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21 de mayo de 2017

  • 21.5.17
La respuesta de Sigmund Freud a la carta que le había remitido Albert Einstein el 30 de julio de 1932, desde la pequeña ciudad alemana de Caputh, no se hizo esperar, ya que un mes después, desde Viena, el padre del psicoanálisis le responde con una larga misiva a la pregunta que le hacía acerca de las razones de la pervivencia de la guerra a lo largo de la historia y las posibilidades de que desapareciera de la faz de la Tierra.



En aquellas fechas, Freud contaba con 76 años, por lo que ya era autor de una larga producción de obras que le habían dado fama y prestigio internacional, de modo que se le reconocía como el fundador del psicoanálisis, una nueva disciplina que revolucionó el mundo de la mente humana, puesto que se fundamentaba en la importancia de los impulsos que nacen del inconsciente, así como de la sexualidad desde edades muy tempranas.

En esta ocasión quisiera hacer una referencia a un hecho no muy conocida del médico que había nacido en 1856 en la localidad de Freiberg, perteneciente a la antigua Moravia, y que en la actualidad se denomina Príbor, dentro de la República Checa.

Sigmund Freud siempre fue un apasionado de la cultura española, especialmente de la obra de Miguel de Cervantes. Así, siendo estudiante de medicina en Viena, junto a su amigo Eduard Silberstein, aprendió español de forma autodidacta. La fraternal complicidad de ambos les llevó a formar una especie de secta secreta a la que denominaron la “Academia Castellana”.

En el intercambio epistolar que mantuvieron a lo largo de una década se asignaron pseudónimos extraídos de la novela cervantina El coloquio de los perros. Freud se firmaba como Cipión y Silberstein como Berganza, que eran los perros protagonistas del relato y los que guardaban el hospital de la Resurrección de Valladolid.

En la narración se describe que ambos perros comprueban que por las noches tienen la facultad de hablar, por lo que Berganza le cuenta a Cipión las experiencias que ha tenido en distintos lugares por los que ha pasado de manos de diferentes amos. Entre los lugares que describe se encuentran Sevilla, Montilla y Granada, antes de que finalmente recalara en el sitio en el que se encuentran vigilando.

Este juego de dos amigos que deciden aprender español y que lo refuerzan con escritos tomando como referencia los nombres de los dos perros de una de las novelas ejemplares cervantinas no deja de ser una forma lúdica y cargada de imaginación de los únicos miembros de la “Academia Castellana”.

Si he querido contar este hecho anecdótico, pero de gran significado, ha sido como homenaje tanto a Freud en su empeño de aprender español por medio del juego mantenido con su amigo como por la referencia que Miguel de Cervantes hace de Montilla, ya que fue uno de los lugares en los que se desarrolla El coloquio de los perros. Esto nos lleva a pensar que Montilla fue, al menos nominalmente, conocida por el padre del psicoanálisis.

Volviendo a la carta de respuesta ante la pregunta que le hacía Albert Einstein, lo primero que hay que apuntar es la sorpresa que le produce el que le planteara semejante cuestión, pues no se imaginaba que un eminente físico tuviera como una de sus inquietudes la búsqueda de las razones de la guerra, por lo que sus dudas quería aclararlas con un médico dedicado al estudio de la mente humana.



“Estimado señor Einstein: Cuando me enteré de que usted se proponía invitarme a cambiar ideas sobre un tema que ocupaba su interés, y que también le parecía digno del ajeno, manifesté complacido mi aprobación. Sin embargo, esperaba que usted elegiría un problema próximo a los límites de nuestro actual conocimiento, un problema ante el que cada uno de nosotros, tanto el físico como el psicólogo, se encontrasen en un mismo terreno”.

Comprobamos que, inicialmente, Freud se sorprende del contenido de la carta que le había remitido Albert Einstein. Una vez que es consciente de la dificultad de responder de un modo tajante a tal dilema, se introduce en los aspectos psicológicos del individuo para, desde su perspectiva, aportar alguna solución.

“Me sorprendió su pregunta sobre lo que podía hacerse para evitar a los hombres el destino de la guerra. Al principio me asusté ante la impresión de mi –estaba a punto de decir: “de nuestra”– incompetencia, pues aquella me parecía una práctica que corresponde a los hombres de Estado. Pero luego comprendí que usted no planteaba la pregunta en cuanto investigador y físico, sino amigo de la humanidad”.

Ambos son conscientes de que hay razones políticas que impulsan a quienes tienen el poder en las distintas naciones a embarcarse en guerras. También que las hay de tipo económico, de deseos de dominio, de control de los recursos económicos de los otros pueblos, de fanatismo religioso, etc. Sin embargo, sigue pendiente la pregunta: ¿por qué los ciudadanos acogen la guerra con tanta pasión cuando sus países se embarcan en ellas?

“En principio, los conflictos de intereses entre los seres humanos se solucionan mediante el recurso a la violencia. Así sucede en todo el reino animal, del cual el hombre no habría de excluirse, aunque en este se agregan también los conflictos de opiniones que alcanzan las mayores alturas de abstracción y parecerían requerir otros recursos para llegar a la solución. En todo caso, esto no es más que una complicación relativamente reciente”.

Comprobamos que Freud acude a la idea básica de nuestro origen animal para iniciar una reflexión sobre la capacidad de destrucción humana y, dentro de ella, a la mayor de todas: la guerra. Bien es cierto, tal como apunta, que el ser humano es capaz de enjuiciar sus conductas y prever las consecuencias que se derivan de las mismas.

“Con la adopción de las armas, la superioridad intelectual comienza ya a desplazar a la fuerza muscular bruta, pero el objetivo final de la lucha sigue siendo el mismo: por el daño que se le inflija o por la aniquilación de sus fuerzas, una de las partes contendientes ha de ser obligada a abandonar sus pretensiones o su oposición. Este objetivo se alcanza de la forma más completa cuando la violencia elimina definitivamente al enemigo, es decir, cuando se le mata”.

Uno de los postulados que desollaría el gran psicólogo vienés a partir de los estudios de los instintos o pulsiones del ser humano es el instinto de muerte. Eros y Tánatos: la vida y el goce por el lado; el odio, la destrucción y la muerte, por otro. Son los polos en los que se sustentan, en última instancia, nuestros comportamientos, según Freud.

“La muerte del enemigo satisface una tendencia instintiva que habré que mencionar más adelante. En cierto momento, al propósito homicida se opone la consideración de que, respetando la vida del enemigo, pero manteniéndolo atemorizado, podría empleárselo para realizar servicios útiles. Así, la violencia, en lugar de matarlo, se limita a subyugarlo. Este es el respeto por la vida del enemigo, pero desde ese momento el vencedor hubo de contar con los deseos latentes de venganza que abrigaban los vencidos”.

A pesar del pesimismo de las tesis de Freud, abre un cierto campo de esperanza cuando cita a la cultura, como una de las vías que puede frenar esos impulsos destructivos que habitan en el interior de las personas. Es lo que manifiesta en el final de su carta y antes de despedirse de Einstein.

“No es posible adivinar por qué caminos o rodeos se logrará este fin. Por ahora solo podemos decirnos: todo lo que impulsa la evolución cultural actúa contra la guerra. Lo saludo cordialmente y le ruego que me perdone si mi exposición lo ha defraudado.

Suyo: Sigmund Freud”.

Einstein le pedía en su carta que le indicara unos métodos educativos que fueran eficaces en la formación de las personas como medio para prevenir las guerras. Freud mostraba su confianza en el desarrollo y la evolución cultural.

Educación y cultura son, pues, dos de los argumentos que estos dos eminentes científicos creían que se necesitan para que algún día la guerra se alejara del horizonte de nuestras vidas.

AURELIANO SÁINZ


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