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20 de enero de 2017

  • 20.1.17
El hombre que mira a las nubes no busca el rastro de la lluvia inminente ni piensa que la lluvia le pueda devolver la nostalgia que no quiere. Se ha cansado de mirar al frente y atrás, después de toda una vida caminando cabizbajo. Ahora mira al cielo y deduce que el universo también debe ser finito, aunque inmenso observado desde este ángulo en el que las cosas se muestran pequeñas y cercanas. El hombre piensa que toda una vida, ni varias vidas vividas en una sola, bastarían para abarcar las dimensiones de una realidad que se nos muestra ilimitada y agotadora.



Ahora la lluvia, aunque todavía son menudas gotas de agua, le devuelve una inquietud ajena, nueva para él. Se pellizca los brazos porque teme que su identidad se le haya evaporado con este viento incipiente y que alguien que cruce por el lugar le devuelva otra experiencia trocada que confunda con la propia y que no coincida con sus esperanzas últimas.

El hombre no teme a las tempestades exteriores que mutan esta naturaleza conocida por otra cuya imagen rehúye a regañadientes. Teme, sobre todo, a los huracanes interiores que le tiñen el alma de un color que desconoce.

Mira de nuevo a las nubes y no ve el sol que busca y le ilumina, mientras la lluvia, densa como una nuez, le nubla la vista, y se imagina nadando a brazadas huecas en un mar cercano, náufrago de él mismo, consciente de que cualquiera se ahoga en el lago de sus propios sueños confundiéndolo con el océano de ilimitadas orillas.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO


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