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5 de abril de 2022

  • 5.4.22
La semana que las intensas lluvias hacían desaparecer escenarios míticos del Spaghetti Western en Almería, Will Smith me ha hecho recordar la famosa Trilogía del Dólar de Sergio Leone. Su renuncia a la Academia del Cine lo ha convertido en el hombre al que le robaron el nombre y que comienza a vagar por un desierto del que no sabemos si podrá salir, porque estos hipócritas americanos, que van de puritanos y se erigen en garantes del decoro, el honor y la no violencia, son muy vengativos, rencorosos y no perdonan la traición.


Lo que más les ha indignado es que haya sido en prime time y no tuviesen tiempo de esconderlo, como durante varias décadas taparon el caso de abusos sexuales del productor Harvey Weinstein, al que solo echaron cuando la presión social y mediática fue inaguantable.

Da igual si el racismo, la xenofobia, la homofobia, la discriminación de sexos, la brecha salarial, el abuso de poder, las envidias, la evasión de capitales o los intereses políticos son las células de la cultura americana –y, por tanto, de su industria cinematográfica– porque, mientras no se convierta en un escándalo que salpique su buena imagen, no hay problema.

Will Smith habrá renunciado para intentar salvar su carrera y la de sus hijos, porque sabe cómo se las gastan allí. Pertenecer al selecto club de la Academia del Cine tiene sus ventajas, sus prebendas, pero también sus inconvenientes, sus estrictas reglas, las consecuencias si te saltas el guion. Cuando haces un pacto con el diablo, debes ceñirte al contrato que firmaste al venderle tu alma, tu libertad, a cambio de Un puñado de dólares, de fama y reconocimiento.

Nada más sentarse, cuando se negó a marcharse de la platea, se dio cuenta de que ni su productiva y exitosa carrera, ni su imagen de hombre de familia, ni la simpatía y el cariño que le profesa el público, le iban a evitar ser vetado, repudiado, juzgado con esa doble moral con la que nos movemos por el mundo.

Como Gary Cooper, se quedó Solo ante el peligro y, lo peor, como ocurría en el libro El secreto de sus ojos, de Eduardo Alfredo Sacher, no es que te encierren: es que tu carcelero te retire la palabra y te sumerja en un mundo de oscuridad y silencio, donde la muerte sea la mayor de tus bendiciones.

No sé cuánto tardaremos en ver una película sobre lo sucedido, pero estoy seguro de que los productores de Hollywood ya están haciendo números e intentando conseguir los derechos. El show debe continuar y la historia, repetida una y otra vez, tiene todo lo que les gusta a los americanos, lo que les compramos y aplaudimos.

Un hombre caído en desgracia, por defender el honor de una mujer, justo cuando iba a recibir su mayor reconocimiento. Un malo malísimo que, con una ofensa inesperada y escondida entre sonrisas, consigue que el héroe pierda la razón, sucumba a sus emociones y sea castigado y señalado por los mismos que lo endiosaron.

Un hombre que terminará recuperando su posición para demostrarnos la importancia del afán de superación, de creer en uno mismo, de no rendirse ante las injusticias, y con el que aprenderemos a justificar la violencia, al que recordaremos batiéndose en duelo y derrotando al infame que lo empujó hasta los infiernos. Porque, no tengan ninguna duda: Will Smith volverá a ser encumbrado, cuando las empresas de marketing consideren que ya se ha flagelado y humillado bastante.

No crean que justifico el acto violento, pero entiendo que pudiese pasar. Pedirle a alguien que lleva semanas bajo presión, defendiendo y buscando apoyos a su nominación –porque no vale con hacer una buena película para ganar un Oscar– que se mantenga frío, insensible, ante un chiste de mal gusto, sobre algo que está haciendo sufrir a toda la familia, es demasiado fácil. Tampoco creo que Chris Rock fuese culpable de nada, salvo de improvisar una gracia que no estaba en el guion.

La vida insiste, una y otra vez, en demostrarnos que la realidad supera a la ficción; que por muchas normas sociales y leyes, el mundo lo mueven los instintos; que no hay buenos y malos; que todos cometemos errores; que debemos asumir sus consecuencias y que éstas, a veces, son desproporcionadas.

Ante las críticas de machista por salir a defender a su esposa, su compañera, a la mujer a la que ama, me gustaría añadir, como homenaje a Alberto Mielgo, la frase de Limpiaparabrisas, con el que ha ganado el Oscar al mejor corto de animación: El amor es una sociedad secreta.

Como dicen que en tiempo de crisis hay grandes oportunidades, le recomendaría, ya que tiene un buen guion, que comprase el poblado del oeste que está en venta en Tabernas. Solo le faltaría un Ennio Morricone para recuperar el prestigio perdido.

MOI PALMERO

29 de marzo de 2022

  • 29.3.22
Cada 2 de abril se celebra, desde 1967, el Día Internacional del Libro Infantil y Juvenil, conmemorando el nacimiento de un escritor que es uno de los más traducidos en el mundo y que ha formado parte de nuestra infancia a través de sus cuentos: Hans Christian Andersen.


¿Quién no ha leído o contado El Patito feo, La Sirenita, Pulgarcito o El Soldadito de plomo? Andersen escribió teatro, libros de viajes, novelas, poesía, óperas y opiniones periodísticas. Pero, sin embargo, fueron sus cuentos para niños, que a veces no eran demasiado infantiles, los que grabaron su nombre en la historia de la literatura.

Los cuentos, las historias, las leyendas, son los que han movido el mundo, transmitiendo conocimiento, valores, experiencias, vivencias, diversión, esperanzas, ilusiones, tradiciones, visiones de futuro. Desde que nos sentábamos alrededor de una hoguera hasta la actualidad, no han dejado de acompañarnos, de emocionarnos, de inspirarnos, de ilusionarnos y, sin embargo, sigue pareciendo un género menor dentro del mundo de la literatura.

Da la sensación de que escribir para niños, para jóvenes, es mucho más fácil, cuando todos sabemos que no es verdad, porque a estas edades son lectores más exigentes que los adultos. Para ellos no existen medias tintas ni segundas oportunidades o relecturas: si no les gusta lo que leen, lo abandonan. Y lo dicen sin ambages, sin la hipocresía del sí pero no.

En la actualidad, cuando pensamos que nuestros hijos leen menos que antes, la literatura infantil y juvenil vive su mejor momento editorial. En 2021 generó unos ingresos aproximados de 367,1 millones de euros, 55 millones más que el año anterior.

Sé que las cifras, cifras son y que con su naturaleza fría, relativa, interpretable y manipulable, no son sinónimo de calidad, de constancia, de eficacia para fidelizar lectores. Pero hay que reconocer que son cifras que nos devuelven la esperanza, el optimismo, la ilusión, por devolverle a los libros el lugar predominante que han tenido en el desarrollo, la evolución, el crecimiento del ser humano, a nivel individual y de la colectividad.

Pero sea cual sea la razón del aumento de estas cifras, si el marketing, el cine o los videojuegos, lo que quiero reivindicar aquí es la importancia del creador de los cuentos, del imaginador, del autor que parte desde el folio en blanco, desde el caos que le rodea, para seleccionar, diseccionar, transformar, imaginar los elementos invisibles para la mayoría; de darle vida a los personajes que nos seducen o nos crean repulsión y de ponerlos en situaciones inverosímiles, ridículas, de ensueño, que conforman las historias.

Que me perdonen los ilustradores, los editores, los músicos y todos aquellos que embellecen y adornan las historias para completarlas –algunas veces para mejorarlas– o que dan forma a los libros para venderlos. Pero sin una buena semilla, nada sería posible.

Me apena ver cómo los autores, ya no solo los de literatura infantil y juvenil, son los peor remunerados, reconocidos, dentro del mundo editorial. Es cierto que las historias, las ideas, se acumulan en los cajones, que todos tenemos una, y que en la actualidad vende más la imagen que cualquier otra cosa ¿pero alguien recuerda quién ilustró o editó los cuentos de Andersen, de los Hermanos Grimm, de Perrault o de Dickens? Probablemente, no. Lo que recordamos son sus historias, sus cuentos, sus fábulas, su imaginación, su creatividad, su pasión, su talento.

Lo que sí recordamos son los cuentos que nos contaban de pequeños, o que hemos contado a nuestros hijos, o sobrinos, en la penumbra de la habitación antes de acostarse; o bajo un naranjo, amenazado de derribo, mientras merendábamos; o a la orilla de la playa mientras buscábamos “tesoros”; o junto a la chimenea, en los días lluviosos; o en las noches de verano mirando las estrellas y buscando la constelación del delfín. En esos grandes momentos siempre hay un autor que puso sus historias a nuestro servicio, para que pudiésemos adaptarlas, para que las usásemos como quisiésemos, para embellecer nuestros recuerdos.

Ahora que la luz es un lujo, que los supermercados se vacían, que volvemos a la oscuridad de los búnkeres, que abandonamos a la gente en el desierto, es el mejor momento para refugiarse en los cuentos, de recuperar la infancia, de regalar historias en las que protegerse, a las que volver cuando todo parezca perdido.

No hace falta que compres libros, que engordes las cifras editoriales: solo cuenta los cuentos, honra a los autores y transmite, comparte, ofrece las historias que a ti te emocionaron, las que te hicieron crecer. Para eso se crearon, para ser semilla, para germinar y echar raíces en cada uno de nosotros. Para cambiar el mundo.

MOI PALMERO

15 de marzo de 2022

  • 15.3.22
Las noticias son cada día más alarmantes. El coraje y el optimismo de Zelenski se contrarrestan con ataques en guarderías, en corredores humanitarios, en hospitales, en fábricas de pan. Lejos de dejarse intimidar por las históricas sanciones, Putin amenaza con armas nucleares y se acerca peligrosamente a Polonia.


Europa sigue exigiendo nuevas sanciones económicas y mandando dinero para armar a la resistencia ucraniana, y EE.UU nos avisa de la catástrofe que sería tener que cumplir las amenazas de entrar en el conflicto si se cruza la línea roja. A pocos días de celebrar el Día de la Poesía, es inevitable no recordar los versos de Gabriel Celaya:

Porque vivimos a golpes, porque a penas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo
.

Y mientras nuestros dirigentes, que no supieron, no quisieron, no se atrevieron o no les interesó adelantarse a los acontecimientos, recomponen el mapa geopolítico y nos aconsejan no encender la calefacción, que nos apretemos el cinturón, que nos preparemos para lo peor, la ciudadanía vuelve a demostrar la determinación, la valentía, la eficacia, la humanidad de la que las Administraciones carecen.

Día tras día vemos expediciones relámpago financiadas con colectas vecinales, de ahorros personales, de ONG, para llevar alimentos, ropa, medicinas y rescatar a los desplazados que esperan asustados, angustiados, desesperados en las fronteras, en los campos de refugiados, en tierra de nadie.

Estos gestos individuales son la poesía que reivindica Celaya, la poesía cargada de futuro, la poesía de los que toman partido hasta mancharse y dejan en evidencia a los neutrales, a los que se lavan las manos, a los que se evaden, a los que toman partido, como añade Paco Ibáñez cuando canta estos versos, partido hasta forrarse.

Y me pregunto por qué tienen que arriesgar estas personas sus vidas, su dinero, sus vehículos. Por qué si unos simples camareros, jugadores de rugby o monjas de la caridad son capaces de organizar una expedición para atravesar el continente, llegar a una zona de conflicto y rescatar a todo el que pueden, no lo hace esa Europa en la que tantas esperanzas pusimos, y que en los momentos cruciales no ha estado a la altura.

Por qué se han invertido 500 millones de euros en armamento y solo 90 en ayuda humanitaria. Por qué los militares, que no pueden entrar en el conflicto pero que tienen una gran preparación en este tipo de situaciones, no están organizando una evacuación controlada. Por qué no nos saltamos las normas para que los cascos azules de la ONU estén garantizando esta triste diáspora.

La única respuesta que se me ocurre es que para ellos, los estadistas, los economistas, los gobernantes, solo somos números, frías cifras, estadísticas. Y nos resistimos a ello, como Zelenski, y todos los ucranianos que tienen la ocasión en los medios de comunicación, y que están mirando de frente, a los vertiginosos ojos claros de la muerte, recurren a nuestros sentimientos, a nuestra humanidad, a nuestro corazón, para que pidamos acabar con la guerra, para que nos enfrentemos a nuestros gobiernos, para que exijamos la paz.

También intentan hacerle entender a los soldados que capturan, a las madres que los llaman de Rusia para saber cómo están, que en sus manos hay otra forma de hacer el mundo, de liberarnos contra la tiranía, contra el opresor.

Un ejercicio desesperado por hacerlos despertar y mostrarles, personalizando en ellos, la solución y en a las víctimas el verdadero drama de la guerra. Las verdades de Zelensky no solo me recuerdan a Celaya, también a Lennon por hacerme imaginar un mundo viviendo la vida en paz. Y yo, que a veces soy un iluso, imagino.

El mismo día que se celebra el Día de la Poesía es el equinoccio de primavera y se celebran, entre otras efemérides, el Día de los Bosques, del Color, de las Marionetas, del Síndrome de Down. Pero lo más curioso es que también, desde 2010, se celebra el Día Internacional del Nowruz, una fiesta con 3.000 años de antigüedad y que conmemora el primer día del calendario persa. La celebran más de 300 millones de personas en Asia Central, el Oriente Medio y otras regiones, y fue prohibida en muchos países cuando fueron absorbidos por la URRS.

“Nowruz” significa “nuevo día” y representa la oportunidad, el renacer, el compartir, la solidaridad, el reconocer al otro como un igual, el respetar la diversidad cultural, la unidad de la raza humana, la libertad. La base para fortalecer la paz y la cooperación internacional.

Pues eso, Vladimir. Feliz Nowruz y feliz Día de la Poesía para todos los que toman partido, aunque sigamos tocando fondo. Partido hasta mancharse.

MOI PALMERO

8 de marzo de 2022

  • 8.3.22
De nuevo la Comisión Europea corrige a nuestros políticos ante un nuevo delito ecológico. De nuevo los ecologistas vuelven a interpretar las leyes mejor que los dirigentes. De nuevo todo llega tarde y nadie se hará responsable de la destrucción de un ecosistema único en el mundo. Esta vez ha sido por la descatalogación parcial, por parte de la Junta de Andalucía, de 75 hectáreas en Artos de El Ejido, un Lugar de Importancia Comunitaria (LIC) incluido en la Red Natura 2000.


Es un proceso que viene de largo. En el año 2000, unos agricultores, ante la propuesta por parte de la Junta de Andalucía de incluir las artineras en la Red Natura, arrasaron con los arbustos protegidos que ponían en peligro la construcción de invernaderos.

El Ayuntamiento de El Ejido, con su exalcalde Juan Enciso a la cabeza, y a la espera de sentencia por el robo sistemático de las arcas municipales, apoyó estos movimientos de tierras que Ecologistas En Acción denunció en 2002.

Algunos agricultores agraviados por la protección ambiental que les impedía construir más infraestructuras, recurrieron el Plan de Ordenación Urbana de El Ejido, y el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA) les dio la razón en 2008 al declarar que esas fincas eran superficie agrícola de regadío.

Doce años después, en octubre de 2020, la Junta, con un nuevo Gobierno y otra visión sobre los espacios naturales protegidos, publicó y aprobó la orden de la descatalogación parcial en base a esta sentencia, y los ecologistas lo volvieron a denunciar. Y la Comisión Europea, cuatro meses después, le recordó en un informe al Gobierno autonómico que no tiene autoridad para ordenar su descatalogación.

El proceso sigue en marcha a la espera de que el TSJA corrobore la primera sentencia, pero la Junta ya ha sido llamada al orden por haberse extralimitado. Así que si el Alto Tribunal andaluz ratificase al magistrado Rafael Puya, que dictó la sentencia en 2008, la justicia europea caería contra nosotros. Algo que los grupos ecologistas tuvieron claro desde un principio y que si nuestros políticos y magistrados no se dejasen llevar por otros intereses diferentes al bien común, también lo habrían tenido.

Mientras todo se dirime, el ecosistema ya fue arrasado, y nadie se hará responsable de ello. Un sistema lento e ineficaz que hace justicia tarde y que deja al descubierto la impunidad y la poca vergüenza con la que algunos se manejan.

Pero lo peor de todo es que de los errores no aprenden porque se ha presentado el proyecto de la construcción de un carril bici, por parte de la Delegación Territorial de Fomento, Infraestructuras y Ordenación del Territorio en Almería, para unir El Ejido y Roquetas de Mar, y que pasa parcialmente por el Espacio Protegido Punta Entinas Sabinar.

El proyecto no es definitivo. La pasada semana acabadó el plazo para presentar las alegaciones a la solicitud ante la Delegación Territorial de Desarrollo Sostenible para la concesión de ocupación del Dominio Público Marítimo Terrestre, y confiamos en que no se autorice, porque el proyecto presentado es un despropósito en toda regla y tiene claros síntomas de ser un corta y pega de un trabajo que comenzaron en el 2015.

Se basan en una solicitud que se hizo en esa época al Servicio Provincial de Costas en Almería, perteneciente a la entonces Consejería de Medio Ambiente y Ordenación del Territorio, y que esta respondió haciendo algunas correcciones y aclarando que la atención al Dominio Público Marítimo y Terrestre y sus servidumbres correspondía al Servicio Provincial de Costas del Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, como titular de dicho patrimonio.

Informe que no se pidió, como no se ha hecho la Evaluación de Impacto Ambiental necesaria, con el Informe de Afección a la Red Natura 2000 incluido por ser un espacio hiperprotegido a nivel autonómico y europeo.

De haberse hecho en la actualidad, se habrían dado cuenta de que las condiciones ambientales en estos siete años han cambiado mucho y que las decisiones técnicas planteadas, además de no propiciar soluciones efectivas a la subida del nivel del agua de los Charcones de Entinas, pueden causar daños irreparables al ecosistema.

Esperemos que luego no culpabilicen a los ecologistas de que se van a desperdiciar 2,5 millones de euros aprobados para el proyecto, porque lo único que están pidiendo es que los políticos y técnicos de las Administraciones cumplan las leyes establecidas y no se las salten cuando les venga en gana.

Todos estamos deseando de que el sendero GR92 E10 se arregle, porque ayudaría a controlar muchos de los problemas que hay en la actualidad en el Espacio Protegido. Pero no de cualquier manera, no saltándose las normas, no destruyendo ecosistemas únicos para construir una infraestructura que quedará inservible en unos años. Y quien avisa no es un traidor.

MOI PALMERO

1 de marzo de 2022

  • 1.3.22
La madrugada del miércoles todo dejó de tener sentido. Casado, el Día de Andalucía, el hotel de Genoveses, los residuos de la agricultura, el mal juego del Real Madrid, la falta de lluvia, el carril bici de Punta Entinas, la necesidad de bajar el colesterol y tantas otras cosas pasaron a un segundo plano, se convirtieron en nimiedades. Adaptando a El Último de la Fila, cuando la guerra entra por la puerta, el amor, la cordura, la vida, la paz saltan por los aires, porque ya no quedan ventanas, ni paredes, ni lugares donde protegerte.


Solo el miedo lo empapa todo, como una pesada niebla que no deja ver más allá de unos pocos pasos y que nos paraliza, nos hace temblar de un frío que presagia la muerte, que nos vuelve incapaces. Intentamos parecer fuertes, mantener la calma, pensar con claridad, pero no sabemos, porque nunca nos prepararon para esto.

Crecimos intentando olvidar, perdonar lo ocurrido, convencidos de que no volveríamos a repetir los mismos errores, y sin embargo, setenta años después, volvemos a estar en el mismo sitio donde lo dejamos, en manos de un tirano enloquecido por el odio y el rencor del derrotado, y con la certeza de que tiene que vengar, honrar y redimir a sus antepasados.

Esta guerra sí nos asusta, porque ha llegado a las puertas de casa, porque repite el guión que hemos estudiado en los libros de historia y que permitió a un nazi poner a la humanidad al borde del abismo. Se le dejó hacer en los primeros meses, advirtiéndolo, castigándolo con sanciones, con la esperanza de que solo fuese Polonia, pero no se quedó allí, como no lo hizo este “malnazido” con Crimea.

Lo más triste de esta situación es que no podemos hacer nada. Que no vayamos a defender Ucrania no se trata de tibieza, de incapacidad, de interés: se trata de sensatez, de prudencia, de un miedo real. Sabe que la OTAN no actuará porque, de hacerlo, moriríamos todos en una guerra nuclear que acabaría con la vida en la Tierra.

Me cuesta creer que cumpliese sus amenazas de bombardear Chernóbil, de lanzar una de las ojivas nucleares, pero tampoco esperábamos que se decidiese a matar civiles. Es inevitable no acordarse de la canción punk de Polanski y el Ardor, que en la movida madrileña se preguntaban ¿Qué harías tú en un ataque preventivo de la URSS? Ellos no lo sabían, yo tampoco. Ni Biden, ni la OTAN.

No podemos atacar a Rusia, pero no podemos ceder al chantaje, mirar para otro lado cuando inocentes están muriendo, cuando están suplicando ayuda. O sí. Llevamos décadas jugando al negocio de la guerra, y esta vez nos ha explotado en las manos, ha cruzado al hemisferio norte, nos está mirando a la cara: ahora somos los daños colaterales. El negocio es el negocio.

En 2021 se calculaban unos 65 conflictos en el mundo: unos considerados "grandes guerras", porque mueren más de 10.000 personas al año; otros, escaramuzas porque los muertos no llegan a 100. Y si algo tienen en común todas estas guerras es que el armamento lo fabricamos y lo vendemos los que ahora exigimos la paz.

En el primer semestre de 2021, según los datos enviados al Congreso por la Secretaría de Comercio, las exportaciones de armas españolas crecieron un 37,7 por ciento, alcanzando los 1.633,9 millones de euros. Y nosotros no pintamos nada en este negocio, en el que el 58 por ciento de los beneficios se lo llevan las empresas americanas y, el resto, se lo reparten entre las británicas, las francesas, las italianas y las rusas.

13.080 ojivas nucleares se calculan en el mundo. El 90 por ciento está en manos de EE.UU y Rusia. ¿Los buenos y los malos? ¿Solo las tienen para defenderse? Lo gracioso es que estamos contentos porque, en los dos últimos años, se han destruido 1.200 cabezas nucleares para intentar garantizar la seguridad mundial, aunque ya sabemos lo que hicieron solo dos con la tecnología del año 1945 en Hiroshima y Nagasaki.

Eduardo Galeano lo resume muy bien: “las guerras mienten y ninguna tiene la honestidad de confesar: yo mato para robar”. Podría terminar con esta cita, pero prefiero hacerlo con dos de una película de 1994, La Guerra, que vi anoche por culpa de mis desvelos.

Se trata de una historia que habla de la guerra de Vietnam y de la discriminación racial a través de los ojos de dos grupos de niños que quieren construirse una cabaña en el Árbol de los sueños. Lidia, una de las protagonistas, nos deja dos frases célebres.

La primera, a modo de conclusión: “Aunque mucha gente crea que entiende la guerra, la guerra no entiende a la gente. Cuando se escapa de las manos lo destruye todo”. La segunda es para recordarnos que aunque “la vida la presenten como un precioso cuenco lleno de sabrosas cerezas, en realidad es un cuenco lleno de mierda”. No a las guerras.

MOI PALMERO

22 de febrero de 2022

  • 22.2.22
Dos hundimientos han coincidido en nuestras vidas en los últimos días. El primero, una gran tragedia en las costas de Terranova, donde el Villa de Pitanxo se enfrentó a un temporal con el motor estropeado, por lo que el barco no pudo encarar las olas de proa y quedó a su merced.


Sus tripulantes se repartieron en cuatro botes salvavidas, pero la fortuna fue esquiva con la mayoría y solo tres sobrevivieron. A los demás, nueve fallecidos y doce desaparecidos, solo nos queda llorarles e intentar traerlos de vuelta a casa, pero no será fácil. Descansen en paz.

El segundo hundimiento, lejos de ser un accidente, es una negligencia de su capitán –o, mejor dicho, de su segundo de a bordo– que, queriendo amedrentar a su mejor –pero rebelde– oficial de cubierta, la ha empujado a un motín de consecuencias impredecibles.

Opinar sobre un barco que el mar está zarandeando es un poco atrevido, porque cualquier ola, por pequeña que sea, o cualquier decisión de la tripulación, lo pueden hacer volcar o estabilizar. Sería más fácil opinar a toro pasado, pero no hay que ser muy avispado para adelantar que se masca la tragedia y que, cuando vuelva la calma tras la tempestad, habrá un crespón sobre la bandera del patriótico charrán.

Días después de iniciado el temporal, Casado se la tuvo que envainar. Pensaba en la espada –siguiendo la metáfora–, pero si le preguntamos a Esperanza Aguirre, a Cayetana Álvarez de Toledo o a la propia Ayuso, a lo mejor opinan que esto no es cuestión de espadas, sino de otros atributos de los que los hombres han presumido a lo largo de la historia y que ya va siendo hora de desterrar de nuestra sociedad.

De cómo terminará esta “rebelión a bordo” todos lo tenemos claro. Habrá nueva capitana, porque Casado lleva dando tumbos desde que llegó, sin saber en quién puede confiar, dentro y fuera de su partido, para llegar a buen puerto.

Y da igual si Ayuso ha aprovechado su posición para beneficiar a su familia. En este país hemos perdonado a otros picaros y ladronzuelos porque nos caen graciosos, son contestatarios y, sobre todo, es lo más importante, pueden conseguir más votos que los demás.

Entre las amotinadas, para apaciguar el malentendido, quieren la cabeza de Teodoro García-Egea, al que señalan como responsable de todos los conflictos internos con el único objetivo de salvaguardar a su jefe. Y yo estoy de acuerdo con ellas.

En mi opinión, son este tipo de personajes los que hay que desterrar de la política porque, bajo sus cargos de asesores, de estadistas, de consultores, o como quieran llamarlos en cada partido, enmarañan la política jugando a intentar ser más listos que los demás y maquinando estrategias, trampas, zancadillas a sus rivales con los que poder chantajearlos, amedrentarlos, eliminarlos o contenerlos.

Políticos que actúan en la sombra, que susurran a sus señores, que desaparecen entre bambalinas, herederos de los pensamientos de Maquiavelo, Richelieu o Napoleón para los que el fin siempre justificaba los medios. Si hay que espiar, se espía; si hay que señalar de corrupción a tu propia compañera, se señala; si hay que mentir a los votantes, se miente; si hay que sacrificar a quien manejó las cajas B, se sacrifica; si hay que pactar con la ultraderecha, se hace; si hay que poner en marcha la maquinaria de las cloacas del Estado, se pone. Pero lo importante es mantenerse en el poder, sobrevivir a las tormentas, estar posicionados para cuando llegue la oportunidad.

Políticos valorados en los partidos porque, entre la confusión, entre las muchas opciones para actuar, siempre ofrecen un camino, una idea, una solución que los demás no encuentran, porque son capaces de olvidarse de las leyes, de la ética, de la decencia, del juego limpio. Políticos aplaudidos mientras aciertan y las cosas van bien, pero que son los primeros en caer cuando las cosas se tuercen, como le pasó a Iván Redondo en el PSOE o como le va a pasar a Teodoro García-Egea.

Esta vez, su error –como siempre suele pasar– ha sido el de infravalorar a su adversario, el de pensar que Ayuso agacharía la cabeza, que daría un paso hacia un lado, avergonzada por el fraudulento contrato. Lo que no esperaba es que la presidenta de Madrid hiciese como Bárbara Rey en su momento, cuando reconoció haber grabado al Rey para chantajearlo antes de anunciar que la querían matar.

El resultado es el mismo: los poderosos deciden cuidar a las que iban a ser sus víctimas, porque si les pasase algo, todos le señalarían. Pero Casado no es el Rey y su cabeza está a punto de rodar, aunque primero sacrificará a su amigo Teodoro, a ver si consigue salvar la nave y mantenerse en la poltrona.

MOI PALMERO

15 de febrero de 2022

  • 15.2.22
A Paca le quemaron el buzón, la amenazaron de muerte, le rayaron el coche y la insultaron con toda clase de improperios: los clásicos y los inventados. Al final, se marchó de su pueblo, El Gordo, porque era un suplicio y llegó a temer por su vida.


Ese fue su castigo por defender el medio ambiente con las leyes existentes ante los promotores y los políticos de la Junta de Extremadura que autorizaron la construcción de un complejo urbanístico en la Isla de Valdecañas y que, tras 15 años de un proceso judicial que aún no ha terminado, el Tribunal Supremo ha ordenado demoler por completo –no parcialmente, como dictó el Tribunal Superior de Justicia de Extremadura en 2020, en una sentencia que Ecologistas en Acción recurrió y en la que han vuelto a darle la razón–.

Ahora viene la hipocresía al hacer referencia al coste del derribo y el perjuicio a la economía local de los pueblos afectados. La demolición costará unos 33 millones de euros a los extremeños, más las indemnizaciones pertinentes –sobre unos 110 millones– a los promotores y propietarios que compraron un chalet de lujo en un Espacio Protegido y no urbanizable, declarado Zona de Especial Protección para las Aves e incluido en la RED Natura 2000.

Dineral que se hubiesen ahorrado si cuando los malvados, insensatos y amargados ecologistas (así los han llamado estos días en algunos medios) avisaron, al comenzar el proyecto, de que estaban cometiendo un delito ambiental. Su respuesta fue la soberbia y el cambio de uso del suelo aprobado por los dos partidos mayoritarios en ese momento, PP y PSOE, en la Junta de Extremadura.

En vez de cumplir las leyes europeas, intentaron modificar las locales a su antojo para sortear el escollo que se les presentaba y salvar un proyecto que se anunció con una cena a todos los vecinos para que lo apoyasen.

Lo peor de este caso, que recuerda al indestructible Algarrobico de Carboneras, es que quienes se saltaron la ley no van a ser castigados. El presidente Fernández Vara, que en 2007 comenzó el proyecto, no será inhabilitado por no haber sabido interpretar las leyes o por haberlas malinterpretado, o por haberlas ignorado.

Que los ecologistas sepan de leyes más que nuestros políticos es algo que nos debería dar que pensar y preocupar. Pero eso da igual, porque primero hacemos, disparamos, destruimos y, luego, si alguien denuncia, aguanta las presiones, los chantajes y las amenazas, pues ya veremos cómo lo solucionamos.

No solo hay que derribar de inmediato las construcciones ilegales, sino que hay que pedir responsabilidades a quien firma los proyectos, sabiendo que van en contra de la ley. Y si no lo sabían, solo es consecuencia de su incompetencia y negligencia.

En Andalucía hemos asistido en los últimos días a las declaraciones del presidente de la Junta, Juan Manuel Moreno Bonilla, que ha anunciado que va a legalizar 1.400 hectáreas de cultivos que están secando los acuíferos de uno de los Parques Nacionales más importantes de toda Europa.

Y lo hace a pesar de las discrepancias de los agricultores legales y de las advertencias del Ministerio de Transición Ecológica y de la Comunidad Europea, que alertan de que lo que está haciendo no va a ser aprobado de ninguna de las maneras porque es ilegal y porque sería sentenciar el Parque Nacional de Doñana.

¿No habría que castigar al señor Moreno Bonilla por ir pasado de “revoluciones verdes” antes de cometer un ecocidio? A él, y a todos los socialistas que se han abstenido por miedo a perder votos locales. A todos los que se saltan la ley, sabiendo que lo están haciendo, habría que inhabilitarlos.

Y, en Almería, también tenemos el hotel de Genoveses en el Parque Nacional de Cabo de Gata, que tiene enfrentados a la Junta de Andalucía –que ha autorizado su construcción– y al Ayuntamiento de Níjar –que considera que no debe dar la licencia oportuna para empezar las obras, pero que, al final, su alcaldesa le reconoce a los ecologistas que tendrá que hacerlo porque no puede arriesgarse a que los jueces le den la razón a la Junta y haya que indemnizar a los propietarios–.

¿No sería más inteligente, más práctico y más barato que la justicia se pronunciase antes de dar las licencias, de empezar las obras, de saltarse las leyes, de destruir el medio ambiente? Ganaríamos en credibilidad y en seguridad.

Pero no, hay que esperar a que todo esté hecho y a que una valiente como Paca no sucumba a las presiones de codiciosos constructores y políticos (¿Incapaces? ¿Corruptos? ¿Negligentes?) que consideran que por ostentar el poder pueden hacer lo que les dé la gana.

Gracias a todas las Pacas y Pacos por no rendiros, por hacer cumplir las leyes, por defender vuestros pueblos, por dejar en evidencia a Goliat.

MOI PALMERO

8 de febrero de 2022

  • 8.2.22
Al ritmo de la Bella Ciao se desarrollaron este domingo más de 40 manifestaciones por todo el territorio nacional, con apoyos en el resto de Europa, convocadas por la Plataforma “No a la caza” para pedir la abolición de lo que muchos llaman "actividad deportiva", "herramienta de conservación de la naturaleza" o "derecho reconocido por la ley". Esta movilización se realiza desde 2010 y, en doce años, ha ido ganando apoyos de centenares de protectoras, grupos animalistas y asociaciones ecologistas


Eligen el mes de febrero porque es cuando termina la temporada de caza con galgo, una modalidad que en Europa solo se practica en España desde que Reino Unido la aboliese en 2004, y que cada año nos deja cifras vergonzantes e innumerables fotos de animales abandonados y sacrificados porque se consideran “inservibles”, ya que según el Club Nacional del Galgo Español, la edad óptima del animal es de menos de tres años.

A partir de ese momento, otros muchos son exterminados al nacer, se deshacen de ellos y, si no son ahorcados, ahogados o quemados vivos, son las protectoras las que se hacen cargo de su recuperación, siempre de forma desinteresada y altruista.

Este último detalle para mí es fundamental, porque es lo que le da credibilidad a las cifras que manejan y que son discutidas por los cazadores, el Seprona y las propias Administraciones como "disparatadas" y "exageradas".

Cuando alguien emplea su tiempo, su dinero y parte de su vida a cuidar los más de 128.000 perros abandonados al año provenientes de la caza, solo por garantizar el bienestar animal, me merece el mayor de los respetos.

Todo lo demás es hipocresía, negocio e interés, ya que la caza mueve 6.500 millones de euros a través de las casi 750.000 licencias (solo nos supera Francia) y la industria generada a su alrededor para que un puñado de españoles se divierta matando y pegando tiros un fin de semana.

Valga como ejemplo la montería que hace unos días saltó a los medios de comunicación, en la que 70 cazadores mataron 447 animales, entre ciervos y jabalís, que expusieron en el suelo orgullosos para demostrar su valentía, su bravura, su buen hacer. Esos individuos con todas sus licencias en regla y las leyes de su parte, ¿hacían deporte? ¿Turismo? ¿Estaban garantizando la recuperación de la España vaciada? ¿Era una expedición científica para controlar las poblaciones y salvar los ecosistemas de Villaviciosa de Córdoba?

No lo creo, porque entonces no pagarían unos tres mil euros para poder llegar a casa y presumir de haberse cobrado (así lo llaman) seis o siete vidas por cabeza que no tenían posibilidad de escaparse porque las vallas cinegéticas se lo impedían.

Animales criados y encerrados para que, quien se lo pueda permitir, los acribille a balazos. ¿Es eso cultura? ¿Tradición? ¿Supervivencia? No, es simplemente un negocio del que se podría prescindir, porque ni los solo 200.000 empleos, ni todo el dinero que genera son excusa suficiente para justificar la violencia, la muerte y la sinrazón en la que se basan.

Y es normal que los aficionados a matar crean, y defiendan, que lo que hacen por el bien común, por el bien de los ecosistemas, porque en los cursos que los habilitan para obtener la licencia se lo cuenta la misma Consejería, si hablamos de Andalucía, que protege y cuida los Espacios Protegidos, las especies que están en peligro de extinción, y el Parlamento que les permite enseñar estas barbaridades en los centros educativos.

En apenas unas horas, con un manual de 31 páginas y tras un pequeño examen teórico y práctico, ya estás listo para saber identificar y disparar a las especies que, veloces, se cruzan en tu camino. Y todo eso con la adrenalina por las nubes, con el deseo acumulado de toda la semana limpiando tu escopeta y la necesidad de demostrar tus habilidades ante los tuyos.

Eso sí, paga. Y no te preocupes si eres menor de edad: aunque no puedas votar, ni conducir, te vamos a cobrar menos si algún adulto te lleva a disparar. Y si tienes más de 65 años, lo mismo ya no puedes conducir, pero te regalamos la licencia.

Nunca nos pondremos de acuerdo: las cifras, los datos, se interpretarán según el interés. Las manifestaciones en contra y a favor de la caza, de la Ley de Bienestar Animal, se llevarán a cabo en nuestras ciudades, y la crispación, las acusaciones cruzadas y la tensión seguirán creciendo mientras nuestras Administraciones sigan subvencionando y cediendo a la presión del pequeño pero rentable lobby de la caza. Son un porcentaje minoritario, pero hacen mucho ruido, generan mucho dinero, y van armados. Vuela, Milana bonita, vuela.

MOI PALMERO

1 de febrero de 2022

  • 1.2.22
Cada 2 de febrero se celebra el Día Mundial de los Humedales para conmemorar la firma del Convenio Ramsar que se llevó a cabo ese mismo día de 1971. Este año, el lema escogido es “valorar, gestionar, restaurar, amar”. Cuatro verbos para invitarnos a pasar a la acción, para recordarnos que el tiempo sigue corriendo en su contra, que parece que nada hayamos aprendido en los últimos siglos.


Los humedales son los ecosistemas con mayor biodiversidad del planeta y, sin embargo, se estima que, en los últimos dos siglos, el 80 por ciento de los humedales ibéricos ha desaparecido por considerarse foco de infección y plagas, así como por la presión agrícola y urbanística. Formas de actuar que podríamos pensar son de otra época pero que, dándonos una vuelta por los humedales de Almería, nos damos cuenta de que es la dura realidad a la que nos enfrentamos en la actualidad.

Un paseo por los nada protegidos –solo incluidos en el testimonial Inventario de Humedales Andaluces (que es un primer paso, un gran logro)– Salar de los Canos de Vera, la Ribera de la Algaida de Roquetas de Mar, la Cañada de las Norias en El Ejido, o la Rambla Morales de Cabo de Gata, nos mostraría el estado de abandono, desolación y vergüenza en el que anidan o frecuentan especies en peligro de extinción como la malvasía, la cerceta pardilla o la garcilla cangrejera, en las que nos gastamos algunos millones de euros procedentes de fondos europeos para protegerlas, mientras en los despachos se planean modernas urbanizaciones que bautizaremos con el nombre de esas aves y espacios emblemáticos que queremos destruir.

Pero los hiperprotegidos sobre el papel, como las Albuferas de Adra, los humedales de Punta Entinas Sabinar, o las Salinas de Cabo de Gata no se encuentran en mejores condiciones. Es cierto que las numerosas y merecidísimas medallas que lucen impiden determinados planteamientos sobre ellos, pero la falta de interés por hacer cumplir las leyes, la carencia de unos planes de gestión adecuados, la confusión de competencias, la propiedad privada de gran parte de los terrenos, la falta de depuración de las aguas, la eutrofización por vertidos agrícolas, la sobreexplotación de los acuíferos o la falta de una vigilancia continua, los convierten también en territorios abandonados a su suerte. Si ya es triste no tener protegidos todos los humedales en la provincia, es más triste y humillante que no se haga cumplir la normativa que garantiza su conservación.

Luego hay otros muchos humedales que no aparecen en ninguna lista, que son invisibles a la normativa ambiental, pero que albergan una biodiversidad nada envidiable y son fundamentales para la supervivencia de muchas especies de fauna y flora. Pienso en los charcones de Sotomontes, los de la cañada de Onáyar y la de Ugijar, todos en El Ejido; o esos encharcamientos temporales que permiten el sustento de las aves migratorias que nos visitan cada año desde tiempos inmemoriales.

Es cierto que la conciencia ambiental ha cambiado mucho, que la ciudadanía empieza a valorar estos ecosistemas, que incluso algunos ayuntamientos ya no viven de espaldas a ellos y los ven como nuevas oportunidades para el turismo, para la educación, para recordar con orgullo la historia del municipio. Pero queda mucho por hacer desde la ciencia, la gestión, la política, la divulgación, la concienciación para hacernos entender que los humedales son mucho más de lo que se ve en superficie, que hay una serie de servicios ecosistémicos por los que deberíamos garantizar su conservación.

Si tuviésemos que cuantificar con un precio lo que hacen por nosotros sería inasumible para nuestra economía porque, entre otras cosas, nos ayudan a controlar las inundaciones, a recargar los acuíferos, a regular la temperatura, a estabilizar las costas y protegernos contra las tormentas, a retener y exportar sedimentos y nutrientes, a depurar las aguas y a mitigar las consecuencias del Cambio Climático.

Son reservas de biodiversidad, generan una gran cantidad productos y nos ayudan a recordar valores culturales y etnográficos, además de ser unos espacios idóneos para el turismo, para el disfrute personal y para la mejora de nuestra salud.

Tenemos que hacer una apuesta de futuro por ellos y, para ello, se requiere de un esfuerzo colectivo entre la ciencia, la planificación y protección del territorio y la concienciación ciudadana. Compatibilizar la conservación de los valores naturales de los humedales con el uso y aprovechamiento económico y sostenible de los mismos es uno de los grandes retos de los próximos años. ¿Estaremos a la altura? Mirando a Doñana, a las Tablas de Daimiel o al Mar Menor, me temo que no. Pero habrá que ser positivos.

MOI PALMERO
FOTOGRAFÍA: MOI PALMERO

25 de enero de 2022

  • 25.1.22
A uno le hacen preguntas que le da vergüenza contestar porque sabe que sus palabras se alejan de su ejemplo. Por eso, cuando me preguntaron qué era para mí la Paz me tuve que imaginar como un pastor que, con su ganado, descansa a la sombra de un acebuche centenario, que crece junto a un aljibe en ruinas, en una tierra semiárida, cubierta en la actualidad de invernaderos. Solo así me atreví a contar mi experiencia, lo aprendido, y ahora la repito para conmemorar el Día de la Educación Ambiental y el Día de la Paz, que se celebran esta misma semana.


Pongo "Paz" en mayúscula porque la considero esencial y llevamos buscándola miles de años, tantos, que muchos piensan que no existe, que es solo un espejismo, un sueño, una ilusión; que siempre habrá guerras en el mundo porque todos queremos tener lo que tienen nuestros vecinos, porque nunca nos conformamos con lo que tenemos.

La Paz no existe más allá de ti. No pierdas el tiempo ni buscándola muy lejos, ni defendiéndola. Tú eres la Paz, tú la llevas, tú la haces, tú la transmites. Todos aquellos que provocaron guerras, conflictos, sacrificios en nombre de la Paz, aquellos que se la prometieron a los que les siguiesen, no la conocían. Ambicionaban poder, riqueza, reconocimiento de sus semejantes y nada de eso la proporciona. El sufrimiento radica en el deseo.

Si todos estuviésemos en Paz con nosotros mismos, el mundo sería diferente. Compartiríamos, debatiríamos, escucharíamos, ofreceríamos, disfrutaríamos de lo que nos rodea y nos ayudaríamos en las desgracias que la naturaleza nos depara. La naturaleza nada tiene contra nosotros, pero el azar la hace cambiar. Si nos adaptamos a sus cambios, si no pretendemos dominarla, será más fácil hallar la Paz, porque si en algún sitio podemos encontrarla, más allá de nosotros mismos, es en la naturaleza.

Por eso, siempre que se representa, cuando pensamos en ella, se nos aparece un elemento natural, casi siempre en forma de acebuche, el olivo silvestre. Cierto es que también la paloma, pero porque en su pico lleva una ramita de olivo.

En el acebuche están todas las respuestas sobre la Paz. Lo que nos enseña es que para recoger sus frutos hay que plantarla, cuidarla, mimarla y, si lo haces, te ofrecerá sus virtudes. La Paz no es algo que surja por azar, por muchas palabras bonitas, por muchas buenas intenciones. Si no germina lentamente, si no se riega, se abona y se le van podando las ramas que puedan partirla, no te dará ni su sombra, ni su calor en las noches de invierno, ni el aceite que te alimenta, ni la madera para elaborar el bastón que te sustentará en la vejez.

Todos nacemos con esa semilla, pero la olvidamos pensando que otras nos darán mejores frutos. Preferimos perder nuestro tiempo cuidando el deseo, la envidia, la avaricia que dan frutos más apetecibles, más sabrosos, pero se sustentan en un tronco sin raíces, tan frágil que una simple brisa lo puede hacer caer.

Por eso vuelvo al acebuche, porque bajo su sombra encuentro la Paz, porque mis ovejas se alimentan de sus frutos y, en agradecimiento, lo abonan; porque sus ramas me ofrecen la madera para hacer las varas con las que poder caminar por estas duras tierras, porque me ofrece el aceite para encender el candil, para enriquecer mis comidas, para hacerme más fuerte.

Para agradecérselo le voy cortando algunas ramas que planto en otros lugares, para que todos lo puedan disfrutar, para que nunca se pierda en el tiempo. Aunque sé que no todos tendrán la misma suerte que este, que tiene alguien que lo cuida, que vive cerca del aljibe del que bebe cuando lo necesita.

A veces pienso que los aljibes también son símbolos de Paz porque fueron creados para guardar el agua que nos da la vida. Sin ella, nada seriamos. Todos nacemos del agua, somos agua, y cuando morimos en ella, nos convertimos. Nadie en el planeta puede sobrevivir sin ella, por eso las fuentes, las acequias y los aljibes deberían ser los monumentos que mejor protegiésemos. No las iglesias, ni los castillos, ni las torres vigías que se construyeron para crear conflictos, para defenderse de los que no piensan como tú, para acumular riquezas y provocar dolor.

No me hagas mucho caso, esa es solo mi idea de la Paz, lo que aprendí a lo largo de mi vida, lo que necesito para vivir tranquilo. Pero debo estar equivocado porque pocos acebuches quedan por aquí y los aljibes están abandonados, olvidados, después de todo lo que nos dieron. Mientras alguien los cuide y no deje que se pierdan, nos recordarán quiénes fuimos y de dónde viene todo lo que tenemos. Espero que, algún día, mis palabras sean mi ejemplo.

MOI PALMERO

18 de enero de 2022

  • 18.1.22
Si un político anunciase que va a favorecer la destrucción de empleo, la despoblación rural y la humillación sistemática de la ciudadanía para aumentar las ganancias de algunos amigos notables a través de la usura, el robo o por el arte de birlibirloque, nadie le votaría. Por eso es mejor no decirlo. Se permite, se mira para otro lado y se va aplicando la vaselina que haga falta en forma de palabras, de donaciones o de campañas publicitarias con las que, con hipocresía, prometen que harán realidad nuestros sueños.


En estos días de atrás, mientras añadíamos el ladrillo de la carne al muro que divide las dos Españas, tres noticias saltaban a los medios nacionales para demostrarnos que una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace; que hay sectores intocables y que somos simples números para un sistema cada vez menos humanizado.

Un hombre de 78 años, cansado de ser ninguneado, humillado y ofendido ha recogido 100.000 firmas a través de la campaña Soy mayor, no idiota para que los bancos atiendan presencialmente a las personas que, por edad, no saben manejarse con las nuevas tecnologías, y que cada vez que se presentan en una oficina para sacar su dinero o comprobar su pensión, les recuerdan que el mundo ya no es suyo, que su tiempo ya pasó, que se pongan en manos de sus nietos y de sus móviles.

Por otro lado, en un pueblo de Guadalajara, Tamajón, se ha roto el cajero automático y el banco ha dicho que ya no es rentable arreglarlo. El alcalde, sabiendo de la importancia de este servicio para sus vecinos, ofrece pagar los 15.000 euros de la reparación, y la respuesta que recibe es que no merece la pena, que se busquen la vida para recorrer los 20 kilómetros que los separan del cajero más cercano.

Para solucionar problemas como esos, en Salamanca han encontrado una solución original, el Bibliobús, que además de llevar las novedades literarias, también hará el servicio de cajero para que sus vecinos puedan comprar el pan, tomarse un café en el bar o darle unos euros al nieto que vaya a verlo el fin de semana.

Un servicio sobre el que los políticos presumen de que no les supondrá mucho coste a sus presupuestos, pero que olvidan decir que deberían pagar los bancos, que son los que nos cobran hasta por respirar, después de haberlos rescatado de la catástrofe.

Lo que le estamos permitiendo a los bancos es el mejor ejemplo de vasallaje, de genuflexión de nuestros dirigentes y de patente de corso que se le ha otorgado a unos miserables que ya no abordan los barcos de otros países, sino que roban directamente a sus propios conciudadanos.

Durante la pandemia se les calcula una ganancia de 14.600 millones de euros, un 40 por ciento más que antes de la crisis sanitaria. Beneficios a costa de los 7.000 empleados que han echado a la calle, de las sucursales cerradas, de la creación de aplicaciones para que no vayamos a molestarlos, para que lo hagamos todo desde casa, corriendo nosotros con los gastos.

Y, además de lo que se ahorran, lo más humillante es que tenemos que pagar comisiones por hacer su trabajo y asumiendo los posibles errores, aunque luego Europa los castigue y los llame "usureros", como pasó con las clausulas suelo y los “papeleos” de las hipotecas que tan generosamente ofrecían y con las que, si no podías pagar, te desahuciaban sin miramientos.

Si no sabes o no puedes hacerlo por ti mismo desde casa, como castigo te hacen sufrir colas en la calle, tengas la edad que tengas, haga frío o calor. Y cuando consigues pasar las barreras de su fortaleza, te hacen perder el tiempo, sentirte idiota poniendo un tono paternalista y moralista para explicarte que los tiempos han cambiado y que hay que adaptarse sí o sí, porque no tienes elección: tu Gobierno te obliga a dejarte robar.

Es cierto que puedes elegir quién te roba, pero hay que pasar por el aro: no puedes salirte del sistema bancario. Puedes elegir si comes carne o no, si quieres vivir conectado a internet. Incluso, a regañadientes, están posibilitando que seas autosuficiente energéticamente. Pero lo de los bancos no se toca.

Su discurso es que los ciudadanos somos muy malos, que nos gusta tener dinero negro, que escondemos debajo del colchón nuestros ahorros para no pagar impuestos. Y para que eso no ocurra, el futuro pasa por contabilizar todo lo que tienes, y así, además, sabremos cuántas veces vas a tomarte unas cervezas con los amigos para seguir informando a las multinacionales y que te manden publicidad. Es mejor —deben pensar los políticos— que roben los amigos de forma controlada, porque los ladrones de guante blanco, al menos, tienen clase. Y algo les llega para sus cosillas.

MOI PALMERO

11 de enero de 2022

  • 11.1.22
Son muchos los debates generados tras las acertadas declaraciones del ministro de Consumo, Alberto Garzón, sobre el excesivo peso de la carne en la dieta, su calidad y las consecuencias que tienen para nuestra salud y la del planeta.


No entro a comentar sus argumentos, porque todos sabemos, sin necesidad de ningunos estudios científicos, que ha dicho verdades como puños. Y ese ha sido el problema. Los golpes directos, contundentes, han hecho mucho daño a una de las grandes industrias de nuestro país y, sobre todo, han puesto en duda el modelo económico por el que nos regimos, en el que prima, por encima de la salud individual y la salud global del planeta, el consumismo.

La crisis sanitaria ha sido el claro ejemplo de ello. Solo se veló por nuestra salud durante los primeros tres meses de incertidumbre, de miedo generalizado, de desconcierto total. Una vez analizadas las consecuencias económicas, hechos los cálculos de las posibles bajas y con la excusa de que la vacuna minimiza los riesgos, se nos empuja a que sigamos en la misma senda de autodestrucción en la que llevamos inmersos desde que se instauró el capitalismo.

Consume hasta morir, aunque destroces tu cuerpo, aunque la pérdida de biodiversidad y de los ecosistemas sea dramática, aunque las desigualdades sociales crezcan. Consume para que el dinero no se pare, para que el capital se siga multiplicando, para que podamos seguir enriqueciendo a unos pocos a costa de lo que sea.

Hazlo: serás más feliz, vivirás mejor y todos te respetarán. No mires a tu alrededor, acumula, no pienses, entierra tu conciencia, confía en nosotros, no pierdas el paso. Porque otro lo hará y te robará la felicidad, la posición, el ego. No seas: posee, consume.

A Garzón se le achaca que ahora que puede legislar no debería hablar como si estuviese en la oposición, como un activista. Que debe dedicar su tiempo a solucionar problemas y a hablar menos. Ojalá todos los políticos lo hiciesen; ojalá solo los viésemos hablando de lo logrado y no de promesas; ojalá pudiésemos confiar en sus palabras, en su ejemplo, en sus ideas. Pero, por desgracia, no es así.

Por mucha tergiversación y manipulación a las que haga referencia, Garzón sabe de lo que habla, porque por muchas lacras que tenga nuestro sistema educativo, es licenciado en Economía y tiene un Máster en Economía y Desarrollo Internacional.

También sabía que sus palabras serían comentadas por todos; incluso que sus compañeros de Gobierno lo dejarían con el culo al aire y que muchos afilarían los cuchillos con los que pedir su cabeza. Pero, sin embargo, ha dicho lo que siente, lo que piensa y lo que cree que es mejor para todos.

Porque también sabe que la única posibilidad de solucionar todos los problemas de nuestra sociedad, los individuales y los colectivos, pasan por repensar la economía, por cambiar de modelo económico, por inculcarnos un consumo responsable y sostenible. Y para conseguir eso hay que empezar a hablar de ello, hacer pensar al gran público y a sus compañeros de viaje.

Por desgracia, también sabe que tanto su figura, como el Ministerio de Consumo, no son valorados y que son fruto, una concesión, un premio, de los pactos que hizo, primero con Pablo Iglesias por unirse a Podemos y, luego, con el presidente Sánchez, para mantenerse en el Gobierno. Sabe de su debilidad, de la poca capacidad de acción que tiene para cambiar desde la base el modelo, y de que el bien común está por debajo del interés económico.

Ese Ministerio, para muchos de chichinabo, debería ser uno de los fundamentales, ya que nos puede proteger de los continuos robos de los bancos, de los abusos de las eléctricas y porque, cambiando la manera de consumir, siendo conscientes de que cada concesión que hacemos, cada cosa que compramos o no reparamos, o cambiamos por estar a la moda, tiene unas consecuencias impredecibles para el planeta. Tenemos un gran poder en nuestras manos, pero solo lo empleamos –así nos han adoctrinado– para nuestro beneficio personal. Somos la mariposa y, con nuestras alas, podríamos provocar el caos, el cambio.

Espero que Garzón no sucumba al desaliento, a la frustración, a la impotencia, a esta política rendida al capital y que no mira el bien común, ni un futuro más humano, más respetuoso con el entorno, más igualitario. Espero que se mantenga firme, defendiendo sus ideas de que otra economía es posible, de que los cambios son duros, pero necesarios. Espero que, como le ocurrió a Galileo tras su famoso “y sin embargo, se mueve” (lo dijese o no), el tiempo y la ciencia le den la razón y no lleguemos tarde para cambiar de rumbo.

MOI PALMERO
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

4 de enero de 2022

  • 4.1.22
El fuego regenerativo de la Primavera Chilena empieza a ofrecer sus primeros brotes. Ahora hay que hacer crecer la cosecha. No será fácil, porque las urgencias, las necesidades, la visión sobre la Madre Tierra de los pueblos originarios, de los desarrapados, de los pobres, de los olvidados, no son las mismas que las de los Chicago Boys, educados en los EE.UU para multiplicar los beneficios a costa de lo que sea, sin importarle el futuro, sin ver más allá de lo que se ve desde sus mansiones, de sus balances económicos.


En 2019 los jóvenes chilenos despertaron su país para despertar al mundo. Lo pusieron patas arriba y reivindicaron una nueva Constitución que les devolviese el agua privatizada, que les garantizase una sanidad y educación públicas, que las pensiones se alejasen del esquema privado de capitalización individual aprobado por el dictador Augusto Pinochet, que abrió la puerta al neoliberalismo al permitir, a los pupilos adoctrinados de Friedman, instaurar el Ladrillo, una política económica que lo dejaba todo en manos de los mercados, y que sus defensores llamaron El Milagro de Chile.

Cuarenta años después esas políticas han dejado un país y un planeta infectado del mismo mal, empobrecido, dividido, desigual, esquilmado por multinacionales. Con la victoria de Boric sí podemos decir que Chile ha resurgido de sus cenizas o, por lo menos, confiamos en que lo haga.

No será sencillo, porque esas elites que se han llenado los bolsillos, que se han vendido a las empresas extranjeras, que se han olvidado de la realidad social, no lo van a poner fácil. El capital nunca se ha caracterizado por escuchar a la mayoría, por muy democrática que sea, y para seguir multiplicándose, objetivo prioritario, debe ejercer y ostentar el poder, infundir el miedo y nunca, pase lo que pase, dividir las riquezas, las ganancias, el botín.

El nuevo presidente se enfrenta al más difícil todavía, porque si llegar al poder parecía un imposible, conseguir llevar a cabo su programa electoral se presenta como una odisea digna del propio Homero. Para hacer posible lo imposible, para asaltar los cielos, ha contado con el pueblo que comprendió, y cantó hasta desgañitarse, que unido jamás será vencido. Ahora hay que demostrarlo y tener paciencia, porque para construir Utopía, hay que hacerlo con el consenso de todos, y los resentidos, a pesar de sus bonitas palabras, se negarán a remar.

A pesar de que la izquierda ha ganado con una holgada mayoría, once puntos de diferencia, más de lo que la derecha se esperaba, el parlamento chileno va a estar muy dividido. Apruebo Dignidad, la coalición de izquierdas que gobernará a partir de marzo, no solo tendrá que intentar pactar, consensuar, debatir y llegar acuerdos con la oposición, algo que se plantea complicado, sino que también deberá encontrar la fórmula para contentar y contener a grupos ideológicos tan dispares que conforman la coalición como la extrema izquierda, el comunismo, la socialdemocracia o el centro izquierda, entre los muchos que han terminado apoyándolos.

La presión sobre el jovencísimo Boric, al que muchos consideran un presidente de transición, va a ser tremenda. Será un asedio por todos los flancos: unos apremiándolo para que los cambios prometidos lleguen cuanto antes; otros ralentizando los procesos para dividir la coalición.

Boric, que el tiempo dirá si se convierte en un héroe, un mártir o un villano, ya ha demostrado que tiene mano izquierda –nunca mejor dicho–, porque entre la primera vuelta de los comicios y la segunda ha pasado de un discurso más radical a uno más moderado. Para mí, eso es inteligencia política, porque desde el enfrentamiento, desde los extremos, no se pueden conseguir consensos. Se puede gobernar, se puede legislar, pero sus logros durarán lo que tarden en perder el poder, en ser sustituidos por la oposición.

Para otros, la moderación de Boric es una traición a sus ideas, un pasito para atrás que deja entrever a otro político que será derrotado, fagocitado, por ese sistema que, para acabar con las protestas ciudadanas, prometió un plebiscito para modificar la Constitución, pensando que todo quedaría en agua de borrajas, que el impulso de la mayoría lo apagaría el tiempo, la rutina, o una pandemia mundial.

Lo bueno de Chile es que han conseguido mantener las ascuas, y no solo van a conseguir cambiar la Constitución, sino que han conseguido sacar de La Moneda a los herederos del asesino. Ojalá esta victoria de Boric no sea parcial, efímera, sino que sea el comienzo del cambio que se merece Chile, que nos merecemos todos. Gracias, Chile, por regalarnos esperanza, por gritar con voz de gigante. ¡Adelante!

MOI PALMERO

21 de diciembre de 2021

  • 21.12.21
Desde que abandonamos el nomadismo, desde que apareció la agricultura y nos asentamos en un territorio, nos hemos dedicado a parcelar el planeta, a levantar fronteras. Vivimos rodeadas de ellas: unas físicas, palpables; otras imaginarias, intangibles, ideológicas. Todas, un invento de nuestra especie para limitarnos, recluirnos, adormecernos, alienarnos.


Debían garantizar nuestra tranquilidad, la paz, el sustento, la supervivencia, la seguridad. Sin embargo, por su culpa, hemos justificado la violencia, la guerra, el robo, las masacres, la humillación, el sometimiento, el hambre, la pobreza, las desigualdades sociales. E invertimos una parte importante de nuestro esfuerzo, tiempo y presupuesto, tanto a nivel individual como colectivo, en mantenerlas, defenderlas y ampliarlas.

En esta última semana han coincidido dos acontecimientos que parecen no estar relacionados, pero para mí son el reflejo de la involución de nuestra especie, porque esto de crear fronteras nos está llevando al desastre, a la extinción –que, según un reciente artículo publicado por Henry Gee, paleontólogo y biólogo evolutivo, podría ser a finales de este siglo–, por culpa de los cambios que se están produciendo en nuestro hábitat y porque no disponemos, como especie, de herramientas genéticas para hacerle frente. “El Homo Sapiens podría ser una especie muerta que camina”, asegura el experto.

Los acontecimientos son dos. Uno simbólico, educativo y necesario: el Día Internacional del Migrante; y otro real y clarificador: la aprobación definitiva de los Presupuestos Generales del Estado para el 2022, año en el que destinaremos aproximadamente 10.000 millones de euros a Defensa, un 7,9 por ciento más que en 2021, y alrededor de 5.000 millones a Educación, solo un 2,6 por ciento más que el año anterior. O, dicho de otro modo: seguimos gastando más en crear y proteger fronteras que en destruirlas.

Está demostrado que por muchas concertinas que pongamos, por muchos muros que levantemos, por muchos militares que las defiendan, sirven de poco ante la necesidad, el terror, la falta de alimento, de futuro. No hay ni mar, ni desierto, ni montaña, que te hagan perder la esperanza cuando la muerte te acecha en cada plato vacío, o aguarda paciente junto a ti esperando la lluvia que no llegará para regar tus campos, o te persigue en cualquier calle por no llevar el velo, por no rezarle al mismo dios, por no compartir las mismas ideas, por ser una mujer o por el color de tu piel.

Cuando decides saltar al vacío, jugarte la vida, subiéndote a una patera con tu bebé en brazos, o escondiéndote en los bajos de un camión, o cruzando el desierto de Sonora, es porque le has perdido el miedo a la muerte; porque la vida que te tocó por azar es un infierno insufrible, un castigo que solo genera dolor, una tortura infinita. Cualquier cosa que te encuentres será mejor, porque no hay nada que perder y mucho –una vida digna– que ganar.

Luchar contra el instinto de supervivencia es algo que nos desgasta, que nos crea conflictos, que nos hace perder. Las migraciones siempre han existido, son algo natural, porque el alimento, los recursos no son inagotables, porque el clima es cambiante. Aceptar que todos somos migrantes es aceptar la realidad, que las condiciones, las políticas y las ambientales que nos tocaron vivir pueden cambiar de la noche a la mañana. Que nada es inmutable.

Vivimos en nuestro pequeño rincón del mundo, rodeándonos de líneas divisorias, imaginarias, hasta que un día todo cambia, hasta que tu pozo se seca, un loco llega al poder, o un virus colapsa el mundo. O hasta que descubres la fragilidad del mundo que hemos creado en la mirada desesperada de una niña, en la angustia de unos padres, en la desesperación por subir a un avión que te salvará la vida, en la sangre derramada junto a la frontera, en las pisadas en la arena del desierto, en los cuerpos que el mar nos devuelve cada día.

Por eso nuestras inversiones, las apuestas, los esfuerzos, debemos dedicarlos a destruir las fronteras que hemos creado en nuestras cabezas. Esas fronteras que nos hacen creer que somos invencibles, superiores por el color de nuestra piel, nuestro sexo, nuestras ideas, nuestras creencias, nuestro idioma.

Fronteras que no nos protegen sino que nos privan de libertad, que nos impiden ver los diferentes caminos, las infinitas posibilidades, las maravillosas oportunidades para descubrir nuevas formas de entender el mundo, “de aprovechar el potencial de la movilidad humana”.

Las migraciones son inevitables. Pero lo que sí podemos evitar son las fronteras. Y la educación –un valor que lleva asociados otros como los del respeto, la empatía, la tolerancia, la solidaridad– es la única forma para hacerlo posible.

MOI PALMERO

14 de diciembre de 2021

  • 14.12.21
En la misma semana en la que cuatrocientos pescadores se manifestaban en el Puerto de Almería por las restricciones de la Unión Europea (UE) a la pesca de arrastre y nuestro ministro de Agricultura, Pesca y Alimentación, Luis Planas, aparecía airado y beligerante anunciando una defensa a ultranza del sector ante la nueva política pesquera que se está decidiendo ahora en Bruselas, la Asociación para la Conservación de la Fauna Marina (Promar) ha celebrado en Adra las Jornadas “Aunando esfuerzos: Pesca y Conservación”.


Su coincidencia ha sido solo una casualidad del destino, porque esas jornadas, con ese título tan contundente, claro y muy bien puesto, se planificaron hace casi dos años, cuando solicitaron las ayudas para proyectos dentro de la “Estrategia de desarrollo local participativo del GALP poniente almeriense”.

Caprichos del azar aparte, el objetivo principal de las jornadas era sentar al sector pesquero y conservacionista –o, dicho de otra manera, el sector productivo, el que mira solo su ombligo y las cuentas de resultados– con el sector social –el que piensa en el bien común, y que durante tantas décadas ha sido señalado como portadores de males augurios y un freno al desarrollo económico–.

Este tipo de encuentros eran impensables hace unos años, porque el mar seguía llenando las redes. Y eso de aplicar principios de precaución en base a resultados científicos –que presentaban un ecosistema marino deteriorado y a punto del colapso– no iba con ellos.

Sin embargo, las cosas han cambiado, porque las redes sacan más basura, algas exóticas, y menos pulpos, jibias y boquerones. Ya no son hipótesis, ahora son realidades, y como en el resto de sectores, las oenegés no solo ya no están mal vistas, sino que son invitadas y escuchadas porque son las que están proponiendo nuevos modelos productivos que garanticen la rentabilidad y sostenibilidad del sector pero, también, la conservación de los ecosistemas.

Esa nueva visión para solucionar los problemas generados por el binomio hombre-naturaleza, economía-medio ambiente, es la cogestión. Práctica que ya se puso en marcha durante los años setenta en Alemania en el sector del carbón y el acero para que los trabajadores tuviesen representación en los órganos de dirección.

Quizás no tuviesen esos objetivos conservacionistas que tenemos en este momento de la historia, pero sí la idea de que las decisiones hay que tomarlas entre todos los interesados, intentando alcanzar las posturas intermedias que beneficien a todos, y no solo a unos pocos, como ha estado pasando hasta ahora.

Aplicados a este sector, los instrumentos de cogestión, que ya se están llevando a cabo en otras pesquerías españolas que entraron en crisis por las generales leyes europeas –que, como el resto de leyes, se olvidan de los pequeños y benefician a los grandes productores–, lo que promueven es que la gestión de los caladeros la hagan los propios pescadores, que son los grandes conocedores de la mar, pero con el apoyo, asesoramiento y respaldo de la ciencia, la política y los movimientos sociales.

Esta manera de trabajar implica reuniones, debates, diálogo, consenso... Y garantiza que la gestión se flexibilice en base a unos datos científicos actualizados de forma continua y no a largo plazo, como sucede ahora.

Puede parecer una utopía, porque no nos han enseñado a trabajar así, porque no nos han educado para trabajar en equipo, a escuchar al que no piensa como tú para llegar a acuerdos que beneficien a todos... Pero ya se está utilizando con éxito, por ejemplo, en Cataluña, en la Costa Brava, donde las pesquerías de sonso (Gymnammodytes spp) entraron en crisis en el 2012 porque no cumplían con los requisitos legales que imponía Europa en esas leyes tan generales.

A través de un comité de cogestión en el que están presentes el Ministerio de Medio Ambiente, la Generalitat, el CSIC, las 26 embarcaciones del sector y la sociedad civil a través de Greenpeace y WWF, han conseguido regularizar la pesquería del sonso, y multiplicar por diez el precio del producto. En palabras de los pescadores, trabajan menos y cobran más porque son capaces de autogestionar los caladeros, llegando a ser ellos los primeros en poner las sanciones a quien no cumpla las normas. Si somos conscientes del problema, de hacernos responsables de las soluciones, necesitaremos menos prohibiciones y menos policías.

Así que el futuro de la pesca no pasa por aumentar las cuotas y ampliar los periodos de captura, sino por cambiar el modelo en el que se prime a los pescadores artesanales, locales, que generan un impacto mínimo y mucha riqueza en el territorio, frente a las grandes buques que están en manos de unas pocas empresas que esquilman los mares para llenarse los bolsillos.

Un futuro en el que se apliquen nuevos avances científicos a las artes de pesca para hacerlas realmente selectivas; que busque nuevos canales comerciales para sacarle la máxima rentabilidad a los recursos marinos, y donde se garantice, por supuesto, la conservación de los mares.

Solo aunando esfuerzos, trabajando conjuntamente, podemos garantizar el futuro del sector y la naturaleza. Si no lo hacemos, perderemos el tiempo quemando contenedores, desgañitándonos y despotricando en el bar contra los políticos que toman decisiones a miles de kilómetros y que ni siquiera ven las noticias, porque ellos las hacen, ellos las generan. Seamos nosotros, unámonos para cambiar el modelo económico, para crear un mundo más sostenible, más humano, menos capitalista: un mundo nuevo, en definitiva.

MOI PALMERO

7 de diciembre de 2021

  • 7.12.21
La historia de la humanidad es la misma repetida: solo cambian los paisajes, nuestra vestimenta, algunas ideas, conceptos, creencias y formas de relacionarnos con el entorno, entre nosotros, con la tecnología. Un baile prolongado de pasitos para delante y para atrás que, al final, nos colocan en el mismo sitio, haciéndonos las mismas preguntas para las que encontramos respuestas parciales, interesadas, consoladoras y que nos permitan continuar sin muchos remordimientos.


Una de esas preguntas que nos deja en evidencia es ¿cuánto vale la vida? Porque cada uno de nosotros dará una respuesta diferente, dependiendo, entre otras muchas variables, de su formación, su religión, su origen, la clase social a la que pertenezca, el grado de empatía, cinismo, o la ética, los valores y los prejuicios que rijan su existencia.

En enero de 2020 se estrenó Worth, una película basada en hechos reales que aquí titulamos ¿Cuánto vale la vida? Su protagonista es Kenneth Feinberg, abogado que se ofreció sin cobrar, para repartir el Fondo de compensación para las víctimas del 11 de septiembre. Su tarea, que nadie quería llevar a cabo, era encontrar la fórmula matemática que ofreciese la cifra para indemnizar a las más de 7.000 familias de las víctimas del atentado terrorista.

El reto era que el 80 por ciento de los afectados tenía que aceptar la compensación porque, si se organizaba una demanda colectiva contra las compañías aéreas, y subsidiariamente contra el Gobierno, podrían llevar al país a la bancarrota, además de empezar un proceso judicial que se alargaría durante años y que no garantizaba que todas las víctimas fuesen resarcidas.

Feinberg, con experiencia en otras catástrofes y con la frialdad y practicidad con la que se maneja la ley, buscaba un único valor para todos, la fórmula para ser lo más objetivo posible, intentando tratar a todos por igual. Así que la compensación la determinó en base al valor económico perdido. A más sueldo y, por tanto, a más ingresos perdidos para la familia, más le correspondía. Sabía que no era justo, pero “en el ámbito legal, la respuesta a qué vale una vida, es la cifra que se firma en un acuerdo”.

Solución que no contentó a nadie porque, tal como plantea la película, ¿solo valemos lo que ganamos? ¿Vale igual la vida de un conserje, un bróker, un bombero o un inmigrante ilegal? ¿No se tiene en cuenta lo que dejamos atrás, los planes, los sueños, los hijos, las vidas truncadas por la ausencia de una hermana, de una hija, de un amigo, de la pareja que es tu vida aunque no hayas firmado un papel? ¿La de una amante que mantienes en secreto?

¿Tiene algún valor cómo te comportas, el bien o el mal que haces, si construyes o te dedicas a destruir, si trabajas por el bien común o por el tuyo personal? Es más fácil, más manejable, cuando somos números, pero se pierde la dignidad, el respeto por las personas, por la vida.

Si hablar del precio de nuestra vida resulta incómodo, complicado, parece que no lo es tanto cuando tenemos que ponerle precio a la naturaleza, a los animales, a las plantas. Por ejemplo, a la Peana de Serón se le ha puesto el precio de 80.000 euros, que es lo que cuesta el tratamiento para intentar salvarla de una muerte segura. ¿Es mucho o es poco?

¿Sus aproximadamente 1.200 años le dan o le quitan valor? ¿Y que sea el árbol más grande de Andalucía y que se protegiese como Monumento Natural en 2019, suma o resta? ¿Que naciese cuatro siglos antes que el propio pueblo de Serón, que haya visto 438.000 amaneceres, que haya dado sombra y cobijo a los pastores que cruzaban la sierra, que sus dulces bellotas hayan sido alimento al ganado y a la fauna silvestre?

¿Cuánto vale que sus ramas hayan ofrecido calor ante el frío del invierno; que capture cinco toneladas de dióxido de carbono por año para luchar contra el cambio climático? ¿Y que sus raíces protejan el suelo de la erosión y faciliten la absorción de agua? ¿Y que sea un símbolo por haber resistido tormentas, guerras y la deforestación de la Sierra de Los Filabres, le beneficia o le perjudica? ¿O ser patrimonio emocional, cultural, etnográfico, turístico, educativo, científico, de recreo, se apunta en el debe o en el haber?

Si lo reducimos todo a la frialdad, al cinismo, a la hipocresía, a la demagogia de la ley del mercado será un precio inalcanzable. Si contemplamos el dinero como una herramienta necesaria para ofrecerle una oportunidad a un ser vivo único e irrepetible, será un precio ridículo. Ahora es el momento de tomar una decisión: de apoyar o no al movimiento ciudadano que intenta salvarla, de responder a la pregunta de cuánto vale para ti la vida de la Peana de Serón.

MOI PALMERO
FOTOGRAFÍA: FRANCISCO SILVA

4 de diciembre de 2021

  • 4.12.21
Chanquete nunca defraudaba. Ya lo buscases en la Tasca del Frasco o en la eterna La Dorada, o pintando la barca a la orilla de la playa, siempre tenía un sabio consejo con el que ayudarte. Hombre de la mar, curtido en mil batallas con las olas, era capaz de guiarte en la tempestad; de remendar tu red agujereada; de regalarte el secreto de sus caladeros; de prevenirte ante tu osadía contra el poniente; de recomponerte tras el naufragio; de enseñarte a abanicar las estrellas para navegar tu propio camino.


Estoy seguro de que si le preguntase por la situación de las playas de Balerma, que desaparecen con cada temporal, no pondría buena cara y, resignado, añadiría un “quien siembra vientos, recoge tempestades” para explicarme que la urgencia de la mar por tragarse el pueblo viene por nuestra mala cabeza, por construir puertos, escolleras y espigones donde no debíamos; por impedir que los ríos lleven sedimentos al mar; por olvidarnos de escuchar a la Naturaleza y que, si queremos sobrevivir al Cambio Climático, tendremos que demostrar que somos capaces de surfear las olas.

Ante mi pregunta de qué se puede hacer, me respondería convencido que solo podemos “achicar agua” antes de advertirme de que “una ola nunca viene sola”. Yo le hablaría de la gran confusión, desesperación y tensión que hay entre los vecinos; de las exigencias, de las acusaciones, de la imperiosa necesidad por encontrar una solución rápida, eficaz y definitiva ante la lentitud de las leyes, la incertidumbre de la ciencia o los escasos presupuestos.

Él recurriría al “si el grumete supiera y el patrón pudiera, todo se hiciera” para intentar explicarme que nuestros políticos están más perdidos “que un pulpo en un garaje” y que recurrir a los idolatrados espigones es como “el que se agarra a un clavo ardiendo cuando la nave se está hundiendo” porque son “peces para hoy y hambre para mañana”.

Le contaría que parte de los vecinos, que se sienten desprotegidos por su propio Ayuntamiento, han denunciado a la Dirección General de Costas por un delito ambiental por construir los espigones de Balanegra en 2015, a pesar de los informes previos que informaban del posible daño a las playas de Balerma.

Le hablaré de las concentraciones pacificas que han realizado para dar a conocer su situación, para exigir soluciones y de la próxima manifestación que han anunciado para el 17 de diciembre en la puerta de Costas y de la Subdelegación del Gobierno en Almería.

A él se le iluminarán los ojos añadiendo un “camarón que se duerme, se lo lleva la corriente” y el clásico, aunque no sea muy marino, “quien no llora, no mama”, para hacerme entender que, a pesar de que es consciente de que “donde manda patrón, no manda marinero”, los vecinos ya se han encontrado en muchas ocasiones solos, a la deriva y con el faro apagado en pleno temporal, por lo que “de la furia de la mar, el náufrago puede hablar”.

Me haría un alegato para recordarme la importancia de “remar todos a una”, de no dividir esfuerzos, voluntades, recursos; de no equivocar las peticiones porque “a río revuelto, ganancia de pescadores” y siempre hay algunos listos que de la tragedia sacan ganancia. Que no podemos olvidar que “dos capitanes hunden el barco”, y que “después de perdido, todos pilotos” por lo que hay que guardarse el orgullo, el interés personal o del partido, y “dejar navegar al marino y sembrar al campesino”.

Para subirme la moral, a modo de propina, de regalo, de esperanza en una botella, mientras se levanta para marcharse, deja sobre la mesa varias sentencias que lo ayudaron a no tirar la toalla, a mantener la ilusión.

Me susurra, con el convencimiento de la experiencia, que “no hay tormenta que cien años dure”, que “tras la tempestad vendrá la calma”, que “a barco desesperado, Dios le encuentra puerto”. Sin darme tiempo a cuestionarle la existencia de Dios, y para despedirse con una sonrisa, sugiere que los balermeros, que también son ejidenses, deberían dejarse crecer la barba y la melena para, en caso de hundirse el pueblo, al menos podamos “salvarlos por los pelos”.

Mientras lo veo alejarse riendo su ocurrencia, pienso que “a poco viento, remos sin cuento”, por lo que decido “subirme al barco”, sumarme a la concentración que han convocado mis vecinos y luchar contra la corriente, a sabiendas que, aún ganando la batalla de salvar la playa, habremos perdido la guerra.

MOI PALMERO

30 de noviembre de 2021

  • 30.11.21
A punto de finalizar este mes de noviembre, me asalta la nostalgia de un libro que he dejado morir hace apenas unos días. Ya he pasado las tres primeras etapas del duelo –la negación, la ira, la negociación– y cada vez estoy más cerca de aceptar la realidad. Pero sigo inmerso en la depresión, la cuarta etapa del proceso.


La historia nos ha demostrado que matar un libro es casi imposible. Hemos bombardeado bibliotecas, alimentado hogueras en plazas, destruido imprentas, pero mientras quede un solo ejemplar en alguna estantería, escondido tras una pared o protegido en una vasija en una gruta del desierto, siempre quedará la esperanza de que vuelva a la vida, como una semilla aletargada espera el momento adecuado para germinar. Además, ahora con internet, los libros se convierten en felinos y sus vidas se multiplican por siete.

Muchos me intentan consolar diciendo que no está muerto, que ahora comienza otra etapa para él, que se independiza y empieza a crear su propio destino navegando por las redes, volando por el mundo que hay bajo sus alas, pero siento que lo he abandonado, que le he fallado, que soy el que debería aún defenderlo, buscarle financiación, escaparates, estanterías, lectores, para lucir su portada, sus imágenes, su contenido, su mensaje.

Siento que no tuvo la oportunidad que se merecía, porque era gratuito, con una tirada limitada, financiado por una Administración, con 39 colaboradores. Factores que me ilusionaban cuando lo ideamos, que le dieron fuerza al proyecto, que lo hicieron posible, pero que, pasado el tiempo, he descubierto que han sido determinantes para su defunción.

Sé que los libros en la actualidad tienen una vida muy corta. Sujetos a la ley de la oferta y la demanda, tienen una gran competencia y cada vez hay más libros porque hay más escritores y pequeñas editoriales que lectores. Sé que su vida no depende de su calidad sino de las inversiones en publicidad y ahí las grandes editoriales han sabido manejarse y reducir las listas de éxitos a su interés.

También sé que la mayoría de las librerías, como parte de este sistema de producir y vender libros sin importar nada más, han perdido el alma que siempre tuvieron: los libreros que sabían recetarte los libros que necesitabas, que disfrutaban con su trabajo, que eran confidentes de sus clientes. Librerías que siempre estuvieron de parte de la cultura y del lector, y que ahora se han adaptado, vendido, la gran mayoría por exigencias del mercado, al poder editorial, al balance económico. No los culpo: solo constato una realidad.

Según datos de la Unesco, en 2016 se editaron en el mundo 2,2 millones de libros. En España se calcula que unos 90.000 títulos cada año, sin contar las reediciones. Datos muy difíciles de cuantificar por las numerosas variables que entran en la ecuación, como la autoedición, las publicaciones en las redes o aquellas que no se han registrado con un ISBN.

Pero, a pesar de los datos, de conocer cómo funciona el sistema, tenía la esperanza de que al estar tanta gente involucrada en el proyecto, su vida, su recorrido, se alargaría unos meses más. Está claro que me equivocaba, que los esfuerzos solo se hacen por lo que sientes realmente tuyo.

Por eso mi sensación de haber fracasado, de no haber conseguido trasladar mi ilusión a todos los que participaron, por haber defraudado las expectativas que tenían cuando empezamos con el proyecto. Como los entrenadores que hablan tras la derrota, yo soy el único responsable de ella y, el equipo, el que ha posibilitado los pequeños éxitos que se hayan podido conseguir.

En su honor tengo que decir que disfrutamos de su creación, que fueron unos meses difíciles pero gratificantes por la generosidad de todos los que participaron, por la satisfacción del resultado final. Que entre sus páginas se acogieron, porque así se buscó, a científicos, educadores ambientales, ornitólogos, fotógrafos... Unos con experiencia literaria; otros noveles en este campo. A todos ellos se les dio toda la libertad del mundo para enfocar sus relatos como les apeteciese.

Estoy convencido de que ese libro, siguiendo los parámetros de éxito en el mundo editorial –que solo son el número de ejemplares vendidos–, podría haber alcanzado un modesto reconocimiento, pero es algo que nunca sabremos porque me decepcioné por el desinterés, la apatía, las complicaciones, e hice lo más sencillo y vergonzoso: dejar morir el libro. Quizás algún día tenga la fuerza, la capacidad, la ilusión, la habilidad para resucitarlo. Mientras llega ese día, que la suerte le acompañe...

MOI PALMERO

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