:::: MENU ::::
Mostrando entradas con la etiqueta Agua llovida [Antonio López Hidalgo]. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Agua llovida [Antonio López Hidalgo]. Mostrar todas las entradas

1 de febrero de 2021

  • 1.2.21
Escribe Manuel Vicent que las noticias se han convertido en pócimas inoculadas con una dosis de veneno y falsedad a partes iguales. Tal vez esta afirmación se exceda por demasiado genérica, pero es cierto que, en estos tiempos de posverdad, la realidad se cuece a distintas temperaturas según el medio y las redes.


El mundo que nos cerca no solo lo conocemos a través de los periodistas, también políticos y empresarios se han adueñado de todas las plataformas y escuchamos sus ecos allende nuestras vidas. El coronavirus ha venido, además, para vaciar las redacciones de profesionales y los ha atrincherado en sus casas, provistos de las tecnologías necesarias para realizar entrevistas por videoconferencia en cualquiera de las plataformas posibles y contrastar notas de prensa vía telefónica.

Afuera quedó el mundo, abandonado y deshecho, con sus ciudadanos confinados y perplejos frente al devenir. Con toda probabilidad, muchas páginas de los diarios impresos y digitales se elaboraban desde la redacción del medio, ahíto y sobredimensionado de noticias posibles provenientes de instituciones y organizaciones, ya redactadas previamente para facilitar el trabajo de los profesionales, una mirada ya puesta ante sus ojos, declaraciones servidas al antojo de cada cual, como el chef que sirve la salsa al gusto del comensal para la carne o el pescado del plato más exquisito.

Siempre hubo periodistas de mesa y de calle. Los primeros seleccionaban y ordenaban los teletipos que nos decían cómo venía la actualidad allende nuestras fronteras, diseñaban las páginas del diario y se reunían para ultimar el contenido de la primera página. Los segundos, ataviados de buenos zapatos y una libreta, se echaban a la calle a descubrir y describir el mundo.

El coronavirus les impuso una disciplina que veían absurda, y en verdad lo era, pero la necesidad de contar a los ciudadanos qué pasaba en otras partes, y ahora también en su propia ciudad, metió a la profesión en un crucigrama de soluciones inviables.

Pese a tanta adversidad, y aunque desde nuestra terraza todo parecía encallado o muerto, supimos que la vida seguía a horcajadas allá donde la mirada no nos podía llevar. Tal vez, el periodista tuvo entonces que mirar hacia adentro de él mismo, donde nunca le dio por entrar, porque los libros de estilo le imponían un método y una ética cuya línea pocos se atrevieron a cruzar jamás. Ahora, curiosamente, volviendo la mirada del revés, advirtieron que aquella inmersión hacia sus propios intestinos les llevaba también a historias que les habían pasado desapercibidas hasta el momento.

El periodista, parapetado entre sus compañeros en aquellas redacciones hoy de leyenda, no se planteaba quién leería sus textos, ni para quién escribía, porque, abandonado a su suerte, todos los ciudadanos, supuestamente, están colgados a la actualidad de cada día.

El escritor, sin embargo, sospechaba que, cuando escribe y vacía sus intestinos en un manojo de folios, duda si alguien algún día leerá esas páginas y si compartirá esas dudas indelebles que siempre le ataron a una soledad a prueba de cualquier virus.

El problema en cuestión va más allá, ya que prácticamente todos los periodistas también son escritores, o lo fueron o lo serán alguna vez. Es ahí cuando el mundo empieza a recortarse en sus aspiraciones informativas y se mete adentro de sus vísceras para contrastar si el mundo que se ahogaba en sus adentros se asemeja en algo a la vida que dejó atrás cuando la covid-19 lo encerró en las sensaciones desatendidas de otros días.

Cansados de la realidad, nos vemos atrincherados en la ficción, pero, será por falta de costumbre, nuestros lectores siguen indagando entre párrafo y párrafo dónde dejamos el mundo que a ellos ahora les trae de cabeza. Y piensan que aquellas metáforas más líricas o aquellas confesiones más escurridizas son renglones arrancados a nuestro indestructible yo, a esa otra vida que escondimos entre pulmón y pulmón y que ahorra esa lectora atenta y fiel entiende que esta enfermedad colectiva le ha llevado, como buen malabarista, a sujetarse en equilibrio en el alambre de una sinceridad bien pertrechada.

Y aunque este lector, que siempre lo fue, confiesa por activa y no por pasiva –la voz pasiva está prohibida en el periodismo, aunque estos textos tampoco lo sean, pero el hábito hace al monje– desgañitándose en una retórica de retruécano y de inefectividad que eso que cuenta no es su vida, que es la imaginación la que le inspira.

Pero es probable, claro, que este escritor que siempre lo fue, pero que ahora escribe literatura –llamémoslo así– concibe sus creaciones en una primera persona que no es él. Porque sencillamente piensa: dónde está él, es decir, dónde estoy yo, que ahora escribe en primera persona entre pecho y espalda, abusando de adjetivos y adverbios, con frases retorcidas mancilladas con poesía oscura, incluso profunda, con párrafos llenos de vida, tal vez de una vida inventada, o bien de una vida que él ignoraba que creía ahí donde nunca miraba.

Y ahora sabe por sus lectores, sobre todo por una lectora, que sus narraciones laten como un corazón vivo puesto en mitad de la mesa, que el mundo que ha dejado afuera es parte inalienable de este otro puzle que le atenaza hoy su propia identidad, sus sueños no cicatrizados, sus noches largas de alcohol y amores efímeros, de labios que invitaban a compartir la soledad de un destino desconocido y donairoso.

Ahora ya sabe para quién escribe: para él mismo. Y quién lo diría: también para ella, que lo conoce.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

25 de enero de 2021

  • 25.1.21
La fatiga pandémica nos arrastra cada día a una desesperación controlada, a una monotonía agotada, a una necesidad consolidada de aspirar a cambiar los días. No ya de volver a una vida anterior, sino de saber, acaso, si hay un fin posible a estos momentos negros. El pensador esloveno Slavoj Žižek dice que unidos nos salvaremos. Dice también que a todos nos envuelve una fatiga crónica que no nos deja mirar alrededor.


En primavera sufríamos más, pero ahora la gente es indiferente, dice: “Nadie sabe qué va a pasar. La gente está literalmente perdiendo el deseo. En Sarajevo, con los francotiradores en los tejados, la gente luchaba por sobrevivir; después, cuando acabó la guerra, llegaron los suicidios. Me temo que ahora pase lo mismo. En medio año puede que la crisis sanitaria esté controlada, luego vendrá la económica, y la tercera ola será psicológica, los derrumbes emocionales, las generaciones destruidas”.

Vistas las cosas de este modo, el mundo se empequeñece a cada instante, como un laberinto de sensaciones que nos atrapa y nos confunde. Toda crisis amarra sus secuelas en sus últimos golpes. El mundo anterior cayó de golpe y, más tarde, se fue desmoronando pieza a pieza, como una eterna lluvia de granizo que cubrió las calles de un color indefinido y denso, a veces semejante al vacío, y en ocasiones de una delgadez tan invisible que parecía no estar en ninguna parte, solo más adentro de nosotros.

La covid-19 aporta paralelamente otras crisis que no se ven a primera vista pero que, como un iceberg, van mostrando una esquina de su dolor y su amenaza. La tercera ola es un ciclón que ha metido al mundo en una coctelera que gira sobre sí misma a una velocidad de vértigo.

El pasado jueves se alcanzó el punto más alto de casos por contagio. El Informe de la Sociedad Andaluza de Medicina Intensiva y Unidades Coronarias, en su informe de 16 de este mes, ya advertía de que la curva de nuevos casos se incrementaría mucho durante la pasada semana.

Decía también que el estándar de ingresos por casos diagnosticados subía al 1,6 por ciento y que, a partir de una ocupación estimada del 60 por ciento, se aplicaría de nuevo el 1 por ciento por la falta de camas. Y concluía diciendo que la tasa esperada de altas se seguía estimando de nuevo en función de la tendencia de altas respecto a pacientes ingresados.

Las estadísticas no registran en sí mismas la soledad de cada cual, pero encierran de manera incómoda el diagnóstico de estos días de incertidumbre y maldiciones. Se auguran los días peores para los hospitales, las víctimas retorciéndose sin aliento en camas prestadas que pronto abandonarán para que otro enfermo ocupe su lugar.

Y afuera, en la inconsciencia que nos infunden las fiestas que nunca tuvieron que celebrarse, algunos ciudadanos bromean con burlas desgastadas y anacrónicas y piden una risa deshilachada y disuelta como reconocimiento a su ridícula escenificación. También lo ha anunciado Žižek: “Todavía no estamos ahí, pero el humor volverá y será oscuro y brutal”.

Mientras tanto, hay quien alimenta las teorías conspirativas, los acertijos sin solución, las adivinanzas famélicas, los sueños truncados. Hay quien busca todavía una solución en el zinc de los tejados cuando el agua turbulenta de las tempestades castiga las tierras donde llueve sobre mojado.

Hay en cada disparate un argumento vencido y en cada silogismo un enigma nunca resuelto. El mundo se desvanece a nuestros pies y nosotros, cada uno a su modo, lo celebra con una botella de cava y medio de kilo de confetis esparcido por las calles. Con fuegos artificiales, por supuesto.

Hay una fatiga pandémica que llevamos incorporada a la espalda como una tortuga sostiene su caparazón, sin que sepamos todavía si será de por vida y deseando desprendernos de ella en cualquier esquina.

El pensador esloveno tampoco cree en las teorías conspirativas: “La covid no cayó del cielo, no salió de una sopa de murciélago en un rincón de Wuhan, forma parte de un sistema. No en el sentido new age, como una venganza espiritual de la naturaleza contra el capitalismo. La covid es materialismo puro, un proceso vacío de significado, algo que simplemente ocurre, pero por supuesto que lo hace en unas condiciones económicas determinadas. La naturaleza se recuperará, eso no me preocupa, la cuestión es si habrá lugar en ella para nosotros”.

Así que aquí estamos, mientras la tercera ola de la covid se cobra nuevas víctimas y los hospitales se preparan para vivir sus días más duros. Siempre son más duros. Así que aquí estamos con la fatiga a los hombros, cayéndosenos por los brazos como hierro fundido, como lava muerta e invisible y, pese a todo, con unas ganas también duras de vivir, de ponerle margaritas al amanecer, de mirar un paisaje desvaído que procuramos reconstruir cada noche metiéndonos en sueños prefabricados pero reconfortantes, anchos como un día con luz y alegres como eran los días antes de que esta pandemia habitara los últimos rincones de un planeta castigado y arrinconado en el confín del universo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

18 de enero de 2021

  • 18.1.21
Watergate es el precedente prototipo y más sonado de lo que tradicionalmente se conoce como periodismo de investigación, un caso en el que los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein requirieron participar activamente, investigando tenazmente y contrastando los hechos, con la ayuda de fuentes internas clave, y que hizo caer a Richard Nixon de la Presidencia de EE UU.


Un modelo anterior son los papeles del Pentágono, publicados por The New York Times poco antes de Watergate, que destaparon la historia clasificada de la guerra de Vietnam, impulsada por el Departamento de Defensa de EE UU, y que contenía una versión menos suave del conflicto que aquella otra que los ciudadanos conocían hasta entonces.

Neil Sheehan consiguió dos hitos clave en la historia del periodismo del siglo XX. El primero, la exclusiva de los documentos que demostraban que el Gobierno de los Estados Unidos mentía de forma sistemática y que estaba mandando a sus soldados a morir en Vietnam a pesar de saber que su sacrificio sería inútil. Esos documentos son conocidos como Los papeles del Pentágono.

Su segundo gran hito fue la resolución del Tribunal Supremo de Estados Unidos que garantizaba el derecho a publicar los documentos, una de las mayores victorias de la libertad de expresión en el siglo XX. Nunca la prensa había sido tan respetada como entonces y nunca más lo sería en el futuro. Ni siquiera con el caso Watergate, escribe Juan Carlos Laviana.

El pasado jueves murió Neil Sheehan a los 84 años en su casa de Washington. Hijo de inmigrantes irlandeses, nació en Holyoke, Masachusetts. Se graduó en la Universidad de Harvard y con 25 años llegó a Vietnam para cubrir la guerra, un conflicto que costó millones de muertos. Allí estuvo cuatro años. 

En 1964 escribió: “Me pregunto, cuando miro las aldeas campesinas bombardeadas, los huérfanos mendigando y robando en las calles de Saigón, y las mujeres y los niños con quemaduras de napalm en los hospitales, si Estados Unidos o cualquier nación tiene derecho a infligir este sufrimiento y degradación a otra gente para sus propios fines”.

Stephen Reese, vicedecano de la Escuela de Comunicación de Texas, asegura que históricamente “los periodistas siempre han pretendido las ruedas de prensa y las entrevistas a la tarea, más difícil, de investigar a partir de pruebas documentales, pero los papeles del Pentágono eran literalmente papeles, fotocopiados por la fuente que dio la voz de alarma”. Y añade: “Hoy la tecnología reduce enormemente los escollos para este tipo de filtraciones, y aumenta el valor de documentos materiales, como se ha visto en el caso de WikiLeaks”.

Pese a que es cierto que los papeles del Pentágono es más una filtración que puro periodismo de investigación, nadie discute la trascendencia de su publicación. Como también es cierto que Watergate, basado en la contrastación de fuentes informativas, tampoco fue el primer ejemplo de periodismo de investigación de la historia. Tal mérito debe recaer, sin duda, en el periodismo muckraking que surgió en Estados Unidos a finales del siglo XIX.

El término lo acuña el propio presidente Roosevelt, que comparó a estos periodistas con el hombre del Muck-rake (rastrillo de estiércol) y que basaban sus investigaciones en la denuncia social. Sus investigaciones se sustanciaban en la inmersión. No querían que las fuentes les contaran la historia. La querían vivir por sí mismos.

Nellie Bly representa el caso más sonoro. Ingresó en un manicomio haciéndose pasar por demente. Nada más salir escribió Diez días en un manicomio. Con la publicación de esta crónica consiguió que las autoridades sanitarias emprendieran importantes reformas en los hospitales de salud mental de Nueva York.

Las investigaciones inmersivas de Bly tuvieron sus repercusiones, al igual que la publicación de los papeles del Pentágono por parte de Neil Sheehan, o las investigaciones llevadas a cabo, contrastando fuentes fidedignas, de Woodward y Bernstein no cayeron en saco roto. Al final, las tras modalidades de periodismo de investigación dieron sus frutos.

La filtración que obtuvo Sheehan es la mayor de la historia hasta aquel momento: 7.000 páginas. The New York Times comenzó a publicar sus investigaciones el 13 de junio de 1971. Pronto se unieron a la tarea The Washington Post y The Boston Globe.

Estos informes desvelaban que la Administración Johnson había mentido sistemáticamente al Congreso sobre la importancia trascendental de aquel conflicto bélico y que varios presidentes de Estados Unidos sabían desde el principio que la guerra de Vietnam estaba perdida. El Gobierno norteamericano quiso impedir su publicación, pero el Tribunal Supremo sentenció que la prensa podía seguir publicándolos.

Después de estas exclusivas, Sheehan se dedicó a escribir A Bright Shining Lie (Una mentira brillante y luminosa) sobre la vida del teniente coronel John Paul Vann y la participación de los Estados Unidos en la guerra de Vietnam, que publicó en 1988. Con este libro obtuvo el premio Pulitzer, el galardón más importante del periodismo, y un Premio Nacional del Libro. Steven Spielberg llevó esta historia a la pantalla en 2017 con el título Los papeles del Pentágono.

Sheehan nunca dijo cómo obtuvo estos papeles. En 2015 contó el secreto a The New York Times, con la condición de que no se publicara hasta después de su muerte. En la película de Spielberg, Sheehan tiene un papel muy secundario, pues el mérito lo compartiría también con Katharine Graham y Ben Bradlee, editora y director del periódico de la competencia, The Washington Post. Pero si Sheehan no se hubiese atrevido a fotocopiar, sin el permiso de la fuente, estos informes de la guerra de Vitenam, hoy, con toda probabilidad, no sabríamos qué malditas razones llevaron al Gobierno de Estados Unidos a crear el infierno en este país asiático.

Después de publicar estos informes y de varios años de permiso sin sueldo, Sheehan abandonó The New York Times. Era el precio que tenía que pagar por desvelar la verdad, siempre incómoda. Tal vez esta no fue la primera vez que ocurrió así: tampoco será la última.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

11 de enero de 2021

  • 11.1.21
La pandemia nos ha devuelto al mundo de la lectura. O bien nos ha iniciado en ella. Depende de donde anduviera cada cual, obviamente. Fuera del paraíso del que nos expulsaron y donde hacíamos nuestra vida cotidiana, el mundo se nos antojaba demasiado ancho y desapacible. Así que era lógico que nos recogiéramos en un espacio más estrecho y acogedor como las páginas de un libro.


Las estadísticas vienen a contrariar cualquier pronóstico. Las pérdidas previstas al inicio del confinamiento superaban el 40 por ciento. Aparentemente, la realidad mostraba una foto abrumadora: librerías cerradas durante tres meses, adiós al Día del Libro, a Sant Jordi, a la Feria del Retiro y a todas las demás ferias. El mundo era un libro cerrado.

Aburridos de nuestra vida y encerrados en varios metros cuadrados, el libro se nos apareció de golpe como una lluvia abundante cruzando del desierto. No solo fuimos capaces de abrir un libro y sobrevivir a la lectura de las primeras páginas, sino que, frente a los 47 minutos de media de la antigua normalidad, durante el confinamiento dedicamos a la lectura 71 minutos diarios. Es decir, la media semanal alcanzó las ocho horas y 20 minutos. Y hasta aquí, eso sí, sin desfallecer ni enfermar.

Se supone, por supuesto, que esos 71 minutos estarían divididos en franjas de varios minutos a lo largo y ancho de la mañana y la noche. Un día, lo sabíamos antes también, da para mucho si mucho se aprovecha. Ojalá la vuelta a la libertad callejera y la felicidad desenfrenada no nos aleje de esa otra intimidad recuperada con nosotros mismos y con nuestro alter ego.

Después de todo, la lectura no solo nos lleva a reconocernos en nosotros mismos, o en aquellos otros que nunca fuimos o seremos, sino también en tantos personajes reales o ficticios que conocimos y reconocemos en los buenos libros.

Al respecto, Irene Vallejo, que tanto sabe y ha escrito de escritura y de lectura, en un opúsculo tan bello como breve, Manifiesto por la lectura, nos advierte: “El hábito de leer no nos hace necesariamente mejores personas, pero nos enseña a observar con el ojo de la mente la amplitud del mundo y la enorme variedad de situaciones y seres que lo pueblan. Nuestras ideas se vuelven más ágiles y nuestra imaginación, más iluminadora. Al asomarnos a la madriguera de un relato, escapamos de nosotros y nos proyectamos en los personajes de un país inventado”.

Lo que ya no nos atrevemos a intuir o saber es si ese mundo inventado, o no, lo seguirá siendo en nuestra imaginación y en nuestra memoria. Allá adentro, tal vez, sin nuestro consentimiento, las historias leídas adoptan la apariencia de guiones reales y propios. Es decir, no solo vestimos a sus personajes de una epidermis tangible, también los hacemos nuestros, adoptamos sus vidas falsas con un sometimiento aparentemente inútil.

Pero no, en el fondo, solo queremos indagar en un mundo nuevo porque el otro, ese que sí es auténtico, se muestra evanescente, vacío, sin esquinas en las que guarecernos. Mirábamos hacia afuera y solo había un vacío que no nos consolaba.

Era entonces cuando devolvíamos la mirada a las páginas de ese libro olvidado durante tanto tiempo y que ahora se nos mostraba no solo como un salvavidas o una guarida, sino como la única opción en un futuro deshecho o contrahecho. En cualquier caso, tan abstracto y evanescente que se perdía en la propia mirada.

La pandemia ha dejado otros dos datos dignos de mención. De una parte, la lectura digital creció en diez puntos. Por otro, la brecha de género volvía a coger carrerilla: el 66 por ciento de las mujeres se reconocieron lectoras, frente al 48 por ciento de hombres. Pero la lectura puede traer consigo también la reconciliación con el olvido.

Irene Vallejo escribe también: “Pero leer no solo nos enseña a superar desniveles y reparar ruina, es también gimnasia que vela por nuestra salud”. Y añade: “Los neurólogos están descubriendo que se cuenta entre los mejores ejercicios posibles para mantener ágil el cerebro”.

Es decir, que posiblemente pueda ayudar también a contener el alzhéimer, a desviarlo por otros aluviones menos escurridizos y más maleables, menos subterráneos y oscuros. O sea, ayudar a vencer una enfermedad tan nueva y antigua como la pérdida de memoria se podría paliar -en parte, sospecho- recluyéndonos en el laberinto inventado de una historia o en la ingeniería argumentativa de terracota que es un ensayo.

En cualquier caso, siempre aliviará los momentos asediados e interminables a los que nos sometió el confinamiento y los que más a menudo nos muestra la propia vida. Tal vez ahora, con un libro en las manos, sepamos mejor que nunca que se puede vivir varias vidas en una sola si sabemos destripar con ensañamiento y vehemencia los renglones torcidos y ensordecedores de la imaginación a la que nos somete la lectura, ya sea en un libro impreso o digital.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

4 de enero de 2021

  • 4.1.21
Como una plaga bíblica, después de las campanadas de Noche Vieja y de haber sorteado la suerte con un plato de lentejas al devenir de un nuevo año que desearon más benigno, los vecinos de Roma despertaron al primer día de 2021 sin poder creer lo que veían sus ojos. Una lluvia de pájaros muertos había invadido las calles de la ciudad. Alfombraban el asfalto y los adoquines de granito después de que una lluvia anterior les rompiera de un solo golpe el corazón. Era concebible: se trataba de los fuegos artificiales con los que sus vecinos pusieron punto final a un año para olvidar.


Casi todos eran estorninos y se los podía ver sin vida por todo el centro de Roma, pero sobre todo alrededor de la estación Termini y via Nazionale, El Esquilino y Colle Oppio. Algunos usuarios, como turistas en su propio hábitat, grabaron atónitos con sus móviles las insospechadas imágenes. 

En cualquier caso, no es la primera vez que ocurre. La Organización de Protección de Animales advirtió ya de los riesgos de estas atronadoras celebraciones y de que los pájaros habían infartado por las explosiones de fuegos artificiales y de petardos. La portavoz de esta organización ha declarado que pudieron haber muerto de miedo, por volar juntos y golpearse contra sí, o hacerlo contra ventanas o líneas eléctricas.

Como una plaga bíblica, esta lluvia de estorninos muertos en Roma, y probablemente en muchas otras ciudades del mundo, se asemeja más a una maldición apocalíptica que a un exceso nada ecológico de cómo somos y de cómo decimos adiós a un año y a un ciclo de festines desatinados. 

Con la pandemia, en 2020 se cerraron las carreteras, las calles quedaron desiertas, y los pájaros de todo el mundo comenzaron a cantar de nuevo. Confinados en nuestros hogares, como si en ese infortunio nos hubiera tragado la tierra, las aves se sintieron libres ante un silencio inusitado e infractor de otra vida que amenazaba diluirse en una felicidad nunca compartida con otras especies.

En el área de Bay Area, en San Francisco, Estados Unidos, durante la pandemia, sus habitantes escucharon la presencia de más pájaros, y escuchando día tras día en sus días vacíos observaron que su canto era diferente. Jennifer Phillips, investigadora de Cal Poly, y Elizabeth Derryberry, profesora de la Universidad de Tennessee, en Knoxville, colaboraron para evaluar si el fenómeno se trataba de una respuesta ante la disminución del tráfico. 

Ambas científicas descubrieron que, durante la cuarentena, las aves respondieron con cantos más suaves, que podían viajar a una distancia mayor, sin obstáculos por el ruido, y que cantaban en un espectro de notas más amplio. Ahora, un cielo estrellado de lluvia incandescente y estentórea ha callado para siempre el canto de cientos y cientos de pájaros, que amanecieron tirados, con el corazón reventado, como un signo fatídico, en las calles más céntricas de Roma.

Las bandadas de estorninos, ya desaparecidas en muchos de nuestros paisajes, son una de las imágenes indelebles que conservo de mi infancia. Las vi muchas veces, cuando acompañaba a mi padre, cuando solo tenía diez o doce años, a pasear por la Laguna de Zóñar, en la zona sur de la provincia de Córdoba, a cuatro kilómetros de Aguilar de la Frontera. 

Se trata del único lago natural de Andalucía. De agua dulce, se abastece de acuíferos subterráneos y alcanza una profundidad de 14 metros. Por su riqueza en la biodiversidad e interés ecológico –la habitan más de 30 especies de aves–, se halla inscrita en el Inventario de Espacios Naturales Protegidos de la Junta de Andalucía. La Laguna de Zóñar, perteneciente a los Humedales del Sur de Córdoba, es la mayor de las seis lagunas nombradas Reservas de la Naturaleza por sus extraordinarios valores como espacios de hibernación y nidificación de aves.

En este paraje natural se podía observar las bandadas de estorninos que ensombrecían a su paso el cielo gris de un otoño que anunciaba ya el invierno cuando volaban sobre nuestras cabezas. Los cazadores lo tenían fácil: atrapaban a los pájaros con enormes redes invisibles. Adentro, encerrados como si fuera una jaula descomunal y perfecta de exterminio, los hombres procedían después a retorcer el pescuezo de estas pequeñas aves con técnica depurada y una frialdad de hielo. 

En aquellos días, los pajaritos fritos o en salsa se consideraba un manjar exquisito al alcance de cualquier bar o restaurante, su caza era legal, o al menos consentida, y las redes –tal vez ilegales–, con la colaboración ineludible de los fertilizantes y otros abonos, provocaron la extinción de algunas especies y prácticamente casi la desaparición de otras muchas. 

Alguna vez, por curiosidad o por compasión o por la ira contra estos carceleros, quise vivir la experiencia de entrar en una de estas enormes redes donde estaban atrapados miles de estorninos –mi padre accedió–, antes de que sus saqueadores ejercieran de verdugos, y sentí el aire como un huracán de plumas deslavazadas que atravesara mi cuerpo y sentí como que me trepaba sobre un cementerio de cuerpos inanimados.

El estornino es algo mayor que el gorrión, mide 20 centímetros de largo, es de color negro iridiscente, con un brillo púrpura o verde que lo embellece, salpicado de blanco en el invierno. Sus patas son rojas, y el pico es negro en invierno y amarillo en verano. 

Es una pequeña ave gregaria y ruidosa. Su canto es variado y poco musical. Imita los ruidos de su entorno, incluso los aprende. Sus huevos son de un azul claro. Las crías eclosionan a las dos semanas de la puesta. Es una especie omnívora. Se alimenta de invertebrados, semillas y frutas. Vuela sincronizado y al unísono, como lo hacen los bancos de peces, en bandadas que pueden ser beneficiosas por combatir plagas, pero, del mismo modo, estas bandadas pueden ser plagas en sí mismas. 

Su población ha disminuido en Europa desde 1980 como consecuencia de los cambios desarrollados en la agricultura y la reducción de invertebrados. Vive en bosques, terrenos agrícolas, cultivos arbóreos, parques, jardines y núcleos urbanos. 

Cientos de ellos dejaron de cantar definitivamente la noche de Año Nuevo. No fueron víctimas de la covid-19, por supuesto, sino de la estridente felicidad con que los vecinos de una de las ciudades más bellas del mundo pretendían olvidar un año de desatinos. Ahora sabemos por qué Roma, ineludiblemente, amaneció como si una lluvia imaginaria hubiera dejado sus calles ajadas de estorninos muertos la primera noche de este año.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

28 de diciembre de 2020

  • 28.12.20
El ser humano divide la vida y la historia en estadios o ciclos para no extraviarse en el mundo y en su propia biografía, o bien para entender y clasificar todo ese otro tiempo que le sobra y que tampoco alcanzará a vivir ni a entender. Ese tiempo que se prolonga por delante y por detrás. Por delante, hacia un futuro indefinido e infinito. Y por detrás, donde anidan la memoria y el olvido.  


El ser humano divide la vida en periodos. Un período –precisan los diccionarios– es el tiempo necesario para que un ciclo completo de vibración pase en un punto dado. A medida que la frecuencia de una onda aumenta, el período de tiempo de la onda disminuye.

La unidad para el período de tiempo es el segundo. Y a partir de ahí se puede concebir el minuto, la hora, el día con su noche, la semana y el mes, el año y la década, la centuria o siglo, la época, ese periodo en la historia de una civilización o de una sociedad a la que se hace referencia aludiendo a un hecho histórico, o la era, punto de partida de una determinada cronología.

El hombre mide el tiempo por estados, diferenciados unos de otros, según su extensión y cuanto en ellos ocurra, por los que pasan una cosa o una persona que cambia o se desarrolla. Pero también es el aspecto que muestra la Luna o un planeta según los ilumina el Sol.

El tiempo –se sabe– no existe, pero el hombre lo creó para descifrar su destino en la tierra y en el más allá. El reloj, con sus horas, es un artefacto que nos distancia del tiempo pretérito y del futuro, y que por norma nos deslumbra y enceguece en el barrizal de cada día que es el presente.

Visto así, se puede entender, y se entiende, que el ser humano busque otra fecha como el náufrago que confía en la brújula para que lo conduzca a un paraíso inabarcable y tal vez inexistente. De tal modo que una fecha –2021–, que haga nacer otro periodo de vida, no es solo dejar atrás un año, sino entrar, aunque sea por la puerta de atrás, en otro mundo posible.

Empeñados, como estamos, en construir un último ataúd con una sola víctima, el coronavirus, y enterrarlo para siempre, en un estadio de olvido cuyo ciclo se cerró para siempre, no hay mejor opción que deconstruir estos días descontados al abismo para no volver a caer encerrados en la misma ignominia.

El título es un halo de esperanza: “La vacuna de Pfizer llega a España”. Recorre el país como otra frase chisporroteante que edulcoró nuestra infancia: la chisa de la vida. Que Coca-Cola perdone la descontextualización de su eslogan con el que salivábamos una sed hasta entonces desconocida y que su refresco nos mostró como el mejor adictivo ya irreconciliable con el pasado y más hermanado con nuestra diabetes en ciernes.

Un refresco, por cierto, incompleto que en nuestra adolescencia y juventud complementamos con ginebra y, mucho después, con ron y whisky. La chispa de la vida en nuestros días viene en forma de pinchazo, pero se sabe que mata la sed de ansiedad, el desvarío de los días contados como si fuésemos carcelarios o estuviéramos encarcelados –de hecho, lo estábamos– en nuestras propias vidas.

Los periodistas que otrora se sentaban en el Congreso de los Diputados, bloc de notas en mano, o apostaban en las puertas de los juzgados y denunciaban los excesos de un rey que abandonó su propio reino sin decir adiós, ahora graban atónitos a las primeras personas que reciben la vacuna contra la covid-19.

La primera en alcanzar el objetivo se llama Araceli Rosario Hidalgo, una anciana nacida en 1924 en Guadix, interna de la residencia de mayores Los Olmos de Guadalajara. Decía esta anciana, que sobrevivió a un año tragedias, que estaba nerviosa. No se sabe bien si por el miedo al pinchazo, por las cámaras de televisión o por la simbología de ser la primera en algo en su vida. Por si acaso, se santiguó y luego dio gracias a dios. Dice que no sintió nada, solo “un poquito de picor”, el mismo que el carbónico que chisporroteaba en nuestras gargantas de nuestra niñez, como si fuese, como ahora, la chispa de la vida.

Hechos todos los protocolos, nos disponemos ya a cerrar un año de graves recuerdos, de malas vivencias, de un dolor agrio que, sin lugar a dudas, dejó sus secuelas, pero al mismo tiempo unas ganas inmensas de vivir, de retorcerle el cuello a los nefastos augurios que se disponían a cambiarnos la vida para siempre. A la bioquímica húngara Katalin Karikó debemos los primeros pasos que conducen a la felicidad. Durante 40 años trabajó a la sombra desarrollando avances clave para las inyecciones de Moderna y BioNTech.

Los fundadores de su rival, Moderna, creen que esta mujer de sonrisa placentera merece el Nobel. Nuño Domínguez ha escrito de ella que nació en una pequeña ciudad húngara y creció en una casa de adobe sin agua corriente ni electricidad y que hoy es una de las científicas más influyentes del planeta. Karikó nos ha regalado una de las frases más bellas que se han publicado desde hace muchos meses: “En verano probablemente podremos volver a la vida normal”.

Poco engreídos y nada empingorotados, nos costaba ver una salida plausible, nos costaba creer que la investigación científica, desordenada en su complejidad de siglos, de golpe diera una vuelta de tuerca a su pasado escurridizo y nos mostrara como un milagro una vacuna eficaz en tan corto plazo de tiempo.

En un país como el nuestro, en el que nunca dimos a la investigación el papel trascendente que siempre hubo de tener, estos nuevos descubrimientos nos han mostrado sin tachaduras el perfil tan bajo y ruin de muchos políticos, cansados de manosear un manual de primeras necesidades ya caducado, e inútiles ante nuevos tiempos que precisan de mentes sabias, de actitudes invencibles y solidarias, y de corazones generosos y dúctiles.

Este año, cuando suenen en el reloj las doce campanadas que anuncian el fin de año, me tomaré, una a una, contándolas, como quien descifra su alma, las doce uvas de cada fin de año. Pero sí, esta vez maceradas en aguardiente. El momento así se lo merece.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

21 de diciembre de 2020

  • 21.12.20
2020: un año, una cifra, una tragedia. Yo definiría el año como un siniestro total: Tú, por poner, le pones música incluso a una fecha. Duelo con tanto dolor: ¿redundancia? “España, a un paso de la fatiga pandémica. Se trata de una desmotivación por parte de los ciudadanos a la hora de seguir las medidas preventivas”.


Doña Alicia, un relato de Ana Merino: “Eran las últimas Navidades de Elena en la residencia antes de jubilarse como cuidadora de ancianos y quería despedirse poniendo el nacimiento”. 

Laurence Tubiana, presidenta de la Fundación Europea para el Clima: “La pandemia será un punto de inflexión en la lucha climática”. ¿Le gustaría morir?: Sí, pero después del virus, si pudiera ser, mucho después. ¿Su vida ha cambiado en algo este año?: En nada; mucho antes ya había perdido toda esperanza. ¿Morir, así como así?: Me parece una insensatez. Dime que me quieres: Total, para el tiempo que nos queda; sí, te quiero, siempre te quise, pero te lo digo entre tú y yo. ¿Qué harías por mí?: No sé, ¿vacunarme? Rusia se nos sube a la luna: pone en órbita mundial su vacuna Sputnik V. Los niños se infectan, contagian y sufren menos. 

Noelia Ramírez: “Las calles se vaciarían de humanos, pero no estaban tan muertas ni desiertas como aquellas imágenes hipnóticas nos hicieron creer: ahí fue cuando los pájaros alzaron la voz y reconquistaron espacios”. 

José Mota, cómico: “Ha sido terrible. Más que 2020 es 2000 vete”. ¿Dónde quedó el futuro de los jóvenes, la generación mejor preparada? Coronavirus: ¿Cómo llevas lo de vivir sin sexo? Jode, la verdad. “Johnson prohíbe las reuniones navideñas para frenar la nueva variante del virus”. 

Manuel Rodríguez Rivero: “Las pandemias nos han permitido reconstruir nuestra panoplia de héroes. Aparte del amplio espectro de sanitarios, de ancianos sobrevivientes en las residencias, de los comerciantes de proximidad que no han bajado la persiana, de los hosteleros a media jornada, se hace necesario homenajear a los libreros”.

Alessandro Baricco, escritor: “Deberíamos tener el valor de admitir que la pandemia es un escenario que nos hemos buscado, que de alguna manera esperábamos y que incluso hemos generado instintivamente”. 

José María Brunet: “El Supremo inadmitió ayer las querellas contra el Gobierno central y el Ejecutivo de la Comunidad de Madrid por su gestión de la pandemia al no apreciar indicios de delito. El tribunal estimó que no cabe establecer una relación de causa-efecto entre la supuesta desinformación del Gobierno y las consecuencias de la extensión de la covid-19: ‘No está debidamente justificada la autoría de los hechos punibles atribuidos a los miembros del Ejecutivo’. Tampoco lo está en relación con la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso”.

“Las autonomías ultiman medidas dispares a una semana de Navidad: Madrid, Asturias, Cataluña y Castilla y León endurecen las limitaciones. Un 80 por ciento de los españoles plantea pasar las fiestas solo con sus convivientes, según una encuesta”. 

Javier Salas: “Será un fin de año diferente. Con restricciones, mascarillas y distancia social’, asegura la Comisión Europea en su plan para las Navidades pandémicas. Y señala: ‘El esfuerzo de cada uno cuenta’. Pero la conversación en España se ha volcado casi por completo en el esfuerzo de los ciudadanos”. “El injerto de pelo en Turquía que provocó un brote en Badajoz: De un grupo de 19 vecinos de Calamonte que viajaron juntos para someterse al implante, 16 han dado positivo”.

María Amaya, en Cartas al Director de El País: “Tengo el menor número de contactos posibles, no me salto las normas, no entro al interior de bares, etcétera. Vivo fuera de mi comunidad y ahora, con la Navidad, se vuelven a imponer restricciones, la solución es no permitir desplazamientos, pero, mientras tanto, disfrutar de los bares e interior de restaurantes de la comunidad donde vivimos. ¿El virus solo se activa si cambias de comunidad? ¿Cuidarnos consiste en no ver a tu familia en otra comunidad pero poder ver a conocidos, que son menos allegados, en cualquier bar y sin mascarilla? Que alguien me lo explique”. 

Montserrat Domínguez, periodista: “2020 ha sido un año negro, sin paliativos. Nunca sospechamos que la globalización era también esto: un minúsculo meteorito que impacta en Wuhan y transmite su capacidad destructiva a la velocidad del rayo hasta el último rincón del planeta. Pero la globalización también era un formidable esfuerzo científico, económico, cooperativo y logístico transnacional para encontrar y distribuir en tiempos récord el antídoto contra uno de los virus más escurridizos de la historia”.

PALABRAS CLAVE: Pandemia. Confinamiento. Soledad. Frustración. Perimetralmente quieto. Esperanza. Desesperanza. Desesperación. Impresionante. Feo. Pájaros. Vacío. Intolerancia a la inquietud. Luz. Primavera rota. Juguetes rotos. Ruptura. Sexo sin besos. Sexo sin sexo: ¿de qué habla este? Llamadas terapéuticas. Mascarillas terapéuticas. Improvisación. Sospecha. Rebajas para clientes no motivados. Comercios cerrados. Bares cerrados. Ciudadanos enclaustrados. Desescalada. 

Estadísticas. Enfermos. Muertos. Coches fúnebres. Fernando Simón versus rueda de prensa intermitente. Navidad. Lotería. Este año ya nos tocó el gordo. Residencias de ancianos. Residencias sin ancianos. Residencias de pena. La pena negra. La noche negra. Un mundo negro. El folio siempre en blanco. El miedo al folio en blanco. Miedo a infectarnos. Miedo a las alturas. Cerote. Miedo y Asco en Las Vegas. Miedo a las ventanas cerradas. Bibliografía del coronavirus: todavía incompleta. Distancia. Pero no se trata de la canción de Roberto Carlos. 

Negro. Maldito. Año negro. Noche. Año negro y maldito. Vacunas. Tratamientos paliativos. Secuelas. Globalización. Localización. Huéspedes. Rastros. Huellas. Dolor. Indoloro. Invisible. Imposible. Amanece, que tampoco es poco. Poco es nada. Nada en el horizonte. Nada hacia donde puedas, mientras puedas nada a contracorriente. Camarón que se duerme, advierte el aforismo. Hechos toscos. Frases hechas, henchidas, echadas al aire estancado de un año sombrío, maldito, gris, gris casi negro, negro sin más, muy negro, negro tizón. No estoy para nadie. Lo siento. Las palabras me inquietan, me muerden. 

Diagnóstico reservado. Vino de reserva. Reservas hechas a ninguna parte. El nido. Otra vez los pájaros. Las gaviotas sobrevuelan nuestras sombras. Se apoderan de las playas. Es su hábitat, antes robado. El espacio se reduce. Casa tomada. Ya lo advirtió Julio Cortázar. El ser humano nunca anda seguro en ninguna parte. Obviamente: el mundo no nos pertenece. Esta ya es otra desescalada. Inevitable.

A CONTRACORRIENTE 
Entrevista con el autor de este artículo

—Por favor, defíname este año, 2020.

—No tengo palabras.

—¿Teme a la covid-19?

—Tanto como a Hacienda. Ambos dejan secuelas y perforan los sueños.

—¿Se vacunará?

—Me vacunarán.

—¿Qué aprendió del confinamiento?

—Que me quedan muchos libros por leer.

—¿Viajará en Navidad?

—Claro, al fin de la noche.

—¿Cenará con sus allegados?

—No. Son demasiados.

—Elija solo unos cuantos.

—Se enfadarían los demás.

—¿Echa de menos la vida que hemos dejado atrás?

—En absoluto. Esta, tampoco. Tendremos que reinventarnos. Me cansan los lugares comunes.

—¿Ha visto algo positivo en esta crisis?

—Sin duda. Los baños de los bares se pueden visitar sin miedo a no poder regresar.

—¿El teletrabajo es una solución plausible?

—La empatía no se puede envasar en frascos.

—El perfume, sí.

—La empatía apestaría a chamusquina.

—¿No le da la impresión de que este mundo tiene goteras?

—Aunque ha llovido poco, las tiene. Y no son virtuales.

—¿Algún día lloverá a gusto de todos?

—No sé. Pero ya lo cantaba Pablo Guerrero. Tiene que llover a cántaros. Entonces, claro, no será a gusto de todos.

—¿Cree en el diluvio?

—Tal vez el diluvio sea una metáfora desafortunada de este virus.

—¿Nos empapará a todos?

—Ya nos chorrea gota a gota a todos. Pero no queremos ver.

—¿Ha echado de menos a alguien este año?

—Para empezar, a mí mismo.

—¿Un poco egocéntrico tal vez?

—Ahora sí. Sin duda.

—¿Espera a alguien?

—Para ese encuentro vivo.

—¿Y no desfallece?

—Si me dejara llevar, la vida no tendría sentido.

—Le veo con ánimos.

—Bueno, el brandy también ayuda.

—¿Afuera hace frío?

—No salgo. Ahora la gente no me gusta.

—¿Por qué?

—Todos andan a la espera sin esperar nada. No sé qué esperan.

—El fin de todo esto.

—Pero esto no tiene fin. No es una película.

—¿Pesimista?

—Realista.

—¿Se tomaría una copa?

—Me tomaría otra copa. Tenemos tiempo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

14 de diciembre de 2020

  • 14.12.20
No siempre acierto a entender por qué leo un libro, por qué me deslumbra otro, qué encontré en aquel que me sedujo hasta la extenuación y qué me lleva a detestar algún otro aún cuando los mortales le han concedido la inmortalidad cum laude. Ciertamente leo algunos libros porque su fatalidad es inevitable en este mundo de la curiosidad por ostentar una biblioteca de cierto prestigio sin que en sus anaqueles figuren autores reconocidos.


Me adentro en otros universos porque amigos a quienes admiro me los recomiendan. Pero con otros, sencillamente me da por ahí. Tengo la facultad insobornable de sentirme atraído por algunos libros de los que no sé nada, ni conozco a su autor ni me gusta su edición descuidada.

En ocasiones, hojeo el volumen y me atrapa una frase. Otras, buceo en la biografía del autor y descubro una vida condenada o ejemplar. Pero de otros no sé qué me sedujo a meterme entre sus páginas y excavar en un mundo hasta entonces inimaginable para mí.

A veces, los compro y al llegar a casa los abandono entre otros hasta que un día cualquiera, sin saber exactamente por qué, me vuelvo a encontrar con ellos y los destripo hasta la saciedad. En ocasiones, comienzo a leerlo al salir de la librería, en la calle, dentro del coche y, al llegar a casa, me retrepo en el sillón relax y me abandono a su lectura hasta que la noche me acoge con un cansancio joven que reclamaba.

Algo de esto me ocurrió con Un gran ser, de C. D. Wright. Un libro enigmático y magnético que dejé olvidado en alguna estantería esperando el día en que lo pudiera descifrar en toda su complejidad. Desde hace tiempo, destaca Dave Eggers, Wright ha estado escribiendo la mejor poesía-hecha-prosa de la literatura norteamericana. 

Es contundente en su aseveración: “Un gran ser hace a los complejos carcelarios industriales contemporáneos lo que James Agee hizo a la pobreza: reacciona apasionada y líricamente (e idiosincráticamente) a una abominación sociopolítica. Este libro, muy irritado y apenado y desconcertado, tiene humor, constante levedad y franqueza e incontables momentos de increíble belleza”. 

¿Poesía documental o de inmersión? ¿Un libro que aúna técnicas de la poesía y del periodismo? Durante años me dediqué a estudiar el periodismo de inmersión en sus distintas modalidades, a veces en solitario y, otras, a cuatro manos junto a la profesora Ángeles Fernández Barrero. 

Me sumergí en las crónicas de John Reed y de Manuel Chaves Nogales. Me encerré en las paredes ensordecedoras descritas por Nelli Bly en Diez días en un manicomio, calificado como una de las diez mejores primicias de la historia del periodismo. O en el periodismo también encubierto de Günter Wallraff, de Lydia Cacho o de Andrés Felipe Solano. 

En el periodismo gonzo de Hunter S. Thompson descrito en Los Ángeles del Infierno. En las crónicas autobiográficas de Carlos Velázquez dibujadas en El karma de vivir al Norte, en Llamada perdida o Sexografías de Gabriela Wiener o en A la puta calle de Cristina Fallarás. En el periodismo border de Emilio Fernández Cicco descrito en Yo fui un porno star y otras crónicas de lujuria y demencia

En el periodismo cash acuñado por Juan Pablo Meneses en Niños futbolistas o en La vida de una vaca. En el periodismo que utiliza como herramienta las redes para su inmersión o en aquel otro que se desarrolla en las propias redes como lo hizo la periodista francesa Anna Erelle en su libro En la piel de una yihadista. Una joven occidental en el corazón del Estado Islámico

En todas y cada una de estas modalidades de inmersión, el periodista no quiere que las fuentes le cuenten la noticia. O quiere no solo eso. Sino que también busca vivir la historia en primera persona. Vivirla y sufrirla. Y derramar ese dolor en las descripciones de su prosa, en la que el yo es imprescindible. 

Las nuevas tecnologías, como el video de 360º, indagan en estos momentos cómo el ciudadano puede sumergirse en el corazón de estos acontecimientos para sentir ese dolor o ese compromiso como si fuera el propio periodista. Hasta ahí, sin problema. Solamente que un día, husmeando tomos en una librería me topé con un libro que contenía a la vez y aunaba poesía y periodismo de inmersión. Pero, ¿eso era posible?

Era el libro de Wright, una escritora prácticamente desconocida en nuestro país. Hija de un juez de equidad y una reportera judicial, había nacido en Mountain Home en 1949 y falleció repentinamente en 2016. Publicó una docena de libros, escribió sobre los problemas entre razas, el encarcelamiento y las vidas de los olvidados. 

Ayudó a definir y a indagar en las posibilidades de una poética documental, en las técnicas de poesía-reportaje. En 2013 fue elegida canciller de la Academia de Poetas Norteamericanos. Sobre este collage multivocal que es Un gran ser, Martin Earl ha escrito:

“Es como si hubiera ido a esos lugares y hubiera dicho ‘Tomen, usen mi voz, háganla suya y cuenten su historia’. Su poema-libro, al adoptar, en parte, un enfoque documental, al mantener algo de la distancia periodística del reportaje clásico, mientras consigue mantenerlo totalmente poroso –casi al punto del borrado del autor– nos da la imagen profunda, la historia eterna. 

No puedo pensar en otro poema en la literatura norteamericana reciente que combine una estructura épica con una mirada tan íntima sobre su objeto, o quizás debería decir sobre el lenguaje de sus objetos, norteamericanos encarcelados. El proyecto de Wright es documental. Uno siente que hay hechos duros detrás de cada verso. En este sentido, ella ha encontrado un nuevo uso para la poesía”. 

Ese nuevo uso consiste en hibridar la poética del verso con las herramientas del periodismo de inmersión. Miradas de poeta y de periodista que no se confunden, porque son la misma mirada. La poeta-periodista arranca el libro con esta frase: “Conduciendo por esta parte de Louisiana puedes pasar por cuatro cárceles en menos de una hora. ‘El espíritu de cada época’, escribe Eric Schlosser, ‘se manifiesta en sus obras públicas’. Así que esto es lo que somos, los carceleros, los encarcelados. Este es el espíritu de nuestra época”. 

De estas cuatro, la autora visitó tres cárceles para documentarse. Después añade: “¿No vas a volver, cierto?’, me preguntó el recluso que me dijo que quería ser un éxito”. El país de las libertades, como escribió Marta Sanz, sobresale por tener el mayor número de población reclusa despersonalizada. Como recuerda, Wricht describe objetos, recopila voces en distintas situaciones, como un interrogatorio, no edulcora la injusticia contra negros y pobres en un país en el que “la violencia es tan norteamericana como el pastel de manzana”. 

A veces, como la periodista bielorrusa Svetlana Alexievich, que obtuvo el Premio Nobel por su obra periodística, deja las voces de los presos solas, abandonadas, descontextualizadas, para que se muevan por sí mismas, construyendo una obra coral única. Hablan los presos. 

Algunas frases inevitables: “Es un gran día para morir, un gran día para dejar el cuerpo, le dijo/ a la prensa antes de su ejecución en Pascua”; “Cuando me vaya, quiero mis labios cocidos, nada de esa basura de fresado y goma no dura”; “Y quémenme/ no quiero más bienes raíces”; “¿Quién quiere ser millonario en el carcelario?”; “Beber agua con una herida en el estómago es fatal”; “La apuñaló, la joven madre, 23 años, se llevó su anillo de matrimonio/ Cómo puede confesarse eso”; “Yo, yo soy católico, así que nací culpable”; “Este es el tatuaje que dice Utopía/ No, este es el tatuaje que dice Los Hombres de Verdad Comen Coño”. O: “Sí, hay una mujer en el corredor/ Recuerda/ se cargó a su pareja/ Y no recuerdo a quién más/ Cuando camina/ el patio se vacía”.

También encontrará el lector descripciones y pensamientos de la autora que describen su mirada: “No hay condones para el corazón”; “La violencia, proclamó H. Rap Brown, es tan norteamericana como el pastel de manzana”; “El Sr. Redwinw es el fabricante de ataúdes; Granshopper su aprendiz fabricó una réplica de Old Sparky para el museo de la cárcel”; “DEBIDO A ROBO:/ Todos los títulos sobre Crímenes verdaderos y Estudios negros/ Están almacenados en repisas cerradas”; “Las unidades de hombres tienen nombres de animales y árboles”; “Las unidades de mujeres tienen nombres de signos del zodíaco”; “Este es un rebaño de tristezas, de pecados inoriginales, una letanía de obscenidades. Esto es un supurar de preguntas odiosas. Tu único espejo es uno de acero inoxidable. La imagen que ofrece no te dirá si sigues siendo joven o incluso real”; “Nadie va a reclamar tus restos ni tus fútiles pertenencias: plato para el jabón, vaselina, peine, libro de bolsillo. Todo lo que posees es tu alma cuyo molde ya has deformado”; “Cuenta los días de verano por delante/ Cuenta los años que terminaste en la escuela/ Cuenta los trabajos para los que no calificas/ Cuenta los pitillos que te quedan/ Cuenta los amigos que tienes adentro/ Cuenta a los que ya han caído”; “Difícil mirar a la mujer/ mucho menos fotografiar/ y no preguntar/ sobre la cicatriz que va de una oreja/ al pecho opuesto/ cuyos bebés murieron por inhalar humo”; “Querido Fugitivo,/ Nadie le ha ganado a los perros por el momento”. O uno de sus versos últimos escritos en mayúsculas: “NADIE NINGUNO ES MALO PARA SIEMPRE”.

Entró en las tres cárceles con su amiga la fotógrafa Deborah Luster para dejar testimonio de esa ausencia de libertad, de ese delito condenado y aislado entre rejas. Su libro es una denuncia del sistema carcelario en Estados Unidos. Tantos presos, demasiados presos, en el país de las libertades. 

Es un libro arriesgado, diferente, único. Se oyen las voces sin respuesta de los presos por los pasillos eternos de las cárceles. La voz de Wright llorando aquello que no entiende. ¿Cuándo habla la poeta, cuándo la periodista? Tal vez estemos confundidos. Solo hay una voz: la denuncia, el sopor de una noche eterna, vivir para siempre masticando la contundencia del error, de la sentencia, de las paredes que se mueven y estrechan entre posibilidades inmóviles. 

Hay un tono documental, hay humor –a su manera–. El humor siempre es muy personal. Escribe Pilar Fraile Amador que el lector tiene la impresión de estar dentro de una de esas cárceles: calor excesivo, murmullo de delirios, los sueños rotos de los presos. Pero también, advierte, el lector se sentirá acompañado de la mirada piadosa, inteligente, de la autora que “en ningún momento trata de ocultarse”.

Claro, la poeta y periodista sabe que en toda inmersión hay que dejar el rastro del testigo, la huella de otro delito que el sistema no perdona: la denuncia de la verdad, la confirmación de esa soledad sólida que mata tanto a inocentes como a culpables. Y mejor si eres negro o pobre. El odio quedó afuera: no hay lugar aquí adentro. Ya somos muchos, demasiados, en el país de las libertades.

Carolyne D. Wright dejó escrita esta frase al comienzo del libro: “El único epitafio en el cementerio de Point Outlook, Angola. Puesto en libertad de la cárcel, Charles H. Hawell murió en enero de mil novecientos treinta y cuatro con treinta y cuatro años de edad y, como dejó estipulado en su testamento, fue llevado otra vez dentro para el entierro”.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

7 de diciembre de 2020

  • 7.12.20
Hemos andado todos estos años con la muerte al lado, como si nos importara nada, sin darle la importancia que realmente tiene: fin de ciclo. No iba con nosotros. En la sociedad se instaló el culto a la productividad, al beneficio, a la belleza. No cabían en esta nueva estética el dolor ni la enfermedad, la imperfección ni mucho menos la muerte. Las residencias de ancianos representaban el escenario idóneo donde abandonar a nuestros mayores. Libres una vez más de obligaciones innecesarias, la vida se abría a nuestros pies como el edén soñado.


Pero de golpe, la pandemia nos mostró de nuevo el rostro de la muerte. La creíamos arrinconada en los bajos de este edificio incólume de la producción y, de pronto, como un terremoto que mueve todas las fichas de este dominó del éxito, el exterminio posible mostró sus garras apretando nuestras gargantas. Otra mirada al vacío nos cambiaría para siempre.

El escritor francés Frédérie Beigbeder ha escrito: “Las enfermedades contagiosas no se han inventado en 2020. He pillado gripes, gastroenteritis, enfermedades de transmisión sexual. La noche me ha ofrecido siempre aquellos regalos asquerosos que descubría el día siguiente de la fiesta. Y aún así sonrío con nostalgia solo de pensar en esos microbios. ¿Por qué nos la pelaba en 1985 y hoy nos cagamos de miedo hasta el punto de parar la vida de países enteros?”.

Tal vez, y no es poco, porque ahora hemos tomado consciencia y conciencia de que, en realidad, podemos ser rehenes de cualquier enfermedad y de toda muerte en cualquier instante. Porque la fragilidad de la existencia ha debilitado nuestra enajenación por la belleza suprema, por los paisajes más exóticos, por los rendimientos económicos plausibles pero prescindibles.

Incluso ya no se trata de morir, sino de morir bien, sin dolor, rodeado de los seres queridos. Montse Esquerda, experta en duelo, teme que nuestras prisas por pasar página hagan que el dolor de esta crisis quede encapsulado. Ella dice: “Conseguir que la gente muera bien no es un tema solo del sistema sanitario, sino de la sociedad, que lo acepte”.

Claro, que la sociedad lo acepte. Que nosotros lo aceptemos. ¿Morir es un fracaso, una necesidad, una adicción, un ensueño, otra etapa de un camino que apenas hemos recorrido? La vida, en sí misma, sigue siendo una incógnita a cuyo conocimiento nos sometemos cada día. Cada día es un arma muy vulnerable para luchar solos cada uno y juntos todos contra la pandemia.

Dice Esquerda: “Aún hoy en día se nos mueren los pacientes. No se mueren, se nos mueren. La muerte con dolor sí es un fracaso, pero la muerte en sí misma no lo es. Si no, fracasaríamos al 100%”. Antes, Motse pensaba, como cada uno de nosotros, que la pandemia nos había abierto los ojos ante la muerte. Ahora cree que no: “Con las muertes que hemos tenido, debe de haber más de 100.000 personas en duelo, pero son difíciles de visualizar”.

Cada cual encapsulado en su propio duelo, en espacios compartimentados, sin rasguños en estas heridas del alma, adheridos a una soledad sin brechas, que no nos purifica, sino que nos hunde en el marasmo del delirio más íntimo y más desasosegado. Morir en soledad. Morir con dolor. Antes sabíamos que muchos seres humanos vivían en soledad. Ahora también mueren en soledad. Antes vivían con dolor. Ahora también mueren con dolor.

La pandemia nos ha arrancado la máscara del rostro y la ha sustituido por la mascarilla, y ahora vemos que la tragedia ajena también nos es propia, que nadie escapa al nubarrón del exterminio, a la sospecha legítima de reconocer que el sistema se está cayendo a nuestros pies.

Mortse Esquerda reconoce que la pandemia ha creado situaciones muy deshumanizadas, que ha habido momentos en los que no había elección entre dejar morir con dolor o morir en soledad, o las dos cosas al mismo tiempo. Dice: “Una alumna nos comentaba el frío que hacía en el hospital de Ifema, o que las personas no tenían enchufe junto a sus camas. Muchos profesionales se llevaban 20 móviles para cargar en casa. Metafóricamente, los profesionales nos hemos llevado muchos móviles para casa para compensar esta falta de enchufe”.

Todo, obviamente, en lenguaje figurado. En nuestra vida vulgar, arrancarnos el móvil de las manos es sacarnos el corazón a pecho abierto, sin anestesia, dejarnos solos cruzando la última noche invernal de los días que restan a la existencia. Morir sin dolor y sin soledad tal vez ya sea un lujo para ricos, una aspiración inocente de las clases medias que se derriten y desaparecen con cada crisis.

Nos quedamos después viendo las vías vacías de un tren que no está en ninguna parte, como si despertáramos de un sueño que nos han usurpado en la noche y nos dejan desnudos con la vida a secas, con la enfermedad mordiendo el aire que respiramos, con la sombra de la muerte torciendo las calles del viejo París, como diría la canción, torciendo aquellas calles que alimentaban los amores más inhóspitos y los vendavales más íntimos de los que no lográbamos ni queríamos salir.

La noche, siempre, es una moneda con su cara y su cruz. Ahora, desde adentro de la casa, resguardados de la intemperie, la noche no esconde ya momentos mágicos, porque solo miramos impacientes a que rompa el día, aunque también esté nublado.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

30 de noviembre de 2020

  • 30.11.20
Diego Armando Maradona tocó la mano de dios. Apenas la rozó, sin darse cuenta de que era su propia mano. Las crónicas cuentan estos días que dios murió, ignorando, por supuesto, que todos los dioses son inmortales. Pero en algunos paraísos, sobre todo en aquellos en los que imperan las religiones monoteístas, solo cabe un dios. Así que el 10, el Pelusa, tuvo que acometer un deicidio para sobrevivir a su propia inmortalidad.


Ahora lo sabe: la inmortalidad conduce inevitablemente a una soledad blindada, infranqueable. Así murió, y también lo sabía, o lo adivinó en los últimos minutos de su residencia en la tierra: en una casa alquilada, medicado, sin familiares ni amigos, con la salud resquebrajada, ahíto de medicamentos recetados y de psicofármacos.

El hombre más amado del mundo estos días debía cumplir su destino. Encerrado en un ambiente extraño y solo de todos –hay soledades encriptadas–, afuera la multitud lo venera entre disturbios, detenidos y una policía incapaz de contener el yugo de la gloria. También habría que interrumpir el duelo.

Los excesos de la idolatría, en ocasiones, acaban en remilgos de idolatración. Una palabra que no recoge el diccionario de la RAE porque nadie sabe a ciencia de su significado. A las 11.30 del día de su fallecimiento, los especialistas de salud mental que le atendían descubrieron su cuerpo sin vida. Moría el hombre y nacía la leyenda. El resto ya se conoce.

Nunca amé el fútbol, pero sí a Maradona. Nadie puede dejar de admirarle y de quererle. Con diez o doce años, jugando un partido de fútbol en el colegio salesiano con mis compañeros de clase, marqué un par de goles. No lo pretendía, por supuesto. Y me aclamaron como un Maradona en ciernes. Procuré, desde entonces, desviar el balón y que nunca entrara en la red. Lo conseguí: una gloria maldita.

Amo el ciclismo, eso sí. Con 15 años montábamos bicicletas sin frenos o con frenos nada de fiar. Éramos demoledores en nuestros intentos por alcanzar antes que nadie la meta. Adoro el ciclismo, sobre todo el Tour de Francia. Cuando la etapa es monótona, me sumerjo en una siesta tan placentera que me cuesta despertar. 

Cuando Miguel Induráin impartía su maestría con su corazón blindado al estrés y Marco Pantani convertía la montaña en un paseo dominical, la siesta era imposible. Es lo que tienen las tardes de julio en soledad con un gintónic. Del fútbol me quedó mi pasión por los Mundiales, los partidos entre el Real Madrid y el Barça, y aquellos otros en que la Selección Española humilla hasta los ojos a Alemania, entre otros.

Cuando me inicié en el periodismo, a los redactores en ciernes nos movían de sección cuando había bajas por cubrir o en los periodos de vacaciones en verano o navidades. Siempre presumí de no haber pisado la sección de Deportes. En realidad, no tenía ningún mérito: me sentía como pez en el agua entre aquellas mesas de criaturas apasionadas por los deportes más dispares, pero sobre todo por el balompié.

Las mañanas de algunos domingos acudíamos al hipódromo de Pineda. Paco Gil tenía que cubrir las carreras de caballos. Un par de veces me incitó a escribir un texto sobre el tema. Publiqué una o dos columnas que deben andar extraviadas y durmiendo el sueño de los justos en unas cuantas hemerotecas. 

En otra ocasión, por alguna razón que ignoro, entrevisté a un torero. No recuerdo el nombre. Experiencia que nunca repetí. Aunque también me unieron al grupo de periodistas que cubrimos la muerte de Paquirri. El resto de días de mi carrera profesional lo dediqué a escribir de política y de literatura.

Cuenta estos días la periodista argentina Leila Guerriero –de quien siempre estuve enamorado por alguna razón que nunca me detuve a decodificar– que, en el tumulto que esperaba a las afueras de la Casa Rosada para decir el último adiós a Maradona, algunos coreaban su nombre, lloraban y decían: “Diego fue la única persona que me hizo feliz”. Acaso la razón es tan contundente que medio mundo se ha muerto de pena estos días en la certeza que de este deporte ya nunca más será igual que antes.

El 10, el Pelusa, el hijo pródigo de la barriada de Villa Fiorito, de manera simbólica, como ha escrito Juan Villoro, murió en un tiempo de estadios vacíos. Él lo dice así: “Hoy, el fútbol sin gente recuerda con mayor fuerza a quien alguna vez llenó las gradas escalonadas hacia el cielo”. Allí solo tiene a tres iguales: a Carlos Gardel, quien con su voz alcanzó a medir la exactitud de la nostalgia; a Eva Perón, quien, ya momificada, seguía escuchando el bandoneón en los arrabales de Buenos Aires, y a San Gennaro, quien obró el milagro en 1389 con la licuefacción de su sangre y protegió a Nápoles de una erupción del Vesubio.

Tantas veces se le dio por muerto. Igual le ocurría al patriarca en la novela de García Márquez. Hasta que un día su cuerpo, ya resquebrajado, no pudo más. Le unía una estrecha amistad con Fidel Castro, igual que a Gabo. Llevaba tatuado el rostro del presidente cubano en su pierna derecha. Como consecuencia, no es causal que ambos fenecieran el mismo día, un 25 de noviembre, aunque Fidel se le adelantó en la cuenta final cuatro años: a 2016.

Tenía otra vida de excesos, tocado de muerte por la cocaína y el alcohol, y de despropósitos que nadie quiere recordar estos días. Venía de la pobreza y de los potreros que alimentaron su niñez en Villa Fiorito. Nunca pudo ni quiso olvidar su origen. Peronista y de izquierdas. Tal vez convencido. Pero cometió el error un día de meter el pie en la historia y en la leyenda.

En 1986, con motivo del Mundial de México, barrió a los ingleses en el campo de juego con dos goles únicos: uno con la mano y otro con la bota para recordar siempre. No estaba bailando con los dioses ni corriendo por puro azar a un destino imposible. Solo estaba cambiando su vida, el fútbol y la historia del deporte para siempre. 

Nacía una leyenda que él nunca llegaría a conocer. Tal vez su único empeño inalcanzable: ensamblar vida y obra en una sola pieza indivisible. Ahora ya no importa. Nos sobrevivirá a todos cuando este planeta, ya extinguido en el olvido, viva sumergido entre algas de un tiempo quizás inexistente.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

23 de noviembre de 2020

  • 23.11.20
Las mañanas de los domingos son un hábitat personal e irrenunciable que, en muy pocas ocasiones, abro a los demás. Me siento en la terraza, como hago también algunos sábados, y observo desde adentro los árboles quietos, los paseantes inquietos, la quietud del día a esta hora en que la mañana agoniza y la tarde, aún incipiente, invita al deambular sin rumbo, al café de primera hora. Anda el mundo hipnotizado de dudas, enajenado en una triangulación de conceptos intraducibles, deseoso, como siempre, de más fiestas.


Me siento en la terraza. En la mesa, el periódico. Algunos libros: Autorretrato, de Édouard Levé, un escritor necesario; Encuentro con Rousseau y Voltaire, de James Boswell, el inventor de la entrevista; El oficio de vivir, de Cesare Pavese, el maestro; Aires de las colinas, de Juan Rulfo, el genio enamorado de Clara, su mujer. Y una botella de cava a punto de nieve. ¿Qué hay que celebrar? Tal vez nada. Bueno, sí. Siempre la posibilidad de seguir existiendo, de aventurarnos en estos días de pronósticos inusitados a mirar siempre adelante cuando atrás hemos dejado tanto.

Alguna vez miro atrás, porque sé que no corro el peligro de transformarme en estatua de sal. No miro con miedo ni con nostalgia, sino con esa sensación sublime de saber que cualquier vivencia se queda para siempre con nosotros sin que altere el orden de otros días. 

A esta hora de la mañana, por segundos posiblemente, el día se detiene, se reduce a un tiempo que no es de ahora ni de después, que no sabemos por dónde vino pero que sí advertimos que ya se fue. En ese lapso mínimo de memoria alcanzamos a encontrarnos sin saber bien dónde y sin querer ni pretender regresar a ninguna parte. Allí, donde no sabemos con certeza dónde estamos o si apenas estamos, nos imponemos nuestras credenciales de empadronamiento para que nadie se atreva a echarnos a errar por las esquinas.

Las mañanas de los domingos son un paraíso inexplorado, tan sutil como la piel de una mujer ausente, cuyo recuerdo es lívido y embriagador. Me gustan las sensaciones que me atropellan, aquellas sin las que no puedes vagabundear por el mundo ni por dentro de ti, esos sentimientos inexplicables que te devuelven la felicidad envuelta en celofán, como una pieza única, como una piedra preciosa que no ha dañado ningún cincel. 

Los domingos, a esa hora del vermú, pasadas las doce, las horas son mansas y salvajes a la vez. En ellas caben los olvidos plastificados como minúsculos icebergs y los recuerdos indomables que te precipitan a un abismo sin laderas, al aire abierto de la mañana, al libro tantas veces leído que te persigue desde los sueños más quebrantados.

Es tiempo, ahora, de no estar con nadie, de otear un horizonte siempre lejano, un perímetro impuesto que te aleja de los demás y te conduce directamente a ti. Hay en ese momento un cansancio irreductible, desconocido, anónimo. El tiempo de la pandemia es también un tiempo de búsqueda. Cuando te expropian del paraíso, te vas con lo puesto: los zapatos, algún cuaderno para las anotaciones personales, una canción de la nostalgia, las cicatrices, los atropellos, los días nunca vividos que jamás volverán a estar.

En esa huida obligada, el futuro es una distopía, una palabra que pertenece al pasado. Ahora, aquí sentado en esta mañana de domingo, dos mundos se cruzan en dos vidas paralelas; se muerden las espaldas y no se reconocen; se huelen los labios y una mascarilla rompe el hechizo. Adonde miran esos cuatro ojos no hay un espejo, ni un reconocimiento, ni un alma melliza. Solo hay dos mundos. Uno que agoniza. Y otro que busca, a regañadientes, una excusa para doblegar a la impostura, a los dobladillos de la duplicidad.

Abro la botella de cava, escancio líquido en un vaso, más de medio vaso, no en una copa, y bebo con sed de conocimiento. El sol, generoso, empuja a confundir el otoño con una primavera anticipada. Hay en este mediodía una proximidad a la tristeza más austera que conozco, tan frágil que se puede confundir con fragmentos de una felicidad desbrozada por la memoria, donde habitan otras vidas que no son nuestras y algunas muertes que tampoco nos pertenecen. El cava, a punto de nieve, reconforta como un beso robado.

Me pongo en pie y, por un momento, adivino el resto del día. Será como otros: fugaz, bello, azul y sombrío. Y por detrás de aquellas colinas verdes y grises, el sol esconderá, en sus intenciones, otros párrafos que nadie escribirá, o que ya alguien escribió, palabras apócrifas que van de allá para acá buscándonos como sus auténticos autores y que nosotros rehuimos por miedo a que sean verdad, por ese temor desatinado a saber cuanto no deseamos, aun adivinando que es así, que la vida es ya otra.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

16 de noviembre de 2020

  • 16.11.20
Durante años, los astros se cruzaron en mitad del paisaje para que el nombre de Manuel Chaves Nogales se perdiera entre las sombras. Nadie reivindicó su nombre desde su muerte, en 1944, hasta que, de manera sinuosa, volvieron a reeditarse sus obras y su nombre ocupó, por vez primera, el lugar que se merecía. Probablemente, Chaves haya sido el mejor periodista de la primera mitad del siglo XX y su reconocimiento, hoy, es aplaudido y reivindicado en todos los ámbitos, más allá de las academias y de otros ámbitos.


Tanto es así que el próximo 23 de noviembre saldrá a la luz la Obra completa, en cinco volúmenes, con prólogos de Antonio Muñoz Molina y Andrés Trapiello, editada por Libros del Asteroide y Diputación de Sevilla. Un total de 3.664 páginas, pero, con bastante probabilidad, tampoco incluya la totalidad de la obra del periodista sevillano. 

La edición ha corrido a cargo de Ignacio F. Garmendia. Por alguna razón, se prescindió de María Isabel Cintas, que durante todos estos años ha sido la investigadora responsable de la recuperación de un nombre que estaba perdido en el precipicio del olvido.

Ya son de todos conocidas las trifulcas entre Andrés Trapiello, Abelardo Linares y María Isabel Cintas en torno a Chaves. Pero me cuesta entender –o lo entiendo– por qué se achica o se pretende achicar el nombre de Cintas cuando –y de eso no cabe duda– ha sido la principal investigadora en torno a este periodista. 

En 1993 ya se había publicado la Obra narrativa completa. Un año antes de que Trapiello reivindicara su nombre en Las armas y las letras, obra publicada en 1994. En 2001 la Diputación de Sevilla publicó, en dos volúmenes, la Obra periodística de Chaves, edición de Cintas, junto con La agonía de Francia. En 2006 se reeditó la Obra narrativa completa. Y en 2013, la Diputación de Sevilla publicó, ampliada, la Obra periodística, ya en tres volúmenes, edición también de María Isabel Cintas Guillén.

No se entiende, o cuesta entender, cómo no se ha contado con ella para esta última edición de las obras completas de Chaves Nogales. Dice Cintas que sí lo hicieron, pero querían que solo fuera colaboradora. Es lógico que no quisiera estar en segunda fila en este acontecimiento, y dice también que apoyó a Garmendia en todo lo que pudo para hacerle más fácil el trabajo recopilatorio. Y confía, eso sí, en su rigor para que el resultado final sea espléndido. 

Tampoco ella sabe cómo será el cómputo final. A diferencia de las ediciones anteriores, en esta ocasión las obras aparecen recopiladas cronológicamente. E incluyen, además de los relatos recopilados en La bolchevique enamorada, casi medio centenar de cuentos, encontrados por Linares y Cintas, así como algunos artículos no publicados en libro. La propia Cintas desconoce el resultado final de estos volúmenes.

Sea como fuere, la obra de Chaves Nogales –independientemente de que aparezca algún que otro original– necesita ya de una profunda revisión bibliográfica donde cada texto se identifique con el género periodístico de origen. Donde no se confunda obra periodística y obra narrativa. Y donde los textos de ficción y de no ficción se diferencien claramente. 

Si así fuera, se evitarían errores de bulto, como los propiciados por Martínez Reverte y Trapiello, quienes asumen que, como Chaves se exilió a Francia y después a Londres, cuanto escribió en La defensa de Madrid era pura invención. Claro, ignoran cómo se investiga y se escribe un reportaje. Un argumento vacío y falso donde han tropezado otros investigadores que se suman a rebufo del humo de la pistola. 

¿Y por qué ocurre esto? Por el desconocimiento de los géneros periodísticos. Chaves Nogales no es precisamente aquel periodista que se preste a inventar una historia. Además, desgraciadamente, la Guerra Civil escupía historias a mansalva para escribir y para llorar.

En 2017 tuve la suerte y la oportunidad de dirigir la tesis doctoral titulada Manuel Chaves Nogales, antecesor del periodismo narrativo. De la crónica al reportaje. Un estudio de caso: ‘La defensa de Madrid’, de la doctora Remedios Fariñas Tornero, colaboradora también de Andalucía DigitalEs la primera y la única tesis defendida en la Facultad de Comunicación de Sevilla sobre el periodista sevillano, y la segunda después de la tesis de María Isabel Cintas en la Universidad Hispalense. 

Acaso ha llegado el momento de leer a fondo y de investigar con profundidad los textos de Manuel Chaves Nogales, de contextualizar su obra, de saber con precisión el lugar que ocupa en esta profesión siempre herida de muerte, de descubrirlo a los jóvenes estudiantes de Periodismo para que encuentren en él una clara referencia de excelencia y, sobre todo, para romper viejos litigios que tan lejos quedan de una obra tan necesaria y honesta. 

Mi especialidad como catedrático de Periodismo en la Facultad de Comunicación de Sevilla son los géneros periodísticos, la escritura periodística, los textos fronterizos entre literatura y periodismo, la influencia de las tecnologías emergentes que posibilitan otros formatos, las nuevas fórmulas narrativas del periodismo cómic y un largo etcétera. 

Para los nuevos periodistas, Chaves Nogales es y debe ser un ejemplo a seguir. A ellos y a nosotros nos corresponde enmarcar su nombre en el lugar que le corresponde, lejos de trifulcas vanas de quienes ignoran de qué se nutría su corazón de periodista sensato y honesto.

Para Maribel Cintas. 

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

9 de noviembre de 2020

  • 9.11.20
No me gustan tanto las novelas norteamericanas como las francesas. Las primeras se desparraman en sí mismas sin alcanzar el final, cientos de páginas que pugnan entre ellas por alcanzar el millar, buscando la calidad también en la cantidad, y ahí tal vez junto a la máquina de escribir el autor debería contar también con unas afiladas tijeras. En ocasiones, resulta un arma de trabajo imprescindible. Van de una digresión pensada a otra intuida, se extienden en pasajes prescindibles en loor de una extensión que nunca será su principal valor.


Las novelas francesas, por el contrario, son breves, precisas, exactas. Verdaderas obras de orfebrería. En castellano podríamos hablar de novelas cortas o novelitas. No contamos con una palabra que defina el género en toda milimétrica extensión. Los franceses, sí: nouvelle

Los grandes escritores franceses son maestros que manejan con justicia y cadencia el género. Albert Camus, Jean Echenoz, Emmanuel Carrère, Patrick Modiano y tantos otros. La perfección, no siempre, al menos en este género literario, es incompatible con la abundancia y el derroche. La cirugía y la creación literaria, a veces, se complementan matemáticamente para alcanzar la obra maestra.

Cuando leí El extranjero de Albert Camus supe, en ese mismo instante, que el Premio Nobel francés sería para siempre uno de mis escritores de cabecera. Y así ha sido. Me impactaron las primeras líneas de esta breve novela. José Luis Alvarado, que califica la novela de maravillosa, sostiene, por el contrario, que el comienzo es de una vulgaridad abrumadora: “Hoy, mamá ha muerto”. Esa sería, en todo caso, la primera frase. Pero el arranque no termina ahí: “Hoy mamá ha muerto. O tal vez ayer, no sé. He recibido un telegrama del asilo. “Madre fallecida. Sentido pésame”. Nada quiere decir. Tal vez fue ayer”. 

Ahora, eso sí, el arranque es perfecto y único. Frío, distante, ajeno a todo sentimentalismo. Un hecho irrevocable al que todos nos enfrentamos sin posibilidades de renuncia. A partir de ahí, la historia se deja llevar con una mecánica indisoluble.

He leído estos días a otra autora francesa, maestra lógicamente de este género. Leo el arranque de Una mujer, de Annie Ernaux, y no puedo evitar compararlo con el de Camus: “Mi madre murió el lunes 7 de abril en la residencia de Pontoise, donde la había ingresado dos años antes. El enfermero dijo por teléfono: ‘Su madre se ha apagado esta mañana, después de desayunar’. Eran más o menos las diez”. 

El libro está escrito con una frialdad y una distancia imperturbables, pero en ese abismo que abre entre ella y la madre ya ausente se escurre un velo de humanidad indescriptible. Se lo han reprochado, de hecho. Cómo no.

En Francia, el origen es un estigma, una vergüenza social, escribe Patricia de Souza, y Ernaux discurre por esos páramos identificándose con el paisaje, describiéndolo como el contexto de su propia vida, narrados desde una clase inferior a la clase media alta. No lo hizo Marguerite Duras, ni Simone de Beauvoir ni Colette, añade De Souza. Es la antítesis de Beauvoir. 

A su lado no está Sartre, no hay burguesía. Ernaux escribe de casas pequeñas, sin ducha, con baños en el jardín, silos, supermercados, trenes de cercanías en los pueblos olvidados. Un paisaje que nunca conoció Beauvoir. Ernaux cuenta que, paseando con su padre por Biarritz, siente vergüenza por no llevar ropa de baño para bajar a la playa. Toma conciencia de clase. Ella no tiene al lado a nadie que se llame Sartre.

Mezcla el estilo clásico con el popular, se rompe cuando escribe con la agilidad de un maestro de esgrima: te roza, pero no te mata. Deja vivir a lector para que apure las páginas restantes, en una estructura matemática fuera del concepto de cualquier género concreto. 

Ella misma lo confiesa al final del libro. Dice que no sabe de qué género se trata: “Esto no es una biografía, ni una novela, naturalmente, quizá algo entre la literatura, la sociología y la historia. Mi madre, nacida en un medio dominado, del que quiso salir, tenía que convertirse en historia, para que yo me sintiera menos sola y falsa en el mundo dominante de las palabras y las ideas al que, según deseo, me he pasado”.

Por supuesto. No importa el género. Hay textos que se escriben para romper los moldes, para hibridar los ya existentes, para crear una nueva teoría donde antes no había nada. Hay libros que se escriben con el pulso firme y el corazón machacado, con la identidad definida y el dolor goteando sangre o sudor pese a los años. 

Hay un dolor que nunca se extingue y que solo se puede escribir con la tinta indeleble de la memoria antes de que el olvido arrase con los días. Hay en este libro una verdad que el lector percibe como propia, nada impostada, que nace de las horas vividas, que también pueden ser las nuestras. De hecho, son también nuestras.

Annie Ernaux escribe por necesidad. Ese dice. Cuando termina de escribir un libro, se siente vacía. No se siente liberada, sino vacía. Por eso siente la apremiante necesidad de escribir las primeras líneas de otro. La vida, para ella, es escritura. Y su escritura es el reflejo inmediato y natural de su vida, donde el mundo dominante son las palabras.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

2 de noviembre de 2020

  • 2.11.20
Me siento perimetralmente enganchado a la vida. Como un adicto sin cura. También perimetralmente solo. Aislado de los otros en los bordes impuestos. Leo mis propios pensamientos en el abismo de sus mismos límites, como si escapar unos centímetros más afuera implicase abordar sin justificación el cerebro de un vecino y trastocarles sus proyectos de vida; sacudirle en lo más íntimo mis más hondas sospechas acerca de todo este dolor que circunda nuestras vidas desde hace ya meses; imponerle, quién sabe, tantos sueños desbaratados que se me escapan por doquier cuando despierto. Siento que mis dudas bordean sus contornos con intenciones muy poco confesables, pretendiendo, tal vez, asaltar la corteza de sus contornos buscando otro hábitat más diáfano.


El cauce de los ríos transita entre dos orillas, pero la vida que nos desborda ahora ha crecido sin fronteras, creyéndose libre y todopoderosa, entendiendo que los perímetros y otros límites no van con nosotros, desoyendo el coro de musas que nos enajena y nos rompe. Ahora, exhaustos, más exhaustos, entendemos que las restricciones vienen a imponernos que la voluntad se someta a este tiempo de incertidumbre que ya no es tal.

España es el tercer país de Europa con más mortalidad por el virus desde julio. Ya no nos asustan las cifras. Vivimos, desde hace meses, midiendo las estadísticas para ver si andamos en ellas. Hay que sentir un respeto por este virus. Ha venido para quedarse. Es una frase que está en boca de todos. 

Ahora, ya perimetralmente aislados, sabemos que no es necesario logísticamente atiborrarse en la compra de papel higiénico. Lo dice un vecino mientras paga con la tarjeta de crédito: “A este virus hay que tenerle su miedo, pero tampoco es para cagarse”. Así que el buen señor sale del establecimiento sin papel higiénico y provisto con dos botellas de cava. Irá, con toda probabilidad, a celebrar su propio descubrimiento, su desahogo personal.

La luna naranja ayuda, en parte, a dibujar un círculo de nostalgia en mitad de una noche que vemos diferente. La noche ayuda a entender que mañana, cuando amanezca, no podremos viajar a ninguna parte. Esbozaremos un espacio delimitado por normas invulnerables y por un espíritu cívico que cuesta arraigar en esta esquina del mundo. 

Dicen las crónicas, impresas y digitales, que esta segunda ola nos llevará a Navidad con 8.000 fallecidos más. Pasarán las fiestas y estaremos más viejos, como decía la canción, e iremos sumando días sin esperanza a un futuro contorneado con fuego en nuestras propias narices.

El Día de Todos los Santos nos ha traído este año un recuerdo diferente de las pérdidas, de aquellos seres que no conocieron este tiempo de pandemia y que creyeron abandonarnos en un mundo seguro e iluminado. Cada vez más, a costa de palparnos la epidermis, mutamos las sensaciones por otras más creíbles y modestas, porque los sueños tampoco son tan grandes y libres como quisiéramos. Ahora se nos vienen en la proporción que estos días nos deparan, más chiquitos y reales, más asequibles incluso, más austeros y cercanos. Sobre todo, más reales.

Nos cuesta, cada día más, componer un mañana sin brechas, esbozar una primavera ausente de enfermedades olvidadas, añadir al quehacer cotidiano unas briznas de modesta felicidad. En una carpeta, hasta ahora en blanco, vamos anotando nuestros deberes por cumplir o incumplidos, las pesadillas recurrentes de días vacíos, las ventanas sin horizonte que circundan nuestra vida. 

Perimetralmente hablando, pisamos las calles y respiramos el mismo aire envenenado de ayer, y bebemos cerveza congelada en la misma mesa del mismo bar, pero sabemos, más adentro, que los días se repiten con otros números y otras variables posibles, que aquí, después de todo, la espera –o la cuarentena, depende a quien le pille– no hay quien se la salte. Hay un perímetro interior que ahora sí nos aprieta el cuello y nos doblega a entender cómo es este dolor compartido.

Tenemos aforo limitado para casi todo, menos para entender, para solidarizarnos, para emprender nuevos retos, para abrir la fiesta si hay razones sólidas, para inaugurar celebraciones convincentes y seguras, para comprender el sinsentido de las cosas. 

De nuevo, sentados en las terrazas, nos encontramos con nuestras propias sombras. Volvemos a llenar el frigorífico como si otra guerra estallara a nuestros pies. Aprendí con el anterior confinamiento a congelar el pan. Antes no se me había ocurrido. Después pasé a congelar los sueños truncados, los encuentros pospuestos, los amores siempre alerta, los libros que siempre vivieron congelados en mi alma y en los anaqueles.

A estas alturas, la casa se asemeja a un iceberg. Y solo escribo de la parte que flota y se ve. Más abajo, sumergida, conservo esa otra parte de la vida que nadie conoce, que yo mismo construyo en horas muertas, en esos momentos en que la realidad me abandona y logro sobrevivir a tantos proyectos que sé que serán tangibles cualquier día. 

Lo sé tanto más en estos días en que perimetralmente mis sensaciones cruzan las orillas de otros ríos sin que mi voluntad pueda contenerlas. Y más allá, donde se agota una luna naranja, sé que el vuelo no atiende a perímetros posibles. Y ese pensamiento ayuda. Claro que ayuda.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO


DEPORTES - MONTILLA DIGITAL



FIRMAS

Montilla Digital te escucha Escríbenos