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8 de noviembre de 2018

  • 8.11.18
A finales del pasado mes de julio, el profesor Marina dejaba un interesante artículo apuntando algunos de los males que nos han azotado a lo largo de la historia y que, para desgracia de todos, siguen dando latigazos sin misericordia. El título del mismo, ¡Es el poder, estúpido!, ya apretaba los grilletes de nuestra ingenuidad o de nuestra ineptitud.



Los problemas que sobrevuelan nuestras cabezas, como ávidos buitres a la búsqueda de carnaza, son ya de por sí escalofriantes y duros de roer. Y si a ello añadimos una mísera sobredosis de egoísmo, el plato está servido.

Si queremos conseguir mejores cotas de cultura y bienestar, como personas dotadas de inteligencia que se supone que somos, se hace necesario liberarnos de cinco muros que actúan como una rémora contra todos nosotros e impiden poder alcanzar un mundo algo mejor, menos humillante para una gran mayoría de personas. Pensar y desear la Utopía se hace necesario.

Cito literalmente: “las sociedades han avanzado mejor cuando se han liberado de la pobreza, la ignorancia, el dogmatismo, el miedo al poderoso y el odio al vecino”. Son cinco impedimentos que difícilmente hemos podido superar –y menos, desterrar– en el recorrido vital que ha hecho la Humanidad a lo largo de muchos siglos.

Desde tiempos inmemoriales venimos pleiteando con estas barreras. Inseparable de la “pobreza”, sea extrema o no y como consecuencia del hambre, cabalga la “ignorancia” que nos hunde más en la miseria física y psíquica; el “dogmatismo” ahoga todo lo que se le pone por delante defendiendo que está en posesión de la verdad; el “miedo al poderoso” atenaza el obrar y nos sumerge en un profundo hoyo desde el que es casi imposible emerger y el “odio” al prójimo (vecino, cercano o lejano) ofusca las pocas luces que podamos tener.

Paso a desarrollar algunos de estos obstáculos. La pobreza está enquistada en nuestro vivir (malvivir). A lo largo de siglos, que suman muchos años, la lucha por un trozo de pan para sobrevivir ha sido y sigue siendo todo un problema. Según datos oficiales, “el hambre en el mundo aumenta por tercer año y alcanza a 821 millones de personas”.

Un pequeño matiz. El sobrepeso, aunque parezca una contradicción, está relacionado con la pobreza. Razón: “es mucho más barato comprar comida basura que alimentos saludables”. Qué exagerado… el problema está en África y en parte de Asia, pero no entre nosotros. Falso de entrada.

Aparentemente en España no hay pobreza. Según las estadísticas, tanto la pobreza como el sobrepeso (gordura) han aumentado considerablemente en nuestro entorno. Estar rollizos no significa alimentarse bien. Agravantes: hamburguesas y demás sacian y engordan, amén de que hay tendencia a recortar en comida (saludable) para poder gastar en otras cosas más apetitosas (divertidas). La distopía vino para quedarse.

Paradoja maldita: el número de ricos parece ser que se ha incrementado en los últimos años en nuestro país. Según lenguas sensibles y bien informadas, en España el número de millonarios ha aumentado hasta el punto de ser el séptimo país de Europa con más ricos-ricos. “En total hay 224.200 con una fortuna global que ronda la friolera de 565.700 millones de euros”, según datos publicados por El Mundo. ¡Qué bien…!

La sima entre pobres y ricos es cada vez más grande y profunda y, más pronto que tarde, desestabilizará a los países. La meta, por dignidad humana y por propia supervivencia, es sacar de la miseria a tantos millones de pobres para que la brecha no termine por ser insalvable y hundirnos a todos en la catástrofe.

Hay que dejar muy claro que pobreza e ignorancia están íntimamente emparentadas. Me atrevería a decir que son hermanas gemelas. Hago una salvedad que considero esencial. No por ser más rico se es más sabio o más inteligente (más avispado puede que sí). Sin embargo, la pobreza impide las pocas posibilidades de culturizarnos.

Con la barriga vacía no se puede pensar, por eso la pobreza es antídoto contra la razón, contra la posibilidad de acceder a otros estadios más elevados y eso lo tiene claro quien domina: líderes de todos los colores, publicidad, púlpitos, sectas, televisiones… Nos piensan y así nos controlan mejor.

La ignorancia es cada día más profunda y desde que Internet lo tenemos a un toque de tecla está aumentando. "Imposible", puede que piense algún lector, dado que los medios ofrecen un amplio campo de datos, de información útil para aprender (consultar no es aprender). Ejemplos de ello tenemos hasta entre gente supuestamente cultivada.

La ignorancia bulle a nuestro alrededor a pasos de gigante. De dicho aumento ya se encargan determinados y concretos medios de desinformación para que no podamos ganar cotas de conocimiento, de criterio propio. Información manipulada.

Para los creyentes en dichos medios, tanto si soplan contra el enemigo como en defensa del amigo, lo que dicen va a misa. Expresión que uso no porque sean católicos sino porque su palabra es incuestionable y sus seguidores papanatas convencidos, sin ellos saberlo. O puede que sí lo sepan.

El miedo al poderoso ahoga cualquiera de las posibilidades que permitan prosperar en un entorno mínimamente acogedor. ¿Quién o quiénes son los poderosos? Sin duda, el rico que citábamos antes y el consumismo que desde la publicidad nos cuelan por todos las rendijas. Vivimos en un tipo de sociedad que nos vende la felicidad a precio de saldo creándonos necesidades sin las que posiblemente se podría vivir.

El odio al vecino y al diferente crece a un ritmo vertiginoso. Matizo por separado ambos frentes. El diferente es el emigrado que viene de otras tierras, “reside fuera de su patria por motivos políticos, económicos o sociales” (sic). Incluso me atrevería a sugerir que puede ser incitado y forzado a migrar por motivos políticos impuestos por el poderoso.

Y, cómo no, cuando en la televisión quieren venderte el gato del sarcasmo burlesco por la liebre de la libertad de expresión, máxime si se convierte en un desprecio categórico a valores comunitarios, sembramos odio a voleo, por divertimento. En este caso estamos ante una seria metedura de gamba. ¿Pensamiento de derechas? Sentido común.

Hago referencia al moqueo de la bandera estatal, que no es la franquista. Los escudos que portan no son los mismos. Mucho “curto” (¿culto?) las confunde o se empeña en confundirlas. ¿Ignorancia o mala intención? Ambas cosas.

Por cierto, la tela (tejido hecho en el telar) de una bandera no es un trapo (“pedazo de tela desechado” (sic). El trapo no tiene ningún valor o no sirve para nada. ¿Moqueamos la republicana, la blanquiverde…? Sería un grave error y ya hemos cometido muchos.

Debería quedarnos claro que una red de fanáticos no dejará crecer la libertad pero sí la ahogará aun más. Una red de ignorantes no hará progresar el conocimiento y la cultura. Una red de aprovechados nos empobrecerá más cada día que pasa.

Dogmatismo… En un principio, dicho concepto era y aun sigue siéndolo aplicado a los dogmas de fe religiosos. A día de hoy tiene distintas connotaciones, principalmente peyorativas, y es de uso muy extendido fuera de los diferentes ámbitos específicos en los que se ha desarrollado conceptualmente.

Los dogmas son verdades reveladas por un dios (origen) o por un líder supuestamente carismático que se parte la crisma por tu bienestar (eso dicen). Conclusión obvia: el dogmatismo se reduce a asumir unos principios, una doctrina o ideología sin admitir cuestionamiento alguno en contra.

Está presente en la religión y en la política. Ésta última cada vez más cortocircuitada por intereses de dominio, tanto en la derecha como en la izquierda. ¿Razón de tal disloque? Sus supuestos líderes no quieren que pienses. Ya lo hacen ellos por ti, a la par que van inoculando el llamado "pensamiento único". A partir de ahí se consigue el dominio de un descarado y sumiso borreguismo, que es la “actitud de quien, sin criterio propio, se deja llevar por las opiniones ajenas” (sic).

Son tantos los problemas que nos acosan o nos rodean que resulta difícil enfrentarse a determinadas situaciones. Algunos de dichos agobios no están al alcance de nuestras manos, al igual que la posible solución para deshacernos de ellos; otros quizás sí, pero ¿realmente queremos soluciones? ¿O hacemos como el avestruz, que metemos la cabeza bajo el ala diciendo "¡ay, ay, ay, ay…!" y pare usted de contar?

PEPE CANTILLO


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