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23 de febrero de 2018

  • 23.2.18
Delicada, exquisita, con un acento encantador y una figura armoniosa. Yo no me explico cómo los hombres no ven lo mismo que mis ojos y mi alma ven. Desde pequeña he tenido claro que me gustan los hombres y, con el tiempo, me han empezado a atraer los hombres muy masculinos, sin amaneramientos, sin dudas.



Hombres capaces de afrontar los envites de la vida con una mirada decidida. No superhombres, ni ególatras orgullosos: simplemente, hombres que no huyan de los problemas. Eso es lo que quiero para mí y, también, para ella.

Nos conocimos en clase de Francés. Ella era la profesora y, desde el principio, todos caímos bajo su hechizo: sonrisa franca, sin dobleces y enamorada de su trabajo. Cuando alguien hace algo que le entusiasma, esa energía se transmite a todo el mundo.

A pesar del horario, que era un poco tarde, siempre esperaba con ilusión las clases de Francés. Siempre nos reíamos y aprendíamos sin darnos cuenta. Yo iba para prepararme el B2, ya que desde pequeña hablo la lengua de Víctor Hugo, aunque no tenía título.

Tiene una memoria extraordinaria: siempre se acuerda de los nombres y de las circunstancias de sus alumnos. Terminé sus clases y pasé con éxito el examen. Nos volvimos a ver tiempo después, por la calle, y en uno de esos encuentros que en las películas marca un punto de inflexión.

De aquel punto salió una amistad. Nada me gusta más que rodearme de buenas personas, de corazones puros, y ella es uno de ellos. Enfrenta la vida desde la delicadeza, desde las palabras amables, desde la suavidad. Esto ha sido a veces interpretado por algún ogro como síntoma de debilidad.

La fortaleza nada tiene que ver con los gritos, el ataque y el apabullamiento del otro. La fortaleza consiste en levantarse del suelo, cuando una lo que querría es quedarse allí tirada, tomar decisiones, coger la riendas del caballo desbocado en que se ha convertido tu vida y subir y subir hasta estar totalmente de pie.

Todos somos humanos y todos sentimos el dolor de los sueños rotos, pero no todos asumimos que aquello que parecía eterno ha terminado y que hay que seguir sonriendo para que el sol nos dé calor. Ella es una valiente, aunque a veces el espejo no se lo diga. Independiente y mamá gallina que solo aspira a una vida sencilla, tranquila y sin sobresaltos.

Me encantaría ser el hada madrina esa que siempre he deseado ser desde pequeña y poder mover mi varita mágica y construirle una casa soleada en el campo, un hombre que la mire con embelesamiento y al que ella adore, además de un futuro certero para sus hijos. Como no puedo convertirme en el ser mágico, solo puedo abrazarla fuerte esperando que ella vea lo hermosa y la gran mujer que es.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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