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24 de marzo de 2017

  • 24.3.17
He rastreado diversas fuentes para encarar este tema que parece ser el padre de todas las batallas. Como en otras ocasiones, parto de lo más simple para adentrarme en la maraña que pueda suponer el escabroso tema de los celos. Doy unos breves brochazos al vocablo "celo" que, en singular, tiene distintos significados.



Cuando hablamos de “celo” nos referimos a la diligencia, esmero y tesón que ponemos al hacer algo, o al interés que se siente por una causa determinada, por una persona o una cosa. La parte negativa del vocablo indica envidia del bien ajeno, incluso recelo de que puedan apoderarse del bien propio.

Si aludimos a "recelo", estaremos avisando de una actitud de desconfianza, de sospecha contra alguien o contra algo. Por ejemplo, cuando recelamos de una persona estamos manifestando que no nos fiamos de ella, con motivos o sin ellos.

Hablar de "huelga de celo" nos traslada al ámbito sindical y a la actitud reivindicativa de un sector laboral para conseguir unos objetivos de mejoras, por lo general salariales, para un colectivo concreto. Dicho holgar podrá ser exclusivamente laboral o camuflar otras intencionalidades. ¿Prebendas que no se quieren perder?

Los daños colaterales van incluidos en el paquete reivindicativo. Por ejemplo, en una huelga del transporte, el usuario suele ser el rehén que se utiliza para lograr los objetivos. No entro en análisis de planteamientos sociopolíticos o económicos.

En otoño, por nuestros montes, resuenan unos berridos roncos, casi lastimeros, que emiten los ciervos machos para marcar territorio y reclamar la atención y el favor de la hembra, a la espera de que entren en celo. Les va en ello el apareamiento y la continuidad de la especie. El guirigay de la berrea es impresionante. También se exponen a la escopeta de furtivos cazadores en la época de celo.

El asunto cambia de color cuando pluralizamos el concepto y se convierte en “celos”, hasta el punto de que la actitud y sus efectos pueden ser perniciosos tanto para el celoso o celosa como para la persona que supuestamente es la causa de dichos celos.

Y digo "supuestamente" porque este tipo de sentimiento hacia el otro no siempre está justificado: no siempre hay razones para sentirlo. Una cuestión queda clara: los celos hacen daño. Hasta matan física y psíquicamente.

Siempre hemos identificado los celos con la pareja que comparte nuestra vida. Dicho reduccionismo minimiza el problema, que abarca mucho más espacio vital. Los celos son un conjunto de sentimientos y actitudes que surgen cuando creemos que podemos perder algo muy importante para nosotros (amor, imagen social, prestigio profesional, poder...).

Cuando hablamos de celos no estamos hablando de un solo sentimiento, más bien hay que hacer referencia a un racimo de agrios cencerrones, con amargas uvas que, valga la redundancia, amargan nuestra vida: miedo, enojo, envidia, dolor, humillación, odio, inseguridad, desconfianza, tristeza, frustración... son todo un manojo de sentimientos que se deben tener en cuenta. Dichos sentimientos marcan física y psicológicamente al sujeto.

El bache emocional le llevará a alimentar un fuerte deseo de venganza, incluso a agredir porque se siente humillado, menospreciado y sobre todo engañado, anulado, aunque ello solo ocurra en su imaginación y sea mentira. Lo cierto es que la persona celosa vive en un angustioso sinvivir.

Ese posible ninguneo que siente le produce tal tristeza que puede convertirse en carne de cañón de bajada de autoestima y depresión y, por desgracia, llegar a hacer daño mortal a la pareja. La persona celosa se mueve en unos parámetros descaradamente delatores de su mal.

El sentido de pertenencia y dominio sobre la otra persona está muy arraigado. Como contrapartida usa el chantaje emocional diciendo que sin él o ella no es nadie, hasta el punto de que su ausencia le causa un profundo vacio físico y psicológico. La soledad (ausencia del ser querido) le ahoga. Estos síntomas aparecen sin que necesariamente haya motivos para ello. ¿Solución? Complicada porque el celoso jamás acepta que lo es.

Como siempre salta la liebre de la pregunta: ¿Te consideras una persona celosa? Ante esta interrogante, la mayoría de nosotros respondemos con un rotundo: "¿Quién, yo? Para nada". ¿Motivo de tal negativa? Por diversas razones, asociamos los celos con una actitud de desconfianza, inseguridad, miedo a perder a la persona querida, difícil de admitir.

Para la mayoría de nosotros los celos de pareja suelen ser propios del macho. La posible explicación puede que esté en ese subyacente machismo en el que nos hemos criado y que sigue latente en el ambiente que nos circunda, convirtiéndonos en seres obsesivamente posesivos.

Pero este tipo de celos machistas aparecen tanto en mayores como entre los jóvenes, cuya educación ha podido ser más abierta, razonada y razonable. Como prueba de ello, el rastreo tozudo del móvil o de las redes por si, dicen, me está engañando y para saber con quién va. Aquí hay un filón que explorar, sumamente interesante.

La cara pobre de los celosos apunta a un serio problema de inferioridad. En este caso, el sujeto suele sentirse culpable de cualquier fallo en relación con la otra persona (auto-culpa). Se está evaluando constantemente; a la más mínima ocasión, se compara con los demás, lo que le lleva a ser muy sensible a cualquier tipo de crítica.

En definitiva, se siente víctima de unas circunstancias que le son adversas. Todo ello le provoca un acentuado rencor, primero contra la persona querida y a continuación, con el mundo entero. Dicho resentimiento le hace suponer que los demás le desprecian y surge un fuerte malestar que se enquista y acentúa el sentimiento de inferioridad (complejo).

Otro ejemplo muy sibilino de celoso es propio del sujeto que actúa tan finamente que siempre adornará lo que hace presentándolo como la mejor opción para el bienestar físico o emocional de la persona amada. Este espécimen pontifica sobre cualquier acción o tipo de decisión que tenga que tomar porque siempre cree estar en posesión de la verdad. En sentido más negativo, tampoco tiene problema en hacer quedar mal a la persona amada ante terceros. Incluso llega a realizar (¿sin querer?) cosas que sabe que le van a molestar.

El dominio que tiene este ejemplar de celoso sobre la otra persona suele ser y aparecer, a la vista de los demás, como de entrega total, sacrificada, es decir, de alguien que lo da todo a cambio de nada. Cierto que todos los celosos no son tan finos…

Es importante saber que los celos no se limitan solo a las relaciones amorosas, también se dan entre amigos, entre hijos frente a los padres y hermanos. En síntesis, pueden aparecer siempre que una persona se encuentre vinculada a otra y sienta o crea que su relación está siendo amenazada por la presencia de otra persona.

Que los celos matan no es un secreto para nadie y queda atestiguado por la cantidad de personas muertas (mujeres, la mayoría de ellas) que han sido borradas del mapa por su “psicótica querida pareja” (machos, casi todos).

La única manera de solucionar el problema es reconocerlo y poner remedios para, si no se puede erradicar, al menos aprender a controlarlo. El tema, sin embargo, tiene mala solución. ¿Motivos? El celoso jamás aceptará que lo es. Incluso el sujeto puede venir marcado desde la más tierna infancia por este estigma.

Todos hemos sentido celos a lo largo de nuestra vida. Es uno de los sentimientos más comunes en los pequeños. Miguel Delibes en su obra El príncipe destronado, dio unas magníficas pinceladas sobre los celos de un niño desplazado del centro afectivo por la llegada de una hermanita. La novela es un intento de aproximación al mundo de los primeros años de un niño celoso entre el enredado mundo de los mayores.

Posiblemente lo mejor y más positivo que se ha dicho sobre celos de amor esté en los siguientes versos de Miguel Hernández: “Tengo celos de un muerto; de un vivo, no. Tengo celos de un muerto que nunca te miró”. Estos bonitos versos esconden el amor, la confianza, el respeto… que se tiene del otro.

Convivir con alguien no es fácil y con frecuencia nuestras actitudes enredan más de lo necesario dicha convivencia. Acaparar a la otra persona para que esté siempre contigo puede traer malas consecuencias, sobre todo si no respetamos la autonomía personal. Si hay celos de por medio, podemos estar al borde del caos.

El refrán dice que “marido celoso, no tiene reposo” y lo completo con el siguiente pensamiento: “La envidia y los celos no son vicios ni virtudes, solo son penas”.

PEPE CANTILLO


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