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16 de noviembre de 2017

  • 16.11.17
Los hombres, individualmente o en grupo, desean relacionarse con sus semejantes, entrar en contacto con distintas personas o ambientes. Esa es una de sus principales ambiciones. Algunos creen que es una necesidad y otros, un deber. Yo, por mi parte, creo que las dos cosas a la vez.



Es una necesidad, tal vez, porque el hombre no puede vivir aislado. El hombre siente necesidad de hablar, de contarse cosas, de que le compadezcan, de que a la vez le animen y le conduzcan. Con simples gestos como estrechar la mano, dar un golpecito en la espalda, tomar unas copas, hablar y discutir con el resto, hay quien piensa que está enormemente relacionado y que, como conoce a muchísimas personas, tiene cientos de amigos. Se equivocan.

El hombre está solo entre la multitud de esas relaciones, a menos que tenga los ojos y el corazón abiertos de par en par para ver y acoger a sus semejantes. De esta forma, yo conocí a mi amigo, un hombre fuerte y sociable, que se distingue en cualquier grupo y que es un ejemplo perfecto de caballerosidad y bondad.

Sin embargo, todo su ser reacciona con severidad ante la injusticia, la hipocresía o la irreverencia. Parece entender a la gente y es particularmente considerado con los pobres, los solitarios, los enfermos, los abandonados e, incluso, con los de mala reputación. A decir verdad, parece ver algo de bueno en cada persona.

Realmente es amigo de muchas personas, cuyos sentimientos hacia él son como los míos, porque sus vidas han sido transformadas por su amistad. Esta es la explicación de cuantas cosas buenas hay en mi vida.

Este amigo es tan amado como odiado: millones de personas rehúsan su amistad. ¿Podrá ser que en verdad no comprendan quién es? Seguramente por eso, los hombres le mataron. Él no había hecho ningún mal: su única ofensa fue ser la verdad, la pureza y el amor encarnados.

Cuando pienso en este amigo surge en mí el deseo de que cada persona sobre la faz de la tierra lo conozca. Él no te impondrá su amistad, pero si tú lo aceptas como el más caro de tus amigos, te acompañará hasta el fin de tus días. Él hará que tu vida sea una aventura espiritual gracias a su compañerismo transformador. Te hará feliz, valiente, y victorioso; cambiará tu vacío por satisfacción; el temor por valor; la debilidad por poder; el dolor por gozo; el tumulto por paz y la muerte por vida. Yo quisiera que conocieras a mi amigo, que no es otro que Jesucristo.

JUAN NAVARRO COMINO


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