San Juan de Ávila será 'Doctor de la Iglesia' en octubre

Ya hay fecha. El próximo 7 de octubre, Benedicto XVI proclamará 'Doctor de la Iglesia Universal' a San Juan de Ávila, al inicio de la Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos que se celebrará en Roma, tal y como lo ha anunciado el Sumo Pontífice durante el rezo del Regina Coeli.

La montillana Ángeles Pedraza seguirá al frente de la AVT

La montillana Ángeles Pedraza ha sido reelegida presidenta de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT), un colectivo fundado en el año 1981 y que, según sus Estatutos, pretende "socorrer a todas las víctimas del terrorismo del abandono y marginación del Estado".

Montilla acogerá un 'Enduro Indoor' el 30 de junio

Pese a los cambios de última hora que la Federación Andaluza de Motociclismo ha introducido en el calendario de las diferentes disciplinas deportivas para lo que resta de temporada, el Moto Club Montilla ha decidido mantener su Campeonato de Enduro Indoor para el próximo 30 de junio.

Descienden las visitas al Museo Garnelo a finales de 2011

Las visitas al Museo Garnelo cayeron en un 35 por ciento durante el segundo semestre del año 2011. Así se desprende de un estudio elaborado por la Oficina Municipal de Turismo en el que se detalla que el 60 por ciento de las visitas se concentraron entre los meses de enero y junio.

Polonio se queja por la impugnación de las oposiciones

La senadora por la Comunidad Autónoma de Andalucía, Rosa Lucía Polonio, reclamó al Gobierno, durante una comparecencia ante el Pleno de la Cámara Alta, una "rectificación" de la decisión hecha pública el pasado mes de abril de impugnar las oposiciones convocadas por la Junta.

Las hermandades se oponen al traslado de la Feria de Día

Las hermandades y colectivos que desde hace dieciséis años vienen promoviendo la 'Feria de Día' en el centro de la localidad mostraron su "rechazo frontal" a la propuesta del equipo de gobierno del PP de trasladar esta celebración al Recinto Ferial, en el entorno del Polideportivo.

Prohíben "redadas indiscriminadas" de inmigrantes

La Dirección General de la Policía ha publicado una circular que prohíbe expresamente a los agentes "establecer cupos de identificación de extranjeros", así como desarrollar "actuaciones masivas o indiscriminadas basadas en criterios étnicos", una práctica denunciada por la AUGC.

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27 de mayo de 2012

A Felipe

Hubo un tiempo en que los días eran claros y te llenaban el alma, y los viajes solo eran breves desplazamientos hacia donde ibas buscando trozos de tu propia vida que habías ido dejando diseminada por los caminos. La voz de Antonio Machado era la prolongación de nuestra propia voz. Recuerdo el olmo seco y la tumba de Leonor. “A Leonor. Antonio”, rezaba la tumba. Así, sencillamente.

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Se ve que el epitafio lo redactó el poeta y que en ocasiones a la rosa no hay que tocarla más, como también advertía Juan Ramón. Paseamos entre los álamos del Duero y buscamos la casa de Leonor hoy ya derruida. Sabíamos que el tiempo todo lo barre, excepto la memoria, y que es el recuerdo, en definitiva, el que nos hace seguir estando vivos entre los demás.

Hay un día también en que todo se oscurece y la vida se estrecha como un camino que tiene fin. Y después hay que buscar otro sendero, porque el camino somos nosotros mismos, y en ocasiones hay que atajar por carreteras secundarias y tierras pantanosas que nadie conoce o que todos abandonamos a un lado antes de sentir las botas atrapadas en el lodo. Ese mismo día las lluvias más pertinaces pronostican un tiempo de nubes bajas y los escrutinios del tiempo no anuncian un receso en esta tormenta inaudita.

Nada que ver con aquellos viajes a Murcia llenos de calor y de gozo, buscando las habas y los limones de sus huertas, un mar templado de posibilidades y un futuro sin puertas de emergencia por donde entrábamos y salíamos a nuestro aire, conscientes de que la vida brotaba a borbotones.

Sobraba la alegría y los excedentes de juventud los paliábamos con frases prestadas de escritores consagrados y con ocurrencias repentinas que nos sobraban y que solo los pocos años nos regalan cuando la sangre bulle desafiante.

Después vino el chapapote de Galicia y las ferias fueron acumulando un cansancio desordenado en las venas, y todo era un volcán de felicidad que nadie pensó jamás que pudiera extinguirse.

Pero alguien apaga los fuegos que nosotros mismos prendemos y nos dejan ciegos en mitad de la noche, y cuando amanece tampoco hay luz, porque también la luz, como el camino, anida en nosotros mismos. Y comenzamos a mirarnos por dentro a ver dónde dejamos olvidadas las llaves de la casa, los libros leídos, los amigos de siempre.

Con el tiempo suelen ser preguntas recurrentes. Siempre las mismas. Y tanto insistimos en responderlas que nos van cuarteando el rostro con sus epigramas y nos habitan la mirada con las mismas incógnitas que escondemos en el corazón, y vemos ahí que nuestras preguntas son idénticas a las de los demás. Y que nada nos diferencia, sino el tiempo transcurrido entre una fecha y otra, entre una desesperanza y otra ilusión nueva.

Somos siempre los mismos y dejamos en la tierra a aquellos otros que son parte de nosotros y nos habitan y nos recrean más allá de cuando nos fuimos, y estando en ellos somos y seremos por siempre nosotros mismos.

Así que otra vez estamos aquí, dando vueltas a la misma mesa, recorriendo una vez más las orillas del río Duero, recordando que también ahora, hace ya un siglo, don Antonio publicó Campos de Castilla, y que aquellos versos le salvaron la vida.

A finales de 1912, escribió a Juan Ramón Jiménez: “Cuando perdí a mi mujer pensé pegarme un tiro. El éxito de mi libro me salvó, y no por vanidad, ¡bien lo sabe Dios!, sino porque pensé que si había en mí una fuerza útil, no tenía derecho a aniquilarla”.

Así también pienso yo. Que en ocasiones las palabras nos salvan. Del mismo modo que también pienso que a veces las palabras sobran y que el silencio reconforta, como el sueño cuando la tarde es cálida y limpia.

Ahora busco el silencio que no tuve entonces, ese vacío de palabras que me dejará por un tiempo mudo, ausente de un tiempo presente que no necesito y de un futuro incierto que he de aprender a domeñar.

Y en ese horizonte desdibujado siempre encuentro tu sonrisa invulnerable y tus ansias siempre renovadas por voltear el destino de mil maneras distintas hasta exprimirlo del todo. Miro al frente y no sé andar solo, y tampoco sé si quiero. Me siento en un banco del parque, como aquel otro hombre que yo me inventé aquí y que allí encontró su destino, y sé que no hay camino, sino estelas en la mar.

Siempre vuelve el poeta con sus versos tan manidos cuando te recuerdo pensando que es imposible que te hayas ido sin despedirte, sin haber programado un nuevo viaje por tierras inventadas y páramos desconcertantes.

En fin, aquí sigo, Felipe, esperando entender algún día esas razones que nunca entenderá el corazón, porque el corazón, al menos el mío, no admite ya explicaciones ni excusas, y tal vez ya no puede ni quiere entender nada, cuando nos arrebatan una juventud tan limpia como la tuya.

De tu hermano, que te quiere.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

20 de mayo de 2012

Clara

Ella le dijo que se llamaba Clara. Él lo tenía claro. Se podía llamar de cualquier manera. Y poco importaba. La fiesta iba para largo. Ella tenía una mirada alegre y comprometedora y unos ojos claros, posiblemente verdes, que todo lo volvían oscuro o todo enturbiaban o todo lo resplandecían. Ya no sabe.

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Los labios eran gruesos, insinuantes o atrevidos. Tampoco sabe. La realidad es tan terca que describirla con precisión es misión imposible e inútil. Pero ciertamente que son labios que no se olvidan.

Había bebido suficiente o demasiado. Por eso sus frases eran breves y contundentes, pues anunciaban mucho más de cuanto pretendieran expresar. Le dijo que le leía sus artículos y sus relatos. Muy nostálgicos, dijo. Aunque con toda probabilidad la nostalgia esté en mí, le dijo también. Una frase hecha, pensó él. Te enviaré un comentario. Pero hasta hoy. Es lógico. Qué se puede escribir en un comentario a un hombre que no conoce sino por algunos de sus escritos.

Aquella noche soñó con ella. O tal vez no soñó, porque no logró alcanzar el sueño. Llenó medio vaso de whisky y pensó sin aliento si estaba preparado para olvidar sus ojos. La respuesta era evidente. Nadie tiene cojones para olvidar unos ojos como esos. Así que bebió y se sirvió otro medio vaso.

No corría viento y el aire estancado hacía que la noche no fuera el espacio idóneo para recrear hechos apenas perceptibles para una memoria castigada por los años. Encendió el ordenador para comprobar si ella le había escrito, y obviamente ella no lo había hecho. De manera que el desengaño tiró anclas en un océano de nadie.

Durante muchos días pensó si una mujer puede aparecer y desaparecer de su vida como si la tierra se la hubiera tragado de repente. Y advirtió acertadamente que su existencia estaba plagada de experiencias semejantes.

Como es obvio, volvió a encender el ordenador un día tras otro, pero ella nunca escribió. Y supo sin remordimientos que los sueños los alimentamos por el simple placer de no perecer a la apatía que nos mata día a día.

En cualquier caso le ayudó, una vez más, a entender que ninguna mirada se parece a otra, y que el mundo está habitado también de miradas vacías. Tal vez este pensamiento le preparó para olvidar el incidente de una noche de feria y alcohol que nunca buscó y que, por esa misma razón, debía archivar en la carpeta de los casos insignificantes.

Pero el tiempo enseña que algunos ojos alumbran en la oscuridad y que la noche se hace eterna y uno no sucumbe a su magia. Ella volvió a entremeterse en sus sueños sin nombre y posiblemente sin identidad, varió la fecha y el escenario del encuentro. Que poco importaban ya.

Y solo conservó esa sensación que llena el alma por unos instantes y que le ayudaba a sobrevivir a los reveses de un tiempo hostil y desapacible. Sabía que cualquier día ella le escribiría unas palabras breves y sencillas sin otra pretensión que certificar su existencia y que ese simple hecho le ayudaría a entender que un encuentro casual sin prórroga posible se vuelve más sólido que una relación amañada a las espaldas del deseo.

Pensó más de una vez en la nostalgia y en sus consecuencias, y pensó también si ese barniz del tiempo no era excusa suficiente para sobrevivir a la auténtica nostalgia de la que nunca podemos escapar, y si escribir sobre esta materia no era sino un ejercicio vulgar para desprenderse de sus múltiples consecuencias. Todo es posible, se dijo.

Un día, sentado a la barra de cualquier bar, pidió un coñac. Extraño en él. Después observó que una mujer le miraba. Tenía una belleza corriente, de tinto barato, y una piel lechosa de tetrabrik caducado.

Puso los ojos en su mirada, y vio que no era ella. Pagó el coñac que no bebió y al salir a la calle supo que, por alguna oscura razón que no entendía, un día nunca se parece a otro. Desgraciadamente para él, lo tenía claro.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

13 de mayo de 2012

El tiempo y los sueños (y XXVIII)

Hay sueños que nadie ha logrado escrutar. Son nubes que cruzan el firmamento de uno a otro lugar, pequeñas manchas que apenas dañan un cielo permanentemente azul. Son sueños deshabitados. Alguien, alguna vez, cruzó sus estancias vacías y las amuebló para ese instante, pero el óxido, que todo lo muerde, rompió el brillo de una eternidad extenuada por el miedo o la inconstancia.

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Hay sueños deshabitados, espacios vírgenes por descubrir y conquistar, que no constan en los mapas primeros ni en los códices más antiguos, y que los hombres y las mujeres buscan cada noche de modo individual, cada cual por su lado.

Unos y otras cruzan pasadizos secretos y oscuros, tierras pantanosas, océanos vacíos que no existen sino en esa irrealidad que construyen dentro de los sueños más siniestros.

A veces, estos hombres y estas mujeres identifican sus huellas en estos sueños deshabitados y temen que la horma de sus zapatos se quede archivada para siempre en un tiempo de nadie al que temen y del que huyen.

Después, al amanecer, los sueños se diluyen como nubes en el horizonte, y el verano abre unos días largos y alegres que van dando paso al olvido con un dolor menos intenso, casi imperceptible.

* * * * *

Este hombre ya no sueña. Para qué, se dice. Le gusta la realidad tal como es, tal como la pinta y se pinta. Ahora mira a la ventana, se acerca a la ventana. Desde allí el cielo se abre en un atardecer que se muere.

Siente un cansancio alegre que le puede y que se queda. Hay una luz gris y roja afuera, y un viento tierno que mece los eucaliptos y los cañaverales del río. Los pájaros buscan acomodo entre las ramas verdes que los ocultan, y el río, apenas quieto, espera que un barco lo cruce en mitad de esta tarde enigmática que se agota en sí misma.

En la habitación apenas hay luz. Ve la sombra feliz de la mujer que le ama. Le gusta verla allí tirada, esperando su presencia de macho castigado y de niño desprotegido, alimentando la presunción contrastada de que esta mujer está hecha para guerras que no conocen tregua posible. Se acerca a la cama y se desnuda. Se tiende al lado de esta mujer que no dice nada, pero que quiere decir algo mientras lo tienta cautelosa y decidida.

* * * * *

El hombre mira la quietud reinante en el dormitorio. La mujer le pregunta hasta cuándo se quedará con ella. El hombre observa ensimismado una tarde que es distinta a todas. Siente el cuerpo de esta mujer cada vez más próximo, como si fuera parte de él mismo.

No dice nada. No sabría qué responder. Tampoco sabe si debe responder cualquier cosa. Hay preguntas que no tienen respuesta, porque no las hay, o que no se conocen, o que no se deben tentar con premoniciones que las delimitan en su proyección definitiva.

Pero sabe que esta mujer necesita una respuesta para acallar su inquietud. Y no cualquier respuesta. La mujer lo mira esperando incluso una sorpresa. No le importa cuál. Y le repite hasta cuándo se quedará allí. El hombre mira una luz extenuante que se difumina y se apaga, y solo se atreve a decir:

–De momento, hasta siempre.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

6 de mayo de 2012

El tiempo y los sueños (XXVII de XXVIII)

Este hombre se pone en pie y da unos pasos al frente. Tiene a la mujer solo a unos centímetros de distancia. La mira sin pestañear. La mujer mantiene la mirada. No quiere mirar a otro lado. El cielo se oscurece y descarga una lluvia abundante.

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Afuera el olor a tierra mojada impregna el ambiente y deja un aire limpio y una luz transparente que rompe el cielo negro en trozos también rojos y azules. El hombre no dice nada, no quiere decir nada. A veces, piensa, sobran todas las palabras.

Curiosamente, la mujer piensa algo parecido, pero le gustaría que este hombre le dijera algo al oído. No lo hace. La abraza desde los hombros y la atrae hacia él. Ella se deja llevar.

Tan cerca de este hombre, huele un perfume que ya le es familiar. Ella no mueve las manos, deja caer su rostro sobre su pecho oliendo y buscando sensaciones que no le son ajenas ni extrañas, esas mismas sensaciones que anduvo buscando durante tantos años antes de que conociera a este hombre que no duda en desnudarla sin prisas, midiendo cada movimiento, cada gesto.

Ella siente una respiración controlada, medida a su voluntad. Siente sus dedos que buscan en su blusa botones y ojales que desanudar. Cuando el hombre tira la blusa al suelo, ella busca una desnudez que no encuentra. Deja caer también un sujetador color violeta que a él le gusta.

Intenta desabrocharse los vaqueros, pero él se lo impide. Prefiere hacerlo a su modo. Ella se deja hacer. Él le baja los vaqueros con parsimonia y después la desprovee de unas braguitas que antes nunca vio, y cuando ya no tiene más prendas que cubran su cuerpo la hace sentar en la cama.

Ella se tiende con los brazos abiertos, apoya la cabeza en la almohada y abre las piernas. El hombre observa el cuerpo que desea y que no sabría describir con precisión si esa fuera ahora su intención.

Durante unos minutos la mira sin decir nada. Él es feliz pensando qué pensará ella, si está a su lado porque él le proporciona los gramos de placer que ella ansía o sencillamente se ofrece irrespetuosa y entera porque es el modo más eficaz de agradecer su compañía o también la recompensa gratuita por romper una soledad que ya le venía ancha a su vida dilapidada.

Ahora este hombre, que durante tantos años anduvo de fonda en fonda, escudriñando mapas inaccesibles, inventando islas desiertas que habitar, evitando grutas a las que el hombre jamás se asomó, opta por quedarse quieto delante de una mujer que encuentra distinta a todas, que sabe que nunca le defraudará en un mundo en el que el trueque y la intoxicación son corriente moneda de cambio.

Este hombre, que conoce los mercados y los casinos, los juegos de azar y a los prestamistas, las deudas infructuosas y las inmerecidas plusvalías con que lo oprimieron en otro tiempo de especulaciones, ha dado la espalda a ese mundo que se agota a sus pies y que ya no le interesa, cuyos beneficios toscos rechaza por fáciles o vulgares.

Mira a esta mujer desnuda sin saber exactamente qué hacer, sin tenderse a su lado y adormecerla con caricias sinuosas o volcarse sobre ella como un huracán que arrasa y devora la naturaleza que se tropieza a su paso. Posiblemente esta mujer, se dice, necesita ambas medicinas, porque la vida le ha enseñado que el deseo descontrolado y la caricia más sutil se complementan sin excluirse.

La mujer se siente observada por este hombre al que ama sobre todos los hombres de la tierra, se siente deseada, y no le importa insinuarse toda desnuda. Ahora entiende que ese cuerpo que Dios le ha dado está fabricado para hacer perder la razón a un hombre que la desea como ninguno hasta ahora lo ha hecho.

No se siente sucia ni pecadora. Al contrario, nunca como ahora ha querido ser una puta decente, la puta de un solo hombre, de este hombre al que ama con un sentimiento único y diferente, para el que quiere volcar toda esta ternura que hasta ahora no era consciente que podía manejar con tanta profesionalidad.

Allí tendida ha aprendido en un solo instante que este hombre ya no vagará extraviado por el mundo, porque ella es consciente de sus armas de seducción, de sus posibilidades de entrega, de su lealtad inquebrantable a un hombre al que cree habilidoso en las artes amatorias y en las trifulcas mundanas, pero al que también está dispuesto a sorprender a su manera y definitivamente.

Sabe que ahora este hombre está condenado a compensar con intereses aquellos momentos que aún no ha vivido y que le iluminarán la mirada de una serenidad que siempre quiso alimentar en otras habitaciones prestadas para un momento fugaz. Ella ahora espera a que el hombre se desvista y se recueste a su lado, porque sabe también que después, cuando amanezca, ni él ni ella, querrán estar ya en ninguna otra parte.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

29 de abril de 2012

El tiempo y los sueños (XXVI de XXVIII)

Cuando ella sube al apartamento, encuentra al hombre catalogando algunos libros, buscando en el desorden propio del momento un determinado orden que le permita abrir tiempo al sosiego. La mujer lo ve yendo y viniendo de aquí para allá, consciente de que entre estas cuatro paredes pretende construir su futuro.

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A ella le hubiera gustado que se quedara a vivir en su casa, pero entiende también que este hombre necesita un espacio personal, un rincón desde donde escribirá cuanto hasta ahora ha ido aplazando para cuando fuera posible, hasta ese momento en que toda empresa pudiera ser asumible.

La mujer lo sabe, y no se le ocurre insinuar la posibilidad de que abandone esta iniciativa. Al contrario, la mujer ha optado por vivir con él, porque ama su estilo de vida, un tanto al margen del entorno, dentro y fuera de la ciudad al mismo tiempo.

A veces, se pregunta si un día volverá al camino, si cuanto han construido entre los dos quedaría a este otro lado de la mampara. Pero desiste de pensamientos turbios, porque ha aprendido de una vez por todas que estos sentimientos complejos y frágiles que se asientan sobre dos personas que son edificios móviles y volubles, que es necesario alimentar a cada instante.

Esta mujer sabe sobre todo que se quiere quedar al lado de este hombre. Se ha acostumbrado a sus noches de algarabía, a sus amaneceres placenteros, a sus desayunos copiosos. A su manera, se ha acostumbrado a vivir en un micro mundo desde el que el mundo exterior se puede observar como un óleo colgado en el salón cuyas escenas sucesivas muestran la otra cara de la vida, como si, lejos de la realidad, el mundo fuese un espacio microscópico y abarcable en una sola mirada.

La mujer ha cerrado la puerta de su casa y piensa si con esa medida ha clausurado un pasado que nunca quiso. Por momentos piensa también si algún día volverá a abrir esa puerta, porque hacerlo significará de nuevo un fracaso posible pero también inmerecido y recurrente.

La llave de esa puerta simboliza también la posibilidad de una alternativa en caso de fracaso, un retiro voluntario si el jarrón de los sueños se hace añicos cualquier día. Pero abandona toda duda innecesaria que no tiene cabida en este renacer que la ha cambiado sin pretenderlo.

Ella se dejó llevar allá donde siempre había levantado cadenas o muros inexpugnables. Ahora se siente a gusto sin libros de autoayuda, sin máscaras tras las que ocultar sus debilidades alimentadas con trienios de una soledad sólida que ahora rechaza y no reconoce. Se siente a gusto aquí desnuda, sin defensas, sin argumentos preconcebidos, sin posibilidad de retorno a una vida desactivada por inútil o vacía.

Ha salido a la terraza. El río baja manso. El viento anuncia una tormenta de primavera que refresca el ambiente. Reluctante al vacío que habitaba, esta mujer se da la vuelta y vuelve a observar a este hombre que se ha sentado en un sillón de orejas semejante al que tenía en la habitación del hotel.

Ha abierto un libro al azar, ha leído dos o tres frases a las que da vueltas en la cabeza sin otro objetivo que entretener el momento. Ahora mira a la mujer que lo mira al mismo tiempo.

Recuerda ahora su primera mirada, sentado en un banco del parque, una primera mirada que la identificó sin decir más que cuanto insinuaba; o sea, que lo decía todo sin palabras y sin decirlo. Como quien extiende una alfombra sin indicar ni cuándo ni cómo se ha de pisar, si calzado o descalzado, si poco a poco o en un momento de ebullición, como si fuera una olla exprés pronto a estallar. Hay momentos que nadie sabe decodificar, que pocos alcanzan a leer la fórmula mágica de su interpretación entera.

Se trata de una sola e irrenunciable resolución, que estampa un cartel indescifrable colgado en mitad de la existencia, a un lado del camino que nunca anduvimos sin más equipaje que la decisión inalienable de que debe ser así. En ocasiones no lo es, claro está. Ese es el riesgo que alimenta la sombra negra, la duda que anida en los pasos indecisos, que nunca nos abandona cuando, lejos de aquí, deberíamos emprender el camino a sabiendas de que detrás de la mampara solo hay o puede haber un espacio abierto al vacío.

Esta mujer, sin embargo, ha arrugado el miedo como si fuera un trozo de papel y lo ha tirado sin mirar adónde, y ahora entra en el apartamento, cierra la puerta que comunica con la terraza y dirige sus pasos hasta este hombre que ha dejado el libro sobre un pilar de libros y se dispone a resolver, como mejor sabe o entiende, el dilema que esta mujer le va a plantear felizmente sin titubeos posibles.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

22 de abril de 2012

El tiempo y los sueños (XXV de XXVIII)

A la mujer le gusta el apartamento que este hombre ha alquilado, con derecho a compra, frente al río. Es un espacio luminoso por el que se pone el sol al atardecer en toda su plenitud y decadencia. La mujer observa a este hombre mientras mide las paredes blancas que pronto cubrirá de estanterías. En el suelo los libros comienzan a apilarse en columnas desiguales que luchan por mantener un equilibrio quebradizo.

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El hombre imagina la habitación ya amueblada con un estilo sobrio y personal, un rincón donde perder las horas que solo quiere para él. La mujer sabe que él necesita su propio hábitat donde pelear con las palabras y decodificar lecturas siempre retardadas a expensas de encontrar horas sin nadie que necesita para ordenar ideas y materializar proyectos aplazados de un día para otro o quizás para nunca.

La mujer prefiere bajar y pasear por la orilla de un río aún sin urbanizar que solo cede espacio a este pequeño puerto deportivo que ella acoge como propio. Le gusta caminar perseguida por algún perro cuyo dueño se ha olvidado de su potestad y que ella acoge como compañía aunque igual prefiere en estos momentos la soledad en que se cobija.

Piensa por qué no se fue a vivir a casa con ella, por qué prefiere esa distancia pactada que los mantiene unidos a su pesar. Ella sabe que este hombre siempre soñó con una ventana que mira al río, una habitación alegre que dé vida donde las palabras aniden a sus anchas y la música acompañe el sonido del viento en las tardes cárdenas de una primavera tormentosa e irregular.

A esta mujer le gustaría que el hombre viviera con ella cada minuto del día, que midiera los bordes de su sombra con la mirada, que anduviese sus pasos al mismo ritmo que ella recorre cada minuto de su existencia, pero tal vez en todos estos pensamientos haya un error de cálculo, una visión distorsionada por una educación excesiva que la llevó a madurar muy poco a poco, siempre condicionada por una inseguridad que hizo mella en un proceso de madurez que la ha llevado a ser quien hoy es.

Por eso, pretende acostumbrarse a la felicidad de este hombre que la hace feliz a su manera, sin condicionarla a sus lecturas ni a sus viajes ni a sus bebidas espirituosas. Posiblemente ya se haya hecho a su modo de ser mucho más que cuanto llega a elucubrar en esta tarde celeste de primavera.

Y tal vez, piensa también, es que no le importa sucumbir a su encanto de hombre libre y diferente, en cierto modo romántico cuando la atenaza con sus brazos grandes y tiernos, y la envuelve en una diáspora de sensaciones en la que ella sucumbe con intención y de la que ni quiere ni pretende huir.

El río es una metáfora de la vida, esa serpiente de agua que sisea dividiendo tierras iguales y atraviesa vegas y campiñas sin desviar el cauce del lugar donde ha de desembocar. Mira el río y siempre es el mismo siendo otro, siendo tantos a la vez y ninguno al mismo tiempo.

Así se siente ella embutida en ese cuerpo de infarto que le ha dado la vida y en el que este hombre quisiera volver a navegar una vez más y por siempre, orillando los bordes de la locura cuando salva correntías, accidentes geográficos que ya conoce con pericia, cavidades boscosas y húmedas en las que él indaga el origen de su sinrazón sin otra pretensión que vivir en esta enajenación que le vivifica las entretelas de sus desvaríos y los pecados más recurrentes y dispersos.

Ella se sabe poseedora de ese don que es la seducción, de esa belleza maltratada por los años malgastados y apenas vividos y la soledad que todo lo marchita y oxida, como si el cuerpo fuera una herrumbre de hierros desportillados y piezas marcadas por una fecha de caducidad tal como cualquiera podría observar tras la lectura de ese manual de instrucciones que nadie ha escrito y que todos se apresuran a descifrar cuando los años se amontonan en derredor como un enjambre de abejas sedientas de sexo o de vida o simplemente de aire.

Qué más da, piensa esta mujer bella y enigmática cuando avanza por la orilla del río mientras un perro de dueño olvidadizo la persigue y vigila sus sueños en un mundo que vive sin sueños a la orilla de ningún río.

La mujer sabe que ha llegado el momento de quedarse allí, de medir el mundo desde el estrecho ángulo en que ahora se encuentra. El cielo se ha cubierto de nubes moradas y negras, espesas y próximas. Una llovizna ligera le dice que la primavera se impone a regañadientes aunque imperiosa, y que mañana un cielo azul intenso le recordará que vale la pena seguir adelante.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

14 de abril de 2012

El tiempo y los sueños (XXIV)

El hombre ha decidido quedarse en la ciudad. Siempre amó ir de allá para acá, con poco equipaje, olvidando las huellas que el barro borra y que la memoria archiva desordenadas y dulcificadas, esperando el momento idóneo para un escrutinio y archivo definitivos. Pero a veces no hay un momento después para la reflexión, porque el camino se bifurca o se confunde o abre trecho a otros senderos nunca soñados. Y el pie, guiado por el corazón y el cerebro y las vísceras, da un paso al frente, y el otro pie avanza otro paso, y así sucesivamente, hasta que el lugar de partida es un punto negro en el olvido.

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Este hombre ha decidido quedarse en la ciudad. Sabe por qué pero no hasta cuándo. Nunca se preguntó hasta cuándo se quedaría en ninguna parte. Hay respuestas que desconocemos y que, sobre todo, no están a nuestro alcance plantearlas o responderlas, ni depende de nosotros.

Todo toca a su fin, es cierto. Incluso cuando cualquiera de nosotros optamos por una dirección, no siempre es la voluntad propia la que decide en último lugar. El viento, aunque nos pese, sopla en nuestro interior y nunca sabemos si es levante o poniente, si procede de las arenas del desierto o de los glaciares del norte.

Sabemos, y no es poco, que debemos hacer el equipaje, escribir una carta breve de despedida y partir sin añoranza y sin expectativas, como quien cruza la calle para comprar el periódico o echar una carta al buzón.

No hay decisión más desacertada e inoportuna que observar desde la corta distancia el camino que uno nunca se atrevió a emprender, porque en esa decisión o en esa certidumbre acechan las dudas más hondas y la melancolía menos difusa. El cielo, a esas alturas, es un techo próximo que ahoga y el campo abierto a nuestros ojos se muestra emparedado como una habitación sin vistas.

Este hombre sabe que ahora ha llegado el momento de sentarse. Lo sabe porque el mundo ya no grita a sus espaldas y hacia donde miran sus ojos solo atina a ver circunstancias espoleadas durante años.

Observa el río con su mansedumbre salvaje e inexplorada y encuentra en sus aguas turbias su propia vida que navega cauce abajo, hacia donde desembocan todos los ríos, que es el mar (Jorge Manrique dixit).

Se queda pensando por qué demoró años en encontrar este lugar al que siempre quiso llegar y por qué hubo de dar tantas vueltas al mundo y a su vida hasta encontrar este rincón próximo que ya vio en multitud de ocasiones, y por qué ahora, cuando más desorientado creía hallarse, encuentra aquí las herramientas esenciales e imprescindibles de la felicidad.

Escucha el timbre de la puerta y es la mujer que viene a buscarlo. Cuando abre la puerta del apartamento, ve sus ojos iluminados. Trae una botella de vino y unos sándwiches de los que a él gustan.

La abraza por puro imperativo de la ley que rige los designios del hombre en la tierra, por puro placer o necesidad o instinto. Qué más da. La desviste con prisas, como si el tiempo se fuese a agotar enseguida y definitivamente.

Le gusta ver su desnudez completa, recorrer su piel escrutando accidentes geográficos ya conocidos que espera identificar con la misma sensación de la primera vez. Y así ocurre, como ocurre siempre que los dos cuerpos se enlazan para buscarse y necesitarse y apaciguarse.

Le hace el amor con violencia y ternura, una mezcolanza que ella conoce y requiere con premura y justicia. Esta mujer no tiene hartazgo –posiblemente les ocurre a todas, esgrime él-, si por ella fuera no habría tregua en esta guerra desaforada del amor y del sexo.

La del sexo, vale, piensa ella. Y la del amor también vale, piensa ella. Pero cuando ambas sensaciones se conjugan en un mismo cóctel, piensa ella, es para morirse, carajo, grita ella, no se te ocurra parar ahora, le dice al hombre, que el mundo se apaga, que todo lo que buscaba estaba aquí, carajo.

Mueve esta barca con tus remos contra toda tempestad, cruza este océano sin agua de punta a punta, como si el espacio fuese tan etéreo como el amor, y no sucumbas a este huracán que enerva mi piel, le dice a este hombre, que trabaja con ahínco y dedicación extremos por llegar a buen puerto en esta navegación extenuante y sin regreso que arrasa cordilleras y ventiscas, cabos y golfos, estepas y llanuras, hasta avisar la meta que ya la veo porque no veo, dice ella.

Estoy a oscuras y veo la luz, dice ella, esto es un milagro, carajo, grita ella enajenada y feliz, ahora mismo no se te ocurra salir de mi cuerpo, le dice a este hombre, quédate un momento así, que sienta sobre mi cuerpo el peso de todo el mundo, que sienta que todo se derrumba a mi alrededor, mientras alcanzo a imaginar el río que baja mudo a nuestras espaldas.

La mujer abre los ojos con una sonrisa placentera e infantil, muestra una ingenuidad madura que nunca quiere perder, mira al hombre que la aborda con sus manos grandes y tiernas, y solo alcanza a decirle: "quita de encima, carajo, que me aplastas".
ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

7 de abril de 2012

El tiempo y los sueños (XXIII)

De vez en cuando, este hombre piensa que vale la pena detenerse, parar un rato, cerrar los ojos, pensar estoy aquí, pensar la vida pasa, los trenes pasan, aunque en realidad somos nosotros también quienes verdaderamente pasamos. El tiempo, él lo sabe, no existe, apenas existe nada, por momentos piensa también si nosotros existimos; lo piensa, eso sí, con los ojos abiertos, mientras cruza la ciudad de punta a punta, palmo a palmo. Como consecuencia, no se trata de las secuelas de ningún sueño, para nada.

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Este hombre, alguna vez, vigila los sueños como un carcelero espía a los presos, no se deja sobornar a la primera, piensa que incluso nunca se dejaría sobornar, aunque lo piensa a voz en grito, porque nunca le gustó desdecirse cuando el horizonte es claro.

No le gusta esquivar los caminos certeros, aunque a veces también le gusta voltear el trecho marcado y perderse por lugares ignotos que le motivan a recrear el viaje. El objetivo, obviamente, siempre es alcanzar la meta por lejos que esta quede.

Hay días que necesita meterse dentro de él, desprenderse del contexto, aislarse de él mismo, habitar un espacio al que solo él tiene acceso, buscarse las cicatrices más profundas a las que ningún psiquiatra podría hallar diagnóstico certero.

Él se mete tan adentro de sí mismo que teme por momentos no encontrar la salida porque, allá en su interior, encuentra una paz reconfortante que le ayuda a esquivar las zancadillas del destino que no ha merecido o que ni siquiera entiende.

Es allí donde las dudas le atenazan con una virulencia de la que desea desprenderse lo más pronto posible. Nada le ata ya a ese espacio carcomido por sueños deshabitados donde en otros días más intensos construía un futuro a su antojo pero donde ya hoy no vale la pena tenderse a pensar en las tardes en que todo el horizonte se podía abarcar con el esplendor de las manos extendidas.

Todo queda ya, pues, en el ámbito del arbitrio, como la vela de un navío desplegada al viento, con tanta agua por delante como por detrás, o como un vagabundo en mitad del desierto, rodeado de arena infinita por todas las latitudes, o como él mismo en la esquina de una ciudad cualquiera o de esta ciudad en concreto.

Él está aquí, vestido para la ocasión, sin otro proyecto que, sin dejar de ser él mismo, amar por siempre a esta mujer que conoció unos meses atrás en un banco del parque y a la que amó y ama, piensa ahora, como nunca antes había amado.

Cuando descifra muy adentro de él mismo el significado de estas palabras, ese simple hecho le retrotrae a otro momento de su vida anterior en que siempre quiso creer en estos sentimientos tan comunes pero que a él le parecían pueriles o tan engañosos, tan inconsistentes tal vez que, ahora que son ya parte de su propio ser, quisiera entender que se ha extraviado en sus más arraigadas convicciones y que cualquier día un soplo de cordura le devolverá la razón que ahora le falta o le confunde y que al mismo tiempo le hace dichoso como nunca lo fue.

Siempre fue feliz, es cierto. Vivió sin arraigo a lugar alguno, con afectos medidos y eficaces que le alentaban un equilibrio interior puro y limpio y del que nunca quiso desprenderse. Hubo algunas mujeres, muchas o tal vez demasiadas, en una vida dilapidada a su antojo, construida con retazos de fiestas y de viajes, de algarabía y de melancolía bien nutrida de noches felices. También de sueños. Algunos ásperos y otros sinuosos como piel de melocotón.

Todo vale cuando la juventud gobierna los días y los días por contar todavía son múltiples o indefinidos, y el placer sin límites anida en el alma como un áspid que te busca una muerte dulce y que nunca muerde pero que siempre anda ahí acechando.

Cuando este hombre era joven, la muerte siempre vagaba por lugares limítrofes con la amenaza bien fundada de que nadie debe descuidar el arma que aprietan sus puños, porque la vida es tan frágil como un huevo que rueda por la mesa y una vez en el vacío poco importa la altura a la que estallen los sueños, porque antes de hacerse añicos la vida vale ya tan poco que, por momentos, pensamos o queremos pensar que un huevo, cualquier huevo, puede quedarse colgado en el aire por tiempo indefinido como a todos se les quedan los sueños propios colgados tan adentro, flotando en un océano sin esquinas al que nadie tiene acceso, solo nosotros, los dueños de ese mar ilimitado que no podemos alimentar porque nos ahoga en lo más profundo de nosotros mismos, allá donde ya no distinguimos las sombras que siempre fueron sombras de sueños imposibles. Un espacio acotado si restricciones solo a nuestra propia alma. Que no es poco.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

31 de marzo de 2012

El tiempo y los sueños (XXII)

Cada mañana, cuando amanece, le gusta andar solo la ciudad. Antes de que la mañana se ilumine como un fósforo, sube al metro, que a esa hora, encuentra ligero de pasajeros. Y cruzando el puente, observa el río de un color metálico, como la piel plateada de un depredador de los océanos.

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Le recuerda el mar de Japón, de un gris grafito, o el mar de Isla de Pascua, tan distinto al verde esmeralda de Cuba o del sur de Portugal. Más tarde, ya iluminado, el río recobra un color indefinido por el lodo que arrastra hasta la desembocadura.

A veces, el agua, más serena y limpia, se tiñe de un azul verdoso que a él le gusta. Observa sus anchos meandros cada mañana, y mientras lo hace, no piensa en nada, no quiere tampoco pensar en nada.

A esa hora en que el sol anticipa los primeros rayos de luz, la ciudad despierta con sus ruidos monótonos. Los ciudadanos van y vienen todavía ajenos al nuevo día, metidos aún en la resaca del último sueño que les dejó desconcertados hasta media día.

Cada mañana la ciudad se reconstruye a sí misma, como si el hecho de vivir fuera nuevo otra vez. Y en esa reconstrucción de su propia identidad hay también una sensación de hastío difícil de definir, pero al mismo tiempo nace también una posibilidad remota de querer cambiarlo todo, sensación que se diluye como el azucarillo en el café de desayuno que reconforta y aliena a la vez.

Este hombre, mientras desayuna, lee el periódico sentado a la mesa de un bar. A través de sus páginas, observa el mundo empequeñecido, muestra su propio desconcierto de cómo en unos cuantos titulares puede encontrar el diagnóstico a este caos internacional.

Mira el periódico y viaja con la mirada por todos aquellos países que él ya conoce, y cuando lo cierra y lo deja caer sobre la mesa, un mundo diferente se le pone ante los ojos, y ha decidido que este mundo insignificante que ahora ve es el que quiere para vivir siempre al lado de una mujer que conoció hace tan solo unos meses.

Pasea por la orilla del río. Quiere vivir a la orilla del río, cerca del puerto deportivo en el que los vagabundos que navegan sin rumbo se detienen para descansar por semanas y meses, y beben cerveza con destreza mientras narran sus hazañas y describen otros puertos y a otros marineros que también beben cerveza en las tabernas de todos los puertos del mundo.

Este otro hombre que bebe cerveza junto a él, y que hace y deshace nudos de mar con una soga gruesa y prieta, como si la taberna fuera el escenario de un máster improvisado, tiene una cicatriz que la atraviesa la parte izquierda del rostro hasta tropezar con la nariz. Tiene también la piel cuarteada por la quemazón del sol y siempre anda tocado con una gorra de lobo de mar, viste descuidadamente y la barba empieza amarillearle.

Tiene una expresión de hombre bueno al que la vida le ha ido mal, y los ojos destiñen una mirada de ballena acorralada en mitad del mar infinito, y esa sensación de ser libre sin conocer qué es la libertad, piensa este hombre, es tal vez una de las más condenadas confusiones a las que el ser humano se pueda sentir abocado.

Allí, a la orilla del río, este hombre ha encontrado un apartamento confortable y amplio, luminoso, donde ha decidido quedarse por ahora y quizás para siempre. Después vuelve a la casa de la mujer. Ella acaba de ducharse y desprende un olor a gel que a él le gusta.

Está en la cocina preparando el almuerzo con un mimo que nunca vio antes. El olor a gel y a guiso es una mezcla que a este hombre siempre le provocan sentimientos encontrados. Ella viene a sus brazos. Ya lo echaba de menos. Creo que la comida puede esperar, le dice.

Él ha entendido el mensaje en todas sus versiones posibles. De cualquier manera, le dice él, tendrá que esperar. Le quita el albornoz con una ternura que ella quiere. Y él, otra vez, vuelve a sorprenderse al observar su cuerpo perfecto.

Le gusta esa mancha oscura que marca su pubis en esta piel blanca, ese punto poblado de deseos al que necesita regresar ya. La tiende en la mesa de la cocina y, abriéndole las piernas, se sienta muy cerca de un mundo del que ya no pretende regresar nunca.

Su sexo no huele a sexo de momento, pero a él no le importa. Puebla de besos minúsculos un espacio siempre soñado y que poco a poco intensifica con una eficacia que a esta mujer conmueve y que hasta ahora desconocía y que tampoco sabría definir.

El hombre, influido por frases que leyó de Henry Miller, opera con maestría y dedicación, reconduce los ritmos cuando la respiración de la mujer se acelera sin freno, pero él no detiene la acción aunque ella le recomienda ya vale, ya vale, y él, ajeno a voces que no oye, prosigue auscultando su sexo inundado de sensaciones.

Y entonces ella se incorpora feliz desprendiéndose con cierta violencia del hombre que la ama hasta hacerla enloquecer. Ya basta, le dice, quiero conservar algo de razón para el resto del día. O para el resto de mi existencia, corrige.

Después, sentada aún sobre la mesa, con las piernas abiertas y cubriéndose el sexo con las manos, mira a este hombre que le pide sin prisas, y por favor, una cerveza bien fría. Ella le sonríe. Después se pone en pie y, mientras se dirige aún desnuda y feliz a abrir el frigorífico, solo alcanza a decir:

–A la orden.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

24 de marzo de 2012

El tiempo y los sueños (XXI)

La mañana amaneció luminosa, pero el cielo se fue encerrando en sí mismo de poco a poco hasta que la lluvia, de granos menudos y agradables, inundó las calles de un agua providencial. La lluvia trajo también una temperatura suave al ambiente, una bajada del mercurio que vaticinaba también una primavera encendida que se había anticipado después de un invierno seco y árido.

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Ella miró la ciudad desde la ventana del hotel y pensó que era llegado el momento de volver a casa. Se lo dijo al hombre que buscaba en Google un paisaje inusitado y, al escuchar la sugerencia de la mujer, entendió que aquel viaje sin destino había tocado a su fin. No puso ninguna objeción. Creyó también que, con toda probabilidad, le vendría bien retornar al punto de partida y de encuentro.

La mujer le dijo que le apetecía volver a casa, descorchar una botella de buen vino, preparar una cena ligera aunque sustanciosa, compartir con él las horas de sobremesa y proponerle después un futuro sin fisuras, apostar por una vida sencilla, si a él le apetecía también, un espacio en el que las escaramuzas y de más estrategias no tendrían lugar.

El hombre, abstraído sin sorpresa por un proyecto que ya consideraba consolidado, comenzó a preparar el equipaje sin decir nada. Después la miró sin palabras y solo acertó a decir: “Vamos a casa”. Sí, vamos, pensó ella, sin decir nada. Para qué hablar. Ya en el avión imaginaron de nuevo la vida que se consumía a sus pies.

No trajeron con ellos ni un solo recuerdo de aquel viaje disparatado. Ella pensaba, después de casi cuatro semanas, incorporarse de nuevo al trabajo. Mataba las horas en una agencia de viajes, donde cada vez que vendía un boleto reconstruía a través de las fotos del catálogo o de la revista tantos rincones del mundo que jamás reconocería.

Ahora, sin embargo, de vuelta a la monotonía de una vida apaciguada por los años, parecía hacerlo con el mundo dentro de ella, como si ya no necesitara moverse de un mismo lugar para saber que el mundo, básicamente, es igual en todas partes. Lo pensó mirando de soslayo al hombre que tenía a su lado. Despertaría cada mañana en el lugar que quería estar, el que había elegido para compartir con él.

El hombre sabía que cuando la mujer no dice nada es porque se siente feliz. La conocía ya lo suficiente para no inventar otra sorpresa que una sonrisa cuando era necesaria o un sencillo abrazo para sortear la soledad más contumaz.

Él sabía que los años, a una determinada edad, no han alcanzado todavía a desbaratar los sueños si esos años se han conservado al margen de otros daños colaterales. La madurez, esa palabra tan estoica que a todos los seres humanos ha carcomido hasta romperle las entrañas, habita demasiado temprano las primeras ilusiones incipientes, cuando apenas son flor de un día o de un instante fugaz.

Después allá, donde ardió un fuego inextinguible, ni siquiera las cenizas muestran huellas de aquellas hazañas disparatadas que habitaban sueños indomables. Después no queda nada, apenas queda nada. Hace daño abrir esas cajas de fuegos apretados entre bastidores, desteñidos por la carcoma del tiempo y por la devastada voluntad que nunca sobrevive a los últimos embates de una vida que siempre quisimos diferente.

Un día, de golpe, alguien despierta a un nuevo día, y sabe que ahí está la vida en todo su esplendor, que no había que cruzar océanos ni remontar cordilleras, que sobran otros idiomas para entender este otro que balbucea adentro de cada cual palabras ininteligibles que nunca entendimos hasta hoy.

Ahora este hombre, que siempre anduvo de allá para acá, y que cualquier otro día posiblemente emprenderá otros muchos viajes que nunca imaginó, le basta con volver al lado de esta mujer donde esta mujer quiera estar.

Allí, frente a un río salvaje que duerme a la sombra de una ciudad que vive ajena a su presencia, este hombre ha echado amarras, consciente de que el río siempre anuncia con su presencia un rumbo indefinido que se abre sin buscarlo adentro de cada uno, adentro también de él. Y también adentro de ella. Así lo quiere entender o sencillamente así lo entiende.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

17 de marzo de 2012

El tiempo y los sueños (XX)

Viajaron sin rumbo y sin horarios, sin prisas y sin proyectos. Prescindieron de guías turísticas y de recetas, de lugares comunes e inevitables visitas. Se conducían por ese instinto que siempre rechazamos y que solo en contadas ocasiones escuchamos, sobre todo cuando los acontecimientos se precipitan inevitablemente en dirección contraria a nuestras intenciones primeras.

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Por esta razón tal vez, hicieron oídos sordos al coro de las musas que les indicaba un camino contrario y cómodo, y optaron, al menos esta vez, por quitarse los zapatos donde muy pocos antes se habían descalzado.

Subían a un avión solo por el afán de estar por encima de las nubes y de imaginar, observando un paisaje indefinido, la distancia abstracta que los separaba del resto de los mortales.

Sentían los pies como si pisaran un enorme plato de natillas, como si los pies se les quedaran colgados en el inmenso vacío sufriendo el ímpetu del viento. Pero no. A veces, flotaban en un sueño ligero que compartían y despertaban para comprobar que el uno o la otra seguían ahí al lado.

Otras, confundidos en el aeropuerto, ese lugar de nadie, hacían acopio de equipajes y modificaban el trayecto planificado unas horas antes. Volvían a la ciudad, buscaban el mismo hotel, pedían la misma habitación para sentirse como en casa y se desplomaban en la cama deshecha de la noche anterior para acabar de leer el último libro, o dormían plácidamente sin horarios y sin más ambición que estar uno al lado de la otra.

Después, al despertar, pensaban que el tren era el medio de transporte más indicado para no ser ajeno a aquellos paisajes de ensueño, y volvían a salir del hotel sin haber abierto apenas el equipaje y de nuevo compraban billetes con un destino no estudiado y en ocasiones por puro azar, y era el puro azar, por supuesto, el que los llevaba a rincones que nunca soñaron y que tampoco creían que pudieran existir, nombres que nunca oyeron, platos que degustaron con un paladar de expertos. Se dejaban aconsejar por los nativos, aunque después modificaban la ruta conforme les venía en gana.

El atardecer les pillaba desprevenidos en mitad de un puerto de montaña y, sentados en una terraza frente a un acantilado de vértigo, preferían degustar un gin tonic con una parsimonia aprendida. Y entonces olvidaban trenes y autobuses, para al final optar por un taxi que los acercara a una casa rural perdida en un monte verde próxima a una carretera sin apenas tráfico.

Las noches siempre eran distintas y acogedoras. Dormían con velas encendidas y, en esa agitación incontrolada de la llama tenue, las sombras de sus cuerpos se buscaban en la oscuridad sin otro afán que estar uno cerca del otro, una necesidad que crecía por puro instinto y que en tan breve plazo tiempo se afianzaría como una adicción de la que ninguno querría desprenderse.

A veces, volvían sobre el rastro abandonado unos días antes. Ya no recordaban con precisión si aquel hostal limpio y modesto, pero acogedor, estaba ubicado próximo a la catedral o bien se situaba detrás del puente que llevaba a un parque natural que nunca quisieron visitar. Y volvían por ese simple placer de pisar el camino andado.

Después, desde allí, alquilaban un coche para gozar de esa libertad que es perderse por carreteras apenas transitadas, donde la vida bulle a una velocidad distinta o sin velocidad.

Allí, apoyados en la puerta del vehículo, se han detenido a medir la distancia que los separa del cielo, y piensan de nuevo si, desde allí arriba, alguien puede alcanzar a identificar a estos dos seres diminutos que cruzan el mundo de punta a punta como dos vagabundos a los que les sobra casi todos los páramos en los que han hundido sus botas.

Así que, alguna vez, han pensado volver a casa, aunque solo sea por ese placer de no pedir la llave a nadie, de andar a pie sin necesidad de subir a un vehículo a motor o sencillamente por el placer de andar reconociendo el entorno, de volver a oler los almendros florecidos y la tierra sin lluvia que ya se cuartea de sed.

De vez en cuando, piensan que sería bueno archivar el pasaporte con el resto de documentos y andar desnudos por el mundo, sin identificación posible, sin DNI ni ADN, sin nombre y sin apellidos, sin memoria y sin nómina, ausentes al caos que se traga de lleno a este mundo hasta ahora conocido, un mundo que se diluye sin esperanzas y sin solución en sus propias contradicciones, un mundo posiblemente inventado a la medida de los hombres y que ahora se rompe al tamaño de cada ambición, una ambición desmedida y fugaz, como un sueño resquebrajado en mitad de la noche, lejos todavía del amanecer tardío que se extravía entre las sombras de los días presentes.

Ahora, este hombre y esta mujer viven al margen de un mundo que no les interesa, de un mundo que no entiende sus actitudes y que vive ajeno a ese otro mundo en el que ellos se refugian para escabullirse de esta pesadilla colectiva que no entienden ni comparten y de la que se compadecen y compadecen a los demás porque la sufren y sufrirán inevitablemente por un tiempo que nadie logra acotar.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

10 de marzo de 2012

El tiempo y los sueños (XIX)

Aquella tarde se miró al espejo. Solo un instante. El tiempo suficiente para adivinar en la sombra de sus ojos el paso inexorable del tiempo. Conservaba aún una belleza juvenil que le disimulaba los años que la soledad había erosionado a pasos forzados en su interior. Optó entonces por disimular con pinceladas de rímel la curvatura de la mirada y acentuó con tonos sonrosados la palidez macilenta que encubre poco a poco el brillo de la piel.

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Se recogió el pelo para acentuar sus pómulos sobresalientes y resaltar unos labios que, desde que conoció a este hombre, resultaban más agresivos en esa vocación devoradora que no lograba ni quería disimular con ningún maquillaje ni con otro gesto menos expresivo.

Quería que la expresión a primera vista delatara el laberinto de sensaciones que inundaba su corazón. En pocos días logró archivar definitivamente una vida de desbarajustes que nunca le entusiasmó y se propuso, tal vez sin haberlo analizado en demasía, y sin debatir pros y contras de modo pormenorizado, cruzar el panel que siempre la dejaba a este lado de la muralla.

Ahora se hacía necesario traspasar esa invisible línea que embellece el alma, ese punto inexistente que muestra el abismo a nuestros pies, ese difícil desequilibrio que nos lanza, ajenos a las estrategias de vuelo, a cruzar los aires entrecruzados del azar sin otro equipaje u otro motor posible que unas alas inventadas que hacen real el sueño.

Desde arriba, el mundo es un paisaje inmenso y diferente, y da pereza después bajar a tierra y analizar a tamaño real cuanto antes eran puntos insignificantes en una panorámica sin límites. Ahora esta mujer no puede volver la mirada atrás y desandar el camino, porque a veces no hay camino.

El camino es cada uno de nosotros, piensa ella, nosotros somos el camino. A un lado y a otro, la vida sigue su curso sin que cada uno de nosotros sea pieza imprescindible de un mecanismo que nunca se agota en sí mismo.

La falda que elige es corta, aunque decente y elegante, piensa ella. Insinuante, eso sí. Él pensará sencillamente que piernas como esas conviene mostrarlas al mundo en todo su esplendor, para que el mundo sepa que ahí es donde él se quiere quedar a apagar sus pasiones.

La blusa es transparente, o no lo es, pero alienta a hombres incautos y depravados y desprevenidos, aunque esta mujer nada más pretende sorprender a un hombre solo, y lo conseguirá sin demasiado esfuerzo. Cuando la naturaleza se muestra tal como es, diferente y sinuosa, dirá él después, no se le puede hacer ascos a ese duelo inevitable.

Ella se ve bonita delante del espejo y, lo mejor, empieza a quererse de nuevo. ¿O es al revés? No sabe. Eso sí, adivina que quererse y estar bella posiblemente sean sensaciones que habitan juntas sin nosotros apenas saberlo el mismo y único espacio infranqueable del alma.

Ahora sale a la calle, decidida a no volver si ese fuera el destino, o a hacerlo acompañada si el paraíso se esconde de nuevo entre las mismas paredes. Después de todo, el espacio apenas aporta valor añadido a sus sentimientos.

No importa descubrir las nuevas calles con otra mirada e inventar otra ciudad en la misma que durante tantos años vagamos sin encontrar el norte o el sur. Ahora no hay dirección, porque adonde va es su destino, aunque no lo haga a ninguna parte, aunque se quede aquí para siempre, sentada en el banco de este parque al que regresa después de unos días.

Se sienta de nuevo en el mismo banco, observa los mismos árboles, los transeúntes que van y vienen a la misma hora, los niños que, inconscientes aún, saludan a la vida con gritos y juegos salvajes que les harán crecer.

Ella se sienta en el mismo banco en el que encontró un día sentado a este hombre que le ha cambiado la vida. Ya no lo busca, porque lo ha encontrado. Lo ha encontrado sin buscarlo, y piensa cómo es posible que lo haya encontrado así, sin más, cuando quemó media vida buscando sin saber a quién, buscando adentro de ella y afuera, buscando sin ilusión o desesperadamente sin sospechar siquiera qué o a quién andaba buscando.

Y sonríe ahora de estas insignificantes anécdotas de la vida. Sonríe porque al final lo encontró sentado en un banco, con un libro entre las manos, como siempre hacía, y mirando alrededor como si él ya supiera que solo debería esperar un poco más para dejar el mundo que siempre anheló a ese otro lado de la muralla.

* * * * *

Apenas lleva sentada unos minutos en el banco del parque cuando lo ve llegar. La mujer le pregunta que cómo está, que cómo pasó estos días, que si volvió al parque alguna vez. Él le responde que sí, que todos los días acostumbraba venir al parque, a leer, a pensar o no pensar, a sentir cómo la vida fluye, cómo va y viene sin que nadie la pueda detener o entender.

La vida, le dice, desde que te conozco tiene sentido si estás aquí, a mi lado. Eso estuve pensando estos días, le dice el hombre. Lo pensaba en los sueños, al alba, cuando el sol se ponía, cuando nada tiene sentido o todo lo tiene, lo pensaba. Ahora lo sé, le dice mirándola fijamente, ahora sé que quiero estar aquí, a tu lado, nada más. Y sé que aquí, contigo, sobra todo.

Quiero despertar y no ver otros ojos. Despertar y pensar que todo es un sueño, sabiendo, eso sí, que no lo es. Que algunos sueños son posibles, que llamamos sueños a algo que no lo es, porque los sueños, siendo mágicos e inalcanzables, no son tangibles, no están al alcance de cada cual en cualquier momento.

Los sueños son volubles y enfermizos, acogedores como un fuego de leña en invierno. Pero también pueden ser hermosas prisiones, pero prisiones a fin de cuentas. Y pueden ser enajenaciones mentales y desdoblamientos de nuestra personalidad. Y pueden ser, como son, piezas imprescindibles de la vida, una vida aparte de la vida real, paralela a la que vivimos cada día, no ya necesaria y cómoda, sino también peligrosamente eficaz contra los albedríos del alma. Esto le dice el hombre. Y la mujer lo escucha sin pronunciar palabra alguna.

Le gustaría estar toda la vida escuchándolo. Lo mira fijamente. El hombre piensa que alguna lágrima le puede empañar el rostro de rímel. Pero no. Te quedarás, le pregunta la mujer. Me quedaré, le responde. Pero mañana, le dice, saldremos fuera, viajaremos, no sé adónde, tal vez sin rumbo. Quiero despedirme del mundo, verlo por última vez, pero esta vez a tu lado, contigo, para comprobar que ya el mundo no es nada sin ti.

La mujer lo encuentra cambiado siendo el mismo. Porque el hombre de hoy es parte también del hombre de ayer, siendo dos son uno mismo, o siendo muchos más aún, todos confluyen en él, en uno solo. Una figura poliédrica cuyos lados conforman todos un mismo ser.

Me iré contigo, le dice ella, estaba esperando desde hace mucho tiempo que tú vinieras para irnos juntos. Yo u otro, insinúa él. No, le dice sin mirarlo, creo que nunca hubo otro. Estuve acompañada alguna vez, es cierto, pero te esperaba. Joder, media vida esperando, dice. Ahora la mujer lo mira.

El hombre advierte que una lágrima le resbala hasta el labio superior. El hombre le seca el labio, el rastro visible que ha dejado en su rostro alcanzar apenas el ojo. Déjalo, le dice, creo que ya se me olvidó llorar. Y sonríe con una carcajada limpia, con una sonrisa queda y sinuosa. Esto era la felicidad, le pregunta la mujer. Parece que sí, que esto es la felicidad, le responde sin dudas. Por fin, dice ella, estaba cansada ya de fabricar sueños.

Vistos a cierta distancia, este hombre y esta mujer, cogidos de la mano, sentados en el mismo banco, muestran, a quien los observa, una carta postal color sepia, o un fotograma en blanco y negro desgajado de cualquier película, una escena no representada en ningún teatro, un párrafo apócrifo de una novela aún no escrita.

Ambos pasan desapercibidos a los viandantes porque, aparentemente, no les ocurre nada: se abrazan o se besan o se miran, sin más. Como haría cualquiera, aunque sin esa mirada. Como hacen todos, sin ser conscientes de que todos los momentos son únicos.

Sin entender que la vida es la suma inexacta de todos los olvidos y de todos los recuerdos, y que la memoria es un almacén desordenado, un desván de estrecho acceso donde el tiempo todo lo revuelve y lo confunde y lo oxida y lo fagocita a su manera, de manera que, al final, nadie entiende de qué carajo va esta vida. Eso pensaba este hombre hasta ahora que ha apagado las luces de la planta alta de un edificio deshabitado donde todos conservan aquellos otros sueños inaccesibles al desaliento.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

3 de marzo de 2012

El tiempo y los sueños (XVIII)

La mujer, al contrario que este hombre, que está cansado de tropezar en la vida, siempre anduvo esperando. No le importó vivir sola, anhelar un sueño que, con toda probabilidad, nunca se materializaría. Soñó un hombre y lo quiso siempre a la medida de sus sueños. No le importó no encontrarlo nunca. La soledad no era un obstáculo para alcanzar la felicidad. Al contrario, se había acostumbrado a una vida cómoda.

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Compartía con amigos días de fiesta y noches de viernes, pero celosa de su espacio vital. Necesitaba como el aire horas de lectura, viajes para fotografiar paisajes nuevos, kilómetros de camino para volver más tarde a una casa estrecha que fue creciendo con ella en una esquina de la ciudad, equidistante del centro urbano que necesitaba y del mundo rural que amaba sobre todas las cosas.

La casa, de dos plantas, era pequeña y luminosa. En la planta baja había adaptado el dormitorio y la sala de estar. La planta de arriba la había dotado de un espacio diáfano, donde conservaba libros en estanterías y apilados en cajas o esparcidos en mesas y sillas.

La terraza, amplia, se abría a un paisaje verde que alternaba olivos y pinos mediterráneos. De vez en cuando, alguna construcción pretenciosa rompía la armonía natural del lugar. Le gustaba encerrarse por las tardes hasta que el sol se ponía, y después bajaba por la noche al recaudo de una televisión encendida que nunca atendía.

Iba a cumplir los cuarenta años con una belleza natural e impoluta que gustaba a los hombres, una belleza no solo joven sino inmaculada, un rostro en el que la ternura y el carácter férreo luchaban en matices por definir un rostro diferente y enigmático.

Los ojos eran profundamente negros y la mirada, entre ingenua e interrogativa, brillaba siempre sin pretensiones. Los labios no eran demasiado gruesos, pero sí generosos en sus insinuaciones. La nariz, algo respingona que no afeaba su perfil.

La piel era de terciopelo, blanca con matices rosados. En pocas ocasiones se ruborizaba. El miedo lo escondía adentro y se traslucía en la torpeza de sus manos o en la parquedad de sus palabras. La oratoria no era una de sus virtudes principales. Al contrario, callaba y le gustaba escuchar.

Sus pechos eran suficientes, desafiantes a la gravedad de la tierra. Las piernas, largas, estilizadas, perfectas. Subida en tacones de aguja, sus andares pronosticaban infarto generalizado en derredor. El culo, correcto y alto, como su sonrisa, anticipaba una espalda de deportista profesional que a ella gustaba lucir desnuda en fiestas y demás saraos.

Muchos hombres sucumbieron a sus encantos y a sus negativas. Le regalaban ramos de flores naturales, libros de autores que ella no conocía, joyas caras que hubieran brillado de modo natural en su cuello o en su muñeca y que ella rechazaba sin paliativos.

Le proponían veladas a la luz de la luna aunque la noche no tuviera estrellas, cruceros de encanto por islas desiertas que nadie acertaba a dibujar en los mapas, noches de pasión bañadas con champán de marca y miradas lánguidas, pero todos sucumbían a estos intentos y mataban sus intenciones rotas con whisky de saldo que les agriaban el estómago y el carácter.

Ella se sabía objeto de placer. Le halagaban las declaraciones engoladas de estos hombres desorientados por el amor, pero pronto lograba recomponer la compostura y despacharlos con una dosis suficiente de buena educación que no les destrozara el armazón de su amor propio.

Había logrado conservar a su edad una virginidad casi intacta que no quería y que le dificultaba una relación espontánea con los hombres que la pretendían y esperaba como agua de mayo a que el príncipe azul de sus sueños le rompiera por siempre y con furia el virgo de sus miedos enconados. Cuando encontró a este hombre sentado en un banco del parque supo sin dudas que los días de deseo imposible habían tocado a su fin.

* * * * * *

Durante años anduvo buscando a ese hombre de sus sueños que nunca alcanzó a identificar en cuantos machos se le acercaban a saquearle la intimidad. Los veía venir desde antes que la miraran fijamente con deseo irrefrenable, y ella les huía con una indiferencia y desinterés que a ella misma molestaba.

Es cierto que, de entre todos, algunos, más doctos en el arte de la seducción, lograron cerrar citas a horas poco usuales para ella, o la habían besado con fruición después de unas copas de más. Ella, incluso, en alguna ocasión, quiso pensar que la hora de entregarse a uno de aquellos hombres había llegado. La "hora cero", como ella se decía, está aquí.

Pero le inquietaba en ellos la rapidez y pericia con la que pretendían acometer una tarea tan persuasiva como esta del amor. Los veía tan armados en la entrepierna que a veces les preguntaba, movida más por la curiosidad que por el deseo, si sufrían de lo lindo hasta que lograban descargar todo ese arsenal de semen que les hacía sudar como toros desparramados en la cama.

Ella les decía que el amor era cosa de dos. Sin embargo, ellos solo esperaban a que ella apremiara en la consecución última a la que estaban convocados esa noche. Y ella les complacía en provocar aquella erupción de vertido denso que les dejaba inermes y anonadados el resto de la noche.

No encontraba placer alguno en aquellos encuentros fugaces. Muy al contrario, los esquivaba siempre que podía con correctos ademanes y palabras de agradecimiento. Y volvía después a una soledad deseada que nunca quiso compartir con nadie.

No siempre fue así, por supuesto. Alguna vez, el deseo saturaba sus neuronas y se atrevía entonces a esbozar insinuaciones impropias de su carácter y de su educación. Pero cuando la doliente sensación de hembra mal follada le podía, se sentía tan desgraciada que los hombres adivinaban nada más en su mirada un mundo inexplorado que se abría ante sus ojos.

Ella entonces se dejaba llevar por un sentimiento de enajenación que le hacía temblar todo el cuerpo, y en las manos inexpertas de aquellos con pocas horas de vuelo en su currículum lograba apaciguar esa voz interior que la demonizaba. Pilota esta nave con argucia, les decía, o te apeas al instante que esta tormenta no la para ni dios.

Ella sentía cómo la mano del hombre acariciaba su pubis sin maestría y cómo le abría los labios en un intento por acelerar el lance final. Y ella le reprochaba sin ningún romanticismo que se montara aquella yegua que era ella misma y se dejara de pendejadas, que le hiciera ver el cielo sin bajar de la cama, que no se le ocurriera parar ahora que la bola del mundo se mueve, que pusiera en alerta toda su artillería contra el enemigo más próximo que era ella misma y que se dispusiera a disparar sin ambages y sin cortapisas en esta guerra sin cuartel en la que solo dos enemigos, ellos dos, se enfrentaban en una confrontación salvaje e incontrolada.

Nunca le satisfacían con plenitud aquellos revolcones de cine. Tampoco le parecían creíbles los del cine, tan sutiles o groseros, dependía. Intuía, eso sí, que el amor debiera ser otra cosa que ella, a este paso, nunca acabaría de conocer en su integridad.

Quieres una copa, le decía entonces aquel hombre, sea quien fuera, y ella respondía que sí. Y bebe rápido, añadía sin cariño, que tengo sueño y quiero dormir. Si quieres dormimos juntos, inquiría él. Mejor no, le aconsejaba. Os acostumbráis y cualquiera os saca luego de la cama. A tu casa con tu madre, que estarás mejor. Y mandaba a aquel hombre, con la palabra y el whisky aún en la boca, a paseo para siempre.

Está claro que el amor, se decía, es un enigma oscuro. Después reía sus frases absurdas. Y en la cama abría un libro para olvidar los sinsabores del espíritu una vez aplacados los impulsos del cuerpo. Con un hombre experto y al que ames de verdad, se decía antes de cerrar los ojos, esto debe ser la monda. Y antes de que el sueño la transportara a otros ámbitos deshabitados, aún lograba esbozar media sonrisa de felicidad.
ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

25 de febrero de 2012

El tiempo y los sueños (XVII)

Los días son ahora un remanso de paz. El invierno ha sido frío pero las tardes cada vez más alumbran las noches que menguan inexorablemente. Hay una serenidad que este hombre siempre buscó y que ahora encuentra. Después de unos días de intenso trabajo y continua búsqueda, no ha dejado de pensar en la mujer a la que quiere.

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Tiene luz en los ojos, unos andares sensuales y rítmicos. Sus pasos son casi inexistentes. Avanzan como si en ellos no hubiera nadie, como si su presencia se dibujara de golpe como una aparición feliz. Cuando avanza hacia él no la ve, tal vez la sueña, y de pronto la tiene delante de él con su mirada tierna y persuasiva, y sus labios carnosos y seguros expuestos voluntariamente a su codicia.

Le gusta oler un perfume dulce que no esconde el olor de su piel. Su piel huele solo a ella. Es distinto a todos los demás olores, piensa él. Un olor que no alcanza a definir. Tampoco lo pretende.

Desde que la conoció vive de sensaciones, de sentimientos, de percepciones, de intuiciones, de necesidades carnales que son sobre todo vacíos espirituales. Ahora ya lo sabe. Lee algún libro, ahora que está tendido en la cama, y el olor ausente de esta mujer le devuelve un recuerdo grato de añoranza.

Ha vivido media vida de allá para acá, sin necesidad de compartir una conversación o un vaso de vino. No le importó la soledad como un rasgo más de su personalidad o de su carácter. Siempre vivió así, de modo que no amaba cruzar solo los océanos, o compartir muchas noches frías de invierno con mujeres que no conocía y que nunca volvería a ver en su vida.

A veces, esa huida sin rumbo le devolvía una inquietud que lo ha definido durante muchos años pero que, a fin de cuentas, no dejaba de ser sino un retrato transitorio y parcial de una biografía incompleta aunque digna, brillante si bien manchada de sombras y trastornos felices.

Ahora sabe que, cuando pasea mirando el río cada tarde, su vida es una rama que arrastra el cauce sereno que observa con admiración. Le perturba la belleza de la naturaleza. El agua y el lodo de un río que atraviesa la historia y que el hombre no alcanza a encauzar a su antojo. Los árboles que se alzan inmisericordes contra un sol rotundo que cuartea estas tierras secas y pobres.

Sabe que la ciudad pronto sucumbirá con sus delirios a esta belleza salvaje que, poco a poco, agota para instalar Burger King y Mercadonas, cafeterías y parques infantiles, que sobrevivirán de espaldas a un río que vive siempre a nuestras espaldas.

Piensa si debe quedarse en esta ciudad para siempre, si esta mujer le dirá que sí, que se quede a su lado, que recoja sus libros y sus indecisiones y se apreste a vivir una vida sin dudas y sin huidas, que esconda las botas del camino debajo de la cama y olvide de momento el cuaderno de notas en la misma mesita de noche porque nunca más lo necesitará.

Sabe, eso sí, ya no le inquieta ir a ningún lado, que le basta sentarse a esta mesa para escribir estos pensamientos que le abstraen, y que le sobra todo ese mundo que hasta ahora anduvo buscando o bien encontró por casualidad.

Ahora que lee este libro observa que la cama es demasiado ancha, y mira a su lado, y no está la mujer. Las sábanas no están arrugadas y su perfume dulce se ha disuelto. Parece que nunca estuvo allí, piensa este hombre.

Sin embargo, hay una sensación extraña de que nunca se fue del todo, o de que está sin haberse ido o de que ha llegado aunque nunca hubiese estado con anterioridad. Una sensación extraña que le nutre de él mismo en todo momento y que ahora precisamente le gusta sentir a conciencia. Afuera el sol declina y un sueño vago le adormece de un cansancio que no le agota. Ahora sabe que, cuando amanezca, el sol ya no se extinguirá.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

18 de febrero de 2012

El tiempo y los sueños (XVI)

La vida transcurre sin apenas novedades. A veces, este hombre prefiere una existencia programada contra los golpes del destino. Pero quién podría controlar el destino. Al mediodía prefiere una comida ligera. Para poder pasear por la tarde antes de que el sol decline. Las mañanas, sin embargo, le gusta pintarlas variadas.

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Las salas de cine son una de sus preferencias. Opta por El monje (2011), dirigida por el francés Domink Moll, una película que ni le seduce ni le convence, una historia imperfecta y desequilibrada en su estructura, donde los momentos geniales se precipitan hasta la vulgaridad sin transición posible, pero que le hace pensar en los disfraces de la vida y en la identidad del ser humano, ahora que el carnaval sucumbe en sus celebraciones.

El film es una adaptación de una obra de referencia de la primitiva novela gótica francesa. Escrita en 1796 por el dramaturgo y político inglés Matthew G. Lewis, narra la historia de un niño abandonado por su madre al nacer y adoptado y criado por un grupo de frailes capuchinos.

Ambrosio, encarnado en Vincent Cassel, representa la eterna lucha entre el bien y el mal. Admirado como elocuente orador y creyente intachable hasta que la tentación le tienta y seduce, sufre desde pequeño insoportables dolores de cabeza. Su fe entra en crisis con el ingreso en el convento de Valerio, quien esconde tras la máscara una falsa identidad y quien sofocará el malestar de sus migrañas a un alto precio: el de su alma.

Ese extraño novicio echa por tierra sus más férreas creencias. El disfraz no esconde el rostro deformado por el fuego del novicio, sino la belleza impoluta de Déborah François. Despojada de la túnica que cubre su cuerpo, Ambrosio se precipita al gozo de su cuerpo cegado por las luces y las sombras que le extravían, como a todo ser humano, por el resto de sus días.

Este hombre piensa que no es para menos, que es inviable la virtud frente a ese cuerpo de infarto de la actriz francesa. Una vez más, la mujer encarna la tentación, la visita del demonio, la reencarnación del mal absoluto.

Lee en Internet un comentario sobre la película de Susana Hernández y cuenta ella que, con trece años y con unas amigas, pretendió entrar en La Real Cartuja de Santa María de Aula Dei, muy próxima a Zaragoza. No lograron su objetivo porque el hermano portero les conminó a no hacerlo, pues ellas representaban “el pecado y la carne”. Y ella concluye su comentario con esta frase feliz: “Ahora tengo claro que el hermano portero ya debía haber leído este libro, casi seguro”. Ese libro o cualquier otro. El sexo también anida y vivifica en la Biblia.

Pero a este hombre, una vez más, le llama la atención que una mujer camufle su identidad femenina en hábitos de varón. La mañana anterior también frecuentó las salas de cine. Esta vez optó por Albert Nobbs, dirigida con maestría por Rodrigo García.

El film también es una adaptación, como tantos filmes, de una novela maestra e innovadora: La vida singular de Albert Nobbs, de George Moore, el primer novelista irlandés moderno, quien ejerció una influencia reconocible en la obra de James Joyce.

Esta pertenece a la colección de ficciones autobiográficas A Story-Teller’s Holiday y se enmarca dentro de la rica tradición oral de la literatura irlandesa. Publicada en 1918, en este texto se reconocen ya tecnicismos que medio siglo después adoptarían tantos escritores, como es esa combinación de párrafos que mezclan el estilo indirecto libre con el directo y la inserción de diálogos sin comillas.

Pero su modernidad, más allá de su técnica novedosa, se halla inmersa en la propia historia. Esa naturalidad con la que trata la convivencia homosexual o el derecho de los homosexuales a la paternidad.

Gonzalo Gómez Montoro escribe que “no hay rastro de censura ni de intención moralizadora en el comportamiento de los personajes”. Este hombre observa el mimetismo natural de la actriz norteamericana Glen Close, quien interpretó a Nobbs tanto en los escenarios como en el celuloide, y ve en su rostro inexpresivo el fondo de su alma atormentada, el alma de una mujer que se ve obligada a hacerse pasar por hombre para ganarse la vida en la Irlanda de 1860.

Le ocurrió igual cuando, muchos años atrás, fue a ver La Raulito, una película argentina que contaba la vida de una chica que se hacía pasar por un muchacho para sobrevivir en las calles de Buenos Aires.

Recordó las palabras que escribió Luis Leante: “La Raulito dormía en un parque, debajo de un árbol. Entonces se levantaba y daba unos pasos. Miraba a la derecha y a la izquierda, y en el primer plano de su rostro se veía que le daba igual ir para un sitio que para otro”.

¿Le ocurría igual a Albert Nobbs?, se pregunta este hombre. ¿Les ocurre igual a todos aquellos seres humanos que camuflan su identidad o distorsionan su personalidad hasta no reconocerse por alguna razón que ni ellos mismos son capaces de asumir?

Escucha estos días las chirigotas de carnaval, una fiesta que no es precisamente de las que él más frecuentó en otros años más proclives a vivir en permanente algarabía, y piensa qué esconderán esos hombres que son felices durante unos días vestidos de mujer.

También la baronesa Amandine Aurore Dupin firmaba sus obras con el seudónimo de George Sand. Novelista, dramaturga y ensayista, le gustaba vestirse de hombre para acceder a los cenáculos artísticos y literarios del París del siglo XIX.

En este sentido, llevaba pantalones siguiendo los consejos de su madre: “Cuando yo era joven a mi padre se le ocurrió que me vistiera como un muchacho. Mi hermana hizo lo mismo, así íbamos a todos lados a pie, con nuestros maridos al teatro. Significó una gran economía en nuestros hogares”.

Su vida amorosa no fue precisamente un remanso de paz. En Mallorca vivió una turbulenta historia de amor con el pianista y compositor polaco Fréderic Chopin. Contemporánea de Baudelaire, se escribió con Flaubert y Balzac. Su novelita Cora fue objeto de ira de la Iglesia Católica que, como el resto de sus libros, entró a formar parte de ese inagotable índice de libros prohibidos e indeseados, sobre todo porque, más allá de camuflar su personalidad femenina con un nombre masculino, en su literatura brillaba el alma de una mujer libre.

No solo Juana de Arco, también conocida como La Doncella de Orléans, fue heroína militar. Esta santa francesa, ya con 17 años, encabezó el ejército real francés. Había convencido al rey Carlos VII de que expulsaría a los ingleses de Francia. Y así sucedió. Sus campañas militares permitieron la coronación del monarca. Como recompensa, el rey eximió al pueblo natal de Juana de Domrémy del impuesto anual a la corona.

Pero este hombre recuerda también La monja de alférez de Thomas de Quincey, "el comedor de opio", como le llamó Baudelaire. Catalina de Erauso, la monja que vestida de hombre recorrió la América española, fue un personaje brutal.

Escribe Luis Lozaya que fue “un asesino ocasional que contaba sus crímenes con indiferencia y un soldado castigado por su crueldad con los indios”. De Quincey cuenta que la monja no había pronunciado sus votos y, por tanto, “no llegó a cometer el peor de los crímenes perseguidos por la Inquisición”. El Papa le concedió una indulgencia especial por intercesión del rey -entonces el rey más poderoso sobre la tierra-.

Cuando la película toca a su fin y el público comienza a levantarse de sus butacas, este hombre recupera el sentido de la realidad que se le había extraviado por unas horas entre los libros leídos y las películas recordadas.

Sale a la calle y piensa con sensatez que todos, en cualquier momento de nuestra vida, o acaso durante toda nuestra vida, escondemos nuestra más honda identidad tras una máscara sin que por ello nos apercibamos de este mecanismo interior que nos transmuta. Nos acostumbramos a ser varios en uno mismo, piensa, y sobrevivimos sin dificultad a enfrentarnos sin más a estos inicuos reveses del destino.

Probablemente, se dice para adentro, todos y cada uno de nosotros seamos muchos más al mismo tiempo y llegados a un punto puede que tampoco alcancemos ya a reconocer al auténtico del impostor, al vivo del muerto, al real del soñado, porque el tiempo y los sueños, como el viento en ocasiones, barren la memoria más pertinaz y las certezas más arraigadas en lo más profundo de nuestros convencimientos y de nuestras convenciones.

Después de todo, piensa este hombre, todos me saludan cuando cruzo esta u otra calle sin ellos saber con certeza quién se esconde adentro de esta gabardina o si es la propia gabardina la que vaga sola por el mundo en busca de su propia existencia.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

11 de febrero de 2012

El tiempo y los sueños (XV)

Claro que podemos cambiar la vida, piensa este hombre. Desde luego, hasta ahora tampoco fue así. Ni lo contrario. En ocasiones, se ha dejado llevar. La vida es una correntía de agua después de la tormenta que arrastra cuando se tropieza a su paso, y a este hombre siempre le gustó navegar contra corriente. Lo lleva en la sangre. Pero a veces se deja llevar.

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Y ahora que mira el reloj, sin que le importe la hora ni el día, porque tampoco sabe por qué mira el reloj, entiende que el tiempo se mueve aunque la aguja del reloj deje de girar en su monótono y calculado destino, porque sabe que el tiempo está afuera.

No sabe si en el aire o adentro de él. Y no le preocupa. Tampoco sabe si el tiempo existe, o si es otro sueño como tantos otros sueños que inventamos para que la correntía no nos arrastre contra nuestra voluntad. Ahora el hombre sabe que es feliz. "Y qué carajo será la felicidad", piensa. Tampoco lo sabe. Ni le importa.

Mira a esta mujer que está desnuda delante de él y cuenta el tiempo que vivió sin ella. Se remonta a otras ciudades por donde anduvo y a otras mujeres que intentaron cambiarlo, y ahora que mira a esta mujer no recuerda apenas nada. Ya ha consumido media vida, o más de media vida, y solo sabe que valió la pena llegar hasta aquí para conocerla.

La mujer lo observa y no pregunta. A veces, él mira a ninguna parte y ella intuye que está ausente. No le importa. Le gusta observarlo, callada a su lado, compartiendo un momento que solo es de los dos. No necesitan más palabras que estar allí tendidos, con la luz apagada y una sombra azul que ilumina sus cuerpos ya cansados.

La luna, a través de la ventana, es incluso un intruso en este espacio limitado a dos voluntades. Ella recorre con sus dedos el cuerpo de este hombre. Percibe que tiene el miembro erecto. "Es tan suave esta piel", piensa ella. Le gusta acariciarlo con movimientos rítmicos que él no rechaza.

Se desplaza como un reptil entre las sábanas buscando con los labios lo que sus manos también quieren y que abandonan cuando sus labios toman posesión de aquel terreno ocupado. Besa el miembro de este hombre con una ternura tan sutil que él apenas advierte la humedad ligera de su lengua que va y viene jugando con capricho y sin prisas, consciente de que la noche es el paisaje idóneo en estos avatares de la carne.

El hombre siente los labios de la mujer que atrapan su miembro y después los dientes que clavan sin dolor huellas perennes que ya nunca olvidará. El hombre sabe que el tiempo es finito y que el placer es breve e incontrolado, al contrario que la pena, que se prolonga y se intenta domeñar al antojo aunque sin éxito.

La mujer se afana con dedicación y destreza a la tarea que ahora tiene encomendada. Siente la respiración acelerada del hombre que aprieta su piel o la sábana con una desesperación de la que no pretende escapar, y es entonces cuando la mujer siente fluir como un volcán en erupción el miembro de este hombre que se derrama sin arrepentimiento y tumultuosamente dentro de su boca, pero ella no cesa en un quehacer que siempre quiso dominar con maestría.

Cuando el hombre relaja los músculos feliz y vacío, la mujer salta de la cama buscando el grifo del baño y cuando se enjuaga la boca todavía persiste el sabor de un hombre que siempre buscó, y, aunque se cepilla los dientes y desinfecta la boca con flúor, no logra desprenderse de un sabor que imaginó más amargo y que le gusta.

Cuando sale del cuarto de baño, apaga la luz y sube a tientas y sigilosa a la cama. El hombre sigue tendido boca arriba, en la misma postura, mirando a la luna. La mujer lo observa con felicidad. Él no dice nada. Para qué. El acto está consumado.

Vuelve la cabeza y ve los ojos negros de esta mujer iluminados en la oscuridad. "Quiéreme siempre así", alcanza a decir. Entonces cierra los ojos. Ella sigue mirándolo. El reloj marca las doce de la noche.

Su respiración profunda le dice que el hombre duerme. Ella se recuesta en su hombro y espera a que el sueño la venza. Ahora ella también duerme pero, aún en el sueño, siente el mismo sabor extraño en la boca. Y sonríe, porque no le importa.

***********

Desde aquella noche pasaron juntos muchas horas. No había propuestas a largo plazo ni siquiera de un día para otro. Inventaban la vida a cada instante seguros y convencidos de que no valía la pena forzar los acontecimientos.

El tiempo arañado en la piel enseña de diagnósticos precoces y de resoluciones innecesarias. Nada se puede hacer contra los huracanes ajenos, pero sí se puede abarcar con las manos aquello que nos seduce y deleita. Así piensa este hombre.

Hoy ha bajado a la orilla del río. Le gusta pasear por donde no hay gente y los perros sin dueño buscan un amo fugaz para consolar su desgracia. Sube en el funicular y desde arriba divisa la ciudad dividida por el río, y más allá una inmensa llanura verde que contrasta con la tierra cenagosa y pobre de los arrozales donde tantas aves diversas se alimentan durante todo el año.

Aquí el cielo siempre es azul, sin nubes, un cielo limpio que no conoció en ningún otro lugar del mundo. Por eso, a veces viaja, no para encontrar nada, sino para conocer otros lugares, y por esa misma razón siempre vuelve a esta luz que conoce y le identifica.

De vuelta al hotel, se sienta a la barra de la cafetería y pide una cerveza helada. Hace ya un tiempo que abandonó la cerveza y las bebidas largas. Ahora se cuida. Prefiere el vino. Sentado en un taburete, mira al exterior.

Las calles hoy están concurridas, hay un ajetreo alegre en la mañana. Le gusta pasear por las ciudades los días de diario, a esa hora en que las sucursales bancarias están abarrotadas de clientes desorientados y los mercados huelen a vida y en los bares la atmósfera saturada de aroma a café barato impide leer con comodidad el periódico, y solo de vez en cuando, cuando el camarero llena una copa de aguardiente, este hombre abre los pulmones y los llena de un azúcar que dulcificó otros días de su vida.

Pero no le gusta el tráfico denso, el ruido del claxon, los agentes de policía municipales que rompen con sus reglas una armonía anárquica y natural que embellece el caos urbano a esa hora en que nadie sabe exactamente de qué va la vida, qué hace el otro ahora que no está con él, esa hora a media mañana en la que más de media humanidad trabaja en un oficio que repudia, esa hora en que los sueños, de manera ligera, se apoderan de las ilusiones marchitas y las llenan por segundos de una oscuridad obstinada que nos ha ido cegando con los años y los desaciertos voluntarios. Así piensa este hombre.

O así pensaba. Sube a su habitación y tendido en la cama recién hecha abre un libro, cualquier libro. Siempre le gusta leer varios a la vez. Siete u ocho o más. Le gusta apilarlos en la mesa de noche, junto a un bolígrafo y una libreta pequeña en la que va anotando sin orden pensamientos, algún verso, recetas, teléfonos, direcciones, algún viaje truncado, títulos para libros que nunca escribirá, deseos, dudas, marcas de ginebra que no conocía.

Le gusta leer a esa hora en la que el sol comienza a arder en las calles y un aire diáfano inunda la habitación de esa alegría fácil de digerir y de aceptar. A veces, cierra los ojos y se sume en un sueño ligero que lo lleva al lado de esta mujer que ahora le llena los días y las noches.

Sabe que ya nunca podrá irse de este lugar o que no debería hacerlo. Que llega un momento en que hay que quedarse en alguna parte, cerrar para siempre la maleta, decir adiós a los aviones, a las carreteras, ir, sí, pero luego volver para enredar los dedos en sus cabellos, para encontrar en un abrazo lleno una razón suficiente y plena para seguir viviendo, entender que los caminos a veces se agotan y que los pies se cansan de estar siempre presos en los mismos zapatos y que los zapatos ya están muy usados y destrozados de tantos viajes, y que los caminos, cuando ya se han andado, tienen todos al final un mismo paisaje de esperanza encontrada y de paz primera, que todas las ciudades del mundo y todos los hombres y mujeres del mundo son iguales por muy diferentes que seamos, como le dice el escritor vasco Ramiro Pinilla, que por esa misma razón a él no le gusta viajar, porque todos los puertos son iguales y están habitados por las mismas putas y los mismos tugurios que huelen a alcohol y a sal de mar amotinado, pero sí le gusta, como a este hombre, vivir cerca del mar, porque allí siempre se esconde una última esperanza, un posibilidad en caso de que la fuga fuese necesaria, un camino siempre abierto por si acaso. Ese acaso que nunca nos deja.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

5 de febrero de 2012

El tiempo y los sueños (XIV)

Despertó con la sensación de zozobra y enajenación que arrastran los sueños felices. Sentía una serenidad inusual que siempre buscó, compacta como un trozo de hielo y moldeable como una barra de plastilina. Sabía que la felicidad es un antojo ineficaz, pero esta vez no rehuyó ninguna terapia, tampoco ninguna herramienta útil en estos litigios.

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Todavía olía el perfume de la mujer y sentía un cansancio alegre que le reconfortó plenamente. Estaba solo en la cama. Miró a su alrededor y encontró la habitación estrecha y clara. Un rayo de luz eficaz anunciaba un día glorioso.

Vio las sábanas arrugadas y el vacío que había dejado en ellas la ausencia de la mujer. Imaginó otra vez su cuerpo con todo detalle, consciente de que la memoria es instrumento que describe con imprecisión la fortuna de la belleza. No se regocijó en su éxito de amante demente, pero una sensación de satisfacción irreconocible le recorrió las venas.

Cerró los ojos y no se atrevía a abrirlos de nuevo por miedo a que el recuerdo de la noche anterior se disipara como por arte de birlibirloque. Al fin, alargó la mano y cogió uno de entre tantos libros que tenía apilados en la mesa de noche. Abrió Metafísica del amor de Arthur Schopenhauer y comenzó a leer.

Se detuvo en las primeras páginas: “Por tanto, no es lícito dudar de la realidad del amor ni de su importancia”. Pero unas líneas más arriba, también leyó: “Pero es aún más grande el número de individuos a quienes esta pasión conduce al hospital de locos”.

Compartiendo por entero la opinión del filósofo alemán, se preguntaba si éste alguna vez se sintió loco de amor por una mujer. O si sencillamente se sintió amado por una mujer como él se sentía ahora. Y pensó que no. Y él, sin embargo, comenzaba a delirar aun cuando la razón le imponía unos principios inamovibles en su acción. Dejó el libro porque le reconfortaban más los aromas que deja la vigilia.

Ahora se preguntaba, eso sí, por qué la mujer no estaba con él, si se había ido para siempre a otro lugar, si volvería a verla, por qué no le había dejado una nota de despedida, un adiós breve que despeja como una llovizna en mitad de la calima. Pero al instante abandonó los malos pensamientos, y quiso creer que ella esta tarde volvería a estar sentada en el mismo banco, esperando que él apareciera para siempre a su lado.

Se sentía cansado, así que sucumbió a un sueño necesario. Cuando despertó era más de mediodía. Se duchó sin prisas, dejándose rejuvenecer por un agua tibia que le devolvía la cordura. Después a salió a pasear, a recorrer la ciudad como nunca lo hizo antes.

Ahora ya no veía un pasado del que quería rehuir o encontrar para olvidar del todo. En aquellas calles ya no estaba su niñez ni su adolescencia, o lo estaban de otro modo, transmutadas en un tiempo presente que hacía añicos el pasado, porque los días venideros se hacían más plausibles y en los ya vividos solo quedaba una ceniza dulce que reconocía con una añoranza controlada que abría paso a otros momentos indescriptibles.

Comió algo ligero, degustando con parsimonia un vino tinto que le pareció a los labios sedoso y sensual. Buscó en la memoria los labios de la mujer y creyó encontrarlos en el cristal húmedo de la copa, cerró los ojos por un instante y allí estaba ella desnuda, susurrando algo que no entendía y que le gustaba, y allí estaba él también saboteando a placer el cuerpo de una mujer que nunca imaginó igual, una piel en la que se encontró por ese puro azar que le permitía ahora sobrevivir más allá de donde las puestas de sol son indeclinables y donde la realidad y los sueños se confunden en una mezcla sutil y diferente.

Pensó sin arrogancia que podría estar escrutando aquel cuerpo sin tregua todo el resto de su vida, yendo y volviendo de una a otra parte y volviendo luego por otra ruta distinta al lugar de origen, escrutador de una amazonía justa y perfumada, de un valle llano y tembloroso, escalador sin artefactos de cúspides suaves y generosas, hasta alcanzar de nuevo sus labios y sus ojos, y morderlos como si fueran uvas, y perderse en su pelo enrejado de sospechas que siempre pensó posibles.

Después salió del restaurante. La tarde imponía un cielo azul intenso que amaba. Anduvo con pasos lentos el camino hasta el parque. Allí estaba la mujer sentada en el banco, esperándolo. La alcanzó y la saludó torpemente sin una sonrisa en su rostro, con una mirada enigmática que pronto se diluyó en su mirada.

"No sabía si estarías aquí", le dijo. "En qué otro lugar podría estar", le respondió. Él no dijo nada. Alzó su brazo y la atrajo contra su hombro. Ella se retrepó en su pecho y sintió que su corazón trabajaba con obstinación por que el tiempo se detuviera allí mismo.

Después le dijo que lo encontró agotado, que lo dejó dormir para que descansara, que no quería despertarlo, pero que esperó impaciente su regreso sin advertir que el tiempo infinito cabe en apenas unas horas del día. Después le dijo que la llevara al hotel, que los sueños, para que no desfallecieran, habría que alimentarlos. Y él no entró en debate. Aceptó su propuesta como el mejor indicio de que la vida valía la pena vivirla.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO