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23 de enero de 2017

  • 23.1.17
El único presidente de raza negra que ha tenido Estados Unidos, Barack Obama, entregó las llaves de la Casa Blanca el pasado viernes al candidato republicano ganador de las últimas elecciones, Donald Trump, después de ocho años de un mandato que será mejor valorado por la Historia que por sus contemporáneos.



En una época, como la actual, considerada como “tiempo líquido” –en feliz expresión del filósofo Zygmunt Bauman– en que las certezas y las seguridades en las estructuras sociales han devenido flexibles, débiles e incapaces de generar confianza en los ciudadanos, a la Administración Obama le fue negado el reconocimiento, en la hora de su despedida, por esos analistas de pensamiento “light” que exigen respuestas inmediatas y simples a problemas complejos que requieren tiempo para ser, si no resueltos, sí al menos corregidos o modificados.

Cuando pasen estas prisas sectarias en las evaluaciones y los libros recojan la trascendencia de algunas de las iniciativas impulsadas por Barack Obama, en comparación con lo realizado por otras administraciones y los escándalos que las acompañaron, será cuando se perciba con más claridad lo que supuso el gobierno de este presidente afroamericano que dignificó el cargo más importante del planeta, el de presidente de los Estados Unidos de América, que él supo ejercer desde el respeto, la tolerancia y la ecuanimidad para con las naciones con las que EE.UU. mantiene relaciones (prácticamente con todas), y desde la honestidad, el celo y la justicia para con sus conciudadanos.

El día que Obama accedió a la presidencia, en enero de 2009, Estados Unidos estaba soportando los estragos de la crisis económica y tropezaba con las bancarrotas de algunas de las más importantes agencias financieras del mundo, cuyas irregularidades, abusos y avaricias ocasionaron el hundimiento de la actividad económica y catapultaron una deuda insoportable en la mayoría de los países occidentales, incluida Europa.

Las medidas tomadas entonces por Obama han resultado ser más eficaces y menos traumáticas que las adoptadas en Europa, y han permitido superar aquella situación y reconducir las tasas de desempleo a cotas impensables en nuestras latitudes.

En la cuna del liberalismo económico, no dudó en nacionalizar pérdidas para sanear sectores que posteriormente han respondido a las responsabilidades exigidas. Obama deja una economía saneada y se va después de crear más de 12 millones de puestos de trabajo, sin renunciar a la competencia en un mundo globalizado ni privilegiar a su mercado e industria con medidas proteccionistas, como pretende quien le ha sucedido.

La tradicional política imperialista, que ha llevado a Estados Unidos a enfangarse en guerras interminables fue sustituida por Barack Obama con la retirada de tropas en los frentes que más bajas ocasionaban a los norteamericanos, tanto en Irak como en Afganistán.

El papel de “gendarme mundial” que muchos reclaman de Estados Unidos se ha reducido a la participación militar en coaliciones internacionales para apoyar a las fuerzas leales nacionales o mantener una puntual intervención “a distancia”, mediante el ataque a objetivos concretos con drones teledirigidos. Y, fundamentalmente, a un gran trabajo de inteligencia para identificar enemigos y conocer sus planes y movimientos con precisión y, si es posible, con antelación.

El ejemplo paradigmático de esta nueva política es la eliminación física del terrorista más buscado del mundo, Bin Laden, en su propio escondite, hazaña que no consiguieron ninguno de los presidentes que lo intentaron ni con el envío de la formidable maquinaria de guerra (soldados y armamento) al teatro de operaciones.

De esta manera, las guerras, como la de Siria, las libran los combatientes locales implicados, con toda la ayuda indirecta que sea necesaria, sin que desembarquen ingentes contingentes de marines a involucrarse de forma activa, como era tradición desde Vietnam hasta Irak.

Ello, unido a una política exterior que ha abierto el foco hacia Asia, con la mirada puesta en las potentes economías emergentes de la zona, que le ha permitido firmar importantes acuerdos comerciales que persiguen el beneficio recíproco, más el deshielo con aquellos países con los que EE.UU. mantenía conflictos enconados durante décadas (Cuba, Irán...), revela la intención de un presidente resuelto a desactivar tensiones, abrir mercados y buscar un equilibrio más justo en las relaciones internacionales y comerciales de Estados Unidos.

Revela también un presidente con sensibilidad y ánimo de empatía para ser capaz de visitar las ciudades japonesas desvastadas por Estados Unidos con la bomba atómica durante la Segunda Guerra Mundial y anhelar públicamente, en esas plazas, el rechazo a volver hacer algo semejante, aunque sin llegar a pedir perdón, algo impensable en un comandante en jefe del Ejército más poderoso del globo.

Una nueva política exterior que no reniega a mostrar músculo militar cuando es oportuno. Durante el mandato de Obama se desplegaron cuatro batallones de la OTAN en Letonia, Lituania, Estonia y Polonia para fortalecer la presencia militar atlántica en Europa oriental, enviando con ello un claro mensaje a Rusia de no tolerar ataques e invasiones a países aliados, como sucedió en Ucrania con la anexión soviética de la península de Crimea.

También completó la instalación de un escudo antimisiles, diseñado y financiado por EE.UU., para repeler ataques desde Oriente Medio, es decir, desde fuera del área euroatlántica, ampliando el paraguas protector frente a amenazas nuevas.

Esta firmeza enturbió notablemente las relaciones con el líder ruso, Vladimir Putin, al que sorprendentemente admira con devoción el nuevo presidente y con el que desea congraciarse mediante el levantamiento de las sanciones económicas impuestas por su intromisión –manu militari– en el conflicto ucranio.

Pero donde más se volcó Barack Obama fue en la política interna, intentando implementar medidas que ayudaran y protegieran a sus conciudadanos. Tal vez sea la reforma sanitaria la más ambiciosa de todas ellas, pues perseguía garantizar la cobertura médica a millones de norteamericanos que no pueden sufragarse un seguro médico privado.

La Ley de Asistencia Sanitaria Asequible –el Obamacare, como se la conoce– consiguió una drástica reducción del número de estadounidenses sin seguro médico, en un país donde no te operan un dedo si no pagas previamente el importe de la intervención. La misma ley contemplaba también el derecho de las mujeres a decidir sobre su embarazo, garantizando el acceso a los anticonceptivos como parte de la reforma sanitaria.

Sin embargo, este avance hacia una sanidad asequible y universal es lo que ha querido revocar desde el primer día el nuevo presidente, Donald Tremp, con plena complacencia del lobby de seguros médicos privados y devastadoras consecuencias para los millones de personas que han estado aseguradas durante el mandato demócrata de Obama.

Asimismo, bajo su presidencia se intentó el control de armas y una regulación más restrictiva del sector que impida el fácil acceso a las armas de fuego por parte de los ciudadanos. No se trata de un asunto menor cuando cada año se producen en Estados Unidos matanzas por parte de personas enajenadas, en posesión de rifles y pistolas, que la emprenden a tiros contra sus semejantes en cines, escuelas, comercios o en medio de la calle.

Esta reforma, empero, no fructificó por la oposición del Partido Republicano, el mismo que ahora se hace con el poder, y el desafío constante del lobby de armas, lo que no ha impedido que Obama se convierta en el primer presidente que ha planeado seriamente cambiar estas leyes. Y es que, al parecer, los norteamericanos prefieren la posibilidad de morir asesinados a balazos por sus vecinos a limitar su libertad para disponer y usar armas de fuego.

Otro de los derechos impulsados y reconocidos durante el mandato de Barack Obama fue el del matrimonio igualitario, legalizando que los homosexuales pudieran casarse y que esa condición sexual no fuera motivo de persecución y sanción entre los militares, pudiendo, además, declarar abiertamente tal orientación sin estar expuestos a reproche alguno.

Pero la reforma migratoria con la que pretendía regularizar a casi 11 millones de indocumentados, entre los que se encuentran ese casi millón de jóvenes que entraron ilegalmente en el país siendo niños pero han crecido y estudiado en EE.UU., constituyó un rotundo fracaso.

El Congreso nunca llegó a aprobar esta revolucionaria iniciativa de Obama y la nueva política de Trump, empeñado en levantar un muro en la frontera con México, hace temer un endurecimiento frente a la migración y un paso atrás en las políticas de integración, incluso para los hijos sin papeles que llegaron con sus padres.

Y Guantánamo. Quiso cerrar esa cárcel ubicada en una base militar norteamericana en Cuba y fue, de hecho, la primera orden que firmó al llegar a la Casa Blanca. Pero, ante la imposibilidad de clausurarla y trasladar sus presos a cárceles de máxima seguridad en EE.UU., por el rechazo frontal del Partido Republicano y parte de su propio partido, optó durante todo su mandato por ir desalojándola, enviando a los reclusos menos peligrosos a países que aceptaran su custodia carcelaria o la libertad vigilada.

De los 780 reclusos que albergó este infame centro de detención en sus “mejores” tiempos, caracterizado por las torturas y otros procedimientos interrogatorios inaceptables, con Obama se redujeron a solo 45 internos, de los que diez cuentan con autorización para su trasladado a Omán, a menos que el nuevo presidente lo impida.

Salvando las distancias, existen coincidencias en la renuente valoración que concitan Obama y el expresidente socialista José Luis Rodríguez Zapatero. Como sucedió con el mandatario español, al que todavía se le niega el reconocimiento por medidas que han transformado nuestro país, como la Ley antitabaco, la de Dependencia, la creación de la Unidad Militar de Emergencia, la legalización del matrimonio homosexual y otras de indudable carácter social, también a Barack Obama en Estados Unidos se le ha querido despedir sin valorar sus triunfos, pero subrayando sus fracasos, en una actitud tan sectaria como injusta.

Con todo, Barack Obama figurará como un gran presidente en los libros de Historia, por mucho que se empeñen los agoreros del presente. Y se le echará de menos más pronto que tarde, en cuanto comencemos a sufrir, en estos primeros días de mandato, las consecuencias del bochornoso Donald Trump.

DANIEL GUERRERO


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