alejados del esfuerzo, en general desposeídos de toda responsabilidad.

Vivíamos amparados en el paraguas donde “mi verdad estaba contra la Verdad” de los hechos y de la misma realidad. La dicotomía entre verdad y Verdad se pone en marcha en el preciso instante en que yo (el burro delante), tú, nosotros, que somos los que te vamos a salvar, tergiversamos la realidad subiéndola al altar de lo incontestable, de lo indiscutible, de lo infalible.

A partir de ese momento solo vemos el proscenio en su conjunto, sin examinar detalles, y solo oímos los aplausos porque ya nos consideramos importantes ejerciendo dicha acción. Qué más da si el material protector de los sanitarios solo son unos míseros sacos de polietileno.

¿A dónde quiero ir a parar? Bastante simple. El encierro dicen que se está acabando. Aunque hay una cierta renuencia. Parece que la calamidad sembrada por el virus ha aflojado sus garras. Parece… A partir de ahora tendremos que prestar mucha atención a posibles focos de contagio. Todos juntos y revueltos somos un bocado suculento para contagiarnos, puesto que no sabemos quién sí o quién no puede estar “séptico”, es decir, quién “contiene gérmenes patógenos” (sic).

¿Negativo por mi parte? No, aunque seremos más vulnerables desde el momento en que empecemos a llevar una vida normalizada –habría que decir "nueva" porque van a cambiar muchas cosas, muchas costumbres, muchas formas de comportarnos–. Confieso que es para estar atentos ante cualquier posible síntoma personal o de los demás. El tema es algo preocupante.

De la peligrosidad que nos rodeará, a partir de ahora no se ha dicho mucho, pero existe y tendremos que contar con dicha presencia para relacionarnos con los demás. Somos un pueblo efusivo y cariñoso. Insisto a riesgo de ser pesado.

Abrazar, besar, envolver en nuestros brazos, estrechar manos… son gestos habituales de convivencia, son muestras de amistad, cariño, alegría… que están vedados por un posible contagio. Mañana, también. Porque, con ello, podemos o nos pueden transmitir ese asqueroso virus que ha asesinado el afecto que pudiéramos transmitir a las personas queridas con las que compartimos parte de nuestra vida.

Los titulares de prensa son poco alentadores (verdaderos/falsos) solo se me ocurre decir que “entre col y col, lechuga”. Es decir, hay informaciones múltiples sobre las secuelas de la enfermedad. Unas confusas, otras solo alarmantes y otras verdaderas. Que cada cual tome por donde crea conveniente. Se trata de buscar la Verdad para poder actuar lo más acertadamente posible.

Nos están avisando de una fuerte crisis económica, de una fuerte pérdida de empleos, de un fuerte cierre de comercios, bares, pequeñas tiendas… “En pocos meses se destruirá gran parte del empleo creado en los últimos años”. Dicen que la recuperación y volver a donde habíamos llegado será tarea dura y agobiante, pues la economía no se recuperará antes de finales del 2021.

¿En el nuevo mundo seremos capaces de insertar toda una gama de valores éticos que nos engarcen con los demás? Esa es una de las esperanzas. Cito textualmente a Adela Cortina (filósofa) en una entrevista de la revista 'Ethic': “Hay que intentar ser fuertes ante este tipo de adversidades, por cada uno de nosotros y por todos los demás, para poder ser responsable con respecto a otros y poder ayudar (...). Se han producido dos reacciones de la sociedad: el impulso del humanismo y la solidaridad y, por otro lado, el discurso de la división, el odio y la confrontación constante (...).

La enseñanza que tendríamos que sacar, si es que aprendemos algo -porque a veces parece que no aprendamos nada de las desgracias-, es que ya está bien de conflicto, ya está bien de polarización, de supremacismos y de luchas sectarias e ideológicas (...). Busquemos lo que nos une, que es mucho, porque creo que todos valoramos la libertad, la igualdad, la solidaridad, el diálogo y la construcción del futuro, busquemos eso que Aristóteles llamaba «la amistad cívica”.

Cierro con una cita de El País: “Cuando volvamos seremos distintos, pero ya somos mejores”. Quisiera creer todo lo que dice esta frase, pero dudo de la segunda parte. Estamos, en general, ante una solidaridad impuesta.

PEPE CANTILLO
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

23 de abril de 2020

  • 23.4.20
La pandemia que estamos sufriendo nos ha cogido por sorpresa y con retraso. Somos uno de los países (descartando China) con más incidencia en los tres compartimentos cercados por el virus: Hospitales, depósitos de muertos y prisiones en las viviendas. De las múltiples parcelas que configuran los centros sanitarios ya recibimos información –digamos que suficiente– aunque, a veces, jueguen al escondite con los datos.



Hace ya más de un mes que vivimos prisioneros entre las reducidas paredes de un piso. Guisar para comer, dormir, limpiar, leer (a quien le guste), ver la tele, teclear en el ordenador o pasear por un universo digital es todo lo mas que podemos hacer. El paso del tiempo pesa en la terraza del cerebro. ¿Hasta cuándo? Buena pregunta. La respuesta, cada día que pasa, está más confusa.

Me centro en los fallecidos cuyo número es bastante significativo. En el momento de escribir estas líneas sobrepasamos con creces los 21.700 muertos que se han quedado en el rincón de nuestra memoria tras exhalar un ¡uff! impotente por nuestra parte. Me refiero a los vivos en general.

En las altas esferas quedan reducidos a un número más o menos limpio o manipulado, según intereses políticos. Tengo claro que dar inmediata sepultura a todos es difícil de realizar, por no decir imposible. Y complicaría aun más las posibles infecciones si son acompañados por sus familiares. ¿Entonces?

Pero ofrecer un detalle de adiós costaría poco y podría ser un calmante emocional para los familiares. Me refiero al llamado luto como “signo exterior de pena y duelo…, por la muerte de una persona” (sic). Unos podrán decir que ocuparse de ello en estas circunstancias no ha lugar; otros, que el llamado “duelo, pena, aflicción” (sic) ha quedado depositado en un rincón del corazón familiar y punto.

Parece ser que desde las altas esferas se pidió no guardar luto. En cierta manera se ha llegado a prohibir el duelo porque “se hace necesario deshumanizar a los muertos”, según dijo alguien. La frase en cuestión hiela todo tipo de sentimiento. La pena puede ser general y desde luego familiar, pero sin más montajes, creo que nos dice. ¡Ya está…! Nunca fue más verdad aquello de “que solos quedan los muertos”.

En España, en distintos momentos y por razones varias, se han declarado día o días de luto oficial empezando por la bandera a media asta y con un crespón negro, añadiendo unos minutos de silencio y terminando con acto oficial de entierro. No siempre, por no decir casi nunca, dichas ceremonias han tenido acatamiento general. Con cierto amargor me viene al recuerdo el atentado de Barcelona. Nosotros somos “asín”.

Oficialmente, en estas circunstancias que estamos atravesando, no hay manifestaciones de luto de ningún tipo. A lo más, aisladamente suele aparecer algún dato. Por no haber ni tan siquiera se usa la corbata negra entre quienes la llevan por el cargo. La orden es que se prohíbe el luto. Punto.

Parece ser que el jefe de Estado “homenajea a los fallecidos” a título personal, noticia a la que no se le ha prestado ninguna atención por aquello de "nada de luto". Punto. Aclaración para mentes agudas u obtusas: hago referencia al jefe de Estado al margen de cualquier planteamiento político. En estos momentos me importan los muertos y las circunstancias que nos coartan.

Politizar el dolor es una acción de mentes raquíticas y enfermizas. Incluso en Internet, ante la muerte de algún médico, se han babeado ofensas y desacatos en contra de dicha muerte. Somos un pueblo cainita. Desde nuestros balcones aplaudimos la labor de sanitarios y fuerzas de seguridad y, a renglón seguido, “expulsamos” de nuestro bloque de viviendas a ese vecino sanitario (médico, enfermera) porque nos pueden contagiar. No invento: esta información ha salido en prensa y televisión. Para más inri (“escarnio”), en Internet han saltado algunas voces escupiendo desacatos.

El presidente valenciano convoca un homenaje por las víctimas del coronavirus para el día 19 y se desmarca del Gobierno central. Hago referencia a la prensa local. “Ximo Puig… convoca luto oficial el domingo, banderas a media asta y tres minutos de silencio”.

El Gobierno de la Generalitat invita a los valencianos a salir en silencio al balcón, como muestra de pésame por los más de mil fallecidos. Políticos valencianos y el presidente de la Comunidad guardan tres minutos de silencio en recuerdo de las víctimas: “No os olvidaremos nunca”. La bandera ondeaba a media asta con un crespón negro.

A la decisión valenciana hay que unir Andalucía, que el próximo domingo homenajeará también a las víctimas con tres minutos de silencio antes del aplauso habitual que se viene realizando cada día desde que estalló esta debacle. Da un paso más invitando a colgar la bandera andaluza y de España con un crespón negro en señal de duelo.

El Gobierno sigue en sus trece y niega el recuerdo a los muertos, rechaza el crespón en la bandera o la corbata negra como señal de luto. Total los muertos, muertos están. ¿A quién le interesan? De paso hago justicia y creo recordar que el ministro Salvador Illa dio el pésame a la familia de los muertos el domingo pasado. El duelo oficial tendrá que esperar aunque, según parece, se empieza a tener en cuenta la necesidad psicoafectiva de prestar atención a  la declaración de luto oficial (minutos de silencio y bandera a media asta) para honrar a los muertos y mostrar condolencia con los familiares.

Prefiero usar la ironía antes que subir el tono de mis palabras. Quede claro que este tipo de cita-comentario no va contra la izquierda, el centro o la derecha. Va contra el ciego utilitarismo que nos rodea. Va contra unos políticos cuyos corazones están congelados. Es un compromiso con un pueblo, bastante castigado ya por las circunstancias y un deber hacia esas personas anónimas cuyos corazones lloran de pena por la muerte en soledad y ese adiós que no le pudieron dar.

Hemos perdido seres queridos (familiares, amigos, conocidos…) y personas anónimas para muchos de nosotros; hemos perdido sobre todo un racimo de sanitarios (todos necesarios) entre los que hay unas cuantas docenas de médicos. Hasta el momento, más de una veintena de sanitarios de distintos ámbitos han fallecido a causa de esta enfermedad en España.

Es decir, se han marchado para siempre ciudadanos de a pie y de a caballo, ricos y pobres. Hemos perdido personas mayores que desde residencias y hogares se han ido en silencio. Todo está ocurriendo a buen ritmo. Es como si estuviéramos en un barco zarandeado por aguas picadas, siempre a punto de naufragar.

Mañana está pintado de incertidumbre y amarrado a una seria crisis sanitaria que no anuncia nada nuevo. Por no anunciar nada nuevo ni tan siquiera puede predecir el final de esta hecatombe. Confieso que le tengo envidia a nuestros vecinos portugueses (su frontera con España tiene muchos kilómetros) y a Grecia, país que me encanta por muchas razones, y que creía estaba ya desaparecida.

El mañana augura nubarrones. Habrá subida de precios en distintos sectores, aumentará el paro cuando volvamos a una ansiada normalidad. Crecerá la deuda pública cuyo pago habrá que saldarlo a empujones y desde una fuerte subida de impuestos. ¿Cuántos pequeños comercios tendrán que cerrar? Mejor no pensarlo.

¿Cómo afrontar la muerte de un ser querido? Con la pandemia, las defunciones se disparan. Los psicólogos explican que “el dolor queda en pausa hasta que el encierro deje paso al choque con la realidad...” ¡Cuan largo me lo fiáis, don Juan…!

Con estas líneas quiero dar mi pésame a tantos familiares hundidos por sus tragedias particulares. Y un reconocimiento a aquellos profesionales que arriesgan sus vidas por salvar las de otros. Nuestro encierro, a su lado, es una minucia, una insignificancia.

PEPE CANTILLO

9 de abril de 2020

  • 9.4.20
Vulgarmente, por solidaridad se entiende “estar próximo al otro, identificarse con su problema, su postura o su situación”. Solidaridad vendría a significar algo así como “estoy contigo”, hago mía tu situación desde una empatía sentimental. Me adhiero a tu causa porque, en definitiva, quiero compartir contigo.



En el caso que nos ocupa, es de justicia hacer una matización de la solidaridad desde dos frentes: uno de entrega absoluta al trabajo asignado y, el otro, de empatía con el personal. Es decir, sanitarios, colaboradores, Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y el pueblo encerrado.

Las actitudes solidarias no aparecen espontáneamente, sino que precisan de toda una cultura de educación y asimilación de actitudes por parte de cada uno de nosotros. La solidaridad requiere ante todo sensibilidad, pero alejada del individualismo en pro de acciones colectivas y compartidas. La solidaridad hace referencia a entrega, a justicia, ayuda para un determinado colectivo necesitado de ella, por eso significa cooperación, tolerancia, darse antes que dar, compartir, respetar...

Se es solidario respecto a algo, a alguien que me importa y por quien estoy dispuesto a una actitud de sacrificio, a darme para conseguir solucionar el problema. La solidaridad es ser capaces de pasar del yo al nosotros con todas las consecuencias que comporta. En ese frente está el personal sanitario y en los múltiples frentes que nos ha abierto la guerra vírica.

Pero también están la disponibilidad de empresas que aportan materiales de primera necesidad para frenar esta debacle, y la entrega de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, los militares, sin olvidar el ofrecimiento generoso de particulares. Son importantes esos aplausos enviados desde el encierro familiar que traspasan los balcones, dirigidos a nuestros abnegados héroes que luchan para dar seguridad y salvar nuestras vidas.

Estamos inmersos en un problema serio, global y desde luego mortal. Un enemigo destructor, un virus mortífero, que se ha materializado en la aldea global. El problema viral que nos ha cercado nos mantiene aislados, a la par que está deshaciendo las columnas del templo de la felicidad que teníamos construido y en el que hasta ahora hemos vivido. La alarma ha saltado en todo el planeta. Casi de golpe y porrazo, en unos países más que en otros, el mundo ha parado su actividad.

La autoridad competente ha ordenado el encierro por seguridad. Psíquicamente nos sentimos y somos libres de volar por un cielo a veces soleado; en otros momentos aparece cargado de sombrías nubes prietas de agua que cae arbitrariamente cuando quiere.

El lema es muy simple: “me quedo en casa”. Dicho argumento pretende darme la libertad de pensamiento, que no de movimiento. Asumida la situación seré libre –triste contradicción– para hacer lo que quiera dentro de las paredes de mi vivienda. Tengo derecho a no aburrirme para que el encierro no se haga insoportable. A estas alturas la prisión ya se nos hace penosa. Y lo que te rondaré, morena.

El trance que nos aísla es sumamente agobiante a todos los niveles. Estamos encerrados físicamente por una calamidad mundial que envuelve el aire que respiramos. Nos hemos convertido, de la noche a la mañana, en rehenes de un monstruo invisible que ahoga inmisericorde a quien se le ponga a tiro. Uso la palabra "ahogar" porque creo que define bien el peligro que se cierne sobre nuestras cabezas. La insuficiencia respiratoria, dicen, es la que asfixia nuestro vivir.

Otra plataforma imprescindible como base de la realización de la persona nos adentra en la responsabilidad que cada sujeto debe adoptar, primero para crecer como persona en sentido individual, y en segundo lugar buscando la integración en el colectivo donde con-vivimos. Ello implica asumir nuestra responsabilidad como miembros de una sociedad democrática junto con la tolerancia y el respeto a los demás.

En estos días de confusión, inseguridad, miedo a caer en las garras del monstruo, circulan entre nosotros muchos bulos, es decir, “noticias falsas propaladas con algún fin” (sic). Asustarnos puede ser una razón de dicho “buleo”. El bulo es una mentira sembrada con toda intencionalidad. También puede ser una de las razones para controlar una sociedad que tiembla ante un porvenir incierto. Vamos, que dichos bulos son algo así como un saco de porquería.

En nuestra sociedad somos muy propensos a manifestar sentimientos de afecto ante las personas queridas. Pues bien, dichos sentimientos están vetados en la medida en que nos aproximan al otro. El contacto con el otro que hasta ayer era –y en el fondo de nuestro corazón sigue siéndolo– la miel que endulzaba diversos momentos del día a día, se ha transmutado como si fuera un vil enemigo al que no podemos, no ya tocar, sino de quien tenemos que alejarnos.

Abrazar, besar, envolver en nuestros brazos, estrechar manos… son gestos de convivencia, son muestras de solidaridad, de amistad, cariño, alegría, que ahora están vedados por un posible contagio. Porque con ello podemos o nos pueden transmitir ese asqueroso virus que ha asesinado el afecto que pudiéramos transmitir a esas personas queridas con las que compartimos parte de nuestra vida.

Curiosamente, las circunstancias críticas de la pandemia que estamos sufriendo, de la epidemia en la que nos ha metido el destino, están produciendo unos daños colaterales que no podíamos, ni por asomo, imaginar. De momento, solo aludo a los humanos.

Aléjate del otro, sea quien sea; guarda para otro día los brotes de afecto, de efusividad, enciérrate en casa hasta que diga la autoridad competente. Serio problema. Dicho planteamiento nos abruma con creces. Es duro vivir en una isla solitaria rodeado de todos los demás.

Sumamente importante son las víctimas que se quedan en la cuneta. El número de muertes que deja la plaga crece a buena velocidad. Alguien dijo que gracias al confinamiento, el número de muertos por accidente de tráfico había descendido significativamente. Quizás comparando ambas cifras se pueda entender lo cretino de esta afirmación. Este carril nos lleva a diferenciar entre muertos directamente por el virus, ya sean jóvenes o viejos. Lógicamente los primeros suelen tener las defensas bien pertrechadas. Los segundos están más indefensos, más cuarteados.

El dilema que se plantea es de órdago: salvar a las personas que aún tienen vida por delante o a esos decrépitos sujetos que ya han vivido, poco o mucho. Morir por falta de aire (falta de respiradores) debe ser todo un drama si a ello añadimos la ausencia de seres queridos que puedan acompañarnos hasta que nos recoja Caronte con su barca para cruzar el río.

Hablo de dilema porque es duro dejar en la cuneta a unos y ayudar a salir del agujero a otros. Cuando he trabajado los dilemas morales en clase siempre fue difícil decidir por “A” frente a “B”. En el fondo del asunto que nos ocupa, creo que se ¿antepone? una opción frente a la otra. ¿Estamos ante un tipo de eugenesia selectiva?

La eugenesia dice que la practicaban entre los espartanos allá por los años de Maricastaña y consistía en despeñar a los mal-nacidos (nacidos con defecto) porque suponían una carga frente a los sanos (saludables) que serían magníficos soldados para defender al pueblo. Ya más modernamente, en determinados sitios se optó también por dicha eugenesia.

La eugenesia ha pretendido seguir diversas lineas: una de ellas, obtener mas calidad genética de las especies, humanos más sanos por selección artificial. Francis Galton, Darwin, Mendel son nombres conocidos dentro del campo de la eugenesia. El tema es amplio y complicado.

Frente a este dilema, la televisión pronto nos ha bombardeado con imágenes en las que se ve a nuestros mayores saliendo de las UCI, después de haber ganado la batalla al virus. La mano que mece la televisión pronto se ha esforzado en resolver dicho dilema. La sociedad cuida de sus mayores.

Educar en valores se hace ineludible, pero ¿en cuáles? La pregunta nos lleva a buscar esos valores que podríamos llamar universales en tanto en cuanto nos competen a todos los ciudadanos. Se hace estrictamente necesario concatenar determinados valores donde esté presente la libertad de la persona. Estos valores son imprescindibles para formar humanos capaces de dar, darse y compartir con los demás….

Estamos aludiendo a respeto, responsabilidad, compromiso, transparencia, honestidad, para conseguir renovar nuestra futura sociedad. Porque no nos engañemos: cuando acabe el encierro entraremos en una sociedad cambiada. Me atrevo a decir nueva o renovada.

PEPE CANTILLO

26 de marzo de 2020

  • 26.3.20
Y dicen que un buen día caímos en la maléfica red de un virus con corona y todo. El país poco a poco y con cierta lentitud fue envuelto en un aislamiento preventivo por un periodo (¿sine die?) que después de san José sería ampliado un par de semanas más. Hay que recordar que la Organización Mundial de la Salud (OMS), máxima autoridad sanitaria, ya advirtió que el coronavirus se puede frenar si se aplican medidas.



La autoridad competente hace público, por razones de seguridad, un confinamiento “a cal y canto” aún mayor, es decir, que no salgamos a la calle bajo ningún pretexto y que permanezcamos encerrados en nuestras casas. Dicho confinamiento se inicia entrado ya el mes de marzo. Otra cuestión será cumplirlo a “pie juntillas”.

En referencia a la situación, el ministro de Sanidad, Salvador Illa, recuerda que “las medidas tomadas por España son las más duras de Europa e incluso del mundo”. El Estado de alarma llega tarde, pero duro. Graves razones sanitarias obligan a permanecer enclaustrados. ¿Salir? Lo imprescindible. Permanecemos en cuarentena por razones sanitarias.

Está claro que la situación es alarmante –yo diría muy alarmante–. Las personas que están muriendo aumentan por días. La mayoría de ellas son personas mayores que, por lógica, son más vulnerables dado que están más achacosas, tienen menos defensas para resistir al susodicho virus. En el momento de escribir estas líneas, se cuentan en España 56.188 casos confirmados y 4.089 fallecidos.

Estamos ante una pandemia, que según el Diccionario de la Real Academia Española, es una “enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región” (sic). Dicha pandemia, originada en China, ha dejado más de 473.500 personas contagiadas además de provocar la muerte a más de 21.500 personas en todo el mundo.

Este tipo de situaciones pandémicas suelen mostrar la valía de muchas personas de todas las edades y profesiones, sanitarias, policiales o simplemente personas corrientes, todas ellas capaces de entregarse al prójimo hasta donde haga falta.

Por desgracia también hay “malajes” (desagradable, que tiene mala sombra) a los que se les está recordando y de paso avisando que ser jóvenes no les hace invencibles, y también podrían morir a causa del virus. Problema: no ven necesario vivir recluidos.

Catástrofes de este tipo hemos tenido bastantes a lo largo de la historia humana. En el siglo XIV, la Peste Negra se llevó por delante, según estimaciones de los expertos, unos 200 millones de vidas. Hubo un antes y un después, otras ocasiones que amargaron la realidad del vivir humano. La Peste Negra marcó un hito fatídico.

De dicha etapa viene el nombre de “cuarentena” que consiste en “un aislamiento preventivo al que se somete a alguien por razones sanitarias durante un determinado tiempo para evitar que contagie su enfermedad”.

Quizás el motivo menos conocido sea el religioso, según cita Alfred López. Entre el pueblo judío hay abundantes eventos relacionados con la cuarentena: los años que Moisés vivió como pastor; el tiempo que pasó en el monte Sinaí hasta bajar las Tablas de la Ley; los años que los hebreos deambularon por el desierto hasta poder llegar a Tierra Santa; los días que Jesús pasó ayunando... También la Cuaresma dura cuarenta días, entre Carnavales y Semana Santa.

Otra explicación de dicho término hace referencia al puerperio, “período que transcurre desde el parto hasta que la mujer vuelve al estado anterior a la gestación” (sic). En definitiva, son cuarenta días que, en muchos de los casos, no llegaban a completarse.

También se aplicaba a los barcos cuando arribaban a puerto, ya que eran los que en sus bodegas llevaban al portador de la peste. Poco se podía hacer en aquella época para luchar contra ella. Las máscaras del carnaval de Venecia surgen en el siglo XVI para protegerse los médicos de los apestados. La “máscara de pico”, típica del carnaval, se conocía como “il Dottore della peste”.

Con frecuencia he dicho que en las distancias cortas es donde una persona se la juega. Con ello me saltarán una serie de palabras cargadas de consideración, de entrega y de servicio para con los demás. Paso a dejar un recuerdo de las actitudes positivas y generosas, desprendidas, caritativas, dadivosas, bondadosas, nobles... de muchas personas que se están dejando parte de su vida en este callejón. Un detalle casero.

En el bloque donde vivo, una de las mañanas, nada más empezar la alarma, encuentro en el interior del ascensor una breve nota avisando a los vecinos que si alguien con dificultades necesitaba ayuda (ir por avituallamiento, agua, medicinas…) que contaran con ellas. Era el ofrecimiento que hacían dos chicas a las personas que lo necesitaran. ¡Magnífico!

Indudablemente este periodo de nuestras vidas será duro, tanto para enfermos por culpa del virus como para las personas que pierdan su trabajo. Cuando la angustia de esta plaga pase nos espera el sobresalto de lo que pueda ofrecer el mercado laboral a corto plazo. Esperábamos una crisis, pero nunca una de tipo “medieval”, es decir una “peste” que afectará el entramado económico, social y demográfico.

Los viejos estaban infestados de soledad: ahora son personas de riesgo y no deben salir para no contagiarse ¿Miramos por ellos? Seguro. Pero salta una duda. Si se contagian llevan todas las de perder y colapsarán aun más los hospitales… Quietecitos en casa, para no contagiarse. La verdad es que se mire por donde se mire, los viejos somos un estorbo. Este pensamiento recorre calles, prensa y demás medios de comunicación.

Vejez y soledad serán cada vez más comunes. En fin, nuestro mundo siempre ha estado infestado de malas personas... Parece que somos muchos viejos en esta sufrida barcaza y, como la muerte tarda, la “naturaleza” nos ha mandado un virus capaz de todo.

Crónica y recorrido del maléfico virus en España. El 31 de enero se conoce el primer diagnosticado. El 9 de febrero aparece el segundo positivo y el 13, el tercero. El cuarto emerge el 24. El 25 aparece el octavo y el 26 ya tenemos 14 contagiados conocidos.

Sanidad tranquiliza al personal afirmando que si alguien ha venido de zona de riesgo no tiene que hacer nada. El 27 son ya 27 los contagiados y el 28 subimos a 59 infectados. Oficialmente se anuncian posibles medidas pero sin concretar.

El 1 de marzo hay 84 casos; el 2 subimos a 125; el 3 son 169 y un fallecido; el 4 hay 228 casos y dos fallecidos; el 5 llegamos a 282 y un muerto. Desde el Gobierno animan a llenar las calles el 8 de Marzo. ¿Grave error? Respeto a las mujeres, comparto alegrías y tristezas con ellas. En estos digitales he defendido sus valores y capacidades…

El 6 aparecen 365 casos; el 7 hay infectados 430 y 10 muertes, aunque el brote (dicen) está bajo control. El 8M infectados hay 674 y 17 muertos. El 9 se insta a no salir a la calle por un cambio de situación en el tema; el 13 amanece con 300 infectados y 100 muertos; el 14 se declara el Estado de Alarma (¿Estado de sitio?). La demora en el transcurrir de la contaminación es gorda.

El Gobierno cada día nos tranquiliza en la medida de sus medios, nos anima recurriendo a un llamamiento a la tranquilidad, nos apacigua con promesas que esperemos puedan cumplirse porque, en caso contrario, la mayoría del “populus” lo pasaremos muy mal. Al menos, eso sí, ya tenemos papel higiénico…
PEPE CANTILLO

12 de marzo de 2020

  • 12.3.20
El suicidio siempre ha sido un tema tabú entre nosotros. Era considerado como algo malo, denigrante e inconfesable. Si se suicidaba un familiar, dicha información era ocultada. La familia se avergonzaba sufriendo en silencio el incidente. El comadreo comentaba los pros y contras, el por qué, las causas que habían impulsado a dar dicho paso. Indudablemente quedan profundas raíces arraigadas en nuestra sociedad, sobre todo entre el personal mayor. Aun, hoy en día, sigue siendo “la muerte que no queremos ver”. ¿Razones? Muchas y ninguna…



En nuestro país se suicidan unas diez personas al día, hasta tal punto que sobrepasan las muertes por accidente de tráfico, así como los homicidios, y rebasan en buen número el total de mujeres muertas por violencia machista. A la referencia anterior hay que añadir una amplia cantidad de intentos de suicidio.

Las causas de este tipo de muerte en muchos casos están relacionadas con determinadas enfermedades mentales. En otros casos, sobre todo entre el personal más joven, parece que no hay clara razón de dichas muertes.

A lo ya dicho hay que añadir el hecho de que hay suicidios motivados por una pérdida de sentido a la vida o causados por no soportar continuadas crisis emocionales a las que no se les ve el final. Y el suicidio está ahí como un convidado de piedra y que parece que no queremos ver.

Desde los organismos oficiales tampoco se le viene dando importancia a este tipo de muertes, siendo el número de víctimas muchas más frente a otras de las citadas. Desde la religión el tema chirría más, dado que, de entrada, deja claro que la vida no nos pertenece. Hasta 1983, al suicida no se le enterraba en sagrado según el Código de Derecho Canónico.

¿Qué razones se pueden aducir para entender este tipo de muertes? Pueden ser muchas y por supuesto variadas. Cada cual se supone que tiene una explicación que solo conoce la persona que está en ese trance. En el fondo de la cuestión, el sujeto ha entrado en una etapa de crisis y el final del camino podría ser buscar la muerte, dado que no encuentra sentido a la vida o  es incapaz de enfrentarse a ella.

La cuestión provoca ganas de adentrarse y saber un poco más de un tema que es viejo entre los humanos pero que, insisto, pasamos de puntillas sobre las razones que lo provocan y las consecuencias que puede arrastrar para el resto de familiares.

La soledad podría ser una de las tantas causas. Hago una aclaración con este asunto. Es cierto que entre nosotros hay bastantes personas solitarias, que se repliegan, no por ánimo depresivo, sino por una necesidad inherente a su personalidad. Disfrutan estando solas y jamás sufren por ello. Este tipo solitario no cuenta para matarse.

Frente a esas personas amantes de la soledad, hay muchas más a las que la situación de aislamiento les angustia porque no soportan el silencio obligado. La referencia alude a una amplia cantidad de personas mayores que viven abandonadas, solitarias por obligación.

Las razones o causas que pueden provocar que una persona acabe con su vida son muchas y variadas. Es cierto que el envejecimiento tiene un alto número de posibles clientes. La tasa más alta de suicidios está entre las personas mayores de 80 años.

Algunas causas de suicidio pueden ser la pérdida de un ser querido (esposa, marido, hijos, padres…); sentido de culpa ante un hecho determinado que era de su competencia; la pérdida de todo aquello que impulsaba el sentido de una vida; soportar día tras día los efectos de una enfermedad crónica que afectan tanto al posible suicida como a quien sufre dicha enfermedad crónica...

Es cierto que el dolor atora sentimientos:la sensación de impotencia ante circunstancias concretas amarga y predispone a salir de la vida. La esperanza se diluye y en su lugar brota la amargura, la impotencia. Todo ello presiona al suicida, que no ve otra salida que la muerte. Poco a poco van cuajando en el sujeto los pensamientos y deseos de morir

Quitarse la vida supone realizar un acto en el que la persona busca activamente su propia destrucción, búsqueda por lo general derivada de un profundo sufrimiento ya sea psíquico, o físico. E, insisto, si la situación va cargada de dolor, el final puede llegar antes.

Los pensamientos suicidas crecen en la mente del sujeto y, poco a poco, controlan todos sus deseos hasta ponerlo al borde del precipicio. El dolor remata el sufrimiento ante la impotencia (real o imaginada) de no poder dominar la situación ni el abatimiento. La posible salida del atolladero no aparece por ningún sitio, mientras que la frustración cargada de desesperanza va en aumento.

Refiero algunos de los bulos que rodean al suicidio: es falso que quien quiere terminar con su vida no lo dice. De una forma u otra, suelen dar pistas de sus intenciones. El problema es que los que les rodean no prestan atención a los posibles avisos.

Quien lo dice no lo hace. La realidad es que quienes acabaron con su vida ya lo habían anunciado sin hacerles caso. Se dice que el suicidio se madura sobre la marcha porque es impulsivo. Aun así, suelen avisarlo de una u otra manera.

La suerte está echada: quieren morir. La comunicación sigue abierta al menos con una persona de confianza o con un teléfono o, incluso, con el médico. Lo anterior demuestra que el sujeto no tiene claro el tema y lanza cuerdas de salvamento. Por cada suicidio llevado a término hay veinte tentativas.

La mayoría de intentos de suicidio no terminan en muerte. Muchos de estas tentativas se llevan a cabo en una forma en la que el rescate sea posible. Estos intentos a menudo representan una llamada de auxilio.

Otro bulo. De un hombre se espera que sea fuerte, independiente y decidido. No puede dejarse llevar por las emociones, ha de rechazar actitudes que lo señalan como débil y por eso es remiso a pedir ayuda. Si para colmo el suicidio es un tema relegado al silencio, poco se puede hacer por resolver la situación. Tampoco vale.

Una notas curiosas. Parece ser que los hombres son más propensos que las mujeres a suicidarse; por contra, las mujeres parecen más predispuestas a intentarlo sin que lleguen a consumarlo. Otra razón que se debe tener en cuenta es que la mayoría de intentos de suicidio, tanto de hombres como de mujeres, no llegan a realizarse. En estos casos, el suicida quiere acabar con su vida pero siempre suele dejar una rendija por la que sea posible rescatarlo. Digamos que su deseo de terminar no está claramente definido.

Tengamos en cuenta que “según datos de 2019, es una de las principales causas de muerte en nuestro país con 3.600 fallecidos cada año”. ¿Solo se suicidan los hombres? Ya hemos dicho que es otro tongo.

Cito tres posibles ejemplos de suicida. De la persona que llega a suicidarse se viene diciendo que es incapaz de enfrentarse a los obstáculos que le salen en el camino. Un hombre de nacionalidad india se suicida creyendo que estaba contagiado por el coronavirus. ¿Motivos? Miedo a contagiar a sus hijos.

Autorretrato de un suicidio frustrado. Me sentía débil ante la vida y, marcado por un complejo de culpa, intenté suicidarme tres veces. Divorciado, sin trabajo, sufría por mis hijos, no veía futuro, tenía vergüenza ante la familia. ¿A quién recurrir? El suicida está marcado como alguien que no es capaz de enfrentarse a la vida.

Tercer caso. El tema, para bien o para mal, y como era de esperar, deja de ser tabú en Internet. Como ejemplo adjunto una noticia relacionada con ello publicada en El Confidencial: “24 horas para evitar un suicidio: así se salvó la vida de un joven gracias a un foro de informática”, cuyos miembros informaron a la Policía de Valladolid de un posible suicidio en Málaga. Entre los usuarios del foro, “la mayoría lo tomó a broma, pero él lo estaba escribiendo en serio”.

PEPE CANTILLO

27 de febrero de 2020

  • 27.2.20
En una entrega anterior decidí abordar el tema del suicidio con cierta prudencia y la intención de tocarlo desde distintos ángulos para ofrecer la mejor explicación posible. Seguiré escarbando por el mismo terreno pero se hace necesario e importante un desvío.



Me refiero al acoso escolar que, por desgracia, de cuando en cuando nos enseña las garras para recordarnos que existe, que está ahí, que desde el patio del colegio o desde Internet se pueden dar situaciones graves entre escolares. Al grano.

A mediados de febrero fue ingresado un alumno de 14 años víctima de bullying al intentar suicidarse. La información al respecto aparece en algunos periódicos, pero me da la impresión de que no en muchos de ellos. Hagamos un breve repaso de los hechos.

El tipo de noticia es de las que te ponen mal cuerpo para todo el día. El tema es grave y se hace necesario sacar consecuencias para buscar remedio. Este tipo de suceso no es la primera vez que se da y no será, para desgracia de todos, la última. El parte dice que “en principio no peligra la vida de este estudiante…”. La amargura no hay quien se la quite.

Estamos ante un caso concreto de acoso escolar en segundo de la ESO. Sobre el tal acosador, que ya fue denunciado por los padres, había una “orden de alejamiento de 50 metros”. El patio del colegio no da para más en cuanto a distancia. Para completar el panorama parece ser que el centro “había instado a los padres del presunto acosador a abandonar el centro, pero rehusaron”.

A la vista de los últimos acontecimientos el padre interpondrá una denuncia al instituto porque “no se está atajando una situación de acoso que viene de lejos”. Con anterioridad el denunciado había “amenazado a la víctima con darle una paliza donde le pillara, que le iba a matar". Hasta aquí un breve extracto de la noticia en el diario Información de Alicante.

Este tipo de temas ya es viejo y cada vez toman más cuerpo los casos de acoso escolar que aumentan día a día. ¿Alarmismo? Desgraciadamente, no. Según datos oficiales a finales de 2019, la cifra de afectados ascendía a 5.557 escolares que sufren alguna de las variantes de acoso en la etapa estudiantil. Esos son solo los casos conocidos.

900 018 018 es el Teléfono contra el Acoso que está a cargo de la Fundación Anar, es confidencial, gratuito y disponible las 24 horas. Pueden llamar tanto agredidos como la familia o personas con información concreta sobre acoso. Las llamadas al teléfono así lo confirman.

Es cierto que dicen (nos dicen) que ha descendido el número de llamadas totales en los dos últimos años. Es fácil manipular una noticia y tergiversar la realidad. El descenso, según entiendo, se debe a que algunas Comunidades Autónomas han puesto en marcha su propio teléfono. ¿Alegría por ello?

Si sumamos datos, de 25.000 llamadas se desciende a 12.000, la mitad. Pero repito que a estos números habrá que añadir las llamadas de las comunidades implicadas en el tema. “Madrid y Andalucía se sitúan como las comunidades con más casos de acoso”.

¿Quién debe denunciar la situación y ante quien? En el mejor de los casos y dada la posibilidad de disponer de varias líneas telefónicas integradas por personas preparadas en este terreno, lo ideal sería que denunciara el sujeto agredido contando con que dicha línea es confidencial, está abierta las 24 horas del día… Pero el sujeto acosado tiene miedo y vergüenza de contar a un extraño lo que le ocurre, con lo cual se está haciendo más daño del que ya recibe y cada día que pasa será más imposible salir del atolladero.

La edad de los acosados se sitúa entre 10 y 13 años y están aumentando las víctimas de edad comprendida entre 8 y 9 años. ¡Alerta! El nivel de acoso ha entrado en Primaria. Este último dato es más preocupante de lo que parece.

En cuanto al acosador, la edad media situada entre 11 y 13 años ha descendido también hasta los 8 años incluyendo Primaria. Los menores de Primaria parece que tienen prisa por ser mayores. En ambos casos parece ser que son más los niños que acosan, aunque bien es verdad que las diferencias con las niñas no son significativas.

¿A qué tipo de acoso nos enfrentamos? Como acoso se clasifica toda forma de maltrato físico, psicológico, verbal, sexual, social o aquel que se produce mediante la utilización de medios tecnológicos.

Los tipos de acoso a los que nos enfrentamos son muchos y variados. La lista que doy a continuación marca algunas parcelas del problema. Bullying, cyberbullying, stalking, sexting, sextorsión, grooming, oversharing... Este último tipo monta un trío peligroso al juntar adolescentes y redes sociales.

¿Quién debe denunciar la situación y ante quién? En el mejor de los casos y dada la posibilidad de disponer de varias líneas telefónica integradas por personas preparadas en este terreno, lo ideal sería que denunciara el sujeto agredido contando con que dicha línea es confidencial, está abierta las 24 horas del día.

Por lo general las personas agredidas, física o psíquicamente no suelen denunciar la situación por vergüenza, intimidación y amenazas que puede llevar el asunto a mayores cotas de daño. Las consecuencias pueden ser muy variadas. Intimidación, ansiedad, tristeza, miedo, bajo rendimiento, aislamiento social entre otros efectos. Podríamos citar como manifestación de lo anterior, y por desgracia, los intentos de suicidio como el ya referido. Pero ¿por qué?

Si consideran a la víctima como un empollón por sacar buenas notas será diana segura para atacarle. Si suspende mucho y el profesorado lo advierte en público, es un zoquete, un burro que no vale para nada y estará en la diana de los acosadores.

En el campo físico pueden aparecer alteración de sueño, problemas digestivos, falta de apetito…Las personas víctimas de acoso tendrán malas relaciones sociales y como secuela de ello poco a poco caen en un rechazo del colegio dado que ir a clase todos los días es un verdadero martirio. Hay que prestar más atención a la marcha de la clase y a los cambios de comportamiento del alumnado tanto en el aula como en el patio.

Pregunta del millón: ¿Y la familia donde está? En la mayoría de casos, es la última en enterarse de la situación y cuando se da cuenta de que algo va mal, puede ser tarde y el mal es ya irreparable. Negro pongo el panorama pero es así.

El procedimiento que se debe seguir, en el caso de tener sospechas y/o información, establece que primero se hace necesario sonsacar toda la información posible del hijo. Segundo, obtenida dicha información, hay que denunciar en la escuela lo que está ocurriendo para que tomen las medidas oportunas y necesarias. Si la escuela no responde hay que saltar a la Inspección Educativa y, por último, el caso se debe denunciar ante la Policía.

Los personajes de este drama convivencial son el acosador, la víctima y el público. Doy breves referencias de cada actor de esta tragedia^, según su importancia. El acosador (él o ella) suele ser prepotente, un respondón que se salta las normas; es un gallito de pelea que busca prestigio en el coro de amigotes que le ríen las gracias. Actúa por diversión sin importarle las consecuencias; le falta empatía y su autoestima es baja, cuestión que compensa haciendo daño y faroleando ante su camarilla de aduladores.

Hay marcada diferencia entre acosador y víctima pues, el primero, necesita protagonismo y el segundo, no. Elige víctimas débiles que no saben qué hacer ante el problema o no pueden hacer nada y ahí reside su éxito. En caso contrario, todo terminaría en una pelea de gallos de corral.

La víctima sufre insultos, burlas y desprecio, empujones, zancadillas, ridiculización, difamación, groserías, motes, se le hace el vacío –ni le hablan ni le dejan que hable–, se le excluye en los juegos, soporta amenazas físicas que suelen cumplirse (el acosador es listo y no dejará huellas físicas que lo delaten).

El público asiste como mirón, silencioso o, en el peor de los casos, jaleando los hechos que se desarrollan en este drama, tal vez por sadismo, por empatía o miedo al acosador, pero en cualquier caso, también juega un papel importante con su no denuncia. Del colegio saltamos a las redes y el problema se hace letal.

La vida no es un juego. Padres y escuela tienen que aunar aun más los esfuerzos para evitar males mayores.

PEPE CANTILLO

13 de febrero de 2020

  • 13.2.20
El Día de los Enamorados se remonta a antes de la aparición del cristianismo. Su origen coincide con las Lupercales, fiesta dedicada al Dios de la Fertilidad y de la Sexualidad. Ofrecían ritos de purificación y pedían al Dios que les favoreciera con un buen cambio de estación para obtener fertilidad tanto humana como agrícola. Luperco deriva de lobo (lupus) y hace referencia al Fauno Luperco, romanización de Pan, el Dios griego de la Agricultura.



Como curiosidad, los miembros lupercales se reunían en una cueva sagrada donde sacrificaban una cabra. A continuación, los niños salían a la calle para azotar a las mujeres con la piel de los animales, para que aumentaran la fertilidad. Las Lupercales se celebran el 15 de febrero en el entorno del monte Palatino. Son el origen del Carnaval y de la fiesta de los enamorados o san Valentín.

¿Por qué el 14 de febrero se celebra el Día de los Enamorados o san Valentín? Los antecedentes quedan claros en la fiesta romana. Llamarle san Valentín o enamorados depende del matiz cristiano o no cristiano que se le quiera dar a dicho evento.

La excusa o la razón de tal celebración nos la plantean como una forma de sorprender a nuestra pareja con regalos variados y festejar el amor compartido. Dicha festividad se conmemora en bastantes países, cada cual según sus tradiciones. Pero ¿dónde se celebra dicha festividad y cómo? Hago un breve recorrido por algunos países de la mano de Canal de Historia, que ofrece bastante información. Veamos algunos ejemplos.

Parece ser que esta festividad, como se le conoce en la actualidad, tiene su origen sobre el siglo XIV en el Reino Unido, donde comenzó como la fiesta de la amistad. También en Inglaterra, Jack Valentine, personaje misterioso, la noche antes de san Valentín llama a las puertas y deja regalitos para grandes y pequeños. Debe desaparecer sin ser visto.

En Francia hay costumbre de reunirse hombres y mujeres por separado en dos casas. Por la ventana van asomándose para decidir a quién le atraen la mujer asomada. Las no seleccionadas queman las fotos de los hombres que las rechazaron. Dicha fiesta está prohibida en la actualidad. ¿Por parecer una ofensa o un desprecio? No, simplemente por el descontrol bullanguero que se monta.

Brasil celebra el Día de los Enamorados el 12 de junio, festividad de san Antonio de Padua, patrón del amor y del matrimonio, día en que se exalta el amor romántico y la amistad. A modo de juego, cada mujer soltera escribirá en un papel el nombre de su “amor” y hay que adivinar de quién es dicho mensaje. Otra referencia más.

China celebra en agosto “la leyenda de los amantes” (la Noche de los Siete Qi xi). Se refiere a la historia de un hada y un mortal que se casan desobedeciendo a los dioses. Al enfadarlos, estos crean la Vía Láctea para separarlos y solo les dejan verse una vez al año coincidiendo con la celebración del “Qi xi”. Dicha fiesta también es la excusa para que las mujeres pidan al dios Zhinu encontrar al amor de su vida.

En la República Checa, las parejas de enamorados deben besarse bajo un cerezo en flor para obtener felicidad y salud en su relación. La fiesta se celebra a primeros de mayo, siguiendo sus costumbres, que vienen de lejos.

En Dinamarca y Noruega no está muy arraigada dicha fiesta. Aun así, en san Valentín los hombres mandan cartas con poemas anónimos, dejando pistas de su identidad y las chicas, si lo adivinan, ganan un huevo para Semana Santa; si no lo descubren, se lo deben.

En El Salvador se celebra el Amigo Invisible por san Valentín a través del juego del Angelito en el que participan pequeños y mayores haciéndose regalos. El fin del juego es adivinar quién te hizo tal regalo. Previamente se envían cartas o notas dando pistas. En Colombia y Paraguay es muy popular celebrar el Día de la Amistad.

En Guatemala se celebra el Día del Amor Platónico o Romántico. La nota simpática la pone el llamado “Amor Viejo”, consistente en un desfile de mayores vestidos con trajes originales y adornados con corazones o flores. Las flores son indicio de amor.

En Japón y Corea ese día se regala chocolate a los hombres. Operación que se repite a la inversa en marzo en el llamado “Día Blanco”. En Corea se celebra el “Día Negro”, que sirve de consolación para los solteros no elegidos y que quedan desparejados.

En Perú es típico intercambiar orquídeas como muestra de amor. Esta clase de flor es muy abundante y de variados colores y parece que bastante caras de precio. Recordemos que, en este caso, las orquídeas simbolizan un amor profundo. Y por amor… lo que sea.

En Filipinas, el Día de los Enamorados se celebran, a lo grande, muchas bodas que duran más de lo normal y, si es posible, las oficia un personaje socialmente conocido. En Polonia existe la costumbre de viajar a la “Ciudad de los Amantes”, Chelmo, donde aseguran que reposan las reliquias de san Valentín. La pareja le pide al santo un matrimonio feliz.

Rumanía celebra san Valentín el 24 de febrero. Tradicionalmente le llaman el día de “Dragobete”, personaje mitológico joven y bello parecido a Cupido que protege contra las enfermedades, el resto de año. Simboliza el fin del frío invernal y la llegada de la primavera. Durante la fiesta el pueblo se reúne en la plaza para cantar y jugar.

Hay más historietas en relación a otros países. Esto solo es un botón de muestra, una curiosidad. Completo el recorrido citando la presencia de san Valentín y explicando quién fue o quiénes fueron dichos “valentines”. Han existido más de tres candidatos llamados Valentín para el día 14 de febrero.

San Valentín es un médico y luego sacerdote que vive en Roma donde gobierna Claudio II quien decide prohibir los matrimonios jóvenes. ¿Motivos? Los solteros son mejores soldados porque no tienen nada que perder. El cura se opone e insta a que se casen. El emperador manda matarlo el 14 de febrero. Este Valentín es más popular y al que está dedicada la festividad.

Otro candidato fue el obispo Valentín de Terni (Italia) que era famoso y muy querido. Fue decapitado por orden del emperador Marco Aurelio. Del tercer Valentín solo se sabe que fue martirizado en África junto a otros cristianos.

Valentín Raetian, es otro obispo que vive en el siglo V y cuya festividad se celebra sobre todo en Alemania. Suelen representarlo con un niño epiléptico tumbado a sus pies. Fin de la historia valentiniana.

En el siglo XX (1969), después del Concilio Vaticano II, se elimina la fiesta de san Valentín pero el festejo de los enamorados ya era imparable. El negocio es el negocio y el gasto, primero en tarjetones y después regalando flores, bombones, regalos varios…, la fiesta no para. El comercio y los regalos se diversifican y amplían cada vez más.

Baste recordar los actuales días del Padre, de la Madre, de los Abuelos; el santo de cada cual u onomástica, que cada vez se celebra menos y su lugar lo ocupa el cumpleaños, el aniversario de…, Navidades, etcétera. El comercio tiene que comer.

Una anécdota curiosa sacada del periódico 'Las Provincias' de Valencia: “el san Valentin más comercial llega gracias a Galerías Preciados”. ¿Se acuerdan de Galerías? “En 1948, un periodista propone importar la fiesta de san Valentín para celebrar el Día de los Enamorados. Cuenta con Pepín Fernández, dueño de tal comercio. ¿Objetivo? Hacer regalos. La idea se extiende y la publicidad prende fuego…”. Éxito total porque las ventas fueron en aumento.

PEPE CANTILLO

30 de enero de 2020

  • 30.1.20
En estos tiempos que corren, con tantas urgencias, presiones y exigencias, la soledad puede llegar a ser un paréntesis deseado. Se convierte en el espacio para estar con uno mismo, con los pensamientos propios, las emociones, el disfrute o, simplemente, para tener la mente vagando por paisajes inventados.



En la entrega anterior tocaba muy por encima el tema de la soledad voluntaria o impuesta. Ciertamente sopla un airecillo que nos deja algo perplejos. Dicha soledad aparece en algunos momentos como un castigo que sufren en mayor grado bastantes personas mayores.

La prensa alardea de cuando en cuando sobre el tema. Incluso se habla de que dichas circunstancias son pista propensa para el suicidio. ¿Es posible? Sin embargo, el suicidio está también muy arrinconado por la prensa, según se puede comprobar en la lectura de los periódicos.

La curiosidad me ha llevado a escudriñar por distintos frentes. El tema es bastante amplio y con cierta complejidad. La misma prensa se autoacusa de pasar de puntillas por encima de estas noticias. Reconocen que el suicidio y la eutanasia están en el mismo rasero, solo que a la eutanasia le estamos encontrando algunos agujeros por donde poder colarnos legalmente, mientras que al suicidio no hay por dónde cogerlo hasta ahora. Es un tema al que siempre se le ha dado de lado y que se rehuye, ignorando tanto sus consecuencias como el daño que puede ocasionar.

Es como si hablar de dicho tipo de muerte diera mal fario. El suicidio no es de ahora: siempre ha estado presente entre los humanos por razones muy variadas. En Roma era el pan nuestro de cada día y no digamos nada del mundo griego,  amén de otros tantos pueblos que marcaron historia.

Modernamente, el suicidio ha prevalecido más en unos países que en otros pero, jugando con las palabras, digamos que en muchos países se le trata como un tipo más de muerte y sin que esté tan estigmatizado como en el sur de Europa. Parémonos un momento a pensar. Suicidios ha habido siempre, unas veces furibundos, otras solapados. Una breve pincelada sobre dos suicidios (condenas a muerte) que son algo conocidos en la historia de nuestra cultura.



Sócrates será condenado a muerte por el tribunal del gobierno de la ciudad (399 a. C.). La causa de dicha condena será que está corrompiendo a los jóvenes y que no cree en los dioses. El trasfondo de dicho asunto parece ser su oposición a la tiranía que ejerce Critias sobre Atenas.

Le dan a escoger cómo morir y beberá un vaso de cicuta que, según cómo se utilice, es un veneno o un fármaco aplicable a heridas y en intervenciones quirúrgicas. Tal pócima era de corriente uso en Egipto para liquidar a los presos y en Etiopía se usará en contra de algún rey.

Estudios posteriores dicen que la cicuta es un veneno horrendo, máxime si el jugo se obtiene de las raíces. El caso es que su uso era frecuente. La muerte de Sócrates fue representada en un cuadro, creación del pintor de estilo neoclásico Jacques-Luis David.

Lucio Anneo Séneca nace en el 4 d. C. en Córdoba y muere en Roma 61 años después. ¿Ha caído en desgracia o se ha pasado de rosca? La cuestión no está clara y es condenado a muerte. Famoso filósofo y orador, se dedica a la abogacía. Será nombrado pretor por el emperador Claudio. Lo destierran y, al volver, fue preceptor de Nerón.

Según la historia, el tal Nerón era una joyita… En la Puerta de Almodóvar se le recuerda a Séneca con una bonita estatua, obra del escultor Amadeo Ruiz Olmos. También existe una representación pictórica, obra de Manuel Domínguez Sánchez reflejando su muerte.



Se le supone implicado en una conjura contra el emperador Nerón y éste lo condena a muerte en el 65. Posteriormente le ofrece la posibilidad de suicidarse, que acepta para evitar represalias menos dignas. Se corta las venas y bebe la cicuta con toda tranquilidad (estoicismo senequista) en un banquete con algunos amigos. Su mujer también se corta las venas pero el “misericordioso” Nerón impide que muera.

Según los estoicos, la sabiduría y la virtud son la meta de la vida moral. Obedecer a la naturaleza será la forma de ser feliz, además de permitir superar deseos y temores. El sabio debe aprender a soportar la adversidad. Propugna el suicidio como una liberación.

Algún estudioso de Séneca apunta que está muy cerca del naciente cristianismo. Recordemos que el cristianismo no está de acuerdo con el suicidio. Séneca es un convencido defensor de la igualdad humana. De sus obras, los “diálogos morales”, “las cartas”, las “tragedias” y “los epigramas” son jugosas de leer.

Hago un paréntesis para explicar qué es la cicuta y como actúa. “Es planta de la familia de las umbelíferas, de unos dos metros de altura, con tallo rollizo, estriado, hueco, manchado de color purpúreo en la base y muy ramoso en lo alto, hojas blandas, fétidas, verdinegras, triangulares y divididas en gajos elípticos, puntiagudos y dentados, flores blancas, y semilla negruzca menuda. Su zumo es venenoso y se usaba también como medicina”.

Dicho “veneno preparado con el jugo de la cicuta” (sic) fue lo que mató a Sócrates. Tomarlo era una alternativa a cumplir con la condena a muerte. Conclusión: tanto griegos como romanos se atreven a ello, frente a otro tipo de muerte que consideraban podía llevar represalias menos dignas para el condenado.

Sigamos con el tema pero trasvasado a los tiempos actuales. El suicidio siempre ha sido un tema tabú entre nosotros. Era considerado como algo malvado, malo, denigrante e inconfesable. Si se suicidaba un familiar dicha información era ocultada. La familia se avergonzaba, sufriendo en silencio dicho incidente.

El comadreo comentaba los pros y contras, el por qué, el trato mejor o peor que había impulsado al suicida a dar dicho paso. Indudablemente quedan amplia raíces arraigadas en nuestra sociedad, sobre todo entre el personal más mayor. Aun hoy en día sigue siendo “la muerte que no queremos ver”.¿Razones? Pueden ser muchas y procedentes de variados frentes.

Hablaré más despacio en otro momento. Dado que al meterme por este caminito me he encontrado con distintas e interesantes informaciones sobre el tema. En nuestro país se suicidan unas diez personas al día, hasta tal punto que duplican las muertes por accidente de tráfico así como los homicidios y rebasan en buen número las mujeres muertas por violencia machista. Personalmente ya he escrito y atacado este tema en distintos momentos. Matar por matar ya lo hacen los animales.

Este comentario no es una flecha disparada al corazón de nadie. Quien sufre muerte por la causa que sea ya tiene bastante problema. Si acaso lo tomaría como un intento tímido de poner las cosas en su sitio, sin cargar tintas acomodadas a tejemanejes varios.

A la referencia anterior hay que añadir una amplia cantidad de intentos de suicidio. Las causas de este tipo de muerte en muchos casos están relacionadas con determinados contratiempos personales (enfermedades mentales, dependencias…); otros casos, sobre todo entre el personal más joven, parece que no cuentan con una clara razón.

Si de la vida no obtengo lo que esperaba puede que ello me acogote y tire la toalla sin dar más explicaciones. ¿Droga? ¿Supuestos fracasos? ¿Desengaños amorosos? Recordemos que vivimos en una sociedad donde pasarlo bien es lo más importante. Sí que es cierto que el suicidio por acoso escolar entra en dicha lista, aunque hay que matizar que, según la información que he manejado, el dato de muertes por esta razón no es muy elevado. De momento…

En contra de dicha razón hay que añadir el hecho de que hay suicidios motivados por una pérdida de sentido a la vida o causados por no soportar continuadas crisis de fuerte dolor emocional al que no se le ve fin. Y el suicidio está ahí como un convidado de piedra al que parece que no queremos ver. Desde luego no se le viene dando mucha importancia desde los organismos oficiales.

Últimamente aparecen voces referidas a dicho problema. Pero no son muy atendidas. Tenemos otros problemas que son de más prioridad y piden cancha a toda velocidad. La situación sociopolítica y sus enredos –aceptados unos; rechazados otros– piden paso. ¿Hay salida digna? En el caso del suicidio grecorromano, la magnanimidad del poder jugaba, después de condenar, a ofrecer salidas aparentemente dignas.

¿Nosotros? ¿Qué razones se pueden aducir para entender este tipo de muertes? Las razones pueden ser muchas y por supuesto variadas. Cada cual se supone que tiene una explicación que solo la entiende dicha persona. Un fracaso social, amoroso, profesional… En el fondo de la cuestión,  el sujeto ha entrado en crisis y digamos que está haciendo aguas.

Cierro estas líneas y este trabajo a medio recomponer porque lo que podría escribir hasta completar lo más y mejor posible da para editar un libro y no estoy ni en el momento ni en el sitio oportuno.Hay una frase del psiquiatra Saul Levine que es elocuente por sí sola: “En momentos difíciles, los seres humanos necesitamos personas cercanas que ayuden a aliviar nuestro dolor; y, en momentos felices, que validen y compartan nuestra alegría”. Añado yo: “pero no siempre tenemos la suerte de encontrar a esas personas”.

PEPE CANTILLO

16 de enero de 2020

  • 16.1.20
Enero lo tenemos casi vencido hasta tal punto que no nos acordamos ya de la Navidad. Quizás nos la evoquen los juguetes que los pequeños dejan esparcidos por la casa. Siendo algo quisquilloso, quizás nos la recuerde lo flaca que pudo quedar la cartera. Un año más hemos intentado reunirnos con la familia.



Hasta no hace mucho, era una fiesta familiar y digo "era" porque, entre otras razones, los distintos miembros de una familia no vivían muy lejos unos de otros. Pero eso cambió con la modernidad. Por diversos avatares nos hicimos –nos obligaron a hacernos– ciudadanos del mundo. Ahora es más difícil celebrar fiestas en familia, dado que muchos miembros viven en lugares a veces lejanos.

Durante las fiestas en general y sobre todo en Navidades, sale al escenario el tema y la preocupación por la soledad de las personas mayores y llamamos la atención sobre su vida solitaria. Gente de buen corazón organizan una cena para estas personas, pero ¿y el resto de días y meses? Nos enfrentamos a un problema de cierta gravedad.

Paradójicamente vivimos en un mundo interconectado por un clic del móvil desde donde mandamos bromas, chistes, fotos de familiares, consignas políticas, falsedades... Añadan los calificativos que quieran y puedan parecer más importantes.

¿La soledad, en el sentido más pernicioso, es una cuestión sólo de Navidad? Sabemos que no. Para quien o quienes vivan inmersos en la soledad no es un problema puntual, es una lacra de larga duración. Estamos ante un conflicto que, según los entendidos, es una epidemia, “un mal o daño que se expande de forma intensa e indiscriminada” (sic) y afecta cada día más a parte de la población de mayores.

Es posible que dicha soledad sea –o ya ha llegado a ser– la “epidemia que poco a poco se extiende y va afectando a parte de la población occidental”. Matizo el tema y para ello parto y me apoyo en el diccionario.

La soledad se entiende como “carencia voluntaria o involuntaria de compañía” (sic). Esta definición ofrece dos caras contrapuestas. Vamos con la primera cara. “Carencia voluntaria de compañía” que aunque, desde fuera, la clasifiquemos “como privación de algo o alguien” (sic) queda claro que la persona inserta en dicha fase actúa por absoluta libertad, lo que no quita que esté a solas consigo misma y con sus pasatiempos (hobby).

El hobby se entiende como “actividad que, como afición o pasatiempo favorito, se practica habitualmente en los ratos de ocio” (sic). Como pasatiempos podemos citar la lectura o la escritura, amén de pintar, esculpir, determinado deporte, montañismo… y un largo etcétera que puede llenar dicho impasse voluntario.

Este tipo de soledad preferida permite conectarse con uno mismo para indagar en lo más interior del yo personal; permite conocerse mejor, permite crear y mejorar con lo que se pueda estar haciendo. Permite retomar el rumbo de nuestra vida.

Por ejemplo, la lectura llama a la soledad así como la escritura requiere pensar aislado. Ambas labores necesitan el vivir solitario “retirado, que ama la soledad o vive de ella”. ¿Razón? En ese tiempo, el sujeto busca la riqueza personal en cuanto a conocimientos que le interesa indagar para poseerlos.

Si se busca el bienestar físico, psicológico y personal, la soledad puede ayudar a conseguirlo. Esta actitud parece un absoluto acto de egoísmo, pero solo se trata de un tiempo para organizarse, descansar, perfilar por dónde continuar el camino. Habría que añadir que “más vale solo que mal acompañado”, es decir, es preferible la soledad a una molesta compañía.

Indudablemente ello requiere cierta independencia o facilidad económica para no tener que depender del trabajo diario. Disfrutar de soledad a veces no es fácil por estar atados, enganchados en mil quehaceres y ser dependientes. La soledad puede resultar positiva en la vida de las personas siempre y cuando sea escogida por el sujeto por ejemplo para reorganizarse.

El psiquiatra Carl Jung nos deja claro que “la soledad es peligrosa. Es adictiva. Una vez que te das cuenta de cuanta paz hay en ella, no quieres lidiar con la gente”. La otra cara que pinta la definición se refiere a “la carencia involuntaria de compañía”.

Ciertamente, en este frente, el sujeto está solo o, mejor, lo han dejado solo. Aquí la soledad es una pesada carga que acompaña al humano en la mayoría de casos. Sin lugar a dudas, la soledad puede traernos tristeza y sufrimiento. Quizás éste sea el lado más amargo de dicho encierro.

Siguiendo el camino marcado por el diccionario, en la tercera definición explicita mejor el término "soledad", que supone “pesar y melancolía que se siente por la ausencia, muerte o pérdida de alguien o de algo” (sic). En estas circunstancias, el sujeto sufre, añora, echa de menos la pérdida irreparable de un ser querido. Incidente que, se supone, lo aliviará el paso del tiempo.

En el caso de las personas mayores, la soledad es un mal que se debe tener muy presente y tratar de contrarrestarlo. La soledad aumenta el riesgo de muerte prematura en los mayores. Parece que las personas mayores que viven acompañadas o que tienen vínculos sociales satisfactorios, ya sea con familiares o amistades, desarrollan una mejor capacidad de recuperación para sobrellevar las adversidades y gestionar las tensiones del día a día. Aunque suene mal, “no basta con preocuparnos de los viejos solitarios solo en Navidad”.

Los humanos somos sociales por naturaleza, lo cual hace que busquemos necesariamente la compañía de otros humanos. Con la vejez se incrementa la soledad. Se deja el trabajo (la jubilación es necesaria y buena pero no siempre beneficia), los familiares tienen sus propias obligaciones, están lejos, aumenta la incapacidad ante determinados asuntos. Todo ello incrementa la tristeza de sentirse solo.

El cuerpo funciona con más dificultad, con lo cual, estamos más propensos a dolencias, dada las deficiencias inmunitarias. Es frecuente la aparición de enfermedades varias (cáncer, dolores musculares, problemas respiratorios…) a lo que habría que añadir una gama de malos hábitos alimenticios. El estrés se apodera del vivir.

En resumen, el avance de la edad supone en muchos casos un aumento de la soledad y la mala salud. En la actualidad llegar a mayor supone incluso un abandono familiar, dato que contribuye a empeorar la situación tanto en salud como en soledad.

Nuestra sociedad vive muy de prisa y la vejez anda muy despacio. ¿Un dilema? No, en esta frase quiero resumir con la mayor brevedad lo grave del tema. Con el paso de la edad andamos cada día más torpes. Elemental…

A lo largo de la vida de una persona los tipos y/o momentos de soledad pueden ser variados y dependen de múltiples circunstancias. Soledad puntual por cambio de trabajo y lugar de vivienda; soledad transitoria por estar pasando un mal momento que impide comunicarnos con los demás; soledad crónica porque nos hemos cerrado en nuestro rincón. La soledad puede ser autoimpuesta pero también nos la pueden imponer por determinadas circunstancias personales o familiares.

A la vista de lo dicho podemos confirmar que la soledad es una moneda de dos caras: ante todo somos seres sociales y ello hace que busquemos compañía; también somos huraños o, mejor, lobos solitarios. Por ello, sí que podemos hablar de la soledad como epidemia que afecta temporal o definitivamente a gran parte de los humanos y no deja de ser un problema que puede resultar grave. De hecho, se sabe que va de la mano con otros conflictos.

La soledad como tal no es mala. Es algo necesario para reponernos y energizarnos. Lo que daña a la persona es sentirse sola (vendría a ser algo así como dejados de lado con toda la intención). Verdadero o falso, es otro cantar. A veces el propio sujeto se aleja sin quererlo de los demás y cuando siente el escozor ya es tarde para reventar el grano.

Ojo a la soledad interior. Este sentimiento surge cuando centramos la atención en el propio ego: nadie me acompaña, nadie me escucha, nadie me quiere, nadie me ayuda, nadie me sonríe. Este amargo sinsabor genera frustración y solo desaparece cuando trasladamos el centro de nuestro yo al nosotros. Nos sentimos solos cuando nos empeñamos en separarnos de todos y de todo.

Voy a cerrar estas líneas con un pensamiento cargado de negatividad. A pesar de las posibilidades de comunicación que nos ofrecen los medios, parece que la soledad aumenta a gran velocidad. Según los entendidos, es una epidemia que se expande silenciosa afectando a buena parte de la población.

Dato importantísimo. La soledad lleva a muchos de los afectados al suicidio, dato del cual se habla poco o nada. Las noticias hablan por sí solas. “Unas 4.000 personas se suicidan en nuestro país cada año”. “El suicidio duplica las muertes por accidente de tráfico y es la principal causa de muerte de españoles entre 15 y 29 años de edad”. El número es considerable y tan importante como para no echarlo en el olvido.

Como dijo Gustavo Adolfo Bécquer, “la soledad es muy hermosa… cuando se tiene alguien a quien decírselo”.

PEPE CANTILLO

2 de enero de 2020

  • 2.1.20
De Navidad a Reyes corrían una serie de fiestas cuyo origen era ajeno a nosotros. Era la adaptación lenta que, con el paso del tiempo, hace cada cultura de eventos ajenos en un acomodo reposado y en principio sin traumas ni tropezones. Bien es verdad que los tiempos que nos han tocado vivir ya hacen viejas muchas corrientes casi antes de nacer. Vivimos muy acelerados y con ansias de novedades.



Parece que hay serios intentos de provocar la desaparición de la Navidad tal como se le viene conociendo. ¿Se ha quedado vieja y ya no vale? Es posible. Recordemos que las tradiciones cambian con el transcurrir del tiempo. Ahora bien, una cuestión es cambiar y otra bien distinta darle un giro de 180 grados o más en algunos casos.

Los “Herodes” cargados de fobias barnizadas de fanatismo sociopolítico no tienen pega en destruir por odio lo que les desagrada. La intención es hacerlas desaparecer. Los más viejos podrán recordar que poco a poco dichas fiestas navideñas han ido relegando unos elementos e introduciendo otros.

Un breve repaso. Hasta hace poco, la Navidad transcurría entre el 24 de diciembre y el 6 de enero. Había aguinaldo (aguilando), estrenoas, canto de villancicos por la calle, Misa del Gallo para fieles católicos, belenes y cabalgata de Reyes Magos, entre otros eventos.

A fecha de hoy, los belenes están en decadencia, más bien amenazados de muerte. Hay quienes buscan su desaparición para lo cual se destrozan o se mean sobre las figuras, o se roban. ¡Viva Herodes! Hasta los Reyes Magos cambian de sexo y se convierten en magas… Eran unas fiestas como muy infantiles y no quiero pensar que haya adultos que por odio, rencor o fanatismo anti, las intentan cambiar.

El empezar de dichas fiestas, lo que se dice empezar, ya lo hemos adelantado al 31 de octubre porque han sido comercializadas al máximo. El cambio por tanto no es religioso sino mercantil. Pero volvamos a los orígenes.

Con respecto al origen de las fiestas navideñas hay que dejar claro que muy pocas son originarias de cada país donde se celebran. Y su origen no es absolutamente religioso. Pero son… Intento explicar algunos eventos que transcurren entre nosotros desde final de octubre, pasando por 24/25 de diciembre y saltan al 5 de enero del año recién nacido, para languidecer en la Cuesta de Enero.

El 6 de enero se reduce a contemplar el bullicio juguetero de los pequeños y a recoger embalajes. Mañana al cole y los mayores a escalar la escarpada Cuesta de Enero. Y la fiesta se apaga poco a poco. Los “reyes” (regalos) dejarán de tener sentido porque los hemos adelantado al día de Navidad. Desgloso parte de tan largo recorrido festero.

Primer paso dilatador. Halloween se celebra el 31 de octubre y es una fiesta de origen celta que venía a confirmar el final del verano. Curiosamente “all Hallow´s Eve” se traduce como “víspera de todos los Santos”. El origen es el festival celta “samhain” que celebraba el final de la cosecha y daba paso al solsticio de otoño. Los celtas creían que durante noche los muertos caminaban entre los vivos y por ello lo celebraban con fiestas y ritos sagrados.

Dicha fiesta es propia de países anglosajones como Irlanda, Inglaterra, Canadá, Estados Unidos y Australia aunque ésta última pocas ganas ha debido tener este año dado que arde por los cuatro costados. Como podemos apreciar, la fiesta está perfectamente encajada en el cristianismo.

El Viernes Negro (Black Friday). Los orígenes de esta tradición son americanos y se remonta al viernes 24 de septiembre de 1869. Modernamente se formaliza en la década de 1950 en Filadelfia. Un paso más. Digamos que a partir de dicha fecha, el pistoletazo de salida para las compras inicia el espacio navideño.

Al siguiente lunes el frenesí salta al comercio online con el llamado “ciberlunes” (Cyber Monday) con gangas supuestamente apetitosas. En España se han sumado muchas webs a este maratón con ofertas de viajes, moda y sobre todo, componentes electrónicos. Aquí al menos no hay peleas ni empujones al ser una compra por Internet. Otro cantar será el sobrecoste o el posible engaño metiéndonos gato por liebre.

Para curiosidad e información, la mayoría de fiestas de nuestro mundo europeo tienen su origen y base en la cultura romana. Los poderes cristianos bautizaron y cristianizaron muchas de dichas fiestas. Por ejemplo las Saturnales, dedicadas a Saturno dios del sol, digamos que son la base de nuestras fiestas navideñas. Eran días de alegría, regalos y libertad, en los que se reunían sin distinción de clases y en franca camaradería.

Ultima “puntá”. Seguíamos en prenavidad y aun quedaban en el carro de la compra “papás noeles”, “noche buena”, “noche vieja”, “reyes”, “amigos invisibles” tirando de nuestra cartera... Papá Noel, Santa Claus, Viejito Pascuero o San Nicolás son algunos nombres con los cuales se conoce universalmente al personaje legendario que según la cultura occidental trae regalos a los niños por Navidad (la noche del 24 al 25 de diciembre).

Curiosidad. El “Viejito Pascuero” nace en Chile en el siglo pasado. El origen se le debe a una tienda de juguetes que incluye en su publicidad a un anciano de blanca barba que reparte juguetes por el mundo durante la Nochebuena. Nada nuevo bajo el sol…

El origen de Nochevieja se remonta al tiempo de los romanos en honor del dios Janus. Dicha divinidad se representaba con dos caras, una de viejo con barba que miraba hacia el pasado –el año que muere–, la otra cara era joven y escudriña el nuevo año. Hacían una fiesta con familiares y amigos y comían higos, dátiles, miel deseando un inicio de año lo más dulce posible.

En las distintas fiestas precristianas similares a las posteriores Navidades, los niños eran parte importante en el desarrollo de dichas fiestas, bien para darles regalos, por ejemplo entre los romanos mientras que en otros casos eran sacrificados por devoradores de niños. Por ejemplo los druidas sacrificaban niños y Nimrod dios asiático, también llamado Santa no podía ser menos. Ahora también reparte regalos.

Entre nosotros en Nochevieja se celebra una cena familiar o con amigos y llegado el momento se toman las uvas de la suerte, costumbre que se popularizó durante el siglo pasado (1909). Los viejos se van quedando solos dicha noche. ¿Cansancio? ¿Estorbo?

La causa de tomar las uvas se debe, según dicen, el excedente de una cosecha de uva en Alicante. Aunque la costumbre de comerlas y brindar con champán por el año nuevo ya se tenía desde el siglo XIX, pero sólo disfrutaba de ella la clase burguesa.

Estas líneas nacen entre los últimos latidos del año que desaparece poco a poco y los tímidos susurros del nuevo año. 2019 ha sido para muchos de nosotros el año de la inestabilidad y la esperanza chafada por diversas circunstancias. Desazón, inquietud bien podrían ser las palabras que resumen la mayor parte del año ya pasado.

El Año Nuevo, si lo miramos con ojos legañosos, que aun no han tenido tiempo para clarear el horizonte, bien podría ser una prolongación del anterior o apuntar a un horizonte donde se perfilen nuevos tiempos por aquello de “año nuevo, vida nueva”. Conforme transcurra el tiempo podremos sentirnos algo mejor o padecer las mismas dolencias. El tiempo lo dirá…

Entre los deseos de felicidad se hace patente un deseo de salud como antídoto a una suerte lotera que pintó la imaginación como cada final de año. Me encuentro con una carta que me permite entrelazar algunas ideas. “Quiero un padre bueno” es la petición que hace a Papá Noel un niño víctima de malos tratos. Horror. Pobre chiquillo…

Ya solo nos queda terminar las fiestas, recoger los restos del revuelo de estos días y volver a la dura realidad. Que la Befana nos depare lo mejor para 2020.

PEPE CANTILLO

20 de diciembre de 2019

  • 20.12.19
Vienen a mi memoria recuerdos de otros tiempos cuando por el pueblo corría la noticia (¿bulo?) que aseguraba que en el casino alguien se había jugado la casa o una alta cantidad de dinero. Jugar era de ricos y estaba prohibido. Con estas líneas cierro el tema del juego que llevo abordado desde hace semanas.



Cuando hablamos de juego estamos haciendo referencia a un actividad en la que se participa apostando dinero y, por supuesto, con intención de ganar. Otro cantar será que la persona jugadora apueste, gane y “si te vi no me acuerdo”. Lo normal es que quien gana una vez repita suerte y será entonces cuando salten los plomos y se abra la puerta a la fase de dependencia.

La popularización de los juegos de azar entre nosotros parece ser que tiene su origen con la aparición de las máquinas tragaperras. Dichas máquinas de juego suelen estar en muchos de los bares repartidos por todo el territorio, aunque no ha sido siempre así.

Durante la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) se prohíbe el juego y ello obliga a cerrar los casinos. Con la Segunda República (1931-1939) también se cierran casinos y, durante el franquismo, el juego estará totalmente prohibido. A partir de 1977 se legalizan tanto los casinos como los juegos de azar. Las máquinas tragaperras se permitirán en 1981, previa licencia oficial, y se instalan en cafeterías y bares. En poco tiempo se popularizan, despertando un gran interés entre el personal.

La ceremonia de iniciación es muy simple: consumo algo en el bar y, de paso, meto unas monedas en la maquinita. Bien es verdad que hubo un boom y, después de un tiempo, se calmó algo el tema. Nadie duda de su popularidad ni de su atractivo en nuestro día a día. El hecho es que se popularizan en un corto espacio de tiempo y siguen presentes en los locales públicos.

En sentido amplio, la adicción se define como “afición extrema a alguien o algo”; de una manera más concreta se define como “dependencia de sustancias o actividades nocivas para la salud o el equilibrio psíquico” (sic). Como podemos apreciar, la segunda versión matiza la dependencia de algo nocivo para el sujeto.

La causa de dicha adicción la marca el poco tiempo que transcurre entre la apuesta y el posible premio conseguido o por conseguir. Ejemplo muy a la vista son las máquinas tragaperras, cuyo historial es de órdago. ¿Razón de todo lo anteriormente dicho? El dinero es apetitoso y la voluntad suele hacerse la loca. Ya nos asomamos al precipicio.

Estamos ante la ludopatía: “adicción patológica a los juegos electrónicos o de azar” (sic). Se suele definir como “alteración progresiva del comportamiento por la que el individuo experimenta una necesidad incontrolable de jugar, por encima de cualquier consecuencia negativa”. La seducción depende de lo rápido que llegue la gratificación.

El sujeto, de jugador ocasional pasa a convertirse en habitual y terminará siendo un jugador compulsivo, momento en que ya será dependiente total. Una vez atrapado, la adicción irá aumentando y la inversión también, con la esperanza y el fuerte deseo de recuperar lo perdido. Como no lo consigue, termina por perder el control y, si gana, lo invertirá de inmediato porque impera el deseo de jugar más y más, variable ésta que no suele fallar. El binomio “jugar para ganar” será el fuerte acicate que le mantiene esclavo.

La ludopatía es una adicción similar al alcoholismo o el tabaquismo, y sus efectos son catastróficos para el jugador. Sus consecuencias afectan a la salud hasta el punto de producir un serio desequilibrio mental y ser ruinosa para la economía familiar. Se caracteriza por el “deseo irresistible de experimentar emociones relacionadas con el juego y el dinero”.

La ludopatía altera a corto y medio plazo el comportamiento del individuo que sufre una necesidad incontrolable de intervenir en juegos de azar, cuyo premio es siempre dinero. Este tipo de juegos con capacidad adictiva se desarrollan en casinos y a través de Internet, y son aquellos en los que jugar y ganar o perder transcurre en muy corto espacio de tiempo.

En definitiva, la ludopatía es similar a la drogodependencia puesto que la necesidad de jugar domina al sujeto. El ludópata presenta los mismos rasgos que un drogadicto. El juego es patológico y deja de lado o en segundo escalón otros objetivos y necesidades. La ludopatía es un trastorno reconocido por la Organización Mundial de la Salud.



El tipo de jugador suele ser un hombre de entre 18 y 43 años, por lo general con estudios básicos e ingresos económicos bajos. En la actualidad se observa un creciente aumento de mujeres en los bingos.

Otro problema grave aparece con la gente joven. “En los últimos años, el aumento de la ludopatía entre los más jóvenes, incluidos menores de edad, se ha disparado de forma considerable. En nuestro país uno de cada cinco jóvenes es ludópata”.

La adicción se agrava por el fácil acceso a los juegos online, donde la percepción del ludópata con el dinero físico desaparece, pero no por ello se bloquea el deseo de jugar. “En España, la situación todavía es más grave y se ha situado como el país de Europa con un mayor porcentaje de ludópatas menores de 20 años”.

Los tipos de ludopatía vienen determinados en función de la forma de juego a la que se enganche el individuo. Cada juego tiene su propia estructura y componente adictivo que suavemente y casi sin percatarse de ello va enganchando al jugador. Los más adictivos son las máquinas tragaperras, el bingo, los casinos y las timbas de cartas.

Desde no hace mucho, el posible enganche tiene un aliado importante en las tarjetas bancarias. Cierto es que ver y tocar el dinero del premio da placer, pero tirar de tarjeta bancaria da posibilidad de jugar sin llevar dinero. Como advertencia probable, el día que en las tragaperras aparezca una ranura para introducir una tarjeta bancaria, dichas máquinas serán “la monda”.

El jugador recibe una fuerte descarga de adrenalina cuando juega, sobre todo si sus deseos son premiados. Indudablemente él no se hace jugador de la noche a la mañana. La curiosidad sería la puerta de entrada.

La ludopatía, también llamada “juego patológico”, es un problema que afecta ante todo al sujeto que está enganchado al juego. En principio suele negar su dependencia, a la par que es incapaz de cortarla, es decir, está tan enganchado que le es imposible abandonar el juego.

De entrada, negará todas las señales que marcan su malestar aunque estén muy claras para los que le rodean. Si quiere dejarlo lo intentará tantas veces cuantas pueda pero el esfuerzo será baldío, amén de que la dependencia le viene bien para escapar de los problemas que pueda tener.

Dejar el juego es algo imposible, salvo que el propio sujeto, en un acto de lucidez, pida ayuda a los profesionales y aun así la salida no es fácil. Puede pedir estar en la lista de “vetados”, lo que le impedirá traspasar la puerta del salón de juego.

Estamos ante una dependencia que los expertos no acaban de catalogar. Enfermedad psicológica, trastorno del control de impulsos, problemas de falta de voluntad... Un buen número de investigaciones han concluido que la ludopatía constituye un trastorno adictivo y que, por tanto, puede clasificarse como enfermedad mental.

Estos son solo algunos ejemplos de los problemas que probablemente haya ocasionado el juego en un ludópata: cambios fundamentales en su comportamiento que van desde irritabilidad, malhumor, desmedida intolerancia, ansiedad o insomnio hasta aislamiento social, tristeza, absentismo laboral, disminución del rendimiento.

Derrochará el dinero, tendrá problemas económicos, cometerá hurtos entre la familia o compañeros de trabajo, conflictos de pareja, problemáticas familiares, abandono de amistades, pérdida de salud, hasta llegar al suicidio. El ludópata se hace violento.

Según Jugadores Anónimos de España, “no existe un tratamiento estandarizado para este tipo de dependencia, mucha gente participa en Jugadores Anónimos. Los programas de recuperación son personalizados y van de la mano de un equipo de psiquiatras, psicólogos y expertos varios”.

Interesa echarle un vistazo al artículo siguiente: “¿Por qué España está viviendo una pandemia de ludopatía? El juego 'online' ha experimentado durante los últimos años un crecimiento que parece no tener límites”. En el aire queda el tema de los juegos online.

PEPE CANTILLO


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