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Mostrando entradas con la etiqueta Desde el Llanete de la Cruz [Pepe Cantillo]. Mostrar todas las entradas
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22 de noviembre de 2018

  • 22.11.18
Hace ya más de una década que se empezaron a plantear campañas (institucionales o privadas) clamando por la erradicación de la violencia sexista. A fecha de hoy parece que no hemos conseguido nada: el mal no desaparece y la violencia está ahí; incluso se tiene la sensación de que ha aumentado en los últimos tiempos.



En lo que llevamos de año, las muertes por violencia machista están próximas al medio centenar según distintas fuentes. Casi medio centenar de mujeres asesinadas no es ni mucho ni poco. Una sola víctima que hubiera ya es una barbaridad.

Sin miedo a equivocarme, creo que las muertes aumentan desde el instante en que la mujer va consiguiendo desprenderse del dominio del macho; desde el momento en que exige mayores cotas de libertad; desde el preciso instante en que es capaz de resistir frente al agresor y oponerse a la arbitrariedad y caprichos de la pareja. Desde el instante en que se atreve a denunciarlo y la ley reconoce, de facto, dicho sometimiento amparándola del agresor, aunque penosamente se quede corta.

Para desgracia de víctimas y gozo de sicarios, el tema no desaparece. Es más, la violencia en general –en la calle, en el deporte, en la escuela...–, parece que aumenta. Al menos, esa es la percepción que se tiene ante una serie de hechos lamentables.

Y en el saco hay que meter a las adolescentes que sufren atosigamiento, amenazas e incluso chantaje por parte de su supuesto “amor”. Si en la relación entre adolescentes ellos y ellas, que juegan a ser mayores y hacen sus pinitos de pareja, se les encadena con el mito del amor, es que algo no funciona.

El posible agresor cacarea ante los amigotes su ligue. A la enamorada le dice “porque te quiero solo para mí, te vigilo, no te dejo ni a sol ni a sombra. Eres mía. ¿Lo entiendes?”. Dicha posesión le lleva al más vil chantaje, puesto que nadie es de nadie.



El vídeo que adjunto es ya viejo, no así su mensaje, que no tiene caducidad. Desgloso brevemente parte de los mensajes que encierra. Una vez mostrados toda una serie de atropellos, en este caso del macho a la hembra, ¡cómo no!, brota la línea del sentido común entre iguales y abre frente, con la contundente advertencia “quítate la venda”. Si te maltrata, no te calles ante la agresividad verbal, física o sexual. Sé realista y recházalo.

¡Quítate la venda! Eso no es amor ¿Qué es el amor? Es felicidad, complacientes miradas, seguridad y estabilidad emocional; confianza y respeto mutuo; entrega desinteresada entre dos personas que se quieren; libertad absoluta para ser una misma. Es una aventura entre dos personas que quieren vivir juntas mientras dure el amor.

Pregunta obligada. ¿Hay más muertes por violencia sexista que antes? Posiblemente sí. Las razones son bastante simples. Aventuro algunas explicaciones. En el caso de la mujer, que es la machacada, en otro tiempo soportaba por “el qué dirán”, por “vergüenza ajena”, situaciones de sometimiento y humillación que una sociedad machista toleraba. ¿Denunciar maltratos? ¿Cuántas veces hemos oído decir que “si le pega el marido será por algo…”? El comentario ya es maligno. La clave está en denunciar, no en tragar.

Socialmente hay que tener muy claro que si el sexismo se aprende, la igualdad también y, por tanto, se trata de desterrar, a la mayor brevedad, dichos comportamientos sexistas porque somos iguales tanto hombres como mujeres y con las mismas obligaciones y los mismos derechos.

El sexismo es la “discriminación de las personas por razón de sexo” (sic). Esta injusticia, mantenida a lo largo del tiempo, perdura, mal que nos pese, en nuestra sociedad. Se trata de reeducarnos desde la familia, la escuela, la sociedad con la ayuda de las leyes. Cambiar no es fácil pero es necesario por higiene mental.

La alternativa es educarnos en la igualdad entendida como “principio que reconoce la equiparación de todos los ciudadanos en derechos y obligaciones” (sic) y dicha meta está al alcance de todos nosotros. Dejo un vídeo que puede aclararnos los nubarrones que a veces obstruyen nuestro comportamiento en la relación hombre-mujer. Ya está bien de tanta nefasta violencia.



Los síntomas externos de esta violencia son el control de la pareja hasta conseguir aislarla del resto de amistades a la par que se le inocula un fuerte sentimiento de culpa seguido de un continuado chantaje para lo que previamente se le han “robado” fotos comprometedoras y, desde ese trampolín, el acosador inocula en su víctima un fuerte sentimiento de culpa mientras que la va engatusando sibilinamente.

El acoso y el dominio están servidos. Humillaciones, insultos, intimidación constante hacen que, a la más mínima contrariedad, salte la chispa de la bronca que terminará en violencia física, amén de sexual y adornada de un reproche maligno: “es que me sacas de mis casillas, me desafías”.

Hago una referencia al origen de la fecha-recordatorio del maléfico cáncer en el que seguimos inmersos desde tiempos remotos. Dato histórico para situarnos: en la República Dominicana, el 25 de noviembre de 1960 son asesinadas las hermanas Mirabal por orden del dictador Rafael Leónidas Trujillo. A partir de 1981, esta fecha nos recordará cada año que la violencia contra la mujer es una lacra denigrante. Será en Latinoamérica donde se inicie este movimiento que en 1999 será asumido por la ONU.

La agresividad que subyace en toda esta sinrazón no es biológica, es cultural y no es un acto de locura pasajera. Cuando se habla de "agresores" suelen ir los tiros contra hombres que arrastran secuelas y restos de una educación en desigualdad y patrones de dominio del macho sobre la hembra. Pero los jóvenes también entran en este fatídico y luctuoso terreno.

El dominio suele ser en principio emocional y, poco a poco, deriva a verbal, físico y sexual. Justificará su conducta haciéndole creer que le provoca y que se comporta así porque la quiere. La realidad es que acapara y controla.

Todo ese comportamiento es una manifestación de dominio, de celos, humillación, intimidación, insultos constantes que hacen que, a la mínima contrariedad, salte la chispa de la pelea que terminará, en el peor de los casos, en una violencia mortal.

Existe una violencia, un dominio cotidiano que no salta a los medios de comunicación. Es el dominio que el hombre-marido ejerce en el seno familiar en el cual la mujer vive a diario atemorizada, dominada y anulada. Dicha situación aparece narrada de forma magistral en la película Te doy mis ojos.



Quiero finalizar con unas notas de esperanza ¿Qué pasa si pones a un niño frente a una niña y le pides que la maltrate? “Dale una bofetada”. El vídeo es interesante para tomar conciencia, ya desde pequeños, de que la violencia no es salida para nada y está barnizado de la magia de la inocencia.



Empecemos desde abajo educando a esas inocentes personillas que mañana serán adultas. No les dejemos dudas sobre el respeto, el cariño, la amabilidad debida entre niñas y niños. Son personillas maravillosas. Cuidemos de todos ellos.

PEPE CANTILLO

8 de noviembre de 2018

  • 8.11.18
A finales del pasado mes de julio, el profesor Marina dejaba un interesante artículo apuntando algunos de los males que nos han azotado a lo largo de la historia y que, para desgracia de todos, siguen dando latigazos sin misericordia. El título del mismo, ¡Es el poder, estúpido!, ya apretaba los grilletes de nuestra ingenuidad o de nuestra ineptitud.



Los problemas que sobrevuelan nuestras cabezas, como ávidos buitres a la búsqueda de carnaza, son ya de por sí escalofriantes y duros de roer. Y si a ello añadimos una mísera sobredosis de egoísmo, el plato está servido.

Si queremos conseguir mejores cotas de cultura y bienestar, como personas dotadas de inteligencia que se supone que somos, se hace necesario liberarnos de cinco muros que actúan como una rémora contra todos nosotros e impiden poder alcanzar un mundo algo mejor, menos humillante para una gran mayoría de personas. Pensar y desear la Utopía se hace necesario.

Cito literalmente: “las sociedades han avanzado mejor cuando se han liberado de la pobreza, la ignorancia, el dogmatismo, el miedo al poderoso y el odio al vecino”. Son cinco impedimentos que difícilmente hemos podido superar –y menos, desterrar– en el recorrido vital que ha hecho la Humanidad a lo largo de muchos siglos.

Desde tiempos inmemoriales venimos pleiteando con estas barreras. Inseparable de la “pobreza”, sea extrema o no y como consecuencia del hambre, cabalga la “ignorancia” que nos hunde más en la miseria física y psíquica; el “dogmatismo” ahoga todo lo que se le pone por delante defendiendo que está en posesión de la verdad; el “miedo al poderoso” atenaza el obrar y nos sumerge en un profundo hoyo desde el que es casi imposible emerger y el “odio” al prójimo (vecino, cercano o lejano) ofusca las pocas luces que podamos tener.

Paso a desarrollar algunos de estos obstáculos. La pobreza está enquistada en nuestro vivir (malvivir). A lo largo de siglos, que suman muchos años, la lucha por un trozo de pan para sobrevivir ha sido y sigue siendo todo un problema. Según datos oficiales, “el hambre en el mundo aumenta por tercer año y alcanza a 821 millones de personas”.

Un pequeño matiz. El sobrepeso, aunque parezca una contradicción, está relacionado con la pobreza. Razón: “es mucho más barato comprar comida basura que alimentos saludables”. Qué exagerado… el problema está en África y en parte de Asia, pero no entre nosotros. Falso de entrada.

Aparentemente en España no hay pobreza. Según las estadísticas, tanto la pobreza como el sobrepeso (gordura) han aumentado considerablemente en nuestro entorno. Estar rollizos no significa alimentarse bien. Agravantes: hamburguesas y demás sacian y engordan, amén de que hay tendencia a recortar en comida (saludable) para poder gastar en otras cosas más apetitosas (divertidas). La distopía vino para quedarse.

Paradoja maldita: el número de ricos parece ser que se ha incrementado en los últimos años en nuestro país. Según lenguas sensibles y bien informadas, en España el número de millonarios ha aumentado hasta el punto de ser el séptimo país de Europa con más ricos-ricos. “En total hay 224.200 con una fortuna global que ronda la friolera de 565.700 millones de euros”, según datos publicados por El Mundo. ¡Qué bien…!

La sima entre pobres y ricos es cada vez más grande y profunda y, más pronto que tarde, desestabilizará a los países. La meta, por dignidad humana y por propia supervivencia, es sacar de la miseria a tantos millones de pobres para que la brecha no termine por ser insalvable y hundirnos a todos en la catástrofe.

Hay que dejar muy claro que pobreza e ignorancia están íntimamente emparentadas. Me atrevería a decir que son hermanas gemelas. Hago una salvedad que considero esencial. No por ser más rico se es más sabio o más inteligente (más avispado puede que sí). Sin embargo, la pobreza impide las pocas posibilidades de culturizarnos.

Con la barriga vacía no se puede pensar, por eso la pobreza es antídoto contra la razón, contra la posibilidad de acceder a otros estadios más elevados y eso lo tiene claro quien domina: líderes de todos los colores, publicidad, púlpitos, sectas, televisiones… Nos piensan y así nos controlan mejor.

La ignorancia es cada día más profunda y desde que Internet lo tenemos a un toque de tecla está aumentando. "Imposible", puede que piense algún lector, dado que los medios ofrecen un amplio campo de datos, de información útil para aprender (consultar no es aprender). Ejemplos de ello tenemos hasta entre gente supuestamente cultivada.

La ignorancia bulle a nuestro alrededor a pasos de gigante. De dicho aumento ya se encargan determinados y concretos medios de desinformación para que no podamos ganar cotas de conocimiento, de criterio propio. Información manipulada.

Para los creyentes en dichos medios, tanto si soplan contra el enemigo como en defensa del amigo, lo que dicen va a misa. Expresión que uso no porque sean católicos sino porque su palabra es incuestionable y sus seguidores papanatas convencidos, sin ellos saberlo. O puede que sí lo sepan.

El miedo al poderoso ahoga cualquiera de las posibilidades que permitan prosperar en un entorno mínimamente acogedor. ¿Quién o quiénes son los poderosos? Sin duda, el rico que citábamos antes y el consumismo que desde la publicidad nos cuelan por todos las rendijas. Vivimos en un tipo de sociedad que nos vende la felicidad a precio de saldo creándonos necesidades sin las que posiblemente se podría vivir.

El odio al vecino y al diferente crece a un ritmo vertiginoso. Matizo por separado ambos frentes. El diferente es el emigrado que viene de otras tierras, “reside fuera de su patria por motivos políticos, económicos o sociales” (sic). Incluso me atrevería a sugerir que puede ser incitado y forzado a migrar por motivos políticos impuestos por el poderoso.

Y, cómo no, cuando en la televisión quieren venderte el gato del sarcasmo burlesco por la liebre de la libertad de expresión, máxime si se convierte en un desprecio categórico a valores comunitarios, sembramos odio a voleo, por divertimento. En este caso estamos ante una seria metedura de gamba. ¿Pensamiento de derechas? Sentido común.

Hago referencia al moqueo de la bandera estatal, que no es la franquista. Los escudos que portan no son los mismos. Mucho “curto” (¿culto?) las confunde o se empeña en confundirlas. ¿Ignorancia o mala intención? Ambas cosas.

Por cierto, la tela (tejido hecho en el telar) de una bandera no es un trapo (“pedazo de tela desechado” (sic). El trapo no tiene ningún valor o no sirve para nada. ¿Moqueamos la republicana, la blanquiverde…? Sería un grave error y ya hemos cometido muchos.

Debería quedarnos claro que una red de fanáticos no dejará crecer la libertad pero sí la ahogará aun más. Una red de ignorantes no hará progresar el conocimiento y la cultura. Una red de aprovechados nos empobrecerá más cada día que pasa.

Dogmatismo… En un principio, dicho concepto era y aun sigue siéndolo aplicado a los dogmas de fe religiosos. A día de hoy tiene distintas connotaciones, principalmente peyorativas, y es de uso muy extendido fuera de los diferentes ámbitos específicos en los que se ha desarrollado conceptualmente.

Los dogmas son verdades reveladas por un dios (origen) o por un líder supuestamente carismático que se parte la crisma por tu bienestar (eso dicen). Conclusión obvia: el dogmatismo se reduce a asumir unos principios, una doctrina o ideología sin admitir cuestionamiento alguno en contra.

Está presente en la religión y en la política. Ésta última cada vez más cortocircuitada por intereses de dominio, tanto en la derecha como en la izquierda. ¿Razón de tal disloque? Sus supuestos líderes no quieren que pienses. Ya lo hacen ellos por ti, a la par que van inoculando el llamado "pensamiento único". A partir de ahí se consigue el dominio de un descarado y sumiso borreguismo, que es la “actitud de quien, sin criterio propio, se deja llevar por las opiniones ajenas” (sic).

Son tantos los problemas que nos acosan o nos rodean que resulta difícil enfrentarse a determinadas situaciones. Algunos de dichos agobios no están al alcance de nuestras manos, al igual que la posible solución para deshacernos de ellos; otros quizás sí, pero ¿realmente queremos soluciones? ¿O hacemos como el avestruz, que metemos la cabeza bajo el ala diciendo "¡ay, ay, ay, ay…!" y pare usted de contar?

PEPE CANTILLO

25 de octubre de 2018

  • 25.10.18
Estas líneas vienen motivadas por una afirmación-pensamiento que, siendo generalizado en parte de la población de este país nuestro de cada día, no son totalmente ciertas. Es posible que el problema resida en una innegable actitud de desdén (repulsa) subyacente en el rumiar colectivo.



Esta cuña creo que muestra parte de la ignorancia o de la manipulación interesada que nos predican o, quizás también, de la inquina que podemos rezumar por doquier e, incluso, de un odio sedimentado a lo largo del tiempo que surge con frecuencia a bocanadas.

En un acto relacionado con el mundo de los valores, alguien indica taxativamente que “la mayoría de los llamados valores existentes en nuestro entorno son fiel reflejo del pensamiento católico que nos sigue dominando”. Puede que en parte sí. No se borran de un plumazo siglos y siglos pero, en conjunto, no es válida dicha afirmación.

Que sean un reflejo de toda una tradición dentro del cristianismo no se puede negar rotundamente. Que dicho pensamiento nos sigue domeñando, ya no está tan claro. Me quedé algo descolocado y aun sigo dándole vueltas a tal bufido.

De quien es corto de vista decimos que la miopía le impide distinguir con claridad los objetos y su contorno. En la referencia citada creo que existe algo de cataratas mentales. Puedo estar de acuerdo con parte del origen de la afirmación. Deniego la coletilla final de la misma porque dicho dominio cada día (si existe) es más débil.

Que los valores entre los que nos movemos están relacionados en su origen con el sentir del catolicismo es una aseveración que no podemos obviar, pero sí que es cuestionable afirmar que dicha religión nos sigue dominando.

También hay mucha gente que es agnóstica, arreligiosa o atea y lo demuestra con la coherencia de su obrar y pensar. Gente que mantiene un razonamiento crítico ante dicha religión o ante cualquier otra que se le ponga delante. Dicho personal es consecuente en el pensar y en el actuar y no suele actuar de Atila contra las religiones.

Si quien hace dicha afirmación mide tal dominio porque hay gente que acude a la iglesia para el oficio dominical, para una boda, para un entierro… Podríamos añadir algún otro evento a los ya citados pero ello no confirma el dominio de los católicos.

Pega miope que se suele emplear. Ya está bien de semanas santas, de comuniones, de fiestas patronales, de… Si somos mínimamente de mollera abierta, razón para no caer en un raquítico y frustrante fanatismo, ha llegado la hora de ser respetuosos con todas las tradiciones que pueda mantener cada comunidad religiosa con la que podamos convivir en un mundo cada vez más globalizado.

Ni todos somos iguales de altos, ni de generosos o educados y menos, inteligentes por igual. El género humano es muy variado y en dicha variedad entra lo bueno y lo malo, lo positivo y lo negativo, la honradez o la maldad. Podríamos seguir dando pinceladas.

Me alucina bastante que, por aquello de ser transigentes, mucho personal defienda el derecho de otras religiones a celebrar sus ritos y denigran o condenan o lo que es más grave, atacan a otras religiones, en este caso a la católica. Quizás aquí tenga sentido el dicho “o todos moros o todos cristianos”.

La frase alude a la necesidad de medir a todos por el mismo rasero, es decir que se apliquen las mismas reglas para todos. Últimamente hay algunos ejemplos, desde el poder, de un cínico favoritismo a determinada fe que sin embargo niegan el pan y la sal para otras creencias. Referencia tenemos en algunos cargos políticos.

Las tradiciones de un pueblo, de una comunidad, no se logra cambiarlas de un día para otro. Tampoco se pueden suprimir o cambiar por decreto ley puesto que ello encenderá el fuego y avivará el rechazo. Hemos pasado de una sociedad obligadamente creyente a otra más tolerante y abierta. Problema de tiempo.

Creo que el pueblo manda poco, porque es verdad que elegimos representantes que prometieron el “oro y el moro” y luego “hacen de su capa un sayo”, es decir, lo contrario de lo prometido según sus conveniencias y sin rendir cuentas a los demás. Digamos que ese es el timo del “tocomocho” de algunas democracias, incluida la nuestra.

Culturilla aclaratoria. “Prometer el oro y el moro” proviene de 1420, cuando algunos caballeros jerezanos piden un rescate por unos moros hechos prisioneros, entre ellos, el alcaide de Ronda que es liberado una vez ha pagado –no así su sobrino Hamet–. El asunto llega hasta el rey Juan II y el sobrino es trasladado a la corte. A partir de ese momento corre por Andalucía el rumor de que el rey quería quedarse “con el oro y (con) el moro”.

Demos un repasillo breve a algunos valores para delimitar sus fronteras alejadas y/o paralelas con cualquier religión, incluida la católica. Lo que no se puede evitar es la coincidencia en muchos de dichos valores, pero eso no significa que nos domine el pensar y el sentir del catolicismo.

¿El sentido y la práctica de la amistad es religioso? Por lo poco que sé de historia creo que en el mundo greco-romano (parte de nuestra cultura proviene de ellos, además de monumentos o ruinas de lo que fueron), la amistad y otros valores más, tenían un lugar preeminente entre ellos.

Decía Séneca que “la amistad siempre es provechosa; el amor a veces hiere”. Con anterioridad, Aristóteles dice que “el amigo de todo el mundo no es un amigo”. Añado el no menos cierto pensamiento de Epicteto de Frigia, filosofo greco-latino: “El infortunio pone a prueba a los amigos y descubre a los enemigos”. ¿Tal vez eran católicos? Creo que no.

La libertad nos encamina hacia la verdad, la justicia y la responsabilidad, la amistad, la generosidad, el amor en el sentido más amplio y profundo de dicho valor. Hay muchos más y cada cual dará prioridad a los valores que cree son básicos para vivir en sociedad.

Un repaso a los Derechos Humanos podría abrir un poco esa mente que con frecuencia mantenemos medio cerrada o, lo que es peor, prisionera de las falacias que nos enredan. Dichos derechos recogen muchos de los valores tanto del cristianismo como de otras corrientes de pensamiento, por ejemplo, de la Ilustración, que de católica no tiene nada.

Ahora, cuando no estamos de acuerdo con determinada información que hace referencia a mi partido, a mi “pensar (si es que pienso)” rápidamente la tachamos de bulo, “noticia falsa propalada con algún fin” (sic). Cada cual que saque punta al lápiz como le parezca, dado que según la dirección del viento de la noticia, la tacharé de verdad (me favorece) o de bulo (mentira, porque no me favorece).

¿A dónde quiero ir? Simplemente defiendo la libertad de pensar y obrar aceptando que cada cual debe ser consecuente con sus actos públicos y privados. La Ilustración hizo que saltáramos más allá de la religión y adoptáramos el libre pensamiento. El salto fue tan grande como pasar de la oscuridad a la luz.

La Ilustración surge en Europa como movimiento renovador en el más amplio sentido. Hablamos de una renovación intelectual, cultural, ideológica y política. Su momento culmen será en el siglo XVIII. El llamado “Siglo de las Luces” supone un cambio radical en la Europa del momento. Hablamos de la luz de la razón (no de lámparas led) para llegar al libre pensamiento.

Los impulsores de dicho cambio son intelectuales de gran prestigio, filósofos la mayoría de ellos como Diderot, Locke, Montesquieu, Rousseau, D’Alembert (matemático), Adam Smith (economista) y otros muchos. Luchan por la extensión del conocimiento para erradicar la ignorancia.

Dato sumamente importante: todos ellos pugnan por el establecimiento de un Gobierno elegido por el pueblo, es decir, democrático, frente al absolutismo opresor. El pueblo vota. Las urnas mandan. Nuestras circunstancias actuales son bastante confusas en el día a día siempre bajo un viento solano que sopla frío en invierno y caliente en verano.

PEPE CANTILLO
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

11 de octubre de 2018

  • 11.10.18
Relato una experiencia personal, por fortuna positiva para mí y a continuación completo el panorama con otros tantos ejemplos, que por desgracia abundan a nuestro alrededor y no suelen dejar buen sabor de boca en los afectados. Hace dos sábados, un coche se detiene detrás del mío, que acabo de aparcar. Estamos en un centro comercial. Desde dicho coche requieren mi atención. Educadamente me acerco a la ventanilla del copiloto que está abierta, para poder hablar con el conductor. Hasta aquí todo está dentro de la normalidad.



El conductor pide disculpas por la molestia y me cuenta que va de camino al aeropuerto de Barcelona para volver a su país. Entiendo que se ha despistado en el empalme a la autovía. Casualmente, dicho enlace está cerca de donde nos encontramos.

Por descontado, no me permite explicarle por dónde tiene que retornar y empieza su monserga. Le atiendo. Educación ante todo. Intento indicarle la dirección pero insinúa con un gesto que la conoce. Desconcierto mío.

Quiere regalarme, por mi amabilidad, unas prendas caras de Giorgio Armani y dice venir de un encuentro comercial celebrado en la ciudad. Le han salido las cosas bien y se muestra generoso. Las explicaciones que me va dando, sin que yo abra la boca, no me cuadran para nada pero me callo por cortesía. ¡Paciencia, Pepe!

Del asiento trasero saca una bolsa grandota. "Tenga", me dice. "Dentro de la bolsa hay dos prendas que le encantarán", añade. Declino el ofrecimiento y me insiste, nervioso, que soy algo desagradecido. "Solo educado, si no le importa". En realidad aquí debería terminar el negocio. Por lo que sigue, deduzco que ahora es cuando se inicia la venta-truco.

A continuación quiere enseñarme otra bolsa con ropa que me gustará más. Eso sí, tendré que pagarle por ella. Insiste. Le ratifico que no quiero nada, lo que bloquea este segundo intento. Lo he chafado. En realidad, aquí termina el mercadeo.

La negación es rotunda y me marcho camino del comercio al que tengo que acercarme. Masculla algunos improperios en italiano que me obligan a volver la cabeza y cortarle el rosario de groserías e impertinencias.

Sigo mi camino mirando de reojo como si buscara a alguien. Por descontado no entro al comercio y retorno a mi coche desde donde le veo venir de nuevo. ¿Precaución? Salgo y aun me sigue. Conocer el terreno me permite librarme de la pesadilla.

¿Ropa de Armani? Desde un principio he tenido clara noción de que aquello no estaba nada claro. Al negarme al regalo le estoy cerrando la puerta para darme el timo con la anunciada segunda bolsa. No voy de listo pero sí de desconfiado. El engaño completo sigue en la información que adjunto de otro caso que también fue un fracaso aunque la curiosidad llevó al sujeto requerido hasta el final.

Resumiendo. Panorama físico: son las cuatro de una tarde calurosa, el aparcamiento no está muy lleno de vehículos, el calor hace que nadie ronde por la explanada. La soledad es propicia para este tipo de faenas.

Primer mosqueo. No he oído nada sobre dicho evento aunque no es importante puesto que no soy comercial de ningún sector. Segundo mosqueo. El aeropuerto del Prat está a unos 330 kilómetros desde Valencia y por la autopista AP-7 se va bastante rápido. Todo eso suponiendo que iba a El Prat y que fuera italiano, que lo dudo. Fin de la entrevista.

Cada vez me queda más claro que hay gato encerrado. Primero, porque nadie regala nada por arte de birlibirloque y, menos, supuesta ropa de marca cara. Segundo y más importante: el cabreo del sujeto está fuera de juego. Tercero, los improperios son absolutamente inadecuados.

Busco en la página de la Policía a ver si hay algo en referencia a una cuestión similar o igual a la descrita. No hay nada. Sigo la búsqueda y topo con una carta clavadita a mi encuentro solamente que, en ese caso, el supuesto timado fue más lejos que yo, dándole coba al timador. Dejo a la curiosidad la reseña de este caso.

El timo de las chaquetas de Armani parece ser que viene del 2006. La táctica siempre es la misma por lo que he podido cotejar con el relato de 2011 encontrado en 20 Minutos. En algún momento he tratado el tema de los chanchullos que recorren nuestro honrado mundo (¿!?). Abundan los “enredos que circulan entre nosotros para conseguir beneficios a costa de la confianza, ignorancia e incluso avaricia” (sic) de sujetos vivales.

Los tramposos carecen de escrúpulos a la hora de engañar a posibles personas inocentes. En algunos casos, los supuestos simplones tampoco tienen reparos en aprovecharse de un farsante aparentemente tonto o con pinta de alelado.

El trasfondo de todo este entramado es abusar del otro, bien como embaucador o como supuesto embaucado. El sablazo se entiende como “acto de sacar dinero a alguien pidiéndoselo, por lo general, con habilidad o insistencia y sin intención de devolverlo” (sic). Este tipo de acciones van en contra de la más elemental honestidad. Total, eso de la honestidad está pasado de moda… (¿!?).

Timar se define como “quitar o hurtar con engaño” o “engañar a alguien con promesas o esperanzas” (sic). Esta segunda acepción es mucho más elegante y más selecta que la anterior. El estafador juega con la confianza y la fe del supuesto o posible mentecato que, por lo general, cae en el cepo. Ejemplos tenemos bastantes, por desgracia.

El fraude consiste en una “acción contraria a la verdad y a la rectitud, que perjudica a la persona contra quien se comete” (sic). La segunda definición también viene a pelo pues se entiende como “acto tendente a eludir una disposición legal en perjuicio del Estado o de terceros” (sic). En el siguiente ejemplo, aun calentito, entran las dos definiciones.

El último grito en fraude salta en Sevilla. La noticia es de El País. “La Policía detiene a 37 personas por un fraude de más de tres millones en contratos de formación. Los arrestados pertenecientes a la cadena de peluquerías Low Cost, obtuvieron de forma ilegal bonificaciones y beneficios de la Seguridad Social. El fraude asciende a más de tres millones de euros con contratos de formación falsos”.

Otra estafilla reciente a la Seguridad Social se produce en las provincias de Málaga y Granada no ingresando la cuota de los seguros sociales ya detraída a los operarios. Bien es cierto que este tipo de sablazo es muy frecuente, hasta cae en él algún que otro personajillo.

Otro caso de timo al consumidor se está dando con facturas falsas de Endesa notificadas por Internet. Es la Policía la que alerta. “Los ciberdelincuentes están mandando emails diciendo que ha habido un cobro de más y piden el número de tarjeta de los afectados para solventarlo...”. La cita proviene en este caso de El Huffington Post.

El espejismo del dinero fácil está detrás de las estafas piramidales clásicas. El anzuelo siempre será el dinero. La avaricia juega un papel importante junto con la necesidad para tapar algún agujero. ¿A quién le amarga un dulce? Esta red de engaño atrapa a bastantes pajaritos. El famoso caso de TelexFree engatusó a 50.000 españoli(s)tos.

Una curiosidad. Ya en el siglo XIX, la hija del escritor Mariano José de Larra, periodista ella, “se cree que llegó a recaudar 22 millones de reales y se calcula en 5.000 el número de afectados” de los que sacó beneficios. Se le conoce como el fraude piramidal más popular del siglo XIX.



Modernamente, el timo popular más famoso y conocido es el de “la estampita”, que fue escenificado en una película por un magnifico actor, Toni Leblanc. ¿Se acuerdan de esta peli? Lina Morgan también hizo otra cinta de estafas.

Actualmente está muy de moda el timo del secuestro exprés, renació el de la estampita y el tocomocho, o quizás nunca se fueron. En síntesis, pululan gran cantidad de engaños que amargan a las víctimas como es natural. A veces dicho sablazo despierta la avaricia del sableado y ello le hace caer en la trampa. Otras veces, la víctima es víctima en el más amplio sentido de la palabra.

PEPE CANTILLO

27 de septiembre de 2018

  • 27.9.18
Según algunas mentes optimistas y de acentuada fe cívica, parece ser que a partir de ahora “tendremos menos corrupción como consecuencia de nuestros más higiénicos estándares morales” (dixit). Esta información apareció el pasado 19 de abril en El Confidencial Digital con el título El rearme moral de España. La antedicha frase la tomo literalmente del citado artículo y me da pie para hacer algunas observaciones.



Quisiera pensar que dicha afirmación está cargada de ironía y es un zarpazo certero a la conciencia de todos nosotros, tanto ciudadanos de a pie como cargos (cargas) políticos. Por lo que deduzco del citado artículo, nuestra percepción de la corrupción está muy a flor de piel.

“Es decir, que en España posiblemente haya más percepción de corrupción que los niveles reales”. Quisiera ser optimista y ver la botella casi llena, pero algo me dice que no. Una serie de datos y circunstancias hacen ver dicha botella prácticamente vacía. El tema de los títulos entre ellos.

Por más que leo y releo no acabo de captar dicho trasfondo. Leo lo que leo y lo tomo en su real y verdadero sentido. Es verdad que todo el revuelo que se ha levantado con el asunto tesis y másteres nos tiene sublevados a una buena parte de la población, pero… es lo que hay. El escándalo está servido, jaleado y ya casi olvidado.

Dicha sublevación es como una tormenta de verano que en breves minutos nos inunda dejando un regusto amargo en el ambiente como consecuencia de los destrozos. Pasados unos días nuestra memoria se diluirá y “a otra cosa mariposa”.

Realmente me alegraría que tales afirmaciones fueran verdad y que por fin entraran aires nuevos, constructivos y creadores de un cambio social en el más amplio sentido de la palabra. Pero por un carril van las ilusiones y por el otro la dura realidad.

Había altas esperanzas de que el Gobierno que se constituyese, como resultante de la moción de censura, nos abriera las puertas a una regeneración. Gobierno que todos teníamos claro era y es de paso a unas elecciones generales. Esperanzas abortadas. De momento, tenemos un presidente que los españoles no han elegido en las urnas.

Quede claro que la clase política (tropa política) es un reflejo fiel de nuestra sociedad. A la frase podemos darle la vuelta sin temor a meter la pata. Si lo prefieren, cabría decir que nuestra sociedad actúa a imitación de sus políticos. Tanto monta.

¿Se puede dar la vuelta a la tortilla hasta tal punto de que nuestro comportamiento moral haya cambiado para “mejor” de la noche a la mañana? No creo. Siguen floreciendo por doquier cardos borriqueros coronados de flores purpúreas y hojas espinosas.

El personal ya está habituado a toda una gama de pasos falsos desde los distintos gobiernos que supuestamente nos pastorean. Chanchullos, enchufes, prebendas, puertas giratorias… Hay tanto charrán suelto que oímos las charranadas como quien oye llover y decimos para nuestros adentros: "¡Ya escampará!".

Los enchufes, en lugar de disminuir, parece que aumentan a pesar de que ha subido la electricidad. Disculpen que juegue con las palabras electricidad y enchufe. Incluso las llamadas puertas giratorias funcionan y no chirrían tanto o nos hacemos el longuis a la espera de un cambio que sea real y no virtual.

Pero no nos engañemos. La razón de que no chirríen dichas puertas, no es porque estén engrasadas (que no lo están), sino porque hay una sordera intencionada con dicho tema, amén de un aumento desproporcionado de enchufes y nepotismo.

Vuelvo al tema de la “titulitis” que en un corto espacio de tiempo ha engordado. El Diccionario de la Real Academia Española ofrece cada día una palabra que a veces es poco conocida y suele picar la curiosidad de quienes lo solemos consultar. La del viernes pasado era “remediavagos”. Es desconocida pero ilustrativa por su contenido.

Ofrece dos acepciones que vienen a dedo y que se complementan: “procedimiento destinado a hacer algo con el mínimo de esfuerzo”; y “libro o manual que resume una materia en poco espacio, para facilitar su estudio” (sic).

¿Razón de esta cita? Podemos aludir a tesis doctorales y trabajos de másteres, entre otros. ¿Quién pierde en circunstancias de este tipo? Primero, la Universidad seguida del profesorado y, desde luego, los alumnos que estudian en dichos centros universitarios. ¿Dónde quedaron “…nuestros más higiénicos estándares morales” si es que alguna vez existieron?

En la Edad Media y hasta no hace mucho, pertenecer a la llamada "aristocracia" era privilegio de unos pocos y, como es natural, la envidia un deseo de unos muchos. Había quien coleccionada títulos nobiliarios, independiente de que tuviera cultura o fuera un iletrado total.

Actualmente, el coleccionismo que el personal desea poseer para alardear ante el público camina por otros derroteros. También hablamos de títulos pero en este caso académicos, sean de universidades reconocidas o de quioscos no oficiales que despiertan dudas en el personal. Dicha titulitis parece que proporciona caché de “distinción y elegancia” a los poseedores, aunque en algunos casos no garantice los conocimientos.

Recuerdo, con algo de mala intención, que los títulos se pueden comprar y coleccionar para mostrarlos en el momento oportuno alardeando siempre ante una autoridad de relevancia y apabullando al inculto, al paleto por ser “poco educado y de modales y gustos poco refinados” (sic).

Cortinas de humo nos cercan por doquier. Vamos de decreto en decreto mientras cultos políticos se ensalzan, por causa de tales títulos, en una bronca atorrante (desvergonzada) en la que el mensaje subliminal es la afirmación de que son los mejores para remodelar el país. Dicho mensaje influye en la conducta de cada una de las partes implicadas.

¿No será que con tanto cacareo de méritos por parte de los medios de comunicación, a favor o en contra, estamos jugando al escondite para no prestar atención a problemas de más calado e interés por la gravedad que puedan tener? Las noticias fluyen desesperadas y como la memoria suele ser corta, a los pocos días nos hemos olvidado de todo.

Como si hubiera eco en el escenario público, se sigue cacareando alrededor de méritos académicos, de títulos que pueden inflar un currículo como si dichas credenciales o certificados fueran de vital importancia.

El trasfondo de toda esta ansia, deseo o necesidad de meritar es más grave de lo que aparenta. Parece ser que hay bastantes baches en la consecución de tales méritos por parte de sujetos (ellos y ellas) para inflar el globo de la “meritocracia”. Puntualicemos.

El filósofo Umberto Eco dejó claro en su libro Cómo se hace una tesis la importancia de dicho trabajo, cuya aportación debe ser original, novedosa y relevante. En Europa “el plagio se considera corrupción”. Han dimitido (han sido dimitidos) dos cargos importantes. ¿Eran culpables y no podían estar en el Gobierno? ¡Fabuloso! Pero tal dimisión queda capada a priori puesto que, cuando se hace la selección, ya se debería conocer con qué méritos y capacidades cuenta cada posible candidato, salvo que queramos engañar a quien nos propone para el cargo.

O, mejor, para poner en un ministerio a fulano o mengana los méritos más importantes deberían ser su idoneidad y su capacidad personal para el puesto. Caso contrario, todo el tinglado huele a amiguismo. Las puertas giratorias con frecuencia carecen de cristales transparentes por lo que es imposible ver quién las traspasa. Duda impertinente: ¿queda alguien por dimitir? La puerta está abierta. Debe estarlo.

El mes de septiembre ha entrado arrasando la poca fe que nos quedaba para aceptar a una “caterva” de cargos públicos. Quisiera ser optimista y darle la razón al presidente cuando dice que “España da un paso al frente histórico. Hoy nuestra democracia es mejor”. Lo siento, pero la duda se impregna de incertidumbre y recelo. ¿En referencia a qué?

PEPE CANTILLO

13 de septiembre de 2018

  • 13.9.18
Inicio estas líneas con unos breves brochazos aclaratorios sobre determinados errores lingüísticos que van apareciendo con un intencionado uso del lenguaje. Feminizar el habla no hará que seamos más respetuosos con las personas, sean hombres o mujeres. Usar términos políticamente correctos tampoco, puesto que la realidad es la que es.



A “lo que es, existe o puede existir” según el diccionario de la Academia, se le llama "ente", es decir que tiene entidad. Si dicho concepto lo usamos como sufijo (-ente) es un participio activo que de ninguna manera permite “-enta”, por ejemplo “influyenta”, por más que se empeñen tozudas reformistas.

Podemos decir que una persona (hombre o mujer) es valiente pero no “valienta”. Al afirmar de una persona que es ignorante (no "ignoranta") nos referirnos a alguien “que ignora o desconoce algo” e incluso “que carece de cultura o conocimientos” (sic). ¿Esa es la justificación que podemos dar a “portavozas” como último cromo?

Jugar con el lenguaje solo conduce a que enredemos el campo léxico más de lo que ya está y, de paso, confundamos al personal, que puede pensar que si una persona “culta” e importante utiliza las palabras “miembra”, “jóvena”, “portavoza” es porque sabe lo que dice y hace. Me alejo un poco en la referencia para evitar un marcaje innecesario.

Quienes se empeñan en usar e incluir palabras con calzador para que aparezcan en género femenino están haciendo un flaco favor al personal. Quiero pensar que dichos modificantes o “modificantas” solo muestran, en el mejor de los casos, un lapsus mental, o lo que es más grave, pretenden enredar “a troche y moche” porque hay que pasar de un “patriarcalismo” a un “matriarcalismo" total. No creo que dicho enredo sea motivado por una falta de cultura.

Un pequeño toque de culturilla. ¿De dónde viene la expresión a troche y moche? Parece ser que su origen está relacionado con los leñadores cuando talaban “a tajo hecho”, es decir sin pensar qué arboles talar y cuáles no. Ya ven, estamos ante una vieja expresión que se salta la ecología a la torera.

Si se dispara desde el poder y con la complicidad de la prensa, la justificación podría ser una sutil triquiñuela para que el personal deje de pensar en los múltiples problemas que nos cercan y piense en otras cosas, por ejemplo en las “musarañas” y así no interfiere en cuestiones más importantes o más graves. Por cierto, la musaraña es un pequeñísimo mamífero parecido a los ratones y que suele encontrarse en el campo.

Cuando la balanza se escora a un lado en detrimento del otro, viene el desequilibrio haciendo tanto o más daño que antes al usar un lenguaje supuestamente confuso, poco diferenciador en cuanto al género de las palabras.

Desde un supuesto igualitarismo saltamos a otra planta donde al sufrido ciudadano se le confunde aún más, ya que no recibe la ayuda de una Ariadna capaz de proporcionarle un hilo salvador que le permita salir del laberinto, previa muerte del Minotauro. ¡Pobre Teseo! Cuenta el mito que Ariadna, enamorada de Teseo, lo salva de una muerte segura pues, aunque matar al Minotauro no le costaría nada, sí que tendría graves problemas para poder salir del laberinto.

Con feminizar un quintal de palabras o todo el diccionario, no conseguiremos, por desgracia, poner en valor el más elemental respeto a los demás. En esta carrera por borrar palabras políticamente incorrectas surge una confusión grotesca. ¡Ojo! Un desliz involuntario podría hacernos decir “confusionismo”, concepto que no tiene nada que ver con confusión.

En este juego por cubrir realidades cambiando vocablos, abundan las personas tontas, fatuas, que piensan que si revisten una palabra han conseguido cambiar la realidad. Burda mentira. Lo único seguro es que desvían el foco de nuestra atención fuera de los problemas acuciantes.

Descendamos a ejemplos concretos abarcando dicha inclusión a la que sumaremos el lenguaje políticamente correcto. Ofrezco algunas muestras que empiezan a revolotear como impertinentes y dañinos mosquitos pero que, en muchos de los casos, son reales y, en otros, ni existen en el catálogo de voces del diccionario oficial.

Desde dicha corrección política nos venden que hay que desechar palabras humillantes como "maricón", "negro", "moro", "ciego", "gitano"… y en su lugar usar "gay", "personas de color", "subsahariano", "invidente", "discapacitado", "zíngaro". ¿Hemos conseguido cambiar la realidad que subyace en dichos nombres? Creo que no. A propósito, si no está bien decir ciego, la ONCE tendrá que cambiar sus siglas.

Es cierto que algunas palabras se pueden forrar con un léxico lleno de respeto y bondad. "Homosexual", por ejemplo, ha perdido la dureza original. La llamada “corrección política” es un camelo para predicar desde la tribuna politiquera que nos adiestra para mantener una doble realidad: lo que decimos en público y lo que pensamos en privado.

Estudiante ("estudianta") se dice para masculino y femenino; paciente igual, residente va por el mismo sendero, periodista no tiene palabra diferente. Y un largo chorreo. En estos casos será el artículo “el o la” el que matice la diferencia para ambos géneros.

Así podríamos continuar con muchas voces que comparten género para masculino y femenino. Quiero recordar que son las palabras las que tienen género masculino o femenino. Cuando encaja una palabra en femenino es cuestión de cambiarla. Recientemente, "jueza" y "fiscala" han sido situadas en su lugar como femenino de "juez".

Las palabras "pacienta", "residenta", "diferenta", " periodisto", "gilipollo", "estudianta" y otras muchas más no entran en el juego, simple y llanamente porque no existen por más que nos empeñemos en darles entidad.

Aunque no estaría mal que, por ejemplo, con el conjunto de el cargo público que “tiene carácter electivo o de confianza” y hace referencia a dignidad en masculino o femenino, pudiéramos decir “cargas públicas” (resuena a peso, a gravamen) usando, cómo no, la feminización para nombrar a sus señorías.

Si señoría la masculinizamos (no es igual "señoría" que "señorío") lo único que hacemos es cambiar de significado la palabra que se pretende masculinizar. "Señorío" hace referencia al “territorio perteneciente al señor/señora” (sic). "Señoría" es el “tratamiento que se le da a jueces o parlamentarios. Olvidaba que no se trata de masculinizar la lengua sino de feminizarla siempre que ello sea posible. El diccionario tiene muchos agujeros aun.

Me asombra que personas supuestamente cultas, incluidos periodistas y “periodistos” se lancen al agua estancada de un lenguaje inclusivo que previamente no ha sido acotado y remozado. Topamos con lacayos que se empecinan en dar vida a palabras de momento incorrectas.

De la invasión de anglicismos (no tiene nada que ver con "anglicanismo") ¿para qué hablar? En una lucha por un supuesto lenguaje políticamente correcto, día sí y día no nos están introduciendo palabros en inglés que parece suena mejor que los originales del español. ¿Ganas de lucirse? ¿Esnobismo? Por supuesto, también se usan palabras de otros rincones del mapamundi.

Aduzco dos ejemplos que son muy significativos. “Escrache” es una voz argentina y los políticos la usan porque suena más elegante y fina que "acoso". Acosar es “apremiar de forma insistente a alguien con molestias o requerimientos” (sic). ¿A que queda más fino "escrache"? Lo mismo ocurre con la palabra italiana “sorpasso” que suena mejor que sobrepasar, adelantar a alguien. También puede ser una forma de marcarse faroles.

El mal uso de la lengua se hace por motivos ideológicos cargados de ignorancia. Con un lenguaje “inclusista”, término que tampoco existe de momento, salvo que lo saquemos de la inclusa y entonces será un expósito. "Inclusivo" o "inclusiva" sí que tienen capacidad para incluir como consta por su significado.

Termino. El empoderamiento de la mujer no se conseguirá jugando al “veo, veo” con los vocablos ni con la paridad en los ministerios o en las juntas directivas de empresas. Dicha igualdad es algo más importante y profundo que un encalar la fachada y desde luego no se trata de un “sorpasso” (no se refiere a una monja “sor passo”) como si participáramos en la vuelta ciclista a Francia. Hay que empoderar a la mujer. ¿Verdad que dicho así suena algo mal?

PEPE CANTILLO

30 de agosto de 2018

  • 30.8.18
En un artículo anterior decíamos que la indiferencia empobrece al indiferente, hace que se encierre en sí mismo generando incomunicación. Quede claro que de la indiferencia no puede brotar el entendimiento entre las personas y, como consecuencia directa, falla la comunicación, factor básico en nuestro con-vivir diario.



Mal que nos pese, somos seres sociales que necesitamos de los demás, aunque a veces parezca lo contrario. A través del intercambio y de las relaciones interpersonales, los humanos nos enriquecemos. El diálogo y la escucha activa son armas valiosas para luchar contra la indiferencia, contra cualquier muro que nos separe mientras que el odio es una vil empalizada donde masacramos a nuestros iguales.

Dicho murallón solo puede derribarse si somos capaces de abrirnos a lo que nos puedan transmitir los demás. No olvidemos que el diálogo es un valor propio de personas sabias y maduras que quieren crecer, que no viven deseando el mal ajeno. Transmitir odio es manifestar un sentimiento negativo que desea el mal por el mal.

El lenguaje del odio no es de hoy ni de ayer, viene de muy lejos. Hasta hace poco se decía que en España, la lacra, esto es, el “vicio físico o moral que marca a quien lo tiene” (sic), era la envidia, pecado capital que nos caracterizaba ante la opinión de los demás. A estas alturas del siglo XXI tengo serias dudas sobre dicha afirmación.

Creo que el odio va ganando espacio a pasos de gigante y se extiende como mancha de aceite en la política, rebotando a la vida diaria. Un odio que no tiene color, puesto que es tanto de izquierdas como de derechas; un odio que parece querer destruir una sociedad que habíamos creado con un esfuerzo ímprobo, donde se suponía que cabíamos todos. Un odio que nos llevó a una maldita guerra “incivil” que ahora pretendemos resucitar.

Quienes hicieron y sufrieron dicha guerra ya están casi muertos; los que vinimos detrás parece que una losa de silencio “impuesta tácitamente” por los mayores hizo borrarla de nuestros registros y los más jóvenes ni tan siquiera sabían nada de ella. La esperanza colectiva quería soltar amarras para seguir hacia horizontes abiertos al ancho mundo.

Y nos sumamos al resto de Europa en una aventura comunitaria porque había que pasar página, salir de la pobreza más cruel, aquella que fue causada por una mísera e infeliz destrucción fratricida. Unos emigran para comer; otros se quedan restañando heridas.

Transcurrieron años duros para un pueblo domeñado por la escasez y las botas de los vencedores donde el estraperlo y la pobreza hacían camino. Pero queríamos sobrevivir. Algo más tarde, muchos de nuestros hijos vuelan en el avión cultural “Erasmus” para estudiar fuera. La senda estaba abierta por nuestra emigración. Poco a poco dejamos de lado el solipsismo de “Juan Palomo” y, roto el aislamiento, saltamos a la globalidad de una Europa que también emergía del rencor.

El criterio asumido era rebasar de una vez por todas ese manido “Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como”, expresión cargada de egoísmo aunque, en el mejor de los casos, se pueda aceptar como muestra de autosuficiencia. Es cierto que dicho refrán encierra un pensamiento moral que ratifica la postura de quien lo dice o a quien se le aplica.

Unos dicen que tal expresión procede de la poesía satírica de Quevedo, uno de los mejores escritores del llamado Siglo de Oro de la literatura española. Otra referencia le atribuye el nombre y la fama a un bandolero de los llamados “Siete Niños de Écija” –que ni todos eran ecijanos ni eran siete–. El tal Juan Palomo dicen que era amigo del bandolero José María El Tempranillo.

Para otros, el origen de dicho refrán, según los entendidos en proverbios, hace referencia a cierto gobernador que, procedente de la India Oriental, llega a España a finales del siglo XIV y al que el rey Juan I de Castilla le concede la “Orden de la Paloma", por lo que popularmente pasó a llamarse Juan Palomo.

Decía líneas más arriba que no solemos desear el mal de los otros. Matizo porque dicha afirmación no siempre es verdad. En nuestro mundo actual, vomitar “injurias, dicterios, maldiciones” en las redes contra las personas se ha convertido en el deporte nacional. ¿O debo decir estatal por aquello de las confederadas multiespañas? ¡Ojo al tropezón!

Los últimos meses han sido ricos y fructíferos en “dimes y diretes”, en comentarios y cotilleos mordaces, hirientes contra personas, en circunstancias en muchos de los casos sin fundamento, por el placer de herir. Usamos las redes porque, como es obvio, permiten el anonimato al no dar la cara. ¡Viva la valentía!

Sobre todo contra esas personas con las cuales no comulgo políticamente. ¿Cuánta malquerencia hemos babeado en los últimos meses (años) deseando lo peor de lo peor a esos prójimos cuyo ideario no me gusta? Y esto solo acaba de empezar, aunque viene de lejos y solo hemos resucitado una mínima parte del problema. ¿Pesimismo? Es posible.

Para unos, los odiados, el olvido y para otros, los queridos, el recuerdo. En síntesis, quien lo pasa mal es dicho escupidor o escupidora porque cría “amargura, aspereza o desabrimiento”. Así se entiende que la hiel les aumente a pasos de gigante. Y lo más importante: ¿cuánto tiempo nos queda para dejar de babosear?

Y lo peor de todo este embrollo, entendido como “situación embarazosa, conflicto del cual no se sabe cómo salir” (sic), es que seguimos tirando mierda a los cuatro puntos cardinales. Me refiero a ese país llamado España donde unos pocos tiran piedras a los tejados ajenos porque les da la gana, o porque quieren masacrar a cualquiera que se les ponga por delante o en contra de sus ideales y/o símbolos.

¡Ojo! ni se te ocurra apedrear sus tejadillos porque, entonces, serás tildado de "tirano" y acusado, cuando menos, de "facha" y "antidemócrata". Qué fácil es jugar con las palabras cargándolas de pólvora. Son tan sufridas…

No olvido que todos podemos opinar, que somos libres de hacer uso de ese derecho. Pero recuerdo que si al hacerlo ofendemos, mal-queremos, despreciamos, juzgamos y, a la par, condenamos alegremente, estamos cometiendo una grave injusticia contra el honor, contra la fama o contra la integridad moral del otro. Opinar es muy fácil; ser respetuoso y justo, ya es harina de otro costal.

Muestra de ello son las vomiteras que encharcan las redes con determinadas peroratas –ejemplos recientes hay “a mogollón”– o ante determinados asuntos, unos políticos (el color ya no importa aunque la inquina nos haga disparar mas mierda contra unos colores que contra otros) o sociales, deportivos o festeros, donde la vomitera es nauseabunda.

Insultamos con asombrosa facilidad; injuriamos a “cara de perro” de forma dura y cruda porque el anonimato, terreno fangoso para valientes adalides de lengua bífida, tripartita o “cuatribarrada” permite bombardear al contrario. Y seguimos machacando a quien sea con nuestras sabias opiniones.

Por desgracia para todos, aquí no hay buenos o malos. Hay personas con sentido común o eunucos mentales (castrados, capados). Necios ocultos tras el burladero de la cómoda guarida que les permite escupir contra vivos y muertos, niños y mayores, inocentes y culpables y, en caso de no ser culpables, los juicios paralelos conseguirán que lo sean.

Odio la violencia, venga de donde venga. Creo en la convivencia que no siempre es un jardín de rosas, pero que tiene más ventajas que inconvenientes. Que nos necesitamos unos a otros porque, como seres sociales, vivimos en compañía. Si olvidamos estas premisas hay que recordar el refrán que deja claro aquello de “arrieros somos y en el caminos nos veremos”.

Una sugerencia. He terminado la lectura de un libro que me ha llegado a lo profundo del sentir. A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España, editado por Libros del Asteroide (Barcelona, 2017, décima edición). Su autor es Manuel Chaves Nogales, un sevillano y partidario de Manuel Azaña que era periodista en plena Guerra Civil. El libro se redacta entre 1936 y 1937 y se edita en Chile este último año. Hay que pensarse lo que dice.

Copio literalmente: “Impresionante testimonio de la Guerra Civil donde denuncia las atrocidades cometidas por ambos bandos con una lucidez sorprendentemente adelantada a su tiempo”. Y Muñoz Molina dice: “Chaves Nogales es el hombre justo que no se casa con nadie porque su compasión y solidaridad están del lado de las personas que sufren”.

El mismo Manuel Chaves dice en el prólogo: “mi única y humilde verdad era un odio insuperable a la estupidez y a la crueldad (...). Vi entonces convertirse en comunistas fervorosos a muchos reaccionarios y en anarquistas terribles a muchos burgueses acomodados. La guerra y el miedo lo justificaban todo”. Estos dos pensamientos me han dado que pensar.

PEPE CANTILLO

16 de agosto de 2018

  • 16.8.18
Estamos en pleno verano. El calor cada año nos parece que es más fuerte y, por tanto, más insoportable. ¿Cambio climático? Desde luego, el panorama no se presenta como muy prometedor en cuanto a grados de calor y lluvias que parecen caprichos directos de dichos posibles cambios. La importancia del tema que ofrezco es grande, aunque depende del rasero (nivel) cultural de cada cual.



Ante enseres públicos, bancos de jardines, fachadas de edificios públicos o privados, siempre suele haber un maltrato de dicho material. ¿Razón? Es público, es de todos y puedo hacer lo que me plazca, incluso puedo romperlo, pintarlo o maltratarlo y usarlo como quiera. El uso-abuso de lo público depende de las posibilidades del personal para poder meter las manos en el pastel.

A nivel popular o al más alto nivel, lo público es de todos. Pintadas sin gracia ni arte en edificios públicos o privados detectan que por allí han pasado unos vándalos que se sienten artistas estrujando un bote de spray. El tipo de edificio da igual. Abarca desde una moderna marquesina de autobús, a una pared anodina o a un edificio con antigüedad y solera artística o a una talla en piedra del siglo XII como es el caso de Santiago. Total, piedras viejas.

Que dichas piedras tienen historia, pues peor para ellas, parece ser que piensan estos genios callejeros. Efectivamente, hay que darles la razón. Son unas piedras pero con historia ¡melón! (mameluco). La cultura del maltrato parece estar muy arraigada en un sector joven del personal.

Monumentos como palacios, iglesias, estatuas, restos de otros momentos culturales o de la época de Maricastaña sufren el paso del tiempo y la desidia del personal. Da igual que puedan tener o no valor como obras de arte. Otro lugar con cierta atracción para la creatividad eran los vagones de los trenes de cercanías. Caprichos del “arte”.

¿Razones de tal desacato? Lo público siempre ha sido minusvalorado precisamente por ese malentendido sentido de propiedad diluida (comunitaria). Cada vez aumenta más la presencia de dichas incultas pintadas como muestra de talento de ese ramplón “arte grafitero” que tatúa la piel de edificios sin el menor miramiento.

Indudablemente dichos “Picassos” dejan su huella porque se supone que quieren pasar a la posteridad artística. Aclaro que me refiero a ese tipo de pintadas burdas, groseras que embadurnan lo que se les pone a tiro. Vamos a lo objetivo.

Hablemos de lo interesante, positivo y de valía mundial que ofrecen los tesoros ubicados en nuestra querida tierra, aunque últimamente está siendo desdeñada y burlada por mentecatos que desprecian (más bien nos repudian) porque, según dicen, no sabemos ni hablar. ¡Cuánto paleto “curto” hay por el mundo…!

Como botón de muestra hago referencia a Córdoba y a Medina Azahara. Hay muchos más lugares en nuestra querida Andalucía. Hace muy poco, dicho conjunto histórico-artístico ha sido declarado bien de Patrimonio Universal. Dicho así podemos pensar que no tiene mayor importancia. Córdoba ya estaba entre las ciudades andaluzas que destacan por su patrimonio artístico. Hagamos un rápido recuento de dichas joyas.

En Granada, la Alhambra, el Albaicín y el Generalife; en Sevilla, la catedral, el Archivo de Indias y el Alcázar; en Córdoba, la Mezquita, el Centro Histórico y, ahora, Medina Azahara; en Jaén, los conjuntos renacentistas de Úbeda y Baeza; en Málaga, los Dólmenes de Antequera. Huelva nos brinda el maravilloso Parque Nacional de Doñana (por desgracia, el fuego lo ronda desde hace algún tiempo) que, en estos días, ha sido centro de encuentro político al más alto nivel.

Envolvamos tales tesoros con tres perlas del Patrimonio Cultural Inmaterial como el Flamenco, la recuperación de la impoluta cal artesanal que embellece a Morón de la Frontera y los floreados Patios cordobeses que enamoran al visitante. Córdoba, sultana y mora, es la única ciudad que tiene en su haber cuatro joyas declaradas.

La importancia de estos tesoros hace que nuestra querida Andalucía sea visitada por mucha gente. A ello hay que añadir el cortés encanto de sus habitantes, la centenaria hospitalidad, la buena y variada comida y cómo no, los vinos generosos que no envidian a nada ni a nadie. Hay muchos lugares para citar, urbanos o rurales.

En nuestra desdeñada España hay infinidad de patrimonio histórico que es visitado por gran número de turistas, tanto extranjeros como nacionales. Oigo decir, con cierta frecuencia, que a los visitantes sólo les interesan el sol y las playas. Lamento tener que llevar la contraria a dichas personas que además, a veces, se las dan de cultas. ¿Y qué podrá decir el moderno grafitero pintamonas?

Tal riqueza significa aumento de visitantes que pasarán para disfrutar de sus monumentos y que, indefectiblemente, dejarán ingresos económicos en la hostelería, en objetos de recuerdo y, sobre todo, se llevarán en su equipaje artístico-emocional el recuerdo de ciudades hospitalarias, gentes acogedoras, rincones encantadores por el arte o por las flores que decoran la ciudad. También puede que recuerden, con algo de incomodidad, el calor de nuestra tierra, sobre todo en verano, pero eso ya pasó.

Con cierto malestar hay que citar el último descalabro de barbarismo acaecido en Santiago de Compostela, cuya catedral también es un tesoro del Patrimonio de la Humanidad. El valiente desacato ha consistido en pintarrajear una estatua del siglo XII.

¿Razones? Desde no estar de acuerdo con el arte que rezuma todo el conjunto de la catedral porque es católica, o porque son muy feas las figuras o porque me sale de los “huevos” y la pintarrajeo como quiero. Eso sí, a escondidas, como lo hacen todo los valientes, ya sean fachas, progresistas, ateos o antiarte (incultos).

Estamos ante un patrimonio que nos pertenece a todos y que engrandece la ciudad donde ese magnífico arte esté. Mi perorata no se centra en ideas ni religiosas ni políticas. Admiro el arte del color que sea y respeto sus manifestaciones. Dicho arte es irrepetible. Pero no puedo obviar la falta de civismo pues, caso contrario, ya no queda excusa para respetar nada. ¿Por qué tengo que respetar a personas, arte, cosas…?

De la mano de un mensaje de la Policía entré en Twitter. La pestilencia del estercolero, sumada al calor medioambiental, hacía irrespirable e inaguantable seguir. ¡Lamentable! La mayoría de entradas daban pena “confundiendo el culo con las témporas”.

La respuesta podría traducirse por "¿a mí qué mierda me importa esa estatua de piedra? ¡Hay asuntos más importantes y no se resuelven!". Dichos tuits carecían del más elemental civismo y el respeto había sido asesinado por la grosería.

PEPE CANTILLO

2 de agosto de 2018

  • 2.8.18
Para el fanático, sea culto o zoquete, solo vale su verdad. Está tan repleto de ignorancia que nunca admitirá que los demás tienen parte de verdad. Tanto en política como en religión, dicha creencia genera odio, rencor como moneda de cambio y el final será la violencia contra quien no acepte su verdad. Lamentable pero cierto.



El antídoto sería la tolerancia basada en “el respeto a las ideas y a las creencias de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias” (sic). Dicho así suena bien, maravilloso, diría yo. El problema es llevarlo a la práctica, aceptar que existan ideas políticas y creencias religiosas contrarias a las que posee o deja de poseer cada cual.

Fobias y filias están radicalizándose en nuestro entorno. Si hablas mal y en contra de emigrantes que se establecen entre nosotros eres un insensato sin corazón, eres un xenófobo, según algún dirigente político.

Ha surgido una fuerte hispanofobia desde distintos frentes y los progres callan. Por aquello de lo correcto y mil razones más, a dichos progres se les llena la bocaza de una islamofilia tan apabullante que hasta dejan sin habla a quien esté a su lado.

La comunidad musulmana aumenta a buena velocidad. Las personas venidas de las Américas son muchos. Nosotros, razones varias, hemos congelado el nacimiento de críos, ellos pasan a ser familia numerosa. Pensemos un momento en este dato, simple y llanamente como referencia a un futuro próximo.

Grandes contradicciones mueven a nuestros representantes políticos. Desprecian a unos a la par que doran la píldora a otros. Me refiero a una serie de agravios comparativos que, en la mayoría de casos y circunstancias, no llegan al gran público. Tocaré distintos palos que espero queden engarzados debidamente.

Empecemos por la cabeza. Una moción de censura da el poder al PSOE. Así tenemos un presidente de Gobierno legal pero no salido de las urnas. Democráticamente estamos en una situación anómala. Las posibilidades de continuidad son pocas. Sanchez anunció que las elecciones generales serían "cuanto antes". No tarda en mover ficha, cambia de opinión y anuncia que terminará la Legislatura. La idea es resistir en el poder más allá de lo razonable y así se culminaría este mandato. Siguiente paso.

Estamos a las puertas de una nueva Ley de Educación si le da tiempo al Gobierno para llevarla a término. Ya han aparecido varias cuñas avisando de algunos cambios que ven necesarios. En el mejor de los casos, dicha ley, amén de enterrar a la actual que nació muerta y ya huele, ¿será laica realmente?

Hace bastante tiempo que muchos profesionales venimos sugiriendo, en reuniones de todos los colores, que la asignatura de Religión debe salir de la escuela. Idea que parece estar presente en el Gobierno actual. Si sirve de algo, ya estuve a las puertas de ganarme un expediente por defender en distintos claustros de profesores la opción de sacar la religión de la escuela. En dicho momento trabajaba como asesor de profesores.

La idea es simple: se trata de que definitivamente la escuela sea laica y que cada una de las religiones vigentes adoctrinen a sus fieles como mejor les venga en gana y donde estén más cómodos. Soy consciente de que este planteamiento tiene muchos detractores. Si analizamos fríamente, quizás lleguemos a entender que es una de las soluciones para evitar una escuela religiosamente prisionera. Otro pasito adelante.

El mundo musulmán está moviéndose por Occidente, digamos que de forma tranquila. Salvo y por desgracia, los nefastos atentados realizados por fanáticos cuya finalidad, de momento, no es convertirnos al Islam sino acongojar (acojonar) al resto del personal. ¿Hasta cuándo? De momento ya se reclama comida “halal” en el cole, enseñanza del Islam y cementerios musulmanes.

Los musulmanes aumentan día a día y sus hijos, nacidos entre nosotros, tienen derecho a ser escolarizados y a que se les explique su religión. ¿Dónde? Los cristianos, sean católicos, protestantes o testigos de Jehová, tienen derecho a catequizar a sus feligreses más jóvenes. ¿Dónde? Los judíos que viven entre nosotros, muchos o pocos, están en las mismas circunstancias ¿Dónde? La respuesta es tan simple y obvia que no hace falta ponerse gafas para leer.

¿Solución? La escuela debe ser laica y, por tanto, ha llegado el momento de decir adiós a la clase de Religión Católica en nuestras escuelas públicas. Los centros privados pueden hacer lo que estimen oportuno. Simplemente, es lo que dicta el sentido común.

“La Comisión Islámica de España alerta que denunciará al Gobierno valenciano si no implanta su religión en los colegios”. Mucho ha tardado la bomba en explotar. Nos guste o no, llevan razón. Supongo que solo abogan por tener Religión Islámica para los alumnos de dicha religión. La trifulca está servida y era cuestión de tiempo (corto) que saltara a la calle, de ésta a los respectivos gobiernos comunitarios y de éstos a los tribunales ¿Alguien da más?

Todo este discurso –pensará algún lector– es ilógico. En sus países de origen, a cualquier otra religión no se le permite ni asomar la nariz. El inventario de agravios comparativos puede ser largo pero es lo que hay. Lo injusto está en que desde determinados sectores políticos se arrinconan y se prohíben actos religiosos de católicos (fobias), mientras que se hace gala de una simpatía especial para musulmanes (filias). ¿Esnobismo? ¿Modernez? ¿Actualismo? ¿Progresismo encantador?

Si no queremos enfrentamientos, y debemos no quererlos por puro egoísmo, la solución pasa por no favorecer a unos y arrinconar o despreciar a otros. Si una religión disfruta de campo libre para ser explicada a los escolares dentro de una democracia, las demás se hallan en la misma situación de legitimidad y pedirán ese derecho.

La duda y el planteamiento vienen de lejos. Bastaba ser algo perspicaz para barruntar que el problema no tardaría mucho en aparecer y ya ha aflorado en la Comunidad Valenciana. El tema lo dejo en el aire para septiembre, cuando empiece el nuevo curso y el panorama político esté perfilado. ¿Nueva ley educativa? Cada protagonista quiere ser recordado por su paso por el poder.

Partía de que no queremos agravios comparativos, ni actitudes de filia para un sector y rechazo poniendo la zancadilla al otro sector de la población. De dicho enfrentamiento surgen las actitudes fanáticas por ambas partes. El fanatismo como “apasionamiento y tenacidad desmedida en defensa de creencias u opiniones, especialmente religiosas y políticas” (sic) deja muertos en las cunetas. Doy otro paso para completar este embrollo.

La idea me la ofrece un titular de prensa referido a la avispada alcaldesa de Barcelona. Es lista, “hábil para sacar beneficio o ventaja de cualquier situación” (sic), en este caso favoreciendo a los musulmanes y dejando de lado a los cristianos, a los que parece que detesta o le molestan.

Partiendo de esta frase última ya se puede barruntar un posible enconamiento y una cierta fobia (razonable o no) sumada a una clara filia. Favorecer a unos y despreciar a otros no es buen camino. El problema está encima de la mesa y escuece.

Me explico. “La susodicha alcaldesa gastó dinero público (recordemos que es de todos) en la celebración del Ramadán”. ¿Cuánto? Es lo de menos, o quizás no. Gastó en unos folletos para tal evento, amén de otras bagatelas, 6.000 euros, que son calderilla comparados con otros “affaires” llevados a término por los políticos. Al fin y al cabo, el dinero público no es de nadie…

Detalle para agradecer a tan maravillosa persona. El dinero es público pues ha sido proporcionado por el Gobierno español. Los folletos se publican en catalán (elemental), en urdu, árabe y wólof (ver nota a pie de texto), menos en español porque no cabía en dichos opúsculos, aunque sea el pagano (quien paga). Agravio comparativo e hispanofobia.

Es normal que reclamen estos servicios. Lo que no es normal y clama justicia es que se haga con el dinero de los que son torticeramente declarados enemigos y a los que se les niega el pan y la sal. Se ha “colau” bien colada. Hasta el corvejón.

Este tipo de personas suavonas, educadas, progres  –“de ideas avanzadas” (sic)– a más no poder, están contra las fobias, contra la marginación, o la violencia, contra el acoso a quien sea (escrache, señor). Islamofobia, no gracias. Cristianofobia, bueno, sin exagerar. Hay que estar abiertos a todo tipo de pensamiento político y religioso.

Breve nota sobre las lenguas reseñadas: El urdu, lengua oficial en Pakistán, lo hablan 40 millones y en la India es hablado por 50 millones más. El árabe es idioma oficial en 26 países, es el más hablado en el mundo y es lengua oficial en Naciones Unidas. Su influencia en el castellano es importantísima. El wólof, por su parte, es una lengua nativa de la etnia wólof que se habla en Senegal y Gambia.

PEPE CANTILLO

19 de julio de 2018

  • 19.7.18
Supongo que a la mayoría de lectores les suena la frase “entre Pinto y Valdemoro”. Ambos son pueblos de Madrid. En Internet aparecen diversas explicaciones del significado de dicha frase que intento resumir en pocas palabras. Los límites de ambas poblaciones dicen que los marca un arroyo. Un borracho saltaba de una orilla a la otra gritando “ahora estoy en Pinto y ahora en Valdemoro”; pero se cae al agua y dice “ahora estoy entre Pinto y Valdemoro”. Supongo que el contacto con el agua le despejó la cogorza que seguro que llevaba.



Otra explicación la da el historiador Gonzalo Arteaga. El origen de la frase se remonta, según él, al siglo XIII, como consecuencia de un pleiteo de tierras entre Madrid y Segovia. El rey Fernando III resuelve el asunto asignando Pinto a Madrid y Valdemoro a Segovia y mandó marcar la linde con mojones, algunos de los cuales existen aun.

Otra versión apunta que existía entre las dos poblaciones un asilo para personas con algún tipo de demencia y que la expresión original se usaba como sinónimo de “estar loco”. Otros datos apuntan a la bondad del vino de la zona y al pique por sabes cuál de ellos es el mejor.

Otra versión sostiene que ambas poblaciones son de origen musulmán y una fue conquistada por Alfonso VI después que la otra. El dicho surge de la convivencia entre musulmanes y cristianos. Otra versión apunta a que uno de los reyes, de camino a Aranjuez, solía parar en una casa de mala reputación y si alguien preguntaba dónde estaba el rey, la respuesta era “entre Pinto y Valdemoro” para no citar el lupanar.

En la práctica, actualmente solemos usar esta expresión cuando queremos dar a entender que algo no está lo suficientemente claro como para optar por A o por B, lo que nos lleva a una situación embarazosa. ¿A qué viene este galimatías? La respuesta la uno con Valdemorillo y entenderemos rápidamente el título y las explicaciones que le siguen.

Valdemorillo está hacia el norte de la provincia y a bastantes kilómetros de Pinto. Cuento esto en relación con el pelotazo y las irregularidades que han saltado estos días a la actualidad a costa del uso y abuso del manejo de dinero público. Recordemos que dicho dinero, según muchos políticos, es de todos y se puede hacer con él lo que se quiera.

Me refiero a la trama con el sugerente nombre “Enredadera” que aglutina a una amplia cantidad de pueblos y ciudades repartidos por buena parte de la geografía española. El dinero puede volar pero si los responsables de dicho capital público le ponen alas. En este caso le han puesto alerones de alta resistencia.

¡Enredadera! Buen nombre para calificar un embrollo de irregularidades, favores, sisas por doquier... Se pone en marcha una macrooperación contra una trama que manipuló licitaciones para adjudicar contratas en decenas de municipios para poner semáforos, radares, aplicaciones informáticas para dirigir el tráfico rodado, cámaras de control...

Estamos ante un chanchullo más que amañó adjudicaciones publicas en mas de 40 ciudades y pueblos de todo el país para favorecer a una filial del grupo Sacyr. Los ayuntamientos implicados están gobernados por PSOE, PP y Ciudadanos. Aunque a estas alturas no nos sorprende ya nada, en este caso sí es posible sorprenderse algo.

Novedad y curiosidad. Según datos, estaríamos ante el primer caso de corrupción municipal que afecta también al casi recién llegado y bautizado grupo político de Ciudadanos en la persona de algunos dirigentes de dicho partido. Como botón de muestra, el alcalde de Arroyomolinos, que está implicado, pertenece a Ciudadanos.

Corrupción, vicio, depravación… Hay muchas otras palabras sinónimas. Solo una me alarma: "inmoralidad" porque, a estas alturas, ya ni nos sorprende el escándalo montado. Total, uno más…Entre los ayuntamientos implicados está Pinto y Valdemorillo lo que explica la licencia que me he permitido jugando con el dicho que da título a estas líneas. Valdemoro no tiene nada que ver, que sepamos, en este “fregao” de listillos.

El dinero público no es de nadie y se usa para lo que haga falta, por supuesto a criterio de la autoridad competente. Los implicados no han robado ese dinero público, solo han puesto la mano para recibir regalo o han pegado una mordida exigiendo parte de dinero en lo que se viene llamando una mordida.

Los que han obtenido las contratas de semáforos o cámaras de control de tráfico o radares han inflado el importe total para poder “pagar” (agradecer) a los funcionarios, cargos, jefes de policía … que han hecho posible el negocio. “La empresa pagaba religiosamente las respectivas comisiones a políticos y policías locales”, dice la prensa.

Es cierto que el político, el policía, el funcionario que tiene que hacer los informes no toca dicho dinero pero la mordida va adelante y, en su momento oportuno, pasará a manos de estos probos (perdón, inmorales) colaboradores desde dentro. ¿Quién pierde? No lo dudemos, el erario, puesto que dichas mordidas revierten en el precio final de la operación. Y todos contentos.

El rosario de fechorías es bastante amplio: fraude y prevaricación administrativa, uso de información privilegiada, malversación de dinero público, tráfico de influencias, cohecho y falsedad documental, alteración del precio de concurso… Aun se podrían añadir algunos calificativos más fuertes.

¿Consecuencias que podemos sacar de todo esto? La cúpula de Ciudadanos suspende de militancia a sus tres cargos detenidos en la redada. Según datos de prensa, se trata de Carlos Ruipérez, alcalde de Arroyomolinos (Madrid), el asesor Sadat Maraña (curioso apellido) y el diputado Juan Carlos Fernández, ambos de la Diputación de León. Si hacemos una comparación fuera de tiesto, hay que tener en cuenta lo jovencito que es dicho partido y lo pronto que ha aprendido.

Hace unos días salta una liebre más de las muchas que pueden estar esturreadas por los campos de este país. ¡Oh, sorpresa! La Diputación de Valencia sigue teniendo fraudes, engañifas, gatuperios o chanchullos... En este caso, el trapicheo viene por parte de PSOE y Compromís. No en vano, se lee en la prensa: “Detienen el 27 de junio al presidente socialista de la Diputación de Valencia, Jorge Rodríguez, por corrupción junto a cinco personas más”.

Todos han sido puestos en libertad con cargos. Los chanchullos en dicha Diputación ya tienen historia y Divalterra, la empresa pública dependiente de la Diputación, tiene larga historia de corrupción tanto ahora con socialistas y Compromís como cuando se llamaba Imelsa y estaba bajo la tutela protectora del PP. Es decir, no hay nada nuevo bajo el sol.

PEPE CANTILLO
FOTOGRAFÍA: BLOG DE PALOMA TORRIJOS

28 de junio de 2018

  • 28.6.18
El asunto de hoy está ya muy baqueteado, hemos oído mil pareceres sobre el mismo y todos hemos ofrecido infinidad de salidas, unas racionales, otras descabelladas. Todos opinamos, estamos en nuestro derecho, pero las soluciones no afloran. La ley parece caminar muy lento y el ciudadano de a pie, que somos la mayoría, se desespera cada día un poco más.



A pesar de los pesares y aunque sea una pauta de comportamiento extendida en nuestro entorno, robar es un palabro gordo. Hasta no hace mucho, cuando se decía de alguien que era un ladrón, máxime si ocurrían los hechos en una colectividad muy reducida, el interfecto perdía la credibilidad, la confianza y era malmirado por los que le rodeaban.

Maticemos algo el verbo "robar". En el juego de dominó, cuando hay que coger ficha, te dicen: "¡roba!"; en el de cartas, también. ¿Es una orden subliminar para futuros jugadores en la vida real? Referido a las circunstancias sociopolíticas en las que nos movemos, robar consiste en “tomar para sí lo ajeno, o hurtar de cualquier modo que sea” (sic).

Robar, lo que se dice robar, lo practican los ladrones, los rateros, gente sin respeto por los bienes ajenos; vamos, los ladronzuelos de poca monta. Otro cantar más serio se da cuando quien saquea tiene responsabilidad en la sociedad, ya sea funcionario, político, o enchufado. Vamos, que no es un chiquilicuatre.

Informaciones de prensa dicen que en este país de las mil y unas noches se roba menos, es decir, han disminuido los hurtos de poca importancia. ¿Seguro? Me atrevo con algún ejemplo suelto y de poca monta, aunque poco se habla de ello.

Las circunstancias parecen desmentir dicha afirmación de prensa. Cada vez pagamos con más frecuencia fuera de la ley (en negro). Puenteamos la luz y el agua, toreamos el IVA siempre que podemos, en negro mal pagamos y explotamos los servicios de una persona asistente, normalmente inmigrante, bien para cuidar enfermos, o mayores que no se valen, o para limpiar la casa... Dichos pagos van en contra del erario. Por tanto, todos sisamos aunque a todos nos sepa mal.

Otra explicación opuesta. En determinado supermercado, la fruta y verdura antes la pesaba el cliente, ahora se pesa en la caja registradora al salir con la compra. La noticia alude a hurtos de poca valía. Robos al fin y al cabo.

El motivo es muy simple. Algunas personas, listillas ellas, una vez pesada la mercancía rellenaban la bolsa con mas género, que obviamente ya no pasa por el peso. ¿Lo hacen por necesidad? El barrio es de nivel medio tirando a un poco a alto. No me lo contaron.

De cuando en cuando, alguien afana al descuido un perfume por el placer que produce dicho riesgo. Es posible que la persona birladora sea cleptómana, es decir “que padece cleptomanía y tiene propensión morbosa al hurto” (sic). Quien se apropia de lo ajeno goza del contundente calificativo de ladrón (y no porque ladre).

El latrocinio carece de ideología, de sexo y pasa de religión aunque alguno se dé golpes de pecho cada vez que entra en su iglesia, si es que tiene alguna. Un ilustre condenado lo primero que preguntó al entrar en chirona fue por la hora de la misa en dicho centro.

Un “mea culpa”, unos golpecitos de pecho y confieso que he pecado. Nos enfrentamos a una lacra, es decir a un “vicio físico o moral que marca al que lo tiene” (sic), presente en los humanos. Más de los que quisiéramos.

Por los datos que van saliendo, parece que la puerta de la cárcel se está franqueando. ¡Ya era hora! Es necesario limpiar la casa para poder vivir. Aun así, hay muchos sujetos repartidos por el país que no la pisaron y puede que con lo lenta que va la locomotora de la justicia, no la pisen (la cárcel) por defunción de la vida o de las leyes.

En toda esta camarilla de bandoleros de negras sierras morenas no se salva ni “el apuntaor”. Los hay de casta y raigambre, tanto de ideas políticas como religiosas; los hay nacidos de idearios de igualdad, solidaridad, honestidad e integridad moral, defensores de unos valores pensados por y para el bien común. Pero si se tercia…

Estos bandarras han causado mucho daño, pues al parecer, una vez olida la flor del dinero, y por solidaridad, por mimetismo, por no desentonar con el resto, porque ya que estoy aquí, porque no digan aquello de “tonto el último”, y por tantas y tantas razones más, siguieron el juego hasta “venderse por un plato de lentejas” con chorizo.

¿Recuerdan el tema de las tarjetas? Es uno de los ejemplos que estos días han vuelto a ser noticia. Casi todos mordieron y quien no lo hizo tampoco protestó, solo dejó correr el asunto. ¿A quién le amarga un dulce? Es tan fácil corromper y dejarse engatusar... Las variables de inmoralidad son muchas.

Me atrevo a hacer un repaso de algunos casos sonados y que parece estén esperando a que se olviden de ellos (de los actores) por lo que tarda la locomotora de la justicia. Refresquemos la máquina.

En 1995 nace “Manos Limpias”. Proclaman a los cuatro vientos que “allí donde exista un delito debe aparecer alguien capaz de denunciarlo”. ¿Qué esperamos los ciudadanos? Solo justicia. Pero, poco a poco, la mugre embadurnó dichas manos.

Sonaba bien, precioso, hasta pretencioso si no fuera porque la realidad cotidiana es más contumaz. Incluso eran muy sugerentes las propuestas que proclaman como declaración de principios pero que no dejan de ser pura ironía. Qué fácil es olvidarse de lavarse las manos propias con agua y con jabón.

Otra de bandoleros. Había una vez un Centro de Estudios llamado Jordi Pujol del que dependía “Edu21” como iniciativa dedicada a la Ética y a la promoción de valores en la educación. El proyecto funcionaba “para mayor gloria de él”, adaptación libre del lema jesuítico “ad maiorem Dei gloriam”. Estamos ante “un engaño de 34 años”.

Según los entendidos en movimientos políticos, dicha corrupción se agranda y enquista cuando los partidos mayoritarios (de más cantidad de votantes) se anclan en el poder. Podemos pensar y creer –cada cual es libre– que la corrupción es solo de un partido concreto, con un color concreto. Incluso que mi partido está limpio de polvo y paja. A la hora de creer, cada cual tiene su credo y no admite padecer de cataratas o, lo que es peor, que tenga miopía (cortedad de miras).

Curiosamente, hay casos, más de uno, en los que la corrupción es multipartido. Por desgracia, el saqueo de las arcas públicas es multicolor. Basta tener ocasión para meter la mano y la tentación está servida. Por supuesto, no hace falta relatar hechos que todos conocemos. Otro tema será que queramos airear solo los del contrario por aquello de no tirar piedras al propio tejado.

La lista que podríamos adjuntar de casos achacables a los grandes partidos que se han movido en el tablero de lo público es larga. Claro que ese anclaje de unos puede dar pie (de hecho lo da) para que broten también imitadores en cualquier otro tipo de partido a la vista de que no pasa nada.

Esperemos que los múltiples casos de corrupción, relacionados con ambos partidos, se desmadejen. El PP está involucrado en 68 casos, le sigue el PSOE en 58. Deberíamos ser de profesión electricistas porque según datos de diversas fuentes, hay alrededor de 500.000 afortunados puestos a dedo, es decir, enchufados. Los datos provienen de esta reseña.

Tiene sentido que a priori, los partidos más manchados por la corrupción sean el PP y el PSOE. La explicación es simple y simplista. Ambos han gobernado sobre la mayor parte del territorio y durante más tiempo, detalle que favorece la ocasión de meter la mano en el cesto. Mientras más tiempo se esté en el poder, más posibilidades hay de escamotear, sisar, robar…

¿Qué tipo de Ética practicamos? ¿De qué valores hablamos? ¿Ironías del destino plasmadas en un doble talante? El problema reside en predicar con el ejemplo, no en sermonear. La frontera entre la honradez y la hipocresía es muy sutil. Como podemos apreciar, el tema, más que miga, tiene migajón.

Este miércoles fue detenido el presidente de la Diputación de Valencia (PSOE) junto a cinco personas por prevaricación y malversación de caudales públicos y una cierta cantidad de zombis enchufados. ¿Normal? Si partimos de que “el dinero público no es de nadie y está para que lo manejen los políticos”, puede que sí. Entre los méritos seguro que tenían un Máster en Enchufismo.

PEPE CANTILLO

14 de junio de 2018

  • 14.6.18
Entro al trapo refiriéndome al civismo. Para dicho término aparecen dos significados en apariencia distintos, pero complementarios entre sí. La primera definición lo especifica como “celo por las instituciones e intereses de la patria” (sic). Supongo que dicha explicación se nos escapa a la mayoría.



¿Razón? Creo que, en sentido amplio, no solemos aparecer muy patrioteros. Si acaso somos acérrimos defensores de la llamada “patria chica”. Sólo me atrevo a afirmar tímidamente que vivimos en un mundo abierto, ecuménico. Ello no significa olvidar los orígenes y sí tener la capacidad de acoplarnos allá donde estén las “habichuelas”.

En segundo lugar se define el término civismo como “el comportamiento respetuoso del ciudadano con las normas de convivencia pública” (sic). ¡Siempre con las normas que nos llevarán a los principios éticos que orientan la acción!

Tener principios, entendidos como “la norma o idea fundamental que rige el pensamiento o la conducta” (sic), es de vital importancia para cada persona y para un país, en este caso el nuestro, que ha sido ninguneado, que está al borde de un precipicio por circunstancias varias y la poca paciencia que nos queda desconsuela ya más de lo tolerable.

Los “principios” son juicios prácticos que derivan de la inmediata aceptación de un valor el cual hace que nos comportarnos, si somos consecuentes con nosotros mismos, con una marcada “rectitud de ánimo, integridad en el obrar” (sic). En este caso nos estamos refiriendo al valor de la honradez para consigo mismo y para con los demás.

Ahora bien, tener principios y ser consecuente con ellos no es nada fácil, máxime si el sujeto se mueve en el terreno de lo público e intenta llevar a la práctica su ideario en este caso político. Puede y debe, por imperativo moral y legal, si quiere ser consecuente, acoplarse a dichos principios. Otro cantar es que tenga claro su ideario.

Mantener la ideología como “conjunto de ideas fundamentales que caracterizan una manera de pensar” no es tarea fácil. Visto lo visto, parece más bien que el chaqueteo abunda y el venderse por un plato de lentejas está a la orden del día.

Es bastante cierto que los políticos, al menos los de nuestro entorno, se olvidan con facilidad de todo lo que habían dicho y/o prometido anteriormente cuando pertenecían al difuso mundo de la oposición. ¡Qué frágil y quebradiza es la memoria cuando alcanza el poder! Pensemos que las circunstancias no siempre permiten ir por la senda trazada.

Hago referencia a políticos en general, puesto que el mal que ataca al llegar al poder no establece diferencias entre derecha e izquierda en cuanto a la amnesia repentina que les asalta una vez en el pedestal. Sé que es sumamente difícil ser objetivos a la hora de enjuiciar las acciones tanto del enemigo como de nuestros correligionarios.

Hasta que haya elecciones generales estamos en compás de espera para disponer de un Gobierno refrendado democráticamente en las urnas. Hemos iniciado una nueva etapa política en el ruedo ibérico. Las esperanzas reflorecen y con la llegada de un nuevo Gobierno nacen nuevas ilusiones para el pueblo… ¿Dónde quiero llegar?

Invito a reflexionar sobre el favoritismo político-familiar existente en nuestro entorno. “Nepotismo” se le llama a la sustitución de los lazos familiares en lugar de los méritos, para ocupar un puesto. Hemos pasado de la “meritocracia” a la “familicracia”. Alguien pensará que me adelanto a los acontecimientos. Es posible.

Lucrarse del enchufismo ha sido frecuente en la España moderna. Posiblemente nunca haya estado tan extendido su uso y abuso como en los últimos tiempos. Coloquialmente cuando creemos que algo es bastante imposible decimos que “no caerá esa breva”. ¿Está a punto de caer?

La “breva” en dos de sus significados se define como “empleo o negocio lucrativos y poco trabajosos” y como “provecho logrado sin sacrificio” (sic) que es lisa y llanamente en lo que ha derivado dicha arbitrariedad.

El nepotismo se define como “desmedida preferencia que algunos dan a sus parientes para las concesiones o empleos públicos”; originariamente el “nepote (sobrino) era el pariente y privado del Papa”. Esta sutil práctica viene de lejos.

Dicha prebenda estará en plena efervescencia en la curia romana desde finales de la Edad Media y hasta el siglo XVII. La familia Borgia, españoles ellos, con su desmedido afán de poder, hicieron un magnánimo uso de este tipo de actividad nepótica.

Haciendo caso omiso sobre el origen del vocablo, sí que hay que subrayar su reiterada propensión en nuestro país. Dicho de otra manera, hay pocos políticos que no tengan predilección por esta querencia familiar, hasta el punto de compartir el sentir de que el Gobierno central o autonómico se ha convertido en una oficina de colocación, haciendo sombra al INEM.

El asunto no es nada baladí hasta el punto de convertirse en un cáncer con metástasis. Es decir, el problema se reparte por toda la geografía, sobredimensionado hasta términos francamente insostenibles. Dicho favoritismo es tanto autonómico como estatal.

Me atrevo a emitir un temerario juicio de valor: dado que el panorama político seguirá más o menos igual, es de suponer que tampoco se den cambios radicales en la maraña existente antes de las elecciones generales –excepción hecha del ya dimitido ministro de Cultura, el más fugaz de la democracia–. Los idealistas puede que opinen que sí.

Permítanme, en este caso, un razonable derecho a desconfiar. Mi duda es simplemente realista porque los hechos son muy contumaces. Personalmente soy un escéptico en lo tocante a la “res pública”. Estoy refiriéndome a la “cosa pública” como bien común. Es muy frecuente en el mundo político olvidarse de dónde venimos.

Puedo entender que un “equis”, familiar de un político “ene”, se “resigne” a trabajar en una ocupación pública para la que, ante todo, está demostradamente cualificado y que, además sea pariente de tal o cual ministro o presidente autonómico o director general…

Es lógico y tiene sentido que un familiar o un amigo de dicho “Ene”, debidamente capacitado porque conoce el paño en cuestión, sea llamado a consulta. Dos razones avalan este planteamiento: conoce el terreno que va a pisar y me fio de él.

Pero ¿todos los colocados desde la “Agencia del Dedo” son debidamente competentes para desempeñar el trabajo para el que han sido contratados? O ¿solamente su mérito estriba en ser marido o esposa, hermano o hermana, primo o prima, tío o tía del preboste que en ese momento dirige el Ministerio o la Dirección General de lo que sea?

El clientelismo se asociaba con situaciones no democráticas donde la corrupción estaba a la orden del día. La democracia también se embadurna de desvergüenza y se sitúa “al borde de lo inconveniente o de lo inmoral” sin que le tiemble la mano.

Donde hay poder hay clientelismo, favoritismo. “Te doy favores a cambio de lealtad”. El problema de bulto, en muchos de los casos, es que la persona fidelizada carece de talla profesional para ocupar dicho cargo. Flagrante daño al principio de igualdad.

Hace tiempo quisieron vendernos que “la Ley de Transparencia permitiría conocer a los enchufados públicos y aseguraba que se harían públicos sus nombres y apellidos y por qué se les contrató”. ¡Magnífico! Si son “enchufados” ya hay poco más que decir.

¿Se llevó a término dicho esculque? Si el actual Gobierno hace suya la idea, hay que aplaudirlo y apoyarlo por el bien de todos. El patio está muy sucio. Dado que éste parece ser el Gobierno de la “esperanza”, habrá que confiar para ver.

El problema no creo que radique en hacer pública la lista de “acoplados” sino, más bien, en justificar honradamente el por qué se les contrata y si es en igualdad de condiciones con otros candidatos; y, sobre todo, si esas personas están preparados para desempeñar dicha función (la que sea). Posiblemente haya más “peros” que aportar.

Desde luego, si una de las razones principales es que son “parientes de…”, seguiremos pensando que el nepotismo no ha desaparecido y que solo se le ha lavado la cara al hacerlo público, para más recochineo de los poderes públicos y el consabido cabreo o envidia o caridad o todo junto, del resto del personal.

En otras palabras: la Ley de Transparencia puede que aporte claridad y hasta un cierto grado de minuciosidad. En los momentos que nos toca vivir es difícil escamotear cierta información. Las redes sociales están a la que cae y si salta la liebre, pronto es capturada. El único problema es que bulos y mentiras corretean al lado de información válida.

PEPE CANTILLO


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