:::: MENU ::::
EUSA

DIPUTACIÓN DE CÓRDOBA

CLÍNICA PAREJO Y CAÑERO - ÚNICO HOSPITAL DE DÍA DEL CENTRO DE ANDALUCÍA

Mostrando entradas con la etiqueta Aprendiendo a mirar [Moi Palmero]. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Aprendiendo a mirar [Moi Palmero]. Mostrar todas las entradas

4 de enero de 2022

  • 4.1.22
El fuego regenerativo de la Primavera Chilena empieza a ofrecer sus primeros brotes. Ahora hay que hacer crecer la cosecha. No será fácil, porque las urgencias, las necesidades, la visión sobre la Madre Tierra de los pueblos originarios, de los desarrapados, de los pobres, de los olvidados, no son las mismas que las de los Chicago Boys, educados en los EE.UU para multiplicar los beneficios a costa de lo que sea, sin importarle el futuro, sin ver más allá de lo que se ve desde sus mansiones, de sus balances económicos.


En 2019 los jóvenes chilenos despertaron su país para despertar al mundo. Lo pusieron patas arriba y reivindicaron una nueva Constitución que les devolviese el agua privatizada, que les garantizase una sanidad y educación públicas, que las pensiones se alejasen del esquema privado de capitalización individual aprobado por el dictador Augusto Pinochet, que abrió la puerta al neoliberalismo al permitir, a los pupilos adoctrinados de Friedman, instaurar el Ladrillo, una política económica que lo dejaba todo en manos de los mercados, y que sus defensores llamaron El Milagro de Chile.

Cuarenta años después esas políticas han dejado un país y un planeta infectado del mismo mal, empobrecido, dividido, desigual, esquilmado por multinacionales. Con la victoria de Boric sí podemos decir que Chile ha resurgido de sus cenizas o, por lo menos, confiamos en que lo haga.

No será sencillo, porque esas elites que se han llenado los bolsillos, que se han vendido a las empresas extranjeras, que se han olvidado de la realidad social, no lo van a poner fácil. El capital nunca se ha caracterizado por escuchar a la mayoría, por muy democrática que sea, y para seguir multiplicándose, objetivo prioritario, debe ejercer y ostentar el poder, infundir el miedo y nunca, pase lo que pase, dividir las riquezas, las ganancias, el botín.

El nuevo presidente se enfrenta al más difícil todavía, porque si llegar al poder parecía un imposible, conseguir llevar a cabo su programa electoral se presenta como una odisea digna del propio Homero. Para hacer posible lo imposible, para asaltar los cielos, ha contado con el pueblo que comprendió, y cantó hasta desgañitarse, que unido jamás será vencido. Ahora hay que demostrarlo y tener paciencia, porque para construir Utopía, hay que hacerlo con el consenso de todos, y los resentidos, a pesar de sus bonitas palabras, se negarán a remar.

A pesar de que la izquierda ha ganado con una holgada mayoría, once puntos de diferencia, más de lo que la derecha se esperaba, el parlamento chileno va a estar muy dividido. Apruebo Dignidad, la coalición de izquierdas que gobernará a partir de marzo, no solo tendrá que intentar pactar, consensuar, debatir y llegar acuerdos con la oposición, algo que se plantea complicado, sino que también deberá encontrar la fórmula para contentar y contener a grupos ideológicos tan dispares que conforman la coalición como la extrema izquierda, el comunismo, la socialdemocracia o el centro izquierda, entre los muchos que han terminado apoyándolos.

La presión sobre el jovencísimo Boric, al que muchos consideran un presidente de transición, va a ser tremenda. Será un asedio por todos los flancos: unos apremiándolo para que los cambios prometidos lleguen cuanto antes; otros ralentizando los procesos para dividir la coalición.

Boric, que el tiempo dirá si se convierte en un héroe, un mártir o un villano, ya ha demostrado que tiene mano izquierda –nunca mejor dicho–, porque entre la primera vuelta de los comicios y la segunda ha pasado de un discurso más radical a uno más moderado. Para mí, eso es inteligencia política, porque desde el enfrentamiento, desde los extremos, no se pueden conseguir consensos. Se puede gobernar, se puede legislar, pero sus logros durarán lo que tarden en perder el poder, en ser sustituidos por la oposición.

Para otros, la moderación de Boric es una traición a sus ideas, un pasito para atrás que deja entrever a otro político que será derrotado, fagocitado, por ese sistema que, para acabar con las protestas ciudadanas, prometió un plebiscito para modificar la Constitución, pensando que todo quedaría en agua de borrajas, que el impulso de la mayoría lo apagaría el tiempo, la rutina, o una pandemia mundial.

Lo bueno de Chile es que han conseguido mantener las ascuas, y no solo van a conseguir cambiar la Constitución, sino que han conseguido sacar de La Moneda a los herederos del asesino. Ojalá esta victoria de Boric no sea parcial, efímera, sino que sea el comienzo del cambio que se merece Chile, que nos merecemos todos. Gracias, Chile, por regalarnos esperanza, por gritar con voz de gigante. ¡Adelante!

MOI PALMERO

21 de diciembre de 2021

  • 21.12.21
Desde que abandonamos el nomadismo, desde que apareció la agricultura y nos asentamos en un territorio, nos hemos dedicado a parcelar el planeta, a levantar fronteras. Vivimos rodeadas de ellas: unas físicas, palpables; otras imaginarias, intangibles, ideológicas. Todas, un invento de nuestra especie para limitarnos, recluirnos, adormecernos, alienarnos.


Debían garantizar nuestra tranquilidad, la paz, el sustento, la supervivencia, la seguridad. Sin embargo, por su culpa, hemos justificado la violencia, la guerra, el robo, las masacres, la humillación, el sometimiento, el hambre, la pobreza, las desigualdades sociales. E invertimos una parte importante de nuestro esfuerzo, tiempo y presupuesto, tanto a nivel individual como colectivo, en mantenerlas, defenderlas y ampliarlas.

En esta última semana han coincidido dos acontecimientos que parecen no estar relacionados, pero para mí son el reflejo de la involución de nuestra especie, porque esto de crear fronteras nos está llevando al desastre, a la extinción –que, según un reciente artículo publicado por Henry Gee, paleontólogo y biólogo evolutivo, podría ser a finales de este siglo–, por culpa de los cambios que se están produciendo en nuestro hábitat y porque no disponemos, como especie, de herramientas genéticas para hacerle frente. “El Homo Sapiens podría ser una especie muerta que camina”, asegura el experto.

Los acontecimientos son dos. Uno simbólico, educativo y necesario: el Día Internacional del Migrante; y otro real y clarificador: la aprobación definitiva de los Presupuestos Generales del Estado para el 2022, año en el que destinaremos aproximadamente 10.000 millones de euros a Defensa, un 7,9 por ciento más que en 2021, y alrededor de 5.000 millones a Educación, solo un 2,6 por ciento más que el año anterior. O, dicho de otro modo: seguimos gastando más en crear y proteger fronteras que en destruirlas.

Está demostrado que por muchas concertinas que pongamos, por muchos muros que levantemos, por muchos militares que las defiendan, sirven de poco ante la necesidad, el terror, la falta de alimento, de futuro. No hay ni mar, ni desierto, ni montaña, que te hagan perder la esperanza cuando la muerte te acecha en cada plato vacío, o aguarda paciente junto a ti esperando la lluvia que no llegará para regar tus campos, o te persigue en cualquier calle por no llevar el velo, por no rezarle al mismo dios, por no compartir las mismas ideas, por ser una mujer o por el color de tu piel.

Cuando decides saltar al vacío, jugarte la vida, subiéndote a una patera con tu bebé en brazos, o escondiéndote en los bajos de un camión, o cruzando el desierto de Sonora, es porque le has perdido el miedo a la muerte; porque la vida que te tocó por azar es un infierno insufrible, un castigo que solo genera dolor, una tortura infinita. Cualquier cosa que te encuentres será mejor, porque no hay nada que perder y mucho –una vida digna– que ganar.

Luchar contra el instinto de supervivencia es algo que nos desgasta, que nos crea conflictos, que nos hace perder. Las migraciones siempre han existido, son algo natural, porque el alimento, los recursos no son inagotables, porque el clima es cambiante. Aceptar que todos somos migrantes es aceptar la realidad, que las condiciones, las políticas y las ambientales que nos tocaron vivir pueden cambiar de la noche a la mañana. Que nada es inmutable.

Vivimos en nuestro pequeño rincón del mundo, rodeándonos de líneas divisorias, imaginarias, hasta que un día todo cambia, hasta que tu pozo se seca, un loco llega al poder, o un virus colapsa el mundo. O hasta que descubres la fragilidad del mundo que hemos creado en la mirada desesperada de una niña, en la angustia de unos padres, en la desesperación por subir a un avión que te salvará la vida, en la sangre derramada junto a la frontera, en las pisadas en la arena del desierto, en los cuerpos que el mar nos devuelve cada día.

Por eso nuestras inversiones, las apuestas, los esfuerzos, debemos dedicarlos a destruir las fronteras que hemos creado en nuestras cabezas. Esas fronteras que nos hacen creer que somos invencibles, superiores por el color de nuestra piel, nuestro sexo, nuestras ideas, nuestras creencias, nuestro idioma.

Fronteras que no nos protegen sino que nos privan de libertad, que nos impiden ver los diferentes caminos, las infinitas posibilidades, las maravillosas oportunidades para descubrir nuevas formas de entender el mundo, “de aprovechar el potencial de la movilidad humana”.

Las migraciones son inevitables. Pero lo que sí podemos evitar son las fronteras. Y la educación –un valor que lleva asociados otros como los del respeto, la empatía, la tolerancia, la solidaridad– es la única forma para hacerlo posible.

MOI PALMERO

14 de diciembre de 2021

  • 14.12.21
En la misma semana en la que cuatrocientos pescadores se manifestaban en el Puerto de Almería por las restricciones de la Unión Europea (UE) a la pesca de arrastre y nuestro ministro de Agricultura, Pesca y Alimentación, Luis Planas, aparecía airado y beligerante anunciando una defensa a ultranza del sector ante la nueva política pesquera que se está decidiendo ahora en Bruselas, la Asociación para la Conservación de la Fauna Marina (Promar) ha celebrado en Adra las Jornadas “Aunando esfuerzos: Pesca y Conservación”.


Su coincidencia ha sido solo una casualidad del destino, porque esas jornadas, con ese título tan contundente, claro y muy bien puesto, se planificaron hace casi dos años, cuando solicitaron las ayudas para proyectos dentro de la “Estrategia de desarrollo local participativo del GALP poniente almeriense”.

Caprichos del azar aparte, el objetivo principal de las jornadas era sentar al sector pesquero y conservacionista –o, dicho de otra manera, el sector productivo, el que mira solo su ombligo y las cuentas de resultados– con el sector social –el que piensa en el bien común, y que durante tantas décadas ha sido señalado como portadores de males augurios y un freno al desarrollo económico–.

Este tipo de encuentros eran impensables hace unos años, porque el mar seguía llenando las redes. Y eso de aplicar principios de precaución en base a resultados científicos –que presentaban un ecosistema marino deteriorado y a punto del colapso– no iba con ellos.

Sin embargo, las cosas han cambiado, porque las redes sacan más basura, algas exóticas, y menos pulpos, jibias y boquerones. Ya no son hipótesis, ahora son realidades, y como en el resto de sectores, las oenegés no solo ya no están mal vistas, sino que son invitadas y escuchadas porque son las que están proponiendo nuevos modelos productivos que garanticen la rentabilidad y sostenibilidad del sector pero, también, la conservación de los ecosistemas.

Esa nueva visión para solucionar los problemas generados por el binomio hombre-naturaleza, economía-medio ambiente, es la cogestión. Práctica que ya se puso en marcha durante los años setenta en Alemania en el sector del carbón y el acero para que los trabajadores tuviesen representación en los órganos de dirección.

Quizás no tuviesen esos objetivos conservacionistas que tenemos en este momento de la historia, pero sí la idea de que las decisiones hay que tomarlas entre todos los interesados, intentando alcanzar las posturas intermedias que beneficien a todos, y no solo a unos pocos, como ha estado pasando hasta ahora.

Aplicados a este sector, los instrumentos de cogestión, que ya se están llevando a cabo en otras pesquerías españolas que entraron en crisis por las generales leyes europeas –que, como el resto de leyes, se olvidan de los pequeños y benefician a los grandes productores–, lo que promueven es que la gestión de los caladeros la hagan los propios pescadores, que son los grandes conocedores de la mar, pero con el apoyo, asesoramiento y respaldo de la ciencia, la política y los movimientos sociales.

Esta manera de trabajar implica reuniones, debates, diálogo, consenso... Y garantiza que la gestión se flexibilice en base a unos datos científicos actualizados de forma continua y no a largo plazo, como sucede ahora.

Puede parecer una utopía, porque no nos han enseñado a trabajar así, porque no nos han educado para trabajar en equipo, a escuchar al que no piensa como tú para llegar a acuerdos que beneficien a todos... Pero ya se está utilizando con éxito, por ejemplo, en Cataluña, en la Costa Brava, donde las pesquerías de sonso (Gymnammodytes spp) entraron en crisis en el 2012 porque no cumplían con los requisitos legales que imponía Europa en esas leyes tan generales.

A través de un comité de cogestión en el que están presentes el Ministerio de Medio Ambiente, la Generalitat, el CSIC, las 26 embarcaciones del sector y la sociedad civil a través de Greenpeace y WWF, han conseguido regularizar la pesquería del sonso, y multiplicar por diez el precio del producto. En palabras de los pescadores, trabajan menos y cobran más porque son capaces de autogestionar los caladeros, llegando a ser ellos los primeros en poner las sanciones a quien no cumpla las normas. Si somos conscientes del problema, de hacernos responsables de las soluciones, necesitaremos menos prohibiciones y menos policías.

Así que el futuro de la pesca no pasa por aumentar las cuotas y ampliar los periodos de captura, sino por cambiar el modelo en el que se prime a los pescadores artesanales, locales, que generan un impacto mínimo y mucha riqueza en el territorio, frente a las grandes buques que están en manos de unas pocas empresas que esquilman los mares para llenarse los bolsillos.

Un futuro en el que se apliquen nuevos avances científicos a las artes de pesca para hacerlas realmente selectivas; que busque nuevos canales comerciales para sacarle la máxima rentabilidad a los recursos marinos, y donde se garantice, por supuesto, la conservación de los mares.

Solo aunando esfuerzos, trabajando conjuntamente, podemos garantizar el futuro del sector y la naturaleza. Si no lo hacemos, perderemos el tiempo quemando contenedores, desgañitándonos y despotricando en el bar contra los políticos que toman decisiones a miles de kilómetros y que ni siquiera ven las noticias, porque ellos las hacen, ellos las generan. Seamos nosotros, unámonos para cambiar el modelo económico, para crear un mundo más sostenible, más humano, menos capitalista: un mundo nuevo, en definitiva.

MOI PALMERO

7 de diciembre de 2021

  • 7.12.21
La historia de la humanidad es la misma repetida: solo cambian los paisajes, nuestra vestimenta, algunas ideas, conceptos, creencias y formas de relacionarnos con el entorno, entre nosotros, con la tecnología. Un baile prolongado de pasitos para delante y para atrás que, al final, nos colocan en el mismo sitio, haciéndonos las mismas preguntas para las que encontramos respuestas parciales, interesadas, consoladoras y que nos permitan continuar sin muchos remordimientos.


Una de esas preguntas que nos deja en evidencia es ¿cuánto vale la vida? Porque cada uno de nosotros dará una respuesta diferente, dependiendo, entre otras muchas variables, de su formación, su religión, su origen, la clase social a la que pertenezca, el grado de empatía, cinismo, o la ética, los valores y los prejuicios que rijan su existencia.

En enero de 2020 se estrenó Worth, una película basada en hechos reales que aquí titulamos ¿Cuánto vale la vida? Su protagonista es Kenneth Feinberg, abogado que se ofreció sin cobrar, para repartir el Fondo de compensación para las víctimas del 11 de septiembre. Su tarea, que nadie quería llevar a cabo, era encontrar la fórmula matemática que ofreciese la cifra para indemnizar a las más de 7.000 familias de las víctimas del atentado terrorista.

El reto era que el 80 por ciento de los afectados tenía que aceptar la compensación porque, si se organizaba una demanda colectiva contra las compañías aéreas, y subsidiariamente contra el Gobierno, podrían llevar al país a la bancarrota, además de empezar un proceso judicial que se alargaría durante años y que no garantizaba que todas las víctimas fuesen resarcidas.

Feinberg, con experiencia en otras catástrofes y con la frialdad y practicidad con la que se maneja la ley, buscaba un único valor para todos, la fórmula para ser lo más objetivo posible, intentando tratar a todos por igual. Así que la compensación la determinó en base al valor económico perdido. A más sueldo y, por tanto, a más ingresos perdidos para la familia, más le correspondía. Sabía que no era justo, pero “en el ámbito legal, la respuesta a qué vale una vida, es la cifra que se firma en un acuerdo”.

Solución que no contentó a nadie porque, tal como plantea la película, ¿solo valemos lo que ganamos? ¿Vale igual la vida de un conserje, un bróker, un bombero o un inmigrante ilegal? ¿No se tiene en cuenta lo que dejamos atrás, los planes, los sueños, los hijos, las vidas truncadas por la ausencia de una hermana, de una hija, de un amigo, de la pareja que es tu vida aunque no hayas firmado un papel? ¿La de una amante que mantienes en secreto?

¿Tiene algún valor cómo te comportas, el bien o el mal que haces, si construyes o te dedicas a destruir, si trabajas por el bien común o por el tuyo personal? Es más fácil, más manejable, cuando somos números, pero se pierde la dignidad, el respeto por las personas, por la vida.

Si hablar del precio de nuestra vida resulta incómodo, complicado, parece que no lo es tanto cuando tenemos que ponerle precio a la naturaleza, a los animales, a las plantas. Por ejemplo, a la Peana de Serón se le ha puesto el precio de 80.000 euros, que es lo que cuesta el tratamiento para intentar salvarla de una muerte segura. ¿Es mucho o es poco?

¿Sus aproximadamente 1.200 años le dan o le quitan valor? ¿Y que sea el árbol más grande de Andalucía y que se protegiese como Monumento Natural en 2019, suma o resta? ¿Que naciese cuatro siglos antes que el propio pueblo de Serón, que haya visto 438.000 amaneceres, que haya dado sombra y cobijo a los pastores que cruzaban la sierra, que sus dulces bellotas hayan sido alimento al ganado y a la fauna silvestre?

¿Cuánto vale que sus ramas hayan ofrecido calor ante el frío del invierno; que capture cinco toneladas de dióxido de carbono por año para luchar contra el cambio climático? ¿Y que sus raíces protejan el suelo de la erosión y faciliten la absorción de agua? ¿Y que sea un símbolo por haber resistido tormentas, guerras y la deforestación de la Sierra de Los Filabres, le beneficia o le perjudica? ¿O ser patrimonio emocional, cultural, etnográfico, turístico, educativo, científico, de recreo, se apunta en el debe o en el haber?

Si lo reducimos todo a la frialdad, al cinismo, a la hipocresía, a la demagogia de la ley del mercado será un precio inalcanzable. Si contemplamos el dinero como una herramienta necesaria para ofrecerle una oportunidad a un ser vivo único e irrepetible, será un precio ridículo. Ahora es el momento de tomar una decisión: de apoyar o no al movimiento ciudadano que intenta salvarla, de responder a la pregunta de cuánto vale para ti la vida de la Peana de Serón.

MOI PALMERO
FOTOGRAFÍA: FRANCISCO SILVA

4 de diciembre de 2021

  • 4.12.21
Chanquete nunca defraudaba. Ya lo buscases en la Tasca del Frasco o en la eterna La Dorada, o pintando la barca a la orilla de la playa, siempre tenía un sabio consejo con el que ayudarte. Hombre de la mar, curtido en mil batallas con las olas, era capaz de guiarte en la tempestad; de remendar tu red agujereada; de regalarte el secreto de sus caladeros; de prevenirte ante tu osadía contra el poniente; de recomponerte tras el naufragio; de enseñarte a abanicar las estrellas para navegar tu propio camino.


Estoy seguro de que si le preguntase por la situación de las playas de Balerma, que desaparecen con cada temporal, no pondría buena cara y, resignado, añadiría un “quien siembra vientos, recoge tempestades” para explicarme que la urgencia de la mar por tragarse el pueblo viene por nuestra mala cabeza, por construir puertos, escolleras y espigones donde no debíamos; por impedir que los ríos lleven sedimentos al mar; por olvidarnos de escuchar a la Naturaleza y que, si queremos sobrevivir al Cambio Climático, tendremos que demostrar que somos capaces de surfear las olas.

Ante mi pregunta de qué se puede hacer, me respondería convencido que solo podemos “achicar agua” antes de advertirme de que “una ola nunca viene sola”. Yo le hablaría de la gran confusión, desesperación y tensión que hay entre los vecinos; de las exigencias, de las acusaciones, de la imperiosa necesidad por encontrar una solución rápida, eficaz y definitiva ante la lentitud de las leyes, la incertidumbre de la ciencia o los escasos presupuestos.

Él recurriría al “si el grumete supiera y el patrón pudiera, todo se hiciera” para intentar explicarme que nuestros políticos están más perdidos “que un pulpo en un garaje” y que recurrir a los idolatrados espigones es como “el que se agarra a un clavo ardiendo cuando la nave se está hundiendo” porque son “peces para hoy y hambre para mañana”.

Le contaría que parte de los vecinos, que se sienten desprotegidos por su propio Ayuntamiento, han denunciado a la Dirección General de Costas por un delito ambiental por construir los espigones de Balanegra en 2015, a pesar de los informes previos que informaban del posible daño a las playas de Balerma.

Le hablaré de las concentraciones pacificas que han realizado para dar a conocer su situación, para exigir soluciones y de la próxima manifestación que han anunciado para el 17 de diciembre en la puerta de Costas y de la Subdelegación del Gobierno en Almería.

A él se le iluminarán los ojos añadiendo un “camarón que se duerme, se lo lleva la corriente” y el clásico, aunque no sea muy marino, “quien no llora, no mama”, para hacerme entender que, a pesar de que es consciente de que “donde manda patrón, no manda marinero”, los vecinos ya se han encontrado en muchas ocasiones solos, a la deriva y con el faro apagado en pleno temporal, por lo que “de la furia de la mar, el náufrago puede hablar”.

Me haría un alegato para recordarme la importancia de “remar todos a una”, de no dividir esfuerzos, voluntades, recursos; de no equivocar las peticiones porque “a río revuelto, ganancia de pescadores” y siempre hay algunos listos que de la tragedia sacan ganancia. Que no podemos olvidar que “dos capitanes hunden el barco”, y que “después de perdido, todos pilotos” por lo que hay que guardarse el orgullo, el interés personal o del partido, y “dejar navegar al marino y sembrar al campesino”.

Para subirme la moral, a modo de propina, de regalo, de esperanza en una botella, mientras se levanta para marcharse, deja sobre la mesa varias sentencias que lo ayudaron a no tirar la toalla, a mantener la ilusión.

Me susurra, con el convencimiento de la experiencia, que “no hay tormenta que cien años dure”, que “tras la tempestad vendrá la calma”, que “a barco desesperado, Dios le encuentra puerto”. Sin darme tiempo a cuestionarle la existencia de Dios, y para despedirse con una sonrisa, sugiere que los balermeros, que también son ejidenses, deberían dejarse crecer la barba y la melena para, en caso de hundirse el pueblo, al menos podamos “salvarlos por los pelos”.

Mientras lo veo alejarse riendo su ocurrencia, pienso que “a poco viento, remos sin cuento”, por lo que decido “subirme al barco”, sumarme a la concentración que han convocado mis vecinos y luchar contra la corriente, a sabiendas que, aún ganando la batalla de salvar la playa, habremos perdido la guerra.

MOI PALMERO

30 de noviembre de 2021

  • 30.11.21
A punto de finalizar este mes de noviembre, me asalta la nostalgia de un libro que he dejado morir hace apenas unos días. Ya he pasado las tres primeras etapas del duelo –la negación, la ira, la negociación– y cada vez estoy más cerca de aceptar la realidad. Pero sigo inmerso en la depresión, la cuarta etapa del proceso.


La historia nos ha demostrado que matar un libro es casi imposible. Hemos bombardeado bibliotecas, alimentado hogueras en plazas, destruido imprentas, pero mientras quede un solo ejemplar en alguna estantería, escondido tras una pared o protegido en una vasija en una gruta del desierto, siempre quedará la esperanza de que vuelva a la vida, como una semilla aletargada espera el momento adecuado para germinar. Además, ahora con internet, los libros se convierten en felinos y sus vidas se multiplican por siete.

Muchos me intentan consolar diciendo que no está muerto, que ahora comienza otra etapa para él, que se independiza y empieza a crear su propio destino navegando por las redes, volando por el mundo que hay bajo sus alas, pero siento que lo he abandonado, que le he fallado, que soy el que debería aún defenderlo, buscarle financiación, escaparates, estanterías, lectores, para lucir su portada, sus imágenes, su contenido, su mensaje.

Siento que no tuvo la oportunidad que se merecía, porque era gratuito, con una tirada limitada, financiado por una Administración, con 39 colaboradores. Factores que me ilusionaban cuando lo ideamos, que le dieron fuerza al proyecto, que lo hicieron posible, pero que, pasado el tiempo, he descubierto que han sido determinantes para su defunción.

Sé que los libros en la actualidad tienen una vida muy corta. Sujetos a la ley de la oferta y la demanda, tienen una gran competencia y cada vez hay más libros porque hay más escritores y pequeñas editoriales que lectores. Sé que su vida no depende de su calidad sino de las inversiones en publicidad y ahí las grandes editoriales han sabido manejarse y reducir las listas de éxitos a su interés.

También sé que la mayoría de las librerías, como parte de este sistema de producir y vender libros sin importar nada más, han perdido el alma que siempre tuvieron: los libreros que sabían recetarte los libros que necesitabas, que disfrutaban con su trabajo, que eran confidentes de sus clientes. Librerías que siempre estuvieron de parte de la cultura y del lector, y que ahora se han adaptado, vendido, la gran mayoría por exigencias del mercado, al poder editorial, al balance económico. No los culpo: solo constato una realidad.

Según datos de la Unesco, en 2016 se editaron en el mundo 2,2 millones de libros. En España se calcula que unos 90.000 títulos cada año, sin contar las reediciones. Datos muy difíciles de cuantificar por las numerosas variables que entran en la ecuación, como la autoedición, las publicaciones en las redes o aquellas que no se han registrado con un ISBN.

Pero, a pesar de los datos, de conocer cómo funciona el sistema, tenía la esperanza de que al estar tanta gente involucrada en el proyecto, su vida, su recorrido, se alargaría unos meses más. Está claro que me equivocaba, que los esfuerzos solo se hacen por lo que sientes realmente tuyo.

Por eso mi sensación de haber fracasado, de no haber conseguido trasladar mi ilusión a todos los que participaron, por haber defraudado las expectativas que tenían cuando empezamos con el proyecto. Como los entrenadores que hablan tras la derrota, yo soy el único responsable de ella y, el equipo, el que ha posibilitado los pequeños éxitos que se hayan podido conseguir.

En su honor tengo que decir que disfrutamos de su creación, que fueron unos meses difíciles pero gratificantes por la generosidad de todos los que participaron, por la satisfacción del resultado final. Que entre sus páginas se acogieron, porque así se buscó, a científicos, educadores ambientales, ornitólogos, fotógrafos... Unos con experiencia literaria; otros noveles en este campo. A todos ellos se les dio toda la libertad del mundo para enfocar sus relatos como les apeteciese.

Estoy convencido de que ese libro, siguiendo los parámetros de éxito en el mundo editorial –que solo son el número de ejemplares vendidos–, podría haber alcanzado un modesto reconocimiento, pero es algo que nunca sabremos porque me decepcioné por el desinterés, la apatía, las complicaciones, e hice lo más sencillo y vergonzoso: dejar morir el libro. Quizás algún día tenga la fuerza, la capacidad, la ilusión, la habilidad para resucitarlo. Mientras llega ese día, que la suerte le acompañe...

MOI PALMERO

23 de noviembre de 2021

  • 23.11.21
Llevamos años defendiendo que debemos reactivar el poder de la ciudadanía para cambiar el mundo. Y en Murcia nos han enseñado el camino. Aún es pronto para cantar victoria, porque queda lo más difícil: hacerle entender a nuestros representantes en el Congreso de los Diputados que en sus manos está hacer historia, ser recordados por cambiar el derecho ambiental en nuestro país y en Europa, y escuchar de una vez por todas el clamor popular, y no solo las voces de los que manejan la economía, de los que los manejan a ellos.


El ecocidio del Mar Menor nos avergonzó. El mundo entero vio los cadáveres de millones de peces flotando sobre las aguas, cubriendo las arenas de la playa. Muchos echaron balones fuera, intentando delimitar el problema, señalando a un puñado de agricultores incívicos. Pero sabían que el colapso de la laguna salada es lo que nos espera si no cambiamos de modelo, de forma de pensar, de relacionarlos con la naturaleza.

La sobrexplotación y la salinización de los acuíferos con los miles de pozos ilegales, el aporte excesivo de nutrientes, fosforo y nitrógeno provenientes de los fertilizantes utilizados en la agricultura intensiva que abastece de frutas y hortalizas a la Europa que regaña pero que mira para otro lado, así como los residuos y desigualdades sociales que provoca representan un problema generalizado a nivel nacional. La diferencia entre el Mar Menor y el Mediterráneo es su tamaño, pero las barbaridades son las mismas y las consecuencias, también.

Ante la tragedia se hizo lo de siempre: nada. Salvo poner cara de circunstancia y añadir el clásico “estamos trabajando en ello” que popularizó el señor Aznar. Trabajar en ello era llamar a los científicos, de los que solo se acuerdan durante las emergencias, para que les diesen soluciones rápidas. En esta ocasión, los científicos los remitieron a estudios de hace treinta años donde ya se concluía lo que iba a pasar y la manera de evitarlo.

Pero las soluciones no les gustaron porque para llevarle la contraria al capital hay que ser valientes y estar dispuestos a perder los votos y el poder por el bien común. Y ante la cobardía e incapacidad apareció la ciencia y la ciudadanía para proponer una solución novedosa.

Ocho profesores universitarios presentaron un estudio de la Clínica Jurídica de la Universidad de Murcia y, con el apoyo de la Cátedra de Derechos Humanos y Derechos de la Naturaleza, propusieron que la única solución posible para salvar el Mar Menor era dotarlo de Personalidad Jurídica Propia, o lo que es lo mismo, reconocerlo como objeto propio de derecho para que, por el solo hecho de existir, tenga su propia protección, independiente del interés político, como nosotros gozamos de los Derechos Humanos.

En Europa sería la primera figura de este tipo, pero no en el mundo, donde se la conoce como la ley de los “ríos persona” ya que en Colombia, en la India, en Canadá y en Nueva Zelanda salió adelante para proteger los ríos Atrato, Ganges, Magpie y Whanganui.

Para poder debatirlo en el Congreso tuvieron que impulsar una Iniciativa Legislativa Popular (ILP) y conseguir, en once meses, la friolera de 615.641 firmas, un 23 por ciento más de lo que necesitaban, y ya están validadas por la Junta Electoral Central. Y las han conseguido gracias a la ciudadanía, que se ha volcado para organizarse, para dar fe de cada una de las firmas, para mover cielo y tierra y dar a conocer el problema en todo el mundo.

Gracias a esa presión popular han conseguido que ALDI –y pronto vendrán otras grandes marcas– se plantee poner a la venta frutas y verduras que generen un impacto ambiental y social para producirlas. Estoy de acuerdo que puede ser una muy buena campaña de imagen y que, primero, deberían hablar de comprar a un precio justo y digno a los agricultores y no centralizar sus compras evitando así el ir y venir de los productos por las carreteras. Pero es un primer paso.

Y debido a la repercusión de sus acciones, el Partido Popular, que gobierna en Murcia junto con los irresponsables e incendiarios de VOX, se ha decidido apoyar la ILP. Ahora, cuando han visto que es imparable. Vergüenza les debería dar.

Este es el único camino que puede haber para cambiarlo todo: la ciudadanía exigiendo y organizada, respaldada por la ciencia, buscando nuevos caminos, nuevas oportunidades, nuevas formas de entender el mundo. Si la ciudadanía se une, el capital y los políticos cederán. Si los dejamos decidir a ellos, seguiremos escuchando el eco de la caja registradora y el “estamos trabajando en ello”.

MOI PALMERO

9 de noviembre de 2021

  • 9.11.21
La Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP26) reúne todas las características del teatro del esperpento que popularizó Valle-Inclán: deformación de la realidad, con una gran carga de crítica y sátira, y degradación de los personajes, destacando sus rasgos más grotescos, con la presencia de la muerte como parte fundamental de la obra.


Quizás los ambientes donde se reúnen pueden llevarnos a engaño: todo engalanado con sus alfombras rojas, sus pantallas de plasma y sus stands con millones de LED. Pero no dejan de ser esos escenarios decadentes que predominaban en las obras del dramaturgo gallego como prostíbulos, antros de juego o calles inseguras por las que transitaban, vivían y se relacionaban borrachos, prostitutas, pícaros y mendigos a los que representaba como gente sin alma, residuos sociales de la peor calaña.

Historias, personajes, lugares llevados al extremo del absurdo, de la caricatura, para hacernos reflexionar sobre si lo representado es una imagen deformada de la realidad, como en los espejos cóncavos y convexos de la época que Don Ramón María utilizó como metáfora; o si, por el contrario, es una imagen fiel de una realidad deforme.

La COP26 –al igual que todas las anteriores– es un gran photocall donde líderes mundiales posan antes de mercadear con los bonos de carbono, de prometer lo que no pueden cumplir, de firmar acuerdos con tinta invisible que anunciarán a bombo y platillo, pero que no tienen intención de pensar cómo llevarlos a cabo.

Nadie cree que de allí vayan a salir las soluciones, los acuerdos, para intentar ir todos a una. Confiamos en la Cumbre de Río de Janeiro, en el Protocolo de Kioto, en el Acuerdo de París, pero ya sabemos que no harán nada, que para ellos lo firmado, lo prometido, lo anunciado, no tiene ningún valor.

Y volverán a marcarse plazos, objetivos y a convocar nuevas reuniones, mientras el tiempo corre, mientras la gente está muriendo, migrando, enfermando o pasando hambre y sed por las consecuencias del aumento de la temperatura en el planeta.

La mejor banda sonora a este esperpento es la canción de Kortatu titulada Don Vito y la revuelta en el frenopático. Ya sé que mezclar en el mismo texto a Valle–Inclán con los abertzales hermanos Muguruza puede ser de mal gusto para algunos, pero sus obras, salvando enormes distancias, tenían el mismo objetivo: hacernos despertar, uno desde el teatro, la novela y el relato y, los otros, desde el punk, el ska y el rock.

La letra, de 1985, parece que está escrita expresamente para la COP26. En un frenopático decidieron jugar al Telediario y como el hombre de El Tiempo anunció “granizos, rayos, truenos y tiempo huracanado”, la asamblea de majaras decidió ahorcarlo para, minutos después, tras muchas reuniones, anunciar “sol y buen tiempo”.

Ese es el mejor resumen de las Cumbres de la Tierra porque, desde la primera (Estocolmo, 1972), nos hemos dedicado a eliminar, desprestigiar y fustigar a los científicos que ponían datos concretos encima de la mesa, que se atrevían a plantarse ante la asamblea de políticos, dirigentes, empresarios que negaban la evidencia y que anunciaban, y prometían, el buen tiempo. Porque sí, sin más, porque ellos lo valen.

Podemos llamarlas de muchas maneras, pero "asamblea de majaras" es la mejor de todas. Porque hay que ser majara para aplaudir a Putin y Bolsonaro cuando anuncian que van a trabajar por reforestar sus países, cuando llevan años cargándose los bosques siberianos y la Amazonia brasileña.

Hay que ser majaras para presumir de que 103 países firman un acuerdo para frenar y revertir la deforestación en la próxima década y reducir un 30 por ciento las emisiones de metano, pero solo 20 países (entre los que no está España) se han adherido a la declaración para el fin de la financiación a los combustibles fósiles en el extranjero.

Hay que ser majara para permitirle a Jeff Bezos, uno de los grandes capitalistas y contaminantes por excelencia, avisarnos de que la Tierra se ve muy frágil desde el espacio. Hay que ser majara para incluir en una misma frase, como ha hecho la ministra Teresa Ribera, que la transición verde tiene que construir un capitalismo inclusivo.

Hay que ser majaras para cruzar el planeta en jet privado y desplazar 23 coches oficiales para, luego, como hizo Biden, dormirte en el plenario porque lo que se esté hablando allí poco interesa. Hay que estar majara para hablar de "punto de inflexión" cuando los países más contaminantes –India, Rusia y China– ni siquiera se dignan a presentarse en Glasgow.

Pero no hay que preocuparse. Porque la asamblea de majaras ya ha decidido que, mañana, “sol y buen tiempo”. Estamos salvados.

MOI PALMERO

2 de noviembre de 2021

  • 2.11.21
Tengo la adrenalina por las nubes, la emoción a flor de piel, el vello erizado y quiero dejarlo por escrito, para que sirva como homenaje a todos los que lo han hecho posible, para que quede en el recuerdo de las emociones que me invaden tras una bonita jornada. Por si alguien se inspira. Si espero a mañana corro el riesgo de relativizar, de quitarle importancia a lo logrado, de dedicarle más tiempo a analizar los pequeños errores que a celebrar los grandes aciertos.


150 personas nos hemos juntado en la playa del Faro del Sabinal, en Punta Entinas, para hacer una limpieza de playas. En apenas dos horas se han recogido tres toneladas, 3.000 kilos de residuos. Entre ellos, junto a las esperadas botellas de plástico, de vidrio, de latas de refresco, se han sacado otras basuras menos habituales: un frigorífico, media barca hinchable enterrada en la arena, un par de cascos de moto y un montón de garrafas que huelen a gasoil y que no son precisamente de los bañistas.

Mi entusiasmo no es solo por la cantidad de basura, ni por si el grupo era más o menos numeroso. Mi felicidad esta cimentada en quién se ha congregado allí. La actividad estaba organizada por Carrefour y P&G a través de sus políticas de Responsabilidad Social Corporativa y su proyecto Mi playa sin plásticos, que llevan realizando desde hace cinco años por toda España.

Ellos convocan, ponen el dinero para hacerlo posible; ellos se llevan los aplausos y los impactos publicitarios. Y me parece perfecto, maravilloso, porque sin su iniciativa, sin su compromiso e inversión (otros pueden hacerlo y no lo hacen) quizás todo sería más difícil. Pero, a partir de ahí, hay mucho más.

Otra empresa, esta vez una almeriense, Luxeapers, también con capacidad para organizar un evento de esta índole, ha decidido colaborar en la iniciativa. Por un día, ha parado máquinas, ha dejado de envasar encurtidos en Nacimiento que exportan por todo el mundo, para trasladar a todos sus empleados, casi sesenta personas, a las únicas playas vírgenes que quedan en la provincia. Ese gesto para mí lo dice todo y, además de generoso, me parece muy simbólico: cambiar el bien personal por el bien común.


Pero además de las empresas, tres institutos de Enseñanza Secundaria –Santo Domingo, Murgi y el SEK Alborán– han colaborado en la actividad. Jóvenes y profesores del municipio que por primera vez han visitado el Espacio Protegido, que han visto los jóvenes flamencos alimentándose en las viejas salinas, que han descubierto que tienen más bosques de los que creían cerca de su casa, que han conocido unas playas que ni siquiera sabían que existían.

Jóvenes que han demostrado que se puede contar con ellos, que solo tenemos que pedírselo, que necesitan menos consejos, menos paternalismo y menos sistemas educativos arcaicos en los que se premia solo su memoria y más confianza en ellos, más ejemplo, más oportunidades de ser escuchados, de poder formar parte de las decisiones, de los procesos, de la sociedad que está marcando su futuro y que no es capaz de adaptarse a las nuevas demandas, emociones, sensaciones y realidades que les ha tocado vivir.

Chicos y chicas, que no lo olvidemos, han vivido tres crisis económicas y una sanitaria. Ojalá se uniesen y se atreviesen a pedirnos responsabilidades por el mundo que les hemos creado y por el que les vamos a dejar.

También dos administraciones han colaborado, el Ayuntamiento de El Ejido y la Consejería de Desarrollo Sostenible de la Junta de Andalucía, que han puesto los vehículos para transportar los residuos hasta el punto de recogida, para hacer que el esfuerzo de los participantes tenga el doble de resultados, de recompensa. Puede parecer nimia y obligada su colaboración, pero no crean que es tan fácil gestionar este tipo de cosas en un sistema burocrático tan encorsetado. Por eso le doy tanto mérito.


Y en esta suma de voluntades, de buenos ejemplos, no podían faltar las asociaciones de educación ambiental, que también han trabajado conjuntamente durante dos meses: una, desde Madrid, Paisaje Limpio;, y otra, desde El Ejido, El árbol de las piruletas. Para hacer todo esto posible, para recordarnos que debemos pensar globalmente, pero actuar localmente.

Hoy, mañana, es tiempo de preguntas incómodas y de respuestas vergonzantes. Pero siento que otro mundo es posible, que aún tenemos esperanza para cambiar nuestro destino, para construir un futuro más sostenible, más participativo, más igualitario. Hoy me han reforzado la idea de que juntos somos más fuertes, invencibles, y que, como cantaba Manolo García, nunca el tiempo es perdido: es solo una ilusión.

MOI PALMERO
REPORTAJE GRÁFICO: MOI PALMERO

26 de octubre de 2021

  • 26.10.21
Cada 24 de octubre, desde 1997, se celebra el Día de las Bibliotecas para recordar la destrucción de la Biblioteca de Sarajevo, bombardeada e incendiada en 1992 durante el conflicto de los Balcanes. Este año, el lema de la celebración es Bibliotecas: leer, aprender, descubrir, que viene a unirse al de Aptas para todos los públicos, que se utiliza desde 2019.


De entre todas las bibliotecas del mundo, hoy quiero hacerle un homenaje a la Biblioteca Brautigan, que conocí a través del libro de David Foenkinos La biblioteca de los libros rechazados, una obra que ha venido a mi memoria a raíz del revuelo mediático provocado por el fallo del Premio Planeta que nos ha desvelado quién se escondía detrás del pseudónimo de Carmen Mola.

Richard Brautigan fue un escritor norteamericano que terminó suicidándose, atormentado porque en su haber acumulaba más rechazos editoriales que reconocimientos a su trabajo. En una de sus obras, The abortion. An historial romance, el protagonista era un bibliotecario que aceptaba todos los manuscritos que ninguna editorial había querido publicar.

Tras su muerte, uno de sus lectores, Todd Lockwood, quiso darle vida a esa biblioteca que el autor había imaginado y, como no podía ser de otra manera, la bautizó con el nombre de Brautigan. La única condición para depositar allí un libro era que tenía que llevarlo el propio autor en persona. Una manera romántica de poner punto final al libro que imaginó, creó, en el que depositó tanta confianza y que nunca llegó a ser publicado.

La biblioteca tuvo un gran éxito y muchos aspirantes a escritores fueron a depositar allí sus sueños frustrados. Pero, a pesar del éxito, tras quince años abierta, en 2005 tuvo que cerrar sus puertas por problemas económicos. Años más tarde, en 2010, todos los manuscritos fueron rescatados y depositados en la nueva Biblioteca Brautigan que puede consultarse en el Museo Histórico del Condado de Clark, en Vancouver.

Unos 300 ejemplares conforman la colección original, que solo puede consultarse presencialmente, y una colección digital a la que siguen llegando, de mano de sus vencidos, decepcionados, frustrados y cansados autores, manuscritos inéditos con la misión de curarlos y recopilarlos.

En esta biblioteca se basa Fonkinos para escribir una novela romántica que cuenta la historia de un joven escritor y una editora que descubren por azar un manuscrito abandonado en la réplica francesa de la Biblioteca Brautigan.

Además de la bonita historia de amor, mientras intentas descubrir quién fue su autor y lo que pasa con esa novela, vas aprendiendo cuál es el funcionamiento del mundo editorial, desde que el creador imagina la obra hasta que aparece en los escaparates de las librerías.

Entre enseñanzas, consejos y advertencias, habla de ilusiones, de esperanzas, de oportunidades perdidas, de puertas cerradas, de cajones olvidados, de rechazos acumulados, de desesperación, de paciencia, de victorias y derrotas parciales; de éxitos fugaces, de confianza, de insistencia, de engaños, de soledad, de egos, de orgullo, de intuición, de inversiones, de envidias y de la pequeña línea que separa el éxito del fracaso.

Reflexiona la obra sobre lo fácil que es escribir una historia, de lo complicado que es hacerlo bien, de la odisea que es conseguir que se fijen y crean en ella, que la mimen como si fuese suya para que llegue al gran público, para darle, al menos, una oportunidad.

Uno de los planteamientos críticos de la novela es que, a veces, es más importante la historia que hay detrás del libro que el propio libro. Si consigues crear un envoltorio, un adorno, un complemento, una presentación morbosa, curiosa, lacrimógena, sorprendente, heroica, misteriosa, dramática, cinematográfica, polémica, de superación, de famoseo, de marginación, adaptada a las modas, a los clichés, a la actualidad, tendrás más posibilidades de que un editor la lea entre los millones de manuscritos que le llegan, que los medios de comunicación la destaquen y que los lectores la compren sin saber qué se van a encontrar.

Por desgracia, hay demasiado marketing en las librerías, en nuestras vidas en general, y por eso prefiero confiar en el criterio, en la recomendación, de un buen bibliotecario que ningún interés tiene, salvo que el lector aprenda, descubra, se emocione y encuentre el libro adecuado, y que cada autor, cada libro, cada historia, tengan su oportunidad, su espacio, su tiempo. Incluso, gracias a la idea de Brautigan, los rechazados.

MOI PALMERO

19 de octubre de 2021

  • 19.10.21
Al igual que ocurre con la lava del volcán, la vida, la economía y la historia siguen fluyendo lentamente, incandescentes, transformadoras, frente a nuestras vidas que, como recitaba Jorge Manrique, "son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir". Esta idea, la de dos caudales de fuerzas desiguales, me surgió la semana pasada ante la coincidencia de varias noticias en los medios de comunicación relacionadas con la agricultura.


No es una idea nueva: es la eterna lucha del hombre contra la naturaleza, o del individuo contra el sistema, o del héroe frente a su destino. Sola la vuelvo a recordar, adaptándola al momento actual, por la frustración que me produce.

Mientras en Madrid se celebraba la Fruit Attraction, en Almería los agricultores salían a manifestarse para salvar su agricultura y nuevas denuncias de los grupos ecologistas, sobre la mala gestión de los plásticos, aparecían en medios de comunicación nacionales e internacionales en forma de vídeos. La lava, el músculo, la fuerza, el sistema, contra la gota de agua, el hueso, el armazón, el individuo.

Mientras 95.000 visitantes profesionales de 118 países se reunían alrededor de las 1.300 empresas que participaron (y de los buenos platos de jamón que se servían) para hacer negocio, para generar noticias, para hablar de rentabilizar el futuro, 800 agricultores en los momentos de mayor afluencia (según algunos medios de comunicación) gritaban reivindicando que se cumpliesen las peticiones, para salvar su futuro, que se hicieron en el 2018 y aún siguen en el aire. A la vez, los vídeos sobre los residuos en nuestro campo se movían por las redes sociales denunciando el daño que provocan a la biodiversidad y a nuestra salud.

Los números están ahí, luego cada uno los interpreta a su manera, le saca el jugo que quiere. Pero por muchos paros agrarios que hagan nuestros agricultores, o vídeos de los ecologistas, el volcán lo arrasa todo: no hay forma de pararlo.

Si tenemos en cuenta el dato del INE del último trimestre de 2020, el sector agrícola da empleo de forma directa en Almería a 73.000 personas, así que el 1,05 por ciento asistió a la movilización. ¿Es eso un éxito? No lo sé. Pero, por lo que se ve, para las asociaciones convocantes agrarias, sí lo es.

Como tampoco sé a cuántas personas habrán llegado los vídeos de los residuos o si habrán conseguido los objetivos marcados de abrirles los ojos a los consumidores europeos para que dejen de consumir tomates que contaminan los mares y océanos del mundo. No lo sé, pero dudo que los impactos negativos generados por esos vídeos puedan competir con los impactos positivos que se generaron durante los tres días de feria en el IFEMA.

Si algo tuvieron en común las noticias de Madrid y Almería es que en todas las fotos salen los políticos en primera fila. Tanto para cortar la cinta de inauguración como para sujetar la pancarta de los agricultores. Ellos están en medio, sonriendo a todos, calmando, prometiendo a los enfurecidos agricultores, a los incansables ecologistas, que no tienen más remedio que confiar en sus palabras, aun sabiendo que tienen las manos atadas, que son las primeras cenizas que el volcán expulsará cuando lo crea necesario.

Marionetas con poder que se agigantan ante los débiles pero que se arrodillan ante los poderosos, incapaces ni siquiera de contestarles, de impedir los acuerdos con terceros países, de que se apruebe la reforma de la PAC, de gestionar el 100 por cien de los plásticos que se generan cada año.

No se lleven a confusión: a pesar del jarro de agua fría en mi ánimo, del baño de realidad, de hablar como Sancho Panza, yo creo en la fuerza descomunal del agua, la fuente de la vida, la imprescindible esencia de cada uno de nosotros, capaz de destruir montañas, perforar rocas, modificar paisajes.

Soy consciente de que una simple gota de agua puede romper el equilibrio para bien o para mal y es capaz de convertir un vergel en una zona pantanosa que lo engulla todo, o de transformar un desierto en un oasis. Sé que sumando gotas de agua es la única manera de hacer desbordar el vaso, de provocar el cambio, de tener una oportunidad ante los volcanes que, aunque nunca conseguiremos apagarlos, sí podremos minimizar los impactos que generan en nuestras vidas, de enfriar la colada de lava que tantos daños colaterales genera.

Saben algunas gotas de agua que la belleza se esconde detrás de la paciencia, de la constancia, y por eso insisten incansables en las calles, en las redes, en la barra del bar, con la esperanza de que sus pasos, sus palabras, sus desvelos hagan vibrar a otras gotas de agua para convertirse en un caudal capaz de fluir, de transformar. "Sé como el agua, amigo" –que diría Bruce Lee– si quieres alcanzar la mar antes de sucumbir a los volcanes.

MOI PALMERO

12 de octubre de 2021

  • 12.10.21
Vivo en un sinvivir. Y en estos días, que se celebra el Día Mundial de las Aves Migratorias, quiero contarlo a ver si alguien me libera de esta angustia que me está desvelando. No se alarmen: es un detalle sin importancia, ni punto de comparación con el “Vivo sin vivir en mí” de Santa Teresa de Jesús, pero ya saben cómo son las obsesiones: que cuando se instalan en tu cabeza, te roban la voluntad, te dominan y te hacen perder la razón.


Así que, aunque sea por lástima, caridad o solidaridad con un alma atormentada, y antes de que infrinja la ley y me meta en un lio, suplico, con menos gracia y ritmo que la Niña Pastori, “échame una mano, prima”. Mi tormento lo provoca una señal fronteriza destartalada, innecesaria, exagerada, peligrosa y anacrónica que separa los municipios de El Ejido y Roquetas de Mar, en el Espacio Protegido de Punta Entinas Sabinar, a la altura de la Torre de Cerrillos, la verdadera frontera.

Mide, la señal, unos dos metros de alto, incluida la base de cemento sobre la que descansa. Son tres láminas verticales metálicas que forman un prisma triangular con el hueco central vacío. En cada una de sus caras, las letras blancas, que te daban la bienvenida a Roquetas de Mar y resaltaban sobre el azul cielo con la que está pintada, se han convertido en insinuaciones que los senderistas y turistas no logran entender, y que muestran su abandono.

Eliminarla sería un bello acto simbólico para representar que las fronteras, que tantas muertes, guerras y conflictos siguen generando, no existen en la naturaleza. Nada saben los flamencos, los carricerines, las golondrinas o las espátulas de límites, de territorios, de países, de continentes, de señales.

Pasan su vida de un lugar a otro, volando miles de kilómetros para reproducirse, para pasar el invierno, para alimentarse, mientras nosotros, bajo sus alas, construimos un mundo intransitable, inhumano, donde una valla, un mar, un puñado de metros, unas líneas en el mapa, te separan del alimento, del agua, de la paz, de la cultura, del conocimiento que necesitas para sobrevivir.

Hacerla desaparecer en nada afectará a la ordenación del territorio, en nada beneficiará la naturaleza, pero tener la ocasión de eliminar una pequeña frontera es abrir una ventana al dialogo, al debate, a la colaboración que tanta falta hace para cambiar el mundo y, centrándonos en este caso, para una buena gestión de Punta Entinas Sabinar.

Hemos propuesto juntar a representantes de los dos ayuntamientos, de la Junta de Andalucía y de colectivos naturalistas, conservacionistas, de los dos municipios para tirar la señal. Una simple maza y voluntad es lo único que hace falta para disfrutar de una jornada de convivencia, de risas, de buenas intenciones, de propuestas, de oportunidades, de ejemplo.

Ya sé que lo que menos necesitamos son actos simbólicos, fotos y promesas, y más actuaciones concretas, prácticas, estudiadas y planificadas a largo plazo, pero por algo se empieza. Quizás, mientras pasean hasta llegar a la señal observarán esas pequeñas aves capaces de cruzar el Estrecho, de encontrar sus nidos del año anterior, descansando en sus humedales.

Quizás, con la adrenalina del trabajo físico, descubran que es más importante conservar su biodiversidad que dejar señales y placas en edificios que desaparecerán bajo el agua del mar o enterrados sobre toneladas de tierra.

Llevamos tres meses intentando quitarla. Todos están dispuestos a colaborar, les parece una idea bonita, pero falta la autorización del Ayuntamiento propietario, que sigue dando largas. A tres concejalías ha llegado la propuesta y las tres prometieron contestar, pero pasa el tiempo y otros temas más importantes ocupan su atención: “menuda gilipollez esto de la señal, ¿a alguien le importa esto?”.

También es cierto que no se ha presentado por registro, que hemos confiado en su agradable trato, en la buena disposición que han mostrado en otras sugerencias para ir mejorando sus políticas ambientales, educativas y turísticas, pero la espera se hace larga y, en días como estos, que salimos a observar las aves migratorias, nos acordamos de las inútiles fronteras y de la cansina burocracia.

Después de estas palabras no se qué pasará. Quizás el silencio, la indiferencia; quizás se ofendan y arreglen la señal y la mejoren con luces de neón; quizás desaparezca porque alguien la quite sin pedir autorización (nadie se enterará porque nadie la echará de menos) o quizás se convierta en lugar de peregrinaje para hacerse un selfi con ella. A saber cuál es su futuro. El mío es incierto porque “tan alta vida espero, que muero porque no muero”.

MOI PALMERO
FOTOGRAFÍA: MOI PALMERO

5 de octubre de 2021

  • 5.10.21
Cien años separan el nacimiento de Greta Thunberg y Bertolt Brecht. Sin embargo, sus discursos, su lucha y su tesón están encaminados a un mismo objetivo: despertar nuestras conciencias, generar el debate, desenmascarar a los verdaderos causantes de los problemas mundiales y zarandearnos para que despertemos.


Si Greta utilizase las palabras de Bertolt no desentonarían en sus labios, a pesar de que sus reivindicaciones puedan parecer diferentes; aunque uno tenga la vitola de intelectual y combatiese al nazismo y, la otra, de una joven activista mal hablada que se enfrenta al cambio climático.

Estoy convencido de que si él fuese joven en este momento estaría firmando los discursos de ella, estaría en las calles abanderando la lucha contra la emergencia climática que, al final, es una batalla contra la manipulación del capital, del poder, que nos quiere ignorantes, atemorizados, incapaces, desinformados, sumisos, dependientes, suplicantes, frágiles y desesperanzados.

Porque si perdemos la esperanza, si dejamos de creer en sus promesas, si descubrimos su hipocresía, no tendríamos nada que perder para pasar al ataque. Y “las revoluciones se producen en los callejones sin salida”, justo donde nos encontramos ahora.

Greta ha vuelto a la primera línea con un discurso claro, conciso e incendiario, para burlarse, para ironizar y para señalar a los líderes políticos, sus mentiras, su incapacidad, su inacción, sus falsas promesas, sus palabras vacías, sus eufemismos, su vasallaje ante los poderes reales del mundo.

Lo ha hecho en la Conferencia Juvenil sobre el Clima de la ONU celebrada en Milán, donde 400 jóvenes de todo el mundo se han reunido para elaborar las exigencias que llevarán a la próxima Cumbre de la Tierra, la COP26, que se celebrará en noviembre en Glasgow.

Saben los jóvenes que volverán a darle unos minutos, que los escucharán, los aplaudirán y, compungidos, les darán la razón; asumirán sus denuncias y les prometerán soluciones que nunca llevarán a cabo. Por eso Greta aprovecha para llamarlos "ladrones", "mentirosos" y "asesinos" porque “el que conoce la verdad y la llama mentira, no es un ignorante, ¡ese es un criminal” y nuestros dirigentes tienen cientos de informes que demuestran el aumento de dos grados en la temperatura del planeta, las consecuencias a las que nos enfrentamos y las soluciones para evitarlas. Conocen la verdad, pero no hacen nada, salvo marear la perdiz, salvo reunirse para, como dice Greta, “bla, bla, bla”.

Desde que se publicó en agosto la primera parte del Sexto Informe de Evaluación del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), hemos presenciado muchas de las consecuencias que nos esperan: huracanes, incendios forestales, riadas, aumentos del nivel del mar, entre otras.

Tragedias, desgracias, catástrofes, que llevan asociadas sequias, hambrunas, muertes, enfermedades, migraciones, guerras. Ya las estamos viviendo, pero en nuestro rincón privilegiado del mundo aún podemos disimularlas con ayudas y subvenciones, pero las que suceden lejos de nuestras cámaras preferimos no comentarlas, no vaya a ser que la gente despierte y se sienta acorralada.

Estoy seguro de que volverán las mofas, los desprecios, los insultos hacia Greta, pero ella es solo la cara visible de un movimiento de millones de jóvenes (y no tan jóvenes) en el mundo, que el pasado 24 de septiembre volvieron a salir a las calles para celebrar la Huelga Global por el Clima.

A pesar de que la gran parte de la población no se les una, aunque los miren pasar y se rían, lo siguen haciendo porque creen en lo que hacen, porque han entendido que estamos en una encrucijada y que a ellos les tocará sufrir las consecuencias de nuestra insensatez.

Tienen la esperanza de que reaccionemos y que, de una vez por todas, aprendamos que se hace política al andar y que (parafraseando a Brecht) "el peor analfabeto es el analfabeto político: el que no oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos; el que no sabe que de su ignorancia política nacen el cambio climático, sus desdichas y sus desgracias personales, a manos del peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales".

La obra de Brecht no acabó con el nazismo, pero sus palabras, su valentía por no esconderse y señalar a los culpables, consiguieron despertar –y siguen haciéndolo– a mucha gente. Por eso necesitamos a Greta, a los jóvenes, y a los que se han propuesto luchar toda la vida. Ellos son "los imprescindibles" porque saben que se enfrentan a una fuerza descomunal que solo podrá ser derrotada si nos unimos todos, si tomamos conciencia de que somos parte de la solución.

MOI PALMERO

28 de septiembre de 2021

  • 28.9.21
“Seísmo” es un anagrama de mi nombre y, desde hace años, lo utilizo en algunas redes sociales. Me recomiendan no hacerlo porque esa palabra lleva asociado dolor, destrucción, tragedia, miedo, angustia, desesperación, desgracias, muerte...


Sin embargo, siempre he pensado que los terremotos, como los volcanes, tienen un ingrediente poético de regeneración, de creación, de transformación, de nacimiento, de belleza. Gracias a ellos se forman nuevas islas; se levantan montañas y cordilleras; se transforman los continentes; desaparecen paisajes y aparecen nuevas rocas que surgen incandescentes del interior para enfriarse lentamente en la superficie y convertirse en un suelo fértil que sustente la nueva vida.

Hacer estos comentarios, con la lava engulléndolo todo, puede resultar ofensivo o inapropiado, porque muchas familias han perdido hasta sus recuerdos y el futuro se les plantea incierto. Pido disculpas a quien así lo considere, pero mi intención, lejos de ahondar en la herida, en el drama personal, es solo reflexionar sobre nuestra fragilidad, sobre los desastres naturales y sobre el planeta.

La posición del ser humano en la naturaleza ha ido cambiado a lo largo de la historia gracias a la observación, al estudio, a la experiencia, al conocimiento acumulado; en definitiva, a la ciencia. Pasamos de sabernos frágiles, insignificantes, a imaginarnos el centro del Universo.

Un largo proceso que ha desembocado en el momento actual, en el que somos conscientes de que formamos parte de un sistema vivo planetario del que no podemos prescindir para sobrevivir, y del gran poder que tenemos para alterarlo, para destruir lo que nos beneficia.

Bueno, no todos consideran así la Tierra. Algunos la piensan como un planeta hostil del que podemos extraer todos los recursos que generen dinero. Un planeta al que, ante su grave deterioro, ya le andamos buscando un sustituto en nuestro Sistema Solar.

Sin embargo, la Hipótesis Gaia, que Lovelock publicó en 1979, nos presenta la Tierra como un sistema capaz de autorregular su temperatura, su composición química, incluso la salinidad de los océanos. Un sistema que tiende siempre al equilibrio para que la vida y la atmósfera que la protege se mantengan. Un sistema que tiene su propio ritmo, su pulso, su tiempo.

Y ese tiempo no es el nuestro. Vivimos nuestras vidas como carreras de velocidad, porque no puede ser de otra manera, en contraposición con la Tierra, que está inmersa en una carrera de fondo. Cada uno de los eventos naturales que se producen son parte de un proceso que se nos escapa de las manos, que no podemos controlar, que nos recuerda la relatividad de nuestro poder, que comenzó tras el Big Bang y que seguirá por millones de años cuando nosotros no estemos. Es imparable, ingobernable: una lucha desigual en la que solo podemos perder.

Para la Oficina de la ONU para la Reducción del Riesgo de Desastres, estos eventos no son naturales, sino humanos. Están originados por una fuerza descomunal de la naturaleza, pero están agravados por las negligencias, la falta de prevención o las omisiones por parte del ser humano. El volcán de La Palma se hubiese quedado en un espectáculo maravilloso, como ocurrió hace cincuenta años, si no hubiese provocado tantas desgracias personales.

Que el volcán iba a entrar en acción, o que las ramblas se desbordarán, o que un bosque salga ardiendo son hechos inevitables. Pero lo que es evitable es la osadía, la soberbia, la prepotencia del ser humano, que se cree invencible, ajeno a las desgracias, y que actúa como si estuviese solo en el mundo, ignorando que la naturaleza sigue su camino y que, ante ella, nada se puede hacer. No solo metemos la cabeza en la boca del lobo sino que le pinchamos y provocamos para que nos muerda.

La tragedia y la catástrofe humanitaria de La Palma ya las estamos viviendo y sabemos que será más grande porque muchos de esos palmeros no tenían aseguradas sus casas, ni sus explotaciones y nunca se hizo nada por regularizar la situación.

No se trata de buscar culpables: entre todos la mataron y ella sola se murió. Pero en un sistema basado en el beneficio económico, la solidaridad y la humanidad duran hasta que hay que rascarse el bolsillo y las cámaras y micrófonos desaparecen.

Dejadez, falta de previsión, de valentía política, de planificación... Llamémoslo como queramos. Pero hay que dedicar menos esfuerzos a intentar luchar contra la naturaleza y a centrarnos en intentar evitar esas desgracias personales y humanitarias. Porque también se está demostrando que las promesas, las ayudas y las subvenciones de los políticos van a ritmos diferentes a los del resto de mortales y no saben de hambre, ni de frío.

MOI PALMERO

21 de septiembre de 2021

  • 21.9.21
El ataque es continuo e incansable, por tierra, mar y aire. Y en mi cabeza suena "alarma": estoy ardiendo y siento frío. Manolo Tena pone la banda sonora a esta intensa y trágica semana en materia ambiental. Suma y sigue.


El artista sabe que su creación será interpretada, que sus palabras, sus metáforas, sus ritmos y su voz significarán cosas diferentes para sus lectores y oyentes. En este caso, la historia de adicción, de locura, de autodestrucción, de grito de auxilio del poeta, del músico, es para mí un claro reflejo de la relación del ser humano con su entorno: somos extraños en el paraíso; somos juguetes de la desilusión.

El infierno de Sierra Bermeja lo hemos seguido todos. A la pérdida de casi 10.000 hectáreas de bosque, que estuvo a punto de ser Parque Nacional, esta vez tenemos que sumarle la pérdida de una vida humana.

Hemos visto el miedo, la desesperación, la angustia, la incertidumbre, la rabia de cientos de personas que no sabían qué sería de sus vidas, de sus hogares o de su futuro, mientras nuestros políticos se despachaban y despellejaban ante los medios de comunicación mostrándonos su incapacidad de trabajar todos a una, de olvidarse de intereses personales y partidistas, de mirar por el bien común.

Nos hemos vuelto a sentir solos, abandonados, avergonzados, perdidos en el camino de vuelta al hogar, gritando nombres a los que nadie responde. Y ahora vendrán los reproches, los tirones de orejas a los alcaldes que dicen verdades como puños y que provocarán una paz tensa y un puñado de euros, de promesas, de inversiones, de regalitos, de parches insuficientes para evitar una nueva desgracia.

Presenciaremos el reconocimiento a los héroes que no quieren serlo, que prefieren ser trabajadores a los que no se les despide a final de campaña, a los que se les dote de los medios oportunos y necesarios para hacer su trabajo con garantías, a los que olvidaremos, hasta nueva emergencia, como hemos olvidado a los que llamamos "esenciales" durante la pandemia.

Mientras las cenizas del bosque lo cubrían todo, un grupo de ecologistas, conservacionistas y educadores ambientales, los versos equivocados, conmemoraban el segundo aniversario de la DANA de 2019 que nos mostró parte de las miserias de nuestra agricultura cuando el agua arrastró los plásticos y residuos de todo tipo por las ramblas de Almería.

Hicieron una limpieza simbólica en la Rambla del Artal para demostrar que las actuaciones que se anunciaron a bombo y platillo son insuficientes, ya que solo se limpió el cauce, pero no los alrededores, donde aún permanecen enterradas toneladas de plásticos que somos incapaces de gestionar antes de que lleguen al medio, antes de que termine el sueño, antes de que suene el disparo y la muerte deje caer el telón.

Ecologistas a los que se les señala, se les denigra, se les injuria por escribir y señalar el reloj que marca la profecía de un camino sin retorno; por culpabilizar a los individuos, de alma vacía, que llenan sus vidas, sus cuentas corrientes, cometiendo infracciones, delitos, que hemos aprendido a justificar como daños colaterales y que terminarán desmoronado, como las olas, el castillo de arena de nuestra agricultura y de nuestra economía.

No podemos seguir construyendo más invernaderos (en los últimos meses crecen como margaritas en primavera) cuando nuestra Administración reconoce que solo tenemos la capacidad para reciclar el 85 por ciento del plástico que generamos cada año y que 5.000 toneladas de residuos las tenemos que esconder bajo la alfombra, entre los arbustos del Cabo de Gata, en el fondo de la mar.

Y del mar viene la última barbarie humana de los últimos días. En las Islas Feroe, pertenecientes al Reino de Dinamarca, cada año sus pescadores tienen la autorización de la arcaica y vieja Europa que mira para otro lado, para masacrar los delfines y calderones que pasan por sus costas.

Este año han sido alrededor de 1.400 cetáceos los que han empujado hasta la orilla, para darles muerte a cuchilladas, a base de golpes que alargan su agonía, que cubren la bahía de sangre en la que se fotografían bañándose, orgullosos de una tradición que siglos atrás les garantizaba su supervivencia, pero que ahora los convierte en asesinos que enseñan a sus hijos a matar, en psicópatas que se regodean en el dolor, de insensatos que dicen comerse su carne contaminada de mercurio y otros innumerables metales pesados con los que hemos envenenado los mares y océanos del planeta.

Días de residuos, sangre y cenizas con los que estamos cubriendo el planeta, para demostrarnos que nos sentimos el público y el único actor, que estamos yendo pero no sabemos hacia dónde. Que somos el delirio y la confusión, que buscamos el principio y solo vemos el final. Que estamos ardiendo y solo sentimos frío.

MOI PALMERO

14 de septiembre de 2021

  • 14.9.21
Sabe el peregrino que no camina solo, aunque el horizonte se presente desierto, pese a que las huellas se desvanezcan con la lluvia, a pesar de que el eco sea la única respuesta a sus plegarias. Sabe que cuando lo necesite, cuando crea desfallecer, una mano le ayudará a levantarse, una piedra se le ofrecerá para su descanso, un susurro le empujará a seguir.


Sabe que en cualquier momento él puede ser esa mano, la fuente, la sombra, el refugio, el faro, la estela de otro peregrino, porque en su camino aprendió que somos demasiado osados y cargamos más de lo que nuestros hombros pueden soportar, porque no sabemos encontrar nuestro ritmo, porque nunca nos paramos a pensar en nuestros límites y objetivos.

Sabe que seguir los sueños, las metas, los pasos, el ritmo, las ideas de otros, nos lleva a cometer muchos errores, nos conduce al fracaso, a la frustración, a las lesiones del cuerpo que terminan erosionando nuestra confianza, los pilares de nuestra fortaleza, nuestra autoestima.

Sabe que nunca debe infravalorar el camino, sino adaptarse a él, disfrutar de lo que le ofrece, de lo bueno y de lo malo. Sabe que le obsequiará con paisajes sublimes, colores impensables, texturas inimaginadas, sabores, olores, emociones, vivencias, compañía, sentimientos que lo harán sentirse invencible, único, inigualable, inmortal. Pero también sabe que se presentarán dificultades que pueden retrasar su paso o detenerlo para siempre.

Sabe que todo depende de él, de su imaginación, de su fuerza, de su humildad para pedir y recibir ayuda, de su capacidad para encontrar las alternativas, las soluciones, la manera de seguir adelante. Sabe que debe confiar en su intuición, en su instinto de supervivencia, porque si pierde el tiempo en lamentaciones, en buscar culpables a sus desdichas, la lluvia puede alcanzarlo, sus pies convertirse en piedra o el olvido anidar en él.

Sabe que la soledad hace la noche más oscura, el silencio más pesado, el frio, la angustia, el hambre más penetrante, pero no le tiene miedo porque sabe que hay fuegos que no calientan, comida que no sacia, agua que no quita la sed.

Sabe que debe huir de la amargura de los abrazos vacios, del aguijón de la condescendencia, de los besos de cortesía, sin calor, sin amor. Sabe que es mejor alejarse de esos compañeros de viaje porque lo conducirán a lugares en los que no quiere estar, a decir lo que nunca diría, a pensar solo en no pensar.

Sabe que a veces debe despedirse y dejar marchar a muchos con los que recorrería el resto del camino, a los que llorará y añorará cada día, pero a los que no puede seguir, ni obligar a que lo esperen. Sabe que cambiar su ritmo, su destino, sus rutinas, puede ser su perdición, una derrota que terminará lamentando. Sabe, y es su consuelo, que siempre aparece alguien con quien armonizar su paso, disfrutar del silencio, compartir las desventuras.

El peregrino sabe que no merece la pena mirar atrás porque las dudas, los quizás, son piedras ancladas en el fondo del alma que tarde o temprano frenarán su avance. Sabe que debe mirar al frente, estar siempre alerta, porque en cada paso le va la vida y necesita cada uno de sus sentidos para no errar, aunque sabe que terminará equivocándose, que los errores, los tropiezos, las caídas, son parte del proceso, del camino.

Sabe que las prisas no son buenas, que las agujas del reloj se convierten en lanzas que nos empujan a la desesperación, a la angustia, a la locura. Sabe que a veces conviene esperar a que pase la tormenta, a que florezcan las margaritas, a la salida del sol, a la mirada constante, a la palabra precisa, a la sonrisa perfecta. Sabe que no siempre gana el que llega primero, sino el que llega en el instante adecuado.

Sabe que lo más importante no es el destino, sino llegar; o encender una vela cada año, sino evitar que se apague; o postrarse ante una figura, sino sentirla aunque no pueda verla bajar de su altar, aunque no pasee por las calles entre nubes con olor a pólvora, entre aplausos, vítores y lagrimas de emoción, de devoción, de recuerdos, de ausencias, de esperanza, de fe.

Sabe el peregrino que cuando llega septiembre su corazón no entiende a razones, que lo que aprendió carece de valor, que todo lo que creía importante, imposible o insalvable no lo es, que las carreteras, ramblas y senderos se convierten en las arterias que soportarán sus pasos, y sueña con salir al camino para mirar a la Cruz, al azul, levantando sus manos, viviendo y cantando "¡Viva el Cristo de la Luz!".

MOI PALMERO

7 de septiembre de 2021

  • 7.9.21
En un hombro escucho al angelito que me aconseja abstenerme de hacer comentarios: “Es por tu bien, ya sabes cómo se las gastan”, me dice. Pero en el otro hombro tengo al diablito que me empuja a escribir: “por eso mismo, porque sabes cómo se las gastan”. Ambos tienen argumentos para convencerme y solo cuando termine de escribir esta opinión sabré quién ha ganado. Lo que tengo claro es que el que pierde soy yo.


El angelito lleva loco de alegría desde que nacieron las primeras tortugas bobas en Mojácar. Veinte hembras volverán al mar el año que viene y eso, para una especie que tiene tantas amenazas, es una buena noticia. Además, todo ha sido gracias a la participación ciudadana, porque un vecino encontró el nido y dio la señal de alarma, y una treintena de voluntarios, mientras impartían educación ambiental entre los bañistas y por las redes sociales, lo han cuidado durante dos semanas para que salga adelante. “Todo es perfecto —me dice— aún hay esperanza”. Tiene razón, hay que estar de celebración.

Por su parte, el diablillo pregunta malicioso: “¿Solo veinte de 72 huevos? ¿No se podía haber hecho mejor?”. Le respondo que ahí no debemos meternos porque son los expertos lo que deben decirlo. Además, sabemos que son muchas las variables que hay que tener en cuenta y que son difíciles de controlar. Ellos decidieron dejar el nido y no traslocar los huevos a otra playa o a una incubadora: sus razones tendrían y hay que respetarlas.

“A lo mejor —le digo—, si no llega a ser por ellos, no hubiese nacido ninguna”. Y me responde: “O, quizá, hubiesen nacido el doble: recuerda que esos mismos expertos decían que en el Mar de Alborán era imposible que anidara ninguna y el año pasado apareció una en Málaga”.

Nunca lo sabremos y cada experto tiene su teoría, por supuesto, basada en los conocimientos acumulados y en su propia experiencia. Pero quién nos iba a decir hace unos años que íbamos a vivir esta diáspora de tortugas por las costas del Mediterráneo español.

El vitalista cuenta entusiasmado que, ahora, gracias a Las Veinte –así las llama él–, esos expertos podrán obtener mucha información sobre la especie, sus movimientos migratorios y los cambios de tendencia que estamos viviendo. Y con todos esos datos podremos ayudarlas mejor para que se recuperen.

El rabilargo le responde que mientras sigan existiendo las redes fantasmas, las embarcaciones que chocan con ellas, el mar sea una sopa de microplásticos, sigamos destruyendo las playas donde anidan o la temperatura del planeta siga subiendo, da igual que salvemos a veinte que a cuarenta, que con el engorde en Algeciras, después de pasar por Rodalquilar para ver si nadan bien, solo les estaremos dando unas pocas opciones más de sobrevivir en un mar de minas. “No es poco…”, comienza a decir el angelito. Pero el diablillo, que se ha calentado, lo interrumpe, lo arrincona y comienza a hacer preguntas al aire mientras lanza rayos con su tridente en todas direcciones:

¿Todo bien? ¿No se convirtió el nido en una guerra de egos de expertos desde el mismo momento en el que apareció para saber quién se hacía cargo de él, si los del Ministerio, si los del CSIC, si los de la asociación que atiende los varamientos en Almería, si la Junta de Andalucía?

“¿Por qué no se dio ninguna información a la población hasta que no faltaban dos semanas, como se hace en otras provincias? ¿No confían en los almerienses? ¿Tenían miedo a no estar a la altura? ¿No sabían cómo protegerlo durante dos meses?

Si se mantuvo en secreto la posición del nido para protegerlo, ¿por qué cuando hay un acto vandálico contra él no se decide comenzar la custodia? ¿Por qué si a los voluntarios se les aplaude por su excelente trabajo ni siquiera se les ha pagado un seguro, la manutención y el desplazamiento hasta el nido? ¿Tan difícil es encontrar en un mes y medio 1.500 euros para cubrir esos gastos cuando, probablemente, en la comida que se regalaron los políticos cuando se hicieron las fotos se gastaron más que eso?

¿Por qué no han aprovechado para hacer educación ambiental dos meses en las redes y en los medios de comunicación y captar la atención de todos con el nacimiento de las tortugas como se hacen en otras provincias, donde hemos podido seguir vía streaming el nacimiento de las mismas?

¿Por qué no se implica a todos los colectivos ambientales en su custodia como en otras provincias, que se cuenta con varias asociaciones que se podían haber repartido el trabajo y los gastos de los voluntarios para que no saliesen de su bolsillo?

¿Por qué esos mismos políticos que ahora se hacen las fotos han eliminado las ayudas a la educación ambiental y al voluntariado ambiental desde que llegaron, entre ellas, las destinadas al Proyecto Caretta, que estaba diseñado para enseñar a los trabajadores de playas y a la ciudadanía a identificar los nidos y cubrir los gastos generados por su custodia? ¿Por qué?”.

Al final tengo que pararlo porque me va a volver loco y lo único que le digo es que pregunte a la Consejería de Agricultura, Ganadería, Pesca y Desarrollo Sostenible, porque son los responsables de la falta de un protocolo para que no haya guerra de expertos cuando aparece un nido; de la falta de recursos al voluntariado; del silencio y del oscurantismo respecto al nido; de la poca habilidad de aprovechar el nido para hacer publicidad turística y educación ambiental –que ni siquiera la nombran en su nota de prensa– de la buena, la del proceso, la de la participación ciudadana, la que busca cambios sostenibles en el tiempo, no parches puntuales e improvisados por los propios voluntarios.

Eso sí, el año que viene por estas fechas, el señor Moreno Bonilla volverá a Mojácar a liberar las tortugas engordadas mientras habla de la importancia de conservar los mares. Se rodeará de los voluntarios a los que dará las gracias y una palmadita en la espalda.

Espero que ese día se traiga un pico para comenzar a tirar El Algarrobico, que está al lado, y se deje de bonitas palabras contra el Ministerio, porque ya estamos cansados de ellas. En este nido, por parte de la Consejería de Agricultura, Ganadería, Pesca y Desarrollo Sostenible, ha habido en apenas dos semanas muchas palabras, muchas fotos, pero no han estado a la altura de la ciudadanía, que encontró el nido y gastó su dinero, su tiempo e ilusión por sacarlo adelante.

Por cada experto, por cada político, hacen falta miles de educadores ambientales para que la ciencia y el conocimiento calen en toda la población.

MOI PALMERO

GRUPO PÉREZ BARQUERO


CULTURA - MONTILLA DIGITAL


AYUNTAMIENTO DE MONTILLA

AGUAS DE MONTILLA


DEPORTES - MONTILLA DIGITAL


LA ABUELA CARMEN - LÍDER EN EL SECTOR DEL AJO, AJO NEGRO Y CEBOLLA NEGRA


FIRMAS

Montilla Digital te escucha Escríbenos