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20 de junio de 2017

  • 20.6.17
A Ramón Pernas le gusta viajar y las ciudades donde habita la nostalgia. Es fiel a Italia y sufre el síndrome de Estocolmo cuando frecuenta ciudades del norte de Europa. Ama los buenos vinos, es cinéfilo melancólico y cree firmemente en el poder sanador de los libros. Entre sus novelas destacan Pas a dos, Pabellón Azul, Brumario, Del viento y la memoria o En la luz inmóvil. Periodista y novelista, ahora publica El libro de Jonás, el segundo volumen de la trilogía que inició con Hotel Paradiso y que concluirá con El libro de los adioses.



—‘El libro de Jonás’ es el segundo volumen de la trilogía iniciada con ‘Hotel Paradíso’, que concluirá con ‘El libro de los adioses’.

—La trilogía es un libro único en tres partes. Es el mismo libro. Son novelas crecederas. Cuando era joven, mi madre me compraba un abrigo por los santos, el uno de noviembre, y cada año era más largo y de mangas más largas. Y yo odiaba los abrigos. Entonces, ahora las novelas las hago crecederas.

—En este libro apuesta por “la perdurabilidad del amor” y reivindica que la pasión y el deseo no tienen fecha de caducidad.

—Exactamente. Solamente caduca la piel, el cuerpo. La pasión vive con nosotros hasta que nos muramos.

—Sin embargo, se escriben pocas novelas de amor a una edad ya avanzada, como es el caso de ‘El amor en los tiempos del cólera’.

—Los viejos no tienen ningún prestigio. Están faltos de autoridad. Los viejos están infravalorados. Nadie escribe sobre ellos.

—Pero en realidad, ¿está sobrevalorado el amor en la juventud o despreciamos el amor en la vejez?

—La juventud en sí misma es una valoración del individuo.

—A Marcel Proust le inspiró la magdalena de la infancia. A usted, una caja de galletas inglesas.

En el camino de Swann está lleno de trampas proustianas. La magdalena somos nosotros.

—Dice que la buena literatura escasea actualmente en España. O sea, que la crisis no es solo de números, sino también de letras.

—La crisis es el triunfo de la banalidad. Y España es un país banal.

—El libro también son retazos de una memoria colectiva, la de su generación, y a una edad de entre los diez y quince años.

—Ahí se inicia el libro. El libro va creciendo conmigo mismo, y llega a unas edades provectas donde el amor es crepuscular. Como yo.

—Dice usted que entonces era feliz porque “el mundo estaba por inventar”. ¿Qué ocurre ahora? ¿No le gusta cómo quedó?

—No. Yo creo que estamos en el tercer día de la creación. O en el cuarto, podemos decir. Vivimos en un país en blanco y negro. Y los sueños pintados de colores los vivimos los rapaces, los aguades y yo, que soñábamos al unísono.

—En su libro, en su tierra imaginaria de Vilaponte, cuatro hermanos reflexionan sobre el paso del tiempo y la vejez.

—El paso del tiempo y la vejez es una redundancia. La vejez no es un acto individual. Es una circunstancia colectiva.

—Una librería es el centro del paisaje de su novela. Asegura que las librerías no desaparecerán “gracias a un ejército secreto de lectores militantes”.

—Las librerías en los pueblos cierran el círculo de la ciudad. Un pueblo no es una pequeña ciudad hasta que no tiene una librería en el centro. Y los ejércitos de militantes retraídos se forman en torno a una oferta cultural que se llama librería.

—Abandonó la poesía. El lirismo lo vierte ahora en sus novelas. Pero también es contundente: “La poesía es la forma de entender el mundo”.

—Ni más ni menos. Yo la abandoné por pudor y por respeto. Porque creo que un poeta con más de treinta años debe pasar a otras cosas: a coros y danzas, a una coral o a estudiar pintura por las tardes.

—Su novela es un libro gallego escrito en castellano.

—Ni más ni menos. La novela es un libro universal que escribo en castellano pero con subjuntivos frecuentes, como los escritores gallegos.

—Los libros son seres orgánicos, asegura. De hecho, usted se define como “un hombre encuadernado”. ¿De pastas duras o blandas?

—Tengo una versión de bolsillo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO


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