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28 de enero de 2019

  • 28.1.19
Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977), hijo de músicos argentinos, recibió con El viajero del siglo el Premio Alfaguara y el Premio de la Crítica. Ahora vuelve con Fractura, una novela sobre la belleza que emerge de las cosas rotas. En sus páginas, el señor Watanabe, superviviente de la bomba atómica, se siente fugitivo de su propia memoria. Cuatro mujeres narran sus vidas y sus recuerdos con Watanabe a un enigmático periodista argentino.



—El terremoto de 2001 previo al accidente de Fukushima remueve la memoria del señor Watanabe, superviviente de las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Así arranca tu novela.

—Sí. La idea era escribir un libro con la forma de una onda expansiva. Del mismo modo que puede haber un epicentro, en apariencia lejano, que va transmitiendo su energía hasta llegar a la cocina de nuestra casa, en Fractura hay una historia que empieza lejos y se va poco a poco acercando hasta nosotros.

—En tu historia, cuatro mujeres narran sus vidas y recuerdos de Watanabe a un periodista argentino.

—Hay una especie de periodista un tanto detectivesco que le gusta perseguir la vida de alguien a quien está investigando, pero lo curioso es que este sujeto, el protagonista de la novela, se niega a ser entrevistado por este periodista y el periodista tiene que reconstruir su vida sin contar con su testimonio. Así la novela pone en juego un cierto problema narrativo: cómo contar la vida de aquellos que no quieren hablar.

—En la novela reflejas también la afinidad que siente Watanabe por el arte del kintsugi.

—A mí me conmovió mucho estudiar esa forma de artesanía japonesa que consiste en reparar los objetos subrayando el lugar por donde se rompieron, realzando esas grietas en lugar de ocultándolas. Y a mí me parece que eso nos propone un posible aprendizaje íntimo y social muy valioso, porque cada pieza que ha sido reparada de esa forma regresa al presente, vuelve a tener utilidad, construye su futuro a partir del reconocimiento de sus cicatrices.

—Las mujeres tienen un papel muy importante. De hecho, cuatro de los seis personajes son mujeres.

—A mí me fascinaba mucho la idea de construir cuatro voces femeninas muy distintas, cada una con su carácter, su cultura, incluso su idioma. Se juega que el lector tenga la sensación un tanto fantasmagórica de que por debajo esté escuchando otro idioma, como esos documentales donde alguien habla y se superpone un doblaje, pero tú aun así puedes intuir el idioma en que está hablando.

—Te atrae contar las diferentes maneras que tenemos de enamorarnos o de formar parejas a lo largo del tiempo. El amor a distintas edades.

—Así es. Claro, la maravilla de una novela es que puede acompañar a un personaje desde su infancia hasta su vejez. Y esto es lo que sucede en Fractura. En la novela no solamente se cuentan cuatro historias de amor, sino sobre todo cuatro fases en la vida amorosa de una persona.

—¿Watanabe está basado en la vida de Yanaguchi que, contra todo pronóstico, murió con casi cien años?

—Mi personaje no se basa directamente en un personaje real, sino que más bien está inspirado en distintas vidas que he estudiado y creo que la forma que más me divierte de crear personajes es estudiar vidas y luego dejar que a través de la imaginación el personaje se emancipe. Así que la mayoría de las cosas que cuento de mi personaje son imaginarias, pero se me ocurrieron pensando vidas de supervivientes reales.

—La idea de este libro nace con una pregunta que a raíz del terremoto de 2010 te hiciste. ¿Cómo puede haber un hongo nuclear en un país que conoció la bomba atómica?

—Sí. O en otras palabras. ¿Por qué tendemos a fundar sobre lo mismo que nos destruye? Cada país tiene su propia manera de recaer en sus fatalidades. La japonesa es esa. Nosotros tenemos otras. Y me parecía interesante comparar.

—Para ti, hay tres fuerzas que no tienen patria: la energía, la economía y el amor. ¿Por ese orden?

—Jaja. Bueno, el amor es una energía que también requiere su gestión. Así que podría decir que la novela no solamente habla de esas tres fuerzas, sino de cómo se pueden aliar en una sola metáfora.

—Las mujeres son más sensibles e inteligentes. Para ti, no hay idea más machista que esa.

—Claro. Porque es condescendiente, ¿no? Es como que no sabemos qué hacer con nuestro machismo y, a veces, lo llevamos a un extremo y, a veces, lo llevamos a otro. Pero sigue siendo el mismo machismo. La versión tradicional del machismo es que la mujer es inferior. Entonces, nos vemos obligados, paternalistamente, a explicar que no, que, en realidad, son superiores. No son ni superiores ni inferiores.

Hay mujeres inteligentes y mujeres tontas, igual que los hombres. Creo que la igualdad pasa por abandonar estos pseudoelogios que no dejan de ser condescendientes y paternalistas. Cómo la mitad de la humanidad va a ser por definición más sensible o inteligente que la otra. Yo, si fuera una mujer inteligente, me ofendería escuchar eso. La inteligencia se la tiene que ganar y demostrar cada cual, tenga el género que tenga.

—Igual la etiqueta “econovela” no es la que más te gusta. Pero no por ello el libro deja de ser una denuncia, una llamada de alerta ante el peligro de algunas energías.

—Sí. En general, me parecía interesante ver cómo hay conflictos que se no se resuelven compartimentándolos por nacionalidades. Me impresionó mucho enterarme después del accidente de Fukushima que en Garoña, aquí en España, teníamos un reactor idéntico al que había petado en Fukushima. Eso nos dice mucho de cómo si no afrontamos colectivamente, con un sentido humano y no nacionalista, ciertos problemas que nos afectan a todos, al final no habrá dónde esconderse, y tampoco en tu país.

—Estás convencido de que, a largo plazo, la energía nuclear no será rentable. Como quizás sí lo puedan ser las energías renovables.

—Bueno, eso está ya estudiado. A medio plazo y largo plazo, a igual inversión, las renovables son más rentables que la atómica.

—La pasión de Watanabe por el kintsugi resume bien la complejidad de la memoria. Te gustaría que tu novela funcionara como metáfora de la memoria.

—Ojalá alguna vez alguno de mis libros tuviese la dignidad doliente, esa especie de optimismo trágico que tiene cada objeto reparado con el polvo de oro del kintsugi.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO


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