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2 de junio de 2017

  • 2.6.17
¿Comuniones religiosas, comuniones laicas? El planteamiento en sí mismo ya es un cambalache contradictorio. ¿A quién pretendemos engatusar? Una vez más, mezclamos churras con merinas. El resultado es pura confusión. Las churras son un tipo de ovejas apreciadas por la excelencia de su carne y leche, mientras que las merinas son valoradas por su buena lana. La mezcla de ambas es un disparate porque estropea las bondades de cada una de ellas.



Mayo se dice que es el mes de las flores y con algo de sorna el tiempo de los capullos. Es el mes por excelencia de las fiestas primaverales como las “cruces” que se celebran en muchos de nuestros pueblos. Es la época del año en la que los patios cordobeses derraman colores a borbotones. También era –de momento sigue siéndolo– el mes de las Primeras Comuniones, fiesta religiosa para disfrute de los preadolecentes.

El término "comunión" es de raigambre religiosa y viene a significar “en el cristianismo, acto de recibir los fieles la eucaristía”. Afinemos un poco más. Primera comunión es la “acción de recibir en una ceremonia especial la comunión por primera vez”. Las dos citas son de la RAE.

La idea de hacer una comunión religiosa o una fiesta cívica no son contradictorias. El bodrio está en querer hacer un pastiche entre lo religioso y lo cívico. Las comuniones laicas o civiles se han sumado a los bautizos laicos. Estamos ante un cambio de aires. Hay que tener cuidado con no resfriarse y saber distinguir de dónde vienen los vientos.

Si quieren rastrear algo de información sobre el tema basta teclear “comuniones 2017” y se le ofrecerá un amplio abanico de iniciativas, ofertas, sugerencias sobre vestimenta para madres, variados tipos de regalos... Hasta les mostrarán cómo visten las famosas en las comuniones. ¿No les parece genial?

El boato y la ostentación están a la orden del día. Bodas cargadas de “tropocientos” invitados, tanto de la gente que dispone de medios como gente de “medio pelo” que no quiere ser menos aunque luego se las vea y se las desee para salir del charco.

Con las comuniones ha ocurrido lo mismo. De ser un acto casi íntimo se ha pasado a una celebración donde el poderío, el figureo, el postureo, en el más amplio sentido, está a la orden del día. El derroche en gasto se dispara por las nubes y nos deja colgados por el cuello.

En teoría somos una sociedad mas avanzada, de mejor estatus socioeconómico que lo fueron nuestros bisabuelos y abuelos. Pero me permito recordar que en poco tiempo hemos sufrido un revés económico muy serio, que casi de nadar en una desahogada abundancia las circunstancias económicas nos han obligado a apretarnos el cinturón. ¿Injusticia? ¿Putada? Cada cual que ponga el calificativo que le parezca oportuno.

El juez de menores Emilio Calatayud siempre me ha parecido una persona razonable y sensata. Cuando levanta un poco la voz es para recordarnos, diría que para echarnos cariñosamente en cara, algunos despropósitos. Con respecto a las comuniones, dice en su blog: “seamos comedidos con los convites y regalos de las comuniones, que se nos está yendo la pinza... Dejemos algo para cuando se casen”.

Primera pregunta que empuja por salir ¿Acto religioso o social? La mayoría de personal pagano –que paga– dicho acto pasa de religión, de curas, monjas y monaguillos y me parece maravilloso. Pero ¿por qué hacer fiesta religiosa si no comulgo con la religión? Y algún iluminado o iluminada plantea la “comunión laica”.

Se podrá hacer una fiesta de presentación en sociedad –cosa de señoritos y ricachones–; se podrá hacer una fiesta de puesta de largo –seguimos con el señoritismo– pero no una comunión laica puesto que es una soberbia contradicción.

Nuevos vientos, soterrados de prohibición e ideario de cambio, provenientes de determinados sectores político-ideológicos, pretende a toda costa eliminar dicho evento porque es religioso. Deberíamos estar de facto en un estado laico lo cual no quiere decir que haya que prohibir las distintas religiones. La libertad religiosa debe ser un hecho.

La comunión laica o civil, dicen los defensores de dicho dislate, es para que el hijo o la hija puedan celebrar el paso de la infancia a la adolescencia. Me parece magnífico pero no le llamemos "comunión" puesto que no es una ceremonia de tipo religioso y, además, estamos en contra de ella.

¿Por qué no cambiarle por lo menos el nombre aunque en el fondo todo sea igual que la ceremonia religiosa? Si no hay fiesta de comunión, perfectamente puede celebrarse “una fiesta de primavera”, un “sarao...” de lo que queramos, pero por dignidad personal no le llamemos "comunión". Seamos consecuentes con nuestro pensar. Dicho cambio ¿lo ha pedido el pueblo soberano? No.

Estamos ante una manipulación más desde la política y lo que le gustaría a los políticos que se hiciera. “Libertad, libertad sin ira...”, pero libertad de pensamiento, de obra y de palabra puesto que ya somos mayores de edad para que nos dirijan. ¿O no?

Queremos una fiesta similar para disfrazar a la niña de princesa y al niño de marinerito. Fiesta para que disfruten como muchos de sus compañeros de clase. ¡Magnifico! Y, sobre todo, queremos una fiesta con muchos invitados, con regalos, con boato para que el hijo o la hija no se frustren, no se sientan menos importantes que sus amiguitos de clase y para que naden en regalos de todo tipo. ¡Genial!

Por supuesto, como no podría ser de otra manera, regalos y vestimenta a estrenar, no se suprimen. Solo tengo una pega importante. No pueden ser los políticos los que me digan lo que tengo que hacer, qué celebrar, cuándo y dónde, pues estarían coartando la poca libertad que nos va quedando. Soy ateo, agnóstico, arreligioso, laico y quiero que mis hijos también lo sean. Pues hay que ser consecuente con lo que quiero y en lo que creo.

El derroche en el festejo social que envuelve el acto, sea religioso o cívico, supone un endeudamiento importante para las familias. Desde hace algún tiempo las asociaciones de consumidores han levantado la voz pidiendo ser realistas y adaptar el presupuesto a las circunstancias y posibilidades de cada uno, ante la marcada tendencia al alza de tales despilfarros. La crisis no ha conseguido frenar el sobregasto.

Preparativos, vestimenta a propósito, gran número de invitados, gastos elevados de local y viandas cuestan lo suyo. La media de gasto está en unos 4.000 euros. Otra partida nada desdeñable a tener en cuenta la componen los exagerados regalos. El codiciado viaje a un parque temático para toda la familia –Disneyland París– es el más cotizado. El costo puede rondar de media unos 2.500 euros.

¿Dónde está la ansiada mina del rey Salomón? Al sufrido invitado se le sugiere lo del viaje en lugar de otro regalo para el “comulgante”. El móvil, suma y sigue, es otro de los obsequios ansiados aunque los expertos recomienden no dárselo hasta que tenga 14 años. ¡Cuán largo me lo fiais...! Aquí juega duro el chantaje: "mis amigos tienen móvil".

El gasto en el festejo, sea religioso o cívico, supone un serio endeudamiento para muchas familias que luego se las verán y desearán para poder saldar la deuda. ¿Por qué dicho dispendio? Tener menos regalos significa ser menos que los demás y eso no pueden soportarlo ¿los padres o los hijos? Gastar hasta 8.000 euros en este tipo de eventos es un suicidio familiar. ¡Sarna con gusto no pica!

¿Por qué esta tendencia al derroche? Fardar ante las amistades puede ser una causa. Según algunos entendidos nos enfrentamos a un querer aparentar lo que no soy y tampoco tengo. El dato curioso es que siendo los padres arreligiosos, sin embargo en el caso de la comunión se empeñan en que sea religiosa o un simulacro de la misma con el invento de comunión cívica.

¿Nos enfrentamos a un complejo de inferioridad, de no querer ser menos que otros vecinos, amigos o familiares? Sin duda, y de paso, que el retoño sea todo lo feliz que pueda ser frente a primos, amigos y compañeros de clase.

PEPE CANTILLO


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