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1 de abril de 2017

  • 1.4.17
El tiempo es continuo y mi mente se empeña en hacerlo segmentos. Segmentos inconexos llenos de cosas por hacer. La vida corre y yo la sujeto. Estúpido propósito. Hoy mis pies están fríos y no me dejan dormir la siesta que antecede al almuerzo. Mi cuerpo chirría como la puerta de un castillo abandonado. Sola en el frío. Me pesa vivir. La realidad se me antoja sin caminos de ida.



¿Existe el corazón? La pregunta de Hemingway. París hoy no es una fiesta. Husmeo y busco, pero no sé qué hallar. La música como única salida. O entrada. ¿Cómo llenar los segundos? La pregunta eterna. Giro y giro, cierro los ojos y siento el naranja del sol inventado.

La cama, mi amiga, hoy no me abriga. No siento su abrazo. Piel metálica que no siente la lluvia. Corazón estrujado en un hueco que no existe. Sopa de letras dentro de la cabeza. Ningún número se atreve. Existencia existencialista de un domingo sin luz. Rebeldía ahogada. Rabia desencantada. Ligereza en los brazos. Mandíbula apretada. Bosque escondido en un pueblo sin alma. Almas sin forma desde la ventana.

Gritos invisibles de gente sin cara. Ruidos móviles. Silencio deseado. Silencio necesario. Silencio que no llega. Conversaciones externas ocultas tras las internas. Latidos inexistentes. Sangre coagulada. Libros en blanco. Hilo endeble bajo los pies. Pies dibujados. Espejo opaco. Puerta cerrada. Reloj parado. Grito ahogado.

Carrera inmóvil. Destino infructuoso. Llaneza anhelada. Muros de piedra. Punzada en el pecho. Azul que no brilla. Rosa deshecho. Ojos cerrados. Ingravidez escogida. Gris que se aclara. Blanco que llega. Paz que se alcanza.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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