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10 de agosto de 2018

  • 10.8.18
Hay noches en las que la felicidad no te deja dormir. Quieres agarrar el momento de plenitud y no soltarlo. Hay noches en las que sueño despierta, en las que imagino cosas que me hacen sonreír, en las que vislumbro un camino lleno de posibilidades. Nunca sé cuándo va a ocurrir. Solo sé que me encanta que lleguen sin avisar.



Esta es una de ellas, mientras escucho y contemplo el hada de mi caja de música girando y girando, con su eterna sonrisa, siento la suave brisa de verano que quiere entrar en mi habitación colándose por las rendijas de las persianas, como si fuera un ungüento que acaricia mi piel.

La lamparita verde clorofila ilumina las hojas de este diario, mientras mis dedos corren y corren para escribir todo lo que mi mente les va contando. Las sábanas de algodón me hablan de ternura y caricias, y me hacen soñar con campos llenos de flores blancas que buscan el sol.

La calle calla, suenan las campanas de la medianoche y las cenicientas duermen y no sueñan con príncipes. La luna se encaja en un cielo en el que faltan las estrellas de Van Gogh, pero que está limpio de nubes. Puedo sentir mis latidos, percibir la vida, observar mis largas piernas y mis pies egipcios.

El reloj ha dejado de correr y el cuco ha cantado para despertarme al ahora. No quiero estar en otra parte, ahora no pienso en nada: solo disfruto este instante. El sonido de los coches se ha espaciado y recuerda a las olas del mar. Pienso que aquí estamos durmiendo, pero que en el otro lado de nuestra redonda Tierra la gente trabaja, sale a comer, contempla la luz del día...

La madre naturaleza ha parado la rotación y la traslación para que yo me encuentre conmigo misma en este pliegue del tiempo. Me acaricio el cuello. Hace tanto que no lo hacía… Uno de mis dos yo le pregunta al otro que dónde ha estado. Y solo sabe responder que corriendo, persiguiendo una meta que va desapareciendo constantemente.

Se sientan juntos debajo del gran árbol y contemplan sus ramas desde abajo. Esta es la vida: este momento. Se despiden prometiéndose volver a verse pronto. "No corras", le dice el yo sereno, mientras coge el brazo con suavidad a mi yo con alma de kamikaze. "No corras o te perderás la belleza del camino: no hay un destino al que llegar”. Ellos se alejan y yo me me quedo esperando poder cerrar los ojos y abandonarme al placer de descansar.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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