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29 de septiembre de 2017

  • 29.9.17
En el prólogo del libro Virtudes públicas, Victoria Camps especifica: “vivimos en un mundo plural, sin ideologías sólidas y potentes, en sociedades abiertas y secularizadas instaladas en el liberalismo económico y político [...]. El consumo es nuestra forma de vida. Quererse a sí mismo y no privarse de nada es el fin inmediato, indiscutible de la existencia. La verdad y la razón no la tiene nadie, si bien los económicamente poderosos actúan como si la tuvieran [...]”.



A lo largo de este interesante ensayo nos propone lo que, a su juicio, deberían ser “las cualidades básicas del sujeto democrático: la solidaridad, la responsabilidad y la tolerancia”. A este trío añade la virtud de “la profesionalidad, la única que de verdad es respetada y reconocida en nuestra sociedad”.

Vivimos en tiempos confusos. Nuestro entorno se había acostumbrado a subsistir sin grandes contratiempos, sin demoledores huracanes que destrozan lo que encuentran al paso. Y vivir en la bonanza de la mano de la paz era todo un lujo.

Pero el fanatismo, la intolerancia de cualquier color, de cualquier tipo de fe –política o religiosa– cercena vidas o machaca esperanzas a la par que derrama angustias, miedo.

Y de nuevo parece que apostamos por la enemistad a sabiendas de que es posible vivir en armonía, aunque nadie dijo que fuera fácil. ¿Falta voluntad y sobra egoísmo? Parece que a mayor desarrollo corresponde menor grado de humanidad. Y así nos va...

Tengamos presente que en la ausencia de la paz termina por diluirse la libertad y la carcoma agujerea a la justicia. En tales circunstancias, la democracia peligra porque no puede funcionar sin demócratas, es decir sin personas que apuesten por la tolerancia y la solidaridad desde una responsabilidad libremente aceptada.

Remacha Victoria Camps: “La ética habla de la justicia porque hay desigualdad, habla de la amistad porque no somos autárquicos, habla de la democracia porque no hay sabios capaces y competentes para gobernar sin peligro de equivocarse”. La verdad es que apostillar de sabios a los políticos actuales, sean del color que sean, suena a ironía.

De la tolerancia decimos que es un valor de ida y vuelta: tú eres tolerante conmigo, yo lo soy contigo. Y ¿de la solidaridad? ¿Qué es la solidaridad? ¿Qué es ser solidario? ¿Somos solidarios cuando hay que arrimar el hombro? O ¿en dicho caso nos duele la espalda?

Cito de nuevo: “La solidaridad es una virtud, que debe ser entendida como condición de la justicia en la medida que viene a compensar la insuficiencia de esta última. La justicia necesita el complemento de la solidaridad”.

Solidaria es aquella persona que se obliga a compartir, ayudar, estar con otros en actitud comprometida para lo que haga falta. La persona solidaria está capacitada para pasar del yo al nosotros con todas las consecuencias que esto comporta. Y siempre sin esperar nada a cambio. Altruismo en estado puro.

No se trata de dar para que te den, actitud propia del trueque y sí de ser desprendidos, de sembrar generosidad. La solidaridad permite sentirnos unidos a esas personas a las que se les brinda apoyo y por supuesto de las que no pretendemos nada. Es un valor a fondo perdido del que solo se entera quien lo realiza.

El único contratiempo es que dichas acciones solidarias no aparecen espontáneamente: requieren de toda una cultura de educación y asimilación de actitudes por parte de cada uno de nosotros. En este sentido, me sorprende el vocablo “generosía: nobleza heredada de los mayores” (sic), y viene a pelo por su contenido.

La solidaridad es una actitud de empatía, antes que de racionalidad, donde el corazón se da a una determinada causa aunque la razón y la comodidad, puedan decir lo contrario. Hace referencia a entrega, a ayuda para un determinado colectivo necesitado de ella; significa cooperación, darse antes que dar, compartir. Es decir, arrimar voluntariamente el hombro y pringarse hasta donde pueda ser.

Es un gesto por el cual asumo un compromiso, racional y emocionalmente aceptado, para cambiar una situación que de por sí es injusta e insolidaria y está causando daño al otro; es un modo de pensar y actuar cuyo fin es el interés global.

En principio se es solidario respecto a alguien cercano que me importa y por quien estoy dispuesto a sacrificarme, a darme para ver de solucionar parte del problema. En segunda instancia se es solidario con grandes causas, tanto próximas como lejanas.

La solidaridad está imbricada con la justicia y la libertad hasta el punto que invertir en justica es una forma de plasmar y rentabilizar dicha virtud a la par que nos humaniza un poco más. Claro que hablar de ser más humanos suena a ironía en un mundo hedonista en el que el materialismo lleva la voz cantante.

La mayoría de problemas de nuestro mundo, por ejemplo el hambre, tienen su raíz en la indiferencia y el egoísmo que anula la generosidad. La carencia de dicho valor impide que actuemos positivamente ante las desdichas ajenas.

No podemos olvidar que la solidaridad es un valor, una virtud la llama Victoria Camps, que viene a expresar fraternidad, término muy usado por el cristianismo, hasta el punto de quedar impregnado de una sonora grandilocuencia alejada del valor originario.

Solidaridad es la mejor actualización que se ha podido hacer de la virtud caridad. Dicha solidaridad nos transporta con rapidez a generosidad, mientras que la caridad ha perdido ese aire fresco que pudo tener en su origen. El limosneo huele a lástima, incluso parece que se da para lucirse delante de los demás.

Para Victoria Camps “la solidaridad es la virtud de los pobres y de los oprimidos. Allí donde no hay justicia aparece la caridad”. Da un paso al frente cuando afirma que “incluso donde hay justicia tiene que haber caridad porque el Estado no resuelve ni podrá resolver nunca todas las necesidades y carencias de la vida humana”.

En conclusión, la solidaridad es agradecida y contagiosa, crece con su continuado uso. Cierto que ha sido mal usada y desvirtuada por parte de bandoleros políticos y vivales de todo tipo y calaña. El siguiente titular es el último ejemplo: “Procesado el jefe de una ONG por quedarse con fondos de cooperación saharauis”.

Como colofón cito: “La función de la ética es enseñar a querer lo que merece ser querido, educar los sentimientos para que se adhieran a los fines que promueven la justicia”. El libro Virtudes públicas, aparece en 1990. Ya ha pasado tiempo y aun sigue vigente todo su contenido.

A veces sueño con la ciudad de Utopía. Intento explicar en qué consiste, qué ofrece, qué representa. Utopía es el modelo de ciudad ideal que plantea Tomás Moro (1478-1535), canciller de Inglaterra con Enrique VIII y que por no doblegarse a los deseos del rey fue decapitado. Es una de las obras más trascendentales de la historia de la literatura en la que Tomás Moro retrata cómo debería ser el Estado perfecto.

Utopía significa “en algún lugar no existente” (u-topos). El estado perfecto sólo existe en ese lugar utópico dominado por la razón natural y al que ni tan siquiera hubieran llegado los principios emanados del cristiano, según su autor. Indudablemente Moro plantea una utopía inalcanzable, ilusionante. Atrevida frente a la avaricia, al mangoneo de unos, la mentira, el interés por el beneficio propio y en contra del bien común de la mayoría. La obra fue expurgada por la Inquisición.

PEPE CANTILLO


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