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18 de mayo de 2018

  • 18.5.18
Me he vuelto adicta a los abrazos. Los abrazos me bajan a la tierra, explotan el globo de los pensamientos fatídicos. Los abrazos son cálidos, me hace sentir segura, me hablan de que hay otro ser humano que comparte su cariño conmigo. Dan color a la vida, la ciudad se vuelve verde esmeralda, el aire encuentra la salida sin premura y el corazón tiene otro latido con el que bailar.



Los abrazos hablan y tienen su propio lenguaje. Estoy aquí, te he visto, sé cómo te sientes, déjate caer aquí entre mis brazos. Ellos no necesitan ser fuertes: basta con que sean sinceros, redondos, que te acaricien sin presión. Yo me siento libre dentro de de ellos, sé que no me quieren atrapar. Ellos son mis amigos.

El único problema, eso sí, es que crean dependencia. Uno no puede ir por ahí mendigando abrazos… Aunque le gustaría. No hay nada más seguro que el regazo de una madre: sus abrazos son especiales. Huelen a un perfume sin nombre, que se graba en la memoria haciéndolo reconocible entre millones. Aún recuerdo alguno de ellos.

Los abrazos amigos, aunque sean solicitados, si uno se los deja sentir saben a cariño compartido, a brisa suave de primavera: no estás sola, cuenta conmigo. Lo que más me cuesta es abrirme, sacarle la cuerda al reloj y conectar con mi cuerpo, dejando que la magia funcione.

Sentir la tibieza del cuerpo del otro, percibir su corazón, su movimiento silencioso. Sentir unas manos en mi espalda que me acunan con suavidad y dejar que mi cuerpo sonría y disfrute de la calidez que se va extendiendo de arriba a abajo. Sentir cómo los contornos desaparecen y te vuelves un todo con la otra persona por un instante, reconociéndose iguales en la suma. Aflojar y dejarse caer... la tarea pendiente.

Ya no doy abrazos rápidos, de compromiso, de esos que la vergüenza apremia a acabarlos. Ahora los siento como un regalo, como las chuches de los domingos, como algo único que necesita toda mi atención. Desde hace un tiempo me paro, me digo "esto es un momento para recordar, así que abre los sentidos y déjalos que disfruten. Hoy es día de fiesta para ellos".

Importante: cerrar los ojos. Para sentir el cariño o el amor es necesario concentrarse en la piel y en el olfato. Y esta tarde he tenido uno de esos grandes momentos. Ha sido un abrazo que yo pedía en silencio. En mitad de una calle, con un aire cálido que invitaba a la relajación, él me cogió, me abrazó y acarició mi cuello, mientras yo me acurrucaba como una niña buscando consuelo tras un berrinche. El tiempo que duró fue eterno, esta vez no deseé que terminara. Cuando lo hizo, miré agradecida al bienhechor y seguimos caminando.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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