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Mostrando entradas con la etiqueta Aprendiendo a mirar [Moi Palmero]. Mostrar todas las entradas
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1 de junio de 2021

  • 1.6.21
Si reducimos los 4.500 millones de años de la vida de la Tierra en un solo año, los seres humanos llevaríamos sobre ella solo los últimos cuatro segundos del 31 de diciembre. Eso nos demuestra que el planeta no nos necesita para sobrevivir. Sin embargo, nosotros a él, sí.


En esos cuatro segundos, 250.000 años, nos hemos multiplicado exponencialmente, pasando del millón de habitantes que había en el 10.000 a.C., a los 7.800 millones que hay en la actualidad. El gran crecimiento poblacional coincidió con la Revolución Industrial y desde 1800 hemos multiplicado casi por ocho los mil millones de personas que había en ese momento (0,0048 segundos). Se calcula que en el año 2100 seremos 10.900 millones y que La Tierra no puede soportar más de 12.000 millones de seres humanos.

Para muchos, son cifras, predicciones catastrofistas sin base ninguna porque, según ellos, La Tierra puede generar alimento y recursos suficientes para todos: solo hay que aprender a distribuirlos de manera justa y equitativa.

No sé que da más miedo, si saber que no podremos alimentar a tanta gente o pedir a los ricos que repartan sus ganancias, algo que, ya nos advirtieron con aquella imagen del camello y el ojo de la aguja, no sería nada fácil. Si Jesús levantase la cabeza no tendría que reescribir nada de la Biblia: la de templos y obispos con los bolsillos llenos que se iba a quitar de en medio...

Esa sobrepoblación y nuestras necesidades de recursos para sobrevivir han conseguido que provoquemos la sexta gran extinción de especies (la próxima, dicen los expertos, será la de los mamíferos), que hayamos creado una nueva era geológica, el Antropoceno, y que estemos inmersos en una emergencia climática sin precedentes en la historia de la humanidad.

Cuatro segundos hemos tardado en alterar el equilibrio terrestre, cuatro segundos de consecuencias impredecibles, cuatro segundos nos han bastado para destrozar el paraíso del que nos echaron en su momento. Quizás ahí el Creador se equivocó al no reconocer su error y haber empezado de nuevo con otro pegote de arcilla.

No es nuevo lo que está pasando sobre el planeta, pero sí es la primera vez que todos esos cambios están provocados por una sola especie o, como decía Richard Dawkins, por el gen egoísta que es el que evoluciona para reproducirse. Para este autor, el individuo, la sociedad, la humanidad, están en manos de esa unidad mínima que, en su afán de sobrevivir, se adapta y evoluciona, sin importarle nada a su alrededor.

Entender por qué destruimos el planeta se me hace cada vez más difícil. Intentar comprender por qué a pesar de todo lo que conocemos, de las múltiples evidencias, aún seguimos pensándonos inmortales, intocables, todopoderosos, los elegidos, me produce desesperación.

Quizás lo complicamos todo con la teología, con la ciencia, con la biología, con la economía, con la psicología, con la sociología, con tantas creencias, dogmas y estudios científicos que desarrollamos para entendernos, para entender lo que pasa a nuestro alrededor.

Quizás estemos destinados, programados, para hacer lo que hacemos, y que nuestro castigo, como el de Sísifo, sea el de soportar una pesada carga que vuelve a martirizarnos continuamente. Quizás nos equivocamos y cometimos el error de no haber apelado solo a la belleza de la naturaleza para hablar de su conservación.

Hace unos días intentábamos explicarles a un grupo de ancianos la importancia de los cuatro bosques para nuestro pueblo, y les incidíamos que luchan contra la erosión, regulan las temperaturas, protegen la biodiversidad, nos ofrecen el agua que necesitamos.

Les hablábamos de los errores cometidos, de nuestra responsabilidad para las generaciones futuras, de la delicada situación en la que nos encontramos, de la urgencia de las medidas que hay que tomar. Una charla que terminamos con la frase “y por todas estas razones tenemos que conservar los bosques”, y a la que una de las asistentes añadió, con un hilo de voz casi imperceptible, como si fuese una reflexión personal que se le escapó sin querer, “y por la belleza”.

Así que, para celebrar este año el Día Mundial del Medio Ambiente, en honor a esta mujer que con sus palabras, sus imágenes, sus recuerdos, me hizo reflexionar, y de paso aprovecho para rendirle un humilde homenaje a Aute en el primer aniversario de su muerte, hago míos sus versos y “reivindico el espejismo, de intentar ser uno mismo, ese viaje hacia la nada, que consiste en la certeza, de encontrar en tu mirada, la belleza, la belleza, la belleza”. Disfrútala.

MOI PALMERO

5 de mayo de 2021

  • 5.5.21
Las casualidades han hecho coincidir la 41.ª Feria del Libro de Almería con la efemérides del Día de las Aves que se celebra el próximo 8 de mayo. Y, a mi juicio, tienen mucho en común. Como las aves migratorias, empujadas, mecidas, acompañadas por el viento, vuelan los libros. Entre sus páginas, enredadas como en sus cantos, en sus picos, en sus plumas, las palabras, las ideas, las imágenes, se entremezclan para mostrar la vida que transcurre sin nuestra intervención. Hay un mundo que aún no comprendemos, un mundo en equilibrio que protegen los libros entre sus hojas, y las aves bajo sus alas.


Sabemos que están porque en los momentos más inesperados nos deleitan con su canto, posan seguras, humildes, naturales ante nosotros, o nos sorprenden con sus impresionantes nidos en las ventanas de nuestros hogares. Simbolizan el sueño de libertad, la belleza de la naturaleza, el paso de las estaciones, de las agujas del reloj.

De tamaños, siluetas y colores dispares, inverosímiles, majestuosos, evocadores, las encontramos en todos los ecosistemas del mundo, a veces de forma permanente, otras de paso, para reproducirse, para descansar, para disfrutar del verano, para pasar el invierno. Nos protegen y no lo sabemos, nos previenen y no las escuchamos, nos enseñan y no aprendemos, nos liberan y las encerramos.

La interacción con ellas refleja nuestra esencia, la de lo humano, lo terrenal, la biología, los instintos de supervivencia, y lo divino, la mística, la evocación, la necesidad de trascender en el tiempo, la religión.

Las cazamos, las depredamos, las coleccionamos para alimentarnos, para vestirnos, para comerciar, para hacer más agradables nuestros momentos de ocio, de diversión, de placer, para representar nuestro estatus. Pero a su vez forman parte de nuestras creencias; son la llave que nos conduce a la salvación, a lo inalcanzable, a lo prohibido, a lo reservado a unos pocos, a los elegidos.

Las inmortalizamos desde el principio de los tiempos en cuevas, frescos, esculturas, poemas, canciones, fotogramas y fotografías. Las hemos observado sorprendidos, curiosos, maravillados, intentando entender por qué aparecían y desaparecían de nuestras vidas, el secreto que las hacía volar, cantar, el misterio de las migraciones.

Construimos pequeños autómatas para reproducir sus cantos, para intentar volar como ellas, para intentar igualarnos a ellas, pero nunca lo conseguiremos. A pesar de nuestros avances, de nuestros logros, de nuestra tecnología, nunca podremos igualar la magia, la belleza, la fuerza, la originalidad, la diversidad, el color, la paz y la energía de las aves, de la naturaleza, y de los libros.

Nos encontramos en un momento clave para el planeta, para nuestra especie y el declive de muchas especies, sus cambios de comportamiento, de sus patrones migratorios, son el claro ejemplo. No podemos cambiar el pasado, pero sí encauzar el futuro.

Bajo nuestra responsabilidad está el intentar corregir los errores cometidos, minimizar los daños causados, prevenir las consecuencias de nuestros actos. Tenemos la necesidad, la urgencia, la obligación de hacerlo. El tiempo se nos acaba, ya no hay dudas, las certezas científicas, los datos aportados y la realidad que vivimos nos lo muestran día a día. Negar las evidencias es negarles la última oportunidad a nuestros hijos.

Ese rayo de esperanza es la Educación Ambiental. Es la clave, el interruptor que nos permita cambiar de dirección, los cimientos sobre los que sustentar el futuro, el proceso reflexivo que nos ayude a buscar las soluciones de los problemas ambientales que afectan a nuestra generación, pero pensando en las venideras, en el mañana. Es una llamada al estudio, a la reflexión, al análisis previo para pasar con determinación a la acción, para convertirnos en parte activa del cambio.

Para conseguir esa transformación debemos impregnar con esos principios cada uno de los eslabones de la cadena, en todas las direcciones, en todos nuestros actos. Por supuesto que debe estar dirigida a la ciudadanía, pero no podemos olvidar el esfuerzo que las administraciones y el sector empresarial deben hacer para caminar todos en la misma dirección. Si no se hace global, de forma conjunta, transversal, los esfuerzos se difuminarán en el espacio y en el tiempo.

Son muchas las herramientas, las técnicas, para conseguir esos objetivos. La literatura y la observación de las aves, son algunas más. Mezclarlas es maravilloso.

MOI PALMERO

20 de abril de 2021

  • 20.4.21
Cada vez que puedo, reivindico la importancia de la educación ambiental para construir un modelo social diferente. Y es cierto que casi siempre lo hago desde un punto de vista teórico que, a muchos, le parecerá ambiguo y difícil de llevar a la práctica. Aprovechando la suelta hace unos días de 30 ejemplares de cerceta pardilla en el Paraje y Reserva Natural Punta Entinas- Sabinar, cerca de las localidades almerienses de El Ejido y Roquetas de Mar,  voy a intentar ser más directo.


La imagen que quedará para el recuerdo es la de un grupo de políticos soltando los ejemplares con los técnicos en segundo plano indicándoles cómo hacerlo. Para muchos, una bonita sesión de fotos más, organizada por algún gabinete de prensa al que sus jefes habrán felicitado, porque su objetivo de lustrar y sacar brillo lo ha cumplido con creces.

Una jornada mil veces repetida para hacerse publicidad, sacar pecho y utilizarla en el futuro con intereses partidistas. Una forma de actuar que da la sensación de compadreo, de amiguismo, de clasismo. Una puesta en escena usada para lucir el poder, para meter el dedo en el ojo ajeno. No es cuestión de colores e ideas: es de protocolos establecidos dentro de los partidos políticos. Todos hacen lo mismo.

Cada vez que veo imágenes parecidas pienso en una oportunidad perdida para lanzar un mensaje positivo, colaborativo, educativo, integrador, participativo, constructivo, a la ciudadanía porque, por desgracia, a pesar de que el motivo es ilusionante para la conservación de la especie, las fotos nos traen el amargo recuerdo de los documentales del NO-DO.

Esas imágenes habrían ido acorde con las palabras que pronunciaron si en ellas hubiesen aparecido representantes de las asociaciones conservacionistas que llevan décadas defendiendo y poniendo en valor la biodiversidad de ese espacio protegido, sensibilizando sobre la delicada situación de la cerceta pardilla, y otras muchas especies, y organizando actividades de participación ciudadana, de educación ambiental.

Invitarlos hubiese sido un gesto de agradecimiento para reconocerles su esfuerzo, su silenciosa y constante labor. No podemos olvidar que gracias a la defensa, a la reivindicación, a la presión, de un grupo ecologista, ese espacio se protegió y se salvó de la especulación urbanística y agrícola que imperaba en los años ochenta.

También habría sido interesante que apareciese un represéntate del Ayuntamiento de El Ejido, porque no podemos olvidar que Punta Entinas Sabinar está dentro de los dos términos municipales y las cercetas pardillas no entienden de fronteras. Su presencia indicaría que se tiene intención de trabajar con el mismo objetivo: hacer políticas comunes para la conservación de los valores naturales y culturales del espacio protegido.

Es una pena comprobar que el arreglo del sendero que cruza el espacio se vaya hacer hasta la frontera, o que un destartalado cartel de uno de los ayuntamientos luzca en el camino, o que con un simple paseo por la playa sepas cuando pasas de un municipio a otro, o que hayan empezado una carrera veloz para ser los primeros en construir un centro de visitantes.

Para lo único que se han puesto de acuerdo es para anunciar, justo antes de unas elecciones municipales, el arreglo de la Torre de Cerrillos, algo que, tres años después, por supuesto no han cumplido con la excusa de que todo lleva su tiempo y hay que tener paciencia.

Hubiese sido maravilloso ver a los jóvenes de un instituto cercano, que podrían haber ido incluso andando, compartir una jornada con sus representantes políticos, para demostrarles que lo que se hace es por ellos, por salvaguardar su futuro, y de comunicarles que los necesitamos, porque sin su participación, sin su compromiso, de nada valdrá el trabajo realizado.

Pero se hizo como siempre, y las palabras sonaron poco creíbles al darle protagonismo a los que hablan de proteger las especies pero destruyen sus hábitats para construir hoteles, o los que llevan años empujando los limites para reducir la zona protegida, o los que en su día quisieron meter jirafas entre las dunas, o los que permiten que sus familiares construyan invernaderos dentro de los límites del paraje natural.

Nos dirán que por el covid no podían invitar a más gente, pero, después de lo que seguimos viendo, sonarán a excusas. La única verdad que se transluce de esas imágenes es que no tienen ninguna intención de construir otro modelo social diferente y que para los políticos, para los gestores, y por desgracia para muchos científicos, la educación ambiental es la coletilla final que da puntos para conseguir los fondos europeos.

Créanme cuando les digo que mi opinión pretende ser constructiva, aunque algunos se sientan señalados. Debería intentar decir las cosas de otra manera, o quizás, y sería más provechoso para mí, debería aprender a callarme.

MOI PALMERO

30 de marzo de 2021

  • 30.3.21
La imagen de Mónica García mirando retadora a la cámara y rechazando el ofrecimiento de Pablo Iglesias de ir todos a una bajo su mando para derrocar a Ayuso es la fiel representación de la pérdida de confianza en la figura del líder de Podemos.


Todos entendimos el claro mensaje de “Cómeme el donut que le lanzó educadamente con una sonrisita sarcástica. Perdonen si le parece vulgar la expresión que utilizo, pero desde que fue el hit musical de la última Feria del Libro celebrada en Almería, la he incluido dentro de mis citas literarias. Ansioso estoy por ver con qué nos sorprenden este año.

La decisión de dejar la Vicepresidencia para presentarse a las elecciones a la Comunidad de Madrid nos sorprendió a todos. Para muchos, es un gesto valiente, un acto casi heroico, un sacrificio que pocos harían. Para otros es una renuncia, un paso atrás, una manera digna de retirarse de la primera línea de la política.

Algún día conoceremos las verdaderas razones que le llevaron a tomarla, pero lo que está claro es que el resultado del 4 de mayo determinará si es un hábil y osado estratega, o un loco con don de palabra –aunque dicen que en el término medio está la virtud–.

Sabemos que Pablo tiene un gran concepto de sí mismo. Solo esa confianza desmedida en sus posibilidades le podría hacer pensar que todos dejarían sus proyectos para ponerse detrás de él. Es cierto que hace cinco años lo consiguió.

Muchos le creímos, confiamos en sus palabras porque nos reconocíamos en ellas, pero a medida que ha ido pasando el tiempo su historia personal y la de Podemos se está pareciendo mucho a la del Cerdo Napoleón de Rebelión en la Granja, el libro de George Orwell .

Supongo que para conseguir todo lo que ha conseguido en tan poco tiempo hay que hacer las cosas como se hicieron: sin dudar, directos, a por todas, caiga quien caiga, a ganar o perder. Lo han tachado de soberbio, prepotente, autoritario, dictatorial, déspota.

Sus declaraciones, sus acciones, sus acusaciones, su forma de decir las cosas y dirigir el partido le han supuesto muchas críticas y ahora sus palabras, sus denuncias, sus clases de ética y moral política le están volviendo como un boomerang ante las evidencias de su comportamiento.

Para muchos, la compra del chalet de Galapagar fue el comienzo de su declive, de su falta de credibilidad, de coherencia. Se sintieron defraudados porque vieron que lo que decía era diferente a lo que hacía. El sólido, generoso y ejemplarizante líder dejó al descubierto sus miserias, sus fragilidades, y hubo respuestas que no convencieron. La abnegada confianza en sus promesas, en sus gestos, en su objetivo, empezaron a resquebrajarse y, cuando lo pusieron en duda, cortó por lo sano.

Se fue quitando de encima a todos los que le ayudaron a derribar las murallas y se rodeó de otro equipo que asiente en todo lo que propone como si fuese la verdad absoluta. Pablo no quiere críticas, ni que le lleven la contraria, ni que cuestionen su liderazgo.

Se ha quedado solo y muchos de aquellos y aquellas que fue dejando en el camino son ahora con los que tiene que negociar, pactar, para reagrupar la izquierda que, durante un tiempo, pareció unir, pero que, pasado el impulso, ha dejado más disgregada que nunca. Son muchos que, como Carlos Tarque canta, creyeron que eran una misma cosa, un barco imposible de hundir, y que ahora le preguntan por “las palabras que desde el corazón dijiste una vez”.

Que pierdan la confianza en ti es de las cosas más dolorosas que nadie puede sufrir en vida. Mirar a los ojos a alguien que en otro momento hubiese dado todo por ti, que te hubiese seguido a donde le pidieses, buscando una razón entre los recuerdos, entre los recortes de prensa, entre las fotos añejas, para creerte, es frustrante, porque descubres que hay cosas que son irrecuperables, por mucho esfuerzo e interés que pongas en reparar tus errores.

La negativa de Más Madrid, quiero pensar, que no fue a través del vulgar comentario que imaginé al principio, sino que a la pregunta de Pablo de “¿puedo contar con vosotros?”, Mónica le respondiese con los versos de Benedetti: “Compañero, usted sabe que puede contar conmigo. No hasta dos o hasta diez, sino contar conmigo. Pero hagamos un trato: yo quisiera contar con usted”.

Mi duda es si Pablo sabrá asimilar su nueva posición en la política española, porque Podemos se bate en retirada, y él ya ha perdido la confianza de gran parte del electorado y, lo más doloroso, de los compañeros con los que un día intentó –y estuvo a punto de conseguir– asaltar los cielos.

MOI PALMERO

23 de marzo de 2021

  • 23.3.21
El testimonio de Rociíto me tiene atrapado. Reconozco que soy uno de los 10 millones de españoles que la vieron. En otro tiempo lo hubiese negado para proteger mi imagen, pero ahora no me avergüenza, sobre todo, cuando descubrí que muchos políticos estuvieron enganchados a la televisión.


Unos lo evidencian a través de sus tuits y sus declaraciones, y otros aún mantienen la distancia, intentando no verse envueltos en estos temas del papel couché, no vaya a ser que se fijen en ellos y comiencen a destapar sus vergüenzas.

Los que se han manifestado en las redes sociales son los nuevos políticos, los jóvenes, los que tienen títulos universitarios reales, los que saben idiomas, los que han viajado, los que se han formado gracias a la educación pública y han crecido denunciando el poder que han ejercido los medios para cambiar el sentido del voto. Algo que siempre tuvieron muy claro, en lo que han trabajado desde el principio y a lo que deben gran parte de su éxito.

Comprendieron que los medios eran la clave para ganar posiciones. Aprendieron, por sus experiencias personales, que los debates políticos en televisión tienen un público muy concreto con su voto prácticamente decidido, y que la polémica, el insulto fácil, la provocación, lo soez y lo vulgar los colocaba delante de las cámaras, que no entienden de verdades o mentiras pero sí de audiencias.

Lo que nos queda claro es que esta nueva generación de políticos quiere controlar los medios para influir en el votante y no se esconden. Nada nuevo: por desgracia lo han hecho todos los gobiernos, desde municipales a estatales.

Si hace falta crear nuevos y afines los crean; si hay que amenazar con cerrar algunos de los clásicos, lo hacen; si deben prometer prebendas, las prometen. Pero saben que llegar al gran público. Y en un mundo tan diverso y plural, es la clave para sobrevivir y crecer. El marketing, la imagen, es más importante que el programa electoral ya que éste, si hace falta, se puede romper, falsear y cambiar según las necesidades.

Algo evidente, y parece que algunos partidos aún no lo han asimilado, es que los votos de los eruditos, los que saben de economía, de políticas sociales, los de chalet, traje y corbata valen igual que el de los jóvenes sin futuro, los consumidores de cotilleos y los poco informados y ninguneados ciudadanos. Esos son igual de influenciables y manejables que el resto, pero hay que buscarlos en otro sitio y llegar a ellos por las emociones, no por la razón.

Por eso a los nuevos políticos no les avergüenza basar su campaña de recaudación de impuestos en un influencer con sentido común, o conectar con programas de televisión a los que han denunciado una y otra vez por su falta de escrúpulos a la hora de buscar lo que ellos llaman “noticias”.

Lo que hizo Irene Montero el otro día al entrar en el debate, además de devolver el apoyo de sus presentadores a su partido, es legitimizar este tipo de programas que no dudan en hundir a una persona para ganar audiencia.

No podemos negar que el mensaje contra la violencia de género es muy positivo, pero no podemos olvidar que fue ese programa, esa cadena y esos colaboradores los que permitieron que el presunto maltratador se lucrase, provocando la caída a los infiernos de esa mujer y de otros muchos.

No vale con las disculpas, con el “nos hemos equivocado”, porque el mensaje es claro y evidente: por la audiencia, por el voto, por la economía, todo está permitido. Como no se puede permitir, por mucha libertad de expresión y periodismo de investigación que nos quieran vender, que una delincuente negocie desde la cárcel un documental para contar cómo asesinó a un niño y que no se pueda hacer nada para salvaguardar su memoria y el dolor de sus padres.

No han infringido ninguna ley. Podríamos incluso decir que son los más listos de la clase porque se han adelantado a los demás partidos al buscar el voto en otros lugares donde antes no se hacía; que lo único que hacen es utilizar el mismo sistema que otros crearon. Pero, a mi juicio, hay líneas éticas que no se deberían cruzar. Y favorecer este tipo de programas es una de ellas.

La cuestión que ronda en mi cabeza es si la ministra y, hasta ahora, el vicepresidente, vieron el testimonio sentados en su sofá y lo del tuit fue un impulso, o ya sabían lo que se iba a contar y los equipos de imagen de su partido habían preparado la campaña con antelación. Tanto una opción como la otra me dan mucho miedo.

MOIS PALMERO

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