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29 de diciembre de 2017

  • 29.12.17
Hay personas que son un ejemplo simplemente por su forma de vivir y de afrontar el día a día. Hace unos años conocí a un chico argentino que vino a España escapando de un corralito creado por la soberbia de unos políticos. Vino a España siguiendo su sangre gallega y buscando un mejor porvenir.



Su cercanía y ganas de trabajar le hicieron abrirse paso en el mundo de la peluquería. No obtenía grandes ingresos, pero vivía como un rey. Me demostraba que no hay que ser rico para hacer mil cosas. Tenía muy claro que el tiempo que pasara en la madre patria lo iba a aprovechar.

Recorrió mil lugares, buscó a su gente gallega e hizo escapadas a países vecinos. No es el dinero lo que te mueve: es la cultura y el querer conocer y ver lo que te impulsa a visitar sitios nuevos, ya sea con una mochila o en hoteles de miles de estrellas.

Poco a poco hizo su nido en Madrid, con amigos del alma, con una estabilidad laboral, con risas y abrazos, pero los dados del destino, que están siempre chocando, hicieron que tuviera que volver a su casa, a su primera tierra. Si algo tenemos los latinos, por nuestra tradición católica, es el arraigo familiar y cuando alguien de los nuestros nos necesita, allí estamos. Levantó campamento, izó las velas y dejó lágrimas propias y ajenas cerca de El Retiro.

Volvió a un país, aún más desconocido, con incertidumbre diaria, con peligros cercanos, con inflación galopante, con sueldos menguantes, con carestía e inseguridad. No fue fácil. Aceptar todo aquello le costó mil canas y días sin fuerzas. Pero la vida habita en él: él es una llama de vida que alumbra a cuantos le rodean. Se arrastró por las calles hasta que una voz le dijo: "esto es lo que hay y aquí es donde tienes que vivir y ser feliz".

El primer paso fue el realmente difícil: la aceptación. Una vez que hubo aceptado que ese era el entorno, que el trabajo no daba para comprar pimientos rojos y distaba de su casa dos horas en colectivo, su pelo volvió a brillar y su sonrisa renació. Si uno no lucha con grandes expectativas, el presente es más suave.

Cuando me contaba su historia por las calles de Buenos Aires y me agarraba del brazo para que nada me ocurriera, yo solo podía aprender de él, ver en él un ejemplo de lo que promulgan las filosofías orientales: no es lo que te pasa; es cómo vives lo que te pasa.

A día de hoy sigue decidido a no malgastar su tiempo, a vivir con su mamá y a destinar sus salarios, el de peluquero y el de transformista, a conocer el mundo y a cumplir sueños, como el que ha hecho realidad hace poco. Y es que ya puede contarle al viento que ha visto en vivo y en directo a Cher y a Celine Dion en Las Vegas.

No es rico, no es famoso, solo tiene un trabajo, clientas que lo quieren, una familia que lo adora y miles de amigos por el mundo. Solo eso.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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