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5 de diciembre de 2016

  • 5.12.16
Hablar de Cuba y de su Revolución, liderada por un Fidel Castro que acaba de fallecer a los 90 años y al que el país rinde una despedida también “revolucionaria” (grandes masas desfilando ante la urna con sus cenizas), es sentimentalmente complicado para alguien que observa aquella isla con simpatía cultural y era simpatizante de lo que, en sus inicios, fue una justa iniciativa armada en favor de la soberanía económica, cultural y política de Cuba –por ese orden– frente a la “ocupación” que sufría por parte de Estados Unidos.



El incinerado comandante Castro, ahora tan denostado, era en los albores de su revolución un icono, junto a su lugarteniente Ernesto Che Guevara, para la izquierda del mundo occidental, una izquierda paralizada en la praxis de los ideales frente al miedo a las amenazas fácticas del poder establecido, lo que la limitaba a teorizar antes que actuar más allá de donde le permitieran sus afanes reformistas, no rupturistas.

Para los que aplaudimos la revolución cubana como una esperanza no utópica, por edad e ideología, podemos ahora explicarla, pero no justificarla, en este capítulo final en que se producen las exequias de su principal rostro e impulsor: Fidel Castro. Y algo aun más frustrante: somos incapaces de vaticinar los derroteros históricos por los que un régimen sin liderazgo discurrirá a partir de este momento.

No obstante, estamos seguros que la tentación de aquel régimen comunista será grande para enroscarse en sus peligrosas debilidades totalitarias frente a las amenazas –como las de Trump– que provengan del exterior.

La deseada transición cubana hacia una democracia homologable a las liberales de la actualidad exigirá más “diplomacia” externa que interna. Cosa harto difícil porque el recién elegido presidente norteamericano –la principal amenaza de Cuba– será cualquier cosa antes que diplomático: es un bocazas insoportable y un provocador empedernido. Todo un peligro real.

Como digo, explicarlo es fácil. La Cuba de Castro es radicalmente distinta a la que “mandó parar” el comandante el 1 de enero de 1959. Es producto del devenir cubano hacia su independencia, incubado por las luchas contra el colonialismo español y la dependencia comercial con Estados Unidos, que provocan un levantamiento en varias regiones del país conocido como el Grito de Baire.

Una España agobiada por problemas internos y carente de recursos para mantener un ejército en condiciones en la “Perla del Caribe”, concede una autonomía al gobierno insular que apenas satisface las ambiciones soberanistas de los cubanos.

En ese contexto, EE UU interviene en el conflicto hasta que logra vencer a España, obligándola a firmar el Tratado de París, por el que se adhesiona Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Fue lo que se perdió en la llamada “guerra de Cuba” que hemos convertido en frase hecha.

A partir de entonces se suceden gobiernos cuyos hilos manejaba, abierta o subrepticiamente, Estados Unidos en función de sus importantes inversiones, hasta que impone tras un golpe de Estado a Fulgencio Batista, el último títere de la superpotencia del Norte.

Contra él se levanta Fidel Castro y sus guerrilleros en Sierra Maestra, haciéndolo huir humillantemente durante el transcurso del avance militar de los revolucionarios desde Santiago de Cuba hasta La Habana, el mismo itinerario que inversamente recorrerá el cortejo fúnebre con las cenizas del comandante para depositarlas en el cementerio de aquella ciudad, junto a la tumba de otro héroe histórico, José Martí.

Es fácil explicar que el espíritu independentista del pueblo cubano y las desigualdades existentes en su seno, someramente descritos en este apunte, generaron las simpatías hacia quienes osaban enfrentarse a los condicionamientos que imponían la Historia y la bota del imperialismo más grosero.

Sobre todo, cuando aquellos barbudos encabezados por Fidel Castro impulsaron, con su Revolución, un Sistema nacional de Salud, universal y gratuito, que ha conseguido reducir la tasa de mortalidad infantil a la más baja de todo el continente. Y cuando el programa educativo ha logrado la alfabetización del cien por ciento de la población. Y un desarrollo de las zonas rurales, en las que se elevó el número de hospitales, que ha posibilitado la provisión de servicios básicos a la población campesina.

Pero es más fácil de explicar en el contexto subsiguiente a la Segunda Guerra Mundial y los primeros movimientos de descolonización en países oprimidos del Tercer Mundo, que enmarcan con una aureola de ética y justicia social al levantamiento en armas protagonizado por los revolucionarios cubanos. Era, pues, fácil de explicar y adherirse a la Revolución impulsada por Fidel Castro, en especial cuando en España soportábamos la dictadura del general Franco y el Telón de Acero dividía al mundo en dos bloques antagónicos.

Pero es sumamente difícil justificarla con el paso del tiempo y los excesos cometidos en su nombre, en nombre de la Revolución. Unos excesos que transforman al libertador en un déspota totalitario que se aferra a sus ideales, ya fracasados, aun cuando las circunstancias son adversas y se lo impiden. Es cierto que Estados Unidos, con quien en principio se pretende mantener buenas relaciones, le hace la vida imposible al régimen castrista, al ver afectados sus fuertes intereses en la isla.

La política de expropiaciones, con una reforma agraria contra los latifundios que incide de lleno en propiedades de ciudadanos estadounidenses, unas confiscaciones de refinerías y empresas, la mayoría de las cuales eran yanquis, y unas nacionalizaciones de las principales fuentes de recursos económicos, también concentradas en manos norteamericanas, provocan el desencuentro con el todopoderoso vecino del Norte y el intento de invasión en Bahía de Cochinos en 1961, sólo dos años después de la revolución.

Incesantes muestras de hostilidad por parte de EE.UU y el boicot aún activo al comercio con la isla, no sólo empujan a Castro a la órbita de la antigua URSS y convierten a Cuba en el primer país que se declara socialista en el continente americano, sino que además hacen que Castro se enroque en la defensa a ultranza de su movimiento revolucionario, persiguiendo y encarcelando a disidentes, condenando a muerte a supuestos traidores, impidiendo toda apertura al exterior y enjaulando a su pueblo en la isla, sin libertad, para evitar que se contamine con la propaganda pseudolibertadora del imperialismo capitalista, el gran y único enemigo de la Revolución.

Muertes, opresión y enormes carencias en la población son el resultado de más de medio siglo de aquella esperanzadora revolución cubana, protagonizada, dirigida y controlada por el abogado y doctor en Derecho, Fidel Castro.

Con sus luces y enormes sombras, Castro es ya un personaje de la Historia, que a lo mejor no lo absolverá, pero lo absorberá entre los impulsores de los hitos que determinan el devenir de los pueblos, para bien o para mal.

Héroe o villano, descansará para siempre en el panteón de los hombres controvertidos que brillan con luz propia y seguirá despertando discusión entre quienes admiran su determinación y repudian su intransigencia ideológica. Ya es historia Fidel Castro, uno de los grandes líderes del siglo XX, que se puede explicar pero es difícil justificar.

DANIEL GUERRERO


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