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14 de julio de 2017

  • 14.7.17
Montilla conmemora hoy la festividad de su patrón, San Francisco Solano. Y, en contra de lo que muchos puedan pensar, la huella de este fraile franciscano no solo es visible en la ciudad que lo vio nacer, sino que también se halla impresa en localidades vecinas como Pedro Abad y Montoro o, incluso, en aquellos países en los que el Apóstol del Nuevo Mundo difundió el Evangelio.



Huelga decir que la presencia del Mejor de los Montillanos es notoria en países como Perú, Bolivia, Colombia, Chile o Argentina. Menos común, sin embargo, es encontrar referencias del patrón de Montilla en otros lugares que, a priori, no guardan una vinculación directa con el Taumaturgo del Nuevo Mundo. Y si hablamos de ciudades especialmente significativas para el mundo cristiano, con una pléyade de santos mártires muy relevantes, la sorpresa es máxima.

San Francisco Solano en Roma

El Monte Capitolino, una de las siete colinas de Roma, ofrece al viajero una vistas extraordinarias. Situado entre el Foro y el Campo de Marte, la Ciudad Eterna se presenta apacible y hermosa, con una quietud impropia de la que pasa por ser una de las ciudades más ruidosas y caóticas de Europa.

La grandiosidad del entorno, súbitamente alterada por la monstruosa magnificencia del monumento erigido en honor de Víctor Manuel II, impide a muchos reparar en la Basílica de Santa María en Aracoeli, un templo levantado en la Edad Media sobre los restos de una ínsula romana, justo donde se hallaba el templo de Juno, diosa del matrimonio y reina de los dioses.

Es precisamente en este lugar, que también está unido a la historia siniestra de Roma –pues desde él despeñaron a la virgen vestal Tarpeya durante la guerra con los sabinos– donde encontramos la inconfundible impronta de Solano. Y por partida doble.



Nada más acceder a la basílica –que a día de hoy sigue siendo la iglesia escogida del Senado y del Pueblo Romano (SPQR)–, nos encontramos, a mano izquierda, con la Cappella de San Francesco Solano, presidida por un enorme lienzo en el que el patrón de Montilla dirige su mirada hacia una Madonna in gloria plasmada magistralmente por Marzio di Ganassini a principios del siglo XVII.

Descalzo y con los atributos que le caracterizan –la cruz en una mano y la concha para bautizar en la otra– el santo franciscano refleja en su rostro la devoción que sentía por la Madre de Dios.

El Santo recibe en la misma puerta de Santa María en Aracoeli a los miles de fieles que cada semana se acercan hasta este templo profético por antonomasia. No en vano, la tradición sostiene que se construyó sobre el altar desde el que la sibila tiburtina anunció a Augusto la llegada de Jesucristo.

Pese a la sorpresa que pueda causarnos, la presencia del patrón de Montilla en la Basílica de Santa María en Aracoeli es más que comprensible si se tiene en cuenta que el papa Inocencio IV –el último representante de la teocracia pontificia– entregó esta iglesia a los franciscanos hacia 1250. Desde entonces, el templo adquirió el característico aspecto románico-gótico que prevalece en su nave central y que evoca el espíritu de la orden mendicante fundada por San Francisco de Asís en 1209.



Durante la Edad Media, la basílica se convertiría en el centro de la vida civil y religiosa de la ciudad; sobre todo, durante la experiencia republicana del siglo XIV, cuando Cola di Rienzo inauguró la monumental escalera de 124 escalones que da acceso a la iglesia y que, curiosamente, es uno de los escenarios preferidos por las parejas romanas de recién casados para localizar el reportaje fotográfico del día de su boda.

Pero Santa María en Aracoeli depara a los montillanos una sorpresa más, junto al altar mayor –donde, por cierto, se conservan las reliquias de Santa Elena, madre del emperador Constantino, que pasaría a la historia por hallar las reliquias de la cruz de Cristo (la Vera Cruz) y las de los tres Reyes Magos–.

Rodeada de obras de Donatello, Miguel Ángel, Pinturicchio, Pietro Cavallini o Benozzo Gozzoli, sobresale la Capilla del Santísimo Sacramento, erigida en el siglo XVII bajo el patrocinio de la familia Astalli y dedicada a la Inmaculada Concepción y a San Francisco Solano.

Nuevamente, descubrimos la figura del santo montillano en un recoleto oratorio proyectado por el extraordinario pintor, arquitecto y escultor Antonio Gherardi, autor también de la Muerte del Beato Francisco, un sobrecogedor óleo sobre lienzo culminado en 1675 y que representa el tránsito de El Santo –o, lo que es lo mismo, su marcha a la inmortalidad gloriosa sin pasar por la muerte–.



El cuadro, de considerables dimensiones, muestra el cuerpo inerte de San Francisco Solano en su celda del convento limeño de San Francisco de Jesús mientras es recogido tiernamente por dos ángeles antes de ser elevado al cielo en presencia de los hermanos de su comunidad. Son las once y tres cuartos de la mañana del 14 de julio de 1610.

Llama la atención que el lienzo de Antonio Gherardi se concluyera tan sólo 65 años después de la muerte del padre Solano. Sin duda, un ejemplo más de la fama de santidad que siempre acompañó al fraile montillano y que propició que, tan sólo 15 días después de su fallecimiento, el Papa Pablo V abriera su proceso de canonización.

Con toda probabilidad, la familia Astalli quiso conmemorar la beatificación de San Francisco Solano en 1675 erigiendo una capilla en su honor, cuya traza encargaron a Gherardi. El artista, que logró imponer su personal estilo durante el barroco tardío italiano, quiso abundar en la figura del fraile montillano y, junto con el lienzo en forma de media luna que preside el vano lateral izquierdo de la estancia, concibió otras dos escenas alusivas a la biografía milagrosa de El Santo que pueden admirarse a ambos lados de la capilla y, también, en la techumbre.

En efecto, el palio de la Capilla del Santísimo Sacramento, que en su parte central exhibe una bellísima Inmaculada de la Escuela Napolitana, está dedicado al Evangelizador de las Américas, fácilmente identificable en algunos casetones gracias a sus atributos más característicos: la cruz, la concha para bautizar, y el grupo de indios a sus pies que se muestran entusiasmados mientras reciben el mensaje evangélico.



Y si Solano recibe desde su capilla a los fieles y turistas que visitan la Basílica de Santa María en Aracoeli, también los despide, dado que la mayoría suele abandonar el templo por una puerta que se halla junto al oratorio del Santísimo Sacramento. Ciertamente, resulta inevitable no despedirse de este templo sin dirigir la mirada hacia el sobrecogedor Tránsito de San Francisco Solano.

Al volver a la calle y toparse casi de inmediato con la famosa Loba Capitolina que preside la más famosa columna de la Plaza del Capitolio, el montillano camina con la sensación de haberse reencontrado con su tierra, de haber descubierto un pedacito de su pueblo en una de las ciudades más grandiosas del mundo. Al final va a ser cierto aquello de que "todos los caminos conducen a Roma". La huella de Solano, también.

J.P. BELLIDO / REDACCIÓN
REPORTAJE GRÁFICO: J.P. BELLIDO


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