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4 de diciembre de 2011

  • 4.12.11
Hay números y conjunciones de éstos que ejercen una extraña y magnética influencia sobre la gente. Cifras que, por su misteriosa y oculta combinación, vaticinan Apocalipsis y hecatombes de todo tipo. Pero los publicistas, que tanto saben del subconsciente colectivo, son capaces de darle la vuelta a su significado negativo, y presentarlo como un caramelo irresistible.

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Para quienes se ganan la vida haciendo anuncios, sólo es fatal una cosa: la falta de imaginación. Lo acabamos de ver recientemente al conjuro de la repetición mecánica de una cifra: el 11 en el calendario.

La Organización Nacional de Ciegos de España (ONCE), haciendo un guiño a su propia fecha de fundación, ha montado uno de sus más exitosos sorteos sobre este palíndromo, una curiosidad matemática que sólo se produce cada cien años: el 11/11/11.

La cosa, además, se puede alargar si añadimos los minutos y los segundos hasta formar una suma de cinco números 11 consecutivos. Demasiados guarismos de la misma especie juntos. Demasiados palos tentetiesos como para no sospechar, con fundamento, de ellos.

Con esta cábala la población se ha mantenido entretenida unos días, los invidentes han multiplicado sus ventas y ya hay unos cuantos inspectores de Hacienda revisando las cuentas corrientes de los afortunados, por si acaso.

Pero esto de la fijación en sortilegios mágicos no siempre da resultado, por mucha leyenda que arrastren. La realidad destroza los sueños. Y la crisis, tan puñetera, hace estallar en mil pedazos las ilusiones.

Lo saben bien los directivos del Metro de Málaga. Lo saben y les escuece. Por darle un atributo mágico al nuevo transporte subterráneo, habían dispuesto todo para que su estreno coincidiera con la fecha capicúa, redonda, compacta y evocadora de prodigios. Pero una cosa son las ideas, la estrategia de despacho y otra muy distinta la penosa situación económica que padecemos.

En la práctica, con la obra a medio terminar, poner el Metro en marcha sólo conduciría al descalabro, a la ruina. Era una temeridad contable, así que se optó por aplazar los fastos sine die, antes que descarrilase, por ruinosa, la mayor inversión del Gobierno andaluz en la capital malagueña. No está el horno para bollos, ni el tren para circular vacío.

De este modo, la operación publicitaria, largamente preparada, se derrumbó. ¡Tierra trágame! Y así fue: las ufanas previsiones se quedaron bajo tierra, en el subsuelo, la capa oculta por la que, quién sabe cuándo, alguna vez deambulará el suburbano. Espero, como decía el poeta, que más pronto que tarde.

También ese día, el 11/11/11, le reventaron la esperanza y al alegría a dos de mis compañeros de profesión. Eran los dos últimos empleados que quedaban en la emisora de Radiole en Cabra (otros cuatro -entre redactores, técnicos y comerciales- integrantes de la plantilla del Grupo Prisa en la provincia han seguido el mismo camino: el de la Oficina de Empleo, a sus años). ¿Veis como al final no era tan bueno, ni tan propicio, el cacareado día?

La directora de la Cadena SER en Córdoba escogió ese dígito del calendario para mandarlos al paro, al menos a los dos colegas de los que les hablo. Ellos, atribulados por el Expediente de Regulación de Empleo que está diezmando los recursos humanos de la compañía, lo veían venir. Y no es un cruel juego de palabras.

Unos días antes, su jefa, la que les comunicó el despido, se había puesto en contacto con ambos para transmitirle que pensaba ir personalmente a “daros una no muy buena noticia”. Les iba a cortar la cabeza laboralmente hablando, pero iba a procurar que no les doliese mucho. Hay que ver, en el fondo, lo considerados que son.

Jodidos y en la calle. Esa es ahora su situación después de un montón de años al servicio de la empresa. Los han despachado pero, al hacerlo, el medio de comunicación propietario de la licencia radiofónica en Cabra se han desenmascarado.

Es una emisora fantasma. Sus dependencias están cerradas, no hay personal en su interior, es decir que la frecuencia que se les confió como medio de expresión local está actuando como un mero repetidor. De su programación se ha borrado todo rastro de información, se han suprimido los espacios de noticias, carece de redactores y locutores. Es, simplemente, un poste, una antena exenta de vida ciudadana, que difunde, excediendo mucho por cierto la potencia permitida, una programación exclusivamente musical centralizada en Madrid.

Es decir, que una radio con licencia supeditada a la atención de las necesidades de información y comunicación de una demarcación determinada no está observando este cometido para el que fue creada. En otras palabras: está incumpliendo la normativa por la que se le autorizó a operar.

Ante estos hechos cabe preguntarse si no es ya suficiente descaro el estar infringiendo la ley de esta manera tan patente. Si acaso no se incurre así en el abuso. Es más, hay razones de peso para sostener que se está cometiendo un fraude desde hace tiempo.

La licencia se le otorgó al Grupo Prisa, a través de una de sus empresas asociadas, como una emisora de ámbito local. La Administración se decantó por ella, facilitando la entrada de un grupo nacional en una zona donde hasta entonces no tenía cobertura, frente a otros aspirantes asentados aquí, entre ellos Promi, que se quedaron con las ganas. La licencia era de alcance y contenido local, pero en la práctica casi nunca ha cumplido las funciones por las que, en teoría, se puso en servicio.

Desde 1989, año del desembarco de la radio privada en Cabra, la frecuencia concedida ha cambiado de nombre según ha convenido en cada momento. Empezó por llamarse SER Subbética; después, Cadena Dial; más tarde, Cadena Dial Córdoba Sur; y, finalmente, Radiole. Un mareo de identidades que, además de despistar al oyente, ha desembocado en un traumático cierre.

Su errática trayectoria ha ido dejando víctimas en el camino (despidos y traslados de personal, reducciones de contenidos locales) y, en general, una sensación de tomadura de pelo en la opinión pública.

Sin embargo, y aunque concurren suficientes razones para revocar la concesión de la licencia, nadie hasta ahora ha alzado la voz, de una manera severa, seria y definitiva. Después de la clausura de Radiole parece llegado el momento de hacerlo.

Es curioso. Para que se implantara la SER en Cabra se le dio toda clase de facilidades. Recibió el pláceme de las autoridades, se permitió difamar a la competencia y comportarse como un consentido.

Su camino se allanó más aún cuando, en el verano de 1991, Radio Televisión Española decidió cancelar una veintena de emisoras comarcales, entre ellas Radio Nacional de España (antigua Radio Atalaya). El nuevo escenario suponía el cambio de una radio pública con todas sus garantías e historia consolidada por una radio privada que carecía de arraigo en la zona y que, a los hechos me remito, nunca llegó a comprometerse realmente con la población.

El portazo que ahora acaba de dar es la última de sus desconsideraciones. Dicen los viejos, y tienen razón, que la Historia pone las cosas en su sitio. Además nos debería hacer reflexionar para actuar en consecuencia. La desaparición de emisiones locales de Radiole tiene un profundo significado. Es un circulo que se completa.

Al cerrarse Radio Nacional de España, Cabra y sus alrededores no perdieron sólo una emisora, se quedaron sin dos. La privada, que supuestamente vino a reemplazarla y aumentar la pluralidad informativa, también ha sucumbido ahora. No es momento de lamentaciones, sino de que alguien responda por fin a una pregunta, una sola pregunta: ¿por qué no se hizo nada para impedir la supresión del único medio de comunicación público que fue la voz de todos los pueblos?
MANUEL BELLIDO MORA

27 de noviembre de 2011

  • 27.11.11
Suele decirse que "el saber no ocupa lugar", atribuyendo al conocimiento una especie de condición inmaterial que, además de hacerlo invisible, lo convierte en un patrimonio no físico, cuyo uso y disfrute queda reducido a seres aventajados, a doctos intelectuales que lo administran a su antojo.

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Pero esta aseveración no se corresponde con la realidad, porque resulta evidente que la ciencia, la literatura, la historia y las artes sí tienen una manifestación concreta y palpable. Y con el propósito de ampararla, darle custodia y provecho se alzaron edificios a la manera de santuarios por los que van y vienen los sabios.

En Córdoba está en la calle Ambrosio de Morales, entre los ilustrados muros de la Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes. Ese es el lugar, un recinto consagrado al estudio y la investigación, que ocupa el saber en la capital. Un espacio que le da dignidad y prestigio al trabajo que, con callada solvencia, le proporcionan sus miembros por medio de ponencias, sesudos informes y publicaciones.

La institución nacida -como acertadamente sugiere José Antonio Ponferrada- “bajo el signo de las Luces y que ha cumplido ya doscientos años con el dinamismo y la vigencia que le son generalmente reconocidos”, atraviesa por un nuevo esplendor con la incorporación de académicos que están consiguiendo un doble efecto: por un lado, la rejuvenecen por la edad aún joven con la que toman posesión de sus escaños estos flamantes componentes, y por otra parte, la abren a expresiones culturales de cuño más contemporáneo como el cine, la fotografía y el flamenco. Disciplinas que vienen a unirse a las clásicas que, desde el principio, le han dado lustre y predicamento.

Creo que con esta apertura no se busca sólo una actualización de materias y expresiones artísticas de nuestro tiempo sino que, con su incorporación, lo que se consigue es ampliar el directorio de especialidades, algo que se debe hacer guiado, además de por el rigor que se le supone, por la curiosidad para adentrarse en otros terrenos que merecen ser explorados con detenimiento.

Así la Real Academia de Córdoba se pone al día y contrarresta la imagen de vetusto templo de rancia estirpe, por el que algunos aún la toman. Y ya puestos, dentro de este proceso de asunción de competencias hasta ahora no abordadas ¿por qué no acoger en su seno a expertos en doctrina enológica?

A fin de cuentas es innegable que habitamos en una demarcación de profundas raíces vinícolas que, amén de darnos justa fama, actúa desde antiguo como fuente de inspiración para que los humanos emprendan toda clase de aventuras artísticas.

Pero a lo que voy. La savia nueva está revitalizando la Real Academia y la está conectando con la sociedad. Entre sus recientes numerarios siento especial admiración y cariño por José Antonio Ponferrada, a quien ya antes he nombrado.

Por distintas razones, de la que la familiar no es la menor, lo conozco desde hace tiempo. Sé de su exigencia profesional como profesor titular de Lengua y Literatura en el Instituto de Enseñanza Secundaria “Averroes” de la capital. También conozco y disfruto siempre que hay ocasión de sus caudalosos dominios literarios y de su aventajada posición como consumado lector.

Le tengo estima personal y comparto con él aficiones. Las primeras nacieron de nuestra común devoción por el rock and roll y, como consecuencia de ello, de todas sus ricas y sustanciosas derivaciones en la cultura juvenil.

Las demás, entre las que ocupa un lugar preferente la defensa y la degustación de los vinos de nuestro pueblo, fueron afluyendo con plena naturalidad en el transcurso de nuestra amistad, que es duradera y fecunda.

Al vino dedica tiempo y reflexiones. Le sirve como alivio cotidiano de los pesares y cuitas que nos zurran. Pero aunque es un catador entendido como el que más y podría presumir de ello, platicando de la tipología que lo hace único en el mundo, lo más importante es que en él halla un sustento espiritual que lo vincula permanentemente con sus antepasados

Por eso estaba “cantado” que su discurso de presentación ante la docta Corporación versaría sobre el rastro y la influencia que nuestra más emblemática bebida ha dejado en la literatura. En concreto José Antonio Ponferrada habló sobre El vino de Montilla en las tres novelas andaluzas de Armando Palacio Valdés. Él lo define como “un breve estudio inédito en el que amalgaman tres de mis aficiones (algunas comparto contigo), a saber: Montilla, el montilla y la literatura”.

Entresaco estas líneas, que desvelan sus pasiones y querencias, de la carta de invitación que oportunamente nos hizo llegar para que acudiéramos al acto celebrado en la noche del pasado jueves. Fue sin duda un momento muy especial para él, sus amigos y familiares: la recepción del título e imposición de medalla académica tuvo lugar, en sesión pública, en el Salón de Columnas del Antiguo Rectorado de la Universidad de Córdoba.

Desde Huelva, donde estos días invierto mis esfuerzos en la cobertura informativa de su Festival de Cine Iberoamericano para Canal Sur Televisión, le dedico estas palabras. No pude estar personalmente para escucharlo pero cuento con que pronto tendré en mis manos el opúsculo con el contenido de esta prima y calibrada disertación. El tema, por poco frecuentado, ya es en sí mismo un potente reclamo.

Algo parecido me ocurrió con Francisco Solano Márquez Cruz, otro paisano que acaba de presentar sus cartas credenciales en esta misma institución. Lo ha hecho con un pormenorizado relato de la gestación e historia de La Voz de Córdoba, un diario que él tuvo la suerte y el mérito de dirigir poniendo fin al monopolio informativo del Córdoba, perteneciente entonces a la cadena de Medios de Comunicación del Estado.

Paco me ha contado que “al sumergirme en sus páginas amarillentas, me he dado un rejuvenecedor baño de nostalgia y he revivido recuerdos que compartimos”. Y en efecto así fue. Animados por él y siendo unos principiantes en este oficio de gacetilleros, Paco Moreno y yo sacamos adelante una página diaria de información local, un hecho sin precedentes ni continuación en este modesto universo de la prensa montillana.

Que ahora, al hacer recuento de aquella aventura, lo tenga presente supone para nosotros una inesperada ración de orgullo. Eramos conscientes de que, pese a nuestro limitado campo de acción, estábamos haciendo algo de cierto valor.

Al hablar de ello en tan selecto escenario, Paco Solano le ha dado rango académico. Desde luego mucho más de lo que esperábamos. Y lo mejor es que he tenido oportunidad de agradecérselo como es debido. Fue al día siguiente de la lectura y gracias a un encuentro absolutamente providencial en la calle Osario. Apenas duró unos minutos pero me volví a Málaga con la sensación del tiempo recobrado. Me llevé algo más: una pequeña separata con el discurso de presentación. Una diminuta porción de mi propia historia.

Con Paco Solano Márquez Cruz entra el cronista pendiente de todos los detalles y el fiel observador de la noticia en la Real Academia de Córdoba. Con él y José Antonio Ponferrada crece la relación de paisanos que ostentan este honor. Ellos se suman a Enrique Garramiola Prieto -cronista oficial de Montilla-; Soledad Gómez Navarro -profesora titular de Historia Moderna, Contemporánea y de América-; Antonio Varo Baena –dramaturgo, poeta, articulista, médico y científico-; Manuel Ruiz Luque –bibliófilo, editor y cronista de la prensa local-; María José Ruiz –pintora-; y Agustín Gómez –flamencólogo-.

Fuera de Andalucía nos ven propensión a lo exagerado. Nunca he tomado esto como algo ofensivo. Es verdad que somos dados a lo superlativo, que nos gusta deslizarnos por las hipérboles. Por eso, ante la profusión de escritores y artistas de pura cepa, ya es hora de hablar de una “Real Academia Amontillada”. Brindemos por ella.
MANUEL BELLIDO MORA

18 de noviembre de 2011

  • 18.11.11
Como si fuera una plaga bíblica de proporciones terroríficas, los noticiarios abren sus partes informativos cada día rebosante de calamidades. Pero aunque lo parezca no todo está perdido. En un mundo en el que las oscilaciones de las finanzas se acostumbran a definir el estado de ánimo del personal, son los hechos corrientes los que verdaderamente descubren lo que está pasando. Me explico.

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Un amigo me repite cada vez que nos vemos que la crisis es buena. "¡Venga ya!", le respondo. Y sin perder la compostura ni admitir que esté chalado como yo le digo, razona su atrevida e insólita aseveración: “Mira, Manolo, la quiebra financiera nos abre los ojos, no porque nos quite el sueño saber que estamos asediados por la ruina y las deudas galopantes, sino porque ahora lo vemos todo más claro. A la deuda -concluye su explicación- ya le pondremos fecha de pago, si es que para entonces no nos hemos declarado rematadamente insolventes".

"Antes -me dice- todos sabían quién era el patrón, se conocía su dirección, eran públicos sus hábitos e incluso, por más detalles, no era un secreto su parroquia favorita ni los horarios que prefería para ir a misa. Y, de no ser así, se le representaba con un gran puro y levita, pisoteando a los obreros". Vale, todo esto suena a trasnochada simplificación humorística, a anacrónico panfleto proletario. Pero qué duda cabe que, en su superficial apariencia, resiste la verdad.

A medida que la labor sindical se ha burocratizado, hasta el punto de que muchas veces da la sensación que forma parte del mismo sistema que, en teoría, combate, el capital por su parte ha desarrollado unos complejos mecanismos de defensa. Se nota que aprieta, pero lo cierto es que se ignora quién lo hace.

A ver quién es capaz en estos instantes de zozobra de ponerle rostro a los que manejan los hilos de la economía del planeta. En realidad nadie sabe quiénes son y cómo se llaman. Permanecen ahí ocultos, detrás de esa maraña impenetrable de corporaciones empresariales, blindados en el inextricable cogollo de sociedades interpuestas; sobreviven encerrados en los nuevos búnker de la tupida red financiera.

Los gobiernos, lo estamos viendo estos días, son rehenes de estos mandamases invisibles. Los brookers y los altos ejecutivos, en efecto, sólo son sus hombres de paja. Hoy están, mañana desaparecen; se quitan de en medio amortiguando el golpe de su caída con despidos millonarios. Están teledirigidos y es fácil cerrarle la boca con stock options. La suculenta propina de los desalmados. El mundo está teledirigido por prebostes que ignoramos.

Ya nada es igual. La escaleta de los programas de entretenimiento en televisión empiezan a hacerla los grandes anunciantes. Lo de su retirada masiva de La Noria se nos quiere presentar como un acto de honradez para que la basura no nos salga por los ojos.

Pero da la casualidad que otros programas tienen las mismas o superiores cotas de inmundicia, y nadie se molesta ni se escandaliza. No se trata de limpiar el patio. Es una vez más el triunfo de la hipocresía. Es su forma de enseñar los dientes. La manera más descarnada y rotunda de dejar muy claro quién manda.

Con el comportamiento de las compañías eléctricas pasa algo parecido. Lo que hacen ante nuestra total indefensión no es proporcionarnos luz y energía. Nos tienen cogidos por el cable, han conseguido acorralarnos con alambres de cobre. A ellos les trae sin cuidado el paro y las desangradas economías domésticas.

Como se te ocurra retrasarte en el pago de la cuota o devolver alguna factura, estás condenado a quedarte a oscuras. Eso es automático. Te apagan la luz en cuanto saltan los fusibles de tus ahorros. Y si, por desgracia, te ves abocado a esta situación no se te ocurra reclamar, porque sencillamente no tendrás a quiénes hacerlo.

Lo mismo ocurre frente a cualquier incidente y anomalía en el servicio. Más te vale llamar al electricista de turno para subsanar el problema. Pretender otra cosa, intentar que la compañía resuelva la contingencia es una quimera.

Quedan demasiado lejanos los tiempos en que ante los fallos y las interrupciones podías dirigirte personalmente a las oficinas de “Sevillana” para presentar las quejas correspondientes. Es más, dada la confianza existente entre los operarios de la compañía y los clientes, el incidente se reparaba con una simple llamada de teléfono.

En la actualidad nada de eso es posible. Las empresas de energía eléctrica ya no tienen rostro humano. Han delegado sus servicios, su representación a intermediarios que, en la medida de lo posible y siempre dentro de los horarios comerciales, intentarán arreglar los desaguisados. Eso es lo que hay.

Y no vale la pena darle más vuelta. Entre la empresa y el abonado no queda el mínimo rastro de familiaridad. Hay, esa es la triste realidad, una sucursal bancaria o, como mucho, uno de esos impersonales puntos de Atención al Cliente en los que sales con la impresión de que nadie conoce a nadie.

Y más vale que te mantengas al corriente –nunca mejor dicho– porque de lo contrario uno de los dos, o el banco o la tienda, te va a dejar helado, ahora que se acerca el crudo invierno. El de la economía, y también el meteorológico.

La fría actitud de las compañías eléctricas llega al desafío. Y a lo esperpéntico. En numerosos pueblos han cortado el suministro por la acumulación de recibos impagados. El apagón, que es su manera de presionar, ha dejado sin fluido a urbanizaciones enteras y a parques públicos.

En Coín (Málaga) hasta el cementerio se ha quedado sin luz. Pero en un sitio como este con inquilinos acostumbrados desde su defunción a no alzar la voz es donde menos quejas ha habido.

Las corporaciones eléctricas son implacables: o apoquinas o echa mano de las velas. Contrasta esta actitud inflexible con lo que, en otras épocas, han tenido que aguantar los usuarios. Lo digo por experiencia.

En la panadería de mis padres ha habido incontables noches en que toda la faena, con lo duro que esto es, se tenía que hacer a mano por las deficiencias del tendido eléctrico. La instalación fallaba en cuanto caían cuatro gotas o retumbaba una tormenta. Y así infinidad de veces.

Pues bien, nunca hubo ningún tipo de compensaciones por las molestias y las perdidas causadas. Pero claro, las grandes corporaciones energéticas han perdido la memoria. Suprimen el suministro caiga quien caiga.

La cosa es significativamente más grave en muchos tramos de autovía, especialmente en lugares, por su trazado, de concentración de accidentes. Agobiados por las cargas, algunos ayuntamientos por cuyo término municipal discurren estas carreteras han optado por exonerarse de la obligación de costear como hasta ahora este servicio. Y como el altruismo no es pauta de actuación que se lleve en estos aciagos días, la autopista definitivamente está muy negra.

La medida supone un serio contratiempo para la seguridad vial de estas conflictivas y transitadas zonas. Las asociaciones de conductores han denunciado el atropello. Sin la adecuada iluminación aumenta el riesgo de accidentes. Pero la empresa eléctrica no entiende de barcos. Ni de coches.
MANUEL BELLIDO MORA

11 de noviembre de 2011

  • 11.11.11
Con el cine sostengo un trato cordial. Aparte de la relación que mantengo con mi familia, los amigos y por supuesto los vinilos, no recuerdo otra, entre las que se me achacan, que sea tan perdurable y provechosa. Por lo general no salgo descompuesto de las (multi) salas, es decir que en la mayoría de los casos, soy bastante consciente de lo que voy a ver. Es como cuando de chico se acude al médico con tu madre para hacerte una radiografía. En el cuarto oscuro de la consulta sabía a lo que me exponía.

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De modo que, precavido, no suelo despotricar de lo que se proyecta en la pantalla, a no ser que sea un insoportable tostón. Pero es que entre sus innumerables beneficios, los aficionados al cine tienen muy desarrollada la virtud de la paciencia, bastante más que el resto de los humanos.

No me parece, como muchos colegas opinan, que casi todo es bazofia de la peor especie. Sencillamente creo que la industria del cine, como siempre ha hecho desde que Lumiere la fundó, adapta su producción al gusto mayoritario del público. Y, si como ahora ocurre, éste es abrumadoramente joven y poco exigente (cada vez más), predominan las gansadas. Es ese tipo de argumentos en los que los personajes alcanzan notoriedad en proporción a las barrabasadas que son capaces de perpetrar, es lo que se lleva.

Ignoro desde cuándo no se dan una vuelta por el cine, pero les prevengo que en la cartelera este tipo de subproductos ejerce una aplastante mayoría absoluta. Es lo que hay. Lo digo para evitar chascos y reclamaciones. Sé de un menda que, defraudado en un concierto de jazz, presentó una denuncia porque lo que estaba escuchando ni era esa música ni se parecía.

Lo joven manda ante la huída en masa del público adulto que, con su deserción, renuncia a su derecho de elegir entre una programación alternativa. Por si fuera poco, este relevo generacional no viene solo ya que, además, trae sus propios ídolos, desplazando a los que había al paro.

Cuando las arrugas se obstinan en manifestarse, los artistas empiezan a sentirse invisibles. Es cumplir años y notar al instante que los estudios se olvidan de ellos. Primero sus rostros, tan admirables hace unos cuantos años, desaparecen de las preferencias de la audiencia. Y acto seguido empiezan a escasear los contratos. Así son las cosas.

La industria del entretenimiento devora a sus hijos, y lo hace sin compasión. Los jubila antes de tiempo, los arroja al ostracismo y no los compensa de ninguna forma. A la inmensa mayoría ni siquiera les queda el consuelo de pasar a la galería de viejas glorias. Porque también aquí el cupo está cerrado desde hace tiempo.

No hay más que repasar el panteón de los mitos del celuloide para comprobar que no existen nuevos ingresos desde tiempo inmemorial, que ese Olimpo del ajado esplendor tiene la quietud de una tumba. Allí los muertos (Marilyn, James Dean, Grace Kelly) son los que están más vivos en la memoria de la gente. Siguen siendo los titulares indiscutibles en la alineación de los mitos eternos del séptimo arte.

Por eso resulta gratificante el reencuentro cara a cara con quienes alguna vez fueron grandes, pero por los caprichos de la taquilla han dejado de serlo. Dos de ellos, William Hurt (Fuego en el cuerpo) e Isabella Rossellini (Blue Velvet) han tenido su ratito de gloria en el Festival de Cine Europeo de Sevilla, cuya undécima edición concluye esta noche.

Ambos protagonizan Tres veces 20 años, de Julie Gavras, una estupenda comedia amarga en la que una pareja ve cercada su duradera estabilidad por el estrago de la vejez inminente.

Él es arquitecto pero es incapaz de diseñar un final adecuado a su vida laboral y sentimental. Es un renombrado creador de puentes y aeropuertos, las catedrales de nuestro tiempo, pero últimamente sólo le salen encargos para construir residencias para ancianos, urbanizaciones equipadas con todo lujo de detalles para hacer más llevadero el envejecimiento, otro de los signos de esta época en la que es un hecho innegable la prolongación de esperanza de vida. Lo que los ha convertido, a sus años, en uno de los mayores colectivos humanos.

Es decir que como dicen los cursis modernos, por su abundancia (la de los viejos), constituyen un "nicho de nuevos empleos" para atender sus necesidades, dicho esto sin intención macabra alguna en la expresión.

En la mencionada película se bromea con esto. Con lo remiso que somos a aceptar el paso del tiempo y el declive físico, aunque está claro que los avances de la medicina, y la geriátrica en particular, están sirviendo de paliativo a la decadencia inevitable, a veces por cierto con efecto que rondan lo milagroso.

La publicidad no ha tardado en sacarle partido a la nueva situación, por lo que en los anuncios ya hemos visto a abuelos en situaciones de lo más inverosímil: la anciana que está en el cielo tirándose en paracaídas es un buen ejemplo de esta corriente.

En Tres veces 20 años, el film del que les hablo, también se hace chanza de lo mucho que, con tanto adelanto científico, se ha diversificado la forma de morir. Uno de los personajes, no sin cierto punto agrio, comenta que en algunos sitios ahora se puede elegir a la carta el billete para el otro mundo. Viendo la escena en un mes, noviembre, de tanto regusto fúnebre pensé en que en estos aspectos, los aparejados a las defunciones, el que se queda atrás está condenado al fracaso y a la ruina.

Con toda la razón se han puesto al día las empresas de servicios funerarios. Ofrecen tantas novedades, algunas realmente estrafalarias, que el trámite de la muerte se ha convertido en una complicación.

En Alemania, siempre tan punteros van (con los pies) por delante. Allí, según los periódicos, el último grito (con perdón) en materia de entierros es hacerlos creando “espacios de duelo positivos y optimistas, abiertos a la vida, motivadores”. Son despedidas, dice la información, “innovadoras y contrarias a toda solemnidad”. Para que el finado, digo yo, se vaya contento.
MANUEL BELLIDO MORA

5 de noviembre de 2011

  • 5.11.11
La crisis económica, tan constante que ya nos parece endémica, aprieta y ahoga. Que se lo pregunten, si no, a los casi cinco millones de parados que se angustian cada vez que se tocan el bolsillo, y lo encuentran profundo y vacío.

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Es la misma sensación que tienen los griegos, y cualquiera que haya sido despedido de su empresa. Pero no me resulta agradable hablar de lo que se le viene encima al gobierno de Atenas si no acepta las condiciones de la Unión Europea. En los noticieros hay sobredosis de información negativa sobre el pueblo heleno. Y eso no me parece del todo bien.

Quién nos lo iba a decir. Ellos inventaron la cultura occidental, nos enseñaron qué es el teatro, perfeccionaron la agricultura y los conocimientos astronómicos, moldearon, aunque imperfecta, la democracia. Todo eso y más le debemos. Y, sin embargo, ahí los tienen pidiendo limosna y pendientes de un plan de rescate que les va a costar muy caro.

Es curioso lo mal que se siguen haciendo las cuentas. Si se cuantificaran los saqueos que han sufrido en sus riquísimos tesoros artísticos a lo largo de la historia (se llegaron a desmontar templos enteros sin pasar por caja y se expoliaron sus antiguas ciudades hasta lo indecente), el balance seguiría siendo muy favorable a sus intereses.

Pero, amigos, esa es otra deuda histórica. De modo, que para no agrandar la irritación, pongamos otro ejemplo de nación en bancarrota. Al norte, cuyas finanzas tan holgadas creíamos, hay un buen ejemplo que, por su dimensión, te deja frío.

La odiosa cifra, la de los desempleados en España, es 15 veces superior a la población de Islandia, pero allí, la tierra del salmón, el colapso financiero es todavía peor que el nuestro -eso, aparte del fresco polar que se estila por aquellas latitudes-. Así que lo conveniente es no ponerlo como destino, en caso de que haya que emigrar. Ni, por supuesto, tomarlo como un consuelo, pues ya se sabe lo que asevera el dicho popular: “mal de muchos…”.

Pensábamos, en nuestro desconocimiento de sus cuentas, que como eran pocos, cabrían a una mayor porción a la hora de distribuir la riqueza del país. Pero resulta que, de la noche a la mañana, los vecinos de la isla se han encontrado con una trampa abrumadora.

Es lo único -una tarta rancia y maloliente- que les queda por repartir. Mal asunto que, además, huele de la misma forma que un butrón recien acabado de hacer. Y lo peor es que cuando llega la policía, los ladrones hace rato que se han dado a la fuga.

Aquí puede que cada vez seamos más pobres o, dicho de otra forma, que no tengamos tanto dinero como antes -aunque fuera prestado-. Pero, al menos, no nos falta el consuelo del sol. Por ahora.

En Islandia la cosa está oscura, por no decir "negra". La única cosa que permanece blanca es la nieve, y el hielo, tan abundante cuando una se va acercando al Círculo Ártico. Porque lo que es el color de la cara de sus preocupados habitantes cada vez acentúa más su palidez, al ritmo que la televisión da detalles de la gravedad de la crisis. Es lo que tiene la economía: a medida que se hunden los gráficos en las bolsas, crece como nunca la indignación de los ciudadanos.

Tres de sus principales bancos están en quiebra, una penosa situación con inmediatas consecuencias en la vida cotidiana, en la judicial y en la política: los clientes no pueden hacer libre uso de sus ahorros, se han dictado órdenes de búsqueda y captura de los responsables del desaguisado y se ha decretado un severo recorte del gasto público.

Algo de esto nos empieza a sonar por aquí, pero sin duda vamos con retraso, porque la cárcel sigue esperando -y el que espera, desespera- a quienes, desde sus sillones de dirección de las políticas monetarias y económicas, están conduciendo al abismo a una buena parte de la sociedad.

Escasas ventajas y recompensas de tipo moral tiene este triste panorama, pero algunas hay. Con la resaca de las desastrosas gestiones llevadas a cabo en bastantes entidades bancarias y, principalmente, cajas de ahorro, se están haciendo públicos datos bochornosos que, por su magnitud, superan el escándalo.

Muchas de las entidades investigadas por el Banco de España presentan números rojos, pero sus rectores recibían emolumentos millonarios, pese a su manifiesta incompetencia.

Son empresas, en este caso dedicadas a la gestión del dinero, que padecen una situación caótica y casi irreparable, lo que desde luego no ha ocurrido de pronto, pero ellos tan panchos amasaban su fortuna con ingresos desproporcionados. Es decir, se han hecho ricos llevando a sus negocios a la ruina. Un auténtico pitorreo que nadie entiende.

Y la percepción de tan suculentas nóminas, más extras por viajes, comisiones, asistencias a reuniones y el sursum corda, venía siendo una práctica generalizada desde hace tiempo, lo que ocurre es que con la fanfarria de los años del despilfarro, pasó desapercibida. O nadie quiso enterarse de lo que realmente estaba pasando.

Y lo peor es que ahora, el desatino, la ineptitud y la caradura de esta gente hay que abonarla entre todos con aportaciones extraordinarias del Banco de España para sacar del apuro a los bancos y a las cajas de ahorros.

Frente a los que suelen decir que el cine español está "subvencionado" y que es un "nido de parásitos", se hace preciso apuntar que la cantidad con la que hay que socorrer al maltrecho sistema financiero de crédito daría para hacer películas durante lustros. Con una notable diferencia, la que estamos viviendo actualmente con el hundimiento de los bancos es de auténtico terror.

Si a los griegos se les va a exigir que devuelvan las ayudas para sanear el tremendo déficit público que arrastran, no es disparatado en absoluto obligar a esta corte de pésimos administradores a que reintegren todo lo que han cobrado indebidamente. Por ahí se podría empezar a hacer justicia. ¿No lo creen?
MANUEL BELLIDO MORA

28 de octubre de 2011

  • 28.10.11
Mucho antes de que el mundo deviniese en aldea global vía Internet, el personal, el espécimen humano quiero decir, estaba interrelacionado sin saberlo ni sospecharlo. Lo que ahora, para salir al paso, se busca apresuradamente en la Wikipedia y en los confines de la red, tiempo atrás se escondía entre los versos de los poetas, esos seres graduados en la ciencia de las palabras exactas.

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Los jóvenes, desnortados ante una sociedad que les negaba explicaciones, acudían a las metáforas para reconocerse en ellas. Entre endecasilabos o sutilmente adheridos a algunos sonetos, allí encontraban su verdadera dimensión como seres de carne, hueso y alma.

Quizás, producto de ese ejercicio espiritual que es la comunión con el verbo, algunos pensasen que, en su descubrimiento literario, también habrían de encontrar a Dios. No digo yo que no, pero menudos avatares traen este tipo de iluminaciones que, por lo pronto, te conducen a la levitación, al aislamiento térmico del calor de tus semejantes.

Otros, en cambio, sencillamente andaban detrás de su voz. Confusos y titubeantes, desbrozaban la literatura, la copiaban e imitaban de madrugada hasta sabérsela de memoria, línea tras línea, para encontrarse consigo mismos. Pero la voraz, la insaciable lectura a veces, demasiadas veces, no bastaba.

Lo ha dicho estos días Leonard Cohen, el exquisito bardo canadiense al ir a recoger el entorchado que merece como nadie: el del Príncipe de las Letras. En su emocionado discurso, el cantor de Suzanne, el rehacedor de El Partisano, la voz suplicante de amor, ha recordado cómo siendo un estudiante en su Montreal natal buscaba ansiosamente su voz en los libros de los poetas ingleses. En ocasiones con desespero.

“Conocía bien su obra, copiaba sus estilos, pero no encontraba el tono”, explicó de manera confidencial con frases pausadas y rugosas como quien desenvuelve un antiguo secreto. Y esta confesión, remontándose por su ya larga vida hasta su escurridiza juventud, la hizo de la misma manera que canta, entonando un susurro.

¡Ah, el tono! Una vez, cuando la ferocidad de la vida y los contratiempos habían logrado que un escritor a quien admiramos declinase lo más sagrado, abdicara del deseo de ponerse ante el papel, le preguntamos a Pepe Cobos por las razones de su silencio.

Estaba en Los Toneles, una desaparecida taberna situada en la calle Fernando de Córdoba, frente a la antigua estación ferroviaria de la ciudad de la Mezquita. Pepe la frecuentaba diariamente, por la cercanía con su domicilio familiar, en la calle Fray Luis de Granada.

Allí, con su porte distinguido y la sabiduría en los labios al conversar con quienes le visitaban, esperaba el transcurrir de las horas. “Para eso, aparte de ánimo, es preciso encontrar el tono”, vino a decirnos, y andaba sobrado de razón. Pepe era meticuloso al hablar, medía con naturalidad lo que expresaba.

Uno puede tener oficio, presumir incluso de su destreza para encadenar oraciones con acierto, pero sin el misterio del tono estás perdido. Eres una frase vacía, inerte. Hoy al leer las declaraciones de Cohen, lo he asociado a la figura del escritor bodeguero montillano.

Porque es esa angustiosa pero indispensable captura del tono lo que los une, sin que ellos, en distantes lugares del planeta, lo puedan llegar a intuir y, puesto que no se conocen, llegaran a tener conciencia de esta inadvertida relación. Pero, al recapacitar sobre tan enigmática coincidencia, se puede observar que no acaban aquí los nexos entre ambos.

Para contar cómo desde muy pronto se identificó con España, el autor de Hallelujah habló de su guitarra “Conde”, “hecha en la calle Gabenas de este país. Es un instrumento de hace 40 años. Lo saqué de la caja, era como si estuviera llena de helio. Muy ligera. Me la puse en la cara, miré lo bien diseñada que está y olí su fragancia de madera viva. Sabemos que la madera nunca llega a morir. Olía a cedro, tan fresca como el día que la compré”, relató con parsimonia y hondura ante el expectante, enamorado silencio de quienes, conmovidos por lo extraordinario del discurso, llenaban el Teatro Campoamor de Oviedo.

En su fecunda actividad como bodeguero, Pepe Cobos también percibía a diario el aroma de la madera, de la de cedro con la que tradicionalmente se han fabricado los bocoyes. Y como Leonard Cohen al tomar su guitarra, él también la sabía viva y útil, conteniendo el vino en barricas de redondeadas formas, sabiamente perfiladas para acunar en su seno la dulce melodía del vino. La callada canción del vino, amable y entregada para quienes la quieran escuchar. Y no todos saben hacerlo.

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Mike Vernon, sí. El afamado y prestigioso productor británico ha estado, lo que son las cosas, unas horas en Montilla, disfrutando, con su esposa Natalie, de las Bodegas Cabriñana, cuyo propietario José Carbonero Mejías lo había invitado para nombrarlo “alumno aventajado” en la ceremonia anual de celebración del vino nuevo de este centenario lagar de la Sierra.

Su visita lo ha puesto en contacto con esta costumbre de origen familiar que se reaviva cada otoño para festejar el mosto natural, cuando éste aunque aún retiene su esencia afrutada ya empieza a dar signos de su inminente transformación en vino hecho y derecho.

Vernon, que sabe un rato de arte y que está acostumbrado a tratar con delicados materiales musicales de todas partes del mundo, supo automáticamente acompasar su exigente oído al ancestral sonido, tan peculiar y persuasivo, de la bodega con sus dos hileras de botas que, magnéticamente, ponen en contacto el cielo y el suelo.

Y todo esto, este cordial y propicio paseo entre tinajas y barriles, ocurría casi al mismo tiempo que, en la otra punta de la península, el elegante compositor nacido en Montreal recibía el diploma y los atributos como flamante Premio Príncipe de Asturias de las Letras.

Es posible que sólo se trate de una confabulación del calendario, una más, pero resulta irrecusable que la casualidad ha vuelto a establecer entre dos personas alejadas geográficamente unos lazos invisibles. Ambos son músicos, guardan una estrecha relación con España y, con su portentoso y refinado quehacer, nos procuran una existencia placentera poniéndole el perfecto fondo sonoro a la vida.

Desde los 18 años en que firmó su primer contrato con la compañía londinense Decca, Mike Vernon ha producido más de medio millar de grabaciones, una gran parte de ellas a través de su propia empresa discográfica denominada, cómo si no, Blue Horizon.

Su labor, metido en los estudios como un avispado cazatalentos que lo ha llevado a viajar por todo el planeta, de Europa a África, de Asia a Estados Unidos es, por múltiples y variados motivos, comparable a la del guionista en el cine. Sin un buen libreto, es imposible redondear una buena película, de la misma manera que, por carecer de la capacidad y la magia del productor adecuado, un disco está condenado al fracaso.

Puede afirmarse sin temor a equivocaciones que los que han pasado por sus manos, en una altísima proporción, son piezas claves para entender la evolución de una de las músicas de raíz más influyentes en nuestro tiempo: el blues.

John Mayall, Eric Clapton, Ten Years After, David Bowie, por citar solo una mínima parte de los consagrados artistas que han trabajado a sus órdenes, lo saben. Y, cada vez que se ven, les falta tiempo para agradecérselo, ya que fue gracias a su intervención lo que ha hecho que, varias décadas después de registrarse, esas grabaciones continúen sonado en todo el mundo, y además no cesan de ser reeditadas.

® RAFA JIMÉNEZ ||| PROHIBIDA SU REPRODUCCIÓNHuyendo de las prisas y las inconveniencias de las grandes ciudades, Mike Vernon lleva diez años residiendo en una casa de campo, entre Archidona y Antequera. Allí, ajeno a las presiones del reloj y del almanaque, prepara sus memorias. Le llevará tiempo redactarlas, porque es mucho y muy sustancioso todo lo que tiene que contar.

Por eso, y porque se ha visto hechizado por el flamenco, su decisión de hacerse británico andaluz no es una jubilación infructuosa bajo el sol que más calienta. Al contrario. Dará de sí, pues además del proyecto editorial que tiene entre manos, le tienta acercarse al cante hondo en el que detecta fundamentos y un sentido del ritmo emparentados con el blues.

A su paso por Montilla, acompañado por el grupo antequerano Los García, no sólo degustó el vino. Hizo algo que casi tenía prácticamente olvidado: subirse al escenario para cantar tres clásicos del rock and roll. El privilegiado público aún paladea el recital de clase y el espectáculo único que, como una parte más del agasajo, se le puso por delante.

Sería presuntuoso atribuir exclusivamente esta mini actuación a la euforia del vino, pero es seguro que algo tuvo que ver. Cuando bajó del escenario, dejó su impresión estampada con tiza sobre el fondo de una bota: “Gracias por la invitación. Qué experiencia tan maravillosa poder escribir en uno de estos bonitos barriles”.

Pues eso. Gracias Mike, porque contigo la bodega rockera de Cabriñana, en la que proliferan las firmas de reputados músicos, sube un escalón y se hace internacional. Quién nos lo iba a decir cuando, siendo unos adolescentes, escuchábamos atentamente sus discos, todos aquellos que, en los créditos, llevaban en letra rotulada y nítida su nombre. El nombre del blues.
MANUEL BELLIDO MORA

21 de octubre de 2011

  • 21.10.11
Cada cierto tiempo, la Naturaleza da muestras inequívocas de su carácter indómito. Y cuando lo hace, por lo general, no se anda con chiquitas. Lo suyo es el exabrupto sin contemplaciones. Da igual que se trate de algún tornado o de un encolerizado temporal de lluvias monzónicas. Poco importa que se trate de un empecinado movimiento telúrico o que se manifieste como un tsunami arrasador, porque el ímpetu ingobernable de la Tierra es capaz de adoptar las formas más extraordinarias e imprevisibles.

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Lo estamos viendo estos días en la costa de la isla del Hierro en el siempre asombroso archipiélago canario. Bajo sus aguas, su fondo marino se agita sin descanso con tremendas contracciones, con salvajes acometidas contra la corteza terrestre. Como si fuera una fiera ciega y encerrada que de pronto intuye la luz, y hacia ella, decidida, se dirige.

El fenómeno que allí se está gestando -quizá un volcán sumergido- aún no tiene forma, pero hasta la superficie han salido las primeras emulsiones de su carácter: lo que quiera que sea tiene un inconfundible y contundente olor a azufre.

Desde luego espanta y sobrecoge la imagen de la densa mancha que se apropia del mar, un manto oscuro formado por materiales invasores que los científicos se apresuran a estudiar.

Pero más aún inquieta el tufo al perfume del diablo que se está adueñando de aquel horizonte de desconocidas convulsiones subterráneas. Sus vaharadas pestilentes, en mitad del océano asaltado, han aconsejado la evacuación de los habitantes de las poblaciones costeras más cercanas.

De nuevo, como en el Antiguo Testamento, la gente huye de la infección del azufre, la sustancia con la que se identifica la exterminación en el Apocalipsis. Pero conforme a lo que dictaminan los expertos, conviene no exagerar ante estos hechos y, por supuesto, no caer en la tentación de fantasear más de la cuenta. Así que pongamos las cosas en su sitio.

Para ser exactos, el preventivo abandono de todos estos hogares es una medida necesaria, por si acaso las consecuencias de la erupción son mayores y, por tanto, destructivas. Pero está claro que la sulfúrica sustancia viene precedida de mala fama. Es la fragancia del duelo.

Yo lo sé porque en pleno mes de julio percibí claramente su nauseabundo contacto. Fue hace once años, en el verano de 2000. Esa noche, lo recuerdo bien, estaba en el Teatro Cervantes de Málaga a punto de disfrutar con la actuación de Salif Keita, dentro de la programación de espectáculos veraniegos incluidos en el festival Terral. Tendrían que haber sido horas perfumadas por las biznagas, pero irrumpió enfurecido el azufre con seis balas.

El concierto se celebró pero algo, un estruendo seco en mitad de la noche, impidió que me pudiera quedar allí como tenía previsto. Hubo un revuelo de fotógrafos, un nervioso ajetreo entre los reporteros gráficos, una sacudida de la fatalidad que inmediatamente tomó la funesta forma de un atentado terrorista.

El resto fue desolación, porque un pistolero se atrevió a cambiar el orden de las cosas. De esa manera brutal, la agenda de un día sin historia terminó escupiendo sangre. Porque la miseria humana abatió a José María Martín Carpena, el concejal del Partido Popular tiroteado por la intransigencia. Fueron horas terribles las de aquel 15 de julio. Minutos llenos de prisas, miedos y repugnancia.

En los días siguientes se multiplicaron las escenas de dolor, los rostros compungidos, la indignación silenciosa del gentío que acudió en masa al funeral. Recuerdo la incertidumbre, el temor a nuevas víctimas, puesto que era una evidencia que seguían entre nosotros.

Era algo temido por la Policía que el comando asesino se había camuflado en el paisaje, que se había mimetizado como un vecino más entre la población desbordada por el terror, pero con su mortífera carga a cuestas, intacta.

Y sus componentes, aunque perseguidos por los agentes, fijaron una nueva diana, adosando explosivos en el vehículo del político socialista José Asenjo, entonces secretario provincial del PSOE malagueño. Era una bomba lapa que no estalló por un golpe de suerte, al fallar la espoleta. Se salvó él, pero también su mujer y su hija de 15 años que le acompañaban en el coche.

Lo puede contar, y ayer, como yo, escuchó el anuncio histórico de ETA para dejar las armas. Lo vio en los noticieros especiales que siguieron a la publicación oficial del fin de las actividades terroristas. Era algo largamente esperado por él, y por todos los que han sufrido de cerca el acoso de su extremista comportamiento.

En 21 años que llevo en Málaga he visto en toda su atrocidad el catálogo de sus bombas. Infernales como las que quemaron el cuartel de la Guardia Civil de Torremolinos a principios de la década de los años noventa y, también, de menos intensidad, como las que utilizaron durante bastante tiempo para amedrentar a turistas en pleno verano.

Explosivos con el vaho del odio en su mecha. Es el olor que cruzó la ciudad de cabo a rabo la noche en que José María Martín Carpena quedó en el suelo, delante de su mujer y de su hija. Todo eso ha vuelto de pronto a la Redacción. Todo eso la ha inundado de azufre. Pero esta vez, su hedionda presencia no se quedará. Esa es la esperanza.

Es el compromiso público de renunciar a la violencia. Pero falta algo más, un detalle importante: que el arsenal se entregue al completo, y que esta voluntad de abandonar la pólvora, de renegar de la goma-2 no tenga marcha atrás. Nunca más.

Un país entero ha esperado 50 años este paso. Ahora falta que se concrete la paz, que se normalice la convivencia y el de escolta deje de ser uno de los oficios más habituales entre los vascos.

Resulta difícil de desentrañar los caprichos del calendario, y que nadie tenga la capacidad de averiguar el flujo de las noticias. Pero una vez más las casualidades han salido ganando.

Desde hace días se esperaba la noticia del comunicado de ETA concretando su extinción. Finalmente llegó a media tarde de ayer, tan sólo unas horas después de conocerse la muerte del coronel Gadafi. Posiblemente sea una curiosa coincidencia y nada más. Pero esta vez es verdad. La serpiente ha dejado de poner huevos, poco rato después de la defunción del tirano con la cara descompuesta. Con un insoportable olor a botox podrido.
MANUEL BELLIDO MORA

14 de octubre de 2011

  • 14.10.11
De un día a otro somos capaces de destronar a nuestros ídolos. Los futbolistas, que tan dados son al envanecimiento, son sin embargo muy conscientes de la condición efímera de su gloria. Pasan de héroes a villanos en unas horas. Saben que su reinado persiste mientras se conserva intacta su capacidad para perforar la puerta contraria. Es el cruel peaje del gol. Valen lo que valen sus últimos aciertos. Y se desmoronan en cuanto encadenan unos cuántos partidos aciagos. Le está ocurriendo a Fernando Torres que, enemistado con las cualidades que lo convirtieron en figura, ahora se está viendo desplazado de las preferencias de los aficionados al balompié.

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Pero tampoco es cosa de entintar con tonos de tragedia estas ligeras consideraciones sobre el ocaso de las estrellas del fútbol. Es posible que el declive en el rendimiento deportivo pueda abrir heridas irreparables en su débil equilibrio mental. Y no pocos, reos de su fragilidad en este aspecto, viven el trance de su decadencia como un drama personal y familiar.

Es curioso. Tienen una billetera exultante, musculatura certificada por los mejores gimnasios, un opulento aspecto físico incluso cuando se aproximan los inevitables pasos de su retiro, pero la flor de su ánimo es tan quebradiza como la amapola. Bella y ensimismada en su transitoria belleza, pero sometida a la brevedad de su esplendor.

La mayoría de ellos saben que están condenados al olvido. Pero mientras esa estación llega o no, son los protagonistas indiscutibles de los noticiarios. Nadie se extraña de que los medios (mucho más, por supuesto, los especializados en información deportiva) le dediquen, cuando no páginas enteras, amplios espacios.

No importa que se encuentren acosados por las lesiones o devorados por la mala forma; cada día se dormirán con la seguridad de que su fotografía saldrá en la prensa a la mañana siguiente. Seguro. Hasta que un día eso deja de ocurrir. Pero para ese triste sino aún falta mucho tiempo, aunque se admita que la vida del jugador de elite es corta.

Estamos acostumbrados a meter los futbolistas en casa a todas horas. En la radio, en la tele, en el papel impreso de los periódicos... Igual sucede con quienes nos gobiernan. También ellos acaparan una buena porción de la actualidad.

Aparecen con o sin motivo, pero forman parte del cotidiano menú informativo. Tanto es así que a veces no hay manera de quitártelos de encima. Y, en buena medida, es lógico que así sea, ya que son los depositarios de la voluntad popular. Están mandatados para administrar ayuntamientos, diputaciones y comunidades, y los ciudadanos tienen la obligación y el derecho de conocer cada uno de sus movimientos en la cosa pública, pero aún no han aprendido a contener su irrefrenable impulso de convocar ruedas de prensa cada dos minutos. Sin un micrófono cerca no son nadie.

Esa es la sensación que hay. Asistimos con naturalidad y comprensión a la sobresaturación de deportistas, a la reiterada comparecencia de alcaldes y jueces, pero nuestra percepción cambia por completo en el momento que otra persona (pongamos por caso un artista, un cantante), osa arrebatarle a éstos un cacho de la atención informativa. Si lo hace, como a veces puede suceder, este hecho que se vería normal en cualquier otro sitio, aquí resulta atrevido y ronda el empacho.

Lo digo por lo siguiente. Por una serie de casualidades, sin duda muchas de ellas achacables a su característico entusiasmo para poner en marcha nuevos proyectos, Javier Ojeda es un nombre habitual en los papeles desde hace meses. Bueno, pues ha faltado tiempo para que un compañero de profesión me hiciese este comentario: “joder, el Ojeda se está pasando, empieza a ser un pesado con tanto acto, se va a quemar”.

O sea, un reproche por acudir siempre que puede -y casi siempre puede- a las citas en las que se reclama su participación. Una bofetada por estar dispuesto, por no rehuir ningún compromiso. A él se le censura, lo que jamás se le negaría al peor de los futbolistas. Esa es la puñetera paradoja.

Entre que no para de recibir reconocimientos (Abanderado y Pregonero de la Feria de Málaga, Medalla de Plata de la Junta de Andalucía…) y que se ha convertido en un incansable agitador cultural, lo cierto es que suena a diario. Además, el vocalista de Danza Invisible se implica a fondo en toda clase de causas, independientemente de que éstas sean sociales, solidarias o filantrópicas.

Tiene claro que no va a vivir de las glorias pretéritas, ni que su familia se va a sostener con las rentas. Pero no es únicamente el factor económico, tan apremiante y protagónico en estos días de crisis que corren, el que lo impulsa para no quedarse parado. Es que no sabe estarse quieto. Le bullen mil ideas en la cabeza. Algunas, propias de esos quiméricos soñadores que son los que cambian el mundo, ya las ha convertido en realidad.

Ha escrito un libro (que, por cierto, se gestó en las Bodegas Cabriñana de la Sierra de Montilla) sobre la historia de la música pop en Málaga, rescatando a conjuntos y artistas que estaban prácticamente olvidados.

La contrastada calidad de la obra, el rigor con que está abordada, y la agilidad y riqueza expresiva de su trabajado texto, la han convertido de inmediato en una obra de referencia y consulta obligada para los interesados en los movimientos juveniles en la Costa del Sol.

Deslumbrado por su contenido, el periodista de La Opinión de Málaga, y también músico, Jesús Zotano se apresuró a calificarla como la “auténtica Biblia de la música malagueña”.

Pero su esforzada tarea para poner en su lugar el legado del pop y rock de su tierra no acabó ahí. Poco después se sacó de la manga, de su infatigable sesera, un gran homenaje a Los Iberos, uno de los más punteros conjuntos de los años sesenta en España.

Un tributo, llamado Hijos de Torremolinos que acaba de celebrarse con gran éxito en el Teatro Cervantes de la capital malagueña, en el que se han conciliado artistas de diversas generaciones ante un público asombrado y feliz por la calidad del espectáculo.

A la vez sigue embarcado con Danza Invisible, la banda que le ha dado fama, tocando donde se puede, pese a la caída del mercado de conciertos. Ingenio y talento no le faltan para hacer frente a la desazón.

Conociéndolo como lo conozco, no creo que nunca sucumba en ella. Si quieren saber por qué, busquen dentro de Reversos, su colección de canciones más personal. Y si no tienen tiempo de hacerlo (no saben lo que se pierden), acudan a verlo el domingo al mediodía al Teatro Canovas de Málaga. Afronta un nuevo reto: un concierto acústico para la familia dentro del ciclo Kids Rock. El rock para los niños. Hacen falta más Javier Ojeda, y que, por supuesto, salga todos los días en la prensa. Será buena señal.
MANUEL BELLIDO MORA

7 de octubre de 2011

  • 7.10.11
A fuerza de estar desbocado, el paro empieza a parecernos como una cosa endémica. Algo con lo que nos acostumbramos a convivir como quien se amolda a un vecino cascarrabias y cabrón. De siempre se ha hablado de un nivel de desempleo permanente, ese que los especialistas definen como "paro técnico". Existe y se acepta de la misma forma en que se da por hecho que una porción determinada de la población siempre se va a abstener en las elecciones. Es el cupo admitido de gente sobre la que se sabe a ciencia cierta que nunca va a tener su contrato, ni siquiera cuando la prosperidad del sistema capitalista se encuentre a pleno rendimiento.

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Ignoro si son conscientes de esta condena perpetua, y tampoco se conoce con exactitud si en su interior se agita la idea de rebelarse contra ese triste destino. Lo cierto es que no se puede decir que sean "parados profesionales", pero ellos viven con ese incómodo y mal visto estatus: el de quienes, hagan lo que hagan, se van a ver arrastrados a llevar la etiqueta de holgazanes.

Ahora, como saben de sobra, atravesamos por una de las peores crisis conocidas. Mes tras mes, su exagerada persistencia engorda la relación de adultos que están ociosos por obligación, porque no hay nada a la vista. Tan solo desesperanza.

Los demandantes de trabajo se cuentan por millones. Es tan pavoroso y desalentador su crecimiento que muchos, aparte de las ganas de vivir, ya han perdido la cuenta -la de sus ahorros que, de tanto acudir a ella como quien acude al socorro, está en números rojos-.

Así de escuálida se encontró su cuenta corriente un amigo mío. Y no saben la sorpresa que, al saberlo, le cruzó todo el cuerpo de arriba abajo, como el más dañino de los escalofríos. Se llegó por el banco para revisar el empobrecido estado de sus modestas finanzas domésticas y se encontró con que en la cartilla tenía menos dinero que en el monedero.

Es un actor, un artista acostumbrado a hacer comedia, pero esta vez, por desgracia, no estaba de coña. Pasaba por una situación realmente alarmante. En su caso, el informe con los movimientos de su depósito personal invitaba más bien al humor negro.

Como no lo tengo por un tipo derrochador, ni es esclavo de ninguna ludopatía y, por supuesto, no es dado en absoluto a malgastar su escaso capital, no terminaba de explicarme los apuros por los que está pasando. Pero no fue necesario darle más vueltas.

Había llegado a ese extremo porque, desde hace semanas -quizás meses- está en el paro. En el puñetero y mísero desempleo. Sencillamente por eso, porque todos los contratos que tenía entre manos, apalabrados, o a punto de concretarse con una firma, se le habían ido esfumando, uno detrás de otro.

Mi amigo tiene su propio grupo de teatro. Goza de fama dentro de su oficio y es un profesional con una contrastada capacidad para desarrollar toda clase de registros dramáticos. Lo he visto haciendo cualquier clase de papeles y, con todos ellos, ha arrancado el aplauso y la complacencia del público.

Conoce a fondo la profesión. Ha hecho largas giras con compañías itinerantes, ha intervenido en teleseries, lo han llamado del cine en no pocas ocasiones, y su nombre, en teoría, figura en las apretadas agendas de los representantes. Está en mente de los agentes de espectáculos, supongo.

Incluso he sido innumerables veces testigo de esto que digo: me he divertido a su lado viéndolo moverse con desenvoltura, apropiándose con maestría y plena naturalidad de muchos personajes escritos para él en la radio. Creo que ya lo he dicho, pero por si no ha quedado claro lo repito: es un gran actor, un enorme actor. Pero, lamentablemente, está en el paro. Esa es su actual y verdadera situación. El resto, es teatro.

Sin embargo, no ha liado un drama con ello. Ni se le ve empujado a la tragedia. Lo que ha hecho es reaccionar como uno más de los que atraviesan por este mismo problema. Mi amigo es uno más de los 5 millones de parados. La única diferencia es que él no es albañil, ni conductor o camarero. No es periodista, no es un jornalero; tampoco un graduado en Ciencias de la Educación a la espera de que alguien aparezca con una oferta.

Es un actor. Un artista que el otro día, viendo la obstinada realidad de las escasas oportunidades que en este momento se presentan en su gremio, se decidió a hacer la cola del paro. De acuerdo que él nunca pensó en que ese trámite llegaría a suceder. Pero así fue, y allí estaba a la expectativa de que su suerte diera un giro. De que repentinamente se acordaran de él. Qué otro remedio le quedaba. O eso o nada. O la prestación por desempleo o el vacío.

De modo que entró en la oficina del Servicio Andaluz de Empleo y se apuntó en el amplio listado de personas sin trabajo. Allí estaba cuando lo llamé por teléfono. A punto de percibir la primera ayuda social como actor parado. La verdad era muy diferente.

Yo lo hacía preparando alguna nueva “performance”, lo imaginaba perfilando algún ilusionante proyecto personal o colectivo con su propia compañía, daba por hecho que no paraban de llegarle propuestas para participar en tv movies, en seriales, o aunque fuera en monólogos, esa moda con la que tantos caricatos se ganan la vida en pequeñas actuaciones en bares, discotecas y otros locales nocturnos hasta las tantas de la madrugada.

El mundo del espectáculo tiene incontables puntos oscuros. Los más penosos y acuciantes son la inestabilidad laboral de quienes forman parte de él. Aparentemente todo es muy bonito e ideal, como una especie de eterna alfombra roja por la que desfilan rutilantes y resplandecientes estrellas -cuanto más jóvenes, mejor-.

Pero resulta que, en realidad, esa pasarela de la celebridad está llena de agujeros. Es muy imperfecta. Los más concienciados y previsores se afanan por recaudar fondos para destinarlos a la construcción y mantenimiento de la Fundación Casa del Actor.

No está mal pensado, pero tal vez, después de comprobar que donde éstos verdaderamente abundan es en la lista de desempleados, habría que ir pensando en proveer un fondo para ayudarlos. Quién nos lo iba a decir, pero al final, Talía, la musa de la comedia, ha terminado representando su papel, el más indeseable, en la cola del paro.
MANUEL BELLIDO MORA

30 de septiembre de 2011

  • 30.9.11
Escribo esto que ahora amablemente lees siendo 29 de septiembre. La fecha, que en el calendario campesino es la que divide un año agrícola de otro, la que definitivamente separa la estación seca de las primeras lluvias del otoño que viene empujando, también me sugiere amistad y me trae ecos familiares. Porque, siguiendo el santoral cristiano, es el día de la onomástica de mi hermano Miguel y de varios de mis amigos, bautizados como él con el nombre del Príncipe de la Milicia Celeste.

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La iconografía de la iglesia católica lo representa con armadura y espada, solventes atributos guerreros para un arcángel que está eternamente pendiente de contener el avance del mal, ojo avizor frente al acecho del diablo. Así es, musculoso y resuelto. Un ser perpetuamente joven prevenido y acorazado contra cualquiera de las manifestaciones de Lucifer, que parece no obtener descanso en su constante empeño por fastidiar.

Tradicionalmente la doctrina del Vaticano resumió en tres los grandes enemigos del hombre, ese ser infinitamente débil: Mundo, demonio y carne. Pero resulta que a mediados de los años 50 del siglo pasado, de forma imprevista, surgió una tentación demoníaca más poderosa: el rock and roll. Lo nunca visto. Ni oído.

Su aparición con la fuerza incontenible que eclosiona un volcán, fue un escándalo a escala planetaria que, sin permiso de ninguna clase, ni poder articular forma alguna de pararlo, se apoderó al instante de los incautos jóvenes, a quienes, como haría una enredadera insaciable, atrapó en su vertiginoso y voraz crecimiento. Vaya, que los poseyó. Por la cara, y también por las caderas. Elvis, la pelvis. El rey del rock and roll, palabra que, para más inri, significa "follar", así con todas las letras, en la jerga de los negros norteamericanos.

Es fácil imaginar las consecuencias. De inmediato, dentro de la jerarquía eclesial, surgieron voces de condena que, para hacer sus admonitorias sentencias, se basaban en un meticuloso conocimiento del averno, y es más, de las apetencias como melómanos depravados de los que por allí, tan calientes, pululan: “si en el infierno suena alguna música, sin duda es ésta: el rock, el ritmo del diablo, los sonidos preferidos en las calderas de Pedro Botero. Vade retro, Satanás”.

Sin embargo, la cosa maligna ésta, finalmente, no fue para tanto, porque superado el recelo inicial, la Iglesia, como buena madre, también acogió en su seno a estos descarriados hijos de Dios. Adoptó sus rebeldes cantinelas, suavizó los mensajes y llenó de yeyés bienintencionados, de contestarios endomingados los templos surgidos del Concilio Vaticano II, la mayor operación de aggiornamiento emprendida por la Curia Romana en varios siglos.

Pero ahora visto desapasionadamente, como aconsejan los clásicos, todo aquel alboroto se antoja excesivo. No fue necesaria, en ningún momento, la intervención del arcángel San Miguel para rebajar la fiebre a los adolescentes, para calmar como quien tira de paracetamol a la legión pubescente, agitada por los cantantes y los artistas de moda. Es que no vino a qué, ni a cuento. Y ni tan siquiera hubo que recurrir a la advertencia de excomunión, algo que siempre suena tan tremendo, en el intento de alejar del peligro al rebaño.

En España, en aquellos años, el rock nació domesticado. La policía estaba más atareada en la caza de comunistas, en la localización y persecución de cualquier célula clandestina con ánimo de oponerse al régimen franquista. El rock, los conciertos (muchos de ellos tenían lugar a la cristiana hora del Ángelus, al mediodía) no merecían tanta atención. Se despachaban con una rutinaria vigilancia por parte de los agentes. “En el fondo son buenos chicos”, se decían con un tono condescendiente.

Hasta en esto, lo de su supuesto inconformismo social, careció por lo general de importancia. Hubo que esperar a la irrupción del rock urbano, iniciada la Transición, para que en los arrebatados versos de los jóvenes músicos asomaran signos evidentes de descontento social y político.

Hoy en día, cualquier letra más o menos atrevida del carnaval, que en sus estrofas albergue la mínima dosis de anticlericalismo, merece más desaprobación por parte de algunos párrocos suspicaces que cualquier estribillo airado de los de entonces. Lo cierto es que no somos nadie, los rockeros.

Ha bastado dejar pasar el tiempo para desactivar la perversidad que de manera implícita se le había adjudicado al rock, ese demonio venido a menos. El paso de los años, como cabía esperar, ha hecho su labor puntualmente. Y quien ayer era objeto de denuncias, por su procacidad sexual y por su comportamiento inmoral, hoy espera turno en la residencia de mayores.

Lo digo porque en este día de San Miguel, también es el aniversario del nacimiento de Jerry Lee Lewis. El músico, cantante y pianista estadounidense cumple 76 años. Con esa edad, sigue de gira por el mundo, pero sus actuaciones, comprensiblemente, ya no son lo que eran. Ahora las dosifica y, sobre todo, son más cortas. Apenas resiste 30 minutos sobre el escenario. No tiene el cuerpo para más trotes.

Lo pude comprobar cuando, atraído por su feroz leyenda, fui a verlo al Teatro Cervantes de Málaga, hace de esto un año. Al Killer -así se le llamaba por su carácter pendenciero- le fallan las fuerzas. El tiempo, como al resto de sus congéneres, lo ha vencido, sin que haya sido necesaria la mediación de alguna fuerza divina.

Antes, durante las actuaciones, le metía fuego al piano; ahora, viéndolo tan cansado y resignado, sólo consigue quemar la paciencia del público. No lo ha castigado Dios, se lo ha cargado la naturaleza. Las leyes de la biología.

Seguro que el padre Jony, adalid de la introducción del heavy de largas melenas lacias en los presbiterios, tampoco resiste. O sí. Sólo el demonio lo sabe.
MANUEL BELLIDO MORA

23 de septiembre de 2011

  • 23.9.11
Dentro de ese magma multiforme que es el modo contemporáneo de comunicarnos, el idioma está expuesto a las más diversas y sorprendentes influencias, de manera que nuestra forma de hablar es el mejor y más acabado reflejo de la sociedad actual (obviedad número uno).

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Por eso, términos o expresiones aparentemente chocantes y que parecen chirriar al principio (muchos de ellos tomados con desconfianza por invasores, por proceder de los avances tecnológicos), terminan por sernos completamente familiares, y su uso se extiende en nuestros días como la cosa más natural (segunda obviedad; espera, que reseteo todo esto antes de que se fundan los plomos -los míos, no los del ordenador-).

Periódicamente, el cine, como fuente de cultura universal que es desde hace más de un siglo (especialmente a partir de la invención de las películas sonoras), también hace sus aportaciones, algunas realmente apropiadas y significativas, al tesoro común de la lengua española.

De modo que está aceptado generalmente, e incluso se suele ver como una oportuna y genial habilidad, el intercalar alguna frase sacada de la pantalla, algún diálogo glorioso de esos que se quedan grabados, a la hora de conversar. Primero porque da la medida de lo ingenioso y atinado que se puede llegar a ser, y segundo, y por ello no menos importante, porque manejar ese tipo de recursos al relacionarnos con los demás en la vida social, te da una imponente pátina de entendido en la materia, una cualidad sólo reservada a connaisseur.

De un tiempo a esta parte, y dado el opresivo clima de recortes económicos y de derechos adquiridos que se avecina (¡váyanse preparando, porque de seguir así habrá que reinventar las barricadas!), se utiliza a diestro y siniestro la emblemática figura de Eduardo Manostijeras, el antihéroe enamorado, patrón de los jardineros, santo de la devoción de los barberos, ruega por nosotros.

Transterrado de su primigenio contexto cinematográfico, el impávido y cortante personaje salido de la fecunda y desbordante imaginación del director de cine y escritor Tim Burton, se ha convertido estos días en contundente metáfora de las políticas restrictivas con las que se disponen a enterrar (en algunas comunidades autónomas ya lo están haciendo, el que avisa no es traidor) el Estado del Bienestar, después de la abundancia, el despilfarro y la falta de previsión de los años de esplendor del ladrillo.

Eduardo Manostijeras, que es a lo que vamos, afila sus cuchillas para punzar y agujerear (boom, cratacrack y se acabó lo que se daba) la burbuja inmobiliaria. Y al hacerlo, el puñetero ha descubierto que éramos unos ricos de pacotilla, unos magnates de la nada entrampados hasta la última célula.

Con la pesada deuda sobre nuestros hombros, como si se tratara de una moderna versión del abrumado atlante mitológico, uno de los aspectos sobre el que con mayor riesgo y consecuencias terribles se cierne el amenazante peligro de los recortes, es el educativo.

Por lo pronto, se está reforzando el papel de la enseñanza en centros privados, y no falta quien avisa de que habrá que apoquinar por cursar algunos tramos de los grados superiores. Es una corriente al alza desde hace tiempo en Madrid, pero que reúne todos los síntomas para propagarse, si nadie lo impide.

Quienes justifican esta tendencia, se basan en que así se alivia la carga de la inversión directa de la Administración en educación. Pero el resultado real es que, mientras se empobrece y margina lo público, adquieren cada vez más peso, e influencia social, los centros concertados, la mayor parte de ellos en manos de congregaciones religiosas, y también los colegios de élite, vedados por su alto precio a familias de economía menos pudiente.

Frente a esta oleada privatizadora, la Junta de Andalucía se presenta como máxima defensora del derecho universal y gratuito a la escolarización. Para ello habla de proporcionarle en todo momento, incluso en estos en los que flaquea el presupuesto, medios suficientes y un profesorado competente. Le promete y asegura un respaldo permanente, basándose en un principio: la crisis afecta a todo, excepto a la educación. Eso, afirman, es sagrado.

La inversión preferente en tiempos de debilidades en las finanzas. La comunidad de profesionales de la enseñanza espera que así sea, que este respaldo no sea algo condicionado a las actuales circunstancias preeelectorales. Pero esta publicitada muestra de apoyo a la labor de estos profesionales, que por regla general pasan más tiempo con los hijos que sus propios padres, no debe ser impedimento para revisar y corregir lo que se ha hecho mal, o dicho de otra forma, equivocadamente en el peliagudo ámbito de la enseñanza.

Por ejemplo, en lo concerniente a las condiciones y exigencias tenidas en cuenta hasta ahora para la dotación de ayudas a la realización de estudios universitarios. De acuerdo, es una delicada cuestión, un asunto sensible, pero por esa misma naturaleza, debe estar sujeta a un riguroso control, tanto cuando se decide la lista de beneficiarios, como, posteriormente, en el necesario seguimiento del uso que se da a este dinero, más que nada para que nadie se siente discriminado indebidamente.

Sobre ambos aspectos, la concesión y el disfrute de las gratificaciones, surgen dudas bastante razonables. Porque, en no pocas ocasiones, se parte de un error de base: las becas, aunque se haga con buena intención, se entregan a estudiantes con familias cuya posición y desahogo económico real no se corresponde con lo que aparece en la Declaración de la Renta.

En un país acostumbrado a burlar al fisco, la enseñanza tampoco se libra del fraude. Pero, siendo esto grave, hay algo igualmente preocupante. Ni la Administración académica ni la ministerial se molestan en comprobar el destino que se le da a las generosas cantidades libradas, se supone que para amortizar los gastos de estudios. Eso en teoría, porque en la práctica, ya pueden imaginarse a qué se destina realmente el importe de las subvenciones.

Ante la falta de una mínima supervisión al verdadero y lógico uso que se da a estos fondos, que injustamente se les está negando a otros alumnos con méritos contrastados, nadie, ni los estudiantes ni mucho menos los padres, tienen pudor en gastarse la pasta a la luz del día en cualquier cosa, en lo que sea, sin guardar la más pequeña relación con lo académico.

Parece una broma dolorosa y agraviante, pero hay quien, con las becas recibidas, se ha costeado las clases, prácticas y teóricas, para obtener el permiso de conducir. O quien actuando con pleno descaro, no ha tenido ningún reparo en pagarse las vacaciones de verano. Pero, y qué. ¡Viajar es una forma de aprender, capullos!
MANUEL BELLIDO MORA

17 de septiembre de 2011

  • 17.9.11
Anda la milicia multinacional atareada estos días a ver si, por fin, consigue meterle las cabras en el corral de su jaima al coronel Muamar el Gadafi. La cosa, a falta de que se concrete el momento de atrapar al sátrapa, parece bien encaminada. Por mucho que se esconda en recónditas madrigueras, que la pieza caiga en la red de sus perseguidores ya sólo parece cuestión de días. O noches, quién sabe.

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De esta manera, la acción conjunta de esta renovada versión de la tropa aliada pretende suprimir a cañonazos más de cuarenta años de dictadura (el líder libio ahora repudiado por quienes antes lo cortejaron y permitieron sus excentricidades, cogió las riendas del poder en 1969 y, como era de esperar, se resiste a soltarlas).

Pero esta vez, al contrario de lo observado en otros conflictos armados, o en similares procesos revolucionarios para descabalgar tiranos, la guerra no ha adquirido una dimensión futurista, una apariencia formal de trágico videojuego, como ocurrió en la invasión de Kuwait y, posteriormente, en la ocupación militar de Irak, con la obsesiva caza de Sadam Husein, decretada por George Bush (hijo). Qué va.

En esta ocasión, ni siquiera alcanza a ser un remedo de las revueltas campesinas en los países latinoamericanos. No reúne condiciones literarias para la exaltación literaria. Lo digo por lo siguiente.

Porque las sucesivas imágenes que se nos han servido para ilustrar el lento pero seguro derrumbamiento del régimen gadafista, se asemejan más a una opereta barata que al lustre épico con que los libros de historia y las crónicas periodísticas desde el frente de batalla suelen revestir la narración de la caída en desgracia de los genocidas.

Un poner. En Cuba, los barbudos combatientes liderados por Fidel Castro siempre fueron fieles a sus atuendos militares, o paramilitares. No se les ocurría quitárselos ni para dormir. Se ve que el caqui reafirmaba sus convicciones de jóvenes rebeldes. El uniforme les imprimía carácter. Y además hacía que la tropa, a pesar de su condición de guerrilleros, se comportase con disciplina castrense y que, dentro del cierto libertinaje que siempre comportan las revueltas espontáneas, se respetase la jerarquía de cuartel.

Desde un primer momento, Fidel tuvo claro el ordeno y mando, de modo que así con sus guerreras verdosas, él y sus seguidores desalojaron del poder al déspota presidente Batista. Confiscaron sus propiedades y nacionalizaron los casinos, la mayor fuente de riquezas de los oligarcas y de los clanes mafiosos que controlaban la Isla.

Era de esperar que, en plena euforia revolucionaria, se hicieran una foto junto a la ruleta y las mesas de juegos, los símbolos máximos de la opresión y del despilfarro capitalista. Una instantánea indubitable del triunfo de los menesterosos y humildes en los templos de la corrupción y del dinero a espuertas. Una foto hecha con propiedad, pues verdaderamente estaban convencidos de que todo aquello empezaba a ser suyo, bueno hasta que más tarde descubrieron que era más del comandante Castro que de ellos.

Pues algo parecido ha pasado en Trípoli cuando los insurgentes, fusil en mano, se han ido apoderando de las calles de la capital de Libia. ¿Y qué creen que es lo primero que han hecho? ¿Dedicarse al pillaje de los bienes de los jerifaltes? ¿Saquear los palacios de la prolífica familia de Gadafi? ¿Disfrutar de piscinas y comodidades más propias de occidente que de un país árido como es aquel? Pues nada de eso.

Lo que les ha llamado la atención es el oropel, el apego a lo ostentoso ("ostentóreo" le gustaba decir al difunto Jesús Gil) del que hacen gala los nuevos ricos (el desaparecido alcalde de Marbella era de esa estirpe). Para ese tipo de gente la ley es ésta: “cuanto más grande y dorado, mejor”.

Por eso no es extraño que, antes que nada, los agitadores se hayan retratado en los recargados dormitorios de los hijos del dictador, en esas estancias abarrotadas de objetos (muy aparatosos, ya saben) de dudoso gusto, tan desproporcionados como carentes de gracia y utilidad.

Como por ejemplo el chaise longue, color pan de oro comme il faut, de la sirena, propiedad hasta ahora de una de las descendientes del coronel destronado. Reclinados sobre él, y mientras ponían patas arriba la privacidad del clan del dictador, los orgullosos insurrectos quizás se llenasen de dudas sobre las curiosas y disparatadas inclinaciones como decorador de interiores del rey de las jaimas, el mismo Gadafi. O de las preferencias estéticas de alguno de sus alumnos aventajados perteneciente a su profusa prole. Si como gobernante dejaba que desear, desde luego la cosa no era mejor como interiorista. Está visto que Alá no lo había agraciado con ese don.

El sillón sirena, en fin, representa la decadencia, la precipitación al vacío de un modo de gobernar medieval. Y es en esa absurda tendencia a lo extravagante y excéntrico donde se ha topado con una puerta sin salida. Sus súbditos se han hartado de él, y lo han sacado a tiros de su residencia ahuyentándolo hacia al desierto, donde, en su inmensidad, ha creído encontrar refugio. Por ahora.

Mientras lo encuentran, su numerosa saga es ahora el objetivo. Los que no han seguido los pasos de su padre, buscando asilo en lugares apartados, olvidados del mundo, están siendo arrestados poco a poco, a la espera de que los juzgue un tribunal. Huyen con la pena de que, tal vez, no puedan disfrutar de su enorme fortuna, de un capital disperso en paraísos fiscales. Incluso poseen una enorme finca en el municipio de Benahavis, la mayor propiedad privada de la Costa del Sol.

Fueron poderosos, lo tuvieron todo en sus manos. Uno de los hijos, aficionado al fútbol, quiso comprar un club para ser su presidente, y lo hizo. Le sobraba la pasta para hacer realidad cualquier apetencia, el más ridículo capricho. Cayó seducido por la estela de fama, influencia y poder que hoy en día arrastra el balompié. Un deporte capaz de traspasar fronteras, ideologías y credos religiosos.

La pelota es un dios universal. La propia familia de Gadafi, y sus fieles seguidores, lo han podido comprobar en su derrota. Algunos soldados y guerrilleros rebeldes, igual que muchos civiles armados, a las ordenes del Consejo Nacional Transitorio, el órgano que provisionalmente se ha hecho cargo del Gobierno de Libia, han tomado las calles de la capital Libia ataviados con camisetas de célebres jugadores, en concreto del Barcelona. Enfundados en los colores blaugranas y armados hasta los dientes.

Son los nuevos símbolos del poder. Pero no hay que darle al fútbol más valor del que tiene como deporte. Lo verdaderamente importante se cuece en otros despachos. En los de las cancillerías europeas que han impulsado el derrocamiento del opresor. Sarkozy y David Cameron, que ya se han dado una vuelta por Trípoli para saludar a los flamantes jerarcas, ya han pasado la factura. Pronto, a no mucho tardar, la cobrarán.
MANUEL BELLIDO MORA

10 de septiembre de 2011

  • 10.9.11
El verano nos agota. Se supone que está concebido para descansar, pero el resultado real es que está reñido con el sosiego. Eso de que es un paréntesis para relajar nuestras agobiadas existencias, es un camelo. Una cháchara más de libro de autoayuda. No hay quien se lo crea. Es sencillamente una fama inmerecida. La gente sale de él más cansada de lo que entró. Pero con la misma mala leche. O peor.

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El verano y toda esa sarta de programas de televisión a pie de playa nos muestra como somos: vociferantes y grotescos. El calor nos tuesta las meninges, enloquece al personal y es un pegajoso compañero que nos hace sudar de madrugada. ¡Un poco de aire fresco, por favor! A mi lado un indignado con la sofocante temperatura (no del 15-M, sino de mediados de agosto) grita desahogado: ¡prefiero la monotonía del invierno! ¡Que le vayan dando a la tumbona y al espeto de sardinas!

La atosigante irradiación solar nos pone en pelotas, con los tatuajes y el colesterol al aire. Es un paraíso artificial, una engañifa todo incluido. El verano lo recibimos desnudos, o casi. Pero es su fin, estos perezosos días calientes de septiembre que se resisten a abandonarnos, el que nos muestra tal como somos: bronceados para hincar el diente.

Da lo mismo lo que haya que morder, aunque como españoles tan rancios como irreductibles que somos, y no lo ocultamos, tengamos, por supuesto, preferencias bien perfiladas: el cine de Pedro Almodóvar y los sueldos de los políticos nos excitan sobremanera. Mucho más que los corruptos que se mueven a sus anchas, infinitamente más que la dictadura de los mercados, quién lo iba a decir.

Estos dos asuntos, a la vista del enojo que suscitan, sí que nos pican considerablemente. Las fluctuaciones de la prima de riesgo, ese lío de mercaderes, esa estrategia de especuladores, nos aplastan a diario, no nos dejan vivir en paz, ni tomarnos un café a gusto, y sin embargo los que nos priva de verdad es fisgonear en la cartera de los diputados, y apresurarnos a dar un juicio, negativo of course, sobre el cine de Almodóvar. No tenemos remedio. Para empezar la temporada, no está nada mal.

Pero todo a su tiempo. Primero, toca examinar el monedero de los políticos. Con la publicación de los ingresos y el patrimonio de los Padres de la Patria se ha desatado el morbo de los ciudadanos. Es cierto que también, casi con la misma intensidad, se han multiplicado las dudas sobre la veracidad de esos datos.

Ellos, nuestros representantes públicos, hasta que no se diga lo contrario, abren en canal su cuenta corriente en un país donde muy pocos tienen esa costumbre, a no ser que medie una orden judicial. Y nos enseñan (sin engaños, es de suponer) el estado de su cartilla de ahorros, la situación de sus finanzas domésticas, los plazos pendientes de la hipoteca, porque pertenecer a la clase política no te pone a salvo de los bancos. Es una obligación, de acuerdo, algo comprensible en una democracia que exige transparencias a los gobernantes, pero también es una eficaz forma de contrarrestar sospechas.

Seguramente los datos colgados en las web del Congreso de los Diputados y del Senado no sean un reflejo exacto y pormenorizado de las posesiones de sus señorías. En muchos casos, por ejemplo, se hace una relación de propiedades inmobiliarias (pisos, fincas, cocheras…) pero, como no se indica el valor ni el precio de cada una de ellas, resulta complicado establecer un baremo fiable, aunque sí aproximado, del grado de bienestar económico de los congresistas y senadores.

Lo que si es seguro, a la vista de la extrema disparidad de los números publicados y teniendo en cuenta que hay (o debe haber) una similitud de sueldos y pensiones, es que la capacidad de ahorro varia bastante, es decir que hay quien, por lo que sea, vive al día y otros que prefieren llenar la hucha.

Pero tampoco en esto se cumplen los tópicos, porque resulta que Gaspar Llamazares tiene la cuenta corriente más saneada que alguno de sus colegas catalanes. Claro que se podría decir, acogiéndonos al chiste fácil, que el diputado asturiano es de los del “puño cerrado”, levantado por supuesto.

Lo de Almodóvar, al igual que sucede con los políticos, es otra de las distracciones favoritas de los habitantes de la “piel de toro”. Cada vez que estrena una película, y ya lo ha hecho 18 veces, se produce una irreconciliable –otra más– disputa entre españoles. Todo dios, quiero decir cada vecino, se hace, formula o proclama su punto de vista sobre el cine del director manchego, independientemente de que se haya molestado en ver la película o no.

Aquí, en ese ejercicio espontáneo y vehemente de dar nuestro parecer a troche y moche, no hay quién nos gane. Da igual que seas un indocumentado, un papanata o un cretino. No importa que se pueda caer en el ridículo más espantoso, o que, so pena de arriesgarse a una metedura de pata histórica, te pongas a hablar de algo que no conoces, dando juicios de valor delante de un muro de micrófonos.

En este menester, además, no hay escalas, ni quien iguale la osadía de las apreciaciones, cuanto más altisonantes, más erradas. Lo mismo opina un mindundi que toda una ministra de Cultura. Y no lo digo de oídas, porque una vez, en el Festival de San Sebastián, fui testigo de la completa descalificación que, ante una nube de periodistas perplejos, se permitió hacer esta integrante del Gobierno de España, al manifestar su opinión contraria sobre una película que no había visto, ni parecía albergar intención alguna de hacerlo. ¿Para qué? si, de antemano, ya la había condenado. Una de dos: o estaba saliéndole el censor que llevaba dentro, o se comportaba como una ignorante sin remedio.

Algo de esto también sucede cuando muchos se lanzan a pronunciarse sobre el trabajo de Almodóvar. Conste que parto de la base de que, como cualquier otro artista, él y su obra deben estar expuestos al análisis y al filtro de la crítica.

Pero ocurre que, frente a la filmografía de nuestro oscarizado cineasta, da la sensación, no pocas veces, que el enjuiciamiento de su cine va más allá de lo imparcial y objetivo, que en esos implacables y ofensivos comentarios subsisten pleitos pendientes, algo que es ajeno a lo que se somete a la reprobación o al aplauso del crítico.

Pero la cosa puede ser incluso peor, abundan los antialmodovarianos, de la misma forma que, en general y sin matices que valgan, se fustiga nuestro cine. Da lo mismo lo que haga, porque previamente ya está machacado. En realidad qué poco hemos avanzado. Es lo que hace tanto tiempo decía Antonio Machado: “Envuelta en sus harapos, Castilla desprecia cuanto ignora”.
MANUEL BELLIDO MORA

1 de septiembre de 2011

  • 1.9.11
No hace falta ser un metódico estudioso del comportamiento humano de los sureños, ni un perito en Lingüística, para saber que aquí lo que nos va es acortar el nombre de las cosas y de las personas. Dicen que es una tendencia natural a la economía a la hora de expresarnos (será en lo único que ahorramos), una incorregible manifestación de esa manera exprés, apretando frases y reduciendo palabras, que usamos para comunicarnos.

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Pero lo cierto es que es así: a la mayoría de la gente que tratamos, la conocemos familiarmente por su nombre de pila, y poco más; a otros, como si fuera la única y pesada herencia que le han dejado sus antepasados, nos referimos por su mote, les guste o les irrite y resulte incómoda está costumbre tan nuestra de llamarlos así, tirando de apodo.

Hagan la prueba. Basta con repasar mentalmente la nómina de los amigos más próximos. Seguro que de algunos de ellos cuesta recordar sus apellidos completos, porque a fuerza de recaer constantemente en esa viciada manía, aunque lo hagamos sin mala fe, incluso cariñosamente, ocurre que no pocas veces olvidamos la filiación exacta de quienes son nuestros compañeros de viaje desde niños.

Pero también es cierto que como no es cosa de pasarnos de puristas, a casi nadie se le ocurre relatar a cada instante la identidad fidedigna de quienes nos rodean, como si hubiera que repetir por norma lo que está escrito en el Registro Civil, cada vez que hablamos de ellos. Bueno, a nadie no. Hay quien lo hacía cada día, y no nos producía ni rechazo, ni extrañeza, ni parecía algo chocante.

En los antiguos días de escuela, y por supuesto en los inolvidables del Bachillerato, era lo normal. Nada más entrar en clase, los profesores repasaban, con voz alta, la lista de sus alumnos, sin olvidar a nadie. Desde entonces sé que uno de mis amigos se llama José Miguel Osuna Castro. Así, dicho del tirón.

Antes de eso, yo lo veía por el barrio, alrededor de los merenderos o entrando en su bloque cada día a su regreso del colegio, pero apenas sabía algo más de él, porque estábamos en escuelas distintas y distantes: él en los Salesianos, yo con Luis López Vela y José Delgado Arias, en el desaparecido Grupo Escolar “Virgen de las Viñas”.

Esta noche, al conjuro de los recuerdos, José Miguel, como otros diez vecinos han hecho antes desde 2001, desempolvará aquellos tiempos cuando pronuncie el ya tradicional “pregoncillo” de las “Casas Nuevas”. Hacerlo, y lo digo por experiencia, le va a dejar un extraordinario regusto, inmensamente agradable, pese a las ausencias: el de reconocerse y reconocernos al invocar el territorio de su infancia y adolescencia.

Ahora, cuando intento hilar estas líneas con las que retomo mi colaboración con Montilla Digital tras la pausa vacacional del verano, reparo en un curioso y significativo hecho: siendo tan montillano, tan profundamente unido a su pueblo, nada, ni la fuerza de sus apellidos (Osuna Castro, que son los nombres de dos históricas poblaciones andaluzas), han desviado ni mucho menos distraído el amor que siente por su tierra natal.

No hay día en que no renueve este compromiso con sus paisanos, con sus calles, con sus viñas. Y lo hace degustando como si fuera siempre la primera vez una copa de vino, o las que sean precisas. Este profesor de Educación Física, maestro en la gimnasia de la amistad, puede presumir de músculo montillano. En la teoría y en la práctica.

Le he visto organizar, sin que le aturdiese la fatiga, incontables rutas por los lagares de la Sierra, que conoce al detalle como si hubiera vivido en ellos toda la vida. Es una máquina de reclutar forofos para la causa vinícola. Gente de un montón de sitios, muchos de ellos alejados de nuestra geografía, que, de su mano, han sellado un vínculo permanente con las bodegas de esta tierra. A eso se llama predicar con el ejemplo. Como biólogo que también es, sabe a ciencia cierta que en un catavinos cabe la vida entera, renovada en cada trago. ¿Es o no es un sorbo prodigioso?

Esta noche, al compás de los recuerdos, se aclarará la garganta con vino para que, de la profundidad de la memoria removida, acudan a su boca las perfiladas figuras del pasado, los mostos de la fértil vendimia de su vida.

De la cepa generacional que comparto con él, han brotado, impelida por la savia oculta de tantas noches de estudios, risas y sueños, múltiples sarmientos. Distribuidos al capricho o por las circunstancias del destino profesional, unos siguen viviendo en Montilla, y otros, entre los que me cuento, practicamos una suerte de eterno retorno cada vez que se tercia la cosa, que en mi caso, por suerte, sucede con cierta frecuencia.

La relación de todos los oficios con los que se ganan la vida quienes empezamos juntos, podría servir para una completa representación social. Hay médicos, policías, maestros, músicos, enólogos, jueces, empleados de banca, periodistas, campesinos… Y por desgracia, también puede contarse algún parado. Por su posición y función social, es gente que, en ocasiones, puede influir en el destino, que puede marcar, condicionar la vida de los demás.

Alguna vez lo he comentado: como periodista, puedo ser testigo de la actualidad, incluso puedo interpretarla, pero casi nunca, desde una crónica, un reportaje o un artículo, tienes en tus manos la posibilidad de cambiar el estado de las cosas. Como mucho, siendo un plumilla, se te ofrece la posibilidad de contar lo que sucede, aunque pocas veces tengas a tu alcance la facultad de modificar la realidad.

En cambio, tengo otro amigo que, desde su puesto de magistrado en un tribunal, puede privar de libertad al reo, una vez que, con las pruebas necesarias, se certifica la participación del juzgado en el hecho delictivo que se le imputa. El periodista da la noticia; el juez, aplicando la ley, dicta sentencias. Condena o absuelve. Es sin duda una tremenda responsabilidad.

Pues bien, sin ser juez, un buen día, José Miguel Osuna Castro también cambió mi vida. Me libró de las Matemáticas. O, mejor dicho, consiguió avenirme con ellas. Un milagro, porque, hasta entonces, los números y yo llevábamos caminos opuestos. Huíamos el uno del otro, nos repelíamos, vaya. Pero él con infinita paciencia y unos apuntes de gran eficacia, logró lo imposible: que congeniara con ecuaciones y logaritmos (eso sí, sólo lo estrictamente necesario para aprobar).

Pero, siendo esto importante, no fue lo verdaderamente decisivo. El hecho capital, lo que definiría mis días futuros, es que con José Miguel, El Trillo, Miguel Rueda, Paco Castellano, Miguel de la Torre y todos los que esto sabéis, traspasé la barrera de la adolescencia escuchando música en el club de Pepín Carbonero. Cuando eso sucedió, empezó el futuro que, tanto tiempo después, todavía dura, amigo mío.
MANUEL BELLIDO MORA

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