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13 de enero de 2017

  • 13.1.17
La cultura da consistencia a la colectividad de un pueblo que se expresa y se identifica aglutinada alrededor de una serie de conocimientos, creencias, ritos, arte, moral, hábitos adquiridos por cada miembro de dicha sociedad a lo largo del tiempo. Está compuesta por un conjunto de mitos, leyendas, danzas, canciones, refranes, fiestas, costumbres… Todo ello es identificado por los miembros del colectivo a la par que unifica a éstos como integrantes del mismo. Costumbres y un determinado modelo de religión son elementos característicos de una cultura junto con el saber y las tradiciones populares. Hecha esta introducción paso al tema que la justifica.



Las fiestas evolucionan, el acervo cultural de un pueblo “como conjunto de valores o bienes culturales acumulados por tradición” se remoza impulsado por el mismo pueblo. Pero si vamos de frente a destruirlo, ¿hemos pensado que “imponer” es un verbo capador de la libertad?

Si dicho obligar, oprimir, se ejecuta por ordeno y mando, entonces será autoritarismo puro del más rancio fascismo, sea del color que queramos. En el caso que nos ocupa, parece que estamos en un izquierdismo tan facha como el de derechas, frente a remozar, frente a renovar sin prisa pero sin pausa, eso sí, pacíficamente, sin causar traumas a los sufridos depositarios y actores de la tradición. Eso debería ser lo lógico.

Las Navidades son fiestas entrañables y familiares arraigadas en la tradición cultural de una buena parte de Occidente y sobre todo de nuestro entorno. Para muchos son una manifestación religiosa, para otros la excusa para verse toda la familia y divertirse tanto mayores como pequeños. En conjunto, son un evento festero arraigado en la cultura y costumbres desde tiempo ha.

Las costumbres evolucionan y si antes eran celebradas básicamente desde lo religioso, ahora tienen también un claro tinte laico. ¡Estupendo! Mi respeto hacia cualquiera de las formas de celebración ya sea desde la religiosidad o la laicidad que, no olvidemos, están encadenadas al comercio como modernas catedrales de nuestro tiempo.

Una pregunta se me descuelga de los labios. ¿Compramos cómo y cuándo nosotros queremos o compramos cuando le interesa a la “religión” del comercio? Quiero pensar que somos libres y que es nuestra libertad de elección la que nos incita a consumir. ¿O tal vez no? No me olvido que en la sociedad líquida que nos ha tocado vivir el comercio ya ha conseguido crearnos la necesidad de comprar. De esa sociedad líquida intentaré ocuparme en otro momento.

De paso, sumando todas las fiestas navideñas, nuestro deseo de agradar a la prole, al marido, esposa, compañero, compañera (evito novio-novia por lo que de compromiso lleva y “asín” me mantengo políticamente casi correcto), que en estas fiestas esperan la sorpresa de algún regalo.

Son unas fiestas en las que –para quien realmente puede–, la alegría, la generosidad y un cierto derroche en regalos nos acompañan. Sin el menor dejo de ironía ni mala idea por mi parte, las rebajas ya están aquí y pueden conformar un poco el deseo de comprar regalos útiles y por qué no inútiles, quien pueda y quiera.

Pero queremos agradar, complacer y confraternizar con otros pueblos y de unos años acá hasta en colegios y lugares públicos se ha intentado pasar de belenes (prohibir). Contemporizar con otros pueblos, culturas, religiones está muy bien pero ¿a costa de renunciar a lo nuestro? Seamos sensatos. Para muchos son una manifestación religiosa, para otros la ocasión de verse la familia y divertirse tanto pequeños como mayores.

No me olvido de los Reyes Magos que, hasta el momento, no han sido sustituidos, o no han podido, a pesar de la furia iconoclasta con que se ha intentado. Por ahora coexisten con otros emblemas (iconografía) cuasi comerciales: noeles, santasclaus, invisibles…

Lo de la sustitución no tardará, dado que hay intereses supuestamente renovadores, supuestamente arreligiosos, supuestamente de pensamiento políticamente correcto, o quizás simplemente “atilas” de la tradición de un pueblo y su cultura y que pretenden arrasar, aniquilar dicha fiesta ¿fachosa, trasnochada? Aclaración: Atila, rey de los Hunos, arrasó en el siglo V de nuestra era parte de la Europa actual.

Si tenemos la mente entreabierta a los múltiples frentes, podremos comprobar cómo desde diferente prensa (amarilla, negra, morada, violeta, verde) y parciales televisiones han llovido titulares de verdadera pena, información que produce grima y un cierto asco cargado de decepción. “Respeta y te respetaré” podría ser el anillo oportuno.

Y llega la Noche de Reyes, noche de esperanza para pequeños y mayores, porque todos esperamos con cierto hormigueo en el “estómago de la ilusión” un regalo traído por la bondad de sus majestades. Aunque sea un par de calcetines, por aquello de la crisis.

La fiesta de los Reyes Magos... Pensar que una fiesta popular centrada en los pequeños que esperan ese día con verdadero nerviosismo para poder ver a “sus majestades”, agarrar algún caramelo o golosina e irse ilusionados a dormir, soñando que amanezca pronto para poder disfrutar de esos regalos, que por arte de magia dejaron los reyes, es toda una aventura emocional. En este año algunas cabalgatas, a contraorden, han tenido reyes, camellos, burros de cuatro patas…, porque de dos patas, no nos engañemos, hay más de los que creemos.

Por cierto, las cabalgatas de Reyes son más viejas que el franquismo y otros eventos existentes en nuestro entorno. Por si alguien no lo sabe, la fiesta de Reyes, ciertamente cristiana, viene del siglo VI de nuestra era y, poco a poco, ha ido perdiendo gran parte de su religiosidad inicial para convertirse en una fiesta popular cargada de ilusión, de regocijo “festolero”, bullicioso para pequeños y mayores que, dicho sea de paso, disfrutan con el júbilo infantil.

Y la tarde-noche del 5 de enero, hasta ahora venían los tres reyes a nosotros de tierras lejanas, entran en nuestras ciudades en carrozas o a caballo, en camello o en cualquier medio que le parezca bien a la autoridad municipal y se adecue al presupuesto fijado. En algún lugar se han querido disfrazar de “bobada” alternativa que incluso parece que ha asustado a los pequeños e indignado a los mayores. ¿Retrógrados?

Y repartirán golosinas, caramelos sobre todo, que nosotros cuando éramos pequeños –ahora también– recogíamos con verdadera avaricia y cierta regocijo; y ahora, si somos padres o sufridos abuelos, pues, ¡a ver la cabalgata! con nuestros retoños y a revivir tiempos pasados acopiando esas chucherías que regalan sus majestades.

Pregunta del millón: ¿estamos en contra de la fiesta de Reyes Magos por aquello de la paridad hombre-mujer, o por feminismo trasnochado, o por nervioso republicanismo? ¿O porque es una fiesta caduca, de origen religioso, vieja... y lo viejo hay que erradicarlo?

La historia de la humanidad está escrita desde los cambios, o por autoritarismo o por evolución. En el caso que nos ocupa, quien paga el pato es el pueblo “soberano” y de ese pueblo, en este tema, los más perjudicados son los pequeños, sus ilusiones, sus deseos de ser felices con esos regalos traídos por arte de “magia”.

Pero hete aquí que supuestos aires de renovación rompedores con la tradición, porque no me gusta o porque quizás es de un supuesto corte político que desprecio y detesto, están bombardeando la fiesta en sí. Eso sería lo menos grave, el dislate, por no decir la necedad: lo más grave es que están socavando y machacando la ilusión, los deseos por cumplir, la felicidad de niños y niñas, esperanza que se pretende achicharrar en la chimenea de una supuesta renovación.

Me viene a la mente aquella letrilla de los buhoneros de antaño que al paso cansino de su burro, recorrían nuestros pueblos y cantaban aquello de “niños y niñas, llorad por piñas, que el tío de las piñas se va a marchar…”. El tío de las piñas desapareció atrapado por el tiempo, pero no porque lo prohibieran unas ordenanzas municipales. Quien quiera entender, que entienda…

Confieso que las fiestas navideñas nunca me han entusiasmado. Supongo que muchos de los hijos del hambre, la escasez y el estraperlo de la posguerra “incívica”, es decir, a los nacidos entre las dos décadas de 1940 a 1960, nos trae malos recuerdos.

En mi caso, ser pobre e hijo de jornaleros suponía pagar un duro y mugriento peaje en la realidad cotidiana. Te sentías contento por matar el hambre cuando te caía algo al “estógamo”. La Navidad en el Llanete de la Cruz no era especialmente significativa para muchos de nosotros y de los Reyes ¿para qué hablar? Los agujereados zapatos amanecían helados y vacíos.

A partir de 1960 quizás ya se pueda hablar de fiestas navideñas más satisfactorias y alegres. Nada que decir de los años felices de aquellos que nacieron después de 1970. Estudiaos, viajaos, universitarios, con una vida resuelta la mayoría de ellos. ¿Gracias a la fortuna? No, al deslome de generaciones anteriores que hoy, esos mismos mimaos, desprecian por viejos y anquilosados (…). Pensar con la cabeza es propio de humanos, embestir con la testuz es propio de algunos animales. No pensar es propio de muchos seres vivos, incluidos los llamados humanos.

Pudiera parecer que estoy en contra de estas fiestas. Nada más lejos de mi pensamiento. Estoy en contra de quienes atacan una forma de celebración porque es de determinado cariz. Olvidan ellos y ellas que son siervos de otras similares o parecidas y puede que hasta más nefastas y el pueblo en general no las revienta. Hagan memoria, señores, de celebraciones impuestas a contracorriente; eso sí, son políticamente correctas y a quien no les gusten que se aguante. ¡Genial! Que la Befana os acompañe, para bien, en este 2017.

PEPE CANTILLO
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR


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