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Mostrando entradas con la etiqueta Desde el Llanete de la Cruz [Pepe Cantillo]. Mostrar todas las entradas
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30 de agosto de 2018

  • 30.8.18
En un artículo anterior decíamos que la indiferencia empobrece al indiferente, hace que se encierre en sí mismo generando incomunicación. Quede claro que de la indiferencia no puede brotar el entendimiento entre las personas y, como consecuencia directa, falla la comunicación, factor básico en nuestro con-vivir diario.



Mal que nos pese, somos seres sociales que necesitamos de los demás, aunque a veces parezca lo contrario. A través del intercambio y de las relaciones interpersonales, los humanos nos enriquecemos. El diálogo y la escucha activa son armas valiosas para luchar contra la indiferencia, contra cualquier muro que nos separe mientras que el odio es una vil empalizada donde masacramos a nuestros iguales.

Dicho murallón solo puede derribarse si somos capaces de abrirnos a lo que nos puedan transmitir los demás. No olvidemos que el diálogo es un valor propio de personas sabias y maduras que quieren crecer, que no viven deseando el mal ajeno. Transmitir odio es manifestar un sentimiento negativo que desea el mal por el mal.

El lenguaje del odio no es de hoy ni de ayer, viene de muy lejos. Hasta hace poco se decía que en España, la lacra, esto es, el “vicio físico o moral que marca a quien lo tiene” (sic), era la envidia, pecado capital que nos caracterizaba ante la opinión de los demás. A estas alturas del siglo XXI tengo serias dudas sobre dicha afirmación.

Creo que el odio va ganando espacio a pasos de gigante y se extiende como mancha de aceite en la política, rebotando a la vida diaria. Un odio que no tiene color, puesto que es tanto de izquierdas como de derechas; un odio que parece querer destruir una sociedad que habíamos creado con un esfuerzo ímprobo, donde se suponía que cabíamos todos. Un odio que nos llevó a una maldita guerra “incivil” que ahora pretendemos resucitar.

Quienes hicieron y sufrieron dicha guerra ya están casi muertos; los que vinimos detrás parece que una losa de silencio “impuesta tácitamente” por los mayores hizo borrarla de nuestros registros y los más jóvenes ni tan siquiera sabían nada de ella. La esperanza colectiva quería soltar amarras para seguir hacia horizontes abiertos al ancho mundo.

Y nos sumamos al resto de Europa en una aventura comunitaria porque había que pasar página, salir de la pobreza más cruel, aquella que fue causada por una mísera e infeliz destrucción fratricida. Unos emigran para comer; otros se quedan restañando heridas.

Transcurrieron años duros para un pueblo domeñado por la escasez y las botas de los vencedores donde el estraperlo y la pobreza hacían camino. Pero queríamos sobrevivir. Algo más tarde, muchos de nuestros hijos vuelan en el avión cultural “Erasmus” para estudiar fuera. La senda estaba abierta por nuestra emigración. Poco a poco dejamos de lado el solipsismo de “Juan Palomo” y, roto el aislamiento, saltamos a la globalidad de una Europa que también emergía del rencor.

El criterio asumido era rebasar de una vez por todas ese manido “Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como”, expresión cargada de egoísmo aunque, en el mejor de los casos, se pueda aceptar como muestra de autosuficiencia. Es cierto que dicho refrán encierra un pensamiento moral que ratifica la postura de quien lo dice o a quien se le aplica.

Unos dicen que tal expresión procede de la poesía satírica de Quevedo, uno de los mejores escritores del llamado Siglo de Oro de la literatura española. Otra referencia le atribuye el nombre y la fama a un bandolero de los llamados “Siete Niños de Écija” –que ni todos eran ecijanos ni eran siete–. El tal Juan Palomo dicen que era amigo del bandolero José María El Tempranillo.

Para otros, el origen de dicho refrán, según los entendidos en proverbios, hace referencia a cierto gobernador que, procedente de la India Oriental, llega a España a finales del siglo XIV y al que el rey Juan I de Castilla le concede la “Orden de la Paloma", por lo que popularmente pasó a llamarse Juan Palomo.

Decía líneas más arriba que no solemos desear el mal de los otros. Matizo porque dicha afirmación no siempre es verdad. En nuestro mundo actual, vomitar “injurias, dicterios, maldiciones” en las redes contra las personas se ha convertido en el deporte nacional. ¿O debo decir estatal por aquello de las confederadas multiespañas? ¡Ojo al tropezón!

Los últimos meses han sido ricos y fructíferos en “dimes y diretes”, en comentarios y cotilleos mordaces, hirientes contra personas, en circunstancias en muchos de los casos sin fundamento, por el placer de herir. Usamos las redes porque, como es obvio, permiten el anonimato al no dar la cara. ¡Viva la valentía!

Sobre todo contra esas personas con las cuales no comulgo políticamente. ¿Cuánta malquerencia hemos babeado en los últimos meses (años) deseando lo peor de lo peor a esos prójimos cuyo ideario no me gusta? Y esto solo acaba de empezar, aunque viene de lejos y solo hemos resucitado una mínima parte del problema. ¿Pesimismo? Es posible.

Para unos, los odiados, el olvido y para otros, los queridos, el recuerdo. En síntesis, quien lo pasa mal es dicho escupidor o escupidora porque cría “amargura, aspereza o desabrimiento”. Así se entiende que la hiel les aumente a pasos de gigante. Y lo más importante: ¿cuánto tiempo nos queda para dejar de babosear?

Y lo peor de todo este embrollo, entendido como “situación embarazosa, conflicto del cual no se sabe cómo salir” (sic), es que seguimos tirando mierda a los cuatro puntos cardinales. Me refiero a ese país llamado España donde unos pocos tiran piedras a los tejados ajenos porque les da la gana, o porque quieren masacrar a cualquiera que se les ponga por delante o en contra de sus ideales y/o símbolos.

¡Ojo! ni se te ocurra apedrear sus tejadillos porque, entonces, serás tildado de "tirano" y acusado, cuando menos, de "facha" y "antidemócrata". Qué fácil es jugar con las palabras cargándolas de pólvora. Son tan sufridas…

No olvido que todos podemos opinar, que somos libres de hacer uso de ese derecho. Pero recuerdo que si al hacerlo ofendemos, mal-queremos, despreciamos, juzgamos y, a la par, condenamos alegremente, estamos cometiendo una grave injusticia contra el honor, contra la fama o contra la integridad moral del otro. Opinar es muy fácil; ser respetuoso y justo, ya es harina de otro costal.

Muestra de ello son las vomiteras que encharcan las redes con determinadas peroratas –ejemplos recientes hay “a mogollón”– o ante determinados asuntos, unos políticos (el color ya no importa aunque la inquina nos haga disparar mas mierda contra unos colores que contra otros) o sociales, deportivos o festeros, donde la vomitera es nauseabunda.

Insultamos con asombrosa facilidad; injuriamos a “cara de perro” de forma dura y cruda porque el anonimato, terreno fangoso para valientes adalides de lengua bífida, tripartita o “cuatribarrada” permite bombardear al contrario. Y seguimos machacando a quien sea con nuestras sabias opiniones.

Por desgracia para todos, aquí no hay buenos o malos. Hay personas con sentido común o eunucos mentales (castrados, capados). Necios ocultos tras el burladero de la cómoda guarida que les permite escupir contra vivos y muertos, niños y mayores, inocentes y culpables y, en caso de no ser culpables, los juicios paralelos conseguirán que lo sean.

Odio la violencia, venga de donde venga. Creo en la convivencia que no siempre es un jardín de rosas, pero que tiene más ventajas que inconvenientes. Que nos necesitamos unos a otros porque, como seres sociales, vivimos en compañía. Si olvidamos estas premisas hay que recordar el refrán que deja claro aquello de “arrieros somos y en el caminos nos veremos”.

Una sugerencia. He terminado la lectura de un libro que me ha llegado a lo profundo del sentir. A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España, editado por Libros del Asteroide (Barcelona, 2017, décima edición). Su autor es Manuel Chaves Nogales, un sevillano y partidario de Manuel Azaña que era periodista en plena Guerra Civil. El libro se redacta entre 1936 y 1937 y se edita en Chile este último año. Hay que pensarse lo que dice.

Copio literalmente: “Impresionante testimonio de la Guerra Civil donde denuncia las atrocidades cometidas por ambos bandos con una lucidez sorprendentemente adelantada a su tiempo”. Y Muñoz Molina dice: “Chaves Nogales es el hombre justo que no se casa con nadie porque su compasión y solidaridad están del lado de las personas que sufren”.

El mismo Manuel Chaves dice en el prólogo: “mi única y humilde verdad era un odio insuperable a la estupidez y a la crueldad (...). Vi entonces convertirse en comunistas fervorosos a muchos reaccionarios y en anarquistas terribles a muchos burgueses acomodados. La guerra y el miedo lo justificaban todo”. Estos dos pensamientos me han dado que pensar.

PEPE CANTILLO

16 de agosto de 2018

  • 16.8.18
Estamos en pleno verano. El calor cada año nos parece que es más fuerte y, por tanto, más insoportable. ¿Cambio climático? Desde luego, el panorama no se presenta como muy prometedor en cuanto a grados de calor y lluvias que parecen caprichos directos de dichos posibles cambios. La importancia del tema que ofrezco es grande, aunque depende del rasero (nivel) cultural de cada cual.



Ante enseres públicos, bancos de jardines, fachadas de edificios públicos o privados, siempre suele haber un maltrato de dicho material. ¿Razón? Es público, es de todos y puedo hacer lo que me plazca, incluso puedo romperlo, pintarlo o maltratarlo y usarlo como quiera. El uso-abuso de lo público depende de las posibilidades del personal para poder meter las manos en el pastel.

A nivel popular o al más alto nivel, lo público es de todos. Pintadas sin gracia ni arte en edificios públicos o privados detectan que por allí han pasado unos vándalos que se sienten artistas estrujando un bote de spray. El tipo de edificio da igual. Abarca desde una moderna marquesina de autobús, a una pared anodina o a un edificio con antigüedad y solera artística o a una talla en piedra del siglo XII como es el caso de Santiago. Total, piedras viejas.

Que dichas piedras tienen historia, pues peor para ellas, parece ser que piensan estos genios callejeros. Efectivamente, hay que darles la razón. Son unas piedras pero con historia ¡melón! (mameluco). La cultura del maltrato parece estar muy arraigada en un sector joven del personal.

Monumentos como palacios, iglesias, estatuas, restos de otros momentos culturales o de la época de Maricastaña sufren el paso del tiempo y la desidia del personal. Da igual que puedan tener o no valor como obras de arte. Otro lugar con cierta atracción para la creatividad eran los vagones de los trenes de cercanías. Caprichos del “arte”.

¿Razones de tal desacato? Lo público siempre ha sido minusvalorado precisamente por ese malentendido sentido de propiedad diluida (comunitaria). Cada vez aumenta más la presencia de dichas incultas pintadas como muestra de talento de ese ramplón “arte grafitero” que tatúa la piel de edificios sin el menor miramiento.

Indudablemente dichos “Picassos” dejan su huella porque se supone que quieren pasar a la posteridad artística. Aclaro que me refiero a ese tipo de pintadas burdas, groseras que embadurnan lo que se les pone a tiro. Vamos a lo objetivo.

Hablemos de lo interesante, positivo y de valía mundial que ofrecen los tesoros ubicados en nuestra querida tierra, aunque últimamente está siendo desdeñada y burlada por mentecatos que desprecian (más bien nos repudian) porque, según dicen, no sabemos ni hablar. ¡Cuánto paleto “curto” hay por el mundo…!

Como botón de muestra hago referencia a Córdoba y a Medina Azahara. Hay muchos más lugares en nuestra querida Andalucía. Hace muy poco, dicho conjunto histórico-artístico ha sido declarado bien de Patrimonio Universal. Dicho así podemos pensar que no tiene mayor importancia. Córdoba ya estaba entre las ciudades andaluzas que destacan por su patrimonio artístico. Hagamos un rápido recuento de dichas joyas.

En Granada, la Alhambra, el Albaicín y el Generalife; en Sevilla, la catedral, el Archivo de Indias y el Alcázar; en Córdoba, la Mezquita, el Centro Histórico y, ahora, Medina Azahara; en Jaén, los conjuntos renacentistas de Úbeda y Baeza; en Málaga, los Dólmenes de Antequera. Huelva nos brinda el maravilloso Parque Nacional de Doñana (por desgracia, el fuego lo ronda desde hace algún tiempo) que, en estos días, ha sido centro de encuentro político al más alto nivel.

Envolvamos tales tesoros con tres perlas del Patrimonio Cultural Inmaterial como el Flamenco, la recuperación de la impoluta cal artesanal que embellece a Morón de la Frontera y los floreados Patios cordobeses que enamoran al visitante. Córdoba, sultana y mora, es la única ciudad que tiene en su haber cuatro joyas declaradas.

La importancia de estos tesoros hace que nuestra querida Andalucía sea visitada por mucha gente. A ello hay que añadir el cortés encanto de sus habitantes, la centenaria hospitalidad, la buena y variada comida y cómo no, los vinos generosos que no envidian a nada ni a nadie. Hay muchos lugares para citar, urbanos o rurales.

En nuestra desdeñada España hay infinidad de patrimonio histórico que es visitado por gran número de turistas, tanto extranjeros como nacionales. Oigo decir, con cierta frecuencia, que a los visitantes sólo les interesan el sol y las playas. Lamento tener que llevar la contraria a dichas personas que además, a veces, se las dan de cultas. ¿Y qué podrá decir el moderno grafitero pintamonas?

Tal riqueza significa aumento de visitantes que pasarán para disfrutar de sus monumentos y que, indefectiblemente, dejarán ingresos económicos en la hostelería, en objetos de recuerdo y, sobre todo, se llevarán en su equipaje artístico-emocional el recuerdo de ciudades hospitalarias, gentes acogedoras, rincones encantadores por el arte o por las flores que decoran la ciudad. También puede que recuerden, con algo de incomodidad, el calor de nuestra tierra, sobre todo en verano, pero eso ya pasó.

Con cierto malestar hay que citar el último descalabro de barbarismo acaecido en Santiago de Compostela, cuya catedral también es un tesoro del Patrimonio de la Humanidad. El valiente desacato ha consistido en pintarrajear una estatua del siglo XII.

¿Razones? Desde no estar de acuerdo con el arte que rezuma todo el conjunto de la catedral porque es católica, o porque son muy feas las figuras o porque me sale de los “huevos” y la pintarrajeo como quiero. Eso sí, a escondidas, como lo hacen todo los valientes, ya sean fachas, progresistas, ateos o antiarte (incultos).

Estamos ante un patrimonio que nos pertenece a todos y que engrandece la ciudad donde ese magnífico arte esté. Mi perorata no se centra en ideas ni religiosas ni políticas. Admiro el arte del color que sea y respeto sus manifestaciones. Dicho arte es irrepetible. Pero no puedo obviar la falta de civismo pues, caso contrario, ya no queda excusa para respetar nada. ¿Por qué tengo que respetar a personas, arte, cosas…?

De la mano de un mensaje de la Policía entré en Twitter. La pestilencia del estercolero, sumada al calor medioambiental, hacía irrespirable e inaguantable seguir. ¡Lamentable! La mayoría de entradas daban pena “confundiendo el culo con las témporas”.

La respuesta podría traducirse por "¿a mí qué mierda me importa esa estatua de piedra? ¡Hay asuntos más importantes y no se resuelven!". Dichos tuits carecían del más elemental civismo y el respeto había sido asesinado por la grosería.

PEPE CANTILLO

2 de agosto de 2018

  • 2.8.18
Para el fanático, sea culto o zoquete, solo vale su verdad. Está tan repleto de ignorancia que nunca admitirá que los demás tienen parte de verdad. Tanto en política como en religión, dicha creencia genera odio, rencor como moneda de cambio y el final será la violencia contra quien no acepte su verdad. Lamentable pero cierto.



El antídoto sería la tolerancia basada en “el respeto a las ideas y a las creencias de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias” (sic). Dicho así suena bien, maravilloso, diría yo. El problema es llevarlo a la práctica, aceptar que existan ideas políticas y creencias religiosas contrarias a las que posee o deja de poseer cada cual.

Fobias y filias están radicalizándose en nuestro entorno. Si hablas mal y en contra de emigrantes que se establecen entre nosotros eres un insensato sin corazón, eres un xenófobo, según algún dirigente político.

Ha surgido una fuerte hispanofobia desde distintos frentes y los progres callan. Por aquello de lo correcto y mil razones más, a dichos progres se les llena la bocaza de una islamofilia tan apabullante que hasta dejan sin habla a quien esté a su lado.

La comunidad musulmana aumenta a buena velocidad. Las personas venidas de las Américas son muchos. Nosotros, razones varias, hemos congelado el nacimiento de críos, ellos pasan a ser familia numerosa. Pensemos un momento en este dato, simple y llanamente como referencia a un futuro próximo.

Grandes contradicciones mueven a nuestros representantes políticos. Desprecian a unos a la par que doran la píldora a otros. Me refiero a una serie de agravios comparativos que, en la mayoría de casos y circunstancias, no llegan al gran público. Tocaré distintos palos que espero queden engarzados debidamente.

Empecemos por la cabeza. Una moción de censura da el poder al PSOE. Así tenemos un presidente de Gobierno legal pero no salido de las urnas. Democráticamente estamos en una situación anómala. Las posibilidades de continuidad son pocas. Sanchez anunció que las elecciones generales serían "cuanto antes". No tarda en mover ficha, cambia de opinión y anuncia que terminará la Legislatura. La idea es resistir en el poder más allá de lo razonable y así se culminaría este mandato. Siguiente paso.

Estamos a las puertas de una nueva Ley de Educación si le da tiempo al Gobierno para llevarla a término. Ya han aparecido varias cuñas avisando de algunos cambios que ven necesarios. En el mejor de los casos, dicha ley, amén de enterrar a la actual que nació muerta y ya huele, ¿será laica realmente?

Hace bastante tiempo que muchos profesionales venimos sugiriendo, en reuniones de todos los colores, que la asignatura de Religión debe salir de la escuela. Idea que parece estar presente en el Gobierno actual. Si sirve de algo, ya estuve a las puertas de ganarme un expediente por defender en distintos claustros de profesores la opción de sacar la religión de la escuela. En dicho momento trabajaba como asesor de profesores.

La idea es simple: se trata de que definitivamente la escuela sea laica y que cada una de las religiones vigentes adoctrinen a sus fieles como mejor les venga en gana y donde estén más cómodos. Soy consciente de que este planteamiento tiene muchos detractores. Si analizamos fríamente, quizás lleguemos a entender que es una de las soluciones para evitar una escuela religiosamente prisionera. Otro pasito adelante.

El mundo musulmán está moviéndose por Occidente, digamos que de forma tranquila. Salvo y por desgracia, los nefastos atentados realizados por fanáticos cuya finalidad, de momento, no es convertirnos al Islam sino acongojar (acojonar) al resto del personal. ¿Hasta cuándo? De momento ya se reclama comida “halal” en el cole, enseñanza del Islam y cementerios musulmanes.

Los musulmanes aumentan día a día y sus hijos, nacidos entre nosotros, tienen derecho a ser escolarizados y a que se les explique su religión. ¿Dónde? Los cristianos, sean católicos, protestantes o testigos de Jehová, tienen derecho a catequizar a sus feligreses más jóvenes. ¿Dónde? Los judíos que viven entre nosotros, muchos o pocos, están en las mismas circunstancias ¿Dónde? La respuesta es tan simple y obvia que no hace falta ponerse gafas para leer.

¿Solución? La escuela debe ser laica y, por tanto, ha llegado el momento de decir adiós a la clase de Religión Católica en nuestras escuelas públicas. Los centros privados pueden hacer lo que estimen oportuno. Simplemente, es lo que dicta el sentido común.

“La Comisión Islámica de España alerta que denunciará al Gobierno valenciano si no implanta su religión en los colegios”. Mucho ha tardado la bomba en explotar. Nos guste o no, llevan razón. Supongo que solo abogan por tener Religión Islámica para los alumnos de dicha religión. La trifulca está servida y era cuestión de tiempo (corto) que saltara a la calle, de ésta a los respectivos gobiernos comunitarios y de éstos a los tribunales ¿Alguien da más?

Todo este discurso –pensará algún lector– es ilógico. En sus países de origen, a cualquier otra religión no se le permite ni asomar la nariz. El inventario de agravios comparativos puede ser largo pero es lo que hay. Lo injusto está en que desde determinados sectores políticos se arrinconan y se prohíben actos religiosos de católicos (fobias), mientras que se hace gala de una simpatía especial para musulmanes (filias). ¿Esnobismo? ¿Modernez? ¿Actualismo? ¿Progresismo encantador?

Si no queremos enfrentamientos, y debemos no quererlos por puro egoísmo, la solución pasa por no favorecer a unos y arrinconar o despreciar a otros. Si una religión disfruta de campo libre para ser explicada a los escolares dentro de una democracia, las demás se hallan en la misma situación de legitimidad y pedirán ese derecho.

La duda y el planteamiento vienen de lejos. Bastaba ser algo perspicaz para barruntar que el problema no tardaría mucho en aparecer y ya ha aflorado en la Comunidad Valenciana. El tema lo dejo en el aire para septiembre, cuando empiece el nuevo curso y el panorama político esté perfilado. ¿Nueva ley educativa? Cada protagonista quiere ser recordado por su paso por el poder.

Partía de que no queremos agravios comparativos, ni actitudes de filia para un sector y rechazo poniendo la zancadilla al otro sector de la población. De dicho enfrentamiento surgen las actitudes fanáticas por ambas partes. El fanatismo como “apasionamiento y tenacidad desmedida en defensa de creencias u opiniones, especialmente religiosas y políticas” (sic) deja muertos en las cunetas. Doy otro paso para completar este embrollo.

La idea me la ofrece un titular de prensa referido a la avispada alcaldesa de Barcelona. Es lista, “hábil para sacar beneficio o ventaja de cualquier situación” (sic), en este caso favoreciendo a los musulmanes y dejando de lado a los cristianos, a los que parece que detesta o le molestan.

Partiendo de esta frase última ya se puede barruntar un posible enconamiento y una cierta fobia (razonable o no) sumada a una clara filia. Favorecer a unos y despreciar a otros no es buen camino. El problema está encima de la mesa y escuece.

Me explico. “La susodicha alcaldesa gastó dinero público (recordemos que es de todos) en la celebración del Ramadán”. ¿Cuánto? Es lo de menos, o quizás no. Gastó en unos folletos para tal evento, amén de otras bagatelas, 6.000 euros, que son calderilla comparados con otros “affaires” llevados a término por los políticos. Al fin y al cabo, el dinero público no es de nadie…

Detalle para agradecer a tan maravillosa persona. El dinero es público pues ha sido proporcionado por el Gobierno español. Los folletos se publican en catalán (elemental), en urdu, árabe y wólof (ver nota a pie de texto), menos en español porque no cabía en dichos opúsculos, aunque sea el pagano (quien paga). Agravio comparativo e hispanofobia.

Es normal que reclamen estos servicios. Lo que no es normal y clama justicia es que se haga con el dinero de los que son torticeramente declarados enemigos y a los que se les niega el pan y la sal. Se ha “colau” bien colada. Hasta el corvejón.

Este tipo de personas suavonas, educadas, progres  –“de ideas avanzadas” (sic)– a más no poder, están contra las fobias, contra la marginación, o la violencia, contra el acoso a quien sea (escrache, señor). Islamofobia, no gracias. Cristianofobia, bueno, sin exagerar. Hay que estar abiertos a todo tipo de pensamiento político y religioso.

Breve nota sobre las lenguas reseñadas: El urdu, lengua oficial en Pakistán, lo hablan 40 millones y en la India es hablado por 50 millones más. El árabe es idioma oficial en 26 países, es el más hablado en el mundo y es lengua oficial en Naciones Unidas. Su influencia en el castellano es importantísima. El wólof, por su parte, es una lengua nativa de la etnia wólof que se habla en Senegal y Gambia.

PEPE CANTILLO

19 de julio de 2018

  • 19.7.18
Supongo que a la mayoría de lectores les suena la frase “entre Pinto y Valdemoro”. Ambos son pueblos de Madrid. En Internet aparecen diversas explicaciones del significado de dicha frase que intento resumir en pocas palabras. Los límites de ambas poblaciones dicen que los marca un arroyo. Un borracho saltaba de una orilla a la otra gritando “ahora estoy en Pinto y ahora en Valdemoro”; pero se cae al agua y dice “ahora estoy entre Pinto y Valdemoro”. Supongo que el contacto con el agua le despejó la cogorza que seguro que llevaba.



Otra explicación la da el historiador Gonzalo Arteaga. El origen de la frase se remonta, según él, al siglo XIII, como consecuencia de un pleiteo de tierras entre Madrid y Segovia. El rey Fernando III resuelve el asunto asignando Pinto a Madrid y Valdemoro a Segovia y mandó marcar la linde con mojones, algunos de los cuales existen aun.

Otra versión apunta que existía entre las dos poblaciones un asilo para personas con algún tipo de demencia y que la expresión original se usaba como sinónimo de “estar loco”. Otros datos apuntan a la bondad del vino de la zona y al pique por sabes cuál de ellos es el mejor.

Otra versión sostiene que ambas poblaciones son de origen musulmán y una fue conquistada por Alfonso VI después que la otra. El dicho surge de la convivencia entre musulmanes y cristianos. Otra versión apunta a que uno de los reyes, de camino a Aranjuez, solía parar en una casa de mala reputación y si alguien preguntaba dónde estaba el rey, la respuesta era “entre Pinto y Valdemoro” para no citar el lupanar.

En la práctica, actualmente solemos usar esta expresión cuando queremos dar a entender que algo no está lo suficientemente claro como para optar por A o por B, lo que nos lleva a una situación embarazosa. ¿A qué viene este galimatías? La respuesta la uno con Valdemorillo y entenderemos rápidamente el título y las explicaciones que le siguen.

Valdemorillo está hacia el norte de la provincia y a bastantes kilómetros de Pinto. Cuento esto en relación con el pelotazo y las irregularidades que han saltado estos días a la actualidad a costa del uso y abuso del manejo de dinero público. Recordemos que dicho dinero, según muchos políticos, es de todos y se puede hacer con él lo que se quiera.

Me refiero a la trama con el sugerente nombre “Enredadera” que aglutina a una amplia cantidad de pueblos y ciudades repartidos por buena parte de la geografía española. El dinero puede volar pero si los responsables de dicho capital público le ponen alas. En este caso le han puesto alerones de alta resistencia.

¡Enredadera! Buen nombre para calificar un embrollo de irregularidades, favores, sisas por doquier... Se pone en marcha una macrooperación contra una trama que manipuló licitaciones para adjudicar contratas en decenas de municipios para poner semáforos, radares, aplicaciones informáticas para dirigir el tráfico rodado, cámaras de control...

Estamos ante un chanchullo más que amañó adjudicaciones publicas en mas de 40 ciudades y pueblos de todo el país para favorecer a una filial del grupo Sacyr. Los ayuntamientos implicados están gobernados por PSOE, PP y Ciudadanos. Aunque a estas alturas no nos sorprende ya nada, en este caso sí es posible sorprenderse algo.

Novedad y curiosidad. Según datos, estaríamos ante el primer caso de corrupción municipal que afecta también al casi recién llegado y bautizado grupo político de Ciudadanos en la persona de algunos dirigentes de dicho partido. Como botón de muestra, el alcalde de Arroyomolinos, que está implicado, pertenece a Ciudadanos.

Corrupción, vicio, depravación… Hay muchas otras palabras sinónimas. Solo una me alarma: "inmoralidad" porque, a estas alturas, ya ni nos sorprende el escándalo montado. Total, uno más…Entre los ayuntamientos implicados está Pinto y Valdemorillo lo que explica la licencia que me he permitido jugando con el dicho que da título a estas líneas. Valdemoro no tiene nada que ver, que sepamos, en este “fregao” de listillos.

El dinero público no es de nadie y se usa para lo que haga falta, por supuesto a criterio de la autoridad competente. Los implicados no han robado ese dinero público, solo han puesto la mano para recibir regalo o han pegado una mordida exigiendo parte de dinero en lo que se viene llamando una mordida.

Los que han obtenido las contratas de semáforos o cámaras de control de tráfico o radares han inflado el importe total para poder “pagar” (agradecer) a los funcionarios, cargos, jefes de policía … que han hecho posible el negocio. “La empresa pagaba religiosamente las respectivas comisiones a políticos y policías locales”, dice la prensa.

Es cierto que el político, el policía, el funcionario que tiene que hacer los informes no toca dicho dinero pero la mordida va adelante y, en su momento oportuno, pasará a manos de estos probos (perdón, inmorales) colaboradores desde dentro. ¿Quién pierde? No lo dudemos, el erario, puesto que dichas mordidas revierten en el precio final de la operación. Y todos contentos.

El rosario de fechorías es bastante amplio: fraude y prevaricación administrativa, uso de información privilegiada, malversación de dinero público, tráfico de influencias, cohecho y falsedad documental, alteración del precio de concurso… Aun se podrían añadir algunos calificativos más fuertes.

¿Consecuencias que podemos sacar de todo esto? La cúpula de Ciudadanos suspende de militancia a sus tres cargos detenidos en la redada. Según datos de prensa, se trata de Carlos Ruipérez, alcalde de Arroyomolinos (Madrid), el asesor Sadat Maraña (curioso apellido) y el diputado Juan Carlos Fernández, ambos de la Diputación de León. Si hacemos una comparación fuera de tiesto, hay que tener en cuenta lo jovencito que es dicho partido y lo pronto que ha aprendido.

Hace unos días salta una liebre más de las muchas que pueden estar esturreadas por los campos de este país. ¡Oh, sorpresa! La Diputación de Valencia sigue teniendo fraudes, engañifas, gatuperios o chanchullos... En este caso, el trapicheo viene por parte de PSOE y Compromís. No en vano, se lee en la prensa: “Detienen el 27 de junio al presidente socialista de la Diputación de Valencia, Jorge Rodríguez, por corrupción junto a cinco personas más”.

Todos han sido puestos en libertad con cargos. Los chanchullos en dicha Diputación ya tienen historia y Divalterra, la empresa pública dependiente de la Diputación, tiene larga historia de corrupción tanto ahora con socialistas y Compromís como cuando se llamaba Imelsa y estaba bajo la tutela protectora del PP. Es decir, no hay nada nuevo bajo el sol.

PEPE CANTILLO
FOTOGRAFÍA: BLOG DE PALOMA TORRIJOS

28 de junio de 2018

  • 28.6.18
El asunto de hoy está ya muy baqueteado, hemos oído mil pareceres sobre el mismo y todos hemos ofrecido infinidad de salidas, unas racionales, otras descabelladas. Todos opinamos, estamos en nuestro derecho, pero las soluciones no afloran. La ley parece caminar muy lento y el ciudadano de a pie, que somos la mayoría, se desespera cada día un poco más.



A pesar de los pesares y aunque sea una pauta de comportamiento extendida en nuestro entorno, robar es un palabro gordo. Hasta no hace mucho, cuando se decía de alguien que era un ladrón, máxime si ocurrían los hechos en una colectividad muy reducida, el interfecto perdía la credibilidad, la confianza y era malmirado por los que le rodeaban.

Maticemos algo el verbo "robar". En el juego de dominó, cuando hay que coger ficha, te dicen: "¡roba!"; en el de cartas, también. ¿Es una orden subliminar para futuros jugadores en la vida real? Referido a las circunstancias sociopolíticas en las que nos movemos, robar consiste en “tomar para sí lo ajeno, o hurtar de cualquier modo que sea” (sic).

Robar, lo que se dice robar, lo practican los ladrones, los rateros, gente sin respeto por los bienes ajenos; vamos, los ladronzuelos de poca monta. Otro cantar más serio se da cuando quien saquea tiene responsabilidad en la sociedad, ya sea funcionario, político, o enchufado. Vamos, que no es un chiquilicuatre.

Informaciones de prensa dicen que en este país de las mil y unas noches se roba menos, es decir, han disminuido los hurtos de poca importancia. ¿Seguro? Me atrevo con algún ejemplo suelto y de poca monta, aunque poco se habla de ello.

Las circunstancias parecen desmentir dicha afirmación de prensa. Cada vez pagamos con más frecuencia fuera de la ley (en negro). Puenteamos la luz y el agua, toreamos el IVA siempre que podemos, en negro mal pagamos y explotamos los servicios de una persona asistente, normalmente inmigrante, bien para cuidar enfermos, o mayores que no se valen, o para limpiar la casa... Dichos pagos van en contra del erario. Por tanto, todos sisamos aunque a todos nos sepa mal.

Otra explicación opuesta. En determinado supermercado, la fruta y verdura antes la pesaba el cliente, ahora se pesa en la caja registradora al salir con la compra. La noticia alude a hurtos de poca valía. Robos al fin y al cabo.

El motivo es muy simple. Algunas personas, listillas ellas, una vez pesada la mercancía rellenaban la bolsa con mas género, que obviamente ya no pasa por el peso. ¿Lo hacen por necesidad? El barrio es de nivel medio tirando a un poco a alto. No me lo contaron.

De cuando en cuando, alguien afana al descuido un perfume por el placer que produce dicho riesgo. Es posible que la persona birladora sea cleptómana, es decir “que padece cleptomanía y tiene propensión morbosa al hurto” (sic). Quien se apropia de lo ajeno goza del contundente calificativo de ladrón (y no porque ladre).

El latrocinio carece de ideología, de sexo y pasa de religión aunque alguno se dé golpes de pecho cada vez que entra en su iglesia, si es que tiene alguna. Un ilustre condenado lo primero que preguntó al entrar en chirona fue por la hora de la misa en dicho centro.

Un “mea culpa”, unos golpecitos de pecho y confieso que he pecado. Nos enfrentamos a una lacra, es decir a un “vicio físico o moral que marca al que lo tiene” (sic), presente en los humanos. Más de los que quisiéramos.

Por los datos que van saliendo, parece que la puerta de la cárcel se está franqueando. ¡Ya era hora! Es necesario limpiar la casa para poder vivir. Aun así, hay muchos sujetos repartidos por el país que no la pisaron y puede que con lo lenta que va la locomotora de la justicia, no la pisen (la cárcel) por defunción de la vida o de las leyes.

En toda esta camarilla de bandoleros de negras sierras morenas no se salva ni “el apuntaor”. Los hay de casta y raigambre, tanto de ideas políticas como religiosas; los hay nacidos de idearios de igualdad, solidaridad, honestidad e integridad moral, defensores de unos valores pensados por y para el bien común. Pero si se tercia…

Estos bandarras han causado mucho daño, pues al parecer, una vez olida la flor del dinero, y por solidaridad, por mimetismo, por no desentonar con el resto, porque ya que estoy aquí, porque no digan aquello de “tonto el último”, y por tantas y tantas razones más, siguieron el juego hasta “venderse por un plato de lentejas” con chorizo.

¿Recuerdan el tema de las tarjetas? Es uno de los ejemplos que estos días han vuelto a ser noticia. Casi todos mordieron y quien no lo hizo tampoco protestó, solo dejó correr el asunto. ¿A quién le amarga un dulce? Es tan fácil corromper y dejarse engatusar... Las variables de inmoralidad son muchas.

Me atrevo a hacer un repaso de algunos casos sonados y que parece estén esperando a que se olviden de ellos (de los actores) por lo que tarda la locomotora de la justicia. Refresquemos la máquina.

En 1995 nace “Manos Limpias”. Proclaman a los cuatro vientos que “allí donde exista un delito debe aparecer alguien capaz de denunciarlo”. ¿Qué esperamos los ciudadanos? Solo justicia. Pero, poco a poco, la mugre embadurnó dichas manos.

Sonaba bien, precioso, hasta pretencioso si no fuera porque la realidad cotidiana es más contumaz. Incluso eran muy sugerentes las propuestas que proclaman como declaración de principios pero que no dejan de ser pura ironía. Qué fácil es olvidarse de lavarse las manos propias con agua y con jabón.

Otra de bandoleros. Había una vez un Centro de Estudios llamado Jordi Pujol del que dependía “Edu21” como iniciativa dedicada a la Ética y a la promoción de valores en la educación. El proyecto funcionaba “para mayor gloria de él”, adaptación libre del lema jesuítico “ad maiorem Dei gloriam”. Estamos ante “un engaño de 34 años”.

Según los entendidos en movimientos políticos, dicha corrupción se agranda y enquista cuando los partidos mayoritarios (de más cantidad de votantes) se anclan en el poder. Podemos pensar y creer –cada cual es libre– que la corrupción es solo de un partido concreto, con un color concreto. Incluso que mi partido está limpio de polvo y paja. A la hora de creer, cada cual tiene su credo y no admite padecer de cataratas o, lo que es peor, que tenga miopía (cortedad de miras).

Curiosamente, hay casos, más de uno, en los que la corrupción es multipartido. Por desgracia, el saqueo de las arcas públicas es multicolor. Basta tener ocasión para meter la mano y la tentación está servida. Por supuesto, no hace falta relatar hechos que todos conocemos. Otro tema será que queramos airear solo los del contrario por aquello de no tirar piedras al propio tejado.

La lista que podríamos adjuntar de casos achacables a los grandes partidos que se han movido en el tablero de lo público es larga. Claro que ese anclaje de unos puede dar pie (de hecho lo da) para que broten también imitadores en cualquier otro tipo de partido a la vista de que no pasa nada.

Esperemos que los múltiples casos de corrupción, relacionados con ambos partidos, se desmadejen. El PP está involucrado en 68 casos, le sigue el PSOE en 58. Deberíamos ser de profesión electricistas porque según datos de diversas fuentes, hay alrededor de 500.000 afortunados puestos a dedo, es decir, enchufados. Los datos provienen de esta reseña.

Tiene sentido que a priori, los partidos más manchados por la corrupción sean el PP y el PSOE. La explicación es simple y simplista. Ambos han gobernado sobre la mayor parte del territorio y durante más tiempo, detalle que favorece la ocasión de meter la mano en el cesto. Mientras más tiempo se esté en el poder, más posibilidades hay de escamotear, sisar, robar…

¿Qué tipo de Ética practicamos? ¿De qué valores hablamos? ¿Ironías del destino plasmadas en un doble talante? El problema reside en predicar con el ejemplo, no en sermonear. La frontera entre la honradez y la hipocresía es muy sutil. Como podemos apreciar, el tema, más que miga, tiene migajón.

Este miércoles fue detenido el presidente de la Diputación de Valencia (PSOE) junto a cinco personas por prevaricación y malversación de caudales públicos y una cierta cantidad de zombis enchufados. ¿Normal? Si partimos de que “el dinero público no es de nadie y está para que lo manejen los políticos”, puede que sí. Entre los méritos seguro que tenían un Máster en Enchufismo.

PEPE CANTILLO

14 de junio de 2018

  • 14.6.18
Entro al trapo refiriéndome al civismo. Para dicho término aparecen dos significados en apariencia distintos, pero complementarios entre sí. La primera definición lo especifica como “celo por las instituciones e intereses de la patria” (sic). Supongo que dicha explicación se nos escapa a la mayoría.



¿Razón? Creo que, en sentido amplio, no solemos aparecer muy patrioteros. Si acaso somos acérrimos defensores de la llamada “patria chica”. Sólo me atrevo a afirmar tímidamente que vivimos en un mundo abierto, ecuménico. Ello no significa olvidar los orígenes y sí tener la capacidad de acoplarnos allá donde estén las “habichuelas”.

En segundo lugar se define el término civismo como “el comportamiento respetuoso del ciudadano con las normas de convivencia pública” (sic). ¡Siempre con las normas que nos llevarán a los principios éticos que orientan la acción!

Tener principios, entendidos como “la norma o idea fundamental que rige el pensamiento o la conducta” (sic), es de vital importancia para cada persona y para un país, en este caso el nuestro, que ha sido ninguneado, que está al borde de un precipicio por circunstancias varias y la poca paciencia que nos queda desconsuela ya más de lo tolerable.

Los “principios” son juicios prácticos que derivan de la inmediata aceptación de un valor el cual hace que nos comportarnos, si somos consecuentes con nosotros mismos, con una marcada “rectitud de ánimo, integridad en el obrar” (sic). En este caso nos estamos refiriendo al valor de la honradez para consigo mismo y para con los demás.

Ahora bien, tener principios y ser consecuente con ellos no es nada fácil, máxime si el sujeto se mueve en el terreno de lo público e intenta llevar a la práctica su ideario en este caso político. Puede y debe, por imperativo moral y legal, si quiere ser consecuente, acoplarse a dichos principios. Otro cantar es que tenga claro su ideario.

Mantener la ideología como “conjunto de ideas fundamentales que caracterizan una manera de pensar” no es tarea fácil. Visto lo visto, parece más bien que el chaqueteo abunda y el venderse por un plato de lentejas está a la orden del día.

Es bastante cierto que los políticos, al menos los de nuestro entorno, se olvidan con facilidad de todo lo que habían dicho y/o prometido anteriormente cuando pertenecían al difuso mundo de la oposición. ¡Qué frágil y quebradiza es la memoria cuando alcanza el poder! Pensemos que las circunstancias no siempre permiten ir por la senda trazada.

Hago referencia a políticos en general, puesto que el mal que ataca al llegar al poder no establece diferencias entre derecha e izquierda en cuanto a la amnesia repentina que les asalta una vez en el pedestal. Sé que es sumamente difícil ser objetivos a la hora de enjuiciar las acciones tanto del enemigo como de nuestros correligionarios.

Hasta que haya elecciones generales estamos en compás de espera para disponer de un Gobierno refrendado democráticamente en las urnas. Hemos iniciado una nueva etapa política en el ruedo ibérico. Las esperanzas reflorecen y con la llegada de un nuevo Gobierno nacen nuevas ilusiones para el pueblo… ¿Dónde quiero llegar?

Invito a reflexionar sobre el favoritismo político-familiar existente en nuestro entorno. “Nepotismo” se le llama a la sustitución de los lazos familiares en lugar de los méritos, para ocupar un puesto. Hemos pasado de la “meritocracia” a la “familicracia”. Alguien pensará que me adelanto a los acontecimientos. Es posible.

Lucrarse del enchufismo ha sido frecuente en la España moderna. Posiblemente nunca haya estado tan extendido su uso y abuso como en los últimos tiempos. Coloquialmente cuando creemos que algo es bastante imposible decimos que “no caerá esa breva”. ¿Está a punto de caer?

La “breva” en dos de sus significados se define como “empleo o negocio lucrativos y poco trabajosos” y como “provecho logrado sin sacrificio” (sic) que es lisa y llanamente en lo que ha derivado dicha arbitrariedad.

El nepotismo se define como “desmedida preferencia que algunos dan a sus parientes para las concesiones o empleos públicos”; originariamente el “nepote (sobrino) era el pariente y privado del Papa”. Esta sutil práctica viene de lejos.

Dicha prebenda estará en plena efervescencia en la curia romana desde finales de la Edad Media y hasta el siglo XVII. La familia Borgia, españoles ellos, con su desmedido afán de poder, hicieron un magnánimo uso de este tipo de actividad nepótica.

Haciendo caso omiso sobre el origen del vocablo, sí que hay que subrayar su reiterada propensión en nuestro país. Dicho de otra manera, hay pocos políticos que no tengan predilección por esta querencia familiar, hasta el punto de compartir el sentir de que el Gobierno central o autonómico se ha convertido en una oficina de colocación, haciendo sombra al INEM.

El asunto no es nada baladí hasta el punto de convertirse en un cáncer con metástasis. Es decir, el problema se reparte por toda la geografía, sobredimensionado hasta términos francamente insostenibles. Dicho favoritismo es tanto autonómico como estatal.

Me atrevo a emitir un temerario juicio de valor: dado que el panorama político seguirá más o menos igual, es de suponer que tampoco se den cambios radicales en la maraña existente antes de las elecciones generales –excepción hecha del ya dimitido ministro de Cultura, el más fugaz de la democracia–. Los idealistas puede que opinen que sí.

Permítanme, en este caso, un razonable derecho a desconfiar. Mi duda es simplemente realista porque los hechos son muy contumaces. Personalmente soy un escéptico en lo tocante a la “res pública”. Estoy refiriéndome a la “cosa pública” como bien común. Es muy frecuente en el mundo político olvidarse de dónde venimos.

Puedo entender que un “equis”, familiar de un político “ene”, se “resigne” a trabajar en una ocupación pública para la que, ante todo, está demostradamente cualificado y que, además sea pariente de tal o cual ministro o presidente autonómico o director general…

Es lógico y tiene sentido que un familiar o un amigo de dicho “Ene”, debidamente capacitado porque conoce el paño en cuestión, sea llamado a consulta. Dos razones avalan este planteamiento: conoce el terreno que va a pisar y me fio de él.

Pero ¿todos los colocados desde la “Agencia del Dedo” son debidamente competentes para desempeñar el trabajo para el que han sido contratados? O ¿solamente su mérito estriba en ser marido o esposa, hermano o hermana, primo o prima, tío o tía del preboste que en ese momento dirige el Ministerio o la Dirección General de lo que sea?

El clientelismo se asociaba con situaciones no democráticas donde la corrupción estaba a la orden del día. La democracia también se embadurna de desvergüenza y se sitúa “al borde de lo inconveniente o de lo inmoral” sin que le tiemble la mano.

Donde hay poder hay clientelismo, favoritismo. “Te doy favores a cambio de lealtad”. El problema de bulto, en muchos de los casos, es que la persona fidelizada carece de talla profesional para ocupar dicho cargo. Flagrante daño al principio de igualdad.

Hace tiempo quisieron vendernos que “la Ley de Transparencia permitiría conocer a los enchufados públicos y aseguraba que se harían públicos sus nombres y apellidos y por qué se les contrató”. ¡Magnífico! Si son “enchufados” ya hay poco más que decir.

¿Se llevó a término dicho esculque? Si el actual Gobierno hace suya la idea, hay que aplaudirlo y apoyarlo por el bien de todos. El patio está muy sucio. Dado que éste parece ser el Gobierno de la “esperanza”, habrá que confiar para ver.

El problema no creo que radique en hacer pública la lista de “acoplados” sino, más bien, en justificar honradamente el por qué se les contrata y si es en igualdad de condiciones con otros candidatos; y, sobre todo, si esas personas están preparados para desempeñar dicha función (la que sea). Posiblemente haya más “peros” que aportar.

Desde luego, si una de las razones principales es que son “parientes de…”, seguiremos pensando que el nepotismo no ha desaparecido y que solo se le ha lavado la cara al hacerlo público, para más recochineo de los poderes públicos y el consabido cabreo o envidia o caridad o todo junto, del resto del personal.

En otras palabras: la Ley de Transparencia puede que aporte claridad y hasta un cierto grado de minuciosidad. En los momentos que nos toca vivir es difícil escamotear cierta información. Las redes sociales están a la que cae y si salta la liebre, pronto es capturada. El único problema es que bulos y mentiras corretean al lado de información válida.

PEPE CANTILLO

31 de mayo de 2018

  • 31.5.18
A algunos lectores puede que les resulte familiar el título que encabeza estas letras y, si no es así, el enlace que adjunto igual refresca recuerdos pasados. Contar mentiras es uno de los vicios de muchas personas, sobre todo, cuando se quiere presumir de algo, se tenga o no. La titulitis entra de lleno en ese pavoneo.



En lenguaje coloquial y con sobrecarga despectiva, la definición de dicha palabra viene a decir que es una “valoración desmesurada de los títulos y certificados de estudios como garantía de los conocimientos de alguien” (sic). Quien sobrevalora y se ufana es el sujeto que “supuestamente” se ha ganado dichos títulos y alardea de ello.

La ostentación de un título o de toda una ristra y pavonearse de ellos no garantiza los conocimientos que pueda poseer el titulado. En otras palabras, la titulitis solo es una manera de vender la burra a los demás. La valoración académica desmesurada no la hace quien certifica tales conocimientos sino el propio sujeto que se ufana de poseerlos.

Para vanagloria de muchos y regocijo de piratas, los títulos se pueden comprar, falsearse sin muchas dificultades. Si a alguien le pica la curiosidad puede entrar en Internet curioseando cómo comprar títulos universitarios y alucinará con la oferta que existe en dicho campo. Hay todo un mercado falsificador de los mismos. Esta información no es novedosa. Se obtienen visados o pasaportes y, de igual manera, titulaciones universitarias sin mayores dificultades.

Oficialmente es posible que algunas personas influyentes, sin asistir a las clases de tal o cual especialidad académica, puedan llegar a poseer una acreditación oficial. Algún caso, aun calentito, da fe de tales incidentes. Es otra manera, poco limpia, de conseguir dicho objetivo.

Todo el relato anterior se engarza bien por la manga ancha que desde organismos docentes se pueda llevar a término sin necesidad de cumplir con todas o parte de las horas dedicadas a obtener el plácet oficial. En resumen que o se tiene dinero y compro tal o cual título o tengo cierta bula dentro del ensamblaje organizador y me regalan el diploma acreditador.

Como ejemplo podemos recordar cómo en algún momento concreto salta la noticia de que tal o cual profesional está ejerciendo de lo que sea, sin poseer la acreditación adecuada. Por respeto, evito citar campo profesional concreto.

Me desvío hacia el trasfondo de estas cuartillas que no es otro que el engaño en el que hemos caído suponiendo que si inflo mi currículo tendré mejor fortuna para situarme. Entre los políticos ha habido y sigue apareciendo mucho “gato por liebre” en este asunto y en otros muchos. El tema de falsear méritos académicos es amplio y no solo ocurre en nuestro país. Si hacemos memoria vendrán a colación engaños académicos varios que van de Pernambuco a Jauja.

La última liebre que ha saltado, en este caso fuera de nuestras fronteras, viene al pelo. Afecta a Italia. Parece ser que Giuseppe Comte, que llegó a ser candidato a primer ministro, podría haber falseado su currículo, según información del periódico The New York Times. Si ello es cierto, no entiendo cómo un profesor de Derecho se embadurna con este asunto.

Entresaco la cita: “El currículum de Comte refleja una trayectoria brillante con estudios en instituciones prestigiosas, como la Universidad de Yale o la de Pittsburgh, también figura un curso de Derecho en una escuela de Viena que en realidad es una academia de idiomas”. Da igual ser especialista en Derecho que en ganchillo. Se trata de deslumbrar al personal con una amplia lista de méritos y títulos.

Copiar trabajos, fusilar tesis doctorales son liebres que saltan de cuando en cuando. En algunos países, el cazado o cazada renuncian al puesto por incuestionable falsedad. En otros callan y siguen con el tongo y, los menos, disimulan mirando para otro lado. ¡A mí que me registren! Solo renuncian cuando la presión es bastante fuerte.

¿Cuánta gente que empezó una licenciatura y que no la terminó dice que es, o que tiene el título en tal o cual carrera? Por correr en un maratón no puedo decir que tal actividad la gané llegando el primero. Salvo que el mero hecho de participar ya suponga ganar por aquello de que lo importante no es ganar sino participar.

Fardar, presumir, jactarse, alardear de títulos, másteres, diplomaturas está a la orden del día. Entre los políticos parece que si no alardean de medio kilo de méritos académicos no son nadie. Somos muy dados a la titulitis, a los oropeles que pueden ofrecer disponer de una categoría universitaria.

¿Es necesario que el político ostente títulos universitarios? Si los tiene, estupendo. Entra dentro de una lógica general el hecho de que mientras más preparado se esté en un tema mejor rendimiento daremos y mayores beneficios podremos ofrecer a los demás. Hasta aquí, ejemplar. Si se es buen profesional, los títulos pasan a segundo plano.

Estos “pavos reales” van por encima de la gran cantidad de “paletos” que nos movemos por el mundo. Decir con Sócrates aquello de “solo sé que no sé nada” es muy duro y se queda para simples e ignorantes. Vamos, para tontos. Pero para esos supuestos tontos que no saben “na de na”, ya “es un gran triunfo reconocer la propia ignorancia” añadiremos con Sócrates, cuestión ésta que no es del agrado de algunos personajes públicos.

Un detalle curioso y conocido por todos. A la mayoría de médicos les damos el título de doctor. Así consta en la placa que anuncia la consulta o en los recetas que valen para que los medicamentos sean expedidos por la farmacia. Un crecido rendibú nos ha habituado a ello. La RAE también acepta, coloquialmente, como doctor al “médico aunque no tenga el grado académico”. Hay cierto agravio comparativo en la definición.

Hasta hace poco la mayoría (creo que aun hay bastantes) no tenían el doctorado. La costumbre de llamarles doctores viene de lejos. Poseer “este doctorado” no da garantías de ser mejor profesional, aunque tampoco tienen empacho en utilizar el consabido doctor sin serlo. Me explico.

Llega el Plan Bolonia y se sustituyen los dos años dedicados a cursos de Doctorado por un solo año de asignaturas equivalentes que dan paso a poder presentarse a defender una tesis doctoral. Todo ello se cobra más caro y se obtiene un Máster. Les cayó la breva a las universidades con este tinglado. Ahora están aumentando los doctorados en casi todas las especialidades, además de en la Medicina. Ello ha colaborado en gran medida a una creciente titulitis.

La verdad sea dicha, en nuestro país no nos libramos de una tanda de palabras cargadas de negatividad moral. La corrupción, a veces, parece una masa caliente vomitada por un volcán que da un poco de pánico; el chanchulleo se muestra como una tormenta cargada de truenos y rayos; del chalaneo para qué hablar si brota como mala hierba ahogando los trigales.

Embustes, fraudes y mentiras se agarran del brazo como un matrimonio bien avenido y, cómo no, la titulitis nos visita un día sí y al otro también; los enchufes y el nepotismo comen a costa de la mano de sus bienhechores a los que les bailan el agua.

"Bailarle el agua a alguien" significa desde seguirle la corriente al susodicho hasta hacerle la pelota. Indudablemente, la deuda por enchufismo o por nepotismo hay que pagarla. Al enchufado se le suele apostrofar también como un lameculos, el cual prefiere el peloteo y la sumisión antes que el esfuerzo personal. Un lameculos, con frecuencia, busca el mal de los demás antes que el propio beneficio. Su objetivo es ser bienquerido por el jefe o persona superior de la que depende para seguir enchufado.

Tengo que reconocer que la cultura del esfuerzo no está de moda; incluso se la machaca alegando que es un valor cutre, facha, porque es de derechas o porque no es solidario. Quizás el trasfondo pueda reducirse a que “hay que llegar a la meta propuesta como sea pero sin esfuerzo; si hay que hacer trampa, se hace; y si puede obtenerse gratis, mejor que mejor”. ¿Esfuerzo? No, gracias.

Estamos ante un gazpacho poco fresquito. El titulero necesita, o así lo cree, certificados mil para poder hacerse valer; la política parece que se ha creído dicha afirmación y la Universidad, a veces, está dispuesta a echar una mano porque ha visto un filón de oro. Solo se me ocurre que faltan muchos kilos de honradez en muchas profesiones.

PEPE CANTILLO

17 de mayo de 2018

  • 17.5.18
La información que ofrezco a continuación posiblemente pasó sin pena ni gloria porque había en esos días, sobre el tablero informativo, un impedimento, una barrera emocional seria o, si quieren, un obstáculo de mayor calado a nivel social y, por tanto, periodístico.



La anécdota a la que me refiero, si se le puede llamar así, ocurrió en plena vorágine de la sentencia contra los valientes abusadores que, desde su aplastante superioridad física, llevaron a cabo un atropello o acto violento contra una mujer en los Sanfermines del año 2016. El revuelo provocado por la sentencia sigue generando debate por bastantes razones.

La noticia es incluso chusca por la picardía que pueda reflejar, aunque raya lo desvergonzado e irrespetuoso. Dos agüeletes de 87 y 93 años son sorprendidos teniendo sexo oral –practicando una felación el uno al otro– a plena luz del día. El evento ocurre sobre las tres de la tarde en un parque público de Gijón por el que corretean niños y hay algunos adultos.

Uno de los dos vejestorios, sin ningún recato, se baja los pantalones a la par que le ofrece al otro 10 euros a cambio de sexo oral. Fueron denunciados por los adultos presentes. Uno de ellos se meó encima (“patas abajo”) ante la presencia de la Policía que acude al lugar de los hechos.

La travesura, “acción digna de represión y castigo”, llevada a cabo por dos vejetes que a sus noventa años parece juegan a ser niños no tendría mayor trascendencia si el suceso hubiera ocurrido en un espacio más discreto, privado. En el parque ocasiona escándalo.

Fueron identificados por la Policía y serán sancionados por “un acto de exhibición obscena ante menores de edad”. Parece ser que el susodicho parque ya ha sido testigo de otras situaciones similares. La información procede de El Comercio de Gijón.

El incidente quedaría como algo curioso amén de poderlo calificar como una guarrería “acción sucia e indecente” (sic) que se realiza en público. ¿Podrían haberla practicado en privado? Por supuesto que sí. Pero cuando se calienta la bragueta dicen que se pierde la chaveta. Una historieta más…

No estoy clamando por una moral pública estrecha y anquilosada: solo apunto a algo de higiene tanto mental como física. Viejos verdes (chochos) que no han sido capaces de saber estar y saber hacer en público. Siendo ya nonagenarios habría que matizar que han tenido sobrado tiempo para faenar en dicho sentido.

Cambio de tercio. Los jóvenes, por aquello de que “la primavera la sangre altera”, se ponen verracos (salidos de madre por urgencia de apetito sexual) en determinados momentos y circunstancias. Hasta aquí, algo normal en muchos sujetos humanos. Lo que se sale de la norma es hacerlo a plena luz del día y públicamente a la vista de todos.

Estamos ante un segundo botón de muestra de desinhibición en otro sector de esta sociedad en la que nos movemos. No es nada agradable apreciar o avistar escenas de cargado tono morboso en plena calle, en parques o en la playa.

Acción que hoy por hoy, no deja de ser llamativamente indecente. Hasta puede resultar algo guarra y obscena al cien por cien, es decir “impúdica, ofensiva al pudor” de los demás. No invento la historieta.

Si la curiosidad te hace mirar conseguirás o que te increpen diciéndote "¿tú qué coño miras?". Uso esta frase hecha y conocida por todos y que viene a pelo. La respuesta podría ser obvia: “el que tú estás trasteando”, en el caso de querer dar una réplica a la pregunta procedente de tan resuelto “semental”.

O te puede espetar: "¿miras porque tienes envidia?". Para esta segunda pregunta afloran al menos dos posibilidades. Puede que tenga envidia o puede, mas bien, que desprecie el animalismo que ello comporta. "Elige tú zascandil", sería la respuesta adecuada al asunto y sus circunstancias.

Pienso que hemos perdido el respeto a nosotros mismos con dicha modalidad de comportamientos. Follar en plena calle o jardín va ganado adeptos hasta el punto de que parece que está de moda. Es una ofensa a la propia dignidad de quienes lo hacen.

Ni somos pacatos monjes, ni desenfrenados animales ¿o sí? Hay y debe haber unas normas de comportamiento para convivir con los demás. Según el Código Penal, el sexo en público es objeto de sanción, bien con cárcel o con multa.

Siempre que se actúe con plena libertad y consentimiento mutuo estarán de más las reprensiones moralistas pero no en plena vía pública. Las relaciones íntimas son patrimonio y territorio de la vida privada de cada cual. Al menos, lo eran hasta hace poco.

En tiempos no muy lejanos, ciertas manifestaciones amoroso-eróticas realizadas en público estaban absolutamente vetadas, amén de mostrar un ordinariez por parte de los practicadores de dichas acciones. Copular sexualmente es propio de humanos y no está vedado. Hacerlo en público, esté o no esté prohibido, es de mal gusto.

No es cuestión de rasgarse las vestiduras al más puro talante del puritanismo. Intimidad personal, respeto mutuo ante determinados actos son parte de la clave de la dignidad de cada persona.

Nuestra sociedad se ha ido relajando en un amplio abanico de cuestiones que antes gozaban de una cierta intimidad. Mear en la calle a plena luz del día poco a poco se va haciendo normal. Cagar entre coche y coche después de salir de un sarao festolero, sobre todo por la noche, se está convirtiendo en algo natural al menos en las grandes ciudades. Coitar (follar) en la playa, en el césped del parque o donde me acose el deseo va por los mismos derroteros.

La convivencia entre humanos necesita de normas elementales para poder con-vivir. No hay que ser un lince para aceptar la afirmación anterior. Las normas son necesarias aun si las tenemos en cuenta desde el más puro y simple egoísmo. Crecer sin normas acarrea una serie de consecuencias que a la larga pueden, y de hecho lo consiguen, dejar serias secuelas y daños colaterales en el sujeto.

El filósofo y sociólogo Bauman acuñó con acierto los conceptos de "modernidad líquida", "sociedad líquida" o "amor líquido" en referencia al actual momento de nuestro mundo en el que todo es fugaz, provisional, donde las realidades sólidas en las que creímos vivir, se han volatizado dando paso a la provisionalidad del momento. Es lo que vengo llamando sociedad clínex (“pañuelo desechable de papel”) en la que todo es de usar y tirar , incluidas las personas.

El amor líquido (hacer el amor) es motivo para que chirríen los oídos. Hacer el amor no deja de ser un eufemismo aceptado como sinónimo de realizar el coito ("follar" nos parece malsonante). Hasta esta manifestación fisiológica, envuelta en algo de afecto, la hemos embrutecido en la mayoría de casos.

Los ejemplos de sexualidad explicitados más arriba son puro animalismo o son una manifestación monda y lironda de una exigencia animal que, a veces, edulcoramos con mimos y regalos. Las fechas para el Día de… ya están marcadas por la publicidad.

Cierro estas líneas con un susurro. Hablar de "Amor" es algo grande e importante que trasciende los umbrales del solo apetito sexual para ofrecer a la otra persona infinidad de detalles, hechos, gestos, obsequios, tiempo dedicado a ella o él y un largo etcétera. Obras son amores…

PEPE CANTILLO

3 de mayo de 2018

  • 3.5.18
El año pasado publicaba por San Fermín unas líneas sobre el tema de las agresiones sexuales y, concretamente, sobre el cacareado grupo autodenominado “La Manada”. De dicho artículo extraigo dos párrafos que considero importantes. Decía: “Espero que la condena sea firme, sin misericordia. Deseo que la Justicia sea sorda y ciega para que la pena se cumpla. Es un error muy socorrido y sibilino, desde mi punto de vista, que en determinados delitos –violación, esclavitud sexual, pedofilia– la buena conducta condone penas. Lo siento, pero quien la hace, que la pague”.



Adolf Tobeña, catedrático de Psiquiatría, en su libro Neurología de la maldad apunta: “En algunos individuos se necesita poco adiestramiento para que manifiesten y ejecuten un variadísimo repertorio de vilezas sin un motivo claro. Acarrean, parece ser, un talento natural para obtener distracción y goce mediante la tortura ajena si las circunstancias lo permiten” (pág. 214).

Lo más indigno que nos puede ocurrir es movernos en el terreno de la irresponsabilidad que hace inviable cualquier tipo de planteamiento en el que los demás no cuentan, son muñecos de trapo que puedo tirarlos y pisotearlos cuando y como me dé la gana. El irresponsable, en el sentido citado, solo se deja llevar por el egoísmo. Vive a sus anchas y nunca se pregunta: ¿qué debo hacer? ¿Qué está bien o qué está mal? Pasa…

Le traen al pairo los demás y sus derechos. No respeta nada ni a nadie. Vive en un prolongado hedonismo solo para satisfacer su instinto animal. Hay muchas manadas. Bastantes eventos multitudinarios de nuestro entorno, sean ferias, conciertos, botellones, han derivado en puras orgías donde cada uno da rienda suelta a sus apetencias, caiga quien caiga.

Aglomeraciones de Sanfermines, ferias de Abril, de Mayo o de otro tipo han degenerado hacia alcohol, sexo y drogas sin que nadie se preocupe de posibles salidas al problema. Siempre en manada porque es más divertido. A río revuelto, ganancia de pescadores. Claro, puesto que así se diluye la responsabilidad. ¿Exagerado? Creo que no.

Según datos oficiales, parece ser que desde 2014 han aumentado considerablemente los casos de acoso y/o violación. Deseo que no estemos ante un aumento real del problema y que solo sea un incremento de las denuncias ante la Policía.

En cualquiera de los casos –aumento de denuncias o hechos reales– el tema es muy serio y pide mano dura por parte de la Ley. Habrá que ponerle puertas al campo. Aquí viene parte del conflicto: el campo es muy amplio y con muchos animales sueltos.

Nuestra sociedad ha evolucionado a mayores cotas de libertad, pero ¿hemos aprendido a ser sensibles, considerados, respetuosos con los demás? Parece que no, pues cada vez más el otro o la otra nos importan tres rábanos.

¿Más información, mejor educación? Creo que información disponemos “a mogollón”; otro cantar es el uso que podamos hacer de ella. Los medios y san Google nos mantienen conectados. Hablar de educación, en el sentido más amplio... Eso ya es otro cantar.

Nos hemos desprendido de la mojigatería, de una pacatería cortocircuitada por excesivos escrúpulos morales en la que nos encorsetaba una moral religiosa estrecha y capadora. Pero rotas las alambradas, hemos pasado a la otra orilla donde todo está, o eso creemos, permitido. De un extremo al otro hay mucha distancia.

En el punto medio está la virtud. Alguien podrá decir que se la suda, que es libre para hacer lo que le venga en gana. Con bastante frecuencia confundimos el preciado don de la libertad con el más podrido libertinaje. Y así nos va.

Hace una semana que se conoce la sentencia del caso de la manada (en esta ocasión, "manada" no lo pongo en mayúscula porque es un nombre común y quiero matizarlo en toda su extensión gramatical). Aunque a la velocidad que marchamos, pasada una semana se nos habrá olvidado toda la información relacionada con el hecho.

El tema es muy fuerte como para dejarlo de lado. ¿Agresión sexual, violación? No entiendo de leyes y, por tanto, tampoco puedo ni debo emitir juicio en ese sentido. Solo sé algo sobre el respeto debido a los demás, sobre los valores morales que deben adornarnos como personas responsables.

"Manada" se define como “conjunto de ciertos animales de una misma especie que andan reunidos” (sic). Matizo un poco más. La piara es una “manada de cerdos” (sic). En el caso que nos ocupa, son los mismos sujetos quienes se autocalifican de animales. A la vista de los hechos podemos decir que estamos ante una piara de cerdos.

Feminismo, machismo… ¡Justicia! Estamos ante un desafío a los derechos elementales de cualquier persona a no dejarse embrutecer por animales. El comportamiento animal de “la manada de cerdos” (sic) no tiene perdón. La brutalidad y el comportamiento animal de esta piara machacan los derechos elementales de la persona atacada. Cinco contra una entontece al más valiente.

He revisado diversas fuentes de información sobre el caso. Cito: “Así son los miembros de la manada: Unos patanes aficionados al sexo, fútbol y fiestas”. Este titular lo único que hace es una caricatura de una parte de nuestra sociedad asentada sobre el mundo de las tres efes: (fútbol, fiesta y follar). Y eso puede estar muy bien cuando funcionamos desde la libertad democrática y todos los participantes, nunca desde una sola cara del conjunto comunitario.

“La condena de la manada por abusos ahonda el divorcio entre la calle y los jueces”. No improvisaron en caliente. Iban ya pre-preparados y solo faltaba encontrar una víctima que picara el anzuelo, lo demás vendría rodado.

Ofrezco a continuación unas notas extraídas de Psicología y mente donde se explican las diferencias que puede haber entre abuso y agresión sexual. Suelen emplearse ambos términos como sinónimos aunque, en realidad, no impliquen lo mismo; sí que ambos son delitos sexuales tipificados y castigados por la ley. La diferencia que distingue a uno del otro es la presencia o ausencia de violencia física e intimidación.

La violación supone la realización del acto sexual llevado a cabo mediante la fuerza o intimidación, y sin consentimiento de una de las partes. El abuso sexual supone la limitación de la libertad sexual de la otra parte y aunque no se emplee la violencia física sí que hay manipulación, engaño y coacción.

En el abuso sexual no se emplea necesariamente la fuerza o la violencia física para someter a la persona abusada. En el caso de la violación, como agresión sexual que es, por lo general se emplea el uso de la fuerza, la intimidación o el uso de sustancias que ponen a la víctima en situación de vulnerabilidad

Pero dejemos a los jueces cumplir con su trabajo. Amenazar de muerte al juez que vota es un fallo serio: “Sin piernas y sin brazos, machistas a pedazos” me parece una amenaza muy seria, no porque sea juez sino porque es una persona con los mismos derechos que otras.

Hay que esperar, de momento, los distintos recursos que puedan interponerse. ¿Qué queda claro? Ambas circunstancias atentan contra la integridad de la persona, ambas humillan y abusan con violencia o sin ella y deben ser castigadas con contundencia. Pero dentro de los límites legales.

Mal que nos pese “dejemos a los jueces hacer su trabajo”. Lo que decida la Justicia debe ser respetado pues, en caso contrario, estaríamos ante una intromisión. Un millón de firmas no puede ser un misil contra la línea de flotación ni de la Justicia hoy o mañana de un Gobierno. La democracia tiene sus normas lo que no significa que siempre estemos de acuerdo con ellas.

Las leyes no las hacen las firmas del pueblo sino el Poder Judicial. No nos podemos permitir la tiranía del pueblo sectorizado solo hacia un bando sea este el que sea. El populacherismo manejado desde las redes es peligroso. Recusas a los jueces y caemos en dicho populacherismo, por lo que queda una pregunta en el aire: ¿mañana a quién recusamos?

PEPE CANTILLO

19 de abril de 2018

  • 19.4.18
Rebuscando información sobre el tema que abordo hoy, me he topado con un comentario que me provoca una sonrisa con cierta malicia. Dice: “otro síndrome inventado para volvernos tarumbas. Psiquiatras y psicólogos tiene que vivir de los miedos inventados”. ¿Pretenderán tal vez confundirnos? El comentario puede parecer normal siempre que no invite a mirar para otro lado despreciando la realidad que nos rodea. Insinuar que quien se cae está tonto supone una simplificación muy frívola.



¿Cuál es la realidad? El móvil, al igual que otros artilugios, nace como un invento técnico para hacernos la vida más cómoda y menos aburrida, entre otras razones. Es importante en la medida que nos conecta para comunicarnos con los seres queridos, lejanos-cercanos, con los amigos, con el trabajo...

Pero también puede ser, parece que vamos acercándonos a ello, una bomba de relojería. En la medida que esclaviza, nos hace perder el sentido del tiempo, la relación directa con esas personas que citaba unos renglones más arriba. En su justa medida todo o casi todo es bueno; pero el uso-abuso, la dependencia, termina por convertirlo en nocivo.

La adicción al móvil es, según los especialistas, un trastorno que está en aumento en este momento entre la población joven y no tan joven. Hay un creciente y excesivo abuso de algo ya tan común entre nosotros que a la larga puede ocasionarnos buenos quebraderos de cabeza, amén de producir desequilibrios varios tanto a nivel físico como psíquico. El aumento de dependencia es patente en una buena parte de la población.

A nivel físico pueden aparecer disfunciones en los dedos de la mano, muchas horas de pantallita alteran la vista, ligamentos, articulaciones e incluso las vertebras pueden salir malparadas por posturas indebidas. El exceso de uso, tarde o temprano, pasará factura.

A los problemas físicos ocasionados por los móviles hay que añadir los psicológicos. Pueden originar conflictos de inseguridad, bajón de la autoestima, ansiedad, miedo a no estar a la última. La voluntad resultará malparada si no somos capaces de controlar el tiempo dedicado a su uso que pasará a convertirse en abuso.

Cada vez nos pica más la agobiante necesidad de revisar el móvil. Tal adicción es un problema que va adquiriendo proporciones alarmantes según alertan varias fuentes de investigación.

En resumen. Hay problemas de comunicación entre iguales, dificultades para conciliar el sueño, inseguridad, alucinaciones como el síndrome de la vibración fantasma. Surgen brotes de angustia, ansiedad e irritabilidad cuando el sujeto se ve privado del móvil. Mientras mayor sea la dependencia, más agudo será ese malestar, hasta el punto de que puede crear confusión y una sensación de falta de control muy intensa. Ni que decir tiene que atención y memoria se ven afectadas.

Voy a introducir unas líneas alrededor de dos síndromes que están dando que hablar en estos momentos. Uno de ellos es el llamado y poco conocido “Fomo” al que se une el síndrome “Smombies”. Este tipo de términos suele originarse por la combinación de diversas palabras inglesas que a continuación pasaré a explicar.

¿Razones? En la globalización, y sobre todo en informática, es el inglés el que manda. Segunda y mucho más importante, según mi criterio: las mejores universidades están en el mundo anglosajón. Cuentan con buenos profesionales, con fondos monetarios para investigar y con toda la colaboración necesaria para realizar su cometido.

De esta forma de “jugar” en la cancha virtual han aparecido y se están estableciendo una serie de dependencias que los entendidos han estado prestos a bautizar con nombres más o menos significativos para calificar lo que podríamos llamar fobias, adicciones, filias y que, de alguna manera, ya he relatado algo en anteriores artículos.

Valga como ejemplo el teléfono móvil y algún otro artilugio convertidos en algo muy valorado –ciertamente algunos modelos cuestan bastante caros– pero no hasta el punto de superar a las personas, si deslindamos valor y precio. Y sin embargo seducen de tal manera que pasamos de la compañía humana, que deberíamos cuidar, para sumergirnos en el dichoso aparatito. Es de pena ver a varias personas juntas y aisladas en su mundo virtual y desde que se popularizó el “wasapeo” con la inmediatez espectral, aún más.

Confieso que le estoy tomando fobia al móvil. ¿Razón? De ser un magnifico elemento de comunicación con los demás se está convirtiendo en un maldito instrumento de prisión, dependencia, de incomunicación. Esta última pedrada puede sonar a veneno, a una paradoja absurda que encierra una contradicción.

Curiosamente las redes sociales (Facebook o Twitter) se han convertido en la cancha donde el personal juega sus mejores y peores partidos desde el punto de vista de la consideración, del respeto o del destrozo a muerte (social, político) de los demás. Hasta aquí un breve bosquejo de los modelos de inserción de parte de la población tanto joven como no tan joven. Vamos al tajo que hay mucha leña por cortar.

Cada vez son más las personas que sienten que su vida es mucho menos interesante que la de sus conocidos y que tienen la sensación de estar perdiéndose algo. Cualquier buen momento se rompe al descubrir que alguno de tus colegas está pasándoselo fenomenal en algo que tú desconocías. Las redes sociales, en las que solo se cuenta lo bueno, se están convirtiendo en un nuevo elemento de agobio que ya tiene nombre.

El síndrome “Fomo” (fear of missing out) como miedo social a ser dejado de lado por tus amigos, siempre ha existido. En otros tiempos menos interconectados te enterabas de que los amigos se habían ido de parranda y te dejaban en la estacada. Como pronto te enterabas al día siguiente o puede que más tarde de tal información. Hoy la noticia de la posible exclusión llega casi al momento de ocurrir, gracias a las redes.

El saber que los amiguetes están divirtiéndose sin contar contigo genera malestar y sobre todo un doloroso pinchazo de saberte excluido. Las redes cantan la noticia de inmediato y provocan en los excluidos envidia, sentimiento de abandono, tristeza y de rebote surge un miedo atroz a la soledad. Recordemos que tener una charpa de amigos es importante para el acople social y para alimentar la autoestima.

La otra pata de este moderno sinvivir es el llamado síndrome “smombie”. Dicha palabra es la resultante de unir “smartphone” y “zombi”, expresión que se aplica a las personas que transitan por la calle andando abstraídas o ensimismadas sin prestar atención a nada ni a nadie porque van enganchadas física y mentalmente. Las voces de alerta ya avisan del peligro que ello comporta para el sujeto zombi y para los demás viandantes.

Caminar por la calle ensimismado en la pantallita del móvil es cada día más común. Colisionar, si no te apartas o no se apartan, con otros viandantes es algo corriente en nuestras calles. Los sonámbulos del móvil aumentan a pasos agigantados. ¿Qué tiene ello de malo? Los posibles estropicios y daños, tanto personales como ajenos, están a la vista. Claro que si vamos ensimismados en el mundo virtual no nos daremos ni cuenta.

El problema de fondo reside en que hemos atascado, por no decir machacado, el sistema de relación social hasta tal punto que si no es por el móvil, si no alardeo de que tengo una súper máquina que hace de todo, no soy feliz. Entre otras cuestiones detecta y me comunica con los amiguetes, me integra virtualmente con esa pandilla minuto a minuto.

Hocicar con una valla, farola, banco, marquesina, con una zanja que no estaba ayer o con otras personas son algunas de las posibilidades. Si tropiezo con otro viandante la culpa es tanto más de él que del zombi por no apartarse cuando le ve venir, decía todo ofendido un “zombichulo”. ¿No me ha visto? Pues que se aparte, ¡coño!

Las cifras de incidentes con los zombis se han multiplicado considerablemente. Lo habitual son tropezones, cruzar indebidamente, chocar contra farolas, vallas, mobiliario urbano, marquesinas de paradas de autobús y mas… La tendencia a ir enganchados está al alza y algunas aplicaciones han ideado formulas para que el zombi vea los obstáculos a través del móvil. Finura comercial que no falte.

En Augsburgo o Colonia (Alemania) acaban de instalar semáforos especiales para estos particulares adictos, consistentes en luces LED situadas en el suelo que se iluminan para indicar al zombi si puede pasar o debe detenerse. Entre nosotros al el “smombie” se le está llamando zombi que es “un atontado, que se comporta como un autómata” (sic).

PEPE CANTILLO

5 de abril de 2018

  • 5.4.18
En los últimos tiempos, la adicción al móvil ha aumentado considerablemente. ¿Por qué? Móvil y redes permiten proyectar lo que creemos interesante para cada uno de nosotros. La respuesta suele ser instantánea y, por tanto, la gratificación también. Nos permiten un protagonismo que aleja del aburrimiento, de lo anodino y, lo que es más importante, nos saca del anonimato, elevándonos por unos momentos al estrellato. Todo ello provoca un “subidón”, como cualquiera de las mejores alegrías o de determinadas drogas.



Las redes nos mantienen conectados en todo momento con entes que tienen una realidad física allá donde estén pero que no dejan de ser virtuales, tal vez irreales. Muchos dicen ser lo que no son. ¿Por qué nos enganchamos a ese mundo de ficción? Estar conectados con otros y disponer de información ya es un adelanto. En principio no está mal.

Entonces ¿cuál es el problema? La clave puede estar en que nos transporta a un mundo imaginario donde nadie es quien dice ser y una segunda razón más peligrosa: nos aleja de la realidad que nos rodea y de las personas con las que convivimos físicamente.

Es deprimente ver a grupos de personas sentadas alrededor de un refresco, sumergidas y aisladas en sus mundos virtuales. ¿Hay un sobrecoste? La realidad es que hablar con el otro, compartir noticias, dialogar parece no estar de moda. Incomunicación y posible adicción marcan dicha situación. Soledad en compañía sería la estampa.

Podemos estar conectados al móvil por dos razones que son básicas. O bien existe una dependencia total y no necesaria, o se necesita por potentes razones relacionadas con circunstancias personales. El primer supuesto no sería beneficioso y produce claras alteraciones. El segundo se le supone pasajero. Ambos casos desencadenan cambios importantes en el proceder del sujeto.

Según los expertos en las diversas patologías que alteran el comportamiento del sujeto, estamos ante un creciente aumento de dependencias que, por una razón u otra, pueden marcarnos y hacerse definitivas. La adicción al móvil es, en opinión de muchos de ellos, la enfermedad del siglo XXI. Otros prefieren hablar de trastorno y no de enfermedad. ¿Tan importante es el tema?

Valga como ejemplo y antecedente el ímpetu adictivo que produjo en su momento la televisión, después los juegos electrónicos..., y así podríamos continuar enumerando otros “agarres de dependencia”. En algunos casos, el enganche fue pasajero y, en otros, supuso una verdadera esclavitud.

Entre los trastornos derivados de la expansión de Internet y las nuevas tecnologías, destaca la nomofobia, término acuñado en el Reino Unido a raíz de una investigación en la que se quería estudiar el alcance que podía tener la ansiedad en usuarios habituales del móvil, cuando no podían disponer de éste.

Dicho síndrome parece que es más frecuente de lo que pensamos y afecta a mucha más gente de lo que parece, ya sea por razones de importancia vital o por simple adicción al bendito/maldito aparatito. ¿Realidad? Estamos solos, perdidos y cada vez más aislados en la estepa virtual.

Es un hecho confirmado que los teléfonos inteligentes han invadido nuestras vidas y se han convertido en artilugios imprescindibles. En los últimos cuatro años, la nomofobia ha producido un amplísimo club de adeptos. Hasta tal punto es notorio el aumento de adictos que en pocos años se ha pasado de 50 a más de un 64 por ciento. Y aumentando.

El abuso de las nuevas tecnologías ha provocado el nacimiento de diversas patologías para este siglo XXI y la nomofobia es una de ellas. Pero ¿qué es y en qué consiste este nuevo síndrome? Entremos en el tema.

El término procede de un juego de palabras en inglés (no mobile phone phobia) cuya traducción vendría a significar “miedo a no disponer del teléfono móvil”. En puro castellano, el sujeto es esclavo del aparatito sin el cual está perdido porque no puede soportar el quedarse incomunicado.

Estamos ante una patología asociada al uso, abuso y dependencia total del móvil. Dicha servidumbre afecta a un amplio sector de usuarios que no pueden vivir sin él, estén donde estén. Se complementa con el síndrome de la vibración fantasma del que ya dijimos algo en su momento.

La persona con nomofobia, si olvida el móvil, vuelve a buscarlo y no cejará hasta que lo encuentre. Tiene un miedo irracional a olvidarlo o perderlo. Es incapaz de salir sin él. Si se agota la batería no para hasta cargarlo, como sea y donde sea. La cuestión es disponer siempre de él. Actualmente este problema está resuelto con los pequeños acumuladores de energía existentes en el mercado, pero ello no anula el miedo.

Varios son los síntomas que pueden delatar a una persona que padece de nomofobia. Sufre un miedo irracional que le provoca ansiedad por el hecho de no disponer del móvil, ya sea por olvido, avería o pérdida del mismo.

Otros síntomas a tener en cuenta son taquicardias, pensamientos obsesivos, dolor de cabeza y/o de estómago, agresividad, pérdida de la noción del tiempo, dificultades para conciliar el sueño. La comunicación con la familia y el entorno se deteriora

El sujeto siente una gran angustia e irritabilidad ante la posibilidad de quedarse sin el móvil. Mientras mayor sea la dependencia, más agudo será el malestar, hasta el punto que puede crearle confusión y una sensación de falta de control muy intensa. Según los expertos, el nomofóbico suele ser una persona insegura y con baja autoestima.

Evita entrar en locales en los que no haya cobertura o la señal sea muy débil. En caso de tener que hacerlo buscará la posibilidad de señal en cualquier rincón o estará entrando y saliendo de continuo. Nunca apaga el móvil e incluso si las circunstancias le obligan (en el cine, por ejemplo) lo pone en vibración y lo observa de continuo. Su dependencia es tal que necesita estar localizable las 24 horas del día por si le llaman o le envían algo interesante aunque ello no sea importante.

¿Diagnóstico? Estamos ante una dependencia nociva para el equilibrio psíquico e incluso para la salud. Es un prisionero de la máquina. Tiene una esclavitud total del móvil y no contempla su vida cotidiana sin este elemento. Se calcula que el 53 por ciento de los usuarios de móviles están afectados.

Se trata de un trastorno que afecta a un amplio sector de usuarios los cuales no pueden vivir sin dicho aparato estén donde estén. Según estudios recientes el móvil se mira cada vez con más ansiedad y más frecuentemente lo que da idea de la posible dependencia.

Tanto es así que, según los expertos, el miedo a estar sin teléfono se puede diagnosticar ya como un trastorno para una gran parte de la población, sin que los afectados sean conscientes de dicho estado de sumisión. En cuanto a la edad los adolescentes son los usuarios más afectados.

Por último, tendrá problemas en el ámbito familiar, social y académico. Como es de suponer la atención y la memoria se resienten seriamente. Las relaciones personales sufren un fuerte bloqueo entorpeciendo la comunicación cara a cara.

¿Se puede superar una situación de dependencia nomofóbica? Estamos ante un trastorno de modificación de conducta. Posibles salidas. Atreverse a apagar el aparato durante la noche sería un éxito para los más “enganchados”. Hacer breves salidas sin llevarlo sería otro logro. Dejarlo en otra habitación y aguantar el máximo tiempo posible sin mirarlo sería otro paso para controlar el tema.

Resumiendo parte de lo dicho. El mejor teléfono móvil es aquel que usamos cuando lo necesitamos y del que podemos prescindir sin que nos ocasione alteración alguna. El problema se hace patológico cuando su necesidad y uso provoca ansia, malestar general estrés, nerviosismo, soledad, enfado, inquietud, rabia, sentimiento de culpa, baja autoestima. Llegados a este extremo, parece que el mundo se hunde a nuestro alrededor. La necesidad es tan poderosa que el sujeto sufre una fuerte dependencia del susodicho aparato.

Hay mucha variedad de dependencias, unas dejan serias secuelas y otras parece que son menos dañinas, pero todas amarran, en mayor o menor grado, tanto la voluntad como la libertad personal. Ser adictos en múltiples de las circunstancias nos hace esclavos.

PEPE CANTILLO

15 de marzo de 2018

  • 15.3.18
Esta semana hay una desazón especial con la muerte de Gabriel, un chiquillo de corta edad. La mala sangre y rebrotes de odio están enrareciendo el ambiente aunque el mal sabor de boca dure solo unos días y la madre haya hecho un llamamiento a la cordura.



Si nos escudamos en el discurso del odio está claro que levantaremos ampollas en más de una persona. No es de recibo confundir al personal con dardos envenenados. Asesino o asesina es quien “mata con alevosía, ensañamiento o por una recompensa” y de paso “causa viva aflicción o gran disgusto” (sic). En el caso del niño, la conmoción es grande.

Para bien o para mal, el sentir popular se mueve según sople el aire. Estos días, las redes están aventando por un lado dosis de apoyo a la familia con palabras gratificadoras y, por otro, brotan mensajes cargados de odio, de racismo, amén de gran cantidad de bulos. Por cierto, el color de la piel, ser inmigrante, mujer u hombre no son agravantes ni atenuantes en caso de asesinato.

En el libro de Stefan Zweig titulado Castellio contra Calvino queda claro que “matar a un hombre no será nunca defender una doctrina, será siempre matar a un hombre”. En aquel caso se enfrentaba el fanatismo a la cordura.Yo me pregunto ¿y matar a un niño?

Otra perla. Indigna el comentario de El Chicle: “Me van a pedir homicidio, pero a los 7 años ya estaría fuera”, según relata en una carta dirigida a sus padres en la que se jacta de que estará nada y menos en la cárcel. Si al menos callara para no atizar el fuego…

Como salteador de caminos para abusar de jovencitas morenas y de pelo largo, cercanas a los 18 años, parece que no tenía rival. Dicho sujeto, según el juez, es un individuo con un potencial delictivo enorme, de un altísimo riesgo.

¿Por qué la indignación? Es tan poca la importancia que de su “supuesto” crimen le da el sujeto que parece se queda tan pancho. Cualquier persona con cinco dedos de frente y cierto grado de vergüenza untada con algo de remordimiento no respondería en dichos términos. Claro que tener conciencia del bien o del mal es mucho pedir.

La cita que adjunto del libro Neurología de la maldad, de Adolf Tobeña, es reveladora pero amarga: “La cuota de bribones, villanos, matones y asesinos que cada sociedad debe sufrir se renueva sin cesar. Aunque transcurran las épocas, las circunstancias y las generaciones, los malvados no dejarán de alimentar las múltiples variantes de la criminalidad. En cualquier tiempo habrá gente dispuesta a lastimar, torturar o perjudicar gravemente a los demás”.

La violencia es un estigma cruel que ha invadido nuestro entorno social, quizás porque hemos perdido el respeto más elemental a las personas, quizás porque matar o ejercer violencia no sale caro; quizás porque nos divierte vivir peligrosamente y jugar al límite. Muchas son las razones que se pueden aducir.

La violencia sin apellido (general) parece que nos acorrala por todos los frentes. Adolescentes que matan importándoles un bledo las consecuencias de su conducta; adultos que agreden a quien se ponga por delante sin el menor miramiento. ¿Transgredir las normas y ser violento puede salir gratis?

La violencia que en términos generales nos envuelve avisa de que estamos fracasando como personas. Violencia en la escuela, en la familia, en la calle, en lugares de ocio, en el deporte... Poco a poco hemos frivolizado las circunstancias violentas.

Puede que una de las razones de fondo de todo este desmadre esté en que maltratar, agredir e incluso matar sale barato porque la pena que se impone a quien comete un delito es suave. Tendremos que buscar soluciones antes que rebose el vaso.

Planteo unas líneas sobre la violencia con “apellido”. El abanico en este tema es amplio. Solo ofrezco algunas de las modalidades más conocidas. Empecemos por la física, la más visible por las huellas que deja en la víctima tales como heridas, hematomas, fractura de miembros, amén de dejarle el ego muy dolorido.

Violencia verbal ha habido siempre pero puede que ahora sea algo más llamativa puesto que ofendemos a destajo a todos aquellos que no nos agradan. Las redes nos ayudan a calentar el ambiente.

La psicológica se caracteriza por una continuada humillación, desprecio. Es habitual en el acoso de la pareja. Este tipo de maltrato es el más generalizado, menos visible, menos detectado y casi nunca contemplado por las leyes, ya que “no se ve”, las lesiones y las secuelas son severas y a largo plazo. Suelen tener carácter crónico.

Otra variedad es la sexual en la que se fuerza a la víctima a realizar actividades o acciones sexuales no queridas voluntariamente por esa persona. En esta modalidad entran como acosados niños y niñas, jóvenes, mujeres. La violación es el apellido que más abunda en esta variable.

La violencia social juega en muchos de los casos un papel muy importante. Consiste en limitar a la víctima socialmente para lo cual se le aísla al máximo posible en su relación con familiares y amistades. Cuesta percatarse de ella, máxime si la víctima elude, por miedo, dar explicaciones a terceros. A esta modalidad hay que añadir la patrimonial, una de las más finas y menos detectable.

La violencia de pareja (léase machista, sexista o mal llamada "de género") suele ser un conglomerado de varias modalidades. Ésta deja huellas tanto físicas como psíquicas, además de sumar otras señales.  La violencia domestica machaca a todos los miembros del hogar. La sufren las mujeres que suelen llevar las de perder. Se irradia de padres a hijos y de hijos a padres, factor éste que parece va en aumento.

No me olvido del acoso escolar (bullying o cyberbullying) que se ejerce sobre otro con el fin de denigrarlo y vejarlo ante los demás y que también se tiñe de violencia. El maltrato entre iguales origina un destructivo modo de relación que junta a víctima y agresor en una zona oscura de la intimidad.

La violencia racista o xenófoba está a la orden del día; de la ejercida en el deporte mejor no hablemos; la violencia bullanguera o gratuita que carcome lo que encuentra a su paso por el placer de destruir es seria. Mobiliario público, pintadas por doquier, vidrios rotos en jardines donde juegan niños... son algunas muestras de ella.

Otra variable completita es la económica. No pagar la pensión alimenticia en el caso de separación o controlar el dinero que entra en el hogar, dosificándolo según el criterio del acosador, es una de sus características.

La violencia vicaria es una forma de maltrato infantil en la que se utiliza como moneda de cambio a los hijos para hacer daño, dominar y chantajear a la madre. De este modelo se habla poco y, sin embargo, tiene importancia y, sobre todo, secuelas psicológicas muy dañinas y duraderas.

Violencia mediática es la que se lleva a cabo a través de la difusión de mensajes o imágenes que injurian, difaman, discriminan, deshonran, humillan y atentan contra la dignidad de las personas. Hay otras variedades como la laboral, institucional, obstétrica… en las que el acoso y hostigamiento es constante. Dicho asedio se manifiesta en gestos, palabras, mensajes que tratan de intimidar, chantajear, humillar o importunar a las víctimas.

Las causas de tanta violencia son múltiples y no fáciles de controlar. La conducta violenta se aprende muy pronto y, como mancha de aceite, se extiende entre nosotros e impregna nuestros actos. Digamos que es muy contagiosa, incluso atractiva para esas personas que consideran que hacer daño por divertimento es algo normal.

PEPE CANTILLO


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