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3 de septiembre de 2017

  • 3.9.17
Recientemente se ha publicado una encuesta realizada por la Asociación Nacional para la Racionalización de los Horarios Españoles (ARHOE) en la que se trataba de averiguar el tiempo que dedicaban los padres a compartir juegos con sus hijos, al tiempo que se les preguntaba cómo se sentían en función de esa dedicación.



Un alto porcentaje, alrededor del 75 por ciento de padres y madres encuestados, respondían que se sentían “cansados”, “agobiados”, “tristes”, “culpables, “impotentes”, “frustrados”, etc., por no destinar el tiempo que consideraban adecuado estar con sus hijos para jugar con ellos. Las razones que aludían estaban relacionadas con las intensas jornadas laborales y/o con el trabajo que había que desempeñar en la casa, que apenas les dejaban tiempo para compartir con los pequeños momentos lúdicos de ocio.

Por mi parte no voy a entrar a enjuiciar las situaciones de aquellos padres o madres que consideran que no disponen de tiempo para compartirlo con sus hijos. Sin embargo, quisiera apuntar que desde siempre hay un juego que a los pequeños les resulta muy gratificante y que, paso a paso, ha perdido importancia en las familias: contarles o leerles cuentos.

Sobre este tema suelo insistir en las clases a quienes van a ser futuros maestros o maestras sobre la importancia que tiene para el desarrollo de los escolares, pues el relato de cuentos o de historias es de lo más placentero que podemos hacer los adultos con los niños.

Hemos de tener en cuenta que, desde tiempos inmemoriales, los relatos han acompañado al ser humano, por lo que forman parte del acervo común de grandes y pequeños de todas las épocas. Son historias fabuladas que en nuestra niñez vivimos con tanta intensidad que es difícil separar la infancia de los cuentos, tan necesarios para alimentar la imaginación y fantasía de los niños.

Así pues, una vez que nos hemos alejado de aquellos primeros años, ¿quién de nosotros no podría evocar esos pequeños relatos que archivamos en nuestra memoria, como si fueran lejanas leyendas que permanecen entremezcladas con imágenes ya perdidas, y que tienen la portentosa capacidad de traernos al presente sentimientos recónditos que creíamos ya olvidados?

Sin embargo, en la actualidad es difícil ver a un padre o a una madre transmitiéndole a su hijo las palabras “Érase una vez…” o “En un país lejano…”, con las que se iniciaba una mágica aventura hacia territorios ignotos, con castillos gobernados por reyes y en los que pululaban princesas, caballeros, magos, brujas; o iniciándose en arriesgadas empresas en barcos capitaneados por piratas en busca de tesoros en islas perdidas; o adentrándose en intrincadas selvas en busca de extrañas civilizaciones extinguidas...

En mi caso, son inolvidables aquellas tardes calurosas de verano en las que, para que mi padre pudiera descansar un rato la siesta, mi madre nos introducía a los hermanos más pequeños en una de las enormes camas de entonces (o así me lo parecía a mí) e iniciaba los cuentos de “indios y vaqueros” que salían de su fértil imaginación, pues muchas veces teníamos que recordarle cómo había finalizado el relato del día anterior para que pudiera continuar la aventura inacabada.

Hemos de tener en cuenta que los cuentos han estado presentes en todas las culturas conocidas. Los estudios antropológicos nos dicen que no se conoce ninguna en la que no existan los cuentos, las leyendas y los relatos míticos que de generación en generación se transmiten y que dan cohesión a la comunidad, dado que esas narraciones contienen la memoria ancestral, la interpretación de los orígenes del grupo, así como las normas morales y de comportamiento colectivo.

Y todo ello construido con grandes dosis de imaginación e inventiva. Son, pues, historias más o menos verídicas, mitos y leyendas que trasladan, tanto al narrador como a los oyentes, a mundos lejanos, en los que esas maravillas que se cuentan no solo eran posibles, sino que se tenían por verdaderas.

¡Cómo no recordar la comunión mágica que se establece entre el adulto y el niño, cuando el primero comienza a relatar esa gran aventura! ¡Cómo no inquietarse cuando se pronuncian las palabras maravillosas que nos anuncian las sorprendentes aventuras en las que se va a ver envuelto el protagonista, nuestro héroe o heroína!

Y, sin embargo, hoy casi sentimos como una gran pérdida que ese rito iniciático oral a los mundos fabulosos se haya casi perdido para siempre, al haberse sustituido por películas u otras formas de entretenimiento, que pueden estar bien, pero que no suplen el contacto directo que, tal como apuntamos, se establece entre el adulto y el niño cuando se inicia la aventura contada por el primero.



Con valor similar a contar un cuento se encuentra la lectura del mismo en un libro o en cómics con los que es posible ir siguiendo el relato. Esta magnífica experiencia la he revivido como espectador este verano cuando, Flora y yo, hemos ido otra vez de vacaciones a Suiza para estar con la familia que reside en este país y permanecer un par de semanas de vacaciones con ella.

Quienes conozcan Suiza sabrán que, junto a las grandes ciudades -Ginebra, Zúrich, Lucerna, Basilea…- hay multitud de pequeños pueblos que cubren este frondoso y montañoso territorio. Pues bien, en nuestro caso la estancia era en Uettligen, un pueblecito cercano a Berna, la capital de la Confederación Helvética.

En uno de esos días, pudo venir a vernos, dado que también se encontraba de vacaciones, nuestra sobrina Maribel junto a sus dos hijos, Julian y Severin, ambos cercanos a los 8 y 7 años.

Aparte del cariño y la enorme paciencia que Maribel desplegaba con ellos, pues se encontraban en edades que les hacen infatigables en los juegos, tenía la costumbre de leerles habitualmente libros de cuentos o de cómics que seguían con toda atención. Pero no solo se entregaba a la lectura en algún momento del día, sino que especialmente lo hacía por la noche, cuando Julian y Severin se encontraban en el dormitorio, ya acostados en sus camas. En esos momentos volvía a leerles algún libro de cómic que resultaba ser el bálsamo ideal para que ambos iniciaran el camino al mundo de los sueños.

Para comprender el valor emocional que representa la lectura, hemos de tener en cuenta que, aparte del enorme placer que se siente cuando alguien de modo personal te narra una historia, es uno de los medios más idóneos para fomentar la imaginación y la fantasía. Esto podía comprobarlo cuando íbamos al bosque, dado que ambos construían aventuras a partir de los trozos de palos que se encontraban y recogían por el camino.

Así, un domingo decidimos pasar la mañana en el bosque que se encuentra cercano al pueblo. Caminando en fila india, dado que las carreteras comarcales suizas no tienen arcenes, llegamos a una de las entradas. Pronto se hicieron con distintos palos que les servían de pistolas y escopetas, pues habían decidido jugar a detectives y policías, llamándose uno “Águila” y el otro “Buitre”, nombres muy acordes con el entorno en el que nos encontramos.

Ellos mismos eran los protagonistas de sus propias aventuras que iban creando a medida que caminábamos por los senderos que aparecían entre piedras, riachuelos y los altos árboles que encontrábamos a nuestro paso. Y todo ello sin necesidad de que los mayores les tuviéramos que dar ninguna pauta o sugerencia, dado que los niños, a los que se les fomenta la imaginación y la fantasía a través de las aventuras que se les ha narrado por medio de los cuentos, continúan creándolas como vivencias propias cuando se encuentran jugando entre ellos.

Y es que, tal como apuntaba el gran psicólogo suizo Jean Piaget cuando analizaba los comportamientos infantiles, en el niño, y a diferencia del adulto, la realidad y la fantasía están estrechamente unidas en su mente, por lo que se pasa de la una a la otra como si fueran las dos caras de una misma moneda. Es lo que pude observar en Julian y Severin en el tiempo que estuve con ellos.

AURELIANO SÁINZ


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