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13 de abril de 2019

  • 13.4.19
Todo el mundo conoce, aunque solo sea de oídas, a Albert Einstein, uno de los grandes genios de la humanidad a la altura de Galileo Galilei o de Isaac Newton. Sus teorías de la relatividad restringida o especial y de la relatividad general revolucionaron el campo de la física, de modo que ya no podemos entender el mundo y el universo sin tener en cuenta los postulados de este judío alemán, nacionalizado posteriormente como estadounidense.



También son muy conocidas sus imágenes, con su poblado bigote y su pelo blanco alborotado, que nos remiten al estereotipo de “loco genial” que vive encerrado en su trabajo y su mundo interior sin que, supuestamente, se involucre en aquello que ocurre en la sociedad en la que vive.

Pero no es así. Einstein sí se implicó social y políticamente, pues no solo conoció el ascenso del nazismo en su país de origen, por lo que tuvo que exiliarse a Estados Unidos, tras haber pasado por Austria y Suiza, sino que también conoció el drama de la Segunda Guerra Mundial, ya que las bombas atómicas arrojadas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki en 1945 se crearon a partir de los principios teóricos que había desarrollado y en los que se explicaba la transformación de la materia en energía, y viceversa.

Para que conozcamos sus ideas sociales, quisiera presentar y comentar un extracto del artículo ¿Por qué el socialismo? que publicó en 1949, es decir, seis años antes de que falleciera. Este breve trabajo vio la luz en la revista de izquierdas estadounidense Monthly Review, de la que tengo algunos ejemplares, y que, a pesar del tiempo transcurrido y los fuertes vientos neoliberales impulsados por Donald Trump, se sigue editando con regularidad.

Aunque el texto no es excesivamente extenso, me ha parecido oportuno dividir su presentación y los comentarios personales que añado en dos partes, para hacer más fácil su lectura. En el comienzo del artículo se interroga y, también, se responde: “¿Debe alguien que no es un experto en cuestiones económicas y sociales opinar sobre el socialismo? Por una serie de razones creo que sí”.



Y esas razones las va desgranando en los párrafos que siguen a esa pregunta, expresándolas del siguiente modo: “Muchas voces han afirmado desde hace tiempo que la sociedad humana está pasando por una crisis, que su estabilidad ha sido gravemente dañada. Es característico de tal situación que los individuos se sienten indiferentes o, incluso, hostiles hacia el grupo, pequeño o grande, al que pertenecen”.

Llama la atención que ya por entonces hablara de una sociedad en crisis, entendida como malestar social y personal que genera en los individuos desafección hacia la comunidad a la que pertenecen. Pareciera que, trasladándonos a nuestro entorno, el sentimiento que ahora embarga a los españoles, por distintas razones, estaba expresado de algún modo en esas líneas. Y es que los deseos de estabilidad, seguridad y confianza en el futuro, a los que lógicamente se aspiran, no encuentran razón de ser dentro del orden mundial que conocemos.

Más adelante continúa: “Esta es la declaración de un hombre que se ha esforzado inútilmente en lograr un equilibrio interior y que tiene más o menos perdida la esperanza de conseguirlo. Es la expresión de la soledad dolorosa y del aislamiento que mucha gente está sufriendo. ¿Cuál es la causa? ¿Hay alguna salida?”.

Creo que gran parte de lo que afirma podríamos hoy suscribirlo literalmente, pues esa crisis social y humana de la que habla está inserta en la sociedad del capitalismo que se ha globalizado y en el que actualmente nos encontramos. ¿Quién, por ejemplo, puede decir con sinceridad que ha logrado un equilibrio interior en un mundo lleno de turbulencias? ¿Acaso no nos encontramos sujetos a las tensiones que desde fuera nos llegan cotidianamente y de las que deseamos alejarnos?

Por otro lado, y dado que el individuo no puede aislarse de lo que acontece en la sociedad a la que pertenece, en el inicio del texto hace una reflexión acerca de la condición humana y de los deseos más profundos que anidan en cada persona:

“El hombre es, a la vez, un ser solitario y un ser social. Como ser solitario, procura proteger su propia existencia y la de los que están más cercanos a él, para satisfacer sus deseos personales y para desarrollar sus capacidades naturales. Como ser social, intenta ganar el reconocimiento y afecto de sus compañeros, para compartir sus placeres, para confortarlos en sus dolores y para mejorar sus condiciones de vida”.

A la hora de imaginar una nueva sociedad que resuelva esos dos aspectos -individual y social-, conviene tener en cuenta que el ser humano depende y es parte de la naturaleza, por lo que no conviene caer en utopías irreales que, a la hora de aplicarlas, acaben frustrando las esperanzas de quienes confiaron en ese modelo social.

“Si nos preocupamos cómo la estructura de la sociedad y de la actitud cultural del hombre deben ser cambiadas para hacer la vida humana tan satisfactoria como sea posible, debemos ser constantemente conscientes del hecho de que hay ciertas condiciones que no podemos modificar. Entre ellas, la naturaleza biológica del hombre es, para todos los efectos prácticos, inmodificable”.

Me imagino que, cuando Einstein expresaba en el párrafo anterior sus ideas acerca de las limitaciones con las que hay que contar, tenía en su mente las experiencias comunitarias que se habían llevado en el siglo XIX y que acabaron en grandes fracasos. Y es que ciertos teóricos imaginaron comunidades separadas del conjunto de la sociedad, caso de Robert Owen cuando fundó en el siglo XIX las colonias de New Harmony en Estados Unidos, o las que llevó a cabo el francés Charles Fourier al crear los falansterios en el país galo.

En la actualidad sabemos que esto es inviable, que no podemos concebir colectividades aisladas que funcionen al margen de los circuitos de producción, trabajo e intercambios comerciales que se dan en los distintos países. Esto ya lo expresó Einstein en su artículo del siguiente modo:

“Los tiempos en los que individuos o grupos relativamente pequeños podían ser totalmente autosuficientes se han ido para siempre. Es solo una leve exageración decir que la humanidad ahora constituye incluso una comunidad planetaria de producción y consumo”.

Desde la perspectiva actual, podemos afirmar que uno de los elementos que articula a los seres humanos en esta sociedad globalizada es la producción y el consumo planificados a pequeña o gran escala. Sin embargo, sobre los desequilibrios y contradicciones que son propios de la producción capitalista, el propio Einstein apunta: “La anarquía económica de la sociedad capitalista tal como existe hoy es, en mi opinión, la verdadera fuente del mal”.

Esa “anarquía económica” de la que nos habla el gran físico la estamos palpando en la crisis ecológica que a nivel mundial se está produciendo, ya que la búsqueda constante e imparable del beneficio y la rentabilidad impulsan a una competencia atroz entre las empresas dentro del propio país o a nivel internacional.

Y es que la producción descontrolada, sin que se tengan en cuenta que los recursos de la Tierra son limitados y que los equilibrios medioambientales de planeta son frágiles, genera daños en el medio ambiente que Einstein no pudo intuir en el tiempo en el que escribió este artículo que comentamos.

Pero no es solo la crisis ecológica que el capitalismo globalizado genera, sino también el abismo que se crea entre las clases más ricas y las más empobrecidas, brecha que lejos de acortarse se va día a día agrandando.

Posiblemente, si Albert Einstein volviera a nuestro tiempo, seguro que se horrorizaría del avance de las ideas más reaccionarias que personajes como Donald Trump, en su país de adopción, o las de Jair Bolsonaro en Brasil, por no hablar de los ascensos de la extrema derecha o los nuevos fascismos que se producen en gran parte de los países europeos, incluido el nuestro.

Él sí sabía que el capitalismo en crisis siempre ha buscado una salida en las distintas formas políticas autoritarias, incluso, de fascismo, tal como ocurrió de modo muy claro con la Segunda Guerra Mundial. Esto le tocó vivir y, por ello, expuso sus ideas de paz y justicia sociales, muy ligadas al concepto de socialismo, y que veremos en la segunda entrega.

AURELIANO SÁINZ


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