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23 de junio de 2018

  • 23.6.18
Creo que a estas alturas ya tenemos que dejar de hablar de la crisis económica para hacernos a la idea de que este es el paisaje con el que tenemos que convivir por mucho tiempo, especialmente la gente joven que todavía se lamenta de que su generación vive peor que la de sus padres (cosa que es totalmente cierta, especialmente, en los aspectos económicos).



Resulta curioso ver cómo en la actualidad muchos añoran los tiempos en los que a los jóvenes se les llamaba mileuristas, porque mil euros era el sueldo que se les ofrecía cuando buscaban trabajo. Ya se acabaron los mil euros; ahora tienen que conformarse con lo que les den y en las condiciones que les ofrezcan.

Pero para que no se desanimen ni se depriman, los adalides y entusiastas del mercado de trabajo (ese eufemismo que se utiliza con tanta frecuencia para denominar al cruel capitalismo globalizado) nos informan de que estamos en tiempos de emprendedores o de jóvenes a los que no les importa asumir riesgos. Es por ello por lo que invitan a apuntarse a los cursos más insólitos, dado que, según dicen, el mercado está en perpetua renovación y surgen propuestas inauditas que no hay que dejarlas pasar.

Esto es lo que yo pensaba cuando, en una de las caminatas matinales, me encuentro de soslayo con un gran anuncio en un paseo central de Córdoba (que me imagino estará por toda la ciudad) y contemplo una escena en la que una chica, con ropa ligerísima, vistiendo solo una camisa blanca, está tendida en el suelo, al tiempo, que apoyada en su brazo izquierdo, sostiene un pincel lleno de pintura azul, rodeada múltiples pinceladas en la pared, en el suelo y en su cuerpo.

Como la mañana era fresca y luminosa, y recordando las recomendaciones de los consejeros áulicos del bienestar interior, dejo atrás esos pensamientos tan poco festivos que comentaba anteriormente con el fin cargarme de optimismo fácil, pensando en ideas coloristas y felices, abandonando los prejuicios e ideas erróneas con los que parece estamos cargados los que pensamos en demasía.

Siguiendo sus consejos, internamente me repito una y otra vez que lo más probable es que yo estuviera bastante equivocado y que había que mirar las cosas desde otra óptica más positiva y pensar en el lado bueno de la vida, en un intento de acompañar al día con ideas igualmente luminosas.

“Creo que no debemos ser tan severos. Hay que imaginar que también los empresarios hacen lo que pueden para integrar a los jóvenes, convencernos de que verdaderamente están preocupados por ellos prestándoles toda clase de ayudas, dándoles toda clase de facilidades, como los cursos que les facilitarán la promoción en sus empleos…”, me sigo diciendo, insuflándome toda clase de ánimos.

Sigo caminando envuelto en mis propios pensamientos. A partir de la fugaz mirada que eché, deduzco que lo que prometía el anuncio era un curso acelerado de pintura para chicas jóvenes, en el que se les enseñarían distintas técnicas, especialmente la que empleaba el artista estadounidense Jackson Pollock, allá por las décadas cuarenta y cincuenta del siglo pasado, cuyas obras se encuadraban en el denominado expresionismo abstracto.



“No es mala idea la de realizar cursos a los que puede apuntarse cualquiera, pues dejar chorrear la pintura sobre un gran lienzo extendido en el suelo o lanzarla desde los propios botes de pintura no creo que sea excesivamente complicado…”.

“…Además, para aquellos que no tengan ni la más remota idea de quiénes fueron, por ejemplo, Joan Miró o, más aún, Jackson Pollock, les pueden servir como modelos. Es posible, incluso, que los nuevos ricos que tanto abundan ahora se entusiasmen con este grado de espontaneidad y libertad con el que se expresarían las jóvenes de hoy”, me digo, mientras camino encantado al comprobar que mis optimistas ideas me van empapando al igual que le ocurría a la feliz lechera del cuento.

De repente, me asalta una duda que me inquieta, por lo que acorto el paso. “Por cierto, ¿he dicho las jóvenes? ¿Por qué solo las jóvenes?”.

Intento de nuevo volver a los pensamientos positivos y felices, repitiéndome que las empresas se actualizan y ya no solo piensan en sus propios beneficios, sino que también lo hacen para el bienestar de las nuevas generaciones.

“Bueno”, insisto, “también a las empresas hay que darles un voto de confianza y suponer que, ante la ola feminista que se extendió por todo el territorio de este país el pasado marzo, se hayan sensibilizado y optado por la denominada ‘discriminación positiva’ potenciando cursos acelerados de pintura solamente para las chicas jóvenes. También ellas se merecen que atiendan sus demandas de empleo”.



Dado que la caminata es de ida y vuelta, al regreso me detengo delante del cartel para observar con más detenimiento el conjunto que cubre toda la pared de una de las salidas del aparcamiento del Vial Norte. Allí en grandes letras leo: ‘No te compliques. PINTAMOS TU PISO por solo 290 euros’.

Me quedo un tanto absorto y, como en el cuento de la lechera, las ideas se me empiezan a caer una tras otra al suelo, al tiempo que se rompen en pedazos, aunque sea solamente yo en el que siente el crujido que hacen.

“¡Vaya chasco, esto no tenía nada que ver con lo que imaginaba! ¡Ahora resulta que es una empresa dedicada a pintar interiores…! En fin, todo el mundo tiene derecho a equivocarse…”, intento consolarme ante las erróneas quimeras que me había ido montando minutos atrás.

Sigo contemplando minuciosamente el anuncio. Me fijo en la chica rubia que porta el pincel manchado de azul y que tan seductoramente nos invita a que pintemos nuestro piso por solo 290 euros.

“¿Es esta la chica que irá a pintar el piso cuando se llame a la empresa? ¿Acudirá así, tan insinuante y ligera de ropa? ¿Está de moda tumbarse en el suelo para pintar las paredes del piso?”, me pregunto intentando dar un sentido a la pose de la protagonista del anuncio, una vez que tengo que admitir que ella no tiene nada que ver con cursos acelerados de pintura para chicas jóvenes siguiendo las técnicas de Pollock, y que yo, con total entusiasmo, me suponía.

Como no termina de resultarme convincente el que esa chica rubia sea la pintora que acuda de domicilio en domicilio, me pongo en la situación contraria, imaginando que el publicista haya pensado que esa fuera la atractiva ama de casa que solicita ayuda para que se le pinte el piso.

“¿Será esta la imagen ideal de la dueña del piso que desesperada llama al teléfono de la empresa para que los pintores acudan raudos a salvarla del estropicio que ha hecho? Y si es así, ¿los recibirá vestida solo con la camisa blanca para alegrarles la mañana mientras ellos se preparan para ganar los 290 euros, al tiempo que mientras pintan echarán una mirada de reojo a la dueña…?”.

Camino de regreso a casa, compruebo que el optimismo con el que me había vestido esa mañana empieza a marchitarse. Ahora tengo la sensación de ser un tanto idiota. Se me van yendo las estupendas y positivas ideas prestadas, tales como que la vida ya no era tan dura para los jóvenes, que se abriría un claro futuro para ellos, que las empresas se preocupan seriamente por el paro y la precariedad, que los sueldos irían subiendo paulatinamente…

Me vuelvo otra vez taciturno. Y, no sé por qué, empiezo a sospechar del anuncio que dejé atrás y comienzo a asociarlo con el eterno machismo ibérico, ese que se desea tapar y que no se quita de esta sociedad por muchas capas de pintura que se le dé y por mucha alegre y festiva publicidad que nos muestra a chicas jóvenes, rubias y dispuestas a aparecer vestidas solo con una camisa blanca pintarrajeada anunciando cualquier cosa.

AURELIANO SÁINZ


DEPORTES - MONTILLA DIGITAL



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