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3 de diciembre de 2016

  • 3.12.16
Hay días en los que siento que tengo veinte bolas entre mis manos que he de mantener en el aire, sin que ninguna de ellas se caiga al suelo. Además de mi equilibrio en la cuerda con los pies, tengo que estar pendiente de todas esas esferas... Y llega la locura.



Planificando mi partida y queriendo controlar que todo salga como yo quiero llevo varios días. Mi cerebro es un ordenador a plena potencia con miles de ventanas abiertas, con millones de programas funcionando a pleno rendimiento. Imposible centrarme en una única tarea: hacer maletas, despedirme de mi profesora de yoga, hablar con los niños, comprar el billete de avión, encontrar una academia para las oposiciones y realizar una última visita, antes de irme: al Monte Saint Michel.

Sueño con ir a ese lugar desde que era pequeña, quizás buscando algo de magia, de misterio o, tal vez, una puerta hacia otro mundo, o hacia otro momento de la historia. Creo que he visto demasiados capítulos de Outlander, y espero viajar a una Normandía donde un pescador de Honfleur, que resulte ser un marqués, me mire a los ojos y me diga: "Tu es très jolie". Y es que "eres muy bonita" fue la primera frase que me dijo un francesito cuyos ojos aún me miran en mi memoria.

Tengo que ir, quiero ir. Recuerdo esa foto en clase de Francés de ese montículo de arena rodeado de agua y coronado por una abadía de cuento. Y también recuerdo mis ojos de niña amante de historias de fantasía mirando con ilusión y anhelo ese lugar protegido por las mareas y por las hadas. Un rincón donde refugiarse de la frialdad del internado. Uno puede encontrar refugio en una canción, en una foto, en una pintura, en un aroma... cuando el mundo resulta un lugar demasiado complicado.

Yo en tus páginas he encontrado hoy un descanso momentáneo. La perfección me cansa, estoy agotada. Quiero que todo sea perfecto, no admito el error y esa orden de mi cabeza me tiraniza. Pero estoy contenta porque estoy descubriendo los funcionamientos de mi mente que me roban energía.

Soy como un toro ante una trapo rojo. Cada vez que salta un pensamiento desagradable en algún sitio dentro de mí voy directa hacia él, no lo dejo pasar, me choco contra él, me meto en él, analizándolo, buscando porqués y trasladándome a momentos tristes de mi pasado. Me dejo atrapar en él, a veces durante días, desconectándome de mi realidad y del presente.

Pero Flor me ha dado un antídoto contra el hechizo de los pensmaientos tristes: sonreír. He leído en algún libro que la sonrisa es la gimnasia de la mente. Cada vez que me pierdo en el laberinto del pasado y no encuentro la salida, sonrío. Sonrío y descubro que no hay ningún laberinto...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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