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14 de enero de 2017

  • 14.1.17
La suerte de la fea la bonita la desea. Siempre se ha dicho eso, no sé si será verdad, pero he conocido muchas chicas guapas que son desafortunadas en el amor. Vivimos en el mundo de las apariencia: si en la lotería cósmica no te ha tocado un físico acorde con el modelo estético reinante, te sientes mal y piensas que nadie te va a querer por tener las caderas anchas, o por la ausencia de pecho, o porque tu cara no es lo suficientemente simétrica.



Las exigencias sobre la belleza femenina han sido despóticas a lo largo de la historia: hemos sido simples objetos decorativos o yeguas con genes atractivos con los que procrear. Pero el secreto que mucha gente desconoce es que la belleza física no es garantía de nada. De nada.

Conocí a una azafata de vuelo rubia, con ojos azules, cuerpo armonioso y bondad a raudales. Ella podría ser perfectamente una princesa de cuento con derecho a un príncipe encantador y enamorado. Su vida real, sin embargo, es otra.

Los especímenes con los que se había cruzado se podrían agrupar en dos conjuntos que pueden ser perfectamente intesectables: tíos –decir "hombres" sería mentir– que solo se acercan a ella por su físico y solo la ven como un simple objeto sexual; y tíos inseguros que no son capaces de ver su fondo y su fragilidad y la ven como inalcanzable, que se aproximan algo para después echar a correr.

¿Por qué la gente es tan superficial? "Estás sola porque quieres". ¿No será porque no quiero estar con cualquiera? Estoy harta de que me digan esa frase. Sé que no lo hacen de mala fe y piensan que, como no estoy mal, puedo tener lo que desee con mover la varita mágica de mis pestañas...

¿Por qué la gente se encuentra? ¿Por qué hay parejas que después de veinte años siguen mirándose con ojos adolescentes? Todo es un misterio insondable que no se resuelve con la apariencia física, ni con la inteligencia, ni con la simpatía, ni con el esfuerzo. Quizás sea verdad que existen las almas gemelas o sea cierta la teoría de Platón sobre los seres de dos mitades que se separan al llegar a la Tierra y que luego deben volver a encontrarse.

¿La felicidad está en tener pareja? ¿Cuántos infelices la tienen? Lo curioso es que, a veces, quien te espolea para que la encuentres ha decido malgastar su paso por este mundo encerrado en una relación que lo empequeñece. Estar con alguien con quien no eres feliz no es bueno para la autoestima...

A mí me encanta ver personas felices, da igual cuál sea su condición y estado civil. Me enternece ver los mensajes de amor que Mercedes –otra emigrante en suelo francés, como yo– recibe cada día de su marido. Llevan juntos desde los trece años y las chispas saltan cuando están juntos.

Me gusta el refugio de mi nuevo amigo François, un músico de setenta años que eligió la vida errante y sin ataduras, un sitio lleno de historias y de recuerdos que lo acompañan y nunca lo dejan. El don más maravilloso es poder elegir...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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