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17 de agosto de 2017

  • 17.8.17
Con nostalgia recuerdo aquellos años cincuenta cuando en Montilla había muy pocas casas que contaran con suministro de agua. Por eso, la gran mayoría teníamos que recurrir a las fuentes públicas y, en verano, me levantaban a las seis de la mañana para ponerme en la cola donde mis hermanos dejaban los cántaros para que yo los vigilase. Luego, una vez abrían el caudal, ellos venían y se encargaban de llenarlos.



Se llevaban unos pocos y yo me quedaba al cuidado de los que quedaban llenos hasta que regresaban. Eso era así casi cada día en verano. En casa vaciaban los cántaros en una tinaja muy grande que había en la cocina y, el resto, en el cuarto de pila donde mi madre lavaba la ropa, pues en la mayoría de las casas no había lavadora ni secadora. De hecho, las prendas se colgaban para que les diera el aire y el sol y así dejaran de estar húmedas.

También recuerdo que en la calle Capitán había una carbonería al frente de la cual estaba Eugenio, un señor rudo pero muy simpático que siempre tenía la cara negra de la tizne del carbón. Recuerdo que aquellos años de mi infancia en Montilla –antes de que mis padres decidieran emigrar a Cataluña– fueron muy felices, aunque no tuviésemos las comodidades de hoy en día.

Entonces, las frutas y las hortalizas venían con el tiempo, no como ahora, que encuentras en las fruterías productos de toda clase durante todo el año. Cuando llegaba el verano y venían al mercado de abastos los hortelanos con los pimientos morrones, yo iba con mi madre a comprar y, después, mi madre me los ponía en un canasto con una olla y me iba a la calle Alta y Baja, a la panadería del señor Mora, para que me los asaran en el horno del pan. Ya de vuelta a casa, mi madre los cocinaba.

Son vivencias que recuerdo con mucha nostalgia, sobre todo al ver en estos tiempos las comodidades que tenemos en nuestros hogares, en los que disponemos de todos los complementos en la cocina o en los baños, con esas duchas y bañeras con hidromasaje. ¡Igual que entonces, que nos lavábamos una vez a la semana en un lebrillo!

También me viene a la memoria cuando vendían los zorzales de temporada por docenas en el mercado de abastos y mi madre los compraba. Y como buena cocinera, los guisaba deliciosos. No sé si en la actualidad venderán zorzales, supongo que no. En fin, qué le vamos a hacer: el tiempo pasa y las costumbres se van quedando antiguas para todos.

JUAN NAVARRO COMINO


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